"No puedes criar serpientes en tu jardín y esperar que sólo muerdan a tus vecinos" (Homeland, extraordinaria serie sobre el funcionamiento de la CIA que desnuda la perversa moral del imperio).

30 de mayo de 2010

COMENTARIOS AL CAPITULO V DEL LIBRO "TRUJILLO, MI PADRE EN MIS MEMORIAS", DE ANGELITA TRUJILLO-2010


Comentarios al capítulo V

En este capítulo la autora intenta alcanzar el “non plus ultra” del amor paternal. Afana por hacer una narración tipo novela, en la que desea resaltar, con una frecuencia poco común, un amor familiar que luce no haber existido nunca, pues la desesperación que exhibe en su intención de transmitir al lector esta sensación lleva al menos versado a presumir lo contrario.

Es el comportamiento natural de la baja pequeña burguesía, clase que le proporcionó esos vicios que, con los millones y todas “las madames” con las que se crió, no ha podido dejar, y le brotan en forma natural en su pretensión por presentar un Rafael L. Trujillo tierno y amoroso, cuando todo el mundo sabe del poco tiempo que dedicó a su familia, y de la cantidad de mujeres -solteras y casadas; niñas, jóvenes y maduras- que fueron abusadas y violadas, que muestran la verdadera realidad con los hijos no reconocidos que se agrupan a su alrededor en el proyecto de retornar y retomar el poder, en una República Dominicana por la que murieron, vilmente asesinadas por las manos de su padre, Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, “Las Mariposas” de Pedro Mir y Julia Álvarez.

El apodo de “Vagabón” (Pág. 227) con el que se conocía a Radhamés, como el de “Papón” de Ramfis, es una muestra más del origen de Angelita Trujillo, uno bajo pequeño burgués, que influye en forma desmedida en su comportamiento y en el de sus iguales; los integrantes de la baja pequeña burguesía actúan, permanentemente, impulsados por unas aspiraciones desmedidas en su lucha por escalar la capa superior a la que pertenecen, lo que los lleva a configurar, dentro de las relaciones de producción, un enorme núcleo indisciplinado, sin regulaciones morales o éticas de algún tipo.

Los apodos son el producto de cualquier hecho, bueno o malo, en la vida de sus recipientes; se originan en falsas creencias, errores, accidentes, equivocaciones, chistes, y marcan al individuo para el resto de su vida. Es difícil encontrar, entre los miembros de la pequeña burguesía, algún integrante al que se le conozca por su nombre. Los vicios y deformaciones sociales de estas capas no se quedan ahí; además están la mentira, el robo, el chisme, el crimen, la traición. Un bajo pequeño burgués no tiene principios establecidos, no respeta reglas disciplinarias, no se rige por regulación alguna; a su madre critica si le da la espalda, se cree amigo personal de militares y funcionarios que no conoce, y lo pregona de la forma más natural del mundo; "sabe de todo", calumnia, fabula; repite lo que oye sin constatarlo, y su alma vende al diablo, si fuese necesario, por la exhibición y la obtención de bienes materiales.

El pequeño burgués de las capas baja, baja pobre y baja muy pobre, cuando adopta una definición ideológica, la alimenta con sentimientos y emociones que lo empujan a “destacarse socialmente", a "escalar posiciones que lo distingan"; sólo le interesa darse a conocer y nada más. Las capas bajas de la pequeña burguesía se nutren del campesino que llega a las ciudades que, "por sus condiciones materiales de existencia, es ideológicamente burgués. De ellas sale tanto el guardia y el policía como el militante político, que vota convirtiendo ese acto en una inversión que, cree él, conoce muy bien el candidato por el cual sufragó. Está totalmente convencido de que el voto que emitió fue el que hizo presidente de la República a su candidato y que este también lo cree, por lo que espera una retribución material a cambio" (Las citas entre comillas pertenecen al libro Clases Sociales en la República Dominicana, de Juan Bosch. Tercera Edición, junio de 1985, Editora Corripio).

"La conducta de la baja pequeña burguesía esta regida por el afán desmedido de escalar sectores o capas superiores sin miramientos, haciendo cuanto este a su alcance para lograr, siempre en el plano personal, los lujos o formas de convivencia atípicos en una sociedad atrasada. En su movilización a otros horizontes, ha arrastrado hábitos y patrones de comportamiento similares a los que le sustentan en la patria de origen, pero al mismo tiempo ha desarrollado "otras virtudes", como la de engendrar seudo defensores que claman por respeto a la comunidad, con el único fin de generar riquezas y permitirse el salto de la capa en que se encuentran a capas superiores" (Esto decíamos en un artículo titulado La Pequeña Burguesía, que escribimos el 17 de marzo del 1995, y que aparece en la Internet en nuestra página www.nemenhazim.com). Del bajo pequeño burgués se puede esperar cualquier atrocidad sin importar la magnitud de la misma; es responsable -por los millones de iguales- de la sociedad que existe y siempre ha existido en la República Dominicana; de los interminables gobiernos de Pedro Santana, Buenaventura Báez, Ulises Heureaux, Rafael Trujillo, Joaquín Balaguer, Leonel Fernández y -parece que, por el servilismo y el trabajo sucio que realiza, en un futuro no muy lejano- algún otro Trujillo.

Al referirse a las dos grandes vocaciones de Radhamés Trujillo -su hermano menor-, especifica que una de ellas era la castrense, “cosa bastante obvia puesto que en casa todo olía a uniforme”, definición que se queda corta cuando se compara con el olor a uniforme que había en todo el país, sobre todo el “pestilente olor” de aquellos que no usaban ese uniforme al que alude, que eran los que actuaban dentro de los núcleos familiares ejerciendo la actividad del “caliesaje”, muy típica de la clase social de su padre y sobre la cual validó el terror y el miedo con el que “aprendió” a vivir la sociedad dominicana durante más de treinta años.

Para el momento en que Radhamés tenía que partir al destierro -a finales del año 1961-, narra la autora, con ese irrespeto que siente por el pueblo dominicano, que “fue muy consecuente con sus amigos… Su primer pensamiento fue invitar para que asistieran a su finca “Haras Radhamés” a todos los amigos y familiares de su círculo íntimo, que llamaban “La Cofradía”… a una tertulia muy amena, hasta que llegó el momento de hacerles saber el verdadero motivo de la invitación”. A seguidas -en el párrafo siguiente- plasma, con el descaro más grande del mundo, que “se fue acercando a cada uno de los amigos presentes, militares unos, civiles otros, y a todos hizo entrega de un sobre con un presente de diez o más miles de dólares”, generosidad que también ejerció con los empleados que trabajaban en la finca, quienes “fueron obsequiados espléndidamente” (Pág. 228). Repartir el dinero ajeno no tiene nada de bondad ni de generosidad, y mucho menos cuando ese dinero es el producto del terror, del miedo y de las decenas de miles de muertos diseminados en toda la geografía dominicana.

En oposición permanente a este estado de terror y muerte sobre el que el tirano hizo su fortuna, siendo ya una figura de dimensión latinoamericana debido a las relaciones de amistad que había cultivado con Rómulo Betancourt, José Figueres, Rómulo Gallegos y Juan José Arévalo, y dado que había sido consejero del presidente cubano Carlos Prío Socarrás, Juan Bosch se encargaba de desarrollar una extraordinaria campaña antitrujillista -organizó, junto a otros dominicanos, la expedición de Cayo Confites (en octubre de 1947), cuyo fracaso se debió a la intervención de las Fuerzas Armadas de Cuba y que, “para actuar como lo hizo, el general Genovevo Pérez Dámera, jefe de las mismas, recibió de parte de Trujillo 350 mil dólares que le fueron llevados por Porfirio Rubirosa y Juan Antonio Álvarez" (El PLD, un partido nuevo en… Ibíd., Pág. 53)-, en la que, por lo que él representaba, involucraba al gobierno cubano, acción que Angelita no acredita cuando señala que, “debido a la animosidad y actividades beligerantes, que contra nuestro país propiciaba el gobierno de Cuba de esa época”, el destructor Generalísimo D-102 tuvo que escoltar la fragata Presidente Trujillo en un viaje en que el tirano acompañaba a Ramfis, recién nombrado Inspector de Embajadas, con rango de Embajador y asiento en París. Esta salida del país se propiciaba con la intención de que Ramfis “tuviera la oportunidad de reflexionar (acerca de, nh) cuáles eran sus verdaderos sentimientos”, en alusión a la relación en la que se vio envuelto con una divorciada mayor que él, que según la autora “producía un desequilibrio de pronóstico reservado para la estabilidad y durabilidad de cualquier matrimonio”, y que además había sido objetada por sus padres, quienes “no estuvieron de acuerdo con la relación, no porque tuvieran nada que objetarle a Tantana en el orden moral, ni en ningún otro sentido; sino una reacción paterna muy lógica…” (Pág. 234).

Analice el lector estas palabras: “no porque tuvieran nada que objetarle a Tantana en el orden moral, ni en ningún otro sentido” (negritas e itálicas mías, nh); este “ningún otro sentido” lo que significa es la casta de Tantana, casta “de primera”, que era la obsesión mayor en Rafael L. Trujillo Molina, sobre todo desde que, siendo jefe del ejército, se le negó la entrada a “la sociedad, lo cual no significa que es dominicano (sic), sino que es hombre de primera... Los que no pertenecen a la sociedad son gente "de segunda" y pueblo llano, grupos a los que no hay por qué tomar en cuenta para nada”; a eso se refiere Angelita en su libro, a ese complejo en la personalidad que le fue transmitido por “la naturaleza psíquica de Trujillo, que venía deformada desde la infancia por las humillaciones recibidas debido al hecho de haber nacido “de segunda”” (Las citas entre comillas pertenecen al libro Trujillo, causas de una… Ibíd., Pág. 54).

Dice María de los Ángeles Trujillo de Domínguez, nombre con el cual la autora firma el libro, que en viaje que hizo “el señorito” Ramfis a Kansas City (EE.UU.), en el año 1957, a cursar estudios en el “Colegio de Guerra”, tuvo que rentar “el último piso del hotel “Ambassador” tomando todas las providencias de lugar. El servicio de seguridad tenía una habitación cerca del elevador, en el que había un dispositivo, que si el ascensor pasaba por el penúltimo piso sonaba un timbre y se encendía una bombilla que les alertaba y salían de inmediato a identificar las personas que salían del elevador” (Pág. 239). ¿Podría ella contestar a que se debían tantas precauciones, o por qué se gastaban los dineros del pueblo en forma tan desmedida? “El que no la debe no la teme”, reza una máxima muy común en el vocabulario del pueblo. ¿Acaso podría estar consciente alguna vez en su vida del por qué de las exageradas precauciones?, o ¿por qué para todo se hacía ese derroche descomunal de dinero? La autora continúa con el desarrollo del libro y aún no aparecen -partiendo de la “inocencia” con la que habla de millones de dólares, viajes, regalos, fiestas, fincas, haciendas, yates, fragatas, aviones, carros, criados, abrigos- los orígenes de su fortuna ni de “la majestuosidad y el esplendor” con que ha transcurrido su “dichosa vida”.

Un abrigo de chinchilla y un carro Mercedes Benz que Ramfis obsequió a Zsa Zsa Gabor llamó la atención del Senador de Arizona quien, molesto, manifestó que “Los Estados Unidos no deberían gastar dinero en la Rep. Dominicana cuando el hijo de Trujillo estaba gastando cantidad de dinero en los Angeles” (sic), declaración que ella despacha en su “joya literaria e histórica” diciendo que era “un pronunciamiento político malsano o que el Senador Porter (apellido del congresista de Arizona, nh) no estaba bien informado. Ramfis gastaba su propio dinero o el que de su propio peculio le daba mi papá” (Págs. 241, 242). Si bien leemos, nuestra Angelita, aún en este relato de compromiso con la fuente de su fortuna, se limita a decir que “Ramfis gastaba su propio dinero o el que de su propio peculio le daba mi papá”, pero ¿de dónde y cómo le llegó esa fortuna a su papá, y por tanto a ella y a sus hermanos?… ¡Seguimos a la espera!

Nuestra tarea consiste, con estos comentarios que realizamos al terminar la lectura de cada capítulo, en enjuiciar objetivamente lo que ha escrito la autora y hacer una evaluación sociopolítica al régimen despótico que encabezó su padre; analizar históricamente hechos e indagar por las causas que los originaron, no presumir de críticos sociales, pero nos llama poderosamente la atención que Angelita, después de pasarse 244 páginas -unas 400 y algo más si contamos las que corresponden a la presentación, al índice, al proemio, a la dedicatoria, al prólogo, a las fotos y a las que están en blanco- hablando del amor de sus padres y de cuánto se querían, exprese, en alusión a Trujillo, que “su dormitorio se intercomunicaba con el de mi mamá mediante un pasillo” (Pág. 244). No sólo dormían en camas separadas; además lo hacían en habitaciones diferentes. Este es el comportamiento que se repite en el libro debido, en gran medida, a que es imposible mantener las mentiras cuando se habla demasiado. ¡Para hablar mentiras y comer pescado hay que tener… muuuuucho cuidado! Una verdad del tamaño del cielo que el pueblo dominicano expresa a través de sus refranes.

El inicio del párrafo primero de la Pág. 246 es otro reflejo del problema que agobia a la baja pequeña burguesía, pues la intención que encierran esas 20 palabras: “Claro que mi papá no escogió nacer en San Cristóbal (negritas e itálicas mías), pero se sintió siempre orgulloso de haber nacido en ella”, no es más que el menosprecio de la autora a sus orígenes. San Cristóbal es hoy una provincia de la República Dominicana pero, durante la ocupación haitiana de 1822 a 1844, no era más que una región, fundada por los haitianos, en la que nacería el “dulce, tierno y cariñoso” Rafael Leónidas Trujillo Molina, procreado por Diyeta Chevalier, “a quien sus conocidos llamaban Mamá Diyeta” (Póker de espanto… Ibíd., Pág. 41).

Ese odio a los haitianos, que acabaría con la matanza de miles de ellos, y que se convertiría en “un hecho que no tiene parigual en la historia de América, empezó al comenzar el mes de octubre de 1937” (Las dictaduras … Ibíd., Pág. 172) y 73 años después, en el 2010, Angelita Trujillo, la hija del artífice de semejante barbaridad, aún lo lleva por dentro, como lo demuestran sus palabras “claro que mi papá no escogió nacer en San Cristóbal”, pues esta fue creada por los haitianos y de inmediato se convertiría en el origen sanguíneo de quien escribe esta composición –como ella misma le llamó, en las primeras páginas, al libro que nos presenta-, condición de la que ha querido renegar durante toda la vida por haber sido el fruto de una familia “de segunda” y que los millones, robados a las entrañas del pueblo, no han podido borrar.

Para haber sido criada en París -Francia-, y haber vivido en los Estados Unidos, la comparación -algo que brota naturalmente del sentido común, por no decir la inteligencia, que parece no ser una de sus virtudes-, debe servirle para evaluar, en un mismo plano, los comportamientos de los jefes de Estado (y el de sus familias) de esas dos naciones ricas y poderosas frente al comportamiento de Rafael L. Trujillo (y el de su familia) al mando de un Estado dominicano pobre y sin libertades: con este simple ejercicio de sentido común, cualquier persona, con sus facultades mentales intactas, no se hubiese atrevido a documentar este armatoste lleno de mentiras, intrigas, mediocridades y "cosas sin decir", con el objetivo primordial de reivindicar un nombre que es sinónimo de tortura, represión y muerte en todo el mundo, salvo en los Estados Unidos, donde los perversos norteamericanos, a través de una universidad de Pittsburgh, le otorgaron a Trujillo un doctorado "Honoris Causa, en un acto solemne que tuvo lugar en la Universidad de Santo Domingo...” (Pág. 215).

La magnitud de ese terror, condecorado por los norteamericanos, era tan grande que hubo “personas que al verse frente a mi papá sentían una impresión tan fuerte, que momentáneamente perdían la voz, y otros que llegaron inclusive a desmayarse…” (Pág. 253). Se puede concluir, por el empeño de la autora, que los desmayos y la pérdida de la voz tenían sus razones en el carácter “amoroso, dulce y agradable” que adornaba a su padre. ¿Verdad, Angelita? Lo interesante de los planteamientos que se recogen en Trujillo, mi padre en mis memorias, es que, quien los escribe, por un lado se empeña en limpiar una imagen en la que la falta de memoria histórica no existe, y por el otro se encarga de embarrarla con una facilidad pasmosa, por las mismas razones que ya habíamos señalado: ¡Para hablar mentiras y comer pescado hay que tener mucho cuidado!

La Divina Providencia, que hemos prefijado en ocasiones como la forjadora de la fortuna de la autora -ya que no ha querido mostrar la verdadera razón para la misma-, la usa Angelita para endosarle “las más y mejores gracias”, con la aseveración de que “los padres no mueren porque continúan viviendo en cada uno de sus hijos” (Pág. 271), misma que podríamos compartir, pero que en su particular caso le haría un enorme daño al reconocer en ella al déspota y criminal que fue su padre. El mejor auditorio para estas palabras es el conformado por los más de veinte millones de dominicanos y haitianos, en la isla y en la diáspora, que por instinto natural tendrán que luchar por la preservación de sus libertades y de sus vidas, y cuidarse del posible retorno a la República Dominicana -y al poder que desde el Estado se ejerce- de alguno de los suyos. Decía Marx que la dictadura del sistema capitalista -como lo fue la de Trujillo, y como lo sería otra encarnada por alguien con ese apellido-, allí donde se establece, produce un capitalismo cuya base de sustentación es la sangre. Ojalá los insensatos desistan de este peligroso juego en el que le va el futuro a la patria de Duarte, Luperón, Fernández Domínguez y Bosch. CONTINUAREMOS AL TERMINAR DE LEER EL CAPITULO VI...

Ing. Nemen Hazim
San Juan, Puerto Rico
30 de mayo del 2010