"No puedes criar serpientes en tu jardín y esperar que sólo muerdan a tus vecinos" (Homeland, extraordinaria serie sobre el funcionamiento de la CIA que desnuda la perversa moral del imperio).

14 de noviembre de 2015

ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA: UNA TORMENTA PERFECTA-2015

Sobre Estados Unidos Víctor Manuel Rico Maestre dice, en lo que llaman "Working Papers" (Papeles de Trabajo o Literatura Gris: documentación para trabajos relacionados), que «no sólo se trata de la primera nación consumidora del planeta sino que, además, es productora, distribuidora y reinversora de drogas y de sus ganancias, porque más del 80% de los beneficios del narcotráfico quedan (en su territorio). En el proceso de distribución de la cocaína, desde su elaboración final hasta su consumo, el valor se septuplica [17 mil dólares/Kg. en el mercado mayorista de Miami, controlado por latinos, (hasta) llegar a un precio final entre 80 y 120 mil dólares/Kg. en su venta callejera]... (Como potencia consumidora) fabrica no sólo un número creciente de drogas naturales y sintéticas sino también los productos químicos para su elaboración, (a la vez que se nutre del) sistema financiero necesario para su reconversión... EE.UU. ha pasado a ser exportador de marihuana y reexportador de cocaína a Canadá, Europa occidental y Japón. En cuanto a las drogas sintéticas, el propio gobierno reconoce que casi toda la metanfetamina y el LSD se manufacturan ilegalmente usando química suministrada por proveedores norteamericanos, al igual que la mayoría de los precursores químicos para la transformación de la coca en cocaína... La ley obliga a los bancos a informar acerca de cualquier ingreso en efectivo de cantidades mayores a 10 mil dólares; igualmente resulta sospechosa toda persona que maneje grandes cantidades en metálico, mientras la ingeniería financiera y la utilización de paraísos fiscales por parte de la gran banca posibilitan el lavado de verdaderas fortunas».

Concluye Rico Maestre su trabajo para DERI -Doctorado de Economía y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM)-, titulado "GEOECONOMÍA Y GEOPOLÍTICA DE LAS DROGAS EN EL CONTINENTE AMERICANO", diciendo que «El narcotráfico y la política que trata de contenerlo son íntimamente interdependientes y no responden únicamente a necesidades económicas y sociales; (también lo hacen) a las prioridades de la nación hegemónica, que necesita una base estable y consensuada para el restablecimiento de su hegemonía en la región y en el resto del mundo... La guerra de la cocaína permite la recuperación del espacio hemisférico y la renovación del papel de EE.UU. como actor interno tras la crisis de hegemonía de los 70... Mediante la guerra de las drogas, las tensiones de la pobreza se diluyen: los desheredados alteran su realidad (con) el consumo de venenos o la participación en el negocio; se suavizan las demandas sociales y los reclamos de igualdad en el plano internacional y se restablece la hegemonía de EE.UU. al combinar la aproximación militar con la económica y permitir la difusión de toda una filosofía elaborada según las percepciones norteamericanas». (Nota: los paréntesis dentro de las comillas españolas en los dos primeros párrafos son míos, nh).

En un artículo enmarcado bajo el tema "El debate de las armas", publicado el 17 de enero de 2013 por el periódico El País, de España, titulado "En EE.UU., cada hora se producen tres muertes por armas de fuego", y bajo las firmas de Eva Saitz y Yolanda Monge, aparece la siguiente información: "De acuerdo con el FBI, en EE.UU. cada 25.3 segundos se produce un crimen violento. En 2011 fallecieron, según fuentes de Gun Policy, y como consecuencia de delitos relacionados con armas, 32 mil 163 personas (8 mil 583 con armas de fuego), más del doble de las muertes que se registraron en todo el mundo como consecuencia de atentados terroristas (12 mil 553, de acuerdo con los datos del Centro Nacional Contra el Terrorismo). Desde los atentados del 11-S, el gobierno de EE.UU. ha destinado más de medio billón de dólares a garantizar la seguridad nacional, mientras que, de acuerdo con la Oficina Presupuestaria del Congreso, el Capitolio apenas ha destinado recursos a detener los crímenes por armas de fuego".

En el ámbito electoral, supuesto bastión de la democracia norteamericana, el voto de los estadounidenses no elige al presidente. Los colegios electorales de los estados son los que determinan, por vía de compromisarios electos, su selección. Los electores tienen la libertad de votar por cualquiera de los candidatos pero, en la práctica, lo hacen por el que recibió la promesa del voto, aun no estén obligados por ley federal alguna. Desde 1964 los colegios cuentan con 538 electores (cifra igual a los miembros del Congreso: 435 representantes y 100 senadores, más tres electores del Distrito de Columbia), y para que un candidato sea elegido presidente debe alcanzar 270 votos electorales. Cada estado lleva al Senado dos miembros, lo que le da a los estados pequeños una fuerza senatorial igual a la de los grandes. Para compensar este desbalance, los norteamericanos diseñaron este sistema, de forma que los estados más grandes tengan mayor poder de decisión en la selección del presidente. Cuando los candidatos más importantes son del sistema (por los Partidos Republicano y Demócrata), como sucedió en el año 2000, la situación tiene, entre comillas, solución ante los ojos del pueblo (George Bush le "ganó" a Al Gore habiendo sacado este 543 mil 895 votos populares más). En la eventualidad de que surgiera un tercer candidato con posibilidades reales (que lógicamente estaría en desacuerdo con el sistema), la nación más poderosa del mundo diseñó un proceso de selección que, de no alcanzarse el mínimo de compromisarios electorales, da poderes al Congreso para escoger al que considere "idóneo" para ocupar la jefatura del Estado.

Los párrafos anteriores, aunque disímiles a simple vista, convergen: con las drogas, Estados Unidos envenena su población y la enajena, manteniéndola al margen de las decisiones que lo convierten en un imperio intervencionista, ejecutor de los crímenes más horrendos y usurpador de los más valiosos recursos de la mayoría de las naciones que no tienen capacidad militar para disuadirlo. Como expresa Rico Maestre, el narcotráfico y su erradicación responden, además de "a necesidades económicas y sociales, a las prioridades de la nación hegemónica...". Las drogas facilitan la tarea de gobernar esa nación que no cuestiona ni hace preguntas al margen de lo estipulado; la prensa se hace cómplice y difunde, con olímpico irrespeto a la verdad, las teorías más descabelladas acerca del proceder imperial y los "obstáculos" en los que ciertos países se convierten durante el proceso de consolidación hegemónica, llevado a la práctica, en estos momentos, sin el teatro al que tuvo que recurrir Washington en pleno apogeo de la Guerra Fría. De los 400 mil millones de dólares al año que produce el comercio mundial de las drogas, Estados Unidos mueve más de la mitad, nutriendo sus bancos y posibilitando "el lavado de verdaderas fortunas", necesarias para el continuo desarrollo de la industria bélica.

Periodistas de guerra han afirmado, en innumerables ocasiones, y múltiples fuentes, que Estados Unidos controla la producción de opio en Afganistán; que sus soldados, además de permitir el tráfico de heroína, transportada por la CIA a suelo norteamericano -generando cerca de 50 mil millones de dólares al año-, protegen los campos de amapola. Rafael Correa, presidente ecuatoriano, ha denunciado que la CIA y la DEA están involucradas en el narcotráfico dentro de su territorio. Durante los últimos meses han sido cuantiosas las informaciones provenientes de México señalando que la CIA controla el tráfico de drogas dentro de las fronteras aztecas.

¿Por qué Estados Unidos permite que las armas asesinen libremente 23.5 ciudadanos norteamericanos cada día, número que en 2011 estuvo muy cerca de los 34.4 que cada 24 horas murieron en el mundo en actos terroristas? Porque esas armas son los que se prestan para desmontar las conspiraciones de carácter político o social; son las que facilitan los golpes de Estado que un pueblo "envenenado, anestesiado por las drogas" no puede juzgar. Desde la independencia norteamericana, en 1776, cuatro presidentes han sido asesinados, cinco sufrieron atentados y un candidato perdió la vida en plena campaña electoral. Esas armas son las que dan lugar a las balas mágicas, como aquella que asesinó a John F. Kennedy por vía de un segundo disparo (atribuido a Lee Harvey Oswald, presunto asesino) que "entró por la parte posterior de su cuello, salió por su garganta, quedó suspendida casi un segundo y medio en el aire, giró a la derecha, entró por la espalda de Connally, salió por su pecho izquierdo, volvió a girar para alcanzar su muñeca, y finalmente rebotó y alcanzó su muslo". Después de esta prodigiosa hazaña, el proyectil fue encontrado en la camilla que se utilizó para Connally, en el Parkland Memorial Hospital, en Dallas, Texas, prácticamente sin rasguño alguno.

Esas mismas armas son las que sirven para suprimir las vidas de los líderes desafectos al régimen. Martin Luther King, mientras dirigía un movimiento por los derechos civiles para los afroamericanos y protestaba contra la guerra en Vietnam, fue asesinado en Memphis, Tennessee, un 4 de abril de 1968 porque su liderazgo pasó a convertirse en una afrenta para la clase dominante. Asesinatos como este, y como los perpetrados contra Kennedy (noviembre 22, 1963), Lincoln (abril 14, 1865), James Abraham Garfield (julio 2, 1881) y William McKinley (septiembre 6, 1901), además de limitar el pensamiento crítico o disidente, y sus consecuencias, nutren la economía norteamericana con una monumental industrialización de libros, películas, vídeos, documentales... y secuestran la sociedad, enajenada de por sí, por medio de unos consorcios noticiosos subordinados al capitalismo salvaje (no a los gobiernos de turno como en los países tercermundistas).

La democracia norteamericana, a la que "da vida" una sociedad con comodidades únicas en términos materiales, se nutre de las drogas, las cervezas y la propaganda televisiva, pero esas comodidades tienen un precio; y ese precio alcanza las casi 9 mil vidas que cada año cobran esas armas que cualquier ciudadano compra porque es "un derecho que le asiste" (Enmienda II, ratificada en diciembre 15, 1791: Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado Libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas). Ese derecho constitucional que enarbolan quienes rigen la sociedad se exhibe en las estanterías como una joya, lo que no se hace con el mecanismo para la selección del presidente cuando el candidato rompe ligeramente con los patrones establecidos por el sistema. Dentro de los que han ocupado la Casa Blanca pocos se ajustan a esta definición y, "coincidencialmente", todos terminaron asesinados en el ejercicio de sus mandatos: Abraham Lincoln -abolió la esclavitud a la que fueron sometidos millones de negros africanos utilizados en la producción de algodón por los portentosos dueños de las plantaciones sureñas-; John F. Kennedy -pretendía poner fin a la guerra en Vietnam, acción que "lastimaría" la industria bélica-; James Abraham Garfield -connotado antiesclavista y enconado defensor del Ejecutivo ante los poderes del Senado, conformado habitualmente por dueños de grandes capitales-; y William McKinley -intentó introducir cambios para limitar el funcionamiento de los "Trust" financieros-. ¿Cuál pudo haber sido la causa común en los cuatro magnicidios? A todas luces, las intenciones de poner freno al poder económico.

El capital hace de gobierno permanente en Estados Unidos. Ni discrimina ni juzga procedencia. Mientras la sociedad disponga con asombrosa facilidad de unos cuantos gramos de narcóticos; mientras las armas se expendan con la misma libertad que zapatos y carteras; y mientras 315 millones de norteamericanos no tengan idea de cómo se elige el presidente que los gobierna, la tormenta perfecta que se nutre de estos tres componentes tendrá vigencia imperial por varios decalustros más.

Ing. Nemen Hazim
Carolina, Puerto Rico
14 de noviembre de 2015

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Sobre el autor:
Graduado de Ingeniero Mecánico Electricista Magna Cum Laude (UASD). “Nunca podrá ser igual el voto de la ignorancia al voto del conocimiento”.