Juan Bosch

"Prefiero al escritor comprometido, pero comprometido con la causa buena, y la causa buena es la lucha por la liberación de los pueblos, por la liberación de los hombres. La causa buena es la que señala un rumbo, un camino hacia el futuro, un camino hacia el mayor bienestar de la humanidad, no de una minoría que viva a expensas el resto de la humanidad, sino de la humanidad completa. El escritor debe tener una conciencia bien clara de que el mundo mejor sería el mundo donde todos pudieran ser escritores, pintores, músicos, bailarines y cantantes. Es decir, el mundo donde las facultades humanas, las mejores facultades humanas, se expresaran con mayor intensidad y mayor brillo" (Juan Bosch).

Visitas

Publicar

Por Juan Bosch



. Citas de Juan Bosch

. Carta del profesor Juan Bosch a Rafael Gamundi Cordero

. Juan Bosch, una carta para la Historia

. Comunismo y democracia en la República Dominicana -El Departamento de Estado norteamericano hizo publicar una lista de 53 comunistas dominicanos; después, una de 58; al fin, una de 77-/Juan Bosch

. La debilidad de la fuerza/Juan Bosch

. La Revolución Constitucionalista -Tres artículos sobre la revolución dominicana-/Juan Bosch

. La República Dominicana: causas de la intervención militar norteamericana del 1965/Juan Bosch

. La Revolución de Abril/Juan Bosch

. Discurso pronunciado por Juan Bosch en su juramentación ante la Asamblea Nacional como Presidente de la República Dominicana el 27 de febrero del 1963

. La Historia secreta del golpe de Estado de 1963/Juan Bosch

. Palabras de Juan Bosch desde el Palacio Nacional tras el golpe de Estado

. La madre en el drama histórico de la isla. Juan Bosch en el día de las Madres, 26 de mayo de 1963

. Segmento del discurso que pronunció Juan Bosch a su llegada al país el 20 de octubre de 1961

. El problema palestino/Juan Bosch -Lo que significó para los palestinos la instalación en su territorio del estado israelí-

. La crisis capitalista en la economía norteamericana/Juan Bosch

. Una lección de la Historia: la unidad de los pueblos centroamericanos/Juan Bosch

. Carta de Juan Bosch a Trujillo el 27 de febrero de 1961

. Juan Bosch, Haití y la República Dominicana: una carta histórica -Carta de Juan Bosch a Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral y Ramón Marrero Aristy, en la que habla del caso haitiano-

. Palabras de Juan Bosch después de leer las obras completas de Eugenio María de Hostos

. Juan Bosch habla de su experiencia en una prisión en 1934

. Pedro Mir, el poeta social esperado/Juan Bosch

. "Qué es un hecho histórico"/por Juan Bosch

. Citas de Juan Bosch

“Los hombres y las mujeres que tienen calidad humana le sirven al pueblo sin esperar de él ni siquiera gratitud, porque no debe pedírsele a la madre que le agradezca al hijo lo que éste haga por ella”.

"Pongamos todos juntos el alma en la tarea de acabar con el odio entre los dominicanos como se acaba con la mala yerba en el campo que va a ser sembrado; pongamos todos juntos el alma en la tarea de edificar un régimen que dé amparo a los que nunca lo tuvieron, que dé trabajo a los que buscan sin hallarlo, que dé tierras a los campesinos que la necesitan, que dé seguridad a los que aquí nacen y a todos los que erran por el mundo en pos de abrigo contra la miseria y la persecución".

“Si no puedo ver por mí mismo la liberación de este pueblo, la veré a través de mis ideas”.

“Nuestra aspiración es que un día, cuando los niños que están empezando hoy a hablar sean hombres viejos y de nosotros no quede si no una cruz sobre una tumba, esos viejos les digan a sus hijos que el compañero Juan vivió y murió pensando cada hora de cada día en servir a su pueblo”.

“Nadie se muere de verdad si queda en el mundo quien respete su memoria”.

“Hay personas que creen que los hechos históricos son producidos por los grandes hombres, y resulta que es al revés; son los hechos históricos los que producen a los grandes hombres”.

“Ningún hombre es superior a su pueblo”.

“No hay arma más potente que la verdad en mano de los buenos”.

“La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios”.

“El valor por sí sólo sirve para matar y morir, no para dirigir y triunfar”.

“La lucha de los pueblos es constante; nacen mártires donde muere uno: florecen las ideas allí donde las persiguen; un pasado heroico, cuajado de nobles hombres, estimula a los jóvenes e ilumina el porvenir”.

“Los hombres no saben vivir aplastados por el terror, y allí donde sufren, allí alimentan la esperanza de vencer al infortunio”.

“Los pueblos dignos, como los hombres con estatura moral, buscan dar, no recibir; buscan ayudar, no pedir ayuda”.

“El hombre no puede cumplir su destino en la sociedad si no convierte sus ideas y sus deseos en hechos, porque sólo los hechos tienen verdadero valor en la vida social”.

“Lo perfecto es enemigo de lo bueno, y el hombre no debe aspirar a ser perfecto sino bueno nada más. Cuando se pasa de los límites de lo bueno y se entra en el afán de la perfección, lo que se hace es cultivar la vanidad, la vanidad individual; cultivar un sentimiento realmente mezquino, porque es un sentimiento que se limita a la persona que lo tiene. Por tanto, no se debe ser perfeccionista, pero se debe tratar de hacer las cosas bien”.

“El destino de cada uno está en la educación que se le haya dado. Para que su conducta sea buena, el hombre tiene que ser mejor educado”.

“Hay que educar al hombre para que respete las leyes. Sin leyes no hay sociedad humana, y las leyes sólo tienen valor si cada persona las acepta, las respeta y las hace respetar”.

“La libertad es un bien que no puede ponerse en peligro por debilidades, y el aire de la libertad se contamina de sutiles venenos allí donde en su nombre se permite que florezca la villanía".

“No es ciudadano el que ignora cuáles son sus deberes y cuáles son sus derechos (...) No puede haber paz donde no hay consciencia cívica y no hay consciencia cívica donde no hay cultura”.

“Los jóvenes que aspiran a ejecutar su obra de un día para otro se exponen a desencantos dolorosos, pues nada que no tenga sus raíces en el tiempo puede perdurar. Y la única manera conocida de enraizar algo en el tiempo es trabajando”.

“Cuando se está ante una tarea larga y complicada, es mejor madrugar lo más que se pueda y acostarse sólo cuando ya no queden fuerzas para seguir en pie”.

“Toda obra de la creación –del hombre o de la naturaleza- se realiza en el seno del tiempo, y hay una sola manera de llevarla a cabo, que es trabajando. El creador, pues, está obligado, por la misma fuerza que lo lleva a crear, a sumergirse en el tiempo para trabajar”.

“No podría haber disciplina donde faltara la mística, pero tampoco podría haber mística donde faltara la disciplina, y nadie puede imponer la disciplina allí donde trabajando en una misma tarea cada quien la lleva a cabo como le parece, no como debe hacerse”.

“Sin amor es imposible hacer algo creador. La gallina, que es considerado el más cobarde de los animales domésticos, se lanza como pequeña fiera emplumada sobre el que se acerque demasiado a sus polluelos. El amor hace fuerte a los débiles y valientes a los cobardes. El amor obra milagros”.

“El escritor es un hombre de su tiempo, y siendo un hombre de su tiempo tienen que afectarle las condiciones en que vive el pueblo, la situación general del mundo, y estas preocupaciones se van a reflejar en su obra”.

“Prefiero al escritor comprometido, pero comprometido con la causa buena, y la causa buena es la lucha por la liberación de los pueblos, por la liberación de los hombres. La causa buena es la que señala un rumbo, un camino hacia el futuro, un camino hacia el mayor bienestar de la humanidad, no de una minoría que viva a expensas el resto de la humanidad, sino de la humanidad completa. El escritor debe tener una conciencia bien clara de que el mundo mejor sería el mundo donde todos pudieran ser escritores, pintores, músicos, bailarines y cantantes. Es decir, el mundo donde las facultades humanas, las mejores facultades humanas, se expresaran con mayor intensidad y mayor brillo”.

“No creo que la literatura puede cambiar el mundo, pero creo que la literatura, como toda actividad humana, contribuye a iluminar la mente de los hombres, y puede embellecer, enriquecer mucho la vida del hombre. La literatura no puede escapar de ninguna manera a la realidad social, económica, política y cultural de los seres humanos”.

“A la patria no se le usa, se le sirve”.

Ir arriba

. Carta del profesor Juan Bosch a Rafael Gamundi Cordero

En medio de la turbulenta y rabiosa dictadura impopular, encabezada por el Doctor Joaquín Balaguer y su Partido Reformista, que reprimieron, ensangrentaron y empobrecieron al pueblo dominicano, el profesor Juan Bosch decidió que el PRD no participara en la farsa electoral de 1970 y, en cambio, se armara ideológicamente con la Tesis de la DICTADURA CON RESPALDO POPULAR, cuyo objetivo fundamental era la instauración de un régimen donde imperara una democracia social verdadera. Así, desencantado de la llamada democracia representativa, el profesor Bosch, desde España, el 4 de noviembre de 1968, me envió la siguiente carta:

Querido Rafa:

Hoy le escribo una larga carta a José Francisco y quisiera que tú la leyeras porque en ella contesto a lo que me tratas en la tuya del 29 de octubre. Además, hay un párrafo que se refiere concretamente a ti. Pero hay alguna que otra cosa que no le he dicho al compadre y que quiero decirte.

La primera de ellas es que la política, como campo donde se producen los hechos históricos, no puede improvisarse, como no puede improvisarse un campo de batalla. El general que sabe lo que hace escoge de antemano el lugar donde va a combatir y no deja que el adversario le imponga el suyo.

Al fundar el PRD, y al comenzar éste sus actividades en el país, yo escogí el campo democrático porque creía con toda el alma que el sistema democrático era el que podía ayudar a resolver de la mejor manera los problemas dominicanos y di la batalla en ese campo. El PRD fue, pues, un partido democrático.

Sin embargo, yo estaba equivocado. A la altura de 1963, la democracia era ya un cuerpo muerto, refugio de la extrema derecha en todo el mundo; sólo que el atraso dominicano compartido por mí nos hizo creer que todavía la democracia tenía vigencia mundial. A esa creencia contribuyó el fulgor del kennedismo, pero se trataba del fulgor de una estrella muerta.

Ahora yo no creo en la democracia y el Partido sigue creyendo en ella. Luego, lógicamente, yo no puedo seguir siendo perredeísta. Sé que en todo el país se levantará un clamor acusándome de haber desamparado al pueblo. Prefiero esa acusación a que me acusen, con razón, de haberlo engañado. En consecuencia, cuando vuelva al país yo no iré como perredeísta, y tengo necesariamente que decírselo así a los compañeros de honestidad ejemplar, como eres tú.

Lo demás lo verás en la carta a mi compadre. Por ahora, un saludo a la doñita y un abrazo fraternal para ti de

Juan Bosch.

Ir arriba


. Juan Bosch, una carta para la Historia

Apartado 609, San Juan, PR
27 de mayo de 1964

Dr. Ramón Pina Acevedo y Martínez,
Caracas, Venezuela

Estimado Dr. Pina:

Las realizaciones políticas se ejecutan debido a una suma de factores: líder, líderes secundarios y pueblo. Un líder sin líderes secundarios y sin pueblo, o un pueblo con líderes secundarios pero sin su líder principal, o líderes secundarios por sí solos, son espectáculos frecuentes en el mundo político, y también se ve de tarde en tarde a un líder seguido por líderes secundarios pero sin pueblo y aun a un líder solitario. Además, tenemos los casos específicos: por ejemplo, el primero –el completo-: un líder principal, líderes secundarios y pueblo, esto es, todo un cuerpo político adecuado a una acción determinada, digamos, elecciones. ¿Servirá ese mismo cuerpo para una subversión revolucionaria? Tenemos el caso del PRD: fue un partido para ganar unas elecciones, pero es casi imposible que dé la medida en otro tipo de acción.

Nosotros presentaríamos al mundo un ejemplo excepcional si tuviéramos una organización política superior a nuestro medio. Y en términos de organización política, nuestro medio puede ser descrito, a grosso modo, así: masas populares inteligentes pero incapaces todavía de acción –es decir, de convertir en hechos sus ideas-, tal vez por efectos del largo terror que han sufrido; mediana y pequeña clase media casi totalmente corrompida, sin ideales, sin patriotismo, sin coraje, lista a recibir cualquier beneficio sin tomar en cuenta la moral pública y en la mayoría de los casos ni la privada y, desde luego, sin luchar para lograr esos beneficios (de este sector debe exceptuarse la juventud consciente, que es muy minoritaria en relación con la juventud total del país), y una alta clase media que es enemiga del pueblo.

Porque ésa es la realidad, no había más remedio que ir dándole a ese pueblo un nuevo horizonte usando como estímulos los que no despertaran su miedo. Sin embargo, en siete meses la mediana y pequeña clase media dominicana quedaron convencidas de que nuestro Gobierno era un antro de maldad, y las masas populares fueron paralizadas por una propaganda feroz. Nunca se ha visto en tan corto tiempo un cambio tan impresionante. El pueblo se dejó arrebatar su régimen de derecho sin lucha; y ahora está luchando un sector del pueblo (los barrios más pobres y los estudiantes), pero a causa de que los golpistas lo han hecho muy mal, no porque tenga conciencia verdadera de que le quitaron el gobierno que él se dio. Si los golpistas hubieran proporcionado trabajo y bienestar económico, estarían apoyados por la totalidad del país aunque se mantuvieran deportando y encarcelando.

Es triste tener que ver las cosas como ellas son y no como uno quisiera que fueran. El problema dominicano no es para ser resuelto por un líder. Es un problema del pueblo; y mientras el pueblo no crezca hasta donde debe crecer, no habrá papel ni lugar para el líder capaz de dirigirlo. El líder que quiera hacer allí lo que el pueblo no puede respaldar, tendrá el final trágico de Tavárez Justo. Su muerte será útil dentro de veinticinco años, pero ahora no.

Nuestro país está en la etapa de la fuerza, no en la de la educación política. El único poder real en Santo Domingo es el militar, y si en las filas castrenses no se rompe el equilibrio, tendremos dictadura por mucho tiempo. No tenemos ciudadanos capaces de hacer frente a los gases lacrimógenos, mucho menos a los fusiles. Así, entre la palabra de un líder –o su orden- y un tiro de máuser, el último tiene mucho más poder. Y los soldados y los policías dominicanos matan, cosa que el pueblo sabe por experiencia. Ahora mismo, en la reciente huelga de choferes –que no fue tal huelga si no un estallido de cólera popular-, ha habido varios muertos desconocidos.

El líder de este momento nacional no puede ser un dirigente político si no el coronel que pueda lanzar soldados a la lucha. Por eso desde el primer día de mi exilio les expliqué a los compañeros que la única manera de restituir la constitucionalidad era a través de los soldados –los contados soldados capaces de luchar por un régimen de derecho-, pero no todo el mundo ve con claridad los fenómenos políticos y en nuestro país hubo gente que creyó que allí podía hacerse una revolución armada. Fue una ilusión que dejó un saldo de sangre bien lamentable.

La lucha dominicana ha llegado ahora al punto en que se aclaran los objetivos. Una vieja casta sin poder efectivo ha tomado el poder para darse a sí misma sustancia económica repartiéndose la herencia de Trujillo. En buena lógica, esa casta debe retener el poder el tiempo necesario para lograr lo que se ha propuesto. El pueblo no tiene recursos de ningún tipo para impedirlo. Si un líder lanzara al pueblo a la lucha para que esa casta fuera derrotada, se encontraría en el caso del chofer que no puede manejar un auto porque carece de baterías, del carburador y hasta de ruedas. La única posibilidad que tenemos por delante sería un milagro histórico; que un sector militar lo impidiera. Pero ya lo digo: sería un milagro histórico, algo que no está en la lógica de los acontecimientos.

Cuando supe que Ud. me había estado buscando, salí yo a buscarlo y ya era tarde: usted se había ido a Venezuela. Sentí no verlo. Me hubiera gustado hablar con usted sobre estos problemas en vez de tratarlos por carta.

Reciba un saludo afectuoso de

Juan Bosch

Ir arriba


. Comunismo y democracia en la República Dominicana -El Departamento de Estado norteamericano hizo publicar una lista de 53 comunistas dominicanos; después, una de 58; al fin, una de 77-/Juan Bosch

Cuando yo era Presidente de la República Dominicana calculaba que en Santo Domingo había entre 700 y 800 comunistas y estimaba que las personas que tenían simpatía por el movimiento comunista podían oscilar entre 3,000 y 3,500. Esos 700 u 800 comunistas se dividían en tres grupos, de los cuales, en mi opinión, el más grande era el Movimiento Popular Dominicano, con tal vez entre 400 y 500 miembros en todo el país; le seguía el Partido Socialista Popular con algunos menos —de 300 a 400—, y un número que en mi opinión no llegaba a 50 se hallaba infiltrado en el Movimiento 14 de Junio, algunos en puestos directivos y otros en niveles más bajos.

Debo aclarar que en el año 1963 en la República Dominicana había mucha confusión política, y algunos millares de personas, sobre todo jóvenes de la clase media, no sabían aún a ciencia cierta qué eran y qué querían ser, si demócratas o comunistas. Pero eso había sucedido en casi todos los países donde hubo dictaduras prolongadas, una vez pasaron esas dictaduras; y cuando transcurrió cierto tiempo y el panorama político se aclaró, mucha gente que había comenzado su vida pública como comunista se pasó al campo democrático. En 1963, la, República Dominica necesitaba que se le diera tiempo al sistema democrático para aclarar la confusión; y desde cierto punto de vista se disponía de ese tiempo, puesto que 700 u 800 comunistas, divididos en tres grupos, no podían de ninguna manera, ni aún con armas en la mano, tomar el poder o siquiera representar una amenaza de que podrían tomarlo.

Ahora bien, si no había comunistas suficientes para tomar el poder, había en cambio un fuerte sentimiento opuesto a que los comunistas fueran perseguidos, y el origen de ese sentimiento estaba en que durante su larga tiranía, Trujillo había acusado siempre a todos sus adversarios de ser comunistas, y los adversarios de Trujillo eran o muertos o torturados o perseguidos sin piedad; de manera que anticomunismo y trujillismo acabaron siendo términos equivalentes en el lenguaje político dominicano, y como trujillismo significaba crimen, anticomunismo pasó también a significar crimen. Por otra parte, los organismos de represión del país —la policía y las fuerzas armadas— eran en 1963 los mismos, y con los mismos hombres, que habían sido bajo Trujillo. Si yo los usaba contra los comunistas, ese aparato de terror hubiera acabado actuando como lo había hecho en los tiempos de Trujillo, yo hubiera terminado en prisionero suyo y al final esas fuerzas desatadas hubieran destruido a las nacientes fuerzas democráticas dominicanas; pues para esos hombres, según habían aprendido de Trujillo, no había distinción entre demócratas y comunistas, y todo el que se opusiera a sus violencias y a su corrupción era un comunista y debía ser aniquilado.

Esta presunción mía era correcta, según lo probaron los hechos. Desde la misma madrugada del 25 de septiembre, día del golpe contra el gobierno que yo encabezaba, comenzó la policía a perseguir y apalear sin misericordia a todos los demócratas no comunistas que según los jefes militares podían hacer resistencia al golpe de estado. En todo el país se sabía que en el Partido Revolucionario Dominicano no había un solo comunista infiltrado, y sin embargo los líderes y miembros de ese partido eran perseguidos bajo la acusación de ser comunistas. El propio jefe de la policía insultaba a los prisioneros llamándoles comunistas. Muchos líderes del Partido Revolucionario Dominicano fueron deportados, y —dato curioso— aunque se les permitió volver al país a numerosos comunistas que estaban en Europa, Rusia y Cuba cuando se produjo la caída de mi gobierno, no se les dio entrada de nuevo a los líderes del Partido Revolucionario Dominicano, y si alguno pudo volver fue deportado de nuevo inmediatamente. Durante los 19 meses del gobierno de Donald Reid fueron encarcelados, deportados, golpeados en forma bárbara miles de demócratas del PRD y centenares del Partido Social Cristiano y del Movimiento 14 de junio; los locales de esos tres partidos fueron asaltados o destruidos por la policía. Todos los vehículos, escritorios, maquinillas y otros efectos de valor del Partido Revolucionario Dominicano fueron robados por la policía, un robo que alcanzó a un cuarto de millón de dólares. En los meses de mayo y junio de 1964 llegó a haber en las cárceles dominicanas, a un mismo tiempo, más de 1,000 miembros del Partido Revolucionario Dominicano acusados de ser comunistas.

Esa furia “anticomunista” desatada contra los demócratas dominicanos fue un factor de importancia en el estallido de la revolución de abril, pues el pueblo combatió para reconquistar su derecho a vivir no sólo mejor sino también bajo un orden legal, no policial, y si hubiera sido yo quien hubiera desatado esa furia, la revolución hubiera sido hecha contra el régimen democrático que yo encabezaba, no a favor de la democracia.

No hacía falta ser un genio político para darse cuenta de que si comenzaba un estado de persecución “anticomunista” a la manera clásica de un país educado por la tiranía, los policías y los militares perseguirían también, y sin duda más severamente, a los demócratas de todos los partidos. Tampoco hacía falta ser un genio político para comprender que lo que se necesitaba en la República Dominicana no era estimular desde el gobierno los hábitos hacia la persecución y el crimen que se hallaba en el fondo del alma de policías y soldados; lo que se necesitaba era fortalecer la democracia demostrándoles a todos los dominicanos y aún a esos mismos policías y soldados, que lo que más les convenía a ellos y al país era vivir bajo el orden legal de la democracia.

Ahora bien, en el panorama dominicano había una fuerza que en mi opinión determinaba el fiel de la balanza política, en lo que se refiere al punto de las ideologías y doctrinas, y esa fuerza era el Movimiento 14 de junio.

Ya he dicho que de acuerdo con mis cálculos en el Movimiento 14 de junio había una infiltración de menos de 50 comunistas, algunos de ellos en puestos directivos y otros en niveles más bajos. Pero debo advertir que en la dirección de ese partido, y en todos sus niveles, había mayoría abrumadora de jóvenes no comunistas y había muchos fuertemente anticomunistas.

¿Cómo se explica que hubiera comunistas junto con no comunistas y con anticomunistas? Lo explica una razón: el Movimiento 14 de Junio era, en toda su extensión y en todos sus niveles, de un nacionalismo intenso, y ese nacionalismo se manifestaba sobre todo en términos de vivo antinorteamericanismo.

Es fácil comprender por qué la juventud dominicana de la clase media era tan nacionalista. Esa juventud quería a su país, deseaba verlo moral y políticamente limpio, deseaba que se desarrollara, y pensaba que Trujillo era quien impedía la moralización, la libertad y el desarrollo de su patria. Ahora bien, no es tan fácil comprender por qué su nacionalismo se manifestaba en términos de antinorteamericanismo.

Sencillamente, por sentimiento de frustración. Esa juventud, que no había podido deshacerse de Trujillo, pensaba que Trujillo estaba en el poder debido al respaldo de los Estados Unidos. Para ellos, los Estados Unidos y Trujillo eran socios, ambos culpables a partes iguales de lo que sucedía en la República Dominicana, y por tanto su antitrujillismo se convirtió naturalmente en antinorteamericanismo.

No discuto aquí si tenían razón o no la tenían; sólo expongo el caso. Yo sabía que en los Estados Unidos había personajes que apoyaban a Trujillo y otros que lo atacaban. Pero los jóvenes dominicanos que vivían en el país sabían lo primero y no sabían lo segundo, pues Trujillo se encargaba de dar la mayor publicidad posible a cualquier manifestación, por pequeña que fuera, del respaldo que le ofreciera directa o indirectamente un ciudadano de los Estados Unidos, lo mismo si se trataba de un senador que de un turista anónimo, y en cambio impedía de manera escrupulosa que a Santo Domingo llegara la menor noticia de un ataque que le dirigiera cualquier norteamericano. Así, los jóvenes dominicanos sabían que Trujillo tenía defensores en los Estados Unidos, no enemigos.

Por otra parte, Trujillo alcanzó a crear en el pueblo dominicano una imagen de unidad entre sociedad y gobierno sólo comparable a la que han producido en sus países los regímenes comunistas. Durante más de 30 años en la República Dominicana no sucedió nada, ni podía en verdad suceder nada, sin una orden expresa de Trujillo. Esa imagen se generalizó en la mente de los jóvenes, y ellos pensaban que tampoco en los Estados Unidos podía suceder nada sin una orden del que gobernaba en Washington. Así, para ellos, cuando un senador, un periodista o un hombre de negocios norteamericano expresaba públicamente su apoyo a Trujillo, el senador, el periodista y el hombre de negocios estaba hablando por orden del Presidente de los Estados Unidos. Todavía hoy es alto el número de dominicanos de la clase media que piensa que todo lo que dice un ciudadano de los Estados Unidos lo está diciendo su gobierno.

El fiel de la balanza política dominicana estaba en el vivo antinorteamericanismo del Movimiento 14 de junio, en el cual se agrupaban los jóvenes más vehementes y hasta más capacitados técnicamente —no políticamente—, pues era en ese sentimiento antinorteamericano donde más efecto podía hacer la prédica comunista, y además era en esa juventud nacionalista donde los comunistas podían formar los líderes que necesitaban. Los comunistas decían a esos jóvenes que la democracia que yo encabezaba recibía órdenes de Washington, igual que las había recibido Trujillo, para aniquilar a la juventud nacionalista bajo la acusación de que era comunista. Mi gobierno tenía que evitar a toda costa que los jóvenes nacionalistas perdieran la fe en la democracia. Poco a poco, a medida que pasaban los días y se afirmaba en la República Dominicana un estado de ley con amplias libertades democráticas, los miembros del Movimiento 14 de Junio no comunistas o anticomunistas iban ganando terreno ante los comunistas, pues podían probarles a sus amigos y compañeros con ejemplos evidentes y diarios que el gobierno que yo presidía no recibía órdenes de Washington, ni para perseguirlos ni para otros fines, y además, que no seguía los métodos de Trujillo en ningún terreno. En dos o tres años más el sector democrático pero nacionalista –y antiamericano, no hay que olvidarlo– del Movimiento 14 de Junio hubiera acabado con la influencia comunista en sus filas y hubiera terminado siendo una firme columna de la democracia dominicana.

Yo sabía que si en el país se establecía un gobierno que no fuera elegido por el pueblo, constitucional y respetuoso de las libertades públicas, ese gobierno cometería el grave error de proclamarse anticomunista y pronorteamericano, y que empezaría persiguiendo a todos los demócratas bajo la acusación de que eran comunistas; en pocas palabras, el nuevo gobierno se presentaría ante el pueblo con los atributos de Trujillo. Como sería de esperar, los comunistas achacarían ese nuevo gobierno a maniobras norteamericanas, y los consabidos “periodistas” norteamericanos les darían la razón; en consecuencia, la autoridad de los comunistas crecería en el Movimiento 14 de junio y en otros círculos de la juventud. Conservar a esa juventud para la democracia, era, pues, mantener en equilibrio la balanza política dominicana. Toda medida que rompiera el equilibrio representado en el Movimiento 14 de Junio conduciría al desastre, y cualquier político dominicano sensato podía darse cuenta de lo que digo. Lo malo es que en el año 1963 no había políticos dominicanos sensatos, por lo menos en el número que necesitaba la República Dominicana. Los apetitos de poder contenidos durante un tercio de siglo se desbordaron y los políticos se dedicaron a conspirar con los militares de Trujillo y con los norteamericanos que se prestaban a ese juego. El resultado inmediato fue el golpe de septiembre de 1963, pero el resultado tardío fue la revolución de abril de 1965 y el imperdonable traspié de la intervención militar de los Estados Unidos en Santo Domingo.

En 1963, los comunistas dominicanos eran tan escasos en número y tan débiles en organización, que cuando se estableció el Partido Social Cristiano se presentó como militantemente anticomunista y persiguió a los comunistas con palos y piedras —y hasta tiros— en las calles sin que los comunistas pudieran hacerle frente. Sin embargo, los socialcristianos no tardaron en darse cuenta de que la mejor fuente de jóvenes de que disponía el país era el Movimiento 14 de Junio, y entonces cesaron en su lucha callejera contra los comunistas y se dedicaron a predicar contra el “imperialismo norteamericano” y contra las injusticias del sistema social dominicano; y cuando demostraron con esa prédica que no eran un partido pronorteamericano y que reclamaban reformas en las estructuras del país, comenzaron a recibir adhesiones de jóvenes que habían sido miembros del Movimiento 14 de Junio y de muchos otros que no se habían definido aún en el campo político, pero tenían ya idea clara de lo que deseaban ser: nacionalistas y demócratas. Sin que hubiéramos cambiado ideas sobre el punto, los líderes socialcristianos acabaron comprendiendo que la clave del porvenir político dominicano estaba en asegurarles a los jóvenes nacionalistas una democracia digna y constructiva.

Eso que los socialcristianos comprendieron ya en 1963 lo hubieran comprendido otros sectores políticos si se le hubiera dado tiempo a la democracia dominicana. Pero no se le dio. Los círculos dominicanos y de los Estados Unidos que se conocen como de extrema derecha, se lanzaron sobre la democracia dominicana con una ferocidad digna de otro destino bajo la consigna de que el gobierno que yo presidía era débil con los comunistas.

Este es el momento de analizar con brevedad la debilidad y la fuerza, sí es que estos dos términos significan conceptos contrapuestos. Por lo visto hay dos maneras de encarar los problemas políticos; una es usando la inteligencia y otra es usando la fuerza. Según esto, la inteligencia es débil, y el uso de la inteligencia, señal de debilidad.

Yo pienso que una materia tan compleja como es la que se refiere a las ideas y a los sentimientos políticos debe ser tratada con inteligencia. Pienso también que la fuerza es un concepto que expresa valores diferentes, según se esté en los Estados Unidos o en la República Dominicana. En los Estados Unidos, el uso de la fuerza quiere decir aplicación de la ley sin crímenes, sin torturas, sin exilios, sin barbarie; en la República Dominicana quiere decir todo lo contrario: no se aplica ley alguna sino que se ponen en acción todos los instrumentos de la tortura, sin excluir el asesinato. Cuando un policía dominicano dice de una persona que es comunista, está diciendo que él, el policía, tiene todo el derecho —y hasta el deber— de apalearla, dispararle y matarla. Y como ese policía no sabe distinguir entre un demócrata y un comunista, es muy posible que al disparar y matar esté disparando y matando a un demócrata. Son muchos los centenares de demócratas muertos por la policía dominicana en los últimos años debido a que eran “comunistas”.

No es fácil cambiar la mentalidad de la gente que se enrola como policía en la República Dominicana si no se da tiempo para lograrlo. Cuando los colonos norteamericanos colgaran en Salem a unas mujeres bajo la acusación de que eran brujas, los que la colgaron creían absolutamente que eran brujas, y sin embargo, hoy no se encontraría un norteamericano en uso de su razón que crea que eran brujas. Cuando a un policía dominicano se le dice que debe perseguir a un joven porque es comunista, él cree con toda su alma que su deber es matarlo.

El problema que se le planteaba al gobierno que yo presidía era escoger entre el uso de la inteligencia y el uso de la fuerza mientras transcurría el tiempo necesario para que los jóvenes exaltados y los policías aprendieran a distinguir entre la democracia y el comunismo; y si escogía el uso de la fuerza, el gobierno dejaría de ser democrático en una o dos semanas, porque el crimen policial se hubiera derramado por el país. Y si alguien opina que en ese tiempo necesario para el aprendizaje los comunistas podían ganar fuerza y tomar el poder, yo digo y aseguro que no podían hacerlo. Sólo la dictadura podía proporcionarles a los comunistas argumentos para progresar en la República Dominicana. Bajo un régimen democrático, la conciencia democrática hubiera progresado más que ellos, como de hecho lo hizo.

Si se me permite seguir hablando en términos de inteligencia y de fuerza, pienso que mis ideas acerca de la inteligencia y la fuerza se aplican al propio comunismo en su lucha por la conquista del poder. Ningún partido comunista, en ningún país del mundo, ha podido llegar al poder sólo porque haya sido fuerte; ha necesitado además tener un líder inteligente, de capacidad por encima del nivel corriente. Los comunistas dominicanos no tenían en 1963 fuerza suficiente y no tenían un líder capaz de llevarlos al poder.

En 1963, el comunismo dominicano estaba en su infancia y se hallaba, como el comunismo venezolano en 1945, dividido en grupos que no podían unirse fácilmente. Sólo la larga dictadura de Pérez Jiménez pudo crear el ambiente adecuado para que los diferentes grupos comunistas de la Venezuela de 1948 se unieran en un solo partido, y la falta de un liderazgo de capacidad reconocida ha evitado que a pesar de la fuerza actual que posee, el comunismo venezolano haya podido alcanzar el poder.

¿Cuántos comunistas hay en Francia, cuántos en Italia? Pero ni el comunismo francés ni el italiano han tenido líderes capaces de llevarlos al poder. En el caso dominicano, ni hay fuerza ni hay inteligencia.

Yo no puedo esperar que hombres como Wessin y Wessin, Antonio Imbert o Jules Dubois sepan estas cosas, piensen en ellas y actúen en consecuencia. Pero lógicamente tenía derecho a esperar que en Washington hubiera quien conociera la trama política dominicana y el papel que podían jugar los comunistas en mi país. Por lo visto, yo estaba equivocado. En Washington conocen del problema dominicano sólo lo que Informan Wessin y Wessin, Antonio Imbert y Jules Dubois.

La falta de conocimiento adecuado equivale a una anulación del poder de la inteligencia, sobre todo en el campo político, y eso es de malos resultados. Cuando la inteligencia queda anulada, su puesto lo ocupa el miedo, y hoy se ha esparcido por los países de América un miedo al comunismo que nos lleva a todos a matar la democracia por temor de que la democracia sea la máscara del comunismo.

Me parece que hemos llegado al punto en que consideramos que la democracia es incapaz de resolver los problemas de nuestros pueblos. Y si en verdad hemos llegado a ese punto, no tenemos nada que ofrecerle a la humanidad. Estamos negando nuestra fe, estamos destruyendo las columnas del templo que durante toda la vida ha sido nuestro amparo.

“Estamos”, no; digo mal. Están otros. Porque a pesar de todo lo que ha sucedido, yo sigo creyendo que la democracia es el hogar de la dignidad humana.

San Juan, Puerto Rico,
18 de junio, 1965.

Ir arriba


. La debilidad de la fuerza/Juan Bosch

Al entrar en su tercer mes, la revolución dominicana, que había estado durante dos meses circunscrita a la capital de la república, comenzó a extenderse por el interior del país. Esto era inevitable, dado que una revolución no es una simple operación militar que pueda ser contenida por fuerzas militares dentro de límites determinados. Era inevitable, pero es inexplicable que en Washington nadie se diera cuenta de ello. Al embotellar la revolución dentro de una parte de la ciudad de Santo Domingo, el gobierno de los Estados Unidos hizo cálculos en términos de fuerza: los revolucionarios son tantos hombres con tales armas, y por tanto podemos dominarlos e inmovilizarlos con tantos hombres y tal equipo.

Llegar a conclusiones en términos de fuerza es fácil, sobre todo hoy, y sobre todo en los Estados Unidos, donde una batería de computadores electrónicos da las respuestas adecuadas a problemas de esa índole en pocos minutos y tal vez en pocos segundos. PPero una revolución es un hecho histórico que no ofrece posibilidad de cálculos de esa naturaleza, porque escapa a las definiciones aritméticas. Una revolución tiene su origen en fenómenos peculiares de su medio social, económico y político, y tiene su fuerza en el corazón y en el cerebro de las gentes. Ninguno de esos dos factores de una revolución puede ser medido por computadores electrónicos.

La de Santo Domingo fue —y es— una típica revolución democrática a la manera histórica de la América Latina y se originó en factores sociales, económicos y políticos que eran y son al mismo tiempo dominicanos y latinoamericanos. Para situarla en el contexto latinoamericano, su patrón más cercano en el tiempo es la revolución mexicana de 1910, aunque no debía ni debe esperarse que fuera exactamente igual a esa revolución de México. En términos históricos, nada es igual a nada.

A pesar de que habían transcurrido cincuenta y cinco años desde que estalló la revolución mexicana hasta que comenzó la dominicana, y a pesar de que en ese largo tiempo —más de medio siglo— se han extendido por el mundo los estudios políticos, sociales, económicos e históricos, los Estados Unidos actuaron ante la revolución dominicana de 1965 en forma casi igual a como hicieron ante la revolución mexicana de 1910. En 1965 se ha aducido el peligro comunista como razón de la intervención militar en Santo Domingo; en 1910 no podía usarse ese pretexto para desembarcar tropas en Veracruz porque entonces no existía el peligro comunista. ¿Por qué la actuación ha sido tan parecida? Porque tradicionalmente el mundo oficial norteamericano se ha opuesto a las revoluciones democráticas en la América Latina.

Con la excepción de los años de Kennedy, la política exterior norteamericana en la América Latina ha sido la de entenderse con los grupos de poder y la de usar la fuerza para respaldar a esos grupos. Durante los años de Franklin Delano Roosevelt se abandonó el uso de la intervención armada, pero no se abandonó el apoyo a los grupos dominantes, y todavía en el caso de la revolución cubana de 1933 se hicieron presentes los buques de guerra norteamericanos en aguas de Cuba como un recordatorio ominoso. Fue John Fitzgerald Kennedy quien transformó los viejos conceptos y puso en práctica una nueva política, pero desaparecido él, volvió a imponerse el criterio de que el poder se ejerce sólo a través de la fuerza.

Esta idea parece no ser correcta. La fuerza como expresión única de poder tiene sus límites: es un instrumento idóneo cuando se enfrenta a la fuerza, pero no lo es cuando se enfrenta a fenómenos que tienen su origen en las bases más profundas de las sociedades. Stalin pudo haber tenido razón al decir, durante la última guerra mundial, que esa guerra sería ganada por el país que fabricara más motores; pues la lucha de 1939-1945 fue llevada a cabo entre poderes militares organizados, y el poder de cada uno de ellos se medía en términos de fuerza, de divisiones, de cañones, de bombas.

Pero una revolución no es una guerra, y hasta se conocen revoluciones que se han hecho sin que haya mediado un disparo de fusil. Tradicionalmente, las revoluciones las han perdido los más fuertes. Las trece colonias americanas eran más débiles que Inglaterra, y le ganaron la revolución de Independencia; el pueblo francés era más débil que la monarquía de Luis XVI y le ganó la revolución del siglo XVIII; Bolívar era más débil que Fernando VII, y le ganó la revolución de América del Sur; Madero era más débil que Porfirio Díaz y le ganó la revolución de 1910; Lenin era más débil que el gobierno ruso, y le ganó la revolución de 1917. Todas las revoluciones triunfantes a lo largo de la historia, sin una sola excepción; han sido más débiles que los gobiernos combatidos por ellas. Una revolución, pues, no puede medirse en términos de poderío militar; hay que apreciarla con otros valores.

Para saber si una revolución es verdaderamente una revolución y no un mero desorden o una lucha de caudillos por el poder, hay que estudiar sus causas, la posición que han tomado en ella los diferentes sectores sociales, y determinar su tiempo histórico. En Washington nadie estudió estos aspectos de la revolución dominicana. En Washington se recibieron noticias de que el sábado 24 de abril, a mediodía, había habido cierta inquietud en algunos cuarteles de Santo Domingo y en el pueblo; un poco más tarde se supo que el jefe del ejército había sido hecho preso por sus subalternos, y en el acto se pensó en desembarcar fuerzas militares norteamericanas en el pequeño país antillano. Eso lo dijo el propio Presidente Johnson al afirmar en una conferencia de prensa que “as a matter of fact, we landed our people in less than one hour from the time the decision was made. It was a decision we considered from Saturday until Wednesday evening”. (The New York Times, Friday, June 18, 1965. Pág. 14 L).

Desde el sábado, pues, el gobierno de los Estados Unidos consideró necesario desembarcar tropas en Santo Domingo; y ese día el gobierno de los Estados Unidos no sabia qué clase de revolución estaba desarrollándose o iba a desarrollarse en la República Dominicana. Es evidente que la actitud del gobierno norteamericano era la de defender el status-quo dominicano, sin tomar en cuenta la voluntad del pueblo dominicano. La reacción en Washington fue, pues, la habitual; el grupo dominante en la República Dominicana estaba amenazado y había que defenderlo.

Ese grupo dominante era sin duda pronorteamericano, pero también era antidominicano, y en grado sumo. En 19 meses de gobierno, el régimen predilecto de Washington había desmantelado la economía dominicana, había establecido un sistema de corrupción no visto en el país desde el siglo pasado y además se burlaba todos los días de las esperanzas del pueblo en una solución democrática. Cuando los revolucionarios tomaron en la mañana del domingo día 25 de abril el Palacio Nacional, hallaron allí montones de carteles de propaganda para la campaña política de Donald Reid Cabral, que había resuelto continuar en el poder mediante elecciones amañadas.

La revolución dominicana de abril no fue un hecho improvisado. Era un acontecimiento histórico cuyos orígenes podían verse con claridad. En realidad, esa revolución estaba en marcha desde fines de 1959, y fue manifestándose gradualmente, primero con una organización clandestina de jóvenes de la clase media que fue descubierta a principios de 1960, después con la muerte de Trujillo en mayo de 1961, más tarde con las elecciones de diciembre de 1962 y por último con la huelga de mayo de 1964. El golpe de estado de septiembre de 1963 no podía detener esa revolución. Fue una ilusión de gente ignorante en achaques de sociología y de política pensar que al ser derrocado el gobierno que yo presidí la revolución quedaba desvanecida. Fue una ilusión creer, como consideraron los que formulan en Washington la política dominicana, que una persona de buena sociedad y de los círculos comerciales era el hombre indicado para dominar la situación dominicana. Fueron precisamente el uso de la fuerza y la frivolidad del favorito de Washington —Donald Reid Cabral— los factores que aceleraron el estallido de la revolución de abril.

La revolución dominicana tenía causas no sólo profundas, sino además viejas. La falta de libertades de los días de Trujillo y el desprecio a las masas del pueblo volvieron a gobernar el país a partir del golpe de estado de 1963; el hambre general se agravó con la política económica sin sentido del equipo encabezado por Reid Cabral, y la corrupción trujillista resultó a la vez más extendida y más descarada que bajo la tiranía de Trujillo. Se pretendió volver al trujillismo sin Trujillo, un absurdo histórico que no podía subsistir. La clase media y las grandes masas se aliaron en un mismo propósito; barrer ese pasado ignominioso que había renacido en el país y retornar a un estado de ley y de honestidad pública.

Veamos ahora el punto que toca al tiempo histórico. Lo que le da carácter peculiar a la historia de Santo Domingo es lo que en otras ocasiones he llamado su “arritmia”. Los acontecimientos dominicanos suceden en un tiempo que no corresponde al tiempo histórico general de la América Latina. El momento histórico en que se hallaba la República Dominicana en abril de 1965 era el equivalente de 1910 en México, y es curioso que los Estados Unidos actuaran sobre Santo Domingo, en cierto sentido, como lo hicieron sobre México en 1910, aunque alegaran para ello que en Santo Domingo estaba en marcha una segunda Cuba.

Pero en Santo Domingo no podía estar en marcha en abril de 1965 una segunda Cuba como no podía producirse en México de 1910. Lo que había estallado en la República Dominicana en abril de 1965 era —y es— una revolución democrática y nacionalista; y el 1965 era el momento histórico exacto para que los dominicanos iniciaran su revolución democrática y nacionalista. En 1965, una revolución democrática no debe ser, y no puede ser, una mera lucha por las libertades públicas. Eso equivaldría a combatir para conquistar solamente una democracia política, y ningún pueblo latinoamericano de hoy puede conformarse con una democracia que no ofrezca al mismo tiempo que libertades políticas, la igualdad social y la justicia económica. Por otra parte, el nacionalismo es un sentimiento que se origina en la necesidad vehemente de hacer progresar en todos los órdenes el propio país, en la necesidad de afirmar la conciencia nacional en el campo económico, en el político y en el moral, y toda revolución verdadera, sobre todo si es democrática, tiene un alto contenido de nacionalismo. Para no equivocarse en el caso de la revolución dominicana de 1965 bastaba con situarla en su tiempo histórico. Eso hubiera servido también para evitar el costoso error político de considerar que era una revolución comunista o en peligro de derivar hacia el comunismo.

El precio que pagarán los Estados Unidos por ese error será alto, y a mi juicio lo veremos en nuestro propio tiempo. Un índice de la magnitud del error es el tamaño de la fuerza usada originalmente para embotellar la revolución. Los Estados Unidos, que en el mes de abril tenían en Vietnam 23 mil hombres, desembarcaron en Santo Domingo 42 mil. Para los funcionarios de Washington, los sucesos de la República Dominicana eran de naturaleza tan peligrosa que se prepararon como si se tratara de llevar a cabo una guerra de la que dependía la vida misma de los Estados Unidos. Siempre recordaré como un síntoma de esa enorme equivocación un detalle de la densa propaganda hecha por el departamento de guerra psicológica, el del famoso submarino ruso capturado en el puerto de la vieja capital dominicana. Ese submarino desapareció misteriosamente tan pronto llegaron a Santo Domingo los primeros periodistas norteamericanos independientes, pero sigue navegando en las aguas del rumor interesado.

La fuerza de los Estados Unidos se usó en el caso de la revolución dominicana de una manera absolutamente desproporcionada. Un pueblo pequeño y pobre que estaba haciendo el esfuerzo más heroico de toda su vida para hallar su camino hacia la democracia fue ahogado por montañas de cañones, aviones, buques de guerra, y por una propaganda que presentó ante el mundo los hechos totalmente distorsionados. La revolución no fusiló una sola persona, no decapitó a nadie, no quemó una iglesia, no violó a una mujer; pero todo eso se dijo, y se dijo en escala mundial; la revolución no tuvo nada que ver ni con Cuba ni con Rusia ni con China, pero se dio la noticia de que 5 mil soldados de Fidel habían desembarcado en las costas dominicanas, se dio la noticia de que había sido capturado un submarino ruso y se publicaron “fotos” de granadas enviadas por Mao Tse-tung.

La reacción norteamericana ante la revolución dominicana fue excesiva, y para comprender la causa de ese exceso habría que hacer un análisis cuidadoso de los resultados que puedan dar la fe en la fuerza y el uso ilimitado de la fuerza en el campo político, y convendría hacer al mismo tiempo un estudio detallado del papel de la fuerza cuando se convierte en sustituto de la inteligencia. En el caso de la revolución dominicana, el empleo de la fuerza por parte de los Estados Unidos comenzó a tener malos resultados inmediatamente, no sólo para el pueblo dominicano sino también para el pueblo norteamericano. Con el andar de los días, esos resultados serán peores para los Estados Unidos que para Santo Domingo.

Pero mantengámonos ahora dentro del límite estrecho de los daños causados a Estados Unidos en Santo Domingo. Por de pronto, la revolución dominicana, que hubiera terminado en el propio mes de abril a no mediar la intervención de los Estados Unidos, quedó embotellada y empezó a generar fuerzas que no estaban en su naturaleza, entre ellas odio a los Estados Unidos. Ese odio no se extinguirá en mucho tiempo. El nacionalismo sano de la revolución irá convirtiéndose a medida que pasen los meses en un sentimiento antinorteamericano envenenado por la frustración a que fue sometida la revolución. Y es una tontería insigne considerar que el nacionalismo de los pueblos pequeños y pobres puede ignorarse, desdeñarse o doblegarse. La más poderosa de las armas nucleares es débil al lado del nacionalismo de los pueblos pequeños y pobres. El nacionalismo es un sentimiento profundo, casi imposible de desarraigar del alma de las sociedades una vez que aparece en ellas, y ese sentimiento, según lo demuestra la historia, lleva a los hombres a desafiar todos los poderes de la tierra. Ahora bien, cuando el nacionalismo democrático es ahogado o estrangulado, pasa a ser un fermento, tal vez el más activo, para la propagación del comunismo. Estoy convencido de que el uso de la fuerza de los Estados Unidos en la República Dominicana producirá más comunistas en Santo Domingo y en la América Latina que toda la propaganda rusa, china o cubana.

Por de pronto, será difícil convencer a los dominicanos de que la democracia es el mejor de los sistemas. Ellos estaban pagando vidas y sangre por su democracia, y la democracia norteamericana presentó su lucha, tremenda y heroica, como obra de bandidos y comunistas. La fuerza, en su caso, fue empleada para impedirles que alcanzaran su democracia. Para muchos norteamericanos esto no es y no será cierto, pero yo estoy exponiendo aquí lo que sienten y sentirán por largos años los dominicanos, no las intenciones norteamericanas.

Debido a que la fuerza nunca es tan fuerte como creen quienes la usan, los Estados Unidos tuvieron que recurrir en Santo Domingo a un expediente que les permitiera usar la fuerza sin exponerse a las críticas del mundo; y eso explica la creación de la junta cívico-militar encabezada por Antonio Imbert. Esa junta, como es de conocimiento general, fue la obra del Embajador John Bartlow Martin, es decir, de los Estados Unidos; y pocas veces en la historia reciente se ha cometido un error tan costoso para el prestigio de los Estados Unidos como el que se cometió al poner en manos del señor Imbert parte de las fuerzas armadas dominicanas y al proporcionarles como justificación para sus crímenes el argumento de estar combatiendo el comunismo en Santo Domingo. Las matanzas de dominicanos y extranjeros —entre los últimos, un sacerdote cubano y uno canadiense— realizadas por las fuerzas de Imbert con el pretexto de que estaban aniquilando a los comunistas, quedarán para siempre en la historia dominicana cargadas en la cuenta general de los Estados Unidos y en la particular del señor Martin. Esas matanzas fueron hechas mientras estaban en Santo Domingo las fuerzas norteamericanas; y además el Embajador Martin sabía quién era Imbert antes de invitarlo a encabezar la junta cívico-militar. La tiranía de Imbert fue establecida a ciencia y conciencia, y después de la tiranía de Trujillo no había excusa que pudiera justificar el establecimiento de la de Imbert.

La revolución no fusiló a nadie ni decapitó a nadie; pero las fuerzas de Imbert han fusilado y decapitado a centenares, y aunque a esos crímenes no se les ha dado la debida publicidad en los Estados Unidos, figuran en los expedientes de la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA y de las Naciones Unidas, con todos sus horripilantes detalles de cráneos destrozados a culatazos, de manos amarradas a la espalda con alambres, de cadáveres sin cabezas flotando en las aguas de los ríos, de mujeres ametralladas en los “paredones”, de los dedos destruidos a martillazos para impedir la identificación de los muertos. La mayor parte de las víctimas fueron miembros del Partido Revolucionario Dominicano, un partido reconocidamente democrático, pues la función de la llamada democracia de Imbert es acabar con los demócratas en la República Dominicana. Parece un sangriento sarcasmo de la historia que los crímenes que se le achacaron a la revolución sin haberlos cometido, hayan sido cometidos por un falso gobierno creado por los Estados Unidos sin que eso conmueva a la opinión norteamericana.

La mancha de esos crímenes no caerá toda sobre Imbert, que al fin y al cabo es un ave de paso en la vida política dominicana; caerá también sobre los Estados Unidos y, por desgracia, sobre el concepto genérico de la democracia como sistema de gobierno. O yo no conozco a mi pueblo, o va a ser difícil que a la hora de determinar responsabilidades los dominicanos de hoy y de mañana sean indulgentes con los Estados Unidos y duros solamente con Imbert. En general, va a ser difícil salvar a los Estados Unidos de responsabilidad en todos los males futuros de Santo Domingo, aún de aquellos que se hubieran producido naturalmente si la revolución hubiera seguido su propio curso.

El pueblo dominicano no olvidará fácilmente que los Estados Unidos llevaron a Santo Domingo el batallón nicaragüense “Anastasio Somoza”, el émulo centroamericano de Trujillo; que llevaron a los soldados de Stroessner, los menos indicados para representar la democracia en un país donde acababan de morir miles de hombres y mujeres del pueblo, peleando por establecer una democracia; que llevaron a los soldados de López Arellano, que es para los dominicanos una especie de Wessin y Wessin hondureño. En todos los textos de historia dominicana del porvenir figurará en forma destacada el bombardeo a que fue sometida la ciudad de Santo Domingo durante 24 horas los días 15 y 16 de junio.

Todos estos puntos a que me he referido a la ligera son consecuencias del uso de la fuerza como instrumento de poder en el tratamiento de los problemas políticos. Una apreciación inteligente de los sucesos de Santo Domingo hubiera evitado los males que ha producido y producirá el uso de la fuerza que se desplegó en el caso dominicano.

Para la sensibilidad de los pueblos de la América Latina, para su experiencia como víctimas tradicionales de gobiernos de fuerza, todo empleo excesivo e injusto de la fuerza provoca sentimientos de repulsión. Desde el punto de vista de los latinoamericanos, los Estados Unidos cometieron en Santo Domingo el peor error político de este siglo. El presidente Johnson dijo que los infantes de marina de su país habían ido a Santo Domingo a salvar vidas, pero lo que puede asegurar el que conozca la manera de sentir de los latinoamericanos es que esos infantes de marina destruyeron en todo el Continente la imagen democrática de los Estados Unidos. Es que parece estar en la propia naturaleza de la fuerza destruir en vez de crear, y cuando se usa en forma excesiva e inoportuna, la fuerza tiende a destruir a quien la usa.

Una revolución puede detenerse con la fuerza, pero sólo durante cierto tiempo. En muchos sentidos, las revoluciones son terremotos históricos incontrolables, sacudimientos profundos de las sociedades humanas que buscan su acomodo en la base de su existencia. Y la revolución dominicana de abril de 1965 fue —y es— una revolución auténtica. Por lo menos eso creen los que tienen razones para conocer la historia, las fallas, las angustias y las esperanzas dominicanas, es decir, los dominicanos que las hemos estudiado y estamos vinculados al destino de aquel pueblo por razones tan justas y tan honorables como puede estar vinculado el mejor de los norteamericanos al destino de los Estados Unidos.

Puerto Rico.
29 de junio de 1965
Sin referencias de impresión

Ir arriba


. La Revolución Constitucionalista -Tres artículos sobre la revolución dominicana-/Juan Bosch

Introducción

Los tres artículos que se publican en este folleto aparecieron en revistas norteamericanas con algunas modificaciones hechas por los traductores o por los editores, en los textos a en los títulos.

El primero, “Aclaraciones acerca de la Revolución Dominicana”, fue publicado en The New Leader, junio 21, 1965, Vol. XLVIII. Nº 13, bajo el título de “A Tale of Two Nations”, sin el primer párrafo y con algunas variaciones en el texto; el segundo, “Comunismo y Democracia en la República Dominicana”, se publicó en War Peace Report, julio, 1965, Vol. 5, Nº 7, y en Saturday Review, agosto 7, 1965, bajo el título, en ambos casos, de “Comunism and Democracy in The Dominican Republic”, también con algunas variaciones; el tercero, “La Debilidad de la Fuerza”, fue publicado en The New Republic, julio 24, 1965, con el título de “The Dominican Revolution”, mezclado con otro material mío y en forma resumida al grado de que varios párrafos del original quedaron fuera del texto en inglés. Las cuatro revistas mencionadas se publican en la ciudad de New York.

Estos artículos han sido los únicos escritos por mí durante los meses de la crisis dominicana que comenzó con la revolución del 24 de abril. Otros materiales publicados bajo mi nombre han sido, en general, declaraciones a periodistas que a veces las han tomado textualmente y a veces las han distorsionado para servir a sus intereses personales, de empresas o políticos.

Juan Bosch
San Juan, Puerto Rico,
25 de agosto de 1965


Aclaraciones acerca de la revolución dominicana

El Embajador John Bartlow Martin ofreció en la revista Life (número del 28 de mayo 1965, Págs.26-30 y 70 C, 70 D y 73) una versión muy personal de lo que él hizo en la República Dominicana como enviado especial del Presidente Johnson durante los días más duros de la crisis de mi país, y de las dos entrevistas que tuvo conmigo en Puerto Rico el día 3 de mayo. Me dirigí por cable a la revista Life solicitándole espacio para dar mi versión de esas dos entrevistas, y recibí, a los cuatro días; una respuesta en que se me decía que Life podría considerar para su publicación una carta mía, hermosa prueba de libertad de expresión que desde luego me hizo sonreír piadosamente.

Cuando el señor Abe Fortas me comunicó por teléfono que el Presidente Johnson iba a enviar a Santo Domingo al Embajador Martin, recibí la noticia con agrado porque creía que el Embajador conocía la situación dominicana y sabría orientarse rápidamente en medio del caos de propaganda mentirosa que estaba lanzándose sobre el mundo acerca de la revolución democrática y constitucionalista de mi país. Pero al hablar con el señor Martin me di cuenta de que aunque había vivido entre los dominicanos más de un año y aunque hablé con él repetidas veces sobre el estado de espíritu revolucionario del pueblo, el Embajador no había logrado comprender la situación dominicana. Era y es un hombre sensible y de buen corazón, un hombre que siente simpatía por los que padecen hambre en la República Dominicana, pero no alcanzó a darse cuenta de cómo es ese pueblo, a qué aspira y por qué lucha.

Comprobar eso no me causó disgusto, como afirma el Embajador Martin cuando dice que yo “did not want to talk to me about events, since I had said publicily that in my judgement his party was fallen under the domination of adventurers and Castro-Communist”.

No puedo explicarme por qué el Embajador Martin escribió esas palabras, pues tan pronto el Rector de la Universidad de Puerto Rico, don Jaime Benítez, me llamó diciéndome que el Embajador Martin se encontraba en su casa y deseaba hablar conmigo (eran las 12.30 de la noche del día 3 de mayo), salí hacia allá sin haber hecho el menor comentario. Sabía que el Embajador Martin había dicho que la revolución constitucionalista se hallaba bajo el control de los comunistas y había oído al Presidente Johnson decir eso mismo, pero eso no me molestó. Al contrario, en mi opinión el Embajador Martin y el Presidente Johnson habían dado un paso en falso puesto que estaban afirmando algo que no podrían probar ni ante su país ni ante el mundo, y ese paso falso los colocaría en posición difícil y acabarían dándonos una ventaja, alguna ventaja, en la lucha que estaba librando el pueblo dominicano.

La acusación de que el movimiento constitucionalista dominicano estaba bajo dominio comunista no podía tardar, puesto que a mi juicio las fuerzas norteamericanas habían ido a Santo Domingo a aplastar ese movimiento, pero eso no podía decirse públicamente. Estoy seguro de que el Presidente Johnson creyó de buena fe que los infantes de marina iban a Santo Domingo a salvar vidas, pero también debo decir que en el momento en que llegaban los primeros infantes de marina a mi país yo sabía que iban a algo más. Como dice Leonard Gross en “The man behind our Latin-American actions” (Look, June 15, 1965. Págs. 35 a la 37), hablando del Secretario Thomas C. Mann, “But suddenly, it was a revolution gone wild. Mann concluded that the U. S. has to move, not simply on humanitarian grounds, but against what he perceived as a long-planned, now lightning Communist plot to seize power”.

Desde Puerto Rico, consciente de las fuerzas que estaban moviéndose en Washington, yo le había cablegrafiado al Presidente Johnson advirtiéndole que había sectores trabajando para llevarlo a desembarcar en Santo Domingo más soldados de los que hacían falta para evacuar a los ciudadanos norteamericanos: y sabia que esos sectores usarían para lograr sus fines el argumento de que la revolución había caído bajo control comunista.

Si política y psicológicamente me hallaba preparado para las declaraciones que habían hecho el Embajador Martin y el Presidente Johnson, ¿cómo, pues, iba a negarme a hablar con el Embajador por lo que había dicho? ¿Y cuándo y a quién le dije yo que no quería hablar con el Embajador? Me parece que el señor Martin expresó su temor, no mi actitud, al afirmar que yo no quería hablar con él sobre los sucesos de mi país. Bien al contrario, le, saludé con el viejo afecto que tenía por él y que sigo teniéndole. Aunque él piense otra cosa, yo no puedo esperar de un norteamericano que no haya estudiado a nuestros pueblos otro tipo de reacción, y en este momento histórico de los Estados Unidos, con la ignorancia del pueblo norteamericano acerca de los problemas políticos del mundo y con su ignorancia especifica acerca de la diferencia que hay entre comunismo y democracia, espero siempre que de cada millón de norteamericanos, cinco acaso, sepan ver la luz de la verdad bajo la negra niebla del miedo.

El Embajador Martin comenzó nuestra primera entrevista explicando que en la República Dominicana estaba todo perdido; no había nada que hacer allí y nadie podría hallar solución alguna al caos reinante. Le dije que si ésa era la situación, pusiera a mi orden un avión para ir yo a Santo Domingo.

“No, imposible; le matarían”, respondió.

“Pero si tantos dominicanos están muriendo, poco importa que muera yo”, dije.

“Señor Presidente, Ud. no comprende la situación. A mí me han disparado sus hombres, los de Wessin y Wessin y la propia infantería de Marina. Aquello es un caos. Si Ud. va lo matarán, y Ud. es el líder; Ud. no debe morir”.

Yo esperaba esa respuesta. El martes 27 de abril, el segundo secretario de la Embajada Norteamericana en Santo Domingo había dicho a gritos a varios altos directivos del Partido Revolucionario Dominicano que yo no podría volver a mi país. “Nosotros no consentiremos que Bosch vuelva aquí”, habían sido sus palabras. El sábado primero de mayo, dos días antes de esa entrevista con el señor Martin, cuando el señor Fortas me había dicho por teléfono que en diez minutos más la infantería de marina recibiría la orden de atacar a las fuerzas constitucionalistas, yo le había respondido a Fortas que a mi juicio en ese momento sólo había una solución a mano, que era mi llegada en Santo Domingo, y le había pedido un avión para el viaje, y el señor Fortas no había dado indicios de que su gobierno accedería a mi solicitud.

Pero volvamos a mi entrevista con el Embajador Martin. El Embajador siguió hablando del control de los comunistas sobre las fuerzas revolucionarias dominicanas. Era inútil tratar de aclararle la situación. El señor Martin no sabía que cincuenta años antes en México hubo una revolución similar, y no había sido comunista; que ese era el tipo de revolución que conocíamos todos los latinoamericanos; que las revoluciones comunistas obedecen a otro esquema, en el cual lo primero que hacen los comunistas es tomar el poder y ya desde él desatan la revolución. Un funcionario ruso jamás caería en la trampa de confundir una revolución comunista con una democrática, pero un funcionario norteamericano de hoy no cree que pueda haber revoluciones democráticas, y esa diferencia se debe a que los funcionarios rusos estudian política; conocen a los comunistas del mundo y saben quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos, mientras que los funcionarios norteamericanos son generalmente personas llevadas a los cargos por capacidad burocrática, por amistad con sus superiores o por compromisos de partido, y no necesitan estudiar política; sus fuentes de información son caprichosas y sus juicios con mucha frecuencia dependen de causas emocionales, subjetivas, no objetivas. Y generalmente no saben quiénes son demócratas en América y quiénes no lo son; en principio, sospechan que todo el que habla de libertad y justicia social es comunista.

Por último, el miedo al comunismo; que es propagado tan continuamente en los Estados Unidos, sin que se explique con seriedad qué es y cómo actúa el comunismo, que lógicamente un hombre como el Embajador Martin tenía que pensar que en Santo Domingo había una revolución comunista dado que esa revolución no respondía a lo que él y millones de norteamericanos creen que es una revolución.

En Norteamérica se ha generalizado la idea de que un golpe de estado militar es una revolución y en términos de sociología un golpe de estado es un desorden, no una revolución. Una revolución es algo mucho más profundo; es el estallido de un pueblo contra sus opresores tradicionales. Los latinoamericanos conocemos muchas revoluciones; ha habido países, como Venezuela y México, donde ha habido más de una, y desde luego docenas de golpes militares que no han sido revoluciones. Por otra parte, en los Estados Unidos se ha generalizado también la idea de que Fidel Castro engañó a los cubanos y a las dos Américas y él sólo, por su única y personal capacidad de simular, convirtió a Cuba en comunista. Es fácil advertir este concepto en el artículo de Leonard Gross, ya mencionado, cuando reproduce las siguientes palabras de Thomas C. Mann: “Look at Cuba. There were only 12 people in the begining, and yet they took it over”.

Si el señor Mann quiere decir con eso que en Cuba había sólo 12 comunistas y que aún siendo tan pocos tomaron el poder en esa isla, hay que recordarle al señor Mann que el partido comunista cubano, organizado oficialmente desde 1925 y de manera no oficial mucho antes, era el más numeroso, el mejor organizado y el mejor dirigido de la América Latina mucho antes de que Fidel Castro llegara a las costas cubanas a fines de 1956. Ese partido comunista cubano era la única fuerza política verdaderamente organizada y capaz que había en Cuba al finalizar el año de 1958. Cuando Batista huyó de su país, pues los partidos democráticos, a pesar de que tenían grandes simpatías, eran tenazmente perseguidos y muchos de sus líderes se hallaban en el exilio, cosa que no sucedía con los líderes comunistas. Sin ese fuerte partido comunista cubano Fidel Castro no hubiera podido declarar que Cuba era un estado comunista, puesto que sin millares de buenos comunistas que ocuparan los cargos burocráticos, militares y diplomáticos y además la dirección de todas las industrias y de todos los sindicatos no era posible mantener un gobierno comunista.

John Bartlow Martin sabía, porque había sido Embajador norteamericano en Santo Domingo durante más de un año, que en mi país no había comunistas suficientes ni para administrar un buen hotel, mucho menos el país. Pero el Embajador Martin no tenía preparación suficiente para distinguir entre una revolución democrática y una revolución comunista. Si el pueblo estaba armado y disparaba aquí y allá, eso era comunismo. Un ruso hubiera comprendido en el acto que esa era una típica revolución democrática sin orden alguno, es decir, todo lo contrario de lo que son las revoluciones comunistas, que se controlan rígidamente desde antes de estallar. En verdad, no había manera de entenderse con el señor Martin. Según él mismo explicó, llevaba ya tres días sin comer y sin bañarse y durante tres noches había dormido en el piso de la Embajada norteamericana en Santo Domingo. Era evidente que el señor Martin había sido sometido por alguien muy inteligente a un tercer grado psicológico. El Embajador Martin llegó a decirme esa noche de nuestra primera entrevista que había cabezas cortadas por el pueblo y hasta me señaló los lugares en que esas cabezas estaban clavadas; me habló de paredones y de toda suerte de crímenes. Espero que el Embajador Martin se haya convencido ya de que nada de eso era cierto.

Desde que se produjo el desembarco de infantes de marina en San Isidro yo había pensado que los Estados Unidos se habían metido de sopetón, sin calcular las consecuencias de ese acto, en un serio problema que rebasaría las fronteras dominicanas y norteamericanas y que al gobierno de los Estados Unidos le iba a ser difícil hallar una salida de ese problema. La revolución dominicana quedaba ahogada por el peso de un poder militar superior, pero la imagen norteamericana en el mundo democrático, y especialmente en la América Latina, quedaría rota por largos años. El gobierno de Johnson pagaría por ese error y sólo tendría ante si dos caminos; o el respaldo al gobierno constitucional dominicano, lo cual causaría una sensación de alivio y hasta de alegría en todos los sectores democráticos latinoamericanos, o la ocupación militar, con gobierno militar, de la República Dominicana, por muchos años. Esto último suponía que el gobierno de los Estados Unidos tomara la responsabilidad de hacer frente a las consecuencias de su intervención en nuestro país, que se hiciera cargo de todos los males que esa intervención acarrearía a la República Dominicana; que si era un poder lo suficientemente fuerte para intervenir militarmente lo fuera también para pagar el precio político que se derivaba del uso de la fuerza militar. Pues había llegado la hora en que el pueblo dominicano se había hecho adulto, y lo había probado con su sangre, y ya no era posible gobernar a los dominicanos desde Washington a través de dominicanos dóciles. O ese nuevo país que había nacido con la revolución de abril se gobernaba directamente con militares norteamericanos, o se le dejaba que se gobernara a sí mismo.

Sin entrar en esas explicaciones, porque el estado de ánimo del Embajador Martin —su cansancio, su falta de baño y de comida— no lo permitía; porque ya era tarde y porque una conversación entre tres —el Rector Benítez, el Embajador Martin y yo— no permite hablar largo, le dije al señor Martin que yo no compartía su opinión de que no había solución para lo que él llamaba “el caos dominicano”. Había una de las dos salidas que acabo de explicar. Pero para él no había ninguna. Y nos despedimos pasadas las dos de la mañana sin aclarar nada. El Rector Benítez llevó al señor Martin a un teléfono desde donde el Embajador pudiera llamar al Presidente Johnson. Ni esa noche ni al día siguiente me dijo el señor Martin que el Presidente le había pedido que viajara a Puerto Rico para hablar conmigo; eso he venido a saberlo al leer el artículo del Embajador a Martin en Life. Por esa razón, al retirarse él a hablar con el señor Johnson no le di ningún mensaje para el Presidente.

Fue diez horas después, durante el día -en nuestra segunda entrevista que celebramos en la casa de un matrimonio norteamericano amigo del Rector Benítez-, cuando el Embajador Martin y yo hablamos del Dr. Rafael Molina Ureña. El Embajador Martin da esta segunda y última conversación como celebrada en la noche anterior, lo cual ofrece una idea de la confusión de sus recuerdos, explicable por el estado de agotamiento en que se hallaba.

Cuando llegué a esa segunda entrevista, a eso de las once de la mañana del 3 de mayo, el Embajador Martin me preguntó qué pensaba yo.

“Hoy se reunirá el Congreso para elegir un Presidente”, le dije: y no quise explicarle que yo había pedido la reunión del Congreso y la elección del nuevo Presidente porque ya no me quedaba duda de que con el control de todos los aeropuertos y los puertos del país en sus manos, los norteamericanos no permitirían que yo pudiera retornar a Santo Domingo.

...“¿Quién será el nuevo Presidente?”, preguntó el señor Martin.

“El coronel Caamaño, y en su defecto, el coronel Fernández Domínguez”.
“No puede ser. Nosotros no aceptaríamos un militar”, dijo el señor Martin.

Sucedía sin embargo que pocos días antes el Embajador Tappley Bennet en persona había formado una junta de tres coroneles, la llamada junta de San Isidro, que estuvo a punto de ser reconocida por el gobierno norteamericano según informaron cables de Washington publicados en la prensa de Puerto Rico, y que no llegó a funcionar como gobierno porque a pesar de que fuentes oficiales de los Estados Unidos dijeron que Wessin y Wessin y sus tropas habían liquidado el movimiento revolucionario y estaban limpiando la ciudad de Santo Domingo de bolsillos de “insurgentes”, Wessin y Wessin y los tres coroneles no habían podido salir de San Isidro, y de acuerdo con la tradición constitucional dominicana, el gobierno debe estar establecido en la ciudad de Santo Domingo.

Habría de suceder también que la noche del mismo día en que el Embajador Martin estaba diciéndome que su gobierno no reconocería a un militar como presidente dominicano, el propio señor Martin estaría invitando al general Antonio Imbert Barrera a encabezar un gobierno con el apoyo de Washington.

El Embajador Martin llamó a Washington y habló con alguien antes de que se mencionara el nombre del Dr. Molina Ureña. El Dr. Molina Ureña había sido el Presidente de la Cámara de Diputados durante el gobierno constitucional que yo presidí, y era la única persona, en la línea de la sucesión constitucional a la presidencia de la República, que se hallaba en Santo Domingo al estallar la revolución; por esa razón le tocó ser el Presidente Constitucional provisional, y fue él quien decretó que la Constitución de 1963 estaba vigente y quien el día 25 de abril convocó al Congreso para que se reuniera el día 26. El Congreso se reunió y votó una ley de amnistía general para los delincuentes políticos, de manera que los autores de los bombardeos y ametrallamientos aéreos de la ciudad de Santo Domingo quedaban comprendidos en esa Ley de amnistía, lo cual, desde luego, no modificó su decisión de seguir matando al pueblo.

El Dr. Molina Ureña, como varios de los líderes civiles y militares de la revolución, se asiló en una embajada latinoamericana el martes 27 de abril. De esto hablaron mucho los círculos oficiales de los Estados Unidos; esos asilamientos se presentaron en unos casos como la prueba de que los jefes democráticos de la revolución comprendieron que ésta había caído en manos de los comunistas y abandonaron sus puestos de lucha, y en otros casos se presentaron como explicación de por qué los comunistas habían acabado tomando el control de la revolución; según los partidarios de esta última explicación, al buscar asilo en embajadas los líderes democráticos dejaron en las calles un vacío que los comunistas llenaron.

Lo que no han querido decir esos círculos oficiales es la verdad; y la verdad es que los funcionarios de la Embajada norteamericana en Santo Domingo amenazaron a los directores democráticos de la revolución, a los civiles y a los militares, con todo el poder de los Estados Unidos, y los acusaron con tanta violencia que muchos de ellos se creyeron perdidos. El comportamiento de algunos funcionarios diplomáticos norteamericanos destacados en Santo Domingo durante la revolución de abril recuerda vivamente el de los funcionarios diplomáticos norteamericanos destacados en México en los trágicos días del asesinato del Presidente Madero, pero es necesario aclarar que en el caso dominicano ese comportamiento fue mucho más duro e intervencionista que en el México de 1913. Este no es lugar para dar las pruebas de lo que acabo de decir, pero esas pruebas abundan.

Cuando el Embajador Martin y yo hablábamos ese día 3 de mayo en un agradable hogar norteamericano de Trujillo Alto, en las vecindades de Río Piedras y en compañía del Rector don Jaime Benítez, el Dr. Molina Ureña estaba asilado en la Embajada de Colombia, en Santo Domingo. Para él, como para los que se hallaban en la vieja ciudad sacudida por la revolución ningún sitio podía ser grato. La infantería de marina norteamericana estaba allí, disparando sus ametralladoras calibre .50 contra todo el “rebelde” que se movía; uno de los “jeeps” de los infantes llevaba pintadas estas palabras: “Rebel Hunter”; los infantes consideraban imperdonable que un dominicano protestara de su presencia en aquellas tierras que no era la de ellos; aunque algunos periodistas norteamericanos y casi todos los periodistas europeos y sudamericanos que habían llegado a Santo Domingo comenzaban a decir la verdad, todavía las estaciones de radio controladas y numerosos diarios de los Estados Unidos hablaban de sacerdotes fusilados, de monjas violadas, de iglesias quemadas por las hordas comunistas de los “rebeldes”. ¿No me había dicho el mismo Embajador Martin, horas antes, que había cabezas cortadas expuestas en varios sitios de la capital dominicana? ¿No había aparecido el día anterior en los periódicos de todo el mundo noticias como la de un barco que había sido cañoneado por baterías norteamericanas cuando llegaba de Cuba cargado con armas para los revolucionarios? ¿No se publicaban fotos de granadas chinas “cogidas a los rebeldes” y no se esparcían por todas partes detalles del misterioso submarino ruso apresado por la marina de los Estados Unidos y no llenaban las ondas del mundo entero las increíbles fábulas de La Voz de las Américas?

Yo, que estaba fuera del alcance de los disparos, podía establecer con sangre fría la diferencia que había entre lo que era la guerra psicológica desatada por el poder militar más grande de la tierra y la verdad de lo que estaba pasando en mi país. Pero los que estaban allá, en la línea de fuego, ¿cómo se sentirían? ¿No estarían pensando, acaso, que ellos habían iniciado una revolución democrática sólo para que cayera en manos comunistas? Ellos no podían creer que la democracia norteamericana dijera mentiras para aplastar una revolución democrática, pues ellos habían creído siempre que la democracia era una sola y que todos los demócratas de todos los países luchan por los mismos principios. Yo conocía a esos hombres y sabía que eran inocentes en los vaivenes de la política y por eso mismo no se daban cuenta de que en la democracia norteamericana, como en la de todos los países democráticos, abundan los funcionarios que no creen en la democracia.

Es el caso que cuando el Embajador Martin me afirmó que los Estados Unidos no aceptarían un gobierno presidido por Caamaño —y era muy importante que los Estados Unidos reconocieran el nuevo gobierno dominicano, pues sólo con ese reconocimiento podíamos lograr el de los demás países de América—, yo respondí diciendo que teníamos la posibilidad de devolver al Dr. Molina Ureña a su cargo de Presidente constitucional. Entonces se produjo un cambio de opiniones que duró unos diez minutos. El Embajador Martin sostenía que no era posible sacar al Dr. Molina Ureña de la Embajada. Y yo decía que si la infantería de marina quería hacerlo, podía hacerlo. Al fin, el señor Martin telefoneó a Washington y volvió para decirme que él creía que podía lograrse el restablecimiento del Dr. Molina Ureña. Fue entonces cuando me preguntó: “¿Would you return to advise and assist in rebuilding the country?”.

La pregunta era demasiado extraña. La noche anterior el Embajador Martin me había dicho francamente, con el pretexto de que mi vida corría peligro, que no podía volver a mi país; dos días antes el señor Fortas había respondido con el silencio a mi petición de un avión para ir a Santo Domingo; siete días antes el Sr. Arthur Bresenzky (ignoro si escribo el nombre correctamente), segundo secretario de la Embajada de los Estados Unidos en la República Dominicana había dicho a gritos que yo no podría volver a mi tierra. Por otra parte, ¿con quién hablaba el Embajador Martin por teléfono? ¿Sería con el Subsecretario Mann? La forma de la pregunta era cuidadosa e implicaba saber si yo iría a mi país después de establecido y afirmado el gobierno del Dr. Molina Ureña, no en ese mismo momento.

De mi respuesta podía depender que el plan que estábamos comenzando a discutir fracasara o tuviera éxito. Me había sido fácil darme cuenta, durante esos días dramáticos, de que lo que menos podía gustarle al señor Mann era la idea de que yo pudiera volver a mi país. Respondí: “No, no puedo. Si retornara, yo sería el Presidente”. Con lo cual quería darle a entender al Embajador Martin que yo no iría para no crear una situación difícil al posible gobierno del Dr. Molina Ureña.

El embajador Martin volvió a telefonear a Washington y la noticia de que yo no volvería a Santo Domingo debió ser recibida con agrado porque la negociación avanzó después rápidamente. Hubo una llamada de Washington para el Embajador Martin y éste comenzó a tomar apuntes. Poco después se acercó a mí y al Rector Benítez y empezó a dictar condiciones: yo tendría que dirigir al pueblo dominicano un mensaje cuyos puntos eran tales y cuales; en el primero, yo tenía que declarar que la revolución había caído en manos comunistas y debía por tanto justificar el desembarco de fuerzas militares norteamericanas. Desde luego, aunque el señor Martin dijo cuáles eran los puntos restantes, no los pude oír, tan asombrado me hallaba.

Para explicar mi asombro debo decir que yo conocía al Embajador Martin, sabía que era un hombre sensible, capaz de comprender sentimientos y actitudes que frecuentemente no comprenden los funcionarios diplomáticos de su país; me sentía amigo suyo y me siento amigo suyo, pues tengo el hábito de conservar mis sentimientos de amistad más allá de todo choque de ideas o intereses, y sabía a ciencia y conciencia que Martin respetaba mi derecho a ser digno y mi decisión de conservarme digno por encima de todo. ¿Cómo, pues, hallarle explicación a su proposición de que declarara que la intervención era legítima, que la fantástica carga de falsedades propagada contra la revolución constitucionalista dominicana era legítima? Colocado en circunstancias opuestas, yo nunca le hubiera propuesto al Embajador Martin nada parecido.

Mi asombro creció de punto cuando al decirle al señor Martin que no podía decir eso, que yo era un líder dominicano y el líder político de esa revolución —que se había hecho para que yo volviera al poder en mi país—, el señor Martin respondió que yo tenía que hacer esa declaración.
“Me perdona, Embajador, yo no soy funcionario norteamericano y por tanto a mí no se me puede dictar desde Washington lo que debo hacer. Comprendo que Ud. defienda los puntos de vista de su país, pero yo tengo que defender los del mío”, le dije.

En ese momento intervino el Rector Benítez. En esas negociaciones, como en las conversaciones con el señor Fortas, como en negociaciones más importantes que se llevaron a cabo después, el Rector Benítez intervenía siempre a tiempo para romper puntos muertos, y en todos los casos lo hizo con una altura de miras y un don de expresión tan adecuado que se ganó siempre mi admiración. Rápido, vigilante, ágil para interpretar la diferencia esencial entre la psicología norteamericana y la latinoamericana, siempre leal al mismo tiempo a su nacionalidad norteamericana y a su temperamento y a su sensibilidad latinoamericanos, el Rector Benítez actuó en todo momento con honestidad, capacidad y brillantez. El Rector Benítez acabó convenciendo al Embajador Martin de que yo tenía razón.

Pasaba de la una de la tarde cuando me senté a escribir el mensaje para el pueblo dominicano, en el cual, desde luego, protestaba de la intervención norteamericana en mi país. A eso de las dos entregué el original al Embajador Martin y me despedí de él. Al día siguiente me informaban de Santo Domingo que horas después de habernos separado, el Embajador Martin estaba conferenciando con el general Antonio Imbert y le había pedido que formara una junta de gobierno; dos días después me daban detalles de cómo el Embajador Martin invitaba a prominentes ciudadanos dominicanos a la casa de Imbert y trataba de convencerlos de que aceptaran ser miembros de la junta en formación.

En cuanto a mí, directamente o por medio del Rector Benítez, no supe más del Embajador Martin. Se desvaneció al despedirnos, y cuando tuve noticias de él fue a través de su artículo en Life; un artículo escrito muy deprisa, a juzgar por los olvidos y las confusiones en que abunda.

Puerto Rico,
11 de junio de 1965

Ir arriba


. La República Dominicana: causas de la intervención militar norteamericana del 1965/Juan Bosch

Al cumplirse veinte años de la última intervención armada de Estados Unidos en la República Dominicana, que se inició el 28 de abril de 1965, los dominicanos que luchamos por la liberación de nuestro país debemos hacernos una pregunta que hasta ahora nadie ha hecho.

Al formularla la concibo así: ¿Qué fines perseguía en verdad el gobierno del presidente Lyndon B. Johnson cuando éste dio la orden de iniciar la operación intervencionista? ¿Qué había detrás de la agresión militar de que fue víctima el movimiento constitucionalista iniciado el día 24 de abril de ese año? ¿Qué llevó a los altos funcionarios del gobierno de Johnson y al propio Johnson a decir que habían resuelto enviar tropas a la República Dominicana porque el levantamiento militar y popular del 24 de Abril era comunista y Estados Unidos no podía tolerar la implantación de otro gobierno como el de Cuba en América Latina, y sobre todo en la región del Caribe? ¿Era cierto que los altos funcionarios del gobierno estadounidense y el propio jefe de ese gobierno creían en la naturaleza comunista del levantamiento constitucionalista de una parte de las Fuerzas Armadas dominicanas o actuaron con ese pretexto pero por otras razones?

En el libro Dictadura con Respaldo Popular (Publicaciones Max, Santo Domingo, segunda edición, febrero de 1971, pp. 78 y siguientes), yo hacía referencia a los muchos años de la lucha antitrujillista y daba nombres de personas que se habían destacado en ella, “sin embargo”, decía, “esa lucha sólo tuvo éxito cuando el gobierno de los Estados Unidos, en tiempos del presidente Eisenhower, decidió organizar a la todavía dispersa oligarquía dominicana a fin de que ésta matara a Trujillo y tomara el poder”.

Con un salto sobre un párrafo que no tiene nada de documental, copio a seguidas lo que seguía, que eran datos precisos nunca antes dichos en el país y nunca desmentidos a pesar de que fueron publicados en julio de 1969 en la revista Ahora, que era en esos años la más importante y en consecuencia la publicación no diaria de más circulación en el país; y lo que seguía era esto: “El encargado de realizar ese trabajo fue un coronel retirado de apellido Reed, quien llegó a Santo Domingo y se puso en contacto con algunos comerciantes importadores de artículos norteamericanos e ingleses. A través de uno de esos comerciantes, Reed alquiló una casa en las vecindades del hipódromo Perla Antillana; desde esa casa se dominaba el palco donde se sentaba Trujillo cuando iba a presenciar alguna carrera. En esa ocasión el dictador iba a ser cazado con un rifle de mira telescópica, pero el plan fracasó porque por alguna razón desconocida Trujillo dejó de ir al hipódromo”.

El episodio que conté con esas palabras ocurrió a mediados de 1960 y el comerciante que gestionó el alquiler de la casa desde la cual iba a dispararse contra Trujillo fue Antonio Martínez Francisco, cuyo nombre no mencioné en 1969 porque todavía a esa altura del tiempo eran muchos los protegidos de Trujillo que mantenían vigencia militar en el país y yo no debía exponer a Martínez Francisco al peligro de ser eliminado por uno de ellos, sobre todo si se toma en cuenta que fue él, Martínez Francisco, quien me dio detalles sobre la actividad del coronel Reed, si bien debo decir que a Reed lo había conocido en Washington en la ocasión en que pasé por esa ciudad de viaje hacia Europa, y él, sin ofrecerme datos concretos, me dijo que en 1960 había estado en la República Dominicana para darle cumplimiento a órdenes que había recibido de funcionarios del gobierno de su país. Dicho eso, paso ahora a copiar los párrafos del libro que seguían a los datos referidos.

“A través de Antonio Martínez Francisco, el coronel Reed le propuso al general Rodríguez Reyes que encabezara un complot cuya finalidad sería matar a Trujillo. El general Rodríguez Reyes se negó a organizar el complot o a participar en cualquier tipo de acción contra “el jefe”, y Reed y sus amigos dominicanos temieron que Rodríguez Reyes los denunciara; sin embargo, el hombre que poco más de dos años después iba a caer en Palma Sola no los denunció”.

“Los trabajos de Reed en la República Dominicana se prolongaron hasta muy avanzado el año de 1960. En ese tiempo el coronel retirado norteamericano conoció a mucha gente, y de una manera o de otra fue conectando a esa gente, de modo que cuando salió del país ya estaba prácticamente formado el núcleo de lo que iba a ser el sector llamado a dirigir a la oligarquía nacional en el campo político”.

“Lo que podríamos llamar “el plan Reed” operaba a favor de una ola antitrujillista que estaba siendo estimulada por la crisis económica que se había desatado en los Estados Unidos en 1957 y se había profundizado en Santo Domingo debido a los gastos suntuosos de la Feria de la Paz y se agravó a causa del bloqueo del régimen trujillista acordado en San José de Costa Rica en agosto de 1960. En el orden político, la crisis se manifestaba al nivel de todas las capas sociales. La juventud de la mediana y la alta pequeña burguesía, impresionada por el asesinato de los invasores del 14 de Junio, se organizaba clandestinamente; la escasa burguesía nacional estaba asustada por la magnitud de la crisis económica; los obreros y los campesinos pobres sufrían por la falta de trabajo y el encarecimiento de la vida; una parte de la baja pequeña burguesía y del proletariado de las ciudades comenzó a ser organizada por los líderes del MPD, que habían llegado de Cuba. Trujillo reaccionó con violencia ante esa ola de actividades contra su régimen que se extendía por todo el país; mató a centenares de luchadores, entre ellos a las hermanas Mirabal; llenó de presos la cárcel de La Victoria, inició la persecución del sacerdocio católico; apretó de manera despiadada las tuercas de su régimen, cuya estabilidad confió a la maquinaria de terror que dirigía Johnny Abbes García”.

“El coronel Reed se fue del país y, al mismo tiempo que él, se fueron a los Estados Unidos algunos de los oligarcas que habían estado trabajando con él. Pero el plan norteamericano no quedó abandonado. La Radio Swan fue puesta a la orden de algunos dominicanos; periódicos y revistas de Norteamérica recibieron instrucciones de destacar las noticias desfavorables al sistema de Trujillo; algunos jóvenes de los que trabajaban en Santo Domingo fueron protegidos y sacados del país cuando se tuvieron pruebas de que Abbes García había ordenado su detención, y los funcionarios del consulado general de los Estados Unidos en el país –pues las relaciones diplomáticas habían quedado suspendidas después de la Conferencia de San José de Costa Rica– siguieron haciendo contacto con los grupos oligárquicos. Esta situación duró, por lo menos, hasta el día en que el gobierno norteamericano abandonó completamente el plan de organizar el asesinato de Trujillo”.

“Ese abandono se produjo cuando ya Kennedy estaba en el poder. La invasión de Cuba había terminado en el fracaso de Bahía de Cochinos y era altamente peligroso sumarle a ése un nuevo fracaso en la explosiva zona del Caribe. En el caso de Bahía de Cochinos, Kennedy había salvado la cara diciendo que él cargaba con la responsabilidad de los hechos, ¿pero cómo hubiera podido salvarla de nuevo si Trujillo salía inesperadamente diciéndole al mundo que había descubierto un complot para matarlo y presentaba pruebas de que ese complot estaba dirigido desde Washington? ¿No había sido una acusación similar —la de que él había tratado de matar a Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela— la que se había usado para acordar en la Reunión de Costa Rica el bloqueo de la República Dominicana? Dada la naturaleza policíaca del gobierno de Trujillo la conjura podía ser descubierta en cualquier momento y la Casa Blanca podía quedar ante el mundo como un nido de mentirosos empedernidos que al mismo tiempo organizaba expediciones contra Fidel Castro porque era comunista y planes de asesinato de Trujillo porque era un fanático anticomunista”.

“La retirada de Reed no detuvo, sin embargo, la marcha de los acontecimientos que iban a desembocar en la muerte de Trujillo. Hasta el momento no se han presentado pruebas de que los que intervinieron en el atentado del 30 de mayo de 1961 tuvieron contacto con Reed o con los norteamericanos que permanecieron en Santo Domingo después de la salida del coronel retirado. Sólo se sabe que un norteamericano, el dueño del colmado Wimpy —si es así como se escribe el nombre de ese comercio—, introdujo en el país algunas de las armas que se usaron en esa ocasión. De todos modos, si los conjurados tuvieron esos contactos, el hecho no le resta méritos a lo que hicieron, pues enfrentarse al dictador para matarlo no era un juego de niños. Por otra parte, cualquiera persona puesta en su lugar habría actuado de manera insensata si hubiera rechazado la ayuda que podían ofrecerle los yanquis. En la situación en que se encontraban ellos y el país, toda ayuda era buena aunque procediera del infierno”.

“Desde el punto de vista político, lo que tuvo importancia trascendental en esa ocasión no fue que los conjurados del 30 de mayo contaran con la ayuda norteamericana, si es que la tuvieron; lo realmente importante fue que el gobierno de los Estados Unidos, encabezado entonces por el demócrata John F. Kennedy, se aprovechó de la profunda crisis económico-política del país —la más seria que había conocido el país desde el año 1916— para darle a la oligarquía, que todavía era políticamente incapaz de tomar los mandos del país, la consistencia organizativa necesaria a fin de que a la muerte de Trujillo pudiera tomar el poder y lo usara en perjuicio del pueblo y en beneficio, sobre todo, de los intereses norteamericanos”.

“En los sucesos que se han dado en Santo Domingo a partir de la muerte de Trujillo puede verse con claridad absoluta y con detalles nítidos cuál es el papel que juegan los Estados Unidos en la formación y la consolidación de los frentes oligárquicos. Fueron ellos los que formaron el frente oligárquico dominicano entre 1960 y 1961, y en ese frente, como en todos los de América Latina, ellos pasaron a ser, desde el primer momento, el miembro más poderoso. Como representante político de ese frente formaron la Unión Cívica Nacional, cuya organización fue planeada en Washington con la participación de Donald Reid (Cabral) y (José Antonio) Bonilla Atiles. El primer vehículo de propaganda de la Unión Cívica fue una estación de radio de New York que estaba al servicio del gobierno norteamericano”.

Lo que dije desde París en artículos escritos en el mes de julio de 1969 vino a ser confirmado por el periodista Víctor Grimaldi al darles publicidad en el diario La Noticia del 19 de abril de este año (1985) a documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos que consultó en la Biblioteca John F. Kennedy de Boston y en los archivos del Consejo Nacional de Seguridad de Lyndon B. Johnson, en Austin, Texas. En esa publicación Grimaldi dice que “el presidente demócrata John F. Kennedy estaba de acuerdo con su antecesor, el presidente republicano Dwight Eisenhower, en el sentido de que la tiranía trujillista podría provocar una resistencia que diera paso a un movimiento revolucionario similar al de Fidel Castro (en Cuba). Por tanto, tal como lo revelan los documentos oficiales norteamericanos, Kennedy también comprometió al gobierno de su país en los planes para eliminar a un “anticomunista a ultranza” como Trujillo con el propósito de que el fanatismo de ultraderecha no facilitara los planes de los simpatizantes de Fidel Castro que pudieran haber en el país (República Dominicana) por aquella época”.

Trujillo fue muerto el 30 de mayo de 1961, y Víctor Grimaldi halló en la Biblioteca John F. Kennedy documentos que “revelan que el 5 de mayo (de ese año) se reunió el Consejo Nacional de Seguridad para analizar la situación de la República Dominicana, Haití y Cuba”. Ese día, refiere Grimaldi, el teniente general Earle G. Wheeler le envió al mayor general Chester Clifton Junior, ayudante militar del presidente Kennedy, un memorando —el número DJSM-546-61— que decía: “Si las circunstancias de la República Dominicana requieren el uso de fuerzas de los Estados Unidos, los planes requeridos están en las manos de las unidades que participarán, y las fuerzas están listas. Los comandantes apropiados de las fuerzas asignadas del Comando del Atlántico han sido alertados de que puede haber problemas en la República Dominicana”, y luego describe esas fuerzas diciendo que incluían 14 destructores, un Phibron con un batallón menos una compañía y un escuadrón de aviones de combate.

Esos documentos revelan que veinticinco días antes de que Trujillo fuera muerto a tiros mientras salía de la ciudad de Santo Domingo en dirección hacia San Cristóbal el presidente Kennedy estaba listo para actuar militarmente en la República Dominicana si los acontecimientos que esperaba se darían en este país requerían de una intervención armada de Estados Unidos, y revelan también que lo que haría el demócrata John F. Kennedy seguía la misma línea de acción que había establecido su antecesor inmediato, el general Dwight Eisenhower, cuyo gobierno dirigió el acuerdo de San José de Costa Rica mediante el cual el gobierno de Trujillo fue económica y diplomáticamente aislado del resto de los Estados de las dos Américas por haber tramado el asesinato del presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt. El 3 de junio, tres días después de la muerte de Trujillo, el gobierno de Kennedy envió a las costas dominicanas nada menos que 40 unidades navales; y en noviembre de ese año, cuando Ramfis, el hijo de Trujillo, y un grupo de altos oficiales de su confianza se negaban a salir del país tras haber dado muerte a los sobrevivientes de la conjura que culminó en la muerte del dictador, John F. Kennedy envió otra flota a la cabeza de la cual se hallaba nada menos que el portaviones Intrepid.

Lo que un observador, que no tiene que ser necesariamente muy sagaz, puede sacar en claro de la identidad de actuación ante el caso dominicano de un gobierno estadounidense republicano y otro demócrata se resume en pocas palabras; esos dos gobiernos, el de Eisenhower y el de Kennedy, fueron en su política exterior, por lo menos en la región del Caribe y hasta cierto punto en el Sudeste Asiático, partidarios de la aplicación de la Doctrina Truman pero no pudieron ejecutarla como lo haría Johnson lo mismo en el Caribe que en Viet Nam. Kennedy trató de aplicar esa llamada doctrina en Cuba y fue derrotado por la decisión de los cubanos, no porque dispusieron de más elementos de guerra que los invasores llevados por el gobierno norteamericano a Bahía de Cochinos; Johnson la puso en práctica en la República Dominicana pero fracasó de manera humillante cuando quiso ejecutarla en Viet Nam, y fracasó a tal punto que su empeño en mantener la guerra en la antigua Indochina le costó el poder puesto que no se atrevió a presentar su candidatura presidencial para un segundo período dada la oposición del pueblo de los Estados Unidos a esa guerra y al gobernante norteamericano que la llevaba a cabo. Conviene tener presente que también Nixon fue partidario de la aplicación en la política exterior de su país de la Doctrina Truman, que ha sido en resumen la de llevar la guerra sin limitación alguna a cualquier país que se proclame socialista lo mismo si está situado en tierras del Nuevo Mundo, como sucedía con Chile, que si se halla en los confines de África, como es el caso de Angola y Etiopía; y naturalmente, el más empecinado en la aplicación de lo que dictaminó Harry S. Truman cuando proclamó, el 12 de marzo de 1947, la llamada Doctrina de la Guerra Fría, nombre con que la bautizaron los periodistas de varias partes del mundo, es Ronald Reagan, para quien la misión de Estados Unidos es destruir el socialismo dondequiera que se establezca o se tema que lo haga, y destruirlo mediante el uso del poderío militar, tal como hizo él en Granada.

De este breve resumen con que expongo, no juicios sino hechos, brota una comparación con lo que estuvieron haciendo los gobiernos norteamericanos antes de la Segunda Guerra Mundial y desde fines del siglo pasado cuando usaban sus fuerzas armadas para arrastrar a países militar y económicamente débiles a su hegemonía económica; esto es, lo que varias generaciones de latinoamericanos han conocido con el nombre de imperialismo. En la etapa imperialista los gobiernos estadounidenses usaban su poder militar para explotar las riquezas naturales y el trabajo humano de países pequeños, lo mismo si estaban cerca de su territorio —Cuba, Nicaragua, Haití, la República Dominicana, Puerto Rico, Panamá—, como si se hallaban a distancias de varios días de navegación, que era el caso de Guam, Hawai y Filipinas. La explotación requería previa ocupación militar, que en algunos casos acabó siendo ejercida por una mezcla de tropas metropolitanas y policías o soldados naturales del territorio ocupado como sucedió en Puerto Rico, territorio español en el Caribe que ha sido convertido en una colonia aunque toda su población tenga la ciudadanía norteamericana, incluyendo entre los ciudadanos al gobernador de la isla, o en un Estado de la Unión, como es el caso de Hawai.

Tenemos, pues, que en los años del imperialismo llegaban primero los soldados, casi siempre miembros de la Infantería de Marina, y tras ellos los banqueros, los comerciantes; los agentes económicos de la intervención militar, a los que seguían los agentes religiosos, pastores de iglesias protestantes, y los agentes culturales que tenían a su cargo demostrar que en ningún pueblo de la Tierra se vivía con más holgura y seguridad que en Estados Unidos, el paraíso de los ambiciosos donde cualquiera podía hacerse millonario.

Ahora, en la época de las empresas transnacionales no hay necesidad de tomar por medio de las armas un territorio dado porque los llamados inversionistas de dólares tienen a su servicio gobiernos interesados en que se instalen en sus países; ahora la agresión militar se lleva a cabo por miedo, un miedo pavoroso a que el comunismo se expanda por las porciones del mundo desde las cuales puede penetrar en Estados Unidos o puede cercar la tierra del dólar y esterilizarla de tal manera que en ella se acaben los multimillonarios.

Ocurre, sin embargo, que la intervención se ejecuta por miedo al comunismo pero se afirma mediante la instalación de empresas industriales, bancarias, comerciales que se hacen al favor del poder militar interventor y del debilitamiento del poder político del país ocupado. Ese es el caso de la República Dominicana, que fue ocupada por las Fuerzas Armadas estadounidenses por miedo a que en el país se estableciera el comunismo y acabó siendo convertida en una neocolonia suministradora de trabajo asalariado barato, de facilidades para montar negocios, lo mismo industriales como la Gulf and Western o la Falconbridge que financieros como el Bank of America, el City Bank o el Chase Manhattan Bank.

En la etapa que podría denominarse de invasión de empresas capitalistas norteamericanas en un país que ha sido agredido militarmente el gobierno estadounidense se convierte en el agente introductor de las empresas, y en algunos casos ese gobierno es representado por los funcionarios más altos. Así, por lo menos, sucedió en la República Dominicana, donde la Gulf and Western Incorporated, que figura en la conocida lista de Fortune en lugar destacado entre las 500 multinacionales más importantes de Estados Unidos, fue introducida por recomendación directa del presidente Johnson ante el presidente Joaquín Balaguer cuando los dos jefes de Estado se reunieron en Punta del Este, Uruguay, en el mes de abril de 1967. La Gulf and Western inició sus negocios en el país comprando las instalaciones del Central Romana a su propietaria, la South Porto Rico Sugar, y en menos de diez años se había convertido en una potencia industrial, comercial y financiera dueña de negocios de todo tipo entre los cuales estaban, además de la producción y venta de azúcar y furfural, de frutos tropicales, de cemento, grandes instalaciones turísticas con aeropuerto propio, zonas francas y una firma financiera.

La Gulf and Western Industries es un ejemplo de empresa neocolonial establecida mediante el uso del poder estatal de su país de origen, pero es necesario decir que el poder estatal norteamericano no se mantiene en la República Dominicana alimentado únicamente por el peso en la economía de Estados Unidos que tienen empresas como ésa; se mantiene primordialmente por la autoridad que impone el poderío militar de aquel país sobre las Fuerzas Armadas dominicanas. Para la generalidad de las personas, tanto en nuestro país como en los de Europa, América Latina y Estados Unidos, la intervención armada de 1965 terminó cuando las tropas norteamericanas retornaron a sus cuarteles en Puerto Rico y Norteamérica, y sin embargo no sucedió así porque la reorganización de las fuerzas militares dominicanas fue impuesta por los interventores y los que quedaron en las posiciones de mando de esas fuerzas fueron hombres escogidos entre los que habían demostrado lealtad a los principios ideológicos del Pentágono cuyos representantes aquí serían los miembros de la Misión Militar norteamericana. Naturalmente, en casos similares hay siempre excepciones y las hubo también en la República Dominicana, pero en número muy limitado.

El ejercicio de la autoridad militar de Estados Unidos en nuestro país ha tenido muchas manifestaciones y a seguidas vamos a exponer algunas de las más ostensibles porque las que se han hecho de manera encubierta aparecerán en público sólo cuando sea posible examinar sin limitaciones los documentos secretos que se guardan en los archivos del Pentágono y del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense.

De las actuaciones conocidas, la más importante fue la misión encabezada por el general Dennis McAuliffe, jefe del Comando Sur (Zona del Canal, Panamá) del Ejército de Estados Unidos, formada por él y por varios coroneles que llegaron al país a cumplir órdenes del presidente Antonio Guzmán, quien, tomó posesión de la presidencia de la República el 16 de agosto de 1978 y se proponía retirar a los numerosos jefes militares que en la noche del 16 al 17 de mayo de ese año habían puesto en ejecución un plan para sustraer la documentación de las elecciones que se habían celebrado el día 16. Los documentos habían sido llevados a la Junta Central Electoral donde estaba haciéndose el conteo de los votos emitidos y las noticias en que se daba cuenta de ese conteo eran transmitidas por estaciones de radio, razón por la cual pasada la media noche empezó a conocerse que los resultados estaban siendo favorables al candidato presidencial del Partido Revolucionario Dominicano, el señor Antonio Guzmán, y a eso de las 3:30 de la mañana entraron al local de la Junta Central Electoral fuerzas militares que se apoderaron de la documentación y la llevaron a lugares controlados por ellos.

A raíz de ese hecho se declaró en la jefatura de la Policía que el ganador de las elecciones había sido el presidente Joaquín Balaguer, quien mantenía el poder desde hacía años con apoyo político, económico y militar de cuatro gobiernos norteamericanos: los presididos por Johnson, Nixon, Ford y Carter. El Dr. Joaquín Balaguer había sido elegido presidente en el año 1966 con el beneplácito del gobierno de Johnson, quien le dio toda suerte de respaldo incluyendo el envío desde Miami en aviones que aterrizaban en la base aérea de San Isidro, a 15 kilómetros de la ciudad de Santo Domingo, cargados de urnas llenas de votos falsos; en las elecciones de 1970 no figuró el Partido mayoritario de la oposición, el Partido Revolucionario Dominicano, debido a que el gobierno no ofrecía garantías de ninguna especie a los activistas electorales de ese partido, y en las de 1974 el PRD se retiró 24 horas antes por la misma razón; pero en las de 1978 la situación había cambiado porque el PRD había abandonado del todo, desde fines de 1973, su línea de oposición a la Gulf and Western y en general a la política de entrega de las tierras y las minas del país a empresas norteamericanas, y con ese abandono pasó a ser la organización política favorita del gobierno de Estados Unidos, que estaba encabezado en 1978 por Jimmy Carter. Carter en persona dirigió el operativo político y militar destinado a sacar del poder al Dr. Balaguer y llevar a él a Antonio Guzmán y en poco tiempo consiguió que el Dr. Balaguer accediera a reconocer la victoria electoral de Guzmán si a él se le atribuía la victoria en cuatro provincias donde su partido había perdido las elecciones, con lo cual él pasaba a tener mayoría de un asiento en el Senado.

En el orden político, Carter aceptó la propuesta de Balaguer y con él la aceptó Guzmán, pero tanto Carter como Guzmán se reservaron el uso del poderío militar norteamericano para mostrarlo en el momento mismo en que Guzmán pasara a ser presidente de la República Dominicana, y así se hizo con el envío del general McAuliffe y varios coroneles del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos cuya misión fue ejecutar, pidiéndoles a los afectados que las aceptaran, las órdenes de retiro de varios generales y coroneles dominicanos considerados políticamente adictos al Dr. Balaguer, Posiblemente con esa operación se inició una nueva etapa en el uso del poderío militar estadounidense en condición de instrumento de dominación política en países neocoloniales.

La supervisión de la situación militar y política del país por parte del Pentágono ha estado a cargo, desde agosto de 1978, del propio general McAuliffe, quien volvió a la República Dominicana poco después de su primera visita; del general Robert B. Tanguy, comandante de la División Aérea Sur de la Aviación y vicecomandante en jefe del Comando Sur con asiento en Panamá. El general Tanguy se reunió con el presidente Guzmán el 9 de septiembre de 1979. El 29 de enero de 1980 llegó el mayor general Robert L. Schweitzer, director de Estrategias, Planes y Políticas del Ejército, quien en declaraciones a la prensa dominicana dijo que había venido a brindar apoyo para combatir la subversión comunista y para “fortalecer con nuestros amigos de la República Dominicana las acciones políticas, sociales, económicas y militares que podamos hacer juntos frente a esa amenaza comunista”, y afirmó que Estados Unidos “sabe bien la posición estratégica que tiene la República Dominicana, especialmente porque está ubicada entre el Canal de la Mona y el Paso de los Vientos y ésa es una razón por la que todos los barcos que se dirigen al Canal de Panamá necesitan pasar por aquí”.

Apenas mes y medio después, el 14 de marzo, llegó el almirante y general de cuatro estrellas Harry D. Train, jefe de la flota, y también él hizo declaraciones sobre el peligro del “avance del comunismo”; el 12 de mayo vino el teniente general Wallace Nutting, nuevo jefe del Comando Sur del Ejército con sede en Panamá; el jefe de la Fuerza Aérea del mismo Comando, el general James Walters, se reunió el 30 de septiembre con el presidente Guzmán; el 1º de junio de 1981 llegó, en condición de enviado especial del presidente Reagan, el teniente general retirado Vernon Walters, conocido como agente político-militar al que se le atribuye estar muy versado en los problemas políticos y militares de la región del Caribe.

El general Robert L. Schweitzer volvió al país al comenzar el mes de agosto de 1983 en calidad de presidente de la Junta Interamericana de Defensa y se entrevistó con el presidente Jorge Blanco; menos de dos meses después, el 27 de septiembre, vino acompañado de varios oficiales el mayor general William E. Masterson, vicecomandante en jefe del Comando Sur y comandante de la División Aérea de ese Comando en Panamá; el 19 de marzo de 1984 llegó el almirante Ralph Hedge, jefe de la Fuerza Naval de Estados Unidos en el Caribe, y un año después, el 19 de marzo de 1985, llegó el jefe de la Flota Atlántica y del Comando Naval de Estados Unidos, almirante Wesley McDonald, quien declaró en rueda de prensa que Estados Unidos intervendría militarmente el país si el gobierno dominicano lo solicitaba y si las circunstancias del momento lo aconsejaban; reafirmó el respaldo militar norteamericano a la República Dominicana e hizo los consabidos señalamientos anticomunistas. El presidente Jorge Blanco, a quien el militar estadounidense no había visitado, por lo menos públicamente, visitó el portaviones Nimitz, en el cual viajaba el almirante McDonald.

Aunque parezca innecesario, debo decir que las visitas de los jefes militares mencionados en estas páginas fueron acompañadas de exhibiciones de poder naval y aéreo porque en la mayoría de los casos vinieron al país en transportes de guerra que eran aviones o portaviones, fragatas y destructores armados de cohetes, todo lo cual se ha estado haciendo para dejar en el ánimo de los militares dominicanos, y por lo menos de una parte de nuestro pueblo, la idea de que el poderío militar de Estados Unidos es invencible.

En resumen, lo que surge de un análisis de las causas que dieron origen a la intervención armada de Estados Unidos en la República Dominicana iniciada el 28 de abril de 1965 con el pretexto de que en nuestro país se había producido un levantamiento comunista es la convicción de que con esa acción Estados Unidos dejó atrás la etapa del imperialismo impulsado por razones económicas que había sido su política de penetración y dominación mundial desde fines del siglo pasado hasta mediados del actual y pasó a actuar en el terreno militar en forma de agresión armada defensiva por miedo a la instauración del comunismo en territorios que el capitalismo norteamericano consideró desde los tiempos de Monroe reservas destinadas a ser usadas por él.

La Revolución Rusa no alarmó a los capitalistas estadounidenses mientras no apareció en uno de esos territorios que habían sido considerados reservas para ser explotadas por ellos. La alarma primero y el miedo después a ese sistema social, político y económico que reemplaza al capitalismo apareció en Estados Unidos cuando quedó instalado en Cuba, y aun desde antes, puesto que fueron las sospechas de que la Revolución Cubana era comunista lo que provocó la formación de la fuerza expedicionaria llamada a penetrar en Cuba por Bahía de Cochinos.

El miedo del gobierno de Eisenhower al establecimiento de un régimen comunista en Cuba llevó al gobierno revolucionario cubano a apoyarse en la Unión Soviética, primero económicamente y después en la ayuda militar, única manera de sobrevivir a las amenazas políticas y las medidas económicas que le llegaban de Estados Unidos y por fin a la convicción de que por órdenes del presidente Eisenhower la CIA estaba organizando una fuerza armada de cubanos que habían pasado a vivir en Estados Unidos.

La expansión del llamado comunismo, que en realidad es socialismo y puede tardar hasta cien años en pasar a ser comunismo, aterra a los capitalistas de Estados Unidos y con ellos a sus representantes políticos a tal punto que una isla minúscula del Caribe como es Granada le pareció al gobierno del presidente Reagan un continente gigantesco lleno de cohetería y toda suerte de armas imbatibles destinadas a aniquilar no sólo el poderío sino la población entera de Norteamérica. En la República Dominicana, donde el año 1965 no había cien comunistas, el miedo de Johnson y de todos los altos funcionarios de su gobierno dio lugar a la intervención armada cuyas causas se estudian en estas páginas, pero esa intervención creó una fecha histórica, y con ella una bandera de lucha por la liberación nacional alrededor de la cual se organizan los mejores hijos del pueblo.

En el escudo de esa bandera figuran los mártires de 1965 y dos nombres de jefes militares que entraron en la historia nacional: Francisco Alberto Caamaño y Rafael Fernández Domínguez.

A ellos dedica el autor estas páginas.

Santo Domingo, R. D.
18-19 de abril, 1985.
Editora Alfa y Omega, 1985, primera edición.

Ir arriba


. La Revolución de Abril/Juan Bosch

Los hechos que tienen importancia en la vida de un pueblo no pueden verse aislados, y por esa razón no podemos hablar de la Revolución de Abril aislándola del resto de la historia dominicana como si ésta hubiera comenzado el día antes del 24 de abril de 1965. Es más, la Revolución de Abril no puede analizarse ni siquiera a partir del 25 de septiembre de 1963, fecha en que se dio el golpe de Estado que derrocó el gobierno constitucional de ese año.

Podemos decir que el golpe de 1963 fue el antecedente inmediato de la Revolución de Abril, pero para juzgar correctamente el estallido de 1965 habría que ir mucho más atrás porque todos los acontecimientos históricos tienen raíces múltiples y algunas de ellas nacen mucho tiempo antes de lo que se ve a simple vista. Esto que acabamos de decir es lo que explica que a la hora de analizar cada momento de la historia debemos partir del conjunto de los hechos anteriores.

Una de las raíces del 24 de Abril se encuentra en la ocupación norteamericana de 1916, pero sucede que esa ocupación militar de 1916 tuvo su origen en otros acontecimientos, y todos ellos tienen sus raíces en la falta de un desarrollo económico, y por tanto social, que le diera al pueblo dominicano la base material indispensable para mantener la independencia del Estado y con ella la seguridad del régimen político propio del sistema en que nos propusimos vivir.

Durante mucho tiempo el pueblo dominicano ha pretendido vivir organizado como una sociedad capitalista sin que llegara a serlo. Eso es lo que explica que comenzara su vida política con una revolución burguesa, que es así como debe ser calificado el movimiento del 27 de febrero de 1844. Esa revolución burguesa no iba cuajar ni en todo el siglo pasado ni en los primeros dos tercios de éste porque no se formó la clase social que debía impulsarla, sostenerla y beneficiarse de ella. Lo cierto es que la revolución burguesa dominicana existió como un fantasma en la mente de la pequeña burguesía que se levantó contra los haitianos en el 1844, contra Báez en 1857, contra los españoles en el 1863 y aparentemente contra el Triunvirato el 24 de abril de 1965. La existencia fantasmal de esa revolución en la mente de la pequeña burguesía nacional compensaba la imposibilidad de que se estableciera un Estado burgués real en un país que no podía ofrecerle a ese tipo de Estado las bases materiales sin las cuales no podía sostenerse. Fue la ocupación militar norteamericana de 1916, ocurrida 72 años después del 27 de febrero de 1844, la que creó esas bases materiales necesarias, absolutamente indispensables, para que en la República Dominicana comenzara a desarrollarse una clase burguesa, y sólo una clase burguesa podía hacer la revolución burguesa que no pudieron hacer ni los trinitarios de Juan Pablo Duarte ni los azules de Gregorio Luperón.

Las bases materiales

Las bases materiales de que estamos hablando sin mencionarlas eran las que debían crear las condiciones para que se mantuviera con vida el Estado burgués.

¿Cuáles eran ellas? En primer lugar, las comunicaciones. El país no estaba comunicado y por tanto no era un país sino un conjunto, no precisamente homogéneo, de varios países pequeñísimos que se distinguían hasta en la manera de hablar la lengua española. Un campesino del Sur no hablaba igual que uno del Cibao y éste no hablaba como los llamados pororós de la región de Yamasá. El país no estaba unido ni en lo geográfico ni en lo económico ni en lo social ni en lo político. Por ejemplo, la región de la Línea Noroeste era a principios de este siglo un territorio autónomo bajo el control de algunos jefes de armas encabezados por Desiderio Arias. El general Arias y sus seguidores controlaban la aduana de Monte Cristi y con los fondos que recibían de esa aduana fortalecían su poder militar comprando armas en Haití, de manera que en el aspecto práctico, si no legal, y dentro de límites muy pequeños, el general Arias era el jefe de un Estado que tenía bajo sus órdenes a una población y disponía de una fuerza armada para hacer respetar esas órdenes y recaudaba dinero con que mantener funcionando el aparato militar y el burocrático civil de su pequeño Estado.

El caso de la Línea Noroeste era excepcional porque otras regiones no llegaban al grado de autonomía que ella tenía; pero sucedía que el aislamiento de las diferentes partes del país impedía que el poder del Estado nacional llegara a todos los lugares con la rapidez y la fuerza necesaria para imponer la autoridad pública en todas partes cuando era necesario hacerlo, y esa incapacidad se traducía en una situación de anarquía latente que se convertía en activa con mucha frecuencia, en forma de levantamientos armados que a menudo eran de pocos hombres pero en número suficiente para quebrantar la paz pública y alarmar al país o a una región.

Por ejemplo, antes de que se inaugurara el trencito que viajaba de Sánchez a La Vega era difícil llegar al corazón del Cibao desde cualquier punto del Sur a menos que se tomara el camino de San Juan de la Maguana a Constanza y de ahí a La Vega, de donde podía irse a San Francisco de Macorís o a Moca, haciendo toda la ruta a lomo de mulo o caballo. Desde la Capital podía irse al Cibao, también en caballo o mulo, por la vía de Cotuí y La Vega o por Puerto Plata, adonde se llegaba en buque o goleta, y después de haber sido inaugurado a fines del siglo el tren de Puerto Plata a Santiago, se podía ir de este último punto a otros del Cibao usando bestias de silla. De todos modos, el transporte de cargas o personas de una región del país a otra cualquiera era costoso e inseguro, entre varias razones, porque no se sabía en qué lugar una recua cargada de telas o de tabaco o cacao iba a tropezar con un cantón guerrillero. (Recua era un número de caballos o mulos superior a tres que se dedicaban al transporte de mercancías entre dos o más sitios, digamos, de la Capital a San Cristóbal o de Moca a Puerto Plata; y cantón era el punto en que se reunía un grupo de gente armada durante un tiempo más o menos largo, pero siempre de más de un día).

Con la excepción de los pocos kilómetros de carreteras que se habían hecho en el gobierno de Ramón Cáceres, el país estaba incomunicado excepto en los dos sitios donde había trenes, y un viaje por las regiones donde no había aquellos pocos kilómetros de carreteras o esos trenes era toda una hazaña, sobre todo si se hacía en épocas de lluvia. Esa situación empezó a cambiar cuando el gobierno militar norteamericano comenzó a construir las carreteras del Este y del Sur, y la del Cibao, que llegaba hasta la frontera haitiana por la Línea Noroeste. Antes de eso en la mayor parte del territorio nacional se vivía como 200 ó 300 años antes, en los días en que la sociedad que ocupaba la porción Este de la isla no se había organizado en Estado ni soñaba hacerlo.

El gobierno militar norteamericano que construía esas carreteras no lo hacía porque quisiera hacerles un servicio a los dominicanos sino porque dos de ellas penetraban en Haití y Haití estaba ocupado también por las fuerzas de los Estados Unidos; la del Este recorría la zona de los ingenios azucareros en los que había inversiones yanquis, y por último, sólo si disponíamos de buenas carreteras podríamos convertirnos en compradores de automóviles y camiones fabricados en los Estados Unidos y de gasolina hecha con petróleo de Pennsylvania.

Una burguesía

Ahora bien, lo que tiene importancia para el análisis histórico que estamos haciendo no es quiénes construyeron esas vías de comunicación sino el hecho de que ellas eran indispensables para que en la República Dominicana pudiera establecerse un Estado real, no fantasmal; un Estado capaz de tener el dominio de su territorio y de la población que lo habitara; pero debemos aclarar que por sí solas, las carreteras no formaban la base material para la existencia de un Estado que pudiera acercarse a lo que debe ser un Estado burgués. Era necesario que se hicieran otras cosas, y el gobierno militar norteamericano las hizo cuando formó una fuerza armada que tendría la capacidad militar indispensable para asegurar el funcionamiento continuo, y en todos los puntos del país, del aparato del Estado.

El país había tenido ejércitos, pero pequeños, que no podían hacerles frente a levantamientos armados capaces de desatar ataques simultáneos en diferentes lugares, y naturalmente, ninguno podía tener esa capacidad antes de que se construyeran las vías que debían poner en comunicación a las diferentes regiones. En el siglo pasado, la más eficiente de todas las organizaciones militares que había conocido la República fue la que creó Ulises Heureaux, y en este siglo lo fue la que formó el gobierno de Ramón Cáceres; pero ninguna de las dos podía tener la rapidez de movimientos y la capacidad de penetración en todas las regiones del país que tuvo la Policía Nacional Dominicana, creación de los interventores norteamericanos que el pueblo bautizó con el nombre de la Guardia, quizá porque así era como le había llamado a la Guardia Republicana de los días del presidente Cáceres.

La Guardia que crearon los ocupantes militares de 1916-1924 vino a ser el ejército que el país no había tenido. No hablamos de su posición ideológica o política ni de su conducta sino de su capacidad para moverse por todo el país y por tanto para hacerse sentir como instrumento militar del Estado en cualquier rincón, por alejado que estuviera de los centros urbanos.

Sin que se cumplieran esas condiciones no era posible que se desarrollara una burguesía dominicana puesto que no podía haber sociedad burguesa nacional donde no había un Estado nacional, y tendrían que pasar muchos años antes de que sobre las bases materiales creadas por la ocupación militar norteamericana de 1916 pudiera establecerse un Estado burgués. En los Estados Unidos y en Europa la burguesía creó sus Estados, pero aquí el Estado fue una creación de los hateros, y al reaparecer después de la anexión a España, fue obra de la pequeña burguesía; de ahí la debilidad congénita que lo llevó de tumbo en tumbo a ser anulado en 1916 por el poder militar norteamericano y a quedar convertido en 1930 en un servidor de Rafael Leónidas Trujillo que se valdría de él para hacer al mismo tiempo y en 31 años la acumulación originaria y la acumulación capitalista que en otros países habían sido hechas a lo largo de 200 y más años por las burguesías de los Estados Unidos y de Europa.

En la República Dominicana hay quien cree que la existencia de una burguesía comercial constituye toda una burguesía, y no es cierto. Políticamente hablando, una burguesía está formada por sectores dedicados a todas las actividades económicas: a la comercial, a la industrial, a la financiera; pero también tiene sectores técnicos, profesionales, políticos, y en el orden ideológico, militares, pues sin militares que piensen, sientan y actúen como burgueses no puede tener vida el Estado burgués.


II

Nueve años antes de que desembarcaran en el puerto de Santo Domingo los infantes de marina norteamericanos que iban a iniciar la etapa histórica de la ocupación militar, se publicaba en España (porque en el país no había imprenta que pudiera hacerlo) un Directorio y Guía de la República Dominicana en cuya página 127 hallamos estas cifras acerca del producto nacional del año 1905: “Para comprar en el extranjero la importación... $3,000,000”; para “pagar los derechos de importación... $2,000,000; consumo de comestibles y artículos nacionales durante un año, a diez centavos diarios por cabeza, 600,000 habitantes... $2,190,000. Total, $7,190,000. De esos estimados el autor sacaba las siguientes conclusiones: “Tenemos, pues, que los habitantes de la República han tenido que producir, para cubrir sus gastos, y sin computar ganancia alguna, $7,190,000, y agregaba: “El valor del trabajo intercambiado dentro del país asciende, por este cálculo, a $2,190,000, y el de enviado al extranjero y pagado en derechos de importación a $5,000,000, total en que calculamos sin escudriñar mucho, el verdadero valor de las exportaciones conque fueron cubiertas esas sumas”.

¿Qué exportamos ese año de 1905? Azúcar, 33 mil toneladas métricas; 80 mil quintales de tabaco; 278 mil de cacao; 21 mil 300 de café; 400 mil racimos de guineos; 1 mil 433 galones de ron; 7 mil cajetillas de cigarrillos; 190 quintales de almidón y 92 de maíz; 2 mil 355 reses; 666 caballos; 15 mulos; 3 burros; plátanos, 14 mil millares; cueros de reses, 822 mil y de chivos 158 mil; cera, miel de abejas, cabuya, cocos secos, pencas de palma, cana, conchas de carey, rabos de vacas, madera de 17 tipos. Con esos renglones de exportación, y en esas cantidades, nuestro comercio exterior no podía ser más pobre, y el interior no podía ser más rico que el exterior. La medida de la pobreza del último la dan los precios de las tierras fértiles de que se hablaba en las páginas 130 y 131 del Directorio, en las cuales se leen estas palabras: “Por doscientos pesos oro americanos puede obtenerse en la República la propiedad, absolutamente libre de todo impuesto, de una caballería de tierra donde se producirían a maravilla todos los frutos tropicales... La caballería dominicana consta de 1,200 tareas... (Ese precio es de los) más altos, porque hemos querido referirnos a terrenos próximos a embarcaderos o a vías de comunicación económica. Existen en todo el país terrenos inmejorables, en cuanto a sus condiciones de fertilidad, que se venden hasta a cuarenta pesos oro americano la caballería” (o sea, a menos de 17 centavos la tarea en el primer caso y a menos de 4 centavos la tarea en el segundo).

Bajo desarrollo social

Pero podían conseguirse buenas tierras sin comprarlas, y el autor del Directorio lo explica diciendo que “Uno de los medios más expeditos y económicos de adquirir la propiedad de terrenos adaptables a la agricultura y la pecuaria, consiste en la compra de unos cuantos pesos de los llamados terrenos comuneros, grandes extensiones de tierras indivisas, cuyos títulos de propiedad no representan su valor, sin acciones del terreno”. Y agrega: “En una porción de terreno comunero valorada en dos mil pesos oro, el tenedor de una acción de diez, por ejemplo, está legalmente capacitado para consagrar a los cultivos que desee toda la parte de aquella que esté desocupada, y para aprovechar en su propio beneficio como copropietario, todo lo que exista en dichas tierras, excepción hecha, naturalmente, de aquello que se deba a labores de otro u otros de los demás copropietarios”.

Desde esos tiempos estaban liberadas de impuestos las empresas industriales, y el autor del Directorio (que era una persona conocida y cónsul general de la República en España durante muchos años) lo explica diciendo en la página 247 de su libro que el azúcar no pagaba ningún derecho de exportación y que “De ventajas muy análogas gozan las diversas fábricas de jabón, de fósforos, de cigarrillos, de velas, esteáricas, de sombreros de paja, de zapatos, de licores, de medias y calcetines de algodón, de fideos, refinerías de petróleo”, lista muy exagerada en todos sentidos puesto que en el mismo párrafo se dice que salvo la industrial del azúcar, todas las demás “están todavía en período de ensayo, si se tiene en cuenta su relativo desarrollo”.

En cuanto a la “refinería de petróleo”, basta ver la fotografía que aparece en el Directorio (pág. 247) para darse cuenta de que no había tal refinería ni cosa parecida, aunque a los dominicanos de 1905 debió parecerles algo fenomenal el conjunto de tres edificaciones de madera con techos dobles de zinc y tres tanques corrientes que se ven en esa foto rodeados de vegetación rústica debido a que la supuesta refinería se hallaba en pleno campo. A partir del grabado de la fabulosa refinería, el Directorio se dedica a hablar de las maderas dominicanas y de las fortunas que ganarían explotándolas los capitalistas extranjeros que quisieran dedicarse a ese negocio.

Estimar los habitantes del país en 600 mil para 1905 era un tanto arriesgado porque el autor del Directorio no podía partir de una base sólida para hacer cálculos de población dado que desde el siglo XVIII no se había hecho censo general, y sin embargo su estimación no estaba lejos de la verdad puesto que el empadronamiento de 1920, hecho por el gobierno militar norteamericano, dio un total de 895 mil; de ellos, 31 mil vivían en el municipio de la capital. Para ese año de 1920 teníamos, pues, 18 habitantes por kilómetro cuadrado, y de haber tenido en 1905 los 600 mil que decía el autor del Directorio habrían sido 12 por kilómetro cuadrado. En cualquiera de los dos casos, 18 ó 12 personas por kilómetro cuadrado era una población demasiado pequeña para que pudiera producirse en ella el alto grado de división del trabajo que se requiere para que una sociedad como la nuestra pudiera ser llamada capitalista. Es más, si para 1920 los habitantes de la Capital eran 31 mil, hay que pensar que en 1905 no podían ser más de 20 mil, y como en ambos casos se incluían los vecinos de la zona rural, hay que convenir en que la ciudad propiamente dicha tenía en esos años menos población de la que indican esas cifras; y es fácil imaginarse qué tipo de actividad económica podía haber donde el mercado consumidor era tan pequeño. Más aún, para el año 1920 la capital de la República no tenía todavía acueducto ni se habían hecho planes para construirlo, entre otras razones, porque, ¿de dónde iba a salir el dinero necesario para hacerlo?

Esa era la situación del país, objetivamente hablando, desde el punto de vista del desarrollo social, y ese escaso desarrollo social era un reflejo del escaso desarrollo material. El nivel de ese desarrollo era tan bajo que la poca población que teníamos vivía en gran parte incomunicada como explicamos en el artículo anterior, y a la vez que ese escaso desarrollo material se reflejaba en un pobre desarrollo social, éste contribuía a mantener el estado de atraso material. Esta brevísima y somera descripción de lo que era la República Dominicana en los primeros años del siglo XX debería ser suficiente para explicarnos la no existencia de una burguesía si entendemos por tal no a unos cuantos comerciantes aislados entre sí sino a toda una clase que tiene varios sectores y por tanto varias manifestaciones socio-económicas y políticas, tal como lo enseñó Marx, de manera tan magistral, en Las Luchas de Clases en Francia de 1848 a 1850.

Ejército y Estado

La falta de una burguesía llevó al fracaso a la revolución burguesa dominicana de 1844, a la de 1857, a la de 1863, a la que se produjo a la muerte de Ulises Heureaux. El último episodio de esa revolución iba a darse en abril de 1965, y sería aplastado por el poderío norteamericano. Pero debemos tener presente que los Estados Unidos pudieron actuar en esa ocasión como lo hicieron porque en 1965 la burguesía dominicana no había cuajado aún en el orden político, si bien ya estaba en el camino de hacerlo, y en consecuencia el Estado burgués no se había desarrollado al extremo de que pudiera resistir la embestida yanqui.

Al abandonar el país en julio de 1924, las tropas norteamericanas dejaron echadas las principales bases materiales para la existencia real, no fantasmal, de un Estado burgués dominicano. Fundamentalmente, esas bases eran un sistema de comunicaciones extendido por las regiones más importantes, un ejército de tierra formado por oficiales profesionalizados y clases y soldados contratados para servir durante un tiempo dado por un salario establecido, un sistema impositivo que garantizaba la recaudación de los fondos necesarios para mantener el funcionamiento del Estado en su doble aspecto civil y militar.

Pero esas bases materiales de un Estado burgués tenían que ser usadas por una burguesía que todavía no se había formado. Los ingenios azucareros eran en su mayoría propiedad de extranjeros y los contados que no lo eran se manejaban como si lo fueran porque formaban parte de un conglomerado que funcionaba para provecho de capitalistas no dominicanos, pues si bien la economía nacional recibía de ellos algún beneficio en forma de ingresos para los dueños de colonias de caña y de jornales para los contados dominicanos que trabajaban en otras tareas (carreteros, agentes de orden, empleados, de oficinas y bodegas) y en cierta actividad comercial en La Romana, San Pedro de Macorís y Barahona, el grueso de los pagos en salarios y sueldos iba a manos de extranjeros (haitianos, cocolos, norteamericanos y puertorriqueños) que trataban de vivir haciendo las mayores economías posibles para llevárselas a sus países cuando volvieran a ellos una vez acabada la zafra. No había, pues, una burguesía industrial azucarera, salvo en el caso de los tres ingenios de los Vicini, que para 1916 y aún para 1920 se consideraban italianos y enviaban a Italia una parte importante de sus beneficios, si no la mayor. Todavía en 1937 los 13 ingenios del país usaron, entre empleados y obreros, 23 mil personas, de las cuales 22 mil no eran dominicanas. En ese año había algún que otro establecimiento industrial, pero el número mayor eran talleres artesanales, y lo demuestra el hecho de que los 1 mil 329 negocios censados como industrias tenían en promedio 7 personas trabajando a pesar de que entre ellos se hallaban los ingenios azucareros, cada uno de los cuales tenía en promedio 1 mil 800.

En 1924, al irse del país, los ocupantes norteamericanos dejaron echadas las bases materiales del Estado burgués, pero no había una burguesía que pudiera aprovecharlas. Para integrar una burguesía dominicana faltaban aún la burguesía industrial, la financiera, la técnica, la política y la militar. Esta última es la que forma la raíz y el tronco de un Estado burgués, así como el ejército proletario es el que forma la raíz y el tronco del Estado socialista.


III

En Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, Engels dice que “como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase… es por regla general, el Estado de la clase más poderosa, y de la clase económicamente dominante, que, con la ayuda de él [el Estado, nota de JB], se convierte también en la clase políticamente dominante”, y explica que con ese dominio político adquiere “nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida”.

Como dijimos en el artículo anterior, al irse del país en julio de 1924, los ocupantes militares norteamericanos dejaron echadas las bases materiales que se necesitaban para que pudiera tener existencia real, no imaginaria, un Estado burgués dominicano. En el año 1924 y los que le siguieron hasta que se presentó, a fines de 1929, la crisis mundial del capitalismo, ese Estado sólo podía ser el instrumento de poder económico y político de los terratenientes y los comerciantes puesto que todavía no había burguesía industrial dominicana, y en ese momento empezó a surgir en el panorama político el hombre que iba a sustituir en el control del Estado a esa inexistente burguesía industrial, y más tarde a la también inexistente burguesía financiera; y pudo surgir porque la ola de la gran crisis lo halló situado en el mando de la fuerza armada del país, y en todas partes la fuerza armada es, como habíamos dicho antes, la que forma la raíz y el tronco de un Estado, sea burgués o sea socialista. Estamos hablando, como debe suponerlo el lector, de Rafael Leónidas Trujillo, a quien iba a tocarle adquirir, con la ayuda del poder del Estado, “nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida” dominicana.

En el caso de Trujillo se reprodujo, aunque siguiendo vías diferentes, el de los hijos de los reyes absolutos, que heredaban la corona y con ella la autoridad sobre el Estado, lo que los convertía en fuerzas políticas tan poderosas que podían, como dijo Engels, actuar con independencia de las clases que mantenían luchas entre sí. Esos hijos de los reyes absolutos actuaban dentro de un contexto histórico dado y Trujillo lo hizo favorecido por circunstancias históricas que se dieron en la República Dominicana debido a que en un momento determinado coincidieron en la República Dominicana las fuerzas generadas por su propio atraso material, con sus consecuencias de atraso social, cultural y político, y las que impulsaban a los Estados Unidos en su impetuosa carrera imperialista. Para que se comprenda lo que acabamos de decir hay que explicar que antes de un año de haber tomado posesión de la República, el poder interventor decidió, mediante Orden Ejecutiva Nº 47 del 7 de abril de 1917, crear la Guardia Nacional Dominicana, y esa Guardia iba a ser el huevo en que se empollaría la futura dictadura de Rafael L. Trujillo.

La guerra mundial de 1914

El 9 de diciembre de 1919, Rafael L. Trujillo, que había cumplido poco antes 27 años, enviaba una carta a C.F. Williams, coronel comandante de la Guardia, en la que solicitaba un puesto de oficial en ese cuerpo, y nueve días después se le nombraba segundo teniente con un sueldo mensual de 75 pesos, cantidad que sería aumentada a 100 al comenzar el año 1920. En junio de 1921 la Guardia Nacional pasó a llamarse Policía Nacional Dominicana y el segundo teniente Trujillo entró como cadete en la recién fundada Escuela Militar de Haina donde estaría hasta diciembre de 1921; de ahí pasaría a prestar servicios en San Pedro de Macorís y poco después en Santiago, y se hallaba en esa ciudad en octubre de 1922, cuando fue ascendido a capitán según nombramiento firmado por el presidente provisional de la República, Juan Bautista Vicini Burgos.

¿Cómo se explica que en plena ocupación militar norteamericana apareciera de buenas a primeras un presidente provisional dominicano con la autoridad necesaria para ascender a capitán a un segundo teniente de la Policía Nacional?

Se explica porque esa ocupación militar que desintegró el Estado llamado República Dominicana no se produjo por razones estratégicas o políticas sino económicas. La primera guerra mundial había empezado en 1914 y sus campos de batalla fueron desde el primer momento los países europeos productores de azúcar de remolacha, lo que determinaba un alza inevitable, más temprano o más tarde, del precio del azúcar no sólo en Europa sino también en los Estados Unidos.

Esa alza se produciría porque en medio de una guerra los hombres se dedican a matar y a morir, no a producir, a menos que se trate de armas, municiones o todo aquello que los soldados estén necesitando. Naturalmente, junto con el azúcar subirían los precios de los demás frutos del Trópico (el café, el cacao y el tabaco); y subieron, como lo demuestra el hecho de que las exportaciones dominicanas de 1914 fueron de 10 millones 589 mil dólares y las de 1915 subieron a 15 millones 209 mil, o sea, prácticamente la mitad más; pero faltaban cuatro años para llegar al alza espectacular a que se llegaría en los años 1919 y 1920, las que provocarían lo que en nuestro país, Cuba y Puerto Rico se llamó la Danza de los Millones. En 1919, con importaciones de 22 millones 19 mil dólares exportamos 39 millones 602 mil (el saldo favorable fue de 17 millones 583 mil), y en 1920 las exportaciones subieron a 58 millones 731 mil (casi 9 veces lo que habíamos exportado en 1905) y las importaciones fueron de 46 millones 526 mil, de manera que el saldo favorable fue de 12 millones 205 mil, que sumado al del año anterior daba 29 millones 789 mil, 1 millón 707 mil más que el total de los años anteriores a 1919.

Todo ese auge económico fue visto con anticipación por las firmas norteamericanas que negociaban con azúcar, café, cacao, tabaco, y fueron las perspectivas de ganar millones de dólares con los productos dominicanos, y especialmente con el azúcar, las que se usaron en los Estados Unidos para conseguir que con justificación en los desórdenes políticos provocados por el atraso material, y por tanto social y político del país, y con supuestas amenazas a la seguridad norteamericana y al canal de Panamá, se enviaran a Santo Domingo los infantes de marina.

Ahora bien, el auge que había culminado en la Danza de los Millones terminó abruptamente cuando en el año 1921 la exportación bajó más de 30 millones en comparación con la de 1920 y por primera vez desde que se llevaban datos del comercio exterior, la balanza comercial fue desfavorable, y no por poco dinero sino por 3 millones 971 mil dólares. Al año siguiente las exportaciones bajarían a 15 millones 231 mil, esto es, sólo 22 mil dólares más de lo que habíamos exportado en 1915. Los números eran elocuentes: A partir de las bajas que se hicieron sentir a principios de 1921, la ocupación de la República Dominicana pasaba a ser un mal negocio para los capitalistas norteamericanos que la habían propuesto y en consecuencia dejó de tener interés para el gobierno de los Estados Unidos. Por un lado la crisis económica podía provocar en Santo Domingo acontecimientos embarazosos para los políticos de Washington, y por el otro, el pueblo dominicano reclamaba en manifestaciones públicas la salida de los ocupantes, pero al mismo tiempo estaban reclamándola gobiernos, periodistas, escritores de casi toda la América Latina, de manera que tanto en el país como en el exterior estaba creándose un ambiente de descrédito para los intereses yanquis.

Los ascensos de Trujillo

Al comenzar el año 1922, la presencia de la infantería de Marina de los Estados Unidos en Santo Domingo era un motivo de preocupación para los gobernantes norteamericanos. En ese momento Rafael L. Trujillo, segundo teniente de la Policía Nacional Dominicana, de 30 años cumplidos, no podía darse cuenta de hacia adonde lo llevarían los acontecimientos políticos que se derivarían de la crisis económica en que iba hundiéndose el país y de la campaña internacional contra la ocupación militar que estaban llevando a cabo intelectuales como Fabio Fiallo y Max Henríquez Ureña y líderes obreros como José Eugenio Kunhardt.

En el mes de mayo de 1922 hizo viaje a Washington un abogado que representaba en el país a los más importantes intereses norteamericanos. Se trataba de Francisco José Peynado, persona de reconocida habilidad y muy discreta, quien, dadas sus conexiones en los círculos de poder económico de los Estados Unidos, debía entrar en contacto con políticos prominentes que tuvieran acceso a personajes como el secretario de Estado, Charles Evans Hughes, puesto que en poco tiempo fue aprobado el llamado Plan Hughes-Peynado cuya aplicación determinaría la restauración del Estado dominicano y la subsiguiente salida de la fuerza militar interventora. En pocas palabras, la médula del plan consistía en la creación de una especie de comité con poderes de decisión formado por los jefes de los partidos políticos dominicanos cuya función principal sería escoger a un presidente provisional de la República. Ese presidente provisional tendría el encargo de convocar a elecciones en menos de dos años, y las fuerzas de ocupación militar saldrían del país cuando tomaran posesión de sus cargos el presidente de la República y los senadores y diputados elegidos.

El 15 de septiembre (1922), por la Orden Ejecutiva Nº 800, el gobernador militar de Santo Domingo estableció que “la única fuerza armada encargada del mantenimiento del orden público, de vigilar por la seguridad de las instituciones del gobierno de la República Dominicana, de ejercer las funciones de Policía general del Estado y de velar por la ejecución de las leyes de la República” era la Policía Nacional Dominicana; de manera que por mandato del poder ocupante, que actuaba, naturalmente, cumpliendo órdenes de sus superiores, la Policía Nacional pasaba a tener las atribuciones que en todas partes del mundo tiene el ejército, atribuciones que se basan en la posesión del monopolio de la fuerza y por tanto en el monopolio de la violencia organizada de la sociedad. Cinco semanas después (el 21 de octubre) tomaba posesión de su cargo el presidente provisional.

Ese mismo día 21 de octubre Vicini Burgos nombró a los altos jefes de la Policía Nacional y a varios capitanes, primeros y segundos tenientes. Entre los capitanes se hallaba Rafael L. Trujillo, que no había pasado todavía a ser primer teniente. Menos de dos años después (en septiembre de 1924), Trujillo sería ascendido a mayor y el 6 de diciembre, a teniente coronel, jefe de Estado Mayor, comandante auxiliar de la Policía Nacional. Siete meses y medio más tarde Rafael L. Trujillo, pasaba a ser coronel comandante de la Policía Nacional Dominicana; el 13 de agosto de 1927 era ascendido a general de Brigada y el 17 de mayo de 1928 la Ley Nº 928 convertía la Policía Nacional en Ejército Nacional. Al llegar a esa posición, en las manos de Trujillo cayó, de hecho, el poder del Estado, y si algo sucedía, le caerían también en las manos las formalidades que le dan legalidad a ese poder.


IV

La más grande de las crisis conocidas en la historia del capitalismo fue la que estalló el último miércoles de octubre de 1929, que se conoce con el nombre de Miércoles Negro. Esa crisis mencionada en los libros de economía como la Gran Depresión, fue políticamente devastadora en todo el mundo, pero estaba llamada a ser de importancia histórica en la República Dominicana, donde sus primeros efectos iban a coincidir con los de hechos políticos que podrían ser calificados de casuales, en la medida en que se dieron al mismo tiempo que la crisis y sus efectos o que produjeron sus efectos en esa oportunidad, pero pedimos que si se toman por casuales se tenga en cuenta aquella afirmación marxista de que el azar, o sea, la casualidad, es una categoría histórica.

¿Cuáles fueron esos hechos? El primero de ellos fue la reelección del presidente Horacio Vásquez, que a pesar de que había sido elegido en 1924 para gobernar hasta el 16 de agosto de 1928 aceptó la tesis de que su mandato debía ser prolongado por dos años más, lo que se consagró mediante la redacción de una nueva Constitución, la de 1927; pero antes de que terminara el tiempo de la prolongación aceptó ser propuesto para que se le reeligiera por cuatro años, esto es, por un período que iría del 16 de agosto de 1930 al 16 de agosto de 1934. Tanto la llamada prolongación como la propuesta reelección eran manifestaciones típicas del proceso que en países de escaso desarrollo clasista, como era entonces la República Dominicana, lleva al hombre que encabeza las fuerzas sociales desde la jefatura del Estado a sustituir, con el respaldo de esas fuerzas, a la clase gobernante que todavía no se ha formado.

La propaganda reeleccionista iba en aumento y estaba creando una fuerte agitación política que se hallaba en su etapa culminante en los días finales de ese mes de octubre de 1929 debido a que Horacio Vásquez, que para entonces estaba cumpliendo los 70 años, había enfermado a tal punto que debió salir hacia los Estados Unidos para ser sometido a tratamiento médico, e inició su viaje en el momento mismo en que empezaba la Gran Depresión. Al volver al país, el 5 de enero de 1930, los efectos de la crisis se hacían sentir fuertemente en las débiles estructuras políticas dominicanas.

Otro de los hechos sería la ejecución del plan político que iba a poner en manos de Rafael L. Trujillo lo que en el artículo anterior calificamos de las formalidades que le darían legalidad al poder que sobre el aparato del Estado tenía él desde que había pasado a ser el jefe de la fuerza armada del país, que a partir del 17 de mayo de 1928 cambió su nombre de Policía Nacional Dominicana por el de Ejército Nacional.

Del poder militar al poder político

¿Cuál fue ese plan político que pondría en manos de Trujillo las formalidades llamadas a darle legalidad al poder efectivo que tenía en sus manos? Fue el que podríamos bautizar con el nombre de Movimiento Cívico, puesto que así quedó nombrada en la historia de aquellos días la mascarada de levantamiento armado que se inició en Santiago el 23 de febrero de 1930, cuando un grupo de hombres, manejando fusiles que estaban en desuso desde el 1916, tomó la fortaleza de Santiago sin que la guarnición que debía defenderla disparara un tiro.

Aparentemente, el jefe político de ese movimiento era el abogado Rafael Estrella Ureña y el jefe militar era su tío José Estrella, que había tomado parte en varias asonadas de las que se conocieron en el país antes de la ocupación militar norteamericana de 1916; pero en realidad había un jefe militar y político a la vez que dirigía el movimiento en las sombras del anonimato, por lo menos para la generalidad de los dominicanos, y ése era Rafael L. Trujillo, de quien la guarnición de Santiago había recibido órdenes de entregar la fortaleza San Luis sin combatir. Una orden igual le fue dada a un destacamento del Ejército que fue enviado a tomar posiciones entre la Capital y lo que hoy es Villa Altagracia y entonces se llamaba Sabana de los Muertos. Si los militares no dispararon sus armas tampoco tenían necesidad de usar las suyas los hombres del Movimiento Cívico, que entraron en la Capital a bordo de camiones y de automóviles. El sólo grito de “Abajo el gobierno” bastó para derrocar el del presidente Vásquez, que se había asilado en la Embajada de los Estados Unidos después de haber nombrado a Rafael Estrella Ureña secretario de Estado de lo Interior y Policía, que de acuerdo con la Constitución era el llamado a suceder al jefe del Estado en caso de renuncia, muerte o inutilidad de éste.

Estrella Ureña iba a durar cinco meses y medio en su cargo de presidente de la República, pues el papel que le tocaba desempeñar en el plan político que debía culminar el 16 de agosto de ese año consistía en servir de puente para que el poder de hecho que como jefe del Ejército tenía Trujillo sobre el aparato del Estado quedara legalizado al recibir el título de presidente constitucional. Ese título fue alcanzado con una mascarada electoral celebrada el 16 de mayo, que hizo pareja con la mascarada de levantamiento armado llevada a cabo el 23 de febrero. Para dejar bien establecido ese carácter de mascarada debemos decir que nueve días antes de las elecciones, en protesta por la intervención de los militares en el proceso con actuaciones partidistas en favor de la candidatura Trujillo-Estrella Ureña, todos los miembros de la Junta Central Electoral renunciaron a sus cargos. Un día antes de los comicios la Alianza Nacional Progresista, que era la fuerza política opuesta a Trujillo, retiró a sus candidatos de las elecciones, y cuando después del 16 de mayo la Alianza presentó ante la Suprema Corte de Justicia una demanda de nulidad de esas elecciones, hombres armados se apoderaron en pleno día de toda la documentación en que se basaba la denuncia, hecho que se llevó a cabo en presencia de los jueces y del público que se hallaba en el alto tribunal. Pero es el caso que desde el punto de vista formal, y por tanto legal, Rafael L. Trujillo pasó a ser presidente de la República y con la autoridad del cargo iba a convertirse en empresario y beneficiario principal de la instalación del capitalismo industrial y financiero nacional que el país no había conocido en toda su historia.

Ahora bien, esa tarea sería llevada a cabo por Trujillo pero el costo que pagaría el pueblo dominicano serían 31 años de opresión, hambre, sufrimiento de todos los tipos, lo cual era natural si tomamos en cuenta que tal como había dicho Marx en el conocido capítulo XXIV de El Capital, “el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza”; En tanto conglomerado humano, nosotros habíamos sido empujados, sin contar con nuestra voluntad, hacia el campo del sistema capitalista, que se hallaba en estado de formación cuando Colón descubrió la isla en que iba a establecerse la República Dominicana, pero el capitalismo sólo había funcionado aquí de manera aislada en su aspecto mercantil, y aun así era sumamente débil, a tal punto que la gran mayoría de los comerciantes dominicanos no habían pasado nunca, antes de 1930, del nivel de los altos y los medianos pequeños burgueses. Salvo 3 ingenios de azúcar que no figuraban entre los mayores y que habían pasado a manos dominicanas por herencia, todos los demás eran propiedad de extranjeros, como lo era casi todo el comercio más fuerte; no había una sola industria nacional que produjera para el consumo en el país que empleara un número de obreros que llegara a 50, y no había un banco nacional ni se hallaba en ninguna parte un dominicano que supiera cómo funcionaba un establecimiento bancario.

La doble contradicción

En los países avanzados de Europa la burguesía fue haciéndose de capitales y con ellos iba acumulando lo que en el trabajo titulado Carlos Marx llamaría Engels “la riqueza social y el poder social”, y sería mucho tiempo después, “al llegar a cierta fase”, cuando conquistaría también el poder político con el cual iba a convertirse “a su vez, en clase dominante frente al proletariado y a los pequeños campesinos”. Engels afirma que si se comprende ese proceso “—siempre y cuando se conozca suficientemente la situación económica de la sociedad en cada época” (y explica que de esos conocimientos “carecen en absoluto nuestros historiadores profesionales”) “se explican del modo más sencillo todos los fenómenos históricos, y asimismo se explican con la mayor sencillez los conceptos y las ideas de cada período histórico, partiendo de las condiciones económicas de vida y de las relaciones sociales y políticas de ese período...”.

En el caso de la República Dominicana y del papel que jugó en ella la tiranía trujillista hay que partir de una contradicción que se daba en 1930 entre el país y el mundo capitalista del cual era formalmente parte. Esa contradicción consistía en que mientras el mundo en que nos hallábamos insertados era tan avanzado en términos de desarrollo industrial, social, que en algún punto se había pasado al socialismo trece años antes, (concretamente, en Rusia, un país de 60 millones de habitantes), para 1930 nosotros no habíamos entrado aún en la etapa del capitalismo industrial nacional, de manera que hubiera sido un contrasentido que nuestro desarrollo económico y político esperara, para iniciarse, a la formación de una burguesía dominicana que pudiera tomar el poder político a través del control de Estado después de haber acumulado “riqueza social y poder social”. En este país el proceso tenía que llevarse a cabo al revés o no se haría nunca, y al revés significaba empezar tomando el control del Estado para con el uso del poder político pasar a formar una burguesía capaz de darnos sustancia capitalista aunque para eso fuera necesario hacernos chorrear sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza. Sólo así podía resolverse la contradicción entre el país y el mundo capitalista, pero puesto que no teníamos desarrollo capitalista, y eso nos distanciaba de los centros mundiales del capitalismo y también de lugares que sin llegar a ser centros mundiales del sistema se hallaban mucho más avanzados que nosotros y en consecuencia derivaban de sus relaciones económicas con esos centros ventajas que nosotros no podíamos alcanzar, era necesario que para resolver aquella contradicción se incurriera en una de métodos.
Esa contradicción de métodos, ¿cómo podía resolverse? Empezando el desarrollo del capitalismo nacional por donde más alto había llegado el del capitalismo mundial, que era por la formación de monopolios en las principales ramas de la actividad económica. Eso lo hizo Trujillo apoyándose en el poder del Estado, y de esa monopolización se derivó el hecho de que la burguesía trujillista, la primera que llegó al gobierno del país, quedara reducida a Trujillo y sus familiares y allegados y que a pesar de su debilidad cuantitativa fuera poderosa y eficiente para alcanzar sus fines propios.


V

Cuando Trujillo empezó su carrera de creador de monopolios no lo hizo pensando que estaba resolviendo una doble contradicción cuya existencia ignoraba por completo; ni lo hacía porque creyera que con el uso de los poderes que tenía a sus órdenes en su condición de jefe del Estado iba a cumplir un papel histórico. Nada de eso. Lo hizo porque se proponía ser el dominicano más rico de todos los tiempos. Ni por esos días ni en los últimos de su vida llegó él a darse cuenta de que había pasado a ser un burgués; el más completo, en todos los órdenes, de los contados burgueses que había dado el país, y en un sentido estrictamente cualitativo, el único de ellos, puesto que ninguno antes que él había sido un capitalista que operaba en todos los campos del sistema (el terrateniente, comercial, el industrial, el financiero). Trujillo actuaba con una idea clara de lo que quería y de cómo podría conseguirlo, sin que le perturbaran en los más mínimos escrúpulos morales o de otra índole. Pero además de eso, Trujillo resumió en su persona a toda la burguesía histórica puesto que aplicó en la República Dominicana métodos de la acumulación originaria que habían puesto en práctica los conquistadores ingleses de la India doscientos años antes sin que tuviera la menor idea de que habían existido, siquiera, esos conquistadores ingleses, y aplicó métodos de acumulación capitalista que habían usado las burguesías de los Estados Unidos y de Francia en el siglo pasado, a pesar de que no estaba enterado de su existencia.

Sabemos que lo que estamos diciendo va a ser tomado por algunos autocalificados marxistas de este país como elogios a Trujillo, lo que se explica porque esos supuestos marxistas ignoran que un sistema económico-social, cualquiera que sea, se reproduce constantemente en las ideas y la manera de actuar de millones de personas que no saben por qué piensan y actúan como lo hacen, fenómeno parecido al que podemos ver repetido en los autores de varios inventos de orden práctico hechos al mismo tiempo en lugares diferentes del mundo, verbigracia, el caso del cinematógrafo, inventando en Francia por los hermanos Lumiere y en los Estados Unidos por Tomás Edison.

El propósito de establecer un monopolio surge de manera natural en la mente de cualquier hombre que a la vez que aspire a enriquecerse tenga a su disposición la suma de los poderes de un Estado, incluyendo, claro está, el mando de una fuerza militar, y que ejerza esos poderes en un territorio donde abunde un producto de uso general, como es el caso de la sal; y por tanto no debemos sorprendernos de que al disponer de fuerzas militares en la India los ingleses organizaran en aquel subcontinente el monopolio de la sal y que casi doscientos años después Trujillo hiciera lo mismo en la República Dominicana, donde además de sal marina la había también mineral o sal gema y él era el jefe del Estado y el comandante real y efectivo de la fuerza armada.

Los monopolios de Trujillo

Los monopolios trujillistas fueron creados por más de una razón. Una de ellas era la falta de conocimiento de los dominicanos en cuanto se relacionaba con las actividades económicas y otra era la incapacidad del país, dado su estado general y habitual de pobreza, para disponer de capitales de inversión. La competencia era normal en el campo del comercio, pero cuando se entraba en el de las industrias salvo las más elementales, como la fabricación de pan, fideos y jabón, que por otra parte requerían de muy poco capital y de escaso personal, en la República Dominicana no había quien conociera lo que los ingleses llaman el "know-how" indispensable para montar una industria y para administrarla.

En cuanto a la formación teórica o práctica de personal capaz de manejar un banco, para que nos hagamos cargo de la situación del país en los años de 1930 diremos que fue después de la muerte de Trujillo cuando se estableció (en 1963) el primer banco comercial dominicano, y para fundarlo sus promotores le dieron al Banco Popular de Puerto Rico el 20 por ciento de las acciones a cambio de que el banco puertorriqueño les facilitara personal que pudiera formar a los futuros ejecutivos de la empresa; y agregaremos que para que el comercio nacional aceptara sin reservas depositar su dinero en el banco que iba a fundarse, se le puso el nombre de Banco Popular Dominicano, con lo cual se conseguía dar la impresión de que se trataba de algo así como una sucursal del Banco Popular de Puerto Rico, lo que no era difícil dado que en el de Santo Domingo trabajaban varios puertorriqueños (los que se trajeron para formar el cuerpo de empleados); de manera que como puede comprender el lector, no sólo no se disponía de personal dominicano capaz de administrar un banco sino que además, todavía para 1963 los comerciantes del país rechazaban la idea de confiarle su dinero a una institución bancaria que no fuera extranjera.

En el terreno de todos los tipos de negocios, Trujillo fue un monopolista consumado no sólo porque él quería serlo o prefería serlo sino también porque el medio económico-social lo requería y porque la posesión de la suma de los poderes del Estado le proporcionaba los medios indispensables para hacer respetar sus monopolios.

¿Cuáles eran esos medios? En primer lugar, los cuerpos legisladores, o sea, el Senado y la Cámara de Diputados; con ellos a su disposición hacía pasar cuantas leyes necesitara para legalizar sus empresas monopolistas. En segundo lugar, la fuerza pública, y muy especialmente el aparato militar, que tenía la encomienda de hacer cumplir las leyes y de manera singular aquellas cuyo cumplimiento eran de interés para Trujillo, como por ejemplo, la ley que prohibía sacar sal de las salinas marinas del país, pues si esa disposición legal no se cumplía a rajatabla Trujillo no podía establecer el monopolio de la sal mediante la explotación de la única mina de piedras de sal o sal gema que había en la República Dominicana. En tercer lugar el poder judicial, que es, en el aparato del Estado, el que tiene la capacidad de decidir acerca de la aplicación de las leyes.

Antes habíamos dicho que dada la pobreza general de los dominicanos, era difícil que alguien dispusiera de capitales de inversión para establecer industrias, pero Trujillo reunió esos capitales mediante el uso de los métodos de la acumulación originaria, cosa que pudo hacer porque el Estado le había proporcionado los medios que debía usar para llevar adelante ese tipo de acumulación, y llamamos la atención del lector hacia el hecho de que en la medida en que su fortuna aumentaba gracias a la aplicación de esos métodos, aumentaba también su poder político, que estaba vinculado, especialmente en los primeros años de vida de su dictadura, a la capacidad que tuviera Trujillo para resolver problemas económicos personales de muchos dominicanos, especialmente de miembros de las capas de la pequeña burguesía que por sí mismos o por sus familiares y amigos podían ser en un momento factores de importancia en episodios políticos.

Algunos de los monopolios trujillistas se mantuvieron desde el día en que fueron organizados o pasaron a manos de Trujillo hasta el desmantelamiento de la dictadura, que fue llevado a cabo después de la muerte del dictador; así sucedió, por ejemplo, con el de la sal y el de los cigarrillos. Otros se hallaban en proceso de desarrollo y respondían a un nivel alto dentro de las actividades de gran capitalista en que Trujillo tomó parte; tal fue el caso de los ingenios de azúcar; de 14 que había en el país, él se adueñó de 10 y después estableció 2, lo que indica que al morir iba camino de convertirse en el propietario monopólico de la industria azucarera nacional.

Una contradicción

Con Trujillo vivió la República Dominicana una experiencia que debería ser analizada seriamente para sacar a la luz las enseñanzas que hay en ella. Esa experiencia se expresó en la forma siguiente: El dictador introdujo en el país el capitalismo industrial nacional (y también el financiero) y desde ese punto de vista fue el poder que impulsó la etapa más importante del desarrollo capitalista que había conocido nuestra historia, y como tal le tocó ser el más poderoso promotor del desarrollo de las fuerzas productivas que había tenido el país a partir de los tiempos en que comenzó la decadencia de nuestra industria azucarera.

Pero como para desempeñar ese papel necesitó fundar su emporio económico en la existencia de una cadena de monopolios, al mismo tiempo que impulsaba el desarrollo de las fuerzas productivas en un aspecto lo impedía en otro muy importante. Trataremos de explicar inmediatamente a qué se debía esa contradicción.

En el sistema capitalista, el combustible que hace andar el motor del desarrollo es la ambición de los aspirantes a ser ricos. Esa aspiración es el producto y a la vez el origen subjetivo del sistema, puesto que sin patronos no sería posible crear la empresa capitalista. Se acepta como un principio fundamental del marxismo que el trabajador es la más valiosa fuente de las fuerzas productivas, y sabemos que el capitalismo existe porque entre los patronos y los obreros se lleva a cabo un acuerdo mediante el cual los últimos les venden a los primeros su fuerza de trabajo; luego, hay que reconocer que sin la existencia de la burguesía no habría capitalismo, y que es ella quien organiza la producción apoyándose en que el dinero de que dispone la convierte en propietaria de los medios que se requieren para producir cualquier tipo de mercancía; y ése, precisamente, es el privilegio original del cual salen todos los demás que tiene su clase. Ahora bien, para llegar a la categoría de burgués en un país como la República Dominicana, y de manera muy especial en los tiempos de Trujillo, había que partir de un nivel dado en el orden social porque salvo en el caso de los comerciantes ricos, que eran los menos, no había posibilidad de disponer de dinero de inversión para ningún tipo de negocio industrial; y en el caso de los comerciantes, un estudio de los directorios de propaganda hechos en este siglo (la Guía de Enrique Deschamps, del año 1906; el Libro Azul, de dos puertorriqueños anónimos, 1920, y el Álbum de Oro, de los cubanos Monteagudo y Escámez, de alrededor de 1935, únicos en toda la historia del país), nos demuestra que la mayoría de los comercios que teníamos en el año 1906 habían desaparecido en el 1920 y de los que había en 1920 quedaban muy pocos cuando se publicó el Álbum de Oro quince años después.

Las fuerzas productivas de la República Dominicana eran sumamente débiles para los primeros años de la dictadura trujillista, y si Trujillo impulsó su fortalecimiento al establecer un emporio industrial que iba desde la fabricación de cemento y de harina de trigo hasta la creación de una línea aérea internacional, lo hizo porque monopolizó todos los negocios en que intervenía, y con su cadena de monopolios impidió el desarrollo de la burguesía nacional, lo que fue una manera de obstaculizar el desarrollo de las fuerzas productivas del país.


VI

Las revoluciones verdaderas, auténticas, estallan cuando la violencia concentrada de la sociedad impide el desarrollo de las fuerzas productivas. Si el estallido se produce en el momento histórico en que hay que barrer un sistema económico y social que se ha sobrevivido a sí mismo, o sea, que ha durado más allá de lo que le correspondía al tipo de fuerzas productivas que estaban en la base de su existencia, la revolución se presenta con un poder demoledor de todo lo viejo al que nada ni nadie puede resistir, pero al mismo tiempo aparece con un impulso creador de la nueva sociedad que la hace invencible no importa cuánta sea la capacidad de violencia que puedan poner en acción sus enemigos. Eso es lo que explica que la Revolución Francesa, a la que Engels llamaba la Gran Revolución, pudiera enfrentarse a la coalición de todos los poderes europeos, incluyendo entre ellos a Inglaterra, que no era un Estado feudal ni cosa parecida, y que por el hecho de ser el país económica y políticamente más avanzado de los pocos capitalistas que había a fines del siglo XVIII, debió haber sido el aliado de la Francia revolucionaria y no el más ardiente de sus enemigos. La Francia de la Gran Revolución les respondió a esos enemigos con las armas de la guerra y se hizo respetar de todos ellos.

La de Francia fue la revolución burguesa, la de las fuerzas productivas del capitalismo que no podían desarrollarse en todas sus posibilidades porque el poder político seguía estando en manos de la nobleza feudal a través de los reyes absolutos, y como tal revolución burguesa, aparece en la historia como el modelo de todas las que hizo la burguesía. Pero es un modelo si la vemos desde el punto de vista cualitativo, porque a la hora de medir la cantidad de poder destructor y al mismo tiempo de poder creador que ella generó, esa revolución sólo puede ser igualada por la Rusa, que no fue burguesa sino proletaria. Hay muchas formas de manifestación de la revolución burguesa. La de los Estados Unidos se hizo en dos etapas, la primera de ellas en el siglo XVIII y con carácter de guerra de independencia; la segunda, con el de una guerra civil llevada a cabo en la segunda mitad del siglo XIX entre los estados industriales del Norte y los estados algodoneros del Sur.

La revolución burguesa de España tuvo numerosos episodios, la mayor parte de ellos en el siglo pasado y otra parte en este siglo XX, pero su culminación tuvo lugar bajo el aspecto de un levantamiento fascista que comenzó en el año 1936 y se prolongó en la larga dictadura de Francisco Franco, que vino a terminar con la muerte del dictador en noviembre de 1975.

En países como los de la América Latina, donde no se conoció el feudalismo y por tanto la burguesía no podía formarse, como sucedió en Europa, en el seno de ese sistema económico-social, la revolución burguesa tomó las formas más inesperadas y en algunos casos todavía hoy se halla en proceso de desarrollo como podemos verlo en los ejemplos de Haití, Guatemala, El Salvador y otros.

De La Trinitaria a la Restauración

En el caso de la República Dominicana, la pequeña burguesía trinitaria se organizó con el fin de establecer aquí un Estado burgués, pero esa tarea requería como paso previo indispensable la independencia del país, y la conquista de la independencia significaba a su vez un levantamiento armado contra las autoridades militares y civiles haitianas; en suma, que el establecimiento del Estado burgués tenía que ser necesariamente el resultado de una guerra de independencia, algo similar, aunque en una medida mucho más pequeña, a lo que habían hecho las colonias inglesas de América del Norte; esto es, una revolución burguesa bajo la forma de una lucha independentista.

La lucha se llevó a cabo y nació la República Dominicana, pero el pueblo no pudo organizarse políticamente como sociedad burguesa. ¿Por qué? Porque no tenía en su seno una burguesía. La Revolución Francesa fue hecha por una burguesía que venía desarrollándose dentro de la sociedad feudal desde hacía por lo menos cuatro siglos; la guerra de independencia de las colonias inglesas de Norteamérica fue iniciada por burgueses y oligarcas esclavistas cuyos antepasados procedían de Inglaterra de donde habían salido para fundar una sociedad capitalista en el Nuevo Mundo; la revolución burguesa cubana fue iniciada en 1868 con la declaración de libertad de sus esclavos, medida con la cual afirmaron, actuando, su posición ideológica burguesa. Pero en la República Dominicana no teníamos burgueses sino una pequeña burguesía en la que se mezclaban por lo menos tres capas, la alta representada por Juan Pablo Duarte, la mediana representada por Pedro Alejandro Pina y la baja representada por Francisco del Rosario Sánchez; y una pequeña burguesía no podía hacer la revolución burguesa así como un niño de diez años no puede desempeñar el papel de un hombre adulto.

El segundo episodio de la revolución burguesa dominicana fue el levantamiento de Santiago que tuvo lugar el 7 de julio de 1857, cuya justificación política se hizo en un manifiesto de corte claramente burgués, en el cual se afirmaba que el segundo gobierno de Báez había sido el peor del país ya que además de haber hecho todo lo malo que habían hecho los anteriores “quitaba al pueblo el fruto de su sudor, porque en plena tranquilidad pública, mientras el aumento del trabajo del pueblo hacía rebosar las arcas nacionales de oro y plata, mientras disminuidos los gastos públicos, no por disposiciones del gobierno, sino por circunstancias imprevistas... había dado en emitir más papel moneda, y no sólo en emitirlo, sino que no satisfecho con sustraer por ese medio, e indirectamente, parte de la riqueza pública, había sustraído directamente, y en gran cantidad, el resto del haber del pueblo” (Siempre que usaron la palabra pueblo, los organizadores de ese movimiento revolucionario querían decir comerciantes, o sea, se referían a ellos mismos, altos y medianos pequeños burgueses del sector mercantil).

El intento de revolución burguesa de 1857 acabó en un fracaso cuando, incapacitados para derrotar a Báez, que usó contra ella a las capas más bajas de la pequeña burguesía, sus jefes se vieron obligados a reproducir la alianza de los trinitarios y los hateros que había hecho Duarte en 1843. En virtud de esa alianza, retornó al país Pedro Santana, que se hallaba exiliado en Saint Thomas, recibió el mando de las fuerzas revolucionarias, tomó la Capital y se quedó con el poder. Como saben todos los dominicanos que han estudiado la historia del país, el resultado de la vuelta de Santana a la jefatura del Estado fue la entrega de éste a España en el penoso episodio histórico llamado la Anexión.

El movimiento de 1857 fracasó porque era una revolución burguesa iniciada y llevada adelante por la pequeña burguesía comercial del Cibao, de manera que en cierto sentido fue una repetición del fracaso de los trinitarios originado en causas semejantes.

El tercer intento de hacer una revolución burguesa en nuestro país se llevó a cabo al mismo tiempo que se llevaba a cabo la guerra de la Restauración. El nombre de esa guerra nos indica que lo que se perseguía con ella era restaurar el Estado burgués llamado República Dominicana, pero además, en todos los documentos redactados por los líderes políticos que iniciaron y sostuvieron la lucha contra el poder español resplandece la ideología burguesa de sus autores, pequeños burgueses con mayor base doctrinaria que los que formaron la Trinitaria, salvo quizá Juan Pablo Duarte, pero en fin de cuentas pequeños burgueses que pensaban como burgueses y sin embargo no podían actuar como tales.

Hubo un cuarto intento de hacer una revolución burguesa dominicana; un intento que comenzó con la muerte de Ulises Heureaux y terminó con la de Ramón Cáceres. Si vemos la historia de manera superficial nos parecerá que lo que acabamos de decir no tiene sentido, ¿pues cómo se explica que un propósito semejante se mantuviera tanto tiempo, desde mediados de 1899 hasta fines de 1911? Pero es el caso que se mantuvo porque aunque fueran personalistas a tal punto que tenían los nombres de sus caudillos (horacistas y jimenistas), los dos partidos políticos que se disputaban a tiros el poder en todos esos años eran ideológicamente burgueses, y en el caso de los jimenistas o bolos, su fundador, Juan Isidro Jiménes, era un típico comerciante burgués, el único que tuvimos en todo el siglo XIX y los primeros años del XX. Estúdiense las medidas de gobierno de Ramón Cáceres y se verá que todas ellas se dirigían, en un grado que no se había conocido antes, a organizar el país como un Estado burgués. Naturalmente, Cáceres tenía que fracasar, y pagó ese fracaso con su vida, porque a pesar de que intentó hacerlo, no pudo echar las bases materiales indispensables para la existencia de un Estado burgués, tarea que llevaría a cabo el gobierno de la ocupación militar norteamericana de 1916 como explicamos al comenzar esta serie de artículos.

El último intento sería el de la Revolución de Abril, y ése fue el que estuvo más cerca de ser una revolución burguesa; primero, porque ya existían las bases materiales de un Estado burgués, más firmes que las que habían dejado los ocupantes militares de 1916-1924 puesto que Trujillo las había ampliado cuantitativa y también cualitativamente; y segundo, porque en esa ocasión se produjo un estallido de las fuerzas productivas nacionales cuyo desarrollo había sido obstaculizado por la tiranía, que no toleraba la formación de burgueses dado que eso ponía en peligro el aspecto monopolista del capitalismo trujillista.

Trujillo fue a la vez el jefe militar, económico y político del país; cada una de esas tres jefaturas fortalecía a las otras dos, pero las tres se debilitarían si se debilitaba una de ellas. Así lo entendía Trujillo, y de ahí el control de acero que mantenía sobre las fuerzas armadas, sobre la economía del país, que manejaba a través de los monopolios y a través de las instituciones del Estado, que era en última instancia el poder decisivo en todos los aspectos de la vida nacional.

Los aspirantes a burgueses que no pudieron satisfacer sus aspiraciones bajo el régimen trujillista creían en la democracia representativa, que, aunque para ellos no tuviera reacción con el sistema capitalista, era y es la proyección política de ese sistema; pero sus ilusiones quedaron destruidas con el golpe de Estado de 1963. Así pues ese golpe pasó a ser, subjetivamente, un elemento obstaculizador del desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas; de ahí que con él se provocara el último y a la vez el más fuerte intento de revolución burguesa conocido en la historia de nuestro país.

El próximo intento será el primero de la revolución proletaria dominicana.

Imprenta Mercedes, 1981, segunda edición.

Ir arriba


. Discurso pronunciado por Juan Bosch en su juramentación ante la Asamblea Nacional como Presidente de la República Dominicana el 27 de febrero del 1963

El Doctor Segundo Armando González Tamayo y yo acabamos de jurar que desde nuestros cargos de Vicepresidente y Presidente de la República cumpliremos y haremos cumplir la Constitución y las leyes que nos gobiernan; y decimos con propiedad que nos gobiernan, porque en una democracia no debe haber más gobierno que el de las leyes, y los hombres, cualesquiera que sean sus posiciones están llamados a ser sólo ejecutores de esas leyes.

Ahora bien, al mismo tiempo que ejecutores de las leyes, nos toca ser representantes y defensores del pueblo; y en nombre de ese pueblo que esta aquí, frente a nosotros, y también mucho más lejos, en ciudades y en "villorios" apartados, solicitamos del Congreso Nacional las leyes indispensables para afirmar en este país no sólo la democracia política, sino también la democracia económica y la justicia social. De ustedes senadores y diputados elegidos por el pueblo- sean del partido que sean-, el gobierno que se inicia hoy espera un trabajo continuo para darles a los dominicanos un puesto bajo el sol entre los países avanzados de América.

América nos observa con interés y con amor, como lo atestigua la presencia en este acto de gobernantes del Hemisferio y de visitantes distinguidos venidos de todos los confines americanos. Nunca antes se habían reunido en República Dominicana tantos hombres ilustres elegidos por sus pueblos para las más altas funciones de gobierno, tantos líderes de partidos populares, tantos representantes legítimos de la cultura continental. La feliz reunión de estos grandes señores de la política y del pensamiento, a todos los cuales debemos gratitud por el afán que pusieron en ayudarnos a ser libres, es sólo una muestra de ese interés y ese amor con que están mirándonos los pueblos hermanos del Hemisferio. Como país americano, debemos hacer uso inteligente de nuestros recursos políticos para dar a ese interés y a ese amor carácter oficial dentro del sistema regional de pactos y tratados que unen a todo el Continente, si echar en el olvido que los pueblos nuestros quieren actuar juntos en defensa de sus libertades democráticas pero al mismo tiempo tienen un vivo sentimiento de orgullo por el legado de soberanía nacional que recibieron de sus fundadores.

Como país americano nos hallamos en el centro de la gran corriente revolucionaria que está sacudiendo al Nuevo Mundo, y si tomamos en cuenta que esa fuerza poderosa es más potente en países que no pudieron desarrollarse a tiempo debido a que se lo impidieron las tiranías u otras fuerzas sociales negadas al progreso, debemos admitir que en República Dominicana estamos obligados a avanzar de prisa como sea posible hacerlo sin salirnos en momento alguno de las normas democráticas, las cuales exigen que se respete el derecho ajeno, porque si respeto al derecho ajeno no puede haber paz, y sin paz no puede haber bienestar para los millones de dominicanos que reclaman una mejor vida.

Deseamos Paz

Nosotros deseamos la paz política y por eso ofrecimos puestos en el gabinete a cinco partidos. Cuatro se negaron a aceptar esos puestos, y como lo que se inicia hoy es una democracia auténtica, todos debemos respetar la voluntad de esos partidos- Unión Cívica Nacional, Partido Nacionalista Revolucionario, Vanguardia Revolucionaria y Alianza Social Demócrata-, pero el país entero debe saber que nosotros no hemos querido hacer un gobierno sólo a base del partido que ganó las elecciones el 20 de diciembre del año pasado, así como no quisimos formar gobierno sólo a base de los que se aliaron con nosotros antes del día 20 de diciembre. Hemos querido que los que ayer lucharon entre sí estuvieran hoy reunidos dándole a cada uno lo mejor de sus fuerzas al pueblo que es nuestro y es de ellos. No deseamos el poder para gobernar con amigos contra enemigos, sino para gobernar con dominicanos para el bien de los dominicanos.

Un gobernante democrático debe tener oídos abiertos para oír la verdad, ojos activos para ver lo mal hecho antes de que se realice, mente vigilante para que nada ponga en peligro la libertad de cada ciudadano, y un corazón libre de odios, dedicado día y noche sólo al servicio del pueblo. Nosotros juramos aquí, en este día solemne, que si nuestra corta capacidad nos impide tener oídos abiertos, ojos activos, mente vigilante, nuestra naturaleza y nuestra historia les asegura a los dominicanos que tenemos un corazón libre de odios . No espere nadie el uso del odio mientras estamos gobernando. Nosotros estamos aquí con la decisión de trabajar, no de odiar; dispuestos a crear, no a destruir; a defender y a amparar, no a perseguir. Pongamos todos juntos el alma en la tarea de acabar con el odio entre los dominicanos como se acaba con la mala yerba en el campo que va a ser sembrado; pongamos todos juntos el alma en la tarea de edificar un régimen que de amparo a los que nunca lo tuvieron, que de trabajo a los que buscan sin hallarlo, que de tierras a los campesinos que la necesitan, que de seguridad a los que aquí nacen y a todos los que erran por el mundo en pos de abrigo contra la miseria y la persecución.

El mundo en que vivimos parece estar lleno de soberbia y de odios; pero cuando entramos en él con la mirada limpia del que no tiene amarguras, hallamos que millones y millones de personas trabajan en silencio por un mañana mejor. Nosotros los dominicanos debemos unirnos a esa legión de hombres y mujeres que marchan hacia el porvenir, porque si a la criatura de Dios no le fue dada la facultad de rehacer su pasado, le fue dada en cambio la de forjar su porvenir. Y el de los pueblos es obra de sus hijos más que de sus padres, de los que viven y de los que van a vivir, más que de aquellos que rindieron su tarea y se marcharon con los siglos. La otra buena de los muertos, como su obra mala, es propiedad de la historia; pero la obra buena del porvenir es el fruto de las buenas intenciones y de la capacidad para convertirlas en hechos.

Estatua del porvenir

Y nosotros tenemos que convertir en hechos nuestros buenos deseos. Los pueblos dignos, como los hombres con estatura moral, buscan dar, no recibir; buscan ayudar, no pedir ayuda. Si debido a la desgracia que nos abatió durante treinta y dos años hemos tenido que ir por el mundo democrático en solicitud de ayuda, no debemos acostumbrarnos a vivir de ella. La hemos recibido, y la agradecemos con lealtad, como saben agradecer los bien nacidos. Pero preparémonos a bastarnos a nosotros mismos, levantarnos con nuestras fuerzas, a labrar la estatua de nuestro porvenir con manos dominicanas. Así como hubo una época en que demócratas de este país debían andar por el mundo con la frente abatida de vergüenza, así hagamos ahora de tal manera que los demócratas de América levanten la cabeza asombrados para ver como en esta tierra los mismos que antes padecieron la tiranía edifican un hogar para la dignidad, para la libertad, para la abundancia y la cultura.

Nada se obtiene de un día para otro; el mismo Dios según se lee en Génesis, tardó seis días en crear el mundo y en poblarlo de seres vivos, de árboles y de luz, pero todo se logra con el trabajo, con la persistencia y con la fe. Fe y persistencia tuvieron los que establecieron esta República Dominicana en un pedazo de isla y con un pueblo tan mínimo como un sietemesino entre las naciones; fe y persistencia tuvieron los que se lanzaron a la guerra, hace ahora cien años, para conquistar la soberanía perdida; fe y persistencia tuvieron los que lograron que nuestro país volviera a ser libre en 1924; fe y persistencia tuvieron los que lucharon hasta abatir la tiranía. Sin la persistencia y la fe de unos y otros, si su coraje y martirio, hoy no estaríamos reunidos aquí, por eso es justo que en estos momentos volvamos el pensamiento a ellos y les demos gracias con la devoción de hijo por la madre que lo llevó en el seno; pues los héroes de la libertad son como las madres de los pueblos, y como las madres les debemos respeto y amor.

Así como nada se obtiene de un día para otro, nada se obtiene sin luchas. Debemos luchar contra los obstáculos que tiene la República en su camino. Los próximos meses serán de freno para muchos, porque estamos en el caso de evitar que las finanzas nacionales se nos desplomen a causa de gastos sin control. Pero vivimos en un país de grandes riquezas, que vende más de lo que compra, y si los dominicanos colaboran con el gobierno en el propósito de no hacer gastos innecesarios, podemos vernos en poco tiempo si limitaciones para el uso de divisas extranjeras. Así mismo, si ustedes, senadores y diputados, trabajan con tesón, como estamos seguros de que lo harán, para aprobar las medidas que le permitan al gobierno para hacer la reforma agraria y disponer de los medios indispensables para ampliar la producción agrícola, estaremos en capacidad de evitar la inflación que nos amenaza.

Nuestro país es rico y nuestro país es inteligente. Tenemos una tierra fecunda y gente que desea trabajarla. En otros países de América los latifundios mayores se hallan en manos privadas, pero aquí las fincas más extensas son bienes del Estado. Vamos a juntar al hombre con la tierra, al inteligente hombre dominicano con la rica tierra dominicana, y estemos todos seguros de que eso se hará o no habrá democracia en este país.

Los dominicanos comenzamos hoy a ser actores de nuestro drama y América entera está ahí, sobre el Continente, como espectadora anhelante. Trabajemos por nuestro pueblo y por América. Trabajemos con tesón y con humildad. Este día de Juan Pablo Duarte, de Francisco del Rosario Sánchez, de Ramón Matías Mella, a cuya memoria ofrendamos este acto es también, por azar del destino, miércoles de ceniza, al tiempo que se les hace la cruz en la frente, los fieles oyen las palabras eternas: “Recuerda, hombre, que polvo eres y en polvos te convertirás”.

Todos seremos polvo algún día; y de nosotros quedará el recuerdo sólo si le damos a este pueblo y a la América lo que el pueblo dominicano y la América esperan de nosotros.

Tesón y Humildad

Tesón para la lucha y humildad para recibir la opinión de los adversarios y el juicio de la historia, es lo que les ofrecemos a ustedes, visitantes ilustres que han tenido la bondad de venir a testificar que en la República Dominicana están haciendo una democracia; a ustedes representantes de Gobiernos amigos que nos dan el respaldo de su presencia; a ustedes, señores senadores y diputados traídos a esas altas funciones por la voluntad popular, a ustedes, dominicanos de las ciudades y los campos, razón de ser de toda nuestra lucha, objetivos de tesón y depositarios de la humildad que estamos ofreciendo.

Además de eso, ustedes, los visitantes, cuenten con el cariño de este pueblo. Observen que con traje civil o con traje militar, todos los dominicanos les miran con afecto, y recuerden que con traje civil o militar, todos acudieron, cada uno dentro de sus funciones, a garantizar la libertad de hombre y mujeres de esta tierra para votar según su conciencia. Todos ellos, pues, pueblo uniformado en las Fuerzas Armadas y pueblo con su ropa de trabajador o campesino o clase media, dieron el ejemplo inesperado y a ellos y a ustedes el motivo para reunirnos hoy bajo este cielo de un pedazo de América.

Don Rómulo Betancourt, don Ramón Villeda Morales, don Francisco Orlich, don Lyndon Johnson, don Alexander Bustamante, don Luis Muñoz Marín; excelentísimos representantes diplomáticos de países amigos; profesores, escritores, poetas, periodistas, líderes políticos que nos visitan; amigos que han venido de lejos para acompañarnos; a todos ustedes, los que gobiernan pueblos, los que los representan y los guían, los que los embellecen con sus obras, a todos les damos la bienvenida más cordial y a todos les pedimos que de regreso a sus patrias lleven y difundan las palabras con que vamos a terminar este discurso:

“Mientras nosotros gobernemos, en República Dominicana no perecerá la libertad”.

Ir arriba


. La Historia secreta del golpe de Estado de 1963/Juan Bosch

(Publicado en Política: teoría y acción, en septiembre de 1983)

La Historia Secreta del Golpe de Estado de 1963 es un conjunto de tres discursos que el profesor Bosch dijo a través de Tribuna Democrática los días 25, 26 y 28 de septiembre de 1970, al cumplirse siete años del golpe militar que derrocó el gobierno que él presidía, y se publica ahora en POLITICA: Teoría y Acción porque en los trece años que han pasado desde entonces han entrado en la mayoría de edad muchos dominicanos, por lo menos, unos 750 mil, que no conocieron esa historia cuando fue dicha y publicada en varios periódicos hace ahora trece años. Al ponerla a disposición de esta revista para que la publicara en ocasión del cumplimiento de los veinte años del golpe de 1963, el profesor Bosch le hizo algunas pequeñas correcciones pero ninguna de ellas en la descripción de los hechos y sus causas sino sólo en consideraciones políticas sobre la parte que jugó en esos acontecimientos el presidente Kennedy.

Queremos llamar la atención de los lectores sobre un aspecto de ese trabajo que consideramos muy importante, y es que en él se dijo por primera vez que el golpe de Estado de 1963 fue ordenado por la Misión Militar norteamericana, y se dan los datos comprobatorios de esa afirmación, y sin embargo, todavía hoy, a veinte años de aquel día, los políticos dominicanos, y especialmente los del PRD, se refieren a ese episodio de nuestra historia achacándoles la decisión de dar el golpe a los jefes militares dominicanos.

Hay muchos dominicanos, y yo diría que una mayoría de dominicanos, que han estado creyendo durante siete años que los autores del golpe de 1963 fueron los militares que firmaron el documento mediante el cual se declaró derrocado el gobierno que el pueblo había elegido nueve meses y cinco días antes. Pero sucede que muchos de esos militares no tuvieron nada que ver con el golpe. Sus firmas aparecen en la proclama porque estaban en el Palacio Nacional la noche del 25 de septiembre, no porque tomaran parte en los acontecimientos. Es más, algunos llegaron al Palacio sin saber qué era lo que estaba sucediendo allí, cosa, por ejemplo, que le pasó al general Belisario Peguero; otros firmaron la proclama mientras decían que ese golpe era un error que iba a costarle muy caro al país, y tal fue el caso del general Renato Hungría; otros la firmaron porque creyeron que si no lo hacían perderían sus rayas y hasta sus uniformes.

El ex-general Elías Wessin-Wessin declaró hace algún tiempo, mientras se hallaba en los Estados Unidos, que fue él quien derrocó al gobierno constitucional de 1963, y que si tuviera que hacerlo otra vez lo haría de nuevo; pero el ex-general no fue ni el autor ni el jefe del golpe. A él lo llevó al Palacio Nacional el ex-general Atila Luna, a las tres de la mañana, cuando ya la suerte de la República había sido resuelta por otros, y lo mismo que hicieron otros, puso su firma en la proclama sin llegar a darse cuenta de lo que iba a significar la noche del 25 de septiembre en la historia dominicana. Al hacer esas declaraciones que hizo, el ex-general Wessin-Wessin estaba ganando indulgencias con camándula ajena, si bien esas indulgencias no lo eran, y más bien eran todo lo contrario.

Una Historia Desconocida

La historia desconocida del golpe va a ser contada ahora, al cabo de siete años, porque hizo falta todo ese tiempo para que yo fuera reuniendo los detalles, algunos de los cuales estaban guardados en el mayor secreto, como si fueran oro en polvo. Pero en esa historia no voy a referirme a los antecedentes políticos, que reservo para otra ocasión; voy a hablar de los hechos, tal y como éstos se produjeron.

A mediados del año 1963 recibí una llamada telefónica de Juan M. Díaz, un dominicano que vive en New York desde hace por lo menos treinta y cinco años; me dijo que quería verme y llevarme una persona y que se trataba de algo urgente. Le respondí que fuera a mi casa a medio día, y cuando fue me presentó a su amigo: era el ex-general haitiano León Cantave, un hombre alto, claro para ser haitiano, de pelo blanco, que había sido jefe del ejército de Haití en los primeros años del régimen de Duvalier. Díaz y Cantave iban a pedirme que les facilitara medios, armas y una base en territorio dominicano para preparar una expedición contra el gobierno de Duvalier.

Antes que ellos, otros haitianos me habían pedido lo mismo, y entre ésos recuerdo al padre Jacinto, a Pierre Rigaud, a Louis Dejoie; a todos los cuales les había respondido lo mismo que les dije ese día a Juan M. Díaz y al ex-general Cantave: que el gobierno que yo presidía no podía intervenir en los asuntos de otro país porque el día que lo hiciera no tendría autoridad moral para impedir que otro gobierno interviniera en los asuntos dominicanos. "Nosotros", les dije, "estuvimos preparados en el mes de abril para actuar contra Duvalier porque éste invadió con su policía la Embajada dominicana en Haití, y eso se considera en todas partes del mundo como una agresión contra la soberanía del Estado al cual pertenece la Embajada; pero no podemos entrar en actividades ocultas y conspirativas contra Duvalier, porque eso sería intervenir en los asuntos políticos de los haitianos y además es contrario a los principios de un gobierno democrático, pues en el régimen democrático no se hacen ni deben hacerse cosas ocultas.

En el sistema democrático, el pueblo debe estar enterado de lo que haga su gobierno". Debo decir que me sorprendió la rapidez con que Juan M. Díaz y Cantave aceptaron lo que les decía. De hecho, no trataron de convencerme de que debía complacerlos, y se fueron, y yo me quedé pensando en lo rara que parecía su actitud, porque viajar desde New York hasta Santo Domingo para plantear un asunto tan importante e irse sin hacer esfuerzos para conseguir lo que habían venido a buscar era algo que no me parecía normal. Pero como ustedes verán, lo que pasaba era que esa visita tenía un propósito secreto, pues al ex-general Cantave no le hacía falta que yo le dijera que sí ni le importaba que le dijera que no. Por detrás de él había una fuerza poderosa, mucho más poderosa que la del presidente de la República Dominicana. Lo único que necesitaba esa fuerza era usar la visita del ex-general Cantave a mi casa, sin importarle lo que yo le hubiera dicho. Y así fue.

A principios de julio recibí una nota de un haitiano en la que me decía que deseaba verme para explicarme por qué había abandonado el campamento de Sierra Prieta. Me quedé sorprendido al leer la nota, porque no tenía la menor idea de que había un campamento de haitianos en Sierra Prieta, que como ustedes saben está cerca de Villa Mella, y por lo tanto cerca de la Capital. Le mandé decir al haitiano que fuera a verme en la noche, y al hablar con él me enteré de que allí, en Sierra Prieta, había unos 70 u 80 haitianos haciendo ejercicios militares y prácticas de tiro bajo el mando del ex-general Leon Cantave y de algunos ex-oficiales haitianos; y me enteré de algo asombroso, increíble: que eso estaba haciéndose con el conocimiento del ministro de las Fuerzas Armadas dominicanas, el general Elby Viñas Román.

Esa misma noche hice citar a los generales Viñas Román y Renato Hungría. Este último era jefe de Estado Mayor del Ejército. Cuando les pregunté si era verdad que en Sierra Prieta había haitianos haciendo entrenamiento militar, el general Viñas Román contestó que sí, y al preguntar yo que quién había autorizado eso me respondió que él había dado las órdenes porque el ex-general Cantave le había dicho que yo había aprobado esa medida, pero que si yo no estaba de acuerdo con lo que estaba haciéndose daría inmediatamente las órdenes para que los haitianos abandonaran el lugar.

"Claro, general", le dije. "Yo no puedo aprobar nada parecido a eso, y en lo sucesivo, antes de lanzarse a tomar decisiones de naturaleza política, espere órdenes mías y no se atenga a lo que le diga en nombre mío cualquier persona, y mucho menos un extranjero". El general Viñas Román dijo que así lo haría y nunca más volví a oír noticias de haitianos que se entrenaban en nuestro país. Pero ahora, al cabo del tiempo, después de haber hecho las debidas averiguaciones, estoy en condiciones de decir que una semana después del día en que el general Viñas Román me dijo que no volvería a actuar como lo había hecho, el ex-general Cantave estaba de nuevo en Sierra Prieta, entrenando haitianos, entre los cuales había una mayoría de cortadores de caña de los ingenios y algunos soldados de Duvalier que habían cruzado la frontera huyendo del dictador de Haití.

Entre esos supuestos desertores había espías de Duvalier. Por medio de esos espías, Duvalier se hallaba enterado al día de lo que estaba pasando en Sierra Prieta, a pocos kilómetros de la Capital dominicana. Lo que sabía Duvalier en Puerto Príncipe lo sabían aquí los agregados militares de los Estados Unidos, y lo sabía el embajador norteamericano John Bartlow Martin, que después de la intervención de su país en el nuestro escribió un libro enorme lleno de mentiras destinadas a ocultar su papel en esos hechos; pero no lo sabía el presidente de la República Dominicana. Esa vez no apareció un haitiano que me informara de lo que estaba sucediendo, porque los responsables del engaño habían tomado todas las medidas para que yo no supiera la verdad.

Las Guerrillas de Cantave

Como una prueba de carácter político, no documental, de que el plan estaba dirigido desde Washington, voy a dar estos datos: En la noche del 2 de agosto, Cantave y los haitianos que estaban entrenándose en Sierra Prieta fueron embarcados en camiones que tomaron el camino de Dajabón, adonde llegaron temprano el día 3; y ese día 3 los Estados Unidos anunciaron oficialmente que cerraban la misión de la AID en Haití. Esta medida tenía como finalidad hacerles saber a los antiduvalieristas de Haití que los Estados Unidos rompían totalmente con Duvalier, y que por tanto el ataque que iban a llevar a cabo inmediatamente Cantave y sus hombres contra el gobierno de Duvalier tenía el apoyo norteamericano. Los hombres de Cantave fueron llevados hasta la bahía de Manzanillo, en el lugar donde desemboca el río Masacre. Iban con uniformes y zapatos nuevos y con las armas que se les habían cogido en junio de 1959 a los expedicionarios que habían venido de Cuba por Constanza, Estero Hondo y Maimón, con el propósito de derrocar a Trujillo.

Al amanecer del 5 de agosto, los haitianos penetraron en su país a través de unas siembras de cabuya propiedad de una firma norteamericana, llamada Plantación Delfín, donde les tenían preparados camiones y “yipis”. La prensa de los Estados Unidos comenzó a publicar noticias en las que se decía que en el norte de Haití había sublevaciones contra el gobierno de Duvalier y que desde cierto lugar del Caribe habían llegado varias expediciones. Sinceramente les digo que yo no podía sospechar que ese ataque había salido de la República Dominicana. Es más, el Embajador Martin estuvo a verme —recuerdo que era de noche— y cuando le pregunté de dónde creía él que habían salido las fuerzas que estaban atacando Haití me respondió que creía que de Venezuela, a lo que yo le respondí con una pregunta, que fue ésta: "¿Es que en la Florida hay algún lugar que se llame Venezuela?". La Florida, como ustedes saben, es territorio norteamericano, un estado de los Estados Unidos, que es lo mismo que si dijéramos una provincia.

El embajador Martin era —y debe seguir siéndolo— un hombre sin sentido del humor, y sin embargo al oírme se echó a reír. Ahora, cuando sé la verdad, me doy cuenta de que se reía porque le resultaba gracioso engañar al presidente del país ante el cual él representaba al presidente del suyo. Sólo que John Bartlow Martin, como les sucede a tantos en el mundo, no alcanzaba a darse cuenta de que a menudo el que cree que engaña a los demás está engañándose a sí mismo, y que en una actividad tan complicada como es la política, por el camino del engaño se llega indefectiblemente a la tragedia, como iba a suceder en la República Dominicana, para desgracia de John Bartlow Martin y de su país.

El día 16 de agosto se cumplían cien años de haber comenzado la guerra de la Restauración. Esa guerra, llevada a cabo contra España, es un acontecimiento histórico de gran importancia para nuestro pueblo, y aunque nosotros no estábamos en condiciones de hacer grandes fiestas, porque la situación del país no permitía que hiciéramos gastos, el gobierno quiso darle a ese día la categoría que merecía, y entre los actos destinados a conmemorar el primer siglo del comienzo de la guerra se hallaba la inauguración de una escuela en Capotillo. Fue en ese punto, llamado en aquella época Capotillo Español, donde comenzó la lucha cien años antes, bajo la jefatura de Santiago Rodríguez. Verdaderamente, era una pena para el país que a los cien años del histórico 16 de agosto de 1863 los niños del lugar donde había empezado la guerra de la Restauración no tuvieran escuela. Pero ese día se inauguró una, con la presencia del presidente de la República y el ministro de Educación, Buenaventura Sánchez, así como de otras autoridades.

Lo más lejos que yo tenía en ese momento era que la gente de León Cantave, que había sido derrotada por las fuerzas de Duvalier hacía menos de diez días, había cruzado la frontera muy cerca de ese punto y estaba operando en territorio de Haití. Efectivamente, al ser derrotado Cantave volvió a nuestro país y se acantonó en Don Miguel, a la vista de la frontera haitiana; allí estableció su campamento en una finca que tenía siembra de tabaco. Yo noté en esa ocasión un exceso de militares y cuando pregunté a qué se debía se me explicó que estaban tomándose precauciones porque se habían recibido noticias de que había un complot para matarme. No había tal complot. Lo que sucedía era que al atardecer del día anterior, 15 de agosto, un grupo de la gente de Cantave había cruzado la frontera y se había internado en Haití, en dirección hacia un lugar llamado Mount-Organisé, y los militares, que no me habían informado de nada, tenían temor de que pudiera pasar algo que sacara a la luz el plan, razón por la cual no querían que estuviera en Capotillo más tiempo del necesario. Hay que darse cuenta de que todo lo que estaba haciéndose se hallaba dirigido por extranjeros; que unos cuantos señores extranjeros planeaban lo que los soldados dominicanos debían hacer, y que éstos lo hacían sin el conocimiento del presidente de la República; y en cambio, Duvalier estaba al tanto de los menores detalles de esos movimientos y creía, con razón, que era yo quien daba las órdenes. Duvalier conocía los planes tan detalladamente que en la noche anterior cambió la tropa que tenía en Mount-Organisé, porque tenía el temor de que entre esa tropa hubiera gente combinada con Cantave.

Los hombres de Cantave fueron derrotados fácilmente y volvieron a territorio dominicano; esa vez entraron por la Trinitaria. Ese 15 de agosto, una organización internacional de abogados que estaba establecida en Suiza, es decir, a miles de kilómetros de la República Dominicana y de Haití, hizo unas declaraciones muy fuertes contra Duvalier que fueron publicadas ese mismo día en varios países de América, transmitidas por agencias norteamericanas de noticias. En esas declaraciones se explicaba que Duvalier era un tirano, que se mantenía en el poder gracias a su organización de asesinos llamada Tonton-macutés; que en Haití no había la menor libertad ni para las personas ni para las organizaciones. Todo eso era verdad, pero cuatro años después vino a saberse que esa organización internacional de abogados recibía dinero de los servicios secretos de los Estados Unidos; de manera que la publicación de ese documento, justamente el día en que fue lanzado el segundo ataque de las gentes de Cantave contra Duvalier, es otra prueba indirecta de quienes eran los que estaban dirigiendo las operaciones de Cantave en territorio dominicano.

Unos días después del 15 de agosto, Cantave envió otro grupo a Haití. Ese grupo llegó a Ferrier, muy cerca de la frontera, mató al síndico y volvió a su campamento en nuestro país. Mientras tanto, desde varios lugares del Caribe llegaban a Santo Domingo exiliados haitianos que iban a reunirse con Cantave. En total, el ex-general haitiano llegó a reunir, entre el 20 y el 25 de agosto, 210 hombres.

En la noche del 26 de este mes un avión pesado de transporte dejó caer cerca de Dajabón una importante cantidad de armas, entre las cuales había morteros, bazucas, ametralladoras calibre 30, rifles M-1, que eran entonces los mejores que tenía el ejército norteamericano, y ametralladoras de mano M-3. El avión que trajo esas armas a nuestro país venía del campamento Ramey, en Puerto Rico, una de las grandes bases militares de los Estados Unidos en el Caribe. Mientras tanto, los agentes políticos que trabajaban con el embajador John Bartlow Martin, organizaban la acción política que debía debilitar al gobierno dominicano, tales como aquellas conocidas manifestaciones cristianas, y el propio embajador, queriendo meterme en una trampa, me propuso el 16 de agosto, en Santiago, que procediera sin pérdida de tiempo a cambiar de política; que expulsara a los comunistas y usara mano dura con los trujillistas. Cuando me habló así le miré de tal manera que él comprendió que había metido la pata y comenzó a pedirme excusas y a explicar que él no quería darme órdenes, que sólo estaba dándome consejos como amigo, no como embajador. Yo me levanté sin responderle y me fui a atender a unos amigos que habían llegado a saludarme.

Ese mismo día se celebraron varias concentraciones “dizque” cristianas en diferentes lugares del país y el cónsul norteamericano en Santiago, a quien la gente le llamaba don Pancho, llegó a la casa de Antonio Guzmán, donde me hospedaba, y protestó en alta voz ante el embajador, el Nuncio Clarizio y otras personalidades por la forma excesivamente violenta en que se atacaba al gobierno en esos mítines. El cónsul don Pancho fue sacado del país al reventar la revolución de 1965, y por la forma en que actuó el 16 de agosto de 1963 y por esa sacada del país en 1965 se ve que no estaba de acuerdo con los planes de sus jefes o que no se le habían comunicado esos planes.

Hablo de estas cosas no por el gusto de recordar asuntos desagradables, porque los políticos que viven pensando en lo que pasó y no en lo que está pasando o va a pasar se vuelven resentidos, y los resentidos no están en capacidad de dirigir a nadie. Estoy haciendo la historia secreta del golpe de Estado de 1963 para que el pueblo conozca los hechos y pueda hacer juicios correctos, y sobre todo para que los jóvenes dominicanos que están entrando o van a entrar en la vida política queden enterados de todo lo que puede suceder en un país como el nuestro, donde un poder extranjero está en capacidad de tomar decisiones que comprometen la vida misma del gobierno dominicano, en lo nacional y en lo internacional, sin que nadie en el gobierno se entere de lo que está pasando. En toda esta historia, que duró tres meses, no hubo una persona, campesino, obrero, empleado público, dirigente del PRD o de otro partido, que se me acercara a darme una información sobre los movimientos de Cantave; nadie, excepto el haitiano que me contó a principios de julio que él había salido del campamento de Sierra Prieta. Es más, preocupado, por las acusaciones de Duvalier, llamé a algunos militares y les pedí que vigilaran a los hombres de Duvalier; que metieran en Haití gente práctica en los sitios fronterizos para que observaran si Duvalier hacía movimientos de tropas.

La OEA celebraba reuniones y mandaba comisiones que se veían conmigo, y yo hablaba con los comisionados en la forma más inocente, sin tener la menor idea de que cualquiera cosa que dijera podía tomarse como una referencia a las fuerzas de Cantave, que seguían acantonadas en territorio dominicano, cuando lo cierto era que yo ignoraba de manera absoluta que Cantave y sus 210 hombres tenían una base en nuestro país.

El Derrocamiento

Debo decir con toda franqueza que no creo que las dos cosas —los ataques contra Haití y las concentraciones cristianas— fueron planeadas con el fin de tumbar al gobierno constitucional. Al repasar los hechos de aquellos días con los informes que tengo ahora llego a la conclusión de que la utilización del territorio dominicano para tratar de derrocar a Duvalier comenzó como un plan aislado cuyo único propósito era acabar con el régimen de Duvalier, que había sacado de Haití a la misión militar norteamericana, cosa que los yanquis no podían tolerar.

Los Estados Unidos tenían desde hacía 30 años el compromiso internacional, establecido en tratados aprobados por su gobierno y por su Senado, de no intervenir en los asuntos políticos de otros países de América; pero desde 1954 habían hallado la manera de violar esos tratados organizando expediciones secretas, como fue la de Castillo Armas, que derrocó el gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala, y la de Bahía de Cochinos, llamada a tumbar el de Fidel Castro en Cuba en abril de 1961. Pero la expedición de Castillo Armas fue organizada en Nicaragua y Honduras con el conocimiento y la ayuda de los gobiernos de Nicaragua y Honduras, y la de Bahía de Cochinos se organizó en Guatemala y en Nicaragua también con el conocimiento y la ayuda de los gobiernos de Guatemala y Nicaragua; y en el caso de la de Cantave no se podía contar con la ayuda del gobierno constitucional dominicano porque ese gobierno respetaba sus compromisos y sus principios, y esos compromisos y esos principios estaban regulados precisamente por tratados internacionales iguales a los que habían firmado los norteamericanos, en virtud de los cuales nuestro país no podía intervenir en la vida política de otro.

Los que decidían la política latinoamericana de los Estados Unidos comprendieron rápidamente que el gobierno que yo presidía no se prestaría a hacer el papel que habían hecho los de Honduras y Nicaragua en 1954 y los de Guatemala y Nicaragua en 1961; por eso organizaron ocultamente el campamento de Cantave en Sierra Prieta, y volvieron a organizarlo más ocultamente todavía después que yo di órdenes, a mediados de julio, de que fuera disuelto; y por eso mantuvieron en secreto todas las actividades de Cantave y de sus hombres en territorio dominicano, desde julio hasta que el gobierno fue derrocado el 25 de septiembre.

Mi impresión es que la organización de las fuerzas políticas opuestas al gobierno fue una consecuencia de los fracasos de la acción militar de Cantave, y que en ningún momento se pensó usarlas para derrocar al gobierno. A mi juicio, lo que se perseguía era colocar al gobierno en posición de debilidad, de tal modo que si yo descubría la verdad sobre Cantave y sus hombres no pudiera tomar ninguna medida contra los que estaban en ese juego sucio. Lo que el embajador John Bartlow Martin llamaba consejos de amigo era parte del plan para debilitar políticamente al gobierno. Ahora bien, los acontecimientos se presentaron de tal manera que al final hubo que derrocar al gobierno para evitar que el presidente Kennedy quedara desacreditado ante todos los jefes de Estado del mundo por lo que su gobierno estaba haciendo en la República Dominicana, pues hasta ese momento nunca se había hecho nada semejante a lo que estoy contando.

Las Guerrillas y el Embajador Martín

Martin es un típico oportunista. Sin tener la menor experiencia ni la menor capacidad para el cargo, logró su nombramiento de embajador en Santo Domingo a través de Adlai Stevenson, hombre muy débil, a quien Kennedy llamaba "mi mentiroso oficial", porque era a él a quien se le encargaba decir en las Naciones Unidas las mentiras que tenía que decir para defender el gobierno de su país. Stevenson fue el "mentiroso oficial" no sólo de Kennedy, sino también del sucesor de Kennedy, el señor “Trujijohnson”. A Martin todo lo que se refería a Haití le quitaba el sueño. Una vez, estando yo en mi oficina del Palacio con el ministro de Relaciones Exteriores, señor Ernesto Freites, Martin entró allí pálido como un papel, cayéndose como si estuviera borracho y gritando como un loco. Yo le miré fijamente y le dije estas palabras: "Embajador, usted olvida que está hablando con el presidente de la República". Martin volvió en sí, se puso a secarse un sudor que empezó a salirle de pronto por la cara y pidió perdón. Lo que lo había vuelto loco, según dijo, eran los problemas con Haití.

Pero en el mes de agosto estaba otra vez loco con los problemas de Haití, pues una tarde se presentó en mi casa a decirme que tenía buenas noticias para mí; que Duvalier saldría de Haití dentro de pocas horas; que ya había un avión esperándolo en el aeropuerto de Puerto Príncipe y que había pedido autorización para hacer un aterrizaje en New York, de donde seguiría hacia Francia y de ahí a Argelia. A las ocho de la noche me llamó para pedirme una entrevista urgente; fue a casa y lo que hizo fue repetir lo que había dicho en la tarde. En esa ocasión le dije que a mi juicio Duvalier estaba engañando a todo el mundo y que sólo debía creerse esa patraña cuando efectivamente llegara a Francia. Martin se fue, y oigan esto: a las 12 de la noche llamó para confirmarme lo que me había dicho ya dos veces, y lo que es más asombroso, volvió a llamarme a las 2 y 30 de la mañana para reconfirmarlo, lo que indica que el problema lo tenía fuera de sí debido a que la conciencia le reprochaba algo; y por último, el colmo de los colmos, se presentó en mi casa, manejando él mismo un “yipi”, a las cuatro y media de la mañana, para decirme que Duvalier saldría de Puerto Príncipe media hora después, a las cinco. El embajador podía quedarse despierto la noche entera excitado con una noticia que no tenía el menor fundamento, porque al día siguiente disponía de todo el tiempo para dormir a pierna suelta; pero yo, que tenía que trabajar como un mulo, y que desde el principio estaba convencido de que la noticia era absurda, no disponía del día para dormir.

Sin embargo, en la cabeza del embajador no entraban esas ideas, porque él actuaba, sin darse cuenta, a impulsos de su alma atormentada por el papel bastante turbio que estaba jugando. Es el caso que el embajador Martin creía que la presencia de Cantave y de sus hombres en territorio dominicano, hecho que él conocía muy bien y del cual nunca me habló, ni directa ni indirectamente, había provocado una crisis en el régimen de Duvalier, y que éste, debido a esa crisis, iba a huir de Haití. Yo no disponía de tantos elementos de juicio como Martin, porque no tenía la menor idea de que Cantave y su gente estuvieran en Santo Domingo, y mucho menos en la frontera haitiana; pero estaba seguro de que las noticias del embajador carecían de fundamento y de que Duvalier seguiría en Haití hasta el día de su muerte. Pero el embajador, que para tranquilizar su alma necesitaba que Duvalier desapareciera antes de que su juego quedara al descubierto, veía ya sus deseos convertidos en realidad, fenómeno sicológico frecuente en las personas de mentes débiles, y a veces caía en sospechas porque pensaba que yo sabía lo que él estaba haciendo, y entonces escribía en sus notas, según dice él mismo, que yo le pedía a Kennedy que nombrara otro representante en su lugar.

La alegría del embajador debida a la idea de que Duvalier iba a desaparecer y el miedo de que yo pidiera su salida del país tenían un mismo origen; y sucedía que ni la alegría ni el miedo estaban fundamentados en la realidad; pues ni Duvalier desaparecería ni yo pensaba pedirle a Kennedy que me enviara otro embajador, simplemente porque no tenía la menor noticia de cuáles eran sus actividades secretas en relación con Haití, o lo que es lo mismo, en la política internacional dominicana. Así iban pasando los días, hasta que llegó el mes de septiembre, y con él el día 22, fecha en la cual los jefes norteamericanos de la operación Cantave lanzaron al ex-general haitiano por última vez a través de la frontera. Volviendo al golpe del 25 de septiembre de 1963 diré que al cabo de mucho tiempo de investigar, de buscar la causa secreta de ese hecho, estoy en condiciones de decir que durante los meses de agosto y septiembre de aquel año el general Viñas Román viajó varias veces a Dajabón sin informarme adónde iba y a qué iba, y que fue él quien le transmitió a Cantave la orden, que a su vez habían dado los miembros de la misión militar norteamericana en el país, de que el próximo ataque a Haití debía ser por Juana Méndez y que la fecha de ese ataque debía ser el 22 de septiembre.

Juana Méndez queda frente a Dajabón y tan cerca de esta ciudad dominicana que necesariamente el ataque a una provocaría pánico en la otra. De acuerdo con mis noticias, Cantave se oponía al ataque a Juana Méndez, pero se le hizo saber que si no se producía ese ataque en la fecha señalada, su campamento sería destruido. En ese campamento había haitianos que habían llegado de New York, enviados por organizaciones que recibían fondos de la CIA, y volvieron a New York después del último fracaso de Cantave. La fecha fijada fue el 22 de septiembre, y la hora para cruzar la frontera, las 10 de la noche. El día 20 comenzó en Santo Domingo la huelga de los comerciantes. Ese día era viernes. El plan de los que habían organizado la huelga era que ésta continuara el sábado 21, y como el ataque a Haití sería el domingo en la noche, y se suponía que el lunes 23 se estaría peleando en Juana Méndez, si la huelga seguía el lunes el gobierno dominicano se vería en una situación de debilidad tan grande que no podría hacer el menor movimiento en relación con el ataque a Haití que estaría llevándose a cabo desde territorio dominicano.

La situación estaba llamada a empeorar porque los autores secretos del plan habían maniobrado de tal manera que el propio viernes día 20, en medio de la huelga de los comerciantes, los trabajadores de Haina y de otros ingenios del gobierno anunciaron una huelga que comenzaría el lunes día 23, a las 7 de la mañana, es decir, a la hora en que Cantave y sus hombres estarían atacando Juana Méndez, a la vista de los habitantes de Dajabón. Pónganse ustedes a pensar un momento en cuál era realmente el estado general de confusión del país, cuando resultaba que los trabajadores del azúcar, y más propiamente los de los ingenios del gobierno, la gente a quien más debía interesarle que el gobierno constitucional de 1963 se mantuviera en el poder, caían en hacerles el juego, de la manera más inocente, a los que estaban colocando al gobierno entre la espada y la pared. La mayoría del comercio de la Capital había cerrado el viernes, y el mismo viernes, en horas de la noche, los trabajadores azucareros anunciaban que la huelga de ellos comenzaría el lunes día 23.

Por suerte, aunque el comercio al por mayor, o al menos su mayoría, siguió la huelga el sábado, el comercio al detalle, tanto de telas como de comestibles, abrió sus puertas el sábado temprano. Las estaciones de radio que habían estado incitando a la huelga desde el amanecer del viernes habían sido silenciadas mediante el procedimiento de cortarles la corriente eléctrica, cosa que pudo hacerse porque todas ellas le debían dinero a la Corporación Eléctrica, y algunas le debían varios meses de corriente. Por otra parte, mucha gente del pueblo protestaba por el cierre de los comercios, y los detallistas, por su posición de explotados y por su contacto permanente con el pueblo se daban cuenta de que la huelga no tenía justificaciones sociales ni económicas, que era un movimiento de tipo político en el cual ellos no tenían ningún papel que jugar poniéndose frente al pueblo.

El sábado, pues, la huelga había fracasado, a pesar de que ese día los periódicos daban la noticia de que el lunes comenzaría la huelga de los trabajadores de los ingenios del gobierno. El mismo sábado apareció en espacio pagado un artículo contra el gobierno, escrito por el Dr. Balaguer, desde New York, verdaderamente demoledor. Unos diez meses antes yo había estado en New York, como presidente electo, y había ido a visitar al Dr. Balaguer, a quien le dije en esa ocasión que él mismo podía escoger la fecha de su retorno al país y que me avisara para ofrecerle las garantías del caso. En el mes de junio, según creo recordar, el viceministro de la Presidencia me comunicó que el Dr. Balaguer había pedido varias veces que se le enviara su pasaporte diplomático, al cual tenía derecho por ley, y que su petición no había sido atendida, y di órdenes inmediatas para que se enviara a la Presidencia el pasaporte y que tan pronto llegara, el propio viceministro, señor Fabio Herrera, fuera a la casa de las hermanas del Dr. Balaguer para entregarlo a una de ellas. Así se hizo. Como todos los dominicanos, fueran cuales fueran sus ideas políticas, el Dr. Balaguer tenía derecho a vivir en su país, y no era el gobierno el que podía decidir sobre eso; era la Constitución de la República la que garantizaba el derecho de cualquier ciudadano a entrar en el territorio nacional y salir de él cuando quisiera.

El embajador Martin, el hombre más mentiroso que he conocido en toda mi vida, refiere que yo había dado orden para que los miembros del Consejo de Estado no salieran del país, y para probarlo dice que Donald Reid debía ir a los Estados Unidos a llevar una hija que debía ser sometida a tratamientos médicos, y que yo lo impedí. Pues, bien, eso, como el 90 por ciento de lo que dice Martin, es una charlatanería; pero una charlatanería que tiene su explicación. En días pasados le explicaba a cierta persona que si un compañero o amigo suyo comienza de buenas a primeras a hablar mal de él, a decir mentiras sobre él, a calumniarlo, a tratar de desacreditarlo, debe averiguar qué cosa mala contra él hizo esa persona; pues sucede que el que hace algo malo, comete una traición, actúa contra un amigo y compañero o se va con los enemigos de ese amigo, es generalmente una persona débil de mente o de carácter, que no tiene suficiente fortaleza mental o suficiente carácter para reconocer que ha actuado mal contra un amigo y compañero, para confesarlo y decidirse a actuar en lo sucesivo correctamente, y entonces el movimiento natural de su alma es volverse contra ese amigo y compañero a quien traicionó y tratar de desprestigiarlo, porque así él mismo acaba convenciéndose de que lo malo que hizo estuvo bien hecho. Ese fue el caso del embajador Martin; pero al embajador Martin se le fue la mano y dijo tantas y tantas mentiras que se desacreditó en su propio país.

La causa de esas mentiras fue que Martin engañó al gobierno dominicano. Para encubrir la verdad, para que yo no tuviera autoridad moral si algún día decía la verdad; para no quedar en su país como lo que es, Martin pretendió desacreditarme escribiendo un libro lleno de falsedades. Entre ellas está el cuento de que yo había prohibido la salida del país de los miembros del Consejo de Estado. Si yo hubiera sido hombre capaz de rebajarme a perseguir a alguien, el pueblo dominicano tendría pruebas de eso, porque aquí todo se sabe; y si yo hubiera sido capaz de solicitarle alguna vez a un juez que hiciera tal o cual cosa en perjuicio de un acusado, el pueblo entero lo sabría, porque o bien el juez o bien su secretario o bien un empleado del tribunal lo hubieran dicho. Ni yo le hubiera coartado jamás al Dr. Balaguer el derecho de vivir en su país ni le hubiera coartado nunca al Dr. Reid Cabral el derecho a salir del país.

La Causa Secreta del Golpe

Pero volviendo a los haitianos de Cantave, causa secreta del golpe del 25 de septiembre, ellos habían cruzado la frontera a las 10 de la noche del domingo día 22. A las seis de la mañana del lunes día 23 de septiembre, hallándome en mi oficina del Palacio Nacional, se me acercó el coronel Julio Amado Calderón, jefe del Cuerpo de Ayudantes, para decirme que la radio estaba informando que desde Haití se estaba disparando sobre Dajabón, y que la población de esa ciudad dominicana abandonaba el lugar a toda prisa. Lo que sucedía en realidad en ese momento era que Duvalier, avisado por sus espías, esperaba el ataque a Juana Méndez y sus fuerzas rompieron fuego contra las de Cantave a las 5 de la mañana, y muchos de los tiros que disparaban las fuerzas de Duvalier llegaban a Dajabón.

Inmediatamente hice llamar al general Viñas Román y le pedí que convocara a una reunión de los altos jefes militares. En esa reunión sólo hablé yo, porque los altos jefes militares no decían nada. Me resultó sospechoso que ante la noticia de que Dajabón estaba siendo atacada ninguno de ellos demostrara la menor preocupación, pero así fue. Esa falta de interés en militares dominicanos ante la noticia de que estaba produciéndose un ataque a una ciudad dominicana era algo para mí increíble, pero yo no podía imaginarme, ni por asomo, la verdad de los hechos. Todavía hoy, al cabo de siete años, y conociendo como conozco ahora uno por uno los detalles de aquellos sucesos, me sigue pareciendo increíble lo que sucedió. Me doy cuenta de que lo que se hace en el terreno militar puede guardarse en secreto, porque la organización militar está preparada para eso; pero lo que me parece increíble es que los miembros de la misión militar norteamericana tuvieran tanta autoridad sobre los jefes militares dominicanos como para convencerlos de que debían actuar sin darle a entender nada al presidente de la República.

En la reunión con los jefes militares pedí que salieran hacia Dajabón algunos aviones, pero que tuvieran mucho cuidado con lo que hacían; que no se produjera ninguna provocación ni ningún movimiento que pudiera costarle la vida a un militar dominicano; ordené imprimir inmediatamente hojas sueltas en francés para ser tiradas desde el aire amenazando a Duvalier con medidas enérgicas si no detenía el ataque, y además hacer radiaciones en español, francés y patuá diciendo más o menos lo mismo; por último, le pedí al Dr. Héctor García Godoy, ministro de Relaciones Exteriores, que reuniera el cuerpo diplomático para informar a todos los representantes extranjeros de lo que estaba sucediendo.

A las once de la mañana fue a verme un dirigente del PRD para decirme que según le habían informado, los sucesos de ese día obedecían a un plan para tumbar al gobierno; estaba simulándose un ataque haitiano a nuestro país para poder decirles a los soldados que yo estaba llevándolos a una guerra contra los haitianos; pero ese dirigente tampoco sabía nada sobre la participación de Cantave y de sus hombres en el plan, porque no me mencionó ese punto, y como yo no sabía nada, no le hice preguntas sobre él. Tampoco sabían una palabra el jefe del Cuerpo de Ayudantes ni sus hombres; no la sabía el jefe de la Seguridad Nacional; y lo que es más, los propios militares que actuaban en Dajabón, los que tenían el contacto directo con Cantave, ignoraban el verdadero plan político que se ocultaba tras la operación. Peor aun, y seguramente al oír esto ustedes se asombrarán tanto como yo me asombré cuando supe la verdad: el propio general Viñas Román ignoraba el plan. El se había prestado a recibir órdenes de "la misión militar norteamericana a espaldas del presidente de la República, lo cual desde luego es algo incalificable; pero no tenía la menor idea de que estaban utilizándolo para tumbar al gobierno.

El jefe militar que sabía lo que iba a suceder era el jefe de la aviación, general Atila Luna, pues era en él en quien confiaban en realidad los miembros de la misión militar yanqui, especialmente el coronel Luther Long, agregado aéreo. El domingo, es decir, el día anterior a la reunión de que he hablado hace un momento, el general Luna había enviado un piloto a Barahona con un sobre cerrado en el que se explicaba el plan, pero eso vine a saberlo yo en 1965, es decir, un año y ocho meses después de haberse producido el golpe de 1963. El mismo lunes día 23 llegó al país, por San Isidro, el comandante de la marina yanqui William E. Ferrall. Todavía a esta hora ignoro cuál fue el papel de Ferrall en los hechos, pero me imagino, y sería un inocente si creyera que él no estaba al tanto de la trama.

Mientras tanto, el gobierno estaba haciendo un papel ridículo ante la OEA, porque estábamos acusando a Haití de atacar nuestro país, y yo creía absolutamente que era así, cuando la verdad era que Haití estaba solamente defendiéndose de un ataque que había sido hecho desde nuestro país, y además un ataque que era el cuarto en dos meses. En la tarde de ese lunes día 23 mandé buscar varias veces al general Viñas Román, que no dio señales de vida. Mucho tiempo después supe que había ido a Dajabón, donde Cantave y sus hombres, menos los muertos y los prisioneros, habían vuelto derrotados.

En las primeras horas del martes 24, día de las Mercedes, al leer El Caribe hallé una larga descripción de lo que había pasado en Dajabón el día antes. La había escrito el periodista Miguel A. Fernández, quien por lo que leí tampoco sabía que Cantave y sus gentes habían pasado a Haití desde territorio dominicano. El periodista decía en un párrafo lo siguiente: "Oficiales del Ejército dominicano expresaron que la República Dominicana no tuvo nada que ver con el ataque. Esto fue confirmado por el propio León Cantave"; y más adelante agregaba que Cantave "Se negó a contestar cuando se le preguntó de qué punto partieron los rebeldes esta Madrugada, alegando que ello es estrictamente confidencial" y que "cuando cualquier país protege o ayuda a un movimiento como el de esa naturaleza, no se puede denunciar". Pero sucedía que en la página 12 de ese ejemplar de El Caribe había una foto de Cantave, tomada en el momento en que bajaba de un avión militar dominicano que lo había traído a la base de San Isidro, y cuando vi a aquel hombre tan bien vestido, con dos maletines en la mano, me di cuenta inmediatamente de que él había partido hacia Haití desde territorio dominicano, puesto que no era posible que hubiera estado peleando en Haití con ropa tan buena, con corbata y con maletines de buena clase.

Deduje que Cantave se había cambiado de ropa al entrar derrotado en tierra dominicana, y que por lo tanto había dejado esa ropa y esos maletines en territorio nuestro antes de entrar en Haití; en consecuencia, él había partido para Haití desde algún lugar de nuestro país. En ese momento me di cuenta de que se me había estado engañando; de que alguien había estado jugando de la manera más irresponsable con el destino de la República, y que ese alguien no eran los militares dominicanos, porque los jefes militares del país no eran capaces de inventar y de llevar a cabo un plan semejante.

Tomé inmediatamente las medidas del caso y a media mañana ya estaba enterado de que en la noche anterior había habido movimiento de altos oficiales en el Palacio Nacional, donde estaba el Ministerio de las Fuerzas Armadas, y que en las reuniones había tomado parte el coronel Luther Long. A medio día pude localizar al general Viñas Román, a quien le mostré la fotografía de Cantave que apareció en El Caribe, y le dije que esa fotografía demostraba que había salido de suelo dominicano, a lo que respondió que a él le parecía lo mismo; inmediatamente llamé al ministro García Godoy y le pedí que se dirigiera a la OEA solicitando una investigación de los hechos acaecidos el día anterior en la frontera de Dajabón.

Poco antes de morir, el Dr. García Godoy hizo en la revista Ahora una larga historia sobre esa petición mía, pero por lo visto había olvidado que después de ese momento no hablamos más del asunto, porque esa misma noche quedé preso en el Palacio Nacional. El cable enviado por el ministro García Godoy al Embajador dominicano ante la OEA, o la llamada telefónica —porque ignoro si el ministro García Godoy se comunicó con él por cable o por teléfono— fue lo que determinó el golpe de Estado, dado la noche del 24 al 25, pues los servicios norteamericanos en nuestro país interceptaban todas las comunicaciones, y al interceptar ésa el embajador Martin y la misión militar se dieron cuenta de que la increíble historia de las invasiones de Cantave, los tres meses de campamentos y los movimientos secretos iban a ser conocidos en todo el mundo; que ese conocimiento iba a producir un escándalo enorme en los Estados Unidos y en muchos otros países porque hasta ese día no se había dado en el mundo el hecho de que un gobierno amigo, que tenía relaciones diplomáticas y consulares con el de otro país, en este caso el de la República Dominicana, se dedicara a organizar un campamento de extranjeros armados con la finalidad de que esos extranjeros atacaran un país fronterizo sin que el jefe del Estado del país donde se estableció el campamento supiera una palabra de lo que estaba sucediendo.

Del escándalo que produciría el conocimiento de tales hechos iba a salir muy mal parado el prestigio de John F. Kennedy puesto que a él iba a tocarle ser el primer gobernante del mundo que sería acusado de haber cometido un desafuero semejante, de haber ordenado la ejecución de una violación tan escandalosa de las normas que gobiernan las relaciones entre los Estados y sus jefes. Así pues, para salvar el prestigio de Kennedy y de los altos funcionarios de su gobierno que pusieron en práctica el plan de las guerrillas haitianas del ex-general León Cantave, incluyendo entre ellos al embajador Martín, se tumbó el gobierno de la República Dominicana, que había sido elegido diez meses antes con una mayoría aplastante de votos sobre el partido que ocupó el segundo lugar en las elecciones de 1962, y ese derrocamiento condujo a la Revolución de abril de 1965, con todos sus muertos y sus sufrimientos, a la intervención militar de los Estados Unidos y al río de sangre que ha seguido corriendo aquí desde entonces.

Esa es la historia secreta del golpe del 25 de septiembre de 1963. Muchos de los datos de esa historia secreta están en el libro llamado Papa-Doc, de los escritores Bernard Diederich, neozelandés casado con una haitiana, que vivió largo tiempo en Haití y vive ahora en México, y su colaborador Al Burt, norteamericano; los demás los recogí yo de boca de revolucionarios haitianos que tomaron parte en los movimientos de Cantave, a los cuales conocí en Puerto Rico, en 1965 y 1966, y en Francia; otros los he obtenido aquí, después de volver al país en abril de este año.

Ir arriba


. Palabras de Juan Bosch desde el Palacio Nacional tras el golpe de Estado

Ni vivos, ni muertos, ni en el poder, ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. Nos hemos opuesto y nos opondremos siempre a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura. Creemos en la libertad, en la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su democracia con libertades humanas pero también con justicia social. En siete meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre ni hemos ordenado una tortura ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones. Hemos permitido toda clase de libertades y hemos tolerado toda clase de insultos, porque la democracia debe ser tolerante; pero no hemos tolerado persecuciones, ni crímenes, ni torturas, ni huelgas ilegales, ni robos, porque la democracia respeta al ser humano y exige que se respete el orden público y demanda honestidad. Los hombres pueden caer, pero los principios no. Nosotros podemos caer, pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática. La democracia es un bien del pueblo y a él le toca defenderla. Mientras tanto, aquí estamos, dispuestos a seguir la voluntad del pueblo.

Ir arriba


. La madre en el drama histórico de la isla. Juan Bosch en el día de las Madres, 26 de mayo de 1963

Hoy es Día de las Madres. Lo celebramos el último domingo de mayo y deberíamos hacerlo el primer día de la primavera, cuando la tierra entra en su nueva etapa de fecundidad; cuando el mundo en que vivimos da de sus entrañas todas las fuerzas ocultas que Dios ha puesto en él para que pueda ofrecer al hombre los mejores frutos, las flores más bellas, las mieles más ricas y los cantos más armoniosos de las aves. En la religión católica de nuestro pueblo, la Madre es María, la virgen de los siete dolores. Y está bien que sea así, porque salvo el momento en que ve nacer al hijo y oye su primer grito, cuando la alegría de haber traído al mundo una nueva vida la embriaga como una copa de licor divino, la madre siempre sufre: sufre el dolor físico del alumbramiento y sufre toda la vida el dolor moral del miedo; miedo a que su hijo se le enferme o no sea el hombre bueno que ella espera o no resulte tan inteligente como lo desearía, y sufre cada hora la anticipación de la muerte de su criatura.

Con los siete puñales del dolor clavados en su corazón, la madre de Jesús es el símbolo de la madre cristiana, y es por tanto el símbolo de la madre dominicana. ¿Quién ha sufrido más que esta madre dominicana? Sufrió cuando era india y llegaron los conquistadores españoles y echaron perros bravos al monte para cazar el hijo indio, y cuando tuvo hijo español y lo vio partir a la guerra para salvar el país de los piratas; sufrió cuando ya no era india ni española, sino mestiza y con la llegada de los esclavos, a quienes los amos arreaban a latigazos, comprobó que había razas sometidas y la suya era una de ellas; y sufrió cuando era madre esclava y veía nacer al hijo condenado a la esclavitud, o cuando fue negra libre y tuvo hijo del español y supo que ese hijo no sería bien querido porque nunca sería de la raza pura del padre. La madre dominicana sufrió cuando los bucaneros se metieron tierra adentro disparando sus arcabuces y tomando presos a los pobladores; sufrió cuando el rey de España ordenó que se dejaran despobladas las ciudades del Oeste y del Norte y ella tuvo que hacer a pie, junto al hijo, los largos caminos hacia la Capital; sufrió cuando sus hijos tuvieron que ir a la guerra para reconquistar La Tortuga y para echar a los franceses hacia el mar y sufrió mucho más cuando llegaron los días de las guerras sociales en Haití y cuando los haitianos entraron en la parte española y pasaron a cuchillo poblaciones enteras en Santiago, en Moca, en Cotuí y en las rutas del Sur. Cuando los hombres combatían en Palo Hincado, cuando el hombre mataba a los sitiados de la Capital, cuando se luchaba, en fin, para volver a hacer española la colonia que había caído en poder de Francia, fue ella, la madre dominicana, la que vio a los hijos partir hacia las batallas y enflaquecer hasta la muerte en la ciudad sitiada.

Para hacer la Patria, entre 1844 y 1855, ¿quién dio hijos si no ella? ¿Quién quedaba con el corazón atribulado cuando los hombres iban a combatir en Azua o en Santiago? ¿De dónde habían salido los que cayeron en La Carreras y en Beller si no era del vientre de la madre dominicana? ¿y por qué rodaban a chorros las lágrimas cuando al poblado lejano, al campo perdido, llegaba la noticia de la muerte de un combatiente, si no era por las mejillas secas de la madre? La madre dominicana llevó sobre su alma el peso de la guerra cuando los españoles volvieron al país traídos por Santana y el pueblo se sublevó en Capotillo y comenzó aquella lucha sangrienta contra los que habían sido portadores de la civilización cristiana para sembrarla en nuestro suelo y en esa nueva ocasión eran ocupantes extranjeros de una República que a lo largo de once años había luchado en los valles y las lomas de la frontera y en las aguas del mar para que sus hijos fueran dueños de su patria.

Mientras los hombres se mataban en Guanuma, en Puerto Príncipe en el Canal de Paya, en los arenales de la Línea Noroeste, la madre dominicana esperaba en el bohío o en la casa de yaguas del pueblo que le llegara la noticia de que el hijo había caído en la batalla. Madre adolorida como la nuestra, ninguna; madre con el corazón deshecho por la angustia como la de nuestro pueblo, ninguna. Pues llegó la hora en que la bandera española se fue alejando mar afuera; pero los dominicanos, acostumbrados a matar para defender su República, siguieron matándose entre sí; y se mataban un día y otro, un mes y otro, un año y otro, hasta que el brazo fuerte de Ulises Heureaux impuso la paz; solo que la paz fue la obra del crimen y con el crimen llegó el miedo a sentarse en el umbral de todas las puertas y entonces la madre sufrió de miedo y en cada pisada que resonaba en la noche creía ver llegar a los que iban en busca del hijo para fusilarlo en el cruce de dos caminos o para encerrarlo de por vida en una cárcel pestilente o para llevárselo a la fuerza a servir en los cuarteles. Madre dominicana, árbol del sufrimiento, ¿quién iba a decirte que del cadáver del tirano, caído a tiros en Moca, iban a salir los infiernos de la guerra civil? Pero salieron, y durante diecisiete años de espanto viste a tu hijo irse a los combates y miles de veces no lo viste y nunca supiste en que perdido matorral quedó su cuerpo con una vena rota por donde la sangre que tú le diste había salido a chorros llevándose la vida que tú creaste para que fuera útil y hermosa.

Madre adolorida, esta República descansa en la base misma de tu corazón; está nutrida por tu dolor, por el dolor que padeciste cuando la infantería de marina norteamericana se adueñó de esta tierra y se llevó tu hijo a empujones para que no protestara por el atropello que le habían hecho a la patria; está nutrida por tu dolor de siglos, sobre el cual apenas es una luz lejana el recuerdo de algunos días de paz perdidos entre los muchos días de padecimientos. Tras unos pocos de esos días de paz, cuando la bandera de la cruz hubo flotado en los cielos donde flotó la de las barras y las estrellas, cayó sobre ti el espanto; cayó como un ave de piedra en cuyos ojos fulguraba el crimen; cayó y se posó sobre la República y la cubrió de la costa a la montaña, del mar al río, de la arena al árbol, de la calle al nido. ¿De dónde vino Rafael Leónidas Trujillo, llama oscura, fuego ardiente y sin luz, señor de la maldad? ¿Por qué asesinó a tu hijo en los bosques, por qué lo torturó en La Cuarenta, por qué echó sus despojos al mar, por qué te lo lanzó al exilio? ¿Cómo se explica, madre dominicana, que tu alma pudiera resistir tanto tormento y no estallara? ¿Quién podrá decirnos por qué no se secó tu vientre; debido a qué milagro seguiste dando hijos para que la tiranía los triturara?

Hoy recuerdas con horror los días en que a la hora de la comida tu hijo tardaba y a ti se te encogía el alma pensando si no había caído en manos de los esbirros; las tardes en que rondaban por tu casa caras desconocidas y esa noche el hijo que había salido a pasear con los amigos no volvía a la hora acostumbrada y tú no podías dormir loca de sufrimiento, y temblabas a cada ruido esperando la peor de las noticias.

Madre dominicana, ¿cómo pudiste resistir treinta y dos años de crimen? Treinta y dos años es demasiado tiempo para sufrirlos con una lanza clavada en el corazón. En esos treinta y dos años, todas las noches fueron de pavor; y si tú pudiste padecerlos es porque la resistencia de tu alma es infinita. Ciertos pueblos antiguos construían sus viviendas sobre el cadáver de un niño. Los cimientos de la patria dominicana están hechos sobre el dolor de la madre. No han sido los que han caído en los combates ni los torturados en las prisiones ni los fusilados en la noche ni los echados al exilio los que más han sufrido; ha sido ella, la madre, la que siempre tiene en el pecho una fuente inagotable de ternura y a la vez una llaga de amor que jamás se cierra.

En este día de las madres debemos consagrar una hora a ella; a la madre de todos, a la que cada día pasa por nuestro lado sin que sepamos su nombre; a la que ya murió y a la que aún vive. No pensemos sólo en la nuestra, en la que nos llevó en su entraña y nos cobijó con su amor. Esa es siempre la más bella aunque sus rasgos sean toscos; la más joven aunque tenga ochenta años y peine canas; la más saludable aunque esté en lecho de enferma; la más alegre aunque el sufrimiento la haya deformado; la siempre viva aunque haya muerto. Pero la otra, la de todos, la madre del sufrimiento dominicano, la madre que dio hijos para que hicieran patria y los dio para las guerras civiles y los dio para restaurar la República y los dio de nuevo para que los caudillos los enviaran a la muerte; la madre dominicana que parió víctimas para la tiranía… ésa es la raíz misma de este pueblo, la fuente de su vida y tal vez la única explicación de su existencia. Sea para ella nuestra veneración… Pero nuestra preocupación debe ser para la madre pobre; la que en los ranchos de las ciudades y en los bohíos de los campos, a la luz de la “jumiadora” o de la lámpara, ha estado junto al catre o junto a la barbacoa del hijo enfermo, vigilando con ojos endurecidos por el trasnocho y rogando a Dios de las alturas, con palabras atravesadas por el dolor, la salvación del enfermito.

Nuestros pensamientos son hoy, Día de las Madres, para esa que se levantó atormentada, buscando con ojos sin sentido en los rincones de la vivienda algo con que hacer comida para sus hijos, los hijos del hambre que ella trajo al mundo con tanto amor como la señora encopetada, pero desdichadamente sin la comodidad de la señora encopetada. Madre dominicana pobre, fuente del sufrimiento, flor de lágrimas: tus hijos duermen sin sábanas, tus hijos se levantan desnudos y pasarán el día desnudos o vestidos de harapos; tal vez tus hijos no comerán en esta Día de las Madres. Pero ten la seguridad de que miles y miles de dominicanos oran y luchan para que en esta tierra que te debe tanto amanezca un día la justicia sentada en la loma más alta y en el bohío más humilde, con las dos manos llenas del pan que te has ganado con tu dolor en todos los años de nuestra historia. Que el Señor te bendiga en este día, madre dominicana.

Ir arriba


. Segmento del discurso que pronunció Juan Bosch a su llegada al país el 20 de octubre de 1961

"No hay corazón infatigable para sufrir, no hay pueblo infatigable para padecer agresiones; llega una hora en que no se puede sufrir más y en que no se puede humillar más. Estamos a tiempo todavía, y lo digo para el pueblo dominicano, y lo digo para los gobernantes dominicanos, de emprender una cruzada de corazón limpio y brazo fuerte para matar el miedo en este país, para que termine el miedo del pueblo al gobierno y a los soldados, para que termine el miedo de los soldados y del gobierno al pueblo, para que termine el miedo de los opresores a la libertad, y para que termine el miedo de los luchadores de la libertad a sus opresores".

Ir arriba


. El problema palestino/Juan Bosch -Lo que significó para los palestinos la instalación en su territorio del estado israelí-

PRIMERA PARTE

El Estado de Israel, que ocupa hoy el territorio de la antigua Palestina, partes de los territorios del Líbano, Siria, la Transjordania y la Península de Sinaí, no es, como han dicho algunos interesados, un producto de la historia; es un producto del sistema capitalista, tal como éste vino a desarrollarse en el siglo XIX.

Aunque había nacido en el último tercio del siglo XVIII, allá por el año 1765, la industria mecanizada, es decir, la industria que funciona a base de máquinas, comenzó su verdadero desarrollo en los primeros 25 ó 30 años del siglo pasado, y ese desarrollo requería una reorganización del mundo apropiada a las necesidades del crecimiento de la industria, lo que equivale a decir una reorganización del mundo apropiada al crecimiento del poderío económico, político y militar de Inglaterra, que era el país donde había nacido la industria moderna. Las máquinas fueron el producto del desarrollo del sistema capitalista, pero a su vez, gracias a la invención de la máquina de vapor el sistema capitalista iba a renovarse y a dar nacimiento dentro de él a un capitalismo más avanzado, y para el año 1838 ese capitalismo avanzado estaba viendo la necesidad de meter entre el África y Asia una cuña que debía ser un país puesto bajo la protección de Inglaterra.

Según puede ver todo el que lea el libro El Problema Palestinense escrito por Edmundo Rabbat, Mustafá Kamil Yassen Y Aicha Rateb, páginas 54 y 55, ya en el 1840 Lord Shaftesbury recomendaba “la separación del mundo árabe, entre su parte africana y su parte asiática, por medio de la creación de un Estado”; y agregan los autores del libro que acabamos de mencionar: “Un memorando del 25 de septiembre de 1840, dirigido a Palmerston (que era entonces el ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra, cuyo busto está aquí, me parece que en la avenida Abraham Lincoln, porque tuvo intervención en los problemas políticos y militares dominicanos y haitianos en la época de nuestra independencia), contenía ya un plan de colonización de Palestina”. Además, ese libro nos entera de que en cartas que datan de agosto de 1840 y de febrero de 1841, Palmerston daba instrucciones a su embajador en Turquía de favorecer el establecimiento de los judíos en Palestina upara impedir toda tentativa de Mohamed Alí de realizarla unión de Egipto y Siria”.

Los autores de ese libro llegan a decir que un Consulado inglés que fue establecido en el año 1838 en Jerusalén, daba protección a los judíos que vivían en esa ciudad, que fue la capital del Estado judío hace 2.900 años cuando ese Estado fue fundado por David, según puede verse en la página 321 de la edición que hizo en 1967 1a editorial española CID de nuestro libro David, biografía de un rey. A fin de que no haya confusiones aclaremos desde ahora, y no después, que ese Estado fundado por David hacia el año 1000 antes de Cristo no fue verdaderamente duradero; y no lo fue, primero, porque acabó dividiéndose en dos reinos: el de Israel y el de Judá, que se mantuvieron en guerra durante años; después, porque Israel fue ocupado por el reino de Damasco en el siglo VIII antes de Cristo; luego, porque en ese mismo siglo pasó a ser un país vasallo de Asiria, a la que tenía que pagarle tributos, y cuando un país paga tributo a otro país ya no es un Estado; es un territorio dependiente, pero no un Estado; y por fin, porque en el año 721 antes de Cristo, Israel, no ya el Estado fundado por David sino el país donde estuvo ese Estado, pasó a ser territorio asirio y después pasó a ser territorio babilonio. De lo que fue el reino de David y Salomón lo que quedaba hacia el siglo VII antes de Cristo era Judá, un pequeño territorio situado entre los filisteos y el Mar Muerto, que fue también ocupado por los asirios, aunque no totalmente dominado por ellos debido a que lo impidió el levantamiento de Josías y la guerra de los medos contra Asiria cuya capital, la gran ciudad de Nínive, fue tomada y destruida por los medos. De todos modos, la suerte de los asirios no benefició a Josías, que murió hacia el año 609 en combate con los egipcios, quienes avanzaron para ocupar el territorio de Judá y el de los filisteos o filistinos, palabra de la que procede Palestina, que le iba a dar nombre a toda la región comprendida entre Gaza y el Líbano, el Mar Mediterráneo y el río Jordán y el Mar Muerto.

Mientras tanto, bajo los reyes caldeos, que fueron los reyes de Babilonia. Babilonia se hacía rápidamente poderosa y llegó a un acuerdo con los medos para repartirse Asiria. En ese acuerdo Palestina, que era parte de Asiria, quedó como zona de los caldeos, quienes se la arrebataron a Egipto; pero como los palestinos se levantaban una y otra vez contra los caldeos, éstos al fin asolaron la región, tomaron Jerusalén y la destruyeron, hecho que se produjo hacia el año 587, es decir, en el siglo V antes de Cristo.

Gran parte de la población palestina y de la de Judá o Judea fue llevada a Babilonia. El pueblo judío no se extinguió pero el Estado de Israel había dejado de existir hacía tiempo, y tras una serie de guerras que se prolongaron a lo largo de los siglos, Palestina pasó a manos de los griegos que gobernaron a Egipto después de la muerte de Alejandro, de los seléucidas que gobernaron la región después de los griegos ptoloméicos, y por fin cayó en poder de los romanos en el siglo I antes de Cristo. (Hay que tomar en cuenta que en la era cristiana contamos siglo I, II, III, IV, V hasta éste en que nos hallamos que es el XX, pero que antes de Cristo contamos al revés, es decir, V. IV, III. II, I; partimos del número más alto al más pequeño; por ejemplo, del siglo X antes de Cristo al IX antes de Cristo, al VIII antes de Cristo, al VII. VI, V. IV, III. II, I. Las dos maneras de contar el tiempo son como dos escaleras, una que baja y otra que sube, y las dos se unen en el nacimiento de la era cristiana).

Bajo el gobierno de Julio César, los sumos sacerdotes de Judea pasaron a ser ciudadanos romanos Y recibieron el título de procuradores de Judea, y Octavio, el sucesor de Julio César, le dio a Herodes el título de Rey de Judea y le proporcionó fuerzas militares romanas para que pudiera reconquistar Jerusalén, que se hallaba en manos de los partos. (Los partos eran árabes). Así, bajo protección romana, Herodes gobernó desde Jerusalén a partir del año 37 antes de Cristo, ya su muerte el reino fue dividido entre tres de los varios hijos que tuvo en sus diez o doce mujeres. (Sabemos de diez o doce oficiales, pero les aseguramos que no conocemos a fondo la vida íntima de Herodes). Uno de esos hijos fue Herodes Antipas, que no heredó el título de rey sino que fue designado tetrarca de Galilea (tetrarca era un título de origen griego y no romano), y fue él el que examinó a Jesús por petición de Poncio Pilatos, que era el procurador o gobernador de Jerusalén. Como Jesús era galileo, Pilatos quiso que lo juzgara el tetrarca de esa región de Palestina. Poco después, en el año 44, toda la Palestina pasó a ser una provincia romana gobernada por un procurador romano. Hubo varios levantamientos judíos y en el año 67, el emperador Vespasiano llegó a Palestina con su hijo Tito, que también fue emperador; pero no llegó solo: llegó con 60 mil soldados romanos. En el año 70, Jerusalén cayó en manos de Tito y la ciudad y el templo fueron destruidos por tercera vez, y para el año 73 quedaba eliminada toda clase de resistencia al poder romano y Palestina entera pasó a ser provincia del Imperio Romano con el nombre de Judea. A partir de ese momento, los procuradores pasaron a llamarse legados. En el año 132 se construyó en el lugar donde había estado Jerusalén la colonia Aelia Capitolina, con templos dedicados a los dioses romanos, y como esa decisión originó la rebelión de Bar-Kojba, los romanos actuaron con una dureza indescriptible: destruyeron todas las aldeas y mataron medio millón de personas.

Estamos contando todo esto para que ustedes vean cómo había desaparecido totalmente el Estado judío en Palestina, y no solamente había desaparecido como un Estado nacional, es decir, como una organización política, sino que también había desaparecido desde el punto de vista religioso porque ya había sido destruido tres veces lo más sagrado para los judíos, que era el templo de Jerusalén, que había levantado Salomón de acuerdo con los planos que le dejó David, y con el dinero que le dejó David para construir1o. El país había sido ocupado por numerosos, no uno, ni dos, ni tres, sino por numerosos imperios, y además en el orden religioso la ciudad de Jerusalén había dejado de ser la capital del judaísmo puesto que los romanos después de destruir1a, establecieron allí una ciudad romana con templos y dioses romanos; entre esos templos había uno dedicado al emperador porque en Roma el emperador se adoraba como si fuera un dios.

Cuando Constantino el Grande se convirtió al cristianismo, cosa que sucedió en el siglo III, hizo construir en Jerusalén la iglesia del Santo Sepulcro. Ese dato indica que en el siglo III, Jerusalén había dejado de ser la capital de la religión judaica y había pasado a ser una ciudad de religión cristiana. Elena, la madre de Constantino, mandó levantar en Belén la iglesia de la Natividad en el lugar donde estuvo el establo en que nació Jesús, y mandó levantar en Jerusalén la Iglesia de la Asunción. Todos esos hechos indican que ya el judaísmo había desaparecido en Palestina, a pesar de que en el año 352 hubo una rebelión judía en Galilea que fue aplastada por Galo. En cuanto a rebeliones, sabemos que las hubo aun en tiempo de Cristo; pero muchas de ellas eran limitadas. Por ejemplo, había tribus que se levantaban por razones religiosas y otras veces por cualquiera otra causa; digamos porque mataban a un miembro de tal tribu y esa tribu respondía matando a miembros de la tribu del matador.

Bajo el gobierno de Constantino, la provincia de Judea fue unida a Arabia. Ustedes saben que la religión mahometana considera a Jerusalén como uno de los tres lugares santos de los árabes, no mientras era territorio judío sino cientos de años después, cuando era provincia del Imperio de Bizancio, allá por los años 634, 636 de la era cristiana, y desde entonces fue territorio árabe, hasta que en mayo de 1948 se estableció allí el Estado de Israel. Pero como dijimos al comenzar esta charla, ese Estado es el producto del sistema capitalista tal como éste vino a desarrollarse en el siglo XIX. Ya estuvimos hablando de que desde 1838 Inglaterra estableció en Jerusalén un Consulado que tenía la misión de ofrecer protección a los judíos que hubiera en la ciudad, y nos referimos a los planes ingleses, expuestos en el 1840, de formar en Palestina un Estado que fuera una cuña colocada entre los árabes de África y los árabes de Asia. Y ahora debemos decir que en el año 1839 el judío inglés Mosés Montifiori, que seguramente debió ser hijo de algún judío italiano porque su apellido quiere decir los montes de las flores, y que tenía el título de Sir, un título de nobleza de Inglaterra, propuso un plan de colonización judía en Palestina, y fue a base de ese plan de Sir Mosés Montifiori que se hizo en 1856 la primera plantación de naranjos en la región.

En el 1870, Charles Netter fundó una escuela agrícola en la colonia de judíos llamada Mileve Israel. y el Barón Edmond de Rothschild, de la familia de los grandes banqueros judíos que estaban establecidos en Inglaterra y en Francia, compró tierras y organizó en el sur de Palestina una siembra de viñedos. (El viñedo es la planta de la cual sale la uva, y con la uva se hace el vino. Fíjense que la palabra viñedo y la palabra vino se parecen mucho). Toda esa actividad, organizada por grandes figuras del judaísmo inglés del siglo pasado respondía a un plan de expansión del capitalismo industrial inglés, que era entonces el que se hallaba a la cabeza del desarrollo industrial del sistema capitalista.

No es cierto, como dice Michel Bar-Zohar en su libro Israel: el nacimiento de una Nación, que el sionismo nació el 19 de diciembre de 1894 en el tribunal militar de París mientras era juzgado el capitán Alfred Dreyfus, judío francés acusado por su jefe inmediato de haber vendido a los alemanes secretos militares. Dreyfus fue condenado a cadena perpetua en La Cayena. La Cayena queda en la Guayana Francesa, y ese lugar era conocido en el mundo entero como el presidio más espantoso de la Tierra. Michel Bar-Zohar cuenta lo siguiente:

Entre los periodistas (que se hallaban presenciando aquel juicio), un hombre es presa de una emoción intensa. Es vienés, escritor y publicista enviado especial en París del Neue Freie Presse (que era un periódico de Austria). Es un judío austriaco, el doctor Theodoro Herzl. Republicano, francófilo ferviente (es decir, que admiraba mucho a Francia), siente que todo un mundo se derrumba en el proceso Dreyfus. Bruscamente descubre la verdad: los judíos no tendrán jamás paz, seguridad ni respeto mientras estén dispersos entre las otras naciones. Su única salvación es encontrar una patria, un hogar para ellos. Ese hogar existe desde siempre: es Palestina. Herzl decide escribir un libro, El Estado Judío, en el que expone su idea, la creación de un Estado hebreo. Al año siguiente el libro es publicado en varias lenguas y suscita una emoción indescriptible en los medios judíos.

Hasta aquí llega el autor de la biografía de Ben Gurión, que tiene ese título de Israel: el nacimiento de una Nación.

Decíamos que lo que cuenta Michel Bar-Zohar no es verdad, porque el sionismo no nació de golpe debido a una emoción que sacudió el alma de Theodoro Herzl. En la naturaleza que nos rodea y en la mente de los hombres los hechos se dan como resultado de un proceso que va cubriendo etapas; todo, hasta el relámpago que vemos iluminando las nubes negras y desatando truenos que parecen cadenas de cañonazos, todo eso es resultado de un proceso. Nada se produce instantáneamente. Cuando Herzl estuvo en París enviado por un periódico austriaco para informar del juicio contra Dreyfus, que fue el juicio más célebre en su época, ya había colonias judías en Palestina; las había desde hacía muchos años. Es más, Theodoro Herzl no había nacido todavía cuando los colonos judíos sembraban naranjos en Palestina siguiendo los planes trazados por Sir Mosés Montifiori. Lo que hizo Herzl fue publicar dos años después del juicio de Dreyfus un libro titulado El Estado Judío, en el cual se le dio forma orgánica a una idea y a una práctica que tenían muchos años de vida, y es posible que la condena de Dreyfus (absolutamente injusta porque el que le vendió secretos militares a Alemania no fue él sino su jefe, que era un coronel del ejército francés) estimulara a Herzl a escribir su libro, pero no es verdad que ese libro le surgió de repente en el fondo del cerebro cuando oyó la condena de Dreyfus. Las ideas que Herzl expresó venían desarrollándose desde hacía tiempo, gradualmente, en muchas mentes judías y en otras no judías, pero el que las ordenó en un conjunto fue Herzl; en vez de hablar de enviar judíos a Palestina para formar colonias de agricultores, habló de crear un Estado Judío en Palestina. Es más, Herzl llegó hasta a señalar las fronteras de ese Estado cuando dijo estas palabras: "Debemos tener acceso al mar en razón del porvenir de nuestro comercio exterior. Debemos igualmente poseer una gran superficie de tierra para introducir nuestros cultivos modernos en gran escala”. Y más adelante decía que la consigna que los judíos debían lanzar era la de "la Palestina de David y Salomón”.

Pero a medida que pasaba el tiempo, su idea de la creación de un Estado judío en Palestina iba teniendo éxito entre la población judía de Europa y América, y con ese éxito las ambiciones de Herzl crecían también, y ya en los últimos tiempos no le parecía suficiente la Palestina de David y Salomón y quería una Palestina que fuera desde el río de Egipto, es decir, el río Nilo, hasta el Eufrates. Los judíos llegaron efectivamente hasta el río Nilo, hasta cerca del Nilo, puesto que llegaron hasta el Canal de Suez en el 1967; lo que nos parece un poco difícil es que puedan llegar hasta el Eufrates aunque podemos estar seguros de que hay muchos de ellos, si no una mayoría de ellos, que están alimentando ese sueño. Hace tres o cuatro días, por ejemplo, hubo en Jerusalén manifestaciones contra el gobierno actual de Israel porque las fuerzas judías van a retirarse unos pocos kilómetros del Canal de Suez. Centenares de jóvenes, de muchachos y muchachas, se pararon frente a las oficinas del primer ministro, jefe del gobierno, con un conejo en la mano, yeso en Israel es una manera de llamarle cobarde al primer ministro porque allí el conejo es el símbolo de la cobardía.

En sus primeros pasos como ideólogo del sionismo, Herzl pensó que el Estado judío podía establecerse en la América del Sur, y hubo sionistas que hablaron de establecerlo en la Argentina y en el Brasil y hasta en Uganda. Uganda es el país africano donde gobierna "Papacito” Amín, que fue sargento de la guardia inglesa y ahora le pone telegramas a la reina de Inglaterra diciéndole que él va para Londres y le exige que ella vaya al aeropuerto a esperarlo. Pero el primer congreso sionista, que se celebró en la ciudad suiza de Basilea en el 1897, es decir, un año después de haber sido publicado el libro de Herzl, señaló concretamente a Palestina como el lugar para formar el Estado judío, y señaló el método para penetrar en Palestina y quedarse allí diciendo que debía hacerse mediante una (y ahora leo las palabras de Herzl) "colonización racional de Palestina por medio del establecimiento de labradores, artesanos e industriales judíos”, cosa que precisamente venía haciéndose desde hacía muchos años, desde antes de que él naciera, porque Theodoro Herzl nació en el año 1860 y ya en Palestina había labradores (quiero decir, agricultores) y artesanos judíos.

El segundo congreso sionista, celebrado en 1899, decidió fundar el Banco Colonial judío, que tendría su sede en Londres y que se dedicaría a financiar el establecimiento de negocios agrícolas, industriales y comerciales en Palestina y en Oriente. Lo que planeaban los sionistas era comprarle la Palestina al gobierno turco y el propio Herzl le dijo al sultán Abdul-Hamid:

Si Su Majestad nos diera la Palestina podríamos comprometemos a regularizar completamente las finanzas de Turquía. Para Europa constituiríamos en la región un sector de la muralla contra Asia; seríamos el centinela avanzado de la civilización contra la barbarie. Nos mantendríamos, como Estado neutral, en relación constante con toda Europa, que debería garantizar nuestra existencia.

Observen que esas eran exactamente, aunque dichas con otras palabras, el plan de Lord Palmerston y la idea de Lord Saftesbury; es decir, "la separación del mundo árabe entre su parte africana y su parte asiática, por medio de la creación de un Estado", sólo que ni Palmerston ni Saftesbury llegaron a decir que el Estado sería judío. Eso vino a decirlo Herzl cincuenta años después en su proposición al sultán Abdul- Hamid, quien le respondió a Herzl, con la dignidad propia de un jefe de Estado, de esta manera: "El Imperio Turco no me pertenece a mí sino al pueblo turco. Yo no puedo distribuir ningún pedazo del mismo. Que los judíos se guarden sus millones. Cuando mi Imperio sea repartido podrán tener Palestina por nada. Pero es únicamente nuestro cadáver lo que será dividido. Yo no aceptaré una vivisección" (vivisección significa cortar a un ser humano o animal estando vivo). Efectivamente, fue después de que el Imperio Turco era un cadáver cuando los judíos pudieron adueñarse de Palestina, no antes.

El 17 de agosto de 1903, el gobierno inglés le escribió a Herzl, que iba a morir en el 1904, ofreciéndole el territorio africano de Uganda para que estableciera en él el Estado judío, lo que quiere decir que ya los ingleses aceptaban la tesis de que el Estado fuera judío aunque no estuviera situado donde ellos pensaban sino en Uganda. Herzl convocó el sexto congreso sionista para estudiar la propuesta inglesa y las conclusiones de ese congreso fueron las siguientes: "La organización sionista se atiene firmemente al principio fundamental del programa de Basilea, a saber, la creación de una patria garantizada por el derecho público para el pueblo judío en Palestina, y declina, como finalidad y como medio, toda acción colonizadora fuera de Palestina y los países colindantes".

Esas palabras "acción colonizadora" revelan que los líderes judíos comprendían de una manera clara que lo que ellos iban a hacer en Palestina era colonizarla. Herzl se oponía a la infiltración que era un método de penetración en territorio palestino seguido de manera individual por muchos judíos. Herzl murió, como dijimos hace un rato, en 1904, a mediados de ese año, y no pudo detener esa penetración que siguió dándose después de su muerte. Irse a Palestina era lo que los judíos llamaban la aliyah, el sueño de los jóvenes sionistas. Uno de los jóvenes que hicieron la aliyah fue David Ben Gurión, que iba a ser el primer jefe de gobierno del Estado de Israel.

Se estima que para el año 1903, es decir, cuando se reunió el sexto congreso sionista, el último a que asistió Herzl, la población judía en Palestina era de 60 mil almas, y esa población fue aumentando, aunque despacio; dio un salto en 1906, cuando los infiltrados judíos empezaron a establecerse en el Valle del Jordán, donde estaban las tierras más ricas de Palestina, pero para 1914 se calculaba que los judíos establecidos en Palestina no pasaban de 85 mil. Ese año de 1914 fue cuando comenzó la Primera Guerra Mundial. En esa Primera Guerra Mundial participó un cuerpo judío al lado de los ingleses. Dicen que el que a "buen árbol se arrima buena sombra lo cobija", y ellos se arrimaron a los ingleses con ese cuerpo militar. Naturalmente el inicio de la guerra no paró la infiltración judía en Palestina, que todavía era territorio turco y por tanto territorio enemigo de los ingleses. Sin embargo, la guerra provocó una salida grande de judíos de Palestina porque cuando terminó en el año 1918 había solamente 56 mil judíos y cuando comenzó cuatro años antes había 85 mil. Esa disminución se explica por la persecución turca a los que viviendo en territorio de Turquía eran partidarios de los enemigos de ese país.

Los judíos ayudaron a los ingleses en la guerra no solamente con ese cuerpo militar que se llamaba Zion Mules Corp, es decir, un cuerpo montado en mulos, una especie no de caballería sino de mulería judía, sino que en el año 1917 formaron la Legión judía y además ayudaron de muchas otras maneras. Por ejemplo, el químico Weizman, que iba a ser el primer presidente de Israel, trabajó en Londres para el gobierno inglés y logró mejorar el trinitrotolueno convirtiéndolo en un explosivo muchas veces más poderoso que lo que había sido hasta entonces y que todos los que estaban siendo usados en la guerra, y se cree que los inventos de Weizman jugaron un papel importante en la decisión del gobierno inglés de ofrecerle su respaldo a la idea de establecer una nación judía en Palestina.

Además de la influencia que pudo tener Weizman en esa decisión, se sabe que en ella pesó grandemente la posibilidad de que el movimiento sionista norteamericano, alentado por la actividad de Inglaterra en favor de la creación del Estado judío, presionara al gobierno norteamericano para llevarlo a participar en la guerra del lado de los aliados, como sucedió en el mismo año en que Lord Balfour envió a Lord Rothschild la histórica carta que se conoce con el nombre de Declaración Balfour. Debemos aclarar, sin embargo, que la entrada de los Estados Unidos en la guerra tuvo efecto siete meses antes de que Lord Balfour enviara su carta al banquero Rothschild, lo cual, naturalmente, no significa que los sionistas norteamericanos no conocieran la posición del gobierno inglés sobre el problema judío con mucha anticipación, antes, incluso, de que se produjera, al comenzar el año 1917, el bloqueo marítimo de Inglaterra, que fue el pretexto de que se valió el gobierno norteamericano para justificar su declaración de guerra a Alemania, hecho que tuvo lugar el 6 de abril de ese año 1917.

El pueblo norteamericano era opuesto a tomar parte en la guerra, pero el número de judíos que había en los Estados Unidos era altísimo y entre ellos se habían organizado muchos grupos sionistas. Sería una tontería nuestra pensar que la decisión de enviar a Lord Rothschild la carta de Lord Balfour fue obra exclusiva de este último. Esa fue la obra del llamado Gabinete de Guerra inglés, que estaba formado por los primeros ministros de los territorios ingleses, incluyendo al primer ministro de Inglaterra; y recordemos que en esos tiempos, los territorios ingleses eran enormes y riquísimos; que entre ellos estaban Australia, Nueva Zelandia, la India, Canadá, África del Sur, Rodesia, y estamos hablando de los importantes, no de los que no tenían gobiernos propios como las islas inglesas del Caribe o los protectorados africanos, entre los cuales los había de tanta categoría como Egipto.

Decíamos que el pueblo norteamericano se oponía a tomar parte en la guerra, y para que ustedes vean cómo nos han engañado siempre les contaremos que hoy mismo (26 de agosto) leíamos en The New York Times del domingo un artículo de una señora que ha muerto de 89 años y una semana antes de morir terminó ese artículo en el cual contó cómo actuaba la democracia norteamericana (que en esa ocasión era democrática dos veces porque el país estaba gobernado por el Partido Demócrata bajo la presidencia de Woodrow Wilson, el democrático presidente que ordenó la ocupación militar de Haití y de nuestro país). A todos los que se oponían a la entrada de los Estados Unidos en la guerra se les perseguía; eran apaleados, llevados a la cárcel, sacados de sus empleos y trabajos. Esa señora y un grupo de amigos de ella fundaron la Liga de la Defensa de los Derechos Humanos, que fue la primera organización de su tipo que hubo en los Estados Unidos.

SEGUNDA PARTE

El pueblo norteamericano se oponía a entrar en la guerra y los ingleses querían presionar al gobierno de Wilson para que tomara parte en la guerra. Se habían usado todas las oportunidades para llevar a los norteamericanos a la guerra, como la que se presentó cuando un submarino alemán hundió el Lusitania, un buque yanqui de pasajeros, hecho que sucedió en el año 1915, y cuando otro submarino alemán hundió un buque francés en que viajaban muchos norteamericanos; sin embargo fue el bloqueo marítimo de Inglaterra, hecho por submarinos alemanes, lo que le sirvió a Wilson de pie para declarar la guerra a los llamados Imperios Centrales, es decir, el Imperio Alemán, el Austrohúngaro y el Turco.

¿Por qué fue ese bloqueo determinante en la declaración de guerra de los Estados Unidos? Ustedes van a comprenderlo cuando sepan, en el año 1913 la balanza comercial norteamericana era favorable en 690 millones de dólares, lo que significa que entre lo que compraban y vendían a otros países había una diferencia a su favor de 690 millones de dólares; y en el año 1916 la balanza había pasado a ser favorable en 3 mil millones de dólares, y 3 mil millones de dólares, que hoy nos parecen nada, eran en aquellos días una cantidad de dinero fantástica; era tanto dinero que la mente humana no lo concebía. Y ese enorme beneficio en el comercio internacional de los Estados Unidos procedía fundamentalmente de las compras que hacían Francia e Inglaterra en Norteamérica. Esos dos países estaban dedicados únicamente a la guerra, de manera que no tenían capacidad para producir nada que no fueran equipos militares, y sus hombres, fueran obreros o fueran intelectuales, o estaban en las trincheras o estaban preparándose para ir a ellas; y en los años de esa guerra, la mujer de los grandes países industriales no tenía aún, como la tuvo en la Segunda Guerra Mundial, preparación para ir a las fábricas a ocupar los puestos que dejaban vacíos los hombres que iban a los campos de batalla. No olvidemos que la Primera Guerra Mundial fue una verdadera hecatombe, en la que tomaron parte más de 60 millones de hombres, de los cuales murieron en las trincheras muchos millones.

En esa Primera Guerra Mundial participaron todos los grandes países capitalistas y. algunos que sin llegar a grandes, estaban en camino de serlo. En ella, el Japón peleó al lado de los aliados contra Alemania, Austria y Turquía. El propósito de los grandes países capitalistas era repartirse las materias primas de las partes más atrasadas del mundo, pero como las materias primas no están en el aire, no flotan sino que están en la tierra, y la tierra se halla repartida en países, había que tomar parte en la guerra para cuando ella terminara, tener posiciones tomadas que les permitieran participar en la distribución de esos países coloniales que se haría, sin duda alguna, al terminar la guerra, o para participar en el reparto de las zonas de influencia que harían posible la explotación de esas regiones sin necesidad de ocupar físicamente los territorios que iban a ser explotados. En el caso de nuestro país hubo ocupación física, ocupación militar. Los Estados Unidos nos ocuparon en el segundo año de la guerra, un año antes de entrar en ella, para explotarnos como productores de azúcar, como hemos explicado muchas veces, y en plena guerra le compraron a Dinamarca, Saint Thomas y las Islas Vírgenes, además de que ya habían ocupado Haití y Nicaragua.

En ese momento histórico, lo más importante para Norteamérica era controlar las zonas de influencia comercial para crear lo que iba a llamarse después la Zona del Dólar, que iba a funcionar en oposición a la Zona de la Libra Esterlina, que era la moneda que corría en todo el Imperio inglés. Al terminar ese segundo año de la guerra, el balance comercial era de 3 mil millones, y claro, el gobierno norteamericano no iba a perder un dólar de esos, de manera que los sionistas norteamericanos realmente no iban a tener necesidad de hacer mucho esfuerzo para llevar al gobierno norteamericano a la guerra. Treinta y ocho años después tampoco tendrían que hacer muchos esfuerzos para que el gobierno de Truman sustituyera al gobierno inglés como protector supremo del sionismo, pues ya para esa época, es decir, para el año 1945, los Estados Unidos habían sustituido a Inglaterra en la jefatura mundial del sistema capitalista, y ese sistema fue el padre y la madre y el hermano mayor del movimiento sionista.

La carta de Lord Balfour a Lord Rothschild decía: "El gobierno de Su Majestad ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará todo lo que pueda para facilitar la puesta en práctica de ese objetivo". Al final le decía a Lord Rothschild que "hiciera conocer esa carta a todos los organismos sionistas", es decir, a la federación de organismos sionistas que estaban establecidos especialmente en Europa y en los Estados Unidos. Lloyd George, que fue el primer ministro del gobierno en el cual Lord Balfour era ministro de Relaciones Exteriores, dijo mucho más tarde, en un libro titulado La verdad sobre los tratados de paz, que todos los miembros del gobierno inglés pensaban (y aquí empiezo a leer sus palabras) "que cuando llegase la hora de otorgar instituciones representativas a Palestina, si los judíos habían sabido sacar provecho de la ocasión ofrecida por la idea del Hogar Nacional para llegar a ser una mayoría entre los habitantes, Palestina se convertiría en un Estado judío independiente".

Más claro no canta un gallo. Esa y no otra era la forma en que estaban pensando los gobernantes ingleses en el momento mismo en que el general Allenby lanzaba sus fuerzas sobre Palestina y poco más de un mes antes de que tomara a nombre de Inglaterra la ciudad de Jerusalén. (Ya ustedes saben que Jerusalén fue tomada en el mes de noviembre de 1917 por Allenby). Y si este testimonio del jefe del gobierno inglés en cuyo nombre habló Lord Balfour no nos bastara, tenemos el del general Jean Christian Smuts, que en su condición de primer ministro del gobierno de Sudáfrica, que era entonces parte del Imperio Inglés, pertenecía al gabinete de guerra del Imperio Británico en el momento en que Lord Balfour hizo conocer su declaración de apoyo al plan de que los judíos se establecieran en Palestina. En un discurso que pronunció el 13 de noviembre de 1919 en Johannesburgo, la capital de Sudáfrica, el general Smuts dijo estas palabras: “En las próximas generaciones vais a ver levantarse allí en Palestina una vez más el gran Estado judío”.

Creemos que no hay necesidad de presentar nuevos argumentas para convencerlos a ustedes de que desde el momento mismo en que el sionismo se organizó, lo hizo con el propósito bien definido de establecer un Estado judío en Palestina y que ese plan contó de antemano con el apoyo de Inglaterra, que era entonces el país capitalista por excelencia, el jefe del sistema capitalista en el mundo, y ese apoyo se explica porque por razones históricas que trataremos de explicar brevemente, los judíos habían producido una verdadera élite, una crema también mundial de grandes capitalistas especialmente en el campo de las finanzas, en el cual venían actuando desde hacía siglos, primero como prestamistas de reyes y gobiernos y después como banqueros de comerciantes e industriales y también de gobernantes.

¿De dónde salió esa élite, esa crema mundial judía de grandes capitalistas, especialmente en el campo de las finanzas? Salió de la última diáspora. ¿Qué quiere decir diáspora? Esa palabra quiere decir dispersión, y aplicada al caso concreto de la historia a que estamos refiriéndonos en estas charlas, significa dispersión de los judíos, es decir, se refiere al hecho de que los judíos fueron sacados de Palestina y tuvieron que ir a vivir a otros países, o lo que es igual, fueron dispersados. Así, sepan que cada vez que ustedes oigan la palabra diáspora deben darle solamente ese sentido. La primera diáspora fue la del destierro a Babilonia, que duró desde el año 597 al 538 antes de Cristo, es decir, unos 60 años, al cabo de los cuales los judíos volvieron a Palestina y muy especialmente a Jerusalén; la segunda diáspora es muy prolongada y no tiene fecha de iniciación. Algunos consideran que comenzó con la destrucción de Jerusalén por las fuerzas romanas bajo el mando de Tito, pero eso no parece cierto porque se sabe que hacia el siglo II antes de Cristo había judíos establecidos en varios lugares del Mediterráneo que se dedicaban al comercio y sobre todo al comercio de la moneda; había judíos en la propia Roma dedicados a ese negocio.

Parece que a raíz de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 de nuestra era y los años del dominio romano, los judíos seguían saliendo del país y se dedicaban en Alejandría, en Roma y en las ciudades grandes del Mediterráneo al comercio de dinero. Los romanos prohibieron a los judíos ir a Jerusalén. A medida que los judíos fueron penetrando en los países europeos comenzaron a ser vistos como extranjeros peligrosos porque el cristianismo se extendía rápidamente por esos países y los judíos no eran cristianos; y peor aún, a los judíos se les acusaba de haber dado muerte a Cristo. Pero el odio religioso tenía una base de otro tipo: era el comercio de dinero a que se dedicaban muchos judíos. Ese comercio los convertía en objetivos del odio popular porque cobraban muy caro por el dinero que prestaban, pero además resultaba que al mismo tiempo que ellos les prestaban dinero a las gentes del pueblo se convertían en amigos de los reyes y los nobles que cuando necesitaban dinero lo conseguían prestado de los judíos ricos.

Ahora bien, para asegurarse el cobro de esos préstamos que ellos les hacían a los reyes, a los príncipes, a los nobles (incluso se dice que el dinero para el viaje del descubrimiento de América fue proporcionado a la reina Isabel la Católica por judíos de España), esos judíos reclamaban que se les autorizara a hacer el cobro de los impuestos, y el cobro de los impuestos era cosa que no les agradaba ni a los nobles ni a los pueblos; así fue como en muchos países se fue creando un distanciamiento entre los pueblos y los judíos en el cual se mezclaban las luchas de los explotados contra los explotadores con los odios religiosos, y como el desarrollo político era en esos siglos casi inexistente porque entonces las ideologías se expresaban en términos religiosos y no en términos políticos, en vez de unirse los explotados cristianos y los explotados judíos (que los había, y eran la mayoría de los judíos como ha sucedido siempre en todos los pueblos), unos y otros se dejaban engañar por los explotadores judíos y cristianos que siempre se entendían para hacer negocios y repartirse los beneficios en las alturas en que vivían.

Cuando decimos que las ideologías de aquellos tiempos se expresaban en términos religiosos y no políticos nos referíamos a que los capitalistas que fueron formándose en el seno de la sociedad feudal eran políticamente más avanzados que los señores feudales y que los siervos feudales, pero ese avance no se manifestaba en términos políticos sino en términos religiosos; es decir, dentro del cristianismo, por ejemplo, se formaba una secta religiosa más avanzada que la religión de los más atrasados, y esa secta religiosa nueva trataba de conquistar el poder y entraba en guerra contra la parte de la población políticamente más atrasada que defendía la religión en los valores anteriores. Muchas de esas cosas están sucediendo hoy en el mundo y tenemos el ejemplo del padre Camilo Torres en Colombia, y tenemos el ejemplo de muchos sacerdotes que políticamente son más avanzados que otros. Así vino a suceder que cuando comenzó la formación del capitalismo dentro del seno de la sociedad feudal, los judíos, pero especialmente los judíos pobres, tuvieron que irse a vivir a barrios para ellos solos, barrios que a veces tenían que ser amurallados, es decir, tenían que hacerse cercas de piedras para que sus habitantes pudieran defenderse de los ataques de las poblaciones cristianas.

Esos barrios judíos se llamaban ghettos, palabra de origen italiano que se usa hoy para referirse a barrios donde viven razas consideradas inferiores, como es el caso de los negros en los Estados Unidos. Había otra palabra que se relacionaba con esa y que ya no se usa. Era la palabra progrom, que significa ataque, destrucción y saqueo de un ghetto judío por parte de cristianos, generalmente azuzados por las autoridades que necesitaban distraer la atención del pueblo por razones políticas o porque querían quedarse con los bienes de los judíos e inventaban, cada vez que la situación económica o política se les ponía difícil, cualquier argumento que pudiera sublevar a las masas cristianas o católicas, como por ejemplo, la noticia de que varios judíos habían sido sorprendidos comiéndose un niño cristiano o sacándole la sangre para bebérsela o que unos cuantos judíos se habían robado la hostia sagrada de tal iglesia o que habían quemado una imagen de la virgen talo de Jesús.

A veces las matanzas de judíos llevadas a cabo en los progroms eran impresionantes, y aunque los progroms fueron desapareciendo en los países de Europa a medida que iba avanzando la conciencia política de las masas, siguieron llevándose a cabo en algunas partes, como en Rusia, y aunque sea difícil de admitir, esa persistencia de los progroms y en general de la discriminación violenta contra su pueblo, llevó a muchos intelectuales judíos a elaborar lo que podríamos llamar una ideología del aislamiento y diferenciación que los separaba de los pueblos mientras otros, como fue el caso de Marx, respondieron buscando la verdad profunda acerca de lo que dividía a cristianos y judíos y encontraron que esa era una división falsa y concebida para engañar a los pueblos; que lo que realmente dividía a la gente no era la religión sino el lugar que cada quien ocupa en las relaciones de producción.

Así por ejemplo, en Inglaterra, el país más desarrollado del mundo dentro del sistema capitalista, un judío como Disraeli llegó a ser en el siglo pasado jefe del gobierno, es decir, primer ministro, y un banquero como Rothschild llegó a Lord del reino, es decir, fue declarado noble. En otro país donde el capitalismo se desarrollaba rápidamente, los Estados Unidos, muchos judíos pasaron a ocupar posiciones de mando en la banca, las industrias, el comercio y varias actividades, especialmente, en las que forman o ayudan a formar la opinión pública. Debemos insistir especialmente en el caso de los comerciantes judíos de dinero que se dedicaban a ese negocio ya en tiempos de Roma, en la provincia capital del imperio Romano y en tiempos de los reyes ptoloméicos en Alejandría.
Recordemos a los cambistas, esto es, a los que compraban y vendían monedas, a los peregrinos que iban al templo de Jerusalén, a quienes Jesús echó de allí a latigazos. Pues bien, el manejo de ese negocio durante siglos formó entre los judíos expertos banqueros y financistas, como la venta de joyas formó entre ellos grandes capitalistas joyeros. En pocas palabras, a medida que la sociedad occidental se desarrollaba y entraba en la era capitalista y el capitalismo se desarrollaba a su vez, entre los judíos fueron desarrollándose habilidades y mentalidades capitalistas que pasaron a asociarse de manera natural y lógica con los grandes capitalistas no judíos, porque tal como aclaró Marx, las sociedades no primitivas se dividen en clases, y tal como dice la gente del pueblo desde tiempo inmemorial siglos antes de que naciera Marx, cada oveja busca su pareja.

Digamos que no todos los judíos que se destacaron se hicieron capitalistas. La necesidad de sobrevivir en un mundo que los perseguía y la división del trabajo que se va dando en cada sociedad a medida que aumenta el número de sus miembros y la vida se va haciendo más compleja debido al desarrollo de las fuerzas productivas, llevó a muchos judíos a hacer esfuerzos gigantescos para destacarse en sus medios respectivos, porque un judío que se destacaba como médico o como matemático o como músico o como político se ponía a salvo de la persecución y sobre todo de la discriminación injuriante. Eso es lo que explica que en la historia de Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Rusia y otros países haya tantos judíos que conquistaron nombres famosos, que entre ellos surgieron sabios en todas las ciencias y figuras mundiales en todas las actividades. Pero hay que convenir en que el mayor número de los judíos que se destacaron lo hicieron como capitalistas o como ideólogos del sistema capitalista, y hay que convenir también en que la mayor parte de la masa judía de la diáspora siguió a esos capitalistas y a esos ideólogos del sistema capitalista. Ahí es donde hay que ir a buscar la fuerza original y actual del sionismo. Hay que buscarla en el hecho de que es una organización que defiende y expande violentamente lo que se llama el status quo, es decir, lo que está establecido, el sistema en que vive, y lo defiende con todas las armas, las ideológicas y las de hierro.

La semana pasada mencionamos el caso del segundo congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, organización de categoría histórica porque ella fue la que estableció el primer Estado socialista que conoció la humanidad, de manera que dentro de 50 ó 100 años, cuando la mayoría de los países del mundo sean socialistas, hecho que nadie podrá evitar, ese partido será reconocido en todas partes como lo han sido durante 1.900 años los apóstoles del cristianismo, esto es, como los propagandistas de una nueva era. Pues bien, el segundo congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, que se celebró en Bruselas entre el 17 de julio y el 10 de agosto de 1903, casi al mismo tiempo que se celebraba el congreso sionista de ese mismo año, fue de importancia excepcional porque en él quedó definida la forma en que debían organizarse los partidarios rusos del marxismo para poder alcanzar el poder, y en la tarea de lograr esa definición los miembros del congreso quedaron divididos en dos grupos; uno llamado mayoría que en ruso se dice bolchevique, y otro llamado minoría que en la misma lengua se dice menchevique.

Pues bien, entre los mencheviques estaba un sector formado principalmente por judíos marxistas que exigían que el congreso los reconociese como los únicos representantes de los trabajadores judíos, yeso significaba nada más y nada menos que para esos marxistas judíos la sociedad no estaba dividida en clases como lo habían demostrado Marx y Engels sino en nacionalidades, la cual era la tesis capitalista no expresada todavía en esa época de manera organizada por ninguna doctrina. Esa sería precisamente la tesis que iba a justificar la guerra de un país rico contra uno pobre para quitarle sus riquezas arrebatándole la soberanía a fin de poder arrebatarle, a través de la dependencia política, sus materias primas, su comercio, y pagarle a bajo precio su mano de obra. La actitud de esos judíos marxistas rusos es una prueba de hasta qué punto muchos judíos, aun llamándose revolucionarios eran en realidad partidarios del sistema -y hablamos del sistema capitalista- que aparentemente deseaban o se proponían derrocar. Todavía hoy miles de soviéticos de origen judío luchan por salir del país donde nacieron y se formaron para irse a Israel Eso demuestra que habiendo nacido socialistas y habiéndose formado en un ambiente socialista, realmente son partidarios a rajatabla del capitalismo, y eso, el capitalismo, es lo que les atrae de Israel.

El sionismo nació como una expresión ideológica y práctica del capitalismo en el mismo momento en que en Europa se desarrollaban las organizaciones nacientes del socialismo, de manera que si vemos los acontecimientos del Cercano Oriente desde el punto de vista marxista tenemos que concluir en que lo que está sucediendo en esa región es un reflejo a nivel internacional de la lucha de clases que se lleva a cabo en todo el mundo, yeso y no otra cosa es lo que explica el papel que han jugado, y siguen jugando en los acontecimientos del Cercano Oriente, los Estados Unidos, de parte de Israel, y la Unión Soviética y otros países socialistas, de parte de los pueblos árabes. Esa lucha, cuando se lleva a cabo de parte de un país rico y poderoso contra uno pobre y débil, tiene un nombre, o mejor dicho dos nombres, se llama imperialismo por un lado y por el otro se llama colonialismo.

Israel está llevando a cabo en el Cercano Oriente una lucha imperialista con el propósito de colonizar a los pueblos de la región a partir de la base que ha establecido en Palestina. Si se vuelven los ojos atrás se puede comprobar lo que decimos recordando que desde el primer momento los judíos se prepararon para esa lucha organizándose como se organiza una empresa económica que persigue un fin político. Comenzaron reuniendo dinero para comprar tierras en Palestina o consiguiendo que las compraran banqueros como los Rothschild; después organizaron un banco que no podía tener un nombre más significativo, Banco Colonial judío, que cosa de medio siglo más tarde pasaría a ser el Banco Nacional de Israel. Para capitalizar ese banco, es decir, para proporcionarle fondos, se creó el Fondo Nacional Judío y casi 30 años después, en el 1929, se organizó en la ciudad suiza de Zurich la Agencia Judía, cuya función consistía en dirigir desde el punto de vista económico, pero con criterio político, las actividades de los judíos que se hallaban en Palestina.

TERCERA PARTE

En algún libro cuyo título no recuerdo ahora, leí este razonamiento: Los grandes terratenientes árabes de Palestina, muchos de ellos absentistas (palabra que significa personas que viven ausentes de sus tierras o de sus negocios) les vendieron sus propiedades a los judíos sin que éstos los forzaran en ningún sentido, y en la mayoría de los casos los judíos pagaron esas tierras en más de lo que valían. Bien, aceptemos eso como verdad irrebatible, pero se trata de una verdad dentro de un concepto capitalista de la moral pública y privada, no dentro de un concepto humanitarista y por tanto de justicia auténtica. A millones y a cientos de millones y a miles de millones de personas se les ha hecho creer que la moral capitalista es la moral verdadera y por esa razón hay enormes cantidades de gente que consideran que es absolutamente moral que el que tiene algo lo venda, sobre todo si quien lo compra lo paga en algo más de lo que vale, y que es absolutamente moral que el que dispone de dinero compre lo que necesite o lo que le guste sin tomar en cuenta para nada a los demás. En el caso concreto de las tierras, que son bienes de producción con los que se ganan la vida, aun dentro del sistema capitalista, los que trabajan en ella aunque sean trabajadores que reciben un salario injusto, el propietario que se las vende a un extranjero está vendiendo un pedazo de su patria que no le pertenece solamente a él, porque al mismo tiempo que esa tierra es suya dentro de la ley fundamental del sistema capitalista que es la que establece la propiedad privada de los bienes de producción, esa tierra es también de las generaciones que no han nacido, puesto que los que van a nacer necesitarán un territorio para tener una patria.

Una patria es el hogar de un pueblo, y un pueblo sin el territorio donde debe vivir y producir no puede formar una patria. Ahora bien, esos grandes propietarios árabes, muchos de ellos absentistas como dijimos hace poco, les vendieron sus tierras a los judíos sin tomar en cuenta lo que iba a sufrir el pueblo de Palestina cuando no tuviera tierras para trabajar en ellas, para producir en ellas lo que tenía que alimentarlo, y lo hicieron sin remordimiento de conciencia porque actuaban de acuerdo con la moralidad capitalista. En esa moral, lo que me deja beneficios económicos es bueno aunque perjudique a otros, y lo que me perjudica económicamente, o sin llegar a perjudicarme no me deja beneficios en dinero, es malo aunque beneficie a mi pueblo o a todo el mundo.

Ustedes recordarán que hace poco dijimos que al terminar la Primera Guerra Mundial, lo que equivale decir al terminar el año 1918, la población judía en Palestina era de 56 mil personas, pero recordemos también que al finalizar ese año de 1918, los ingleses estaban en Palestina desde hacía un año, y que iban a estar ahí hasta el 15 de mayo de 1948, esto es, 30 años más; recordemos que desde el año 1938, los ingleses tenían el propósito de meter una cuña entre los países árabes de África y los de Asia, y que esa cuña iba a ser concebida después como un Estado judío establecido en Palestina, y recordemos por fin que al comenzar el mes de noviembre de 1917 el gobierno inglés por boca de su ministro de Relaciones Exteriores declaró que Inglaterra estaba dispuesta a emplear todos sus esfuerzos para que se estableciera en Palestina un Hogar Nacional judío. Esos puntos que acabamos de recordarles forman una línea clara, coherente; esto es, todos esos puntos están relacionados entre sí como parte de un plan general que había surgido como una idea ochenta años antes y que se había ido realizando a lo largo de ese tiempo a medida que las circunstancias iban permitiéndolo.

A partir del final de la Primera Guerra Mundial resultaría más fácil llevar adelante ese plan porque Palestina había quedado bajo mandato inglés. Según se dice con acierto en el número 70 de Les Cahiers de l'Histoire, tal como aparece en la traducción al español del libro El Problema Palestinense, páginas 63-64, "Los estados árabes vecinos de Israel no han cesado de temer que la inmigración sea el origen de un engranaje sin fin (que es lo que nosotros llamamos aquí tornillo sin fin) al pedir los judíos tierras para ubicar sus inmigrantes (es decir, los judíos que llegaban a Palestina), y al instalar inmigrantes para poder pedir tierras... Los árabes tenían, pues, fundamentos para considerar la creación del Estado de Israel, no como el comienzo de una era de estabilidad, sino, como el origen de una expansión" (destinada a llevar a Palestina a los judíos de todos los países) como en efecto ha resultado ser.

Golda Meier, quien originalmente se llamaba Golda Meyerson, tenía razón cuando declaró, siendo una jovencita, el 24 de agosto de 1921: "No es a los árabes a quienes los ingleses van a elegir para colonizar Palestina, sino a nosotros". Y efectivamente así fue, y así tenía que ser dado que en ese terreno los ingleses no estaban improvisando; seguían, como dijimos hace poco, una línea adoptada desde hacía 80 años. Para el 1920, los ingleses habían autorizado una entrada anual de 16 mil 500 inmigrantes judíos y para el 1922 la población judía llegaba a ser el 11 por ciento de la población total de Palestina.

En un libro titulado Palestine, Loss of a Heritage, cuyo autor es Sami Hadawi, encontramos datos muy precisos y bien organizados, lo que se explica porque Sami Hadawi fue funcionario evaluador de tierras e inspector de mediciones para el pago de los impuestos en el Departamento de Establecimiento en las tierras del gobierno de Palestina de 1937 a 1948, lo que le dio oportunidad de mantenerse bien informado en materia de tierras ocupadas por judíos y por árabes así como del número de judíos que llegaban a Palestina; y dice él que al ocupar los ingleses en 1917 el territorio de Palestina, la población era aproximadamente de 700 mil personas, de las cuales 574 mil eran mahometanas, 70 mil eran cristianas y 56 mil judías; pero que datos de confianza, en los que podía creerse, solamente vinieron a tenerse en el censo hecho el 23 de octubre de 1922 y en el que se hizo el 18 de noviembre de 1931, aunque del último, el de 1931, se excluyeron, o se sacaron para fines de cálculos futuros, los soldados ingleses de ocupación, que eran unos 2 mil 500, y los beduinos del sub distrito de Besheba, que eran 66 mil 553. (Debemos aclarar que los beduinos son los habitantes árabes del desierto, que viven trasladándose constantemente de un sitio a otro). Los datos de ese censo mostraron que de 752 mil 48 habitantes que tenía Palestina en el año 1922, se había pasado en 1931 a 1 millón 33 mil 314, de los cuales eran mahometanos, incluyendo los nómadas, 759 mil 700; judíos, 174 mil 606; cristianos, 88 mil 907, y de otras religiones, 10 mil l0l.

Los únicos que habían aumentado más del doble habían sido los judíos, que de 83 mil 790 habían pasado a 174 mil 606; el aumento de la población árabe apenas pasó rozando de la tercera parte. En cuanto a la tierra, los 56 mil judíos que había en el país en el 1918 ocupaban 162 mil 500 acres, cantidad que equivale a un millón 45 mil 528 tareas; pero el total de las tierras llegaba a 6 millones 580 mil 755 acres, o dicho en tareas, 42 millones 375 mil 700.

Ahora bien, esos números y los tantos por ciento de ellos parecen decir una verdad pero no dicen la verdad, porque cuando se habla de tierra lo más importante no es la cantidad; lo más importante es la calidad. Diez tareas de tierra en Moca producen muchas veces más que 200 tareas de tierra en Guayacanes, y me refiero a Guayacanes de la costa Este que queda a unos 10 ó 12 kilómetros de San Pedro de Macorís; y además de la calidad, la tierra tiene más valor si está cerca de una ciudad importante donde hay población que pueda consumir el producto de esa tierra, y si se estudia el mapa de los suelos de Palestina en esa época, se aprecia en el acto que los judíos se adueñaron de las tierras de mejor calidad, aunque cuando las Naciones Unidas planearon en el año 1947 el reparto de Palestina entre los judíos y los árabes, a ellos les tocaron, además de las mejores tierras, la mayor parte de las de Neguev, que eran las más pobres, pero también a los árabes les tocaron esas del Neguev y las de las orillas del Mar Muerto y del Jordán, hasta el Norte de Nablus, y todas esas son tierras de la misma pobre calidad que las de Neguev.

La inmensa mayoría de las tierras destinadas a los árabes, tal vez más del 80 por ciento, era de calidad o mediana o pobre, pero digamos también que calidad mediana o pobre no significa en Palestina tierras improductivas. Esas tierras de Neguev y de la orilla derecha del Jordán produjeron siempre olivos, que es el árbol de la aceituna, de la cual se saca el aceite, y viñedo s, es decir, la planta de la uva de la cual se hace el vino. Los grandes propietarios árabes, especialmente los absentistas como dijimos hace poco, iban vendiendo sus tierras a los judíos, y la organización obrera judía llamada Histadruth prohibía que los propietarios judíos, fueran privados o fuera la Agencia judía, emplearan trabajadores no judíos, de manera que la masa del pueblo palestino árabe que no disponía de tierras sino que vendía su fuerza de trabajo quedaba en una situación desesperada. Esa situación dio lugar a explosiones de violencia que se hicieron graves a partir de 1929.

Debemos aclarar que la violencia no detuvo la llegada de judíos a Palestina. En 1939 ya había allí unos 400 mil judíos. Ese mismo año el gobierno inglés reconoció que había ido demasiado lejos en su apoyo a los judíos porque los árabes se levantaban y mantenían un estado de sublevación permanente, y en el Libro Blanco de ese año declaró que no tenía la intención de patrocinar un Estado judío en Palestina sino que Palestina debía convertirse en un Estado independiente, en el cual debían vivir juntos árabes y judíos con iguales derechos y responsabilidades, y fijó la cantidad de emigrantes judíos en 10 mil por año, más 25 mil refugiados por año, durante 5 años.

Pero sucedió que en ese año de 1939, estalló la Segunda Guerra Mundial provocada por el ataque alemán a Polonia, como dijimos en la charla anterior, y sucedió también que Hitler y su partido nazi tenían como base de su doctrina al mismo tiempo que la destrucción de la Unión Soviética, el aniquilamiento de la raza judía, a la que Hitler consideraba la culpable de todos los males de Alemania. La salida de judíos de Alemania, Austria y Checoeslovaquia aumentó enormemente en ese año de 1939 y pasó a convertirse en un torrente humano a partir de la ocupación de Polonia. Una parte de esos judíos iba a otros países, especialmente a los Estados Unidos, pero gran parte iba a Palestina. La enorme matanza de judíos hecha por los nazis en los años de la guerra agravó la situación de los palestinos porque creó un clima mundial de horror hacia los crímenes nazis que se manifestaba en un apoyo general al propósito de establecer un Estado judío en Palestina. De nada valió que en el protocolo de Alejandría, que sirvió de base a la formación de la Liga Árabe, se dijera esta verdad más grande que las pirámides egipcias: "No puede haber mayor injusticia que resolver el problema de los judíos tan injustamente tratados en Europa, mediante otra injusticia causada a los árabes de Palestina".

Para el año 1939, Inglaterra comenzaba a ver con preocupación la situación de Palestina, pero para 1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial, la corona de reina del sistema capitalista había pasado de la cabeza de Inglaterra a la de los Estados Unidos. La crema mundial judía del sistema capitalista, que había establecido en el siglo pasado su cuartel general en Inglaterra, porque Inglaterra fue desde el siglo XVIII el centro mundial del capitalismo, había ido a establecerse en los Estados Unidos a partir de los años que siguieron el final de la guerra de secesión norteamericana, debido a que después de esa guerra comenzó el violento desarrollo de ese país que iba a llevarlo a la posición de líder del capitalismo mundial, puesto que alcanzó gracias a las dos grandes guerras de 1914-1918 y 1939-1945.

Al terminar la segunda de esas guerras, los judíos norteamericanos se hallaban a la cabeza de grandes industrias, grandes bancos y especialmente dominaban los medios de comunicación de masas como periódicos, estaciones de radio, agencias de publicidad, editoras de libros, cátedras de universidades y colegios, y dominaban también organizaciones de trabajadores y el pequeño comercio de las ciudades más importantes del país, y además la población judía de los Estados Unidos había llegado a ser muy numerosa. Un ejemplo de lo numerosa que llegó a ser la población judía, lo tenemos en el caso de Henry Kissinger. Henry Kissinger era un niño judío alemán y salió huyendo con su familia de Alemania cuando tenía 13 años, durante esa Segunda Guerra Mundial; fue a dar a los Estados Unidos y ahí lo tienen ustedes ahora de Secretario de Estado de ese país. Imagínense si será o no será influyente.

Después de la conferencia de Yalta, en la que tomaron parte el presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, el jefe del gobierno y del partido comunista de la Unión Soviética, Josef Stalin, y Winston Churchill, el jefe del gobierno inglés, Roosevelt se reunió con Abdul Aziz Ibn Saud, que era el rey de Arabia (de su nombre Saud sale el nombre de Arabia Saudita) y era el padre de Faisal, a quien acaba de matar hace poco un sobrino.

La reunión tuvo lugar a bordo del crucero Quincy; en el que viajaba Roosevelt, y según cuenta Leonard Mosley en su libro El peligroso juego del petróleo, mientras los dos jefes de Estado hablaban de cultivos y de la cooperación entre los Estados Unidos y la Arabia Saudita para la extracción y comercialización del petróleo, parecían dos viejos amigos. Menos armonía hubo al tratar de la solución del problema palestino. La conversación derivó, entonces, hacia una serie de malentendidos que iban a enturbiar las relaciones entre ambos países en los meses siguientes.

Hasta ahí llega ese párrafo de Mosley, quien sigue diciendo que "Roosevelt prometió, primero de palabra y después confirmándolo por carta, que como presidente nunca llevaría a cabo ninguna acción hostil para los árabes, y que el gobierno de Washington no cambiaría su política palestina sin consultar de antemano tanto a los árabes como a los judíos". Ibn Saud quedó muy contento con esa declaración, pero sucedió que Roosevelt murió dos meses y medio después de haberla hecho, y según dice Mosley "su promesa murió con él"; y en una nota al pie, Mosley explica lo siguiente: Al romper la promesa de Roosevelt el presidente Harry S. Truman usó unas palabras que desde entonces han venido obsesionando, dice Mosley, tanto a los petroleros como a los diplomáticos que intentan negociar con los árabes. Las palabras de Truman que Mosley pone entre comillas son éstas:"Lo siento, señores, pero me debo a cientos de miles de personas que están deseosas de ver el éxito del sionismo. Entre mis electores carezco de cientos de miles de árabes".

Para ganarse el apoyo de los judíos norteamericanos, un apoyo que significaba su elección como presidente de los Estados Unidos, Truman respaldaba la petición judía de que se permitiera la entrada inmediata en Palestina de otros 100 mil judíos. De hecho, ya para ese momento, año de 1947, el poder que decidía en Palestina no era Inglaterra, eran los Estados Unidos. Cuando la Agencia Judía resolvió respaldar a las organizaciones terroristas judías que actuaban en Palestina contra las autoridades inglesas y contra los árabes, desde luego, los ingleses arrestaron a algunos jefes de la Agencia Judía. Eso ocurrió cuando los terroristas judíos volaron el hotel David, donde había varios jefes ingleses. Truman protestó de esa medida mientras al mismo tiempo el Congreso norteamericano se negaba a dar fondos pedidos por los ingleses para cubrir gastos que ellos hacían precisamente en Palestina.

CUARTA PARTE

El desplazamiento de Inglaterra de su papel de país líder del sistema capitalista mundial y la ocupación del lugar que dejó vacío Inglaterra por los Estados Unidos, determinó a su vez un movimiento del bloque socialista para enfrentarse a los Estados Unidos. Todavía la revolución socialista no había triunfado en China ni en ningún país fuera de la Unión Soviética y de la Europa Oriental y Central, y el líder natural de los países socialistas en los que el socialismo había triunfado en los años finales de la Segunda Guerra Mundial era la Unión Soviética. Así pues, en términos de liderazgo hubo un enfrentamiento de tipo político entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que no llegó a manifestarse en hechos porque la Unión Soviética apoyaba la idea de que se estableciera en Palestina un Estado en el que vivieran conjuntamente árabes y judíos, es decir, no un Estado judío ni un Estado árabe sino un Estado para árabes y judíos. En el resto de Europa el enfrentamiento fue más agudo especialmente en el caso del bloqueo de Berlín y tomó el nombre de la guerra fría, pero en esa guerra fría los soviéticos no perdieron de vista la situación que iba creándose en el Cercano Oriente a causa de la cual en 1945 se creó la Liga de Estados Árabes.

Cuando los ingleses se dieron cuenta de que si la guerra fría se extendía al Cercano Oriente ellos no tenían nada que ganar, pero podían perder su ventajosa posición en Egipto, decidieron retirarse de Palestina, y esa decisión precipitó los acontecimientos que iban a dar lugar al nacimiento del Estado de Israel. Sin embargo, desde el mes de noviembre de 1947 en las Naciones Unidas se había hecho un reparto de las tierras que debían ocupar los árabes y de las tierras que debían ocupar los judíos.

Dijimos que la decisión de Inglaterra de retirarse de Palestina precipitó los acontecimientos que iban a dar lugar al nacimiento del Estado de Israel, y ese Estado nació protegido, no ya por Inglaterra sino por los Estados Unidos. Hubo, pues, una traslación de poderes. Así vino a suceder que al heredar el lugar de Inglaterra como jefe del mundo capitalista, los Estados Unidos heredaron también la paternidad del Estado de Israel, que había sido planeado por Inglaterra desde hacía más de 100 años.

Al mismo tiempo que la decisión inglesa de abandonar Palestina colocó a los Estados Unidos en el papel de protectores del Estado de Israel, que iba a nacer el día antes de la retirada de los ingleses, esa decisión prolongó la autoridad de los ingleses en Egipto varios años, por lo menos, hasta e1 26 de julio de 1956, es decir, un poco más de ocho años después del nacimiento del Estado de Israel.

En ese 26 de julio de 1956, Nasser declaró la nacionalización del Canal de Suez; y la nacionalización del Canal de Suez fue el fruto de la lucha política entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que eran los dos poderes enfrentados en el Cercano Oriente. Ya no eran Inglaterra y los árabes; ya eran los Estados Unidos y la Unión Soviética en su condición de potencias mundiales. Nasser necesitaba enormes cantidades de dinero para levantar la presa de Assuán, que es la más grande del mundo, y los Estados Unidos se las negaban porque su protegido en el Cercano Oriente era Israel. Estamos hablando de 1956; ya había pasado la guerra de 1948 entre Israel y Egipto, y como país líder de la Liga Árabe, Egipto estaba a la cabeza de la lucha contra Israel. Nasser respondió a la negativa norteamericana nacionalizando el Canal de Suez, y los gobiernos dueños de la compañía que administraba el Canal, que eran Inglaterra y Francia, respondieron a su vez organizando un ataque israelí a Egipto, para lo cual Ben Gurión, jefe del gobierno de Israel, fue llevado en secreto a Francia a fin de decidirlo a que Israel atacara en Egipto, con lo cual se justificaría la intervención inglesa y francesa en el conflicto.

Esa justificación era indispensable porque ni Inglaterra ni Francia podían contar en ese momento con la aprobación norteamericana debido a que por detrás de Nasser estaba el poder soviético, y los Estados Unidos temían que su participación en un ataque a Egipto, aunque fuera encubierta, desatara una nueva guerra mundial.

Ben Gurión, Shimon Perés y Mosé Dayán llegaron a la ciudad francesa de Sevres, en viaje secreto, el 22 de octubre de 1956, y las elecciones norteamericanas, en las cuales el presidente Eisenhower iba como candidato a la reelección, se celebrarían dos semanas después. Cualquier desliz en la política exterior de los Estados Unidos podía significar la derrota de Eisenhower, que equivalía a la derrota del Partido Republicano; y por esa razón lo que hicieran los ingleses y los franceses en Egipto tenía que ser hecho sin que se enterara el gobierno norteamericano; de ahí que el viaje de los líderes israelistas a Francia y el de los altos jefes políticos ingleses y franceses a la ciudad de Sevres para entrevistarse con ellos fueran movimientos hechos con tantas precauciones que ni la CIA se enteró, pero seamos justos y digamos que tampoco se enteraron los servicios soviéticos de contraespionaje. No se enteró nadie; sólo los que actuaron. En esas entrevistas de Sevres se decidió el ataque israelí, inglés y francés a Egipto.

El ataque comenzó con un avance inesperado del ejército israelí iniciado el 29 de octubre en dirección del Canal de Suez por la vía de EI-Arish, donde se estableció el cuartel general israelí, y el día 30, los ingleses y los franceses enviaron un ultimátum a los israelitas y a los egipcios, pero se trataba de un ultimátum que los israelitas estaban esperando porque eso se había planeado en Sevres, y que los egipcios no esperaban porque ellos eran las víctimas de ese plan secreto.

A la una del día 31 de octubre, Nasser rechazó el ultimátum y a las 4 de la mañana del día siguiente empezaron los ingleses a bombardear los suburbios de El Cairo y los alrededores del Canal de Suez. Los ingleses y los franceses habían reunido una fuerza gigantesca para atacar a Egipto; tenían 130 buques de guerra, entre ellos 6 portaviones, 15 cruceros y barcos auxiliares, 9 mil vehículos, 500 aviones, 75 mil hombres; todo eso para actuar como intermediarios que iban a garantizar la paz, pero en realidad era para quedarse con el Canal de Suez a fin de que los barcos ingleses y franceses y los que se les añadieran de las flotas del llamado Mundo Libre pudieran hacer su camino hacia Oriente con una economía de 9 mil kilómetros, como explicamos la semana pasada.

Permítasenos que al llegar aquí hagamos la historia de un episodio personal. Yendo de Cienfuegos, en Cuba, para Amberes, a participar en un congreso de trabajadores del transporte que debía celebrarse parte en Bélgica y parte en Austria, aprovechamos el viaje, que hacíamos en un barco alemán de carga que aceptaba de 10 a 12 pasajeros, para escribir el borrador de una biografía de David que habíamos planeado mientras vivíamos en Chile, allá por el año 1955. La razón del viaje era conseguir que en ese congreso de trabajadores se declarara un boicot a Trujillo, lo que no pudo conseguirse porque los representantes de los sindicatos ingleses se opusieron con el argumento de que Inglaterra compraba en la República Dominicana cacao, azúcar y café, y si ellos aceptaban el boicot el comercio inglés sufriría pérdidas. Esa conclusión tan revolucionaria de los ingleses fue aceptada por el congreso en sus sesiones de Viena, y de Viena nos fuimos a Roma junto con los otros dos delegados dominicanos, y en Roma pasamos en limpio el borrador de la biografía de David.

Ahora bien, estando en Roma se nos ocurrió que no debíamos volver a América sin aprovechar la oportunidad de ver la tierra de David y de comprobar qué cambios se habían operado en ella desde los tiempos bíblicos hasta los actuales. No teníamos dinero para hacer el viaje, pero tuvimos la suerte de encontrar en Roma a una amiga cubana que nos prestó 300 dólares, con los cuales nos fuimos en tren a Bríndisi, que queda situada en la base del tacón de la bota en que termina la península italiana; y de Bríndisi salimos hacia Haifa en un barco llamado el Mesaphia. Íbamos en tercera clase, porque el dinero no daba para ir en segunda, y como en tercera no se disponía de camarote debíamos dormir en cubierta; pero eso sí, de noche nos daban un colchón, lo que nos permitía pararnos al amanecer con cierta agilidad. El Mesaphia estaba anclado en un puerto de la isla de Chipre cuando vimos, por primera vez, aviones militares a reacción. Eran aviones ingleses y franceses que salían de Chipre -donde todavía hay bases inglesas- para ir a bombardear los alrededores de El Cairo; pero de esto último vinimos a enterarnos después de nuestra llegada a Haifa, que fue al día siguiente. Y perdonen el tiempo perdido en hablar de ese episodio personal.

Los planes ingleses y franceses fracasaron por la intervención yanqui. Ya los ingleses no eran el gran poder mundial; el gran poder mundial eran los Estados Unidos, y Eisenhower, temeroso de las complicaciones que podía traer el ataque anglo-francés a Egipto, intervino inmediatamente para ponerle fin. Foster Dulles hizo unas declaraciones muy enérgicas pidiendo que cesaran esos ataques, y los ataques cesaron cesó también el avance israelí en Egipto. Los Estados Unidos se habían convertido en el líder mundial del sistema capitalista y naturalmente no podían tolerar que por motivos económicos o políticos, unos paisitos como Inglaterra y Francia, se tomaran la libertad de actuar por su cuenta, poniendo en peligro el liderazgo norteamericano.

Ahora vamos a dar un salto atrás para explicarles la clave del conflicto del Cercano Oriente, que se originó con la apropiación, por parte de los judíos, de las tierras de Palestina, con lo cual dejaron al pueblo palestino sin uno de los dos requisitos esenciales de una nación. Esos dos requisitos son pueblo y tierras. Un pueblo asentado sobre un territorio dado forma una nación, y una nación puede constituirse en Estado solamente si reúne esos dos requisitos. Palestina pudo haber pasado a ser un Estado, pero la ocupación inglesa lo impidió, y las infiltraciones judías primero, y las inmigraciones judías después, realizadas unas y otras con apoyo inglés, le arrebataron al pueblo palestino las tierras que ocupaba desde hacía varios siglos; en cambio los judíos, que eran un pueblo sin tierras y por tanto no constituían una nación, se convirtieron en nación al apropiarse de tierras palestinas, y de nación pasaron a Estado, el Estado de Israel, que quedó proclamado un día antes de abandonar las fuerzas inglesas el territorio palestino. Los ingleses evacuaron ese territorio el día 15 de mayo del año 1948 y los israelíes proclamaron la existencia del Estado de Israel en la tarde del día 14.

El pueblo judío no tenía tierras porque desde hacía más de mil quinientos años vivía en medio de otras sociedades. En la Historia de Palestina de Lorand Gaspar (págs. 167 y 168), hallamos una nota que dice lo siguiente: "En 1964, sobre una cifra total de 2 millones 525 mil 600 habitantes de Israel, había 123 mil judíos iraquíes, 61 mil judíos yemeníes y de Adén, 44 mil judíos turcos, 37 mil judíos iraníes, 112 mil judíos marroquíes, 40 mil judíos argelinos y tunecinos, 36 mil judíos egipcios, 39 mil judíos holandeses, 219 mil judíos polacos, 147 mil judíos rumanos, 11 mil 88 judíos rusos, 53 mil judíos alemanes y austriacos, 26 mil judíos checoeslovacos, 29 mil judíos húngaros, 29 mil judíos búlgaros, 11 mil judíos griegos, 8 mil judíos yugoeslavos", y sigue diciendo: "Hay judíos del Cochín (Cochín es la Cochinchina, Vietnam del Sur) y del sur de la India y de Abisinia, muy oscuros de piel, los judíos rubios de ojos azules de Europa Central y del Este, muchos de ellos con una osamenta facial prominente de tipo eslavo (es decir, ruso), judíos de pelo negro y de cráneo dolicocéfalo, de tipo mediterráneo del Norte de África, judíos de tipo fornido de Kurdistán y Bujara, yemeníes delgados y muchos más"; es decir, como ustedes ven solamente faltaban judíos dominicanos. Y decimos que solamente faltaban judíos dominicanos porque conocimos en Israel judíos argentinos, judíos brasileros, judíos chilenos, y asómbrense, también judíos cubanos.

Al adueñarse de las tierras de los palestinos y asentarse en ellas, el pueblo judío pasó a ser nación, y una vez convertido en nación fue llevado a la categoría de Estado con la ayuda principalmente de Inglaterra, que les dio su apoyo durante un siglo a los grandes capitalistas judíos de Europa para que establecieran ese Estado como una cuña metida entre los países árabes de África y de Asia. Después con el apoyo político, económico y militar de los Estados Unidos, que vieron en Israel un aliado insuperable para mantener una base política y militar en la región del Cercano Oriente donde estaba dejándose sentir la penetración soviética.

Veamos cómo fue desarrollándose el proceso de convertir al pueblo judío en nación y cómo después que esa nación pasó a ser Estado usó el poder que tienen los Estados para acabar adueñándose del resto de las tierras palestinas, quitándoles a los árabes palestinos su medio de vida fundamental, pues tratándose, como se trataba, de que el pueblo árabe de Palestina era agricultor y pastor de cabras y de ovejas, si le faltaba la tierra le faltaba la base misma de su vida. Ya hemos dicho que la organización obrera judía llamada Histadruth, que es uno de los engranajes de la organización del Estado de Israel y antes de la existencia del Estado lo era de la Agencia Judía, rechazaba de manera tajante que los inmigrantes judíos les dieran trabajo a personas que no fueran judías, de manera que los árabes que iban perdiendo la tierra donde producían para ir viviendo porque sus propietarios se las vendían a los judíos, o por otras razones, no tenían oportunidad de trabajar ni siquiera como peones de los judíos; pero esa situación iba a agravarse con la creación del Estado de Israel, como veremos dentro de poco.

Por ahora, veamos algunos números que nos ayudarán a comprender la situación. Antes habíamos dicho que en el censo de 1931, 174 mil 606 judíos vivían para ese año en Palestina. En ese momento la población total del país era un millón 33 mil 314. Entonces se estimó que para el 1944 en Palestina habría un millón 739 mil 524 habitantes, de los cuales 528 mil 702 iban a ser judíos; pero resultó que un año antes, en 1943, los judíos eran, no 528 mil 702, sino 539 mil, y la población total un millón 676 mil, de manera que para 1943 los judíos eran poquito menos que la tercera parte de todos los habitantes de Palestina. En 1949, es decir, un año después de haberse constituido el Estado de Israel, los judíos eran 219 mil más que en 1943. En 1954 habían pasado a ser un millón 500 mil y en 1958 eran un millón 800 mil. Como pueden ustedes ver, en 14 años los judíos, ellos solos, pasaron a ser más que todos los habitantes de Palestina que se estimaba iba a haber en 1944, incluyendo entre ellos más de medio millón de judíos (528 mil 702). Como es natural, ese aumento de la población judía requería más tierras, no sólo para la producción judía sino también para sus viviendas. Ahora bien, una vez constituido el Estado de Israel, como dicen los autores de El Problema Palestinense tomándolo de otras publicaciones, ¿se pasó de la etapa de la adquisición a la de la confiscación?

Tan pronto los ingleses abandonaron Palestina los países árabes vecinos atacaron Israel, y al terminar esa guerra, cuando se hizo el armisticio en julio de 1949, Israel sometió a la autoridad militar israelí la Alta Galilea y una gran parte de la región Central; y toda la parte norte de la costa entre Gaza e Isdud pasó también a ser sometida a la autoridad militar israelí, así como la región del Neguev; al sur de Rafah.

En el año 1941, las tierras de judíos en Palestina tenían una superficie de 528 kilómetros cuadrados, y para el 1951 llegaban a 16 mil 324 kilómetros cuadrados. ¿Cómo se obtuvo ese aumento de propiedades judías que alcanzó a casi 18 veces? Pues se obtuvo con las leyes que votó el gobierno judío inmediatamente después de haberse constituido el Estado de Israel, porque la constitución de un Estado autoriza la formación inmediata del gobierno que ha de administrarlo o dirigirlo, y un gobierno a su vez está autorizado a producir leyes en nombre y en defensa de ese Estado, y por eso, señores, es que los procesos políticos van dirigidos a la conquista del poder dentro de los límites del Estado porque el poder, que es ejercido por el gobierno, tiene la capacidad de organizar la vida de un pueblo de acuerdo con los intereses de aquellos que lo gobiernan.

Tan pronto constituyeron el Estado de Israel, los judíos pasaron a organizar la incautación o la conquista de las tierras de los árabes mediante varias leyes, de las cuales las tres primeras fueron promulgadas en el año 1948, es decir, el mismo año de la instalación del Estado de Israel. Esas tres leyes fueron la Ordenanza de las Áreas Abandonadas, la Regulación de las Propiedades de los Ausentes y las Regulaciones de Emergencia para el Cultivo de las Tierras no Cultivadas. Por la primera se declararon ausentes a todos los árabes que no se hallaban en sus ciudades o aldeas después del 29 de noviembre de 1947; se estableció que todos los árabes que teman propiedades en la ciudad nueva de Acre serian clasificados como ausentes aunque nunca hubieran salido a más de 30 metros de la parte vieja de la ciudad. Parece increíble, pero así sucedió. También fueron declarados ausentes todos los que salieron de un lugar de Israel hacia otro dentro del país, y se llegó a colmos como el de que los árabes que fueron de visita a Beirut o a Belén en los últimos días del mandato inglés, aunque la visita durara sólo un día, fueron declarados ausentes, y se nombró al ministro de Agricultura ya un custodio especial para que tomara posesión de las tierras de esos ausentes, y luego, por ley del 14 de marzo de 1950 se autorizó al custodio a vender las tierras de esos ausentes y se legalizaron todas las distribuciones de tierras propiedades de árabes que se habían hecho hasta ese momento sin autorización legal.

Decía Sami Hadawi (página 54): "Bajo esas regulaciones y leyes las autoridades israelíes legalizaron la toma de las propiedades de los árabes refugiados e hicieron legales las confiscaciones de cualesquiera otras propiedades de árabes, fueran o no fueran refugiados". Y agregaba esta conclusión: "El resultado actual es que todas las tierras agrícolas pertenecientes a refugiados (árabes) han sido vendidas por el custodio israelí, o la (llamada) Autoridad para el Desarrollo, que fue creada especialmente para liquidar los derechos y los intereses de los árabes".

Además de las tierras, la Palestina árabe tenía instalaciones telegráficas, telefónicas, ferrocarriles, acueductos, carreteras, puertos, edificios de gobierno, incluyendo entre ellos escuelas, hospitales, cuarteles de la policía y terrenos públicos y ciudades y aldeas; y los árabes palestinos teman hogares y muebles y negocios, sobre todo comercios, miles de comercios, aunque fueran pequeños; y con la mayoría de todo eso se quedaron los israelíes. En resumen, no es que al pueblo árabe de Palestina le quitaron su tierra y sus bienes. Lo que ha sucedido es algo infinitamente peor, pues si le hubieran quitado su tierra y sus bienes y le hubieran permitido quedarse en lo que durante más de mil 200 años había sido su país, en 20, en 40, en 60 años de trabajo hubiera podido rehacer lo que le habían arrebatado. Pero lo que se hizo con ese pueblo fue arrancarlo de raíz de su patria y lanzarlo fuera de ella, de tal manera que ahora hay fuera de Palestina más de un millón y medio de palestinos, de los cuales una gran cantidad ha nacido en el exilio.

La raíz del conflicto del Cercano Oriente está en ese hecho; en que un pueblo entero fue despojado de su patria natural para que fuera a ocuparlo otro pueblo que estaba fuera de ella hacía más de mil 200 años. Pero si la raíz está en ese despojo, que ha sido un crimen descomunal propio de un sistema que ha reemplazado el sentimiento de la confraternidad humana y el concepto de lo justo por la persecución del beneficio económico, su medida trágica, lo que le da una grandeza dolorosa difícil de medir es que la víctima de ese crimen es un pueblo que forma parte de una hermandad de pueblos que siente en carne propia el puñal que les han clavado a sus hermanos palestinos. Nosotros los latinoamericanos nos damos cuenta de lo que sufren los pueblos árabes con lo que les está sucediendo a sus hermanos de Palestina porque sabemos lo que nos duele el asesinato de un estudiante argentino o la desaparición misteriosa de un combatiente chileno.

Estando en España, allá por el año 1967, doña Carmen y yo fuimos a Córdoba, y naturalmente visitamos ese monumento de belleza increíble que se llama la Mezquita de Córdoba. En la Mezquita de Córdoba se avanza de asombro en asombro por entre columnas de mármoles de todos los colores, verde, rosado, gris, blanco, y de todos los estilos, el dórico, el jónico, el salomónico, y además de todos los tamaños, porque los árabes recogieron esas columnas especialmente de las antiguas ciudades romanas del Norte de África para llevarlas a Córdoba a montar con ellas un verdadero bosque de columnas. Unas son más altas y se les hicieron hoyos para que penetraran más en tierra; otras son más cortas y a esas se les hicieron bases para que quedaran más levantadas, porque en la parte superior, en el final de los capiteles, todas debían estar a la misma altura.

Yendo por entre ese bosque de sorpresas, dejándonos llevar de belleza en belleza, nos dimos de pronto con que en medio de aquella construcción gigantesca que es la Mezquita de Córdoba, había un lugar de donde habían quitado las columnas para fabricar, bajo el techo de la Mezquita, una iglesia católica. El guía que iba acompañándonos nos contó que cuando llevaron allí al emperador Carlos V, que por haber nacido y haberse criado fuera de España era menos fanático que la mayoría de los españoles, miró despaciosamente la iglesia católica y el bosque de columnas que la rodeaba y dijo más o menos estas palabras: "Ustedes han hecho dos cosas malas a la vez; han echado a perder la Mezquita y han echado a perder la iglesia católica".

Todas las mezquitas o templos musulmanes tienen un nicho que está colocado en dirección a la Meca, y ese nicho es el lugar sagrado de una mezquita. Su nombre árabe es el mihrab. Pues bien, paseando por aquel mundo de columnas que nos tenía deslumbrados, doña Carmen y yo desembocamos de pronto en el mihrab de la Mezquita de Córdoba. y nuestra sorpresa fue tal que nos miramos a los ojos. Ese mihrab era la culminación de todo lo bello que habíamos visto en la Mezquita. Las letras y los signos que hay en él están hechos de oro sobre mármol, y despedían una fuerza artística impresionante. Al darse cuenta de que nosotros nos habíamos quedado mudos, el guía, que parecía un árabe, dijo estas palabras:

"Aquí han venido muchos árabes que al llegar a este sitio no han podido seguir caminando y se han echado a llorar".

Y nosotros comprendimos a cabalidad por qué lloraban esos árabes. Lloraban porque al llegar ante el mihrab de la Mezquita de Córdoba veían de manera material, viva, con sus propios ojos, lo que había sido la cultura de ese imperio que al cabo de tantos siglos de haber desaparecido sigue iluminando con el resplandor de un sol naciente el alma de todos los pueblos árabes y sigue uniéndolos tanto como la lengua, tanto como a nosotros los latinoamericanos nos une la lengua española; y lo que no comprenden los judíos que han establecido un Estado judío en Palestina arrancando de allí, como quien arranca un árbol, al pueblo que habitaba esa tierra. y lo que no comprende el gran poder que está detrás de ellos, es que cuando hay pueblos con sentimientos tan profundos de unidad; cuando hay pueblos que sienten el dolor de sus hermanos como si fuera su propio dolor, entonces, aunque se necesiten muchos años de lucha y aunque esa lucha cueste muchas vidas, no hay sobre esta tierra poder alguno que pueda convertir en permanente una injusticia tan repugnante como la que se ha cometido con el pueblo árabe de Palestina.

Ir arriba


. La crisis capitalista en la economía norteamericana/Juan Bosch

Los analistas de la economía norteamericana registran 8 recesiones que se han presentado entre el mes de noviembre de 1948 y el mes de diciembre de 1981. En lo que se refiere a la última, mientras se escriben estas líneas se anuncia que está llamada a prolongarse por lo menos durante todo el año 1982 y hay quienes aseguren que seguirá en el 1983. pero si nos atenemos a que llegará hasta diciembre del próximo año tendremos que al terminar el 1982 las recesiones de la economía de Estados Unidos habrán durado en conjunto 9 años en un lapso de 33, hecho que por sí sólo denuncia que en esa economía hay causas permanentes de crisis cuyo origen debe ser identificado y expuesto con precisión para conocimiento de todos los pueblos del mundo dado que una situación de crisis en la economía norteamericana acaba convirtiéndose en una crisis que afecta a la generalidad de los países capitalistas debido al hecho de que el dólar estadounidense es una moneda del comercio internacional del sistema capitalista, pero también afecta a los países socialistas que comercian con los grandes centros capitalistas en una proporción importante para ellos, como ha sido el caso reciente de Polonia y Rumanía.

La cantidad de 9 años de depresiones en un período de 33 años no sería nada extraño si tomamos en cuenta que el llamado Gran Crack de 1929 inició en Estados Unidos una depresión que duró 12 años corridos, desde el momento de su aparición el 24 de octubre del año mencionado hasta 1941, esto es, cuando ya la Guerra Mundial Segunda había cumplido dos años. Lo que llama la atención de la cadena de recesiones de la postguerra es que en 1970 se presentó una característica desconocida en la historia del capitalismo : la presencia en la recesión correspondiente a diciembre de 1969-noviembre de 1970 de dos componentes que en las anteriores habían figurado cada uno de ellos de manera aislada como causas de las recesiones pero nunca los dos a la vez; y a partir de ese momento los dos componentes han seguido apareciendo juntos en las recesiones siguientes, la de noviembre de 1973-marzo 1975, la de enero 1980-julio del mismo año y la que estamos viviendo en el momento en que se escriben estas líneas (mediados de diciembre de 1981).

Esos dos componentes son el estancamiento o depresión y la inflación, y su presencia en la cadena de recesiones ha dado origen a una palabra nueva: esta inflación (en inglés "stanflation") que resume las dos causas, pero la creación de esa palabra definitoria no significa que los economistas norteamericanos o de otros países hayan conseguido aislar los hechos que provocan la conjunción de la depresión y la inflación como causas de la estanflación. Hasta el momento se conocen las causas de la inflación y las de la depresión por separado pero no se sabe cómo unas y otras concurren en un estado de recesión, y sobre todo, se sabe que la recesión comienza con la presencia de una inflación y se agrava al presentarse los aspectos depresivos, pero se ignora cómo se producen los últimos en medios de una inflación.

La estanflación es un mal mucho más grave que la inflación por sí sola o que la depresión por sí sola, y lo es porque los economistas saben cuáles son las medidas que deben aplicarse para superar una situación inflacionaria y cuáles son las que pueden sacar a un país de una depresión, pero cuando eso dos males se presentan de manera simultánea en una recesión, las medidas llamadas a aliviar los efectos de la inflación agravan la depresión y las llamadas a aliviar la depresión agravan la inflación, lo que significa que en realidad no hay fórmula que pueda curar una economía de los daños que le cause una estanflación. No la hay porque los economistas que tienen a su servicio las grandes empresas y el gobierno de Estados Unidos ignoran cuál es el origen de ese mal tan complejo, y sin conocer su origen es difícil adoptar un programa de medidas que pueda curarlo o al menos aliviarlo.

Por de pronto, hay efectos de la situación en que se halla hoy la economía norteamericana que deben ser expuestos en conjunto porque todos ellos son síntomas de una crisis generalizada que se presenta en forma de encadenamiento de recesiones. Uno de esos efectos es el déficit crónico de la balanza comercial, que ha venido pesando sobre el dólar desde hace años, y ha forzado a los Bancos Centrales de varios países capitalistas a hacer compras no previstas de dólares, a veces por miles de millones en un sólo día, para evitar un colapso de esa moneda; ha sido necesario devaluar el dólar dos veces en menos de un año, el 4abril de 1972 y el 13 de febrero de 1973; la deuda pública llegó el 22 de octubre de este año (1981) a 1 billón de dólares ( 1,000,000,000. 000, o sea, el billón español, que no debemos confundir con el billón norteamericano, equivalente a sólo 1,000 millones), y sus intereses serán en 1982 de 96,000 millones; pero además en cuatro años más esa deuda habrá llegado a 1,500,000,000,000 ( 1 billón 500,000, millones), porque el gobierno de Reagan se ha confesado incapaz de evitar el incremento del déficit anual del presupuesto, y ese déficit tendrá que ser cubierto con bonos del tesoro y otros medios de pago que acabarán engrosando la deuda pública.

Otro efecto de los males que aquejan a la economía norteamericana es la alta tasa de interés que ha alcanzado el dólar. Esa situación fue creada debido a que los tenedores de dólares en todo el mundo (los euro y petrodólares, que para fines de 1980 tenían en su poder, según estimaciones de algunos expertos en la materia, entre 750,000 y 800,000 millones de dólares) enviaron sus dólares a Estados Unidos para ganar esa alta tasa de interés, que en muchos casos era superior a los beneficios medios de las inversiones industriales, comerciales y financieras que se hacían con ellos, sobre todo en Europa. de hasta 20.5 por ciento en 1981, hecho que tuvo como consecuencia inmediata el debilitamiento de las monedas del sistema capitalista, que tienen al dólar como reserva, y con ese debilitamiento la incapacidad de muchos países de pagar sus importaciones por falta de dólares, lo que ha provocado un apreciable grado de parálisis en el comercio internacional.

Por otra parte, el ingreso de dólares provenientes de varias partes del mundo atraídos a Estados Unidos por la alta tasa de interés que se les ofrecía, provocó efectos contrarios a los que debían esperarse, pues al prestar esos dólares los bancos norteamericanos no podían cobrar por ellos un interés más bajo del que pagan a los dueños de esos dólares que los depositaban a plazo fijo, y por esa causa las industrias que emplean más mano de obra, como la construcción de viviendas, la de automóviles y equipos agrícolas, la de fabricación de acero, tuvieron que traspasar a los compradores de esos bienes y materias primas elaboradas el interés que pagaban por el dinero con que financiaban su producción, lo que tuvo efectos diferentes, según fuera la rama de la actividad industrial que usaba el financiamiento, pues en el caso de la construcción, al bajar ésta empezaron a perder valor los terrenos urbanos y semi-urbanos, baja que se reflejaba lo mismo en la situación de empresas dedicadas a la compra y venta de esos tipos de terrenos que en la de grandes cantidades de propietarios de mediano pasar que se valían de ellos haciendo hipotecas para resolver crisis económicas personales o familiares; y en cuanto a los fabricantes de automóviles, equipos agrícolas, vehículos pesados y acero, esos tenían que traspasar a sus compradores el interés que pagaban por el dinero con que financiaban su producción, lo que los colocaba en situación desventajosa ante sus competidores extranjeros que se aprovechaban- y se aprovechan- de ello para aprovecharse de partes importantes del Mercado norteamericano.

La situación descrita se refleja en un aumento del déficit comercial y a su vez ese déficit debilita la posición del dólar en relación con las monedas de los países que compiten con los productos industriales de Estados Unidos en el territorio norteamericano y en los mercados abastecidos por la industria de ese país, de manera que nos hallamos ante el curioso hecho de que lo que beneficia a los dueños de dólares perjudica a la economía norteamericana. Esta es una contradicción que se ha instalado en el seno de esa economía, pero antes nos hemos referido a otra contradicción que se mantiene también en el seno de la economía capitalista en su variedad estadounidense, y es la de una cadena de depresiones que se dan al mismo tiempo que se desarrolla la inflación.

20 de diciembre de 1981.
33 Artículos de Temas Políticos, Primera Edición, 1988, páginas 119 a 123.

Ir arriba


. Una lección de la Historia: la unidad de los pueblos centroamericanos/Juan Bosch

No hay manera de medir la intensidad y la extensión de los vínculos que unen a los pueblos de América Latina, y sin tomar en cuenta esa fuerza unitaria es muy difícil, sino imposible, dar con la fórmula capaz de hacer respetable y eficaz cualquier plan político que se elabore con la intención de aplicarlo en un país latinoamericano. Por ejemplo, la idea de que un peruano se desentienda de lo que sucede en Uruguay o en Nicaragua porque esos países no tienen comercio con Perú carece de validez a la hora de formar un criterio político debido a que un peruano de posición izquierdista se sentirá unido a un nicaragüense o un Uruguayo que compartan esa posición así como un peruano de derechas le ocurrirá lo mismo con nicaragüenses y uruguayos que compartan la suya.

Algo similar sucede en todos los casos de afinidad política. Un boliviano, un angolano, un mexicano de izquierdas se sentían partidarios de los vietnamitas que luchaban en su país contras norteamericanos, coreanos del sur, australianos, neozelandeses y sudvienamitas en los años de 1960 y tantos, y en cambio un boliviano, un angolano, un mexicano de derechas apoyaban con toda su alma a los sudvienamitas y a los aliados que Estados Unidos había llevado a combatir contra los defensores de la independencia de Viet Nam.

Ahora bien, en el caso de los latinoamericanos el sentimiento unitario no requiere, para manifestarse en alguna forma, del estímulo de una Guerra, y por tanto no se limita al terreno político aunque cuando se da en ese campo se define políticamente y entonces pasa a ser dominante en ese sentido. Una música, un cantar, una danza identifican a dos latinoamericanos nacidos en países muy alejados entre sí; los identifican y los unen sin que en ese movimiento de sus almas hacia la unidad juegue un papel la posición política; pero si además de su identificación latinoamericanista se produce también la de carácter político, entonces el vínculo que los une pasa a ser múltiple y por tanto más poderoso que el que es de origen puramente político. Hasta dónde es verdad lo que acaba de decirse lo prueba una experiencia que a personas no latinoamericanas podría parecerles inaplicable o fantasiosa.

A Principios de 1975 el autor de estas líneas se hallaba en el edificio de correos de Barcelona, la capital de Cataluña, cuando se le acercó un anciano y le preguntó dónde podría él tomar un tranvía que lo llevara a Montjuich. Al oírnos hablar el anciano captó en la respuesta una entonación no hispánica y de inmediato interrogó:”Usted, ¿de dónde es? ¿Es de América? “ De la República Dominicana”, dijimos. Al interlocutor se le iluminaron los ojos y se acercó a nosotros con aire de persona deslumbrada a la vez que exclamaba casi a gritos: “¡ Yo soy de Barranquilla! ¡Somos del mismo mar; somos del mismo mar!”.

Si nos sentimos identificados porque las tierras en que hemos nacido son mojadas por un mismo mar, mucho más nos identifican todas las experiencias culturales que forman el conjunto de la latinoamericanidad, empezando por la lengua. Esos valores culturales pueden parecer subjetivos, pero son subjetivos; tanto lo son que en el caso de la danza podemos verla y en el de la música podemos oírla. Subjetivos son, sin embargo, los hechos históricos a pesar de que sabemos que sucedieron y por tanto fueron objetivos en el momento en que eran ejecutados; y ocurre que esos valores subjetivos, y de manera muy concreta los hechos históricos que llevaron a cabo los pueblos y sus líderes, forman uno de los componentes más fuertes de los vínculos que unen a los latinoamericanos de habla española. Se nombra a Martí o a Bolívar y todos sentimos que se está hablando de dos fundadores de la Patria mayor.

Pero si lo que hemos dicho es verdad para los hijos de los países de la América Hispánica, sean blancos, indios, negros o mestizos, en el caso de los costarricenses, los nicaragüenses, los salvadoreños, los hondureños, los guatemaltecos, es verdad por partida doble porque además de latinoamericanos ellos son centroamericanos, que es una identidad sin menoscabo de la primera. ¿Cómo se explica lo que acabamos de decir?

Se explica porque los cinco países que forman hace poco la zona del Caribe llamada Centroamérica o América Central –ahora con Belice, son seis—fueron durante tres siglos uno solo, la Capitanía General de Guatemala.(También era parte de esa Capitanía la intendencia de Chiapas, que se unió a México poco antes de que las autoridades guatemaltecas tomaran la decisión de separarse de España). Esa pertenencia Tricentenaria Al Reino de Guatemala dejó un rastro bien marcado en el hecho de que la propia Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica Celebran el día de su independencia el 15 de septiembre, que fue la fecha del año 1821 en que Guatemala declaró su separación de España; y Guatemala era, en ese momento, la suma de los cinco países.

Curiosamente, la lucha de Guatemala por su independencia no comenzó en la ciudad de ese nombre, que era la cabeza de la Capitanía General; empezó en la provincia de El Salvador en los primeros días de noviembre de 1811; se produjo en la provincia de Nicaragua el 22de diciembre y en la de Honduras al comenzar el año 1812, y en los tres casos el movimiento fue aplastado por enviadas desde Guatemala. El 5 de enero de 1822 Guatemala se adhirió al plan de iguala que había proclamado en México el general Agustín de Iturbide cuyos puntos básicos eran los siguientes: México sería una monarquía constitucional y la corona se le ofrecía a Fernando VII, rey de España, pero el país sería independiente de España, y la religión del Estado sería la católica. Al conocer la adhesión guatemalteca a su plan, Iturbide despachó hacia Guatemala un ejército que debió seguir hacia El Salvador porque en esa provincia no fue aceptada la incorporación de la Antigua Capitanía General a Méjico.

Al cabo de un año de luchas en El Salvador el ejército mejicano tuvo que retirarse y el 24 de junio de 1823 se reunió en la ciudad de Guatemala un congreso que el día 1 de Julio proclamó la creación de las provincias Unidas de Centroamérica “libres e independientes de la Antigua España, de Méjico y de cualquiera otra potencia”. El 15 de abril de 1825 fue jurada la constitución de la República Federal Centroamericana formada por cinco estados que eligieron gobiernos, cada uno encabezado por un presidente, y en 1838, con la declaración de independencia de Nicaragua, comenzó la disolución de la República Federal que quedó desintegrada al abandonarla El Salvador en el 1841.

Pero esa disolución no significó la desaparición de la unidad de los pueblos, como quedó demostrado cuando el aventurero norteamericano William Walker se adueñó de Nicaragua y se declaró presidente de ese país. En esa hora de consternación para los nicaragüenses acudieron en su defensa los gobiernos de Costa Rica, El Salvador y Guatemala, todos los cuales mandaron hombres y armas a combatir a los filibusteros de Walker, y lo hicieron con tanto coraje que los echaron de Nicaragua.

La victoria centroamericana se había ganado al finalizar el mes de abril de 1857, y en ella no habían tomado parte los hondureños, pero tres años y medio después William Walker murió en la horca que le levantaron los hondureños en la ciudad de Trujillo. Sólo a los que ignoran el peso de esos hechos en el alma de los pueblos de Centroamérica se le puede ocurrir la peregrina idea de que un nicaragüense comete delito si les da ayuda al pueblo de El Salvador, Costa Rica, Guatemala o al de Honduras.

15 de noviembre de 1981.
33 Artículos de Temas Políticos, Primera Edición, 1988, páginas 163 a 167.

Ir arriba


. Carta de Juan Bosch a Trujillo el 27 de febrero de 1961

General:

En este día, la república que usted gobierna cumple ciento diecisiete años. De ellos, treinta y uno los ha pasado bajo su mando; y esto quiere decir que durante más de un cuarto de su vida republicana el pueblo de Santo Domingo ha vivido sometido al régimen que usted creó y que usted ha mantenido con espantoso tesón.

Tal vez usted no haya pensado que ese régimen haya podido durar gracias, entre otras cosas, a que la República Dominicana es parte de la América Latina; y debido a su paciencia evangélica para sufrir atropellos, la América Latina ha permanecido durante la mayor parte de este siglo fuera del foco de interés de la política mundial. Nuestros países no eran peligrosos; y por tanto no había por qué preocuparse de ellos. En esa atmósfera de laissez faire, usted podía permanecer en el poder por tiempo indefinido; podía aspirar a estar gobernando todavía en Santo Domingo al cumplirse el sesquicentenario de la república, si los dioses le daban vida para tanto.

Pero la atmósfera política del Hemisferio sufrió un cambio brusco a partir del 1º de enero de 1959. Sea cual sea la opinión que se tenga de Fidel Castro, la historia tendrá que reconocerle que ha desempeñado un papel de primera magnitud en ese cambio de atmósfera continental, pues a él le correspondió la función de transformar a pueblos pacientes en pueblos peligrosos. Ya no somos tierras sin importancia, que pueden ser mantenidas fuera del foco de interés mundial. Ahora hay que pensar en nosotros y elaborar toda una teoría política y social que pueda satisfacer el hambre de libertad, de justicia y de pan del hombre americano.

Esa nueva teoría es un aliado moral de los dominicanos que luchan contra el régimen que usted ha fundado; y aunque llevado por su instinto realista y tal vez ofuscado por la desviación profesional de hombre de poder, usted puede negarse a reconocer el valor político de tal aliado, es imposible que no se dé cuenta de la tremenda fuerza que significa la unión de ese factor con la voluntad democrática del pueblo dominicano y con los errores que usted ha cometido y viene cometiendo en sus relaciones con el mundo americano.

La fuerza resultante de la suma de los tres factores mencionados va a actuar precisamente cuando comienza la crisis para usted; sus adversarios se levantan de una postración de treinta y un años en el momento en que usted queda abandonado a su suerte en medio de una atmósfera política y social que no ofrece ya alimento a sus pulmones. En este instante histórico, su caso puede ser comparado al del ágil, fuerte, agresivo y voraz tiburón, conformado por miles de años para ser el terror de los mares, al que el inesperado cataclismo le ha cambiado el agua de mar por ácido sulfúrico; ese tiburón no puede seguir viviendo.

No piense que al referirme al tiburón lo he hecho con ánimo de establecer comparaciones peyorativas para usted. Lo he mencionado porque es un ejemplo de ser vivo nacido para atacar y vencer, como estoy seguro que piensa de sí mismo. Y ya ve que ese arrogante vencedor de los abismos marítimos puede ser inutilizado y destruido por un cambio en su ambiente natural, imagen fiel del caso en que usted se encuentra ahora.

Pero sucede que el destino de sus últimos días como dictador de la República Dominicana puede reflejarse con sangre o sin ella en el pueblo de Santo Domingo. Si usted admite que la atmósfera política de la América Latina ha cambiado, que en el nuevo ambiente no hay aire para usted, y emigra a aguas más seguras para su naturaleza individual, nuestro país puede recibir el 27 de febrero de 1962 en paz y con optimismo; si usted no lo admite y se empeña en seguir tiranizándolo, el próximo aniversario de la república será caótico y sangriento; y de ser así, el caos y la sangre llegarán más allá del umbral de su propia casa, y escribo casa con el sentido usado en los textos bíblicos.

Es todo cuanto quería decirle, hoy, aniversario de la fundación de la República Dominicana.

Ir arriba


. Juan Bosch, Haití y la República Dominicana: una carta histórica -Carta de Juan Bosch a Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral y Ramón Marrero Aristy, en la que habla del caso haitiano-

La Habana,
14 de junio de 1943.

Mis queridos Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui y Ramón Marrero Aristy:

Ustedes se van mañana, creo, y antes de que vuelvan al país quiero escribirles unas líneas que acaso sean las últimas que produzca sobre el caso dominicano como dominicano. No digo que algún día no vuelva al tema, pero lo haré ya a tanta distancia mental y psicológica de mi patria nativa como pudiera hacerlo un señor de Alaska.

En primer lugar, gracias por la leve compañía con que me han regalado hoy; la agradezco como hombre preocupado por el comercio de las ideas, jamás porque ella me haya producido esa indescriptible emoción que se siente cuando en voz, en el tono, en las palabras de un amigo que ha dejado de verse por mucho tiempo se advierten los recuerdos de un sitio en que uno fue feliz. Acaso para mi dicha, nunca fui feliz en la República Dominicana, ni como ser humano ni como escritor ni como ciudadano; en cambio sufrí enormemente en todas esas condiciones.

Hoy también he sufrido…Pues de mi reunión con Uds. he sacado una conclusión dolorosa, y es ésta: la tragedia de mi país ha calado mucho más allá de donde era posible concebir: La dictadura ha llegado a conformar una base ideológica que ya parece natural en el aire dominicano y que costará enormemente vencer; si es que puede vencerse alguna vez. No me refiero a hechos concretos relacionados con determinada persona; no hablo de que los dominicanos se sientan más o menos identificados con Trujillo, que defiendan o ataquen su régimen, que mantengan tal o cual idea sobre el suceso limitado de la situación política actual en Santo Domingo; no, mis amigos queridos: hablo de una transformación de la mentalidad nacional que es en realidad incompatible con aquellos principios de convivencia humana en los cuales los hombres y los pueblos han creído con firme fe durante las épocas mejores del mundo, por los que los guías del género humano han padecido y muerto, han sufrido y se han sacrificado. Me refiero a la actitud mental y moral de Uds. –y por tanto de la mejor parte de mi pueblo– frente a un caso que a todos nos toca: el haitiano.

Antes de seguir desearía recordar a Uds. que hay una obra mía, diseminada por todo nuestro ámbito, que ha sido escrita, forjada al solo estimulo de mi amor por el pueblo dominicano. Me refiero a mis cuentos. Ni el deseo de ganar dinero ni el de obtener con ellos un renombre que me permitiera ganar algún día una posición política o económica ni propósito bastardo alguno dio origen a esos cuentos. Uds. son escritores y saben que cuando uno empieza a escribir, cuando lo hace como nosotros, sincera, lealmente, no lleva otro fin que el de expresar una inquietud interior angustiosa y agobiadora. Así, ahí está mi obra para defenderme si alguien dice actualmente o en el porvenir que soy un mal dominicano. Hablo, pues, con derecho a reclamar que se me oiga como al menos malo de los hijos de mi tierra.

Los he oído a Uds. expresarse, especialmente a Emilio y Marrero, casi con odio hacia los haitianos, y me he preguntado cómo es posible amar al propio pueblo y despreciar al ajeno; cómo es posible querer a los hijos de uno al tiempo que se odia a los hijos del vecino, así, sólo porque son hijos de otros. Creo que Uds. no han meditado sobre el derecho de un ser humano, sea haitiano o chino, a vivir con aquel mínimo de bienestar indispensable para que la vida no sea una carga insoportable; que Uds. consideran a los haitianos punto menos que animales, porque a los cerdos, a las vacas, a los perros no les negarían Uds. el derecho de vivir…

Pero creo también –y espero no equivocarme– que Uds. sufren una confusión; que Uds. han dejado que el juicio les haya sido desviado por aquéllos que en Haití y en la República Dominicana utilizan a ambos pueblos para sus ventajas personales. Porque eso es lo que ocurre, amigos míos. Si me permiten he de explicárselo:

El pueblo dominicano y el pueblo haitiano han vivido desde el Descubrimiento hasta hoy –o desde que se formaron hasta la fecha– igualmente sometidos en términos generales. Para el caso no importa que Santo Domingo tenga una masa menos pobre y menos ignorante. No hay diferencia fundamental entre el estado de miseria e ignorancia de un haitiano y el de un dominicano, si ambos se miden, no por lo que han adquirido en bienes y conocimientos, sino por lo que les falta adquirir todavía para llamarse con justo título, seres humanos satisfechos y orgullosos de serlo. El pueblo haitiano es un poco más pobre, y debido a esa circunstancia, luchando con el hambre, que es algo más serio de lo que puede imaginarse quien no la haya padecido en sí, en sus hijos y en sus antepasados, procura burlar la vigilancia dominicana y cruza la frontera; si el caso fuera al revés, sería el dominicano el que emigraría ilegalmente a Haití. El haitiano es, pues, más digno de compasión que el dominicano; en orden de su miseria merece más que luchemos por él, que tratemos de sacarlo de su condición de bestia. Ninguno de Uds. sería capaz de pegar con el pie a quien llegara a sus puertas en busca de abrigo o de pan: y si no lo hacen como hombres, no pueden hacerlo como ciudadanos.

Ahora bien, así como el estado de ambos pueblos se relaciona, porque los dos padecen, así también se relacionan aquéllos que en Santo Domingo igual que en Haití explotan al pueblo, acumulan millones, privan a los demás del derecho de hablar para que no denuncien sus tropelías, del derecho de asociarse políticamente, para que no combatan sus privilegios, del derecho de ser dignos para que no echen por el suelo sus monumentos de indignidad. No hay diferencia fundamental entre los dominicanos y los haitianos de la masa; No hay diferencia fundamental entre los dominicanos y los haitianos de la clase dominante.

Pero así como en los hombres del pueblo en ambos países hay un interés común –el de lograr sus libertades para tener acceso al bienestar que todo hijo de mujer merece y necesita-, en las clases dominantes de Haití y Santo Domingo hay choques de intereses, porque ambas quieren para sí la mayor riqueza. Los pueblos están igualmente sometidos; las clases dominantes son competidoras. Trujillo y todo lo que él representa como minoría explotadora desean la riqueza de la isla para sí; Lescot y todo lo que él representa como minoría explotadora, también. Entonces, uno y otro –unos y otros, mejor dicho– utilizan a sus pueblos respectivos para que les sirvan de tropa de choque: esta tropa que batalle para que el vencedor acreciente su poder. Engañan ambos a los pueblos con el espejismo de un nacionalismo intransigente que no es amor a la propia tierra sino odio a la extraña, y sobre todo, apetencia del poder total. Y si los más puros y los mejores entre aquéllos que por ser intelectuales, personas que han aprendido a distinguir la verdad en el fango de la mentira se dejan embaucar y acaban enamorándose de esa mentira, acabaremos olvidando que el deber de los más altos por más cultos no es ponerse al servicio consciente o inconsciente de una minoría explotadora, rapaz y sin escrúpulos, sino al servicio del hombre del pueblo, sea haitiano, boliviano o dominicano.

Cuando los diplomáticos haitianos hacen aquí o allá una labor que Uds. estiman perjudicial para la República Dominicana, ¿saben lo que están haciendo ellos, aunque crean de buena fe que están procediendo como patriotas? Pues están simplemente sirviendo a los intereses de esa minoría que ahora está presidida por Lescot como ayer lo estaba por Vincent. Y cuando los intelectuales escriben –como lo ha hecho Marrero, de total motu propio según él dijo olvidando que no hay ya lugar para el libre albedrío en el mundo– artículos contrarios a Haití están sirviendo inconscientemente –pero sirviendo– a los que explotan al pueblo dominicano y lo tratan como enemigo militarmente conquistado. No, amigos míos…Salgan de su ofuscación.

Nuestro deber como dominicanos que formamos parte de la humanidad es defender al pueblo haitiano de sus explotadores, con igual ardor que al pueblo dominicano de los suyos. No hay que confundir a Trujillo con la República Dominicana ni a Lescot con Haití. Uds. mismos lo afirman, cuando dicen que Lescot subió al poder ayudado por Trujillo y ahora lo combate. También Trujillo llevó al poder a Lescot y ahora lo ataca. Es que ambos tienen intereses opuestos, como opuestos son los de cada uno de los de sus pueblos respectivos y los del género humano.

Nuestro deber es, ahora, luchar por la libertad de nuestro pueblo y luchar por la libertad del pueblo haitiano. Cuando de aquél y de este lado de la frontera, los hombres tengan casa, libros, medicinas, ropa, alimentos en abundancia; cuando seamos todos, haitianos y dominicanos, ricos y cultos y sanos, no habrá pugnas entre los hijos de Duarte y de Toussaint, porque ni estos irán a buscar, acosados por el hambre, tierras dominicanas en qué cosechar un mísero plátano necesario a su sustento, ni aquéllos tendrán que volver los ojos a un país de origen, idioma y cultura diferentes, a menos que lo hagan con ánimo de aumentar sus conocimientos de la tierra y los hombres que la viven.

Ese sentimiento de indignación viril que los anima ahora con respeto a Haití, volvámoslo contra el que esclaviza y explota a los dominicanos; contra el que, con la presión de su poder casi total, cambia los sentimientos de todos los dominicanos, los mejores sentimientos nuestros, forzándonos a abandonar el don de la amistad, el de la discreción, el de la correcta valoración de todo lo que alienta en el mundo. Y después, convoquemos en son de hermanos a los haitianos y ayudémosles a ser ellos libres también de sus explotadores; a que, lo mismo que nosotros, puedan levantar una patria próspera, culta, feliz, en la que sus mejores virtudes, sus mejores tradiciones florezcan con la misma espontaneidad que todos deseamos para las nuestras.

Hay que saber distinguir quién es el verdadero enemigo y no olvidar que el derecho a vivir es universal para individuos y pueblos. Yo sé que Uds. saben esto, que Uds., como yo, aspiran a una patria mejor, a una patria que pueda codearse con las más avanzadas del globo. Y no la lograremos por otro camino que por el del respeto a todos los derechos, que si están hoy violados en Santo Domingo no deben ofuscarnos hasta llevarnos a desear que sean violados por nosotros en lugares distintos.

Yo creo en Uds. Por eso he sufrido. Creo en Uds. hasta el hecho de no dolerme que Marrero mostrara a Emilio el papelito que le escribí con ánimo de beneficiarlo y sin ánimo de molestar ni por acción ni por omisión a Emilio. En todos creo, a todos los quiero y en su claro juicio tengo fe. Por eso me han hecho sufrir esta tarde.

Pero el porvenir ha de vernos un día abrazados, en medio de un mundo libre de opresores y de prejuicios, un mundo en que quepan los haitianos y los dominicanos, y en el que todos los que tenemos el deber de ser mejores estaremos luchando juntos contra la miseria y la ignorancia de todos los hombres de la tierra.

Mándenme como hermano y ténganme por tal.
Juan Bosch.

Ir arriba


. Palabras de Juan Bosch después de leer las obras completas de Eugenio María de Hostos

"Si mi vida llegara a ser tan importante que se justificara algún día escribir sobre ella, habría que empezar diciendo: nació en la Vega, República Dominicana, el 30 de junio de 1909, y volvió a nacer en San Juan de Puerto Rico a principios de 1938, cuando la lectura de los originales de Eugenio María de Hostos le permitió conocer qué fuerzas mueven, y cómo la mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás".

Ir arriba


. Juan Bosch habla de su experiencia en una prisión en 1934

El Lic. Bernardo Vega me dice: "En los últimos días de diciembre de 1933 Juan Bosch fue apresado acusado de asuntos políticos. ¿Cuáles fueron las actividades políticas que provocaron ese encarcelamiento y cuánto tiempo estuvo preso?".

Y le respondo: Ninguna. En los meses de noviembre y diciembre de 1933 yo estaba en La Vega atendiendo a la publicación de mi primer libro, uno de cuentos titulado Camino Real; a fines de noviembre vine a la capital al cumpleaños de mi novia, Isabel García Aguiar, y fui a hacerme recortar el pelo en una barbería que estaba en lo que hoy es la avenida Duarte y allí estuve hablando con un vecino de esa barbería apellidado Medrano quien me presentó a un joven llamado Paquito Olivieri.

Estando en la casa de mi novia, en la calle 16 de agosto, al comenzar la segunda cuadra, partiendo del parque Independencia hacia San Carlos, se oyó un estampido como de cañonazo y dos o tres días después un hermano de Isabel me dijo que ese estruendo había sido producido por una bomba que lanzaron al cementerio de la Capital, que estaba en la avenida Independencia a pocos metros del parque de ese nombre.

Volví a la Capital el 31 de diciembre con una parte de los ejemplares de Camino Real y el día 3 de enero se presentó en la casa de mis padres, donde yo vivía (calle Villa Esmeralda, hoy Dr. Faura, No. 5) un oficial del Ejército conocido con el apodo de Chino y el apellido Gutiérrez, quien me pidió que lo siguiera y me llevó a la Fortaleza Ozama, de donde me sacaron diez, tal vez doce días después, y me condujeron al Juzgado de Instrucción que estaba en la calle de Las Damas esquina a la calle Mercedes.

Allí fui interrogado por el juez Miguel Ángel González y devuelto a la Fortaleza Ozama, donde al cabo de varias semanas de estar con 6 ó 7 presos comunes me rebelé y reclamé a gritos que se me pusiera en libertad porque yo no había cometido ningún delito. De paso debo decir que en esa celda estuvo preso conmigo el músico y escritor seibano Julio Gautreaux, que le puso música a la letra de La Gaviota, unos versitos que yo había compuesto allí mismo dedicados, aunque no la mencionaba por su nombre, a mi novia Isabel, que después sería mi esposa y la madre de mis hijos León, el pintor, y Carolina.

Lo que califico de rebelión ocurrió en los momentos en que se llevaba a cabo en el patio de la cárcel una revista de presos, y al parecer eso disgustó a las autoridades militares, las cuales me castigaron con el traslado a una celda de la Torre del Homenaje desde la cual veía sólo el río Ozama. La celda se abría por fuera y sólo para llevarme dos comidas al día. Allí no había cama ni mesa ni lavamanos ni sábana ni almohada. Junto con la comida me llevaban un jarrito de agua y me las arreglé para lavarme la cara y las manos con la mitad de un jarrito, y como me llevaban dos jarritos al día, lo que bebía diariamente era jarrito y medio cada día.

Al cabo de dos semanas fui sacado de esa celda y llevado al presidio de Nigua, donde padecí un ataque palúdico que hubiera podido costarme la vida y sin embargo dio origen a mi libertad, porque al enterarse de mi situación César Herrera consiguió del general José Pimentel que se le diera al general José García la noticia de mi enfermedad con el argumento de que era una persona conocida como escritor en el país y en el extranjero y mi muerte en presidio iba a perjudicar al gobierno. Unos días después el jefe militar del penal, un oficial de apodo Liquito y apellido de León, que trataba a los presos con muy buenos modos, se presentó en la celda donde yo me hallaba en cama acompañando a un médico militar, el Dr. Quiñónez; éste me hizo un examen y al día siguiente fui trasladado a la Fortaleza y llevado a una celda en la Torre del Homenaje de donde salí una semana después para ser conducido a la oficina de don Teodulo Pina Chevalier, quien me comunicó que se había cursado la orden de libertad a favor mío y que por tanto podía ir a mi casa. En la oficina de Pina Chevalier estaba mi madre, a quien él le había pedido que fuera a verlo, y de allí salí yo con ella hacia la casa de mis padres.

De ese final se deduce que la acusación que se me había hecho, la de pertenecer a un grupo de terroristas que habían colocado una bomba en el cementerio de la avenida Independencia, no pudo ser comprobada, y no pudo ser comprobada porque de haberlo sido otra habría sido mi suerte. Lo que sin duda sucedió fue que un agente secreto de la dictadura de Trujillo me acusó de ser miembro del grupo que puso la bomba en el mencionado cementerio.

Debido a que meses después supe que Medrano y Olivieri fueron detenidos e interrogados, sospeché que el autor de la denuncia en perjuicio mío fue el barbero que me recortó el pelo a fines de noviembre de 1933, pero debo aclarar que no fui confrontado o careado ni con Medrano ni con Olivieri ni fui interrogado por autoridades militares o policiales ni en ningún momento se me amenazó de palabra o se me maltrató de hecho, lo que indica que se me hizo preso porque alguien me acusó de haber puesto o de haber participado en la colocación de la bomba que estalló en el cementerio de la Capital pero no se presentaron pruebas de esa acusación. En suma, que estuve preso porque se tenían sospechas de mí, y esas sospechas sólo podían justificarse si alguien me presentó ante las autoridades como autor de la explosión de la susodicha bomba.

Ir arriba


. Pedro Mir, el poeta social esperado/Juan Bosch

Al enviarnos para su publicación estos hermosos versos, Juan Bosch nos dice del poeta: "Aquí está Pedro Mir. Empieza ahora, y ya se nota la métrica honda y atormentada en su verso. A mí, con toda sinceridad, me ha sorprendido. He pensado: ¿Será este muchacho el esperado poeta social dominicano?".

De la página literaria del Listín Diario, en ocasión de publicar los primeros poemas de Mir, el 19 de diciembre de 1937.

Si la vida de un poeta se inicia en realidad, no cuando nace sino cuando se publican por primera vez algunos de sus versos, la de Pedro Mir comienza al terminar el año 1937; para ser más precisos, el 19 de diciembre de ese año, día en que en la página literaria del Listín Diario aparecieron tres poemas titulados A la carta que no ha de venir, Catorce versos y Abulia.

En ese momento Pedro Mir se encaminaba hacia sus veinticinco años, pues había nacido el 3 de junio de 1913 en San Pedro de Macorís, que era el punto de la República Dominicana en que podían apreciarse a simple vista manifestaciones de desarrollo capitalista en su etapa industrial porque la ciudad estaba rodeada de ingenios de azúcar que habían empezado a instalarse allí desde 1879, año en que empezó a moler el Angelina, que fundó Juan Amechazurra, cubano de los que habían abandonado su tierra a causa de la guerra llamada de los Diez Años. Treinta y cuatro años después, al nacer Pedro Mir, su padre, el cubano Pedro Mir, trabajaba en uno de los ingenios que circundaban la ciudad petromacorisana, y es en la presencia de esos ingenios azucareros que poblaban con sus chimeneas humeantes y sus campos de caña sus años infantiles donde hay que buscar las raíces de la poesía social del autor de Hay un país en el mundo.

Los ingenios no eran nada más chimeneas coronadas de humo y campos de caña por cuyos caminos rodaban con dolorosa lentitud las carretas cargadas de la dulce gramínea. Por sí solos, esos caminos tenían que impresionar a un niño que había traído al mundo ojos para ver y oídos para oír el dolor desde muy temprano; el dolor de los boyeros harapientos que acompañaban a las carretas y se movían al compás de ellas amasando el barro de los caminos con los pies descalzos, y el dolor de los bueyes que mugían de manera desesperada cuando los boyeros les clavaban las puntas de hierro de las largas garrochas, instrumentos de tortura a los cuales Pedro Mir aludirá en el primero de los tres poemas publicados en el Listín Diario.

En ese poema Mir identifica al país con el guarapo de la caña, ese jugo que sube por el tallo de la noble gramínea, e identifica a la caña, el fruto de la cual será el azúcar, con el sufrimiento de los que trabajan en producirla, sean hombres, sean bueyes; y lo hace desde el primer verso, en el que pide:

Tráeme el sabor ardiente de la tierra

que se viene en guarapo.

¡Sangre de espalda en tormento!...

...Tráeme el trajín de la zafra...

...Tráeme el rumor del molino...
El molino es el conjunto de grandes cilindros dentados de acero que se mueven encajados unos en otros en direcciones opuestas y muelen con el peso de sus masas la caña que va llegando al ingenio; y el ingenio, máquina de varios departamentos o secciones, lleva en los primeros versos del Pedro Mir, y sobre todo en ése de que estamos hablando, el vetusto nombre de trapiche.

El tema del sufrimiento del trabajador azucarero y con él el de los bueyes que cargaban sobre sus patas, al cabo de cada zafra, miles y miles de toneladas de caña, aparece en ese primer poema de Pedro Mir dicho de esta manera:
...la loma baja un triunfo de esmeraldas,

un triunfo de sudores,

un triunfo de trabajo...

...la baba fecundante de la yunta

urgida de garrochas

torturada de sangre.

¡Hay que llegar al trapiche

antes que el sol levante!
Me detengo en ese primer poema de Mir porque quiero que el lector se haga consciente de que la preocupación social del poeta no es una máscara con la cual sale por esos mundos a estrenar una moda. Es auténtica y la lleva en la entraña como lleva el animal su sangre, ese líquido de cuya existencia depende la vida; es tan auténtica que la extiende del hombre -el que trabaja, no cualquier hombre- al buey, el que atado a un compañero forma la yunta, ésa que fecunda la tierra con su baba, palabra que en el poema de Pedro Mir adquiere una dignidad insospechada, absolutamente nueva.

Cuando doce años después Pedro Mir escribe Hay un país en el mundo, retornará a su punto de partida y en la primera estrofa dirá que ese país al que alude en el título, el suyo, el territorio donde «¡Hay que llegar al trapiche antes que el sol levante!», está «Colocado en un inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol». El ingenio azucarero de sus años infantiles está ahí, en esa azúcar y ese alcohol, y con el ingenio está la explotación de los que siembran y cortan y acarrean la caña y convierten su jugo en azúcar, pero está también la explotación de ese país suyo en el que habita un pueblo «Sencillamente triste y oprimido».

Pero el lector debe tener presente que entre A la carta que no ha de venir, el primero de los poemas de Pedro Mir, y Hay un país en el mundo, que escribirá en Cuba en los primeros meses de 1949, hay expresiones de poesía social que no tienen relación con los ingenios de azúcar y sus trabajadores, y escribir versos que llevaran en su música mensajes sociales no era tarea fácil en la República Dominicana de Trujillo, sobre todo cuando esos mensajes sociales se confundían con los de carácter político, aunque éstos fueran encubiertos, según se advierte en Poema del llanto trigueño, entre cuyos versos estallan exclamaciones como ésta: «...¡y dondequiera, ordeñada como una vaca mi tierra!». El ordeñador era Trujillo, que además de jefe militar y jefe político del país, había usado esa doble jefatura para convertirse también en su jefe económico, en monopolizador de todo lo que podía producir riqueza.

Pedro Mir consiguió salir de la República Dominicana a mediados de 1947, casi diez años después de haberse publicado por vez primera versos suyos. Iba a Cuba, donde al llegar encontró que los exiliados dominicanos de la región del Caribe y de Estados Unidos estaban reuniéndose en Cayo Confites, un islote situado sobre la costa norte de esa isla, para organizarse en una fuerza de combate destinada a hacerle la guerra a Trujillo, y el poeta fue a dar a Cayo Confites. Los expedicionarios de Cayo Confites fueron apresados en el Canal de los Vientos por la marina cubana; los que habían llegado a Cuba desde Puerto Rico, Venezuela, Nueva York, retornaron a sus lugares de origen, pero el poeta Pedro Mir no podía volver a la República Dominicana a menos que quisiera consumir el resto de su vida en una cárcel, y pasó a figurar en la lista de los exiliados dominicanos que vivían en Cuba.

Para un poeta que llevaba en el alma una carga emocional que brotaba de la situación de su pueblo, de la explotación de los trabajadores y de la tierra que fecundaban con su esfuerzo, el exilio iba a tener un poder transformador parecido al que tienen los toneles en que se añejan los vinos; lo tendría por dos motivos: porque en aquél en quien se reflejan los dolores colectivos, esos dolores se concentran y se subliman con distancia y el tiempo; y si quien los padece es un poeta de ellos se alimenta la mejor poesía, sobre todo si el nuevo medio en que se ha situado el poeta es como era Cuba, al mediar el siglo en comparación con República Dominicana. El desarrollo cubano superaba en todos lo órdenes el de nuestro país, y el lector debe tener presente que en 1949 no había en Cuba nadie que pensara siquiera en la posibilidad de que Fulgencio Batista volviera al poder, y mucho menos mediante un golpe de Estado; y fue al comenzar el año 1949 cuando Pedro Mir escribió Hay un país en el mundo, sobre el cual el poeta y crítico Ángel Augier, de calidad y seriedad respetables en ambos oficios, escribiría en los primeros días de junio de ese año un artículo cuyo título, a la vez que era una paráfrasis del que llevaba el poema, daba una definición de la categoría que con él alcanzaba Pedro Mir. Este título era Un nuevo poeta en el mundo.

Hay un país en el mundo se publicó en La Habana (el colofón dice que terminó de imprimirse el 5 de mayo de 1949), y fue la primera publicación individualizada de un poema de Pedro Mir. En el poema aparece de nuevo el ingenio como sustanciación -porque no podría decirse personificación- de los peores males nacionales, pero esta vez toma cuerpo en ese poema una tendencia que se traslucía en el verso «...la loma baja un triunfo de esmeraldas» de A la carta que no ha de venir. En su antología de poetas dominicanos publicada en Madrid en 1953 y reeditada en Santo Domingo en 1982, Antonio Fernández Spencer refiere que «En una conversación que, de modo incidental, sostuvimos una vez, me confesaba Mir que si Rubén Darío estuviese vivo, y su poesía vigente, él se dedicaría a hacer poemas a la manera del autor de Era un aire suave».

¿Qué aspecto de la poesía de Darío le llamaba la atención a Pedro Mir?

Cuando le hice esa pregunta el autor de Hay un país en el mundo dijo que la cadencia rítmica del gran poeta nicaragüense, y agregó: «No olvides que yo era músico».

Y he aquí que las palabras usadas no sólo por lo que significan sino al mismo tiempo por la manera como suenan y la atmósfera que crean cuando se conjugan su valor objetivo, que es el sonido, y su valor subjetivo, que es su significación, juegan un papel singular en Hay un país en el mundo y en todo lo que después del ese poema va a escribir Pedro Mir.

Me adelanto a decir que no debe confundirse ese uso de las palabras que hace Pedro Mir con lo que Alfonso Reyes llamó jitanjáforas, dato que debo a la gentileza del profesor Abelardo Vicioso. Jitanjáfora, explicó el profesor Vicioso, quiere decir palabras sin sentido que se combinan con agradable sonoridad, tal como las combinaba Zacarías Espinal, de quien recuerdo un verso, uno solo; aquel de «hierosimilitanan su heráldica poyura».

El uso de los valores musicales de las palabras que son al mismo tiempo valores conceptuales, pero este último de manera independiente dentro del curso de la oración poética, es característico de la poesía miriana al partir de su poema Hay un país en el mundo, incluido éste, pero al mismo tiempo es una superación del uso de la musicalidad propia de la poesía que hallamos en los versos de Rubén Darío. Pedro Mir escribe versos que si se aíslan de su contexto parecen violaciones de las reglas gramaticales, y sin embargo esos dichos que por si solos no tienen sentido, esas violaciones de las reglas aportan a su poesía una cualidad reiterativa tan convincente que el lector no se da cuenta ni de su carencia de sentido lógico ni de su violación de las reglas que debe seguir una oración. He aquí una prueba extraída de Hay un país en el mundo.
Plumón de nido nivel de luna

salud del oro guitarra abierta

final de viaje donde una isla

los campesinos no tienen tierra.

Decid al viento los apellidos

de los ladrones y las cavernas

y abrid los ojos donde un desastre

los campesinos no tienen tierra.
Hay un país en el mundo es un poema singular en la historia de la poesía dominicana porque es una pieza clave en el proceso creador que va dándose en su autor debido a que en ese poema cristalizan los jugos ocultos que estaban en forma larvada en sus facultades poéticas; cristalizan y brotan con tal naturalidad que quien no haya estudiado de manera acuciosa la obra anterior a Hay un país en el mundo no puede relacionar con ella ese poema clave; en cambio, el que haya leído Hay un país en el mundo y lea los poemas que le han seguido puede advertir con relativa claridad la forma en que va avanzando en desarrollo la capacidad del poeta para usar las palabras por sus valores musicales y al mismo tiempo por sus valores conceptuales, conjugando los dos de manera tan cabal para crear un clima poético que hace de esa manera de poetizar una característica, definitoria de su obra.

Después de Hay un país en el mundo, quizá al año o al año y medio, viviendo todavía en La Habana, Pedro Mir escribe Contracanto a Walt Whitman, que se editaría en 1952 en Guatemala, a donde fue el poeta a vivir. Ese Contracanto está entre las mayores piezas poéticas que se han escrito en la lengua española. Supera la Oda a Roosevelt de Darío como supera el Amazonas a los grandes ríos, y todo lo que seguirá al Contracanto será de calidad extraordinaria porque las facultades poéticas de Pedro Mir pasaron a señorear la lengua a partir de Hay un país en el mundo, como si dijéramos, a partir del momento en que adquirieron la suma de la libertad que le proporcionó al poeta su exilio.

La obra de Pedro Mir ha sido corta en términos de cantidad y extraordinaria en términos de calidad. Esa calidad debió llevar sus versos a otras lenguas, pero sólo ha sido traducido, y nada más al inglés, el Contracanto a Walt Whitman. De haber sido leído en Suecia, Pedro Mir sería Premio Nobel. Si no lo es, no se debe a que su poesía no tenga la calidad necesaria para igualar a la de Neruda; se debe a su condición de dominicano. Neruda tenía la dimensión de Chile y Chile tenía tanto peso en el mundo de la poesía que Gabriela Mistral, chilena y poeta como Neruda, recibió el Nobel antes que Neruda.

A Neruda está dedicado el último de los poemas de Pedro Mir. Fue escrito a finales de 1975. Su autor lo tituló El huracán Neruda, y es un huracán de poesía; un huracán que saca de raíz el corazón de quien lo lea. Si Neruda pudiera volver a la vida, sólo durante el tiempo indispensable para leer ese poema, reconocería en Pedro Mir lo que es: uno de los más altos poetas de la lengua española; y lo juzgaría por la calidad de su poesía, no por la cantidad de poemas que haya escrito.

Juan Bosch
Santo Domingo, 31 de agosto, 1983.

Ir arriba


. "Qué es un hecho histórico"/por Juan Bosch

Tomado de Política: teoría y acción, Año 11, No. 129, dic., 1980.

Francis Fukuyama, hijo de japoneses pero nacido en Estados Unidos, escribió hace poco tiempo un artículo que tituló El final de la historia con el cual promovió respuestas generalmente condenatorias de la tesis que exponía bajo ese título porque a juicio de los autores de esas respuestas la historia no tiene ni tendrá fin debido a que el nombre de historia se les da a los relatos de los acontecimientos que son o fueron importantes, aun de aquellos en cuyos orígenes o desarrollo no hayan tenido que ver los seres humanos pero han causado mortandades y destrucciones importantes. Por ejemplo, para los dominicanos el terremoto que destruyó La Vega hace cuatro siglos fue un hecho histórico y debido a que lo fue figura en la historia de nuestro país, pero también lo fue, y sigue siéndolo, la muerte de Ulises Heureaux, acontecimiento en el que la víctima fue sólo una persona, y por cierto una persona que no murió en una batalla ni fue victimado por un grupo de enemigos suyos sino por un hombre, uno nada más, cuyo nombre nadie conocía fuera de Moca, la ciudad donde le tocó a Heureaux morir.

El artículo de Francis Fukuyama no tuvo una acogida buena; de los que lo comentaron, la mayoría opinó que El final de la historia estaba mal concebido y, desde luego, mal titulado, porque mientras haya acontecimientos que tengan importancia para los pobladores de la Tierra habrá hombres y mujeres que los relatarán, y la historia es el relato de un hecho, o de cien hechos, capaces de llamar la atención de los seres humanos, sean éstos muchos, pocos o uno solo. Para esas personas, la historia tendrá fin cuando no aparezca en todo el mundo un ser humano capaz de escribir o contar de palabra los pormenores de un suceso, grande, mediano o minúsculo, que llamara la atención de otra gente.

Los hechos históricos son de índole y categoría muy variados porque perduran en el conocimiento de los hombres sin tomar en cuenta si se trata de actividades positivas o negativas, morales o inmorales. Podemos comparar el caso de la muerte de Ulises Heureaux, conocido sólo de los dominicanos, con el asesinato de Julio César, que no fue un hecho moral ni produjo beneficios para Roma o para lo romanos, y ni siquiera para el autor de esa muerte; sin embargo fue un hecho histórico de categoría mundial porque ha perdurado en el conocimiento de millones y millones de seres humanos a través de varios siglos. Lo mismo puede decirse de los hechos en que participaron en papeles de protagonistas personajes como Jesús, Lutero, Mahoma, Juana de Arco, Napoleón, Bolívar, Washington; acontecimientos como el descubrimiento de América, las revoluciones norteamericana, francesa, rusa; la Primera y la Segunda Guerras Mundiales.

Hay hechos históricos que no tienen la menor relación con sucesos políticos como fueron los que encabezaron Napoleón Bonaparte, Alejandro Magno o Abraham Lincoln. Esos hechos son los descubrimientos científicos como los de Galileo y Newton, o para referirme a casos más cercanos, como los de Pasteur y Fleming, cuyas aportaciones a la Medicina han resultado en la salvación de la vida de millones de seres humanos. Pero también han sido hechos históricos las creaciones de tipo cultural, tanto las literarias como El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha o Cien años de soledad o de esculturas como la Venus de Milo, y de música como el Requiem de Mozart.

Los hechos o acontecimientos históricos se diferencian de los corrientes o usuales en su perdurabilidad, palabra que significa larga duración, y en su caso, perduran durante siglos y siglos en la memoria de la humanidad o de un pueblo, o dicho de otra manera, los hechos históricos son aquellos que no se pierden en el olvido de las generaciones que han heredado su conocimiento.

Hay casos en que no se sabe quiénes hicieron tal obra, y se trata de obras que fueron ejecutadas en tiempos tan lejanos como el que corresponde a la prehistoria, es decir, a los tiempos en que no podía haber historia porque no se conocía la manera de transmitir a generaciones humanas futuras la descripción de los hechos que iban sucediendo. Por esa razón se llama prehistoria a la suma de los acontecimientos que sucedieron en el mundo antes de que los seres humanos pudieran elaborar documentos históricos, esto es, documentos en los que se describieron acontecimientos importantes que habían sido escritos por personas que participaron en ellos o que los conocieron en todos sus aspectos.

Tomando en cuenta que los primeros homínidos o grupos ancestrales de la familia biológica del hombre actual datan de una época cuya edad se remonta a los cuatro o cinco millones de años, podemos afirmar que la prehistoria duró varios millones de años. Según las autoridades de la materia el paleolítico fue la primera época, no de la historia sino de la prehistoria, y duró por lo menos un millón de años, y al paleolítico le siguió el mesolítico (que va de los 12 mil a los 10 mil años antes de Cristo). Del paleolítico se dice que lo más lejos que llegó el hombre en esa etapa de la prehistoria fue a dominar el simple tallado de la piedra, como lo hacían los indios arcaicos (pretaínos) de nuestra isla que percutiendo y presionando piedras unas contra otras construían rústicos instrumentos que utilizaban para variados fines.

Si es cierto que los indígenas del paleolítico de Quisqueya (3 mil a 4 mil años antes de Cristo) estaban tan atrasados, en lo que hoy es la provincia española de Santander se desarrolló desde mucho tiempo atrás la cultura magdaleniense (35 mil a 20 mil años antes de nuestra era), que dejó en las paredes de piedra de las cuevas de Altamira nada menos que 150 pinturas de animales, algunas de hasta 162 metros cuadrados, todas hechas con colores rojo, negro y violeta, y necesariamente, los que hicieron esas pinturas tuvieron que crear el material pictórico y algo parecido a las brochas que se usan en la actividad de pintar, y además debieron hacer algo parecido a escaleras o tuvieron que picar las paredes de las cuevas para subir hasta los sitios donde harían las pinturas.

A pesar de lo que acaba de leer el lector, las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira ni ninguna hecha en su época es o ha sido hecho histórico. Para que alcance la categoría de histórico un hecho o acontecimiento tiene que ser conocido universal o nacionalmente, lo cual no significa que debe ser aprobado en todo el mundo, en una gran parte del mundo o en el país donde se produjo. Los hechos que produjo Napoleón Bonaparte fueron aprobados por sus partidarios y rechazados por sus adversarios y enemigos, pero el conjunto de esos hechos fueron históricos y siguen siéndolo, porque jugaron un papel de suma importancia en la historia de Francia y en la de muchos otros países.

Ahora bien, el personaje que ejecuta hechos históricos se convierte en una figura histórica. Ese es el caso de Juan Pablo Duarte, que no participó en ninguna de las batallas que se llevaron a cabo para fundar el Estado que él bautizó de antemano con el nombre de República Dominicana, y sin embargo otros que dedicaron la mayor parte de su vida a hacer la guerra, como sucedió en los casos de Demetrio Rodríguez y Desiderio Arias, para mencionar sólo dos, no llegaron a ser personajes históricos a pesar de que algunos de ellos fueron agasajados con música y letra de merengues.

En cuanto a Francis Fukuyama y su artículo El final de la historia no creo que sea necesario refutar lo que dijo. El hombre tiene memoria y sin ella la vida humana sería muy diferente de lo que es. Para el conjunto llamado humanidad su memoria es la historia, y la necesita a tal extremo que la inventa en el género literario llamado novela, y Francis Fukuyama no es historiador pero tampoco es novelista.

Santo Domingo, D. N. 5 de septiembre de 1990.
Fuente: Juan Bosch/historiadominicana.blogspot.com/

Ir arriba


"Prefiero al escritor comprometido, pero comprometido con la causa buena, y la causa buena es la lucha por la liberación de los pueblos, por la liberación de los hombres. La causa buena es la que señala un rumbo, un camino hacia el futuro, un camino hacia el mayor bienestar de la humanidad, no de una minoría que viva a expensas el resto de la humanidad, sino de la humanidad completa. El escritor debe tener una conciencia bien clara de que el mundo mejor sería el mundo donde todos pudieran ser escritores, pintores, músicos, bailarines y cantantes. Es decir, el mundo donde las facultades humanas, las mejores facultades humanas, se expresaran con mayor intensidad y mayor brillo".

HIMNO NACIONAL DOMINICANO

Facebook Badge