«A mí me inspira mi pueblo y su destino. A mí no me inspiran ni me preocupan el dinero y las riquezas. A mí me inspira, me seduce, el ejemplo de los hombres como Simón Bolívar, como San Martín, como Sucre, como Eugenio María de Hostos, como Máximo Gómez... de esos hombres libertadores que, como bien lo dice otro gigante de la América Nuestra, el Apóstol José Martí, “hacen pueblos y son más que hombres”.» Juan Bosch

30 de mayo de 2010

Comentarios al capítulo V del libro "Trujillo, mi padre en mis memorias", de Angelita Trujillo (V de VII)

"Los padres no mueren porque continúan
viviendo en cada uno de sus hijos" (V de VII)


En este capítulo de "Trujillo, mi padre en mis memorias" la autora intenta alcanzar el “non plus ultra” en lo que concierne a amor paternal. Afana por hacer una narración novelesca en la que resalta, con frecuencia poco común, un amor familiar que luce no haber existido nunca; la desesperación que exhibe en su intención de transmitir al lector esta sensación lleva al menos versado a presumir lo contrario.

Es el comportamiento natural de la baja pequeña burguesía, clase que le proporcionó esos vicios que, con los millones y todas “las madames” con las que se crió, no ha podido dejar. Vicios que brotan en forma natural en su pretensión por presentar un Rafael Trujillo tierno y amoroso cuando es sabido por todos del poco tiempo que dedicó a su familia y de la cantidad de mujeres (solteras y casadas; niñas, jóvenes y maduras) abusadas y violadas que hoy reflejan la realidad en los hijos no reconocidos, agrupados en torno a la descarada voluntad de la "reina de pacotilla" por sustanciar el proyecto de retornar y retomar el poder en una República Dominicana por la que murieron -vilmente asesinadas por las manos de su padre- Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, “Las Mariposas” de Pedro Mir y Julia Álvarez.

El apodo de “Vagabón” (Pág. 227, Cap. V, 1ra Edición, 2009) con el que se conocía a Radhamés -como el de “Papón” de Ramfis- es otra muestra del origen de Angelita: uno bajo pequeño burgués que influye sustancialmente en su comportamiento y en el de sus iguales; los integrantes de la baja pequeña burguesía actúan, permanentemente, impulsados por una desmesurada avidez en la lucha por escalar la capa superior a la que pertenecen, configurando un conglomerado que carece de regulaciones morales o éticas.

Los apodos son el producto de cualquier hecho; se originan en falsas creencias, errores, accidentes, equivocaciones... chistes, y marcan de por vida al individuo. Es difícil encontrar, entre los miembros de la pequeña burguesía, integrante alguno al que se le conozca por su nombre. Los vicios y deformaciones de estas capas van más lejos: la mentira, el robo, el chisme, el crimen y la traición son aberraciones muy particulares de sus miembros. Un bajo pequeño burgués no tiene principios, tampoco respeta reglas ni se rige por ordenación o ley establecida; a su madre critica con la mayor desvergüenza y sin la menor consideración, alardea de ser amigo personal de militares y funcionarios que no conoce y lo pregona con un descaro que asombra. Sabe de todo; calumnia, fabula, repite lo que oye sin constatarlo y su alma vende al diablo, si fuera necesario, por la obtención y exhibición de bienes materiales.

El pequeño burgués de las capas baja, baja pobre y baja muy pobre, cuando adopta una definición ideológica, la alimenta con sentimientos y emociones que lo empujan a “destacarse socialmente", a "escalar posiciones que lo distingan"; sólo le interesa darse a conocer y nada más. Las capas bajas de la pequeña burguesía se nutren del campesino que llega a las ciudades, que, "por sus condiciones materiales de existencia, es ideológicamente burgués. De ellas sale tanto el guardia y el policía como el militante político, que vota convirtiendo ese acto en una inversión que, cree él, conoce muy bien el candidato por el cual sufragó. Está totalmente convencido de que el voto que emitió fue el que hizo presidente de la República a su candidato y que este también lo cree, por lo que espera una retribución material a cambio" (Citas: Juan Bosch, Clases Sociales en la República Dominicana, 3ra Edición, 1985, Editora Corripio, Santo Domingo, RD).

"La conducta de la baja pequeña burguesía esta regida por el afán desmedido de escalar sectores o capas superiores sin miramientos, haciendo cuanto este a su alcance para lograr, siempre en el plano personal, los lujos o formas de convivencia atípicos en una sociedad atrasada. En su movilización a otros horizontes, ha arrastrado hábitos y patrones de comportamiento similares a los que le sustentan en la patria de origen, pero al mismo tiempo ha desarrollado "otras virtudes", como la de engendrar seudo defensores que claman por respeto a la comunidad, con el único fin de generar riquezas y permitirse el salto de la capa en que se encuentran a capas superiores". Estas son expresiones vertidas por el autor en un artículo de 1995 titulado "La Pequeña Burguesía". Del bajo pequeño burgués se puede esperar cualquier atrocidad sin importar la magnitud de la misma; es responsable -por los millones de iguales- de la sociedad que siempre ha existido en República Dominicana; de los interminables gobiernos de Pedro Santana, Buenaventura Báez, Ulises Heureaux, Rafael Trujillo, Joaquín Balaguer, Leonel Fernández y, por el servilismo y el trabajo sucio que realiza, en un futuro no muy lejano, de algún otro Trujillo.

Al referirse a las dos grandes vocaciones de Radhamés Trujillo, la "escritora" especifica que una de ellas era la castrense, “cosa bastante obvia puesto que en casa todo olía a uniforme”, definición insuficiente si se compara con el hedor "a uniforme" que había en todo el país, sobre todo la pestilencia de aquellos que no lo usaban, que eran los que actuaban dentro de los núcleos familiares ejerciendo la actividad del “caliesaje”, muy típica de la clase social de su padre y sobre la cual validó el terror y el miedo con el que “aprendió” a vivir la sociedad dominicana durante más de treinta años.

Narra la autora, para el momento en que Radhamés tenía que partir al destierro -a finales del año 1961-, irrespetando al pueblo dominicano, que “fue muy consecuente con sus amigos… Su primer pensamiento fue invitar para que asistieran a su finca 'Haras Radhamés' a todos los amigos y familiares de su círculo íntimo, que llamaban 'La Cofradía'… a una tertulia muy amena, hasta que llegó el momento de hacerles saber el verdadero motivo de la invitación”. A seguidas plasma, con increíble descaro, que “se fue acercando a cada uno de los amigos presentes, militares unos, civiles otros, y a todos hizo entrega de un sobre con un presente de diez o más miles de dólares”, generosidad que también ejerció con los empleados que trabajaban en la finca, quienes “fueron obsequiados espléndidamente” (Pág. 228). Repartir el dinero ajeno (el del pueblo) no tiene nada de bondad ni de generosidad, mucho menos cuando es producto de los miles de muertos diseminados por toda la geografía dominicana.

En oposición permanente a ese estado de terror que sirvió al tirano para hacer fortuna, siendo ya una figura de dimensión latinoamericana gracias a las relaciones de amistad que había cultivado con Rómulo Betancourt, José Figueres, Rómulo Gallegos y Juan José Arévalo, y dado que había sido consejero del presidente cubano Carlos Prío Socarrás, Juan Bosch desarrolló una extraordinaria campaña antitrujillista que involucró al gobierno cubano, acción que Angelita silencia al decir que, “debido a la animosidad y actividades beligerantes, que contra nuestro país propiciaba el gobierno de Cuba de esa época”, el destructor Generalísimo D-102 tuvo que escoltar la fragata Presidente Trujillo en un viaje en que el tirano acompañaba a Ramfis, recién nombrado Inspector de Embajadas, con rango de Embajador y asiento en París [Juan Bosch, junto a otros dominicanos, organizó la expedición de Cayo Confites (en octubre de 1947), en cuyo fracaso intervino el general Genovevo Pérez Dámera, quien “para actuar como lo hizo... recibió de parte de Trujillo 350 mil dólares que le fueron llevados por Porfirio Rubirosa y Juan Antonio Álvarez" (Juan Bosch, El PLD, un partido nuevo en América, Pág. 53, 3ra Edición, 1999, Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, RD)].

La salida de Ramfis del país se había planificado para que “tuviera la oportunidad de reflexionar (acerca de, NH) cuáles eran sus verdaderos sentimientos”, en alusión al idilio en el que se vio envuelto con una divorciada mayor que él, que, además de ser impugnada por sus padres -“no estuvieron de acuerdo con la relación, no porque tuvieran nada que objetarle a Tantana en el orden moral, ni en ningún otro sentido; sino una reacción paterna muy lógica...-, producía un desequilibrio de pronóstico reservado para la estabilidad y durabilidad de cualquier matrimonio”. (Pág. 234).

Analice el lector las palabras “no porque tuvieran nada que objetarle a Tantana en el orden moral, ni en ningún otro sentido”; este “ningún otro sentido” no es más que la casta de Tantana: casta “de primera”, obsesión de Trujillo desde que siendo jefe del ejército le fue negada la entrada, por ser "de segunda", a la "sociedad dominicana". "Los que no pertenecen a la sociedad son gente 'de segunda' y pueblo llano, grupos a los que no hay por qué tomar en cuenta para nada”; a eso se refiere Angelita en su libro: al complejo en la personalidad que le fue transmitido por “la naturaleza psíquica de Trujillo, que venía deformada desde la infancia por las humillaciones recibidas debido al hecho de haber nacido 'de segunda'” (Juan Bosch, Trujillo, causas de una tiranía sin ejemplo, Pág. 54, 9na Edición, 2002, Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, RD).

Dice María de los Ángeles Trujillo de Domínguez que en viaje que hizo “el señorito” Ramfis a Kansas City (EE.UU.), en el año 1957, a cursar estudios en el “Colegio de Guerra”, tuvo que rentar “el último piso del hotel 'Ambassador' tomando todas las providencias de lugar. El servicio de seguridad tenía una habitación cerca del elevador, en el que había un dispositivo, que si el ascensor pasaba por el penúltimo piso sonaba un timbre y se encendía una bombilla que les alertaba y salían de inmediato a identificar las personas que salían del elevador” (Pág. 239). ¿Podría ella contestar a qué se debía la extrema cautela o por qué se dilapidaba el dinero del Estado en tanta protección para su hermano? “El que no la debe no la teme”, reza una máxima muy común en el vocabulario popular. La autora continúa con el desarrollo del libro y aún no aparecen -partiendo de la “inocencia” con la que habla de millones de dólares, viajes, regalos, fiestas, fincas, haciendas, yates, fragatas, aviones, carros, criados... abrigos- los orígenes de su fortuna ni de “la majestuosidad y el esplendor” con que ha transcurrido su “dichosa vida”.

Un abrigo de chinchilla y un carro Mercedes Benz que Ramfis obsequió a Zsa Zsa Gabor llamó la atención del Senador de Arizona quien, molesto, manifestó que “Los Estados Unidos no deberían gastar dinero en la Rep. Dominicana cuando el hijo de Trujillo estaba gastando cantidad de dinero en los Angeles” (sic), declaración que despacha diciendo que era “un pronunciamiento político malsano o que el Senador Porter (apellido del congresista de Arizona, NH) no estaba bien informado. Ramfis gastaba su propio dinero o el que de su propio peculio le daba mi papá” (Págs. 241 y 242). Si bien leemos, aún en este relato que hace suponer el compromiso con la fuente de su fortuna, Angelita se limita a decir que “Ramfis gastaba su propio dinero o el que de su propio peculio le daba mi papá”, pero ¿de dónde y cómo le llegó esa fortuna a su papá, y por tanto a ella y a sus hermanos?

Nuestra tarea consiste en enjuiciar objetivamente lo que ha escrito la autora y hacer una evaluación sociopolítica al régimen despótico que encabezó su padre; analizar históricamente hechos e indagar las causas que los originaron, no presumir de críticos sociales. Pero, nos llama poderosamente la atención que exprese, en alusión a su progenitor, después de pasarse cientos de páginas hablando de cuánto se adoraban sus padres, que “su dormitorio se intercomunicaba con el de mi mamá mediante un pasillo” (Pág. 244). No sólo dormían en camas separadas; además lo hacían en habitaciones diferentes (comportamiento que se repite porque es imposible mantener las mentiras cuando se está fabulando).

El inicio del párrafo primero de la página 246 es otro reflejo del problema que agobia a la baja pequeña burguesía. “Claro que mi papá no escogió nacer en San Cristóbal, pero se sintió siempre orgulloso de haber nacido en ella” (negritas mías, NH): la intención que encierran estas palabras habla del menosprecio de la autora por sus orígenes. San Cristóbal es hoy una provincia de República Dominicana pero, durante la ocupación haitiana de 1822 a 1844, no era más que una región fundada por haitianos en la que habría de nacer el “dulce, tierno y cariñoso” Rafael Leónidas Trujillo Molina, procreado por Julia Molina Chevalier [hija de Luisa Erciná Chevalier, a quien Hostos había exaltado diciendo que era maestra consagrada "apostólicamente a su alto magisterio" y nieta de Justin Alexis Victor Turenne Carrié Blaise y Eleonore Juliette (Diyeta) Chevallier Moreau (Instituto Dominicano de Geanología, Inc.), “a quien sus conocidos llamaban Mamá Diyeta” (Juan Bosch, Póker de espanto en el Caribe, Pág. 41, 1ra Edición, 1988, Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, RD)].

Ese odio a los haitianos, que acabaría con la matanza de miles y se convertiría en “un hecho que no tiene parigual en la historia de América, empezó al comenzar el mes de octubre de 1937” (Juan Bosch, Las dictaduras dominicanas, Pág. 172, 1ra Edición, 1988, Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, RD). 73 años después, en 2010, Angelita Trujillo, la hija del artífice de semejante barbarie, aún vive con él, como lo demuestran sus palabras: “claro que mi papá no escogió nacer en San Cristóbal” (ciudad creada por los haitianos que definiría el origen sanguíneo de la autora, condición de la que ha renegado toda la vida por haber sido el fruto de una familia “de segunda” y que los millones, robados a las entrañas del pueblo, no han podido atenuar).

Lo lógico sería que, por haberse criado en París (Francia) y vivido en Estados Unidos, hiciera una comparación (si usara el sentido común, por no decir la inteligencia, que parece no ser una de sus virtudes) que le permita evaluar, en un mismo plano, los comportamientos de los jefes de Estado (y de sus familias) de esas dos ricas y emancipadas naciones frente al comportamiento de Rafael Trujillo (y el de su familia) al mando de un Estado pobre y sin libertades. Un poco de capacidad para juzgar acontecimientos y eventos de forma razonable le hubiese alertado para no documentar este armatoste con mentiras, intrigas, mediocridades y "cosas sin decir", cuyo objetivo básico persigue la reivindicación de un nombre que es sinónimo de pillaje, tortura, represión y muerte en todo el mundo (salvo en Estados Unidos, donde una universidad de Pittsburgh le otorgaría un doctorado "Honoris Causa en un acto solemne que tuvo lugar en la Universidad de Santo Domingo...”). (Pág. 215).

Tan desmesurada fue la magnitud de ese terror, merecedor de una condecoración de parte de los norteamericanos, que hubo “personas que al verse frente a mi papá sentían una impresión tan fuerte, que momentáneamente perdían la voz, y otros que llegaron inclusive a desmayarse…” (Pág. 253). Se puede concluir, por el empeño de la autora, que los desmayos y la pérdida de la voz obedecían al carácter “agradable, dulce y amoroso” de su padre. Lo interesante de los planteamientos que se recogen en "Trujillo, mi padre en mis memorias" es que quien los escribe, a la vez que se empeña en limpiar la imagen de un personaje tan cruel y pernicioso, se encarga, con facilidad pasmosa, de embarrarla..

La "Divina Providencia", que hemos prefijado como la forjadora de la fortuna de la autora -puesto que no ha querido mostrar la verdadera razón-, la usa Angelita para endosarle “las más y mejores gracias”, con la aseveración de que “los padres no mueren porque continúan viviendo en cada uno de sus hijos” (Pág. 271), que podríamos compartir pero en su particular caso le haría un enorme daño al reconocer en ella al déspota y criminal que fue su padre. El mejor auditorio para estas palabras es el conformado por los más de veinte millones de dominicanos y haitianos, en la isla y en la diáspora, que por instinto natural tendrían que luchar por la preservación de sus libertades y de sus vidas y cuidarse del posible retorno a la República Dominicana -y al poder que desde el Estado se ejerce- de alguno de los suyos.

Decía Marx que "la dictadura del sistema capitalista" -como fue la de Trujillo y como sería otra encarnada por alguien con ese apellido-, "allí donde se establece, produce un capitalismo cuya base de sustentación es la sangre". Ojalá los insensatos desistan de este peligroso juego en el que le va el futuro a la patria de Duarte, Sánchez, Mella, Luperón, Caamaño, Fernández Domínguez...

CONTINUAREMOS CON LOS COMENTARIOS AL CAPITULO VI...

Ing. Nemen Hazim
San Juan, Puerto Rico
30 de mayo del 2010