«A mí me inspira mi pueblo y su destino. A mí no me inspiran ni me preocupan el dinero y las riquezas. A mí me inspira, me seduce, el ejemplo de los hombres como Simón Bolívar, como San Martín, como Sucre, como Eugenio María de Hostos, como Máximo Gómez... de esos hombres libertadores que, como bien lo dice otro gigante de la América Nuestra, el Apóstol José Martí, “hacen pueblos y son más que hombres”» (Juan Bosch)
Ing. Nemen Hazim
Graduado Magna Cum Laude (MCL) en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD - 28/10/1977). Estudios complementarios en Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Argentina y Uruguay. En República Dominicana fue Ayudante de Profesor en la UASD; Profesor y Director de las Escuelas de Ingeniería Eléctrica e Ingeniería Mecánica en la Universidad Central del Este (UCE); y Gerente de Turbinas de Gas y Motores Diésel en la Corporación Dominicana de Electricidad (CDE). En Puerto Rico fue Encargado de Proyectos en Caribbean Electrical Industrial Services Corporation (CEISCO) y Co-dueño de Ingeniería Eléctrica y Mecánica (INGELMEC)...

Juan Bosch: Cronología - Cuentos


Juan Bosch: Cronología... Cuentos
Recorrido por la vida de Juan Bosch; algunos cuentos


Una jíbara en Nueva York: —Amigo mío, usted ni siquiera puede pronunciar esa palabra. Diga “jíbara”. ¿Ve usted? Nosotros, los sajones, no podemos adquirir esa gracia, esa ligereza de tono y sonido que distingue a los americanos de sangre española. Ni podemos tampoco —esto mucho menos, desde luego—, mantener esa fogosidad espiritual del latino, de ese hombre a quien llamamos aquí “hispano”. Nosotros no lograremos comprender a esa gente. Se lo digo yo, que he vivido toda mi vida, desde niño, en los países del sur. Ahora verá usted, deje que se apague un poco el escándalo del jazz. A mí se me hace difícil hablar entre tanto ruido, en esta baraúnda. Estoy ya acostumbrado al grave silencio de la selva, del mar y de las ciudades hispanas. Espere, ahora voy a contarle. Pruebe este tabaco, mientras tanto; es cubano, vueltabajero, que es como decir tabaco de reyes. Bien, fume y óigame, que quizá pueda serle útil alguna vez esta conversación; por lo menos, si cae usted algún día en uno de esos países del sur, ya tiene usted unas líneas generales para comprender a su gente

CRONOLOGÍA/por Gillermo PIÑA-CONTRERAS



MÁS CUENTOS DE JUAN BOSCH

.- El astrólogo
.- Una jíbara en Nueva York
.- El cabo de la legión

***

.- El Dios de la selva
.- La mula
.- Anarquistas

***

.- Kazán



CRONOLOGÍA/por Gillermo PIÑA-CONTRERAS
Tomado de: http://www.scribd.com/doc/240917898/1-Narrativa-I


Hacia 1785-1795
Nacen en La Guardia, Galicia, España, Marcos Gaviño y María Rosa Cividanes; Manuel Benito Núñez e Ignacia Arzúa abuelos paternos y maternos respectivamente de Juan Benito Gaviño Núñez, abuelo materno de Juan Bosch.


Hacia 1820-1825
Nace en La Guardia, Galicia, España, Buenaventura Gaviño Cividanes, bisabuelo materno de Juan Bosch.


Hacia 1820-1830
Nace en La Guardia, Galicia, España, Gertrudis Núñez Arzúa, bisabuela materna de Juan Bosch.


1837
19 de junio: Nace en Tortosa, Barcelona, España, Francisco Bosch Ximeno, abuelo paterno de Juan Bosch.


Hacia 1840
Nace en Tortosa, Barcelona, España, María Cinta Subirats, abuela paterna de Juan Bosch.


1852
1 de noviembre: Nace en La Guardia, Galicia, España, Juan Benito Gaviño Núñez, abuelo materno de Juan Bosch.

2 de noviembre: Juan Gaviño es bautizado en la iglesia parroquial de Santa María de la Villa de La Guardia por el sacerdote Juan Manuel González Blanco. Juan Benito Domínguez y Luisa Peregrina Domínguez fueron los padrinos.


Hacia 1860
Nace en Juana Díaz, Puerto Rico, Petronila Costales, abuela materna de Juan Bosch.


Entre 1870-1880
Juan Gaviño emigra de España a Puerto Rico, en donde se casa con Petronila Costales, con quien procreó tres hijos: Juan, Rosa y Ángela.


1877
16 de julio: Nace en Tortosa, Barcelona, el padre de Juan Bosch, José Bosch Subirats, hijo de Francisco Bosch y María Cinta Subirats.


1886
30 de agosto: Nace en Juana Díaz, Puerto Rico, Angela Gaviño Costales, madre de Juan Bosch.


Hacia 1890
Juan Gaviño enviuda y se casa con Vicenta Cintrón.


Hacia 1897
Juan Gaviño llega de Puerto Rico a la República Dominicana con toda su familia. Primero trabaja en el Ingenio Puerto Rico, propiedad de la familia Serrallés, en San Pedro de Macorís. Luego se dedica a la agricultura en Río Verde, La Vega.


Hacia 1898
José Bosch Subirats, desde Barcelona, se traslada a Marsella, Francia, luego a Marruecos y a Brasil. En Manao trabajó, como albañil, en la construcción de La Opera. Más tarde se trasladó a Curaçao.


1899
26 de julio: Ulises Heureaux, Presidente de la República Dominicana, es abatido en la ciudad de Moca.


1900
1 de enero: José Bosch Subirats llega a Santo Domingo. Trabaja en la construcción del Palacio Presidencial, construye la chimenea de ladrillo del ingenio Italia (hoy CAEI). Luego se establece en La Vega. Trabaja en la construcción del Palacio de don Zoilo y del Teatro La Progresista.


1906
6 de noviembre: José Bosch Subirats y Ángela Gaviño se casan en La Vega.


1907
30 de noviembre: Nace en La Vega el primer hijo de la familia Bosch-Gaviño: José Andrés.


1909
30 de junio: Nace en La Vega Juan Emilio, segundo hijo del matrimonio Bosch-Gaviño.

29 de agosto: Nace en La Vega Mario Sánchez Guzmán, compañero de infancia y adolescencia de Juan Bosch.

24 de diciembre: Juan Emilio Bosch Gaviño es bautizado en la parroquia de La Concepción de La Vega. Juan Gaviño y Juana Cintrón de Gaviño fueron los padrinos.


1911
Principios de año: Ante la crisis social y política imperante en la República Dominicana la familia Bosch-Gaviño se traslada a Haití.

19 de noviembre: Ramón Cáceres, Presidente de la República Dominicana, es asesinado en Santo Domingo.

17 de agosto: Nace en Cabo Haitiano Ángela Bosch Gaviño.


1913
Nace en Cabo Haitiano Francisco Bosch Gaviño.

22 de febrero: Derrocan a Francisco Madero en México. Se inicia la Revolución Mexicana.


1914
28 de junio: Asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria. Europa al borde de la guerra.

Julio: Estalla la Primera Guerra Mundial en Europa.

19 de noviembre: Nace en Santo Domingo Isabel García Aguiar quien se casaría con Juan Bosch el 19 de junio de 1934.


1915
29 de abril: Nace en Santiago de Cuba Carmen Quidiello quien se casaría con Juan Bosch el 30 de junio de 1943 en La Habana.

28 de julio: Intervención militar de los Estados Unidos en Haití.

Agosto: La familia Bosch-Gaviño vuelve a La Vega, República Dominicana.

Septiembre: Juan Bosch es inscrito en el colegio San Sebastián de La Vega. Su padre, para que le aceptaran, tuvo que falsear su edad y decir que tenía 7 años.

23 de septiembre: Nace en La Vega María Josefina Bosch Gaviño.


1916
29 de agosto: El capitán H. S. Knapp del ejército de los Estados Unidos anuncia la creación de un Gobierno Militar en la República Dominicana.


1917
Nace en La Vega Ana Leticia Bosch Gaviño.

Septiembre: Conoce a Mario Sánchez Guzmán en el Colegio San Sebastián del Padre Fantino en La Vega.

7 de noviembre: El Ejército Rojo toma la ciudad de Petrogrado, Rusia. Primera Revolución Socialista del Mundo.


1918
Durante el año: Juan Bosch pronuncia un discurso ante la tumba de un profesor vegano. Escribe sus primeros cuentos. Esos textos se perdieron en el fuego que destruyó la biblioteca del escritor cubano-dominicano Federico García Godoy. Edita y dirige, junto a Mario Sánchez Guzmán, el periódico escolar El Infante.

Juan Bosch acompaña a su padre en sus viajes por la Línea Noroeste de la República Dominicana.


1920
26 de enero: El poeta español Francisco Villaespesa, autor de “Canto a Santo Domingo”, ofrece un recital en el Casino Central de La Vega.


1921
Durante el año: Juan Bosch lee en la biblioteca de su abuelo materno el Mío Cid, Diablo mundo de Espronceda, Orlando furioso de Ariosto y Los doce pares de Francia. En la de su padre lee por primera vez Don Quijote de la Mancha.


1922
Durante el año: Mueren de disentería, en La Vega, Francisco y Ana Leticia, hermanos de Juan Bosch.

28 de octubre: Marcha de Mussolini hacia Roma. El fascismo se instala en Italia.


Hacia 1923
Juan Bosch comienza a publicar poesía en Las Brisas del Birán, de Barahona.


1924
Principios de año: Juan Bosch viaja a la Capital. Comienza a trabajar en la casa Lavandero de Santo Domingo.

12 de febrero: Muere en La Vega el escritor Federico García Godoy, nacido en La Habana, Cuba, el 25 de diciembre de 1857.

26 de junio: Nace en La Vega Ana Dolores Bosch Gaviño, última hija del matrimonio Bosch-Gaviño.

12 de julio: Las tropas del ejército de los Estados Unidos desocupan la República Dominicana.


1925
19 de diciembre: Muere en La Vega Juan Gaviño.


1925-1926
Juan Bosch trabaja en la casa comercial de Ramón Corripio.


1926-1927
Por motivo de salud Juan Bosch vuelve a La Vega y luego se traslada a Constanza.


1927-1928
En la Capital, Bosch trabaja en la casa Font Gamundi y Cía.


Durante 1925-1929
Comienza a publicar cuentos y poemas en revistas y periódicos de provincia. En su poesía utiliza el pseudónimo de Rigoberto de Fresni.


1929
Durante el año: Juan Bosch comienza a publicar cuentos y artículos en periódicos de Santo Domingo, El Mundo y Listín Diario.

24 de octubre: Crisis de la Bolsa de valores de Wall Street. En Estados Unidos se inicia la gran depresión económica.


1929-1930
Septiembre: Los padres de Juan Bosch deciden enviarlo a Barcelona donde su familia paterna.


1930
Bosch trabaja en Barcelona vendiendo publicidad y ponche crema fabricado por una firma venezolana. Organiza allí una compañía teatral de las llamadas de Variedades y viaja a Venezuela con ese grupo teatral que fue contratado para actuar en el Teatro Olimpia, de Caracas.

Junio: La familia Bosch-Gaviño se traslada a la ciudad de Santo Domingo.

16 de agosto: Rafael L. Trujillo Molina toma posesión del cargo de Presidente de la República Dominicana.

3 de septiembre: Durante la travesía, se recibió en el buque en que viajaba la noticia del ciclón de San Zenón.

Noviembre: Los efectos del Gran Crack de 1929 se sienten en toda la América Latina. En Caracas fracasa la presentación de la Compañía de Variedades llevada por Bosch y éste se ve obligado a trabajar descargando, a medianoche, los camiones cargados de frutos agrícolas que llevan al mercado de San Felipe. Luego, por recomendaciones de un amigo, consigue trabajo en el C. y C. Coney Island Park, como anunciador del motodromo del parque de diversiones. De Caracas, con el Coney Island, se traslada a Valencia, Puerto Cabello y Curaçao, donde también trabajó en la construcción de un teatro que estaba fabricando en esa isla un ingeniero italiano casado con una vegana; de Curaçao, el Coney Island pasó a Puerto España, capital de la isla Trinidad, donde además de anunciante del motodromo trabajó en la panadería Columbus; de Trinidad, el Coney Island fue llevado a Martinica, desde donde, en agosto del 1931, decidió regresar a la República Dominicana.


1931
4 de octubre: Juan Bosch publica un poema en el periódico Listín Diario. En esa época firmaba aún Juan E. Bosch.


1932
Durante el año: Escribe el cuento “La mujer”, que será traducido a varios idiomas, y se convierte en colaborador de la revista Bahoruco, fundada y dirigida en Santo Domingo por Horacio Blanco Fombona, venezolano, hermano del conocido novelista Rufino Blanco Fombona.

Junio: Pasa cuatro semanas en Constanza.


1933
Durante el año: Se reúne con un grupo de jóvenes escritores dominicanos en casa del poeta Rafael Américo Henríquez. Entre los que asistían a esas tertulias se encuentran Héctor Incháustegui Cabral, Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos, entre otros. Ese grupo de jóvenes forma lo que se conoce hoy en la historia literaria dominicana como La Cueva.

31 de enero: Adolf Hitler es nombrado canciller de Alemania. Comienza el Tercer Reich.

24 de noviembre: La imprenta El Progreso publica Camino real, primera colección de cuentos de Juan Bosch.

*El cuento “La mujer” es traducido al francés por Georges Pillement e incluido en la antología Les Conteurs Hispano-Américains.

4 de diciembre: Es apresado y acusado de haber colocado una bomba el 20 de noviembre, cerca de la medianoche, en el cementerio de la avenida Independencia de Santo Domingo y de formar parte de un grupo terrorista que tenía el proyecto de asesinar al presidente Trujillo.


1934
15 de enero: En el curso de la investigación, por lo que guardaba prisión desde el 4 de diciembre del año anterior, es interrogado por el juez de Instrucción Manuel Ángel González Rodríguez en relación a la acusación de atentar contra la vida del Presidente Trujillo, de ser miembro de una sociedad secreta, revolucionaria y terrorista, denominada Vanguardia de la Dignidad Nacional así como de haber ayudado a la fabricación y colocación de varias bombas mortíferas.

Fines de febrero: Por intervención de varios amigos, es liberado de la prisión que guardaba desde el 4 de diciembre de 1933.

21 de febrero: Augusto César Sandino es asesinado en Nicaragua.

19 de junio: Juan Bosch se casa con Isabel García Aguiar.


1935
Durante el año: Juan Bosch sigue publicando cuentos y artículos en los periódicos nacionales. Sigue colaborando de manera regular en la revista Bahoruco, dirigida por el escritor venezolano Horacio Blanco Fombona. Dirige la sección literaria del Listín Diario. Fue en esa época que sugirió al poeta Pedro Mir dedicarse a escribir poesía de tipo social. Publica su segundo libro: Indios, apuntes históricos y leyendas.

Primavera: Bosch es nombrado en la Dirección General de Estadísticas. Organiza, bajo la dirección de Mario Fermín Cabral, el Censo Nacional de población de la República Dominicana.


1936
23 de junio: La imprenta El Diario de Santiago publica La Mañosa: la novela de las revoluciones.

18 de julio: El coronel Francisco Franco desembarca en las costas de Andalucía, España. Se inicia la Guerra Civil española.

26 de diciembre: Nace su hijo León Bosch García.


1937
Octubre: Rafael Trujillo ordena exterminar a los haitianos de Dajabón.

1 de noviembre: Bosch es nombrado Jefe del Servicio de Información de la Dirección General de Estadísticas, bajo la dirección de Vicente Tolentino Rojas. A mediados del mismo mes Mario Fermín Cabral le da la noticia de que Trujillo ha decidido nombrarlo diputado. Esa noticia le lleva a decidir su salida del país llevándose con él a su mujer que estaba embarazada y a su hijo León, viaje para el cual había empezado a prepararse desde el mes de septiembre.

Finales de año: Juan Bosch es elegido Presidente de la Sección de Periodismo y Literatura del Ateneo Dominicano. Virgilio Díaz Ordóñez era entonces el Presidente del Ateneo.


1938
5 de enero: Discurso de Juan Bosch en favor de Trujillo como parte de su estrategia para obtener el pasaporte que le permitiría salir de República Dominicana pocos días después.

13 de enero: Ante la proposición de Trujillo, de hacerle diputado, Bosch decide salir de la República Dominicana para Puerto Rico con la excusa de quebrantos de salud de su esposa. Sólo sabían que no volvería hasta la caída de la dictadura de Trujillo sus amigos Mario Sánchez Guzmán, Virgilio Díaz Ordóñez y Emilio Rodríguez Demorizi.

13 de enero: Juan Bosch llega a San Juan, Puerto Rico, en compañía de su esposa Isabel García, de su hijo León y con sólo 90 dólares en los bolsillos. Entre sus primeros amigos en Puerto Rico figuran Nilita Vientós, Presidenta del Ateneo de Puerto Rico, y Luis Muñoz Marín, entonces poeta y más tarde gobernador de Puerto Rico. Se instala con su familia en la casa número 50, tercer piso, de la calle Luna en el viejo San Juan.

Febrero: En una visita que hizo a la Biblioteca Carnegie de Puerto Rico en busca de trabajo, Bosch es contratado por Adolfo Hostos para dirigir la recopilación de las obras completas de su padre, Eugenio María de Hostos.

27 de febrero: Bosch renuncia, por carta a Trujillo, a su cargo de Jefe del Servicio de Información de la Dirección General de Estadísticas de la República Dominicana. La renuncia es efectiva el 28. Entre los argumentos que le llevan a tomar esa decisión está su carrera de escritor: “Mi destino es ser escritor, y, en ese campo, nada podía ya darme el país; y no sería eso sólo causa bastante a hacerme dejar el lugar de mis afectos, sino que, además de no poder seguir siendo escritor, tenía forzosamente que ser político, y yo no estoy dispuesto a tolerar que la política desvíe mis propósitos o ahogue mis convicciones y principios”.

14 de marzo: Nace en San Juan, Puerto Rico, su hija Carolina.

7 de noviembre: Pronuncia, en el Ateneo Puertorriqueño, una conferencia titulada Mujeres en la vida de Hostos que publica la Asociación de Mujeres Graduadas de la Universidad de Puerto Rico. Una segunda edición se hace en 1939 y una tercera en 1988.


1939
Principios de enero: Juan Bosch llega al puerto de La Habana, procedente de San Juan, Puerto Rico, en el vapor Iroquois. El comité pro homenaje a Hostos le había enviado a La Habana para supervisar y dirigir la edición de las obras completas de Eugenio María de Hostos. En el puerto le estaba esperando el doctor Enrique Cotubanamá Henríquez para proponerle la fundación del Partido Revolucionario Dominicano, y le presentó a Carlos Prío Socarrás, dirigente del Partido Revolucionario Cubano, partido que serviría de modelo para la creación del PRD.

Finales de enero: Fundación del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), en casa de Virgilio Mainardi Reyna en El Cano, La Habana.

26 de enero: Las tropas del general Francisco Franco penetran en Barcelona.

3 de septiembre: Estalla la Segunda Guerra Mundial en Europa.

Durante el año: Bosch dicta una serie de conferencias en el Instituto Hispano-Cubano de Cultura y en el Club Atenas sobre la República Dominicana. Publica cuentos y artículos en las revistas puertorriqueñas Alma Latina y Puerto Rico Ilustrado, y en la revista cubana Carteles. Se edita en La Habana su biografía Hostos, el sembrador.


1940
Durante el año: Los exiliados republicanos españoles siguen llegando a la República Dominicana.

26 de enero: En La Habana la imprenta La Verónica de Manuel Altolaguirre publica la segunda edición, corregida, de La Mañosa.

14 de junio: Las tropas nazis ocupan París.

Julio: Bosch publica “El Río y su enemigo”. En diferentes ocasiones Juan Bosch ha dicho que tuvo conciencia de que dominaba el género del cuento al escribir “El Río y su enemigo”, el 12 de agosto de 1942 (cf. ROSARIO-CANDELIER, Bruno, Juan Bosch: un texto, un análisis y una entrevista, Santo Domingo: Ed. Alfa y Omega, 1979, p.51). Esta afirmación puede ser considerada cierta en cuanto al texto que le hizo descubrir que ya dominaba la técnica del cuento, pero no sucedió en la fecha antes mencionada, pues “El Río y su enemigo” había sido publicado el 13 de julio de 1940 en Puerto Rico Ilustrado, y el 21 de julio del mismo año en la revista cubana Carteles. Ese error cronológico no tiene importancia, si se considera que unos años más tarde, en julio de 1944, Bosch dictaba una conferencia en el Instituto Hispano-Cubano de Cultura sobre “Las Características del cuento” (reproducida en Mirador Literario, La Habana: julio de 1944, p.6-9), en la que hace explícita, por primera vez, su teoría del cuento, la cual iba a ser desarrollada en 1958 en la conferencia dictada en la Universidad de Caracas con el título Apuntes sobre el arte de escribir cuentos.

Finales de año: Bosch lee los cuentos de Horacio Quiroga y la poesía de Pablo Neruda. Quiroga tendría mucha influencia en su obra en cuanto a la técnica del cuento se refiere. Los diputados del Partido Revolucionario Cubano le solicitan su colaboración en la redacción de algunos artículos de la nueva Constitución cubana.


1941
Durante el año: Juan Bosch se desempeña como vendedor de productos farmacéuticos por toda Cuba. También escribe para la emisora CMQ de La Habana dos programas: Los Forjadores de América y Memorias de una dama cubana. Se hace en La Habana la segunda edición cubana de La Mañosa (Editorial Lex). Obtiene, en Santo Domingo, el primer premio de los Juegos Florales Hispanoamericanos con su cuento “El Socio”. Publica en Cuba Dos pesos de agua.

22 de junio: Las tropas alemanas invaden la Unión Soviética.

21 de noviembre-7 de diciembre: Juan Bosch y Juan Isidro Jimenes-Grullón viajan a México para asistir, como representantes del PRD, al I Congreso de la Central de Trabajadores de América Latina (CETAL). Encuentro con Ángel Miolán. Al finalizar el congreso, obtienen que la CETAL condene los crímenes de Trujillo en República Dominicana. Por esta acción, tanto Bosch como Jimenes-Grullón, fueron declarados “traidores a la Patria”. Hace amistad con Vicente Lombardo Toledano.

30 de noviembre: Juan Bosch, Juan Isidro Jimenes-Grullón y Ángel Miolán dejan constituida la Sección de México del PRD.

7 de diciembre: Estados Unidos de América declara la guerra al Japón después del bombardeo de la base americana de Pearl Harbor.


1942
15 de enero: Se inicia, en Río de Janeiro, la Conferencia Panamericana para la entrada en guerra de los Estados de América Latina.

Abril: Juan Bosch viaja a New York para formar la Seccional del PRD en esa ciudad.

15 de junio: Por presiones de la dictadura de Trujillo deja de circular el periódico Listín Diario en Santo Domingo.


1943
29 de marzo-7 de abril: Primer Congreso del PRD en La Habana (Hotel Nueva Luz, en el consultorio del Dr. Romano Pérez Cabral). En esa ocasión, por presiones de Trujillo al Gobierno de Cuba, el PRD fue bautizado Unión Democrática Antinazista Dominicana (UDAD). Bosch es elegido Secretario General de la misma.

3 de mayo: Se publica el divorcio entre Juan Bosch e Isabel García Aguiar en La Habana. Bosch se había separado de Isabel García en 1939.

Junio: Juan Bosch obtiene el premio Hernández-Catá de Cuba por su cuento “Luis Pie”.

30 de junio: Juan Bosch se casa en La Habana con Carmen Quidiello. La boda fue apadrinada por la escritora española María Zambrano y por el general Enrique Loynaz del Castillo; el poeta Nicolás Guillén fue testigo del matrimonio.

24 de julio: Benito Mussolini es derrocado en Italia.

24 de agosto: Trujillo ordena la verificación del lugar de nacimiento de Juan Bosch. El dictador quería inhabilitar jurídicamente la posible candidatura de Juan Bosch a la Presidencia de la República aduciendo que no había nacido en República Dominicana.

Finales de año: Bosch es nombrado director de la oficina del Senador Carlos Prío Socarrás.


1944
3 de marzo: Bosch obtiene el Premio Extraordinario Hatuey, otorgado por la Sociedad Colombista Panamericana en La Habana, con motivo del 1er Centenario de la Independencia Dominicana. Se desempeñaba entonces como asesor del Primer Ministro de Cuba, Carlos Prío Socarrás.

19 de julio: José Bosch Subirats, padre de Juan Bosch, es acusado por la policía de Trujillo de proxenetismo en represalia a las actividades políticas de su hijo en Cuba. Fue liberado el 25 del mismo mes.

7 de noviembre: Franklin D. Roosevelt es elegido por cuarta vez presidente de Estados Unidos.

9 de noviembre: Bosch es enviado a México por el PRD para intensificar la campaña de denuncia en contra de la dictadura de Trujillo en República Dominicana.

Diciembre de 1944-enero de 1945: Viaja a México, Guatemala (Juan José Arévalo era Presidente de la República), y Venezuela, como enviado del PRD para hacer campaña en contra de la dictadura de Trujillo. En Caracas, donde llega en enero de 1945, hace amistad con el novelista Rómulo Gallegos y con el poeta Andrés Eloy Blanco.


1945
Abril: Viaja al Salvador y Panamá para hacer campaña en contra de la dictadura de Trujillo.

Finales de abril: Benito Mussolini es ejecutado en Italia, y Adolf Hitler se suicida en Alemania.

7 y 9 de agosto: Los americanos lanzan la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, Japón. Unos días más tarde, el 15, Japón capitula y termina la Segunda Guerra Mundial.

Agosto: Bosch es nombrado secretario particular del Primer Ministro de Cuba Carlos Prío Socarrás, quien además le propone la dirección del periódico Siempre, órgano del Partido Revolucionario Cubano Auténtico. Bosch aceptó con la condición de que su nombre no apareciera nunca en las páginas del periódico.

5 de noviembre: Viaja a Caracas para respaldar, junto al PRD, al Presidente Betancourt.

12 de noviembre: Juan Bosch dicta conferencia en el teatro Olimpia de Caracas en la que denuncia la dictadura de Trujillo; fue presentado por el novelista Rómulo Gallegos.

21-24 de noviembre: Viaja a Haití para solicitar ayuda al Presidente Elie Lescot en la lucha contra Trujillo. El Presidente Lescot colaboró con US$25,000 que fueron utilizados para la compra de un avión DC-3, un Cessna y un AT-3, y armas, que serían utilizados en la frustrada expedición de Cayo Confites en septiembre de 1947.

Durante el año: Bosch integra, junto al general Juan Rodríguez, Leovigildo Cuello, Ángel Morales y Juan Isidro Jimenes-Grullón, la Junta Revolucionaria que dirigió la frustrada expedición contra Trujillo en Cayo Confites, Cuba.


1946
24 de febrero: Juan Domingo Perón es elegido Presidente de Argentina.

Mayo-junio: Viaja, junto a Virgilio Mainardi Reyna, a Maracay, Venezuela, para entrevistarse con el emisario que había sido enviado a República Dominicana para ponerse en contacto con el Lic. Antinoe Fiallo, conocido opositor al régimen de Trujillo, para que organizara el apoyo interno a las fuerzas del exilio que atacarían la dictadura. Luego se trasladaron a Caracas con la finalidad de entrevistarse con Rómulo Betancourt para obtener las armas necesarias para llevar a cabo la expedición.

19 de junio: Nace en La Habana Patricio Bosch Quidiello, primer hijo de Juan Bosch y Carmen Quidiello.

Agosto: Se organiza en Santo Domingo el Partido Socialista Popular.


1947
28 de septiembre: La expedición militar de Cayo Confites es interceptada por fragatas de la Marina de Guerra cubana en alta mar cuando navegaban rumbo a la República Dominicana para derrocar a Trujillo. El ejército expedicionario lo componían más de 400 soldados. Uno de ellos era el joven estudiante de Derecho Fidel Castro.

29 de noviembre: La ONU divide Palestina en dos Estados: uno judío y otro árabe. Bosch publica poco después, en La Habana, Ocho cuentos.


1948
Principios de año: Juan Bosch acompaña al Presidente electo de Cuba, Carlos Prío Socarrás, a México, Guatemala, Costa Rica y Venezuela.

30 de abril: La Organización de Estados Americanos (OEA), es fundada en Bogotá, Colombia.

Durante el año: Desaparece del lugar donde estaba guardado el archivo de Bosch, con toda su correspondencia y los originales de un libro compuesto por once cuentos que debía titularse Callejón Pontón.

Noviembre: Acompañado de Pompeyo Alfau, viaja a Costa Rica a llevar las armas que Carlos Prío Socarrás enviara a José Figueres para que se defendiera de la agresión del dictador Somoza de Nicaragua.

25 de noviembre: Golpe de Estado militar derroca el gobierno de Rómulo Gallegos en Venezuela.


1949
Junio: Desembarca en Luperón, República Dominicana, una expedición militar integrada por dominicanos con la finalidad de derrocar a Trujillo. Esta expedición fracasaría unos días más tarde.

1 de octubre: Proclamación de la República Democrática Popular de China.


1950
Principios de año: Reorganización del PRD en La Habana.

8 de junio: Se inicia la guerra en Corea.

11-12 de noviembre: II Congreso del PRD en la residencia de Juan Bosch en La Habana.

Diciembre: Mauricio Báez, líder obrero dominicano, es secuestrado y asesinado en La Habana por agentes de Trujillo.


1951
7 de septiembre: Muere en París la actriz dominicana María Montez.

20 de diciembre: Nace en San José, Costa Rica, Bárbara Bosch Quidiello.


1952
10 de marzo: Fulgencio Batista toma el poder en Cuba tras derrocar el gobierno de Carlos Prío Socarrás.

Verano: Luego de haber recibido presión de varios Estados latinoamericanos, Trujillo acepta dejar salir hacia Puerto Rico a los padres de Juan Bosch. Se establecieron, hasta la muerte de Trujillo, en Costa Rica. Salieron acompañados de su nieto León, quien fue a juntarse con su padre en La Habana.

Durante el año: III Congreso del PRD en La Habana.

2 de octubre: Andrés Requena, novelista dominicano, es asesinado en New York por agentes de Trujillo.


1953
26 de julio: Fidel Castro, junto a un grupo de jóvenes, asalta el cuartel Moncada en Santiago de Cuba. Bosch es acusado de haber participado en ese asalto, se le encarcela en la fortaleza La Cabaña, de donde saldrá diez días después por intervención del general Enrique Loynaz del Castillo, el sobreviviente de la guerra de independencia cubana con mayor rango. Luego, a los pocos días, se asila en la Embajada de Costa Rica, país donde su amigo José Figueres había sido elegido Presidente de la República.

Otoño: León Bosch, hijo mayor de Juan Bosch, ingresa a la Academia de pintura San Alejandro de La Habana.


1954
Enero-febrero: León Bosch presenta a su padre a los argentinos Ricardo Rojo y Ernesto –Che– Guevara en San José, Costa Rica.

Abril: Por presiones del dictador Somoza, Juan Bosch sale de San José, Costa Rica, para Bolivia. Le acompañan su hijo León y Pompeyo Alfau. Poco tiempo después viaja a Santiago de Chile donde se relaciona con Salvador Allende y los principales dirigentes del Partido Socialista.

Agosto: Termina la redacción de Judas Iscariote, el calumniado en Molinos de Nieblas, Chile.

Octubre: Se traslada a Santiago de Chile. Le acompañan su hijo León y Pompeyo Alfau.

27 de junio: El gobierno de Jacobo Arbenz es derrocado en Guatemala.

Finales de año: Crea en Santiago de Chile una fábrica de baterías de automóviles, la cual vende para dedicarse a escribir. Después de vender la fábrica se traslada a Molinos de Nieblas y allí escribe “El Indio Manuel Sicuri” y “La muchacha de la Guaira”.


1955
5 de enero: José Bosch (Pepito), hermano mayor de Juan Bosch, es condenado a un año de prisión y multa, por “sustracción de energía eléctrica” en Santo Domingo por los tribunales de la dictadura. Esta condena se hacía en represalia a las actividades políticas de su hermano contra Trujillo.

16 de septiembre: Juan Domingo Perón es derrocado en Argentina.

22 de noviembre: Jesús de Galíndez, escritor español, es secuestrado en New York y posteriormente asesinado por órdenes de Trujillo.

Diciembre: Bosch sale de Santiago de Chile hacia Brasil, donde permanece poco tiempo antes de dirigirse a La Habana.

Durante el año: Redacta Póker de espanto en el Caribe, que tras haberse perdido será publicado en 1988. Publica Judas Iscariote, el calumniado, La muchacha de La Guaira y Cuba, la isla fascinante.


1956
Julio: Invitado al Congreso de los Trabajadores del Transporte, Bosch viaja a Viena, Austria, vía Bélgica, con Ángel Miolán y Nicolás Silfa para solicitar el bloqueo contra Trujillo. Encuentro con Víctor Raúl Haya de la Torre en Bruselas, Bélgica, y luego en París (14 de julio).

Agosto: Viaja a Roma, donde comienza a escribir David, biografía de un rey, y después, con la finalidad de documentarse sobre el tema, a Israel.

*Publica en Chile Cuento de Navidad.

26 de septiembre: Termina de redactar David, biografía de un rey.

Finales de año: Viaja de Israel a Madrid, donde se encuentra con su hijo León que estudiaba pintura en Madrid y luego a La Habana.


1957
10 de enero: Muere en Chile la poeta Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura en 1945.

17 de abril: La República Dominicana hace presión a la Organización de Estados Americanos (OEA) para que las obras de Juan Bosch no figuren entre las obras representativas de América escogidas por la institución.

Marzo: Primera redacción de El oro y la paz en La Habana.

Durante el año: Es designado jefe de redacción de una Publicitaria en La Habana.

27 de septiembre: François Duvalier es elegido presidente de Haití.


1958
18 de enero: Cae la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela.

26-29 de marzo: Bosch es hecho preso por la policía de Batista en La Habana. Es liberado por presión de intelectuales y el 4 de abril viaja a Caracas.

5 de abril: Instala su residencia en Caracas, Venezuela.

18 de noviembre: Juan Bosch inicia un ciclo de Conferencias sobre la técnica del cuento en la Universidad Central de Caracas.

Durante el año: En la antología Les Vingt meilleures nouvelles de l‘Amérique latine (París), se incluye la traducción al francés de “El Indio Manuel Sicuri”.


1959
1 de enero: Fidel Castro toma el poder en Cuba.

27 de febrero: Conferencia de Bosch en la Universidad Central de Caracas sobre la dictadura de Trujillo. De esa conferencia saldrá luego su libro: Trujillo, causas de una tiranía sin ejemplo.

24 de marzo: Se constituye en Caracas, Venezuela, el Bloque Universitario de Liberación Dominicana (BULD), integrado por el Partido Revolucionario Dominicano, el Movimiento de Unidad Democrática, el Movimiento Popular Dominicano, Acción Liberadora Dominicana y la organización 27 de Febrero, entre otros.

4 de junio: Muere en Santo Domingo Mario Sánchez Guzmán.

14 de junio: Expedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo, integrada por dominicanos, cubanos, venezolanos, americanos y otros latinoamericanos que luchaban por la libertad de la República Dominicana.


1960
24 de junio: Rómulo Betancourt, Presidente de Venezuela, es objeto de un atentado por órdenes de Trujillo.

Agosto: Después del atentado de Trujillo contra el Presidente Betancourt, la OEA, reunida en Costa Rica, decide bloquear económicamente a la República Dominicana.

9 de noviembre: John F. Kennedy es elegido presidente de Estados Unidos.

25 de noviembre: Las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal son asesinadas por órdenes de Trujillo.

27 de diciembre: Termina de escribir Simón Bolívar, biografía para escolares. Este libro lleva, por iniciativa de Carmen Valverde de Betancourt, un prólogo de Rómulo Gallegos.

31 de diciembre: Juan Bosch redacta “La mancha indeleble”, que será incluida en 1962 en su antología personal Cuentos escritos en el exilio.


1961
27 de febrero: Una carta pública a Trujillo firmada por Bosch aparece en el periódico La Esfera, de Caracas.

4 de abril: Bosch es nombrado profesor del Instituto de Educación Política de Costa Rica. Es en este Instituto donde dicta la conferencia Una interpretación de la historia costarricense, que en 1962 sería publicada en Costa Rica.

12 de abril: El astronauta soviético, Yuri Gagarin, es el primer hombre en viajar al espacio.

30 de mayo: Rafael L. Trujillo Molina es ajusticiado en las afueras de Santo Domingo.

1 de junio: Juan Bosch se dirige a unas 250 personas reunidas en el parque central de San José de Costa Rica, luego de conocerse la noticia de que Trujillo había sido asesinado. En su improvisado discurso dejó claro que Trujillo no tendría herederos.

5 de julio: Llega a Santo Domingo la Comisión Ejecutiva del PRD, integrada por Ángel Miolán, Nicolás Silfa y Ramón Castillo. Se difunde por La Voz Dominicana un mensaje de Juan Bosch al pueblo dominicano.

6 de julio: El PRD instala sus locales en la calle El Conde N° 13 de Santo Domingo.

11 de julio: Se forma en Santo Domingo la Unión Cívica Nacional.

16 de julio: Primer mitin del PRD en Santo Domingo.

Septiembre de 1961: Viaja a Miami, Estados Unidos, para reunirse con Emilio Rodríguez Demorizi representante del Presidente de La República Dominicana, Joaquín Balaguer. Luego viaja a Washington para entrevistarse con funcionarios del Departamento de Estado y con dirigentes de la Unión Cívica Nacional dominicana.

17 de octubre: El gobierno dominicano expide documento de viaje a Juan Bosch para regresar a la República Dominicana.

20 de octubre: Juan Bosch regresa a Santo Domingo luego de 23 años de exilio.

19 de noviembre: Ramfis Trujillo ejecuta a los supervivientes del complot contra su padre.

28 de diciembre: Disolución del Partido Dominicano.


1962
20 de febrero: El astronauta estadounidense John Glenn viaja al espacio.

Durante el año: La Librería Dominicana publica: Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio así como Una interpretación de la historia costarricense.

17 de diciembre: Debate, transmitido por radio y televisión, entre Juan Bosch y el Padre Láutico García. La presentación de Bosch durante el debate tuvo una gran influencia en la abrumadora victoria en las elecciones generales que se celebraron tres días después en República Dominicana.

20 de diciembre: Juan Bosch, candidato del Partido Revolucionario Dominicano, es elegido Presidente de la República con poco más del 59% de los sufragios expresados: 619,491 votos contra 317,327 de la Unión Cívica Nacional, organización que más se le acercó.


1963
2 de enero-10 de febrero: El Presidente electo, Juan Bosch, se entrevista en Estados Unidos con el Presidente Kennedy, en Francia con el Presidente De Gaulle y en Inglaterra con el Primer Ministro Harold MacMillan.

4 de febrero: Primera edición de David, biografía de un rey.

27 de febrero: Juan Bosch y Segundo Armando González Tamayo se juramentan como Presidente y Vice-presidente de la República ante la Asamblea Nacional.

6 de marzo: Muere en Santo Domingo Ángela Gaviño de Bosch, madre de Juan Bosch. Poco más tarde, el 20 de abril, muere su padre, José Bosch Subirats.

28 de abril: A consecuencia del ataque a la Embajada Dominicana en Port-au-Prince, la República Dominicana rompe relaciones diplomáticas con Haití.

14-17 de septiembre: Visita de Estado del Presidente Juan Bosch a México.

25 de septiembre: Golpe de Estado militar contra el gobierno de Juan Bosch. El Presidente es hecho preso en el Palacio Nacional de Santo Domingo.

27 de septiembre: Renée Klang de Guzmán, esposa del Ministro de Agricultura del Gobierno presidido por Bosch, Antonio Guzmán, lleva el mensaje del depuesto Presidente al pueblo dominicano al Listín Diario, publicado en la edición del 28 de septiembre.

28 de septiembre: El depuesto Presidente Bosch es recibido en el aeropuerto de San Juan de Puerto Rico por el gobernador Luis Muñoz Marín.

21 de diciembre: Manolo Tavárez Justo y un grupo de militantes del 14 de Junio que se habían sublevado en las montañas, en protesta contra el Golpe de Estado, son asesinados.


1964
Durante el año: Bosch termina de escribir, en enero, El oro y la paz; en abril, Bolívar y la guerra social, y, a finales de julio, Crisis de la democracia de América en la República Dominicana.


1965
24 de abril: Golpe de Estado contra el gobierno de facto de la República Dominicana. Estalla un levantamiento popular por el retorno de Bosch a la Presidencia de la República.

28 de abril: Tropas del ejército de los Estados Unidos ocupan militarmente la República Dominicana. Todos los intentos de Bosch por regresar a su país se vieron frustrados.

4 de mayo: El gobierno francés condena la intervención militar americana en la República Dominicana.

24 de junio: Viaja a New York desde San Juan, Puerto Rico, con la finalidad de ilustrar correctamente a la opinión pública estadounidense en torno al movimiento constitucionalista y también con la finalidad de ganar apoyo para la Revolución constitucionalista dentro de los sectores liberales de Estados Unidos.

28 de junio: Juan Bosch sale ileso de un atentado en su contra en San Juan, Puerto Rico.

3 de septiembre: El Dr. Héctor García-Godoy es nombrado Presidente provisional de la República Dominicana.

25 de septiembre: Juan Bosch regresa a Santo Domingo.

Finales de año: Se publica, en New York, The unfinished experiment; democracy in the Dominican Republic.


1966
Principios de año: Se publica en Londres y New York la traducción de David, biografía de un rey bajo el título: David, the biography of a King. Se edita en Londres The unfinished experiment; democracy in the Dominican Republic.

1 de junio: Se celebran elecciones generales en República Dominicana, aún con las tropas de intervención de Estados Unidos en el país. Joaquín Balaguer, candidato del Partido Reformista, resultó elegido Presidente de la República.

Septiembre: Las tropas del ejército de los Estados Unidos desocupan la República Dominicana. Se publica en París: Saint-Domingue, crise de la democratie en Amérique latine.

27 de noviembre: Bosch parte para España donde escribirá Composición social dominicana, De Cristóbal Colón a Fidel Castro y El pentagonismo, sustituto del imperialismo. Este último sería traducido a más de doce idiomas.


1967
Durante el año: La Universidad de Los Andes (Venezuela), publica los Apuntes sobre el arte de escribir cuentos de Juan Bosch, bajo el título: Teoría del cuento. Pentagonismen, traducción al danés de El Pentagonismo, se publica en Dinamarca.

10 de diciembre: Miguel Ángel Asturias obtiene el Premio Nobel de Literatura.

Finales de año: El coronel Francisco Alberto Caamaño abandona su cargo de agregado militar en Londres.

Finales de diciembre-principios de enero de 1968: Estadía de Juan Bosch en Venezuela.


1968
Durante el mes de mayo: Manifestaciones obrero-estudiantiles en las calles de París.

Mediados de año: El cuento de Juan Bosch “En un bohío” es premiado en Madrid.

Octubre: Juan Bosch es invitado por el mariscal Joseph Tito a Yugoeslavia. También viaja por otros países de Europa del Este. Se edita en inglés Pentagonism de Juan Bosch.


1969
Principios de año: Les Editions du Seuil, París, publican Le Pentagonisme; también es traducido al sueco bajo el título Pentagonismen.

28 de abril: El general Charles De Gaulle renuncia a la Presidencia de Francia.

6 de mayo: Juan Bosch termina la redacción de la Tesis de la dictadura con respaldo popular. Desde hacía unos meses residía en París donde terminó de redactar, el 6 de junio, su monumental historia del Caribe: De Cristóbal Colón a Fidel Castro.

Octubre-noviembre: Viaje a los antípodas: Corea, China, Vietnam y Cambodia.


1970
Principios de año: O pentagonismo, substituto do imperialismo se publica en Portugal.

17 de abril: Regreso de Bosch a Santo Domingo. Días antes había terminado su Breve historia de la oligarquía, y en Santo Domingo se acababa de publicar su obra, Composición social dominicana.

16 de mayo: Joaquín Balaguer es reelegido Presidente de la República Dominicana. El PRD se abstuvo de participar en las elecciones por considerarlas viciadas.

Agosto: Bosch inicia la publicación de la Colección Estudios Sociales, una serie de folletos para la capacitación política de los militantes del PRD.

4 de septiembre: Salvador Allende, candidato de la Unidad Popular en Chile, es elegido Presidente de la República.


1971
20 de agosto: Se pone en circulación, en Santo Domingo, Tres conferencias sobre el feudalismo, de Juan Bosch.

21 de octubre: Pablo Neruda obtiene el Premio Nobel de Literatura.


1972
Durante el año: Juan Bosch intensifica sus charlas radiales con la finalidad de educar políticamente al pueblo. Se publica el primer número de la revista Política, teoría y acción, órgano teórico del PRD.

20 de noviembre: Regresa de París José Francisco Peña Gómez, secretario general del PRD.


1973
3 de febrero: El coronel Francisco A. Caamaño encabeza un desembarco de guerrilleros en la República Dominicana. Caamaño cae en combate en las montañas de San José de Ocoa el 16 de febrero.

A mediados de año: José Francisco Peña Gómez renuncia como secretario general del PRD.

11 de septiembre: Salvador Allende es derrocado y asesinado por militares chilenos. El poeta Pablo Neruda muere dos días más tarde.

23 de septiembre: Juan Domingo Perón es elegido Presidente de Argentina.

18 de noviembre: Bosch renuncia del Partido Revolucionario Dominicano, el cual, junto a otros dominicanos del exilio, había fundado en 1939 en La Habana, Cuba.

15 de diciembre: Juan Bosch, junto a quienes renunciaron con él del PRD, funda el Partido de la Liberación Dominicana.


1974
16 de mayo: Joaquín Balaguer es reelegido Presidente de la República por tercera vez. Ningún partido de oposición participó en las elecciones.

1 de agosto: Se pone en circulación el periódico Vanguardia del Pueblo, órgano oficial del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), fundado por Bosch, al renunciar del PRD, el 15 de diciembre de 1973.

8 de agosto: Richard Nixon renuncia a la Presidencia de Estados Unidos a consecuencia del escándalo de Watergate. Bosch publica, en Santo Domingo, una colección de cuentos bajo el título: Cuentos escritos antes del exilio.

15 de diciembre: Bosch viaja a México. Se reúne con el ex-rector de la Universidad de Buenos Aires, Rodolfo Puigros. Dicta conferencia en la Universidad Autónoma de México (UNAM) y se entrevista con el Presidente Luis Echeverría.


1975
Principios de enero: Viaja a La Habana, Cuba, invitado por el Partido Comunista Cubano, ciudad donde no había vuelto desde 1958. Se reúne con sus amigos de la época del exilio y con el Presidente Fidel Castro.

11-18 de enero: Forma parte del Tribunal Russell II en Bruselas, Bélgica.

14 de enero: Dicta conferencia, junto al escritor argentino Julio Cortázar, en la Universidad de Lieja, Bélgica.

31 de enero-2 de febrero: Es invitado al Congreso del Partido Socialista de Francia por François Mitterrand.

18 de febrero: Después de casi dos meses de viaje por Cuba, México, Bélgica, Suecia, Francia, Italia, España y Venezuela, regresa a Santo Domingo.

Abril: Las Ediciones Vanguardia publican el folleto De México a Kampuchea, de Juan Bosch. En octubre se publica el segundo folleto: Guerrilleros y crisis eléctrica.

30 de abril: Viet-Nam del Sur capitula sin condiciones.

Principios de mayo: Invitado por Miguel Otero Silva, Bosch viaja a Caracas para asistir a la celebración de la derrota mundial del fascismo.

Octubre: El oro y la paz, segunda novela de Bosch, sale a la luz pública.

Diciembre: Viaja a Bogotá, Colombia, en calidad de delegado del Tribunal Russell II.


1976
10-17 de enero: Tercera y última reunión del Tribunal Russell II en Roma. Esta sesión fue presidida por Juan Bosch.

13 de febrero: Ediciones Vanguardia publica De la concordia a la corrupción, de Juan Bosch.

24 de abril: Juan Bosch obtiene el Premio Nacional de Novela de la República Dominicana con El oro y la paz, editado por primera vez en 1975.

Mediados de año: Primera edición, en Santo Domingo, de El Napoleón de las guerrillas.

Finales de junio: Viaja a Argelia para asistir a la Conferencia de la Liga por la Lucha de la Libertad de los Pueblos.


1977
20 de enero: Jimmy Carter, sucede al demócrata Gerald F. Ford en la Presidencia de los Estados Unidos.

24 de febrero-2 de marzo: Juan Bosch viaja a La Habana. Una delegación del Comité Dominicano de Amigos de Cuba, encabezada por Bosch, es invitada a La Habana con motivo del 82 aniversario del Grito de Baire, última etapa de la guerra de independencia.

25 de marzo: Juan Bosch dicta conferencia sobre el origen de Panamá en el Centro Cultural Masónico de Santo Domingo.

16 de julio: Durante un acto celebrado en la Casa Nacional del PLD, Juan Bosch dona al Partido de la Liberación Dominicana la pensión de Presidente de la República la cual se había negado a percibir durante 13 años y 10 meses: RD$79,789.67.

30 de septiembre: Puesta en circulación de nuevas ediciones de las obras de Juan Bosch: Bolívar y la guerra social, Breve historia de la oligarquía, Tres conferencias sobre el feudalismo, El Napoleón de las guerrillas y Judas Iscariote el calumniado, en el Centro Cultural Masónico de Santo Domingo.

10 de octubre: Se inician, con la participación de Juan Bosch, las transmisiones de La Voz del PLD, al través de Radio Continental.


1978
Principios de año: Se pone en circulación la obra de Juan Bosch Viaje a los antípodas.

16 de mayo: Antonio Guzmán, candidato del PRD, es elegido Presidente de la República. El PLD participa por primera vez en elecciones.

21 de junio: Juan Bosch somete a la justicia a Jacobo Majluta, dirigente del PRD y Vice-presidente electo de la República, por difamación e injurias. Majluta no comparece ante el tribunal por razones médicas.

4 de julio: El director de Radio Continental suspende la emisión del programa La Voz del PLD debido a declaraciones emitidas por Juan Bosch relativas a las cancelaciones de tres periodistas de El Nacional de ¡Ahora! por el hecho de ser miembros del PLD. Según Bosch las cancelaciones de los periodistas se hacía en represalias al reciente sometimiento a la Justicia por difamación e injurias al director del diario, Rafael Molina Morillo.

3 de diciembre: Luis Herrera Campins, demócrata-cristiano, triunfa en las elecciones presidenciales de Venezuela.


1979
Finales de junio: Escritores e intelectuales de renombre internacional visitan a Bosch en Santo Domingo con motivo de su 70 aniversario.

30 de junio: Se llevan a cabo varias manifestaciones en ocasión del 70 aniversario de Juan Bosch con la presencia de diversas personalidades del mundo intelectual internacional, en particular Nicolás Guillén, Gabriel García Márquez, Miguel Otero Silva y Régis Debray.

13 de julio: Juan Bosch viaja a Cuba encabezando la delegación dominicana para participar en las celebraciones del Tercer Festival de Artes Creativas del Caribe (CARIFESTA), del cual Bosch era invitado de honor. Durante este festival le fue rendido un homenaje a Juan Bosch.

17 de julio: La dictadura de la familia Somoza es derrocada en Nicaragua. El Frente Sandinista de Liberación Nacional toma el poder.


1980
Enero: Comienza a circular el primer número de Política: teoría y acción, revista teórica del Partido de la Liberación Dominicana.

24 de marzo: El arzobispo Oscar Romero es asesinado en El Salvador.

24 de mayo: Bosch participa en el Foro Internacional de la Paz que tuvo lugar en Viena. Primera edición de Conferencias y artículos.

4 de noviembre: Ronald Reagan es elegido Presidente de los Estados Unidos de América.


1981
10 de mayo: François Mitterrand, candidato del Partido Socialista Francés, es elegido Presidente de Francia. Bosch viaja a París, invitado por el Presidente Mitterrand, a su toma de posesión.


1982
16 de mayo: Salvador Jorge Blanco, candidato del PRD, es elegido Presidente de la República. El PLD obtiene sus primeros diputados.

Durante el año: Bosch, en colaboración con el venezolano Luis Cordero Velásquez, publica en Caracas, Venezuela, Juan Vicente Gómez: camino del poder.

3 de julio: El Presidente de la República Dominicana, Antonio Guzmán, se suicida en su despacho del Palacio Nacional.

9-13 de septiembre: Juan Bosch participa en México en el Encuentro de Intelectuales Latinoamericanos y Norteamericanos Diálogo de las Américas.

20 de octubre: El gobierno cubano condecora a Juan Bosch con la Orden Félix Valera. Durante el año publica La Guerra de la Restauración y Clases sociales en la República Dominicana.

10 de diciembre: Gabriel García Márquez obtiene el Premio Nobel de Literatura.


1983
Marzo: Casa de las Américas de Cuba publica una selección de relatos de Juan Bosch: Cuentos.

23 de abril: Conferencias y artículos de Juan Bosch sale a la luz pública en Santo Domingo.

Noviembre: Juan Bosch publica El Partido: concepción, organización y desarrollo.


1984
8 de febrero: Bosch viaja a Quito, Ecuador, para participar en la audiencia solemne del Tribunal Anti-imperialista de Nuestra América (TANA), del cual era miembro.

23-24-25 de abril: Protestas populares en los barrios de Santo Domingo contra el alza de los precios a los alimentos de primera necesidad. La represión de esas protestas se convierte en masacre.

Durante el mes: se publica en Santo Domingo, Capitalismo, democracia y liberación nacional.


1985
22 de abril: Juan Bosch participa en España en la reunión de ex-presidentes de América Latina, España y Portugal para tratar sobre la Educación, la Ciencia y la Cultura.

1 de agosto: Juan Bosch participa en el encuentro celebrado en La Habana, Cuba, sobre la Deuda Externa en América Latina.

Durante el año: Se publican dos libros de Bosch en Santo Domingo: La pequeña burguesía en la historia de la República Dominicana y La fortuna de Trujillo.


1986
Febrero: La dictadura de la familia Duvalier llega a su fin en Haití. Bosch publica La Guerra de la Restauración.

16 de mayo: Joaquín Balaguer es elegido Presidente de la República. El PLD obtiene dos senadores y 19 diputados. Bosch publica, en septiembre, Capitalismo tardío en la República Dominicana.


1987
Marzo: Se edita en Santo Domingo Máximo Gómez: de Monte Cristi a la gloria, tres años de guerra en Cuba.

15 de septiembre: Es puesto en circulación en Santo Domingo un nuevo libro de Bosch: El Estado, sus orígenes y desarrollo.

20 de diciembre: El Ayuntamiento de La Vega, ciudad natal de Bosch, le declara hijo preclaro de la ciudad.


1988
Enero: La Editora Alfa y Omega publica Textos culturales y literarios de Juan Bosch.

28 de febrero: El Partido de la Liberación Dominicana adopta el boschismo como teoría del Partido.

24 de marzo: Es puesta en circulación, en la Maison de l’Amérique latine de París, la colección de cuentos de Juan Bosch, traducidos por Guillermo Piña-Contreras y Françoise Mironneau, Vers le port d’origine.

10 de junio: El Presidente Fidel Castro condecora a Juan Bosch con la orden de José Martí, la más alta distinción que otorga el gobierno cubano.

Julio: Juan Bosch es invitado a la Convención del Partido Demócrata de los Estados Unidos de América.

Septiembre-octubre: Se ponen en circulación tres obras de Bosch: Las dictaduras dominicanas, 33 artículos de temas políticos y Póker de espanto en el Caribe.

2 de noviembre: La sala capitular del Ayuntamiento de La Vega designa una calle con el nombre de José Bosch Subirats.

15 de noviembre: Juan Bosch obtiene el Premio de mejor libro de cuentos extranjeros, de la Fundación FNAC de París, por su libro Vers le port d’origine.

9 de diciembre: Juan Bosch es proclamado candidato a la Presidencia de la República Dominicana por el Partido de la Liberación Dominicana para las elecciones del 16 de mayo de 1990.

11 de diciembre: Gran marcha nacional por la patria del PLD, con miras a las elecciones de 1990.

15 de diciembre: 15º aniversario de la fundación del Partido de la Liberación Dominicana.

17 de diciembre: Acto de develación con la presencia de Juan Bosch, organizado por el Ayuntamiento de La Vega, de los rótulos de las calles de esa ciudad con los nombres de José Bosch Subirats, padre de Juan Bosch, y Mario Sánchez Guzmán, mejor amigo de Bosch. Recibe el Tamarindo de Oro de La Vega.


1989
7 de enero: Muere en Tokyo el emperador Hirohito de Japón.

10 de enero: Juan Bosch viaja a Puerto Rico para encabezar los actos celebrados en conmemoración del 150 aniversario del natalicio de Eugenio María de Hostos. La Universidad de Puerto Rico le declara Ciudadano Hostosiano Distinguido.

23 de enero: Muere en Cadaqués, España, el pintor Salvador Dalí.

Durante el mes: Bosch declara ante la prensa dominicana que no es enemigo de la Iglesia.

7 de febrero: Tras golpe de Estado contra Alfredo Stroessner terminan 35 años de dictadura en Paraguay.

1 de abril: Invitado por el Comité de Amigos, Juan Bosch dicta conferencia en el Centro de Estudios Avanzados de San Juan, Puerto Rico, sobre la problemática dominicana.

4 de abril: La America Society de la Universidad de Columbia, New York, invita a Juan Bosch a dictar una serie de conferencias sobre Eugenio María de Hostos y sobre política dominicana.

7 de abril: El Departamento de Español de la Universidad de New York organiza un panel de discusión sobre su obra. Durante su permanencia en esa ciudad se reúne con Edward Koch, alcalde de New York.

1 de mayo: Primeras elecciones libres en Paraguay desde 1928; el general Andrés Rodríguez es elegido Presidente de la República.

14 de mayo: Carlos Menem, candidato peronista, es elegido Presidente de Argentina.

19 de mayo: Juan Bosch rinde homenaje al coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez ante la tarja conmemorativa en el lugar donde cayó durante la Revolución de abril de 1965.

4 de junio: Represión en Pekín contra los manifestantes de la plaza Tiananmen. Muere en Teherán el imán Ruhollah Khomeyni, guía de la República Islámica de Irán.

18 de junio: Solidarnosc, sindicato dirigido por Lech Walessa, resulta ganador en las elecciones legislativas de Polonia.

23 de junio: Se inician las festividades del ochenta aniversario de Juan Bosch y cincuenta años de actividad política organizadas por el Comité Pro-Homenaje.

26 de junio: En acto celebrado en el Palacio Nacional, el Presidente de la República, Joaquín Balaguer, impone a Juan Bosch la condecoración de la Orden del Mérito de Duarte, Sánchez y Mella, Gran Cruz Placa de Oro.

27 de junio: Se inaugura una Exposición Iconográfica titulada Juan Bosch, un hombre de siempre en el Museo del Hombre Dominicano, Santo Domingo. Se proyecta por televisión el documental de Guillermo Piña-Contreras, Juan Bosch: un hombre de su tiempo.

28 de junio: Una exposición de artistas plásticos dominicanos en honor a Juan Bosch se inaugura en la Galería de Arte Moderno de Santo Domingo.

29 de junio: Un coloquio sobre la narrativa latinoamericana, con la participación de Juan Bosch y de varias personalidades internacionales, tiene lugar en el Auditorio del Banco Central de Santo Domingo.

30 de junio: En un acto solemne en el Teatro Nacional de Santo Domingo, se ponen en circulación los dos primeros volúmenes de las Obras Completas de Juan Bosch.

14 de julio: El PLD, un partido nuevo en América y la segunda edición de Póker de espanto en el Caribe de Juan Bosch, son puestos en circulación en el local del Colegio Dominicano de Ingenieros, Arquitectos y Agrimensores (CODIA), en Santo Domingo.

16 de julio: Muere en Cuba el poeta Nicolás Guillén.

4 de agosto: Jaime Paz Zamora es elegido Presidente de Bolivia.

2 de septiembre: La Feria del Libro de Juan Bosch es inaugurada en La Romana. Esta feria recorrería 14 municipios de la República Dominicana.

10 de septiembre: Hungría abre sus fronteras a los alemanes de la República Democrática de Alemania y autoriza la libre circulación de sus ciudadanos.

27 de septiembre: Juan Bosch denuncia intento de fraude electoral a través de la cédula de identidad.

2 de octubre: Juan Bosch viaja a los Estados Unidos para participar en diversos eventos culturales y políticos. Mesa redonda en la Biblioteca del Congreso sobre Historia del Caribe; reunión en la Cámara de Comercio Iberoamericana; encuentro con Joao Baena Soares, Secretario General de la Organización de Estados Americanos; reunión con miembros del Senado y de la Cámara de Representantes; conferencia en Georgetown University sobre La Crisis económica y su impacto en la política dominicana, seguida de un almuerzo-diálogo en la facultad de relaciones exteriores de la referida Universidad; en Washington, entrevista con Bernard Awnson, Secretario de Estado Adjunto para asuntos iberoamericanos del Departamento de Estado; y, en New York, asiste como invitado de honor a la Misa de la Hispanidad, y se reúne luego con el Cardenal O‘Connors.

18 de octubre: Erich Honecker, Presidente de la República Democrática Alemana, renuncia a sus funciones.

19 de octubre: Camilo José Cela obtiene el Premio Nobel de Literatura.

29 de octubre: Juan Bosch viaja a Venezuela en donde fue objeto de varios homenajes del Congreso venezolano y del Ateneo de Caracas. Dicta conferencia en la Universidad Central de Venezuela; la Gobernación del Estado de Miranda le hace Huésped Distinguido. Se entrevista con el Presidente Carlos Andrés Pérez.

5 de noviembre: Juan Bosch, invitado por el Departamento de Lenguas Románicas de la Universidad de Harvard, dicta conferencia sobre literatura y política. Luego dicta conferencias en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y en la Northeastern University.

10 de noviembre: Destrucción del muro de Berlín. Se inicia el proceso de reunificación de Alemania.

14 de diciembre: Patricio Aylwin es elegido Presidente de Chile poniendo fin a 16 años de la dictadura de Augusto Pinochet.

17 de diciembre: Fernando Collor de Melo es elegido Presidente de Brasil.

22 de diciembre: Nicolae Ceaușescu, Presidente de Rumanía, y su esposa son ejecutados por un tribunal popular.

Principios de diciembre: Juan Bosch se reúne con Felipe González, Presidente del Gobierno Español, en el Palacio de la Moncloa. Dicta conferencia en la Universidad Complutense sobre su obra ensayística y participa en una mesa redonda sobre el mismo tema en el Ateneo de Madrid.


1990
Principios de año: Se publica en Santo Domingo Temas económicos I de Juan Bosch.

6 de febrero: Juan Bosch obtiene el Premio Nacional de Literatura de la Fundación Corripio, Santo Domingo.

11 de febrero: Nelson Mandela, prisionero desde 1962, es liberado en Africa del Sur.

21 de febrero: En San Juan, Puerto Rico, Bosch ofrece una charla sobre el programa de gobierno del PLD en el Centro de Convenciones de El Condado. En la Universidad de Puerto Rico, dicta conferencia sobre la realidad dominicana. Se entrevista con Miguel Hernández Agosto, Presidente del Senado.

26 de febrero: Violeta Chamorro es elegida Presidenta de Nicaragua.

13 de marzo: El PLD, colección de estudios sociales, de Juan Bosch sale a la luz en Santo Domingo.

26 de abril: Se publica el tomo III de las Obras completas de Juan Bosch.

16 de mayo: Joaquín Balaguer es elegido por quinta vez, en elecciones discutidas, como Presidente de la República. Bosch, candidato del Partido de la Liberación Dominicana, inconforme con los resultados, denuncia irregularidades en el conteo de los votos. El Presidente de Guatemala, Marco Vinicio Cerezo, en un mensaje, le expresa su solidaridad. El 21, se publica el tomo IV de las Obras completas de Juan Bosch.

6 de junio: En protesta por los resultados de las elecciones del 16 de mayo, Juan Bosch devuelve al Presidente Balaguer la condecoración de la Orden del Mérito Duarte, Sánchez y Mella que había recibido el 26 de junio de 1989.

12 de junio: Muere José Figueres, ex-presidente de Costa Rica y amigo personal de Juan Bosch.

20 de junio: La Editora Dipa Verlag de Frankfurt, Alemania, publica antología de cuentos de Juan Bosch, traducidos por Klaus Jetz, bajo el título de Das Mädchen aus La Guaira.

30 de junio: Puesta en circulación de los tomos III y IV de las Obras Completas de Juan Bosch.

10 de julio: Durante una visita a Santo Domingo, Camilo José Cela, premio Nobel de Literatura, emite opiniones de respeto y de admiración sobre la obra de Juan Bosch.

2 de agosto: Irak invade Koweït.

10 de agosto: Puesta en circulación del tomo II de Temas económicos de Juan Bosch.

2 de octubre: Juan Bosch pronuncia el discurso de clausura en el Congreso Iberoamericano de Periodistas que tuvo lugar en Santa Cruz de Tenerife, Canarias, España.

3 de octubre: Reunificación de Alemania.

11 de octubre: El escritor mexicano Octavio Paz obtiene el Premio Nobel de Literatura.

5 de noviembre: En rueda de prensa, Juan Bosch, ante la crisis política y económica que vivía la República Dominicana, pide al Presidente Balaguer que renuncie.

22 de noviembre: Margaret Thatcher renuncia como Primer Ministro de Inglaterra; John Major la reemplaza.

1 de diciembre: Es terminado el túnel bajo el Canal de la Mancha que une Francia e Inglaterra.

17 de diciembre: Jean-Bertrand Aristide es elegido Presidente de Haití.

Diciembre: Se inaugura en Salcedo, con la asistencia de Juan Bosch, la Plazoleta Hermanas Mirabal.


1991
Enero: Juan Bosch inicia sus colaboraciones para la Agencia EFE en la rúbrica Crónica de Nuestro Mundo.

4 de enero: Juan Bosch participa en México en el Foro Internacional sobre la Situación de América Latina auspiciado por el Foro Internacional Independiente 1492-1992 y el Centro de Estudios Internacionales (México-Alemania).

16 de enero: Se inicia, luego de varios meses de negociaciones para que Irak se retirara de Koweït, la guerra del Golfo Pérsico.

1 de marzo: Irak capitula y se retira de Koweït.

15 de marzo: Juan Bosch hace pública su renuncia a su condición de miembro y Presidente del PLD . Durante el mes, se publica Temas históricos I.

21 de marzo: Juan Bosch revoca su renuncia a petición popular de los organismos del PLD.

4 de mayo: Ateneo Amantes de la Luz de Santiago entrega a Juan Bosch la medalla Pro-Arte Nacional.

22 de mayo: Puesta en circulación de Breve historia de los pueblos árabes.

24 de mayo: Juan Bosch dicta conferencia, “30 años después de la muerte de Trujillo”, en el Club de Comercio de Puerto Plata. En la India, Rajiv Gandhi, Primer Ministro, es asesinado.

15 de junio: Boris Yeltsin es elegido Presidente de la Federación de Rusia.

17 de junio: Abolición del apartheid en Africa del Sur.

24 de junio: Se publica el tomo V de las Obras completas de Juan Bosch.

28 de junio: Juan Bosch dicta charla sobre los “Orígenes del Caribe” ante la Asociación de Funcionarios Diplomáticos acreditados en República Dominicana en el Hotel Lina de Santo Domingo.

2 de agosto: Puesta en circulación de la 5ta edición de Trujillo, causas de una tiranía sin ejemplo.

19 de agosto: Fracasa intento de golpe de Estado contra Gorbachev en la Unión Soviética.

3 de septiembre: Sale a la luz el tomo VI de las Obras completas de Juan Bosch.

11 de septiembre: La Unión Soviética anuncia el retiro de su ayuda militar a Cuba.

18 de septiembre: Juan Bosch preside la inauguración del seminario auspiciado por el Ayuntamiento de La Vega, La Vega y su destino urbano.

1 de octubre: Golpe de Estado militar depone al Presidente de Haití Jean-Bertrand Aristide.

19-25 de octubre: Bosch visita, como invitado especial, la República de Taiwan. El 24, se publica el tomo VII de sus Obras completas en Santo Domingo.

14 de noviembre: Juan Bosch preside la apertura del III Congreso Nacional del Movimiento Campesino Independiente (MCI), en el Banco Agrícola de Santo Domingo.

20 de noviembre: Oscar Arias, ex-presidente de Costa Rica y premio Nobel de la Paz, visita a Juan Bosch en Santo Domingo para invitarle a participar en el Congreso de la Organización Universitaria Interamericana.

8 de diciembre: La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas es reemplazada por una Comunidad de Estados Independientes. Gorbachev renuncia el 25 de diciembre.

Finales de año: La revista Américas de la OEA publica en inglés, “La bella alma de Don Damián” de Juan Bosch.


1992
1 de enero: Publicación del tomo VIII de las Obras completas de Juan Bosch.

16 de enero: El Frente guerrillero Farabundo Martí firma un acuerdo de paz con el Gobierno salvadoreño.

4 de febrero: Fracasa intento de golpe de Estado militar en Venezuela. El coronel Hugo Chávez, jefe golpista, es hecho prisionero.

Febrero: Juan Bosch inaugura la Casa de la Cultura de La Vega, y su anfiteatro, auspiciados y construidos por el Ayuntamiento de La Vega. En La Romana, preside el acto de inauguración del Parque del Barrio San Carlos, construido por el Ayuntamiento de esa ciudad.

6 de marzo: Alberto Fujimori disuelve el Parlamento de Perú.

6 de abril: Comienza la guerra en Bosnia, Yugoeslavia.

7 de abril: El embajador de Ecuador en República Dominicana, Horacio Sevilla Borja, hace la presentación de la edición dominicana de Simón Bolívar: biografía para escolares de Juan Bosch.

10 de abril: El Ayuntamiento de Bonao declara a Juan Bosch Visitante Distinguido.

21 de mayo: El Tratado de Maastricht que crea la Unión Europea, es ratificado en Londres.

28 de mayo: Puesta en circulación de las obras de Juan Bosch: Indios, apuntes históricos y leyendas y Simón Bolívar: biografía para escolares en la Universidad Católica Madre y Maestra y en el Ateneo Amantes de la Luz, de Santiago. Es declarado Hijo Adoptivo del Municipio por el cabildo de esa ciudad.

Durante el mes de junio: Juan Bosch dicta conferencia en Ponce, Puerto Rico, sobre la situación política de la República Dominicana.

29 de junio: En ocasión del 83 aniversario de Juan Bosch, se inaugura la Primera Exposición Colectiva de Artistas Visuales de la Colección Permanente de Pinturas Dominicanas en el Hostal Nicolás de Ovando de Santo Domingo.

10 de julio: El general Noriega, ex-presidente de Panamá, es condenado a 40 años de prisión por tráfico de drogas por un tribunal de Estados Unidos.

10 de septiembre: Juan Bosch es investido como Profesor Honorario de las Facultades de Humanidades, Ciencias Económicas y Sociales, y Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

12 de septiembre: Abimael Guzmán, líder y jefe del movimiento guerrillero Sendero Luminoso, es hecho prisionero en Lima, Perú.

29 de septiembre: Fernando Collor de Melo, Presidente de Brasil, es destituido de sus funciones por corrupción.

10 de octubre: Juan Bosch viaja a los Estados Unidos en donde agota una agenda de quince días visitando New York, Boston, Washington y Virginia como conferencista invitado de varias universidades norteamericanas. Durante ese recorrido, se reúne con el Alcalde de New York, Sr. David Dinkins. En Santo Domingo, el papa Juan Pablo II asiste a la Conferencia Episcopal.

12 de octubre: República Dominicana celebra el V Centenario del Descubrimiento de América. Se inaugura el monumental Faro a Colón.

16 de octubre: El Premio Nobel de la Paz es concedido a la guatemalteca Rigoberta Menchú.

Principios de noviembre: Juan Bosch visita la Feria del Libro de Providence, Rhode Island, como invitado especial.

3 de noviembre: Bill Clinton, candidato del Partido demócrata, es elegido Presidente de Estados Unidos.

10 de noviembre: Muere en Santo Domingo Isabel García Aguiar, primera esposa de Juan Bosch.

27 de noviembre: La Fundación Ayacucho de Venezuela publica una antología de Bosch: Cuentos selectos.

13 de diciembre: Juan Bosch es proclamado, para las elecciones del 16 de mayo de 1994, candidato a la Presidencia por el PLD.


1993
1 de enero: La República de Checoeslovaquia decide dividirse en las repúblicas Checa y Eslovaca.

19 de enero: Juan Bosch es investido como Doctor Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

28 de marzo: A instancias de Juan Bosch se constituye el Frente Patriótico Nacional que agrupa varios partidos y organizaciones políticas.

1 de mayo: Pierre Bérégovoy, ex-primer ministro de Francia, se suicida.

20 de mayo: El Presidente Carlos Andrés Pérez es destituido por la Suprema Corte de Venezuela por corrupción.

25 de mayo: Fracasa golpe de Estado civil del Presidente Jorge Serranola al decidir disolver el Parlamento, la Suprema Corte y las garantías individuales de Guatemala. El 5 de junio el Parlamento designa a Ramiro León Carpio como Presidente.

28 de mayo: Juan Bosch es investido como Doctor Honoris Causa en Letras por el City College de la Universidad de New York.

6 de junio: El Partido Socialista español gana las elecciones leg islativas en España. Felipe González, a pesar de no tener la mayoría, se mantiene como Presidente del Gobierno Español.

24 de junio: El Comité Central del PLD ofrece almuerzo de gala en honor a Juan Bosch, en ocasión de su 84 aniversario.

29 de junio: Puesta en circulación del tomo IX de las Obras completas de Juan Bosch en Casa de Bastidas, Santo Domingo.

30 de junio: En ocasión del natalicio de Juan Bosch y de sus bodas de oro con Carmen Quidiello de Bosch, una serie de actos son realizados en su honor por el PLD y el Comité de Homenaje a Juan Bosch.

2 de julio: Puesta en circulación del cassette Cuentos de Juan Bosch, narrados por Freddy Ortiz, con los siguientes cuentos: lado A: 1) “La mujer”, 2) “El cuchillo”, 3) “En un bohío”, 4) “El resguardo”; lado B: 1) “Los amos”, 2) “El algarrobo”, 3) “El alzado”, 4) “Un niño”.

27 de julio: Fidel Castro autoriza la circulación de dólares e invita a sus compatriotas del exilio a invertir en Cuba.

31 de julio: Muere el rey Balduino de Bélgica. 31 de octubre: En Roma, fallece el cineasta Federico Fellini.

1 de noviembre: El Tratado de Maastricht entra en vigor. La Comunidad Económica Europea se transforma en Unión Europea.

8 de noviembre: El pintor Osvaldo Guayasamín autoriza al PLD la reproducción en serigrafía del retrato que hiciera de Bosch en 1981.

14 de noviembre: Puerto Rico rechaza, por plebiscito, convertirse en el 51º Estado de la Unión.

12 de diciembre: El demócrata-cristiano Eduardo Frei es elegido Presidente de Chile.

15 de diciembre: El PLD conmemora su 20º aniversario.

23 de diciembre: El Partido de la Liberación Dominicana y el Frente Nacional Progresista, firman un acuerdo electoral.


1994
7 de enero: Insurrección de campesinos en Chiapas, México.

2 de febrero: Rafael Caldera asume la Presidencia de Venezuela.

6 de febrero: Triunfa José Figueres (hijo) en las elecciones presidenciales de Costa Rica.

23 de marzo: Luis Donald Colosio, candidato a la Presidencia de México por el PRI, es asesinado.

Principios de abril: Juan Bosch es operado de cataratas en Boca Ratón, West Palm Beach, Florida. Regresa al país el 21 de abril.

24 de abril: El derechista Armando Calderón Sol es elegido Presidente de El Salvador.

8 de mayo: Ernesto Pérez Balladares, del Partido Revolucionario Democrático, es elegido Presidente de Panamá.

10 de mayo: Nelson Mandela, elegido Presidente de África del Sur el 29 de abril, toma posesión.

16 de mayo: En República Dominicana, tras elecciones discutidas, Joaquín Balaguer, candidato a la Presidencia de la República por el Partido Reformista Social-Cristiano, resulta triunfador en las elecciones presidenciales derrotando a José Francisco Peña Gómez, candidato del Partido Revolucionario Dominicano.

3, 13 y 15 de junio: Miles de cubanos se asilan en las embajadas de Bélgica, Alemania y Chile en La Habana.

19 de junio: En el II Pleno Nacional de Dirigentes, Juan Bosch renuncia a sus posiciones ejecutivas en el PLD poniendo fin a 56 años de actividad política.

27 de junio: Juan Bosch recibe en homenaje una placa de reconocimiento del programa de televisión El Show del Mediodía, y de El Gordo de la Semana por sus años de servicios en beneficio de los mejores intereses de la Patria.

30 de junio: 85 aniversario de Juan Bosch. “Lo Mejor de lo Nuestro”, programa de la emisora La Superpotente entrega una placa de reconocimiento a Bosch por los aportes a la literatura y al adecentamiento de la vida política dominicana.

1 de julio: Yasser Arafat vuelve a Gaza luego de 27 años de exilio.

2 de julio: La Fundación Guayasamín invita a Juan Bosch a la celebración del 75 aniversario del reconocido artista ecuatoriano.

25 de julio: Tratado de Paz entre Israel y Jordania.

7 de agosto: El Gobierno de Cuba autoriza la salida de los cubanos de las embajadas de Bélgica, Alemania y Chile.

22 de agosto: Ernesto Zedillo, candidato del PRI, es elegido Presidente de México.

20 de septiembre: Intervención militar de Estados Unidos en Haití. Regresa el 15 de octubre Jean-Bertrand Aristide.

3 de octubre: Fernando Cardoso es elegido, en la primera vuelta, Presidente de Brasil.

10 de octubre: El V Congreso del Partido de la Liberación Dominicana proclama a Juan Bosch Presidente Ad Vitam del Partido.

21 de octubre: Juan Bosch es investido como Doctor Honoris Causa en Humanidades de la Universidad O y M de Santo Domingo.

24 de noviembre: El Senado y la Cámara de Diputados de la República Dominicana declaran a Juan Bosch Maestro de la Política y Gloria Nacional.

27 de noviembre: Julio María Sanguinetti resulta ganador en las elecciones presidenciales de Uruguay.


1995
26 de enero: Juan Bosch recibe el premio El Guachupitazo de Oro, por su trascendencia en la vida nacional.

29 de enero: Conflicto fronterizo entre Ecuador y Perú.

17 de febrero: Ecuador y Perú firman una declaración de paz sin llegar a un acuerdo definitivo sobre el problema fronterizo.

27 de febrero: Durante el acto inaugural del IV Congreso de la Vanguardia Estudiantil Dominicana (VED), Juan Bosch recibe una placa de reconocimiento por sus aportes a la educación y a la ciencia.

2-6 de marzo: Juan Bosch es hospitalizado tras sufrir un desmayo provocado por un acceso de lipotimia.

26 de marzo: Entra en vigor el Acuerdo de Schengen que permite la libre circulación en los países fronterizos con Francia y España.

31 de marzo: Las tropas de Estados Unidos en Haití son reemplazadas por las de la ONU.

7 de abril: Juan Bosch es declarado miembro honorario de la Asociación Médica Dominicana (AMD).

9 de abril: Alberto Fujimori es reelegido, desde la primera vuelta, Presidente de Perú.

28 de abril: Puesta en circulación de la pieza de teatro La eterna Eva y el insoportable Adán, de Carmen Quidiello de Bosch.

4-7 de mayo: Representación en el teatro de Bellas Artes de La eterna Eva y el insoportable Adán, de Carmen Quidiello de Bosch.

7 de mayo: Jacques Chirac es elegido Presidente de Francia.

14 de mayo: Carlos Menem es reelegido, desde la primera vuelta, Presidente de Argentina.

22 de junio: Exposición colectiva de pintura, en conmemoración del natalicio de Juan Bosch en el Hostal Nicolás de Ovando de Santo Domingo.

24 de junio: Coloquio sobre la vida y obra de Juan Bosch en el Auditorio del Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo.

28 de junio: Juan Bosch recibe del Ayuntamiento de Baní una placa de reconocimiento y lo declara Hijo Distinguido de la ciudad.

29 de junio: La Secretaría de Asuntos Culturales del Partido de la Liberación Dominicana celebra encuentro artístico con Juan Bosch con la participación de varios artistas nacionales en ocasión del natalicio del político.

30 de junio: 86 aniversario de Juan Bosch. Transmisión de programa especial sobre la Vida y obra de Juan Bosch al través de una cadena de emisoras en todo el territorio nacional. Encuentro de confraternidad en homenaje a Juan Bosch con la participación de personalidades políticas, empresariales e intelectuales entre los que se distinguen al Presidente de la República Joaquín Balaguer, a José Francisco Peña Gómez y al Cardenal Monseñor Nicolás de Jesús López Rodríguez, entre otros.

5 de septiembre: Se autoriza en Cuba la creación de empresas con capital extranjero.

24 de septiembre: Juan Bosch es investido como Doctor Honoris Causa de la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA).

30 de septiembre: Durante el Festival de Teatro de La Habana, se presenta en el Teatro Nacional de Cuba, La eterna Eva y el insoportable Adán, de Carmen Quidiello de Bosch.

22 de octubre: Celebración del 50 aniversario de la ONU.

4 de noviembre: El Primer Ministro de Israel, Yitzhak Rabin, es asesinado.

18 de noviembre: El Papa Juan Pablo II rechaza la ordenación de mujeres.

14 de diciembre: Se firma en París el Acuerdo de Paz concluido en Dayton entre los presidentes de Bosnia, Serbia y Croacia.

17 de diciembre: René Preval es elegido Presidente de Haití.


1996
7 de enero: Álvaro Arzú es elegido Presidente de Guatemala.

8 de enero: Muere en París François Mitterrand.

29 de enero: Juan Bosch recibe placa de reconocimiento por sus aportes a la cultura dominicana y por su condición de ciudadano ejemplar, durante la ceremonia de entrega de los Premios Casandra.

16 de febrero: Se firma en Chiapas, México, el primer acuerdo entre el Gobierno y el Movimiento de Campesinos Zapatistas en donde se le reconoce una cierta autonomía a los indígenas del país.

3 de marzo: El Partido Popular de José María Aznar, sale victorioso en las elecciones legislativas de España.

7 de marzo: Henri Vidal, embajador de Francia en República Dominicana, impone a Juan Bosch la Orden del Mérito en el grado de Comendador en Artes y Letras.

20 de marzo: Se detecta en Inglaterra la epidemia conocida como la “vaca loca”.

4 de mayo: José María Aznar es designado Presidente del gobierno español.

6 de mayo: Luego de 36 años de guerra y de más de 100,000 muertos, la guerrilla y el gobierno guatemalteco firman en México un acuerdo sobre la tierra, la educación y la salud.

2 de junio: El Partido de la Liberación Dominicana y el Partido Reformista Social Cristiano firman un Pacto Patriótico Nacional en apoyo al candidato del PLD, Leonel Fernández, para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 30 de junio.

4 de junio: La Organización de Estados Americanos (OEA), reunida en Panamá, rechaza por unanimidad la ley Helms-Burton, del 12 de marzo de 1996, que refuerza el embargo de Estados Unidos a Cuba.

30 de junio: Leonel Fernández, candidato del PLD, es elegido Presidente de la República Dominicana. Juan Bosch cumple 87 años.

7 de julio: Abdalá Bucaram, del Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE, populista), es elegido Presidente de Ecuador.

11 de julio: Estados Unidos niega visa al Presidente de Colombia Ernesto Samper al acusarlo de estar ligado al tráfico de drogas.

16 de agosto: Leonel Fernández Reyna se juramenta como Presidente de la República Dominicana.

3 de octubre: La escritora polaca Wyslawa Szymborska obtiene el Premio Nobel de Literatura.

20 de octubre: Arnoldo Alemán, candidato de Alianza Liberal, es elegido Presidente de Nicaragua.

5 de noviembre: Bill Clinton es elegido Presidente de Estados Unidos por segunda vez. Roosevelt y Clinton han sido los únicos del Partido Demócrata reelegidos en la historia de ese país.

9-11 de noviembre: La VI Cumbre Iberoamericana tiene lugar en Viña del Mar, Chile. Se condena enérgicamente la ley Helms-Burton que refuerza el embargo de Estados Unidos contra Cuba. Fidel Castro, Presidente de Cuba, firma la declaración final consagrada al pluralismo político.

19 de noviembre: Fidel Castro es recibido por Juan Pablo II en El Vaticano y le invita a visitar Cuba.

7-8 de diciembre: Los representantes de 27 países del Continente americano, de 34 países invitados (con excepción de Cuba), reunidos en Santa Cruz, Bolivia, adoptan un plan de acción para un desarrollo viable del Continente.

17 de diciembre: El ganés Kofi Annan es designado, por aclamación de la Asamblea General, como Secretario General de las Naciones Unidas.

*Un comando del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) toma como rehenes a más de 300 personas en la Embajada del Japón en Lima, y exige la liberación de 500 de sus militantes, encarcelados en Perú, entre los cuales se encuentra su máximo dirigente, Víctor Polay.

29 de diciembre: El Presidente Álvaro Arzú y los representantes de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), firman en Guatemala un acuerdo de paz, poniendo fin a treinta años de guerra civil.


1997
6 febrero: El Presidente de Ecuador, Abdalá Bucaram, es destituido por “incapacidad física y mental”.

22 de abril: Las unidades especiales del ejército peruano irrumpen en la residencia del embajador japonés en Lima y abaten a los 14 miembros del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), que retenían, desde el 17 de diciembre de 1996, a 72 rehenes. Uno de los rehenes y dos militares mueren durante el asalto. Se crea una polémica en torno a las circunstancias de la muerte de los miembros del comando.

30 de junio: Juan Bosch celebra en La Habana, Cuba, su 88 aniversario.

7 de julio: Juan Bosch y Carmen Quidiello de Bosch regresan a Santo Domingo desde La Habana, Cuba.

27 de julio: Vanguardia del Pueblo, órgano del PLD, rinde homenaje a Juan Bosch y le hace entrega de una placa de reconocimiento por su obra política y literaria.

5 de agosto: En Bolivia, el antiguo dictador Hugo Bánzer, quien dirigió el gobierno militar de 1971 a 1978, es elegido Presidente de la República.

6 de octubre: El Premio Nobel de Literatura es otorgado al dramaturgo italiano Darío Fo.

26 de octubre: En Argentina, las elecciones legislativas parciales dan la victoria a la coalición de oposición La Alianza, en detrimento del Partido Justicialista del Presidente Carlos Saúl Menem quien, hasta ese momento, contaba con la mayoría absoluta del Congreso.

5 de noviembre: Alumnos dominicanos del fallecido ex-presidente de Costa Rica José Figueres, y del Profesor Juan Bosch en el Instituto de Estudios Políticos de San José, ofrecen un almuerzo en homenaje a estos dos maestros de la política latinoamericana. Al acto asistió José Figueres hijo, ex-presidente de Costa Rica.

16 de noviembre: Fallece en Francia Georges Marchais, Secretario General del Partido Comunista francés de 1969 a 1994.

20 de noviembre: El Gobierno de Venezuela condecora a Juan Bosch con la Orden del Libertador Simón Bolívar, en el grado de Gran Cordón.

15 de diciembre: El PLD celebra sus 24 años de fundación.

18 de diciembre: Una nueva especie de palmera es bautizada con el nombre de Coccothrinax boschiana en honor a Juan Bosch. La planta, endémica de la isla, fue sembrada formalmente durante un acto en la Plaza Central del Jardín Botánico Nacional.

25 de diciembre: Un mes antes de la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, Fidel Castro autoriza excepcionalmente la celebración de la Navidad en Cuba.


1998
Durante el año: La Universidad de Puerto Rico edita una Antología personal de Juan Bosch. El PLD publica en un libro sus trabajos en Vanguardia del Pueblo bajo el título de El Periódico del Partido y la comunicación de masas, y la Presidencia de la República dos volúmenes de sus Discursos políticos.

10 de marzo: El General Augusto Pinochet, dictador de Chile de 1973 a 1990, abandona la jefatura del ejército. Es nombrado Senador vitalicio.

24-25 de marzo: En Argentina, el Parlamento adopta un texto no retroactivo mediante el cual se anulan las amnistías votadas en 1987 en favor de los militares culpables de violaciones a los derechos humanos durante los años de la dictadura (1976-1983).

2 de abril: Madrid normaliza sus relaciones diplomáticas con Cuba y nombra a Eduardo Junco como embajador en La Habana.

18-19 de abril: Al terminar la Segunda Cumbre de las Américas en Santiago de Chile todos los países iberoamericanos, con excepción de Cuba, confirman su voluntad de crear una vasta zona, de Alaska a Tierra de Fuego, de libre intercambio (ALCA) en el 2005.

19 de abril: Fallece en México Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990.

7 de mayo: Juan Bosch es condecorado por el Gobierno francés con la Legión de Honor, en el grado de Gran Oficial.

10 de mayo: Raúl Cubas, candidato del Partido Colorado, es elegido Presidente de Paraguay.

Durante el mes de junio: Juan Bosch es investido como Doctor Honoris Causa en Humanidades de la Universidad Tecnológica del Cibao.

9 de junio: En Argentina, el antiguo jefe de la junta militar de 1976 a 1983, el General Jorge Videla, es arrestado por "crímenes contra la humanidad" perpetrados durante la dictadura militar en contra de menores.

21 de junio: Andrés Pastrana Arango, candidato conservador, es elegido Presidente de Colombia.

30 de junio: Juan Bosch es investido como Doctor Honoris Causa en Humanidades de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña.

12 de julio: Jamil Mahuad es elegido Presidente de Ecuador.

13 de agosto: Los Presidentes del Ecuador y del Perú firman un acuerdo, en Brasilia, de retiro recíproco de sus fuerzas fronterizas abriendo la vía para una solución negociada del conflicto.

21-23 de agosto: Reunidos en Santo Domingo en ocasión de su primera cumbre, los jefes de Estado y de Gobierno del CARIFORUM, el cual reagrupa 14 países de la comunidad caribeña (CARICOM), incluyendo Haití y la República Dominicana, intentan crear una unión económica con Cuba.

30 de agosto: En Panamá, los electores panameños rechazan, por más de un 62% de votos, una reforma a la constitución que permitiría al Presidente social-demócrata, Ernesto Pérez Balladares, de presentarse en las elecciones presidenciales de 1999.

22 de septiembre: El ciclón George devasta la República Dominicana.

4 de octubre: Fernando Henrique Cardoso es elegido por segunda vez Presidente de Brasil.

8 de octubre: El Premio Nobel de Literatura es otorgado al escritor portugués José Saramago.

16 de octubre: Dos jueces españoles, Baltasar Garsón y Manuel García Castellán, quienes indagan sobre la operación “cóndor”, llevada a cabo por los dictadores de América Latina contra sus opositores, logran el arresto de Augusto Pinochet, antiguo Presidente chileno, en una clínica de Londres.

26 de octubre: Perú y Ecuador firman en Brasilia un acuerdo de paz global y definitivo que debe poner fin a 56 años de disputas fronterizas.

30-31 de octubre: El ciclón Mitch devasta América Central, prin cipalmente Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala.

6 de diciembre: El antiguo coronel golpista Hugo Chávez, apoyado por la izquierda, es elegido Presidente de Venezuela.

13 de diciembre: Por tercera vez en treinta años, con 50.2% de los votos, los puertorriqueños se pronuncian por la vía del referéndum, contra la anexión de su territorio a los Estados Unidos de América en calidad de Estado 51 prefiriendo de esta manera mantener su estatus actual de Estado Libre y Asociado.


1999
14 de enero: Acusado de perjuro y obstrucción a la justicia en el caso Monica Lewinsky, se inicia el proceso por impeachement al presidente Clinton.

20 de enero: El general Reynaldo Bignone, último presidente de la Junta Militar argentina, es hecho prisionero por secuestro de niños en prisión durante la dictadura.

7 de febrero: Muere en Anmán el rey Hussein de Jordania.

12 de marzo: Hungría, Polonia y la República Checa adhieren a la OTAN.

24 de marzo: La OTAN inicia operaciones militares en Yugoeslavia contra Serbia en exigencia de la liberación de la provincia de Kosovo.

12 de abril: El Presidente Clinton es reconocido, en el caso Paula Jones, culpable de ultraje a la Corte por un juez de Arkansas.

2 de mayo: Mireya Moscoso es elegida Presidenta de Panamá.

16 de mayo: Una fuerte abstención caracteriza el referéndum en favor de los derechos ciudadanos a los indígenas de Guatemala. El “no” obtuvo 56% de los sufragios expresados.

17 de mayo: Ehud Barak, partidario de la Paz, es elegido Primer Ministro de Israel.

3 de junio: Las fuerzas de la OTAN entran en Kosovo luego del acuerdo firmado con la República Federal de Yugoeslavia.

23 de junio: Un sello de la serie Escritores Contemporáneos Dominicanos del Instituto Postal Dominicano es emitido en honor a Juan Bosch en ocasión de su 90 aniversario.

Finales de junio: En ocasión del 90 aniversario de Juan Bosch, el Senado de la República le otorga un pergamino que lo acredita como uno de los más grandes líderes dominicanos del siglo XX. La Embajada dominicana en Quito, Ecuador, inaugura una biblioteca especializada con el nombre de Juan Bosch.

1 de julio: Circula documental, en formato VHS, de Guillermo Piña-Contreras, Juan Bosch: el camino de la historia.

3 de julio: Puesta en circulación de las ediciones gemelas de Cuba, La isla fascinante, de Juan Bosch. Acto simultáneo en la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana, y en la Biblioteca Nacional de Santo Domingo, República Dominicana. Puesta en circulación de Novelas y leyendas completas, de los tomos III y IV de sus Discursos políticos y una edición de Prólogos de Juan Bosch.

23 de julio: Muere en Rabat el rey Hassan II de Marruecos.

25 de julio: Los candidatos de Hugo Chávez obtienen 119 escaños de 128 en las elecciones legislativas de Venezuela.

17 de agosto: Terremoto deja un saldo de más de 40,000 víctimas en Turquía.

15 de septiembre: La ONU envía una fuerza multinacional al Timor Oriental para proteger su independencia.

30 de septiembre: El escritor alemán Gunter Grass obtiene el Premio Nobel de Literatura.

3 de octubre: El Partido Liberal, neo-nazi, obtiene 27% de sufragios en las elecciones legislativas de Austria para convertirse en la segunda fuerza política del país.

13 de octubre: La CIA compra a los rusos los archivos del servicio secreto de la República Democrática de Alemania, STASI.

15 de octubre: La Universidad, la Biblioteca Nacional y la Sociedad de Escritores de Chile hacen homenaje a Juan Bosch por su aporte a la literatura de lengua española. Bosch estuvo representado por su esposa Carmen Quidiello de Bosch.

19 de octubre: Muere en Francia la escritora Nathalie Sarraute, autora de Tropisme.

21 de octubre: Una mujer, Hélène Carrère d‘Encausse, es elegida Secretaria Perpetua de la Academia Francesa.

28 de octubre: Muere el poeta español Rafael Alberti.

15 de noviembre: China entra en la Organización Mundial de Comercio (OMC).

4 de diciembre: Una mujer, Michèle Alliot-Marie, es elegida Presidenta del neo-gaullista Reunión para la República. El Presidente de Francia Jacques Chirac fue su fundador en 1978.

20 de diciembre: La Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP) acoge propuesta de la Asociación de Periodistas Profesionales (APP) de la República Dominicana para otorgar a Juan Bosch el Premio José Martí a la Excelencia del Periodismo Dominicano, en su mención Escritor destacado del Siglo. La entrega de este galardón tendrá lugar el 5 de abril del 2000 dentro del marco de las celebraciones del Día del Periodista Dominicano.

22 de diciembre: Luego de ocho días de torrenciales aguaceros, una avalancha de lodo deja un saldo de más de 30,000 muertos en Venezuela.

31 de diciembre: Por problemas de salud, el Presidente de Rusia, Boris Yeltsin, renuncia.


2000
7 de enero: La Asociación de Clubes de Santo Domingo rinde homenaje a Juan Bosch en la cima del Pico Duarte.

7 de abril: Se le concede el premio “José Martí a la Excelencia del Periodismo Dominicano” de la Fundación Latinoamericana de Periodistas.

20 de abril: Se inaugura en Santo Domingo la III Feria Internacional del libro dedicada a Juan Bosch.

9 de agosto: Un busto de Juan Bosch es develizado en la Plaza de la Cultura de Santo Domingo.


2001
13 de febrero: VI Congreso del Partido de la Liberación Dominicana dedicado a Juan Bosch, presidente ad vitam del PLD.

22 de marzo: El Ministerio de Educación y Cultura del Ecuador otorga a Juan Bosch la Condecoración Nacional al Mérito de primera clase.

31 de mayo: El Poder Ejecutivo de la República Dominicana somete un proyecto de ley que designa con el nombre de Juan Bosch el edificio que aloja las oficinas gubernamentales de Santo Domingo.

2 de junio: Proyecto de ley del Poder Ejecutivo que convierte en Museo Juan Bosch el edificio donde estaba la casa en que nació Juan Bosch el 30 de junio de 1909 en La Vega, y designa una calle con su nombre.

21 de junio: José Rafael Lantigua presenta en Santo Domingo la edición de Cuentos más que completos de Juan Bosch, publicada por la editorial Alfaguara en México.

13 de agosto: El Presidente de la República Dominicana, Hipólito Mejía, promulga la Ley 138-01 que designa con el nombre Juan Bosch la avenida Independencia de La Vega, la misma calle en que nació el escritor y político en 1909.

27 de agosto: Juan Bosch es hospitalizado tras sufrir deficiencia respiratoria provocada por un colapso del pulmón izquierdo. Es intervenido quirúrgicamente el 29. Es dado de alta el 6 de septiembre.

15 de septiembre: Juan Bosch es hospitalizado de urgencia en el centro médico Plaza de la Salud. El 28 es trasladado al Centro de Estudios Avanzados Dr. Abel González.

1 de octubre: Carmen Quidiello de Bosch propone la creación de un movimiento contra la violencia en República Dominicana.

1 de noviembre: Fallece Juan Bosch en el Centro de Estudios Avanzados Dr. Abel González de Santo Domingo.

2 de noviembre: Las exequias de Juan Bosch tienen lugar en el cementerio municipal de La Vega, su ciudad natal.

Ir arriba



MÁS CUENTOS DE JUAN BOSCH

. El astrólogo
[Firmado con el seudónimo de Stephen Hillcock, Alma Latina, San Juan, Puerto Rico, 11 de junio de 1938, pp.6-7.]

Metida en el Atlántico, como una piedra caída de la isla, San Juan de Puerto Rico muestra sus viejas murallas españolas y sus estrechas calles del siglo XVI. Por esas calles va y viene la gente atareada. Hay un bullicio de colmena. Las tiendas ofrecen sus vitrinas atrayentes. Por donde quiera salta, azucarado el decir español.

Una muchacha alta, fuerte, muy bien trajeada, cruza la acera y abre la puerta de un automóvil. Tiene cierta tristeza en los ojos negros y las líneas de su rostro son serenas, majestuosas.

—Aquí —dice.

Entra a un beauty-parlor y entrega sus manos a la manicurista, sin decir palabra. En el espejo luce su rostro levemente trigueño, dulce y triste. Una muchacha se dispone a arreglarle las cejas.

María del Pilar tiene baile esa noche en su casa. En el Condado, batido por las brisas del Atlántico, entre palmeras y flores, el lindo bungalow tipo español colonial, espera a los invitados.

Toda la tarde estuvo María del Pilar atendiendo las llamadas telefónicas, trajinando, disponiendo arreglos. A las diez empezaron a llegar las primeras parejas. Junto con su madre, una señora digna, de cabeza plateada, María del Pilar recibía a sus amigos. Sonreía encantadoramente. Los hombres se inclinaban respetuosos a saludarla.

Algunas amigas comentaban entre sí.

—María del Pilar debe estar enamorada.

—Sí, la veo distraída.

La anfitriona, majestuosa y amable, hacía por entusiasmar a sus amigos:

—¡A bailar, a bailar!

—Pero si tú no bailas, María del Pilar —se quejó una.

—Es que estoy cansada, Juanita; y además, tengo que atender a los invitados.

Otra dijo que era muy duro el atareo de preparar una fiesta, y le dio la razón a María del Pilar.

—Sí, hijita, debes estar deshecha.

Con las horas crecía la alegría. Las orquestas producían música tropical, sensual y amarga a la vez. Se oía, estridente, el quejido del cornetín, y, como un condenado, bramaba el timbal.

Del mar cercano llegaba un atenuado rugir. La brisa mecía los cocoteros. Más allá de media noche, un joven alto, atlético, vino a buscar a María del Pilar. Con suave elegancia se deslizaban por el salón de baile. Era una pareja magnífica. Las muchachas que descansaban, y hasta los jóvenes, estaban de acuerdo con una señora que aseguraba:

—Es la más bella pareja de todo Puerto Rico.

Con su largo traje blanco, escotado y adornado discretamente con piedras, María del Pilar iba y venía, llevada en brazos por su galán, y la brisa no tenía más gentileza que su cuerpo, que se mecía leve, delicioso.

—¿Y por qué no aceptará novio María del Pilar? —preguntó un joven.

Una de las muchachas habló sobre amores desgraciados. María del Pilar estuvo comprometida con un paisano, en New York. Él era de Ponce, y estudiaba en Columbia. Tenían fijada ya la fecha de matrimonio cuando apareció entre ellos una corista del “Chico” y enloqueció al muchacho. María del Pilar era orgullosa y no quiso disputar su amor con una mujer que consideraba inferior en varios conceptos. Le pidió a su papá que la trajera otra vez a Puerto Rico. Hacía ya tres años de eso. Ella no había vuelto a saber de su antiguo novio ni admitía que se lo mencionaran; pero todos sus amigos sabían que su inagotable tristeza partía de su tragedia de amor.

María del Pilar seguía bailando. Enloquecido, el cornetín se trepaba a los cocoteros y se iba a cantar sobre la mar ancha.

—Mañana, si aceptas, eres mi esposa —decía en voz baja su compañero.

Con la cara vuelta, maravillosa en su desdén, María del Pilar casi suplicaba:

—No me hables de esas cosas, Manuel; yo no puedo querer a ningún hombre.

—¿Recuerdas todavía a Eddy?

Mortificada por la indiscreción, ella le miró con ojos fríos, pero su compañero no se desconcertó.

—Oye, María del Pilar —dijo—, yo te ruego que no te molestes. Tú sabes que yo fui siempre un hermano para Eddy y que lo estimo como a nadie. Hasta cierto punto, y aunque yo haya pensado alguna vez en que yo podría brindarte una felicidad que no encuentras, te agradezco profundamente ese amor que guardas al recuerdo de mi amigo.

La música se iba ahogando.

—Ya sabes que no me agrada hablar sobre el pasado —aseguró María del Pilar.

La muchacha, de encantadora, se había tornado fría. Manuel la tomó del brazo. Había cesado la pieza. Las muchachas empezaron a festejarles.

—Hacen ustedes una pareja encantadora —decían.

María del Pilar sonreía amargada. Comprendía la alusión y eso le molestaba. Manuel la llevó al bar; mientras tomaban un refresco, le dijo:

—Te quiero suplicar una cosa: que seas mi amiga y confíes en mí, María del Pilar.

Ella levantó sus tristes ojos negros y le miró agradecida. Manuel sonrió. Empezó a hablar de cosas alegres.

—Si tú quisieras, iríamos mañana a ver al Profesor Heinlen. Es una cosa maravillosa. Yo estuve con mi hermana. Te dice el pasado, el presente y el porvenir. ¿Por qué no vamos?

María del Pilar se animó. Una luz infantil alumbró en sus ojos.

—Hombre sí; me gustaría probar eso.

—¿Mañana, entonces?

—No, mañana voy a estar muy cansada; pasado mañana.

—Vendré a buscarte a las tres ¿quieres?

—Sí, a las tres.

El lunes fue Manuel, pero a las tres resultaba muy temprano para María del Pilar. Estuvo arreglada casi una hora después. En Miramar, en un hotel elegante, vivía el Profesor Heinlen. Manuel condujo a su amiga por un pasillo, y después entraron a una habitación adornada de negras cortinas de terciopelo. Todo estaba oscuro allí. En el fondo se adivinaban unos almohadones y una bola de cristal. María del Pilar casi no veía.

Esperaron sobre un cuarto de hora. Al fin apareció un negro gigantesco, vestido con calzón corto y desnudo de cintura arriba. Tenía un turbante blanco y los brazos cruzados.

—Un minuto —dijo en inglés, inclinándose hasta el suelo— El profesor viene ya, señora.

María del Pilar se sentía sobrecogida. Miraba asustada a Manuel, que sonreía a su lado.

El negro tomó a la muchacha de la mano y la condujo hacia el fondo. Una cortina se levantó. María del Pilar apenas veía. Una sombra alta, envuelta en una manta, con turbante, surgió del fondo y avanzó. Ya más cerca, ella notó que tenía barba. El negro se inclinó otra vez e inició un canto profundamente impresionante. El mago echó polvos en un brasero, cerca de la bola de cristal, y el humo azulino llenaba la habitación. En frases ininteligibles, el Profesor Heinlen empezó a rezar. Después se adelantó y dijo, con voz grave: —¡Sus manos!

Llena de miedo, María del Pilar quería huir. Temblaba. El mago puso esas manos largas y finas sobre la bola, le ordenó que se sentara y tomó asiento a su vez. Estuvo viendo la bola, silencioso, y después empezó a decir:

—Veo aquí una playa lejana; en ella hay un joven que habla a una mujer. Esa mujer es usted. Ambos parecen muy felices.

María del Pilar se asombra. La playa de que habla el mago debe ser la de Atlantic City y el hombre, Eddy. Rápidamente, el mago va evocando su vida pasada. Un hálito de felicidad suprema invade a la muchacha. Quiere ver a Eddy, desea verlo. Es necesario que lo vea.

—Enséñemelo, Profesor. Yo quiero volver a ver su rostro —suplica.

Su voz ha cobrado un tono caluroso y un timbre vibrante.

—Usted lo verá —asegura gravemente el profesor—. Usted lo verá pronto.

María del Pilar cree que se ahoga.

—¿Verdad? —grita— ¿Verdad?

—Sí. Pronto.

El profesor sigue hablando. Dice que ve otra mujer, abandonada. En el corazón del joven hay desprecio por aquella mujer a quien acusa de haberle alejado su felicidad.

—¿Cómo es ella? —pregunta angustiada María del Pilar.

—Rubia. La veo aquí en un cabaret. Baila.

María del Pilar respira. Quiere morirse de felicidad.

—¿Y el porvenir? —pregunta.

—El porvenir es claro. La veo a usted con ese joven, pero muy pronto. La veo en brazos de él, feliz.

—¡Manuel! ¡Manuel! —grita María del Pilar— ¡Dice que me ve en brazos de Eddy!

Está tan nerviosa, que se denuncia.

—Usted lo quiere mucho —asegura el mago—; pero él la quiere más a usted y los veo muy felices a los dos.

—¿Usted cree que él me quiere?

El profesor no contesta. Mueve una mano hacia las cortinas y de pronto la habitación se llena de luz. Rápidamente, ante la asustada María del Pilar, el Profesor Heinlen se despoja de la manta, se quita la barba y el turbante.

—¡Eddy! —grita María del Pilar.

Manuel acude pronto, antes de que caiga al suelo. Poco a poco abre ella los ojos.

—¿Y esto? —pregunta.

Manuel explica.

—La idea fue mía. El me anunció que estaba en San Juan y me dijo que quería verte, y como yo sabía que tú no lo ibas a aceptar, dispuse esta comedia.

—Que ha terminado felizmente, como todas las comedias —agrega Eddy.

María del Pilar, sin levantarse, abre los brazos y gime:

—¡Eddy mío!

El negro medio desnudo empieza a recoger las cortinas de terciopelo, y el sol del trópico entra a raudales por las ventanas.

Allá lejos, el mar azul bambolea incansable.

Ir arriba


. Una jíbara en Nueva York
[Con el seudónimo de Stephen Hillcock, Alma Latina, San Juan, Puerto Rico, 25 de junio de 1938, p.15 y p.26.]

—Amigo mío, usted ni siquiera puede pronunciar esa palabra. Diga “jíbara”. ¿Ve usted? Nosotros, los sajones, no podemos adquirir esa gracia, esa ligereza de tono y sonido que distingue a los americanos de sangre española. Ni podemos tampoco —esto mucho menos, desde luego—, mantener esa fogosidad espiritual del latino, de ese hombre a quien llamamos aquí “hispano”. Nosotros no lograremos comprender a esa gente. Se lo digo yo, que he vivido toda mi vida, desde niño, en los países del sur. Ahora verá usted, deje que se apague un poco el escándalo del jazz. A mí se me hace difícil hablar entre tanto ruido, en esta baraúnda. Estoy ya acostumbrado al grave silencio de la selva, del mar y de las ciudades hispanas. Espere, ahora voy a contarle. Pruebe este tabaco, mientras tanto; es cubano, vueltabajero, que es como decir tabaco de reyes. Bien, fume y óigame, que quizá pueda serle útil alguna vez esta conversación; por lo menos, si cae usted algún día en uno de esos países del sur, ya tiene usted unas líneas generales para comprender a su gente.

—Yo era un niño cuando la guerra contra España. Debo decirle, para empezar, que aquello no fue tal guerra. España estaba ya militarmente desvinculada de sus posesiones en América y en Filipinas, y sólo el indoblegable espíritu del soldado español pudo mantener esa hostilidad sui generis que tuvimos en Filipinas, en Cuba y en Puerto Rico. ¿No ha oído usted hablar de Vara del Rey? ¿No? Pues bien, ése es un episodio impresionante, pero no le hablaré de él ahora, porque perderíamos el hilo de la historia. Le decía que yo era un niño cuando estalló la tal guerra. A poco de establecerse la dominación americana en Puerto Rico, mi familia se trasladó allá; mi padre era oficial de reserva y valido de esa condición, y de ciertas influencias, consiguió una contrata de obras públicas. Así, yo, insensiblemente, me fui formando en aquel ambiente, donde la gente es un tanto primitiva, impulsiva y generosa y ahora viene, amigo, mi verdadera historia.

—Nosotros vivíamos en las cercanías de Ponce y cerca de nuestra casa tenía una distinguida familia puertorriqueña una vivienda que utilizaba en ciertas épocas del año. Yo visitaba la casa. Me sentía un tanto enamorado de la hija, una muchacha pálida, tímida, de ojos y cabellos negros, pero nunca le dije palabra, porque no estaba yo entonces para cumplir promesas, sino para labrarme un porvenir, y no era justo, a mi juicio, que ya era medio hispano, entretener una mujer y llenarla de ilusiones para después decepcionarla. Una muchacha hispana no tiene del amor ese concepto pasajero y frívolo que tenemos nosotros. Si llega a quererlo y usted la abandona después, ha amargado usted toda su vida y hasta puede ser que ocurra una tragedia.

—Pues bien, en aquella casa había una cocinera criolla, una jíbara. No sonría. Esa palabra expresa una condición de criollismo, de persona natural del campo puertorriqueño, y también de la psicología especial de tal gente, un tanto huraña, conservadora y maliciosa, con alto sentido del humor y gran capacidad de sufrimiento. La “jíbara” tenía una hijita, de no más de seis años. Como todas las mujeres de aquella isla, la jíbara era de líneas finas, de ojos brillantes y sensuales, de andar lento; y la hija anunciaba que iba a ser bella también. Se trataba de una niñita vivaz, graciosa, pero triste. Impresionaba profundamente verla cuando ella creía estar sola. Entonces se quedaba inmóvil, con los ojos perdidos en una lejanía insospechada, con las manos en la cara y la boca caída. Ayudaba a su madre, y trabajaba como lo podría hacer una persona de años. A mí me entristecía ver a Juanita. Aquella serenidad no estaba bien en una niñita. Pero dejé de verla. La familia se trasladó a la ciudad, como todos los años, y yo me fui a la capital de la isla. Después me tocó hacer un viaje a México, y tardé más de siete años en volver. A mi retorno encontré a la familia de temporada en la casa. La señorita se había casado ya y vivía en San Juan; pero la jíbara cocinera seguía allí. Muchas veces evoqué con cierta amargura los días, cuando, en la galería sombreada de enredaderas, veía el rostro pálido y dulce de la señorita, con su mirada lánguida; y oía su voz cadenciosa, que decía agradable cualquier tontería que dijera. En la sala había un retrato suyo, del día del matrimonio. Estaba bella, sonreída, y sin embargo, como triste. Yo encontraba en aquella vieja casa un placer único, y me parecía ver la sombra de la mujer, medio amada en un tiempo, vagar pacientemente, silenciosa, por los pasillos y por la galería, o bajar a recoger sangrientas rosas, como hacía a menudo. Un día, súbitamente, recordé a Juanita.

—¿Qué es de Juanita? —pregunté a la jíbara.

Con su gracia peculiar, la cocinera me dijo que Juanita estaba con “la niña”, es decir, la señorita a quien yo amara a tiempo atrás, que vivía en San Juan, y que “la niña” la tenía a la escuela, donde estaba aprendiendo muchas cosas.

—Ya habla inglés, míster —dijo la jíbara, satisfecha del progreso de su hija. Si usted la ve no la conoce.

Y efectivamente, no la conocía cuando la vi. Juanita tendría quince años, a lo sumo, cuando me di con ella en San Juan. Yo había ido a la capital, en ciertas diligencias relacionadas con mi trabajo, y en la capital, que es una pequeña ciudad llena de animación y de color, de luz viva y de gracia española, encontré a “la niña”. Ella andaba de compras y se conservaba pálida y tímida. Aunque habían pasado varios años, no la hallé cambiada. Desde luego, no era exactamente la misma. Me reconoció. Francamente, amigo mío, yo tuve una impresión muy rara al verla, exactamente como si me hubieran sorprendido haciendo algo incorrecto. Sentí que palidecía y que se me iba la voz. ¿Nunca le ha pasado a usted cosa igual? Bien, pues entonces le es difícil comprender eso. Tampoco yo lo hubiera comprendido antes de ocurrirme, antes de tener esa experiencia.

—Pero espere un momento. Usted no fuma y yo tengo sed; además, me molesta este escándalo. ¿Quiere usted que bebamos algo más? ¿Sí? ¡Mozo! Pida usted para los dos, amigo mío. Me zumba la cabeza con tanto estrépito. Sí, eso es; algo fresco. Muy bien. Thanks.

—¿Qué le decía? Ah, sí; que habían encontrado a “la niña”. Después de la primera impresión, la oí invitarme a que la visitara. Y fui. Allí estaba Juanita, siempre triste, muy bonita, flor en botón. Cuando llegué a la casa estudiaba un texto escolar y, aunque lo disimulaba muy bien, conservaba en el fondo de los ojos aquel temor del jíbaro a lo externo, a lo civilizado. Era un tipo raro, como una flor extraña en su propia tierra. Por generaciones enteras, sus antepasados habían sido trabajadores del campo, dueños de pequeñas propiedades, huraños y maliciosos, fuertes y festejadores. Una psicología complicada, amigo mío, que usted nunca comprendería, porque usted no ha nacido ni ha vivido su infancia en el trópico, entre hombres escépticos y sin embargo cristianos, es decir, católicos, dueños de una tradición racial muy sugestiva.

—Seguí visitando la casa de tarde en tarde. “La niña” tenía ya dos hijos, parecidos a ella y con esa vaguedad brillante en los negros ojos que habían iluminado mi juventud. Aquella mujer, amigo mío, era en mi vida como un fondo discreto de bondad, como un lucero pálido en un atardecer tropical, claro y lento. Le decía que seguí visitando la casa, y apenas veía a Juanita. Un día vi un médico en la casa. Poco a poco me fui enterando, a medida que la enfermedad iba marcándose en su rostro, de que “la niña” estaba tuberculosa. Después vino la vida, con su tolvanera y sus complicaciones, y me sacó de allí sin que pudiera ver morir a “la niña”. A veces he pensado que fue mejor así: conservo la ilusión de que vive. No sonría, amigo mío, usted considera que yo soy romántico y no comprende que usted y yo no podemos pensar y sentir de igual manera, porque nos hemos formado en mundos distintos, usted en el negocio —business world—; yo en el de los sentimientos, en un ambiente donde es común que la gente renuncie a la comodidad por no aceptar imposiciones ajenas a su conciencia. ¡Qué escándalo el de esta música! Desearía ahora el silencio de una playa, con un palmar solitario y, acaso, aunque sería mucho pedir, una luna del trópico, roja y enorme, sobre el agua.

—Usted dirá: ¿Y Juanita, la jibarita? Pues ahora viene; espere un momento. Un día, de vuelta del Perú, desembarcaba yo en New York. Era junio, con su sol tórrido. Yo traía las pupilas llenas de esos tonos cálidos y a la vez apacibles que enseñorean el paisaje peruano, la altiplanicie, la Puna. Traía también esa serenidad majestuosa del indio, que ningún acontecimiento turba, ni aun el máximo de la muerte. Yo llegaba a New York enteramente distinto al medio en que me iba a desenvolver. A la salida de los muelles la encontré y su presencia sacudió un poco mi espíritu.

—¡Juanita, muchacha!

Siempre con su tristeza jíbara, y sonriendo para agradarme, Juanita me tendía la mano.

—Mamá murió —explicó a mis preguntas—; murió también la Doña (se refería a “la niña”) y yo he venido a New York a buscar trabajo.

Me asombró el valor de aquella jibarita. Pero después empecé a dudar si sería efectivamente valor o si sería influencia de nuestra desintegrante civilización, que presentaba New York, a los ojos ariscos de la gente de la isla, como la tierra de promisión, donde habían de encontrar un porvenir brillante y fácil. Las películas, las revistas, el inglés de las escuelas, los libritos melodramáticos que producimos a millares… ¡Qué sé yo! Desde afuera nos ven como nosotros querríamos ser, y no como somos. ¿No está esta urbe, esta Babilonia altiva, llena de mugre, de miseria moral y física, de hambre y de gangsters? Amigo mío, le confieso que sentí pena por Juanita, por la jibarita puertorriqueña a quien yo había conocido de niña, triste y muy bien encajada en el ambiente lento del trópico. Y como yo conocía esto, y era, después de todo, de aquí, quise ayudarla.

—Al cabo de días, bregando sin descanso, conseguí trabajo para la jibarita. La llevé a un boarding respetable y la dejé vivir su propia vida, siempre vigilada por mi ojo fraterno. Pero esto no es aquello, amigo mío, y nosotros no sabemos comprender el espíritu de la gente que está al sur de la gran república de Washington y de Lincoln. De esa incomprensión hay una víctima más, una más entre las miles diarias, y es Juanita, la jibarita de Puerto Rico. Jíbara, amigo mío. ¿Ve usted como hasta difícil se le hace la palabra? Pues más difícil se le haría su alma, si se asomara a ella.

—¿Que por qué se enamoró Juanita de aquel muchacho compañero de trabajo? Pues porque todas las mujeres tienen que enamorarse un día y porque nosotros nos hemos esforzado en propagar por el mundo que el joven americano es respetuoso y correcto, y que además, una vez casado, es el mejor y más amable de los maridos. Por eso la jibarita no sospechó que cuando el muchacho la invitaba a pasear y la llevaba a los dancing y la hacía beber, tenía un propósito vil y no un deseo de halagar a su novia.

—Bien. Usted dirá que el hecho de que una muchacha amanezca “deshonrada”, como se dice en esas tierras del Sur, no tiene importancia, y que aquí lo raro sería lo otro; pero para ellos, y hasta he estado al decir: “para nosotros”, no es así. La mujer debe llegar pura a los brazos del esposo, y de no hacerlo, está deshonrada. ¿Entiende usted ahora, amigo mío? Le advierto, desde luego, que no todas las mujeres que aquí llamamos “hispanas” piensan hoy así; pero Juanita era una jíbara; conservaba toda la esencia de su tradición familiar y con ella se hubiera enfrentado al mundo entero. Una vez burlada, se sintió desamparada y le parecía que toda sonrisa de la calle era un escarnio para ella, que todo ojo que la miraba, estaba en conocimiento de lo que ella consideraba su desgracia. Por eso su vida se despeñó, por eso huyó del boarding y cuando yo fui a buscarla, un sábado en la tarde, para hablar de Puerto Rico y para recordar, viéndola, a “la niña”, no di con la “jíbara”.

—Lo demás ya lo sabe usted. Y si no lo sabe, lea ese periódico. Mírela. ¿No es verdad que era bella? ¿No es verdad que sus ojos tenían una profundidad de siglos? Era la tradición, la raza, el trópico. Era el espíritu, el inmortal espíritu español, que usted no entiende y que nuestras máquinas destrozan. ¿Qué cree usted que le dio valor para esperar, serena, el paso del subway? Fue ese espíritu, amigo mío. ¡Fue el pasado, amigo mío, el fiero pasado hispano, el que volvió por sus fueros y mandó a Juanita al suicidio!

—Y ahora, ya usted ve. Nos estamos tomando unas copas aquí, tontamente. Pues bien, si bebo más es posible que despierte sobre un barco. ¡Y aunque no beba más! ¡Me voy, amigo mío, porque no puedo resistir esta murga escandalosa, ese trombón en boca de tal negrazo, y porque necesito reposar mi alma atormentada en las pupilas tristes de una jíbara, sí, jíbara, y no se esfuerce en pronunciarla, porque usted no puede hacerlo ni podrá hacerlo nunca nadie que no haya formado su juventud en aquel trópico, bajo el sol tórrido y la luna sangrienta, donde la luz parece hecha por Dios nada más que para alumbrar los ojos tristes de una Juanita.

—Y ahora, amigo mío, bebamos por el recuerdo de la jíbara. Y por el de la “niña”, que todavía flora en mi vida, amorosamente, plácidamente.

Ir arriba


. El cabo de la legión
[Con el seudónimo de Stephen Hillcock, Alma Latina, San Juan, Puerto Rico, 9 de julio de 1938, p.15 y pp.26-27; 16 de julio de 1938, p.13 y p.48; 23 de julio de 1938, p.12 y pp.34-24; 30 de julio de 1938, p.14 y pp.26-42; 6 de agosto de 1938, p.12 y p.23.]

La noche anterior, 14 de mayo, habíamos rechazado un ataque al fortín de El-Kej-Abí. Hubo luna creciente, y en el desierto se podían alcanzar las más leves figuras hasta distancias enormes. Por culpa de esa luna nos descuidamos. Así cuando, a eso de las dos de la mañana, oímos los primeros disparos, nos lanzamos enloquecidos hacia las troneras, sin saber a ciencia cierta qué hacíamos. Alguno de nosotros pensó en la luna, pero ya estaba perdida en el horizonte lejano. ¡Negra noche la de aquel 14 de mayo!

Como quiso el diablo, estuvimos resistiendo hasta que el sol empezó a clarear la inmensa llanura de arena. Con las primeras luces se inició la retirada de la gente de Ben-elSulij, y nosotros podíamos ver los albornoces flotando al viento, lejísimos. Una línea interminable de caballos iba surgiendo del arenal.

—Esto es serio, Bill —dijo el italiano Giacomo.

Mudos e inmóviles, nosotros contemplábamos la retirada.

—¿Quién se apuesta conmigo un paquete de cigarrillos a que esta noche nadie duerme aquí? —gritó Jules.

—Sí, esos dormirán —gruñó Bill señalando a los muertos.

Nos volvimos a ver los compañeros caídos. Eran cuatro, y dos heridos, uno de ellos malamente, estaban recibiendo atención abajo.

—¡Perra vita! —se quejó Giacomo.

En realidad, a mí no me importaba el ataque. Habían muerto unos, pero yo no. Lo grave no estaba en lo que ya había pasado, sino en lo que podía ocurrir luego. Me olía que la gente de Ben-el-Sulij —¡Buenos soldados aquellos moros de a caballo, que peleaban por puro placer!— no se lanzó al ataque a la loca. ¿Y si tenían la seguridad de que no llegarían refuerzos? ¿No era eso lo más posible? Nosotros estábamos a sesentidos kilómetros, según mis cálculos, del puesto de Aje-don, el más cercano. Allí había seiscientos hombres de la Legión; pero llegar hasta ellos, abriéndose paso por entre montones de moros montados, no era empresa que pudieran realizar treinta legionarios de a pie.

El sol ascendía ya sobre el desierto. A lo lejos podíamos ver rápidos esguinces de albornoces.

—Nos están vigilando, Bill —dije.

Bill, un inglés calmoso, fumador impenitente, se echó el rifle sobre las piernas.

—¿Vigilando? No importa. Es igual morir aquí que en Inglaterra.

Bill había sufrido asedios como aquel en varias ocasiones. Su calma era fatalista, y siempre esperaba la salvación en último término. De ahí su tranquilidad.

—¡Couchons! ¡Esos negros salvajes no saben que estamos amparados por la bandera gloriosa de Francia! —tronó Jules.

Cansado de oírles, me fui abajo. Me dolían los ojos y tenía sed. Además, estaba convencido de que no correríamos peligro mientras no cayera la noche. En el sotanillo se quejaba uno de los heridos y hacía un calor insoportable.

—¡Bah! —lamentó el cabo—. Lo peor de todo esto no está en caer herido o muerto, sino en lo difícil que se hace dormir.

Yo estuve contemplando al cabo unos minutos. Era un muchacho, o lo parecía. Muy joven, de rostro moreno por el sol africano; medio triste y con un aire muy distinguido, aquel cabo resultaba atrayente. Hablaba muy poco. A menudo lo sorprendía mirando hacia el norte, con los ojos perdidos en la lejanía. De noche se tendía boca arriba y parecía entretenerse viendo las estrellas.

—¿Y los muertos? —pregunté.

El cabo pareció acordarse de ellos.

—¡Oh! ¿Vio usted a Renard? Tiene la frente destrozada. ¡Dieu! Pero escoja usted seis hombres, ocho, si le parece, y entiérrelos. Arena. ¿Sabe? Después ya veremos. ¡Adieu!

Los hombres descansaban tendidos a la sombra de las paredes. Todos estaban a medio vestir, con las armas al lado. Se miraban unos a otros y callaban. Bill gritó allá arriba:

—Moro es como cuervo, Giacomo. Nunca teme cuando huele víctima.

—Y tú eres como chacal, Bill —chisteó el italiano.

—¡Oh! No importa. Prefiero ser chacal. Malo tú, que eres cerdo.

Arriba resonaron las carcajadas del inglés. Después dijo:

—Todo muy bueno. Algo pasará después.

Y otra vez volvió el hostil silencio del desierto a reinar en el fortín. Por orden superior, el rancho y el descenso de la bandera se realizaron en silencio. Mal proceder para mí, porque eso haría suponer a Ben-el-Sulij que no había quedado soldado vivo en el fortín. Pero el teniente tenía su manera de pensar y ya sabría él por qué lo hacía. Al anochecer se colocaron dos ametralladoras en la puerta y una arriba. Hasta que la oscuridad cayó completamente sobre la arena, estuvimos viendo el flotar de los albornoces. Ben-el-Sulij vigilaba.

Los hombres estábamos con los ojos hinchados de sueño. Bill renegaba. Estaba terminantemente prohibido fumar y eso le hacía sufrir. A eso de la medianoche empezamos a sentir el ruido ahogado de los caballos en el arenal. Resonaron dos o tres relinchos, pero ni un tiro. Nos estaban sitiando y no tardarían en tratar de quemar la puerta o de escalar las paredes. Sentíamos al enemigo cerca. El sargento venía en cuatro pies.

—Todos a un tiempo, cuando se ordene —decía en voz baja.

De golpe tronó la voz: “¡Fuego!”. Y nosotros empezamos a vomitar plomo. Gritos horrendos sonaron cerca. Durante más de una hora, estuvimos sosteniendo el fuego, sin un minuto de descanso. Me dolían las manos.

—¡Oh! Malo —rugió Bill.

Había recibido una bala en el hombro y estaba tratando de restañarse la sangre. Al fin se cansó.

—Ahora yo tiro con lado izquierdo —dijo, resignado.

Se volvió trabajosamente y empezó a soltar tiros. Oímos uno caer cerca. Gimió algo, como llamando a una mujer. Nosotros seguimos impasibles. El sargento daba vueltas andando a gatas.

Cuando los disparos enemigos empezaron a espaciarse, estábamos materialmente a la orilla de un colapso. Media hora más y Ben-el-Sulij entra, con su pequeño caballo blanco y su brillante barba en el fortín de El-Kej-Abí. Un poco más tarde, cuando ya se iniciaba el amanecer, volvieron a la carga, pero esta vez era un grupo poco numeroso. La ametralladora tendió seis hombres y cuatro caballos. Los demás volvieron grupas. Los podíamos ver, con sus carabinas en alto, galopando hacia el sur.

Temprano recibí orden de pasar a donde el teniente. Era un hombre avejentado, muy serio y muy amable. Estaban allí el cabo y el sargento. Me cuadré militarmente.

—Bonjour —musitó el teniente.

Y después de algunas recomendaciones, empezó a exponer más o menos lo siguiente: se había pedido auxilio por radio, y desde Aj-e-don habían contestado que enviaban cincuenta hombres. Él consideraba que cincuenta legionarios no bastaban para hacerle frente a miles de moros. A su juicio, Ben-el-Sulij había reunido tres o cuatro mil moros, con el propósito de tomar un lugar cualquiera que restaurara su prestigio, descalabrado desde la derrota de Arbe-si-Alben. Además, Ben-el-Sulij no era un jefe tan imbécil como para soltar su presa. La columna que viniera sería deshecha, sino se le avisaba el peligro que corría. A juzgar por la distancia, debería estar ya a más de la mitad del camino: en el trayecto no había lugar protegido que pudiera albergar a la columna, en caso de sorpresa.

El teniente hablaba en voz contenida. De pronto preguntó:

—¿Cuántos hombres contamos, sargento?

—Diecisiete, teniente —contestó rápidamente.

El teniente se puso en pie.

—Francia necesita el sacrificio de ustedes —aseguró con voz patética.

Como si hubiera estado acechando esa oportunidad, el cabo se cuadró, rígido, saludó militarmente y pronunció con aplomo estas palabras:

—He estado esperando esta oportunidad. Ruego al teniente Honfroy concederme la honra de morir por Francia.

Yo miré al teniente. Los ojos le brillaron y palideció. A mí se me habían erizado los vellos de los brazos. Estaba emocionado. Nunca pensé en que un hombre hablara así. En novelas se escribe eso, pero la novela… ¡Bah! —como hubiera dicho Bill.

—¡Cabo Duchesne! ¡La Francia inmortal se sentirá dichosa cuando sepa que sus hijos tienen a honor morir por ella!

El sargento lloraba. Se había cuadrado militarmente también. Tenía la cara desfigurada por cicatrices, una de ellas sobre el ojo, lo que le hacía de aspecto bestial. Estaba llorando. Las lágrimas le caían por los bigotes. Afuera se veía ondear la bandera tricolor.

El teniente, erguido y medio encanecido, avanzó con firmeza, abrió los brazos y apretó al cabo contra su pecho. Después lo besó en ambas mejillas. Y como ya no podía resistir más, dio la espalda y se puso a ver hacia el cielo, por la ventanilla enrejada. Allí arriba flotaba el pabellón, bajo el sol del desierto.

De pronto el teniente se volvió y me clavó sus ojos grises:

—¿Usted? —preguntó.

Yo me sentía emocionado, pero no heroico. Además, siempre me había parecido que a un hombre grueso y grande, como yo, sin ningún aire marcial, no le venían bien las posturas inmortales.

—Yo haré cuanto se me ordene —dije calmosamente.

—De usted lo espero todo —dijo el oficial, volviéndose al sargento.

Un minuto después, recibíamos esta orden:

—Al anochecer, aquí.

Y cada uno se fue a su sitio, impedido de contar lo que había pasado, para no alarmar a los compañeros.

Cuando el oficial empezó a exponernos su plan, yo me sentí, lo confieso, bastante inquieto. A alguna señorita —sobre todo si es jamona— le gustaría pensar que yo me incorporé a la Legión debido a un desengaño amoroso, o a una decisión encaminada a salvar la honra de una mujer, de un amigo o simplemente de mí mismo; pero lo cierto es que yo caí en la Legión por puro espíritu deportivo, por probar aventuras. No creí que fuera tan dura la vida del legionario, aunque se hubieran escrito cientos de novelones y de cuentos relatándola. El día que me cansara, desertaría, lo cual sería una aventura más. Pero me estaba temiendo que esta vez no tendría más camino que desertar hacia el cielo. ¿Me iba a recibir San Pedro, a mí, a un legionario, miembro de una tropa de tan mala fama? Tal vez sí. Quizá el buen portero se condoliera de mi destino: “Muerto combatiendo a los infieles” —le diría yo a San Pedro. Y él se inclinaría, respetuoso, al tiempo que gritaría: “¡Que resuenen las trompetas celestiales! ¡Está entrando un mártir de la santa causa!”.

El oficial quería una simpleza: esperaríamos el ataque. Él llevaba siempre ropa nativa. Los tres nos vestiríamos de moro y en lo mejor de la lucha debíamos arreglárnosla para caer en las filas enemigas y hacernos de caballos. Después galoparíamos hacia el norte. El sargento conocía la ruta. Debíamos ir tres, por si alguno caía. Era necesario dar aviso a tiempo.

—¡Francia os pagará vuestro sacrificio! —aseguró.

Las sombras de la noche iban cayendo sobre el desierto cuando salimos. Allá arriba estaba Bill bregando con su hombre herido. Giacomo, pequeño y delgado, entonaba a media voz la romanza de Verdi: “Di Provenza il mar e il suo…”.

Y todo el fortín amodorrado, ennegreciéndose rápidamente, a medida que la noche venía cubriendo el pardo e inmenso arenal.

El cabo Duchesne me llamó. Me hizo un guiño imperceptible, tirado en su camastro. Todos sus movimientos eran elegantes y tristes a la vez. Su voz era cuidada y su pronunciación académica.

—¿Está usted en condición de oírme una confesión? —preguntó.

Aquí estaba mi oportunidad. Este cabo, delgado y distinguido, a quien todo el mundo respetaba inconscientemente, que nunca se emborrachaba, que nunca andaba tras las mujeres nativas, que nunca dio lugar a una queja, me iba a contar algo íntimo. ¿Por qué? ¿Acaso la razón de su presencia entre nosotros? ¿Era que él comprendía la gravedad del momento?

Él interrumpió mis pensamientos:

—Me ha parecido siempre usted un hombre raro, inteligente. Entre nosotros es ofensa preguntar por qué se está aquí. ¿Se ofendería usted si yo se lo preguntara a usted...? Estamos tan cerca del último momento…

—Oh, no. Cabo. Además, yo no tengo secretos. He caminado medio mundo. Ponga usted el mundo entero, si le parece. De haber nacido hace dos siglos, hubiera sido pirata. Ahora he hecho de todo, absolutamente de todo. Cacé leones en el sur de África, serpientes en el Amazonas; he sido misionero en China. Jamás he tenido un amor serio ni una contrariedad que valga la pena. Estoy aquí por probar esto. ¿Entiende? Ganas de conocer esta vida, nada más. Desertaré cuando me canse.

—Entonces ¿usted no ama a Francia?

—Sí, claro que la amo. Es la patria de la revolución, de la libertad. Además, yo amo a todas las patrias, hasta a estos moros a quienes ahora mato.

El cabo movió la cabeza. No comprendía.

—Muy raro —dijo, y se quedó silencioso, como calculando si merecía un ser tan raro como yo que él le confesara una intimidad.

—¿Cree usted que será esta nuestra última noche? —preguntó de improviso.

—Quizás. No estoy seguro de salir vivo. Como dice Bill, algo ocurrirá después. ¡Quién sabe!

El cabo Duchesne se sentó. Tenía los ojos acerados y duras las facciones.

—Yo tengo la convicción de que no saldré vivo de esta aventura. Moriré contento. Yo no tengo nada que hacer sobre la tierra, fuera de servir a mi patria. Pero quiero confiar en usted un encargo sagrado. Temo al ridículo, por eso me he dirigido a usted. Yo sé que usted sabrá comprenderme, porque usted hace estas cosas sin un motivo, por pasión aventurera, y eso denuncia su corazón. Pero yo tengo la convicción de que voy a morir esta noche, y deseo que usted lleve a mi padre mis últimas palabras.

—¿Y si yo caigo también?

—Entonces no se las llevará nadie —aseguró resueltamente.

—¿Y dónde puedo yo ver a su padre?

—En París. Es el general Duhamy.

Salté incrédulo. Debía tener los ojos abiertos como dos puertas.

—¿El general Duhamy? —pregunté lleno de duda.

—Oui. El general Duhamy o el vizconde de Duhamy. Llámele como quiera, usted le dirá las siguientes palabras… ¿Quiere atenderme?

¡Qué iba yo a atenderle! ¿Cómo era posible que aquel jovenzuelo fuera el hijo de un hombre de fama internacional, que tenía a su cargo nada menos que el cuidado militar de las colonias de África del Norte? ¿No estaría tomándome el pelo a última hora, para hacerse importante a mis ojos?

—¿Tendría la bondad de atenderme, monsieur?

Me volví impresionado: esa voz tan gentil, tan suave; esa pronunciación tan correcta, esas formas… Podía ser. ¡Se ven tantas cosas! Me quedé mirándole.

—Usted le dirá esto: “Su hijo, Albert Luis de Duhamy, me encarga decirle que ha muerto al servicio de la gloriosa bandera de Francia y que su último pensamiento ha sido para usted y su postrera voluntad que sea usted feliz y que su caída no empañe una felicidad a la que tenían derecho usted y ella”.

Me quedé atontado. ¿Qué diablos quería decir todo eso? Pero cuando iba a contestar asomó el sargento su ojo desfigurado.

Sobre el fortín, la noche del desierto cerraba todo horizonte.

***

Casi por mitad, la luna creciente se destacaba en el cielo azulísimo del arenal. Un silencio de mal augurio se había posesionado del fortín. Yo veía el patizuelo de extraño color violáceo, y pensaba en todas las maneras posibles de evitar nuestra salida. ¿Por qué el oficial no radiografiaba advirtiéndole a la gente del puesto de Aj-e-don sus sospechas? Tenía yo mismo que contestarme. “Será tarde ya para enviar socorros a la columna”, me dije. Había también otra posibilidad de evitar la catástrofe: pedir aviación. Pero ¿contra quién iban a combatir los aviones? Más de dos veces ya, las escuadrillas habían salido al menor signo de revuelta y habían recorrido todo el territorio, sin ninguna ventaja. ¿O es que un hombre tan astuto como Ben-el-Sulij se iba a dejar cazar como rata? Mientras hubiera aviones o tropas en las cercanías nadie daría con el paradero de esos tres o cuatro mil jinetes que corrían como demonios por las arenas, y que de noche parecían surgir de la misma sombra para atacarnos e irnos destruyendo poco a poco.

Pensaba en esto, pero también por momentos pensaba en otras cosas. St. Louis Missouri quedaba muy lejos, a muchos millares de millas del fortín de El-Kej-Abí. Sin quererlo, mis ojos interiores vagaban por St. Louis, y por la granja donde naciera y me criara. ¡Ah, mi padre! Era un bello ejemplar de colono, tan alto, tan macizo, tan cariñoso y tan luchador. ¿Qué hubiera dicho mi padre si de pronto se hubiera levantado de la tumba y dado de manos a boca con el cuento de que su Jones, su querido y pequeño Jones andaba por rumbos desconocidos, metiéndose en toda clase de aventuras?

Al conjuro de la luna, mi imaginación hacía brotar trigales inmensos, vastos pastizales en el desierto. Las dunas que se movían como animales, llenas de sombras, semejaban reses despaciosas y caballos adormilados. A veces, cuando plateaban las arenas, me imaginaba que veía pasar el majestuoso río, camino del Sur.

—¡Dieu! —sonó una voz—. ¿Iremos a estar esperando hasta por la mañana?

El sargento hablaba roncamente. Se echó en el suelo, al lado mío, se apretó las rodillas con las manos y no dijo más.

—Opino —aventuré— que lo mejor sería dormir hasta que la luna se fuera.

Y de pronto me di a pensar en la locura que estábamos preparando. Realmente, mucho dudaba yo de que hubiéramos de salir con vida de aquel trance. Otra vez la nostalgia de mi tierra y de mi niñez.

—¿Cree usted que tendremos suerte? —pregunté.

El sargento me miró con su ojo desfigurado y, bajando la voz, dijo estas tremendas palabras:

—¿Sabe usted qué es tener suerte en la Legión? Morir. He ahí la suerte.

No contesté. Comprendí de pronto que aquel hombre estaba disgustado por algo o que la noche, el asedio, la proximidad de nuestra loca aventura y quizá otras cosas, precipitaban en él un pesimismo atroz. No parecía ser así antes, cuando saludaba militarmente al teniente y lloraba de emoción, como un niño.

—¿Y el cabo? —pregunté por rehuir un tema escabroso.

No contestó. De inmediato recordé aquellas palabras: “Dígale que su hijo ha muerto al servicio de la gloriosa bandera de Francia y que su último pensamiento ha sido para usted y su postrera voluntad que sea usted feliz y que su caída no empañe una felicidad a la que tenían derecho usted y ella”.

¿Qué misterio había en ese “usted y ella”? ¿Qué drama familiar oscuro y doloroso había separado al general Duhamy de su hijo, ese que ahora se llamaba, en la Legión, el cabo Duchesne?

Pensando en esas cosas, fui sintiendo sueño. Cuando el sargento me despertó bruscamente, había vivido una deliciosa aventura en París y en St. Louis. Era tarde. Las sombras gobernaban el desierto y se presentía el próximo ataque. Tres hombres esperábamos ese ataque con los nervios endurecidos.

Sonó al fin una descarga. El fortín de El-Kej-Abí pareció temblar de pavor bajo la ola terrible de los gritos.

II

Entre el sordo rumor del tropel, se entreabrió la pesada puerta. Casqueó la ametralladora, situada en ángulo hacia la izquierda, mientras nosotros le metíamos el pecho a la gran aventura. Fue un tiempo tan corto el transcurrido entre el silencio de la ametralladora, que indicaba, según instrucciones, nuestra oportunidad de movernos hacia la izquierda para dar tiempo a que la otra ametralladora barriese el lado opuesto, que sólo nuestra tensión y seguridad de morir en caso de perder la oportunidad, hizo posible que notásemos la pequeñísima tregua. Aunque estaba oscuro, yo adivinaba quiénes eran mis compañeros. De pronto nos viramos hacia el fortín y disparamos. Era la señal. La puerta se cerró pesadamente y los briosos caballos se estrellaron contra ella, mientras arriba reventaban los fogonazos.

“Bien se está portando Bill”, pensé. Y corrí por entre el tumulto y los albornoces, buscando a tientas una bestia.

Debió ser el cabo Duchesne aquel que me dio una palmada en la espalda, mientras yo trataba de subir a caballo, apoyándome en un moro muerto. De golpe sentí que se alejaba. Uno alto y sombrío se me acercó, haciendo caracolear su animal, con el rifle en alto.

—¡Siga! —roncó.

Poco a poco, la morisma iba retrocediendo, para cargar de nuevo. Unos alaridos horrendos subían hasta el oscuro cielo. Los tiros resonaban como cohetes. Puse frente al Norte. Sentía mi albornoz batiendo a la escasa brisa. A poco, el sargento me alcanzó y me pasó.

—¡No pierda mi dirección! —ordenó.

Allá atrás seguían tronando los tiros.

El amanecer del desierto es algo impresionante. Antes de que salga el sol, el cielo se hace blanco como la leche, lívido, mate. Aparecen después grandes manchas rojas, como si la sangre de todos los que han muerto allí, desde los días de Cartago hasta ahora, se mostrara allá arriba a los ojos de los desesperados caminantes.

Frente a nuestros caballos incansables, las arenas iban cobrando un color amarillento. No corríamos, volábamos. Debía faltar todavía una hora para la salida del sol; teníamos cerca de dos en la marcha, y todavía no habíamos cambiado una palabra. El sargento detuvo de pronto su cabalgadura y yo hice lo mismo. Él se levantó sobre los estribos y miró hacia el Sur.

—Nada —aseguró—. No se han dado cuenta. Hemos tenido una suerte loca.

—¿Y el cabo? —pregunté.

—Debe ir adelante. Nos precedió en casi un cuarto de hora.

—¿Sabía él el camino?

—Sí.

—¡Oh! Creo que nos hemos escapado de una grande —aventuré sonriendo.

—No tanto —explicó el sargento—. Hacia aquí —dijo señalando a su derecha—, están por lo menos dos oasis donde debe tener Ben-el-Sulij avanzadas de observación. Quizá tengamos todavía un disgusto.

Los animales resoplaban, sudados, y tascaban los frenos. El sargento acarició el cuello del suyo.

—Caballo de jefe —aseguró—. No había acabado de caer su dueño cuando yo lo monté. Tuve que empujarlo.

Sonrió, desfigurando la cara llena de cicatrices.

—¿Sospecha usted por dónde vendrá la columna?

—Sí. Debe estar ahora entre Sub-Atec y Lunert.

—¿Y si hubiera pasado ya hacia el fortín, por otra vía?

—No lo creo. Si ha ocurrido así, nos presentaremos en Aje-don, simplemente. ¡Vamos!

Una hora después, en el confín del horizonte, culminando una duna, vimos un jinete.

—¡El cabo! —grité.

Difícilmente podíamos darle alcance. Sólo nuestros ojos ansiosos podían alcanzar aquella figurita lejana, que se perdió de pronto en el declive de la duna. El desierto entero se mecía bajo el sol, como un mar inquieto. El sargento recorría con la vista, a trechos, todo el horizonte. Parecía inquieto, mientras montaba erguido, como si hubiera nacido sobre un caballo. El sol calentaba la llanura arenosa, y quemaba nuestros rostros. Infatigables, nuestros potros de pura raza parecían beberse las distancias.

—¡Allá! —gritó de pronto el sargento señalando con la mano una mancha confusa, que se perdía y reaparecía.

Apretamos los talones sobre las bestias. Vimos cuatro o cinco hombres, tan lejanos que no parecían sino sombras.

—¡Persiguen al cabo! —aseguró el sargento.

Corrimos más. Ya no era posible ir más de prisa. Oímos, debilitado por la distancia, un disparo y después otro y otro. Teníamos el corazón en la boca. ¿Nos habrían descubierto? El sargento enderezó hacia la mano diestra. Íbamos tan veloces como el propio viento. De pronto vi al cabo en un descenso. No lo perseguían. Nadie podía sospechar qué éramos ni en qué andábamos.

—¡El cabo está allá, sargento! —grité.

El sargento, que me llevaba alguna distancia, gritó en un francés horrible, de muelle marsellés:

—¡No se trata del cabo, es que están tratando de atraer la columna o la están paqueando! —ya era más grave el asunto. Si la columna estaba tan cerca, no veíamos cómo podíamos detenerla en medio del desierto, en lugar sin defensas posibles, y tener tiempo de enviar correos a Aj-e-don para que mandaran refuerzos. Si los moros vigilaban la columna, nada nos salvaría. Esa noche iba a ser fiesta para la gente de Ben-el-Sulij.

No veíamos al cabo, pero de pronto surgió el caballo sobre una eminencia arenosa. Estaba solo y se veía pequeño, erguido con el cielo claro del desierto por fondo.

—¡Han muerto al cabo! —exclamé.

Sin decir palabra, el sargento torció y siguió marcha. Nos acercábamos a todo correr. Ya veíamos distintamente la montura, ya iba cobrando su tamaño natural. Necesitábamos andar mucho todavía para alcanzarla. Corríamos, corríamos. La mañana del desierto nos vendía a cualquier avanzadilla mora. De pronto vimos al cabo rodar por la ligera pendiente.

—¡Cabo Duchesne! —tronó el sargento.

Nos tiramos al suelo. Allí estaba el cabo, con la faz contraída de dolor, la mano sobre el pecho, lívido. Cerca estaba el caballo, como esperando a su jinete.

Con la cabeza del compañero entre sus piernas, el sargento empezó a machacar no sé qué raras palabras.

—Herido —dijo alzando los ojos.

Se puso en pie. Veíamos sobre nuestras cabezas el cielo claro y teníamos por delante todavía lo peor de nuestro deber. Poco a poco, el cabo abrió los ojos.

—No es nada —musitó—. Estoy herido desde anoche. Sigan.

El sargento me hizo una señal. Entre los dos lo cogimos y nos fuimos moviendo penosamente por la arena con aquel cuerpo a plomo. El sargento pidió que le permitiera llevarlo. No puedo explicar cómo resistió aquel caballo la carga, después de una caminata tan larga. Así, a paso moderado, fuimos caminando mientras ojeábamos la distancia. El herido se quejaba de vez en cuando y suplicaba que le dejáramos morir en el desierto. Realmente impresionados, el sargento y yo nos veíamos y en esa mirada había un pacto de caballeros: moriríamos los tres o salvaríamos al cabo.

Pero también era nuestro deber salvar a la columna. Caminábamos entristecidos, tratando de ganar tiempo y de no malograr al herido, cuando nos sorprendió de súbito el aullido horrendo de la morisma. Dejamos, rápidamente la hondonada y arriba vimos el tropel de moros feroces avanzar a todo el galope de sus caballos. Allá lejos, una docena de legionarios se echaban en tierra, buscando defensas imposibles.

—¡Avanzada de la columna! —gritó el sargento—. ¡Estamos perdidos!

Entonces el cabo levantó un poco la cabeza. Parecía un moribundo.

—Cumplid con vuestro deber —dijo—. Id al lado de los nuestros. Yo trataré de llegar hasta el grueso de la columna.

Del arenal salían olas y olas de moros. Aullaban de alegría y de salvaje ira.

—Nos juntaremos con los nuestros todos —afirmó el sargento—. Usted sabe todo, cabo. Valdrá más morir entre franceses que morir solos en el desierto.

Y antes de que los atacantes lograran cerrar el asedio que iban tratando de realizar, corriendo en medios arcos gigantescos, nos deshicimos de nuestros albornoces y corrimos a todo galope. Sorprendidos, los hombres de la Legión cesaron de disparar.

—¡Vive la France! —tronó el sargento desde encima de su caballo.

Una bala mora, certera, le desplomó el animal entre las piernas, al tiempo que pisábamos el terreno defendido por nuestros compañeros.

***

Nunca podré explicarme claramente qué pasó allí, ni sabré decir jamás por qué estaban en tal sitio quince o veinte legionarios, ni cómo caímos nosotros entre ellos ni cómo nos salvamos. Desde luego, esto sí lo sé: nos salvó la Legión. Pero ¿cómo llegó el cabo Duchesne, o Duhamy, o como se llamara, hasta el grueso de la columna? ¿Qué estrella le acompañó y qué protección divina lo hizo pasar por entre los moros desapercibido? ¿Cuándo se fue, herido malamente como estaba? Lo ignoro. Entre mis recuerdos de aquel día, la bruma llena gran parte y el delirio en que me postró aquel balazo en la cara sólo me conduce al instante en que oía gritar al sargento, como un endemoniado:

—¡Couchons! ¡Hijos de…!

Veo, como si estuviera sucediendo ahora, al soldado de ametralladora, sonreído, con un brillo diabólico en los ojos, repasando moros con su arma mortífera. Recuerdo el ensordecedor y acongojante griterío, los caballos cayendo entre el polvo y el estrépito, la sangre, embarrando de rojo aquel cuadro fantástico del desierto.

Y no puedo decir nada más. Gritaba el sargento, se llevó una mano al hombro izquierdo, frenético, como loco; sentí el rostro quemado, se me huyó el horizonte y una luz azul vivísima me cegó. Al caer, me parecía ir por una sima interminable.

Muchos días después, cuando pregunté por el sargento, me contestaron algo así como:

—¡Oh! ¡Une brave! ¡Une brave!

Y no entendía nada, porque recordé aquella tarde, cuando en el fortín desamparado, en la inmensidad del desierto, frente al horrible pensamiento de una muerte segura, aquel hombre rudo, feo, vulgar, se había erguido como un héroe y lloraba lágrimas candentes, mientras el cabo Duchesne saludaba militarmente el pabellón tricolor.

Oí una voz:

—No importa, Giacomo. Siempre pasa algo, algo siempre. Lo digo yo, Giacomo.

—Ma non para il caporal, Bill —respondió la voz chillona del italiano. Y como yo estaba débil, y me sentía solo y triste, huérfano de afectos, sentí deseos de saludar la muerte del sargento con una lágrima que me iba brotando del corazón. Y para que no lo notaran los compañeros, me tapé el rostro con la sábana.

En el patio clamaba la corneta, heroica, vibrante.

Lo que voy a contar ahora no lo supe entonces, sino dos años más tarde, en París. Tardé todo ese tiempo para lograr hilvanar la historia cuya tragedia central tuve oportunidad de entrever en el fortín del desierto, una noche lóbrega.

Albert Luis Duhamy era hijo único. El general Duhamy era un simple oficial del ejército colonial cuando empezó su romance con la madre de Albert Luis, romance que interrumpió la guerra de Indochina y que no tuvo culminación sino diez años después, cuando el oficial volvió a la vieja mansión que la familia tenía en los Pirineos franceses. Apasionada y débil de constitución, como sería su hijo, Blanca Bearveauis (y otros apellidos que no recuerdo) esperó a su prometido sin salir un día de sus habitaciones. El matrimonio se hizo a la manera de los días del Imperio, con toda pompa y celebración popular. Blanca vivió escasamente diez meses: murió al dar a luz a Albert Luis.

Para criar el vástago se llevó una nodriza, una joven de familia distinguida venida a menos, cuyo esposo estaba enfermo. Tanto quiso y tan bien trató a Albert Luis, que lo tuvo a su cuidado hasta los ocho años, cuando ella murió, dejando una nena de año y medio. El desconsuelo de Albert Luis fue inenarrable. Lo mismo que su madre, él era apasionado y débil. Para compensar en algo el afecto que la joven nodriza había tenido para su hijo, el coronel Duhamy decidió encargarse de la crianza de la hija. Así, los dos muchachos fueron creciendo, ella protegida por él, él sintiendo desde niño que aquel ser gracioso, inquieto, que hablaba con ceceos y con palabras cortadas, necesitaba de su cuidado y de su afecto.

Tendría cinco años la niña cuando el coronel pasó a París, a un puesto en el Estado Mayor. Se llevó a su hijo y a Jeanette. Albert Luis empezó sus estudios en un liceo juvenil y, ya jovencito de bigote naciente, se inclinó a estudiar Derecho.

Inconsciente de la belleza que iba despertando en Jeanette, él la seguía tratando como a una hermanita, y así hubiera continuado, de no estallar entonces la guerra europea, en la que se fue a defender su patria antes de que el padre le reclamara siquiera la necesidad de que procediera como un Duhamy de sangre.

Herido dos veces, pidió que no lo mandaran a París, sino que lo trataran en los hospitales de las segundas líneas. Fue citado en tres ocasiones en la orden del día y se pidió su ascenso a cabo. Año y medio tendría de campaña cuando se le notificó que podía tomar una licencia de quince días. Y fue a París.

Cuando tocó en su casa, sin anunciar que iba, y le abrió la puerta una vieja criada ya medio ciega, sintió de pronto que renacía en él el niño de la montaña pirenaica, que extraños efluvios le sacudían y que la vida lo solicitaba de nuevo, con sus encantos y con sus dolores. Entró. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no podía andar como antes, de que no era el hombre aturdido de la trinchera, de que había algo más que el sentimiento del deber y el de la patria en la vida: tenía a su frente una sonrisa maravillosa de mujer, unos ojos negros vivaces, fulgentes y asombrados. De pronto aquel rostro encantador se abrió en una mueca de indecisión y oyó una voz dulce, aguda, única, que contenía todas las músicas celestiales, gritar con indecible entusiasmo:

—¡Albert Luis, mi vida!

Y al estrecharla, al sentir aquel cuerpo perfecto entre sus brazos, y su perfume discreto y gentil, y su cabello color de cobre, y su frente, y todas esas cosas que notó en un segundo, comprendió que Jeanette había dejado de ser su hermana para ser otra cosa: la mujer amada.

Y sintió vergüenza de sí mismo, pero al mismo tiempo, la grandeza del amor. Mientras duró la licencia, fue feliz. Pasearon por París, uno del brazo del otro, y los transeúntes se volvían regocijados para verles, comentando entre sonrisas pícaras. Iban y venían, entraban en los cafés, en los cines; paseaban por los bulevares. Un día él la vio enrojecer porque una mujer de barrio, entusiasmada, gritó a su vera:

—¡Bello soldado! ¡Dios lo proteja para que vea la paz!

Pero jamás se dijeron nada. Se temían. Había entre ellos el temor que impone el prejuicio. Ella consideraba que debía quererlo como un hermano, él también. De noche, Albert Luis no dormía. “Mañana se lo diré”, pensaba. Pero al otro día no se sentía con fuerzas suficientes para hablar. ¡Ah! ¡Si se hubiera tratado de un nido de ametralladoras! No podía. Era más fácil un asalto a media noche que mirar a los ojos de Jeanette y decir:

—Te amo, Jeanette.

Tenía miedo de lo que ella pensara; tenía miedo de que ella no viera en él otra cosa que un hermano. Y con ese miedo le sorprendió la hora de partir. Al ir a las trincheras, no tenía igual valor que la vez anterior. Escribía, escribía, semanalmente, a veces hasta dos veces en una semana. Herido de nuevo, en una pierna, lo calló para no hacerla sufrir. Sus cartas eran tiernas, pero fraternales. Tenía miedo de que aquella boca se frunciera de asombro si él le confesaba su sentimiento, de que aquellos ojos no le vieran más.

Pidió licencia otra vez, un año más tarde, y le fue negada. No pensaba en otra cosa que en el fin de la guerra. ¡La guerra! ¿Por qué aquella maldición inacabable? ¿Por qué tenían los hombres que matarse como perros, si atrás estaba el amor, esencia de la vida? ¿Por qué había de estar él herido en trincheras llenas de lodo, disparando, si en París estaba Jeanette, con sus ojos negros adorables, con su sonrisa maravillosa?

Vino la marcha hacia el Este. Cañones, soldados, tanques, aviones. Era interminable aquello. Día y noche, noche y día, los caminos crujían al peso de tantos y de tantos hierros. Marchas, marchas y marchas. No se descansaba. Los alemanes perdían terreno, después de la segunda batalla del Marne, y entre la locura del avance, entre el embrutecimiento de tres años de guerra, el soldado no pensaba en otra cosa, ni podía pensar: de noche, cuando caía rendido en un jergón, tras un asalto corto y mortífero, tras un bombardeo crudelísimo, solía soñar. Y quizá cuando el ya sargento Albert Luis Duhamy, molido, barbudo, sucio, amargado, empezaba a soñar con unos ojos negros, con un cabello dorado, estallaba cerca el obús o sonaba la voz del oficial:

—¡Alors, garçons!

Y la guerra, ¡la guerra! Ya era imposible que aquello durara. Supo un día, por una carta y por unos periódicos enviados por el padre y por Jeanette, que el coronel Duhamy había sido promovido a un cargo de mayor cuidado y que le habían encargado de una misión militar en el departamento colonial. Se alegró, pero compadeció a su padre, que había nacido entre soldados, había vivido entre campañas y no había conocido otro amor que el santo de la muerta. En la vida del coronel Blanca de Bearveauis sería como una sombra iluminada, llena de candor, de dulzura.

Al final de la carta, su padre le decía: “Es posible que cuando vengas te demos Jeanette y yo una sorpresa. Todavía no puedo asegurarte nada; pero sé que te agradará lo que sea y que probablemente te hará feliz, por el amor que profesas a Jeanette y a tu padre”.

La carta de Jeanette terminaba así: “Quiero que la guerra termine para darte una noticia que no sé cómo te caerá. Es algo que necesito de ti, de tu aprobación, de tu calor fraternal”.

Pensando y pensando, apenas pudo esa noche dormir. Creyó entrever en aquellas líneas una velada alusión a que el padre sabía o suponía algo, a que pensaría en darle la sorpresa de entregarle la mano de Jeanette. Fue feliz con sólo imaginárselo. “Ella se lo ha dicho” —pensaba.

Y la guerra no duró mucho. La comida americana, las municiones americanas, los cañones americanos; todo lo que la gente del otro mundo llevó, en millares y millares de piezas, en millones y millones de frascos de medicinas, de ropas, de dineros: todo eso aplastó el germano como si se hubiera tratado de una ofensiva formidable, hecha con inagotables reservas de soldados y de cañones.

Un día alguien gritó en la trinchera: “¡Paz! ¡Paz! ¡Hay armisticio!”. Y la tropa enloqueció de alegría, saltó, se tiró afuera, tiró los fusiles. Roncos, frenéticos, borrachos de emoción, los soldados empezaron a cantar himnos, canciones inmorales, y algunos daban aullidos feroces, clamando por sus hijos, por sus padres, como si no les hubieran de ver más, como si no hubieran vivido aquella horrible pesadilla de la guerra y logrado salvarse para ver a los seres queridos. “¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!”.

Y vinieron entonces los días más duros, los más largos, los más dolorosos, los inacabables: los días de la desmovilización. Cada quien creía que jamás retornaría. Los hombres del campo, los que habían abandonado sus siembras y sus casitas pequeñas y bien puestas para acudir a la defensa de la patria y de la democracia, lloraban como niños cuando pasaban cerca de una huerta o de una hortaliza, de las pocas que se conservaban a retaguardia. Era el círculo más doliente de todo aquel infierno sobredantesco. Al cabo de la hecatombe de cuatro años, los que sobrevivían lloraban porque no creían lo que sus ojos veían, y la espera final les parecía más larga que los días de sangre.

Así, cuando al cabo de dos semanas de espera en cuarteles, de cambio de trenes, de estaciones para conseguir documentos, de detenciones, el sargento Albert Luis Duhamy, condecorado con la Cruz del Mérito y mencionado tres veces en las órdenes del día, llegaba a París, enjuto y duro, anegrado, con los ojos brillantes y metálicos, creyó, al entrar el tren en los suburbios, que tenía que atravesar otra vez un camino tan largo como el de los cuatro años que habían transcurrido. Banderas, músicas, vivas. El pueblo alcanzaba a los vencedores que retornaban. Albert Luis miraba con ojos ansiosos. ¡París! ¡París!

En la estación le esperaban su padre y Jeanette. No supo qué hizo. Se lanzó como un loco entre la bandada de la gente, de la tropa, abrazó a la muchacha, hasta hacerla gritar, y se volvió después al padre, que le estrechó emocionado, mientras parte del público rompía en atronadores aplausos, señalando la condecoración del soldado.

Fue camino de su casa, en el taxi, cuando preguntó por la sorpresa.

—Te la diré en casa —respondió el coronel, paternal y benévolo.

En la casa, tras el baño, el cambio de ropas, que no le sentaban bien y con las cuales no se sentía a gusto, tras la cena opípara, la charla y el rápido contar de algunos episodios, vino la confidencia.

El coronel llevó a su hijo a su despacho, le miró gravemente, mientras él sonreía a Jeanette, que mostraba su rostro gracioso por la puerta, en el fondo del pasillo.

—Hijo mío —resonó la voz paternal—, tengo que confiarte un secreto sagrado. Pon parte de tu afecto, serenidad y buen juicio antes de juzgar lo que te voy a decir.

Albert Luis se asustó. Presintió algo trágico, tremendo, inexplicable. Y oyó decir a su padre:

—Quiero casarme con Jeanette.

El hijo quiso hablar y no pudo. Se sujetó de pronto a una mesa, miró fijamente al padre, se mordió los labios y sonrió.

—¿Te quiere ella? —preguntó.

—Creo que sí, pero no puedo asegurarlo.

Albert Luis se volvió, haciendo que veía un cuadro, se pasó la manga de la americana por los ojos y dio el rostro reído a su padre.

—Muy bien, papá —dijo.

Y le tendió su dura mano de soldado, de héroe de la patria, que ardía esa noche, como una llama inextinguible.

Albert Luis creyó que se moría. Las luces, los muebles, los cuadros: todas las cosas giraban vertiginosamente a su alrededor. Entonces se sorprendió oyéndose a sí mismo decir:

—Yo también tengo algo parecido que comunicarte, papá.

El viejo militar reía complacido. Estaba orgulloso de su hijo y de su amor.

—¿Estás enamorado?

—Sí —respondió—; pero tendrás que perdonarme que no te diga de quién. Lo sabrás dentro de una semana.

Se sentó. El padre lo miró pícaramente.

—Estoy cansado, papá —dijo.

Afuera tronaba París; tronaba de taxis, de autobuses, de tranvías; tronaba de gritos y de músicas. Padre e hijo se miraban adentro. De pronto Albert Luis se puso en pie y en voz melosa empezó a decir:

—Papá, tengo un hambre loca de divertirme. Voy a salir. Hace cuatro años que no veo París del todo; hace cuatro años que no he hecho otra cosa que matar y evitar que me mataran.

—¡Por la patria! —casi gritó el viejo soldado.

—Por la patria, sí; pero ahora es justo que la patria me dé un poco de aturdimiento.

—Vete hijo. Pero espera; quiero que nada te falte. Aguárdame un momento.

Cuando el padre salió, Albert Luis se metió la cabeza entre las manos y sintió que se le estaba despedazando el corazón.

—¡Ella! ¡Ella! —murmuraba—. ¡Jeanette, mi Jeanette!

Nunca, en cuatro años de horror, de trincheras, de muerte cruel, había sufrido tanto. De haber sido menos fuerte, hubiera llorado lágrimas de sangre.

Oyó pasos e irguió la frente. El padre sonreía.

—Dos billetes de a mil. ¡Gástalo todo, hijo, que más merece quien ha dado su juventud a la patria!

Albert le abrazó y se tiró a la calle. Anduvo como sonámbulo, hasta que encontró un antiguo compañero de armas. Estaban en Batillerie. La gente iba y venía, jubilosa.

—¿Cuánto tiempo hace que no tomas buen vino, Henri? —preguntó Albert Luis.

El otro conservaba su uniforme gris. Sonó los labios.

—¡Oh! ¿Buen vino? He perdido la memoria, camarada.

Rieron ambos. Henri era panadero, un pobre muchacho, un buen compañero, tímido, discreto, con cierto aire infantil que lo hacía amable.

—Buscaremos una taberna, Henri, bien escondida. ¡Tengo unas ganas locas de emborracharme!

—Como en Soissons, ¿recuerdas? ¡Ah, la petite Annie!

Y recordaron. En Soissons, mejor dicho, en los suburbios de Soissons, su escuadra fue destinada a un puesto de avanzada, dentro de los límites urbanos. Lograron entrar en un granero, a cubierto de la artillería, que iba derribando casa por casa la castigada región. En una lucha horrible, a pura bayoneta, peleando hombre a hombre, los boches tuvieron que dejarles el sitio a los suavos. Acababan de instalarse cuando notaron ruido en un rincón. Uno de los soldados se lanzó con la bayoneta calada.

—¡Hey! —gritó una voz femenina.

Y cuando salió del heno aquella figurita graciosa, esbelta, pálida de terror, todos se sintieron conmovidos.

—Estaban aquí desde por la mañana —explicó—; y yo no he comido por temor a que me vieran. ¡Nunca hubiera consentido en que me besara una bestia de aquellas!

Ellos trataron de consolarla.

—¡No! ¡Sí ya estoy bien! Ahora los voy a besar a todos, para que vean cómo los quiero.

Los soldados reían a más no poder. Al cabo, un romance delicioso se estableció entre el sargento Duhamy y Annie “la del granero”, como le llamaron siempre. Pero aquel romance terminó un día: había que seguir, que seguir, que seguir. De vuelta, tiempo después, el sargento y Henri preguntaron por Annie.

—Me la llevaré a París —aseguraba Albert Luis.

Y por las explicaciones que les dieron, sacaron en limpio que la muchacha se había ido con un oficial de enlace, hacia la retaguardia.

Ellos rieron. Era la guerra.

—Oh, Henri. ¡Cómo se aprovechaban los emboscados de su tiempo!

Y para celebrar la birlada que les diera el emboscado, gastaron las economías bebiendo un vino horrible, hasta que, ya borrachos, sintieron el roncar de un avión que iba desgranando bombas arriba. Cuando se levantaron, apenas quedaban dos paredes en pie.

—No me acostumbro —explicó Henri—. Oigo un autobús y miro temeroso hacia arriba. Ayer estaban maniobrando los aviones. Todavía me asustan. Todos los días me asombro de despertar en una cama, aquí en este París.

—Aquí —dijo Albert Luis señalando una puerta.

Entraron. El humo, los chistes gruesos de las mujeres descaradas que bebían aguardiente; la música de una vieja pianola: todo indicaba que aquello era de lo peor. Pero los dos veteranos no querían otra cosa. Y entre humo, mujerzuelas y vino, pasaron dos horas, tres horas, enloqueciéndose y gritando. Al fin salieron. Iban cantando a plena voz coplas indecentes de trincheras, abrazados, contentos como niños.

Albert Luis despertó en una habitación oscura, con una mujer al lado. Al pie de la cama roncaba Henri. Duhamy se levantó, asqueado, dio un puntapié a su compañero y le gritó:

—¡A las armas!

El otro se incorporó asustado. Salieron. El sol de invierno se insinuaba sobre los tejados de la vieja ciudad. Desayunaron en un restaurant de mala muerte. Después Henri tuvo que irse y Albert Luis se quedó solo y con su martirio. Al fin pensó súbitamente.

—¡La Legión!

Y sin esperar a meditarlo, tomó un taxi y dio la dirección de la Rue Dominique. Un hombrecito de ojo zahorí, calvo, le preguntaba:

—¿Qué dirección quiere?

—Luis Duchesne.

—¿Desea conservar su incógnita?

—Desde luego. Que nadie sepa quién se ha inscrito aquí.

—¿Instrucción militar?

—Sargento, cuatro años de campaña en el frente central.

El hombrecito sonrió satisfecho.

Otros reclutas esperaban turno. A Albert Luis le dieron unos papeles y le rogaron que volviera en la tarde. Hizo hora, entreteniéndose por los bulevares. Cuando retornó le hicieron entrar en una habitación llena de aparatos de observación. Un médico silencioso, viejo ya, le hizo un examen completo, desde los pies hasta la cabeza. Media hora más tarde tenía la enhorabuena del hombrecito calvo. Sonreía mucho.

—Tendrá que servir como recluta siete meses, a pesar de su instrucción militar. Será enviado a Indochina.

—Hubiera preferido África —lamentó él.

Pero no fue ni a Indochina ni a África, sino a Siria. Un año estuvo allí, en campos de entrenamiento y en servicio de patrullaje por el desierto. Un año sin la menor aventura, sin la menor noticia del mundo, ignorando la suerte de Jeanette y de su padre, la suerte de Francia y de sus amigos.

Al atardecer, cuando el sol del desierto descendía como una bola de fuego inmensa, y el arenal empezaba a despedir ese calor de llamarada que quemaba la piel, el recluta Duchesne, silencioso y retraído recordaba el pelo bronceado de Jeanette, su perfume, su risa, sus ojos maravillosos.

—¡Diez años! —se decía—. Cuando retorne, si vivo para entonces, ella me habrá olvidado del todo, tendrá hijos, que serán mis hermanos; mi padre estará blanco de canas y vivirá feliz, como un viejo de cuentos.

Un dolor inexplicable le iba llenando el pecho. Le fastidiaba el calor, le fastidiaba la inacción, le cansaba la vida muerta de la Legión. Pero un día por fin fue llamado con otros compañeros y se le ordenó que se preparara a salir. Estaba destinado a África. Dos compañías enteras pasaban a la tierra bravía de Algeria. Hasta su retiro del desierto asiático, llegaban noticias de la rebelión mora, que se recrudecía cada año, como planta que crece invariablemente en primavera, no importa que la corten.

El primer acto heroico del soldado Duchesne, el que le conquistó la admiración de “les enfants terribles” de la tropa colonial, fue el siguiente: una columna abastecedora se dirigía hacia las faldas de Atlas. Llevaba municiones, medicinas y comida. Fue asaltada inesperadamente, sin paqueo previo, por unos doscientos moros de a caballo. El soldado Duchesne estaba todavía sin foguear. De manera que no hubo indisciplina, según alegó el oficial, sino entusiasmo de combatiente o desorbitación del sistema nervioso, cuando, lanzándose con ímpetu salvaje sobre un montón de moros, aquel soldado silencioso arrebató un alfange a un enemigo y se encontró a caballo entre los propios atacantes, combatiendo como una fiera. Nada hubiera podido sorprender más al moro que la agresividad de aquel legionario, y nada podía entusiasmar más a los compañeros que el valor inconcebible de aquel hombre. El lema de la Legión era “ir todos a donde vaya uno”. De manera que los legionarios cumplieron su deber cuando se lanzaron, aullando como perros rabiosos, sobre los moros asombrados. Y el rápido ataque, el inesperado sistema de combate, asustó a la morisma, que volvió grupas. Los demás imitaron a los primeros en huir. La certera puntería de la Legión fue sembrando el lugar de cadáveres. Nunca recordaba un oficial un ataque tan velozmente deshecho ni con tan pocas bajas. De manera que estaba realmente entusiasmado cuando pidió una mención especial para el raso Duchesne y, a ser posible, un ascenso.

El ascenso tardó mucho en llegar. Lo concedieron después de varias acciones, entre las cuales la más destacada fue la de evacuar una comisión secreta que suponía un gran riesgo. Yo estaba ya en la Legión y recuerdo el caso:

Se hablaba de una próxima revuelta. Teníamos más de tres meses de calma y la Legión empezaba a desesperar. El legionario no estima la paz, entre otras cosas, porque no hay oportunidad para el pillaje ni para el ascenso. El ascenso significa mejor sueldo y hasta posibilidad de pasar a distintos cuerpos del gran ejército colonial. Estábamos así, maldiciendo de la paz, cuando llegaron los rumores. Un día fueron llamados varios soldados, de los más destacados por su valor y discreción. A Duchesne se le confió un encargo que consistía en recorrer determinada parte del territorio vestido de moro, con objeto de conseguir informes que parecían muy importantes para el Estado Mayor. Y Duchesne se fue; estuvo un mes afuera, sin que se tuvieran noticias suyas, al mes retornó, no con los secretos, sino con un prisionero que era nada menos que Rain-Bej-í, ¡Rain-Bej-í! ¡Ningún legionario lo hubiera sospechado nunca! Rain-Bej-í era francés.

Durante cerca de tres años, Rain-Bej-í estuvo dándoles que hacer a las autoridades coloniales. Comandaba una partida que operaba con una velocidad y un acierto asombrosos. No tendría arriba de cincuenta moros, eso sí, aguerridos todos y todos bien montados; y, perseguido hoy en un punto, atacaba mañana por sorpresa cuarenta millas distante. Jamás se pudo saber dónde se escondía ni cómo se las arreglaba para mantener intacta su partida. Todo eso lo averiguó y lo arregló el soldado Duchesne. Según se nos explicó después, ocurrió así:

Predicando la guerra santa contra el invasor, un árabe desconocido fue recorriendo kábilas, zocos, oasis, sin que nadie supiera de dónde venía ni a dónde iba. Un día aquel árabe fue invitado a ver a Rain-Bej-í. No quería él otra cosa. Durante cerca de veinticinco días obtuvo informes, noticias que iba recogiendo con celo y guardando en notas que escribía de noche y que escondía entre la ropa.

Para ver a Rain-Bej-í tuvo que viajar día y medio, con sólo un compañero, eludiendo las rutas frecuentadas. Llegó de noche a la falda de la cordillera, se le hizo subir cerca de cuatro horas por vericuetos y barrancos. Iba sereno. Sabía que al menor descuido, si sospechaban su superchería, le darían una muerte cruel. Pero ¿qué otra cosa mejor, que morir en la oscuridad de la montaña, podía esperar un hombre que había recibido de manos de su propio padre el golpe que había recibido él?

Mientras caminaba veía las estrellas arriba, titilando y enviando su luz al lóbrego desierto. Ascendía y pensaba. Una tristeza enorme iba descendiendo desde las estrellas y adueñándose del bravío mundo que le rodeaba. Silencioso, el moro caminaba a su lado, infatigable. Sería media noche cuando el moro señaló el fondo de un barranco y dijo:

—De aquí sigue solo. Allá abajo le espera una persona que lo conducirá a la tienda de Rain-Bej-í.

Duchesne miró fijamente al moro.

—Saben quien soy —pensó—; me matarán sin remedio. He caído tontamente en una emboscada.

De inmediato recordó los informes que tenía y que debía entregar. Si moría en tal momento, el Estado Mayor carecería de noticias preciosas, que podían evitar muchas desgracias. Pero decidió afrontar el peligro y descendió lentamente, procurando no desbarrancarse por aquella senda infernal. Allá abajo, nadie. Sintió el ruido que hace el caballo al patear en la roca. Debía haber gente. Anduvo. La noche cerrada no le dejaba ver. Llevó la mano al puñal. La sombra se le acercó y dijo algo. Echó a andar. La sombra levantó de pronto una cortina y mostró la entrada de una cueva. Una lucecita parpadeaba en el fondo. Nadie. Se volvió intrigado. Entonces oyó que la sombra, inclinada, decía:

—Sed bienvenido a la casa de Rain-Bej-í.

—¿Y el huésped? —preguntó.

El moro, alto, mostrando unos dientes blanquísimos a la débil luz, respondió lentamente.

—¡Oh viajero del desierto, que predicas la guerra santa y no la practicas! Rain-Bej-í es quien tiene el honor de hablarte.

Como picado por un animal, Duchesne se volvió impresionado. Él conocía esa voz. Él había oído esa voz en algún sitio. Recordó de súbito un día, en los primeros de la guerra: un mocetón de la Picardía había dicho: “Yo peleo por la libertad de Francia y también pelearía contra Francia por la libertad de otros pueblos”. Sintió que le abandonaba su serenidad. Habló sin embargo:

—Nunca creí alcanzar la honra de hablar con Rain-Bej-í, el caudillo invencible, que ha heredado de Mahoma la fe y la sabiduría —dijo.

Pero siguió recordando al mocetón de la Picardía, y evocó el disgusto que tuviera un día con un sargento, y como supo más tarde que el sargento había sido muerto y el matador había desertado. Por eso, cuando el moro tornó a hablar, él preguntó, intrigado:

—¿Puede saberse por qué el magnánimo Rain-Bej-í vive tan solo y tan apartado de sus valientes soldados?

—Porque Rain-Bej-í conoce mucho al francés y sabe de qué son capaces, y sabe también que el dinero de los blancos corrompe todas las almas.

—Allah es grande y él da sabiduría a sus elegidos —respondió Duchesne.

El otro sonrió con malicia.

—Sí —dijo con una sonrisa cortante—. Allah me ha dado tanta sabiduría, que conozco a los impostores y sé traerlos a mi guarida.

Duchesne sintió el frío de la muerte helarle la espalda. Pero habló con voz metálica.

—También yo conozco a los impostores, gracias a la sabiduría de Allah, y sobre todo a los que olvidando sus deberes combaten contra la bandera que cobijó su infancia.

Rain-Bej-í tuvo un brillo relampagueante en los ojos. Se levantó sereno. De pronto dijo en francés:

—Lo siento; pero me has descubierto y vas a morir.

Duchesne se puso en pie:

—Yo también lo siento; pero me has descubierto y vas a morir.

Como dos leones que se miden en el desierto, aquellos hombres se miraron y se estudiaron.

De pronto habló Duchesne:

—En nombre de Francia, yo te prometo garantía de tu vida al precio de la mía. ¡No mates hijos de madres francesas para encubrir tu crimen! Francia olvidará ese crimen si sabes ser francés, y todavía es tiempo. ¡No mancilles la gloria de tu patria!

Sonreído, el otro le dejaba hablar. De pronto se sentó y dijo:

—Te mandé buscar, porque sabía quién eras. Estoy cansado. Hace más de un mes que sueño con mis hijos. El recuerdo de los míos me atormenta.

Con las sombras de la noche, dos hombres abandonaron la sombría montaña y tomaron la ruta de la costa.

***

Debido a todas esas hazañas, a su simpatía personal y a la distinción que emergía de todo su ser, de todos sus actos, el cabo Duchesne tenía el afecto de toda la Legión. Un viejo soldado maldiciente, a quien le decíamos El Húngaro, que parecía un oso por la torpeza de sus movimientos, aseguraba sacarle un diente al primero que dijera algo desagradable de su admirado compañero. “El Húngaro”, que no bebía pero que actuaba siempre como quien está borracho, erizaba un copioso bigote gris que parecía de estopa más que de pelo, y ponía ojos paternales al hablar del cabo.

Cuando llegó al fortín la noticia de que se le había concedido a Duchesne la Gran Cruz del Mérito Militar y cuando el oficial, con voz turbia de emoción, aseguraba que era gloria de toda la Legión el hecho de que se le concediera tal condecoración a uno de los suyos, y cuando afirmó, lleno de orgullo, que desde los días trágicos de la guerra europea, ningún hombre había obtenido honor tan alto, los “enfants terribles” del desierto rompieron en gritos y en ¡vivas! atronadores y el mastodóntico Bill quería ahorcar a Giacomo que, con la lengua afuera y los ojos saltones, pedía misericordia “per la madonna” y echaba pestes contra el brutal americano.

¡Qué día aquel! Todavía sentido de mi herida, yo asistí, alegre y un poco emocionado, a la cálida demostración de cariño que quisieron darle los legionarios a su cabo. Cada uno llevó un regalo; la mayor parte consistió en cigarrillos, y como la ración era bien corta, ninguno estaba en condiciones de dar más de uno, legionarios hubo que concurrieron al obsequio colectivo con un fósforo; y quien, con un vaso roto, quien con un par de medias usadas. Era regocijante aquello, porque se había establecido como obligatorio que cada uno pronunciara un discurso y que se preparara una velada para la noche. El cabo hizo esfuerzos por no aceptar el homenaje, hasta llegó a encolerizarse. Yo le veía triste, alejado, y le compadecía, porque yo sabía que algo muy doloroso estaba clamando entonces en el fondo de su corazón. ¿No eran suyas las palabras de la noche horrible: “y que tengan la felicidad a que son acreedores ella y él”?

Pero el cabo tuvo que aceptar. Bill se plantó el primero frente al homenajeado, se llevó una mano al pecho, escupió, se volvió con ojos de becerro y enseguida se puso furioso.

—¡Perro sarnoso! —bramó dirigiéndose a Giacomo—. ¿Por qué no me dices cómo empieza el discurso? ¿No ves que lo he olvidado?

El concurso rompió en carcajadas atronadoras. El propio cabo tuvo que sonreír. Giacomo, chiquito y cabezón como era, con aquellos ojos negrísimos y vivaces, empujó al americano y se plantó en su lugar. Inmediatamente empezó a gesticular como una diva de ópera.

—¡Caporale glorioso de la invicta Legione! —empezó.

Pero ahí terminó el discurso, porque El Húngaro bramó como una fiera:

—¿Cómo te atreves a decirle esa palabra al cabo?

A seguidas erizó los bigotes, sopló como un oso, cogió al italiano por la cintura y lo tiró contra un rincón. Empujándose y gritando de júbilo, todos los muchachos iban cumpliendo su parte. Cuando terminó el acto, había a los pies de Duchesne un montón de cigarrillos.

En la noche por poco no matan a Bill, porque alguien descubrió que el cabo no fumaba y que él había usufructuado la mejor parte del obsequio. Fue entonces cuando los muchachos comprendieron por qué tenía Bill tanto empeño en que el regalo consistiera en tabaco.

***

Para el acto solemne de la condecoración se escogió el fortín de Aj-e-dón, no sólo porque estaba en una región que siempre había sido rebelde, sino además porque era amplio y era el más cercano al lugar de la acción por la cual se honraba al cabo.

Recuerdo el acto como ahora. Y lo recuerdo porque yo también, y perdóneseme esta mención que tenía pensado ocultar, fui distinguido con una cinta azul y roja y porque yo estuve toda la mañana al lado de Duchesne, bajo aquel endemoniado sol africano y porque, en fin, aquel es uno de los días más intensos de mi vida. Ahora diré por qué.

En toda la Legión se hablaba de que venían funcionarios y militares de Francia a imponer las distinciones. Se aprovechaba el día, 14 de julio, nada menos, para premiar a todos los anónimos héroes de la patria de la libertad. Nos tuvieron una semana entera repasando ejercicios, revisando rifles, arreglando ropa. El sol del desierto fulgía implacable. Nos asábamos. En todos los ámbitos del fortín, rumoraban las voces de los legionarios que hacían chistes o decían maldiciones.

El día grande, el día esperado, llegó al fin. Nunca floreó tan airosa la bandera francesa, como aquella mañana roja, cuando, entre el sangriento amanecer africano, sus tres colores heroicos y armónicos iban ascendiendo lentamente, al ronco son de los tambores y al metálico cantar de la corneta. Una cinta negra iba con ella, en recuerdo de los que habían caído defendiéndola.

A las diez, con nuestros uniformes rojos, azules y blancos, con nuestros rifles brillantes, con nuestros corazones rebosantes de orgullo, formamos en cuadro frente a la bandera y oímos el canto único de La Marsellesa, que iba extendiéndose por todo el arenal, por el espacio pardo, bajo el cielo diáfano y duro, y parecía llevar con él el espíritu inmortal de la Francia. Confieso que me sentí emocionado, y confieso que dejé vagar la imaginación un rato, y que recordé los días sangrientos del 1889 y del 1891 y que casi estuve al borde de abandonar mi proyecto de fuga, tan pronto como me cansara de la Legión.

A las diez y media estallaron las órdenes. Aparecieron de pronto los automóviles de la comitiva, entre una nube de polvo, y ya no pudimos ver más, porque debimos atender a la voz de mando que gritaba, estentórea:

—¡Firmes!

Cuando la corneta tornó a dejarse oír, doliente, en memoria de los caídos, traté de ver a un lado: allí estaba el cabo, silencioso y pálido. Otra vez la corneta. Esta vez oí mi nombre y oí el de mi compañero. Se nos ordenaba avanzar.

El silencio era tan grande, que se podía oír el paso del sol. La comitiva venía hacia nosotros. De pronto un anciano general se plantó a nuestro frente, abrió los ojos, como asombrado y murmuró con voz ronca:

—¡Mi hijo; hijo mío!

De golpe comprendí la situación. Había visto retratos del general Duhamy, además, estaba medio en el secreto. Por eso me volví para ver al cabo. Había palidecido más de la cuenta y apenas musitó:

—Papá.

Pero ambos se rehicieron de pronto. Cuando, con una mano temblorosa, el viejo soldado le colocó la condecoración, le vi las lágrimas asomadas a los ojos. Después se dirigió a la comitiva:

—Es mi hijo —dijo—, mi hijo, el que había perdido.

Aquellos engolados señores no comprendieron. Entonces el general abrazó al cabo. Fue un abrazo doble, de Francia a su legionario, y del padre al hijo.

—Albert; cuánto hemos sufrido, Jeanette te espera todavía, y te ama como ninguna mujer puede amar.

Velada por la moción, oí la voz del cabo:

—¡Oh, papá! Espero que ambos habrán sido felices.

—¿Felices? Felices seremos ahora, hijo —sonrió.

Al rato agregó:

—Ella me confesó que te amaba y que por lo mismo no podía aceptarme. Te espera.

No sé qué otras cosas se dijeron. Un coronel pronunciaba un discurso patriótico. Hablaba con el puño cerrado, con voz autoritaria y cortada. Recuerdo que dijo, al final:

—Igual que a los soldados de Napoleón los contemplaban cuarenta siglos desde las Pirámides, a vosotros, legionarios de Francia, os contemplan siglo y medio de gloria desde lo alto de ese mástil donde ondea el pabellón tricolor.

Hubo después charangas, brindis, fiestas para la tropa, sol para nosotros y para los señores de la comitiva, polvo, historias, y al final, la noche cansada y pesada del desierto.

***

Este final lo escribo aquí, en París, dos años después de aquel día memorable de la condecoración. Soy un desertor de la Legión. Lo hice como hago todas las cosas en mi vida. Quizá vuelva a China. Me gustaría tumbar aviones japoneses. Es probable que lo haga, si consigo hacer aquí un curso de aviación.

Estoy en París, Rue de la Madeleine abajo, en un hotelillo modesto. Acabo de venir de la casa del teniente Albert Luis Duhamy. De la boca admirable de Jeanette, que muestra unos labios tan finos y tan bien dibujados como nunca los soñaría hombre alguno, y unos dientes tan brillantes, tan blancos y tan parejos, como jamás los ha tenido mujer; de la boca de Jeanette he oído la historia de sus amores, y de la de Albert Luis la de su odisea después de la noche terrible en que su padre le habló de las probables bodas entre él y Jeanette.

Ambos ríen. El teniente, conmovido, asegura:

—No me gusta hablar de esto; pero le juro que no sentía el menor dolor en sacrificarme con tal de que mi padre fuera feliz.

Muy mimosa, ella interviene:

—Pero es que también me sacrificaba yo, y no había derecho a tanto.

Yo intento decir algo, pero siento pisadas y una voz amable y callo. El viejo general entra estallando en risas.

—Vengan ustedes; vengan ustedes —invita muy orondo.

Cuando nos acercamos a la nursery él, como quien está mostrando un campo de batalla, extiende el dedo. Su nieto está apuñando briosamente un raído kepis.

El viejo sonríe lleno de orgullo.

—Va a ser un Duhamy —asegura muy serio.

Los jóvenes padres sonríen también, envueltos en grata dulzura. Por la ventana veo la tarde parisina, que va cayendo lentamente. Después digo adiós, y tomo el camino de mi hotel, pensando en St. Louis, en mi infancia, en que también yo debería estar jugando con un nenito rubio.

Pero ahora, al terminar esta historia, mientras evoco la risa cristalina de Jeanette, la mirada leal de Albert Luis, la voz cariñosa del general abuelo, los gritos agudos del niño, pienso en la China abatida, en el Japón queriendo extenderse por Manchurria, y decido empezar mañana a hacer mis maletas.

Después, si no me conviene deserto otra vez. Y estaré desertando hasta que lo haga de la propia vida.

Ir arriba


. El Dios de la selva
[Con el seudónimo de Stephen Hillcock, Alma Latina, San Juan, Puerto Rico, 13 de agosto de 1938, p.8, pp. 20-21 y p.61; 20 de agosto de 1938, p.12, pp.21-22; 27 de agosto de 1938, p.11, p.23; 3 de septiembre de 1938, p.15, pp.43-44; 10 de septiembre de 1938, p.11, pp.25-26.]

El Star cabeceaba cortando las aguas del vasto Atlántico, en ruta hacia Río. Habíamos dejado atrás la línea ecuatorial, y con ella el espíritu carnavalesco que nos poseyó a todos esa noche, y nos quedaba, del grato momento, un recuerdo amable y único: la voz melodiosa de Amelia, que cantaba una “zamba” llena de exóticos tonos y de insinuantes ritmos, entre los que parecía surgir todo el trópico impetuoso, el trópico de pájaros multicolores, de selvas impresionantes, de ríos portentosos, de mágicas leyendas.

—Y bien, amigos míos —aseguraba el alemán cuellicorto y festivo explayándose en su silla de extensión— de estas fiestas de abordo huyo siempre, porque la alegría exagerada deja un fondo de tristeza que a veces logra conducirnos a extremos trágicos.

Me admiró la justa sentencia del teutón. Nunca creí que hubiera un alemán tan elegantemente, tan discretamente epicúreo.

—Amigo mío —interviene— ruego disculparme este exabrupto; pero me atrevería a jurar que usted no es alemán puro, por lo menos de esos arianos del momento, tan enemigos del medio tono grato a su espíritu.

—¡Oh! —se dolió, al tiempo que encendía un habano de penetrante olor—; yo soy alemán puro, pero soy también, o mejor todavía, soy sobre todo, un hijo de la selva y por tanto un extranjero en el Tercer Reich.

Los circunstantes no pudimos evitar una mirada en redondo, de asombro, de ojo en ojo, como si nos estuviéramos todos estudiando. Mi viejo amigo Rambao, con sus bigotes negros de guías enhiestas y sus brillantes de puras aguas en ambas manos, hizo un gesto de marcado desdén y dijo, en voz tan baja que sólo yo le oí:

—El alemán que habla así es más peligroso que el otro.

—El trópico tampoco es discreto, señor mío —advirtió tímidamente alguien.

—Sin duda —sentenció el germano—. Nada tan impetuoso, tan violento, como el trópico en todas sus manifestaciones.

—Entonces, ¿por qué dice usted que por ser hijo de la selva es tan comedido?

Rió glotonamente el alemán.

—¡Ah! Porque yo soy europeo y de Europa traje ese secreto del equilibrio entre la pasión y el cerebro, entre el disfrute y el ejercicio del placer; y tal equilibrio, que es producto de las civilizaciones cansadas y por tanto refinadas, puede también aplicarse al trópico si el sujeto que lo mantiene sabe mantenerse vigilante frente a las incitaciones de esta furiosa demanda vital de la zona.

—Se diría que usted habla como quien ha dominado a la naturaleza externa mediante el dominio de la propia interna naturaleza.

Sonrió muy sabiamente el germano. A tumbo y tumbo, el Star iba ganando distancia. A trechos el océano inmenso despedía reflejos vigorosos y fugaces. Toda la vida urgente del trópico parecía bullir en el vientre del mar inagotable.

Rambao se puso en pie. Era alto y elegante, con su piel cetrina, sus dientes de lobo, sus ojos brillantes. Fumaba con gesto de quien ama el tabaco y le apena verlo en lenta consunción. Anduvo hasta la barandilla, contempló el mar escasos segundos y volvió el rostro al grupo, como con una súbita determinación. Así caminó con paso altivo y violento a un tiempo, se encaró al alemán, que sonreía como un niño, y con voz metálica, visiblemente anormal, pronunció estas inesperadas palabras:

—Nosotros, los hombres de estas tierras, amamos a nuestra naturaleza con la misma fiereza con que amamos a nuestras mujeres. A mí me parece una burla indigna engañar, como usted lo hace, a la vida profunda de este mundo imperioso e imponente. Jamás penetraría yo en la catedral de Colonia sin el respeto que exige aquella obra de arte inigualable. Desprecio me merece el turista que anda con una Kodak a caza de motivos pintorescos para hablar después en su pueblo del Middlewest, de un mundo que no ha podido penetrar; pero más desprecio tengo para aquellos que, como nuevos conquistadores, más desalmados que los españoles, vienen a pedir a esta tierra la satisfacción de un sensualismo morboso, que se alimenta en filosofías decadentes.

Entonces se sentó Rambao, mientras el alemán miraba entre azorado e indignado.

—¡Qué sabe usted —gritó de pronto el europeo, levantándose de un salto— quién soy yo ni en qué ando! ¡Qué sabe usted de mi amor religioso por este mundo que está a medio descubrir todavía! Usted podrá sentir esto, este efluvio de la tierra; podrá tener el sentimiento de su fuerza y la intuición de su destino; podrá percibir, por una especie de emanación telúrica, el mensaje de América, pero usted no puede leer en los signos de su pasado, en los signos de su presente: en sus piedras, en sus ríos y en sus selvas, en sus hombres y en sus animales, lo que yo leo y lo que yo sé; y mi amor, templado por el conocimiento, tiene que ser, debe ser más imperecedero, más constructivo y más intenso que el suyo, que es casi un amor todavía animal, primario, intuitivo y adquirido por el mero contagio con la naturaleza.

Tanto se movía el alemán mientras agotaba tan largo párrafo, que el cigarrillo se le descenizó. Se echó en su silla agotado, y movió los ojos como en señal de que ya no hablaría más, de que se sentía disgustado. ¡Y si él hubiera sabido lo que había crecido a nuestros ojos! El propio Rambao dejó ver su admiración. Nadie dijo nada porque todos nos sentíamos molestos. Yo me puse a ver el incesante y amplio meneo del mar, que a ratos despedía reflejos, como si mostrara imprevistos flancos de bronce o como si mantuviera millares de estrellas en el seno de las aguas y las dejara asomarse de vez en cuando a la superficie, para que pudieran ver las que allá arriba, en el profundo cielo del litoral brasileño, mostraban su inacabable parpadeo.

***

A la hora de dormir me di a pensar en el alemán. No sólo tenía la certeza de que era un hombre interesante por más de un aspecto, sino que algo me decía, insistentemente, que mi vida y la de ese hombre iban a juntarse en alguna gran ocasión. Me levanté temprano. Recorrí el barco, de extremo a extremo, sin dar con él. A veces me acudía el pensamiento apuntado inteligentemente por Rambao. Tal hombre podía ser un agente nazi. Tenía muchas condiciones para desempeñar con éxito comisiones secretas. Cruzando un pasillo me pareció oír una voz conocida y dulce. Pero Amelia, que yo supiera, no hablaba alemán. De pronto me detuve. ¿Quién era Amelia? ¿De dónde venía? ¿Por qué viajaba sola? Dos horas más tarde, mi imaginación torturada tenía una explicación: Amelia era hija del alemán; su madre sería una mestiza; quizá una india, acaso una negra, su padre la envió a estudiar en Alemania, y los arios se valían ahora de su política de protección a los descendientes de los alemanes para justificar el uso, en misión secreta, de una brasilero- alemana que a todas luces no era ariana.

Al atardecer la ví. Venía de la dirección de la costa lejana una brisa envolvente, suave y gentil. Amelia cruzaba el paseo de cubierta, al aire el pañolón multicolor que cubría su cabeza, al aire sus dientes maravillosos y como iluminados sus bellos ojos glaucos.

—Good afternoon, mister —cantó en un inglés zalamero.

—Buenas tardes, señorita —respondí agresivo.

—¡Uy! ¿Por qué está triste hoy el americano? —chanceó.

Tuve que disimular:

—Es que estoy preocupado —inventé.

—¡Bah! No se preocupe usted por nada mientras no llegue a Río.

—Cierto —asentí—, pero es que he estado acordándome hoy de un amigo judío a quien han metido en un campo de concentración en Alemania.

Velozmente, vi la cara de Amelia cambiar.

—Está cogida —pensé. Y me satisfizo mi perspicacia.

—Es sensible —dijo ella simplemente. Y se alejó por el pasillo, con paso lento y al parecer cansado.

—Bien —me dije, he aquí una causa noble y justa para que yo deje de pensar en Amelia.

Me sentía puerilmente satisfecho de mi astucia, pero en el fondo sentía un gran dolor porque lo que yo creía haber descubierto me distanciaba para siempre de aquella voz melodiosa, que cantaba con tan entrañable y extraña entonación la “zamba” de origen negro, la “zamba” del trópico, sensual, impetuosa y triste como la tierra donde naciera.

Y en verdad, yo nunca hubiera puesto los ojos, a sabiendas, en una mujer que sirviera causas tan poco humanas como la que, a mi juicio, servía “la hija del agente nazi”.

***

¡Río de Janeiro! Coronando la ciudad que se desparrama llena de vida y de gracias, y que parece ir rodando hasta hundirse en el mar azul y móvil, el Pilón de Azúcar, atalaya infatigable, el paisaje más bello que soñó hombre alguno. La ciudad, blanca, luminosa, asciende y desciende, curvea, se pierde, torna. Rostros cetrinos y vivaces llenan las avenidas. La vegetación revienta casi entre los techos de los edificios de mármol. Se oye a todas horas el dulce acunar del idioma, en el cual parece estarse cantando más que hablando.

Entre muelle y hotel consumí acaso dos horas escasas. Después me dirigí precipitadamente a mi obligado destino. Iba a pie para gozar el paseo, para llenarme de luz y de aire. De pronto, un hombre altísimo, flaco, narigudo y de dientes largos, salió corriendo de un café que estaba en la acera de enfrente.

—¡Hey, Lewis! ¡Lewis! —gritaba. Me volví asombrado.

El larguilucho se me tiró arriba y poco faltó para que me besara. Tenía que doblarse para hacerme carrantoñas.

—¡John, diablos! ¿Me quieres decir qué haces en Río?

El interminable John empezó a rascarse la cabeza y a cerrar un ojo. Después dejó quieta la cabeza y la emprendió con la barba.

—Bueno, Lewis, ocurre que yo nunca he hablado una mentira, ¿sabes?, y no quiero hablarla ahora.

La gente se nos tiraba arriba, atropellándonos.

—Oye, explícame, ¿sigues tan imbécil como cuando estábamos en la escuela? ¿Quieres explicarme qué es esto de la mentira o de la verdad?

Con una expresión muy acongojada, John me suplicó:

—Oh, no empieces. Es algo verdaderamente grave para mí. Y créeme que ando buscando cómo desembuchar este secreto. No sirvo para secretos. Júralo.

Yo me quedé atónito y miré bien a mi compañero. ¿Alguna droga? Porque me han hablado de drogas de estos países que quitan la memoria y la razón en un santiamén. Le apreté el brazo.

—Empieza por decirme si estás en tus cabales —dije haciéndome el incrédulo.

John sonrió vagamente.

¿Quieres que hablemos con calma? ¿Un whisky, allí?

Pero nos tomamos uno, dos, tres, cuatro. John no decía palabra. Se pasaba el tiempo buscando con los ojos, como quien acecha. Me puse en pie.

—Oye, siento no conocer tu historia. Yo tengo que presentarme hoy mismo en la oficina de la Sao Paulo Oil. No puedo perder tiempo. Adiós.

—No seas imbécil, Lewis. Siempre has sido así: que si de prisa, que si no hay tiempo. Aquí hay tiempo para todo. Esto es distinto. Además, te vas a ir ahora, cuando estoy listo a confiarte el gran secreto.

—Pero, ¿en qué puede interesarme un secreto tuyo, John?

El largo amigo abrió un palmo de boca y dos de ojos.

—¿Interesarte? ¿Sabes tú lo que dices, animal?

—Pues empieza o me marcho. ¡Pronto!

Mi inacabable amigo, que tenía que enredarse para estar cómodo, se arregló como pudo en su silla, miró tristemente el mármol de la mesita, ojeó con mirada cansada a la avenida llena de gente, y empezó:

—Estoy aquí desde hace dos meses. Vine…

—¡Lewis! —estalló una voz.

John el largo brincó asustado. Yo me hubiera sentido molesto si tras la voz no hubiera aparecido la sonrisa blanca y dura de mi amigo Rambao.

Pedimos otros whiskies. Alegremente, empezamos a hablar de lances de amor, de la mujer carioca, de Río, de la travesía.

—¿No ha visto a su alemán? —preguntó Rambao.

—No —confesé.

John me tiró encima su manaza estúpida. Parecía muy asombrado.

—¿Venía con ustedes un alemán? —preguntó demudado.

Y al decirle que sí le miré fijamente, mientras Rambao, un poco de lado, sonreía a una mujer de ojos negros y de brazos lentos que le miraba con visible simpatía.

—¡No hables! —le ordené a John en voz baja.

Tenía, no sabía por qué, la seguridad de que sus palabras iban a iniciar una serie de acontecimientos en los que el destino me reservaba parte importante.

Él comprendió. Rambao se volvió a nosotros.

Y para que nada vislumbraran ni él ni John, haciéndome el frívolo, pedí más whisky, más, más. Hasta que ambos se sintieron flaquear y empezaba a flaquear también la tarde carioca, que sangraba en los flancos del Pilón de Azúcar y en la bahía inmóvil.

***

El desgarbado John sudaba frío.

—¿Nos vamos? —dijo poniéndose en pie.

Me quedé mirándole fijamente. ¿Qué diablos tenía que decirme aquel tonto?

—John, lo siento; yo debo ir a la oficina.

—Explícame, primero, ¿tú has venido aquí tras aquello, no?

—¿Aquello?

John miró significativamente a Rambao. Yo estaba incómodo. ¿Por qué tal interés y qué era “aquello”?

—Oye, John, yo he venido aquí, simple y llanamente, a tratar de vender a la Sao Paulo Oil una instalación refinadora, o dos, o diez, todas las que pueda. Nada más. No sé qué cosa es “aquello” ni me interesa.

—¡Ah! Perdona. A mí sí me interesa.

—Y ahora —expliqué— tengo que irme, porque sé que hay aquí dos vendedores más, un inglés y un holandés, que están tratando de dañarme el negocio.

Aquí el largo John abrió su bocaza y le relumbraron los ojos.

—¡Ja, ja, Lewis! Ya lo sabía yo. Es curioso. ¿Por qué vienen todos con el mismo cuento de la planta refinadora? ¿no les parece que eso infunde sospechas?

—Mira —dije poniéndome en pie—, ¿quieres hacerme el favor de hablar claro?

—¿Claro? Eso querrías tú. Yo no soy tan tonto como parezco, Lewis.

—Sí, ya lo veo —respondí amoscado—, no tanto: eres más.

Y me puse en pie. Rambao, que estaba charlando con una joven en la mesa cercana, vino corriendo a suplicarme que no me fuera.

—Tiene usted que comer conmigo y, además, tengo algunas sorpresas para usted —dijo.

—¡Oh!, lo siento, Rambao. No tengo tiempo que perder. ¿Por qué no vernos más tarde?

—Justo. ¿Le parece bien a las ocho? Iré a su hotel. ¿Cuál?

Di el nombre. Con su sonrisa blanca y arrogante, con su bigote de caballero y su andar gentil, Rambao se fue a recibir el saludo de otra dama que le hacía señas desde un rincón del café.

—Bien, John —dije—, hasta luego. Espero que nos veamos otra vez.

John se paró de un salto.

—Oye, Lewis —parecía muy apenado—, te lo suplico por lo que más quieras: no me malogres el negocio. Yo sé que tú eres inteligente y resuelto. Oye, me he defendido de esos bandidos como una fiera. No me malogres tú el negocio, porque es la gran ambición de mi vida. Me suplicaba, con los ojos grises de tanta tristeza. Yo moví la cabeza apenado.

—¡Pobre muchacho! —me decía mientras iba hacia el hotel—. Está loco de remate. ¿Alguna droga?

Insistentemente, la idea de la droga me daba vueltas por la cabeza. Cuando salía de New York compré muchas revistas distintas y todas, sin exceptuar una, daban gran extensión a los artículos, informes y estudios de las drogas que se habían introducido en las universidades americanas. Recordaba, sobre todo, la marihuana. Sabía que en toda Sur América se cultiva, así como la coca de la altiplanicie peruana. Durante todo el viaje estuve pensando en ello, y al darme con John, con sus palabras sin sentido, con su aspecto desordenado y su mirada alucinada, pensé de inmediato en la droga. No podía evitarlo. Ignoraba que también la ambición es una droga, que hace soñar más, mucho más que la peligrosa marihuana o la coca del Perú.

Fui a la Sao Paulo. Durante cerca de dos horas estuve hablando con uno de los gerentes del Departamento de producción. Efectivamente, la casa matriz, que estaba en Holanda, tenía interés en construir en territorio brasileño plantas de refinería. Así, el petróleo crudo iría en barcos petroleros desde Venezuela, hasta que pudieran ponerse en explotación los yacimientos que se estaban investigando en las Guayanas. Mi oferta era valiosa. La casa que representaba había simplificado de tal manera el trabajo de la refinación, y hacía ésta a un costo tan bajo y en un tiempo tan corto, que no era posible, a mi juicio, tener competidores.

Durante dos horas hablamos. En principio, simpatizamos mucho y el hombre encontró mi oferta muy sugestiva. Debía volver para hacer cuantas explicaciones parecieran necesarias.

—¿Puede usted traer los planos? —preguntó muy amable.

Yo se los llevaría ¡claro! Se moriría pensando si creía que iba a encontrar nada aprovechable.

Quedamos en vernos dos días más tarde. Él quería tener tiempo de hablar con los consejeros. Yo me fui optimista, y bajaba silbando las escaleras cuando me pareció oír pasos rápidos, como de alguien que procuraba ocultarse. Me asaltó súbitamente una sospecha imprecisa. No creía que se me acechara, pero podía tratarse de un ladrón o de algo peor. Quizá alguien robaba en la casa. Me lancé rápidamente hacia el lugar de donde partían los ruidos. Al alcanzar la puerta de una habitación de espera vi un pie de mujer que huía. Su dueña ganaba ya otra habitación. De golpe se cerró la puerta, justamente cuando yo iba a cruzarla. Me quedé confuso. Recordé fijamente, con los ojos cerrados, a fin de no olvidarlo más, aquel pie calzado por un bello zapato blanco con ribetes negros y el color de tabaco de la media. Durante varios minutos estuve pensando bastante mortificado en aquello. De súbito justifiqué a la mujer, a la que fuera: quizá estaba en una cita violenta. Tal vez fuera empleada de la casa… Sacudí la cabeza y salí. En el hotel encontré a John. Estaba sentado en mi cuarto, como dueño. Había llenado la alfombra de colillas. Desde que me vio llegar se levantó de un salto.

—Te voy hablar con franqueza, Lewis —dijo.

Me asombró notar que parecía en ese momento un hombre juicioso. ¿Qué diablos le ocurrirá a este muchacho? —me dije. Y me dispuse a oírlo pacientemente.

—Teníamos noticias —empezó— de que llegaba hoy un hombre con ideas precisas de dónde está el templo. El holandés creyó que eras tú. Te vigilarán. Has hablado algo de los planos. No seas tonto, Lewis; confía en mí. Yo dispongo de los hombres necesarios para hacer el viaje, y tengo un mestizo viejo que nos servirá de práctico.

—¿Me quieres decir —le interrumpí—, de qué locuras me estás hablando, John?

Tristemente movió la cabeza.

—Es lástima —aseguró—, es lástima. Yo creí encontrar en ti un amigo. Lo lamento. Yo lucharé; estoy dispuesto a luchar. Hace ya más de un año que vengo perdiendo energía tras ese plano, dos años trabajando como un condenado. Y ahora, tú… Yo creí que me estaba volviendo loco. Lo tomé por los hombros, con todo el afecto que soy capaz de sentir.

—Explícate, John. Es necesario que me expliques qué te pasa, de qué planos me hablas y qué es todo este lío, por fin.

—Te oyeron, Lewis —aseguró—. Hablaste de los planos.

Se puso en pie, con cara de mal humor.

—Volveré mañana o esta noche. No salgas. No debes salir. Te haces el desentendido, pero sabes bien a qué me refiero. Acabarás teniendo fe en mí, porque eres mi amigo de la infancia, porque me conoces y sabes que yo soy incapaz de una infamia y porque, además nadie está en condiciones de servirte como yo.

Dijo, y se fue. Yo me quedé haciéndome cruces.

***

Acababa de bañarme y había ya olvidado a John cuando entró en mi cuarto el jovial Rambao, impetuoso y alegre como un chiquillo.

—Oh, Lewis, vamos a pasar una noche encantadora. He encontrado a Luisa aquí. Luisa es un encanto, un tesoro. Usted va a comer conmigo, y después lo llevaré a dar una vuelta por Río y pasaremos por ciertos lugares que usted no olvidará jamás.

Mientras me vestía, Rambao se puso a hojear periódicos y a tararear un aire del país. Después bajamos al hall y yo me sentía realmente alegre.

—¡Oh Río, Río, ciudad encantadora, de sol, de color, de placer!

Íbamos por aquellas pintorescas y a la vez monumentales rúas de nombres pomposos, y veíamos pasar en oleadas a la maravillosa mujer del Brasil, tan gentil y tan señora. La suma de todas las voces de los paseos, el tono atristado de los vendedores de periódicos, el timbre de los tranvías, las bocinas de los autos: todos aquellos ruidos peculiares, que en Río no son ruidos, formaban una especie de armonía total, de canto doloroso que se iba extendiendo bajo el limpio cielo brasileño.

Me sentía a gusto y como si allí hubiera nacido y vivido siempre.

—¿Vamos a tomar un auto? —preguntó Rambao.

Yo prefería seguir a pie. El aire fresco del mar batía la ciudad; además, me encantaban aquellas calles congestionadas, los paseos pavimentados de multicolores mosaicos, las palmeras enhiestas y solemnes.

—Es que tenemos que ir lejos —explicó Rambao.

Ante tal razón, me dejé llevar. Anduvimos. Rambao me iba mostrando la ciudad, señalándome los edificios más atrayentes. De rato en rato saludaba a un conocido o gritaba una palabra graciosa. Era admirable aquel Rambao tan comedido y tan jovial a un tiempo.

Atardecido ya, me sorprendí en un paseo amplio y lleno de jardines. Rambao detuvo el auto. Una vegetación bravía, como descuidada ex profeso, que a mí se me antojó resumen de la amazónica, escondía una quinta de líneas andaluzas, muy pequeña y muy tranquila. Saltó un anciano negro a recibirnos.

Dos perros juguetearon largamente con Rambao.

—¡Oh, mi señor, mi señor —saludaba emocionado el viejo.

Era muy anciano, casi tembloroso de tantos años. No tenía dientes. Mientras tomábamos café, en la coqueta salita, me explicó Rambao que el pobre negro hasta ignoraba que él estaba en el exterior, porque nunca le decía cuando se iba. Los suyos eran viajes rápidos. Por otra parte, esa quinta no la utilizaba él sino para pasar noches amenas con dos o tres amigos y amigas. El viejo había nacido en su casa, por los mismos días que el padre de Rambao, y era hijo de esclavos. Creció con el amito, y lo enterró a su tiempo, y ahora decrecía con el hijo del amito.

—Es un negro admirable, un tesoro de tradiciones, de leyenda, de supersticiones —explicaba Rambao—. De haber tenido tiempo para escribir, hubiera anotado las experiencias de tal hombre. Es una historia viva. Puede sentarse ahora aquí, a su lado, y estar quince días corridos hablando sobre cualquier hecho de la vida brasileña. ¿Quiere usted oírle algo interesante?

Yo dije que sí, más por encontrar distracción que por interés en lo que pudiera decirme. El viejo entró muy sonreído, con su boca vacía, su sombrero en las manos, tan flaco y tan curvado que ya apenas parecía hombre.

—Te quiero presentar un amigo —le dijo Rambao, cariñoso— que tiene deseos de oírte hablar sobre la ciudad perdida y sobre el templo de los tesoros y el dios de la selva.

Miré asombrado a Rambao. Él no lo notó. El viejo sí; el viejo rió a carcajadas roncas y comentó:

—Su merced parece que está muy interesado.

¿Qué diablos era aquello? En unas horas en Río había caído en cierta especie de conjuración que empezaba no sabía dónde y que terminaba en aquella “ciudad del tesoro”. Me parecía estar empezando a tomar los hilos de una novela de aventuras.

—Sí, hable —le pedí al viejo.

—Mucho antes de que mis padres fueran hechos presos en África, ya se sabía allá lo de la ciudad perdida aquí —dijo—. Es muy extraño que ustedes no lo sepan.

Entre el murmullo de su gastada voz, entre sus palabras llenas de africanismos y arcaísmos, entre sus novedosos giros, se me perdió a mí buena parte de la historia. Pero en síntesis era ésta: a todo lo largo de la esclavitud, los negros traídos al Brasil vivieron siempre maquinando una rebelión en la que murieran todos los blancos y encontraron en sus ideas el apoyo de muchas tribus y poblaciones indias cansadas también del yugo portugués. Según decía el viejo negro, los negros fueron poco a poco, por docenas y docenas de años, acumulando en cierto bosque todo aquello que podía serles útil para sus fines. Era una lucha de paciencia y de valor. Cuando un negro recibía un castigo injusto, los otros le consolaban diciéndole:

—No te aflijas que pronto terminará esto.

Pero no terminaba aquello. Un día, por fin, un negro se alzó con toda la dotación de la finca en que trabajaba, y se fue a vivir con ella en la selva. Le persiguieron con hombres, caballos y perros, pero jamás dieron con él. Pasaron muchos años, hasta que empezó a decirse entre los esclavos que sus hermanos huidos vivían libres en una ciudad que se habían construido especialmente para ellos, y que tenían el favor del cielo obtenido para su raza por un dios fiero que les amparaba. Un indio era el único que conocía el camino de la ciudad negra, y estaba dispuesto a llevar a aquellos que quisieran irse, pero a condición de que cada uno se fuera con el objeto más valioso que hubiera en la casa de sus amos. Poco a poco empezaron a desaparecer negros, negras, viejos, jóvenes, y a perderse objetos de valor. Se perseguían a los fugitivos sin dar con ellos. Cierta vez, el indio conocedor del camino se ahogó y no se supo más de él. Poco a poco empezó a olvidarse la existencia de la ciudad negra, hasta que, mucho más de quince años más tarde, un negro esclavo que había pertenecido a los vecinos del padre de Rambao, donde trabajaban los padres del anciano negro que contaba la historia; un negro esclavo que había desaparecido mucho tiempo atrás, se presentó en la finca desnudo, demacrado, flaco, aterrorizado, muriéndose de pavor. Cuando acudieron a recogerlo vieron que tenía los pies y las manos llenos de ajorcas de pesado oro cubiertas de piedras preciosas. El asombro de ver que retornaba de esa manera fue tan grande, que de todos los sitios vecinos llegaron gentes, blancas y negras, a verle. El negro explicó que había vivido en la ciudad negra de la selva.

—Fue entonces —explica el viejo— cuando yo supe todo lo que le estoy contando a su merced.

Aquel esclavo libre que retornaba a la esclavitud, no podía referirse a la remota ciudad sin un estremecimiento de pavor. Pidió que le dieran amparo y que no lo castigaran por su larga fuga. Dadas las especiales circunstancias de su retorno, y dada la noticia tan importante con que tenía a todo el mundo en revuelo, se le perdonó. Y él fue quien dio fe de que era cierta la conseja que se contaban al oído los negros del norte brasileño.

***

—Un día contaba mi padre —y las palabras del viejo negro eran tan lentas como la sonrisa de Rambao— que el escapado de la ciudad perdida le llamó para rogarle que no lo abandonara un minuto. Tenía miedo a una venganza secreta e inesperada.

Yo oía cada vez con más interés al anciano; y no era sólo porque en su relato empezara a ver ligazones con las misteriosas actitudes de John, sino porque era interesante desde el punto de vista meramente intelectual, y la leyenda tenía una sugestión, una hechicería realmente atrayente.

El negro escapado contó, en secreto, a su amigo, que fue padre de quien nos lo relataba en esa mi primera y agitada tarde brasileña, todos los pormenores de la ciudad perdida. Era inmensa, de chozas de paja, cercada de sólida muralla de troncos. Justamente en el centro estaba una construcción más grande que las otras, con guardianes permanentes que la rodeaban en un cerco apretado. Era la casa del Dios terrible. Sólo una vez en su vida podía verlo cada persona: el día que llegaba allí a jurar, en presencia de los sacerdotes, no traicionar jamás el secreto de la existencia de la ciudad. El Dios era grande como un toro, con patas de mulo, dos brazos humanos, tres cabezas, una de hombre, una de tigre, otra de caimán: la primera significaba la sabiduría, la segunda la fiereza, la tercera el dominio de las aguas. En más de la mitad de su perímetro, la ciudad estaba rodeada por un río fangoso, lleno de saurios.

Nadie podía llegar hasta el templo otro día que el de su juramento, y éste no podía hacerse hasta que no se tuviera el primer hijo. Al otro día de nacido el niño, empezaban a resonar los tambores del sacrificio desde antes del amanecer. Con la salida del sol, llegaban a la choza del padre los dignatarios de la ciudad, precedidos de los sacerdotes. Era una procesión macabra, silenciosa. La abrían doce guardadores del templo, desnudos, con las cabezas llenas de cintajos, quién de buey, quién de venado, quién de águila, quién de perro. La gente se alineaba silenciosa para ver pasar la procesión. Desde mucho antes de medianoche empezaban hombres y mujeres viejas, que fueran viudas o casadas, a ocupar sus puestos en el camino de la casa.

Detrás de los guardadores del templo iban los atabaleros, ocho conduciendo atabales largos, ocho conduciendo tamboriles. A medida que sonaban los tambores, monótonamente, saltaban los acompañantes con saltos furiosos y contorsionados. Rodeando a los atabaleros, con sus lanzas amenazantes, iban los soldados, que gritaban hasta enronquecer mientras batían sus armas sin cesar. Detrás de estos marchaban los hijos de los sacerdotes, también con máscaras, danzando en silencio a seguidas, los dos supremos brujos, uno vestido con una larga vestidura llena de desgarrones y de mil colores, dos cuernos brillantes en las sienes, la frente pintada de rojo, la nariz de azul, la boca de blanco y las manos de amarillo. Ambos andaban con majestad y lentitud. El otro no tenía más ropa que un collar de dientes de cocodrilo, ajorcas de huesos de niño, en las manos y en los pies, y una cabeza de onza disecada sobre la suya. El vestido representaba la sabiduría, el desnudo la verdad.

Seguían a los sacerdotes, con mucha distancia de por medio, cuatro forzudos jóvenes conduciendo un sillón tosco en el cual estaba sentado el monarca de la ciudad, un negro de aspecto feroz, de ojos brillantes, de cruel expresión. Era de edad madura y ancho de hombros. Seguía a éste su hijo, un niño de no más de doce años, que iba en hombros de un mozo a quien le faltaban ambas orejas.

Nuestro relatante hablaba como si no hubiera estado viéndonos. Su mirada vagaba perdida en la noche naciente que se veía desde la ventana. Un aire religioso era el suyo, y el lento moverse de sus manos llenas de venas nos impresionaba tanto como aquello que tan vivamente, como si lo hubiera presenciado, nos estaba describiendo.

—Buena memoria —comentó Rambao—. Le he oído esta fantasía mil veces, y jamás ha dicho una palabra distinta a las que dice ahora.

—¿Y no fue cierto lo que cuenta? —pregunté yo, intrigado por lo de “fantasía”.

—Vaya usted a saberlo. Algo debe haber de verdad en el fondo de esta fábula. Por lo menos, lo de la ideada rebelión de los negros y la desaparición lenta pero numerosa de los esclavos.

—Sí; pero ¿lo otro? ¿Eso de la ciudad y del Dios?

El viejo nos escuchaba sonriendo.

—Mi niño —aseguró—, como la luz que alumbra el día es lo que cuento. Mucha gente lo sabe, mi niño.

—Sí —dijo Rambao mirándome con cierta condescendencia, mientras arreglaba las guías de su bigote—; mucha gente lo cree, y mucha ha muerto en la selva en pos de la ciudad negra. Cierta vez se encontró en una antigua biblioteca de convento un librito de instrucciones, con mapa y rutas trazadas, de un misionero francés que llegó hasta las mismas orillas de la ciudad, según sus palabras. Ese librito ha enloquecido y enviado a la muerte a muchos aventureros.

El negro oía a Rambao y sonreía como con cierto desdén.

—Tenga la bondad de proseguir —le supliqué.

Pero cuando parecía que iba a hablar nos sorprendió una risa sonora en el balcón de la quinta, y oímos el nombre de mi amigo pronunciado por una voz divina. Rambao saltó, alegre de súbito.

—¡Luisa! —casi gritó—. ¡Luisita! ¡Qué oportuna, muchacha! Venga, Lewis, para que aprenda a apreciar la belleza de la mujer carioca.

Cuando me puse de pie para recibir a la celebrada visitante, ya el viejo había desaparecido.

Efectivamente, la mujer que entró, con su cabeza endrina, sus ojos tan negros que azuleaban, su risa perfecta, su piel blanca, su cuerpo mediano y armonioso, era una belleza; pero una belleza rara, singular, picante. En un instante lo revolvió todo. Se sentó en un sofá, en una silla, sobre una mesita. Tenía una voz deliciosa como un jilguero.

—Me encantan los americanos —dijo—. Me encantan. ¡Oh New York! Estoy loca por tener unos meses libres para ir a New York.

Mientras hablaba sacó de su cartera una cajilla de cigarrillos, una fundita de confites, polvos, rouge… ¡Qué mujer más dinámica!

—¿Y usted? ¿Le gusta a usted Río? Río es bella, verdad. Y con hombres como su amigo…

Miraba con ojos pícaros a Rambao.

—Pero muchacha ¿qué buen viento te echó por aquí?

—Pasaba, hijo; venía de la playa, vi un auto parado ahí, y pensé: “Este bandido tiene alguna cita”. Porque ha de saber usted —dijo dirigiéndose amablemente a mí— que este buen señor no tiene horas para atender a las citas.

—Lo supongo —aprobé, asombrado con su actividad. Ya se había comido dos confites, había arreglado unas flores sobre la mesa, enderezado una silla, empezado a fumar un cigarrillo, arreglado el pelo y los polvos, y no tenía allí todavía un minuto.

Aquella mujer no me daba tiempo para otra cosa que para verla. Me sugestionaban sus ojos, vivaces, alegres, y por momentos velados de una rara sombra como de una saudade implacable.

La raza —pensaba yo—; es esta raza hispana, de tan alto y sostenido sentido trágico. Quiere ser alegre y está físicamente preparada para serlo; pero no puede.

—De manera —ironizó Rambao— que si yo hubiera ido ahora a buscarte, tal como quedé de hacerlo, porque es bueno que sepas que todavía no había acabado de desembarcar y ya te estaba telefoneando: si yo hubiera ido a buscarte, no te encuentro.

—¿Cómo no me ibas a encontrar, pícaro? ¿No ves que entonces no me hubiera detenido aquí? ¿No te he dicho que he entrado porque supuse que estabas, y quería darte la sorpresa?

—Buena razón —concluí yo—; queda usted absuelta Luisita.

—Pero no libre —advirtió Rambao—. Ahora va ella a cenar con nosotros.

—¡Ay no, hijo mío! —lamentó ella con una gracia extraordinaria—. ¡No! ¿Cómo quieres que me presente a cenar con ustedes en esta facha, querido?

Fue entonces cuando yo me fijé en su traje y en… sus zapatos: eran blancos, ribeteados de negro. Me asaltó una idea, y un temor empezó a obrar en mí.

—¿Y la playa? —pregunté como quien no tiene interés en lo que habla—. ¿Qué tal la playa? ¿Mucha gente?

—Algunas. Yo llegué tarde, ¿sabe? No la encontré muy animada. Lo que sí estaba admirable era el agua. ¡Qué agua tan deliciosa!

Al hablar parecía que estuviera sintiendo todavía la caricia del mar en su piel rosada; y yo la veía moverse, la oía, con sus bruscos y acariciantes cambios de voz, y pensaba: he aquí una mujer capaz de espiar. Hablaba, y yo me decía: luego, hoy, cuando vi esos zapatos, u otros iguales, ella estaba en la ciudad. Quise llegar más lejos.

—¿Vamos a irnos ahora, Rambao, cuando está la historia del negro en lo mejor?

—La oirás mañana u otro día. Es una fábula, Lewis.

—Quizá, pero me interesa.

—¿Cómo? —atajó ella—. ¿Es que también a usted le ha embaucado el negro con el cuento de su ciudad perdida?

—No sabía que usted lo supiera —advertí.

Me pareció verla un poco turbada.

—Desde luego que sí. Le he oído esa historieta, como muchas otras, infinidad de ellas; pero no me atraen sus cuentos.

Lo dijo así, pero la verdad fue que a partir de ese momento, como yo me quedara viéndola fijamente, dejó de ser tan impetuosamente alegre como antes era.

—¿Nos vamos? —preguntó al rato como quien se siente a disgusto donde está.

Y nos fuimos. Ella alegaba que no debía ir a cenar como estaba: Rambao opinaba lo contrario. La convenció al fin. Consintió en dejarse llevar a un sitio poco frecuentado. No sonaba su voz tan grata como cuando la conocí.

—No me siento muy bien —me dijo de buenas a primeras, mientras el auto cruzaba velozmente las pobladas calles de Río.

—¿Algún resfrío? —pregunté por parecer amable.

—Quizá. Puede ser.

Era la noche, la profunda y llena de vida noche americana. Aun en medio de la ciudad convulsa, parecía emerger de la propia tierra un perfume enervante y delicado.

Las calles congestionadas resonaban de voces y de claxons.

—Aquí —dijo Rambao.

Descendimos en un sitio al parecer discreto. No había señales de nada, simplemente un letrerito rojo, muy modesto: “Cintra”. Entramos por un pasillo y al abrir una puerta giratoria, nos dimos de pronto en un saloncito no muy grande, pero admirablemente bien compuesto, que simulaba un jardín tropical, con palmas auténticas y monos y cacatúas en los árboles. Una orquesta dejaba oír suavemente música del país.

—Esto es admirable —dije.

Luisa sonrió. Parecía tornar poco a poco a su antiguo espíritu. Chanceó algo sobre la decoración amanerada y la mala influencia de las películas americanas en esas decoraciones. Yo la oí con gusto. Hubiera querido hacerme amigo de ella y lograr saber qué había en el fondo de aquella historia de la ciudad, y por qué ella —si había sido ella— había estado espiando, y por qué la fábula del viejo negro, y si algo había de común entre eso y las locuras de John.

Y a propósito de John: me había dejado entender que tenía interés en decirme algo sobre el alemán. ¿Qué sería?

Pero no tuve tiempo de terminar de hacerme la pregunta. Una mujer entró, entre la admiración jubilosa de todos los presentes; una mujer marcial, imperial, que saludó con una mano, como emperatriz auténtica, y que me dijo, en viéndome, con aquella deliciosa voz musical:

—¡Hello! ¡Good evening, dear!

Y cuando quise verla mejor, cuando quise contemplar a mi antojo a la presunta espía nazista, vi, con asombro, que sus zapatos, los zapatos de Amelia eran también blancos con ribetes negros. Luisa me sorprendió mirándolos. Y como avergonzada, ella escondió los suyos bajo la mesita que nos recibía generosamente a los tres.

***

No creo que estuviéramos una hora en el “Cintra”. Cierta tirantez se estableció entre nosotros. Rambao atendía a solicitudes de conocidos y entre Luisa y yo había una especie de sombra, una interposición que no podíamos definir, pero que ambos sentíamos y a ambos nos abrumaba. Yo hice toda clase de esfuerzos por romper el hielo; pero ella adivinaba la cortesía, la fórmula, y mis palabras no pasaban de ser falsas.

Cuando salíamos tuvimos un encuentro: por poco nos lleva John de encuentro. Parecía fatigado.

—¡Hola, Lewis! —saludó. Y volviéndose a mis compañeros, sombrero en mano, con una gentileza que no le sospechaba:

—Dios guarde tanta belleza, señorita.

De inmediato empezó Luisa a sonreír. Me pareció en ese momento sumamente coqueta. No sé qué se estuvieron diciendo. A poco John pidió permiso para decirme algo.

—Lewis, ha sido una suerte que estuvieras aquí. Dime, ¿es aquella muchacha la que vino contigo?

—Sí, ¿cómo lo sabes?

Aunque disimulábamos bastante, me pareció notar que Amelia nos observaba.

—No te preocupe eso, Lewis. Tengo mi sistema también.

Otra cosa: ¿está aquí el alemán que venía con ella?

—No sé a quién te refieres.

—Un alemán de estatura más bien baja, grueso, un tanto calvo.

—Oye —le interrumpí— ¿por quién me has tomado? ¿Debido a qué tengo que estar dándote informes?

—No seas necio, Lewis —se volvió a Luisa muy galante—. Perdone un minuto, señorita; sea usted amable.

—Anda, Lewis, no seas necio. ¿Está aquí?

—No; no le he visto.

—Bien, me quedo. ¡Goodbye!

Camino de su casa, adonde la llevaba Rambao, Luisa me estuvo hablando de la simpatía de mi paisano.

—¡Oh! Me encantan los americanos; no puedo remediarlo.

Yo no pude menos de sonreír con tristeza y de ironizar un poco a costa de la desgarbada figura de mi amigo.

—¿Aun un americano tan poco estatuario como John?

Todavía un tanto tibia conmigo, como si adivinara que mi pensamiento la iba desnudando, Luisa quiso ser amable y afirmó:

—Aun. Siempre es americano.

***

Estaba realmente cansado, abrumado, si no parece exagerada la palabra. ¡Diablo de día tan agitado! Y al fin, ¿qué pasaba? ¿Qué demonios tenía yo que ver con los planos de John, con el alemán que al decir de mi ex condiscípulo me seguía y vigilaba, con…? “El libro del aventurero francés le ha costado la vida a muchos…”. ¿No estaría ahí…? No, no era posible. No podía ser que todavía, en pleno siglo veinte, alguien se lanzara a creer realidad una fábula de tal naturaleza. Cierto que el negro hablaba con una seguridad absoluta; pero ¿no hablaban también así los españoles de la conquista del Dorado y de la Ciudad de los Césares?

—¿Qué hay en el fondo de todo esto, Dios? —exclamé angustiado, molido por el trajín del día y por aquel cúmulo de extrañas coincidencias.

—Sin duda —me decía— yo sé a lo que vienen el alemán y Amelia. Me dio a entender Rambao muy finamente, y Rambao debe saber más de la cuenta y porque hombres como él tienen sus relaciones políticas importantes. Además, yo había oído en New York algún leve runrún sobre política alemana en el Brasil…

Tenía un sueño de animal y sin embargo no me sentía inclinado a dormirme. Cualquiera otro hubiera estado en su derecho al tratar de investigar qué oscuras maniobras le envolvían. Cualquiera otro… Yo no, porque aunque me intranquilizaban, no me preocupaban tan intensamente como era de suponer.

Antes de dormir abrí la ventana y salí al balcón. ¡Qué cielo tan alto, tan limpio, tan fino! Innumerables estrellas latían allá arriba. La brisa me acariciaba la frente con una maternal levedad. Encendí un cigarrillo. Me proponía pensar en los sucesos del día, pero no podía. Era dormir lo que deseaba, nada más.

—Voy a interrogar seriamente mañana a John —me dije. Y me quedé plácidamente dormido, como un niño que no tiene motivo de desvelo. Siempre he tenido un sueño ligero, pero en esa mi primera noche brasilera sentí que no iba a despertar con facilidad. Por eso yo mismo me interrogué asombrado, medio adormilado todavía, si era en mi habitación el ruido que me despertaba. Oí con atención. Nada. De vez en cuando subía de la calle algún trepidar de auto, alguna voz trasnochadora. No me movía. Estaba atento con esa atención absoluta de todos los sentidos que se tiene cuando algo anormal siente uno a su vera. De pronto vi un rayo de luz recorrer mi habitación y, como una bala, me lancé de la cama. Una sombra giró con pasmosa rapidez, cruzó la puerta y la cerró de golpe. Si no hubiera sido por aquel golpe, habría yo creído que soñaba. Me quedé temblando de cólera. Hice luz. ¿Qué era aquello? Todas mis maletas estaban desordenadas, abiertas, vueltas un maremagnum. Apreté el timbre, y como creyera que tardaban en llegar, llamé por teléfono. Para mí pasó casi un siglo antes de que el manager nocturno tocara en mi puerta.

—¿Le ocurre algo, señor?

—Ya lo creo, amigo mío. Mire esto.

El buen hombre abrió los ojos de par en par. El que no me pareció tan asombrado, aunque sí un tanto asustado, fue el sirviente que subió con él y que asomaba por detrás de su hombro unos azorados ojos de mestizo.

—¿Le han robado algo?

—¿Cómo quiere usted que lo sepa? No me voy a poner ahora a hacer inventario, amigo mío.

—¿Podría usted explicarme cómo se dio cuenta del robo?

—Del robo o de la tentativa. Me di cuenta porque desperté mientras el ladrón o el presunto ladrón estaba revolviendo mi equipaje.

Parecía muy apenado el manager nocturno. Movía la cabeza y chasqueaba los labios.

—Es algo inexplicable, señor. Nunca había pasado aquí cosa igual. Avisaremos al detective privado del hotel. No me explico. Aquí tenemos un buen servicio de vigilancia. Es…

—No, no prosiga, amigo mío. Si nunca ha pasado cosa igual, y si aquí, según usted afirma, hay tan buen servicio privado de vigilancia, yo me mudaré tan pronto como salga el sol.

—No. De ninguna manera. Nos desacreditaría. Es necesario que usted nos ayude a aclarar…

Yo estaba realmente colérico. Me sentía arder.

—No hay que aclarar nada, amigo. Usted mismo me ha dado la clave.

—¿Clave? —aquel buen hombre estaba volviéndose loco; lo proclamaban sus ojos.

—Sí señor. El ladrón vive en el hotel o está en el servicio.

Entonces fue cuando saltó como si lo hubiera picado un bicho, y fue entonces cuando sus ojos dejaron de caber en sus órbitas.

—¡Oh, imposible, imposible! ¡No diga usted tal cosa!

—Bien. ¿Qué hora tiene?

El pobre hombre ni siquiera sabía en qué muñeca llevaba el reloj. Estaba tremendamente asustado, no sé si por miedo al escándalo o por miedo a que hubiera algún misterioso asesino escondido entre los muebles.

Eran ya más de las tres. Estaba tentado de despedir acremente al inútil manager, pero él se adelantó a mi intención:

—El señor velará en la puerta hasta que amanezca —dijo.

Y el pobre sirviente, tan asustado como puede estarlo un señor nervioso, me hizo guardia hasta que me levanté, por cierto bien tarde, porque ya acostado estuve cavilando sobre aquella extraña circunstancia que venía a colmar un día lleno de inconexas y al parecer conectadas aventuras.

Acababa de desayunar —por cierto un desayuno de frutas tropicales que me agradó sobremanera y que desearía repetir ahora— y me disponía a encender un cigarrillo para pensar con calma sobre los sucesos pasados y sobre mis negocios futuros, cuando se me acercó un señor elegantemente vestido, solícito, verdaderamente amable.

—Desearía, señor mío —me dijo en un inglés correctísimo— poder hablar con usted sobre la infeliz circunstancia de anoche. He sido comisionado por la dirección del hotel para atenderle debidamente.

Me inspiró confianza el hombre. Era, a todas luces, el detective de la empresa, o el jefe del servicio de vigilancia, si es que contaba con más de una persona.

—¿Quiere pasar al salón contiguo? —invitó él muy cortés.

Allí, cómodamente arrellanado en un sillón amplísimo, mientras veía ascender el humo de mi cigarrillo, le fui explicando al detective lo ocurrido durante la noche. Me miraba con unos ojos inmóviles que molestaban. Me preguntaba cien veces a qué hora me dormí, si estaba seguro de no tener prenda alguna, documento o cosa de importancia, algo que pudiera interesar a un ladrón; si no tenía sospechas, si mi misión en Río no implicaba algún negocio secreto. Con una cara de zángano —que supongo que ésa sería la que yo tenía en tales momentos— le iba diciendo que no. El hombre se aseguró bien de la probable estatura del ladrón, de las escasas señas que yo le pude dar, y al fin me dijo finamente adiós, tan finamente como me había saludado.

—Confíe en que encontraremos al ladrón. Nos interesa más que por nada, por averiguar qué móviles le llevaron a su habitación. Porque está patente que él perseguía algo especialísimo.

—Pero no es para tanto —advertí—. Si bien no niego que estoy profundamente disgustado, confieso que quien fuera el que estuvo allí no se llevó nada.

—No importa —sonrió el detective, y se fue haciéndome una reverencia muy llena de gracia.

Pero estaba visto que yo había de tener en aquella hermosa tierra del Sur unas experiencias muy raras. Todavía no logro explicarme cómo no me volví loco.

Esperaba que una ligera llovizna cesara, para lanzarme a la calle, deseoso de pasear a mis anchas por las amables rúas, y serían sobre las once de la mañana, cuando se me acercó muy solícito el manager diurno del hotel para preguntarme mi nombre y averiguar si era yo el del caso de la noche anterior. Todo cuanto preguntó fue en voz tan baja que apenas le oía. Estaba interesado en que nadie se enterara.

Cuando le dije que sí, me pidió que lo acompañara. Fuimos a dar precisamente al salón donde había hablado con el detective por la mañana. Me esperaba allí un señor de alguna edad, bajito, humilde de aspecto, con la cabeza encanecida y unos abundantes bigotes enrojecidos por el tabaco.

—El señor —me explicó el manager—, es el encargado jefe de la vigilancia del hotel. Sírvase exponerle su caso, si no lo tiene a mal.

Aquella gente debió pensar que yo no estaba en mis cabales. El señor humilde, sobre todo, me miraba con profunda atención. Yo tenía la boca abierta y no podía hablar. Al fin estallé:

—¡Pero si ya le expliqué el caso al detective!

El manager saltó, no así el otro. Se quedó frío.

—El que vino esta mañana a interrogarme —expliqué.

El viejo sonrió muy levemente.

—¿Podría decirme qué tipo era?

Confuso, atolondrado, di las señas del hombre, pero me negué a seguir hablando sobre el robo ni sobre el engaño de que había sido víctima. Estaba corrido y avergonzado. Quería que me tragara la tierra.

—Me voy esta misma semana —me decía mientras ellos parecían pensar en quién era el usurpador—; me voy tan pronto consiga el contrato de la Sao Paulo.

—Señor mío —el viejo triste tenía una voz muy dulce—, a su alrededor se está moviendo algo que todavía desconozco. No tengo la menor idea, pero el robo de anoche, o la tentativa de robo, el engaño de hoy y alguna otra cosa que debe haberle sucedido de tan escasa importancia que usted no lo haya notado, son piezas de una sola máquina. Averiguaremos ahora de qué se trata.

El viejo se sentó y extendió las piernas. Parecía un empleado que hubiera ganado su retiro; un buen padre de familia pobre.

—¿No ha notado usted nada raro desde que está en Río? —preguntó mientras daba candela a su tabaco.

—Desde luego —aseguré.

Él me atajó:

—Muy bien, señor mío. No diga una palabra, que las palabras inoportunas son tan peligrosas como las balas perdidas.

***

Habían pasado diez días encantadores. Me iba enamorando cada vez más de Río; hacía relaciones, visitaba sitios encantadores… ¿Cómo se explica que diez días basten para olvidar ratos desagradables? Yo no había vuelto a ver a Rambao ni a John ni a Amelia, y como si jamás me hubiera ocurrido nada, iba olvidando los disgustos que me proporcionó mi primer contacto con Río.

Una tarde plácida recibí un cable de mi casa de New York. Se me ordenaba pasar con urgencia a Montevideo. En la noche estaba ya a bordo de uno de los innumerables barcos que hacen la socorrida travesía Río-Montevideo-Buenos Aires. Parpadeaban las luces de la ciudad, a trechos ocultas tras los picachos que cierran la bahía. Un pasaje numeroso y vocinglero contemplaba el raro espectáculo. Yo pensaba en el negocio que estaba concluyendo en Río y que sin duda marchaba viento en popa y a ratos, como hacía siempre que me hallaba solo, pasaba revista a mis años idos. Me decía, con una insistencia tenaz, que toda una vida encaminada a producir dinero para vivir mejor o peor no era cosa realmente halagüeña. Cuando llegara a viejo, ¿qué iba a ser de mí, sin un afecto sobre la tierra, sin saber en qué emplear los dólares que guardaría sin duda en algún banco newyorkino? ¿Cómo iban a discurrir mis últimos días, perdido en la ciudad imperial? ¿Qué había sido de tantos amigos como tuve, de tantos calurosos corazones fraternales que fueron desapareciendo en la voracidad de la urbe, perdidos para mi cariño?

Más de seis veces, tantas como la vida me lanzó a las tierras del Sur, tuve iguales tormentos. Sentía que en ellas los hombres eran distintos de nosotros; que perseguían más la satisfacción espiritual que nosotros. Y siempre tuve miedo de estar enamorándome. Yo comprendía que éramos tan distintos como seres de mundos opuestos. Un pesimismo disociador se apoderaba de mí. El paisaje sensual; el mar que tiene una feliz gracia de mujer; la música doliente, el mestizo triste; el negro sufrido: todo aquel ambiente opresivo y de doloroso fondo humano me dominaba en el lado Sur, así como la alegría de vivir, el ansia de disfrutar, la locura infantil de la raza me dominaba en el Norte.

Estaba acodado en la barandilla, viendo y no viendo el confuso horizonte, oyendo y no oyendo los comentarios del pasaje cuando una mano pesada cayó sobre mi hombro y una voz familiar tronó:

—¡Lewis, my dear!

Me volví impresionado.

—¿Qué diablos haces aquí, John?

Pero me asombró verlo tan sonriente, tan sereno, y como tan despreocupado por ser más alto de la cuenta. Me miraba con un aire mortificante de superioridad y de suficiencia.

—Primero, pedirte que me acompañes a un whisky; después, llevarte a saludar a mi mujer.

—¿Mujer? ¿Pero te has casado, John?

John puso ojos tiernos y se acodó en la barandilla. Su voz parecía grave de felicidad.

—Casado, Lewis, no como tú, que andas a la ceca y la meca sin el apoyo de un cariño.

No supe qué contestarle. Al mucho rato argumenté:

—Hace diez días tú no tenías novia.

—La tenía siempre, Lewis; desde hace años. Sólo que no la había encontrado. Reposaba en mi corazón. Era la esperada.

La noche estaba tan propicia a confidencias de ese género, y era tal mi sentimiento de soledad, que no encontré desentonadas las palabras de mi desgarbado ex condiscípulo.

—Querría que te explicaras mejor, John ¿Te has sacado un premio, el pool del Derby, la lotería irlandesa?

—Me he sacado la vida, Lewis, el amor, la paz y la seguridad.

Nunca sospeché así a John. Me quedé mirándole fijamente.

—Se ve que amas. ¡Cómo te has transformado en diez días!

—El amor suele transformar en un segundo, porque él es la razón suprema del hombre.

Me hallaba abrumado. Quise salvar la situación.

—¿Vamos al whisky?

—Vamos. Antes me hacía falta, ahora lo gozo como un subordinado de mi amor.

Tomamos una copa. John se veía tan distinto, tan sereno, tan seguro, que me vi forzado a ser indiscreto.

—¿Cómo caíste por estas tierras, John?

—No sé, quizá el destino. Hemos de creer en el destino, Lewis. De estudiante me atraía todo lo del Sur; leía sin cesar. Después conseguí un puesto de importancia en una sociedad geográfica. Se organizó una expedición y no me explico cómo entré en ella. El caso es que del Pacífico salimos al Atlántico. ¡Figúrate, Lewis! Aquello fue algo inolvidable: desde el Momotombo hasta Pará… ¿Sabes lo que es verse de golpe transportado a los primeros días de la creación, juguete infeliz de las fuerzas de la naturaleza desatadas por doquier? Es algo inolvidable, Lewis… ¡Qué lástima que nosotros allá seamos como somos! ¿Colorado? ¿Middlewest? ¿Rocallosas? ¡Boberías, Lewis! Es aquí donde se comprende a Dios. La misma tierra parece vivir: créelo Lewis. La misma…

—Explícame —le interrumpí— ¿Y no andabas tú atrás de una mina, de algo secreto? ¿Qué planos eran esos que mentabas tanto?

—¡Ah! —John pareció despertar de pronto. Estuvo un rato alelado. Después se sirvió más whisky—. ¡Ah! Sería muy largo de explicar. En la selva nada te parece difícil ni real. Oí hablar allá a unos negros. Contaban de un pueblo perdido y del Dios de la Selva. Después consulté papeles. Hubiera jurado que existía y todavía no dudo del todo. Nada puede dudarse en estas tierras.

—Bien; yo también he tenido noticias de tal Dios, pero tú ¿por qué te empeñaste en que yo tenía los papeles? ¿Qué papeles eran esos?

—Es largo de explicar. Un periódico inglés anunció que salía para el Brasil un investigador alemán a esclarecer el sitio donde podía hallarse al Dios de la Selva, y que llevaba consigo documentos precisos. En Río había cinco o seis grupos tratando de conseguir lo que aquel alemán perseguía. Uno de ellos envió un hombre a New York, nadie logró averiguar quién, y ese hombre avisó desde Sao Paulo que los documentos venían en manos de un viajante americano. Supusimos que eras tú.

No pude menos de sonreír.

—¿Y qué diablos tenía yo que ver con ese Dios, John?

—¿Qué sabía yo? Podías tener cuanto quisieras. Pero no hablemos de eso. Nadie conseguirá ya al Dios: es mío. Yo lo tengo.

Me quedé mirándole fijamente.

—¿Qué tú lo tienes? ¿Es posible, John?

—Sí —aseguró seriamente—; lo llevo a Montevideo. Ven y lo verás.

—Pero ¿cómo va a ser posible, John? ¿No dicen que es enorme? ¿Cómo ibas a poder sacar tal tesoro del Brasil?

Bajamos a la segunda cubierta. Él iba con paso ágil.

—Pues saqué ese tesoro con toda facilidad, Lewis, frente a las mismas narices de los vistas de Aduana. Todavía yo mismo no me explico cómo lo permitieron. Ven, por aquí.

Confieso que yo empezaba a sudar. Estaba nervioso y precipitado. John parecía muy sereno. De pronto empujó una puerta y señaló:

—He ahí el tesoro, Lewis. Míralo a tu gusto.

Corrí casi enloquecido. Materialmente me tiré en el camarote. Y me detuve de pronto, anonadado: allí estaba el tesoro: Luisita. Sonreía con esa gracia de la raza que me había intrigado once días antes en la casa de Rambao.

—¡Pero Luisita, John! ¿Y esto?

Ella se levantó en un momento, me ofreció asiento, fue a buscar cigarrillos, se arregló el pelo.

—Usted es el autor indirecto, amigo mío, puesto que fue quien nos presentó a la salida del “Cintra”. ¿Lo ha olvidado?

—No, pero…

Estuve cerca de una hora con ellos. Parecían realmente felices. John me explicó que trabajaría en Montevideo. El viaje, además, era de luna de miel. Cuando me despedía estuve tentado de llamarle y preguntarle si no había él tenido que ver con el intento de robo que se me quiso hacer. Quizá andaba buscando los papeles que se suponía iban conmigo. Además, mi antigua amistad me autorizaba a eso. Pero no quise turbar su felicidad.

Me fui a dormir temprano. Todavía el pasaje charlaba en cubierta.

***

Los dos o tres días siguientes a la noche en que tuve el raro encuentro con John, los pasé con cierta depresión espiritual. Me había impresionado el espectáculo de felicidad de mi antiguo condiscípulo; tornaba a sentirme abandonado. Pensaba en sus aventuras por la selva, en la locura de andar persiguiendo a un dios fantástico, producto de la imaginación ardiente del negro, de la misma fastuosidad del ambiente americano.

Después, con la preocupación de los negocios, con la observación del nuevo escenario en que me movía, lo fui olvidando. Un día, el mismo en que gestionaba mi vuelta, volví a verle. Me confirmó su absoluta felicidad, se tomó dos whiskies conmigo, y me dijo que se iba al interior, a hacerse cargo de una empresa de carnes.

Torné a Río. Acababa de llegar al hotel, y apenas salía del baño, media hora después de haber dejado el barco, cuando fui solicitado por el manager. Entró haciendo mil reverencias. Se reía muy orondo.

—Con toda probabilidad el señor creyó que nosotros habíamos olvidado el disgusto de que fue víctima en esta misma habitación. La empresa ha movido todos sus resortes y dentro de un momento estará usted en presencia del autor…

—No —le atajé—; muchas gracias. Yo sé ya quién es el autor. Debe haber habido un error. Mil gracias, de todas maneras.

Mientras el hombre me miraba asombrado yo pensaba en John y en Luisa, camino de los llanos del Paraná, jubilosos, dichosos por haber encontrado oportunidad de iniciar una vida nueva.

—Gracias —repetí—. No fue más que una broma de un amigo.

El hombre puso cara triste.

—Lo sentimos, señor; sentimos que sea su amigo. De todas maneras, ya no hay escapatoria. Están acusados un hombre y una mujer y se hallan ahora aquí, esperando que usted los vea para ser entregados a la justicia.

—¿Cómo? ¿A la justicia? ¿Pero los van a entregar? ¿Y a ella también?

—No hay más remedio.

Acabé de vestirme con toda prisa y me lancé abajo. ¿qué derecho tenía el hotel ni qué derecho tenía nadie en tronchar la felicidad de aquellos dos muchachos enamorados? ¿Pero cómo era posible que los hubieran traído tan de prisa? ¿Por avión, quizá?

—No les voy a acusar —pensé de camino—. Diré que nadie ha intentado robarme nunca. Haré quedar mal a esta gente. ¿Cómo voy yo a justificar ese mal al pobre John, que parecía tan feliz?

—Por aquí señor —indicó el manager.

Estaba nervioso; me sentía incómodo. El manager me señalaba un salón gris, de mediano tamaño.

—¿Quiere usted esperar?

Tomé asiento y encendí un cigarrillo. Nadie me haría desistir de mi propósito: diría que no era cierto.

Un hombre entró: era el viejo detective con quien había hablado sobre el presunto robo.

—Saludo, señor. Ya vienen —dijo al tiempo que se sentaba.

Y en efecto, venían. Entraron un hombre y una mujer seguidos de dos señores hoscos. Al pronto no los distinguí. No quería alzar la cabeza. ¡Me avergonzaba verlos ante mí, acusados de tentativa de robo, él sobre todo, que no había estado buscando más que papeles inexistentes! Pero los vi. Y eran… ¡Eran Rambao y Amelia!

Quise caer de espaldas. A él le sujeté por los brazos.

—¡Pero amigo Rambao! —casi grité.

Él me miró despectivamente, con una sonrisa desdeñosa.

—Coger a un hombre como yo por una tontería como ésa —lamentó sin verme.

Estalló una voz de vendedor de periódico:

—¡O Journal! ¡Apresado el dios de la Selva!

Me volví rápido:

—¿El Dios de la Selva? —pregunté.

—Sí —sonrió el viejo detective—, y algo más que Dios de la Selva. Este hombre es el más audaz de todos los ladrones que ha dado el continente. Y he aquí a su bella cómplice. ¿Qué le parece? ¿Bella, eh? Pues salga y mire. Necesitamos más de doscientos policías para custodiarlos.

Pero dos horas después, cuando me encontré suficientemente sereno para leer O Journal encontré que no era Rambao el llamado Dios de la Selva. Su prisión se comentaba en otro sitio, con todos los honores debidos. Lo que decía el suelto sobre el Dios de la Selva era otra cosa. Lo recuerdo bien:

El gran naturalista alemán, Dr. Hans Spietchit, ha logrado apresar al Dios de la Selva. Se considera que quizá no puede conseguirse otro ejemplar vivo. Este tiene seis pulgadas de largo, y se cree sea una degeneración del plesiosaurio americano. Su nombre le viene del extraño parecido con un ídolo indio de la civilización agustina.

Se están tomando todas las precauciones debidas para embarcar hacia Europa al extraño y valioso ejemplar.

***

Sin mayores precauciones, yo tomé, dos días después, pasaje para el Norte.

Todavía recuerdo la sonrisa afilada de Rambao, la voz de Amelia y el bonachón aspecto del presunto agente nazi.

Ir arriba


. La mula
[Puerto Rico Ilustrado, N° 1509, San Juan, Puerto Rico, 18 de febrero de 1939, p.4, p.65 y p.72.]

Cuando hice mi penúltimo viaje a la loma encontré que mi compadre estaba por San Juan. Fue una noticia desagradable, porque mi compadre Higinio era un encanto de hombre y nadie en el lugar sabía entretener como él al forastero. Yo había llevado dos amigos. Nos acomodamos como pudimos en casas de familia, en lo que retornaba el compadre, y empezamos a dejar pasar los tres, los cinco, los siete días que duró su ausencia. Una tarde, estando en la pulpería, llegó no sé quién a decir que por el paso del río venía Higinio. Igual que si nos hubiera tocado la lotería, nos alegramos todos. Combinamos ir a esperarlo a la salida del lugar, camino de Pino Viejo, y allá nos fuimos con las medias botellas indispensables. Cuando nos alcanzó a ver, mucho antes de que pudiéramos oírlo, empezó a remover los brazos, a pararse en los estribos y a tirar el sombrero al aire. Después, ya más cerca, distinguimos su voz cordial y enorme:

—¡Dos e vagabundos! ¡Ajilen, condenaos! ¡No se beban to el ron, borrachones! ¡No se beban to el ron, borrachones!

Y ya frente al grupo se fue inclinando para abrazarnos a todos. A mí me levantó como a una pluma. Cuando le presenté a los amigos, con esa cortesía tan noble y tan franca que le era peculiar, se descubrió, ladeó la cabeza, y lamentó:

—Mi compadre siempre hace las cosas sin tino, porque si va y me manda un papelito, yo no voy a parte. Pa mí es más placer atender a las visitas que andar dando tropezones por ái.

Se echó a reír con su gran boca de dientes macizos y, como si hablara con mulos, gritó:

—¡Ajilen! ¡Ajilen! Que ya como quien dice tamos matando un puerquito pa atender a los nuevos amigos. Pero primero hay que pagarme la alcabala…

Yo, que conocía la jeringonza, le tendí una botella. Por poco se la bebe de un solo trago.

***

¡Ah hombre amable y tarde y tierra amables! Había empezado aquel pertinaz viento lomero a pulir cielo y distancias. ¡Frío endemoniado! La casa estaba llena de algazara, y se oían los comentarios de los vecinos que se habían acercado a presenciar el sacrificio del cerdito. Llameaba la hoguera en el patio. Nosotros consumíamos ron adentro y reíamos con las ocurrencias de mi compadre. Contaba incidentes del viaje y una aventura picante en que fue actor. Entre cuentos se asomaba a la ventana y decía chistes sobre la tardanza del lechón. Comía sin descanso. Nos contaba que nunca un caballo le había resistido el viaje al pueblo; usaba dos: cuando tenía que hacer el camino mandaba un peón con una montura al paso de Pedregal; tres o cuatro días después salía él, cambiaba bestia allí, dejaba la suya y de retorno tornaba a montar la primera. Después volvía a mandar un peón en busca de la que había dejado.

—Un tormento, compadre, créamelo. Yo daría lo que no tengo por ser flaco, pero resulta que la boca no dentra en negocio. ¡No se cansa la condená de tar mascando!

—Ni bebiendo, Higinio —aseguraba viejo Mon, de ojos adormilados y bigote cano.

—Ahora creerá usté, viejo Mon, que ha dicho algo grande. Búsqueme uno que trague seco. Por querer tragar seco le pasó a Fidencio lo que le pasó.

A seguidas Higinio contó el caso de Fidencio: una noche de San José se juntaron diez o doce amigos del lugar y dispusieron un sancocho. A Fidencio, medio bebido, se le atragantó una pieza de pollo, y cuando le recomendaron que bebiera agua dijo que de ser así mejor se ahogaba, porque él no bebía más que ron. El ron se había agotado, y en lo que traían más, se asfixiaba el hombre. Estaba morado ya. Le quisieron meter agua a la brava, y se negó. Un mentado Genaro, que estaba bastante bebido, dijo que él lo curaba, y se puso a darle golpes en la nuca, pero, ya cansado, se le ocurrió ir a la palizada y desprender un tronco. Nadie pudo evitar que le diera, y parece que Genaro no midió bien su fuerza. Es verdad que Fidencio expulsó la pieza de pollo, que saltó como una bala y fue a darle en la cara a Higinio; pero también es verdad que el remedio resultó peor que el mal, porque a poco estuvo de no dejarlo loco.

La historia, un poco estrambótica, lo era más contada por mi padre. Borbotaba su gran risa, que le hacía temblar los carrillos rellenos y el vientre voluminoso.

Celebrándola estábamos cuando le llamó a gritos un peón. Se levantó ágilmente, y le oímos ordenar algo. Después, cuando volvió, nos contó que ya había llegado Lulo con el animalito.

—Es una mulita que compré en el camino —explicó—. Se le murió la mamá y como es una pichoncita, me la dieron por ocho pesos. Yo sé mucho de animales. Na más hice verle el ojo y le saqué la raza. Horitica, como quien dice, ta ésa dando beneficio.

Alguien quiso ver la mulita. Un poco oscuro ya, tuvimos que sacar luz para distinguirla. Estaba cubierta de un pelo lanudo, pardo, y, como una muchacha pudorosa, temblaba asustada bajo el ojo de tantos curiosos. Me le acerqué para acariciarla: la mulita, desconfiada, saltó veloz y graciosa.

—¡Compadre, no se le acerque, que ésa tiene gasolina! —gritó Higinio.

Coreados por su risa, nos fuimos a hacerle honores al puerquito.

***

Salido del lugar, no pude ir en mucho tiempo. Casi pasaron dos años antes de que volviera a ver a mi compadre. Se me presentó en casa una prima noche, fiestero y hablador. Fue realmente un gran contento tenerlo a mi mesa y oír su animada manera de decir. Ya tarde, quejándose de que él no estaba acostumbrado a velar tanto, se me ocurrió preguntarle qué había sido de aquella mulita. Por poco me tumba de la silla: me pegó un manotazo brutal en la rodilla; carcajeó un principio de risa…

—¡Diache e compadre! ¿Po usté no sabía el cuento del animalito? ¡No me diga, compadre, tan leído como dicen que es usté…!

—No, compadre: estoy en ayunas. Cuénteme.

—Y pa qué le voy a contar. ¡El animal que se ha dao! Si no fuera porque el cariño sólo debe probársele a la gente, jata en mesa comiera y en cama durmiera esa mulita… Si yo no me equivocaba, compadre. ¡Un paso! ¡Un tren! La pué montar un niñito; le pué poner un vaso de agua en la silla, que no se le cai ni gota. Bueno, con decirle que agora hago el camino corrío, sin sesteo…

Aquello sí me convenció, porque la verdad es que mi compadre tenía tamaño para cansar a la mejor montura.

—Espérese, hombre, que no rompo a hablarle cosas de esa mulita, porque me ando cayendo del sueño y lo que toy es loco por tirarme en el catre; pero la tengo aquí en el pueblo, en el potrero de Juan Boliche, y mañana la vé usté. Dispués me dice qué le parece; pero agora señáleme onde me voy a echar.

Con las primeras luces del amanecer, me despertó a gritos. Desde ese momento no soltó la mula de la boca. Parecía un joven enamorado. Y después, convencido por él de que yo debía volver a la loma, y decidido el viaje para el fin de semana, comprendí con qué pasión quería mi compadre a su bestia, porque en todo el camino, largo, abrumado de lomas y de pasos de ríos, angostado por el sol quemante, Higinio me tuvo al garete recomendándome que me fijara en el andar de su mulita, en su estampa, que era realmente atractiva:

—¡Mírele esas orejas, compadre! ¡Véala agora, que la voy a clavar! ¡Aguaite cómo repecha esa loma, compadre!

Ni más ni menos que un enamorado. Enternecía ver el orgullo en aquel rostro mofletudo.

***

Al lugar llegó días más tarde una cabalgata. De lejos me parecieron gentes de tropa, porque vestían de pardo. Entre gritos y vivas llegaron a las primeras casas. Uno de los del grupo sacó su revólver y disparó al aire.

—¡Viva el Mayor! —gritaban.

—¡Viva el Mayor!

El lugar enloqueció. El Mayor, hermano del Presidente, fue objeto de mil atenciones. La gente salió a recibirlo y las muchachas se metían a toda prisa en los bohíos a cambiarse de ropa. Acudieron curiosos de todos los rincones. En la noche, una hora después, se estaba bailando. Higinio era, como siempre, el anfitrión. Y yo, como siempre en esos casos, inventé un dolor de muelas insufrible y me fui a dormir desde las siete.

Temprano se decía que el Mayor iba a pasar una semana allí; y temprano me tomé el trabajo de convencer a mi compadre de lo urgente que era mi viaje al pueblo para “ponerme en manos del dentista”.

—Con ron, compadre, se curan esas condenás. ¡Cómo va usté a dirse si agora empieza la corría!

No cabía duda de que veía por los ojos de su mula: a pesar del afecto entrañable que me tenía, no se le ocurrió ofrecérmela.

Y que nadie vaya a pensar que yo lo pretendía. Lo que yo buscaba era salir pronto, para curarme aquel “dolor de muelas”.

***

Juro que uno de los más amargos momentos de mi vida lo pasé aquella noche en que oí a mi amigo tratar de convencer a Higinio de que había hecho mal. Fue una discusión estúpida, porque mi amigo, con sus estudios universitarios, con su inteligencia despierta, con su dialéctica, con todas esas boberías no podía elevarse a la altura en que campeaba aquel campesino tosco. El muy animal era incapaz de comprender que todavía hay gente que pone sus sentimientos por encima del dinero.

Higinio había llegado a la hora de cena. Me sorprendió, porque no hacía quince días que lo había dejado en el campo, atendiendo a su Mayor, gran señor a su manera, disponiendo fiestas y convites, alegre y acogedor como lo había sido toda su vida. De improviso, aquella prima noche, entró silencioso y me abrazó sin efusión. No dije nada, porque no quería impresionarlo; pero me imaginé que andaría enfermo; que tal vez había venido en busca del médico.

Hablamos muy poco.

—¡Anímese, compadre! —llegué a decirle—. Mire esa botella, ahí, sí; ésa; sírvasela entera, si le parece; pero le advierto que es candela.

—Cómo voy a animarme, compadre, si hoy he venío a traer la mulita…

—¿A traerla?

Dijo que sí sin hablar. Tenía colgado un brazo en el espaldar de la silla y la cabeza medio doblada.

—Sí, tuve que regalársela al Mayor.

No pude responder. Mi amigo —¿para qué decir el nombre, si todos son iguales?— llegaba en ese instante. Me levanté a recibirlo. Después, cuando hube hecho la presentación, le pregunté a Higinio:

—¿Regalársela? ¿Por qué?

Se enamoró de ella. Toy con el corazón partío, compadre.

—El Mayor, que se enamoró de su mula —expliqué yo al amigo—. Era un encanto de animal. Parecía una muchacha.

—Y dígalo.

Higinio pareció animarse. Golpeó con su mano en el muslo del otro.

—Oiga, como no la hay en parte. Figúrese, cuando el Mayor me ofreció quinientos pesos por ella…

—¿Quinientos pesos?

Mi amigo no disimulaba su asombro. Abría los ojos y la boca.

—Unjú. Y le dije que no, que no había cuarto pa comprármela. Entonces me ofreció setecientos. Volví y le dije que no. Sacó mil pesos en papeletas de a cien, y le dije que mejor se la regalaba. Hoy la traje. Toy como si fuera a enterrar un hijo.

—Pero ¿mil pesos? ¿Y cómo los rechazó usté?

Higinio le miró gravemente, como si de pronto hubiera visto en él un animal raro. El otro no callaba su asombro:

—¡Mil pesos! Pero usté hizo muy mal, amigo; con mil pesos compraba usted diez mulas buenas…

Entonces Higinio mostró una mirada que jamás le había sospechado yo: todo el ojo se enturbió, se le hizo pesado. Parecía que se le estaban cayendo las pupilas. Habló muy despacio, como quien masca las palabras:

—Yo creía que usté taba jugando, don. ¡Jata vergüenza debía darle hablar asina!

—¿Por qué? —preguntó hecho el ingenuo aquel imbécil.

—¿No era un negocio?

Higinio no pudo sufrir más.

—Perdone, amigo —dijo, y se puso en pie—. Perdone.

Yo no sabía que había gente como usté.

—Pero una mula…

—Mire amigo —Higinio le puso la mano en el hombro—, lo que se quiere no se cambia por cuartos. Los cuartos sólo sirven pa gastarse, don. Pa mí es como si se me hubiera muerto; pero yo no podía cambiar mi mulita por dinero. Yo soy del campo, amigo, y pallá somos brutos.

—Pues no se la hubiera dado.

—Era el Mayor, el hermano del Presidente —dije, yo.

—¡Ah! Verdad.

—Me dolía menos regalarla que perderla —explicó Higinio.

—Que perderla… —agregué.

—Sí, pero mil pesos.

—¡Animal! —grité sin poder contenerme. —¡Tú no entiendes eso! ¡Qué vas tú a entender eso!

Higinio habló lentamente:

—Jata escrúpulo me da que usté se ajunte con gente asina, compadre.

Caminó con paso tardo hasta la puerta, y sin volver el rostro se despidió:

—Buena noche, compadre…

Yo estaba rojo de vergüenza. Ni decirle adiós pude.

Ir arriba


. Anarquistas
[Puerto Rico Ilustrado, N° 1544, San Juan, Puerto Rico, 21 de octubre de 1939, p.5 y pp.57-58.]

El camarada Felipe golpeaba la mesa con los dedos, se levantaba, entre ratos, y se acercaba a la puerta. Era bajito y oscuro aquel cuchitril. La bombilla apenas alumbraba los rincones. A las once y veinte, cansado de esperar, habló:

—Es hora de que empecemos.

Un hombre pálido, de mirada encendida, comentó con voz dulce:

—Deberíamos esperar al Chiquet.

Había allí uno grueso, rubio y de muy pocos pelos, que tenía rostro de cura. Nadie lo hubiera notado, porque no se movía.

—¡Oh, el Chiquet, el Chiquet! —dijo con voz meliflua.

Y como chasqueara la lengua, un tipo alto y ancho, de cerrada barba y pelo chorreoso, increpó:

—¡A ver qué dices tú del Chiquet! ¡A ver!

Con una sonrisilla llena de ironía, mientras encendía un puro barato, el gordo pareció complacerse en cada letra al decir:

—No digo nada; por lo menos nada malo…

El barbudo se incorporó atropellando la silla.

—Pues algo querías decir. Siempre eres así, poco claro.

—Sí —respondió la voz meliflua—; soy así, es cierto. Nadie me puede acusar de violento; eso es todo. Pero digo aquí que no hay que esperar al Chiquet.

—Ah… Comprendo.

Mientras él miraba con ojos tristes, entraron silenciosamente cuatro, cinco, seis compañeros. Uno de ellos tiró sobre la mesa una pistola.

—No sirve —dijo—. Se cerró a los cuatro tiros.

El camarada Felipe, como quien acaricia una mano de mujer, estuvo tentando el arma. Después quiso ver si realmente no funcionaba.

—Se buscará otra —afirmó—. Pero ahora debemos hablar. Ayer se decidió aquí algo sobre Font, el patrono de la panadería del Paralelo.

Con la mano extendida en un gesto cordial, el que había tirado la pistola interrumpió.

—Ya dije que se cerró a los cuatro tiros. ¿A qué hablar más, compañero?

Felipe se sintió abochornado y apenas pudo mirar a su interlocutor.

—Bien, camarada; no pretendí molestar. Ignoraba que… ¿Sabéis lo del Chiquet?

Los hombres parecieron masticar algo desagradable. Nadie pretendió hablar. Ahogados por el duro silencio, se miraban entre sí con dolor. Algunos fumaban y la escasa bombilla se debatía entre el humo. Al cabo de un rato, esforzándose por quebrar la angustia que oprimía, el grueso de voz meliflua empezó a contar que había enseñado a su perro a orinar en las piernas de los guardias.

—He logrado convencerlo de que sus botas son troncos —dijo.

Contaba que precisamente esa noche el animalito había ejecutado por primera vez lo aprendido. Reía él con su risilla mortificante, y los demás parecían recelar de su risa. Le interrumpió Felipe:

—Permíteme, compañero. Hablamos también anoche de ciertas diferencias en el sindicato de…

—¡Un momento, un momento, compañeros! —latigueó una voz metálica y alta.

El que hablaba era un hombre joven y fino, de ojos relumbrantes, que usaba gorra. Parecía imperioso; y movía las manos como quien corta algo en el aire.

—Un momento —repitió—. Llamo la atención sobre el hecho de que el compañero olvida que quien hablaba anoche, cuando tuvimos que salir, era yo.

—Sí, es cierto —admitió Felipe.

—Entonces ¿por qué no dejarme hablar? ¿Es que no te agrada oírme?

—Al contrario, compañero: me gusta oírte.

El grupo apenas se movía. Tosió el barbudo, como indicando que ya bastaba de discusiones. El joven fino e imperioso le miró torvamente.

—Discutíamos anoche sobre el derecho de los animales —dijo—. No pude terminar por lo de Pepet; ¿no es así?

—Así —aprobó alguien.

—Y bien: aprovecho para informar a los camaradas que Pepet está todavía en el depósito de cadáveres.

El grueso de voz meliflua comentó:

—Mal sitio. He estado allí y huele muy mal.

El orador no hizo caso.

—Compañero —empezó—: estábamos anoche en que hay un derecho natural que ampara a los animales. Expuse todas las fases de ese derecho y tuve que interrumpirme cuando estudiaba su constante violación por parte de la sociedad. Preguntaba, precisamente, con qué autoridad un hombre se erige en propietario de un animal; y ponía el ejemplo del gallo. Igual que todos los seres a quienes el hombre, arbitrariamente, desconoce razón, el gallo expresa una virtud eminente. El perro es leal, el gato es desconfiado, el gallo es valiente. Pero aparte de esa virtud, el gallo es entre todos los seres vivos de la creación el que más se complace en la ley básica de la vida; en el amor. Ninguna criatura lo disfruta como él. Parece hecho expresamente para alcanzar el mayor deleite que puede concebirse en el cumplimiento de un mandato de la naturaleza. Sin embargo, compañeros, el hombre lo priva de ese deleite; el hombre lo castra para engordarlo y beneficiarse de su crimen. Fijaos bien en ello, porque tal hecho demuestra hasta la saciedad que toda la creación es víctima del inicuo sistema social que nos oprime. Algún día expondré también la sistemática destrucción que ejerce el hombre en el reino vegetal, violando todas las disposiciones naturales y haciéndose una moral para su uso que le permite quedar en paz con su conciencia, si no glorificado cuando ejecuta uno de esos actos monstruosos de destrucción.

El pálido de mirada encendida parecía no atender; Felipe fumaba como al descuido. Cortando con los ojos, el orador advirtió, al tiempo que daba puñetazos en la mesa:

—¿No atendéis? ¿Hablo yo, o qué?

—Te atiendo, aunque no lo parezca —dijo Felipe.

—¿Tú, compañero y hermano? ¡Tú jamás atiendes a nadie más que a ti mismo! Es bueno que sepas que actúas siempre como un egoísta, ¿entiendes?

—Es posible, camarada; pero te aseguro que ahora te atendía con mucho gusto. Me complace tu manera de hablar y es interesante la tesis.

—¡Ja! Con que la tesis, ¿eh? ¡El señor licenciado!

—¿Hemos venido aquí a discutir o a acordar? —preguntó muy hosco el barbudo.

—Se acuerda mediante la discusión —terció el grueso.

El orador llameaba por los ojos: miró lentamente a cada circunstante. Parecía realmente muy disgustado.

—¡Se ha venido a lo que se ha venido! —bramó—. Por lo demás, ahí está la puerta. Eso, aparte de que todos vosotros podéis exponer lo que os plazca cuando yo termine.

El camarada Felipe cerró el entrecejo, descruzó las piernas y esperó en silencio.

—Compañeros, acabemos de una vez. Hay muchas cosas pendientes y no podemos perder tiempo.

Aquí rió con maligno estrépito el joven orador.

—¿Has dicho tiempo? ¿Y a ti qué te importa el tiempo? ¿Qué nos importa el tiempo? ¡Pero si estás hablando como un burgués! Véle ahora con el cuento del tiempo al Chiquet, anda, véle.

—Es cierto; perdona.

—Sí, lo de siempre: “perdona”. ¡Pero aquí no hay perdón! Hablo yo, y hablo del derecho de los animales, del derecho que tienen a una vida mejor, a la que dispuso para ellos la naturaleza; tú te muestras impertinente y después pides perdón. ¿Por qué, camarada? No es para perdonarte por lo que te digo lo que mereces, sino para que te corrijas. Y bien: hablaba, repito, de los animales. He de deciros que estoy profundamente indignado. Esta mañana, cuando salía de casa, pensando precisamente en los diversos aspectos de este asunto que había empezado a explicar anoche, vi a un niño —un despreciable burguesito, compañeros— tirar del rabo de un perro. El pobre animal miraba al niño con ojos suplicantes y creo no mentir si digo que se quejaba. Lo más horrible de la escena era la expresión de satánico gozo que tenía el rostro de aquel retoño de la maldad social. ¡Creedme, compañeros; estuve tentado de reventar a esa perversa criatura...! Pero no acaba todo ahí: salía esta tarde a resolver cierto asunto y me doy de pechos con otra dura escena: un hombre le pegaba en el belfo a un caballo, y le pegaba con un palo. ¡Sí, camaradas y hermanos míos! ¡Le pegaba con un palo! Encabritándose de dolor, la bestia indefensa trataba de huir de su verdugo. Sangraba y relinchaba. Cuando le vi aquellos ojos grandes llenos de terror…

El camarada Felipe se volvió lentamente a los circunstantes. Había callado el orador, y parecía sumergido en un doloroso éxtasis.

—¿Sabéis —estalló de pronto— qué crueldad es criar un ser con todas las presiones encaminadas a impedir que pueda algún día rebelarse contra sus explotadores? Porque eso, amigos míos, es lo que hace esa despreciable sociedad que nos circunda: educa desde el primer día de nacido al hombre y a la bestia con tal esmero que acaban sirviendo siempre sus ruines propósitos. ¡Sociedad criminal, explotadora y cínica, que mata por todos los medios y es absolutamente incapaz de crear aquello que asesina! ¡Matar! ¿Pero os dáis cuenta de lo que significaba matar, camaradas? Todos los días mueren sacrificados millares y millares de aves, de cerdos, de reses. ¿Y para qué? Pues para alimentar a una sociedad que se ha erigido a sí misma en dueña absoluta de la vida que pulula por toda la creación. Destruir la vida de un animal indefenso es un crimen atroz. Fijaos bien en que la vida es el resultado de leyes naturales que sólo se produce una sola vez en cada caso. Invalidar ese resultado equivale a privarlo para siempre, porque él no volverá a darse sino en otro ser; y como nadie puede vivir ni apreciar la vida sino a través de sí mismo, cuando se muere es como si se acabara para siempre la vida en el planeta. ¿Qué importa que los demás sigan viviendo? ¿Va el muerto a darse cuenta de ello? Responded: ¿Se da cuenta? ¿No? ¡Pues yo acuso a la sociedad de suprimir la vida sin razón, sin derecho, sin autoridad, y pido que se estudie un método para librar a los pobres animales indefensos de su monstruosa tiranía!

Visiblemente emocionado, el orador tomó asiento. Veía el gordo, con sus ojillos irónicos, la cara angulosa, fina y enérgica del que había hablado. Flotaba el humo en el cuchitril y apenas movía alguien un brazo. Cuando hubo transcurrido un prolongado silencio, el camarada Felipe habló, con voz pausada y sonora:

—Compañero, si tienes tiempo para verme una hora cada día en esta semana, escribiremos eso que has dicho: es notable tu proposición. Yo pido que no se eche en olvido.

El orador le miró fijamente, como buscando la sinceridad que parecía trascender de tales palabras.

—Bien —aprobó— así se hará.

Tras otro silencio, el camarada Felipe empezó:

—Hablamos anoche del asunto pendiente con el sindicato de construcción.

Con ademanes violentos y voz metálica, el orador terció:

—¿Insistes? ¿No te dije que yo lo arreglaba? Es que una palabra mía…

—No he querido molestarte, compañero… ¿Cuándo?

—Esta tarde, cuando empezaba a anochecer. Lo hallé entrando a su casa.

Entre el humo que se espesaba por momentos, apenas se notó la leve sonrisa del gordo.

—¿Difícil? —preguntó.

—No mucho: dos tiros rápidos. Quedó atravesado en la puerta, y no había guardias por allí.

El camarada Felipe le miró desde hondo.

—Empezaremos mañana —dijo.

—Sí, mañana.

Lentamente, el barbudo empezó a subir los escalones.

—Ya es tarde —aseguró.

Y volviéndose al orador:

—También a mí me gustó tu proposición. Hasta mañana.

Ir arriba


. Kazán
[Bohemia, Año 44, N° 2, La Habana, 13 de enero de 1952, pp.24-25 y pp.108-109.]

Por décima vez, haciendo uso de un hábito común en las gentes sin carácter, la señora dijo que la culpa había sido de Kazán y que por lo tanto no deseaba verlo ni un minuto más allí. José María inclinó un poco la frente, lo cual le pareció al señor signo de que la situación iba haciéndose muy tirante.

—¡Me lo echan de aquí ahora mismo; no resisto la idea de que duerma esta noche en la finca! —gritó la señora, casi al borde de un ataque de histerismo.

Y a la verdad, entre las personas que en una o en otra forma tuvieron parte en el suceso, nadie ignoraba que la culpa no era de Kazán. Muchos pequeños detalles se habían conjugado esa tarde para que las cosas ocurrieran como pasaron; y algunos detalles resultaban ser la culminación de medidas tomadas tiempo antes, unas por razones claras, otras por causas ocultas. A ojos vistas, la señora estaba hablando caprichosamente, lo cual por lo demás no era raro en ella.

Por ejemplo, ahí estaba el caso de Malacara. El señor sabía cómo era Malacara, puesto que durante dos años ejerció de padrote en la finca vecina y su fama se había hecho pública en los contornos. Era un animal al cual debía mantenerse siempre bien seguro. Demasiado poderoso y alto, sus dos mil libras de peso demandaban un uso escueto de sus funciones reproductivas; y acaso el exceso de energías en reserva lo mantenía de mal humor. Hubiera resultado difícil explicar por qué un toro que al decir de su criador era Holstein puro resultaba tan agresivo. Tenía mirada torva y, sin exagerar, muy a menudo lindando con lo siniestro. José María observaba el largo del animal entre las patas delanteras y las traseras y lo ahuesado de sus ancas; pero el señor se oponía a sus sospechas alegando que ningún criador de toros finos adultera los pedrigrees. De todas maneras había algo raro en Malacara, y José María no podía explicarse por qué el señor lo había comprado.

El señor no lo confesaba, pero él sí sabía que había adquirido a Malacara debido a su ignorancia en el negocio. Para la fecha del caso había aprendido mucho sobre ganadería, porque el señor era inteligente; mas cuando compró a Malacara sólo le vio el tamaño y el aire de bestia imponente. Le sobraba dinero; quería montar una buena lechería; alcanzó a ver un día al hermoso animal y su estampa le hechizó. Así fue, y no de otra manera. También a la señora le gustó entonces el poderoso ejemplar, aunque la tarde de los hechos afirmara a gritos, repetidas veces, que ella había aconsejado a su marido la venta de Malacara.

Así pues, tenemos que si hubo culpas sin duda parte de ellas le caían al señor por haberse hecho de Malacara y sobre todo por haberlo mantenido en la finca debido a que temía confesar su fracaso como conocedor de toros. Siempre le había discutido a José María acerca de la legitimidad de Malacara; y siempre, después que aprendió a distinguir los Holstein con sólo verlos, mantuvo las mismas sospechas que su empleado. Pero él era un hombre así, capaz de mantener pequeños errores por no dar su brazo a torcer.

El otro caso era el del niño de José María. Cuando su padre se hizo cargo de la finca el niño era una preciosidad de criatura, rubio, parlanchín, de ojos muy vivos, estampa carnal de la alegría. Tenía entonces cinco años. Ocurrió que a los dos meses de estar allí le dijo una noche a la tía que le dolía la cabeza, por la parte del cuello. La tía le sintió fiebre y lo acostó; y esa noche el niño estuvo inquieto y quejándose mucho. Le subió la fiebre. Por la mañana apenas podía mover una pierna. José María fue muy temprano al pueblo en busca del médico, pero el médico no pudo ir a la finca sino ya al caer la noche. De todas maneras, nada hubiera podido hacer. Al niño se le fueron secando las piernecitas, como dos ramas que no recibieran savia, y durante largos meses hubo que mantenerlo acostado o había que llevarlo cargado hasta una silla donde, pálido, con sus grandes ojos casi inmóviles, incapaz de sonreír como antes, veía a los peones trajinar, a los terneros saltar, a los cerditos corretear tras las tetas de alguna cerda gruñona. No decía nada. Mas alguna que otra vez se animaba tanto con el ejemplo de los animalitos que empezaba a sacudir el cuerpo, a mover los brazos, pretendiendo sin duda transitar libremente, como aquellas bestezuelas de Dios. Y en ocasiones se animaba tanto que perdía el equilibrio y caía al suelo.

Pues bien, ese niño, que era huérfano de madre, recibía muy de tarde en tarde caricias de su padre, probablemente menos muestras de amor que Sabichoso. Y sin embargo, ni dando la vida en una bandeja podía demostrar José María hasta qué punto lo quería. A veces ocurría que en medio del trabajo, mientras cabalgaba en pos del ganado, a solas bajo el vasto silencio del campo, se acordaba del hijo y le dolía el corazón. De tarde en tarde José María pensaba que por mucho que su hermana quisiera al tullidito, le hacía falta la madre. Y era entonces tan tremenda su angustia que debía esforzarse en recordar sus obligaciones en la finca para seguir trabajando. Y puesto que el niño se había encariñado tanto con Kazán, era casi un crimen quitárselo de buenas a primeras.

Uno de los veterinarios que visitaban la finca se refirió cierta vez a Sabichoso diciendo que era fino. Pero Sabichoso nunca despertó las simpatías del niño. Carecía de rabo, lo cual quizá le restaba alegría; y era pequeño, blanco, con tres manchas negras, una que le cubría media cara y la oreja izquierda, otra que le pasaba del lomo a la barriga y otra situada en el tronco del rabo. Parsimonioso, lento, de tristes ojos oscuros, sólo se ponía en actividad cuando un perro desconocido se metía en la finca o cruzaba a su vista. Entonces tomaba posesión de él una especie de demonio; erizaba los cortos pelos del pescuezo, desnudaba los dientes y agredía con la velocidad y la ferocidad de una fiera. En tales momentos se le oía roncar con siniestro arrastre de garganta. Los ojos le echaban fuego; las pequeñas patas se le llenaban de loca energía. Atacaba casi parado en sus patas traseras, tirándose al lomo del intruso. Terminada la pelea volvía a su soledad, a vivir echado en un rincón, lejano y silencioso. Sólo se levantaba cuando oía la voz de José María llamándole. Entonces se dirigía hacia su amo, jamás aprisa, y se echaba junto a su asiento, de donde no volvía a moverse en horas. El veterinario dijo que en otro país los de la raza de Sabichoso se llamaban “perros de un solo hombre”. De uno o de dos, el caso era que aquel animal parecía vivir sólo para José María; y éste le pagaba en buena moneda, pues cuando retornaba a la casa y no veía a Sabichoso le parecía que le faltaba algo necesario en su vida.

Mucha gente cree que no, pero la vida tiene misterios. Uno de ellos fue la inexplicable amistad de Sabichoso con Kazán. Evidentemente, Kazán era un cachorro de pocos meses cuando cierta mañana hizo acto de presencia a la orilla de la casa en que vivía José María. Se trataba del bicho más feo que era dable imaginar. Se veía huesudo, de lomo alto y patas largas, de orejas enormes y un tremendo rabo casi tan grande como él. Era también blanco, aunque desde luego ese día estaba tan sucio de barro que no lo parecía; pero tenía tres manchas, y resultaba curioso que una le cubría medio rostro y la oreja izquierda, otra la pasaba del lomo a la barriga y otra le tapaba el nacimiento del rabo. Ahora bien, esas manchas no eran negras, sino rojizas. Tal vez de haber sido negras un psicólogo tocado de la cabeza hubiera explicado el súbito cariño de Sabichoso por razones de paternidad.

Pero la verdad es que a menos que se tratara de que en él operaba el oscuro recuerdo de algún hermanito cuyas manchas fueran iguales a las suyas —aunque, es claro, negras y no amarillas—, lo cual hubiera podido suceder porque esos condenados perros finos nacen todos igualitos, nada podía explicar la reacción de Sabichoso cuando vio al feo animalito. Con mirada de asombro y sin ningún aspecto de cólera, se levantó de donde estaba y trotó hacia allá. El otro lo imitó y avanzó, también trotando; al mismo tiempo, comenzó a blandir alegremente el enorme rabo. Por cierto que dio con él contra las tablas de la casa y el golpe sonó como una pedrada. Aquello era un molinete cómico y loco. Pegaba en tierra, lo alzaba, lo sacudía contra sus patas. Jamás perro alguno tuvo rabo tan expresivo. Como la ignorancia es atrevida, y él era ignorante, se echó en tierra metiéndose bajo Sabichoso. Y con la mayor naturalidad, Sabichoso comenzó a jugar con él. El niño apenas creía cuanto estaba viendo.

La vitalidad de los perros es inagotable, lo cual explica que aquella primera mañana los recién conocidos jugaran más de dos horas; tanto, que cuando José María llegó a la casa estaban revolcándose en tierra con la mayor intimidad.

—Mira, papá un perrito nuevo y Sabichoso no pelea con él —decía el niño batiendo palmas.

Al oírlo, el único amigo que se le había conocido a Sabichoso alzó la cabeza, dejó de jugar, blandió tres o cuatro veces el rabo y corrió a saltos sobre el niño, en cuyas secas rodillitas colocó con impresionante dulzura la cabeza; después lo miró fijamente, sin un movimiento. Tenía los ojos claros, como de ser humano. El padre presenció esa escena. Y he ahí por qué él estaba tan adolorido mientras oía a la señora. Pues él sabía que desde meses atrás ni él mismo representaba para su hijo tanto como el perrito, a quien un peón bautizó con el extraño nombre de Kazán.

—¡Se lo llevan ahora mismo! —insistía la señora.

Estaba poniéndose pálida de cólera; y sin duda era de miedo tardío a lo que pudo suceder. Se negaba en absoluto a recordar que fue su marido quien compró a Malacara y que sin la presencia de Malacara nada hubiera pasado.

Malacara estaba suelto en un pequeño corral que había al fondo de la casa donde se alojaban los señores cuando iban a la finca. Era domingo a media tarde. La señora y su hijita se hallaban allí desde por la mañana. La hijita tendría seis años; y era muy linda, de rizado pelo oscuro, sonrisa alegre y rostro gordito. Después de haber comido la señora se adormiló al fresco y descuidó a la niña, la cual se fue al patio. Malacara la vio. Su siniestra mirada dominaba el lugar desde encima de las bardas del corral. Pero no bramó ni hizo gesto alguno que asustara a la niña. Era un animal maligno, calculador, lleno de mala fe; y sin duda esperaba que la niña se acercara. Había calor. Con pesada lentitud, arriba iba el viento reuniendo nubes; y ese extraño silencio con que se anuncian las tragedias cuajó de pronto hasta hacerse sensible.

¿Qué le pasó entonces a Kazán?

¿Por qué aquel perrito juguetón, hecho a entretenerse callado con Sabichoso o con el tullidito, apareció de súbito en el patio lanzando agudos ladridos a la niña? Acaso estaba dejando de ser cachorro y ensayaba su naciente adultez, acaso le sorprendió dar de buenas a primeras con una criatura que no era tullida como su amiguito; una personita brillantemente vestida que podía caminar. Nadie puede decir por qué Kazán se excitó tanto. Pero es el caso que el padre de la niña estaba llegando al patio, después de recorrer los establos, cuando vio a la pequeña correr, dando gritos, perseguida por Kazán, ¡y buscar refugio precisamente en dirección del lugar donde, con su turbia mirada imponente, estaba Malacara!

Fue entonces cuando se oyó el bramido del toro. Su negro instinto saltó de lo profundo de su ser con la violencia de un torrente. Y con el poderío de sus dos mil libras de carne arremetió contra la pequeña puerta de madera que daba paso al corral. El padre vio aquello y gritó. Gritó y corrió, enloquecido de ira y a la vez aterrorizado. A su voz la señora se lanzó hacia el patio… José María oyó el tumulto de alaridos, los gritos desesperados. Tomó el revólver y se precipitó hacia allá. Vio de paso al niño, que había empalidecido, y le pareció que movía la boca como queriendo llamarlo; y a poco más tropieza con Kazán, que se dirigía a toda marcha, el rabo entre las piernas y con aspecto de pavor, hacia su guarida en la casa. A treinta pasos, al salir al patio, José María se dio de bruces con la tremenda escena: mientras, ya a punto de ganar la puerta de la vivienda, el padre lanzaba a la hija hacia los brazos de la madre, Malacara embestía, baja la testuz, inclinado el lomo, recto el rabo. Era la estampa de la fuerza ciega. José María había sido soldado, por lo cual no temió errar. Apuntó y disparó. Súbitamente el animal pegó un salto; sacudió la cabeza hacia su costado derecho, giró y atacó de frente. José María volvió a disparar. Le pareció que el señor iba levantándose, aunque apenas era una sombra a sus ojos. Todo aquello sucedía demasiado aprisa y él no tenía mirada si no para Malacara. Por un instante pensó que la bestia seguía impertérrita. Pensó: “Aquí voy a morir”. Cosa perfectamente posible, porque la enorme mole de carne avanzaba y era difícil acertarle en un lugar sensible. José María disparó de nuevo. De golpe Malacara paró en seco, levantó el hocico, empezó a dejarse caer lentamente, doblando de lado ambas patas traseras; un chorro de sangre le salió de la boca. A poco, como si hubiera estado acostándose, inclinó el enorme cuerpo, dobló el pescuezo y pegó con un cuerno en tierra. El señor fue valiente, pues aunque estaba muy pálido corrió sobre José María, aunque éste ignoraba por qué. Después se supo que Malacara le había roto dos costillas.

Pero esa escena había pasado hacía tal vez media hora; y la señora seguía gritando que se llevaran a Kazán, que no quería verlo más. José María oía aquello y pensaba sin cesar en su hijo, en su hermana, en su tremenda necesidad de seguir allí, en la finca, ganando los sesenta pesos mensuales que tanta falta le hacían. Aguantó todo el chaparrón sin hablar. Hubiera podido decir que tanta culpa como Kazán tenía quien dejó sola a la niña o quien, sin provecho alguno, mantuvo a Malacara en ese débil corral del patio. Se contestaba a sí mismo que el toro no podía estar entre las reses, porque derrengaba a las vacas y agredía a los sementales. Buscaba en lo profundo de su pensamiento toda suerte de razones para tranquilizarse. Lo que no podía hacer era abandonar el trabajo que tan difícilmente había conseguido, ni dejar a su tullidito sin el compañero de juegos que había hallado en Kazán. Al fin inclinó la frente, pálido de angustia; y fue eso lo que agobió al señor, el cual comprendió que José María estaba sufriendo.

Al cabo José María se mordió los labios y se marchó. Iba hacia su casa así, lleno de amargura, oyendo todavía la voz de la señora cuando dio con Kazán y con su hijito. Estaba a la sombra de un mango, el niño en su silla y Kazán saltando a su alrededor. Sin duda no tenían conciencia de lo que había ocurrido. El enorme rabo de Kazán pegaba en la silla y el niño reía a carcajadas. Gravemente, contemplando la escena, el padre se quedó parado, inmóvil, mudo. Su hermana salió a la puerta.

—¿Pero tú ves? —empezó a decir, sin duda para seguir comentando el suceso, en lo cual seguramente sería infatigable durante muchos días.

—Mira, Ana —dijo José María como si se hallara a muchas leguas de allí—, ve preparando las cosas, que nos vamos pa onde mamá.

—¿Qué nos vamos? ¿Y cuándo? —preguntó ella muy asombrada.

—Hoy, de ser posible. Y oye: amarra bien a Kazán. No quiero que el muchacho vaya a echarlo de menos.

—Bueno; lo amarraré con Sabichoso pa llevarlos juntos —indicó la hermana. Y José María, entrando en la oscuridad de las habitaciones interiores:

—No, a Sabichoso hay que dejarlo. Tú sabes que allá no vamos a tener comida pa dos perros.

Al decirlo lo hizo bajando la voz, tal vez para que no lo oyera el “perro de un solo hombre”.

Ir arriba