II.- El civismo en sociedades avanzadas y la triste realidad social dominicana
|
La encrucijada dominicana: ¿es posible el cambio?
Países como Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza, Francia, Austria, Canadá, Japón y otros (civilizados todos), en su formación, acabaron con la violencia privada recurriendo al monopolio estatal de la fuerza; en su consolidación, los ciudadanos confiaron en el funcionamiento del aparato jurídico por medio de la aprobación de leyes justas y la construcción de una burocracia eficiente, mientras que, en su madurez, cuidan de su entorno por convicción, resultado que se obtiene con dos pilares esenciales: educación y bienestar social. Si la represión estatal fue el "martillo" inicial que moldeó las fronteras y el orden, la justicia social y la educación pulieron ese orden hasta convertirlo en el respeto voluntario que admiramos hoy.
¿Puede República Dominicana alcanzar ese nivel de civismo hoy en día sin pasar por esas etapas de control estricto? ¡IMPOSIBLE! Un país que se ha ganado el sobrenombre de "selva" —debido a la frustración que vive el ciudadano honesto, capaz y respetuoso por el caos en el tránsito, la delincuencia, la corrupción generalizada y la falta de un régimen de consecuencias, y, por tanto, por haberse constituido en un Estado totalmente fallido que solo puede exhibir como logros la formación de excelentes jugadores de béisbol y un crecimiento económico producto del narcotráfico y la proliferación de las mafias de todos los países del mundo— no puede (ni tiene forma de) salir del atolladero en el que vive sumergido. El desafío dominicano radica en la impunidad. Es prudente señalar que el crecimiento económico es exclusivo de los ricos; los pobres siguen en la pobreza (ignorantes, esclavizados y sujetos a un modo de vida único en el mundo): subsisten con base en el peligro constante al que están sometidos y al que someten a los pocos que aprendieron a vivir en sociedad. Este agravio es resultante de la mediocridad del gobierno, de su incapacidad y de la falta de determinación para afrontar el desmadre que experimenta la sociedad en todos los ámbitos; muy especialmente en el caótico tránsito, que tiene al borde de la locura incluso a los propios maleantes que lo ocasionan.
Desafío y propuestas
El desafío dominicano radica en la falta de consecuencias. Para domesticar una "selva" se necesita una "jaula" de reglas que nadie pueda saltarse; el animal que salga de esa jaula debe ser sometido por el aparato represivo del Estado. En esos países civilizados, el ciudadano respeta la ley no porque sea "mejor persona", sino porque sabe que la consecuencia es inevitable. Debe haber menos policías pidiendo, haciendo nada o mal presentándose en una esquina con un ridículo y bochornoso uniforme, y más haciendo el trabajo por el que reciben ingresos y juraron lealtad y compromiso con la patria. Debe haber más cámaras de fotomulta, más patrullas persiguiendo delincuentes motorizados... El sistema debe ser ciego: que la multa al "hijo de Don Fulano" sea igual de ineludible que la del motoconchista. El motoconcho, ese cáncer que consume la sociedad, debe ser domesticado de la manera más realista posible. Si no se castiga al que tira basura a la calle, o al que dobla en rojo, o al que hace lo que le viene en ganas en las vías del país, el cerebro ciudadano entiende que "todo está permitido".
Un ciudadano respeta las reglas cuando siente el peso de la ley, pero también cuando el sistema lo protege. Un proceso judicial viciado e incompetente, que tarda años, es una invitación a tomar la justicia por mano propia. Mientras el poder político intervenga en la justicia, y esta entelequia estatal siga conformada por muertos de hambre e ineptos —que ni siquiera saben leer y escribir correctamente, formados solo, por una sociedad degradada, para canjear condenas por "yipetas" (palabra despreciable que la selva enarbola como el más extraordinario orgasmo), queridas, pistolas y cuentas en dólares en Nueva York (para muchos, capital del imperialismo yanqui)—, el ciudadano común se sentirá en una jungla donde sobrevive el más fuerte o el que esté mejor conectado. No basta con charlas sobre los valores de Duarte, el coraje de Caamaño o la epopeya librada por Gregorio Luperón. La educación debe ser pragmática: incentivos y desincentivos [el cumplimiento de la ley debe dar acceso a mejores tasas de crédito, a asistencia social, a cubiertas médicas y escolares; la violación (tirar basura, saltar semáforos, consumir bebidas alcohólicas mientras se conduce, transitar en vía contraria) debe acarrear multas, encarcelamiento, suspensión de licencias e incautación de bienes].
Acciones inmediatas para evitar una catástrofe
A muy corto plazo —o sea, ¡HOY!—, la apelación de las autoridades al aparato represivo del Estado y la implementación de severas penas serían las primeras opciones. El motoconchismo y el sistema de guaguas privadas deben desaparecer, sustituyéndose por un transporte digno y estatal (como el Metro o Teleférico), donde el entorno aseado dicte un comportamiento limpio. ¿Funcionará en República Dominicana? La "civilización" en Europa a menudo bajó de las élites hacia el pueblo. En la selva, si los políticos, empresarios y figuras públicas violan las leyes consuetudinariamente, con arrogancia y soberbia, el mensaje para la calle es: "sálvese quien pueda". El respeto debe empezar desde arriba para que sea creíble abajo. Pero debe haber capacidad en las ejecuciones del gobierno: no es posible que se hayan invertido millones de dólares en semáforos "inteligentes" para que policías ignorantes controlen el tránsito; no hay necesidad de más leyes para acabar con los desafueros de los motoconchistas (los cascos y demás absurdos señalados por la policía —como se llame esta— no son los verdaderos problemas), solo se requiere que el aparato represivo (fuerza policial y justicia) cumplan sus funciones.
Fin...
Ing. Nemen Hazim Bassa
Santo Domingo, República Dominicana
11 de mayo de 2026

