.- La Legión Caribe en el Ojo de la Tormenta/José del Castillo Pichardo
.- Expedición de Luperón: la revancha del Cayo/José del Castillo Pichardo/www.diariolibre.com
.- Amenazas Externas al "Ilustre Jefe"/José del Castillo Pichardo/www.diariolibre.com
.- Un Gordo en el Bolsillo de Trujillo/José del Castillo Pichardo/www.diariolibre.com
.- Fidel y Masferrer en el Cayo: la Paradoja del Héroe y el Villano/José del Castillo Pichardo/www.diariolibre.com
.- La historia real y el desafío de los periodistas cubanos/Fidel Castro
.- Un "Cayo" en el Zapato de Trujillo/José del Castillo Pichardo/www.diariolibre.com
.- El impacto catalizador: Cayo Confites/José del Castillo Pichardo/www.diariolibre.com
.- Trujillo sustentó dictadura en el campo e intelectuales/Listín Diario
17 agosto 2009
El dictador Rafael L. Trujillo desarrolló una alianza, con el apoyo de respetables intelectuales y funcionarios, con el campesinado dominicano, en la búsqueda no sólo de respaldo popular a su régimen, sino en la implementación de políticas estatales que fomentaran núcleos comerciales rurales. Este puñado de intelectuales que sirvió a la dictadura, aparentemente influenciado por una visión nacionalista-populista que establecía un camino a la modernidad, desarrolló programas de entrega de pequeñas parcelas, lo que le granjeó a Trujillo un fuerte apoyo del campesinado.
Esta es la visión del catedrático de la Universidad de Michigan, Richard L. Turits, al analizar "La Validación Intelectual de la Dictadura Trujillista e Impugnadores de esta Validación", en el primer panel del seminario Retrospectiva y Perspectiva del Pensamiento Político Dominicano, en el marco del Festival de las Ideas.
"¿Cómo pudo ese violento y corrupto tirano conquistar una aceptación popular para su régimen?", se preguntó el autor del libro "Fundaciones de Despotismo: Los campesinos, el régimen de Trujillo y la modernidad en la historia dominicana". Y a seguidas se respondió: "El extraordinario apoyo que concitó entre el campesinado el régimen de treinta y un años de Trujillo también había sido percibido por muchos observadores contemporáneos, entre los que se encontraba Juan Bosch, importante intelectual y entonces líder izquierdista de la comunidad de exiliados dominicanos, y quien posteriormente fue presidente de la República (1962-63)".
En 1991, Bosch recordaba haber advertido a otros exiliados revolucionarios que se embarcaron en una invasión a la República Dominicana a finales de la década de 1950 que: "Estaban equivocados si creían que sólo enfrentarían al Ejército de Trujillo y a nadie más, porque en adición a los soldados, tendrían que combatir a los campesinos... ‘No crean', les dije, 'que el campesinado dominicano los va a apoyar'". Y efectivamente, la investigación hecha por Richard L. Turits, en la que tiene como base metodológica la entrevista a campesinos dominicanos, plantea que realmente el campesinado enfrentó a los patriotas que combatieron el trujillato, y en muchos casos fueron ellos, quienes entregaron a los guerrilleros.
El texto sostiene que los historiadores tienden a minimizar la evidencia del apoyo popular que tenían las políticas de Trujillo, a la luz de las características totalitarias e inhumanas de su régimen y en algunos casos quizás también debido a criterios despectivos acerca de la racionalidad política del campesinado.
Plantea que "Sin embargo, según he podido documentar en mi libro Fundamentos del Despotismo, los esfuerzos de Trujillo para lograr una forma de populismo rural y fomentar políticas paternalistas eran mucho más sustanciosos de lo que previamente se había vislumbrado". Cita que el régimen distribuyó y preservó el acceso del campesinado a una gran parte del territorio nacional, mientras trataba a los campesinos como ciudadanos activos mediante una variedad de obligaciones civiles y rituales que los ataban al Estado. El estudioso norteamericano dice que la dictadura trujillista tuvo la posibilidad de elaborar políticas rurales efectivas en el marco de un discurso que no sólo aupaba el rol del campesinado en la nación, como nunca antes se había hecho, sino que también se hacía eco de las propias normas tradicionales del campesinado, sobre todo en lo referente a una economía moral profundamente enraizada en los derechos sobre la tierra.
Al profundizar sobre las políticas territoriales aplicadas por el dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, el experto de la Universidad de Michigan sostiene que éstas pretendían no sólo asegurar el libre acceso de los campesinos a la tierra, algo de lo que tradicionalmente habían disfrutado, sino también tornar al campesinado en sedentario y concentrarlo, pues en ese entonces todavía estaba altamente disperso y ambulante, acostumbrado a la siembra de tumba y quema, al uso colectivo de los montes, y a la crianza libre en tierras sin cercas y de libre acceso.
El catedrático reflexiona indicando que al distribuir parcelas fijas y, además, proveer nuevas carreteras, materiales, créditos y canales de riego de los cuales dependen los agricultores sedentarios, el Estado encajó al campesinado en el rango de su propia visión, acceso y control efectivo. Y más adelante, establece que el apoyo de los campesinos a las políticas agrarias gubernamentales y su aceptación de un Estado nacional expansivo e intervencionista era, en parte, una reacción a la onda de modernización económica y política que ya había comenzado a mover y transfigurar parcialmente el campo dominicano desde principios del siglo XX.
Recuerda que durante el periodo de 1900 a 1930, antes del ascenso de Trujillo al poder, enclaves crecientes de agricultura comercial y el aumento del valor de la tierra en algunas áreas, habían propiciado esfuerzos para encerrar, mensurar y reclamar tierras a través de todo el país. Igualmente observa el investigador Richard L. Turits, que se establecieron nuevas formas de propiedad privada mediante leyes promulgadas por la dictadura militar existente durante la ocupación norteamericana de 1916 a 1924. Y comenta que en 1930 miles de campesinos habían sido desplazados por las compañías azucareras norteamericanas, las cuales habían obtenido títulos de propiedad de vastas extensiones de tierra en la región Este del país, entre Santo Domingo y La Romana.
Apunta que esas políticas rurales del régimen de Trujillo fueron concebidas por talentosos funcionarios públicos e intelectuales -como Rafael César Tolentino, Rafael Espaillat, Rafael Vidal y Rafael Carretero- quienes buscaban desarrollar un prototipo alternativo para modernizar, un modelo que había resultado atractivo a los pensadores dominicanos de las décadas precedentes.
Plantea que los líderes e intelectuales dominicanos habían preconizado la expansión agrícola comercial durante largo tiempo, pero durante el periodo de 1900 a 1930 un creciente número de ellos se desilusionó con el desarrollo comercial de las áreas del país. Sostiene que a partir ahí, "nuevas formas de desempleo rural y escasez de alimentos en las ciudades amenazaron la estabilidad y bienestar económico y social".Ir arriba
.- La Legión Caribe en el Ojo de la Tormenta/José del Castillo Pichardo
13 Septiembre 2008
El tercer nicaragüense enrolado en la expedición de Luperón fue José Félix Córdoba Boniche. Con 25 años de edad, de oficio mecánico práctico, corrió mejor suerte que sus compatriotas Alberto Ramírez y Alejandro Selva, al sobrevivir como parte del grupo que Trujillo preservó para fines de investigación y como medio de prueba de la intervención de Guatemala, Costa Rica y Cuba en los asuntos domésticos de la República Dominicana. Justo en momentos en que el país apelaba a la vigencia de los instrumentos jurídicos del sistema interamericano, bajo la recién creada OEA, en consonancia con la posición de línea dura adoptada por los Estados Unidos contra la inestabilidad en el Caribe.
Córdoba Boniche era un luchador antisomocista que llevaba dos años exiliado en Guatemala impedido de entrar a Nicaragua. Ante el tribunal dominicano que lo sentenció a 30 años de trabajos públicos, declaró que tras el triunfo de José Figueres en la guerra civil costarricense -con el aporte decisivo en hombres y armas de la Legión Caribe ensamblada en Guatemala- permaneció por tres meses en Limón, Costa Rica, a la espera de invadir su país para derrocar a Somoza. Al frustrarse ese intento, regresó a Guatemala, donde luego sería reclutado por un ex oficial de la Guardia Nacional nicaragüense bajo la creencia de que la invasión se dirigía a Nicaragua. Utilizó este argumento como medio de defensa, señalando que sólo supo que venía a Santo Domingo 24 horas antes de embarcarse.
Amnistiado por ley del 20 de febrero de 1950, Córdoba Boniche fue deportado hacia Nicaragua, donde seguro le esperaban cárcel o muerte. Aprovechando una escala del avión en Panamá, logró escurrírsele a sus custodios y pedir asilo en ese país, desde donde se trasladó a La Habana. En abril de 1954 se le vinculó a un complot develado para liquidar a Somoza, fraguado en Guatemala con la participación de ex oficiales de la Guardia Nacional y antiguos combatientes de la Legión Caribe, que costó la vida al dominicano José Amado Soler y, dos años después, al ex oficial de la guardia presidencial hondureña, Jorge Rivas Montes, comandante de Cayo Confites en Cuba y de la revolución figuerista en Costa Rica, quien guardaba prisión condenado por esos hechos y era uno de los que venía en junio de 1949 en la expedición de Juancito Rodríguez.
Emigrado a México, Córdoba Boniche falleció en 1972, según refiere Tulio Arvelo. El general retirado Humberto Ortega narra en su obra "La epopeya de la insurrección", que tanto él como el líder sandinista Carlos Fonseca Amador -tras ser liberados de la cárcel en Costa Rica en octubre de 1970 por la acción de un comando sandinista y antes de viajar a Cuba- celebraron en Ciudad México un encuentro de "análisis político" con Tomás Borge y Edén Pastora, en el cual participó "el doctor José Córdoba Boniche". Lo cual revela que el mecánico práctico que sobrevivió a la dura manopla de Trujillo y a otras tantas aventuras revolucionarias en Centroamérica, aprovechó académicamente su estancia mexicana. Y que permanecía vinculado a las actividades antisomocistas.
El aporte costarricense a esta expedición de Luperón lo puso Alfonso Leyton, veterano de la toma de Puerto Limón durante la revolución de Costa Rica, quien estuvo bajo las órdenes del comandante de la Legión Caribe, Horacio Ornes. Herido en el poblado de Luperón por el raso del Ejército Leopoldo Puente Rodríguez, Leyton murió carbonizado en el Catalina, preservado su cadáver por el formol humanitario del Dr. Alejandro Capellán.
Muchos otros legionarios centroamericanos, mexicanos, españoles y cubanos -transportados por pilotos norteamericanos- estaban supuestos a arribar a tierra dominicana, conforme a los planes del general Juancito Rodríguez y sus asesores militares, esbozados desde su plataforma guatemalteca. Desde la firma en Guatemala del Pacto del Caribe en diciembre de 1947, la revolución figuerista -tras dos meses de combates y con un saldo de 2 mil muertos de ambos bandos- se había impuesto en Costa Rica a finales de abril de 1948, con el decisivo respaldo de los legionarios y las armas de Cayo Confites.
No en balde en la estructura de mando del Ejército de Liberación Nacional comandado por José Figueres, figuraba como jefe de Estado Mayor el coronel Miguel Ángel Ramírez Alcántara, dominicano, y el teniente coronel Jorge Rivas Montes, hondureño, jefe de Planes, Operaciones e Inteligencia de dicho EM (Estado Mayor, nh). (También, nh) el mayor Horacio Ornes, comandante del Batallón Legión Caribe, así como el mayor Francisco Morazán, hondureño, oficial ejecutivo del Batallón San Isidro; todos, considerados héroes de esas jornadas.
En el arsenal facilitado por Juancito Rodríguez a Figueres -"Yo puse en manos de la revolución de Costa Rica el siguiente equipo, que le dio el triunfo final y definitivo a las armas bajo su mando, equipo que logré como producto de mis sacrificios personales y de gestiones con poderosos amigos"- se contaban 800 fusiles cal. 30 (con 223 mil cartuchos), 200 fusiles "R" cal. 7 mm, 16 ametralladoras cal. 45, 10 "M" 7 mm, 8 Lewis cal. 7-65, 6 "H" cal 7 mm, con sus cargadores y municiones. También 450 granadas de mano y otras 400 cal. 42 mm "H", bombas de aviación, explosivos y detonadores.
Con este material bélico, reforzado, los internacionalistas de la Legión Caribe se proponían invadir Nicaragua para derrocar a Somoza, para lo cual se constituyó en Costa Rica el Ejército de Liberación Nacional de Nicaragua, bajo el mando de Rosendo Argüello. Como asesores de esta empresa fueron contratados los veteranos de la República Española, Fernando Sousa, Esteban Rovira, Daniel Lado y Alberto Bayo Giroud, quien laboraba entonces en la Escuela de Aviación Militar de Guadalajara.
Figueres facilitó una hacienda cafetalera y dinero para la operación de un campo de entrenamiento. En septiembre de 1948, el presidente electo Carlos Prío, quien asumiría en octubre de ese año, viajó a Costa Rica y comprometió ayuda cubana en armamento. Sin embargo, las disputas entre los exiliados nicaragüenses dieron oportunidad a Somoza para tomar la iniciativa y "darle su propia medicina" a Costa Rica. El 10 de diciembre una fuerza expedicionaria de exiliados costarricenses encabezada por el ex presidente Calderón Guardia invadió su patria desde Nicaragua, con el apoyo logístico de la Guardia Nacional.
Figueres no permitió que la Legión Caribe interviniera en el conflicto y llamó a la formación de milicias populares para defender su gobierno, invocando asimismo el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y la intervención de la OEA. Fruto de esta mediación, Nicaragua y Costa Rica acordaron cesar las hostilidades y desmantelar las operaciones bélicas de exiliados fraguadas en sus respectivos territorios, firmando en febrero de 1949 un Pacto de Amistad. Tras años de colaboración, Figueres y Argüello tomaron rumbos distintos cuando los exilados nicaragüenses debieron salir hacia Guatemala.
Por eso, al trocarse el Pacto del Caribe por este Pacto de Amistad, el tenaz y vertical Juancito Rodríguez, con su acentuado hablar cibaeño, solía decir al referirse a don Pepe Figueres: "el mie'dita ése nos cogió las armas y nos traicionó a todos".Ir arriba
.- Expedición de Luperón: la revancha del Cayo/José del Castillo Pichardo
16 agosto 2008
1947 fue un buen año para Trujillo. Clausurado el "interludio de tolerancia", removidos en junio los incómodos pro democracia Braden y Briggs del Departamento de Estado y abortada la invasión de Cayo Confites en septiembre, el reelecto presidente, ahora convertido en cruzado anticomunista, pudo respirar tranquilamente al amparo de la sombrilla de la Guerra Fría y las prioridades de la doctrina Truman de contención del comunismo. Aun así, en junio de 1949 debió sofocar, sin mayores contratiempos, una incursión armada de sus enemigos externos procedente de Guatemala, que contó con la complicidad de Costa Rica y Cuba, así como de facilidades de autoridades de México. Esta vez, una pequeña fuerza multinacional de 12 hombres comandada por Horacio Julio Ornes, que partió del lago Izabal en Guatemala, logró alcanzar territorio dominicano acuatizando en la bahía de Luperón en un hidroavión Catalina.
El principal contingente que venía en otros dos aviones quedó entrampado en el trayecto. Una nave -en la que viajaba el general Juancito Rodríguez y el Dr. Eufemio Fernández, jefe de la policía secreta de Cuba bajo la presidencia de Prío- debió aterrizar de emergencia en una playa de la península de Yucatán en medio de una tormenta. La otra fue apresada en el aeródromo de la isla mexicana de Cozumel, donde hizo escala para reabastecerse de combustible, siendo detenidos sus ocupantes, encabezados por el general Miguel Angel Ramírez Alcántara. Otros dos aviones rentados (uno mexicano y otro norteamericano) abandonaron la empresa en la víspera, desertando los pilotos con el dinero.
Como si esto fuera poco, la inteligencia del régimen infiltró el Frente Interno a través del ex capitán Antonio Jorge Estévez -quien al ganar la confianza de los líderes de Puerto Plata viajó como emisario a Puerto Rico y tuvo acceso a los planes expedicionarios-, permitiéndole a Trujillo desinformar a la organización y dislocar las ubicaciones de los grupos locales que debían servir de contraparte.
En adición, según afirma Bernardo Vega en Global no.22, quince días antes del desembarco de Luperón, un republicano español se apersonó ante el embajador dominicano en México, Dr. Joaquín Balaguer, para denunciar la invasión. Fue llevado el 16 de junio ante el Jefe por Anselmo Paulino, con el propósito de armar un plan de contingencia, justo a tres días del desembarco de Luperón.
En esta oportunidad, Juancito Rodríguez se hizo asesorar por un grupo de republicanos veteranos de la Guerra Civil Española y de la resistencia francesa contra los nazis, entre los cuales estaba el teniente coronel Alberto Bayo, quien luego entrenaría a Fidel Castro y al Che Guevara en México para la expedición del Granma. Nueva vez, el general Rodríguez -con su dinero, liderazgo y tenacidad- figuraba como el jefe supremo de la revolución, secundado en el plano militar por Ramírez, Ornes y Fernández. Por su ascendencia en la política de Centroamérica se granjeó el respaldo pleno del gobierno de Juan José Arévalo en Guatemala y el más discreto de José Figueres en Costa Rica. Completó su esquema designando como delegado en Cuba a Juan Bosch -influyente en el entorno del presidente Carlos Prío, y lo propio en México al Dr. José Antonio Bonilla Atiles, quien diligenció la colaboración de estamentos del gobierno mexicano en algunos detalles operativos.
La conexión de esta empresa con Costa Rica tuvo su origen en la revolución producida en ese país en 1948 -que llevó a Figueres al poder-, la cual se benefició de las armas devueltas por el gobierno cubano a Juancito Rodríguez -quien tenía su base en Guatemala y había logrado el reintegro de parte del arsenal de Cayo Confites en su calidad de jefe y principal financista de esa expedición- y del aporte de veteranos del Cayo como Horacio Julio Ornes y Miguel A. Ramírez Alcántara, ambos considerados héroes del llamado Ejército de Liberación Nacional. Ornes comandó la Legión Caribe que tomó Puerto Limón y Ramírez Alcántara fue determinante en la batalla de San Isidro del General.
Durante 18 meses, Figueres encabezó la Junta Fundadora de la Segunda República que procedió, mediante decretos de ley, a establecer los derechos sociales, nacionalizar la banca, crear el Instituto Costarricense de Electricidad y la Oficina de Café, aboliendo finalmente el ejército, medidas consagradas en la Constitución de 1949. En su efímero tránsito como ministro de Relaciones Exteriores, entre abril y mayo de 1948, don Pepe Figueres rompió relaciones diplomáticas con el régimen de Trujillo en reciprocidad a la ayuda de los exiliados dominicanos en el triunfo de su Ejército de Liberación Nacional.
Estos hombres dirigirían en junio de 1949, con el general Rodríguez a la cabeza, la nueva intentona para derrocar a Trujillo. Tanto Ramírez Alcántara, Ornes, y Eufemio Fernández, al igual que los expedicionarios de Luperón Tulio H. Arvelo, Miguel A. Feliú Arzeno, Federico "Gugú" Henríquez y José Rolando Martínez Bonilla, estuvieron previamente en el Cayo, siendo así esta empresa una continuidad reducida de la anterior.
Sin los aprestos del proyecto de Confites, que fue concebido como una invasión masiva acompañada de bombardeo aéreo, desembarco marítimo de infantería y lanzamiento de paracaidistas, al estilo de la practicada por los aliados en Normandía, en esta ocasión el enfoque estratégico descansó en la movilización aerotransportada de una fuerza élite de veteranos, junto a una gran cantidad de armas que serían aprovechadas por hombres preseleccionados del denominado Frente Interno, a los cuales se les sumarían otros voluntarios.
Ornes Coiscou relata en su obra "Desembarco en Luperón" (prologada por Juan José Arévalo), que el plan era provocar un levantamiento interno armando a unos 1,200 insurgentes, número reducido a la tercera parte por razones de transporte. Como en otros planes de los exiliados, se asumía la premisa equivocada de un potencial estado insurreccional en el ánimo de la población.
Pero una vez más Trujillo se saldría con las suyas. El maleficio histórico que ha condenado a todas las expediciones dominicanas fraguadas desde el exterior para cambiar el orden de las cosas en Santo Domingo obraría a favor del dictador. No sólo la población negó apoyo al pequeño contingente que llegó a pisar suelo dominicano, sino que este grupo apenas representaba la sexta parte de la fuerza expedicionaria original que partió desde Guatemala. En efecto, tres grupos debieron arribar a tres puntos diferentes de la geografía nacional. El mayor, de 37, comandado por Juancito Rodríguez, debía desembarcar en el Cibao, ya en Constanza o en otro punto de La Vega, base social del rico hacendado.
El segundo, dirigido por Ramírez Alcántara, formado por 25 hombres, aterrizaría en San Juan de la Maguana, solar familiar del general. Mientras que el menor, de 12 combatientes, capitaneado por Ornes, lo haría por Luperón, Puerto Plata (provincia de donde era oriundo Ornes y desde cuya ciudad cabecera debía salir a su encuentro un grupo del Frente Interno), acuatizando el 19 de junio en un hidroavión Catalina. Estaba compuesto por ocho dominicanos, un costarricense y tres nicaragüenses; y como era costumbre, una tripulación de piloto, copiloto e ingeniero de vuelo, formada por tres norteamericanos.
Carbonizados en el Catalina al explotar los tanques de combustible por ametrallamiento practicado por un guardacosta de la Marina de Guerra, quedaron Hugo Kundhart y el nicaragüense Alberto Ramírez, heridos entre sí en un confuso incidente, el costarricense Alfonso Leiton, herido por un soldado dominicano, y Salvador Reyes Valdez, quien fungía como paramédico. Los tres norteamericanos y el nicaragüense Alejandro Selva fueron los primeros en abandonar el hidroavión y separarse del grupo principal. Tres días después fueron capturados y fusilados en el acto.
A 52 horas después del desembarco, el 22 de junio, el grupo principal fue emboscado y apresado por guardias y campesinos, entregado a las autoridades encabezadas por el capitán Dominico Pérez y el gobernador de Puerto Plata, Antonio Imbert. Gugú Henríquez y Manuel Calderón lograron evadirse pero fueron capturados más tarde y fusilados por instrucciones de Trujillo. Ya el dictador tenía en sus manos al contingente indispensable para presentarlo ante la OEA como medio de prueba del intervencionismo de Cuba, Costa Rica y Guatemala en los asuntos dominicanos.
Sobrevivieron y fueron enjuiciados: Horacio Julio Ornes Coiscou, Tulio Hostilio Arvelo Delgado, José Rolando Martínez Bonilla, Miguelucho Feliú Arzeno, y el nicaragüense José Félix Córdova Boniche. Diez años después, Feliú Arzeno participaría en la expedición del 14 de junio de 1959, ofrendando su vida por la causa libertaria dominicana.Ir arriba
.- Amenazas Externas al "Ilustre Jefe"/José del Castillo Pichardo
9 agosto 2008
Tras el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial, el régimen de Trujillo tuvo que sortear en lo inmediato dos amenazas simultáneas en el frente internacional. Una fue la designación en el Departamento de Estado, en octubre de 1945, del polémico diplomático Spruille Braden como Assistant Secretary of State for Latin American Affairs, en reemplazo del complaciente Nelson Rockefeller. Este había visitado el país en noviembre de 1944 en su condición de coordinador de la oficina de asuntos interamericanos creada bajo Roosevelt, siendo agasajado e instrumentalizado por Trujillo, motivo de un tenso forcejeo con el incómodo embajador Ellis O. Briggs, quien le reclamaba a Rockefeller enfatizar en sus declaraciones la vigencia de los principios democráticos de la Carta del Atlántico. Este conflicto le costaría a Briggs la remoción del cargo en enero de 1945 y la degradación de rango, yendo a parar a China como ministro consejero, como lo explica en su libro de memorias "Proud Servant".
Braden había ganado fama por su beligerancia como embajador contrario a las dictaduras y a la penetración nazi y fascista en América Latina. En Cuba aplicó en 1944 una política que restringía a los empresarios norteamericanos financiar candidaturas en las elecciones de ese año, enfrentando directamente al presidente Fulgencio Batista en maniobras de último momento destinadas a desconocer el triunfo del candidato opositor, Ramón Grau San Martín, sobre el oficialista.
En Argentina, en 1945, este "Democracy's Bull" -como le llamó la revista Time- acusó de pro nazi y aliado del Eje al coronel Juan Domingo Perón, candidato presidencial oficialista, apoyando abiertamente a la oposición en un esfuerzo fallido de parar al líder de los "descamisados". Desde su nueva posición en el Departamento de Estado, Braden editó un Libro Azul sobre la Argentina documentando estas acusaciones. Pero "le salió el tiro por la culata", ya que Perón lanzó la consigna Braden o Perón -que apelaba al ego nacionalista- y ganó las elecciones de febrero de 1946. En sus funciones, Braden tuvo de segundo a Ellis O. Briggs como director de la Oficina de American Republics Affairs (1945-47), quien, como jefe de misión en la República Dominicana, entre junio de 1944 y enero de 1945, se caracterizó por una marcada antipatía hacia el régimen de Trujillo.
Antes, Briggs se desempeñó en la legación norteamericana en Cuba (1941-44), donde coincidió con Braden; estuvo en Perú y en la división de Europa Occidental del Departamento de Estado. Luego sería embajador en Uruguay, Checoeslovaquia, Corea, Perú, Brasil y Grecia, finalizando su carrera con honores. Ambos cruzados del credo liberal cesarían en sus funciones en Washington a mediados de 1947, no sin antes bloquear sistemáticamente las solicitudes de armas y municiones que hizo el gobierno dominicano al de Estados Unidos, argumentando que sólo servirían para fortalecer la capacidad de la dictadura para oprimir a su pueblo y agredir a sus vecinos. Por ello, la caída de este binomio fue celebrada ampliamente en la prensa trujillista, ya que significaba el desencaje de dos piezas claves adversarias enclavadas en el corazón del imperio.
La otra amenaza que debió enfrentar el "ilustre Jefe" provino de la existencia en el Caribe de un ambiente hostil encarnado por los gobiernos de Cuba, Haití, Venezuela y Guatemala, los cuales, en diferente medida, dieron apoyo a los exiliados dominicanos en sus planes para derrocar a Trujillo. Particularmente a la abortada expedición de Cayo Confites de 1947, que fuera la mayor operación bélica fraguada desde el exterior contra el régimen. Poco después se sumarían a los gobiernos de Guatemala y Cuba, los de Costa Rica y México, con motivo de la expedición de Luperón de junio de 1949.
En Haití, el presidente Elie Lescot (1941-46), quien estuvo asociado a Trujillo desde la década del 30 y recibió su respaldo financiero para alcanzar el poder, devino en su enemigo, siendo objeto de un intento de asesinato orquestado por un agente consular dominicano, y luego blanco de una campaña difamatoria, al revelarse la comprometedora correspondencia que había mantenido con Trujillo. Lescot, en represalia, hizo un aporte de 25,000 dólares a Juan Bosch, fruto de la hipoteca de su casa, para apoyar los planes de los exiliados contra su rival insular, siendo instrumental una carta de referencia otorgada por el presidente Rómulo Betancourt. Aunque Lescot fue depuesto en enero de 1946 por un golpe militar, su dinero sirvió para comprar los aviones destinados a la expedición de Cayo Confites.
Venezuela fue otra pieza fundamental del ajedrez del Caribe, aparte de su valor estratégico petrolero. Desde octubre de 1945 hasta febrero de 1948, Rómulo Betancourt, líder de Acción Democrática (AD), presidió una Junta Revolucionaria que sucedió al general Isaías Medina Angarita, propiciando una mayor participación estatal en los beneficios del petróleo explotado por compañías norteamericanas (el llamado 50% y 50%), una ley de reforma agraria y cambios en el sistema político consagrados a través de una Constituyente. Entre ellos, figuró la elección presidencial mediante voto directo, en vez de la elección indirecta a través del Congreso. En los comicios de diciembre de 1947, AD llevó a la presidencia al escritor Rómulo Gallegos, quien asumió en febrero de 1948 y fue derrocado en noviembre por los militares.
La política exterior de Betancourt fue de rechazo a las dictaduras, lo cual se tradujo en la ruptura de relaciones con la España franquista y los regímenes de Trujillo y de Anastasio Somoza. Venezuela acogió a los refugiados republicanos españoles, así como a los dominicanos. A finales de los años 20 Betancourt había residido brevemente en Santo Domingo y era, como otros líderes de AD, un aliado de los exiliados antitrujillistas.
El 12 de noviembre de 1945, los dominicanos realizaron una reunión pública en Caracas para condenar a Trujillo y apoyar a la Junta Revolucionaria de Venezuela, con la presencia de Juan Bosch, Dr. Ramón de Lara, Dr. Luis F. Mejía y Dr. Francisco A. Henríquez, así como del dirigente de AD, el poeta Andrés Eloy Blanco.
Un reporte de la Embajada Americana en Venezuela señalaba que "las relaciones entre Juan Bosch y sus seguidores y Acción Democrática han sido muy estrechas por mucho tiempo. Bosch y el Presidente de la Junta, Betancourt, son amigos íntimos y Rómulo Gallegos, Presidente de Acción Democrática, introdujo a Bosch durante un mitin de masas durante un viaje previo de este último".
Archiadversario del dictador dominicano, Betancourt contribuyó con los esfuerzos fraguados por los exiliados en el conato de invasión de Cayo Confites de 1947, y devino luego en dolor de cabeza para la geopolítica trujillista del Caribe tras la caída de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez en 1958 y su retorno al poder en 1959, al propiciar, junto a Fidel Castro, la expedición del 14 de junio para derrocar al tirano. Justo un año después, en junio de 1960, Rómulo Betancourt fue blanco de la venganza de Trujillo al perpetrarse un atentado dinamitero contra su vida, hecho que motivó las sanciones impuestas al régimen dominicano por la OEA en San José de Costa Rica.
En Guatemala, la caída de la dictadura de 14 años del general Jorge Ubico, como resultado de un movimiento cívico militar, desembocó en elecciones que fueron ganadas por el Dr. Juan José Arévalo, un educador exiliado en Argentina de ideas socialistas moderadas, quien presidió el primer gobierno de la llamada revolución guatemalteca (1945-51), cuyo segundo mandato correspondería al coronel Jacobo Arbenz (1951-54). Este último impulsaría la reforma agraria y sería derrocado por un movimiento militar liderado por el coronel Carlos Castillo Armas en medio de fuertes tensiones con la United Fruit Company y otras empresas norteamericanas como la Electric Bond and Share y la International Railways of Central América.
Mientras que Arévalo -un notable escritor de ensayos políticos adversos a las dictaduras latinoamericanas y de corte antiimperialista como "La Fábula del Tiburón y las Sardinas"- apoyó los planes de los exiliados dominicanos que llevaron a la abortada invasión de Cayo Confites, intermediando en la compra de armas al gobierno argentino. Ir arriba
.- Un Gordo en el Bolsillo de Trujillo/José del Castillo Pichardo
19 julio 2008
De Cayo Confites salieron ganando Trujillo -quien se anotó un triunfo diplomático y ganó tiempo para ensamblar un formidable poderío militar- y Genovevo Pérez Dámera, el obeso jefe del ejército cubano que engrosó su fortuna personal y consolidó su hegemonía en la jerarquía político-militar de Cuba. Arrinconando a sus enemigos involucrados en la expedición (el influyente ministro Alemán, potencial sucesor de Grau en la Presidencia, Rolando Masferrer, Manolo Castro, los jefes policiales Fabio Ruiz y Mario Salabarría, y el coronel naval Agostini, encargado de Inteligencia del Palacio) y aumentando de paso el potencial bélico del ejército con la incautación de más de 16 aviones modernos junto a un abundante arsenal.
Célebre por la expresión "A los periodistas se les paga o se les pega", el "ventrudo y vitaminado" jefe siempre tuvo mala prensa. En ocasión de un desfile militar en el campamento de Columbia -piénsese en San Isidro en época de Ramfis-, al que asistían el presidente Carlos Prío y el presidente saliente Ramón Grau, un fotógrafo captó una escena en la que el sombrero de Grau se veía tirado debajo de su silla. Enterado el jerarca por un reportero de Prensa Libre, le sonó una bofetada, exclamando ante los atónitos periodistas: "¡Al que publique esa foto lo mando al hospital!". Era diciembre de 1948, a un año del desbande de Cayo Confites, y el protegido de Grau continuaba al frente de la máxima posición castrense, pese a las acusaciones públicas de que fue generosamente sobornado por Trujillo -una mala palabra en la Cuba de entonces. ¿Qué hubo de cierto en todo eso?
José Almoina refiere en "Una satrapía en el Caribe", que Trujillo envió a Washington a su canciller Arturo Despradel y a Manuel de Moya, con el propósito de realizar gestiones para abortar la expedición. Allí, se habría producido el contacto con Pérez Dámera, quien estaba recibiendo presiones de las autoridades norteamericanas para frenarla. De esta manera, según Almoina, se logró "parar con oro la expedición". Al respecto Juan Bosch -figura clave en el montaje de Confites-, relata un encuentro con éste en una playa cerca de La Habana. Tras saludarse, el exiliado antitrujillista le espetó: "Por ahí se dice que Trujillo te dio medio millón de pesos para que hicieras fracasar la expedición de Cayo Confites. ¿Qué hay de eso?". Pérez Dámera respondió: "Oye, si yo no meto la mano en ese lío para que ustedes no fueran a Santo Domingo, a esta hora estarían todos muertos, porque Trujillo estaba esperándolos para acabar con todos". "¿Y cómo convenciste a Grau para que te dejara hacer lo que nos hiciste?", preguntó Bosch, a lo que el cubano respondió con esa malicia habanera: "Le dije lo mismo que estoy diciéndote: que no iba a quedar uno vivo, porque Trujillo está muy bien preparado".Mario Salabarría -el Mayor de la policía, Jefe de Investigaciones vinculado al MSR de Rolando Masferrer, que encabezó la fuerza atacante en los sucesos de Orfila, pretextados para desmantelar la invasión-, tras 28 años de presidio en Cuba, ofreció en Miami, en 1983, reveladores detalles sobre los nexos del jefe del ejército cubano y el dictador dominicano, así como interioridades del plan conspirativo.
"Genovevo Pérez venía relacionado con Trujillo, y aprovecha el problema de Orfila para dar la sensación que nosotros teníamos una conspiración, de acuerdo con Cayo Confites, para derrocar el gobierno. Él recibió, y Rolando lo dijo en la Cámara, un millón de dólares de Trujillo por desbaratar la expedición de Cayo Confites. Inclusive Rolando dio en una sesión de la Cámara el número de la cuenta y el banco donde él tenía su dinero depositado en Cuba. Cuando lo de Orfila, Genovevo estaba esa noche en Washington y regresó esa madrugada. Lo de Cayo Confites lo desbaratan al día siguiente o a los dos días, más o menos".
Salabarría sostiene que "Genovevo prácticamente dio un golpe de Estado", manteniendo a Grau como un virtual prisionero en Palacio, ya que controlaba la Guardia Presidencial. Pero más sorprendente aún es su afirmación de que "Grau estuvo como cuatro días con pérdida de memoria total", mientras Pérez Dámera desmantelaba Confites, algo "que muy poca gente sabe".
Señala que "aunque el gobierno americano también presionó, lo que decidió la cosa fue el soborno", ya que "el gobierno americano respetaba a Grau. Orfila fue el 15 de septiembre, y a los tres o cuatro días desbarataron lo de cayo Confites."
Relata que "Genovevo sabía que yo era un elemento vital en lo de Cayo Confites: resolví la estancia de los aviones que iban a bombardear Santo Domingo; resolví el problema del financiamiento con Alemán, y otras cosas. Aunque yo no figuraba en el grupo de dirigentes, pero las cosas que había que hacer, como hablar con el Presidente o el jefe de la Marina de Guerra, lo hacía yo. Allí no podían llegar cinco o seis aviones sin que el Presidente no lo conociera, y había que tenerlos en un aeropuerto con amplitud, como el del Mariel. Todo eso yo lo resolví". Para Salabarría "lo que veía en Cayo Confites eran enemigos de él".
Según Ciro Bianchi, el 19 de julio de 1949 La Voz del Yuna radió un mensaje de alerta: "General Pérez Dámera, general Pérez Dámera, ¡tenga cuidado! ¡La próxima víctima será usted! ¡Hay un complot organizado para matarlo!".
Aludiendo al asesinato en la víspera del coronel Arana, jefe del Ejército guatemalteco, quien rivalizaba en la sucesión presidencial de Arévalo con el coronel Jacobo Arbenz, vinculado a los enemigos de Trujillo. Ya que la emisora le había enviado un mensaje similar a Arana, el advertido general reforzó su seguridad y envió en secreto al coronel González Chávez, jefe de la aviación militar cubana, a entrevistarse con Trujillo.
En agosto, un reporte del evento llegó a Juan Bosch, quien informó al presidente Prío. Interrogado el oficial, admitió la misión. Confirmadas las sospechas de deslealtad, un corajudo Carlos Prío se trasladó a Columbia y destituyó al ventrudo general, poniendo en posesión al general Ruperto Cabrera.
Fue una ocasión, parafraseando al también obeso Arturo Logroño, en que "la soga se rompió por lo más grueso".Ir arriba
.- Fidel y Masferrer en el Cayo: la Paradoja del Héroe y el Villano/José del Castillo Pichardo
12 julio 2008
En sus conversaciones con Ignacio Ramonet, Fidel Castro identifica Cayo Confites con lo que no se debe hacer en una empresa revolucionaria. Reinaba el "caos y la desorganización". Una "fuerza mal entrenada e inexperta", sin "preparación ideológica", sin "táctica ni estrategia", "sería cuestión de horas liquidarla". El hoy Comandante en Jefe y entonces estudiante del 2do año de Derecho, planeaba irse a las montañas con su compañía, ya que "no se podía luchar frontalmente contra un ejército". Y "era tonto ignorarlo".
Contrario opinaba José Almoina -secretario particular de Trujillo, que vivió en el país hasta junio de 1947-, quien afirma que al percatarse este de "que los expedicionarios contaban con elementos muy serios... y que la cosa marchaba, pensó ganar con el dinero, adelantándose", sobornando en Washington al jefe del ejército cubano. Jesús de Galíndez estimaba que la dilación del proyecto obligó al gobierno de EEUU a cortar la compra de material bélico y al de Cuba a ordenar su desbande. Ante el "gesto suicida" final de los conjurados, "atajados por la Marina de Guerra cubana", entiende que lo sucedido "fue mejor para todos, quizás".
La duda que desliza el vasco victimizado por Trujillo, al igual que Almoina, sirve para contrastar el enfoque del héroe revolucionario en el que se convirtió Fidel Castro, con el de Rolando Masferrer, el influyente comandante del batallón Sandino, líder del Movimiento Socialista Revolucionario, quien como senador y editor de sendos diarios, derivó en villano al servicio de Batista.
El plan de Confites asumía la superioridad aérea de los complotados, con más de 16 aviones de última generación estacionados en la base naval de Mariel y en Rancho Boyeros, que servirían para bombardear objetivos estratégicos y cubrir el desembarco de la infantería, equipada con armamento moderno. Afectado por restricciones del departamento de Estado, todavía Trujillo no contaba con el poderío aéreo que alcanzó a partir de 1948 cuando se creó la Aviación Militar Dominicana y se compró una flota de aviones ingleses Beaufighter y Mosquitos, así como PT-17 Stearman para instrucción de vuelo.
En el personal de esa empresa no se ve la aludida falta de formación ideológica. Juan Bosch -de quien Fidel dice en su reflexión de la semana pasada que lo conoció en el Cayo y que "no era el jefe de la expedición, pero sí la más prestigiosa personalidad entre los dominicanos"-, junto a Jimenes Grullón, Cotubanamá Henríquez, Virgilio Mainardi Reyna, Ángel Miolán, Alexis Liz, habían fundado en 1939 el PRD con una plataforma de izquierda democrática. Jimenes Grullón había editado Ideas y doctrinas políticas contemporáneas (1939), República Dominicana, Análisis de su Pasado y su Presente (1940, con prólogo de Juan Bosch), y Una Gestapo en América (1941).
Chito Henríquez, Dato Pagán, Mauricio Báez, Tulito Arvelo, Pedro Mir, José Rolando Martínez Bonilla, Diego Bordas y otros confiteros venían del clandestinaje antitrujillista y la lucha abierta del "interludio de tolerancia" de mediados de los 40, enrolados en el Partido Democrático Revolucionario, el Partido Socialista Popular y la Juventud Democrática. Mir fue diputado constituyente del 47 junto a mi padre Francisco del Castillo -miembro del Frente Interno en cuya oficina de abogado al lado de la Catedral se celebró un congreso del PDRD-, cuando se introdujo la reforma financiera que creó el peso oro dominicano, el Banco Central y la Junta Monetaria.
Participaban antiguos combatientes de la Guerra Civil Española como Masferrer, Eufemio Fernández y el gallego Carlos Gutiérrez Menoyo (muerto en 1957 en el asalto al Palacio durante Batista), Feliciano Maderne, oficial del ejército cubano que luchó contra Machado. Veteranos de la Segunda Guerra eran Manolo Bordas y Gugú Henríquez. Respaldaron el gobierno progresista de Betancourt y el de Juan José Arévalo en Guatemala. Ambos regímenes de izquierda.













