El primer oficial tuvo razón al pensar que un asunto de tal naturaleza debía ser comunicado al capitán, pero el capitán no la tuvo cuando dijo las estúpidas palabras con que más o menos dejó cerrado el episodio. Esas palabras no tenían sentido. Veamos los hechos tal como se produjeron, y eso nos permitirá apreciar el caso en todos sus aspectos.
El “Trodheim”, de bandera panameña, aunque en verdad era un barco noruego, entró en La Guaira ese día a las diez de la mañana; a las ocho de la noche había cuatro hombres de la tripulación perdidamente borrachos en los cafetines del puerto, uno detenido por riña y varios más bebiendo. Los venezolanos llaman “botiquines” a los bares; en uno de esos botiquines, prácticamente echada sobre una pequeña mesa, con la barbilla en los antebrazos y los oscuros ojos muy abiertos, había una joven de negro pelo, de nariz muy fina y tez dorada. Por entre las patas de la mesa podía preciarse que tenía piernas bien hechas, pero Hans Sandhurst, segundo oficial del “Trodheim”, no estaba en condiciones de demostrar que le interesaba la dueña de esas piernas. Contó tres hombres de su barco bebiendo en ese botiquín, y él sabía que no tardaría en haber escándalo; y era a él a quién le tocaría después entenderse con el capitán del puerto, ver a los agentes de los armadores, al cónsul de Panamá y a quién sabe cuánta gente más para obtener órdenes de libertad, pagar multas o enrolar nuevos tripulantes, si era del caso, todas las cuales podían ser consecuencias de esas bebentinas desaforadas. Hans Sandhurst, pues, prefería no fijarse en la muchacha de las bellas piernas.
Desde la ventana junto a la cual estaba sentado podía volver la vista hacia el puerto y ver allá abajo su barco, a la luz de la luna, casi perdido entre muchos más, con los amarillos mástiles brillando y la blanca línea en lo alto de las chimeneas. Enclavada entre el mar y los Andes, La Guaira apenas tendrá unos veinte metros de tierra plana natural, y desde el mar la ciudad se ve como un hacinamiento de pequeñas casas blancas trepadas una sobre la otra, destacándose sobre el fondo rojo de la montaña. El Caribe espejeaba bajo la luna, hasta perderse en una lejana línea de verde azul tan claro como el cielo de esa noche. Hans Sandhurst, que de sus cuarenta años había pasado casi diez, intermitentemente, viviendo entre Cartagena, Panamá y Jamaica, amaba ese mar, tan inestable y, sin embargo, tan cargado de vitalidad. Tres veces había fracasado en negocios y otras tantas había tenido que volver a su antigua carrera. Pero no sería extraño que probara de nuevo, quizá para dedicarse al corte de cedro en Costa Rica, o a la pesca del camarón en Honduras, en cuyas costas abundaba ese crustáceo según le asegurara en Hamburgo hacía poco el capitán de un barco italiano. Se embebió Hans Sandhurts durante un rato en la contemplación de la pulida y brillante superficie de agua, en sus tonos verde azules, y cuando alzó su vaso de ron lo halló vacío. Se volvió, pues, para pedir más, y ya no estaban allí los tripulantes del “Trodheim”. El segundo oficial los buscó con los ojos, moviendo la cabeza en todas direcciones. Entonces fue cuando la muchacha le sonrió.
Eso sucedió probablemente pasadas las nueve de la noche; a las once no había mesas vacías en el botiquín. Entre voces, gritos, música y chocar de cristales y bandejas, el lugar era la imagen misma de la atolondrada vida nocturna de un puerto en el Caribe. Muchos hombres y mujeres estaban de pie junto al mostrador. A menudo sonaba una risa aguda o se oía alguna frase obscena. Cosa extraña, la muchacha de las bellas piernas no las oía, o si las oía las ignoraba. Parecía colgar sólo de las palabras de Hans Sandhurst, y de vez en cuando comentaba:
—Me gusta como hablas el español; hablas bonito, oficial.
O si no:
—Me gustan tus ojos; tienes ojos honrados, Hans.
Pero lo decía en voz baja, dulce y en cierto sentido triste. Había aceptado bailar algunas piezas, y era casi tan alta como Hans Sandhurst, de hombros bien hechos, de pecho alto, de cintura fina. Vestía un traje vaporoso, de brillante color naranja. Era realmente bonita y parecía muy joven. El segundo oficial del “Trodheim” advertía que casi todos los hombres y muchas de las mujeres se volvían para mirarla cuando bailaba. Con movimiento natural, ella dejaba descansar su cabeza sobre la de él mientras duraba el baile. Probablemente era debido a lo que había dicho una hora después de haberse sentado él a su mesa:
—Es raro, oficial; me siento bien contigo, me siento descansada.
Sin duda que resultaba muy grata compañera esa muchacha de La Guaira, de voz tan poco usual, de gestos tan armónicos, a la vez dulce y triste. Hans Sandhurst no podía sospechar que bajo esa tierna apariencia hubiera un volcán ebullendo. De haberlo sospechado se hubiera ido antes de las doce; con mayor precisión, cuando vio su reloj de muñeca a las once y tres cuartos. A esa hora había acabado su sexto ron y prefería no beber más. Dijo:
—Tarde ya. Voy a irme porque me espera mucho trabajo mañana.
Entonces en los ojos de la muchacha apareció de pronto el brillo muerto de la desolación. Sujetó al oficial por un brazo y puso frente e él un rostro desatinado, del cual había huido de golpe la luz de la vida. En todo ese rostro, sin explicarse debido a qué, él vió un aire de terror. La muchacha habló, pero no ya con aquella voz baja y tierna. Esa voz se había trocado en metálica, dura sin ser aguda.
—¡No, no; no te vayas! —dijo.
No agregó nada más, pero Hans Sandhurst comprendió que no necesitaba agregar palabra y, además, que él no debía irse. Sustituyó, pues, su anunciada ausencia con una petición de ron. Vio al sirviente en otra mesa, le hizo señas con un dedo en alto, y mientras le observaba correr hacia el mostrador oyó que la muchacha musitaba:
—Muchas gracias, oficial.
Dicho lo cual tomó amorosamente un brazo del hombre y recostó en él su cabeza. Hans vio parejas pasar bailando y también vio que en los labios de su compañera se esbozaba una suave sonrisa. Pero en verdad no analizó la causa de cambios tan rápidos. En esas vertiginosas noches de puerto ocurría a menudo que una mujer se sintiera bien junto a un desconocido.
Así iban los acontecimientos, produciéndose sin importancia alguna, cuando el sirviente retornó. Traía un ron y un vaso de agua; pero traía además —cosa que él ignoraba, por supuesto— la semilla de la tragedia. Dijo, con sonrisa melosa, lo que impedía una respuesta negativa:
—No hay mesas vacías, señor, ni asientos desocupados en otras mesas. Allí están dos señores que necesitan sentarse. Yo los conozco; son gente buena. Me preguntaron si usted podría dejarlos sentarse aquí. Son personas decentes, señor.
¿Por qué no? Era habitual que en esos países del Caribe que él conocía los desconocidos se trataran con naturalidad, como compañeros de tripulación. Iba a preguntarle a la muchacha, pero ella había oído al sirviente y ni siquiera movió la cabeza; seguía recostada en su brazo, como perdida, como soñando, lo cual podía entenderse como una aprobación.
—Muy bien —dijo él—, que vengan.
Eran dos hombres de edad muy dispareja, de cerca de cincuenta años, tal vez, el mayor, y de acaso veinticinco el más jóven. El prímero tenía la piel muy quemada; y esto, junto con el brillante pelo negro y lacio, con los ojos, también negros y ligeramente asiáticos, y con algo duro y misterioso en sus facciones, denunciaban la presencia del indio en su ancestro. No era alto, pero tampoco bajo. Saludó con notable cortesía y tomó asiento. Hans Sandhurst comprendió de inmediato que el hombre había bebido en exceso, a pesar de lo cual le oyó ordenar al sirviente:
—Dos whiskies con soda.
Después observó el vaso de Hans, todavía lleno.
—Ah, ron —comentó—. Acépteme desde ahora el próximo trago.
El joven no había tomado asiento aún. Parecía estudiar el ambiente con mirada profunda y a la vez perspicaz. Tenía probablemente tanta estatura como Hans, si bien era mucho más delgado, y de piel pálida, de sus ojos ligeramente claros, tal vez también de las líneas alargadas de su rostro y de su cuello —con notable nuez de Adán—, o acaso de la forma vehemente en que parecía aspirar el aire cargado de humo, se desprendía una especie de visible ansiedad, quizás una honda preocupación o esa avidez emocional que caracteriza a los temperamentos creadores. De todas maneras la pareja resultaba interesante. Hans Sandhurst observaba a ambos hombres sin que se le ocurriera relacionarlos con él ni con la muchacha que se apoyaba en su brazo. Pero como sabría más tarde, esos dos hombres llevaban consigo una mecha encendida.
Cuando el joven se sentaba, el mayor estaba preguntando:
—¿Americano?
Con lo cual en realidad quería saber si Hans Sandhurst era estadounidense.
—No, noruego, aunque casi tan latino como ustedes —respondió.
Hubo cierto cambio de frases, con más propiedad, de cumplimientos entre él y los dos hombres. Pero la joven parecía no haberse enterado de que ahora había dos extraños sentados a la mesa. Seguía recostada en el brazo, y de pronto, como si hubiera estado acostumbrada a hacerlo desde hacía años, besó con exquisita suavidad el brazo del oficial. Seguía el bullicio, resonaba la música de los discos en el pequeño salón, se alzaban voces y risas y los tres hombres hablaban cortésmente, presentándose entre sí, y ella actuaba como si se hallara a solas con Hans en una remota playa iluminada por la luna o en la intimidad de una pequeña casa donde no viviera nadie más. Por vez primera en esa noche Hans se sintió algo intrigado y se volvió a mirarla. ¿Le gustaba él tanto a ella, o era que tenía una naturaleza de por sí amorosa? Cuando levantó los ojos halló que el joven tenía la cabeza caída, como quien se siente muy cansado o como quien está meditando con sobrehumana fuerza mental.
—La función del hombre, ¿cuál es? Eso es lo que no has podido explicarme. Te has perdido en un bosque de palabras, pero has eludido responder —dijo de pronto, dirigiéndose al mayor.
Hans observó que, al hablar, la mirada de ese joven relampagueaba; y observó cuán pacientemente el otro, el mayor, parecía salir de un profundo sueño mientras daba vueltas a su vaso de whisky con soda. Empezó a hablar.
—Perdone, señor... ¿Cómo dijo? Ah, sí, Trodheim; no, Sandhurst, señor Sandhurst. Mi amigo está interesado en algunas cosas que tal vez le aburran a usted. Lamento mucho que la escasez de mesas, en este hórrido lugar, le obligue a oír cosas abstractas. Pero es el caso...
Un hombrón de gran cabeza, que había estado bebiendo en la mesa contigua, fue a ponerse de pie en tal instante y cayó de bruces, golpeando el suelo con la violencia de un pilar de cemento. Al parecer se hallaba totalmente ebrio. La muchacha alargó su fino cuello para verlo. Eso, sin duda, le interesaba más que la presencia de los dos extraños en su mesa. El que hablaba calló durante un momento y volvió hacia el caído un rostro desdeñoso.
—Mi amigo —prosiguió— requiere una explicación, o mejor aún, necesita una explicación. Él quiere averiguar cuál es la función del hombre sobre la tierra, lo cual desde luego implica saber cuál es la de la tierra en el universo. ¿No le parece a usted muy peregrina, y muy fuera de lugar, esa pretensión de mi amigo?
—¿Por qué ha de estar fuera de lugar? —inquirió, repentinamente apasionado, el segundo oficial del “Trodheim”—. Yo creo muy justo que él quiera saberlo.
De súbito comprendió que el joven iba a serle simpático y que la manera de expresarse del mayor no le estaba gustando. Comprendió además que en esa noche casi vacía, que él esperaba malgastar al lado de una muchacha bonita de cortos alcances, había aparecido de golpe algo lleno de interés. Podría oír cosas tal vez importantes, y acaso cambiar ideas que siempre le habían preocupado. Pidió, pues, otro ron, y libertó su brazo, que la muchacha había vuelto a usar como una especie de almohada. El de más edad sonrió y se volvió al joven.
—Miguel, ¿no es esto inesperado? Aquí tienes tú al señor Trodheim, digo Sandhurst, oficial de marina noruego, buscando la respuesta que tú buscas. ¡Señor Sandhurst —dijo alzando su vaso—, bebamos un trago por la búsqueda de la función del hombre!
Esto habló, y a seguidas tumbó la cabeza sobre sus brazos, como poseído de un súbito sueño incontrolable. No cabía duda de que había bebido en exceso. ¿O era que él sí sabía cuál era esa función del hombre y jugaba con la ansiedad de su joven amigo como el ágil y seguro gato juega con el indefenso y aterrorizado ratón? Ese abandono con que se tumbaba sobre la mesa y ese léxico que parecía manejar con especial delectación, ¿no denunciaba en él al hombre profunda y sutilmente cruel, que usaba su sabiduría como un arma peligrosa para herir a los más inexpertos?
—¡No! —clamó duramente el joven—. Es inapropiado venir aquí a brindar con whisky adulterado y ron barato por un tema tan cargado de sufrimientos. No es cosa de alzar un vaso de alcohol por ello, en un lugar como éste, antro de prostitución. ¡Me voy! —aseguró levantándose.
Entonces la muchacha pareció cobrar vida y miró a ese joven. Hans advirtió el interés en todo su rostro y notó el brillo de sus ojos, del todo nuevo, por lo menos para él; no visto antes en esa noche. Comenzaba a sentirse mucho más intrigado.
—Siéntese, por favor, joven —pidió.
Era evidente que también el joven había tomado más de lo debido, porque si no, ¿a qué tanta excitación? ¿Era acaso sagrado el tema que se había planteado, o había en el alma del muchacho una desconocida reserva de sentimiento religioso?
—Siéntese, por favor —repitió, cogido ya en los engranajes de la tragedia, todavía no sospechada por él ni por la muchacha ni por los dos recién llegados-. Hablemos del asunto. En realidad, me preocupa tanto como a usted el destino final de la humanidad.
—¿Por qué es necesario hablar de eso, por qué?
Era la muchacha quien hacía la pregunta. ¿Qué ocurría, qué le había llamado la atención hacía un instante, pues; el tema, la palabra “prostitución” dicha por el joven, o el joven mismo? La muchacha estaba resultando rara. Lo mejor sería ignorar su presencia. De todas maneras media hora después, una hora a lo sumo, el segundo oficial del “Trodheim” volvería a su barco. Pero en eso el mayor de los extraños irguió la cabeza.
—Ella es quien tiene la razón. ¿Por qué hablar de eso? Millones de seres viven y mueren sin hacerse la terrible pregunta. Vivir la función de la humanidad es más sabio que tratar de conocerla. ¡Hans Trodheim, brindemos por la vida, que lleva en sí misma su ignorado destino!
En eso se hizo el silencio en todo el salón; es decir, silencio de seres humanos, porque la pesada máquina que daba música seguía trabajando en su rincón y se oía el vivaz ritmo de un joropo invitando a bailar. Una pareja de policías estaba de pie en el salón, y uno junto al otro, ambos recorrieron con la vista todo el ámbito, llevando la mirada de mesa en mesa como si buscaran a alguien. Pero un parroquiano alzó su mano alegremente y los llamó; los policías sonrieron y caminaron hacia allá. Se les vió entrar en animada charla, negar uno, alegar el otro, y al fin, sin sentarse, tomaron sendos tragos y se fueron de nuevo. Uno de ellos era negro y tenía risa hermosa y natural. Hans Sandhurst pensó: “He aquí un hombre que vive la vida como lo desea este señor”. Pero no lo dijo. Temía a la susceptibilidad de esa gente que a menudo en palabras sin intención descubría una ofensa al país. Hablar de un policía resultaba peligroso.
—En primer lugar —dijo el joven—, seamos corteses. El señor nos ha aceptado en su mesa y tú sabes que él no se llama Trodheim. Tu error es deliberado y ofensivo.
—Oh, no importa —atajó Hans—, pueden llamarme como deseen. Probablemente ninguno de los que estamos sentados a esta mesa volveremos a vernos pasada esta noche.
La muchacha saltó, como sorprendida por un ataque alevoso.
—¿Qué has dicho; por qué has dicho que no volveremos a vernos, Hans?
Mientras hablaba le sujetaba fuertemente el brazo, y en tal momento Sandhurst anotó en su mente este simple detalle: no recordaba cómo se llamaba ella. “Quizá espera que me quede con ella esta noche y le pague bien por la mañana”, pensó. Pero la ansiedad que había en sus ojos, mientras hablaba, no podía estar originada sólo en la esperanza de que él le pagara bien. Había algo más, algo que por el momento él no podía determinar. Trató, sin embargo, de pasar por alto cuanto se refiriera a esa muchacha, sobre todo en tal momento, porque el mayor estaba hablando.
—La función del hombre, bah... Miguel, infinito número de sabios han pretendido conocerla. Y yo digo que por el camino que estás queriendo transitar llegarás a un solo lugar, que es el refugio de todos los débiles; llegarás a admitir un Dios, cualquier Dios.
—No —respondió el joven—. ¿Por qué he de refugiarme en la religión? Yo no temo a la verdad. Pero mire, señor... Sandhurst, mi tesis es ésta: mi tesis es que la humanidad que puebla este planeta forma parte de un todo mayor. No sé si me hago entender. Yo creo que en esos otros mundos que nos rodean hay también humanidad. No sé qué apariencia tendrán, pero son seres pensantes. Nosotros, pues, somos sólo una parte de esa humanidad universal. Siendo una parte, ignoramos qué piensa o qué siente el resto. Sólo estando todos reunidos podremos aclarar qué fin buscamos.
El joven iba alzando la voz. En el barullo del botiquín no se daba cuenta de que para hacerse oír en su propia mesa estaba hablando muy alto. En la mesa contigua alguien le oía. Había allí dos hombres y dos mujeres, a simple vista muy bebidos también. Y he aquí que uno de esos hombres se puso trabajosamente en pie y se encaminó a ellos. A buen ojo no pasaba de los treinta y cinco años, y tenía aspecto de empleado, acaso de pequeño comerciante. Era muy oscuro, rechoncho, de espejuelos y nariz muy abierta. Usaba sombrero de fieltro. Se inclinó sobre el joven y apoyó un codo en la mesa.
—¿Por qué le preocupa a usted la humanidad? —preguntó—. Yo soy venezolano, latinoamericano, y lo que deseo saber es cuál es el destino nuestro, adónde vamos.
El hombre eructó. Hablaba con esfuerzo, aunque sin disparatar. Tenía los ojos turbios debido al alcohol, pero sin duda estaba dando salida a lo que llevaba en el corazón y por eso se expresaba claramente. Hans Sandhurst tenía una vaga idea de lo que estaba ocurriendo en Venezuela, pero no lo sabía a fondo; por eso no pudo advertir cuánta crueldad había en las palabras con que el mayor de sus dos recientes amigos se dirigió al intruso.
—Dígame, señor, ¿cuál es a su juicio el destino de su pueblo? ¿Cree usted que Rómulo Betancourt lo sabe mejor que uno de nosotros?
El borracho miró torvamente y pareció haber recibido un golpe en la nuca.
—Señor, yo no sé si usted es un espía de la dictadura; no sé si es un sirviente de estos militares que están asesinando a lo mejor de Venezuela. Pero usted me ha preguntado y yo le contesto: Sí, Romulo Betancourt lo sabe. Y ahora, si le parece, denúncieme.
No dijo nada más, sino que, a su juicio muy dignamente —aunque apenas podía tenerse en pie—, retornó a su mesa y se dejó caer en su silla, como un bulto. Hans Sandhurst notó que de sus dos compañeros, el más joven se había quedado mudo; el otro sonreía. La muchacha parecía no hallarse allí; con un codo en la mesa y la cabeza en la mano, miraba dulcemente al segundo oficial del “Trodheim”.
—No hay derecho —dijo el joven dirigiéndose al mayor—. Si alguien ha oído, se ha desgraciado. Fue una provocación tuya.
Por toda respuesta el de más edad sonreía. Pero en esa sonrisa había un resplandor siniestro, cosa que notó ciertamente Hans Sandhurst. Ahora bien, Sandhurst no estaba al tanto de lo que el extraño incidente significaba. Seguía pensando en la función de la humanidad y en lo que sobre ello había dicho el joven. De ahí que hablara como si nada hubiera sucedido. Argumentó:
—Yo no creo que el fin del hombre es ser feliz; la humanidad busca inconscientemente la felicidad.
Entonces la muchacha saltó. Se hubiera dicho que nada oía, que no tenía interés en el tema. Y he aquí que al oír esas palabras irrumpió diciendo:
—¡Sí, sí, la gente quiere ser feliz! Yo quiero ser feliz. Tú has dicho lo que yo siento Hans.
En ese expresivo rostro suyo, que el segundo oficial del “Trodheim” había visto cambiarse tantas veces en pocas horas, parecía haberse producido de pronto una explosión de luz; sus ojos resplandecían, gozosos, y la dulce sonrisa había dejado de ser triste. Los tres hombres se fijaron en ella. Era como si en ese instante hubieran descubierto que ella estaba allí, con ellos. Pero un observador sagaz -y Hans Sandhurst lo era- podía notar matices muy diferentes entre ellos; por ejemplo, el joven era tolerante, acaso complaciente, como si pensara: “Es muy femenina la reacción de esta muchacha, y por lo demás nunca podrá entender por qué nos preocupa este tema”. En cambio el otro tenía una actitud a la vez de sorpresa y de cálculo; parecía decirse: “Ah, con que te interesa ser feliz ¿no? Pero ahora, voy a matar esa alegría en germen; ahora voy a demostrarte que no eres más que un simple gusano de polvo llamado a desaparecer, mísera vendedora de tu cuerpo”. En cuanto a él mismo, Hans Sandhurst, segundo oficial del “Trodheim” metido en esa discusión con dos desconocidos sobrecargados de whisky y soda, ¿qué pensaba de la mujer? Pues pensaba: “No es una muchacha común; se trata de un alma amorosa, que de pronto, sin saber por qué, ha sentido que hay una filosofía que justifica su vida, su natural sensualidad, sus aciertos y sus errores. Si dispusiera de tiempo me gustaría saber quién es ella y por qué está aquí”. Y a seguidas, por un fenómeno de traslación mental muy frecuente en él, se encontró pensando en que debía escribirle a aquel capitán italiano para que le diera más detalles sobre los camarones de Honduras; sabía el nombre de su buque y le escribiría al cuidado de los armadores. A ese punto miró su reloj; marcaba la una y cuarenta minutos, más propiamente, la una y cuarenta y dos minutos. Pero no sentía deseos de irse. El de más edad estaba empezando a hablar de nuevo.
—Bien, bien; aquí tenemos a Miguel, el preocupado Miguel elaborando una tesis de amplitud universal. ¡Hum! Yo supongo que tienes la esperanza, mi joven amigo, de que los platillos voladores sean realidad y de que en ellos esté acercándose a la tierra una humanidad más avanzada que la nuestra ¿no?
—Sí, puede ser, ¿por qué no puede ser? —respondió Miguel—. Ocurrió ya, sucedió cuando los españoles llegaron a América; para los indios americanos las carabelas de los conquistadores eran tan inconcebibles como para nosotros los platillos, y sus tripulantes tan extraños como los habitantes de Marte hoy.
El otro sonreía.
—Miguel —dijo tornándose súbitamente serio y sujetando al joven por un hombro—, no desbarres; una tesis filosófica no se defiende con argumentos absurdos. Estás hablando de lo que desearías que sucediera, no de nada que está sucediendo o que pueda científicamente suceder mañana.
A este punto ya la muchacha no estaba recostada en el brazo de Hans, soñando o simplemente descansando; atendía a lo que se hablaba, oía con todo su ser. No besaba, no sonreía; vivía la discusión. Sus ojos se hallaban fijos en el hombre que hablaba; y así le vió volver su atención rápidamente hacia el oficial.
—En cuanto a usted ¿sabe qué propugna? Propugna el caos porque ¿qué es la felicidad? ¿Es o no la satisfacción de cada uno? La felicidad de los coroneles y los generales de Venezuela y de nuestra América, ¿en qué consiste si no es en derrocar gobiernos legítimos, esclavizar a sus pueblos, asesinar a sus mejores hijos, enriquecerse y tener amantes? La felicidad de un criminal está en matar, la de un comerciante, en acumular dinero.
El llamado Miguel miró hacia la mesa vecina, pero ya allí no había nadie. Aquel borracho que se había acercado a hablarles hacía un rato, y al que sin duda le hubiera agradado oír a su compañero, no estaba, ni estaban las mujeres ni el señor que bebían con él.
—Señor, yo no comprendo su punto de vista tan local ni tan actual —atajó Sandhurst— y no debo juzgarlo a ustedes como pueblo. Yo creo que hay una norma de conducta general y que todos podemos llegar a conocerla y ejercerla.
—Sí, ¿pero cuándo? Porque es el caso que ya hay en Estados Unidos una bomba de hidrógeno y, sin embargo, todavía viven indios salvajes en nuestras selvas. La felicidad es un estado distinto para los sabios que fabricaron esa bomba y para los salvajes del Orinoco. Su punto de vista no nos sirve, como no nos sirve el de Miguel. La función del hombre es menos compleja.
Eso dijo, y Hans Sandhurst comprendió que se hallaba frente a una persona inteligente y de muchos conocimientos, pero tuvo también la sensación de que no se había equivocado cuando pensó que tenía el alma cruel. Algo en él denotaba su delectación de destruir la idea de Miguel y la suya; la suya, que era también la de esa muchacha.
—Debemos seguir hablando —dijo el hombre—, sobre todo porque sería innoble dejar a esta joven en un error. Pero por el momento yo pido que repitamos el trago.
Con efecto, los vasos estaban vacíos. Entonces la muchacha intervino:
—Yo quiero beber también —dijo.
Lo cual aumentó la intriga del segundo oficial del “Trodheim”, porque hasta ese momento ella había rechazado toda invitación; había bebido sólo dos coca-colas en las largas horas que llevaban juntos. Ahora parecía haber despertado a la vida.
Miguel pidió bebida; ella prefirió ron, como Hans. Se veían ya algunas mesas vacías, pero todavía sonaba la música y tres o cuatro parejas bailaban. Con su silla arrimada a la pared, un jovenzuelo dormía. Llegó el sirviente.
—Señorita —dijo el hombre de ancestro indígena, con el aire de un cumplido caballero que honrara a una gran dama—, brindo por usted y por su deseo de ser feliz. Usted y el señor Trodheim, digo Sandhurst, tienen ideas afines. Los felicito por ello. Pero entienda usted que no hay tal cosa; no es la felicidad lo que busca la humanidad. La función de la humanidad, señorita, es simplemente vivir, dar satisfacción a su instinto vital. Nacemos, nos desarrollamos y morimos y nada más, bella joven. Vivimos porque tenemos que vivir; para vivir matamos animales y engullimos sus cuerpos, sembramos árboles y nos comemos sus frutos, pescamos peces y los guisamos. Buscando el placer de vivir escribimos y oímos música, pintamos y admiramos cuadros. No hay en absoluto nada más que eso. Luego nos toca morir y desaparecemos completamente. Nosotros, los seres humanos, nos perdemos todos en la muerte, en la nada. Eso es todo.
El hombre había hablado con gozosa saña; al final de sus palabras sonreía desde bien adentro, con morbosa alegría muy mal disimulada. La muchacha se quedó absorta, mirándole. Tenía en la mano su vaso de ron. Y de súbito gritó, poniéndose de pie:
—¡Mentira; mentira; usted sólo está diciendo mentiras!
Miguel y el segundo oficial del “Trodheim” no hablaron; ambos habían comprendido que ese hombre se negaba a sí mismo, pues él también buscaba la felicidad, y su felicidad en ese momento consistía en hacer sufrir, en negar que en la tierra hubiera lugar para una concepción generosa de la vida.
Hans Sandhurst vió a la muchacha beberse su ron de un solo trago; la dorada piel se le había enrojecido y respiraba con fuerza. Estaba como poseída por una sagrada cólera. Llamo a voces y pidió más ron. El hombre que había hablado seguía sonriendo. Hans no había tocado su bebida.
Pero Miguel sí bebió, y al terminar su trago empezó a palidecer, a ponerse lívido, casi verde. Pidió permiso y se paró. No pudo llegar, sin embargo, adonde iba, porque a unos pasos de la mesa se agarró a una silla y comenzó a vomitar; después trató de sentarse, se apoyó más en la silla y se dobló sobre sí mismo.
—Su amigo está enfermo —dijo Sandhurst.
A lo que el otro respondió:
—Demasiada bebida, eso es todo.
A Hans le repugnó ese comentario ligero. No quería seguir allí.
—Me voy —dijo al tiempo de levantarse.
Pero la muchacha le sujetó de un brazo.
—No, no puedes irte ahora. Yo he pedido un trago. Además, yo quiero beber, necesito beber.
—Muy bien, pero no aquí —explicó Hans.
—No, aquí no, en otro sitio —aceptó ella.
Y fue así como a las dos y media de la mañana, todavía con una luna resplandeciente que permitía ver uno por uno los techos de La Guaira bajo ellos, Hans Sandhurst y la muchacha salieron al aire de la noche, en pos de un lugar donde no vieran la dura sonrisa de aquel hombre que había proclamado, entre grumos de alcohol, el triunfo del instinto vital sobre la tierra. Con la cabeza entre las rodillas, el joven seguía vomitando.
Todavía a esa hora nada realmente importante había sucedido, de manera que si Hans Sandhurst se hubiera ido a dormir entonces, o la tragedia no se habría producido o él la hubiera ignorado. Pero no tuvo voluntad para recogerse... Ya se hallaba atraído por la intrigante personalidad de la muchacha, por su cambiante naturaleza, que habia ido revelándose tan lentamente y que, sin embargo, podía entreverse como en verdad atractiva. Eso explica que una hora más tarde estuvieran sentados en una tosca mesa en otro botiquín, un mísero saloncito situado en el camino del aeropuerto, atendido por una mestiza gorda y entrada en años, de cara adusta y perpetuo cigarrillo en la boca. Había allí tres o cuatro hombres del pueblo bebiendo cerveza, sin duda trasnochadores habituales, que miraban a la muchacha con ojos lascivos y hablaban entre risotadas. La muchacha había bebido sin parar. Hans Sandhurst temía que se emborrachara.
Pues en la mente de esa compañera de una noche estaba produciéndose una obsesión, acaso algo parecido a los huracanes tropicales que cruzaban devastadores, de tarde en tarde, por ese mismo mar Caribe que golpeaba sin cesar las orillas rocosas de La Guaira. El hombre aquel había dicho: “Nosotros, los seres humanos, nos perdemos en la muerte, en la nada”; y esas palabras giraban sin tregua en el cerebro de la muchacha, e iban formando allí un núcleo que arrastraba poco a poco todas sus ideas y sus emociones, como el núcleo del huracán arrastra los vientos y los pone a girar en torno suyo. Y era así, según lo entendía Hans, porque a menudo -con mayor frecuencia a medida que aumentaba el número de tragos que ingería- ella le sujetaba un brazo y mirándole con angustia, y hasta con cierta expresión de terror en los ojos, preguntaba:
—¿Es verdad que nos perderemos en la muerte, Hans; que nos perderemos en la nada?
El hecho de que él respondiera negativamente no parecía hacerle efecto; volvía al tema con obstinación creciente.
—Yo tengo un lindo recuerdo, un solo recuerdo bonito en mi vida, Hans, pero va a perderse, va a desaparecer cuando me muera. ¡Mi recuerdo va a morir, Hans, va a volverse nada también!
El comenzaba a sentirse cansado. El terrible calor del Caribe había sido durante todo el día más fuerte que nunca; refrescó algo durante la noche, cuando estaban allá arriba, en el otro botiquín, pero ahora parecía haber vuelto y en verdad le abrumaba. La idea de ese recuerdo muriendo, desapareciendo en la nada; iba por momentos convirtiendose, en la cabeza de la muchacha, en una especie de cantinela de borracho, lo cual desagradaba a Hans. Las caras de aquellos hombres que tenían ojos tan lascivos, y sus risotadas y su palabrotas, le causaban disgustos, como le disgustaba la torva faz de la gruesa dueña.
—¡Vámonos! —dijo angustiado.
La muchacha no le contradijo. Le miró con humildad, más propiamente, con amorosa humildad. El se había puesto en pie y ella se paró también. Era alta, de piel juvenil, bonita, de linda boca, de nariz fina, de ojos oscuros, de brillante pelo corto y negro. Sin embargo, en tal momento parecía muy desamparada y Hans estaba seguro de que inesperadamente se pondría a llorar. Salieron. Hasta la puerta se asomaron dos de aquellos hombres para verlos, y cuando doblaron la esquina Hans volvió el rostro; la gorda mestiza les seguía con los ojos. Las míseras callejas se veían solitarias. Uno que otro perro ladraba, tal vez al paso de ellos, y a la luz de un farol había una pareja de policías. Caminaban en silencio. Y de pronto sucedió lo que él temía: ella se agarró a su hombro derecho y comenzó a sollozar. Sufría con toda el alma, de eso no cabía duda; su cuerpo entero se conmovía a los sollozos.
—¡Hans, mi único recuerdo bonito va a perderse! —dijo.
El segundo oficial del “Trodheim” había aprendido que en el Caribe hay dos maneras de ejercer la autoridad; una muy amplia, cuando se vive democráticamente, y otra muy exigente, cuando se vive bajo dictaduras. Pensaba que si aquellos dos policías les veían y creían que ellos estaban besándose o acariciándose en plena vía, en las calles de La Guaira, considerarían que estaban burlándose de su autoridad y nadie sabía lo que podría ocurrir. Por eso se impacientó:
—Eso es tonto —dijo—; es tonto estar llorando por un recuerdo que no ha desaparecido aún. Creo que esto debe acabarse ya. Vamos.
Entonces ella levantó la cabeza y dejó de llorar. Todavía le corrían lágrimas por las mejillas, pero no lloraba ya; al contrario, la ira y el asombro, o si se prefiere, el disgusto y la sorpresa se mezclaban, en su expresión.
—¡Vete tú! —dijo. Y se plantó en la calle.
La noche comenzaba a desvanecerse. Sin duda era bastante más tarde de las cuatro y Hans sabía que a las cinco sería día claro ya. De la luna sólo quedaba un resplandor; las estrellas perdían brillo y su vívido color amarillo iba cediendo con bastante rapidez. Hans Sandhurst debía llegar a su barco. Por lo demás, esa muchacha se había embriagado. Así que aceptó su orden y rompió a andar. Caminó cincuenta pasos, tal vez sesenta, y de pronto sintió que ella corría tras él, que se le acercaba en carrera desenfrenada, llamándole casi a gritos:
—¡Hans, Hans, Hans!
Él se detuvo. Se oían con toda limpieza los pasos de la joven en el pavimento, y resonaban en la bóveda silenciosa de la noche. Al llegar donde él se hallaba se tiró a su pecho, otra vez llorando, sacudida por el llanto. En ese momento él pensó preguntarle dónde vivía para llevarla a dormir, o decirle que lo dejara tranquilo porque él se encaminaba a su barco. Pero no hizo ninguna de esas dos cosas: lo que hizo fue pasarle la mano por la cabeza, alisándole su corto pelo negro, y dejarla desahogarse en lágrimas. Así pasaron tal vez diez minutos, al cabo de los cuales ella dijo:
—Hans, el hombre tenía razón; él era el que tenía razón.
Maquinalmente echaron ambos a andar; lo hacían despaciosamente y en silencio. Ya empezaba a notarse el próximo nacimiento del día, a pesar de lo cual las callejas surgían solitarias. Iban hacia los muelles. Se oía el mar, retumbando en su ir y venir, como una lejana artillería en acción. Y de pronto, al paso de la pareja se levantó una corta bandada de palomas que picoteaban en la calle. Eran seis, tal vez siete, quizá ocho. Ambos alzaron los ojos para verlas. Y una de las palomas, totalmente blanca como un ave de mármol, dejó seguir a la bandada y se posó en el alambre del alumbrado. Fué una desdichada casualidad que acertara a poner sus rojas patitas en un alambre pelado. Pero ocurrió, y de golpe, igual que abatida por un rayo, la linda ave aleteó, como si no hubiera podido desprenderse, y cayó pesadamente a tierra.
Fue un pequeño pero extraño suceso. El cielo tenía ese tinte verde amarillo de los amaneceres en el trópico, y las casas, los postes de luz, todo lo que sobresalía se veía recortado contra él. Así también se vió la paloma cuando estuvo en el alambre. Pero abajo, al caer, era posible distinguirla en detalle, con sus párpados grises, su pico de coral, sus blancas plumas tan limpias. En el paroxismo de la muerte tembló durante unos segundos. La muchacha había corrido y la había levantado. Expiró en sus manos. De rodillas, con la paloma en las palmas, como quien ofrenda a un Dios colérico, ella estaba frente a Hans y su rostro expresaba el enorme terror de quien está frente a un verdugo.
—¡Hans, Hans, aquí está; mírala, Hans, muerta, muerta como me moriré yo, muerta como decía el hombre!
Así dijo la muchacha; y en tal momento lloraba. Hans iba a cogerla de un brazo y a decirle que caminara, que eso no tenía importancia. Pero en tal momento ella volvió los ojos hacia el mar. La calle iba en descenso, bordeada de aceras desiguales, y al final, ya dando al mar, se veía un perro que hurgaba en un latón de basura. Todo eso lo vio Hans antes de que ella actuara. Y de pronto la muchacha se incorporó, miró con ojos de loca, con ojos de un miedo cerval, irresistible, al hombre que estaba allí, frente a ella; y sin soltar la paloma, con evidente frenesí, se echó a correr en dirección al mar. A la naciente claridad del día se veía el color naranja de su traje batido por la brisa del amanecer. El segundo oficial del “Trodheim” pensó: “Se va a su casa”. De ahí el asombro con que vio a la muchacha seguir en línea recta por el muelle y saltar. Cuando él llegó, algunos hombres y un policía daban carreras y voces, y era inútil ya tratar de lanzarse tras ella. Una sola vez vieron algo de la suicida: sus dos manos al pie de una ola. Todavía sujetaba en ellas la paloma muerta.
Hans Sandhurst se quedó allí, oyendo comentar atolondrado. Mucho después que salió el sol se encaminó a un bar y pidió cerveza. No tenía hambre ni sueño ni sed, pero debió tomarse seis cervezas. Tardó tiempo en pensar que el asunto podía tener complicaciones, pues en dos lugares la muchacha había sido vista con él. Por eso cuando llegó al “Trodheim”, casi a las nueve de la mañana, llamó al primer oficial y habló largamente con él. El primer oficial no le interrumpió ni una sola vez; oyó todo el relato y al final dijo:
—Será mejor que veamos al capitán, Sandhurst.
El capitán usaba lentes y su rostro aguzado, pálido, no dió señal de emoción alguna mientras oía la historia. Sólo cuando su segundo oficial terminó de hablar hizo un comentario, que en su lengua nativa sonó extrañamente a los oídos de Sandhurst. Dijo:
—No veo razón para preocuparse, Sandhurst. Y en cuanto al móvil del suicidio entiendo que no fueron las palabras de aquel hombre lo que la trastornaron. Seguramente había otros motivos que usted desconoce. Para su buen gobierno debo decirle que las gentes de estos pueblos mestizos no tienen tan alta sensibilidad ante las ideas como nosotros. Vaya a hacerse cargo de su trabajo.
Sí; eso fue lo que dijo, y para Hans Sandhurst no podían ser más estúpidas esas palabras. Por eso cuando se fue a su camarote buscó entre sus papeles la tarjeta del capitán italiano y se puso a escribirle. No tenía nada de improbable que el destinatario de la carta se asombrara cuando leyera la frase final. Decía así: “Si en verdad hay camarones y usted desea participar en el negocio, hágamelo saber. Es preferible vivir en estos países, donde todavía hay gente capaz de vivir la vida hasta la muerte, aunque sean mestizas”.
Cuando salió a cubierta los lingadores hablaban a gritos del suceso. Uno preguntaba:
—¿Y quién era?
Otro respondía:
—No se sabe; dicen que era de Caracas.
Pero para Hans Sandhurst ella sería siempre “la muchaca de La Guaira”.Ir arriba
A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. Además de que sentía la pierna endurecida, golpes internos le sacudían la ingle. Medio ciego por el dolor de cabeza y la debilidad, Luis Pie se sentó en el suelo, sobre las secas hojas de la caña, rayó un fósforo y trató de ver la herida. Allí estaba, en el dedo grueso de su pie derecho. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada, pero estaba llena de lodo. Se había cortado el dedo la tarde anterior, al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita.
Un golpe de aire apagó el fósforo, y el haitiano encendió otro. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. Escudriñó la pequeña cortada, con sus ojos cargados por la fiebre, y no supo qué responderse; después quiso levantarse y andar, pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna.
Esto ocurría el sábado, al iniciarse la noche. Luis Pie pegó la frente al suelo, buscando el fresco de la tierra, y cuando la alzó de nuevo le pareció que había transcurrido mucho tiempo. Hubiera querido quedarse allí descansando; mas de pronto el instinto le hizo salir la cabeza.
—Ah... Pití Mishé ta eperan a mué —dijo con amargura.
Necesariamente debía salir al camino, donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey; podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche.
Arrastrándose a duras penas, a veces pegando el pecho a la tierra, Luis Pie emprendió el camino. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. El haitiano meditó un minuto. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados. ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche, y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel, el mayor, encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos, a su retorno del trabajo. Si él se perdía, los niños le esperarían hasta que el sueño los aturdiera y se quedarían dormidos allí, junto a la hoguera consumida.
Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel, que era enfermizo, se le muriera un día, como se le murió la mujer. Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití, caminando sin cesar, primero a través de las lomas, en el cruce de la frontera dominicana, luego a lo largo de todo el Cibao, después recorriendo las soleadas carreteras del Este, hasta verse en la región de los centrales de azúcar.
—¡Oh, Bonyé! —gimió Luis Pie con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores—, pití Mishé va a ta eperán to la noche a son per.
Y entonces sintió ganas de llorar, a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el ruido del motor.
—No, no ta sien pallá; ta sien pacá —afirmó resuelto. Y siguió arrastrándose, andando a veces a gatas.
Pero sí había pasado a distancia un motor. Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar, primero en la Colonia Carolina, después en la Josefita; e ignoraba que detrás estaba otra colonia, la Gloria, con su trocha medio kilómetro más lejos, y que don Valentín Quintero, el dueño de la Gloria, tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí, por la zafra, en busca de unos pesos. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford; y como iba muy alegre, pensando en la fiesta de esa noche, no tomó en cuenta, cuando encendió el tabaco, que el auto pasaba junto al cañaveral. Golpeando en la espalda al chofer, don Valentín dijo:
—Esa Lucía es una sinvergüenza, sí señor, ¡pero qué hembra!
Y en ese momento lanzó el fósforo, que cayó encendido entre las cañas. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros.
Tal vez esa distancia había logrado arrastrarse el haitiano. Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña, porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha; iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. Al principio no comprendió; jamás había visto él un incendio en el cañaveral. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo, iluminando el lugar con un tono rojizo. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. Echándose sobre las cañas, como si tuvieran vida, las llamas avanzaban ávidamente, envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar; los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la altura. El haitiano temió que iba a quedar cercado. Quiso huir. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. Pero le pareció que nada podría salvarle.
—¡Bonyé, Bonyé! —empezó a aullar, fuera de sí; y luego, más alto aún:
—¡Bonyéeeee!
Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror, que por un instante perdió la voz y el conocimiento. Sin embargo siguió moviéndose, tratando de escapar, pero sin saber en verdad qué hacía. Quienquiera que fuera, el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor.
Pegado a la tierra, con sus ojos desorbitados por el pavor, veía crecer el fuego cuando le pareció o ir tropel de caballos, voces de mando y tiros. Rápidamente levantó la cabeza. La esperanza le embriagó.
—¡Bonyé, Bonyé —clamó casi llorando—, ayuda a mué, gran Bonyé; tú salva a mué de murí quemá!
¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores; buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. Dando la mayor amplitud posible a su voz, gritó estentóreamente:
—¡Dominiquén bon, aquí ta mué, Luí Pie! ¡Salva a mué, dominiquén bon!
Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. La voz decía:
—¡Por aquí, por aquí! ¡Corran, que está cogió! ¡Corran, que se puede ir!
Olvidándose de su fiebre y de su pierna, Luis Pie se incorporó y corrió. Iba cojeando, dando saltos, hasta que tropezó y cayó de bruces. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y mascullaba:
—Oh Bonyé, gran Bonyé que ta ayudan a mué...
En ese mismo instante la alegría le cortó el habla, pues a su frente, irrumpiendo por entre las cañas, acababa de aparecer un hombre a caballo, un salvador.
—¡Aquí está, corran! —demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían.
Inmediatamente aparecieron diez o doce, muchos de ellos a pie y la mayoría armada de mochas. Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie.
—¡Hay que matarlo ahí mismo, y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! —se oyó vociferar.
Puesto de rodillas, Luis Pie, que apenas entendía el idioma, rogaba enternecido:
—¡Ah dominiquén bon, salva a mué, salva a mué pa lleva manyé a mon pití!
Una mocha cayó de plano en su cabeza, y el acero resonó largamente.
—¿Qué ta pasán? —preguntó Luis Pie lleno de miedo.
—¡No, no! —ordenaba alguien que corría—. ¡Dénles golpes, pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quiénes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria!
El que así gritaba era don Valentín Quintero, y él fue el primero en dar el ejemplo. Le pegó al haitiano en la nariz, haciendo saltar la sangre. Después siguieron otros, mientras Luis Pie, gimiendo, alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos.
—¡Canalla, bandolero; confiesa que prendiste candela!
—Uí, uí —afirmaba él haitiano. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y qué el viento los había apagado.
¿Qué había ocurrido? Luis Pié no lo comprendía. Su poderoso enemigo acabaría con él; le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití, y Luis Pie, que temía a esas fuerzas ocultas, no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil!
—¡Levántate, perro! —ordenó un soldado.
Con gran asombro suyo, el haitiano se sintió capaz de levantarse. La primera arremetida de la infección había pasado, pero él lo ignoraba. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino; después, a golpes y empujones, debió seguir sin detenerse, aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle.
Tardó una hora en llegar al batey, donde la gente se agolpó para verlo pasar. Iba echando sangre por la cabeza, con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. Se le veía qué no podía ya mas, que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido.
El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas, en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta, destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda, estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra.
Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención; todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. Era tal el momento que nadie habló. Y de pronto la voz de Luis Pie, una voz llena de angustia y de ternura, se alzó en medio del silencio, diciendo:
—¡Pití Mishé, mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme, mon pití? ¿Tú ta bien?
El mayor de los niños, que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente, dijo entre llanto, sin mover un músculo, hablando bien alto:
—¡Sí, per; yo ta bien; to nosotro ta bien, mon per! Y se quedó inmóvil, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
Luis Pie, asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían, no pudo contener sus palabras.
—¡Oh Bonyé, tú sé gran! —clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud.
Después abatió la cabeza, pegó la barbilla al pecho que no lo vieran llorar, y empezó a caminar de nuevo, arrastrando su pierna enferma.
La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños; pero como no tardó en comprender que el espectáculo que ofrecía Luis Pie era más atrayente, decidió ir tras él. Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños; pero al fin echó a correr tras la turba, que iba doblando una esquina. Luis Pie había vuelto el rostro, sin duda para ver una vez más a sus hijos, y uno de los soldados pareció llenarse de ira.
—¡Ya ta bueno de hablar con la familia! —rugía el soldado.
La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie, y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. Durante un segundo esperó el ruido. Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. Pues aunque deseaba pegar, el soldado se contuvo. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche, y, además, comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello.
No podía darse cuenta, porque iba caminando como un borracho, mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído.Ir arriba
La vieja Remigia sujeta el aparejo, alza la pequeña cara y dice:
-Déle ese rial fuerte a las Animas pa que llueva, Felipa.
Felipa fuma y calla. Al cabo de tanto oír lamentar la sequía levanta los ojos y recorre el cielo con ellos. Claro, amplio y alto, el cielo se muestra sin una mancha. Es de una limpieza desesperante.
-Y no se ve ni señal de nube comenta.
Baja entonces la mirada. Los terrenos pardos se agrietan a la distancia. Allá, al pie de la loma, un bohío. La gente que viva en él, y en los otros, y en los más remotos, estará pensando como ella y como la vieja Remigia. ¡Nada de lluvia en una sarta bien larga de meses! Los hombres prenden fuego a los pinos de las lomas; el resplandor de los candelazos chamusca las escasas hojas de los maizales; algunas chispas vuelan como pájaros, dejando estelas luminosas, caen y florecen en incendios enormes: todo para que ascienda el humo a los cielos, para que llueva… Y nada. Nada.
-Nos vamos a acabar, Remigia -dice.
La vieja comenta:
-Pa lo que nos falta.
La sequía había empezado matando la primera cosecha; cuando se hubo hecho larga y le sacó todo el jugo a la tierra, les cayó encima a los arroyo; poco a poco los cauces le fueron quedando anchos al agua, las piedras surgieron cubiertas de lama y los pececillos emigraron corriente abajo. Infinidad de caños acabaron por agotarse, otros por tornarse lagunas, otros lodazales. Sedientos y desesperados, muchos hombres abandonaron los conucos, aparejaron caballos y se fueron con las familias en busca de lugares menos áridos.
La vieja Remigia se resistía a salir. Algún día caería el agua; alguna tarde se cargaría el cielo de nubes; alguna noche rompería el canto del aguacero sobre el ardido techo de yaguas.
***
Desde que se quedó con el nieto, después que se llevaron al hijo en una parihuela, la vieja Remigia se hizo huraña y guardadora. Pieza a pieza fue juntando sus centavos en una higuera con ceniza. Los centavos eran de cobre. Trabajaba en el conuquito, detrás de la casa, sembrando maíz y frijoles. El maíz lo usaba en engordar los pollos y los cerdos; los frijoles servían para la comida. Cada dos o tres meses reunía los pollos más gordos y se iba a venderlos. Cuando veía un cerdo mantecoso, lo mataba; ella misma detallaba la carne y de las capas extraía la grasa; con ésta y con los chicharrones se iba también al pueblo. Cerraba el bohío, le encargaba a un vecino que le cuidara lo suyo, montaba el nieto en el potro bayo y lo seguía a pie. En la noche estaba de vuelta.
Iba tejiendo su vida así, con el nieto colgado en el corazón.
-Pa ti trabajo, muchacho -le decía-. No quiero que pases calores, ni que te vayas a malograr como tu taita.
El niño la miraba. Nunca se le oía hablar, y aunque apenas alzaba una vara del suelo, madrugaba con su machete bajo el brazo y el sol le salía sobre la espalda, limpiando el conuco.
La vieja Remigia tenía sus esperanzas. Veía crecer el maíz, veía florecer los frijoles; oía el gruñido de sus puercos en la pocilga cercana; contaba las gallinas al anochecer, cuando subían a los palos. Entre días descolgaba la higuera y sacaba los cobres. Había muchos, llegó también a haber monedas de plata de todos tamaños.
Con temblores en la mano, Remigia acariciaba su dinero y soñaba. Veía al muchacho en tiempo de casarse, bien montado en brioso caballo alazano, o se lo figuraba tras un mostrador, despachando botellas de ron, varas de lienzo, libras de azúcar. Sonreía, tornaba a guardar su dinero, guindaba la higuera y se acercaba al nieto, que dormía tranquilo.
Todo iba bien. Pero sin saberse cuándo ni cómo se presentó aquella sequía. Pasó un mes sin llover, pasaron dos, pasaron tres. Los hombres que cruzaban por delante de su bohío la saludaban diciendo:
-Tiempo bravo, Remigia.
Ella aprobaba en silencio. Acaso comentaba:
-Prendiendo velas a las Animas pasa esto.
Pero no llovía. Se consumieron muchas velas y se consumió también el maíz en sus tallos. Se oían crujir los palos; se veían enflaquecer los caños de agua; en la pocilga empezó a endurecerse la tierra. A veces se cargaba el cielo de nubes; allá arriba se apelotonaban manchas grises; bajaban de las lomas vientos húmedos, que alzaban montones de polvo.
-Esta noche sí llueve, Remigia -aseguraban los hombres que cruzaban.
-¡Por fin! Va a ser hoy -decía una mujer.
-Ya está casi cayendo -confiaba un negro.
La vieja Remigia se acostaba y rezaba: ofrecía más velas a las Animas y esperaba. A veces le parecía sentir el roncar de la lluvia que descendía de las altas lomas. Se dormía esperanzada; pero el cielo amanecía limpio como ropa de matrimonio.
Comenzó la desesperación. La gente estaba ya transida y la propia tierra quemaba como si despidiera llamas. Todos los arroyos cercanos habían desaparecido; toda la vegetación de las lomas había sido quemada. No se conseguía comida para los cerdos; los asnos se alejaban en busca de mayas; las reses se perdían en los recodos, lamiendo raíces de árboles; los muchachos iban a distancias de medio día a buscar latas de agua; las gallinas se perdían en los montes, en procura de insectos y semillas.
-Se acaba esto, Remigia. Se acaba -lamentaban las viejas.
Un día, con la fresca del amanecer, pasó Rosendo con la mujer, los dos hijos, la vaca, el perro y un mulo flaco cargao de trastos.
-Yo no aguanto, Remigia; a este lugar le han hecho mal de ojo.
Remigia entró en el bohío, buscó dos monedas de cobre y volvió.
-Tenga; préndale esto de velas a las Animas en mi nombre -recomendó.
Rosendo cogió los cobres, los miró, alzó la cabeza y se cansó de ver cielo azul.
-Cuando quiera, váyase a Tavera. Nosotros vamos a parar un rancho allá, y dende agora es suyo.
-Yo me quedo, Rosendo. Esto no puede durar.
Rosendo volvió el rostro. Su mujer y sus hijos se perdían ya en la distancia. El sol parecía incendiar las lomas remotas.
***
El muchacho se había puesto tan oscuro como un negro. Un día se le acercó:
-Mama, uno de los puerquitos parece muerto.
Remigia se fue a la pocilga. Anhelantes, resecas las trompas, flacos como alambres, los cerdos gruñían y chillaban. Estaban apelotonados, y cuando Remigia los espantó vio restos de un animal. Comprendió: el muerto había alimentado a los vivos. Entonces decidió ir ella misma en busca de agua para que sus animales resistieran.
Echaba por delante el potro bayo; salía de madrugada y retornaba a medio día. Incansable, tenaz, silenciosa, Remigia se mantenía sin una queja. Ya sentía menos peso en la higuera; pero había que seguir sacrificando algo para que las Animas tuvieran piedad. El camino hasta el arroyo más cercano era largo; ella lo hacía a pie, para no cansar la bestia. El potro bayo tenía las ancas cortantes, el pescuezo flaco, y a veces se le oían chocar los huesos.
El éxodo continuaba. Cada día se cerraba un nuevo bohío. Ya la tierra parda se resquebrajaba; ya sólo los espinosos cambronales se sostenían verdes. En cada viaje el agua del arroyo era más escasa. A la semana había tanto lodo como agua; a las dos semanas el cauce era como un viejo camino pedregoso, donde refulgía el sol. La bestia, desesperada, buscaba donde ramonear y batía el rabo para espantar las moscas.
Remigia no había perdido la fe. Esperaba las señales de lluvia en el alto cielo.
-¡Animas del Purgatorio! -clamaba de rodillas-. ¡Animas del Purgatorio! ¡Nos vamos a morir achicharrados si ustedes no nos ayudan!
Días después el potro bayo amaneció tristón e incapaz de levantarse; esa misma tarde el nieto se tendió en el catre, ardiendo en fiebre. Remigia se echó afuera. Anduvo y anduvo, llamando en los distantes bohíos, levantando los espíritus.
-Vamos a hacerle un rosario a San Isidro -decía.
-Vamos a hacerle un rosario a San Isidro -repetía.
Salieron una madrugada de domingo. Ella llevaba el niño en brazos. La cabeza del muchacho, cargada de calenturas, pendía como un bulto del hombro de su abuela. Quince o veinte mujeres, hombres y niños desarrapados, curtidos por el sol, entonaban cánticos tristes, recorriendo los pelados caminos. Llevaban una imagen de la Altagracia; le encendían velas; se arrodillaban y elevaban ruegos a Dios. Un viejo flaco, barbudo, de ojos ardientes y acerados, con el pecho desnudo, iba delante golpeándose el esternón con la mano descarnada, mirando a lo alto y clamando:
¡San Isidro Labrador!
¡San Isidro Labrador!
Trae el agua y quita el sol,
¡San Isidro Labrador!
Sonaba ronca la voz del viejo. Detrás, las mujeres plañían y alzaban los brazos.
***
Ya se habían ido todos. Pasó Rosendo, pasó Toribio con una hija medio loca; pasó Felipe; pasaron unos y otros. Ella les dio a todos para las velas. Pasaron los últimos, una gente a quienes no conocía; llevaban un viejo enfermo y no podían con su tristeza; ella les dio para las velas.
Se podía tender la vista sin tropiezos y ver desde la puerta del bohío el calcinado paisaje con las lomas peladas al final; se podían ver los cauces secos de los arroyos.
Ya nadie esperaba lluvia. Antes de irse los viejos juraban que Dios había castigado el lugar y los jóvenes que tenía mal de ojo.
Remigia esperaba. Recogía escasas gotas de agua. Sabía que había que empezar de nuevo, porque ya casi nada quedaba en la higuera, y el conuco estaba pelado como un camino real. Polvo y sol; sol y polvo. La maldición de Dios, por la maldad de los hombres, se había realizado allí; pero la maldición de Dios no podía acabar con la fe de Remigia.
***
En su rincón del Purgatorio, las Animas, metidas de cintura abajo entre las llamas voraces, repasaban cuentas. Vivían consumidas por el fuego, purificándose; y, como burla sangrienta, tenían potestad para desatar la lluvia y llevar el agua a la tierra. Una de ellas, barbuda, dijo:
-¡Caramba! ¡La vieja Remigia, de Paso Hondo, ha quemado ya dos pesos de velas pidiendo agua!
Las compañeras saltaron vociferando:
-¡Dos pesos, dos pesos!
Alguna preguntó:
-¿Por qué no se le ha atendido, como es costumbre?
-¡Hay que atenderla! -rugió una de ojos impetuosos.
-¡Hay que atenderla! -gritaron las otras.
Se corrían la voz, se repetían el mandato:
-¡Hay que mandar agua a Paso Hondo! ¡Dos pesos de agua!
-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!
-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!
Todas estaban impresionadas, casi fuera de sí, porque nunca llegó una entrega de agua a tal cantidad; ni siquiera a la mitad, ni aun a la tercera parte. Servían una noche de lluvia por dos centavos de velas, y cierta vez enviaron un diluvio entero por veinte centavos.
-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo! -rugían.
Y todas las Animas del Purgatorio se escandalizaban pensando en el agua que había que derramar por tanto dinero, mientras ellas ardían metidas en el fuego eterno, esperando que la suprema gracia de Dios las llamara a su lado.
***
Abajo, en Paso Hondo, se nubló el cielo. Muy de mañana Remigia miró hacia oriente y vio una nube negra y fina, tan negra como una cinta de luto y tan fina como la rabiza de un fuete. Una hora después inmensas lomas de nubes grises se apelotonaron, empujándose, avanzando, ascendiendo. Dos horas más tarde estaba oscuro como si fuera de noche.
Llena de miedo, con el temor de que se deshiciera tanta ventura, Remigia callaba y miraba. El nieto seguía en el catre, calenturiento. Estaba flaco, igual que un sonajero de huesos. Los ojos parecían salirle de cuevas.
Arriba estalló un trueno. Remigia corrió a la puerta. Avanzando como caballería rabiosa, un frente de lluvia venía de las lomas sobre el bohío. Ella sonrió de manera inconsciente; se sujetó las mejillas, abrió desmesuradamente los ojos. ¡Ya estaba lloviendo!
Rauda, pesada, cantando broncas canciones, la lluvia llegó hasta el camino real, resonó en el techo de yaguas, saltó el bohío, empezó a caer en el conuco. Sintiéndose arder, Remigia corrió a la puerta del patio y vio descender, apretados, los hilos gruesos del agua; vio la tierra adormecerse y despedir un vaho espeso. Se tiró afuera, radiosa.
-¡Yo sabía, yo lo sabía, yo lo sabía! -gritaba a voz en cuello.
-¡Lloviendo, lloviendo! -clamaba con los brazos tendidos hacia el cielo-. ¡Yo sabía!
De pronto penetró en la casa, tomó al niño, lo apretó contra su pecho, lo alzó, lo mostró a la lluvia.
-¡Bebe, muchacho; bebe, hijo mío! ¡Mira agua, mira agua!
Y sacudía al nieto, lo estrujaba; parecía querer meterle dentro el espíritu fresco y disperso del agua.
***
Mientras afuera bramaba el temporal, soñaba adentro Remigia.
-Ahora -se decía-, en cuanto la tierra se ablande, siembro batata, arroz tresmesino, frijoles y maíz. Todavía me quedan unos cuartitos con qué comprar semillas. El muchacho se va a sanar. ¡Lástima que la gente se haya ido! Quisiera verle la cara a Toribio, a ver qué pensaría de este aguacero. Tantas rogaciones, y sólo me van a aprovechar a mí. Quizá vengan agora, cuando sepan que ya pasó el mal de ojo.
El nieto dormía tranquilo. En Paso Hondo, por los secos cauces de los arroyos y los ríos, empezaba a rodar agua sucia; todavía era escasa y se estancaba en las piedras. De las lomas bajaba roja, cargada de barro; de los cielos descendía pesada y rauda. El techo de yaguas se desmigajaba con los golpes múltiples del aguacero. Remigia se adormecía y veía su conuco lleno de plantas verdes, lozanas, batidas por la brisa fresca; veía los rincones llenos de dorado maíz, de frijoles sangrientos, de batatas henchidas. El sueño le tornaba pesada la cabeza y afuera seguía bramando la lluvia incansable.
***
Pasó una semana; pasaron diez días, quince… Zumbaba el aguacero sin una hora de tregua. Se acabaron el arroz y la manteca; se acabó la sal. Bajo el agua tomó Remigia el camino de Las Cruces para comprar comida. Salió de mañana y retornó a media noche. Los ríos, los caños de agua y hasta las lagunas se adueñaban del mundo, borraban los caminos, se metían lentamente entre los conucos.
Una tarde pasó un hombre. Montaba mulo pesado.
-¡Ey, don! -llamó Remigia.
El hombre metió la cabeza del animal por la puerta.
-Bájese pa que se caliente -invitó ella.
La montura quedó a la intemperie.
-El cielo se ta cayendo en agua -explicó él al rato. -Yo como usté dejaba este sitio tan bajito y me diba pa las lomas.
-¿Yo dirme? No, hijo. Horita pasa este tiempo.
-Vea -se extendió el visitante-, esto es una niega. Yo las he visto tremendas, con el agua llevándose animales, bohíos, matas y gente. Horita se crecen todos los caños que yo he dejado atrás, contimás que ta lloviendo duro en las cabezadas.
-Jum… Peor que esto fue la seca, don. Todo el mundo le salió huyendo, y yo la aguanté.
-La seca no mata, pero el agua ahoga, doña. Todo eso -y señaló lo que él había dejado a la puerta- ta anegado. Como tres horas tuve esta mañana sin salir de un agua que me le daba en la barriga al mulo.
El hombre hablaba con voz pausada, y sus ojos grises, atemorizados, vigilaban el incesante caer de la lluvia.
Al anochecer se fue. Mucho le rogó Remigia que no cogiera el camino con la oscuridad.
-Dispués es peor, doña. Van esos ríos y se botan…
Remigia se fue a atender al nieto, que se quejaba débilmente.
***
Tuvo razón el hombre. ¡Qué noche, Dios! Se oía un rugir sordo e inquietante; se oían retumbar los truenos; penetraban los reflejos de los relámpagos por las múltiples rendijas.
El agua sucia entró por los quicios y empezó a esparcirse en el suelo. Bravo era el viento en la distancia, y a ratos parecía arrancar árboles. Remigia abrió la puerta. Un relámpago lejano alumbró el sitio de Paso Hondo. ¡Agua y agua! Agua aquí, allá, más lejos, entre los troncos escasos, en los lugares pelados. Debía descender de las lomas y en el camino real se formaba un río torrentoso.
-¿Será una niega? -se preguntó Remigia, dudando por vez primera.
Pero cerró la puerta y entró. Ella tenía fe; una fe inagotable, más que lo que había sido la sequía, más que lo sería la lluvia. Por dentro, su bohío estaba tan mojado como por fuera. El muchacho se encogía en el catre, rehuyendo las goteras.
A media noche la despertó un golpe en una esquina de la vivienda. Se fue a levantar, pero sintió agua hasta casi las rodillas. Bramaba afuera el viento. El agua batía contra los setos del bohío. Entonces Remigia se lanzó del catre, como loca, y corrió a la puerta.
¡Qué noche, Dios; qué noche horrible! Llegaba el agua en golpes; llegaba y todo lo cundía, todo lo ahogaba. Restalló otro relámpago, y el trueno desgajó pedazos de oscuro cielo.
Remigia sintió miedo.
-¡Virgen Santísima! -clamó-. ¡Virgen Santísima, ayúdame!
Pero no era negocio de la Virgen, ni de Dios, sino de las Animas, que allá arriba gritaban:
-¡Ya va medio peso de agua! ¡Ya va medio peso!
***
Cuando sintió el bohío torcerse por los torrentes, Remigia desistió de esperar y levantó al nieto. Se lo pegó al pecho; lo apretó, febril; luchó con el agua que le impedía caminar; empujó, como pudo, la puerta y se echó afuera. A la cintura llevaba el agua; y caminaba, caminaba. No sabía adónde iba. El terrible viento le destrenzaba el cabello, los relámpagos verdeaban en la distancia. El agua crecía, crecía. Levantó más al nieto. Después tropezó y tornó a pararse. Seguía sujetando al niño y gritando:
-¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!
Se llevaba el viento su voz y la esparcía sobre la gran llanura líquida.
-¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!
Su falda flotaba. Ella rodaba, rodaba. Sintió que algo le sujetaba el cabello, que le amarraban la cabeza. Pensó:
-En cuanto esto pase siembro batata.
Veía el maíz metido bajo el agua sucia. Hincaba las uñas en el pecho del nieto.
-¡Virgen Santísima!
Seguía ululando el viento, y el trueno rompía los cielos.
Se le quedó el cabello enredado en un tronco espinoso. El agua corría hacia abajo, hacia abajo, arrastrando bohíos y troncos. Las Animas gritaban, enloquecidas:
-¡Todavía falta; todavía falta! ¡Son dos pesos, dos pesos de agua! ¡Son dos pesos de agua!Ir arriba
La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se la ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera.
Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita. detrás de las pupilas.
La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.
A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.
También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las canas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.
La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.
La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.
A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: Un becerro, sin duda, estropeado por auto.
Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.
Más cerca ya, Quico vió que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.
***
El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío. caliente como horno, la persiguió, tirándola de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.
-¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonzada!
-Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó- quería ella explicar.
-¿Qué no? ¡Ahora verás!
Y volvía a golpearla.
El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. El veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mami moriría si seguía sangrando.
Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.
Le dijo después que se marchara.
-¡Te mataré si vuelves a esta casa!
La mujer estaba tirada en el piso de tierra; sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.
***
Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre.
Chepe entró por el patio.
-¡Te dije que no quería verte más aquí, condenada!
Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.
Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarla ya. Entonces fué cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.
El niño pequeñín, pequeñín, comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.
La lucha era silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.
La mujer vió cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Este comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.
Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.
La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.
La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.Ir arriba
CAPITULO I
Más arriba del cielo que ven los hombres, había otro cielo, su piso era de nubes y después, por encima y por los lados, todo era luz, una luz resplandeciente que se perdía en lo infinito. Allí vivía el Señor Dios.
El Señor Dios debía estar disgustado porque se paseaba de un extremo al otro extremo del cielo. Cada zancada suya era como de cincuenta millas y a sus pisadas temblaba el gran piso de nubes y se oían ruidos como truenos. El Señor Dios llevaba las manos a la espalda, unas veces doblaba la cabeza y otras la erguía y su gran cabeza parecía un sol deslumbrante. Por lo visto, algo preocupaba al Señor Dios.
Era que las cosas no iban como Él había pensado. Bajo sus pies tenía la Tierra, uno de los más pequeños de todos los mundos que Él había creado y en la Tierra los hombres se comportaban de manera absurda, guerreaban, se mataban entre sí, se robaban, incendiaban ciudades, los que tenían poder y riquezas y odiaban a los vecinos ricos y poderosos, formaban ejércitos y salían a atacarlos. Unos se declaraban reyes, y mediante el engaño y la fuerza tomaban las tierras y los ganados ajenos, apresaban a sus enemigos y los vendían como bestias. Las guerras, las invasiones, los incendios y los crímenes comenzaban sin que nadie supiera cómo, ni debido a qué causa y todos los que iniciaban esas atrocidades decían que el Señor Dios les mandaba a hacerlas y sucedía que las víctimas de tantas desgracias le pedían ayuda a Él que nada tenía que ver con esas locuras. El Señor Dios se quedaba asombrado.
El Señor Dios había hecho los mundos para otra cosa y especialmente había hecho la Tierra y la había poblado de hombres para que éstos vivieran en paz como si fueran hermanos, disfrutando entre todos de las riquezas y las hermosuras que Él había puesto en las montañas y en los valles, en los ríos y en los bosques. El Señor Dios había dispuesto que todos trabajaran a fin de que ocuparan su tiempo en algo útil y a fin de que cada quien tuviera lo necesario para vivir y con la claridad del Sol hizo el día para que se vieran entre si y vieran sus animales y sus sembrados y sus casas y vieran a sus hijos y a sus padres y comprendieran que los otros tenían también sembrados y animales y casas, hijos y padres a quienes querer y cuidar. Pero los hombres no se atuvieron a los deseos del Señor Dios, nadie se conformaba con lo suyo y cada quien quería lo de su vecino, las tierras, las bestias, las casas, los vestidos y hasta los hijos y los padres para hacerlos esclavos. Ocurría que el Señor Dios había hecho la noche con las tinieblas y su idea era que los hombres usaran el tiempo de la oscuridad para dormir. Pero ellos usaron esas horas de oscuridad para acecharse unos a otros, para matarse y robarse, para llevarse los animales e incendiar las viviendas de sus enemigos y destruir sus siembras.
Aunque en los cielos había siempre luz, la lejana luz de las estrellas y la que despedía de si el propio Señor Dios, se hizo necesario crear algo que disipara de vez en cuando las tinieblas de la Tierra y el Señor Dios creó la Luna. La Luna iluminó entonces toda la inmensidad. Su dulce luz verde amarilla llenaba de claridad los espacios y el Señor Dios podía ver lo que hacían los hombres cuando se ponía el Sol. Con sus manos gigantescas, Él hacía un agujero en las nubes, se acostaba de pechos en el gran piso gris, veía hacia abajo y distinguía nítidamente a los grupos que iban en son de guerra y de pillaje. El Señor Dios se cansó de tanta maldad, acabó disgustándose y un buen día dijo:
-Ya no es posible sufrir a los hombres.
Y desató el diluvio, esto es, ordenó a las aguas de los cielos que cayeran en la Tierra y ahogaran a todo bicho viviente, con la excepción de un anciano llamado Noé que no tomaba parte en los robos, ni en los crímenes, ni en los incendios y que predicaba la paz en vez de la guerra. Además de Noé, el Señor Dios pensó que debían salvarse su mujer, sus hijos, las mujeres de sus hijos y todos los animales que el viejo Noé y su familia metieran dentro de una arca de madera que debía flotar sobre las aguas.
Pero eso había sucedido muchos millares de años atrás. Los hijos de Noé tuvieron hijos y los nietos a su vez, tuvieron hijos y después los biznietos y los tataranietos. Terminado el diluvio, cuando estuvo seguro de que Noé y los suyos se hallaban a salvo, el Señor Dios se echó a dormir. Siempre había sido Él dormilón y un sueño del Señor Dios duraba fácilmente varios siglos. Se echaba entre las nubes, se acomodaba un poco, ponía su gran cabeza sobre un brazo y comenzaba a roncar. En la tierra se oían sus ronquidos y los hombres creían que eran truenos.
El sueño que disfrutó el Señor Dios a raíz del diluvio fue largo, más largo quizá de lo que Él mismo había pensado tomarlo. Cuando despertó y miró hacia la Tierra quedó sorprendido. Aquel pequeño globo que rodaba por los espacios estaba otra vez lleno de gente, de enorme cantidad de gente, unos que vivían en grandes ciudades, otros en pequeñas aldeas, muchos en chozas perdidas por los bosques y los desiertos. Y lo mismo que antes, se mataban entre si, se robaban, se hacían la guerra.
Por eso se veía al Señor Dios preocupado y disgustado, por eso iba de un sitio a otro, dando zancadas de cincuenta millas. El Señor Dios estaba en ese momento pensando qué cosa debía hacer para que los hombres aprendieran a quererse entre si, a vivir en paz. El diluvio había probado que era inútil castigarlos. Por lo demás, el Señor Dios no quería acabar otra vez con ellos, al fin y al cabo eran sus hijos, El los había creado y no iba Él a exterminarlos porque se portaran mal. Si ellos no habían comprendido sus propósitos, tal vez la culpa no era de ellos, sino del propio Señor Dios que nunca se los había explicado.
-Tengo que buscar un maestro que les enseñe a conducirse -dijo el Señor Dios para sí.
Y como el Señor Dios no pierde su tiempo, ni comete la tontería de mantenerse colérico sin buscarles solución a los problemas, dejó de dar zancadas, se quedó tranquilo y se puso a pensar. Pues ni aún Él mismo, que lo creó todo de la nada, hace algo sin antes pensar en el asunto. Una vez había habido un Noé, anciano bondadoso, a quien el Señor Dios quiso salvar del diluvio para que su descendencia aprendiera a vivir en paz y resultó que esos descendientes del buen viejo comenzaron a armar trifulcas peores que las de antes del tremendo castigo. Había sido mala idea la de esperar que la gente cambiara por medio o gracias al ejemplo de Noé, por tanto, el Señor Dios no perdería su tiempo escogiendo castigos ejemplares ni buscando entre los habitantes de la Tierra alguien a quien confiarle la regeneración del género humano. Pero entonces, ¿quién podría hacerse cargo de ese trabajo?
El Señor Dios pensó un rato, que podía ser un día, un año o un siglo pues para Él, el tiempo no tiene valor porque El mismo es el tiempo, lo cual explica que no tenga ni principio, ni fin. Pensó y de pronto halló la solución:
-El mejor maestro para esos locos sería un hijo mío.
¡Un hijo del Señor Dios! Bueno, eso era fácil de decir pero muy difícil de lograr. ¿Pues qué mujer podía ser la madre del Hijo de Dios? Sólo una Señora Diosa como Él y resulta que no la había, ni podía haberla. Él era solo, el gran solitario y sin duda, si hubiera estado casado nunca habría podido hacer los mundos y todo lo que hay en ellos, en la forma en que los hizo, porque la mujer del Señor Dios, cualquiera que hubiera sido - aún la más dulce e inteligente - habría intervenido alguna que otra vez en su trabajo y debido a su intervención las cosas habrían sido distintas, por ejemplo, la mujer hubiera dicho: "¿pero por qué le pones esa trompa tan fea al pobrecito elefante cuando le quedaría mejor un ramo de flores?" O quizá habría opinado que la jirafa no debía tener el cuello tan largo y ahora tendríamos una jirafa de patas larguísimas y pescuezo de seis pulgadas. Ocurrió siempre que cualquiera mujer convence a su marido de que haga algo en esta forma y no en aquella y así es y tiene que ser porque ella es la compañera que sufre con el marido sus horas malas y el marido no puede ignorar su derecho a opinar y a intervenir en cuanto él haga.
Pero el Señor Dios es solitario y tal vez por eso puso mayor atención en los animales machos que en las hembras, razón por la cual el león resultó mas fuerte que la leona, el gallo más inquieto y con más color que la gallina, el palomo más grande y ruidoso que la paloma. Y la verdad es que como Él no tenía necesidades como la gente, ni sentía la falta de alguien con quien cambiar ideas, no se dio cuenta de que debía casarse. No se casó y sólo en aquel momento, cuando comprendió que debía tener un hijo, pensó en su eterna soltería.
-Caramba, debería casarme -dijo.
Pero a seguidas se rió de sus palabras. ¿Con quién podía contraer matrimonio? Además, aunque hubiera con quien, Él estaba hecho a sus manías, que no iba a dejar fácilmente, entre otras debilidades, le gustaba dormir de un tirón montones de siglos y a las mujeres no les agradan los maridos dormilones.
La situación era seria y había que hallarle una solución. Eso que sucedía en la Tierra no podía seguir así. El Señor Dios necesitaba un hijo que predicara en ese mundo de locos, la ley del amor, la del perdón, la de la paz.
-¡Ya está! -dijo el Señor Dios, pero lo dijo con tal alegría, tan vivamente que su vozarrón estalló y llenó los espacios, haciendo temblar las estrellas distantes y llenando de miedo a los hombres en la Tierra.
Hubo miedo porque los hombres que van a la guerra como a una fiesta, son sin embargo, temerosos de lo que no comprenden, ni conocen. Y la alegría del Señor Dios fue fulgurante y produjo un resplandor que iluminó los cielos, a la vez que su tremenda voz recorrió los espacios y los puso a ondular. El Señor Dios se había puesto tan contento porque de pronto comprendió que el maestro de ese hatajo de idiotas que andaban matándose en un mundo lleno de riquezas y de hermosuras tenía que ser en apariencia igual a ellos, es decir, un hombre y que por tanto la madre de ese maestro debía ser una mujer. Así fue como el Señor Dios decidió que Su Hijo nacería como los hijos de todos los hombres, nacería en la Tierra y su madre sería una mujer.
Alegre con su idea, el Señor Dios decidió escoger a la que debía llevar a Su Hijo en el vientre. Durante largo rato miró hacia la Tierra, observó las grandes ciudades, una que se llamaba Roma, otra que se llamaba Alejandría, otra Jerusalén y muchas más que eran más pequeñas. Su mirada, que todo lo ve, penetró por los techos de los palacios y recorrió las chozas de los pobres. Vio infinito número de mujeres, mujeres de gran belleza y ricamente ataviadas o humildes en el vestir, emperatrices, hijas de comerciantes y funcionarios, compañeras de soldados y de pescadores, hermanas de labriegos y esclavas. Ninguna le agradó. Pues lo que el Señor Dios buscaba era un corazón puro, un alma en la que jamás hubiera albergado un mal sentimiento, una mujer tan llena de bondad y dulzura que Su Hijo pudiera crecer viendo la belleza reflejada en los ojos de la madre. El Señor Dios no hallaba mujer así y de no hallarla, toda la humanidad estaría perdida, nadie podría salvar a los hombres. De una mujer dependía entonces el género humano y sucede que de la mujer depende siempre, porque la mujer está llamada a ser madre, la madre buena da hijos buenos y son los buenos los que hermosean la vida y la hacen llevadera.
Iba el Señor Dios cansándose de su posición ya que estaba tendido de pechos mirando por el agujero que había abierto en las nubes, cuando acertó a ver, en un camino que llevaba a una aldea llamada Nazaret, a una mujer que arreaba un asno cargado de botijos de agua. Era muy joven y acababa de casarse con un carpintero llamado José. Su voz era dulce y sus movimientos armoniosos. Llevaba sobre la cabeza un paño morado y vestía de azul. El Señor Dios, que está siempre enterado de todo, sabía que se llamaba María, que era pobre y laboriosa, que tenía el corazón lleno de amor y el alma pura. El Señor Dios tenía la costumbre de regañar consigo mismo, de manera que en ese momento dijo:
-Debo ser tonto, ¿pues por qué he estado buscando mujeres en las grandes ciudades y en los palacios, si yo sabía que María estaba en Nazaret?
Ocurre que el Señor Dios prefería admitir que era tonto antes que aceptar que de tarde en tarde su memoria le fallaba. Ya estaba algo viejo, si bien es lo cierto que Él había nacido viejo porque desde el primer momento de su vida había sido como era entonces, y desde ese primer momento lo sabía todo y tuvo sobre sí la responsabilidad de la vida, es decir, la de dar la vida, la de poblar los espacios de mundos y los mundos de seres, de plantas y de piedras, de montañas y de mares y de ríos. Con tantas preocupaciones encima, ¿a quién ha de extrañarle que se olvidara de la existencia de María? La había olvidado y esa era la verdad aunque Él no quisiera admitirlo. Pero he aquí que acertó a verla y de inmediato la reconoció, en el instante supo que ella debía ser la madre de Su Hijo. Gran descanso tuvo el Señor Dios en ese momento. Los hombres seguían en sus trifulcas, sus guerras y sus rapiñas y desde allá arriba el Señor Dios oía sus gritos, el tropel de sus caballerías atacándose unas a otras, veía a los reyes ordenando matanzas y celebrando grandes fiestas, a los mercaderes y a los sacerdotes de las más variadas religiones dirigiendo los cultos, cada uno diciendo que el suyo era el único verdadero, a los navíos cruzando los mares y a los pastores peleando a pedradas con los leones de los desiertos para defender sus ovejas. Y pensaba Él: "Pronto esos locos van a oír la voz de Mi Hijo".
Para el Señor Dios decir "pronto" era como para nosotros decir "dentro de un momento", sólo que el tiempo es para Él muy distinto de lo que es para nosotros. Todavía Su Hijo tenía que nacer, crecer y llegar a hombre. Pero si el Señor Dios había sufrido miles de años las locuras del género humano, ¿qué le importaba esperar unos años más?
Ahora bien, si se quiere que algo esté hecho dentro de un siglo, lo mejor es empezar a hacerlo ahora mismo, y así es como pensaba y piensa el Señor Dios. Además, Él no tiene la mala costumbre de soñar las cosas y dejarlas en sueño. Las mejores ideas son malas si no se convierten en hechos y el Señor Dios sabía que es preferible equivocarse haciendo algo a quedarse sin hacer nada por miedo a cometer errores. De manera que Él no debía perder tiempo, como no lo había perdido jamás cuando tenía algún quehacer por delante. Y ahora tenía uno muy importante: el de dar un hijo suyo a los hombres para que éstos oyeran por la boca de ese hijo la palabra de Dios.
Sucedía que María estaba casada desde hacía poco. Por otra parte, aunque se hallara soltera, el Señor Dios no podía bajar a la Tierra para casarse con ella. Él no era un hombre sino un ser de luz, que ni había nacido como nosotros, ni moriría jamás, a pesar de lo cual vivía y sentía y sufría. Era, como si dijéramos, una idea viva. Lo que Su Hijo traería a la vida no sería su rostro, no serían sus ojos, ni su nariz, sino parte de su luz, de su propio ser, de su esencia. Pero para que la gente lo viera y lo oyera, debería tener figura humana y para tener figura humana debía nacer de una mujer. Visto todo eso, no hacía falta que Él se casara con María, sólo era necesario que el hijo de María tuviera el espíritu del Señor Dios. Y eso había que hacerlo inmediatamente.
De vez en cuando, el Señor Dios tiene buen humor, le gusta hacer travesuras allá arriba. Esa vez hizo una. Él pudo haber soplado sobre sus manos y decir:
-Soplo, hazte un pajarillo y ve donde está María, la mujer del carpintero José, en la aldea de Nazaret y dile que va a tener un hijo mío.
Pero sucede que ese día Él estaba de buen humor y sucede además que Él conocía el corazón humano y sabía que nadie iba a creer a un pajarillo. Por eso se arrancó un pelo de su gran barba, se lo puso en la palma de la mano y dijo:
-Tu vas a convertirte ahora en un ángel y te llamarás el Arcángel San Gabriel. ¡Pero pronto, que no estoy por perder tiempo!
Aquello pareció cuento de hadas. En un segundo el blanco pelo se transformó, creció, le salieron alas, se le formó una hermosa cabeza cubierta de rubios cabellos. Al abrir los azules ojos el Arcángel se llevó el gran susto.
-Buenos días, Señor... -empezó a decir, temblando de arriba, abajo.
-Señor Dios es mi nombre, joven -aclaró el Señor Dios-, y para lo sucesivo sepa que soy su jefe, de manera que vaya acostumbrándose a obedecerme.
-Si, Señor Dios, se hará como Usted mande.
-Empezando por el principio, como en todas las cosas, aprenda buenos modales, salude con cortesía a sus mayores y tenga buena voluntad para cumplir mis órdenes. Atienda bien, porque ustedes los ángeles andan siempre distraídos y olvidan pronto lo que se les dice. No ponga esa cara tan seria. Es muy importante saber sonreír, sobre todo, en su caso, pues usted va a tener una función bastante delicada, como si dijéramos, una misión diplomática.
-No se qué es eso, Señor Dios pero en vista de que Usted lo dice, debe ser así.
-Me parece muy inteligente esa respuesta, Gabriel. Creo que vas a ser un arcángel bastante bueno. Ahora, fíjate en esa bola pequeña que va rodando allá abajo. Obsérvala bien, es la Tierra y allá vas a ir sin perder tiempo.
El Arcángel San Gabriel miró hacia abajo y vio un tropel de mundos que pasaba a gran velocidad y como él acababa de abrir los ojos, más aún, acababa de nacer, no estuvo atinado cuando señaló a uno de esos mundos mientras preguntaba:
-¿Es aquella de color rojizo que va allá?
Eso no le gustó al Señor Dios pues Él nunca había tenido paciencia para enseñar. De haberla tenido no habría pensado en un hijo para que sirviera de maestro a los hombres.
-Jovenzuelo -dijo-, haga el favor de poner atención cuando se le habla y no tendrá que oír las cosas dos veces. Le he enseñado la otra bola, la que está a la izquierda.
El Arcángel Gabriel era tímido. En verdad, no había tenido tiempo de formarse carácter. Le confundió sobremanera que el Señor Dios le tratara unas veces de "tú" y otras de "usted" y se puso a temblar de miedo.
-¡Eso si que no! -tronó el Señor Dios-. Estás lleno de miedo y nadie que lo tenga puede hacer obra de importancia. Tampoco hay que tener más valor de la cuenta, como les ocurre a algunos de esos locos que pueblan la Tierra y creen que el valor les ha sido concedido para hacer el mal y abusar de los débiles. Pero te advierto, hijo mío, que la serenidad y la confianza en sí mismo son indispensables para vivir conmigo, no quiero ni a los tímidos, porque todo lo echan a perder por falta de dominio, ni a los agresivos, que van por ahí causando averías, sino a los que son serenos porque la serenidad es un aspecto de bondad y la bondad es una parte de mí mismo. ¿Entiendes?
El Arcángel dijo que si, pero la verdad es que no entendió palabra, se sentía confundido, sorprendido de lo que le estaba ocurriendo minutos después de haber salido de un pelo de barba. Sólo atinaba a ver el desfile de mundos a lo lejos y a oír el vozarrón del Señor Dios.
-Bueno -prosiguió el Señor Dios-, pues si entendiste, ya sabes que ésa que te señalo es la Tierra. Vas a irte allá sin perder tiempo, te dirigirás a una aldea llamada Nazaret, que está cerca de un lago al cual los hombres llaman de Genezaret. Aprende bien el nombre para que no cometas errores. En esa aldea de Nazaret vive una mujer llamada María. Hace un momento la vi llevando agua a su casa y tal vez, no haya llegado todavía, vestía de azul claro, llevaba un paño morado sobre la cabeza y arreaba un asno cargado de botijos de agua. Te doy todos esos detalles para que no te confundas. Podrás conocerla, además, por la voz, pues su voz es melodiosa como ninguna otra. Si sucede que al llegar tú ya ella se ha metido en su choza, pregunta a cualquiera que veas por María, la mujer del carpintero José, es seguro que te dirán dónde vive, porque la gente de la Tierra es curiosa y amiga de novedades, razón por la cual te ayudarán para después pasarse un mes charlando sobre tu visita a la joven señora. ¿Me vas entendiendo?
-Sí, Señor Dios.
-Entonces queda poco por decirte. Al llegar allá te dirigirás a María con mucha urbanidad y le dices que Yo he dispuesto tener un hijo y que ella será la madre, que se prepare, por tanto, a ser la madre del Hijo de Dios. Eso es todo. ¡Vete en el acto, que tengo un poco de sueño y antes de dormir quiero saber cómo te irá en tu embajada!
San Gabriel iba a salir cuando se le ocurrió preguntar:
-¿Y si me pregunta cómo va a ser Su Hijo, qué nombre habrá de ponerle, qué oficio tendrá?
-Le dirás que será como todos los hijos de hombres y mujeres y que sólo ha de distinguirse de los demás por la grandeza y la luminosidad de su espíritu, que será humilde, bondadoso y puro, que le llame Jesús y que su oficio será mostrar a la humanidad el camino del amor y del perdón. Le dirás también que está llamado a sufrir para que los demás puedan medir el dolor que hay en la Tierra comparándolo con el que él padecerá y porque sólo sufriendo mucho enseñará a perdonar también mucho.
El Arcángel no esperó más. Sentía que las palabras del Señor Dios henchían su alma, la llenaban con fuerza musical, con algo cálido y hermoso. Se le olvidó despedirse, cosa que el Señor Dios no le tomó en cuenta porque pensó que no podía aprenderlo todo de golpe. Un instante después, San Gabriel veía la Tierra tan cerca que casi podía tocarla.
CAPITULO II
Viendo las ciudades de la Tierra, los ricos palacios en lo alto de las colinas y a orillas de los mares, admirando el esplendor con que vivían los reyes y sus favoritos, los grandes mercaderes y los jefes de tropas, San Gabriel se preguntó por qué el Señor Dios había resuelto tener un hijo con una mujer pobre, que moraba en choza de barro y arreaba asnos cargados de agua por caminos polvorientos. ¿No era el Señor Dios, el verdadero rey de los mundos, el dueño del Universo, el padre de todo lo creado? ¿No debía ser su hijo pues, otro rey? Si tenía que nacer de mujer, ¿por qué Él no había escogido para madre suya a una reina, a la hija de un emperador, a la heredera de un príncipe poderoso? A juicio de San Gabriel, el Hijo de Dios, debía nacer en lecho adornado con cortinas de terciopelo y seda, entre oro y perlas, rodeado por grandes dignatarios y damas deslumbrantes y a su alrededor debía haber un ejército de esclavos listos a servirle; así, todos los pueblos le rendirían homenaje y veneración desde su nacimiento y los grandes y los pequeños le obedecerían porque estaban acostumbrados desde hacía muchos siglos a respetar y honrar a quienes nacían en cunas de reyes. ¿Había dicho el Señor Dios que Su Hijo estaba llamado a mostrar al género humano, el camino de la paz, del amor y del perdón había él oído mal? De ser así, ¿no le sería más fácil imponer la paz si nacía hijo de rey y por lo mismo, obedecido por millares de soldados que harían lo que Él les ordenara?
El Arcángel San Gabriel se detuvo un momento a meditar. Pensó que tal vez él estaba equivocado, a lo mejor se había confundido y el Señor Dios no le había hablado de choza, ni de mujer pobre, ni de asno, ni de botijos de agua. Volvería allá arriba a preguntarle al Señor y hasta de ser posible discutiría con Él, el asunto.
Pero el hermoso ángel ignoraba que el Señor Dios estaba mirándolo e ignoraba también que el Señor Dios sabía qué cosa estaba pensando él en tal momento. Podemos imaginar, pues, el susto que se llevó cuando oyó la enorme voz del Señor Dios llamándole. He aquí lo que le dijo el Señor Dios:
-Gabriel, estás pensando mal. Te dije lo que te dije, no lo que tú crees ahora que debí decirte. Mi Hijo nacerá en casa pobre, porque si no es así, ¿cómo habrá de conocer la miseria y el padecimiento de los que nada tienen que son más que los poderosos? ¿Cómo quieres tú que Mi Hijo conozca el dolor de los niños con hambre, si Él crece harto? Mi Hijo va a ofrecer a la humanidad el ejemplo de su sufrimiento, ¿y quieres tú que se lo ofrezca desde el lujo de los palacios? Gabriel, ¡no me hagas perder la paciencia, caramba! No te metas a enmendar mis ideas. Cumple tu misión y hazlo pronto, que estoy cayéndome de sueño y no me hallo dispuesto a perdonarte si me desvelo por tu culpa. ¡Ya lo sabes!
¿Qué más debía decirse? El pobre Arcángel estuvo a punto de caer de bruces en pleno lago de Genezaret, pues del susto se le olvidó usar las alas. En un segundo se dirigió a la choza del carpintero José, y tan asustado iba que pegó un cabezazo contra la pared. En el acto se le formó un chichón. Para suerte suya la choza no era uno de esos palacios de mármol donde él creyó que debía nacer el Hijo de Dios, pues de haber sido uno de ellos, el hermoso Arcángel se habría roto un hueso.
Frente a la choza había un hombre barbudo, de cara bondadosa, que aserraba un madero. "Este debe ser el carpintero José", pensó San Gabriel. Y era José sin duda, pues cerca de él había un rústico banco de carpintero y sobre éste, madera cortada e instrumentos del oficio.
-¿Qué desea usted? -le preguntó el carpintero, a quien le pareció muy raro que el visitante, en vez de tocar a la puerta como lo hace todo el mundo, llamara golpeando con la cabeza en la pared.
-Deseo saber dónde vive el carpintero José -explicó el Arcángel.
-Aquí mismo, joven, yo soy José. Le advierto que si viene a buscarme para algún trabajo, me halla con muchos compromisos.
Esa era una manera de estimular el interés del visitante, pues la verdad es que José estaba por esos días sin trabajo. De ahí que le desconsolara mucho oír al recién llegado, que decía:
-No, señor, se trata de otra cosa. Yo vengo a hablar con María, su mujer.
-¿María? -dijo José, como un eco-. Fue a la fuente en busca de agua. Tendrá que esperarla un poco. ¿Desea sentarse?
-No, prefiero esperarla aquí.
José no perdió del todo la esperanza y se puso a hablarle al visitante de su oficio.
-A mi siempre me están buscando para trabajos de carpintería -afirmaba- porque nadie hace mesas y reclinatorios tan buenos ni tan baratos como yo. Por eso me mantengo ocupado todo el año.
José hablaba y San Gabriel pensaba en la rapidez con que se habían producido los hechos desde su aparición al conjuro del soplo del Señor Dios. Todo había sucedido tan deprisa que todavía María no había vuelto de la fuente. El Señor Dios la había visto arreando el asno y antes de que ella retornara a su casa había nacido el arcángel, había oído las recomendaciones del Señor Dios, había viajado a la Tierra, había pensado disparates, se había casi descabezado contra la pared de la choza y había cambiado frases con José.
-Caramba -se dijo él lleno de asombro-, la verdad es que mi jefe actúa sin perder tiempo.
¿Sin perder tiempo? ¿Y qué es el tiempo para el Señor Dios, si ocurre que a la vez Él es el tiempo y está más allá del tiempo? El tiempo es algo así como la respiración de los mundos y el Señor Dios es la vida misma de los mundos, de manera que el tiempo viene a ser la respiración del Señor Dios, ideas muy complicadas desde luego para San Gabriel. Desde allá arriba el Señor Dios veía esas ideas en la cabeza de su embajador y pensaba: "A este Gabriel le valdría más recordar mis instrucciones y no meterse en honduras porque ya va llegando María".
Así sucedía, en verdad. Con su alegre y linda cara de muchacha, María iba acercándose a la choza. De sólo verla, el Arcángel la conoció, lo cual no tuvo buenos resultados porque como estaba pensando en aquello del tiempo, se turbó y olvidó que el Señor le había recomendado usar modales urbanos para dirigirse a la joven señora. También es verdad que él nunca antes había hablado a una mujer; que en un instante había pasado de la nada a la vida y había viajado de los cielos a la Tierra, en fin, que había tenido muchas emociones y muchas experiencias en corto rato, lo cual tal vez podría explicar su turbación. Es el caso que cuando María llegó, se le puso delante y sólo atinó a decir esto:
-Si no me equivoco, usted es María, la mujer de ese señor que está ahí aserrando madera. Bueno, yo tengo que hablar con usted algo muy importante. Se lo voy a decir en presencia de su marido, porque según me dijo el Señor Dios, la gente de esta Tierra es muy dada a charlar sobre todas las cosas y es mejor que haya testigos. Lo que tengo que decirles es que el Señor Dios va a tener un hijo y usted va a ser la mamá. Con que ya lo sabe. Si tiene algo que preguntar, hágalo ahora mismo porque el Señor Dios se siente con sueño y no quiere que yo pierda el tiempo hablando tonterías con usted.
La joven María se quedó boquiabierta, más propiamente, muda del asombro. Pero el que se asustó más fue su marido. Tan pronto oyó lo que había dicho San Gabriel, soltó la sierra y salió detrás del Arcángel, que ya se iba.
-¡Oiga, amigo! ¿Usted sabe lo que ha dicho? ¿No sabe usted que el Hijo de Dios va a tener que sufrir mucho, según dicen las Escrituras y que van a matarlo en una cruz?
San Gabriel atajó aquel torrente de palabras explicando:
-Todo lo que usted quiera, señor, pero yo he venido a cumplir una misión que me encomendó el Señor Dios. Yo lo siento mucho, pero lo que le suceda al Hijo de Dios no es asunto mío. Lo único que puedo decirle es que su papá quiere que le pongan el nombre de Jesús.
Dicho lo cual pegó un salto, extendió las alas y se perdió en el cielo, a tal velocidad que ningún ojo humano podía seguirlo.
El bueno de José cayó de rodillas, se agarró una mano con la otra, elevó las dos a lo alto y después se dobló hasta pegar la cabeza con el polvo del camino.
-¡Ay María, María! -exclamó-, ¿Cómo se te ocurre tener un hijo de Dios? ¿No sabes que todos los profetas han dicho que el Hijo de Dios tendrá que sufrir mucho entre los hombres, que será escarnecido, torturado y muerto en una cruz, como el peor de los criminales? ¿Qué va a ser de nosotros, María? ¿Por qué te has metido en tal compromiso sin hablar antes conmigo?
La pobre María oía a su marido sin lograr comprender por qué hablaba así. Pues qué tenía ella que ver con lo que dispone el Señor Dios, ¿qué sabía ella de lo que había hablado San Gabriel, a quien nunca antes había visto y cuyo nombre ignoraba?
El Señor Dios veía a la joven María confundida, a José con el rostro desfigurado por el sufrimiento y sólo atinó a intervenir diciendo:
-¡No seas tonto, José, que María no ha tenido parte en la decisión mía, y el nacimiento de Mi Hijo no es cosa suya, ni tuya, sino mía!
Lo cual era verdad, pero también es verdad que desde que los hombres comenzaron a poblar la Tierra, habían adquirido la costumbre de echar sobre sus mujeres la culpa de cuanto pasaba. El Señor Dios ignoraba esto porque Él nunca había visto de cerca cómo se comportaban los matrimonios, debido a que lo ignoraba, le habló así a José. De haber estado al tanto de pequeñeces como ésa, habría pasado por alto las palabras del marido de María, pues es lo cierto que tenía sueño y quería echar una siesta.
Una siesta del Señor Dios puede ser de días, de meses o de años. Pero la de esa ocasión no iba a ser muy larga. Porque he aquí que Él estaba en lo mejor del sueño cuando de pronto despertó diciendo:
-Caramba, si ya va a nacer Mi Hijo. Por poco lo olvido.
Desde hacía millares de siglos nacían niños en la Tierra. Nacían hijos de reyes, de labriegos, de pastores, de guerreros; nacían niños blancos, amarillos, negros; nacían hembras y varones, unos robustos, otros débiles; unos chillones y otros casi callados, unos ricos y otros pobres, unos de ojos azules y otros de ojos castaños y de ojos negros; niños de todas clases, de todas las figuras; niños que nacían en medio de las guerras, en los campamentos, entre lanzas y sables y caballos y niños que nacían en los bosques, rodeados de árboles, de pajarillos y de mariposas; niños que nacían en los caminos, mientras sus padres viajaban y niños que nacían en las barcas, sobre los ríos y los mares; niños que nacían en grandes casas llenas de alfombras y niños que nacían en las cuevas de los pastores, al pie de las montañas. Lo que jamás se había visto era el nacimiento de un niño que fuera el Hijo del Señor Dios. El Señor Dios no tenía experiencia en casos de nacimientos, lo cual explica que el de Su Hijo le tomara de sorpresa.
Así sucedió. El Señor Dios despertó cuando ya Su Hijo estaba a punto de nacer. Ahora bien, Él había resuelto que el niño nacería pobre y nacer pobre es tanto como nacer desconocido. Si el alumbramiento de María se hubiese dado en Nazaret, alguna gente iría a ayudarla, a ver a la criatura, no faltarían los vecinos, los parientes y los conocidos de María y de José. En ese caso, no se cumpliría la voluntad del Señor Dios. El niño, pues no nacería en la aldea de Nazaret y a fin de que así fuera el Señor Dios hizo correr la voz de que María y José tenían que hacer un viaje a Belén porque el emperador de Roma, que gobernaba en esos lugares, había ordenado que todo el mundo debía inscribirse en el sitio de donde procedía su familia. La familia de María era de Belén de Judá, un pueblo que estaba al sur de Nazaret. En Belén habían nacido muchos cientos de años antes, un rey llamado David. En Belén debía nacer el Hijo de Dios.
Montando el asno que usaba para llevar agua de la fuente a la casa, María iba hacia Belén por caminos llenos de polvo y de piedras rojizas. El sol de los inviernos calentaba toda la llanura; casi hacía hervir el aire. María cubría su rostro con un paño de color rojo, el asno caminaba despacio y detrás iba José agitando una rama seca con la cual pegaba de vez en cuando al paciente borrico. Cada cinco o seis horas se detenían; era cuando llegaban a las cercanías de un pozo, donde debían coger agua para el camino. Pues en las tierras donde nació el Hijo de Dios, apenas hay ríos; la sed atormenta a las bestias y a las gentes; en escasos lugares se ven árboles y sólo se hallan con profusión arbustos espinosos; los vientos levantan nubes de tierras quemadas por la sequía y las ovejas se refugian a la sombra de las montañas, donde el rocío nocturno permite que crezcan los yerbajos que necesitan para sustentarse.
Con gran trabajo llegaron María y José a Belén y hallaron el poblado lleno de forasteros, visitantes de las aldeas vecinas que iban allí a inscribirse y aprovechaban el viaje para vender lo poco que tenían. Las pequeñas calles eran muy estrechas y torcidas, de manera que el borrico, cargado con María, apenas podía pasar por entre los montones de quesos, de pieles de carneros, de higos y de botijos que los vendedores extendían sobre las piedras. Mientras pasaba, José iba gritando que pagaría bien a quien le ofreciera una habitación para él y para su mujer, que llegaban de lejos y necesitaban albergue. Pero nadie podía ofrecerles techo, ni aún por una noche. Las casas, en su mayoría pobres estaban llenas desde hacía días con los visitantes de los contornos. Nadie ponía atención en los gritos de José, que estaba angustiado porque sabía que su mujer iba a dar a luz y quería que lo hiciera como todas las mujeres, en una habitación. José no sabía que el Señor Dios había dispuesto que Su Hijo debía nacer pobremente, tan pobremente como podría nacer un ternero o un potrillo.
Siguieron pues, María y José cruzando las callejuelas. Veían pasar ante ellos jóvenes con corderos cruzados sobre los hombros, muchachos que llevaban palomas enjauladas o racimos de perdices muertas; pasaban ancianas con telas que ellas mismas habían tejido; de vez en cuando cruzaban grupos de asnos cargados con botijos de vino y de aceite. Todo el mundo gritaba ofreciendo algo en venta. Belén estaba lleno de mercaderes.
No habiendo hallado albergue para él y para María, José fue a dar a un establo, hacia el camino del sur. En el establo descansaban las bestias de labor de campesinos que iban a Belén y se veían allí mulas, bueyes, jumentos y caballos, cabras y ovejas. Como José y María llegaron tarde, casi todas las bestias dormían ya. El sitio era pobre, con el techo en ruinas, las paredes a medio caer, el piso lleno de excremento de los animales. Pero había calor, el calor que despedían las bestias y un olor fuerte, que resultaba a la vez grato, parecía llenar el aire del lugar.
Cuando el Señor Dios despertó, ya estaba naciendo Su Hijo. Nació sin causar trastornos, muy tranquilamente; pero igual que todo niño, gritó al sentir el aire en la piel. Gritó y un viejo buey que estaba cerca, volvió los ojos para mirarle; mugió, acaso queriendo decir algo en su lengua, y su mugido hizo que una mula que estaba a su lado se volviera también para ver al recién nacido. En ese momento fue cuando el Señor Dios abrió allá arriba las nubes y dijo:
-¡Pero si ya nació Mi Hijo!
De momento el Señor Dios pareció desconcertado. Nunca había El pasado por un caso igual, pues aunque los mundos y todo lo que en ellos hay habían sido creados por Él, jamás había tenido un hijo directo, nacido de su propia esencia. Lo primero que hizo fue preguntarse qué debía Él hacer para que la gente supiera que Su Hijo había llegado a la Tierra.
(...)
CONTINUA...Ir arriba
Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca. don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.
-Le voy a dar medio peso para el camino. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.
Cristino extendió una mano amarilla que le temblaba.
-Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.
Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.
Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.
-Ta bien, don Pío -dijo-; que Dio se lo pague.
Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.
-Qué animao ta el becerrito comentó en voz baja.
Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.
Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuidado de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.
Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.
-Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.
-Ah, si, como no, don. Mucha gracia -oyó responder.
El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.
-Vea, don -dijo-, aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.
Don Pío caminó arriba.
-Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.
-Arrímese pa aquel lao y la verá.
Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.
-Dese una caminata y me la arrea, Cristino -oyó decir a don Pío.
-Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.
-¿La calentura?
-Unjú, me ta subiendo.
-Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.
Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito...
-¿Va a traérmela? -insistió la voz.
Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.
-¿Va a buscármela, Cristino?
Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.
Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.
-Ello sí, don -dijo-; voy a dir. Deje que se me pase el frío.
-Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.
Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.
-Si; ya voy, don -dijo.
-Cogió ahora por la vuelta del arroyo -explicó desde la galería don Pío.
Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío le veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.
-¡Qué día tan bonito, Pío! -comentó con voz cantarina.
El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.
-No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le dí medio peso para el camino.
Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.
-Malagradecidos que son, Herminia -dijo-. De nada vale tratarlos bien.
Ella asintió con la mirada.
-Te lo he dicho mil veces, Pío -comentó.
Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.Ir arriba
Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror.
Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. La situación era en verdad aterradora.
Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás, del otro lado de la puerta, y la que iba a iniciar en ese momento. Físicamente, la distancia sería de tres metros, tal vez de cuatro. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos.
-Entregue su cabeza -dijo una voz suave.
-¿La mía? -pregunté, con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo.
-Claro -¿Cuál va a ser?
A pesar de que no era autoritaria, la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes, que se cubrían con lujosos tapices. Yo no podía saber de dónde salía. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco, la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor, y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro; las grandes columnas de mayólica, las cornisas de cubos dorados, las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido.
Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo, pregunté.
-¿Y cómo me la quito?
-Sujétela fuertemente con las dos manos, apoyando los pulgares en las curvas de la quijada; tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. Colóquela después sobre la mesa.
Si se hubiera tratado de una pesadilla me habría explicado la orden y mi situación. Pero no era una pesadilla. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez, mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. No se veía una silla, y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas, necesitaba sentarme o agarrarme de algo. Al fin apoyé las dos manos en la mesa.
-¿No ha oído o no ha comprendido? -dijo la voz.
Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. Tal vez por eso me parecía tan terrible. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal, más bien tranquilo. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía.
Al fin logré hablar.
-Sí, he oído y he comprendido -dije-. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Deme algún tiempo para pensarlo. Comprenda que ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida. Además, si me quedo sin ella, ¿con qué voy a pensar?
La parrafada no me salió de golpe. Me ahogaba. Dos veces tuve que parar para tomar aire. Callé, y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido, como de risa burlona.
-Aquí no tiene que pensar. Pensaremos por usted. En cuanto a sus recuerdos, no va a necesitarlos más: va a empezar una nueva vida.
-¿Vida sin relación conmigo mismo, si mis ideas, sin emociones propias? -pregunté.
Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Estaba cerrada. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Había también puertas en esos extremos, pero ninguna estaba abierta.
El espacio era largo y de techo alto, lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. No había la menor señal de vida. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente. Peor aún: estábamos la voz y yo. Pero la voz no era humana, no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos, también sin vida, estaban mirándome desde las paredes, y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento.
-Por favor, no nos haga perder tiempo, que hay otros en turno -dijo la voz.
No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Sentí que alguien iba a entrar, que ya no estaría más tiempo solo, y volví la cara hacia la puerta. No me había equivocado; una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro, y un pie se posaba en el umbral. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la que todavía no ha cerrado.
En medio de mi terror actué como un autómata. Me lancé impetuosamente hacia la puerta, empujé al que entraba y salté a la calle. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr; tal vez pensaron que había robado o había sido sorprendido en el momento de robar. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados, y de haber habido por allí un policía, me hubiera perseguido. De todas maneras, no me importaba. Mi necesidad de huir era imperiosa, y huía como loco.
Durante una semana no me atreví a salir de casa. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Pero en la octava noche, aliviado de mi miedo, me arriesgué a ir a la esquina, a un cafetucho de mala muerte, visitado siempre por gente extraña. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. A poco, dos hombres se sentaron en ella. Uno tenía los ojos sombríos; me miró con intensidad y luego dijo al otro:
-Ese fue el que huyó después que estaba...
Yo tomaba en ese momento una taza de café. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa.
Ahora estoy en casa, tratando de lavar la camisa. He usado jabón, cepillo y un producto químico especial para el caso que hallé en el baño. La mancha no se va. Está ahí, indeleble. Al contrario, me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más.
Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos:
-...después que ya estaba inscrito...
El miedo me hace sudar frío. Y yo sé que no podré librarme de este miedo; que lo sentiré ante cualquier desconocido. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido.Ir arriba
Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña.
A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Él conocía bien el lugar; las familias que vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.
Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.
Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.
El caserío donde ellos vivían -del lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas- tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:
-¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!
Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.
Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo él podía ver hasta dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada, estaba el niño. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido; lo mejor sería hacerse el dormido, dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se cubrió la cara con el sombrero.
El negro cachorrillo correteó; jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible; era un cadáver. De otra manera no sé explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. El terror le dejó frío. En el primer momento pensó huir, y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de su voluntad levantó una mano, fijó la mirada en el difunto, temblando mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. En su miedo, pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el cachorrillo, al cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y a seguidas, cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las manos, impulsado por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la bodega. Al llegar allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor, gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura:
-¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto!
A lo que un vozarrón áspero respondió gritando:
-¿Qué tá diciendo ese muchacho?
Y como era la voz del sargento Rey, jefe de puesto del Central, obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho.
El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver, pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. Pero el sargento era expeditivo; quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza.
El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas, desde las primeras estribaciones de la Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos. Y los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que le costaron la vida al cabo Pomares.
Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que con el deseos de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda.
Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca deseaba nada malo, y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Solo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes, sin un peso para celebrar la fiesta, tal vez llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir de dolor.
Pero el plan se había enredado algo. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Se había ido corriendo, a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos, y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí, meterse en otro tablón de caña. Sin embargo, valía la pena pensarlo dos veces, porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta, y le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido. No debía precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de la noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía lo que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas, los ojos oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla saliente. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida; no podía arriesgarse a ser cogido antes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Lo mejor sería descansar, dormir...
Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía:
-Taba ahí, sargento.
-¿Pero en cuál tablón; en ése o en el de allá?
-En ése -aseguró el niño.
“En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación, hacia uno vecino o hacia el de enfrente. Porque a juzgar por las voces el niño y el sargento se hallaban en la trocha, tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. La situación era realmente grave, porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento, pues, no era de dudar, sino de actuar. Rápido en la decisión, Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela, cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. Había que salir de allí pronto, sin perder un minuto. Oyó la áspera voz del sargento:
-¡Métase por ahí, Nemesio, que yo voy por aquí! ¡Usté, Solito, quédese por aquí!
Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba, agachado, con paso felino, Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.
Feas para él y feas para el muchacho, quienquiera que fuese. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido, maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos, y no vieron cadáver alguno, empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela.
-¿Tú ta seguro que fue aquí, muchacho? -preguntó el sargento.
-Sí, aquí era -afirmó Mundito, bastante asustado ya.
-Son cosa de muchacho, sargento; ahí no hay nadie -terció el número Arroyo.
El sargento clavó en el niño una mirada fija, escalofriante, que lo llenó de pavor.
-Mire, yo venía por aquí con Azabache -empezó a explicar Mundito- y lo diba corriendo asina -lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo-, y él cogió y se metió ahí.
Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando:
-¿Cómo era el muerto?
-Yo no le vide la cara -dijo el niño, temblando de miedo-; solamente le vide la ropa. Tenía un sombrero en la cara. Taba asina, de lao...
-¿De qué color era el pantalón? -inquirió el sargento.
-Azul, y la camisa como amarilla, y tenía un sombrero negro encima de la cara...
Pero el pobre Mundito apenas podía hablar; se hallaba aterrorizado, con ganas de llorar. A su infantil idea de las cosas, el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda a vida.
De todas maneras, supiéralo o no Mundito en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón, y después hacia otro más; y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero cuando el niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro, dado que la ropa era la que había visto por la mañana.
-¡Ta aquí, sargento; ta aquí! -gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo-. ¡Dentró ahí!
Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa, ahogándose, lleno de lástima consigo mismo por el lío en qué sé había metido. El sargento, y con él los soldados y curiosos que le acompañaban, se había vuelto al oír la voz del chiquillo.
-Cosa de muchacho -dijo calmosamente Nemesio Arroyo.
Pero el sargento, viejo en su oficio, era suspicaz:
-Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese tablón di una ve! -gritó.
Y así empezó la cacería, sin qué los cazadores supieran qué pieza perseguían.
Era poco más de media mañana. Repartidos en grupos, cada militar iba seguido de tres o cuatro peones, buscando aquí y allá, corriendo por las trochas, todos un poco bebidos y todos excitados. Lentamente, las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Sólo que a diferencia de sus perseguidores -que ignoraban a quién buscaban-, él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.
Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados, el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar; y se corría de un tablón a otro, esquivando el encuentro con los soldados. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. Al cruzar una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a todo pulmón:
-¡Allá va, sargento, allá va; y se parece a Encarnación Mendoza!
¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado. ¡Encarnación Mendoza!
-¡Vengan! -demandó el sargento a gritos; y a seguidas echó a correr, el revólver en la mano, hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo.
Era ya cerca de mediodía, y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente, los cazadores del hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando voces, zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad de una sombra fugaz, y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil.
-¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! -ordenó a gritos el sargento.
Nerviosos, excitados, respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo, los perseguidores corrían de un lacia a otro dándose voces entre sí, recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.
Pasó el mediodía. Llegaron no dos, sino tres números y como nueve o diez peones más; se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones, lo cual entorpecía los movimientos, pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer; y en la bodega no quedó sino el dependiente, preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”.
Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a más de dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la realeza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana.
Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a llover, y el sargento estaba pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. En la carretera las cosas son distintas; pasan con frecuencia vehículos, él podría detener un automóvil, hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión.
-¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera -dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.
No apareció caballo sino burro; y eso, pasadas ya las cuatro, cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El sargento no quería perder tiempo. Varios peones, estorbándose los unos a los otros, colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron cómo pudieron. Seguido por dos soldados y tres curiosos a los que escogió para que arrearan el burro, el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia.
No resultó fácil el camino. Tres veces, antes de llegar al primer caserío, el muerto resbaló y quedó colgado bajo el vientre del asno. Éste resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro, que ya empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio, los soldados echaron mano a pedazos de yaguas, a hojas grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en el cañaveral de rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar la mayor parte del tiempo; en silencio, la voz de un soldado comentaba:
-Vea ese sinvergüenza.
O simplemente aludía al cabo Pomares, cuya sangre había sido al fin vengada.
Oscureció del todo, sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia; y con la oscuridad el camino se hizo más difícil, razón por la cual la marcha se tornó lenta. Serían más de las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de los peones dijo:
-Allá se ve una lucecita.
-Sí, del caserío -explicó el sargento; y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. El sargento quería algo más. Así, cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar, ordenó con su áspera voz:
-Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemo seguir mojándono.
Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar; y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo para que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el de un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible.
La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:
-¡Hay m'shijo, se han quedao güérfano... han matao a Encarnación!
Espantados, atropellándose, los niños salieron de la habitación, lanzándose a las faldas de la madre.
-Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror:
-¡Mamá, mi mamá!... ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral!Ir arriba
Don Damián entró en la inconsciencia rápidamente, a compás con la fiebre que iba subiendo por encima de treinta y nueve grados. Su alma se sentía muy incómoda, casi a punto de calcinarse, razón por la cual comenzó a irse recogiendo en el corazón. El alma tenía infinita cantidad de tentáculos, como un pulpo de innúmeros pies, cada uno metido en una vena y algunos sumamente delgados metidos en vasos. Poco a poco fue retirando esos pies, y a medida que iba haciéndolo don Damián perdía calor y empalidecía. Se le enfriaron primero las manos, luego las piernas y los brazos; la cara comenzó a ponerse atrozmente pálida, cosa que observaron las personas que rodeaban el lujoso lecho. La propia enfermera se asustó y dijo que era tiempo de llamar al médico. El alma oyó esas palabras y pensó: “Hay que apresurarse, o viene ese señor y me obliga a quedarme aquí hasta que me queme la fiebre”.
Empezaba a clarear. Por los cristales de las ventanas entraba una luz lívida, que anunciaba el próximo nacimiento del día. Asomándose a la boca de don Damián -que se conservaba semiabierta para dar paso a un poco de aire- el alma notó la claridad y se dijo que si no actuaba pronto no podría hacerlo más tarde debido a que la gente la vería salir y le impediría abandonar el cuerpo de su dueño. El alma de don Damián era ignorante en ciertas cosas; por ejemplo, no sabía que una vez libre resultaba totalmente invisible.
Hubo un prolongado revuelo de faldas alrededor de la soberbia cama donde yacía el enfermo, y se dijeron frases atropelladas que el alma no atinó a oír, ocupada como estaba en escapar de su prisión. La enfermera entró con una jeringa hipodérmica en la mano.
-¡Ay, Dios mío, Dios mío, que no sea tarde! -clamó la voz de la vieja criada.
Pero era tarde. A un mismo tiempo la aguja penetraba en un antebrazo de don Damián y el alma sacaba de la boca del moribundo sus últimos tentáculos. El alma pensó que la inyección había sido un gasto inútil. En un instante se oyeron gritos diversos y pasos apresurados, y mientras alguien -de seguro la criada, porque era imposible que se tratara de la suegra o de la mujer de don Damián- se tiraba aullando sobre el lecho, el alma se lanzaba al espacio, directamente hacia la lujosa lámpara de cristal de Bohemia que pendía del centro del techo. Allí se agarró con suprema fuerza y miró hacia abajo; don Damián era ya un despojo amarillo, de facciones casi transparentes y duras como el cristal; los huesos del rostro parecían haberle crecido y la piel tenía un brillo repelente. Junto a él se movían la suegra, la señora y la enfermera; con la cabeza hundida en el lecho sollozaba la anciana criada. El alma sabía a ciencia cierta lo que estaba sintiendo y pensando cada una, pero no quiso perder tiempo en observarlas. La luz crecía muy de prisa y ella temía ser vista allí donde se hallaba, trepada en la lámpara, agarrándose con indescriptible miedo. De pronto vio a la suegra de don Damián tomar a su hija de un brazo y llevarla al pasillo; allí le habló, con acento muy bajo. Y he aquí las palabras que oyó el alma:
-No vayas a comportarte ahora como una desvergonzada. Tienes que demostrar dolor.
-Cuando llegue gente, mamá -susurró la hija.
-No, desde ahora. Acuérdate que la enfermera puede contar luego...
En el acto la flamante viuda corrió hacia la cama como una loca diciendo:
-¡Damián, Damián mío; ay, mi Damián! ¿Cómo podré yo vivir sin ti, Damián de mi vida?
Otra alma con menos mundo se hubiera asombrado, pero la de don Damián, trepada en su lámpara, admiró la buena ejecución del papel. El propio don Damián procedía así en ciertas ocasiones, sobre todo cuando le tocaba actuar en lo que él llamaba "la defensa de mis intereses". La viuda lloraba ahora "defendiendo sus intereses". Era bastante joven y agraciada, en cambio don Damián pasaba de los sesenta. Ella tenía novio cuando él la conoció, y el alma había sufrido ratos muy desagradables a causa de los celos de su ex dueño. El alma recordaba cierta escena, hacía por cierto pocos meses, en la que la mujer dijo:
-¡No puedes prohibirme que le hable! ¡Tú sabes que me casé contigo por tu dinero!
A lo que don Damián había contestado que con ese dinero él había comprado el derecho a no ser puesto en ridículo. La escena fue muy desagradable, con intervención de la suegra y amenazas de divorcio. En suma, un mal momento, empeorado por la circunstancia de que la discusión fue cortada en seco debido a la llegada de unos muy distinguidos visitantes a quienes marido y mujer atendieron con encantadoras sonrisas y maneras tan finas que sólo ella, el alma de don Damián, apreciaba en todo su real valor.
Estaba el alma allá arriba, en la lámpara, recordando tales cosas, cuando llegó a toda prisa un sacerdote. Nadie sabía por qué se presentaba tan a tiempo, puesto que todavía no acababa de salir el sol del todo y el sacerdote había sido visita durante la noche.
-Vine porque tenía el presentimiento; vine porque temía que don Damián diera su alma sin confesar -trató de explicar.
A lo que la suegra del difunto, llena de desconfianza, preguntó:
-¿Pero no confesó anoche, padre?
Aludía a que durante cerca de una hora el ministro del Señor había estado encerrado a solas con don Damián, y todos creían que el enfermo había confesado. Pero no había sucedido eso. Trepada en su lámpara, el alma sabía que no; y sabía también por qué había llegado el cura. Aquella larga entrevista solitaria había tenido un tema más bien árido; pues el sacerdote proponía a don Damián que testara dejando una importante suma para el nuevo templo que se construía en la ciudad, y don Damián quería dejar más dinero del que se le solicitaba, pero destinado a un hospital. No se entendieron y al llegar a su casa el padre notó que no llevaba consigo su reloj. Era prodigioso lo que le sucedía al alma, una vez libre, eso de poder saber cosas que no habían ocurrido en su presencia, así como adivinar lo que la gente pensaba e iba a hacer. El alma sabía que el cura se había dicho: "Recuerdo haber sacado el reloj en casa de don Damián para ver qué hora era; seguramente lo he dejado allá". De manera que esa visita a hora tan extraordinaria nada tenía que ver con el reino de Dios.
-No, no confesó -explicó el sacerdote mirando fijamente a la suegra de don Damián-. No llegó a confesar anoche, y quedamos en que vendría hoy a primera hora para confesar y tal vez comulgar. He llegado tarde, y es gran lástima -dijo mientras movía el rostro hacia los rincones y las doradas mesillas, sin duda con la esperanza de ver el reloj en una de ellas.
La vieja criada, que tenía más de cuarenta años atendiendo a don Damián, levantó la cabeza y mostró dos ojos enrojecidos por el llanto.
-Después de todo no le hacía falta -aseguró-, que Dios me perdone. No necesitaba confesar porque tenía una bella alma, una alma muy bella tenía don Damián.
¡Diablos, eso sí era interesante! Jamás había pensado el alma de don Damián que fuera bella. Su amo hacía ciertas cosas raras, y como era un hermoso ejemplar de hombre rico y vestía a la perfección y manejaba con notable oportunidad su libreta de banco, el alma no había tenido tiempo de pensar en algunos aspectos que podían relacionarse con su propia belleza o con su posible fealdad. Por ejemplo, recordaba que su amo le ordenaba sentirse bien cuando tras laboriosas entrevistas con el abogado don Damián hallaba la manera de quedarse con la casa de algún deudor -y a menudo ese deudor no tenía dónde ir a vivir después- o cuando a fuerza de piedras preciosas y de ayuda en metálico -para estudios, o para la salud de la madre enferma- una linda joven de los barrios obreros accedía a visitar cierto lujoso departamento que tenía don Damián. ¿Pero era ella bella o era fea?
Desde que logró desasirse de las venas de su amo hasta que fue objeto de esa mención por parte de la criada, había pasado, según cálculo del alma, muy corto tiempo; y probablemente era mucho menos todavía de lo que ella pensaba. Todo sucedió muy de prisa y además de manera muy confusa. Ella sintió que se cocinaba dentro del cuerpo del enfermo y comprendió que la fiebre seguiría subiendo. Antes de retirarse, mucho más allá de la medianoche, el médico lo había anunciado. Había dicho:
-Puede ser que la fiebre suba al amanecer; en ese caso hay que tener cuidado. Si ocurre algo llámenme.
¿Iba ella a permitir que se le horneara? Se hallaba con lo que podría denominarse su centro vital muy cerca de los intestinos de don Damián, y esos intestinos despedían fuego. Perecería como los animales horneados, lo cual no era de su agrado. Pero en realidad, ¿cuánto tiempo había transcurrido desde que dejó el cuerpo de don Damián? Muy poco, puesto que todavía no se sentía libre del calor a pesar del ligero fresco que el día naciente esparcía y lanzaba sobre los cristales de Bohemia de que se hallaba sujeta. Pensaba que no había sido violento el cambio de clima entre las entrañas de su ex dueño y la cristalería de la lámpara, gracias a lo cual no se había resfriado. Pero con o sin cambio violento, ¿qué había de las palabras de la criada? "Bella", había dicho la anciana servidora. La vieja sirvienta era una mujer veraz, que quería a su amo porque lo quería, no por su distinguida estampa ni porque él le hiciera regalos. Al alma no le pareció tan sincero lo que oyó a continuación.
-¡Claro que era una bella alma la suya! -corroboraba el cura.
-Bella era poco, señor -aseguró la suegra.
El alma se volvió a mirar y vio cómo, mientras hablaba, la señora se dirigía a su hija con los ojos. En tales ojos había a la vez una orden y una imprecación. Parecían decir: "Rompe a llorar ahora mismo, idiota, no vaya a ser que el señor cura se dé cuenta de que te ha alegrado la muerte de este miserable". La hija comprendió en el acto el mudo y colérico lenguaje, pues a seguidas prorrumpió en dolorosas lamentaciones:
-¡Jamás, jamás hubo alma más bella que la suya! ¡Ay, Damián mío, Damián mío, luz de mi vida!
El alma no pudo más; estaba sacudida por la curiosidad y por el asco; quería asegurarse sin perder un segundo de que era bella y quería alejarse de un lugar donde cada quien trataba de engañar a los demás. Curiosa y asqueada, pues, se lanzó desde la lámpara en dirección hacia el baño, cuyas paredes estaban cubiertas por grandes espejos. Calculó bien la distancia para caer sobre la alfombra, a fin de no hacer ruido. Además de ignorar que la gente no podía verla, el alma ignoraba que ella no tenía peso. Sintió gran alivio cuando advirtió que pasaba inadvertida, y corrió, desolada, a colocarse frente a los espejos.
¿Pero qué estaba sucediendo, gran Dios? En primer lugar, ella se había acostumbrado durante más de sesenta años a mirar a través de los ojos de don Damián; y esos ojos estaban altos, a un metro y setenta centímetros sobre el suelo; estaba acostumbrada, además, al rostro vivaz de su amo, a su ojos claros, a su pelo brillante de tonos grises, a la arrogancia con que alzaba el pecho y levantaba la cabeza, a las costosas telas con que se vestía. Y lo que veía ahora ante sí no era nada de eso, sino una extraña figura de acaso un pie de altura, blanduzca, parda, sin contornos definidos. En primer lugar, no se parecía a nada conocido, pues lo que debían ser dos pies y dos piernas, según fue siempre cuando se hallaba en el cuerpo de don Damián, era un monstruoso y, sin embargo, pequeño racimo de tentáculos como los del pulpo, pero sin regularidad, unos más cortos que otros, unos más delgados que los demás y todos ellos como hechos de humo sucio, de un indescriptible lodo impalpable, como si fueran transparentes y no lo fueran, sin fuerza, rastreros, que se doblaban con repugnante fealdad. El alma de don Damián se sintió perdida. Sin embargo sacó coraje para mirar más hacia arriba. No tenía cintura. En realidad, no tenía cuerpo ni cuello ni nada, sino que de donde se reunían los tentáculos salía por un lado una especie de oreja caída, algo así como una corteza rugosa y purulenta, y del otro un montón de pelos sin color, ásperos, unos retorcidos, otros derechos. Pero no era eso lo peor, y ni siquiera la extraña luz grisácea y amarillenta que la envolvía, sino que su boca era un agujero informe, a la vez como de ratón y de hoyo irregular en una fruta podrida, algo horrible, nauseabundo, verdaderamente asqueroso, ¡y en el fondo de ese hoyo brillaba un ojo, su único ojo, con reflejos oscuros y expresión de terror y perfidia! ¿Cómo explicarse que todavía siguieran esas mujeres y el cura asegurando allí, en la habitación de al lado, junto al lecho donde yacía don Damián, que la suya había sido una alma bella?
-¿Salir, salir a la calle yo así, con este aspecto, para que me vea la gente? -se preguntaba en lo que creía toda su voz, ignorante aún de que era invisible e inaudible. Estaba perdida en un negro túnel de confusión. ¿Qué haría, qué destino tomaría?
Sonó el timbre. A seguidas la enfermera dijo:
-Es el médico, señora. Voy a abrirle.
A tales palabras la esposa de don Damián comenzó a aullar de nuevo, invocando a su muerto marido y quejándose de la soledad en que la dejaba.
Paralizada ante su propia imagen el alma comprendió que estaba perdida. Se había acostumbrado a su refugio, al alto cuerpo de don Damián; se había acostumbrado incluso al insufrible olor de sus intestinos, al ardor de su estómago, a las molestias de sus resfriados. Entonces oyó el saludo del médico y la voz de la suegra que declamaba:
-¡Ay, doctor, qué desgracia, doctor, qué desgracia!
-Cálmese, señora, cálmese -respondía el médico.
El alma se asomó a la habitación del difunto. Allí, alrededor de la cama se amontonaban las mujeres; de pie en el extremo opuesto a la cabecera, con un libro abierto, el cura comenzaba a rezar. El alma midió la distancia y saltó. Saltó con facilidad que ella misma no creía tener, como si hubiera sido de aire o un extraño animal capaz de moverse sin hacer ruido y sin ser visto. Don Damián conservaba todavía la boca ligeramente abierta. La boca estaba como hielo, pero no importaba. Por allá entró raudamente el alma y a seguidas se coló laringe abajo y comenzó a meter sus tentáculos en el cuerpo, atravesando las paredes interiores sin dificultad alguna. Estaba acomodándose cuando oyó hablar al médico.
-Un momento, señora, por favor -dijo. El alma podía ver al doctor, aunque de manera muy imprecisa. El médico se acercó al cuerpo de don Damián, le tomó una muñeca, pareció azorarse, pegó el rostro al pecho y lo dejó descansar ahí un momento. Después, despaciosamente, abrió su maletín y sacó un estetoscopio; con todo cuidado se lo colocó en ambas orejas y luego pegó el extremo suelto sobre el lugar donde debía estar el corazón. Volvió a poner expresión azorada; removió el maletín y extrajo de él una jeringa hipodérmica. Con aspecto de prestidigitador que prepara un número sensacional, dijo a la enfermera que llenara la jeringa mientras él iba amarrando un pequeño tubo de goma sobre el codo de don Damián. Al parecer, tantos preparativos alarmaron a la vieja criada.
-¿Pero para qué va a hacerle eso, si ya está muerto el pobre? -preguntó.
El médico la miró de hito en hito con aire de gran señor; y he aquí lo que dijo, si bien no para que le oyera ella, sino para que le oyeran sobre todo la esposa y la suegra de don Damián:
-Señora, la ciencia es la ciencia, y mi deber es hacer cuanto esté a mi alcance para volver a la vida a don Damián. Almas tan bellas como la suya no se ven a diario y no es posible dejarle morir sin probar hasta la última posibilidad.
Este breve discurso, dicho con noble calma, alarmó a la esposa. Fue fácil notar en sus ojos un brillo duro y en su voz cierto extraño temblor.
-¿Pero no está muerto? -preguntó.
El alma estaba ya metida del todo y sólo tres tentáculos buscaban todavía, al tacto, las venas en que habían estado años y años. La atención que ponía en situar esos tentáculos donde debían estar no le impidió, sin embargo, advertir el acento de intriga con que la mujer hizo la pregunta.
El médico no respondió. Tomó el antebrazo de don Damián y comenzó a pasar una mano por él. A ese tiempo el alma iba sintiendo que el calor de la vida iba rodeándola, penetrándola, llenando las viejas arterias que ella había abandonado para no calcinarse. Entonces, casi simultáneamente con el nacimiento de ese calor, el médico metió la aguja en la vena del brazo, soltó el ligamento de encima del codo y comenzó a empujar el émbolo de la jeringuilla. Poco a poco, en diminutas oleadas, el calor de la vida fue ascendiendo a la piel de don Damián.
-¡Milagro, Señor, milagro! -barbotó el cura.
Súbitamente, presenciando aquella resurrección, el sacerdote palideció y dio rienda suelta a su imaginación. La contribución para el templo estaba segura, ¿pues cómo podría don Damián negarle su ayuda una vez que él le refiriera, en los días de convalecencia, cómo le había visto volver a la vida segundos después de haber rogado pidiendo por ese milagro? “El Señor atendió a mis ruegos y lo sacó de la tumba, don Damián”, diría él.
Súbitamente también la esposa sintió que su cerebro quedaba en blanco. Miraba con ansiedad el rostro de su marido y se volvía hacia la madre. Una y otra se hallaban desconcertadas, mudas, casi aterradas.
Pero el médico sonreía. Se hallaba muy satisfecho, aunque trataba de no dejarlo ver.
-¡Ay, si se ha salvado, gracias a Dios y a usted! -gritó de pronto la criada, los ojos cargados de lágrimas de emoción, tomando las manos del médico-. ¡Se ha salvado, está resucitado! ¡Ay, don Damián no va a tener con qué pagarle, señor! -aseguraba.
Y cabalmente en eso estaba pensando el médico, en que don Damián tenía de sobra con qué pagarle. Pero dijo otra cosa. Dijo:
-Aunque no tuviera con qué pagarme lo hubiera hecho, porque era mi deber salvar para la sociedad un alma tan bella como la suya.
Estaba contestándole a la criada, pero en realidad hablaba para que le oyeran los demás; sobre todo para que le repitieran esas palabras al enfermo unos días más tarde, cuando estuviera en condiciones de firmar.
Cansada de oír tantas mentiras el alma de don Damián resolvió dormir. Un segundo después don Damián se quejó, aunque muy débilmente, y movió la cabeza en la almohada.
-Ahora dormirá varias horas -explicó el médico- y nadie debe molestarlo.
Diciendo lo cual dio el ejemplo, y salió de la habitación en puntillas.Ir arriba
Yeyo va a explicar su caso. Tiene gestos parcos y voz sin importancia. La gente se asombra de verle tan humilde. Es de cuerpo mediano, de manos gruesas y cortas, de ojos dulces. La verdad es que parece avergonzado de la importancia que le da el público. El juez le mira con fijeza y la gente se agolpa y se pone de pie. Yeyo está contando su caso con una tranquilidad desconcertante.
El había oído hablar de Vicente Rosa, claro. En la región nadie ignoraba su fama; además, lo había visto con frecuencia. Vicente Rosa era lo que muchos llaman un hombre de sangre pesada. ¿Antipático? No; a él, Yeyo, no le caían los hombres ni mal ni bien; cada uno es como es y eso no tiene remedio. Pero si le preguntaran qué clase de hombre le parecía ser Vicente Rosa diría que un abusador. , Cuando estaban construyendo la carretera de Jima le dieron a Vicente un cargo de capataz y estableció una casa de juego. Los peones, campesinos ignorantes, muchos de ellos haitianos, perdían allí el escaso jornal; después caían desfallecidos de hambre sobre el camino que construían, y Vicente tos arreaba a planazos. Un día los infelices se negaron a seguir siendo explotados. ¡Mala idea! Vicente montó en cólera y empezó a repartir machetazos. Algunos quisieron defenderse, pero aquel hombre era un torbellino. Abrió cráneos, tumbó brazos, seguido de los seis o siete amigos que les salen siempre a tales fieras, y entre alaridos de mujeres y de niños echaba por tierra los bohíos y les prendía fuego. Hasta los montes vecinos persiguió a los aterrorizados peones, y después se las arregló tan bien con la gente del pueblo que hasta presos fueron algunos de los perseguidos. Siempre sucede igual, claro, y también le parecía a Yeyo que tal cosa no tiene remedio.
Lo malo estuvo en que Vicente Rosa abusó de su fama de guapo. En la gallera nadie se atrevía a cobrarle si perdía, y cuando entraba en una pulpería el pulpero rogaba a Dios que se fuera pronto. Lo mismo si estaba una hora que si estaba diez bebiendo, decía tranquilamente que le apuntaran lo que fuera y nunca se acordaba de la deuda. En las fiestas le quitaba a los hombres las parejas sin decir palabra... Un hombre sangrudo, lo que se dice sangrudo.
El caso con Yeyo ocurrió así:
Por las vueltas de Pino Arriba vivía Eleodora. Toda la gente que llenaba la sala del tribunal vio a Eleodora. Bajo el pelo de brillante negrura mostraba la frente trigueña; después, las cejas finas, los ojos pequeños, y la nariz y la boca. ¡Qué boca, Dios! Sonrió dos veces y la gente se moría porque lo hiciera de nuevo. Era una boca menuda, de labios carnosos y dientes macizos. Cuando el juez le ordenó levantarse para jurar, muchos hombres la miraron alelados. ¡Eso sí era mujer! Eleodora miraba a Yeyo con simpatía y la gente no quería admitir que hubiera algo entre dos seres tan distintos.
Yeyo era muy firme hablando. El juez preguntó:
—¿Estaba usted enamorado de la joven?
—Me gustaba —dijo resueltamente.
—Yo le pregunto a usted si estaba enamorado.
—Eso de enamorarse no es asina, señor. A uno le gusta lo bonito, pero enamorarse viene de adentro y asigún las condiciones de la mujer. Tal ve andaba por enamorarme... No se lo puedo asegurar, pero si el señor me lo permite le diré que lo que pasó hubiera pasao manque ella hubiera sido vieja y fea.
Descontando todos los circunloquios de la tramoya judicial, el caso puede sintetizarse así: Vicente Rosa, con su fama de guapo y sus ojos atravesados, estaba un día dándose tragos en la pulpería de Apolonio Torres, y allí mismo, sentado sobre una pila de aparejos, fumaba pacíficamente su cachimbo Yeyo Ramírez. Por dos veces estuvo Vicente mirándole con sorna. Yeyo, tranquilo, indiferente, le devolvía las miradas. Parece que Vicente perdió los estribos. Ordenó un trago de cuatro dedos y se dirigió con él hacia Yeyo.
—iBeba, decolorío! —ordenó.
El joven no movió un músculo. Simplemente respondió:
—No bebo, amigo.
—¡Beba, le digo! —tronó el guapo.
—Le he dicho que no bebo.
—¡Beba! ¿O no sabe quién le habla?
—Sí, yo lo sé; usté es Vicente Rosa, pero yo no bebo.
Los tres o cuatro hombres que estaban en la pulpería se apresuraron a intervenir. Un viejo negro explicó:
—No puede, amigo; ta enfermo.
Yeyo rectificó fríamente:
—Unq unq, no toy enfermo na. Lo que pasa es que no me da la gana de complacer al amigo.
Vicente Rosa hizo ademán de irle arriba, pero se le echaron encima los demás y lo contuvieron. Tenía los ojos fulgurantes como candelas y soplaba como animal.
—Váyase, Yeyo —rogaba el viejo negro.
—No puedo —explicaba Yeyo—, porque ta al caer una jarina y si me mojo me da catarro.
Hecho un ciclón, Vicente Rosa luchaba por desasirse de los otros, y hacía temblar toda la pulpería.
—Aquiétese, Vicente, aquiétese —suplicaba el pulpero.
Sólo Yeyo estaba tranquilo allí. Seguía fumando con escalofriante serenidad y sus ojos dulces parecían ver el tumulto desde lejos. Por segundos volvía la mirada hacia el camino real, como si no tuviera que ver nada con lo que sucedía. El color azul de las lomas presagiaba lluvia.
—Vea que viene gente, Vicente —dijo el pulpero.
Y en efecto, llegó gente. Al ver la brega Eleodora se detuvo un instante, pero en seguida alzó la voz para pedir media libra de azúcar y un centavo de jabón, y esa voz, que parecía un canto de ruiseñor, aplacó la reyerta. Fue un toque mágico. Vicente Rosa abrió la boca y desendureció los ojos. La muchacha, cortada, se volvió a Yeyo. Había percibido el ambiente de violenta admiración que había estallado a su presencia y parecía avergonzada.
Yeyo se levantó y se dirigió a ella.
—¿Ha visto? Ya empezó la jarina.
La muchacha se lamentó:
—Anda la porra, dique llover agora—. Y miró hacia el camino.
El que no quiso ver la llovizna fue Vicente Rosa. Ni se movía ni hablaba ni parecía recordar su reciente furia. Eleodora se puso de espaldas al mostrador. En el inicio de sonrisa que le llenaba et rostro de gracia se le veía el placer que le daba tanta admiración, aunque pareciera estar solamente interesada en el leve caer de la llovizna que iba haciendo brillar las hierbas y que empezaba a engrosar imperceptiblemente, cubriendo en la distancia la masa negruzca de las lomas.
De súbito aquella calma se rompió con unos pasos felinos de Vicente Rosa. Sus ojos volvieron a tener el brillo de antes y su boca volvió a mostrar el mismo gesto desdeñoso. Echó el cuerpo sobre el mostrador, mientras Eleodora simulaba estar tranquila. Vicente Rosa se le acercó más. Eleodora hizo un movimiento inapreciable, rehuyendo al hombre, y cruzó los brazos. Poco a poco su cara iba haciéndose pálida y dura.
Con una insultante sonrisa de media cara, Vicente Rosa preguntó:
—¿Cómo te llamas, lindura?
—Eleodora —contestó ella secamente.
—Tú vas a ser mujer mía —aseguró el.
Ella le cortó de arriba abajo con una mirada relampagueante y se apartó más. Entonces Vicente Rosa levantó una mano y la asió por la muñeca. La muchacha se revolvió y empezó a injuriarle. Yeyo Ramírez puso el cachimbo en el mostrador.
—Suéltela, amigo —dijo con voz serena.
Vicente soltó una palabra gruesa y se le fue encima a Yeyo. Pero Yeyo no esperó el ataque. Del mostrador, sin que nadie supiera cuándo, tomó la botella de ron con que el pulpero servía a Vicente. Los hombres corrieron, dando voces, a meterse entre los dos, y Eleodora lanzó un grito al ver la botella hecha pedazos y la sangre salir a chorros. Vicente Rosa quiso levantarse y sacar el cuchillo que llevaba a la cintura, pero Yeyo le sujetó el brazo, se lo torció hasta hacerle soltar el arma y después le pegó con el pie en la cara. El pulpero se llevaba las manos a la cabeza. Yeyo se volvió a la muchacha. Estaba un poco pálido, pero la voz no se le había alterado.
—Venga, que la voy a llevar a su casa —dijo.
La sentía temblar a su lado y veía gente correr hacia la pulpería. Cuando llegaba a la puerta del bohío de Eleodora, dijo:
—Anda... Se me quedó el cachimbo en la pulpería. Déjeme ir a buscarlo.
Eleodora estaba tan asustada que no trató de impedirlo.
Cuando los pocos amigos de Yeyo se enteraron de lo que había pasado, se presentaron en su casa. Yeyo vivía solo. Tenía un conuquito bien cuidado, que desde el mismo bohío iba en suave pendiente hasta las orillas del arroyo. Aislado en aquel campo de viviendas desperdigadas, forjaba su vivir pacientemente, sin meterse con nadie. Un compadre suyo quiso dormir con él esa noche.
—No me ofenda, compadre —dijo secamente.
El compadre se fue cuando ya la noche confundía los árboles y las piedras, las alambradas y el camino.
Yeyo no se durmió en seguida. Apagó la luz y estuvo fumando su cachimbo y pensando en lo ocurrido. Recordaba fijamente cada movimiento de Vicente Rosa, y recordaba también, no sabia por qué, el caballito que tenía estampado la etiqueta del ron. Percibió un aire fresco.
—Qué calamidá —se dijo—, presentarse tiempo de agua con el arroz madurando.
El aire indicaba que la lluvia seguiría. Había llovido hasta medio día, pero después paró de llover y el agua caída apenas reblandeció los caminos.
No le daba sueño a Yeyo. ¿Le gustaba Eleodora? Sí, le gustaba. Ahora, que para casarse... eso había que verlo. El sopechaba que a la muchacha le agradaba más de la cuenta que los hombres la galantearan.
Los amigos decían que Vicente Rosa iba a cobrarse la herida. Bueno, que lo hiciera. A él no le preocupaba eso gran cosa. Le molestó un poco darse cuenta de que estaba atento a los rumores de afuera. El silencio del campo, sostenido bajo el pausado ronronear de la brisa, hacía que la noche fuera grande e impresionante. Acaso tremolaban las hojas de un mango, tal vez una yagua vieja del techo se levantaba y tornaba a caer. El oído de Yeyo sabía distinguir cada ruido. Dejó de fumar, golpeó el cachimbo contra la palma de una mano, se puso de lado y se cubrió lo mejor que pudo.
El sueño empezó a llegar lentamente. Al principio era como una remota sordera que apagaba los rumores más fuertes al tiempo que hacía perder la noción de ciertas partes del cuerpo; después el mundo fue reduciéndose, haciéndose más pequeño, más diminuto, hasta que llegó el momento en que los ruidos de afuera, el frió, la aspereza del catre, se esfumaron del todo. Pero todavía quedaba un punto imperceptible, una línea inapreciable, que duraría menos que todo lo que puede medirse. Iba a pasar ya al sueño completo. Y ahí fue cuando Yeyo alzó de golpe la cabeza. Había oído pasos. Sonaban apagados y lentos, pero eran pasos. Yeyo aguzó su atención. Se oían unas voces casi no dichas. Le pareció que alguien recomendaba irse por detrás del bohío. Creyó oír que decían:
-Yo me quedo aquí.
—Vicente Rosa —dijo Yeyo, en un susurro.
Con extraordinario sigilo, cuidándose de que el catre no hiciera ruido, se fue echando afuera y le parecía que nunca iba a lograrlo. De la silla cogió la ropa y sujetó el cinturón por la hebilla, para que no sonara; después se puso la camisa, pero sin abotonarse. Todavía tuvo tiempo de llevarse el sombrero a la cabeza, pues se preparaba como si fuera a salir. Andaba buscando a tientas el cuchillo sobre la silla cuando llamó una voz desconocida:
— iYeyo, Yeyo, alevántese!
No respondió. Aún no daba con el cuchillo. La voz sonaba por un lado del bohío. ¿Quién sería ese perro? Algún amigote de Vicente Rosa. Y Vicente Rosa debía estar en la puerta, acechando que él saliera para asesinarlo.
—iYeyo, Yeyo, alevántese!
Buscaba aún. Iba a ponerse nervioso. Lo mejor era desentenderse de todo y hacer luz, qué caray. De todas maneras iban a matarlo. Le había llegado su hora; eso era todo. Pero en ese momento, cuando ya estaba buscando en el bolsillo del pantalón la caja de fósforos, recordó que había puesto el cuchillo en el catre, bajo la almohada.
La voz llamó de nuevo. ¿Quién sería el condenado ése?
Yeyo se pegó a la pared, y con pasos cuidadosos se arrimó a la puerta; después, empleando la mano izquierda, fue levantando la aldaba sin que se produjera el menor sonido; y de golpe abrió la puerta y avanzó.
—Vide una sombra —explica— y le metí el cuchillo. Asina fue el asunto.
La gente alza la cabeza para ver el rostro de Yeyo. El no dice una palabra más y el silencio de la sala se hace palpable. El juez levanta la mirada.
Dígame, acusado: ¿por qué sabiendo usted que quien estaba en la puerta era Vicente Rosa, y que iba a matarlo, no se quedó en su catre, con lo cual hubiera podido evitarse la tragedia?
Yeyo pone cara de persona que no entiende y mira en redondo hacia el público como buscando que alguien le explique tan extraña pregunta.
Le he preguntado —insiste el juez— ¿por qué no se quedó acostado, con lo cual se hubiera evitado la tragedia?
Yeyo parece comprender entonces. Tranquilo, con su voz dulce y sus ojos inocentes, se vuelve hacia el magistrado y dice:
—Porque cuando a uno van a llamarlo a su casa, manque uno sepa que es pa matarlo, su deber ta en atender al que lo llama.Ir arriba
El hombre que estaba allá adentro, en el corazón del monte, oía sólo dos cantos: el suyo y el del hacha.
De mañana empezó a tumbar la yaya y a los primeros golpes aletearon los pajaritos. Piaron y se fueron. El hombre, duro, oscuro y desnudo de cintura arriba, los siguió con la vista. Por entre los claros de las hojas había manchas azules.
“Aoé, tolalááá…”
El canto triste del hombre resonaba en el monte. Hasta muy lejos, tropezando con todos los troncos, se regaba el golpe del hacha.
Tres días estuvo él tirando al suelo los árboles que rodeaban el algarrobo; pero no se sentía con fuerzas para picar el algarrobo. Seis hachadores hubieran tardado una semana. Era un árbol grueso hasta lo increíble, majestuoso, alto: el rey del monte.
***
La tarde sube las lomas desde la tierra llana; después persiste en levante una pintura rojiza. El hombre piensa que el cielo se quema. En el filo de su hacha está también el incendio del cielo.
Todavía canta él. Viene cantando, como si eso le ayudara a caminar. Tras los guayabales, aquí a la izquierda, recoge su humildad el techo del bohío.
El hombre vienen cantando, la mano oscura mecida, la otra al mango del hacha. Su mujer no está a la puerta, como siempre.
***
Estamos acostumbrados al silencio, tan acostumbrados que los pensamientos nos hablan a la vista nada más. Por eso le sorprende al hombre la voz.
—Lico, estoy mala.
Su mujer, que se siente mal. Tiene el vientre esponjado y espera…
Lico piensa en la yegua, en la vaca.
—Cuidado si está cerca –murmura él.
Siente que la mujer se mueve y la oye quejarse débilmente.
Lico tiene los ojos abiertos y no ve. Recuerda su vaca joca: un día se fue, despaciosa, los ojos apagados, la barriga hinchada; otro día volvió con su ternerito; lo lamía con una gran ternura, como quien acaricia.
Encuentra una razón y se prende a ella.
—Yo no lo esperaba tan pronto.
La mujer se queja y susurra:
—Pero yo estuve en el río, lavando.
Él, esperando aún, pregunta:
—¿Busco a Lola?
Y la mujer dice:
—Bueno.
A la vuelta se fue Lico a la cocina y encendió fuego; se estuvo allí esperando, silencioso y cansado. Veía en sus manos la mancha roja de la llama. Tenía frío y hambre.
La madrugada empezaba a borrar la noche cuando el hombre oyó el quejido sordo; hubo después otra voz, delgadita y fañosa, que parecía llegar del monte cercano.
Ya no se necesitaba la llama en la cocina. Tan lejano como fue posible cantó un gallo. Lico se levantó y salió: quería ver el sol; pero antes que el sol asomó Lola su cara estirada y cenizosa.
—Dentre –dijo-. Es la mesma cara del taita.
Lico vio a su mujer, bajo la sábana roja, con la cabellera como una raíz negra regada en la almohada. Ya no tenía el vientre esponjado y el catre parecía pequeño: junto a la madre había una cabeza menudita, sin nariz definida, sin ojos definidos, sin boca definida: era como una carita de barro gastada por la lluvia.
El hombre quiso reír.
—Lola dice que se parece a mí –comentó.
La mujer le miró, miró al niño, sin moverse, y aprobó en silencio.
El hombre estuvo un rato callado; al fin dijo:
—Yo tengo que dirme a la tumba. No te alevantes que Lola se queda.
Y nada más. De un rincón tomó su hacha. Se detuvo un segundo en la puerta, alzó los ojos y vio el cielo.
Se fue, al hombro el hacha y el sol en filo. Su hijito tenía color de camino. Llegaría tarde al trabajo.
Pensó:
—Hoy tumbo el algarrobo.
Y el algarrobo era grueso hasta lo increíble, majestuoso, alto: el rey del monte era el algarrobo…Ir arriba
Amaneció plomizo el día. Parecía que alguien hubiese pasado por los cielos una gran brocha embadurnada en gris. A ras de mar los encajes amarillentos de la niebla ponían su nota de demacración. Se perseguían las olas, furiosa cada una por alcanzar la otra, con una soberbia que aullaba. En la tierra, un poco adentradas, viejas barcas cansadas ofrecían a los cielos sus vientres hinchados que la carcoma hoyó. Y dormían de lado las embarcaciones jóvenes recibiendo caricias saladas.
Tendidas en la playa, como alas tronchadas de algún ave gigantesca, dos velas se arrugaban con la misma brisa que en días de calma las preñaba… No había luz de sol y era el vacío brumoso como el agua sucia. Hablaban varios hombres, sentados algunos en la borda de un viejo cascarón:
—¡Muy mal día! —Y van cuatro así. Allá en el horizonte un cuchillo de sol rasgó las nubes y plateó las aguas.
Y los hombres de mar, esperanzados, clavaron en el girón de cielo recién iluminado sus ojos que las tempestades habían serenado.
El sol volvió a esconderse. El grupo se fue deshaciendo, desparramándose los hombres, y el día seguía plomizo. Cuando quedaron solos, dirigiéndose al hijo, lleno de mansedumbre dijo:
—Apareja muchacho porque necesitamos trabajar —El rapaz le miro hondamente, casi con ternura, y él, comprendiendo, inquirió:
—¿Tienes miedo?
—No papá, eso no -contesto- pero... es una imprudencia.
Tenía razón el hijo. Era una locura tirarse al mar un día como éste, pero los demás tenían hambre… El muchacho se alejó con paso tardo.
Le vio inclinarse a recoger la vela y poner luego en la barquita las redes, un remo, unas cuerdas, una vasija y el arpón.
Estaba haroneando, deseoso de que el padre se arrepintiese. Era fuerte, tanto como cualquier hombre hecho; estaba curtido en los trabajos del mar; no temía nunca y las tempestades lo entusiasmaban.
¿Por qué hoy estaba tan miedoso? Se le acercó y como lo viera distraído lo amonestó:
—Anda muchacho, anda. Es muy tarde ya.
Empujaron los dos la barca hasta el agua. El hijo entró primero y él le dio, los pies mojados en las últimas greñas de las olas, el impulso.
A pesar de ser esperado el huracán les asombró. Cayeron de improviso rachas de lluvia que parecían trapos grises tremolados al viento. Las olas comenzaron a agrandarse y rugían como truenos.
La barquita se doblaba y los golpes de agua la hacían crujir. El muchacho, hábil, tumbó la vela y comenzó a vaciar el barquichuelo que recibía pedazos de olas. El temporal arreció. Se alzaba la embarcación como si mil manos hercúleas la levantaran.
El padre estaba pegado del timón, paralizadas por el esfuerzo las manos férreas y acerados los ojos que ni la sal del mar lograba hacer pestañear:
—¡Ánimo, mi hijo, ánimo! -La lluvia llenaba el bote. El hijo, pálido de terror y mareado, se dejaba caer en cada golpe de ola, revolcado entre la estrechez de la barquita.
—¡Recoge las redes, muchacho! -Él mismo las haló, abandonando el timón.
Por la proa asomó una ola gigantesca cuyas espumas daban la impresión de dientes trituradores de algún monstruo ignorado. Enfiló y la recibió de frente. El barquito se zarandeó y gimió como animal herido.
—¡Achica, que este pasa; ánimo¡ -El rapaz no oía las exhortaciones. Pálido hasta parecer verde, enloquecido por el mareo y el miedo, nada importaba para él una volcadura.
Las voces del viejo marino se perdían entre el estrépito del mar enfurecido. El bote bailada cada vez que alguno se movía. Y el mismo viejo comenzaba a flaquear. Como producto del instinto, su garganta modulaba roncamente:
—¡Ánimo, mi hijo, ánimo! -El barquito era muy pequeño. Los dos no podían maniobrar; sus bordas se pegaban al mar como la boca de un animal sediento que busca agua.
De súbito, el viejo se paró tambaleando. Se le contrajeron las manos en un gesto de impotencia, la boca en una muesca de locura. Quiso apartar, desesperado, con sus dedos fuertes de lobo de mar, la cortina de la lluvia. El hijo también se incorporó.
En medio del estruendo trágico de la tempestad el viejo creyó oír:
—Yo soy un estorbo, papá... -Y luego, como una sombra de fantasma, el hijo saltó.
Medio idiotizado y casi ciego, enloquecido de terror el padre quiso atajarle, en una suprema elasticidad, extendidas las manos implorantes, y apenas pudo ver en la cresta de una ola, azotada por el vendaval como una bandera de tragedia, la chaqueta del suicida.
Barcelona, 1930.Ir arriba
-Ese viejo es un gran sinvergüenza, y tó el que saque la cara por él, un lambón! ¡Como lo oye!
Los ojos de Casimiro se pegaron a su interlocutor. Tan claros estaban con la luz de mediodía, que parecían cristales y no ojos.
-¡Últimamente! ¡Aquí no me mienten más ese degraciao! -Dijo, extendiendo el brazo derecho, como quien señala el camino. Después, rumiando algo, entró al bohío y se acomodó en una silla cuyo fondo era piel de cabra.
El cachimbo de Casimiro tenía curiosos adornos. Regularmente, un cachimbo de barro no dura arriba de tres meses, pero éste contaba dos años ya. Más de cinco veces habíale puesto nueva raíz. Cuidadosamente, por lo mismo de sentirse tan fuera de sí, lo llenó de legítimo andullo; y para encenderlo púsolo boca abajo, de modo tal, que la llama del fósforo, sin necesidad de esforzarse chupando, cubriera toda la picadura. Luego escupió, pasó un pie sobre el salivazo y cruzó las piernas.
-¡Anda al carááá! –dijo en alta voz, a poco- ¡Dique ese viejo ladrón metiéndose con un hombre de mi sangre! ¡Concho!
Y se puso en pie.
Casimiro trabajaba con el viejo Mendo. Desyerbaba, talaba, ordeñaba, llevaba las vacas al abrevadero. El mismo, después de cortar la leña en el fondo de los potreros, casi dos kilómetros distanciados, venia por los burros y tornaba con ellos cargados de trozos. Cuando el viejo Mendo consideraba tener demasiada leña para su consumo, mandaba a Casimiro venderla en el pueblo.
-Hay que aprovecharlo todo -decía el patrón.
Y Casimiro partía a pie, precedido por una fila de doce burros viejos, flacos, empeñados en mordisquear cada yerbajo que hubiera en las orillas de la carretera. Al sonar una bocina, Casimiro increpaba su recua:
-¡Tu, Prieto! ¡Ajilate, condenao! -Y siempre, a la ida o a la vuelta, tenia el alma como de pie en una tembladera. ¡Ay, si por desgracia un auto maltrataba alguno de esos mañosos!
Algunas veces partía de mañana. Era una fiesta, entonces. Gustábale ver las hembras, con sus flores entre el pelo, montando airosamente en cualquier viejo y gastado animal tan orondas como si fueran en el rucio de don Mendo. ¡Pero la vuelta! ¡La vuelta! ¡Toda una maldición de sol, metido en la carretera como el agua en una zanja! ¡Y los burros, por cansados empeñados en no caminar sino a pulgadas!
La vida de Casimiro era eso: un eterno trabajar y un eterno temer. ¡Tenia muy malas pulgas el diache del viejo Mendo! Por cualquier caballaita armaba unos pleitos padres. Insultaba, gritaba, manoteaba. Una buena condición, en cambio, adornaba a don Mendo: cada quince días, llegada la noche, llamaba a Casimiro, le entregaba los tres pesos de la quincena y lo retiraba diciendo: ¡A las tres de la mañana aquí. Hay que ordeñar!
Jamás pudo Casimiro explicarse tal constancia en recordarle el ordeñe en cuatro años de trabajo, sin faltar un solo día; casi siempre antes de la hora estaba él al pie de la vaca exprimiendo la ubre, de modo que a las cinco saliera el muchacho con la leche hacia el pueblo. Y en todo el día no cesaba un minuto. En arrimándose la prima, a eso de las ocho, pasaba frente a la puerta y se despedía del viejo, lector incansable:
-Jata mañana, Don Mendo -Ponía las trancas del portón, atravesaba la carretera, y sin oír los cuentos de su mujer se echaba en el catre incorporándose al rato para lavarse los pies y desnudarse.
Esta mañana cuando descargaba la leña en la enramada, sin explicarse cómo, rompió una angarilla. Cayó ella la otra y ambas tenían preñez de trozos de pomos. Casimiro se apresuró a terminar para arreglarla: mas el diablo en la persona de Don Mendo se metió en la enramada sin hacer ruido, con aquellas sus malditas pantuflas marrones, con aquel grasiento sombrero negro y con aquellos terribles insultos escondidos ahí mismo detrás de los labios.
-¡Oigame!, ¡óigame! ¿Se cree usté que estoy trabajando día y noche para que venga usté, por puro gusto, a mermar mi hacienda?
–Pero si ha sido sin querer, Don Mendo.
-!A mi no se me contesta, grosero! ¡A mi no se me contesta, negro indecente!
Casimiro sintió que una mano gigantesca lo agarró por la cintura y lo zarandeó rápidamente. Fue como si le hubiese dado vueltas, pero tan violentas, que Casimiro no pudo ver sino un vacío. No estaba allí la enramada, los becerros, don Mendo: nada estaba. Y entonces le pareció que la misma mano arrancó su cabeza y la lanzó en un pozo cuyo fondo jamás tocaría.
-¡Indecente es su madre, degraciao!
Y tendió todos los músculos, maravillado de no haber ahorcado al viejo.
Pero luego vio el sombrero negro, las pantuflas marrones y una camisa blanca, subiendo los escalones de la casa. Por la ventana, a poco, alguien tiró cinco monedas de a medio peso, y la mano de don Mendo, ella sola, como si la hubieran arrancado del cuerpo y clavado en el marco de la ventana, señalaba el portón. Luego sonó una voz:
-Esa es su cuenta. ¡No me pise más aquí!
Casimiro estuvo largo rato de pie, lo mismo que los postes marcadores de kilómetros en la carretera. Al marcharse recogió las monedas, en las que se redondeaba la luz. Ardían…
Ya caminaba, ya se sentaba. Tenía en el pecho un fuego quemándole poco a poco. Debían estar calcinadas las costillas. Ponía el cachimbo sobre la mesita y se apretaba las manos hasta que parecían una sola de diez dedos. Ahora también iba su cabeza cayendo en un pozo. Y se empeño en mirar una por una cada figurita de su cachimbo. Pero, nervioso, mete entre los dientes la raíz, casi doce pulgadas larga, comienza a lanzar bocanadas de negruzco humo, aprieta las quijadas, y, al quebrarse la raíz, cayó el cachimbo. Cien pedacitos de barro calcinado se regaron en el piso.
Casimiro, de un salto, empuño el cuchillo de cocina que dormía en la mesa, corrió hasta la puerta, sintió una llamada como del alma y vio por última vez los pedazos de su cachimbo, entre los que reía la cara del viejo Mendo, con risa de loco.
No fue hombre, no. Una sombra si; una sombra que cruzó, a medio metro de altura, la carretera. Aquello que corrió no puso pies en tierra. Saltó la talanquera del portón, precisamente cuando el sol hacía caer la proyección de cada uno de los troncos sobre el inmediato inferior. Una mano le brillaba lo mismo que si llevara en ella algún dedo de acero. Y luego, aquella sombra saltando con extraña agilidad los escalones.
Don Mendo leía y sintió agarrotársele la vista.
-¿Pero me vas a matar tu, Casimiro? –¡Sí, yo! ¡Yo! ¿Y quien ha de sei sino yo?
Don Mendo vio un hilo levantarse. Era fino como los de las telarañas. Luego Casimiro escupió:
-¡Toma, maldito! ¡Toma!
Un chorro de sangre, al saltar, le manchó la camisa. Los ojos del patrón comenzaron una huida. Fue como cuando se hiela el agua: perdieron brillo y transparencia. Pero no hubo en el tiempo una medida capaz de marcar la saciedad del otro. La mano siguió hasta siempre, inexorable.
Santo Domingo, mayo de 1932.Ir arriba
Habiendo hecho sus cálculos con toda corrección, Juan de la Paz llegó a la altura de Punta del Este a las seis de la tarde, minutos más, minutos menos. El mar había sido un plato y probablemente seguiría siéndolo toda la noche.
Así se explica que a Juan de la Paz le resultara fácil ver, a la pálida y agobiante luz de la hora, el aleteo de la paloma sobre el agua. Con la acostumbrada rapidez de toda su vida el solitario navegante pensó que estaría herida y que sería un buen regalo para Emilia; y sin demorar un segundo maniobró para acercarse al ave, favorecido por una suave pero sostenida brisa que soplaba desde el este. Gentilmente, la balandra viró y enderezó hacia la paloma.
Con efecto, la paloma debió haber recibido un golpe en el ala izquierda, pues sobre ese lado se debatía sin cesar moviendo con loco impulso la derecha y levantando la pequeña cabeza. El terror de aquel animal de tierra y aire abandonado a su suerte en el mar era de tal naturaleza que cuando advirtió la proximidad de la balandra pretendió saltar para alejarse. Pero Juan de la Paz no se preocupó. Había dispuesto llevarle ese regalo a Emilia y ya nada podía evitar que lo hiciera. En su imaginación veía a la niña echándole los brazos al cuello en prenda de gratitud, y tal vez dándole un beso. Así, visto que el ave lograba avanzar unos pasos hacia estribor, Juan de la Paz maniobró para girar en redondo y situarse de manera que él quedara a babor. La maniobra salió limpia, pero su resultado no pudo ser peor. Pues ocurrió que impulsada por la sostenida brisa del Este la balandra se alejó unos palmos de la paloma precisamente en el momento en que Juan de la Paz abandonaba vela y timón para inclinarse sobre el agua en pos del ave; el movimiento de la balandra le llevó a sacar todo el cuerpo fuera del casco, en absoluto ajeno a la idea de que, aprovechada en toda su extensión por la brisa, la vela resultaría batida con inesperada fuerza. Eso pasó, y Juan de la Paz se vio súbitamente lanzado al agua.
A Juan de la Paz le habían sucedido muchos y graves contratiempos; y en la costa del Golfo y en la Isla de Pinos todo el mundo sabía que había estado veinte años en presidio. Pero jamás pensó él que en un atardecer tan plácido, estando solo a bordo, le ocurriría caer al mar a causa de estar persiguiendo una paloma, animal que nada tenía de marino. Aunque estaba hecho a pensar con la rapidez del rayo quedó aturdido durante algunos segundos; eso sí, clavó mano en el ave, si bien lo hizo maquinalmente; y fue después de tenerla sujeta cuando volvió atrás los pequeños y pardos ojos. En esos instantes se demudó, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Pues moviéndose a velocidad asombrosa, la balandra se alejaba al favor de la brisa, rumbo noroeste franco, firme y gallarda como si la tripulara el diablo.
Un segundo después de haber visto tal cosa Juan de la Paz comprendió que no podría alcanzar su embarcación y que él y la paloma estaban solos en medio del mar, al iniciarse la noche, seis horas alejados de la tierra más cercana.
El cambio de luces del atardecer daba al momento una ominosa solemnidad de cementerio. En relampagueante fracción de tiempo el hombre sintió la muerte triturándole el alma y un tumulto de ideas le asaltó de improviso. Podía tratar de nadar hacia Isla de Pinos, en pos de Punta del Este; pero entonces se alejaría más de la balandra, y ésta era su único haber en el mundo. Podía dirigirse hacia la cayería, sin embargo, eso significaba exponerse a los tiburones, acaso a los caimanes, y desde luego llegar a las corrientes de los canales completamente agotado. Cuando pensó tomar una decisión se acordó de la paloma; entonces vio, con verdadera indiferencia, que la había apretado sin darse cuenta con dedos de hierro y que la pobre ave herida agonizaba entre temblores. Y esa fue su última sensación consciente, pues a partir de tal momento comenzó a luchar como un loco para sobreponerse al miedo y para salvar la vida.
El miedo, sobre todo, le abrumaba. Por ejemplo, temió que la ropa le estorbara; se la quitó y la fue abandonando tras sí; pero cuando se sintió desnudo le aterrorizó la idea de que en llegando a aguas bajas una barracuda lo dejara inútil como hombre. La luna, que estaba en el horizonte al caerse de la balandra, iluminaba ya la vasta extensión de agua, y pensó que gracias a su luz algún pescador solitario podía verlo y rescatarlo; sin embargo a la vez la luna lo llenaba de pavor porque se decía que la claridad favorecía la posibilidad de que los tiburones le vieran de lejos. Hecho al mar, Juan de la Paz nadaba con economía de esfuerzos; pero no era joven ya, ni cosa parecida, y temía agotarse
antes de tocar tierra.
Poco a poco -y esto es lo cierto-, a medida que pasaba el tiempo y comprobaba que ninguno de sus temores se cumplían, fue acostumbrándose a su nueva situación; acaso influyera en ello el ejercicio, tal vez la oscura idea de que mientras el mar se mantuviera tranquilo podría nadar sin alterar el lento pero seguro ritmo que había logrado imponerse a sí mismo. Mas a eso de las once, mientras al favor de la posición de la luna mantenía el rumbo hacia Cayo Largo -a sus cálculos, la tierra más cercana-, le pareció ver una luz en el horizonte. De improviso su estado de ánimo cambió. Una especie de oleada de locura, desatada dentro de su atormentada cabeza, le invadió por dentro y trastocó del todo sus ideas. Jadeante, ansioso, quiso levantarse sobre el agua. ¡Sí, allá, a la distancia, había una luz! Fuera de sí cambió el rumbo y empezó a nadar de prisa, cada vez más de prisa, cogido por un salvaje impulso de vida. En ese instante -cosa rara- sintió acumulados todos los miedos que había ido dejando según avanzaba, y otros muchos que no sabía distinguir. De golpe comenzó a gritar, a lanzar estentóreos "¡Aquí, aquí, aquí!", con una voz que chillaba a efectos del terror y que cada vez iba siendo menos audible. Esforzándose a más no poder trataba de dar saltos para dominar más distancia. Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. Por momentos aquella luz fulgía lejos, tal vez a varias millas; y Juan de la Paz quería reconocerla a cada nueva aparición, distinguir si era de goleta, de vapor o de algún bote pescador. A ratos se acordaba de la paloma, abandonada, muerta ya, sobre el mar; y pensaba que acaso había derivado a favor de la corriente, sin acabar de hundirse. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida, en medio de brincos imposibles, de gritos que se perdían en la tremenda soledad líquida, de mezcla delirante entre esperanza y pavor, surgiera de pronto, una vez y otra vez y otra más, la imagen de la paloma, flotando panza arriba bajo la luna, un ala rota y la otra extendida, las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. Pero he aquí que de súbito Juan de la Paz se dijo a sí mismo que estaba perdiendo el juicio, y cobró instantáneo reposo. No había tal barco; él estaba solo, del todo solo en la inmensidad del mar, y nadie más que él era responsable de su vida. Sentía el corazón golpeándole desusadamente y resolvió flotar un rato boca arriba, los brazos y las piernas abiertos, para descansar un poco y observar la luna; de esa manera se recuperaría y a la vez recuperaría el rumbo. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. Así, un cuarto de hora después Juan de la Paz reanudaba su marcha, nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo.
A medianoche alcanzó a ver rojizos y cárdenos reflejos ante sí; a la vez un pesado olor de petróleo se imponía al yodado del mar. Hasta poco antes le había sido fácil ver, con bastante frecuencia, siluetas de peces que saltaban alrededor suyo a cierta distancia; ahora eso había dejado de ocurrir desde hacía acaso media hora, de donde podía inferirse que había una prolongada mancha de aceite crudo o de petróleo deslizándose en el mar; y de improviso Juan de la Paz recordó que, en ruta hacia Cienfuegos. Un barco había encallado días antes en los bajos del Golfo. Si el petróleo era de tal barco lo mejor sería internarse en la extensión que él cubriera y ayudarse de la corriente que lo arrastraba, pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde la Punta de Zapata hasta la altura de Punta del Este. Juan de la Paz conocía uno por uno todos esos cayos, los canalizos que los separaban, el que tenía agua dulce y el que no, el que era sólo diente de perro pelado o tema arena y yerba, el que tenía mangles y cacería, el más frecuentado por los pescadores de Batabanó y el más alejado de las rutas usadas a diario.
Como lo pensó lo hizo, lo cual tuvo buenos y malos resultados. Los Buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mañana vio a distancia de una milla, o cosa así, la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar, lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que había padecido cuando creyó ver la luz de un barco; los malos habían de verse mucho más tarde, tan pronto el calor del sol pegara en el petróleo que se había incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrían el cuerpo.
Serían las tres, a juicio de Juan de Paz, cuando en un movimiento de natación sintió que su pie derecho tocaba algo blando. Poco a poco fue dejándose descender. Aquello podía ser lodo, podía ser vegetación marina, podía ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. Pero no tardó en darse cuenta de que era lodo. ¡Lodo! ¡Había llegado, por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie, uno solo. Sí, había llegado. Ahora bien, ¿adónde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. Había llegado, para su mal, a las marismas de Cayo Azul, y lo que tenía por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua, él, que no tenía fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir, o para beber, hasta rendirse, agua fresca.
Sin embargo, había que seguir; y Juan de la Paz siguió, maltratándose los pies con los tallos de los nacientes mangles, cayéndose a ratos y levantándose con mil trabajos, nadando en los cortos canalizas, adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar que se guarecen en la uretra "y desgracian al hombre; buscando en la media luz del amanecer el cornudo espinazo del cocodrilo, que a menudo se refugia en esas marismas. Cuando tocó tierra, por fin, a eso de las ocho, anduvo como un ciego algunos pasos y se dejó caer sobre un arenazo. Allí abusaron de él el sol y el petróleo. Despertó varias veces, pero sin recuperar el dominio de sí mismo; se movió cuanto pudo, porque comprendía que se quemaba. Mas no le fue posible sobreponerse al agotamiento. Al mediar la tarde, el cuello, la espalda. Los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. En los labios hinchados y adoloridos. secos de sed, su propia respiración pegaba como fuego. Necesitaba agua dulce. Pensó que escarbando en la arena podía hallar alguna. Pero de pronto su atención se volvió hacia la orilla de la marisma que había recorrido para llegar al arenazo, pues allí se veía un madero que flotaba. No; no era uno; eran tres, cuatro, ¡varios! Entonces se levantó y aguzó los pardos ojuelos. La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. Donde se hallaba no podía tener esperanza de rescate; rodeado de marismas, y más allá de prolongados bajíos, el arenazo en que había tocado quedaba fuera de las rutas de los pescadores, y desde luego mucho más lejos aun del paso habitual de los barcos. Sin pensarlo, actuando a impulsos de una fuerza ciega, Juan de la Paz echó a andar hacia afuera para recorrer, otra vez bajo la noche que se acercaba; el camino que había hecho entre el amanecer y el día. Cuando retornó al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. Casi anochecía ya; a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes, que con la llegada de las primeras sombras se hacían presentes en oleadas. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes, Juan de la Paz se echó a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. Antes de entregarse al sueño estuvo buen rato madurando un plan.
Ese plan descansaba, sobre todo, en conservar los maderos –cuatro piezas aserradas, que serían de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo-; después, en hallar algo cortante, aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra; por último pensaba que metiéndose de nuevo en la marisma podría cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. La sed no le preocupaba tanto, porque el aire húmedo lo refrescaba. Desde la caída de la tarde habían empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando, con ligera tendencia a soplar desde el norte. Ello quería decir que la lluvia no andaba lejos, y ya bebería cuando cayera. Lo que le hacía sufrir eran las quemaduras y los jejenes, más numerosos y agresivos cada vez.
Juan de la Paz despertó, evidentemente, con fiebre, bastante pasada la media noche; y al levantarse se asustó, él, que apenas tenía ya fuerzas para sentir miedo. Pues era el caso que se oía el mar, cosa increíble horas antes, cuando la inmensa mole de agua se veía tranquila de un confín al otro; y además de oírse el mar según pudo él notar tan pronto se puso de pie y dejó su húmedo lecho, se oía el viento que soplaba frío y grueso. Debatiéndose en medio de grises y ventrudas nubes, la luna parecía medio moverse con gran trabajo allá arriba. Pequeño, rojo y negro de ampollas y de petróleo, el reseco pelo pegado a la frente, agotado por el sol, pero también consumido por el sufrimiento, desnudo en medio de la noche y del mar, Juan de la Paz comprendió de pronto cuán inútil había sido todo su esfuerzo y qué duro castigo le había reservado Dios para el final de sus días, a pesar de que había sufrido ya la condena de los hombres. Del fondo de su ser empezó a crecer un amargo sentimiento de lástima consigo mismo, y a medida que tal estado de ánimo se definía metiéndose como una despaciosa invasión de agua por todos los antros de su cuerpo, en alguna oscura parte de su conciencia iban tomando cuerpo la figura de la paloma, derivando corriente abajo, muerta pero no sumergida, y el rostro de Emilia, tan pálido y sin embargo tan sonreído. De súbito Juan de la Paz se derrumbó; cayó de rodillas en la arena, clavó los ojos y las manos al cielo y pidió perdón:
-¡Perdóname, Virgen de la Caridad, tú que todo lo puedes! –exclamó.
Y a seguidas se echó a llorar, con amargo llanto de infante desvalido, mientras iba doblándose sobre sí mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena, como un musulmán en oración. Desnudo, solo bajo la oscurecida luna, rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban más y más, Juan de la paz era la imagen dolorosa y ridícula, a la vez, del desamparo. Temblando de fiebre y de frío, aguijoneado por los insectos, adolorida la llagada piel, el náufrago solo acertaba a ver en su imaginación a la paloma y a la niña; y de súbito, llenándole de espanto, comprendió que de las redondas líneas que formaban la carita de Emilia surgía la de Rosalía, mustia y espantada.
Nadie puede describir lo que pasó entonces por el alma de Juan de la Paz. Algo estalló en ella en tal momento, algo horrible y bárbaro, que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr, con los brazos en alto y las manos crispadas allá arriba, mientras gritaba con un alarido espantoso, que más que el de un ser humano parecía el de una poderosa bestia alanceada cerca del corazón. Loco, totalmente fuera de sí se lanzó otra vez hacia la marisma; pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta, con tanta velocidad como si hubiera seguido una línea recta; se lanzó sobre los maderos y cogió dos, uno en cada mano. Era increíble que pudiera cargarlos, pues además del tamaño, el agua de que estaban saturados los hacía pesados. Pegando saltos, chapoteando, volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror, Juan de la Paz se perdió en dirección al mar abierto, donde el viento norte hacía subir las olas a respetable altura. Cogido a los maderos se tiró sobre el agua. Y agarrado como un loco, con manos y pies, fue dejándose llevar por las dos piezas, sin saber adonde iba, interesado ahora oscuramente más en huir que en salvarse.
Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabanó que acertó a dar con él, en medio del mal tiempo, a la altura de Cayo Avalas, según el patrón "por la divina gracia de Dios", entre cuatro y media y cinco de la tarde. El náufrago fue tendido en la cámara de la tripulación, que estaba bajo cubierta, a popa. Aunque mantenía los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podía hablar. A las nueve de la noche se le oyó murmurar algo así como "agua", y se la sirvieron a cucharadas. A las once se le dio un poco de ron y a media noche se le sirvió sopa caliente de pescado. Rodeado de marineros, todos los cuales le conocían bien, Juan de la paz tomó su sopa con gran esfuerzo, pues tenía los labios destrozados; después suspiró y se quedó mirando hacia el patrón.
-Esto es cosa rara, Juan -dijo el patrón-, porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura.
-Iba sola -explicó Juan de la Paz con voz apenas perceptible. Y después, mientras los circunstantes se miraban entre sí, asombrados, agregó;
-Me caí.
Era imposible pedirle que contara detalles. Se le veía estragado, destruido; sólo los rápidos y desconfiados ojuelos parecían vivir en él, yeso, a ratos. Estaba tendido en el camastro, moviéndose entre quejidos para rehuir el contacto del duro colchón con la quemada piel. Además, por dentro estaba confundido. Hacía esfuerzos por recordar a Emilia, y no podía; ni siquiera su nombre surgía a la memoria, si bien sabía que tenía una hijita y que trataba de pensar en ella. En cambio, ahí estaban, como si se hallaran presentes, la paloma y Rosalía. La paloma y Rosalía habían muerto. Ninguna de las dos vivía. Y sin embargo no se iban, aunque nada tenían que ver con lo que estaba pasando. Nada le recordaban, nada le decían. Entonces oyó la voz del patrón:
-¿Y cómo te caíste, Juan de la Paz?
Si le oían o no, eso no importaba. El caso es que él contestó:
-Por coger una paloma.
Los que le rodeaban oyeron y les pareció extraño que un pescador se cayera de su barco por coger una paloma. Pero quién sabe. Tal vez eso ocurrió en un canalizo; acaso la paloma volaba de cayo a cayo y tropezó con el barco. De todas maneras quizá valía la pena aclarar las cosas, porque cierta vez, muchos años atrás, Juan de la Paz había cometido un crimen espantoso; y aunque lo pagó con veinte años en Isla de Pinos, a nadie le constaba que no fuera capaz de cometer otro. Así, el patrón insistió:
-¿Por coger una paloma? ¿Y pa qué querías tú esa paloma, Juan de la Paz?
Juan de la Paz parecía dormitar, acaso a resultas del bien que le produjo la sopa de pescado. Sin embargo, se le oyó contestar, con despaciosa y clara voz:
-Pa llevársela de regalo a Rosalía.
Un silencio total siguió a estas palabras. El patrón miró a los circunstantes, uno por uno, con impresionante lentitud; después se puso de pie y tomó la escalerilla para salir a cubierta. Sin hablar, los demás le siguieron. Afuera soplaba el norte, cada vez con más vigor.
-¿Oí mal o dijo Rosalía, Gallego? -preguntó el patrón a uno de sus hombres.
-Sí, dijo Rosalía, y bien claro -aseguró el interpelado.
-Eso quiere decir que Juan de la Paz está volviendo al puerto de origen –explicó el patrón.
Y nadie más habló. Pues todos conocían bien la historia de Juan de la Paz. Todos ellos sabían que había cumplido veinte años, de una condena de treinta, por haber asesinado, para violarla, a una niña de nueve años llamada Rosalía. Más exactamente, Rosalía de la Paz.Ir arriba
La mujer no se atrevía a pensar. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta, con los ojos ansiosos; después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo, sumida en una especie de letargo.
El bohío era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, y adentro se vivía entre tierra y hollín. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabía, y sabía también que no podía dejarlo, porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse.
Otra vez rumor de voces. Corrió a la puerta, temerosa de que nadie pasara. Esperó un rato; esperó más, un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. Era el viento, ahí enfrente; el condenado viento de la loma, que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo; o tal vez el río, que corría en el fondo del precipicio, detrás del bohío.
Uno de los enfermitos llamó, y ella entró a verlo, deshecha, con ganas de llorar, pero sin lágrimas para hacerlo.
—Mama, ¿no era taita? ¿No era taita, mama?
Ella no se atrevía a contestar. Tocaba la frente del niño y la sentía arder.
—¿No era taita, mama?
—No —negó—. Tu taita viene después.
El niño cerró los ojos y se puso de lado. Aún en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida.
—Yo lo vide, mama. Taba ahí y me trujo un pantalón nuevo...
La mujer no podía seguir oyendo. Iba a derrumbarse, como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día, de golpe. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo, y ella no tenía con qué comprarle una medicina.
El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. Lo halló tranquilo. Era huesos nada más y silbaba al respirar, pero no se movía ni se quejaba; sólo la miraba con sus grandes ojos serenos. Desde que nació había sido callado.
El cuartucho hedía a tela podrida. La madre —flaca, con las sienes hundidas, un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado— no podía apreciar ese olor, porque se hallaba acostumbrada, pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. Pensaba que cuando su marido volviera, si era que algún día salía de la cárcel, hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío, y de éste, ni tablas ni techo. Sin comprender por qué, se ponía en el lugar de Teo, y sufría.
Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. Cuando él estuvo en el bohío por última vez —justamente dos días antes de entregarse— todavía el pequeño conuco se veía limpio, y el maíz, los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. Pero Teo se entregó, porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel; ella no pudo seguir trabajando porque enfermó, y los muchachos —la hembrita y los dos niños—, tan pequeños, no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Después llegó el temporal, aquel condenado temporal, y el agua estuvo cayendo, cayendo, cayendo día y noche, sin sosiego alguno, una semana, dos, tres, hasta que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse.
Pero mejor era no recordar esas cosas. Ahora esperaba. Había mandado a la hembrita a Naranjal, allá abajo, a una hora de camino; la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. La niña había salido temprano y no volvía. Y la madre ojeaba el camino, llena de ansiedad.
Sintió pisadas. Esta vez no se engañaba: alguien, montando caballo, se acercaba. Salió al alero del bohío con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. Sentía que le faltaba el aire. Miró hacia la subida. Sentía que le faltaba el aire, lo que le abligaba a distender las ventanas de la nariz. De pronto vió un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. Su primer impulso fue el de entrar; pero algo la sostuvo allí, como clavada. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso, después los hombros, el pecho y finalmente el caballo. La mujer vió al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos, ella le miró los ojos y sintió, más que comprendió, que aquel desconocido estaba deseando algo.
Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija, los huevos, los niños enfermos, Teo. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre.
—Saludo —había dicho él.
Sin saber cómo lo hacía, ella extendió la mano y suplicó:
—Déme algo, alguito.
El hombre la midió con los ojos, sin bajar del caballo. Era una mujer flaca y sucia, que tenía mirada de loca, que sin duda estaba sola y que sin duda, también deseaba a un hombre.
—Déme alguito —insistía ella.
Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega, y si había ido a vender algo, tendría dinero. Tal vez llevaba comida, medicinas. Además comprendió que era un hombre y que la veía como a mujer.
—Bájese —dijo ella, muerta de vergüenza.
El hombre se tiró del caballo.
—Yo no más tengo medio peso —aventuró él.
Serena ya, dueña de sí, ella dijo:
—Ta bien; dentre.
El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. Agarró la jáquima del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. La mujer entró, y de pronto, ya vencido el peor momento, sintió que se moría, que no podía andar, que Teo llegaba, que los niños no estaban enfermos. Tenía ganas de llorar y de estar muerta.
El hombre entró preguntando:
—¿Aquí?
Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. Con una angustia que no le cabía en el alma, se acercó a la puerta del aposento; asomó la cabeza y vió a los niños dormitar. Entonces dió la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. El hombre vió que los ojos de la mujer brillaban duramente, como los de los muertos.
—Unjú, aquí —afirmó ella.
El hombre se le acercó, respirando sonoramente, y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. Se volvió. Su mirada debía cortar como una navaja. Salió a toda prisa, hecha un haz de nervios. La niña estaba allí, arrimada al alero, llorando, con los ojos hinchados. Era pequeña, quemada, huesos y pellejos nada más.
—¿Qué te pasó, Minina? —preguntó la madre.
La niña sollozaba y no quería hablar. La madre perdió la paciencia.
—¡Diga pronto!
—En el río —dijo la pequeña—; pasando el río... Se mojó el papel y na má quedó esto.
En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. Seguía llorando, con la cabeza metida en el pecho, recostada contra las tablas del bohío.
La madre sintió que ya no podía más. Entró, y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. Había olvidado por completo al hombre, y cuando lo vió tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación.
—Vino la muchacha, mi muchacha... Váyase -dijo-.
Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. Con los ojos turbios vió al hombre pasarle por el lado, desamarrar la jáquima y subir el caballo; después lo siguió mientras él se alejaba. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. Ella pensaba: “Medio peso, medio peso perdío”.
—Mama —llamó el niño adentro—. ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita?
Pasándole la mano por la frente, que ardía como hierro al sol, ella se quedó respondiendo:
—No, jijo. Tu taita viene dispués, más tarde.Ir arriba
Capítulo I
El cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.
Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.
"Importancia" no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento, porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases; pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema, o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior.
Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la "tekné" de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.
A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos, con números árabes, con signos algebraicos; pero tiene que llevar esa cuenta. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.
De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser "hermético" o "figurativo" como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.
El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses; un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas, no se logra en tan corto tiempo. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.
El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil, pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante, que no se logra sin disciplina mental y emocional; y eso no es fácil.
Fundamentalmente, el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentración y trabajo de análisis. A menudo, parece más atrayente tal tema que tal otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tensión como escribir.
El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chéjov, que apenas lo usaron. A la deriva, de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.
No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.
La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el "había una vez" o "érase una vez". Esa corta frase tenía -y tiene aún en la gente del pueblo- un valor de conjuro; ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. En su origen, el cuento no comenzaba con descripciones de paisajes, a menos que se tratara la presencia o la acción del protagonista; comenzaba con éste, y pintándola en actividad. Aún hoy, esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.
Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. El antiguo "había una vez" o "érase una vez" tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kipling, de Sherwood Anderson, de Quiroga, quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.
Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la "tekné" del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.
Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta interior se agotó, les faltó la capacidad para elaborar, con asuntos externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento. No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir.
En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que la obra humana lo es.
La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material, escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir.
Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo, la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, "temas para novelas y cuentos" que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad. Ahora bien, si nadie debe intervenir en la selección del tema, hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad; que estudien concienzudamente el escenario de su cuento, el personaje y su ambiente, su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida.
Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo.
Capítulo II
El cuento es un género literario escueto, al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un hecho. El cuentista, como el aviador, no levanta vuelo para ira a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez; e igual que el aviador se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina.
La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. Habiendo dado con un hecho, debe saber aislarlo, limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia; estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad. Pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico, se halla frente a un verdadero tema. El hecho es el tema, y en el cuento no hay lugar sino para un tema.
Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento es parte esencial de la técnica del cuento. Técnica, entendida en la tekné griega, es esa parte de oficio o artesanado indispensable para construir una obra de arte. Ahora bien, el arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente, sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho; todos esos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista; él es el tema.
Aislado el tema, y debidamente estudiado desde todos sus ángulos, el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca, con el lenguaje que le sea habitual o connatural, en forma directa o indirecta. Pero en ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a otro punto. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de los que se presentan en esa marcha hacia el tema, toda palabra que desvíe al autor un milímetro del tema, están fuera de lugar y deben ser aniquiladas tan pronto aparezcan; toda idea ajena al asunto escogido es yerba mala, que no dejará crecer la espiga del cuento con salud, y la yerba mala, como aconseja el Evangelio, debe ser arrancada de raíz.
Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector, lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento, ha construido el cuento según la mejor tradición del género. Pero los casos en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no abundan. Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema. Si el hecho se halla antes de llegar al final, es decir, si su presencia no coincide con la última escena del cuento, pero la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo apropiado, se ha producido un buen cuento.
Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia dos hechos; en ese caso la marcha será zigzagueante, la línea no podrá ser recta, lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa, sin carácter; cualquier cosa, pero no un cuento. Hace poco recordaba que cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. El origen de la palabra que define el género está en el vocablo latino computus, el mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. Hay un oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento; como en las matemáticas, en el cuento no puede haber confusión de valores.
El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es otro. En cada párrafo, el lector deberá pensar que ya ha llegado al corazón del tema; sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto del relato.
El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. Cada vez que comienza a caer una de las cáscaras, el lector esperará la almendra de la fruta; creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el momento de gustar el anhelado manjar vegetal. De párrafo en párrafo, la acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción externa y visible; estará oculta por las acciones accesorias, por una actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector hacia el hecho. En suma, serán cáscaras que al desprenderse irán acercando el fruto a la boca del goloso.
Ahora bien, en cuanto al hecho que da el tema, ¿cómo conviene que sea? Humano, o por lo menos humanizado. Lo que pretende el cuentista es herir la sensibilidad o estimular las ideas del lector; luego, hay que dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. En las fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling, en los relatos infantiles de Andersen como en las parábolas de Oscar Wilde, animales, elementos y objetos tienen alma humana. La experiencia íntima del hombre no ha traspasado los límites de su propia esencia; para él, el universo infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. A pesar de la creciente humildad a que lo somete la ciencia, él seguirá siendo por mucho tiempo el rey de la creación, que vive orgánicamente en función de señor supremo de la actividad universal. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo. El mejor tema para un cuento será siempre un hecho humano, o por lo menos relatado en términos esencialmente humanos.
La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo con seriedad. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. En esta parte de la tarea entra a jugar el don nato del relatador. Pues sucede que el cuento comienza a formarse en el acto, en ese instante de la selección del hecho-tema. Por sí solo, el tema no es en verdad el germen del cuento, pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en que el cuentista lo escoge por tema.
Si el tema no satisface ciertas condiciones, el cuento será pobre o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de presentarlo. Lo pintoresco, por ejemplo, no tiene calidad para servir de tema; en cambio puede serlo, y muy bueno, para un artículo de costumbre o para una página de buen humor.
El tema requiere un peso específico que lo haga universal. Puede ser muy local en su apariencia, pero debe ser universal en su valor intrínseco. El sufrimiento, el amor, el sacrificio, heroísmo, la generosidad, la crueldad, la avaricia, son valores universales, positivos o negativos, aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las lindes de lo local; son universales en el habitante de las grandes ciudades, en el de la jungla americana o en el de los iglús esquimales.
Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra, no basta para el caso un hecho cualquiera; debe ser un hecho humano que conmueva a los hombres, y debe tener categoría universal. De esa especie de hechos está lleno el mundo; están llenos los días y las horas, y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas.
Ahora bien, si en ocasiones esos hechos que nos rodean se presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos, lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. A veces el cuento está determinado por la mecánica misma del hecho, pero también puede estarlo por su esencia, por sus motivaciones o por su apariencia formal. Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien lo sorprende robando es un hermano, agente de policía, o si la causa del robo es el hambre de la madre del descuidero; y puede ser también un magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. En los tres casos el hecho-tema sería distinto; en el primero, se hallaría en la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía; en el segundo, en el hambre de la madre; en el tercero, en el desgarrón psicológico. De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. Pues en estos tres posibles cuentos el tema parece ser de captura del ladronzuelo mientras roba, y resulta que hay tres temas distintos, y en los tres la captura del joven delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema.
Aprender a ver un tema, saber seleccionarlo, y aún dentro de él hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento, es parte importantísima en el arte de escribir cuentos. La rígida disciplina mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a actuar en el acto de escoger el tema. Los personajes de una novela contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres, una vez creados, determinan en mucho el curso de la acción. Pero en el cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre todo por la calidad del tema. Antes de sentarse a escribir la primera palabra, el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a desenvolver su obra. Si esta regla no se sigue, el resultado será débil. Por caso de adivinación, en un cuentista nato de gran poder, puede darse un cuento muy bueno sin seguir esta regla; pero ni aún el mismo autor podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la palabra final. En cambio, otra cosa sucede si el cuentista trabaja conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige.
Así como en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema da la acción. La diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que gobernarlos. La acción del cuento está determinada por el tema pero tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista; no puede desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades, sino únicamente en los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del cuento y entrañablemente vinculados al tema. Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela; en un cuento no debe mencionarse siquiera en cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.
El cuento es el tigre de la fauna literaria; si le sobra un kilo de grasa o de carne, no podrá garantizar la cacería de sus víctimas. Huesos, músculos, piel, colmillos y garras nada más, el tigre está creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva. Cuando los años le agregan grasa a su peso, le restan elasticidad en los músculos, aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras, el majestuoso tigre se halla condenado a morir de hambre.
El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector, o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos, el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro. Al dar su salto asesino hacia el tema, el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector.
Capítulo III
Hay una acepción del vocablo "estilo" que lo identifica con el modo, la forma, la manera particular de hacer algo. Según ella, el uso, la práctica o la costumbre en la ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra.
¿Se conoce algún estilo, en el sentido de modo o forma, en la tarea de escribir cuentos?
Sí. Pero como cada cuento es un universo en sí mismo, que demanda el don creador en quien lo realiza, hagamos desde este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un artista; y para el artista -sea cuentista, novelista, poeta, escultor, pintor, músico- las reglas son leyes misteriosas, escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce; y esas leyes son ineludibles.
Cada forma, en arte, es producto de una suma de reglas, y en cada conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter como género, y las que rigen la materia con que se realiza. Unas y otras se mezclan para formar el todo de la obra artística, pero las que gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. En el caso del autor de cuentos, el medio de creación de que se sirve es la lengua, cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad.
Del conjunto de reglas hagamos abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. Esas son el bagaje primario del artista, y con frecuencia él las domina sin haberlas estudiado a fondo. Especialmente en el caso de la lengua, parece no haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente, aunque tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio.
Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la manera peculiar de expresarse de cada autor. Ellas forman el estilo personal, dan el sello individual, la marca divina que distingue al artista entre la multitud de sus pares.
Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un género dado; en nuestro caso, el cuento. Esas reglas establecen la forma, el modo de producir un cuento.
La forma es importante en todo arte. Desde muy antiguo se sabe que en lo que atañe a la tarea de crearla, la expresión artística se descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. En algunas artes la forma tiene más valor que el tema; ese es el caso de la escultura, la pintura y la poesía, sobre todo en los últimos tiempos.
La estrecha relación de todas las artes entre sí, determinada por el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social ante los problemas de su tiempo -de su generación-, nos lleva a tomar nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos influye en el estilo de otros. No nos hallamos ahora en el caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros factores. Pero debemos admitir que hay influencias. Aunque estamos hablando del cuento, anotemos de paso que la escultura, la pintura y la poesía de hoy se realizan con la vista puesta en la forma más que en el tema. Esto puede parecer una observación estrafalaria, dado que precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al abandonar sus antiguos modos de expresión. Pero en realidad, lo que abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la forma. La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma, y el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. La poesía actual se inclina a quedarse en las palabras y la manera de usarlas, al grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un análisis del tema que los llevan dentro.
Volveremos sobre este asunto más tarde. Por ahora recordemos que hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier época: es la música. No se concibe música sin tema, lo mismo en el Mozart del siglo XVIII que en el Partok del siglo XX. Por otra parte, el tema musical no podría existir sin la forma que lo explica debido a que la música debe ser interpretada por terceros.
Pero en la novela y en el cuento, que no tienen intérpretes sino espectadores del orden intelectual, el tema es más importante que la forma, y desde luego mucho más importante que el estilo con que el autor se expresa.
Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela. Pues en su sentido estricto, el cuento es el relato de un hecho, un solo, y ese hecho —que es el tema— tiene que ser importante, debe tener importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.
Antes dije que "un cuento no puede construirse sobre más de un hecho. El cuentista, como el aviador, no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez; e igual que el aviador, se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina".
La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho, y sólo a uno, es lo que me ha llevado a definir el género como "el relato de un hecho que tiene indudable importancia". A fin de evitar que el cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso poco común, expliqué en esa misma oportunidad que "la importancia del hecho es desde luego relativa; mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores"; y más adelante decía que "importancia no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en sus estructuras musculares los profesionales del atletismo".
Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes fundamentales del cuento. Pero la brevedad es una consecuencia natural de la esencia misma del género, no un requisito de la forma. El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno. El cuento puede ser largo, y hasta muy largo, si se mantiene como relato de un solo hecho. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas, en sesenta, en ciento diez; siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento, así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno, aunque lo haga en una sola página.
Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como el tipo de obra literaria de más difusión, pues el cuento tiene la posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en el terreno de la epopeya, y alcanzar ese nivel con personajes y ambientes cotidianos, fuera de las fronteras de la historia y en prosa monda y lironda, es casi un milagro que confiere al cuento una categoría artística en verdad extraordinaria.
"El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente, sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho..." dije antes. Obsérvese que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato; y es la descripción de esos sucesos -a los que podemos calificar de secundarios- y su entrelazamiento con el suceso principal, lo que hace de la novela un género de dimensiones mayores, de ambiente más variado, personajes más numerosos y tiempo más largo que el cuento.
El tiempo del cuento es corto y concentrado. Esto se debe a que es el tiempo en que acaece un hecho -uno solo, repetimos-, y el uso de ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una capacidad especial para tomar el hecho en su esencia, en las líneas más puras de la acción.
Es ahí, en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras, donde está el secreto de que el cuento pueda elevarse a niveles épicos. Thomas Mann sintió el aliento épico en algunos cuentos de Chejov —y sin duda de otros autores—, pero no dejó constancia de que conociera la causa de ese aliento. La causa está en que la epopeya -el héroe- es un artista de la acción pura, un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra, el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los episodios en que figuraron.
¿No es esto un privilegio en el mundo del arte?
Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la forma, debemos reconocer que hay una forma -en cuanto manera, uso o práctica de hacer algo- para poder expresar la acción pura, y que sin sujetarse a ella no hay cuento de calidad. La mayor importancia del tema en el género cuento no significa, pues, que la forma puede ser manejada a capricho por el aspirante a cuentista. Si lo fuera, ¿cómo podríamos distinguir entre cuento, novela e historia, géneros parecidos pero diferentes?
A pesar de la familiaridad de los géneros, una novela no puede ser escrita con forma de cuento o de historia, ni un cuento con forma de novela o de relato histórico, ni una historia como si fuera novela o cuento.
Para el cuento hay una forma. ¿Cómo se explica, pues, que en los últimos tiempos, en la lengua española —porque no conocemos caso parecido en otros idiomas— se pretenda escribir cuentos que no son cuentos en el orden estricto del vocablo?
Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que "junto al cuento tradicional", al cuento "que puede contarse", con principio, medio y fin, el conocido y clásico, existen otros que flotan elásticos, vagos, sin contornos definidos ni organización rigurosa. Son interesantísimos y, a veces, de una extremada delicadeza; superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia; pero ¿cómo negarlo, cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos; son otra cosa: divagaciones, relatos, cuadros, escenas, retratos imaginarios, estampas, trozos o momentos de vida; son y pueden ser mil cosas más; pero, insistimos, no son cuentos, no deben llamarse cuentos. Las palabras, los nombres, los títulos, calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir, no obscurecer o confundir las cosas. Por eso al pan conviene llamarlo pan. Y al cuento, cuento.
Pero sucede que como hemos dicho hace poco, un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros. La pintura, la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún tiempo a la síntesis de materia y forma, con abandono del tema; y esta actitud de pintores, escultores y poetas ha influido en la concepción del cuento americano, o el cuento de nuestra lengua ha resultado influido por las mismas causas que han determinado el cambio de estilo en pintura, escritura y poesía.
Por una o por otra razón, en los cuentistas nuevos de América se advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe acumular imágenes literarias sin relación con el tema. Se aspira a crear un tipo de cuento —el llamado "cuento abstracto"—, que acaso podrá llegar a ser un género literario nuevo, producto de nuestro agitado y confuso siglo XX, pero que no es ni será cuento.
Ahora bien, ¿cuál es la forma del cuento?
En apariencia, la forma está implícita en el tipo de cuento que se quiera escribir. Los hay que se dirigen a relatar la acción, sin más consecuencias; los hay cuya finalidad es delinear un carácter o destacar el aspecto saliente de una personalidad; otros ponen de manifiesto problemas sociales, políticos, emocionales colectivos o individuales; otros buscan conmover al lector, sacudiendo su sensibilidad con la presentación de un hecho trágico o dramático, en cada caso el cuentista tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que persigue.
Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor; la que cambia y se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la manera de escribir del cuentista. Diez cuentistas diferentes pueden escribir diez cuentos dramáticos, tiernos, humorísticos, con diez temas distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí; y los diez cuentos pueden ser diez obras maestras.
Hay, sin embargo, una forma sustancial; la profunda, la que el lector corriente no aprecia, a pesar de que a ella y sólo a ella se debe que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los personajes que figuran en él. De manera intuitiva o consciente, esa forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento.
Esa forma tiene dos leyes ineludibles, iguales para el cuento hablado y para el escrito; que no cambian por el cuento sea dramático, trágico, humorístico, social, tierno, de ideas, superficial o profundo; que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son ficticios que cuando son reales, cuando son animales o plantas, agua o aire, seres humanos, aristócratas, artistas o peones.
La primera ley es la ley de la fluencia constante.
La acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros; debe moverse al ritmo que imponga el tema —más lento, más vivaz—, pero moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse.
Es en la acción donde está la sustancia del cuento. Un cuento tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tenga cualidad de ternura, no porque las palabras con que se escribe el relato aspiren a expresar ternura; un cuento dramático lo es debido a la categoría dramática del hecho que le da vida, no por el valor literario de las imágenes que lo exponen. Así, pues, la acción por sí misma, y por su única virtualidad, es lo que forma el cuento. Por tanto, la acción debe producirse sin estorbos, sin que el cuentista se entrometa en su discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del suceso.
La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar la acción.
La palabra puede exponer la acción pero no puede suplantarla. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el cuento la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción, en el estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.
Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en el centro mismo de su alma. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato al tratamiento de un solo hecho —y de no ser así no está escribiendo un cuento—, no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen al lector del cauce que sigue la acción.
Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a evacuar una diligencia. Antes de salir ha pensado por dónde irá, qué calles tomará, qué vehículo usará; a quién se dirigirá, qué le dirá. Lleva un propósito conocido. No ha salido a ver qué encuentra, sino que sabe lo que busca.
Ese hombre no se parece al que divaga, pasea; se entretiene mirando flores en un parque, oyendo hablar a dos niños, observando una bella mujer que pasa; entra en un museo para matar el tiempo; se mueve de cuadro en cuadro; admira aquí el estilo impresionista de un pintor y más allá el arte abstracto de otro.
Entre esos dos hombres, el modelo del cuentista debe ser el primero, el que se ha puesto en acción para alcanzar algo. También el cuento es un tema en acción para llegar a un punto. Y así como los actos del hombre de marras están gobernados por sus necesidades, así la forma del cuento está regida por su naturaleza activa.
En la naturaleza, activa del cuento reside su poder de atracción, que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos.
Caracas, septiembre de 1958.Ir arriba
“Nos hallamos en el centro de la gran corriente revolucionaria que está sacudiendo al Nuevo Mundo, y si tomamos en cuenta que esa fuerza poderosa es más potente en países que no pudieron desarrollarse a tiempo debido a que se lo impidieron las tiranías u otras fuerzas sociales negadas al progreso, debemos admitir que en República Dominicana estamos obligados a avanzar tan de prisa como sea posible hacerlo sin salirnos en momento alguno de las normas democráticas”.















