«A mí me inspira mi pueblo y su destino. A mí no me inspiran ni me preocupan el dinero y las riquezas. A mí me inspira, me seduce, el ejemplo de los hombres como Simón Bolívar, como San Martín, como Sucre, como Eugenio María de Hostos, como Máximo Gómez... de esos hombres libertadores que, como bien lo dice otro gigante de la América Nuestra, el Apóstol José Martí, “hacen pueblos y son más que hombres”» (Juan Bosch)
Ing. Nemen Hazim
Graduado Magna Cum Laude (MCL) en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD - 28/10/1977). Estudios complementarios en Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Argentina y Uruguay. En República Dominicana fue Ayudante de Profesor en la UASD; Profesor y Director de las Escuelas de Ingeniería Eléctrica e Ingeniería Mecánica en la Universidad Central del Este (UCE); y Gerente de Turbinas de Gas y Motores Diésel en la Corporación Dominicana de Electricidad (CDE). En Puerto Rico fue Encargado de Proyectos en Caribbean Electrical Industrial Services Corporation (CEISCO) y Co-dueño de Ingeniería Eléctrica y Mecánica (INGELMEC)...

2019-06-11

A propósito de Venezuela... "El Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo", Capítulo IV - 'La sociedad pentagonizada', de Juan Bosch

Venezuela, Siria, Libia, Irak... Manifestación pentagonista 50 años
después del profesor Bosch haber concebido tan extraordinaria obra.

"El Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo"
Capítulo IV, 'La sociedad pentagonizada'
"Al movimiento obrero norteamericano sólo le preocupa obtener ventajas para sus afiliados, y al pentagonismo le da igual que los trabajadores de Estados Unidos ganen cuanto puedan; de manera que si este les produce beneficios a aquéllos y aquéllos apoyan a este, resulta lógico que se entiendan y hasta se complementen."

En la misma forma en que el imperialismo sometía a la sociedad del territorio colonial y la hacía pensar, sentir y actuar en términos coloniales, así el pentagonismo ha logrado pentagonizar a la sociedad norteamericana. Esto plantea un serio problema de conciencia para los hombres y los pueblos que han sido agredidos –o están en peligro de serlo– por el pentagonismo.

¿Debemos considerar a todo el pueblo de Estados Unidos responsable por las muertes, la destrucción, las intrigas y los abusos que comete el pentagonismo en el mundo? ¿Es culpable un trabajador de Dakota del Sur por la muerte de un niño vietnamés quemado con napalm?

La respuesta no puede ser simple. Ese trabajador de Dakota del Sur está pentagonizado; actúa como si estuviera endrogado. Pero es responsable en un sentido: ha colocado su afán de bienestar y seguridad personal por encima de sus deberes con la humanidad. Si acepta que para él vivir con automóvil y refrigerador un compatriota suyo –o tal vez su hijo o su hermano– queme con napalm a un niño de Vietnam, no hay duda de que ese obrero norteamericano es un ser antihumano. La droga del bienestar lo ha hecho indiferente a los padecimientos y a la muerte de un niño asiático, y quizá justamente en esa palabra está el nudo del problema; pues si el niño es asiático quiere decir que no es norteamericano, y si no es norteamericano sus sufrimientos y su muerte tienen escaso valor.

Esa actitud del obrero de Dakota del Sur no se debe a que sea obrero. Los científicos norteamericanos y de otros países occidentales han sido los primeros –y siguen siendo los más entusiastas servidores del pentagonismo. El capitalismo no hubiera llegado a convertirse en sobredesarrollado sin la participación de los científicos, y la gran mayoría de los científicos de Estados Unidos se pusieron al servicio del alto mando industrial norteamericano principalmente por una razón: para ganar más dinero. Esos científicos heredaron siglos de conocimientos que habían acumulado miles de investigadores, muchos de ellos desconocidos, cuya mayor parte había muerto en la miseria. Los conocimientos científicos son, pues, un bien común de todos los hombres, que debe beneficiar a todo el mundo y no a los científicos y a quienes los tienen a sueldo. A menudo se arguye que en todos los casos los científicos trabajan para la humanidad, aunque sea en forma indirecta, pero ese argumento es materia de discusión, de manera que no se ha presentado todavía una prueba irrefutable de que sea legítimo.

No conocemos el número de los científicos norteamericanos que trabajan directamente para el Pentágono y ni siquiera el número de los que trabajan en industrias que sirven propósitos militares, pero en Estados Unidos se sospecha que la cifra de unos y otros es bastante alta. Por lo demás, las corrientes de graduados universitarios, científicos y técnicos que fluye de los países capitalistas hacia Estados Unidos es en verdad impresionante. Solamente de Inglaterra emigraron hacia Norteamérica 939 científicos y técnicos graduados; entre 1964-1965, esa emigración inglesa alcanzó el 40 por ciento de los médicos y biólogos británicos; entre 1965-1966, la cifra se redujo al 35 por ciento. [The Daily Telegraph, Londres, martes 22 de agosto de 1967. Un cable de la AP fechado en Bruselas el día anterior da los datos como procedentes de la Comisión del Mercado Común. El cable, publicado bajo el título de “Britain worst hit in Europe ‘brain drain’”, se refiere a científicos de Holanda, Alemania, Francia y Gran Bretaña]. La “fuga de talentos” hacia Estados Unidos es sobre todo desde los
países no desarrollados. En muchos casos, como en el de los médicos, los extranjeros suplen una cantidad de los norteamericanos que van a servir en el campo militar; en otros, suplen a los científicos dedicados a trabajos pentagonistas. En la mayoría de los casos, van a prestar sus servicios a empresas privadas; y muchas de éstas trabajan para el Pentágono.
«¿Qué puede importarle [a un obrero], cuando llega a su hogar, fatigado después de ocho horas de trabajo y dos o tres de carretera o ferrocarril, encontrarse, al encender el televisor, con la noticia de que un niño de Vietnam ha sido quemado con napalm...? A él lo que le importa es ganar [dólares], pues necesita cambiar el modelo de su automóvil por uno más reciente... Ese obrero está endrogado por su afán de bienestar y por la propaganda pentagonista. El niño quemado en Vietnam debía ser el hijo de un comunista y probablemente llegaría a ser un comunista si hubiera vivido, y todo comunista debe ser aniquilado a tiempo, porque si no llegará el día en que él, obrero norteamericano, no podrá comprar un automóvil de último modelo debido a que los comunistas se proponen quitarles a todos los norteamericanos sus propiedades y sus comodidades. Eso fue lo que dijo el presidente Johnson a los soldados norteamericanos cuando estuvo en una base de Vietnam: “Deben saber que no nos dejaremos quitar lo que tenemos”.»
Sin duda una pequeña cantidad de esos científicos va a Estados Unidos a buscar comodidades no para ellos y sus familiares, sino para investigar; y visto con cierta perspectiva parece que ellos obedecen a un propósito encomiable. Pero visto en el conjunto de los acontecimientos mundiales la situación cambia bastante, porque el resultado de esas investigaciones, en un altísimo tanto por ciento, va a ser usado por el pentagonismo para sus fines propios, y todo científico debería saber a estas alturas que una alta proporción de los centros de investigación de Estados Unidos trabaja para el pentagonismo.

Los científicos de Norteamérica y de los países capitalistas se han puesto al servicio del pentagonismo, pero en el otro extremo de la escala social lo obreros de Estados Unidos hacen lo mismo. El señor Meany, presidente de la AFL-CIO [Siglas de American Federation of Labor-Congress of Industrial Organization, la principal central obrera de Estados Unidos], aprobó la intervención militar de su país en la República Dominicana, y por cierto en forma enérgica, bajo la especie de que la revolución de abril de 1965 en aquel pequeño país antillano era comunista. En realidad, se trataba de que la AFL-CIO, como masa organizada dentro de la sociedad pentagonizada, respondía al reparto tácito de actividades impuesto por el pentagonismo fuera del país.

Ese respaldo de los obreros organizados del país al pentagonismo no se limita al territorio norteamericano. En cada uno América Latina y en otras partes del mundo la AFL-CIO trabaja dentro de los movimientos obreros con el objeto de ponerlos al servicio de la política pentagonista; pero además, en Estados Unidos hay una institución especializada que se dedica a extender la influencia pentagonista entre las masas obreras de otros países. Se trata del Instituto Americano para el Desarrollo del Sindicalismo Libre [Eugene Methvin, artículo “Nueva arma obrera en la lucha por la democracia”, Selecciones del Reader‘s Digest, diciembre de 1966. (Se trata de la edición en lengua española.) p. 122.].

Al movimiento obrero norteamericano sólo le preocupa obtener ventajas para sus afiliados, y al pentagonismo le da igual que los trabajadores de Estados Unidos ganen cuanto puedan; de manera que si éste les produce beneficios a aquéllos y aquéllos apoyan a este, resulta lógico que se entiendan y hasta se complementen.

Teóricamente, cada ciudadano de Estados Unidos sea recién nacido, anciano, paralítico, loco o científico dispone de 10 dólares diarios para gastarlo en lo que se le antoje. El producto nacional bruto del país alcanzó en 1966 739,500 millones de dólares, lo que supone más de 3,600 dólares al año por cabeza [El producto nacional bruto del año 1967 llegó a 781.5 millones de dólares, lo que significa un aumento de 42 billones sobre el año de 1966, algo más de 200 dólares anuales per cápita. No sabemos, sin embargo, qué parte de ese aumento correspondió a producción para la guerra, pero sin duda es alta]. En la realidad, sin embargo, las cifras son distintas, pues 100,000 personas que perciban 20 dólares diarios dejarán a otras 100,000 sin recibir un centavo. En Estados Unidos hay varios cientos de ciudadanos que perciben más de un millón de dólares al año lo que supone una entrada de más de 2,740 dólares por día, y esto a su vez significa que cada uno de los que están recibiendo un millón anual toman para sí la totalidad de los 10 dólares diarios de 274 personas.

La gran mayoría de la población norteamericana está dedicada a una lucha intensa, que consume la energía de millones y millones de hombres para obtener cada quien una parte mayor de esos dólares que teóricamente deberían tocarle a cada persona. Es la lucha por el bienestar, que torna a los hombres en enemigos competidores sin piedad, que los enajena –es decir, los vuelve ajenos entre sí–, los divide y los deja exhaustos, sin tiempo ni fuerza para pensar en nada más.

Agotado por esta lucha, ¿qué puede importarle al obrero de Dakota del Sur, cuando llega a su hogar, fatigado después de ocho horas de trabajo y dos o tres de carretera o ferrocarril, encontrarse, al encender el televisor, con la noticia de que un niño de Vietnam ha sido quemado con napalm hasta los huesos? A él lo que le importa es ganar más de esos 10 dólares que según las estadísticas le corresponden, pues necesita cambiar el modelo de su automóvil por uno más reciente o tiene que pagar los estudios de su hijo. Ese obrero de Dakota del Sur está endrogado por su afán de bienestar y por la propaganda pentagonista. El niño quemado en Vietnam debía ser el hijo de un comunista y probablemente llegaría a ser un comunista si hubiera vivido, y todo comunista debe ser aniquilado a tiempo, porque si no llegará el día en que él, obrero norteamericano, no podrá comprar un automóvil de último modelo debido a que los comunistas se proponen quitarles a todos los norteamericanos sus propiedades y sus comodidades. Eso fue lo que dijo el presidente Johnson a los soldados norteamericanos cuando estuvo en una base de Vietnam: “Deben saber que no nos dejaremos quitar lo que tenemos”.

Ahora bien: ese trabajador no tiene la menor idea de que la muerte del niño de Vietnam ha herido en lo más vivo los sentimientos de millones de hombres que no son comunistas, pero que rechazan con toda su alma los métodos pentagonistas. Para esos millones de hombres, que cada día son más, la actitud del obrero de Dakota del Sur se acerca a la culpabilidad, pues él no tiene derecho, ni lo tiene nadie, a tolerar que los soldados de su país maten niños en Vietnam mientras él se dedica a reunir dinero para cambiar su automóvil por un modelo más reciente.

Los científicos en un extremo y los trabajadores en el otro, todos en busca de bienestar personal, hicieron posible el establecimiento del capitalismo sobredesarrollado. Ese tipo de capitalismo se levantó tan rápidamente que en 15 años –1951 a 1966– dobló el producto nacional bruto de Estados Unidos; lo llevó de 319,000 millones a 739,500 millones de dólares. Para alcanzar una meta tan fabulosa el capitalismo sobredesarrollado necesitaba ampliar su mercado de consumo en el país; necesitaba producir en masa para compradores en masa que tuvieran altos salarios. Este proceso se había iniciado después de la Primera Guerra Mundial, cuando Henry Ford subió el jornal de sus obreros a cinco dólares por día, y se expandió por todo el país bajo el gobierno de Franklin Delano Roosevelt, en la década de los treinta.

Pero la creación de un mercado de consumo de proporciones gigantescas no podía hacerse –aunque se pagaran altos salarios– sin medios de comunicación masivos. Los diarios, las revistas, los catálogos de ventas, tenían sus limitaciones; podían llegar a manos de algunos millones de posibles compradores, pero no a la mayoría de ellos. Ni siquiera la radio con todo su poder de comunicación era el medio apropiado para esa necesidad. La radio podía describir un artículo, pero no podía mostrarlo. El medio que hacía falta apareció con la televisión, un producto de la ciencia que se puso al servicio del capital sobredesarrollado.

La televisión se convirtió en el rey de los medios de la gran industria. En el año 1966, las revistas de Estados Unidos recibieron pocos más de 861 millones de dólares en publicidad, mientras la televisión recibió bastante más del doble, casi 2,000 millones [The Times, Londres, martes 29 de agosto de 1967, sección The Times Business, p. 15. Las cifras exactas son 861.19 millones para periódicos y revistas 1,969.60 millones para la televisión]. Una vez consolidado el dominio de la televisión como vendedor de cualquier producto quedó dado el toque final a la sociedad de masas como mercado comprador. En pocos años el pueblo norteamericano fue convertido en una humanidad adquirente; en un ente múltiple –en términos de millones y millones de seres–, pasivo, expectante, que depende del aparato televisor para saber qué tipo de ropa va a comprar, qué lugar debe escoger para su fin de semana, qué país visitará si hace turismo, qué cerveza le conviene beber, qué tiempo hará al día siguiente. La televisión libró al norteamericano medio del trabajo de escoger; le acostumbró a obedecer, en sentido de motivaciones profundas, y por tanto le acostumbró a no plantearse dilemas.

Para lograr esa pasividad del pueblo norteamericano se requería que se usara una buena promoción de ventas, y a ese fin se dedicaron estudios de psicología de masas, con centros financiados por el capital sobredesarrollado y por el Pentágono; al mismo tiempo se financiaban los medios de publicidad con abundante propaganda. En el año 1966, una sola firma –la Procter and Gamble, productora de jabones– gastó 265 millones de dólares en anunciar sus productos, cerca de dos veces tanto como el presupuesto de un país latinoamericano de más de 3 millones de habitantes. En el mismo periodo la General Motors gastó 208 millones, la Ford Motor Company, más de 132 millones y la Chrysler 93 millones [Estos datos proceden de la fuente citada, The Times, Londres, sección Business News. Debe exceptuarse la cifra relativa a las firmas publicitarias, que ha sido calculada sobre la base del 17.65 por ciento sobre facturación, que cobran todas las agencias]. Ciento veinticinco firmas norteamericanas gastaron en 1966 un total de 4,470 millones de dólares en propaganda, lo que significa que las entradas de las firmas publicitarias que manejaron la publicidad de esas 125 compañías alcanzaron 787 millones de dólares. Como puede verse, en una suma tan alta hay margen suficiente para atraer a psicólogos, economistas, sociólogos, dibujantes y escritores que procuran mejorar sus entradas.
“La creación de un mercado de consumo de proporciones gigantescas apareció con la televisión, un producto de la ciencia que se puso al servicio del capital sobredesarrollado. La televisión se convirtió en el rey de los medios de la gran industria... En pocos años el pueblo norteamericano fue convertido en una humanidad adquirente; en un ente múltiple –en términos de millones y millones de seres–, pasivo, expectante, que depende del televisor para saber qué tipo de ropa va a comprar, qué lugar debe escoger para su fin de semana, qué cerveza le conviene beber... La televisión acostumbró al nortemaericano medio a a obedecer…”
Desde luego, tan pronto como la televisión demostró su utilidad para vender desde un tubo de pastas de dientes hasta un automóvil, resultaba evidente que sería útil también venderle al país la idea de que Estados Unidos estaba en peligro y debía dedicar una parte importante de su producción a armarse y a prepararse militarmente para defenderse de sus enemigos. En cuanto al valor de la palabra “defenderse”, el pentagonismo ha llegado a crear en el pueblo norteamericano una confusión de tal magnitud en los conceptos que ya resulta normal leer en libros y periódicos de Estados Unidos como este: "Dadas nuestra naturaleza y nuestras tradiciones –y nuestra riqueza– no tenemos el deseo de conquistar. Nuestro poderío militar es defensivo, no ofensivo. Hasta cuando es usado o amenazamos con él, como en Vietnam, Cuba o la República Dominicana, nuestro gobierno entiende que ese uso es defensivo. Algunos asiáticos pueden pensar que nosotros queremos 'ocupar' Vietnam en la vieja tradición imperialista, pero están claramente equivocados" [Edwin L. Dale Jr., en “The U. S. Economic Giant Keeps Growing”, en The New York Times Magazine, 19 de marzo de 1967, pp. 31, 135-140, 146-152. El párrafo que tenemos traducido se halla en la p. 135 y en inglés se lee así: “Given our nature and our traditions –and our wealth– we have no wish to conquer. Our military might is defensive, not offensive. Even when it is used, or threatened, as in Vietnam, Cuba or the Dominican Repúblic, our Government conceives of that use as defensive. Some Asians may think we want to ‘occupy’ Vietnam in the old imperialist tradition, but they are clearly mistaken”]. En esto último tiene razón el autor, pues el propósito no es ocupar Vietnam en el viejo estilo imperialista sino usarlo en el nuevo estilo pentagonista.

Como todos los demás bienes del capitalismo sobredesarrollado, la televisión es usada también por el pentagonismo. No menos de 60 millones de norteamericanos oyen y ven al Presidente de la República, gracias a la televisión; todos al mismo tiempo en todas las ciudades y en todos los pueblos del país, ventaja que el presidente aprovecha para servir la causa del pentagonismo. De esos 60 millones de televidentes, la mayor parte está ya pasivizada por hábito de televidear; está hecha a aceptar lo que se le diga si se le dice con buena técnica de venta. Desde luego, cuando el Presidente de la República habla utiliza la mejor técnica de venta, las palabras seleccionadas cuidadosamente por los técnicos más capacitados en el negocio de la propaganda, puesto que los tiene a su disposición; y sumada a esa elevada técnica usa la sobrecarga psicológica de su disposición, es decir, del enorme prestigio que confiere la presidencia de Estados Unidos. La televisión puede ser usada –y a menudo lo es– para que otras personas digan lo contrario de lo que ha dicho el presidente pero sucede que en ningún caso esas otras personas tendrán una audiencia tan grande como la que tiene el primer magistrado del país, de manera que hay millones de norteamericanos que oyen al presidente y no oyen a los que argumentan contra sus opiniones. En general, las opiniones opuestas a las del gobierno llegan sólo a una minoría. Teóricamente, es posible emitir ideas contrarias a las del pentagonismo, pero la verdad es que no se puede competir con los altos funcionarios, sobre todo con el Presidente de la República.

¿Qué otros sectores del país, además de los científicos, los trabajadores y los publicitarios derivan beneficios del pentagonismo? O lo que es igual, ¿cuáles otros grupos están pentagonizados? Los comerciantes de todos los niveles. Las grandes firmas de comercio son, desde luego, parte del núcleo pentagonista, pero las menos fuertes están pentagonizadas porque sacan ventajas de la economía de guerra. El sector comercial, formado por millares de familias extendidas a lo largo de toda la nación, es quizá el que tiene más conciencia de lo que significan, para sostener funcionando un gran mercado consumidor, los cuantiosos gastos militares. La demanda hace mover enormes cantidades de productos de todos los tipos, de artículos necesarios y de artículos superfluos, y los comerciantes son los que dan salida a ese océano de productos. Todo lo que se vende pasa por sus manos y deja en ellas un beneficio. La economía pentagonista, con sus altos salarios y su velocidad de desarrollo, ha creado en verdad el paraíso de los comerciantes norteamericanos.

A los comerciantes hay que sumar los banqueros de todos los rangos. Los que controlan la alta banca son directivos del mando pentagonista, pero los de la pequeña banca, los banqueros y sus empleados de ciudades medianas y villas agrícolas se encuentran en situación parecida a los comerciantes. Este sector del negocio bancario manipula casi la totalidad del dinero que mueve el comercio mediano y pequeño, de manera que en la medida en que ese tipo de comercio vende más y compra más, los bancos que están en un nivel inferior a los grandes bancos ejecutan más operaciones diarias, lo que en fin de cuentas significa que ganan más dinero. Lo mismo que su contraparte en el comercio, esos banqueros tienen conciencia clara de que la enorme actividad económica del país tiene como base la economía de guerra; por tanto, también ese sector se halla pentagonizado.

La verdad es que los grupos más numerosos de la sociedad norteamericana estaban pentagonizados a finales de 1964. Los observadores políticos no se dieron cuenta de esto debido a que en las elecciones de ese año perdió el candidato que ofrecía usar el poder nuclear en Vietnam y las ganó el que decía que no debía llegarse a ese extremo. La votación de 1964 parecía ser, pues, un plebiscito contra la guerra, esto es, contra el ya casi todopoderoso, pero todavía oculto movimiento pentagonista. Pero los observadores políticos se dejaron confundir por las apariencias o confundieron sus propios sentimientos con los del pueblo. En general, los observadores eran más o menos liberales y votaron contra la parte nuclear del programa de Goldwater, pero el pueblo norteamericano votó contra el candidato republicano porque anunció que si triunfaba desfederalizaría los seguros sociales, esto es, haría depender los seguros sociales de los gobiernos de los estados, no del gobierno federal. En la mente de la gran masa del país ese punto del programa de Goldwater se entendió como que este se oponía a los seguros sociales, no lo que dijo sobre la bomba atómica, lo que determinó la derrota de Goldwater. Si este hubiera dicho que usaría el poderío atómico de su país en Vietnam y que además elevaría el monto de los retiros, rebajaría la edad del retiro y aumentaría los servicios de salud sin aumentar su costo, el pueblo norteamericano hubiera votado por él. En todo caso, sus votantes hubieran sido muchos más.

No nos engañemos y no convirtamos en realidad lo que deseamos. La gran masa de Estados Unidos ha sido endrogada con el espectáculo de la fabulosa riqueza de su país y de su impresionante poderío militar. Esa gran masa votará por el uso de la bomba “A” en Vietnam y en cualquier otro sitio si el uso de la bomba le proporciona más seguridad, más bienestar y si halaga su orgullo nacional. Pocos meses después de las elecciones de 1964, en el mes de mayo de 1965 más del 70 por ciento de la población de Estados Unidos estaba respaldando a Johnson en su decisión de enviar infantería de marina a la República Dominicana, y en marzo de 1967 un porcentaje aproximadamente igual estaba de acuerdo en que se aumentaran los bombardeos sobre Vietnam del Norte. Ese alto tanto por ciento –en los dos casos– apoyaba al presidente Johnson en su política pentagonista debido a que él había propuesto al Congreso la ley de extensión de los servicios contra enfermedades. El que le proporcione a la masa norteamericana algún beneficio tendrá su respaldo para cualquier tipo de política exterior, pues esa masa no tiene la menor idea de nada que no sea su miedo al comunismo y su hambre de ventajas.

Es significativo que el sondeo de opinión pública hecho en marzo de 1967 –en el que una mayoría abrumadora resultó partidaria de intensificar los bombardeos para el Vietnam de Ho Chi Minh– se produjo después que el New York Times publicó una serie de reportajes de un periodista de su equipo que estuvo en Hanoi y en otros lugares de Vietnam del Norte; en esos reportajes se afirmaba que las bombas norteamericanas estaban matando niños y mujeres no combatientes y destruyendo escuelas y hogares. Los artículos del New York Times provocaron un sonoro revuelo de los sectores liberales norteamericanos, que los comentaron en todos los medios de publicidad a su alcance. El sondeo de opinión indicaba que esos revuelos no influyeron en las ideas de las mayorías.

De esto pueden sacarse varias conclusiones, pero todas llegan a un punto. Podemos pensar que el New York Times tiene poco peso en la formación de la opinión pública de su país; podemos pensar que tiene un peso importante, pero limitado a los círculos liberales; podemos pensar que los liberales no expresan ni los sentimientos ni las ideas de las mayorías norteamericanas. Lo último parece ser lo más probable. De todos modos, cualquiera de las conclusiones desemboca en una misma realidad: en conjunto, el pueblo de Estados Unidos es pentagonista o está pentagonizado; cree en el poder de las armas y para dirimir los problemas internacionales y por tanto no oye a los que predican lo opuesto.

Lo que Simón Bolívar llamó en 1819 la minoría activa de la sociedad, refiriéndose al sector que pone a la cabeza de un país y lo conduce a la lucha por la justicia y la libertad, no existe ya en Estados Unidos. La minoría activa de Norteamérica está compuesta por hombres entregados a la pasión del beneficio económico; y es a ese grupo a quien sigue el pueblo, no a los liberales. Los liberales corresponden a la sociedad individualista, que ha desaparecido en Estados Unidos. Lo que hay ahora es una sociedad de masas en la que sólo puede influirse con grandes despliegues de fuerzas y con medios masivos de información. Los liberales no tienen posibilidad de mostrar un poder parecido al del Pentágono ni podrían alcanzar nunca a reunir el dinero que hace falta para cubrir el país con programas de televisión. Los que disponen de lo uno y de lo otro son los beneficiados del pentagonismo y el gobierno, que es, en política exterior, el agente pentagonista; y son estos los que forman la opinión de las masas.
«Hay algunos jóvenes que se “gradúan” de liberales como si esto fuera una profesión, pero eso tiene su razón de ser: esos jóvenes saben que en ciertas ocasiones el gobierno de su país necesita hombres con títulos de liberales para enviarlos a misiones que no pueden ser cubiertas por pentagonistas conocidos. En todos los casos, sin excepciones, este curioso tipo de liberal se conoce porque en sus denuncias de la política de su gobierno que hace públicas en revistas “liberales”, hay siempre un párrafo –el párrafo clave– en que coincide con la política oficial.»
Profesores y estudiantes protestan de la acción militar norteamericana en territorios lejanos de pueblos pobres; lo hacen a través de anuncios pagados en diarios y revistas que son leídos únicamente por los que están convencidos de antemano de lo que dicen los anuncios. Muchos de esos "disenters" protestan a nombre de universidades y centros de estudio que están financiados por el pentagonismo. Esta paradoja explica que a la hora de liquidar el movimiento de protesta que conmovió durante algún tiempo la universidad de California –una gigante, aun en términos norteamericanos– resultó fácil echar de su puesto al rector de la universidad, a quien se le achacaba el delito de pensar igual que los estudiantes que protestaban [En la organización universitaria norteamericana no hay rector sino presidente. En el caso a que nos referimos, el presidente Clark Kerr fue sustituido por Charles Johnston Hitch, un hombre estrechamente vinculado al Pentágono, que había trabajado para la Rand Corporation y para la Secretaría de Defensa. Véase un amplio reportaje sobre las actividades pentagonistas de Hitch en The Nation, 15 de diciembre de 1967, pp. 682-685].

El sector liberal norteamericano, cada vez más pequeño, es ya una flor exótica, producto de una sociedad liquidada. Quedan algunos liberales que sobreviven por razones biológicas, debido a su edad avanzada. La expresión natural de una sociedad de masas en un régimen de libre competencia es el pentagonismo, no el liberalismo. Los liberales se explicaban en la era del capitalismo individualista del siglo xix y de principios de este siglo, no en la era del capital sobredesarrollado. Hay algunos jóvenes que se “gradúan” de liberales como si esto fuera una profesión, pero eso tiene su razón de ser: esos jóvenes saben que en ciertas ocasiones el gobierno de su país necesita hombres con títulos de liberales para enviarlos a misiones que no pueden ser cubiertas por pentagonistas conocidos. En todos los casos, sin excepciones, este curioso tipo de liberal se conoce porque en sus denuncias de la política de su gobierno que hace públicas en revistas “liberales”, hay siempre un párrafo –el párrafo clave– en que coincide con la política oficial [Mientras era Presidente de la República Dominicana recibí un cable de un conocido liberal norteamericano que se había hecho un nombre como partidario de un mejor trato para América Latina. En 1963 ese liberal, hombre ya maduro, era miembro del directorio de una poderosa industria dulcera de Estados Unidos y me cablegrafió pidiéndome que le vendiera a su firma azúcar o algunos de los derivados de este producto. El Estado dominicano era propietario de varios ingenios azucareros, pero yo no era vendedor de azúcar ni se me hubiera ocurrido que esa personalidad de la política norteamericana negociaba con azúcar. En ese momento el azúcar estaba en alza en el mercado mundial de esa manera que en defensa de los intereses de mi país pedí que no se hicieran ventas si no era a precios estipulados de antemano como buenos. Unos años después, a raíz de la intervención pentagonista en mi país, ese liberal escribió, en la revista de libros de The New York Times un artículo en que me presentaba como una calamidad pública para la República Dominicana. El liberal se llamaba Adolf Berle].

La tambaleante actitud de muchos liberales norteamericanos se explica porque es difícil, más bien diríamos imposible, vivir en una época con las ideas y los sentimientos de otra que ha sido superada. El caso de Theodore Draper es único y se debe a que este agudo observador está dotado de inteligencia excepcional y sensibilidad creadora, ambas cosas acompañadas por una tenacidad y una honestidad intelectual a toda prueba. Su ejemplo, sin embargo no es fácil de seguir para quien no tenga sus condiciones.

Transcripción de «El Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo.
Capítulo IV - 'La sociedad pentagonizada'
»: Nemen Hazim
San Juan, Puerto Rico
11 de junio de 2019