«¡Feliz! Porque nací el día de mi cumpleaños; porque soy hijo de mamá y papá, padre de mi hija, abuelo de mi nieto, fidelista, chavista, internacionalista y fanático de los Medias Rojas de Boston...»
Ing. Nemen Hazim
Graduado Magna Cum Laude (MCL) en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD - 28/10/1977). Estudios complementarios en Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Argentina y Uruguay. En República Dominicana fue Ayudante de Profesor en la UASD; Profesor y Director de las Escuelas de Ingeniería Eléctrica e Ingeniería Mecánica en la Universidad Central del Este (UCE); y Gerente de Turbinas de Gas y Motores Diésel en la Corporación Dominicana de Electricidad (CDE). En Puerto Rico fue Encargado de Proyectos en Caribbean Electrical Industrial Services Corporation (CEISCO) y Co-dueño de Ingeniería Eléctrica y Mecánica (INGELMEC)...

Juan Bosch: Cuentos


"Relatos de hechos con indudable importancia"


Cuento de Navidad: Eso dijo el Señor Dios. Quería hacerse el humorista porque se sentía conmovido y se daba cuenta de que si no tomaba el asunto a chanza iba a llorar de emoción. Y es el caso que si lloraba sus lágrimas iban a inundar la Tierra, caerían en ella como si se desfondaran las fuentes de los cielos, porque las lágrimas del Señor Dios, que jamás había llorado, debían ser infinitas. Si se permitía llorar, hombres y animales, valles y montañas se ahogarían, como en los tiempos del diluvio. No; el Señor Dios no lloraría. Pero como estaba emocionado debía hacer algo. Y se puso a silbar. Silbando se incorporó y comenzó a caminar poco a poco. Sin darse cuenta empezó a danzar. Lo que silbaba era una música celestial, de una finura inconcebible; y su danza era jubilosa y tierna, la danza misma de la felicidad. Abajo, en la Tierra, se oyó aquella música. La oyeron los pajarillos, que entonces despertaban y comenzaron a volar a su ritmo; la oyeron las flores, que en los países fríos se hallaban todavía sin nacer, cubiertas por la nieve, y en los países cálidos estaban mustias. Y las flores no nacidas, y las mustias, comenzaron a cobrar vida y color, a perfumar el aire, que también danzaba y las hacía danzar. La oyeron Santa Claus y los Reyes Magos, que alzaron sus rostros al cielo, sonrieron y dijeron, los cuatro a un tiempo: —Parece que el Señor Dios está contento


.- Luis Pie
.- Dos pesos de agua
.- La mujer

.- Cuento de Navidad
.- Los amos
.- La mancha indeleble

.- La nochebuena de Encarnación Mendoza
.- La bella alma de don Damián
.- Todo un hombre

***

.- El algarrobo
.- El sacrificio
.- Los vengadores

.- Rumbo al puerto de origen
.- En un bohío
.- La muchacha de La Guaira

.- El funeral
.- La desgracia
.- El indio Manuel Sicuri

***

.- El hombre que lloró
.- Victoriano Segura
.- Un hombre virtuoso

.- El difunto estaba vivo
.- Poppy
.- Mal tiempo

.- El socio
.- Capitán
.- Los últimos monstruos

***

.- La muerte no se equivoca dos veces
.- Rosa
.- Fragata

.- Dos amigos
.- Un niño
.- El río y su enemigo

.- Maravilla
.- Revolución
.- El abuelo



Apuntes sobre el arte de escribir cuentos

Capítulo I

El cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.

Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.

"Importancia" no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento, porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases; pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema, o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior.

Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la "tekné" de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.

A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos, con números árabes, con signos algebraicos; pero tiene que llevar esa cuenta. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.

De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser "hermético" o "figurativo" como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.

El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses; un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas, no se logra en tan corto tiempo. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.

El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil, pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante, que no se logra sin disciplina mental y emocional; y eso no es fácil.

Fundamentalmente, el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentración y trabajo de análisis. A menudo, parece más atrayente tal tema que tal otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tensión como escribir.

El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chéjov, que apenas lo usaron. A la deriva, de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.

No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.

La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el "había una vez" o "érase una vez". Esa corta frase tenía -y tiene aún en la gente del pueblo- un valor de conjuro; ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. En su origen, el cuento no comenzaba con descripciones de paisajes, a menos que se tratara la presencia o la acción del protagonista; comenzaba con éste, y pintándola en actividad. Aún hoy, esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. El antiguo "había una vez" o "érase una vez" tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kipling, de Sherwood Anderson, de Quiroga, quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.

Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la "tekné" del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.

Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta interior se agotó, les faltó la capacidad para elaborar, con asuntos externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento. No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir.

En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que la obra humana lo es.

La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material, escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir.

Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo, la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, "temas para novelas y cuentos" que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad. Ahora bien, si nadie debe intervenir en la selección del tema, hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad; que estudien concienzudamente el escenario de su cuento, el personaje y su ambiente, su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida.

Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo.

Capítulo II

El cuento es un género literario escueto, al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un hecho. El cuentista, como el aviador, no levanta vuelo para ira a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez; e igual que el aviador se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina.

La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. Habiendo dado con un hecho, debe saber aislarlo, limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia; estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad. Pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico, se halla frente a un verdadero tema. El hecho es el tema, y en el cuento no hay lugar sino para un tema.

Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento es parte esencial de la técnica del cuento. Técnica, entendida en la tekné griega, es esa parte de oficio o artesanado indispensable para construir una obra de arte. Ahora bien, el arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente, sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho; todos esos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista; él es el tema.

Aislado el tema, y debidamente estudiado desde todos sus ángulos, el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca, con el lenguaje que le sea habitual o connatural, en forma directa o indirecta. Pero en ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a otro punto. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de los que se presentan en esa marcha hacia el tema, toda palabra que desvíe al autor un milímetro del tema, están fuera de lugar y deben ser aniquiladas tan pronto aparezcan; toda idea ajena al asunto escogido es yerba mala, que no dejará crecer la espiga del cuento con salud, y la yerba mala, como aconseja el Evangelio, debe ser arrancada de raíz.

Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector, lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento, ha construido el cuento según la mejor tradición del género. Pero los casos en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no abundan. Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema. Si el hecho se halla antes de llegar al final, es decir, si su presencia no coincide con la última escena del cuento, pero la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo apropiado, se ha producido un buen cuento.

Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia dos hechos; en ese caso la marcha será zigzagueante, la línea no podrá ser recta, lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa, sin carácter; cualquier cosa, pero no un cuento. Hace poco recordaba que cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. El origen de la palabra que define el género está en el vocablo latino computus, el mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. Hay un oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento; como en las matemáticas, en el cuento no puede haber confusión de valores.

El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es otro. En cada párrafo, el lector deberá pensar que ya ha llegado al corazón del tema; sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto del relato.

El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. Cada vez que comienza a caer una de las cáscaras, el lector esperará la almendra de la fruta; creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el momento de gustar el anhelado manjar vegetal. De párrafo en párrafo, la acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción externa y visible; estará oculta por las acciones accesorias, por una actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector hacia el hecho. En suma, serán cáscaras que al desprenderse irán acercando el fruto a la boca del goloso.

Ahora bien, en cuanto al hecho que da el tema, ¿cómo conviene que sea? Humano, o por lo menos humanizado. Lo que pretende el cuentista es herir la sensibilidad o estimular las ideas del lector; luego, hay que dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. En las fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling, en los relatos infantiles de Andersen como en las parábolas de Oscar Wilde, animales, elementos y objetos tienen alma humana. La experiencia íntima del hombre no ha traspasado los límites de su propia esencia; para él, el universo infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. A pesar de la creciente humildad a que lo somete la ciencia, él seguirá siendo por mucho tiempo el rey de la creación, que vive orgánicamente en función de señor supremo de la actividad universal. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo. El mejor tema para un cuento será siempre un hecho humano, o por lo menos relatado en términos esencialmente humanos.

La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo con seriedad. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. En esta parte de la tarea entra a jugar el don nato del relatador. Pues sucede que el cuento comienza a formarse en el acto, en ese instante de la selección del hecho-tema. Por sí solo, el tema no es en verdad el germen del cuento, pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en que el cuentista lo escoge por tema.

Si el tema no satisface ciertas condiciones, el cuento será pobre o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de presentarlo. Lo pintoresco, por ejemplo, no tiene calidad para servir de tema; en cambio puede serlo, y muy bueno, para un artículo de costumbre o para una página de buen humor.

El tema requiere un peso específico que lo haga universal. Puede ser muy local en su apariencia, pero debe ser universal en su valor intrínseco. El sufrimiento, el amor, el sacrificio, heroísmo, la generosidad, la crueldad, la avaricia, son valores universales, positivos o negativos, aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las lindes de lo local; son universales en el habitante de las grandes ciudades, en el de la jungla americana o en el de los iglús esquimales.

Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra, no basta para el caso un hecho cualquiera; debe ser un hecho humano que conmueva a los hombres, y debe tener categoría universal. De esa especie de hechos está lleno el mundo; están llenos los días y las horas, y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas.

Ahora bien, si en ocasiones esos hechos que nos rodean se presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos, lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. A veces el cuento está determinado por la mecánica misma del hecho, pero también puede estarlo por su esencia, por sus motivaciones o por su apariencia formal. Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien lo sorprende robando es un hermano, agente de policía, o si la causa del robo es el hambre de la madre del descuidero; y puede ser también un magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. En los tres casos el hecho-tema sería distinto; en el primero, se hallaría en la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía; en el segundo, en el hambre de la madre; en el tercero, en el desgarrón psicológico. De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. Pues en estos tres posibles cuentos el tema parece ser de captura del ladronzuelo mientras roba, y resulta que hay tres temas distintos, y en los tres la captura del joven delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema.

Aprender a ver un tema, saber seleccionarlo, y aún dentro de él hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento, es parte importantísima en el arte de escribir cuentos. La rígida disciplina mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a actuar en el acto de escoger el tema. Los personajes de una novela contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres, una vez creados, determinan en mucho el curso de la acción. Pero en el cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre todo por la calidad del tema. Antes de sentarse a escribir la primera palabra, el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a desenvolver su obra. Si esta regla no se sigue, el resultado será débil. Por caso de adivinación, en un cuentista nato de gran poder, puede darse un cuento muy bueno sin seguir esta regla; pero ni aún el mismo autor podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la palabra final. En cambio, otra cosa sucede si el cuentista trabaja conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige.

Así como en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema da la acción. La diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que gobernarlos. La acción del cuento está determinada por el tema pero tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista; no puede desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades, sino únicamente en los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del cuento y entrañablemente vinculados al tema. Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela; en un cuento no debe mencionarse siquiera en cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.

El cuento es el tigre de la fauna literaria; si le sobra un kilo de grasa o de carne, no podrá garantizar la cacería de sus víctimas. Huesos, músculos, piel, colmillos y garras nada más, el tigre está creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva. Cuando los años le agregan grasa a su peso, le restan elasticidad en los músculos, aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras, el majestuoso tigre se halla condenado a morir de hambre.

El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector, o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos, el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro. Al dar su salto asesino hacia el tema, el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector.

Capítulo III

Hay una acepción del vocablo "estilo" que lo identifica con el modo, la forma, la manera particular de hacer algo. Según ella, el uso, la práctica o la costumbre en la ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra.

¿Se conoce algún estilo, en el sentido de modo o forma, en la tarea de escribir cuentos?

Sí. Pero como cada cuento es un universo en sí mismo, que demanda el don creador en quien lo realiza, hagamos desde este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un artista; y para el artista -sea cuentista, novelista, poeta, escultor, pintor, músico- las reglas son leyes misteriosas, escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce; y esas leyes son ineludibles.

Cada forma, en arte, es producto de una suma de reglas, y en cada conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter como género, y las que rigen la materia con que se realiza. Unas y otras se mezclan para formar el todo de la obra artística, pero las que gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. En el caso del autor de cuentos, el medio de creación de que se sirve es la lengua, cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad.

Del conjunto de reglas hagamos abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. Esas son el bagaje primario del artista, y con frecuencia él las domina sin haberlas estudiado a fondo. Especialmente en el caso de la lengua, parece no haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente, aunque tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio.

Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la manera peculiar de expresarse de cada autor. Ellas forman el estilo personal, dan el sello individual, la marca divina que distingue al artista entre la multitud de sus pares.

Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un género dado; en nuestro caso, el cuento. Esas reglas establecen la forma, el modo de producir un cuento.

La forma es importante en todo arte. Desde muy antiguo se sabe que en lo que atañe a la tarea de crearla, la expresión artística se descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. En algunas artes la forma tiene más valor que el tema; ese es el caso de la escultura, la pintura y la poesía, sobre todo en los últimos tiempos.

La estrecha relación de todas las artes entre sí, determinada por el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social ante los problemas de su tiempo -de su generación-, nos lleva a tomar nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos influye en el estilo de otros. No nos hallamos ahora en el caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros factores. Pero debemos admitir que hay influencias. Aunque estamos hablando del cuento, anotemos de paso que la escultura, la pintura y la poesía de hoy se realizan con la vista puesta en la forma más que en el tema. Esto puede parecer una observación estrafalaria, dado que precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al abandonar sus antiguos modos de expresión. Pero en realidad, lo que abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la forma. La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma, y el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. La poesía actual se inclina a quedarse en las palabras y la manera de usarlas, al grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un análisis del tema que los llevan dentro.

Volveremos sobre este asunto más tarde. Por ahora recordemos que hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier época: es la música. No se concibe música sin tema, lo mismo en el Mozart del siglo XVIII que en el Partok del siglo XX. Por otra parte, el tema musical no podría existir sin la forma que lo explica debido a que la música debe ser interpretada por terceros.

Pero en la novela y en el cuento, que no tienen intérpretes sino espectadores del orden intelectual, el tema es más importante que la forma, y desde luego mucho más importante que el estilo con que el autor se expresa.

Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela. Pues en su sentido estricto, el cuento es el relato de un hecho, un solo, y ese hecho —que es el tema— tiene que ser importante, debe tener importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.

Antes dije que "un cuento no puede construirse sobre más de un hecho. El cuentista, como el aviador, no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez; e igual que el aviador, se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina".

La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho, y sólo a uno, es lo que me ha llevado a definir el género como "el relato de un hecho que tiene indudable importancia". A fin de evitar que el cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso poco común, expliqué en esa misma oportunidad que "la importancia del hecho es desde luego relativa; mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores"; y más adelante decía que "importancia no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en sus estructuras musculares los profesionales del atletismo".

Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes fundamentales del cuento. Pero la brevedad es una consecuencia natural de la esencia misma del género, no un requisito de la forma. El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno. El cuento puede ser largo, y hasta muy largo, si se mantiene como relato de un solo hecho. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas, en sesenta, en ciento diez; siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento, así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno, aunque lo haga en una sola página.

Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como el tipo de obra literaria de más difusión, pues el cuento tiene la posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en el terreno de la epopeya, y alcanzar ese nivel con personajes y ambientes cotidianos, fuera de las fronteras de la historia y en prosa monda y lironda, es casi un milagro que confiere al cuento una categoría artística en verdad extraordinaria.

"El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente, sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho..." dije antes. Obsérvese que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato; y es la descripción de esos sucesos -a los que podemos calificar de secundarios- y su entrelazamiento con el suceso principal, lo que hace de la novela un género de dimensiones mayores, de ambiente más variado, personajes más numerosos y tiempo más largo que el cuento.

El tiempo del cuento es corto y concentrado. Esto se debe a que es el tiempo en que acaece un hecho -uno solo, repetimos-, y el uso de ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una capacidad especial para tomar el hecho en su esencia, en las líneas más puras de la acción.

Es ahí, en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras, donde está el secreto de que el cuento pueda elevarse a niveles épicos. Thomas Mann sintió el aliento épico en algunos cuentos de Chejov —y sin duda de otros autores—, pero no dejó constancia de que conociera la causa de ese aliento. La causa está en que la epopeya -el héroe- es un artista de la acción pura, un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra, el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los episodios en que figuraron.

¿No es esto un privilegio en el mundo del arte?

Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la forma, debemos reconocer que hay una forma -en cuanto manera, uso o práctica de hacer algo- para poder expresar la acción pura, y que sin sujetarse a ella no hay cuento de calidad. La mayor importancia del tema en el género cuento no significa, pues, que la forma puede ser manejada a capricho por el aspirante a cuentista. Si lo fuera, ¿cómo podríamos distinguir entre cuento, novela e historia, géneros parecidos pero diferentes?

A pesar de la familiaridad de los géneros, una novela no puede ser escrita con forma de cuento o de historia, ni un cuento con forma de novela o de relato histórico, ni una historia como si fuera novela o cuento.

Para el cuento hay una forma. ¿Cómo se explica, pues, que en los últimos tiempos, en la lengua española —porque no conocemos caso parecido en otros idiomas— se pretenda escribir cuentos que no son cuentos en el orden estricto del vocablo?

Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que "junto al cuento tradicional", al cuento "que puede contarse", con principio, medio y fin, el conocido y clásico, existen otros que flotan elásticos, vagos, sin contornos definidos ni organización rigurosa. Son interesantísimos y, a veces, de una extremada delicadeza; superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia; pero ¿cómo negarlo, cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos; son otra cosa: divagaciones, relatos, cuadros, escenas, retratos imaginarios, estampas, trozos o momentos de vida; son y pueden ser mil cosas más; pero, insistimos, no son cuentos, no deben llamarse cuentos. Las palabras, los nombres, los títulos, calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir, no obscurecer o confundir las cosas. Por eso al pan conviene llamarlo pan. Y al cuento, cuento.

Pero sucede que como hemos dicho hace poco, un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros. La pintura, la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún tiempo a la síntesis de materia y forma, con abandono del tema; y esta actitud de pintores, escultores y poetas ha influido en la concepción del cuento americano, o el cuento de nuestra lengua ha resultado influido por las mismas causas que han determinado el cambio de estilo en pintura, escritura y poesía.

Por una o por otra razón, en los cuentistas nuevos de América se advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe acumular imágenes literarias sin relación con el tema. Se aspira a crear un tipo de cuento —el llamado "cuento abstracto"—, que acaso podrá llegar a ser un género literario nuevo, producto de nuestro agitado y confuso siglo XX, pero que no es ni será cuento.

Ahora bien, ¿cuál es la forma del cuento?

En apariencia, la forma está implícita en el tipo de cuento que se quiera escribir. Los hay que se dirigen a relatar la acción, sin más consecuencias; los hay cuya finalidad es delinear un carácter o destacar el aspecto saliente de una personalidad; otros ponen de manifiesto problemas sociales, políticos, emocionales colectivos o individuales; otros buscan conmover al lector, sacudiendo su sensibilidad con la presentación de un hecho trágico o dramático, en cada caso el cuentista tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que persigue.

Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor; la que cambia y se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la manera de escribir del cuentista. Diez cuentistas diferentes pueden escribir diez cuentos dramáticos, tiernos, humorísticos, con diez temas distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí; y los diez cuentos pueden ser diez obras maestras.

Hay, sin embargo, una forma sustancial; la profunda, la que el lector corriente no aprecia, a pesar de que a ella y sólo a ella se debe que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los personajes que figuran en él. De manera intuitiva o consciente, esa forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento.

Esa forma tiene dos leyes ineludibles, iguales para el cuento hablado y para el escrito; que no cambian por el cuento sea dramático, trágico, humorístico, social, tierno, de ideas, superficial o profundo; que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son ficticios que cuando son reales, cuando son animales o plantas, agua o aire, seres humanos, aristócratas, artistas o peones.

La primera ley es la ley de la fluencia constante.

La acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros; debe moverse al ritmo que imponga el tema —más lento, más vivaz—, pero moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse.

Es en la acción donde está la sustancia del cuento. Un cuento tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tenga cualidad de ternura, no porque las palabras con que se escribe el relato aspiren a expresar ternura; un cuento dramático lo es debido a la categoría dramática del hecho que le da vida, no por el valor literario de las imágenes que lo exponen. Así, pues, la acción por sí misma, y por su única virtualidad, es lo que forma el cuento. Por tanto, la acción debe producirse sin estorbos, sin que el cuentista se entrometa en su discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del suceso.

La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar la acción.

La palabra puede exponer la acción pero no puede suplantarla. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el cuento la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción, en el estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.

Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en el centro mismo de su alma. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato al tratamiento de un solo hecho —y de no ser así no está escribiendo un cuento—, no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen al lector del cauce que sigue la acción.

Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a evacuar una diligencia. Antes de salir ha pensado por dónde irá, qué calles tomará, qué vehículo usará; a quién se dirigirá, qué le dirá. Lleva un propósito conocido. No ha salido a ver qué encuentra, sino que sabe lo que busca.

Ese hombre no se parece al que divaga, pasea; se entretiene mirando flores en un parque, oyendo hablar a dos niños, observando una bella mujer que pasa; entra en un museo para matar el tiempo; se mueve de cuadro en cuadro; admira aquí el estilo impresionista de un pintor y más allá el arte abstracto de otro.

Entre esos dos hombres, el modelo del cuentista debe ser el primero, el que se ha puesto en acción para alcanzar algo. También el cuento es un tema en acción para llegar a un punto. Y así como los actos del hombre de marras están gobernados por sus necesidades, así la forma del cuento está regida por su naturaleza activa.

En la naturaleza, activa del cuento reside su poder de atracción, que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos.

Caracas, septiembre de 1958.

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Cuentos

. Luis Pie

A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. Además de que sentía la pierna endurecida, golpes internos le sacudían la ingle. Medio ciego por el dolor de cabeza y la debilidad, Luis Pie se sentó en el suelo, sobre las secas hojas de la caña, rayó un fósforo y trató de ver la herida. Allí estaba, en el dedo grueso de su pie derecho. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada, pero estaba llena de lodo. Se había cortado el dedo la tarde anterior, al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita.

Un golpe de aire apagó el fósforo, y el haitiano encendió otro. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. Escudriñó la pequeña cortada, con sus ojos cargados por la fiebre, y no supo qué responderse; después quiso levantarse y andar, pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna.

Esto ocurría el sábado, al iniciarse la noche. Luis Pie pegó la frente al suelo, buscando el fresco de la tierra, y cuando la alzó de nuevo le pareció que había transcurrido mucho tiempo. Hubiera querido quedarse allí descansando; mas de pronto el instinto le hizo salir la cabeza.

—Ah... Pití Mishé ta eperan a mué —dijo con amargura.

Necesariamente debía salir al camino, donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey; podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche.

Arrastrándose a duras penas, a veces pegando el pecho a la tierra, Luis Pie emprendió el camino. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. El haitiano meditó un minuto. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados. ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche, y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel, el mayor, encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos, a su retorno del trabajo. Si él se perdía, los niños le esperarían hasta que el sueño los aturdiera y se quedarían dormidos allí, junto a la hoguera consumida.

Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel, que era enfermizo, se le muriera un día, como se le murió la mujer. Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití, caminando sin cesar, primero a través de las lomas, en el cruce de la frontera dominicana, luego a lo largo de todo el Cibao, después recorriendo las soleadas carreteras del Este, hasta verse en la región de los centrales de azúcar.

—¡Oh, Bonyé! —gimió Luis Pie con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores—, pití Mishé va a ta eperán to la noche a son per.

Y entonces sintió ganas de llorar, a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el ruido del motor.

—No, no ta sien pallá; ta sien pacá —afirmó resuelto. Y siguió arrastrándose, andando a veces a gatas.

Pero sí había pasado a distancia un motor. Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar, primero en la Colonia Carolina, después en la Josefita; e ignoraba que detrás estaba otra colonia, la Gloria, con su trocha medio kilómetro más lejos, y que don Valentín Quintero, el dueño de la Gloria, tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí, por la zafra, en busca de unos pesos. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford; y como iba muy alegre, pensando en la fiesta de esa noche, no tomó en cuenta, cuando encendió el tabaco, que el auto pasaba junto al cañaveral. Golpeando en la espalda al chofer, don Valentín dijo:

—Esa Lucía es una sinvergüenza, sí señor, ¡pero qué hembra!

Y en ese momento lanzó el fósforo, que cayó encendido entre las cañas. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros.

Tal vez esa distancia había logrado arrastrarse el haitiano. Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña, porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha; iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. Al principio no comprendió; jamás había visto él un incendio en el cañaveral. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo, iluminando el lugar con un tono rojizo. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. Echándose sobre las cañas, como si tuvieran vida, las llamas avanzaban ávidamente, envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar; los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la altura. El haitiano temió que iba a quedar cercado. Quiso huir. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. Pero le pareció que nada podría salvarle.

—¡Bonyé, Bonyé! —empezó a aullar, fuera de sí; y luego, más alto aún:— ¡Bonyéeeee!

Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror, que por un instante perdió la voz y el conocimiento. Sin embargo siguió moviéndose, tratando de escapar, pero sin saber en verdad qué hacía. Quienquiera que fuera, el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor.

Pegado a la tierra, con sus ojos desorbitados por el pavor, veía crecer el fuego cuando le pareció o ir tropel de caballos, voces de mando y tiros. Rápidamente levantó la cabeza. La esperanza le embriagó.

—¡Bonyé, Bonyé —clamó casi llorando—, ayuda a mué, gran Bonyé; tú salva a mué de murí quemá!

¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores; buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. Dando la mayor amplitud posible a su voz, gritó estentóreamente:

—¡Dominiquén bon, aquí ta mué, Luí Pie! ¡Salva a mué, dominiquén bon!

Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. La voz decía:

—¡Por aquí, por aquí! ¡Corran, que está cogió! ¡Corran, que se puede ir!

Olvidándose de su fiebre y de su pierna, Luis Pie se incorporó y corrió. Iba cojeando, dando saltos, hasta que tropezó y cayó de bruces. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y mascullaba:

—Oh Bonyé, gran Bonyé que ta ayudan a mué...

En ese mismo instante la alegría le cortó el habla, pues a su frente, irrumpiendo por entre las cañas, acababa de aparecer un hombre a caballo, un salvador.

—¡Aquí está, corran! —demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían.

Inmediatamente aparecieron diez o doce, muchos de ellos a pie y la mayoría armada de mochas. Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie.

—¡Hay que matarlo ahí mismo, y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! —se oyó vociferar.

Puesto de rodillas, Luis Pie, que apenas entendía el idioma, rogaba enternecido:

—¡Ah dominiquén bon, salva a mué, salva a mué pa lleva manyé a mon pití!

Una mocha cayó de plano en su cabeza, y el acero resonó largamente.

—¿Qué ta pasán? —preguntó Luis Pie lleno de miedo.

—¡No, no! —ordenaba alguien que corría—. ¡Dénles golpes, pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quiénes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria!

El que así gritaba era don Valentín Quintero, y él fue el primero en dar el ejemplo. Le pegó al haitiano en la nariz, haciendo saltar la sangre. Después siguieron otros, mientras Luis Pie, gimiendo, alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos.

—¡Canalla, bandolero; confiesa que prendiste candela!

—Uí, uí —afirmaba él haitiano. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y qué el viento los había apagado.

¿Qué había ocurrido? Luis Pié no lo comprendía. Su poderoso enemigo acabaría con él; le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití, y Luis Pie, que temía a esas fuerzas ocultas, no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil!

—¡Levántate, perro! —ordenó un soldado.

Con gran asombro suyo, el haitiano se sintió capaz de levantarse. La primera arremetida de la infección había pasado, pero él lo ignoraba. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino; después, a golpes y empujones, debió seguir sin detenerse, aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle.

Tardó una hora en llegar al batey, donde la gente se agolpó para verlo pasar. Iba echando sangre por la cabeza, con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. Se le veía qué no podía ya mas, que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido.

El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas, en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta, destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda, estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra.

Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención; todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. Era tal el momento que nadie habló. Y de pronto la voz de Luis Pie, una voz llena de angustia y de ternura, se alzó en medio del silencio, diciendo:

—¡Pití Mishé, mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme, mon pití? ¿Tú ta bien?

El mayor de los niños, que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente, dijo entre llanto, sin mover un músculo, hablando bien alto:

—¡Sí, per; yo ta bien; to nosotro ta bien, mon per! Y se quedó inmóvil, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

Luis Pie, asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían, no pudo contener sus palabras.

—¡Oh Bonyé, tú sé gran! —clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud.

Después abatió la cabeza, pegó la barbilla al pecho que no lo vieran llorar, y empezó a caminar de nuevo, arrastrando su pierna enferma.

La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños; pero como no tardó en comprender que el espectáculo que ofrecía Luis Pie era más atrayente, decidió ir tras él. Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños; pero al fin echó a correr tras la turba, que iba doblando una esquina. Luis Pie había vuelto el rostro, sin duda para ver una vez más a sus hijos, y uno de los soldados pareció llenarse de ira.

—¡Ya ta bueno de hablar con la familia! —rugía el soldado.

La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie, y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. Durante un segundo esperó el ruido. Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. Pues aunque deseaba pegar, el soldado se contuvo. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche, y, además, comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello.

No podía darse cuenta, porque iba caminando como un borracho, mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído.

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. Dos pesos de agua

La vieja Remigia sujeta el aparejo, alza la pequeña cara y dice:

-Déle ese rial fuerte a las Animas pa que llueva, Felipa.

Felipa fuma y calla. Al cabo de tanto oír lamentar la sequía levanta los ojos y recorre el cielo con ellos. Claro, amplio y alto, el cielo se muestra sin una mancha. Es de una limpieza desesperante.

-Y no se ve ni señal de nube comenta.

Baja entonces la mirada. Los terrenos pardos se agrietan a la distancia. Allá, al pie de la loma, un bohío. La gente que viva en él, y en los otros, y en los más remotos, estará pensando como ella y como la vieja Remigia. ¡Nada de lluvia en una sarta bien larga de meses! Los hombres prenden fuego a los pinos de las lomas; el resplandor de los candelazos chamusca las escasas hojas de los maizales; algunas chispas vuelan como pájaros, dejando estelas luminosas, caen y florecen en incendios enormes: todo para que ascienda el humo a los cielos, para que llueva… Y nada. Nada.

-Nos vamos a acabar, Remigia -dice.

La vieja comenta:

-Pa lo que nos falta.

La sequía había empezado matando la primera cosecha; cuando se hubo hecho larga y le sacó todo el jugo a la tierra, les cayó encima a los arroyo; poco a poco los cauces le fueron quedando anchos al agua, las piedras surgieron cubiertas de lama y los pececillos emigraron corriente abajo. Infinidad de caños acabaron por agotarse, otros por tornarse lagunas, otros lodazales. Sedientos y desesperados, muchos hombres abandonaron los conucos, aparejaron caballos y se fueron con las familias en busca de lugares menos áridos.

La vieja Remigia se resistía a salir. Algún día caería el agua; alguna tarde se cargaría el cielo de nubes; alguna noche rompería el canto del aguacero sobre el ardido techo de yaguas.

***

Desde que se quedó con el nieto, después que se llevaron al hijo en una parihuela, la vieja Remigia se hizo huraña y guardadora. Pieza a pieza fue juntando sus centavos en una higuera con ceniza. Los centavos eran de cobre. Trabajaba en el conuquito, detrás de la casa, sembrando maíz y frijoles. El maíz lo usaba en engordar los pollos y los cerdos; los frijoles servían para la comida. Cada dos o tres meses reunía los pollos más gordos y se iba a venderlos. Cuando veía un cerdo mantecoso, lo mataba; ella misma detallaba la carne y de las capas extraía la grasa; con ésta y con los chicharrones se iba también al pueblo. Cerraba el bohío, le encargaba a un vecino que le cuidara lo suyo, montaba el nieto en el potro bayo y lo seguía a pie. En la noche estaba de vuelta.

Iba tejiendo su vida así, con el nieto colgado en el corazón.

-Pa ti trabajo, muchacho -le decía-. No quiero que pases calores, ni que te vayas a malograr como tu taita.

El niño la miraba. Nunca se le oía hablar, y aunque apenas alzaba una vara del suelo, madrugaba con su machete bajo el brazo y el sol le salía sobre la espalda, limpiando el conuco.

La vieja Remigia tenía sus esperanzas. Veía crecer el maíz, veía florecer los frijoles; oía el gruñido de sus puercos en la pocilga cercana; contaba las gallinas al anochecer, cuando subían a los palos. Entre días descolgaba la higuera y sacaba los cobres. Había muchos, llegó también a haber monedas de plata de todos tamaños.

Con temblores en la mano, Remigia acariciaba su dinero y soñaba. Veía al muchacho en tiempo de casarse, bien montado en brioso caballo alazano, o se lo figuraba tras un mostrador, despachando botellas de ron, varas de lienzo, libras de azúcar. Sonreía, tornaba a guardar su dinero, guindaba la higuera y se acercaba al nieto, que dormía tranquilo.

Todo iba bien. Pero sin saberse cuándo ni cómo se presentó aquella sequía. Pasó un mes sin llover, pasaron dos, pasaron tres. Los hombres que cruzaban por delante de su bohío la saludaban diciendo:

-Tiempo bravo, Remigia.

Ella aprobaba en silencio. Acaso comentaba:

-Prendiendo velas a las Animas pasa esto.

Pero no llovía. Se consumieron muchas velas y se consumió también el maíz en sus tallos. Se oían crujir los palos; se veían enflaquecer los caños de agua; en la pocilga empezó a endurecerse la tierra. A veces se cargaba el cielo de nubes; allá arriba se apelotonaban manchas grises; bajaban de las lomas vientos húmedos, que alzaban montones de polvo.

-Esta noche sí llueve, Remigia -aseguraban los hombres que cruzaban.

-¡Por fin! Va a ser hoy -decía una mujer.

-Ya está casi cayendo -confiaba un negro.

La vieja Remigia se acostaba y rezaba: ofrecía más velas a las Animas y esperaba. A veces le parecía sentir el roncar de la lluvia que descendía de las altas lomas. Se dormía esperanzada; pero el cielo amanecía limpio como ropa de matrimonio.

Comenzó la desesperación. La gente estaba ya transida y la propia tierra quemaba como si despidiera llamas. Todos los arroyos cercanos habían desaparecido; toda la vegetación de las lomas había sido quemada. No se conseguía comida para los cerdos; los asnos se alejaban en busca de mayas; las reses se perdían en los recodos, lamiendo raíces de árboles; los muchachos iban a distancias de medio día a buscar latas de agua; las gallinas se perdían en los montes, en procura de insectos y semillas.

-Se acaba esto, Remigia. Se acaba -lamentaban las viejas.

Un día, con la fresca del amanecer, pasó Rosendo con la mujer, los dos hijos, la vaca, el perro y un mulo flaco cargao de trastos.

-Yo no aguanto, Remigia; a este lugar le han hecho mal de ojo.

Remigia entró en el bohío, buscó dos monedas de cobre y volvió.

-Tenga; préndale esto de velas a las Animas en mi nombre -recomendó.

Rosendo cogió los cobres, los miró, alzó la cabeza y se cansó de ver cielo azul.

-Cuando quiera, váyase a Tavera. Nosotros vamos a parar un rancho allá, y dende agora es suyo.

-Yo me quedo, Rosendo. Esto no puede durar.

Rosendo volvió el rostro. Su mujer y sus hijos se perdían ya en la distancia. El sol parecía incendiar las lomas remotas.

***

El muchacho se había puesto tan oscuro como un negro. Un día se le acercó:

-Mama, uno de los puerquitos parece muerto.

Remigia se fue a la pocilga. Anhelantes, resecas las trompas, flacos como alambres, los cerdos gruñían y chillaban. Estaban apelotonados, y cuando Remigia los espantó vio restos de un animal. Comprendió: el muerto había alimentado a los vivos. Entonces decidió ir ella misma en busca de agua para que sus animales resistieran.

Echaba por delante el potro bayo; salía de madrugada y retornaba a medio día. Incansable, tenaz, silenciosa, Remigia se mantenía sin una queja. Ya sentía menos peso en la higuera; pero había que seguir sacrificando algo para que las Animas tuvieran piedad. El camino hasta el arroyo más cercano era largo; ella lo hacía a pie, para no cansar la bestia. El potro bayo tenía las ancas cortantes, el pescuezo flaco, y a veces se le oían chocar los huesos.

El éxodo continuaba. Cada día se cerraba un nuevo bohío. Ya la tierra parda se resquebrajaba; ya sólo los espinosos cambronales se sostenían verdes. En cada viaje el agua del arroyo era más escasa. A la semana había tanto lodo como agua; a las dos semanas el cauce era como un viejo camino pedregoso, donde refulgía el sol. La bestia, desesperada, buscaba donde ramonear y batía el rabo para espantar las moscas.

Remigia no había perdido la fe. Esperaba las señales de lluvia en el alto cielo.

-¡Animas del Purgatorio! -clamaba de rodillas-. ¡Animas del Purgatorio! ¡Nos vamos a morir achicharrados si ustedes no nos ayudan!

Días después el potro bayo amaneció tristón e incapaz de levantarse; esa misma tarde el nieto se tendió en el catre, ardiendo en fiebre. Remigia se echó afuera. Anduvo y anduvo, llamando en los distantes bohíos, levantando los espíritus.

-Vamos a hacerle un rosario a San Isidro -decía.

-Vamos a hacerle un rosario a San Isidro -repetía.

Salieron una madrugada de domingo. Ella llevaba el niño en brazos. La cabeza del muchacho, cargada de calenturas, pendía como un bulto del hombro de su abuela. Quince o veinte mujeres, hombres y niños desarrapados, curtidos por el sol, entonaban cánticos tristes, recorriendo los pelados caminos. Llevaban una imagen de la Altagracia; le encendían velas; se arrodillaban y elevaban ruegos a Dios. Un viejo flaco, barbudo, de ojos ardientes y acerados, con el pecho desnudo, iba delante golpeándose el esternón con la mano descarnada, mirando a lo alto y clamando:

¡San Isidro Labrador!

¡San Isidro Labrador!

Trae el agua y quita el sol,

¡San Isidro Labrador!

Sonaba ronca la voz del viejo. Detrás, las mujeres plañían y alzaban los brazos.

***

Ya se habían ido todos. Pasó Rosendo, pasó Toribio con una hija medio loca; pasó Felipe; pasaron unos y otros. Ella les dio a todos para las velas. Pasaron los últimos, una gente a quienes no conocía; llevaban un viejo enfermo y no podían con su tristeza; ella les dio para las velas.

Se podía tender la vista sin tropiezos y ver desde la puerta del bohío el calcinado paisaje con las lomas peladas al final; se podían ver los cauces secos de los arroyos.

Ya nadie esperaba lluvia. Antes de irse los viejos juraban que Dios había castigado el lugar y los jóvenes que tenía mal de ojo.

Remigia esperaba. Recogía escasas gotas de agua. Sabía que había que empezar de nuevo, porque ya casi nada quedaba en la higuera, y el conuco estaba pelado como un camino real. Polvo y sol; sol y polvo. La maldición de Dios, por la maldad de los hombres, se había realizado allí; pero la maldición de Dios no podía acabar con la fe de Remigia.

***

En su rincón del Purgatorio, las Animas, metidas de cintura abajo entre las llamas voraces, repasaban cuentas. Vivían consumidas por el fuego, purificándose; y, como burla sangrienta, tenían potestad para desatar la lluvia y llevar el agua a la tierra. Una de ellas, barbuda, dijo:

-¡Caramba! ¡La vieja Remigia, de Paso Hondo, ha quemado ya dos pesos de velas pidiendo agua!

Las compañeras saltaron vociferando:

-¡Dos pesos, dos pesos!

Alguna preguntó:

-¿Por qué no se le ha atendido, como es costumbre?

-¡Hay que atenderla! -rugió una de ojos impetuosos.

-¡Hay que atenderla! -gritaron las otras.

Se corrían la voz, se repetían el mandato:

-¡Hay que mandar agua a Paso Hondo! ¡Dos pesos de agua!

-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!

-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!

Todas estaban impresionadas, casi fuera de sí, porque nunca llegó una entrega de agua a tal cantidad; ni siquiera a la mitad, ni aun a la tercera parte. Servían una noche de lluvia por dos centavos de velas, y cierta vez enviaron un diluvio entero por veinte centavos.

-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo! -rugían.

Y todas las Animas del Purgatorio se escandalizaban pensando en el agua que había que derramar por tanto dinero, mientras ellas ardían metidas en el fuego eterno, esperando que la suprema gracia de Dios las llamara a su lado.

***

Abajo, en Paso Hondo, se nubló el cielo. Muy de mañana Remigia miró hacia oriente y vio una nube negra y fina, tan negra como una cinta de luto y tan fina como la rabiza de un fuete. Una hora después inmensas lomas de nubes grises se apelotonaron, empujándose, avanzando, ascendiendo. Dos horas más tarde estaba oscuro como si fuera de noche.

Llena de miedo, con el temor de que se deshiciera tanta ventura, Remigia callaba y miraba. El nieto seguía en el catre, calenturiento. Estaba flaco, igual que un sonajero de huesos. Los ojos parecían salirle de cuevas.

Arriba estalló un trueno. Remigia corrió a la puerta. Avanzando como caballería rabiosa, un frente de lluvia venía de las lomas sobre el bohío. Ella sonrió de manera inconsciente; se sujetó las mejillas, abrió desmesuradamente los ojos. ¡Ya estaba lloviendo!

Rauda, pesada, cantando broncas canciones, la lluvia llegó hasta el camino real, resonó en el techo de yaguas, saltó el bohío, empezó a caer en el conuco. Sintiéndose arder, Remigia corrió a la puerta del patio y vio descender, apretados, los hilos gruesos del agua; vio la tierra adormecerse y despedir un vaho espeso. Se tiró afuera, radiosa.

-¡Yo sabía, yo lo sabía, yo lo sabía! -gritaba a voz en cuello.

-¡Lloviendo, lloviendo! -clamaba con los brazos tendidos hacia el cielo-. ¡Yo sabía!

De pronto penetró en la casa, tomó al niño, lo apretó contra su pecho, lo alzó, lo mostró a la lluvia.

-¡Bebe, muchacho; bebe, hijo mío! ¡Mira agua, mira agua!

Y sacudía al nieto, lo estrujaba; parecía querer meterle dentro el espíritu fresco y disperso del agua.

***

Mientras afuera bramaba el temporal, soñaba adentro Remigia.

-Ahora -se decía-, en cuanto la tierra se ablande, siembro batata, arroz tresmesino, frijoles y maíz. Todavía me quedan unos cuartitos con qué comprar semillas. El muchacho se va a sanar. ¡Lástima que la gente se haya ido! Quisiera verle la cara a Toribio, a ver qué pensaría de este aguacero. Tantas rogaciones, y sólo me van a aprovechar a mí. Quizá vengan agora, cuando sepan que ya pasó el mal de ojo.

El nieto dormía tranquilo. En Paso Hondo, por los secos cauces de los arroyos y los ríos, empezaba a rodar agua sucia; todavía era escasa y se estancaba en las piedras. De las lomas bajaba roja, cargada de barro; de los cielos descendía pesada y rauda. El techo de yaguas se desmigajaba con los golpes múltiples del aguacero. Remigia se adormecía y veía su conuco lleno de plantas verdes, lozanas, batidas por la brisa fresca; veía los rincones llenos de dorado maíz, de frijoles sangrientos, de batatas henchidas. El sueño le tornaba pesada la cabeza y afuera seguía bramando la lluvia incansable.

***

Pasó una semana; pasaron diez días, quince… Zumbaba el aguacero sin una hora de tregua. Se acabaron el arroz y la manteca; se acabó la sal. Bajo el agua tomó Remigia el camino de Las Cruces para comprar comida. Salió de mañana y retornó a media noche. Los ríos, los caños de agua y hasta las lagunas se adueñaban del mundo, borraban los caminos, se metían lentamente entre los conucos.

Una tarde pasó un hombre. Montaba mulo pesado.

-¡Ey, don! -llamó Remigia.

El hombre metió la cabeza del animal por la puerta.

-Bájese pa que se caliente -invitó ella.

La montura quedó a la intemperie.

-El cielo se ta cayendo en agua -explicó él al rato. -Yo como usté dejaba este sitio tan bajito y me diba pa las lomas.

-¿Yo dirme? No, hijo. Horita pasa este tiempo.

-Vea -se extendió el visitante-, esto es una niega. Yo las he visto tremendas, con el agua llevándose animales, bohíos, matas y gente. Horita se crecen todos los caños que yo he dejado atrás, contimás que ta lloviendo duro en las cabezadas.

-Jum… Peor que esto fue la seca, don. Todo el mundo le salió huyendo, y yo la aguanté.

-La seca no mata, pero el agua ahoga, doña. Todo eso -y señaló lo que él había dejado a la puerta- ta anegado. Como tres horas tuve esta mañana sin salir de un agua que me le daba en la barriga al mulo.

El hombre hablaba con voz pausada, y sus ojos grises, atemorizados, vigilaban el incesante caer de la lluvia.

Al anochecer se fue. Mucho le rogó Remigia que no cogiera el camino con la oscuridad.

-Dispués es peor, doña. Van esos ríos y se botan…

Remigia se fue a atender al nieto, que se quejaba débilmente.

***

Tuvo razón el hombre. ¡Qué noche, Dios! Se oía un rugir sordo e inquietante; se oían retumbar los truenos; penetraban los reflejos de los relámpagos por las múltiples rendijas.

El agua sucia entró por los quicios y empezó a esparcirse en el suelo. Bravo era el viento en la distancia, y a ratos parecía arrancar árboles. Remigia abrió la puerta. Un relámpago lejano alumbró el sitio de Paso Hondo. ¡Agua y agua! Agua aquí, allá, más lejos, entre los troncos escasos, en los lugares pelados. Debía descender de las lomas y en el camino real se formaba un río torrentoso.

-¿Será una niega? -se preguntó Remigia, dudando por vez primera.

Pero cerró la puerta y entró. Ella tenía fe; una fe inagotable, más que lo que había sido la sequía, más que lo sería la lluvia. Por dentro, su bohío estaba tan mojado como por fuera. El muchacho se encogía en el catre, rehuyendo las goteras.

A media noche la despertó un golpe en una esquina de la vivienda. Se fue a levantar, pero sintió agua hasta casi las rodillas. Bramaba afuera el viento. El agua batía contra los setos del bohío. Entonces Remigia se lanzó del catre, como loca, y corrió a la puerta.

¡Qué noche, Dios; qué noche horrible! Llegaba el agua en golpes; llegaba y todo lo cundía, todo lo ahogaba. Restalló otro relámpago, y el trueno desgajó pedazos de oscuro cielo.

Remigia sintió miedo.

-¡Virgen Santísima! -clamó-. ¡Virgen Santísima, ayúdame!

Pero no era negocio de la Virgen, ni de Dios, sino de las Animas, que allá arriba gritaban:

-¡Ya va medio peso de agua! ¡Ya va medio peso!

***

Cuando sintió el bohío torcerse por los torrentes, Remigia desistió de esperar y levantó al nieto. Se lo pegó al pecho; lo apretó, febril; luchó con el agua que le impedía caminar; empujó, como pudo, la puerta y se echó afuera. A la cintura llevaba el agua; y caminaba, caminaba. No sabía adónde iba. El terrible viento le destrenzaba el cabello, los relámpagos verdeaban en la distancia. El agua crecía, crecía. Levantó más al nieto. Después tropezó y tornó a pararse. Seguía sujetando al niño y gritando:

-¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!

Se llevaba el viento su voz y la esparcía sobre la gran llanura líquida.

-¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!

Su falda flotaba. Ella rodaba, rodaba. Sintió que algo le sujetaba el cabello, que le amarraban la cabeza. Pensó:

-En cuanto esto pase siembro batata.

Veía el maíz metido bajo el agua sucia. Hincaba las uñas en el pecho del nieto.

-¡Virgen Santísima!

Seguía ululando el viento, y el trueno rompía los cielos.

Se le quedó el cabello enredado en un tronco espinoso. El agua corría hacia abajo, hacia abajo, arrastrando bohíos y troncos. Las Animas gritaban, enloquecidas:

-¡Todavía falta; todavía falta! ¡Son dos pesos, dos pesos de agua! ¡Son dos pesos de agua!

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. La mujer

La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se la ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera.

Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita. detrás de las pupilas.

La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.

A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.

También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las canas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.

La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.

La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.

A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: Un becerro, sin duda, estropeado por auto.

Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.

Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.

***

El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío. caliente como horno, la persiguió, tirándola de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.

-¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonzada!

-Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó- quería ella explicar.

-¿Qué no? ¡Ahora verás!

Y volvía a golpearla.

El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. El veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mami moriría si seguía sangrando.

Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.

Le dijo después que se marchara.

-¡Te mataré si vuelves a esta casa!

La mujer estaba tirada en el piso de tierra; sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.

***

Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre.

Chepe entró por el patio.

-¡Te dije que no quería verte más aquí, condenada!

Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.

Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarla ya. Entonces fue cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.

El niño pequeñín, pequeñín, comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.

La lucha era silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.

La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Este comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.

Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.

La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.

La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.

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. Cuento de Navidad

CAPITULO I

Más arriba del cielo que ven los hombres, había otro cielo, su piso era de nubes y después, por encima y por los lados, todo era luz, una luz resplandeciente que se perdía en lo infinito. Allí vivía el Señor Dios.

El Señor Dios debía estar disgustado porque se paseaba de un extremo al otro extremo del cielo. Cada zancada suya era como de cincuenta millas y a sus pisadas temblaba el gran piso de nubes y se oían ruidos como truenos. El Señor Dios llevaba las manos a la espalda, unas veces doblaba la cabeza y otras la erguía y su gran cabeza parecía un sol deslumbrante. Por lo visto, algo preocupaba al Señor Dios.

Era que las cosas no iban como Él había pensado. Bajo sus pies tenía la Tierra, uno de los más pequeños de todos los mundos que Él había creado y en la Tierra los hombres se comportaban de manera absurda, guerreaban, se mataban entre sí, se robaban, incendiaban ciudades, los que tenían poder y riquezas y odiaban a los vecinos ricos y poderosos, formaban ejércitos y salían a atacarlos. Unos se declaraban reyes, y mediante el engaño y la fuerza tomaban las tierras y los ganados ajenos, apresaban a sus enemigos y los vendían como bestias. Las guerras, las invasiones, los incendios y los crímenes comenzaban sin que nadie supiera cómo, ni debido a qué causa y todos los que iniciaban esas atrocidades decían que el Señor Dios les mandaba a hacerlas y sucedía que las víctimas de tantas desgracias le pedían ayuda a Él que nada tenía que ver con esas locuras. El Señor Dios se quedaba asombrado.

El Señor Dios había hecho los mundos para otra cosa y especialmente había hecho la Tierra y la había poblado de hombres para que éstos vivieran en paz como si fueran hermanos, disfrutando entre todos de las riquezas y las hermosuras que Él había puesto en las montañas y en los valles, en los ríos y en los bosques. El Señor Dios había dispuesto que todos trabajaran a fin de que ocuparan su tiempo en algo útil y a fin de que cada quien tuviera lo necesario para vivir y con la claridad del Sol hizo el día para que se vieran entre si y vieran sus animales y sus sembrados y sus casas y vieran a sus hijos y a sus padres y comprendieran que los otros tenían también sembrados y animales y casas, hijos y padres a quienes querer y cuidar. Pero los hombres no se atuvieron a los deseos del Señor Dios, nadie se conformaba con lo suyo y cada quien quería lo de su vecino, las tierras, las bestias, las casas, los vestidos y hasta los hijos y los padres para hacerlos esclavos. Ocurría que el Señor Dios había hecho la noche con las tinieblas y su idea era que los hombres usaran el tiempo de la oscuridad para dormir. Pero ellos usaron esas horas de oscuridad para acecharse unos a otros, para matarse y robarse, para llevarse los animales e incendiar las viviendas de sus enemigos y destruir sus siembras.

Aunque en los cielos había siempre luz, la lejana luz de las estrellas y la que despedía de si el propio Señor Dios, se hizo necesario crear algo que disipara de vez en cuando las tinieblas de la Tierra y el Señor Dios creó la Luna. La Luna iluminó entonces toda la inmensidad. Su dulce luz verde amarilla llenaba de claridad los espacios y el Señor Dios podía ver lo que hacían los hombres cuando se ponía el Sol. Con sus manos gigantescas, Él hacía un agujero en las nubes, se acostaba de pechos en el gran piso gris, veía hacia abajo y distinguía nítidamente a los grupos que iban en son de guerra y de pillaje. El Señor Dios se cansó de tanta maldad, acabó disgustándose y un buen día dijo:

-Ya no es posible sufrir a los hombres.

Y desató el diluvio, esto es, ordenó a las aguas de los cielos que cayeran en la Tierra y ahogaran a todo bicho viviente, con la excepción de un anciano llamado Noé que no tomaba parte en los robos, ni en los crímenes, ni en los incendios y que predicaba la paz en vez de la guerra. Además de Noé, el Señor Dios pensó que debían salvarse su mujer, sus hijos, las mujeres de sus hijos y todos los animales que el viejo Noé y su familia metieran dentro de una arca de madera que debía flotar sobre las aguas.

Pero eso había sucedido muchos millares de años atrás. Los hijos de Noé tuvieron hijos y los nietos a su vez, tuvieron hijos y después los biznietos y los tataranietos. Terminado el diluvio, cuando estuvo seguro de que Noé y los suyos se hallaban a salvo, el Señor Dios se echó a dormir. Siempre había sido Él dormilón y un sueño del Señor Dios duraba fácilmente varios siglos. Se echaba entre las nubes, se acomodaba un poco, ponía su gran cabeza sobre un brazo y comenzaba a roncar. En la tierra se oían sus ronquidos y los hombres creían que eran truenos.

El sueño que disfrutó el Señor Dios a raíz del diluvio fue largo, más largo quizá de lo que Él mismo había pensado tomarlo. Cuando despertó y miró hacia la Tierra quedó sorprendido. Aquel pequeño globo que rodaba por los espacios estaba otra vez lleno de gente, de enorme cantidad de gente, unos que vivían en grandes ciudades, otros en pequeñas aldeas, muchos en chozas perdidas por los bosques y los desiertos. Y lo mismo que antes, se mataban entre si, se robaban, se hacían la guerra.

Por eso se veía al Señor Dios preocupado y disgustado, por eso iba de un sitio a otro, dando zancadas de cincuenta millas. El Señor Dios estaba en ese momento pensando qué cosa debía hacer para que los hombres aprendieran a quererse entre si, a vivir en paz. El diluvio había probado que era inútil castigarlos. Por lo demás, el Señor Dios no quería acabar otra vez con ellos, al fin y al cabo eran sus hijos, El los había creado y no iba Él a exterminarlos porque se portaran mal. Si ellos no habían comprendido sus propósitos, tal vez la culpa no era de ellos, sino del propio Señor Dios que nunca se los había explicado.

-Tengo que buscar un maestro que les enseñe a conducirse -dijo el Señor Dios para sí.

Y como el Señor Dios no pierde su tiempo, ni comete la tontería de mantenerse colérico sin buscarles solución a los problemas, dejó de dar zancadas, se quedó tranquilo y se puso a pensar. Pues ni aún Él mismo, que lo creó todo de la nada, hace algo sin antes pensar en el asunto. Una vez había habido un Noé, anciano bondadoso, a quien el Señor Dios quiso salvar del diluvio para que su descendencia aprendiera a vivir en paz y resultó que esos descendientes del buen viejo comenzaron a armar trifulcas peores que las de antes del tremendo castigo. Había sido mala idea la de esperar que la gente cambiara por medio o gracias al ejemplo de Noé, por tanto, el Señor Dios no perdería su tiempo escogiendo castigos ejemplares ni buscando entre los habitantes de la Tierra alguien a quien confiarle la regeneración del género humano. Pero entonces, ¿quién podría hacerse cargo de ese trabajo?

El Señor Dios pensó un rato, que podía ser un día, un año o un siglo pues para Él, el tiempo no tiene valor porque El mismo es el tiempo, lo cual explica que no tenga ni principio, ni fin. Pensó y de pronto halló la solución:

-El mejor maestro para esos locos sería un hijo mío.

¡Un hijo del Señor Dios! Bueno, eso era fácil de decir pero muy difícil de lograr. ¿Pues qué mujer podía ser la madre del Hijo de Dios? Sólo una Señora Diosa como Él y resulta que no la había, ni podía haberla. Él era solo, el gran solitario y sin duda, si hubiera estado casado nunca habría podido hacer los mundos y todo lo que hay en ellos, en la forma en que los hizo, porque la mujer del Señor Dios, cualquiera que hubiera sido - aún la más dulce e inteligente - habría intervenido alguna que otra vez en su trabajo y debido a su intervención las cosas habrían sido distintas, por ejemplo, la mujer hubiera dicho: "¿pero por qué le pones esa trompa tan fea al pobrecito elefante cuando le quedaría mejor un ramo de flores?" O quizá habría opinado que la jirafa no debía tener el cuello tan largo y ahora tendríamos una jirafa de patas larguísimas y pescuezo de seis pulgadas. Ocurrió siempre que cualquiera mujer convence a su marido de que haga algo en esta forma y no en aquella y así es y tiene que ser porque ella es la compañera que sufre con el marido sus horas malas y el marido no puede ignorar su derecho a opinar y a intervenir en cuanto él haga.

Pero el Señor Dios es solitario y tal vez por eso puso mayor atención en los animales machos que en las hembras, razón por la cual el león resultó mas fuerte que la leona, el gallo más inquieto y con más color que la gallina, el palomo más grande y ruidoso que la paloma. Y la verdad es que como Él no tenía necesidades como la gente, ni sentía la falta de alguien con quien cambiar ideas, no se dio cuenta de que debía casarse. No se casó y sólo en aquel momento, cuando comprendió que debía tener un hijo, pensó en su eterna soltería.

-Caramba, debería casarme -dijo.

Pero a seguidas se rió de sus palabras. ¿Con quién podía contraer matrimonio? Además, aunque hubiera con quien, Él estaba hecho a sus manías, que no iba a dejar fácilmente, entre otras debilidades, le gustaba dormir de un tirón montones de siglos y a las mujeres no les agradan los maridos dormilones.

La situación era seria y había que hallarle una solución. Eso que sucedía en la Tierra no podía seguir así. El Señor Dios necesitaba un hijo que predicara en ese mundo de locos, la ley del amor, la del perdón, la de la paz.

-¡Ya está! -dijo el Señor Dios, pero lo dijo con tal alegría, tan vivamente que su vozarrón estalló y llenó los espacios, haciendo temblar las estrellas distantes y llenando de miedo a los hombres en la Tierra.

Hubo miedo porque los hombres que van a la guerra como a una fiesta, son sin embargo, temerosos de lo que no comprenden, ni conocen. Y la alegría del Señor Dios fue fulgurante y produjo un resplandor que iluminó los cielos, a la vez que su tremenda voz recorrió los espacios y los puso a ondular. El Señor Dios se había puesto tan contento porque de pronto comprendió que el maestro de ese hatajo de idiotas que andaban matándose en un mundo lleno de riquezas y de hermosuras tenía que ser en apariencia igual a ellos, es decir, un hombre y que por tanto la madre de ese maestro debía ser una mujer. Así fue como el Señor Dios decidió que Su Hijo nacería como los hijos de todos los hombres, nacería en la Tierra y su madre sería una mujer.

Alegre con su idea, el Señor Dios decidió escoger a la que debía llevar a Su Hijo en el vientre. Durante largo rato miró hacia la Tierra, observó las grandes ciudades, una que se llamaba Roma, otra que se llamaba Alejandría, otra Jerusalén y muchas más que eran más pequeñas. Su mirada, que todo lo ve, penetró por los techos de los palacios y recorrió las chozas de los pobres. Vio infinito número de mujeres, mujeres de gran belleza y ricamente ataviadas o humildes en el vestir, emperatrices, hijas de comerciantes y funcionarios, compañeras de soldados y de pescadores, hermanas de labriegos y esclavas. Ninguna le agradó. Pues lo que el Señor Dios buscaba era un corazón puro, un alma en la que jamás hubiera albergado un mal sentimiento, una mujer tan llena de bondad y dulzura que Su Hijo pudiera crecer viendo la belleza reflejada en los ojos de la madre. El Señor Dios no hallaba mujer así y de no hallarla, toda la humanidad estaría perdida, nadie podría salvar a los hombres. De una mujer dependía entonces el género humano y sucede que de la mujer depende siempre, porque la mujer está llamada a ser madre, la madre buena da hijos buenos y son los buenos los que hermosean la vida y la hacen llevadera.

Iba el Señor Dios cansándose de su posición ya que estaba tendido de pechos mirando por el agujero que había abierto en las nubes, cuando acertó a ver, en un camino que llevaba a una aldea llamada Nazaret, a una mujer que arreaba un asno cargado de botijos de agua. Era muy joven y acababa de casarse con un carpintero llamado José. Su voz era dulce y sus movimientos armoniosos. Llevaba sobre la cabeza un paño morado y vestía de azul. El Señor Dios, que está siempre enterado de todo, sabía que se llamaba María, que era pobre y laboriosa, que tenía el corazón lleno de amor y el alma pura. El Señor Dios tenía la costumbre de regañar consigo mismo, de manera que en ese momento dijo:

-Debo ser tonto, ¿pues por qué he estado buscando mujeres en las grandes ciudades y en los palacios, si yo sabía que María estaba en Nazaret?

Ocurre que el Señor Dios prefería admitir que era tonto antes que aceptar que de tarde en tarde su memoria le fallaba. Ya estaba algo viejo, si bien es lo cierto que Él había nacido viejo porque desde el primer momento de su vida había sido como era entonces, y desde ese primer momento lo sabía todo y tuvo sobre sí la responsabilidad de la vida, es decir, la de dar la vida, la de poblar los espacios de mundos y los mundos de seres, de plantas y de piedras, de montañas y de mares y de ríos. Con tantas preocupaciones encima, ¿a quién ha de extrañarle que se olvidara de la existencia de María? La había olvidado y esa era la verdad aunque Él no quisiera admitirlo. Pero he aquí que acertó a verla y de inmediato la reconoció, en el instante supo que ella debía ser la madre de Su Hijo. Gran descanso tuvo el Señor Dios en ese momento. Los hombres seguían en sus trifulcas, sus guerras y sus rapiñas y desde allá arriba el Señor Dios oía sus gritos, el tropel de sus caballerías atacándose unas a otras, veía a los reyes ordenando matanzas y celebrando grandes fiestas, a los mercaderes y a los sacerdotes de las más variadas religiones dirigiendo los cultos, cada uno diciendo que el suyo era el único verdadero, a los navíos cruzando los mares y a los pastores peleando a pedradas con los leones de los desiertos para defender sus ovejas. Y pensaba Él: "Pronto esos locos van a oír la voz de Mi Hijo".

Para el Señor Dios decir "pronto" era como para nosotros decir "dentro de un momento", sólo que el tiempo es para Él muy distinto de lo que es para nosotros. Todavía Su Hijo tenía que nacer, crecer y llegar a hombre. Pero si el Señor Dios había sufrido miles de años las locuras del género humano, ¿qué le importaba esperar unos años más?

Ahora bien, si se quiere que algo esté hecho dentro de un siglo, lo mejor es empezar a hacerlo ahora mismo, y así es como pensaba y piensa el Señor Dios. Además, Él no tiene la mala costumbre de soñar las cosas y dejarlas en sueño. Las mejores ideas son malas si no se convierten en hechos y el Señor Dios sabía que es preferible equivocarse haciendo algo a quedarse sin hacer nada por miedo a cometer errores. De manera que Él no debía perder tiempo, como no lo había perdido jamás cuando tenía algún quehacer por delante. Y ahora tenía uno muy importante: el de dar un hijo suyo a los hombres para que éstos oyeran por la boca de ese hijo la palabra de Dios.

Sucedía que María estaba casada desde hacía poco. Por otra parte, aunque se hallara soltera, el Señor Dios no podía bajar a la Tierra para casarse con ella. Él no era un hombre sino un ser de luz, que ni había nacido como nosotros, ni moriría jamás, a pesar de lo cual vivía y sentía y sufría. Era, como si dijéramos, una idea viva. Lo que Su Hijo traería a la vida no sería su rostro, no serían sus ojos, ni su nariz, sino parte de su luz, de su propio ser, de su esencia. Pero para que la gente lo viera y lo oyera, debería tener figura humana y para tener figura humana debía nacer de una mujer. Visto todo eso, no hacía falta que Él se casara con María, sólo era necesario que el hijo de María tuviera el espíritu del Señor Dios. Y eso había que hacerlo inmediatamente.

De vez en cuando, el Señor Dios tiene buen humor, le gusta hacer travesuras allá arriba. Esa vez hizo una. Él pudo haber soplado sobre sus manos y decir:

-Soplo, hazte un pajarillo y ve donde está María, la mujer del carpintero José, en la aldea de Nazaret y dile que va a tener un hijo mío.

Pero sucede que ese día Él estaba de buen humor y sucede además que Él conocía el corazón humano y sabía que nadie iba a creer a un pajarillo. Por eso se arrancó un pelo de su gran barba, se lo puso en la palma de la mano y dijo:

-Tu vas a convertirte ahora en un ángel y te llamarás el Arcángel San Gabriel. ¡Pero pronto, que no estoy por perder tiempo!

Aquello pareció cuento de hadas. En un segundo el blanco pelo se transformó, creció, le salieron alas, se le formó una hermosa cabeza cubierta de rubios cabellos. Al abrir los azules ojos el Arcángel se llevó el gran susto.

-Buenos días, Señor... -empezó a decir, temblando de arriba, abajo.

-Señor Dios es mi nombre, joven -aclaró el Señor Dios-, y para lo sucesivo sepa que soy su jefe, de manera que vaya acostumbrándose a obedecerme.

-Si, Señor Dios, se hará como Usted mande.

-Empezando por el principio, como en todas las cosas, aprenda buenos modales, salude con cortesía a sus mayores y tenga buena voluntad para cumplir mis órdenes. Atienda bien, porque ustedes los ángeles andan siempre distraídos y olvidan pronto lo que se les dice. No ponga esa cara tan seria. Es muy importante saber sonreír, sobre todo, en su caso, pues usted va a tener una función bastante delicada, como si dijéramos, una misión diplomática.

-No se qué es eso, Señor Dios pero en vista de que Usted lo dice, debe ser así.

-Me parece muy inteligente esa respuesta, Gabriel. Creo que vas a ser un arcángel bastante bueno. Ahora, fíjate en esa bola pequeña que va rodando allá abajo. Obsérvala bien, es la Tierra y allá vas a ir sin perder tiempo.

El Arcángel San Gabriel miró hacia abajo y vio un tropel de mundos que pasaba a gran velocidad y como él acababa de abrir los ojos, más aún, acababa de nacer, no estuvo atinado cuando señaló a uno de esos mundos mientras preguntaba:

-¿Es aquella de color rojizo que va allá?

Eso no le gustó al Señor Dios pues Él nunca había tenido paciencia para enseñar. De haberla tenido no habría pensado en un hijo para que sirviera de maestro a los hombres.

-Jovenzuelo -dijo-, haga el favor de poner atención cuando se le habla y no tendrá que oír las cosas dos veces. Le he enseñado la otra bola, la que está a la izquierda.

El Arcángel Gabriel era tímido. En verdad, no había tenido tiempo de formarse carácter. Le confundió sobremanera que el Señor Dios le tratara unas veces de "tú" y otras de "usted" y se puso a temblar de miedo.

-¡Eso si que no! -tronó el Señor Dios-. Estás lleno de miedo y nadie que lo tenga puede hacer obra de importancia. Tampoco hay que tener más valor de la cuenta, como les ocurre a algunos de esos locos que pueblan la Tierra y creen que el valor les ha sido concedido para hacer el mal y abusar de los débiles. Pero te advierto, hijo mío, que la serenidad y la confianza en sí mismo son indispensables para vivir conmigo, no quiero ni a los tímidos, porque todo lo echan a perder por falta de dominio, ni a los agresivos, que van por ahí causando averías, sino a los que son serenos porque la serenidad es un aspecto de bondad y la bondad es una parte de mí mismo. ¿Entiendes?

El Arcángel dijo que si, pero la verdad es que no entendió palabra, se sentía confundido, sorprendido de lo que le estaba ocurriendo minutos después de haber salido de un pelo de barba. Sólo atinaba a ver el desfile de mundos a lo lejos y a oír el vozarrón del Señor Dios.

-Bueno -prosiguió el Señor Dios-, pues si entendiste, ya sabes que ésa que te señalo es la Tierra. Vas a irte allá sin perder tiempo, te dirigirás a una aldea llamada Nazaret, que está cerca de un lago al cual los hombres llaman de Genezaret. Aprende bien el nombre para que no cometas errores. En esa aldea de Nazaret vive una mujer llamada María. Hace un momento la vi llevando agua a su casa y tal vez, no haya llegado todavía, vestía de azul claro, llevaba un paño morado sobre la cabeza y arreaba un asno cargado de botijos de agua. Te doy todos esos detalles para que no te confundas. Podrás conocerla, además, por la voz, pues su voz es melodiosa como ninguna otra. Si sucede que al llegar tú ya ella se ha metido en su choza, pregunta a cualquiera que veas por María, la mujer del carpintero José, es seguro que te dirán dónde vive, porque la gente de la Tierra es curiosa y amiga de novedades, razón por la cual te ayudarán para después pasarse un mes charlando sobre tu visita a la joven señora. ¿Me vas entendiendo?

-Sí, Señor Dios.

-Entonces queda poco por decirte. Al llegar allá te dirigirás a María con mucha urbanidad y le dices que Yo he dispuesto tener un hijo y que ella será la madre, que se prepare, por tanto, a ser la madre del Hijo de Dios. Eso es todo. ¡Vete en el acto, que tengo un poco de sueño y antes de dormir quiero saber cómo te irá en tu embajada!

San Gabriel iba a salir cuando se le ocurrió preguntar:

-¿Y si me pregunta cómo va a ser Su Hijo, qué nombre habrá de ponerle, qué oficio tendrá?

-Le dirás que será como todos los hijos de hombres y mujeres y que sólo ha de distinguirse de los demás por la grandeza y la luminosidad de su espíritu, que será humilde, bondadoso y puro, que le llame Jesús y que su oficio será mostrar a la humanidad el camino del amor y del perdón. Le dirás también que está llamado a sufrir para que los demás puedan medir el dolor que hay en la Tierra comparándolo con el que él padecerá y porque sólo sufriendo mucho enseñará a perdonar también mucho.

El Arcángel no esperó más. Sentía que las palabras del Señor Dios henchían su alma, la llenaban con fuerza musical, con algo cálido y hermoso. Se le olvidó despedirse, cosa que el Señor Dios no le tomó en cuenta porque pensó que no podía aprenderlo todo de golpe. Un instante después, San Gabriel veía la Tierra tan cerca que casi podía tocarla.


CAPITULO II

Viendo las ciudades de la Tierra, los ricos palacios en lo alto de las colinas y a orillas de los mares, admirando el esplendor con que vivían los reyes y sus favoritos, los grandes mercaderes y los jefes de tropas, San Gabriel se preguntó por qué el Señor Dios había resuelto tener un hijo con una mujer pobre, que moraba en choza de barro y arreaba asnos cargados de agua por caminos polvorientos. ¿No era el Señor Dios, el verdadero rey de los mundos, el dueño del Universo, el padre de todo lo creado? ¿No debía ser su hijo pues, otro rey? Si tenía que nacer de mujer, ¿por qué Él no había escogido para madre suya a una reina, a la hija de un emperador, a la heredera de un príncipe poderoso? A juicio de San Gabriel, el Hijo de Dios, debía nacer en lecho adornado con cortinas de terciopelo y seda, entre oro y perlas, rodeado por grandes dignatarios y damas deslumbrantes y a su alrededor debía haber un ejército de esclavos listos a servirle; así, todos los pueblos le rendirían homenaje y veneración desde su nacimiento y los grandes y los pequeños le obedecerían porque estaban acostumbrados desde hacía muchos siglos a respetar y honrar a quienes nacían en cunas de reyes. ¿Había dicho el Señor Dios que Su Hijo estaba llamado a mostrar al género humano, el camino de la paz, del amor y del perdón había él oído mal? De ser así, ¿no le sería más fácil imponer la paz si nacía hijo de rey y por lo mismo, obedecido por millares de soldados que harían lo que Él les ordenara?

El Arcángel San Gabriel se detuvo un momento a meditar. Pensó que tal vez él estaba equivocado, a lo mejor se había confundido y el Señor Dios no le había hablado de choza, ni de mujer pobre, ni de asno, ni de botijos de agua. Volvería allá arriba a preguntarle al Señor y hasta de ser posible discutiría con Él, el asunto.

Pero el hermoso ángel ignoraba que el Señor Dios estaba mirándolo e ignoraba también que el Señor Dios sabía qué cosa estaba pensando él en tal momento. Podemos imaginar, pues, el susto que se llevó cuando oyó la enorme voz del Señor Dios llamándole. He aquí lo que le dijo el Señor Dios:

-Gabriel, estás pensando mal. Te dije lo que te dije, no lo que tú crees ahora que debí decirte. Mi Hijo nacerá en casa pobre, porque si no es así, ¿cómo habrá de conocer la miseria y el padecimiento de los que nada tienen que son más que los poderosos? ¿Cómo quieres tú que Mi Hijo conozca el dolor de los niños con hambre, si Él crece harto? Mi Hijo va a ofrecer a la humanidad el ejemplo de su sufrimiento, ¿y quieres tú que se lo ofrezca desde el lujo de los palacios? Gabriel, ¡no me hagas perder la paciencia, caramba! No te metas a enmendar mis ideas. Cumple tu misión y hazlo pronto, que estoy cayéndome de sueño y no me hallo dispuesto a perdonarte si me desvelo por tu culpa. ¡Ya lo sabes!

¿Qué más debía decirse? El pobre Arcángel estuvo a punto de caer de bruces en pleno lago de Genezaret, pues del susto se le olvidó usar las alas. En un segundo se dirigió a la choza del carpintero José, y tan asustado iba que pegó un cabezazo contra la pared. En el acto se le formó un chichón. Para suerte suya la choza no era uno de esos palacios de mármol donde él creyó que debía nacer el Hijo de Dios, pues de haber sido uno de ellos, el hermoso Arcángel se habría roto un hueso.

Frente a la choza había un hombre barbudo, de cara bondadosa, que aserraba un madero. "Este debe ser el carpintero José", pensó San Gabriel. Y era José sin duda, pues cerca de él había un rústico banco de carpintero y sobre éste, madera cortada e instrumentos del oficio.

-¿Qué desea usted? -le preguntó el carpintero, a quien le pareció muy raro que el visitante, en vez de tocar a la puerta como lo hace todo el mundo, llamara golpeando con la cabeza en la pared.

-Deseo saber dónde vive el carpintero José -explicó el Arcángel.

-Aquí mismo, joven, yo soy José. Le advierto que si viene a buscarme para algún trabajo, me halla con muchos compromisos.

Esa era una manera de estimular el interés del visitante, pues la verdad es que José estaba por esos días sin trabajo. De ahí que le desconsolara mucho oír al recién llegado, que decía:

-No, señor, se trata de otra cosa. Yo vengo a hablar con María, su mujer.

-¿María? -dijo José, como un eco-. Fue a la fuente en busca de agua. Tendrá que esperarla un poco. ¿Desea sentarse?

-No, prefiero esperarla aquí.

José no perdió del todo la esperanza y se puso a hablarle al visitante de su oficio.

-A mi siempre me están buscando para trabajos de carpintería -afirmaba- porque nadie hace mesas y reclinatorios tan buenos ni tan baratos como yo. Por eso me mantengo ocupado todo el año.

José hablaba y San Gabriel pensaba en la rapidez con que se habían producido los hechos desde su aparición al conjuro del soplo del Señor Dios. Todo había sucedido tan deprisa que todavía María no había vuelto de la fuente. El Señor Dios la había visto arreando el asno y antes de que ella retornara a su casa había nacido el arcángel, había oído las recomendaciones del Señor Dios, había viajado a la Tierra, había pensado disparates, se había casi descabezado contra la pared de la choza y había cambiado frases con José.

-Caramba -se dijo él lleno de asombro-, la verdad es que mi jefe actúa sin perder tiempo.

¿Sin perder tiempo? ¿Y qué es el tiempo para el Señor Dios, si ocurre que a la vez Él es el tiempo y está más allá del tiempo? El tiempo es algo así como la respiración de los mundos y el Señor Dios es la vida misma de los mundos, de manera que el tiempo viene a ser la respiración del Señor Dios, ideas muy complicadas desde luego para San Gabriel. Desde allá arriba el Señor Dios veía esas ideas en la cabeza de su embajador y pensaba: "A este Gabriel le valdría más recordar mis instrucciones y no meterse en honduras porque ya va llegando María".

Así sucedía, en verdad. Con su alegre y linda cara de muchacha, María iba acercándose a la choza. De sólo verla, el Arcángel la conoció, lo cual no tuvo buenos resultados porque como estaba pensando en aquello del tiempo, se turbó y olvidó que el Señor le había recomendado usar modales urbanos para dirigirse a la joven señora. También es verdad que él nunca antes había hablado a una mujer; que en un instante había pasado de la nada a la vida y había viajado de los cielos a la Tierra, en fin, que había tenido muchas emociones y muchas experiencias en corto rato, lo cual tal vez podría explicar su turbación. Es el caso que cuando María llegó, se le puso delante y sólo atinó a decir esto:

-Si no me equivoco, usted es María, la mujer de ese señor que está ahí aserrando madera. Bueno, yo tengo que hablar con usted algo muy importante. Se lo voy a decir en presencia de su marido, porque según me dijo el Señor Dios, la gente de esta Tierra es muy dada a charlar sobre todas las cosas y es mejor que haya testigos. Lo que tengo que decirles es que el Señor Dios va a tener un hijo y usted va a ser la mamá. Con que ya lo sabe. Si tiene algo que preguntar, hágalo ahora mismo porque el Señor Dios se siente con sueño y no quiere que yo pierda el tiempo hablando tonterías con usted.

La joven María se quedó boquiabierta, más propiamente, muda del asombro. Pero el que se asustó más fue su marido. Tan pronto oyó lo que había dicho San Gabriel, soltó la sierra y salió detrás del Arcángel, que ya se iba.

-¡Oiga, amigo! ¿Usted sabe lo que ha dicho? ¿No sabe usted que el Hijo de Dios va a tener que sufrir mucho, según dicen las Escrituras y que van a matarlo en una cruz?

San Gabriel atajó aquel torrente de palabras explicando:

-Todo lo que usted quiera, señor, pero yo he venido a cumplir una misión que me encomendó el Señor Dios. Yo lo siento mucho, pero lo que le suceda al Hijo de Dios no es asunto mío. Lo único que puedo decirle es que su papá quiere que le pongan el nombre de Jesús.

Dicho lo cual pegó un salto, extendió las alas y se perdió en el cielo, a tal velocidad que ningún ojo humano podía seguirlo.

El bueno de José cayó de rodillas, se agarró una mano con la otra, elevó las dos a lo alto y después se dobló hasta pegar la cabeza con el polvo del camino.

-¡Ay María, María! -exclamó-, ¿Cómo se te ocurre tener un hijo de Dios? ¿No sabes que todos los profetas han dicho que el Hijo de Dios tendrá que sufrir mucho entre los hombres, que será escarnecido, torturado y muerto en una cruz, como el peor de los criminales? ¿Qué va a ser de nosotros, María? ¿Por qué te has metido en tal compromiso sin hablar antes conmigo?

La pobre María oía a su marido sin lograr comprender por qué hablaba así. Pues qué tenía ella que ver con lo que dispone el Señor Dios, ¿qué sabía ella de lo que había hablado San Gabriel, a quien nunca antes había visto y cuyo nombre ignoraba?

El Señor Dios veía a la joven María confundida, a José con el rostro desfigurado por el sufrimiento y sólo atinó a intervenir diciendo:

-¡No seas tonto, José, que María no ha tenido parte en la decisión mía, y el nacimiento de Mi Hijo no es cosa suya, ni tuya, sino mía!

Lo cual era verdad, pero también es verdad que desde que los hombres comenzaron a poblar la Tierra, habían adquirido la costumbre de echar sobre sus mujeres la culpa de cuanto pasaba. El Señor Dios ignoraba esto porque Él nunca había visto de cerca cómo se comportaban los matrimonios, debido a que lo ignoraba, le habló así a José. De haber estado al tanto de pequeñeces como ésa, habría pasado por alto las palabras del marido de María, pues es lo cierto que tenía sueño y quería echar una siesta.

Una siesta del Señor Dios puede ser de días, de meses o de años. Pero la de esa ocasión no iba a ser muy larga. Porque he aquí que Él estaba en lo mejor del sueño cuando de pronto despertó diciendo:

-Caramba, si ya va a nacer Mi Hijo. Por poco lo olvido.

Desde hacía millares de siglos nacían niños en la Tierra. Nacían hijos de reyes, de labriegos, de pastores, de guerreros; nacían niños blancos, amarillos, negros; nacían hembras y varones, unos robustos, otros débiles; unos chillones y otros casi callados, unos ricos y otros pobres, unos de ojos azules y otros de ojos castaños y de ojos negros; niños de todas clases, de todas las figuras; niños que nacían en medio de las guerras, en los campamentos, entre lanzas y sables y caballos y niños que nacían en los bosques, rodeados de árboles, de pajarillos y de mariposas; niños que nacían en los caminos, mientras sus padres viajaban y niños que nacían en las barcas, sobre los ríos y los mares; niños que nacían en grandes casas llenas de alfombras y niños que nacían en las cuevas de los pastores, al pie de las montañas. Lo que jamás se había visto era el nacimiento de un niño que fuera el Hijo del Señor Dios. El Señor Dios no tenía experiencia en casos de nacimientos, lo cual explica que el de Su Hijo le tomara de sorpresa.

Así sucedió. El Señor Dios despertó cuando ya Su Hijo estaba a punto de nacer. Ahora bien, Él había resuelto que el niño nacería pobre y nacer pobre es tanto como nacer desconocido. Si el alumbramiento de María se hubiese dado en Nazaret, alguna gente iría a ayudarla, a ver a la criatura, no faltarían los vecinos, los parientes y los conocidos de María y de José. En ese caso, no se cumpliría la voluntad del Señor Dios. El niño, pues no nacería en la aldea de Nazaret y a fin de que así fuera el Señor Dios hizo correr la voz de que María y José tenían que hacer un viaje a Belén porque el emperador de Roma, que gobernaba en esos lugares, había ordenado que todo el mundo debía inscribirse en el sitio de donde procedía su familia. La familia de María era de Belén de Judá, un pueblo que estaba al sur de Nazaret. En Belén habían nacido muchos cientos de años antes, un rey llamado David. En Belén debía nacer el Hijo de Dios.

Montando el asno que usaba para llevar agua de la fuente a la casa, María iba hacia Belén por caminos llenos de polvo y de piedras rojizas. El sol de los inviernos calentaba toda la llanura; casi hacía hervir el aire. María cubría su rostro con un paño de color rojo, el asno caminaba despacio y detrás iba José agitando una rama seca con la cual pegaba de vez en cuando al paciente borrico. Cada cinco o seis horas se detenían; era cuando llegaban a las cercanías de un pozo, donde debían coger agua para el camino. Pues en las tierras donde nació el Hijo de Dios, apenas hay ríos; la sed atormenta a las bestias y a las gentes; en escasos lugares se ven árboles y sólo se hallan con profusión arbustos espinosos; los vientos levantan nubes de tierras quemadas por la sequía y las ovejas se refugian a la sombra de las montañas, donde el rocío nocturno permite que crezcan los yerbajos que necesitan para sustentarse.

Con gran trabajo llegaron María y José a Belén y hallaron el poblado lleno de forasteros, visitantes de las aldeas vecinas que iban allí a inscribirse y aprovechaban el viaje para vender lo poco que tenían. Las pequeñas calles eran muy estrechas y torcidas, de manera que el borrico, cargado con María, apenas podía pasar por entre los montones de quesos, de pieles de carneros, de higos y de botijos que los vendedores extendían sobre las piedras. Mientras pasaba, José iba gritando que pagaría bien a quien le ofreciera una habitación para él y para su mujer, que llegaban de lejos y necesitaban albergue. Pero nadie podía ofrecerles techo, ni aún por una noche. Las casas, en su mayoría pobres estaban llenas desde hacía días con los visitantes de los contornos. Nadie ponía atención en los gritos de José, que estaba angustiado porque sabía que su mujer iba a dar a luz y quería que lo hiciera como todas las mujeres, en una habitación. José no sabía que el Señor Dios había dispuesto que Su Hijo debía nacer pobremente, tan pobremente como podría nacer un ternero o un potrillo.

Siguieron pues, María y José cruzando las callejuelas. Veían pasar ante ellos jóvenes con corderos cruzados sobre los hombros, muchachos que llevaban palomas enjauladas o racimos de perdices muertas; pasaban ancianas con telas que ellas mismas habían tejido; de vez en cuando cruzaban grupos de asnos cargados con botijos de vino y de aceite. Todo el mundo gritaba ofreciendo algo en venta. Belén estaba lleno de mercaderes.

No habiendo hallado albergue para él y para María, José fue a dar a un establo, hacia el camino del sur. En el establo descansaban las bestias de labor de campesinos que iban a Belén y se veían allí mulas, bueyes, jumentos y caballos, cabras y ovejas. Como José y María llegaron tarde, casi todas las bestias dormían ya. El sitio era pobre, con el techo en ruinas, las paredes a medio caer, el piso lleno de excremento de los animales. Pero había calor, el calor que despedían las bestias y un olor fuerte, que resultaba a la vez grato, parecía llenar el aire del lugar.

Cuando el Señor Dios despertó, ya estaba naciendo Su Hijo. Nació sin causar trastornos, muy tranquilamente; pero igual que todo niño, gritó al sentir el aire en la piel. Gritó y un viejo buey que estaba cerca, volvió los ojos para mirarle; mugió, acaso queriendo decir algo en su lengua, y su mugido hizo que una mula que estaba a su lado se volviera también para ver al recién nacido. En ese momento fue cuando el Señor Dios abrió allá arriba las nubes y dijo:

-¡Pero si ya nació Mi Hijo!

De momento el Señor Dios pareció desconcertado. Nunca había El pasado por un caso igual, pues aunque los mundos y todo lo que en ellos hay habían sido creados por Él, jamás había tenido un hijo directo, nacido de su propia esencia. Lo primero que hizo fue preguntarse qué debía Él hacer para que la gente supiera que Su Hijo había llegado a la Tierra.

El punto no era para ser resuelto a la ligera. Pues sucedía que el Señor Dios quería que se supiera que Su Hijo había nacido, pero que sólo lo supieran aquellos escasos seres capaces de comprender lo que ello significaba; más aún, los muy contados que podían conmoverse por el nacimiento de un niño sin tener que estar enterados de que ese niño era el Hijo de Dios. Al Señor Dios le hubiera sido fácil crear de un soplo diez docenas de ángeles y enviarlos a la Tierra armados de trompetas para que fueran por todas partes pregonando que había nacido Su Hijo, que acababa de nacer en el establo de Belén y que el Señor iba a proclamarlo como su heredero. En ese caso grandes multitudes habrían corrido, atropellándose y hasta dándose muerte, cada quien empeñado en llegar antes que los otros, unos cargados de oro, otros de mirra y de perfumes, o llevando rebaños de corderos y de vacas, pajarillos y plantas raras. Porque sucede que el género humano es así, y acostumbra rendir homenaje a los poderosos y a sus hijos, a aquellos de quienes puede esperar algún bien o de quienes teme un castigo. ¿Y quién es más poderoso que el Señor Dios?

O pudo Él anunciarlo con anticipación, mediante un cataclismo, secando un gran río o mudando de lugar una montaña, pues que todo eso y mucho más podía hacer. Pudo incluso haberlo dicho con su gran vozarrón, gritando desde allá arriba:

—¡Hombres locos, ahora está naciendo Mi Hijo, que va a predicar en mi nombre entre ustedes!

Y pueblos enteros, con sus ganados y sus esclavos, habrían salido apresuradamente hacia Belén. Podemos imaginarnos a grandes multitudes trasladándose a través de los desiertos y los lugares poblados, cocinando bajo el sol, durmiendo a campo raso, enfermándose, muriendo, naciendo, dejando los pozos y los estanques sin agua y dando muerte, para alimentarse, a toda clase de animales.

El Señor Dios no aspira a tal movilización. Todo lo que Él quería era que unos cuantos hombres, muy pocos –los que tuvieran el alma limpia y generosa– supieran que ya había nacido Su Hijo. Quería decirlo y que sólo lo entendieran algunos habitantes de la Tierra.

Como hacía siempre que se veía en aprietos, el Señor Dios meditó; nunca hizo Él cosa alguna sin antes pensarlo dos veces, y en algunos casos hasta tres veces.

Sentado en medio del enorme piso de nubes, el Señor Dios veía los cielos llenos de estrellas que iluminaban la inmensidad. Todas esas estrellas eran soles que Él había hecho millones de años antes. Era de noche ya, pero nunca es de noche allá arriba, donde Él está, porque los espacios están bañados por un resplandor indescriptible. En medio de ese resplandor estaba el Señor Dios, sentado como un rey, cogiéndose las rodillas con las manos y contemplando las estrellas. De pronto llamó a una, un hermoso lucero de color azul claro, casi más blanco que azul. Le dijo:

—¡Ven acá, tú!

Y aunque el lucero estaba a una distancia fantástica, se le vió salir de golpe, a gran carrera, si bien era difícil apreciar que se movía; se le vio acercarse con su luz cegadora y espléndida, y correr y correr por los cielos en derechura hacia el Señor Dios.

—Vete a la Tierra –le dijo Él cuando lo tuvo cerca– y pósate sobre un establo que hay en un pueblo llamado Belén. Hay tres establos allí, uno a la salida del camino que va a Jerusalén, que queda al norte: otro a la salida del camino del oeste y otro a la salida del camino de Hebrón, que queda al sur. En este último acaba de nacer Mi Hijo, y es sobre ese establo donde debes colocarte. Atiende bien, que no quiero equivocaciones. Ustedes los luceros son bastante alocados y no ponen la debida atención en lo que se les dice, de donde provienen luego grandes errores. Lo primero es atender para poder entender. Así es que ya lo sabes: te posas sobre el establo que está hacia el sur.

En un instante se vio al lucero alejarse; iba hacia la tierra a tal velocidad que en pocos segundos su tamaño pasó a ser el de una naranja, y después el de una moneda, y después el de un anillo.

En un salto se hallaba sobre el establo, aunque bastante alto desde luego. Cuando se situó allí dirigió un rayo hacia el establo. No era muy tarde, y mucha gente estaba despierta; buen número se hallaba en las pequeñas calles; algunos charlaban y en muchos sitios las gentes encendían hogueras para amortiguar el frío, que era fuerte aquella noche.

Pues bien, de toda esa gente que todavía estaba despierta en Belén, ninguna vio el lucero. Es costumbre de los hombres no ver aquellas cosas que antes no se les han anunciado, sobre todo si esas cosas son de apariencia humilde o se confunden con las que nos rodean. A pesar de su significación especial, el lucero parecía uno más, una de las tantas estrellas que llenan los cielos, y la gente que había en Belén no se detuvo a verlo.


CAPÍTULO III

Pero cuatro personas vieron el lucero y se sintieron atraídas por él, cada una, desde luego, según su manera de ser, pues no todo el mundo es igual.

Una de ellas se hallaba a gran distancia, a distancia tan enorme que sólo se explica que viera el lucero porque veía con ojos de bondad, capaces de penetrar hasta lo increíble, y con alma sencilla que adivinaba lo extraordinario por muy oculto que estuviera. Esa persona era un viejito rechoncho, alegre, de constante buen humor, que tenía su vivienda en un lejano país donde en invierno los campos se cubrían de nieve y los árboles se quedaban sin hojas y los pajarillos tenían que huir a otros climas para no morir de frío. El viejo señor acostumbraba vestir de rojo para que los niños de las cabañas que había por allí le reconocieran en medio de la nieve cuando él iba a visitarlos; usaba adornos blancos en las mangas y en la chaqueta, gran cinturón negro y altas botas también negras; tenía copiosa barba blanca y llevaba gorro rojo con adornos blancos. Era el anciano más simpático que nadie podía ver jamás. Se reía siempre, y tanto, que la risa le había arrugado la cara. El frío del invierno le enrojecía la nariz y el viento le azotaba la barba, pero a él no le importaba. Iba de choza en choza para entretener con sus cuentos a los niños; les llevaba regalos, y todo el mundo lo quería, todos lo recibían con alegría y alborozo, todos se llenaban de animación cuando veían su estampa rechoncha y roja luchando con la ventisca y con la nieve. Tenía varios nombres el buen viejo; unos le llamaban Nicolás y los niños muy pequeños, que no sabían pronunciar su nombre, le llamaban Colás o Claus, pero había otros que le decían Papá Noel.

Pues bien, el simpático don Nicolás fue uno de los que vio el lucero. Iba él con un saquito de juguetes de madera, que él mismo hacía en sus ratos de ocio para regalar a los niños, cuando vio a la distancia aquella luz. A don Nicolás todo le parecía hermoso; nada le desagradaba porque pensaba que cuanto hay en la Tierra tiene algún fin, y que la gente que sólo ve el lado feo de las cosas afea la vida de los demás y se amarga la suya. Por eso le agradó ver aquella luz y se quedó con la vista fija en ella.

—Me gustaría saber qué quiere decir ese lucero –dijo en voz alta–, pues por alguna razón está alumbrando tanto. Nunca se ha visto que un lucero dé tal cantidad de luz y eso significa algo bueno.

Lo que no se imaginaba el viejo era que el Señor Dios estaba allá arriba mirándole a él, y que el Señor Dios oye a las gentes hasta cuando sólo piensan, razón por la cual Él sabe lo que hay en el corazón y en la cabeza de cada quien.

Don Nicolás contemplaba la luz y apreciaba la distancia a que se hallaba.

—Está muy lejos –se dijo–, pero yo voy a ir allá. Es verdad que no tengo animal que me lleve, mas no importa; iré a pie.

El Señor Dios oyó aquello y pensó: “¡Caramba con el viejo! Si sale a pie, cuando llegue Mi Hijo tendrá barbas. Debo ayudarle a hacer ese viaje con la mayor rapidez posible”. Y como a la hora de ayudar el Señor Dios no anda dudando, sino que actúa inmediatamente, se arrancó un pelo de la ceja derecha y le gritó:

—¡Conviértete en reno ahora mismo, y además en trineo, y vete a buscar a don Nicolás, un viejo que está allá, en medio de esa llanura blanca que se ve por el norte! Te vas sin perder tiempo y le dices que suba en el trineo, que tú lo vas a llevar a donde se halla el lucero. Fíjate bien en lo que oyes, porque ustedes los renos son muy dados a estar pensando sólo en el pasto de las primaveras y no ponen la debida atención en lo que se les dice. Recoges al viejo don Nicolás y lo llevas hasta donde está el lucero, y ahí lo dejas, a la puerta del establo de Belén, y esperas que él salga para que lo transportes otra vez a su tierra. No quiero equivocaciones; observa que en Belén hay tres establos, uno a la salida de…

—Sí –le interrumpió el reno, un hermoso animal todo blanco, con la cornamenta como dos ramas nevadas–, ya oí cuando se lo decías al lucero: uno a la salida para Jerusalén, otro hacia el oeste y otro hacia el sur.

El Señor se quedó mudo de asombro. ¿Cómo podía explicarse que ese animal hubiera oído lo que Él le decía al lucero, si no había nacido todavía cuando Él hablaba con el lucero?

Por primera vez el Señor Dios tenía un misterio que resolver.

—Es que tú olvidas que yo era ceja tuya hasta hace poco, y por eso oí lo que hablaste con la estrella –explicó el reno como si supiera lo que el Señor Dios se preguntaba en silencio.

—¿Qué es eso de tratarme de “tú”, atrevido?

El Señor Dios estaba simulando una indignación que en verdad no sentía. Buscaba confundir al reno para que éste no se diera cuenta de la turbación en que lo había dejado la inteligente observación del animal. Pero no consiguió su propósito, porque el reno seguía mirándole con la mayor frescura. Entonces el Señor Dios le gritó que no perdiera el tiempo y que se marchara en seguida, a lo que el precioso animal respondió pegando un brinco de más de cien millas, seguido del blanco trineo que llevaba atado por blancas correas. En cosa de segundos se perdió en la inmensidad.

Mientras el reno se lanzaba a los espacios, tres personas discutían sobre el lucero. Se trataba de unos reyes del desierto, cada uno de los cuales reinaba en un oasis, los lugares donde hay agua en medio de las arenas, allí donde crecen las palmeras de dátiles y los pastores se reúnen de noche junto con los peregrinos y los mercaderes y los guerreros para descansar de los trabajos del día.

Los tres oasis eran vecinos, y eso explica que los reyes pasaran muchas horas juntos. Acostumbraban contarse historias entre sí, relatarse los acontecimientos de cada uno de los pequeños reinos, explicar cómo cobraban los impuestos y cómo administraban justicia; se entretenían jugando ajedrez, a lo que eran muy aficionados, y mientras jugaban iban comiendo dátiles, que colocaban en una gran bandeja de plata, y discutían durante horas enteras el movimiento de algunas piezas.

Entre ellos había uno de muchos años, rostro flaco y barba blanca, llamado Gaspar. Era todo un rey por el porte, la mirada de sus ojos, negros como el carbón y la hermosa nariz aguileña. Se ponía un brillante manto azul lleno de piedras preciosas y un turbante de tela de oro y parecía más que un rey. Pero tenía mal humor y era muy tacaño, casi avaro. Nunca hubo rey que hablara menos que él, ni ninguno que amara más las monedas de oro. Le gustaba contar él mismo sus tesoros y a nadie perdonaba una dilación en pagar los impuestos, por pequeña que fuera la suma que debía pagar. Gastaba lo menos posible, y por eso era flaco, pues hasta para comer era económico. Su gran preocupación era tener más camellos que nadie, y más ovejas y más oro y piedras preciosas. A pesar de lo cual en el fondo era un buen hombre, y huía de los que sufrían porque si veía a alguien sufriendo acababa ablandándose y dándole algunos dátiles o un pedazo de queso. Se contaba que cierta vez ordenó que le dieran a un mendigo un vaso de leche, y a una vieja que ya no podía trabajar le regaló una moneda de plata. Aquello fue un acontecimiento de gran significación, y el propio rey Gaspar se disgustó por su debilidad, al extremo de que prohibió que se hablara de ello en su presencia, tan mal se sentía cada vez que recordaba que por su causa en su tesoro había una moneda menos.

Pero eso sí, el rey Gaspar era justo; no admitía que se cometiera ninguna crueldad con sus súbditos, no aceptaba que a nadie se le cobrara de más ni un pelo de camello, y cuando sabía que alguien había procedido mal montaba en cólera y mandaba darle veinte azotes, o cincuenta, o cien, de acuerdo con el delito que hubiera cometido.

Otro de los reyes era Melchor, muy distinto de Gaspar en su figura, puesto que no tenía tanta estatura pero sí más carnes, ni tanta edad aunque también llevaba barba negra muy bonita, muy bien arreglada y de no más de una pulgada de largo. Melchor era de rostro redondo y de nariz también redonda; y no tenía la mirada altanera, pues sus ojos castaños eran dulces y bondadosos; el pelo, menos oscuro que la barba, le caía sobre los hombros. Ese pelo tan largo no le quedaba tan bien como el suyo blanco al rey Gaspar, hay que reconocerlo, pero él se lo mantenía limpio y perfumado con los mejores aceites.

El rey Melchor se parecía a Gaspar en una cosa: en que hablaba poco. Pero jamás tenía mal humor. No era parlanchín porque acostumbraba decir sólo aquello que le parecía que era necesario y verdadero, razón por la cual antes de hablar se medía mucho y meditaba una por una las palabras que iba a usar. Era un rey observador y disciplinado, que se levantaba siempre a la misma hora, hacía cada día lo que había hecho el día anterior y estudiaba cuidadosamente todo problema nuevo. No había manera de que entrara en guerra con otros reyes. El vivía en paz con todo el mundo y afirmaba que respetando los derechos de los demás reyes jamás tendría que ir a la guerra. Eso no quiere decir que era tímido o cobarde; de ninguna manera. Cierta vez que unos guerreros atacaron a gente de su tribu y les quitaron unas cuantas ovejas y dos camellos, el rey Melchor montó a caballo –un hermoso caballo blanco que era su favorito– y se fue solo a enfrentarse con los asaltantes. Cuando éstos le vieron llegar sin compañía alguna pensaron que el rey Melchor había dejado sus guerreros ocultos en algún sitio para después exterminarlos por sorpresa, y resolvieron devolverle las ovejas y los camellos. Pero la verdad es que Melchor no se había hecho acompañar de nadie. Desde ese día todas las tribus del desierto le cobraron gran respeto. Como su amigo Gaspar, Melchor era rico, pero no tenía mucha estima por sus riquezas; más que el oro amaba la paz, y más placer que llevar encima piedras preciosas le producía ver a su pueblo alegre y saludable.

Cuando el rey Gaspar y el rey Melchor estaban solos resultaba divertido oírles hablar, y sobre todo oírles discutir sobre las jugadas de ajedrez. Pues en sus discusiones no decían más de tres palabras cada uno, y pasaba tanto tiempo entre lo que uno decía y lo que le respondía el otro, que a veces los que estaban cerca no se acordaban de lo que había dicho Gaspar cuando oían lo que contestaba Melchor, o viceversa. Pero esas discusiones se animaban mucho si estaba presente el rey Baltasar. Ese sí que hablaba, y se divertía él solo, y él solo se decía y se respondía, se reía y se ponía serio. Se trataba de un personaje animado, lleno de vitalidad y alegría, que muy difícilmente dejaba a nadie terminar de hablar sin que le interrumpiera para contestarle o hacer un chiste. A un mismo tiempo jugaba ajedrez, comía dátiles y contaba una historia. Era el rey más raro del mundo, porque a la vez que se movía mucho y hablaba más, tenía majestad, sobre todo cuando quería tenerla. Entonces erguía la cabeza, le brillaban los ojos y abría las aletas de la nariz; se ponía altivo y hermoso y parecía crecer.

Baltasar era negro. Pero no un negro tosco, como mucha gente imagina que son todos los negros, sino más bien de bella presencia, muy bien proporcionado, más alto que bajo, más delgado que grueso. No tenía el color brillante; su piel era de un negro apagado. Tenía la frente pequeña, las cejas muy dibujadas, los ojos muy grandes, la nariz recta; no achatada como la de muchos negros, ni aguileña como la del rey Gaspar, ni redonda como la del rey Melchor. Sus labios eran gruesos y largos y sus dientes fuertes y blancos. Tenía la cara bien cortada, el cuello poderoso, los hombros llenos de músculos, y también los brazos. Habla a grandes voces, se reía por nada, y por nada se ponía bravo, y entonces imponía temor, porque era agresivo y muy astuto. Probablemente no había en toda la Tierra rey mejor que Baltasar. Si oía llorar a un niño mandaba sus guardias a preguntar qué ocurría; si un anciano se sentía enfermo, él mismo iba a darle las medicinas; si alguien no podía pagar sus impuestos, decía:

—No importa, otro día será.

Se contaba que una vez que fue a la guerra venció a su enemigo, el rey que había atacado su oasis, y que sus guerreros le llevaron un niño prisionero y le dijeron:

—Mira, rey Baltasar, éste es el hijo de tu enemigo y su heredero. Mátalo para que te quedes con su reino y repartas sus riquezas entre nosotros.

Esa era la costumbre de la época; así actuaban todos los reyes y por tanto nadie hubiera tomado a mal que Baltasar decapitara al niño. Pero Baltasar se indignó, dijo que lo que le pedían era un crimen, y tomando su cimitarra gritó a sus guerreros que el primero que volviera a darle consejo parecido iba a quedarse sin cabeza en el acto.

—¡En el acto! –gritaba, con los grandes ojos enrojecidos de cólera.

Baltasar vestía con lujo; le gustaba usar un blanco turbante que prendía con un rubí del tamaño de un huevo de paloma; se ponía en las muñecas y en los tobillos ajorcas de oro, se colgaba al cuello un gran collar lleno de monedas y se ponía un cinturón cuajado de piedras preciosas. Pero no usaba manto.

—El manto no les queda bien a los negros –decía riéndose.

Era un hermoso grupo el de los tres reyes; Gaspar con su manto azul tachonado de piedras y su turbante dorado, Melchor con su turbante rojo y su manto amarillo, si bien este último no llevaba piedras u otro, porque al rey no le agradaba el lujo; Baltasar con su turbante blanco y su traje verde, su collar, sus ajorcas y su cinturón.

Como los tres eran muy limpios, llevaban todo el tiempo pantalones blancos, de seda brillante, muy pegados a las piernas, y los tres usaban rojas babuchas, que son zapatos de tela de punta larga y hacia arriba. Daba gusto verlos en las noches claras, cuando se sentaban sobre una gran alfombra bajo las palmeras a jugar ajedrez. Como reyes de Oriente, no usaban sillas ni sillones, sino cojines y las propias piernas cruzadas bajo ellos.

Una de esas noches fue cuando apareció el lucero. Jugaban Gaspar y Baltasar; junto a ellos, comiendo dátiles en silencio, estaba Melchor. Baltasar iba a mover una pieza, pero se distrajo mirando algo a través de las palmeras. Estuvo un momento deslumbrado, un momento nada más, y de pronto exclamó:

—¡Majestades, algo raro está sucediendo en el mundo! ¡Miren ese lucero, vean esa luz! ¡Nunca se ha visto un lucero como ese!

Melchor se volvió para ver, pero Gaspar no. Gaspar sólo atendía al tablero y estudiaba la posible jugada de su contrincante.

—Juega, Baltasar –dijo. Pero Baltasar no tenía intención de jugar, pues seguía mirando hacia el lucero.

—Sí, algo pasa –comentó muy calmadamente Melchor.

—Y a nosotros, ¿qué nos importa lo que pase? –preguntó con su habitual aspereza Gaspar–. Lo que tenemos que hacer es seguir jugando.

El rey negro no hizo caso; peor aún, se puso de pie y abandonó su puesto frente al tablero.

—¡No señor! –dijo–. Tú estás equivocado, rey Gaspar. Lo que anuncia ese lucero debe ser algo muy grande, y yo no me lo pierdo. ¡Hay que ir ahora mismo para allá a ver qué está sucediendo!

—¿Ir?

Esa pregunta de una sola palabra sonó como un relincho, y quien la hizo fue Gaspar. Del disgusto que le causó la proposición del rey Baltasar tiró el tablero a diez varas de distancia; inmediatamente, como le sucedía cada vez que montaba en cólera, se puso a masticar el aire y la blanca barba iba y venía como el rabo de una paloma.

—Espérate, Gaspar; cálmate y atiende. Creo que vale la pena saber qué pasa.

Ese que habló fue el rey Melchor, lo cual indignó más a Gaspar, ¿pues cómo se explica que un hombre sensato, un rey tranquilo y metódico como Melchor hablara de ir a ver qué ocurría?

—¿Te has vuelto loco? –respondió Gaspar–. Ve tú, si quieres, y acompaña a este curioso entrometido. Yo no me muevo de aquí.

—Pues vas a moverte, sí señor –terció Baltasar gesticulando a diestra y siniestra–. Tienes que ir, porque si se trata de algo bueno nosotros queremos compartirlo contigo.

—¿Qué bueno ha de ser? ¿Cuándo has visto tú que ocurra nada bueno en el mundo? Además, yo no voy a dejar mi reino abandonado. ¿Qué sería de mis tesoros?

El calmoso rey Melchor puso una mano en el hombro de Gaspar, y habló:

—Algo me dice que conviene que vayamos, Gaspar. En cuanto a tus tesoros, llévatelos contigo. Yo voy a ir de todas maneras y me llevaré los míos, porque no sé qué tiempo gastaré en el viaje.

—¡No hay más que hablar! ¡Pronto, traigan dos camellos! –gritaba ya Baltasar; y casi antes de terminar, decía:

—Te quedarás aquí solo, rey Gaspar. Si te ataca alguna tribu guerrera perderás la vida y los tesoros, porque Melchor y yo vamos a ver qué significa ese lucero.

A regañadientes, sin ningún entusiasmo, el rey Gaspar admitió ir él también. Pidió un camello más, el mejor de los suyos; hizo que le colocaran sus tesoros en dos cofres y vigiló atentamente esa operación. Viéndole actuar, Baltasar y Melchor mandaron a buscar sus tesoros y en poco tiempo los tres reyes se hallaban sobre ricos arneses.

Los guardias reales quisieron acompañarles, pero ellos dijeron que no, que irían solos. Ya al salir, Baltasar dijo:

—Melchor, tú que eres el más juicioso, di hacia dónde alumbra el lucero.

—Es hacia Belén.

—Bien, ¡pues ya estamos andando hacia Belén! –gritó Baltasar.

Y así fue. Sus súbditos se agolparon para verlos partir en la clara noche, y les gritaban adioses. Los reyes notaron que se alejaban muy de prisa, y después observaron que los camellos no trotaban, sino que parecían saltar, y cada vez eran más grandes los saltos, mayores las distancias que recorrían en el aire. Apenas podía afirmarse que ponían las patas en tierra. Aquello era la cosa más rara que jamás le había sucedido a un grupo de reyes.

Es oportuno consignar aquí que hasta el propio rey Gaspar se impresionó, y a tal punto que se vio en el caso de confesar:

—En verdad, parece que el lucero anuncia algo extraño.

Palabras a las que el rey negro respondió con una gran risotada, la cual le hizo tragar mucho aire porque a esa altura volaban a tremenda velocidad.


CAPÍTULO IV

Había sucedido que el Señor Dios también se enteró a tiempo de que los tres reyes iban camino de Belén. El Señor Dios estaba esa noche lleno de curiosidad, cosa que no debe causar asombro porque se trataba de que Su Hijo acababa de nacer, y quería saber quiénes estaban dispuestos a honrar a ese niño. El Señor Dios era de esta opinión: “Los hombres son locos y por eso parecen malos, pero uno solo, o dos o tres capaces de ser cuerdos, buenos y puros, justifican todo mi trabajo, y con que haya dos o tres en la Tierra me basta para pensar que mi obra no ha sido un fracaso”. Esa noche del nacimiento de Su Hijo halló que había cuatro, esto es, el simpático don Nicolás y los tres reyes. A los cuatro los veía Él con gran ternura; y de la misma manera que pensó que don Nicolás no iba a poder hacer el viaje desde sus lejanas tierras nevadas hasta Belén a pie, y le envió el blanco reno y el trineo, asimismo pensó que si los reyes se atenían únicamente al trote de sus camellos llegarían con algunos días de retraso, trasnochados y bastante estropeados. Por eso desde allá arriba Él dijo:

—Vamos, camellitos, apuren el paso y vuelen un poco.

Ni que decir que los propios camellos no sabían lo que les pasaba, porque a poco ya ni ponían las patas en tierra. Sobre ellos, sus jinetes se llenaban de asombro, tal vez con la excepción de Baltasar a quienes los sucesos extraños le producían alegría.

De esa manera, volando en vez de trotar, las hermosas bestias del desierto llegaron como exhalaciones a Belén; y a un tiempo, como si supieran qué hacían, doblaron sus rodillas en la puerta del establo. El primero de los tres reyes que se tiró de su camello fue Baltasar. Al asomarse a la puerta vio a una hermosa y joven mujer que envolvía a un recién nacido en blancas telas, a un hombre de negra barba que le ayudaba en su tarea, a un calmoso buey echado que rumiaba parecía reflexionar sobre lo que estaba a su vista, y a una mula que mordisqueaba pasto seco. Por el roto techo del establo entraba la vivísima luz del lucero, llenaba de resplandor al grupo de la mujer, el hombre y el niño, y daba tal transparencia al cuerpo del niño que éste parecía hecho en el más fino de los cristales.

El rey Baltasar, el alegre y bondadoso rey del desierto, tenía un corazón puro, un corazón de esos que reconocen la verdad y no la niegan. En un segundo había observado que a pesar de estar recién nacido, aquel niño tenía los ojos abiertos e iluminados, ojos a la vez claros y profundos, como los de los seres que han visto cuanto hay que ver en la vida. Entonces Baltasar gritó, volviéndose a Gaspar y a Melchor, que todavía estaban sentados sobre sus camellos.

—¡Majestades, aquí hay un niño que debe ser el Hijo de Dios!

Esas palabras sorprendieron a José, quien no pudo menos que preguntar:

—¿Tan pronto le llegó la noticia, señor?

Melchor se asomó a la puerta antes que Gaspar. También él miró, sólo que lo hizo con su acostumbrada calma, estudiando la escena con mucho detenimiento. Ya se sabe que Melchor no se aventuraba a dar opiniones si no estaba muy seguro de lo que diría.

—¿Es o no es ese niño el Hijo de Dios? –le preguntó, lleno de entusiasmo, el rey Baltasar.

Pero Melchor meditó todavía un poco más; alzó los ojos para cerciorarse de que la luz que alumbraba al hermoso grupo era la del lucero; contempló con verdadero interés al niño, y terminó admitiendo:

—Sí, ese niño es el Hijo de Dios.

Al oír al sereno y juicioso Melchor hablar así, el corazón del rey Baltasar se desbordó de alegría. En verdad, parecía haberse vuelto loco. Corrió hacia la puerta exclamando:

—¡Es el Hijo de Dios, rey Gaspar! ¡Tenemos que darle nuestros tesoros! ¡Ha sido una suerte traer los tesoros para que podamos ofrendárselos ahora al niño!

Oír Gaspar tales exclamaciones y saltar como si lo hubiese picado un animal venenoso, fue obra de un segundo.

—¿Qué dislates son esos, rey Baltasar? ¿Te has vuelto loco? ¿Crees tú que yo voy a darle mis tesoros al primer niño que encuentre? ¡Señor –agregó, elevando los brazos al cielo y levantando su cabeza, lo cual era un espectáculo bastante cómico, visto que todavía estaba sobre el camello y éste se hallaba arrodillado–, este desdichado rey negro ha perdido el juicio y quiere que lo pierda yo también!

Pero el rey Baltasar no ponía atención en las quejas de su amigo y compañero. Se dirigió a su camello y comenzó a descargar los tesoros. Viéndole actuar, el rey Gaspar casi enloquecía.

—¡Melchor, rey Melchor! –gritaba, apelando al buen juicio de su amigo y colega–. ¡Este loco va a darle sus tesoros a ese niño porque dice que es el Hijo de Dios!

Con su gran paciencia, Melchor le contestó:

–Sí señor, es el Hijo de Dios, y yo también voy a poner mis tesoros a sus pies.

A poco más pierde la razón el rey Gaspar. Estaba lívido. Era, en verdad, un rey de mal humor, que necesitaba de muy poca cosa para sentirse colérico, y cuando se ponía así la barba le subía y le bajaba sin cesar, del cuello a la nariz y de la nariz al cuello. Preguntaba ahogándose:

—¿Pero cómo es posible que le den a ese niño todos sus tesoros? ¿No comprenden que van a quedarse en la miseria? ¿Y yo, qué va a ser de mí? ¿Creen ustedes que yo voy a arruinarme porque ustedes se empeñen en creer que ese recién nacido es el Hijo de Dios? ¿Quién me lo asegura?

—No charles tanto, rey Gaspar –dijo Baltasar–; nos lo asegura el corazón, que nunca se equivoca. Ve tú a verlo y después di lo que quieras.

—¡Claro que iré, y ya verán ustedes que ése no es el Hijo de Dios!

Ocupado en descargar sus tesoros, Melchor no hablaba.

El rey Gaspar se lanzó de su camello, y tanta ira llevaba que se enredó los pies y cayó de narices en el polvo. Pero se levantó de prisa y entró al establo dispuesto a probar que sus dos amigos estaban equivocados. Sin embargo, he aquí que al cruzar la puerta quedó alelado; allí estaba el grupo. El hombre y la mujer se veían en actitud de adoración; el niño sonreía al viejo rey malhumorado; el buey y la mula parecían observarlo, como si dijeran: “Vamos a ver cuál es ahora tu opinión”.

Algo sintió el rey en su corazón; como una música, como una luz, como un calor suave y bienhechor. Elevó los ojos hacia el techo y creyó que hasta el lucero esperaba sus palabras. Poco a poco fue acercándose al grupo; cayó de rodillas, tomó una mano del niño y dijo:

—El Señor te bendiga, preciosa criatura.

Y entonces se puso de pie y caminó hacia su camello. El rey Baltasar y el rey Melchor iban entrando ya con sus tesoros; el primero sonrió con bastante indiscreción, casi burlándose del viejo rey Gaspar. Pues el rey negro del desierto era más franco de lo necesario y con sus ribetes de burlón. Pero Melchor ni siquiera alzó los ojos. Ya afuera, Gaspar sacó de uno de los cofres dos monedas de oro y se las guardó en su cinturón.

—El Señor Dios me perdonará si me quedo con éstas –dijo–, pero yo no quiero exponerme a estar completamente arruinado como este par de locos. A lo mejor más tarde hacen falta estas monedas para que ellos mismos no se mueran de hambre.

Después cogió sus tesoros y los llevó hasta los pies del niño. Muy silenciosamente, los tres reyes abrieron sus cofres, y la luz del lucero sacaba brillo de los rubíes, las esmeraldas, los brillantes y el oro que había en ellos. Tanto era el brillo que el buey volvió sus pesados ojos hacia la mula, como queriendo decirle: “Fíjate cuántas cosas hermosas han traído estos tres reyes”. Con lo cual pareció estar de acuerdo la mula, porque también ella miró al buey y después fijó la vista en los abiertos cofres.

No sólo el buey y la mula, sin embargo, contemplaban aquel montón de riquezas; también el Señor Dios las veía desde arriba. Las veía y sonreía moviendo de un lado a otro la gran cabeza. Se sentía feliz el Señor Dios, no por los tesoros, sino porque su ofrenda significaba un homenaje a Su Hijo. Y como de vez en cuando al Señor Dios le gustan las travesuras, se reía de que el colérico y viejo Gaspar hubiera guardado dos monedas de oro.

—Ese rey es un gran tipo –decía; y por la blanca barba de Gaspar le llegó a la memoria la de don Nicolás, razón por la cual se preguntó–: ¿Pero qué será de ese otro viejo? ¿Por qué no habrá llegado todavía? ¡De seguro que el tonto del reno se ha distraído! Los renos sólo piensan en el pasto. ¿Dónde estará ahora?

Buscando con la mirada alcanzó a verlo: volaba a velocidad increíble. El brioso animal partía los aires, con las patas de atrás juntas y extendidas, las delanteras dobladas por las rodillas y también juntas, el poderoso cuello erguido, la linda cabeza derecha y abiertas las ventanas de la nariz. Atrás, en el trineo, muy sonreído y muy tranquilo, iba don Nicolás. Llevaba sobre las piernas el saquito lleno de juguetes de madera, con el cual, echado al hombro, iba de choza en choza cuando cayó del cielo, a su lado, el reno con el trineo. El reno habló para decir:

—Me parece que tú eres don Nicolás, ¿no?

—Sí, soy yo –oyó que le respondieron.

A lo que, sin perder tiempo, replicó el reno:

—Entonces súbete aquí, porque el Señor Dios dice que si haces el viaje a pie hasta donde ves la luz, llegarás un poco cansado.

Don Nicolás no era hombre de formular muchas preguntas, ni andaba buscándoles dificultades a las cosas, de manera que le pareció lo más natural del mundo aprovechar la oportunidad que le ofrecían, y ni corto ni perezoso se acomodó en el trineo. A poco notó que iban volando, cosa que no le sorprendió porque tampoco tenía él la costumbre de sorprenderse: en esta vida todo puede suceder, hasta lo más inesperado. Pero creyó del caso hacer algún comentario; así es que le preguntó al blanco animal.

—¿Tú eres un reno o un avión?

A pesar del ruido del aire, que era mucho, el reno le oyó porque volvió la cabeza para responderle:

—No hagas preguntas, porque no puedo perder tiempo. El Señor Dios es muy estricto cuando da órdenes y yo recibí la de llevarte cuanto antes a Belén. Por esa razón vamos volando, no porque yo sea avión ni cosa parecida.

—Bueno, bueno –explicó don Nicolás–, no es mi intención causarte enojos. Si lo de avión te ha molestado, dalo por no dicho. Lo que sí desearía que me explicaras eso de Belén. ¿Qué es Belén?

—Siento no poder decírtelo, pero ni yo mismo lo sé. Agárrate, no vayas a caerte, porque dentro de poco vamos a llegar y en Belén no hay nieve. Si te caes te rompes por lo menos una costilla.

—¿De manera que me traes volando tan lejos para que me rompa una costilla? No esperaba eso. Pero en fin, hágase la voluntad de Dios –comentó Nicolás.

—Eso mismo digo yo y eso es lo que estoy haciendo –afirmó el reno. Fue exactamente cuando terminó de decir esas palabras cuando el Señor Dios acertó a verlos desde su altura.

Cuando el reno y su pasajero se acercaban, el lucero parecía despedir mayor luz. Era una fuente de resplandor una creciente semilla de claridad, el más espléndido espectáculo que podía disfrutarse en la Tierra. Hasta el reno quedó deslumbrado.

—¡Qué luz tan limpia! –dijo.

Don Nicolás opinó en alta voz que mejor que ver lucero en ese momento era ver la tierra para saber dónde iban a bajar. Estaba preocupado por la integridad de sus costillas.

—Ese es un problema mío que resolveré por mí mismo. Y no me distraigas, que ya estamos llegando –explicó el reno.

Así era. Un instante después el hermoso animal ponía sus cuatro patas a la puerta del establo, y el trineo, que había descendido con tanta suavidad como si se hallara sobre montones de algodón, chirriaba ligeramente al sentirse frenado por el suelo.

—¿Aquí es? –preguntó don Nicolás.

—Aquí –respondió el reno.

Don Nicolás descendió, con alguna dificultad porque era grueso y de bastantes años. Súbitamente el reno se deshizo en el aire, con todo y trineo. Don Nicolás lo vio deshacerse, pero tampoco eso le resultó extraño. Era costumbre suya no asombrarse de nada. Con su saco al hombro, se dispuso a entrar en el establo.

Pero en ese momento salían de allí tres hombres vestidos lujosamente, con trajes que él jamás había visto ni imaginado. El primero en salir fue un negro de arrogante estampa, vestido de verde con turbante blanco; le seguía un anciano flaco, muy altivo, de manto azul y turbante dorado, en cuyo rostro destacaba una barba blanca; por último, iba un señor de talla mediana, también medianamente grueso, de barba negra y corta y manto amarillo y turbante rojo. Los tres salían con expresión feliz.

—¿Quiénes serán estos señores? –se preguntó don Nicolás, y se quedó mirándoles, a la vez que los tres le miraban a él, tal vez sorprendidos por su figura, su ropa tan desusada en esos parajes, su barriga saliente y su semblante alegre.

Los reyes comenzaron a hablar entre sí. El negro avanzó hacia su camello y de pronto se puso a gritar:

—¡Majestades, vengan a ver; aquí ha sucedido algo raro! ¡Los camellos están cargados de tesoros!

Melchor y Gaspar corrieron a comprobar lo que decía su compañero Baltasar, y los dos se quedaron mudos de asombro ante aquellas riquezas. Allí había muchas veces más tesoros de lo que ellos habían dejado a los pies del niño. No podían comprenderlo. Melchor, siempre sensato, estudió la situación en silencio y después dijo:

—Aquí debe haber un error, majestades. Propongo que averigüemos quiénes son las personas que olvidaron estas riquezas, y que se las devolvamos cuanto antes. Es posible que haya habido un cambio de camellos y que éstos no sean los nuestros, sino otros.

¿Para qué dijo tal cosa? El rey Gaspar por poco lo fulmina. Saltó con la agilidad de un mono y quería meterle los puños por los ojos.

—¿Estás loco? –decía–. ¿Cómo se te ocurre decir eso? ¿Qué persona con dos dedos de frente va a dejar abandonados tres camellos cargados de riquezas? ¿No ves, además, que éstos son nuestros camellos? ¿Estas tan ciego que no los reconoces?

Baltasar terció para decir:

—Majestades, puede ser que sea un regalo del Señor Dios en vista de que le hemos dado a Su Hijo cuanto teníamos.

El rey Gaspar no necesitaba explicación tan estimulante para estar de acuerdo con su amigo, y olvidando las muchas veces que él había criticado a Baltasar por ligero, afirmó:

—Así es, sin duda alguna. Baltasar siembre acierta porque este negro es muy inteligente. Además, ya es tarde, nosotros estamos cansados, y yo opino que lo más prudente es que volvamos a nuestros reinos y allá hagamos las averiguaciones del caso. Yo, por lo menos, me voy ahora mismo.

Dicho y hecho: se trepó en su camello y en el acto salió al trote. Baltasar dijo:

—No lo dejemos ir solo, Melchor, porque podría suceder que un grupo de bandoleros le asaltara en el camino.

Y como Melchor estuviera de acuerdo, con la salvedad de que al llegar debían investigar el origen de los tesoros, montaron y se fueron. Tuvieron que hacer trotar a las bestias para alcanzar a Gaspar, que iba ya bastante lejos, siempre murmurando:

—¡Pero qué cambio el de Melchor! ¡Ha perdido el buen juicio ese pobre rey! ¡Proponer que hiciéramos averiguaciones a esta hora!

Mientras ellos se alejaban, el bueno de don Nicolás los veía desde la puerta del establo y el Señor Dios desde su agujero en las nubes. Don Nicolás pensaba: “Son raros, pero simpáticos”. Y el Señor Dios: “La verdad es que Mi Hijo ha sido honrado debidamente por esos reyes”.

En su satisfacción, Él no sabía a cuál prefería. Le habían gustado el entusiasmo del negro y la tranquilidad de Melchor, pero le habían hecho sonreír las inquietudes y la picardía de Gaspar.

Estaba sonriéndose todavía el Señor Dios cuando don Nicolás decidió entrar al establo. Quería ver qué había en aquel destartalado caserón en cuyo interior entraba a raudales la luz del lucero. Se oían adentro balidos de ovejas y ruidos de animales que se movían. Don Nicolás se asomó a la puerta, ¡y qué conmovedora escena la que vieron sus ojos! Del lucero caía un rayo de luz sobre el niño; éste dormía de la manera más plácida imaginable sobre un montón de heno seco; a su lado, contemplándole con arrobo, estaba una joven y bella mujer en cuyo rostro se adivinaba la dicha maternal; cerca de ambos, un señor de negra barba preparaba pedazos de madera para encender una hoguera, porque la noche era fría. Sin embargo no era en el grupo humano, y en su honda paz, donde estaba la parte conmovedora de la escena; era en su fondo. Pues tras la mujer, el hombre y el niño se hallaban varios de los animales del establo –el buey, una vaca, un asno y una oveja–, y todos miraban fija y dulcemente hacia el niño, con ojos casi humanos, como si comprendieran que esa criatura que dormía sobre el montón de heno no era igual que todos los niños del mundo. En su candor de viejo bondadoso, a don Nicolás no se le escapó la extraña atención de los animales. Pensó: “Los animales sólo se sienten atraídos por las almas puras, y eso quiere decir que este niño ha nacido con un alma excepcional”. Pero no dijo eso nada parecido; sólo dijo:

—Buenas noches, señores.

José levantó la cabeza y dejó de atender a su hoguera. La figura de don Nicolás le causó verdadera sorpresa ¿De dónde llegaba ese viejo gordo y bonachón? Jamás había visto él a nadie que vistiera así ni que tuviera ese aspecto, ese cutis tan rojizo, esos ojos tan azules, esas cejas tan largas y tan blancas. El rostro del recién llegado tenía un aire fuera de lo común. Por lo demás, hablaba con voz pausada y alegre.

—Bienvenido a este lugar –dijo José.

—Creo que esto es Belén; por lo menos, eso explicó el reno –expuso don Nicolás por decir algo para empezar la conversación.

José pensó: “¿De qué reno hablará? ¿Qué será un reno?” Pero se tranquilizó con la idea de que tal vez “reno” era el nombre de alguna persona a quien él no conocía.

—Sí, esto es Belén –explicó– y esta casa es el establo, mejor dicho, uno de los establos de Belén.

—Yo he venido aquí sin saber cómo ni por qué, señor –dijo don Nicolás–, pero lo cierto es que me alegro de haber venido porque en mi vida había visto niño tan bello, tan sano y tan tranquilo. Me parece que si Dios tiene un hijo deberá ser así.

José miró entonces a María y ambos sonrieron.

—Señor –dijo José—, usted no anda errado, porque ese niño que duerme ahí es el Hijo de Dios.

—Ah, claro. Tenía que ser. Eso es lo que me ha traído hasta aquí, el sentimiento de que algo grande había sucedido por estos lados –explicó don Nicolás como si hablara consigo mismo y como si no hubiera más gente allí.

José se puso de pie y se acercó a don Nicolás; luego mostrándole los cofres abiertos, dijo:

—Mire lo que le han traído los reyes del desierto.

Don Nicolás contempló las joyas, las piedras preciosas, el marfil, las monedas; pero lo miró todo sin mayor interés.

—Sí, muy hermoso. También yo le traigo algo. No son tesoros porque soy pobre. Se trata de juguetes de madera que yo mismo hago, ovejas y patos y caballitos tallados en pedazos de árbol.

Con movimientos muy naturales don Nicolás se descolgó el saco del hombro, lo abrió y comenzó a sacar sus juguetes. María tomó uno de ellos y se lo llevó a la cara.

—¡Qué lindos son, señor! –dijo.

—Gracias, señora, pero yo sé que no son lindos ni ricos; sólo que se los ofrezco al niño de todo corazón.

—¿No quiere calentarse y tomar algo? –preguntó José, que se sentía conmovido y no hallaba qué decir ni qué hacer.

—No, porque el reno me espera y tenemos que hacer un viaje muy largo.

—Pero debería descansar un rato aquí con nosotros, señor –opinó María.

—No, no puedo. Debo irme. Quisiera darle un encargo, señor; quisiera que le dijera al Señor Dios de mi parte que tiene el hijo más bello y más sano del mundo, que me ha dado mucha alegría conocerlo y que si ese niño va alguna vez por mis tierras yo le guardaré muchos juguetes. Y buenas noches, señores. Muy buena suerte para usted, señora.

En diciendo esto, don Nicolás dio la espalda y salió. Se sentía feliz; había visto un niño hermoso y una escena delicada, y a él lo bello le hacía dichoso. Además siempre recordaría esa extraordinaria luz que bañaba el establo y hacía transparente el cuerpo del Hijo de Dios. Al salir vio que del aire mismo se formaba el reno.

—Vámonos, que se hace tarde y no quiero líos. Por aquí jamás han visto un reno y la gente podría asustarse si me ve –dijo el animal.

Don Nicolás trepó en el trineo, con la misma tranquilidad de antes a pesar del mal rato que pasó cuando se acercaban al establo. Instantes después iban volando a centenares de millas por minuto y a alturas que daban vértigo. En medio de su vuelo, el reno pensaba: “Me dan ganas de pasar cerca del Señor Dios para que nos vea y sepa que ya está hecho todo lo que me pidió”. Lo cual era gran tontería del reno, porque pasara lejos o cerca, el Señor Dios estaba mirándole: le seguía a través de los espacios, desde su agujero en las nubes. Al paso del animal, el Señor Dios se puso a pensar así: “Dentro de un momento don Nicolás se hallará de nuevo en sus tierras y quizás piense que ha soñado. Pero no ha soñado. Ha ofrendado a Mi Hijo sus juguetes, le ha dado el cariño de su corazón. De acuerdo con su carácter y sus medios, ha estado a la altura de los tres reyes. Mi Hijo ha sido debidamente honrado”.

En eso bostezó. Tenía sueño el Señor Dios. El Señor Dios era un consumado dormilón, y hay personas que piensan que con ello Él ha dado mal ejemplo a algunos hombres, lo cual es señal de gran ignorancia. Pues sucede que antes, millares de siglos antes, el Señor Dios estuvo millones de años sin dormir un segundo, trabajando día y noche. Fue cuando hizo los mundos. Hay miles de millones de mundos, y Él los hizo uno a uno. Él soplaba y decía: “Tú, soplo, hazte un mundo”. Y ya estaba. Primero hacía un sol, después varios mundos para que rodaran alrededor de ese sol. Creó millones de soles y miles de millones de mundos. Cada vez que hacía uno de éstos lo lanzaba bien lejos, y le decía “Tú girarás en esa dirección y de ahí no te saldrás nunca. Ten cuidado, porque ustedes los mundos son dados a no atender cuando se les habla y después se ponen a hacer disparates, y si tú haces alguno te convierto en cometa para que viajes sin cesar de un extremo a otro del firmamento. O te hago reventar”. Y de sus manos salieron soles, mundos y mundos, todas esas estrellas que se ven de noche e infinito número que no pueden verse. Jamás descansaba. Cada uno de ellos le consumía por lo menos un día y una noche de trabajo, de manera que el Señor Dios estuvo millares de millones de días y de noches sin descansar y sin dormir, lo cual explica que después sintiera sueño constantemente. Era, pues, una gran tontería de algunos hombres echarle en cara que fuera dormilón.

Pero además de todas esas razones, el Señor Dios no tenía por qué estar despierto siempre. Pues ocurre que después de haber hecho tantos mundos Él escogió la Tierra y en ella creó los animales, las aves y los peces, los insectos y los microbios, creó las plantas, desde los grandes árboles hasta las rosas y las yerbas, hizo los mares, los lagos y los ríos; y al fin creó al hombre y a la mujer. Cuando éstos estuvieron creados, el Señor les dijo: “Ahí tienen la Tierra para que la pueblen”. Y les dio inteligencia a fin de que la usaran en conquistar la felicidad. Hecho todo eso, ¿de qué más tenía que ocuparse? La verdad es que de nada más, y como se aburría mucho sin compañía alguna allá arriba, lo mejor que podía hacer era dormir.

Esa noche del nacimiento de Su Hijo, sin embargo, no se durmió inmediatamente porque estaba pensando en los tres reyes y en don Nicolás. Pensaba Él que algo debía hacerse para que ellos le recordaran siempre a la humanidad el nacimiento de Su Hijo. Y de pronto halló la solución; la halló y la dijo en voz alta, a pesar de que era innecesario puesto que nadie le oía. He aquí lo que dijo:

—A partir de este momento los cuatro serán inmortales y cada año irán de casa en casa repartiendo juguetes entre los niños.

Acabando de hablar, empezó a acomodarse para dormir. Mas resultó que alguna idea le bulló en la gran cabeza. Pensó: “Pero los pobres reyes van a resfriarse si recorren las tierras de las nieves, y el buen viejo don Nicolás se ahogará de calor si tiene que visitar a los niños de los países cálidos”. Y ese pensamiento le desveló un poco. Tornó a dar vueltas, se arropó con una nube, bostezó de nuevo.

—Ah, caramba –dijo de pronto, golpeándose la frente con una mano, y de nuevo en alta voz–, si la solución es tan fácil. Lo mejor es que don Nicolás visite las casas de niños que viven en los países de nieves y los reyes las de los que viven en las tierras calurosas. Así se les evitan a los cuatro enfermedades y contratiempos. El Señor Dios, sin embargo, olvidó que don Nicolás viajaría en trineo y llevado por un reno veloz, mientras los reyes cabalgarían en camellos, animales más lentos, razón por la cual el primero podría llegar siempre el día de la Navidad mientras que los segundos perderían tiempo y llegarían más tarde, quizá dos semanas después. Pero ese era un detalle casi sin importancia.

El Señor Dios tenía demasiado sueño para detenerse en detalles. Se dispuso, pues, a dormir, y en el acto estaba roncando.

Allá abajo, en Belén, se oyeron ruidos que procedían del cielo.

—¡Va a llover, va a haber tormenta! –decía la gente mientras se apresuraba a recoger sus cosas y buscar abrigo–. ¡Ya está tronando!

Pero no había tales truenos. Lo que ellos oían eran los ronquidos del Señor Dios, que duraron toda esa noche. A la salida del sol dejaron de oírse, lo cual no significaba, en manera alguna, que el Señor Dios había despertado; al contrario, dormía más profundamente. Ese sueño duró, por cierto, varios años.


CAPÍTULO V

Mientras el Señor Dios dormía Su Hijo crecía en la Tierra, se hacía hombre y salía a predicar la palabra de Su Padre.

—Amaos los unos a los otros –decía a las multitudes–, no hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti, y recuerda que serás medido con la vara con que midas a los demás.

El Hijo del Señor vestía con humildad, andaba descalzo por los caminos polvorientos de Galilea, visitaba a los pobres y a los enfermos, curaba a los paralíticos y hacía hablar a los mudos; los ciegos recobraban la vista con sólo tocar sus vestiduras.

—¡Jesús cura a los enfermos y devuelve la paz a los espíritus, Jesús predica el perdón de los pecadores y la vida eterna! –decían los hombres, las mujeres y los niños, llenos de asombro– ¡Jesús multiplica los panes y los peces; Jesús el Cristo es el Hijo de Dios!

Cubierto con sus vestiduras humildes, descalzo y quemado por el sol, el Hijo de Dios parecía, sin embargo, un rey. Pues tenía el porte digno, la mirada benevolente y señorial, los gestos tranquilos, la voz dulce. Predicaba bajo los árboles, rodeado de gente, o a orillas del lago; dormía en las barcas o en las chozas de los pescadores. Les decía a los hombres que abandonaran la crueldad, que no vieran sólo lo feo y malo de los demás, sino lo bello y limpio; que no despojaran a nadie de lo suyo; que todos eran creación de Dios que había hecho la Tierra para la felicidad de todos. Jesús, el niño que había nacido en el establo de Belén aquella noche en que el lucero alumbró la ruta de don Nicolás y de los reyes, hablaba para que los hombres supieran cuál era el deseo del Señor Dios. Él era el maestro que el Señor Dios había elegido para que enseñara a la humanidad a vivir en la paz y en el amor.

—En verdad de verdad os digo que aquellos que sean buenos y puros de corazón se sentarán conmigo a la diestra de Mi Padre –aseguraba Jesús.

En los atardeceres llegaba de las montañas una brisa que se refrescaba cuando pasaba sobre las aguas del lago; las estrellas comenzaban a parpadear a los lejos, los pajarillos volaban torpemente, aturdidos por el sueño, hacia los nidos donde sus polluelos los esperaban, y Jesús se apartaba entonces de las multitudes, se retiraba un poco, entre las grandes piedras o entre los escasos árboles que de vez en cuando se veían cerca de los caminos, y allí oraba pidiendo a Dios que le diera fuerzas para convencer a los hombres de que cambiaran la cólera por la dulzura, la codicia por la generosidad, la crueldad por la justicia.

Pero el Señor Dios sabía que deberían pasar miles de años antes de que los hombres se dejaran guiar por las palabras de Jesús. Muchos las oirían y las seguirían, pero otros muchos lucharían para que nadie las oyera. Pues en la Tierra había gentes que vivían lujosamente gracias a que eran crueles y atemorizaban a los demás para despojarlos de sus bienes, a que eran codiciosos y querían las riquezas del mundo para ellas solas. Esas gentes tuvieron miedo de las prédicas de Jesús, le hicieron preso y le acusaron de faltar a la ley de Dios. Así como los reyes y don Nicolás, cuando Él nació, creyeron que era el Hijo de Dios sin que necesitaran oírselo decir a nadie –porque ellos eran puros de corazón y no temían a la llegada del Hijo de Dios a la Tierra–, y así como cuando Él fue hombre mucha gente humilde y buena creyó en Él y le siguió por los caminos y le daba albergue y pan; así los grandes señores, que eran coléricos, codiciosos y crueles, le odiaron porque Él predicaba el perdón, la bondad y la justicia, y eso era lo contrario de lo que ellos llevaban en sus almas. Rodeados de hombres con espadas y lanzas, fueron una noche al huerto donde Él oraba y le hicieron preso. Esa noche le abofetearon; al otro día le vistieron de blanco, que era el traje de los locos; le pusieron en la cabeza una corona de espinas y en el hombro una pesada cruz de madera, y a latigazos y pedradas le hicieron subir un cerro. Desfallecido de hambre y agotado por el maltrato, Jesús caía a menudo bajo la cruz, pero a golpes le obligaban a levantarse de nuevo. Cuando llegaron a la cima lo clavaron sobre la cruz, por las manos y los pies, y después metieron la cruz en un hoyo. A ambos lados pusieron en dos cruces a dos ladrones, como para que la gente creyera que Jesús era también un ladrón. En el extremo de una caña de bambú colocaron una esponja llena de hiel y vinagre, y cada vez que Jesús se desmayaba a causa del dolor le hacían beber esa mezcla. Muchos desdichados que ignoraban por qué lo hacían daban gritos de contento al pie de la cruz; otros, asustados, se escondían en las faldas del cerro; otros lloraban en silencio. Al final le dieron una lanzada a Jesús en un costado, y entonces Él dijo, con voz de moribundo:

—Padre, padre, ¿por qué me has abandonado?

La queja de Su Hijo subió velozmente a los cielos y despertó al Señor Dios. De inmediato miró hacia la Tierra y vio allá abajo, sobre un cerro pelado, a Su Hijo que pendía de una cruz. La indignación le sacudió. ¡Los locos de la Tierra habían crucificado a Su Hijo mientras Él dormía, le habían martirizado, le habían escarnecido y torturado sólo porque predicaba la palabra de Dios! Se indignó tanto que hizo temblar aquel cerro; saltaban las piedras por los aires, cruzaban el aire los relámpagos y en medio del día las tinieblas de la noche descendieron sobre las cabezas de los que habían crucificado a Jesús. En ese momento, Jesús expiraba. El dolor del Señor Dios era indescriptible. Y entonces se le oyó decir:

—¡Dentro de tres días resucitarás y vendrás a estar aquí conmigo; y desde aquí juzgarás a hombres y mujeres por los siglos de los siglos!

Eso dijo, y a partir de tal momento el llanto o la queja de cualquier niño de la Tierra removerían sus entrañas. Con ellas removidas se hallaba, y en vista de que su indignación era tan grande que de haber seguido despierto habría acabado con el género humano, prefirió dormir de nuevo dos días más. En el tercero estaría despierto para recibir a Su Hijo.

Llegó Jesús allá arriba, y le tocó entonces atender a los hombres, juzgar cuál de ellos había procedido mal y cuál bien, cuál cumplía la palabra de Dios y cuál no. El Señor Dios no tenía en qué ocuparse. A veces se ponía a recorrer los cielos, fijaba sus ojos en uno de los mundos, lo observaba, seguía su ruta; otras veces volvía la mirada a la Tierra y tomaba cuenta de cómo iban cambiando las cosas allá abajo. Morían los reyes, los imperios desaparecían, se formaban nuevos pueblos. Poco a poco mucha gente iba sumándose al número de los que creían en las prédicas de Jesús, y en lugares distantes se invocaba el nombre del niño que había nacido en Belén y se le llamaba Hijo de Dios. Año tras año Gaspar, Melchor y Baltasar recorrían los países cálidos dejando juguetes en las casas donde había niños, y don Nicolás iba a los países fríos para hacer lo mismo. De cuando en cuando, digamos cada doscientos o cada trescientos años, el Señor Dios se sentía cansado y se dedicaba a dormir.

Así fueron pasando los siglos. Pasaron quinientos años, pasaron mil, mil quinientos, mil novecientos. Ya estaban pobladas casi todas las tierras; hombres de diversas razas cruzaban los mares en barcos; algunos habían inventado máquinas con las cuales se montaban fábricas de numerosos objetos y era grande el número de ciudades que se veían aquí y allá. Pero los hombres no dejaban de matarse entre sí; construían armas para dar muerte, formaban ejércitos para hacerse la guerra, algunos señores se creían dueños del destino, sometían los pueblos al terror y se hacían adorar como jefes insustituibles. De tarde en tarde –es decir, de siglo en siglo– el Señor Dios despertaba, veía a esos desdichados y sentía pena por ellos, ¿pues a qué conducía que alguien se hiciera emperador o amo de los demás, si lo que debe procurar el hombre no es hacerse poderoso, sino bueno? El poder se acaba cuando se acaba la vida, pero la bondad perdura porque produce felicidad en los demás.

Algunas veces los hombres parecían volverse juiciosos; usaban la inteligencia en hacer buenas cosas; cortaban las montañas para ir de una mar a otro, unían las ciudades con caminos de tierra y cemento o por medio de ferrocarriles, levantaban hospitales para curar a los enfermos, inventaban medicinas, hablaban de paz entre los pueblos, de bienestar y felicidad para todos, pero a veces retornaban a sus locuras. En una ocasión el Señor Dios los vio navegando por debajo del agua y en otra oyó ruidos raros, quiso ver y le pareció que pasaban grandes pájaros de metal. Los hombres habían creado el submarino y el avión.

Tras una guerra en que murieron millones de hombres el Señor Dios observó, muy complacido, que en todos los países celebraban la paz con grandes muestras de alegría. Pero veinte años después se oyó un gran estruendo; el Señor Dios hizo su agujero en las nubes y se asomó. Su disgusto no tuvo límites, porque la humanidad estaba matándose de nuevo. Las ciudades quedaban destruidas al paso de los aviones, el fondo de los mares se llenaba de barcos hundidos. Gobernantes, filósofos y oradores de uno de los bandos afirmaban que los seres humanos de unos pueblos eran superiores a los restantes habitantes del siglo, que había razas con todos los derechos y otras destinadas a la esclavitud. El señor Dios no cabía en sí de la indignación. ¿Cómo era posible que olvidaran que todas las razas eran obra suya, creación del Señor Dios, único rey verdadero del universo? Su Hijo, su propio Hijo, ¿no había nacido del vientre de una mujer que pertenecía a una de las razas que esos locos llamaban inferiores?

Aquella guerra llevaba años cuando se produjo un ruido inconcebible, que llamó la atención del Señor Dios. Fue una explosión que Él sólo había oído cuando algún mundo estallaba. A seguidas de la explosión se alzó a las alturas una columna de humo resplandeciente, que parecía un hongo gigantesco.

—Ya hicieron esos locos explotar el átomo –dijo el Señor Dios.

Eso le preocupó mucho, pues si los hombres no se apresuraban a dominar el átomo para ponerlo al servicio del bien, podían hacer volar la Tierra entera. A seguidas oyó otra explosión. Entonces se llenó de cólera.

—¡Paz!– gritó a toda voz–. ¡Paz en la Tierra o los hago desaparecer a todos ahora mismo!

¿Oyeron esas terribles palabras los que dirigían la matanza en la Tierra, o sin oírlas sintieron que una hecatombe amenazaba al género humano? No se sabe. El caso es que se hizo la paz. De los frentes de guerra volvieron los buques llenos de soldados; las madres abrazaron a sus hijos, las hermanas a sus hermanos, las mujeres a sus maridos. Muchos millones de jóvenes quedaron enterrados en países lejanos; otros desaparecieron en las arenas de los mares. Pero los cañones ya no tronaban ni se oía el estruendo de las bombas. Ese mismo año, cuando en todas partes se celebraba la Navidad y en los templos se oían los cánticos de Nochebuena, el Señor Dios oyó un llanto. Era el llanto de un niño; subía desde la Tierra y sonaba en el silencio de los cielos en forma desgarradora. “Ese niño sufre”, pensó el Señor Dios lleno de amargura. Recordó el día que su Hijo moría en la cruz, sintió que el corazón se le llenaba de dolor; miró hacia abajo, y he aquí lo que vio:

Había en la Tierra un río, y al norte de ese río un país que los hombres llamaban los Estados Unidos de América; y allí caía la nieve. Al sur había otro país; se llamaba México y estaba entre los países cálidos. El Señor Dios nunca se había preguntado por qué los hombres se agrupaban en países, los bautizaban con nombres, establecían fronteras entre ellos. Esas costumbres pertenecían a lo que Él llamaba “pequeñeces humanas” que ningún interés tenían para Él. Ahora bien, como en muchas otras partes del globo donde sucedían cosas parecidas, en esos dos países que estaban juntos los habitantes eran distintos y hablaban lenguas diferentes.

El niño que lloraba era de México; no tenía madre y vivía con su abuela y su padre en una choza de barro, cerca de la frontera. Era una criatura de pelo negro, de negros ojos, de linda piel quemada y blancos dientes. Lloraba porque no tenía juguetes con que celebrar la Navidad de Jesús.

¿Cómo y por qué era posible que un niño sufriera por falta de juguetes en un mundo de gentes que habían destruido en la guerra cientos de ciudades y millones de vidas? ¿Cómo podía explicarse que los hombres fabricaran cañones y bombas en vez de juguetes para los niños? ¿Por qué sufría él; qué le impedía ser feliz esa noche, a él, pequeño retoño de vida, ignorante de las maldades humanas? El Señor Dios no podía comprenderlo y se sentía abrumado por aquel llanto.

—¡Nicolás, por ahí hay un niño que llora a causa de que no tiene juguetes esta noche! –gritó Él con su gran vozarrón.

Don Nicolás, a quien la gente llamaba Santa Claus o Papá Noel, oyó al Señor Dios y juntó las manos sobre la boca para responder, lo más alto que pudo:

—¡Lo sé, Señor, pero no está en mis tierras, sino en las de los Reyes!

—¿Y a mí qué me importa que esté en tierras de los Reyes? ¡Yo no fijé fronteras como han hecho los hombres, y ese niño está cerca de donde tú te hallas! ¡Ponle remedio a eso antes de que me enoje!

Jamás había oído el bueno de Santa Claus lenguaje tan impresionante. Pero comprendió que el Señor Dios tenía razón, puesto que él se hallaba en Tejas, cerca de la frontera con México, y los Reyes Magos andaban lejos, hacia el sur. La conclusión a que llegó Santa Claus fue ésta: “El Señor Dios está de mal humor, y vale más complacerle”. Y como él estaba acostumbrado a hacer las cosas de la mejor manera posible, se metió en una casa donde entendió, por las antenas, que había estación de radioaficionados, y comenzó a llamar a los tres reyes. Al cabo de mucho rato oyó una voz que decía:

—QRX, QRX… Baltasar contestando, Baltasar contestando a don Nicolás. Por favor, hagan cadena.

¡Por fin! Parecía que la situación iba a mejorar. Santa Claus no perdió tiempo en informar:

—Hay un niño llorando cerca de aquí, rey Baltasar, en la frontera con México, y el Se- ñor Dios dice que es porque no tiene juguetes. Me pidió que arreglara eso y parece estar de mal humor. A mí se me acabaron ya los juguetes. ¿Crees tú que podríamos hacer algo para complacer al Señor Dios?

La voz de Baltasar cruzó en el acto los aires para explicar que también ellos, los Reyes Magos, habían oído al Señor Dios cuando se dirigía a Santa Claus, pero que no podían hacer nada por el momento en favor del niño porque carecían de juguetes suficientes para toda la población infantil y por eso habían dejado a ese niño fuera de las listas.

—Tuvimos que racionar las entregas este año a causa de la guerra última –decía Baltasar.

El Señor Dios estaba oyendo desde allá arriba, y sin pedir permiso se metió en la conversación.

—¡No quiero explicaciones, quiero soluciones! ¡Si ese niño sigue llorando voy a hacer un escarmiento ejemplar con todos ustedes, con los Reyes y con don Nicolás! ¡Ya lo saben! –tronó.

Es inútil hablar del mal rato que pasaron Santa Claus y el rey Baltasar. Los dos se quedaron mudos; y al fin se oyó la voz de Santa Claus diciendo:

—¿Ya oíste? El Señor Dios pierde la cabeza cuando oye a un niño llorando. Piensen ustedes en alguna manera de resolver el caso, que por mi parte yo haré algo.

Para Santa Claus la situación no era fácil. Pues pasaba ya de medianoche y él había repartido todos los juguetes que había tenido. Volvía de retorno a su hogar cuando oyó hablar al Señor Dios; y he aquí que al oír aquel vozarrón el hermoso reno se había asustado. Hacía más de mil novecientos años que no lo oía. A partir de ese momento se puso nervioso, y cuando Santa Claus tomó su trineo, después de haber localizado por radio a Baltasar, estaba también en estado de nervios a causa de que no tenía práctica en el manejo de la estación de radio y la electricidad le asustaba. No ha de producir asombro, pues, que, nervioso el que le guiaba y nervioso el reno, éste se asustara en un momento dado y cayera en una zanja. En ese incidente el hermoso animal se dislocó una pata. De manera que a la hora de tener que resolver el problema del niño mexicano Santa Claus se encontraba con que no tenía juguetes y con que no podía trasladarse a otros sitios para buscarlos, porque su reno se había inutilizado.

Hay momentos muy difíciles en toda vida, aun en la vida de un inmortal como Santa Claus; y uno de ellos es cuando debe escogerse entre la forma de hacer algo y el fin con que se hace. Por ejemplo, esa noche, ¿había de pensar en la manera o en el fin? Todas las tiendas estaban cerradas; era inútil, pues, tratar de comprar algo para el niñito mexicano. Sin embargo, algún juguete tenía que aparecer. El fin que perseguía era bueno, sin duda, ¿pero podía él lograrlo con métodos malos? Baltasar le había dicho que los reyes habían dejado al niño fuera de sus listas; además, todo indicaba que estaban muy lejos de la frontera, y por otra parte el Señor Dios había sido muy categórico. “Ponle remedio a eso antes de que me enoje”, había dicho. Ese “ponle” quería decir que le pusiera remedio él, Santa Claus, y nadie más.

En verdad, el momento no era agradable. Santa Claus pensaba, con razón: “Yo no puedo meterme a escondidas en la casa de un niño para llevarme alguno de sus juguetes; eso sería robo”. Y en cuanto a solicitarlo como regalo, ¿qué diría un señor a quien Santa Claus llamara, a esa hora de la noche, para decirle que le quitara a uno de sus hijos cualquier juguete y se lo diera a él para llevárselo a un niño mexicano? Santa Claus se exponía a que ese señor no le creyera, a que llamaría en su auxilio a la policía pensando que se trataba de un farsante que pretendía entrar en su hogar quién sabe con qué propósitos, o en último término que llamara a un manicomio para que cargaran con él. En tantos siglos conviviendo con ellos Santa Claus había aprendido a conocer a los hombres y sabía que muchos no creen en la existencia ni de Santa Claus ni de los Reyes Magos.

La única solución que le pareció hacedera fue la de meterse directamente en la habitación de un niño, de uno cualquiera, pues la mayoría de ellos es de alma pura y adivinan la verdad donde la oyen; llegar y decirle: “Vengo a que me des uno de esos juguetes que yo te traje hoy, porque del lado mexicano, cerca de la frontera, hay un niño que no tiene con qué jugar esta noche”.

Esa le pareció la solución correcta. Pero he aquí que tratando de ponerla en práctica pasó el risueño Santa Claus malos momentos. Uno de ellos fue en la primera casa donde entró, porque el padre del niño oyó que alguien abría la ventana y comenzó a dar grandes voces.

—¡Ladrones, ladrones, socorro! –gritaba.

Los gritos eran tan desaforados que Santa Claus tuvo que desistir y buscar otro lugar. Escogió un barrio apartado; y ya estaba abriendo la verja de una de esas graciosas casitas norteamericanas de dos pisos, cuando de buenas a primeras sintió un rugido, oyó a su espalda algo como una exhalación, y se halló a seguidas con tamaño perrazo pegado a sus pantalones. No fue fácil desprenderse de aquel feroz animal. Santa Claus no pudo explicarse nunca, después del episodio, cómo se las arregló él para saltar la verja con todo y perro. Este, muy persistente, creyó que su deber era seguir prendido, por varias cuadras, de los fondillos de Santa Claus.

Pero alguna vez tenían que terminar las tribulaciones del bondadoso anciano. Un cuarto de hora después de ese mal rato vio una casa abierta y a un matrimonio de mediana edad charlando adentro.

—Buenas noches, señores –dijo Santa Claus con su mejor voz–. Vengo en busca del algún juguete, aunque sea usado, para un niño que se ha quedado sin ellos.

La señora fue muy gentil y atendió a Santa Claus graciosamente.

—Aquí hay algunos de un sobrino nuestro que no ha venido a buscarlos –dijo–. Están bajo el árbol de Navidad. Escoja usted mismo el que le guste.

Santa Claus escogió un pequeño automóvil. Se despidió de prisa y salió más de prisa aún. Debía tratar de llegar a la frontera antes de que se hiciera tarde, y además tenía que dejar al reno en lugar seguro. Puesto que la noche no había sido afortunada, esperaba nuevos contratiempos antes de dar fin a su misión.


CAPÍTULO VI

Pero no sólo el viejo Santa Claus pasó apuros esa noche. También los estaban pasando los Reyes Magos, y no hay que tener mucha imaginación para sospechar que las tribulaciones de los Reyes Magos eran mayores que las de Santa Claus, pues el hecho de que fueran tres personas de caracteres tan distintos complicaba siempre los problemas.

Los reyes iban saliendo ya de México, en camino hacia La Habana, cuando Baltasar, que estaba dejando un juguete en la casa de un niño cuyo padre tenía estación de radioaficionados, acertó a recibir la llamada de Santa Claus. Salió a saltos en busca de sus compañeros, y dio con Melchor, que disfrutaba, sobre su camello, de un corto sueño. Baltasar le contó en el acto lo que sucedía, a lo que respondió Melchor diciendo:

—Mal se presenta la situación, Baltasar. Yo entregué ya el último de mis juguetes, a ti sólo te quedaba ese que dejaste en la casa de donde vienes; en cuanto a Gaspar, tenía tres niños a quienes visitar. Ojalá demos con él antes de que haya ido donde el último.

Baltasar no era rey que se quedara callado; echaba afuera cuanto pensaba y sentía. Por esa causa comenzó a protestar de la costumbre que habían adoptado en los años recientes, la de almacenar con anticipación en cada país los juguetes que iban a repartir en él.

—Eso se llama organización, Baltasar –explicaba Melchor–. No podemos ir contra los tiempos. Es absurdo quedarse atrasado.

—Por no quedarnos atrasados ahora nos vemos en apuros. Propongo que nos metamos en una tienda y nos llevemos cualquier juguete para ese niño.

—Sería un hermoso ejemplo para los niños del mundo que el rey Baltasar amaneciera preso por robo con fractura.

—Que yo amanezca preso no importa; lo importante es que ese niño no siga llorando.

—A los ojos de alguna gente, puede que tengas razón. Pero hay mucha que vería el asunto por otro lado.

—¿Por qué otro lado?

—Dirían: “Claro, tenía que ser el negro el que cometiera ese robo”.

Baltasar no tardó un segundo en responder:

—Es verdad, pero eso tiene solución: métete tú en la tienda así no dirán que fue el rey negro.

Melchor miró calmadamente a su compañero al tiempo que decía:

—Ni el negro ni Melchor, rey Baltasar. Nosotros tenemos que actuar en forma correcta. Hablemos con Gaspar y veamos entre los tres cómo resolvemos el caso.

—¡Allá lo veo!– exclamó Baltasar señalando hacia una hermosa avenida.

Y en efecto, allá se veía al rey Gaspar, iluminado por las farolas eléctricas, con su barba blanca agitada por el aire, cabalgando su camello, casi flotando tras él su brillante manto azul.

-Rey Gaspar, acércate, que tenemos que hablar –gritó Baltasar.

—No es hora de hablar, sino de apresurarnos. Se hace tarde y nos esperan en Cuba –respondió Gaspar.

—¿De qué se ríe este loco? –preguntó dirigiéndose a Melchor.

—De que tenemos que hacer un viaje a la frontera del norte, donde hay un niño que llora porque lo dejamos sin juguetes –explicó Melchor.

—¿Cómo? ¿A esta hora y sin tener qué llevarle?

—Sí, compañero, a esta hora, y hay que buscar algo que llevarle. Es orden del Señor Dios –dijo, con muchos movimientos de brazos y manos, el rey Baltasar.

—¡Esto es un desorden, un verdadero desorden! –clamó el rey Gaspar–. Al Señor Dios le era muy fácil resolver ese asunto sin nuestra intervención.

Entonces se oyó el vozarrón del Señor Dios, que venía desde la altura:

—¡Son ustedes los que tienen que resolverlo, mentecatos, para que otra vez se guarden mucho de sacar de la lista a un niño, por pobre y olvidado que sea!

Al oír esas palabras, hasta los camellos se echaron a temblar. Ni siquiera el rey Gaspar se atrevió a insinuar una protesta. Durante buen rato los tres se quedaron mudos, mirando hacia arriba, donde solo rutilantes estrellas se veían. Una brisa bastante fría pasaba meciendo las copas de los árboles y limpiando el cielo de nubecillas, y se oía, como un zumbido, el rumor de la ciudad.

—Majestades, ya lo han oído. Hay que buscar un juguete, por lo menos uno, y salir en el acto hacia la frontera –afirmó Baltasar.

Pero no era fácil hallar el juguete y no era fácil llegar hasta la frontera a tiempo usando los viejos camellos, puntos ambos que fueron materia de discusión entre los reyes. Al fin Baltasar propuso algo práctico: alquilar un avión que los dejara lo más cerca posible del lugar donde vivía el niño que lloraba.

—¿Y cómo alquilarlo? ¿Dónde está el dinero? ¿No gastaron ustedes todos los tesoros que nos dio el Señor Dios comprando juguetes? ¿No me hicieron gastar también los míos? Ahora ha llegado el momento de lamentar esas locuras.

Como es claro, esto lo dijo el rey Gaspar, por cierto con voz bastante agria.

—La única solución es vender los camellos –apuntó calmosamente el rey Melchor.

—¿Qué has dicho, rey Melchor? ¿Estás perdiendo la razón? ¿Qué se ha hecho de tu antigua cordura? ¿Vender yo mi camello?

Era otra vez el rey Gaspar quien hablaba. La verdad es que al rey Gaspar le ponía fuera de sí oír alguna proposición que significara pérdida. Pero no le sucedió lo mismo al rey Baltasar. Este era expeditivo; lo que le interesaba era resolver el problema del momento y no se detenía en consideraciones sobre lo que sucedería mañana. Baltasar se agarró a la idea de Melchor como uno que va cayéndose al mar se agarraría a un clavo ardiendo; y tanto arguyó, opinó, habló y gritó que un cuarto de hora después salía con los tres camellos en busca de un circo que había visto poco antes. Quería proponerle al dueño que le comprara los tres animales. Ya iba lejos Baltasar, y todavía oía las protestas del viejo rey Gaspar.

No se sabe cómo se las arregló el rey negro, pero es el caso que en poco tiempo volvió diciendo que ya estaba todo arreglado y que el avión esperaba por ellos. Sólo una cosa no había podido obtener, el juguete para el niño; pero según le dijeron en el circo, al llegar al aeropuerto de destino podrían hallarlo. En suma, antes de que Gaspar pusiera fin a sus protestas, los tres amigos iban volando, camino de la frontera del norte.

Nunca pensaron los tres reyes del desierto, en más de mil novecientos años que tenían repartiendo juguetes, que algún día usarían un pájaro de metal para ir a dar un poco de felicidad a un niño que vivía en choza de barro, a centenares de millas de distancia. Pero las sorpresas que ofrece la vida son muchas y eran incontables las vueltas que había dado el mundo desde la noche en que fueron a Belén; todo había cambiado, todo era distinto. Sólo el Señor Dios seguía siendo igual, y Él velaba por la dicha de los pequeños porque también Él había tenido un hijo y nada agradaba más a su corazón que ver felices a los niños.

Los cambios habían sido grandes y los reyes del desierto lo sabían mejor que nadie, porque recorrían año tras año parte de la Tierra y veían cada vez más novedades. El hombre era audaz; usaba su inteligencia en inventar las cosas más raras. No sólo fabricó el avión, el teléfono, la radio, la televisión, máquinas que servían para todos los usos y medicinas que curaban casi todas las enfermedades, sino que además estudiaba los cielos y se preparaba a ir de su planeta a los otros. Todo lo que hacía falta para la comodidad del ser humano se inventaba y se fabricaba y se vendía. Poco a poco, además, iba extendiéndose la idea de que la verdadera comodidad no se lograba nunca si el alma del hombre se mantenía inquieta, y la manera de tranquilizar el alma no era dando al cuerpo los mejores alimentos; la manera más adecuada era buscando la paz por medio de la bondad. Los hombres iban aprendiendo que no era teniendo más poder o más conocimientos solamente como lograrían la felicidad, sino refinando sus sentimientos y haciéndolos cada vez más firmes y puros. Con la ambición se conquista el poder, con el estudio se conquistan las ciencias; pero sólo con la bondad se conquista la dicha.

El Señor Dios persistía en un punto; y he aquí como Él lo decía para sí: “Los hombres tienen que aprender a quererse, porque el amor los hará bondadosos y los salvará de ser codiciosos, crueles e injustos”. El Señor Dios ponía toda su ternura en los niños porque ellos saben querer naturalmente, y se llenaba de ira cada vez que oía a un padre decir a sus hijos que para ganar buen éxito en la vida hay que ser duros de corazón, egoístas y fríos. Pero esos padres, por suerte, eran cada vez menos. El Señor Dios veía con placer que cada día la humanidad avanzaba hacia el amor, que cada día era mayor el número de los que deseaban ser bondadosos. Por ejemplo, el dueño del circo que compró los camellos de los Reyes Magos no necesitaba para nada de esos pobres animales, pero le hizo creer a Baltasar que le hacían falta a fin de que el rey negro y sus compañeros tuvieran dinero para el viaje.

El viaje fue rápido, pero no tanto que llegaran a tiempo para hallar gente en el aeropuerto. Era muy poca la que se veía y ya estaban cerradas las pequeñas tiendas. De manera que cuando Baltasar preguntó dónde podría comprar un juguete para un niño que lloraba porque no tenía ninguno, le dijeron que ya no había comercios abiertos. En ese momento se le acercó un hombre humilde, vestido con ropa sencilla de algodón y una especie de cobertor que le cubría los hombros y el pecho. Tenía los pies calzados con pedazos de goma de automóvil. Era pálido, delgado, de pelo muy negro que le caía sobre la frente. Su estampa iba pregonando su pobreza, pero a la vez su rostro reflejaba bondad. Con mucha dulzura en la voz explicó:

—Yo fabrico juguetes de madera para venderlos en estos días. ¿Me permite ofrecerle el único que me queda? Es rústico, hecho a cuchillo, y deseo regalárselo.

Al terminar de hablar echó al suelo un saco que llevaba a la espalda, y de él extrajo ropa sucia, frutas, un paquete de maíz y algunas otras cosas que llevaba a su casa. Revuelto con todo eso estaba el juguete, un precioso caballito de madera que arrastraba tras sí una diminuta carreta.

—Amigo, esto es una belleza. Dios ha de pagarle a usted su bondad –dijo efusivamente el rey Baltasar.

Melchor se acercó, miró con su habitual calma el juguete, y comentó:

—Está muy bien hecho. Gracias.

Pero Gaspar no dijo nada; esto es, no dijo nada acerca del regalo que acababan de recibir, porque habló de otra cosa. Preguntó:

—¿Y el niño? ¿Dónde vive el niño ese?

El malhumorado rey sabía que el niño vivía en la frontera del norte, pero hacía la pregunta porque deseaba que sus dos amigos terminaran cuanto antes de hablar con el hombre que les había obsequiado el juguete. La acción del desconocido le conmovió como pocas veces, desde que vio al Hijo de Dios en el establo de Belén, se había sentido conmovido. Y al rey Gaspar no le gustaba que le sucediera eso. Recordaba con toda nitidez que por haber experimentado una emoción parecida, casi dos mil años antes, había regalado a una vieja enferma una moneda de plata, y, ¡caramba!, jamás se perdonaría él esa debilidad, aunque viviera mil siglos. Baltasar, que a todo esto se hallaba hablando con otra persona, había oído la pregunta de Gaspar y no tardó en contestarle.

—Este señor está explicándome que la frontera queda lejos. Parece que tendremos que alquilar un automóvil para ir allá.

Por lo visto, era la noche peor en la vida de Gaspar. No acababan de darle disgustos.

—¿Alquilar un automóvil? –preguntó– ¿Y con qué dinero, rey Baltasar?

Y he aquí que de pronto se oyó una gran voz que caía de lo alto y decía:

—¡Con las dos monedas de oro que te guardaste la noche en que nació Mi Hijo, rey Gaspar, avaro del demonio!

Desde luego, es inútil tratar de describir la escena que se produjo allí. De los presentes, sólo los tres reyes oyeron la voz. Nunca jamás se vio un grupo real más confundido que ése. El primero en reaccionar fue Baltasar.

—Conque dos monedas de oro, ¿eh?

Tenía un tonillo que era a la vez burlón y colérico. Dejándolo a un lado, se dirigió a Melchor, como un general en jefe que da órdenes en medio de la batalla.

—¡Melchor, busca un automóvil, el primero que pase, y contrátalo sin discutir el precio, que Gaspar tiene dinero!

En verdad, Gaspar estaba tan apenado que tuvieron que empujarlo para que entrara al automóvil. Tardó mucho en hablar. A su lado, mirándole en silencio, con expresión severa, iba Melchor. Probablemente llevaban ya media hora de camino cuando el rey Gaspar dijo:

—¡Ha sido una injusticia lo que el Señor Dios ha hecho conmigo, y ha sido además una tontería obligarme a gastar el último dinero! ¡Yo guardaba esas monedas para un caso de necesidad!

—Sí, claro, las guardaste casi veinte siglos –comentó Baltasar.

Durante todo el viaje, cada diez, a veces cada ocho y hasta cada cinco minutos, se oía a Gaspar murmurar:

—¡Es una injusticia quitarme lo último que me quedaba!

Tanto lo dijo y tanto lo repitió, que oyéndole el rey Melchor acabó por dormirse como si lo arrullara una canción de cuna. Mientras tanto, el automóvil iba a toda marcha hacia la frontera y Baltasar, el rey negro, que no usaba manto, se frotaba los brazos con ambas manos porque la noche era fría. El alegre rey echaba de menos el clima de su oasis, cálido en el día y frasco en la noche. Las temperaturas heladas no se habían hecho para él.

Sin embargo había una persona que estaba pasando más frío que Baltasar, a pesar de que se hallaba acostumbrada a las nieves. Era Santa Claus. Pues el buen viejo, deseoso de llegar lo más pronto posible a la choza del niño mexicano, e imposibilitado de usar su reno, se fue a pie y decidió lanzarse al río y cruzarlo a nado. Mala idea fue ésa, porque el risueño Santa Claus no tenía edad para andarse dando chapuzones en agua helada, y menos a las dos de la mañana. Y como su ropa era de lana, conservó la humedad y no se calentó a pesar de la caminata que tuvo que hacer entre breñales y cerros pelados. Caminó a campo traviesa, orientándose por el llanto del niño, oyendo a ratos ladridos de perros, buscando afanosamente con la mirada, en medio de la oscuridad, la choza adonde se dirigía. A menudo tropezaba, volvía a levantarse, se caía y gateaba como los niños. Debido a todo ello iba ensuciándose la ropa en forma lamentable. Y no cesaba de sentir frío. En una ocasión estornudó.

—Creo que me he resfriado –dijo el buen viejo en alta voz.

Y así era. Pero resfriado o no, siguió su marcha. Columbró al fin la choza. Había una ventana mal cerrada, y por ella entró Santa Claus. La vivienda era pobre, aunque limpia; su piso era de tierra y sólo tenía dos habitaciones, una que debía ser la de recibir a la gente, que hacía a la vez el papel de sala, depósito y comedor, y otra en la que estaban el niño que lloraba y su abuela. La anciana, ya muy gastada por los años, dormía sobre una estera de paja. Al oír el ruido, el niño preguntó:

—¿Quién es? ¿Son los Reyes Magos?

No tenía miedo, sino esperanza, la esperanza de que a esa hora los Reyes Magos llegaran hasta el apartado lugar donde él vivía y embellecieran su soledad con el juguete que él les había pedido.

Por primera vez desde que recorría la Tierra en su oficio de Santa Claus, don Nicolás sintió que el corazón se le contraía. Una lágrima le tembló en cada párpado, se secó la derecha con la manga, pero la izquierda cayó, rodó hasta el blanco bigote y allí se perdió. Y por primera vez también dijo una mentira.

—Sí, somos los Reyes Magos –aseguró con voz que casi no se oía.

La habitación estaba oscura, pero él adivinó una sonrisa en los labios del niño.

—Gracias, Reyes queridos –respondió el niño en tono conmovedor.

A seguidas se oyeron conversaciones afuera, algo como una discusión, una voz que murmuraba:

—¡Me han hecho gastar mis últimas monedas y ahora no tengo ni con qué pagar el viaje de retorno!

Santa Claus recordó esa voz; le pareció la de un viejo barbudo, de manto azul, que subía a un camello frente al establo de Belén en el momento en que él llegaba allí casi dos mil años atrás. Era el mismo tono inconfundible de hombre de mal humor. Santa Claus se asomó a la ventana y en tal momento volvió a estornudar. Oyó a alguien decir:

—No discutas más, rey Gaspar, que en la choza están despiertos. ¿No oíste el estornudo?

En esa le pareció reconocer la voz del hombre que llevaba manto amarillo, aquel que le decía al rey malhumorado que debía averiguar a quién pertenecían los tesoros que hallaron en sus camellos. Sí, estaba en lo cierto, no cabía duda de que los que hablaban eran los Reyes Magos. Pero podía estar equivocado. Después de todo, habían transcurrido casi veinte siglos. De todas maneras, Santa Claus tenía que irse ya; y cuando iba a saltar de la ventana se dio de manos a bocas con el rey negro. Este le miró en esa posición inesperada, trepado en la ventana, y en el acto gritó:

—¡Majestades, déjense de discutir y vean quién está allí! ¡Es Santa Claus, el viejo que estuvo en Belén aquella noche! ¿No se acuerdan de él?

—¿Qué me importa a mí quien sea? Lo que yo digo es que el Señor Dios me ha hecho gastar mis únicas dos monedas y ahora estamos en este hoyo sin que sepamos cómo vamos a salir de él.

Está de más decir que fue el rey Gaspar quien habló. En cambio, Melchor inclinó la cabeza con mucha cortesía y se dirigió a Santa Claus con estas palabras:

—Aunque la ocasión resulte desusada, me complace saludarlo, don Nicolás.

El rey negro lo dijo en otra forma. Fue así:

—¡Venga un abrazo, compañero, porque a pesar de que hemos estado cerca de dos mil años sin vernos, usted es nuestro compañero!

De esa manera, y en tan lejano lugar, volvieron a encontrarse, veinte siglos después, los que la noche del nacimiento de Jesús le rindieron homenaje en su pobre cuna de heno. Mientras Baltasar entraba a la choza para dejar el caballito de madera y la carretita a los pies del niño –que ya en ese momento dormía como un bendito–, Melchor y Santa Claus se fueron andando por una senda llena de piedras. Con los brazos cruzados, sin moverse de allí, Gaspar rezongaba sin descanso:

—¡Ha sido una injusticia del Señor Dios; ha sido una injusticia!

Así lo halló Baltasar, que prácticamente lo arrastró tras sí. Poco después los tres reyes y Santa Claus iban bajando y trepando cerros, cayéndose, levantándose, en una marcha sólo amenizada por los estornudos de Santa Claus y las quejas de Gaspar.

Desde arriba, el Señor Dios los contemplaba. Los veía irse juntos, apoyándose entre sí, buscando orientación en medio de la oscuridad.

—Voy a mandar un lucero para que les señale el camino –dijo.

Y a seguidas, como casi dos mil años atrás, llamó a una estrella, una deslumbrante estrella que surcó el firmamento a velocidad increíble para acercarse al Señor Dios, de cuya boca oyó esta orden:

—Vete allá abajo, a la Tierra. Allí hay un sitio que es la frontera entre dos países llamados Estados Unidos y México; cerca de esa frontera van buscando rumbo cuatro tunantes amigos míos. Alúmbrales el camino. Pero atiende bien, porque ustedes las estrellas son tontas, no oyen lo que se les dice y después…

No quiso seguir hablando; sacudió una mano, como indicando que ya estaba dicho todo lo que tenía que decir, y volvió a colocarse de pechos sobre el piso de nubes, la cara en el agujero desde el cual veía hacia la Tierra. Más he aquí que se durmió un instante nada más. Y al abrir los ojos vio esta escena:

Por las llanuras de Tejas, tirando de dos cuerdas amarradas a un trineo, iban el rey Baltasar y el rey Melchor; tras el trineo, empujando, uno alegremente, el otro con cara de disgusto, iban Santa Claus y el rey Gaspar. Echado en el trineo se veía el hermoso reno, una de cuyas patas delanteras estaba hinchada. La luz de un naciente sol de invierno iluminaba con pálidos reflejos el curioso grupo. En toda la extensión, las gentes dormían.

—Vaya, vaya, de manera que ahí tenemos juntos a los reyes y a don Nicolás. Se reunieron para hacer feliz a un niño indio y ahora van sudando para aliviar a un reno cojo. No está mal el ejemplo. Ojalá los hombres aprendan la lección y se unan para cosas parecidas.

Eso dijo el Señor Dios. Quería hacerse el humorista porque se sentía conmovido y se daba cuenta de que si no tomaba el asunto a chanza iba a llorar de emoción. Y es el caso que si lloraba sus lágrimas iban a inundar la Tierra, caerían en ella como si se desfondaran las fuentes de los cielos, porque las lágrimas del Señor Dios, que jamás había llorado, debían ser infinitas. Si se permitía llorar, hombres y animales, valles y montañas se ahogarían, como en los tiempos del diluvio. No; el Señor Dios no lloraría. Pero como estaba emocionado debía hacer algo. Y se puso a silbar. Silbando se incorporó y comenzó a caminar poco a poco. Sin darse cuenta empezó a danzar. Lo que silbaba era una música celestial, de una finura inconcebible; y su danza era jubilosa y tierna, la danza misma de la felicidad. Abajo, en la Tierra, se oyó aquella música. La oyeron los pajarillos, que entonces despertaban y comenzaron a volar a su ritmo; la oyeron las flores, que en los países fríos se hallaban todavía sin nacer, cubiertas por la nieve, y en los países cálidos estaban mustias. Y las flores no nacidas, y las mustias, comenzaron a cobrar vida y color, a perfumar el aire, que también danzaba y las hacía danzar. La oyeron Santa Claus y los Reyes Magos, que alzaron sus rostros al cielo, sonrieron y dijeron, los cuatro a un tiempo:

—Parece que el Señor Dios está contento.

Y la oyó aquel hombre humilde que había regalado a los reyes su caballito y su carretita de madera. El había hallado despierta a la anciana madre, una mujer envejecida por los años y por la miseria, de cuerpo mínimo, ligeramente encorvada, cuyos tristes ojos irradiaban bondad.

—Buenos días, mamacita –dijo el hombre.

—Dios me lo bendiga, mi hijo. ¿Cómo te fue?

—Vendí todos los juguetes, menos uno que regalé, y compré maíz y medicinas.

—Falta hacen las dos cosas en esta casa. Dios es bueno. Acuéstate.

—Ahora no. Quiero que le dé la medicina al niño. ¿Cómo sigue?

—Ha estado más tranquilo que anoche. Debe haber delirado algo, porque le oí hablando anoche. Tal vez estaba soñando con los Reyes Magos, el pobrecito.

Clareaba ya, y el hombre entró en la habitación donde dormía su hijo enfermo. Por el tierno rostro moreno se difundía una sonrisa inocente que embellecía en forma indescriptible la miserable covacha de barro. El padre sintió que su corazón aleteaba y se inclinó para besar la pequeña frente.

Pero de pronto vio algo junto al niño; algo que le paralizó. Lo veía y no podía creerlo. Allí había un autito, un regalo de reyes para su hijo, y junto al autito la misma carretita que él había dado horas antes a tres hombres estrafalariamente vestidos, de túnicas y turbantes. Sólo que ahora el caballito y la carretita fulguraban, despidiendo reflejos a la naciente luz del día.

Asustado, tomó la carretita en sus manos y se encaminó hacia la anciana, que desde la otra habitación le miraba con la serenidad soberana de sus años. Quiso llamar la atención de la madre, decir algo, explicarle que aquel era el juguete que él mismo había hecho, pero que ahora era distinto, macizo, pesado, de un metal que él conocía pero cuyo nombre no se atrevía a pronunciar en ese momento, y que brillaba porque estaba recubierto de piedras de valor incalculable.

Pero no se dirigió a la madre, sino que dijo:

—¿Qué es esto, Señor?

Alzó los ojos a la altura, como esperando una respuesta. No hubo respuesta. Lo único que oyó fue una música que bajaba de los cielos, una música que iba envolviéndolo todo, como si las nubes hubieran estado cargadas de jilgueros y éstos cantaran celebrando el nacimiento del sol.

Santa María del Rosario
La Habana, Febrero de 1956

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. Los amos

Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca. don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.

-Le voy a dar medio peso para el camino. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.

Cristino extendió una mano amarilla que le temblaba.

-Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.

Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.

Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.

-Ta bien, don Pío -dijo-; que Dio se lo pague.

Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.

-Qué animao ta el becerrito comentó en voz baja.

Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuidado de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.

-Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.

-Ah, si, como no, don. Mucha gracia -oyó responder.

El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.

-Vea, don -dijo-, aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.

Don Pío caminó arriba.

-Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.

-Arrímese pa aquel lao y la verá.

Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.

-Dese una caminata y me la arrea, Cristino -oyó decir a don Pío.

-Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.

-¿La calentura?

-Unjú, me ta subiendo.

-Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.

Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito...

-¿Va a traérmela? -insistió la voz.

Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.

-¿Va a buscármela, Cristino?

Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.

Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.

-Ello sí, don -dijo-; voy a dir. Deje que se me pase el frío.

-Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.

Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.

-Si; ya voy, don -dijo.

-Cogió ahora por la vuelta del arroyo -explicó desde la galería don Pío.

Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío le veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.

-¡Qué día tan bonito, Pío! -comentó con voz cantarina.

El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.

-No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le dí medio peso para el camino.

Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.

-Malagradecidos que son, Herminia -dijo-. De nada vale tratarlos bien.

Ella asintió con la mirada.

-Te lo he dicho mil veces, Pío -comentó.

Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

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. La mancha indeleble

Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror.

Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. La situación era en verdad aterradora.

Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás, del otro lado de la puerta, y la que iba a iniciar en ese momento. Físicamente, la distancia sería de tres metros, tal vez de cuatro. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos.

-Entregue su cabeza -dijo una voz suave.

-¿La mía? -pregunté, con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo.

-Claro -¿Cuál va a ser?

A pesar de que no era autoritaria, la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes, que se cubrían con lujosos tapices. Yo no podía saber de dónde salía. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco, la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor, y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro; las grandes columnas de mayólica, las cornisas de cubos dorados, las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido.

Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo, pregunté.

-¿Y cómo me la quito?

-Sujétela fuertemente con las dos manos, apoyando los pulgares en las curvas de la quijada; tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. Colóquela después sobre la mesa.

Si se hubiera tratado de una pesadilla me habría explicado la orden y mi situación. Pero no era una pesadilla. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez, mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. No se veía una silla, y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas, necesitaba sentarme o agarrarme de algo. Al fin apoyé las dos manos en la mesa.

-¿No ha oído o no ha comprendido? -dijo la voz.

Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. Tal vez por eso me parecía tan terrible. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal, más bien tranquilo. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía.

Al fin logré hablar.

-Sí, he oído y he comprendido -dije-. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Déme algún tiempo para pensarlo. Comprenda que ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida. Además, si me quedo sin ella, ¿con qué voy a pensar?

La parrafada no me salió de golpe. Me ahogaba. Dos veces tuve que parar para tomar aire. Callé, y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido, como de risa burlona.

-Aquí no tiene que pensar. Pensaremos por usted. En cuanto a sus recuerdos, no va a necesitarlos más: va a empezar una nueva vida.

-¿Vida sin relación conmigo mismo, si mis ideas, sin emociones propias? -pregunté.

Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Estaba cerrada. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Había también puertas en esos extremos, pero ninguna estaba abierta.

El espacio era largo y de techo alto, lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. No había la menor señal de vida. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente. Peor aún: estábamos la voz y yo. Pero la voz no era humana, no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos, también sin vida, estaban mirándome desde las paredes, y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento.

-Por favor, no nos haga perder tiempo, que hay otros en turno -dijo la voz.

No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Sentí que alguien iba a entrar, que ya no estaría más tiempo solo, y volví la cara hacia la puerta. No me había equivocado; una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro, y un pie se posaba en el umbral. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la que todavía no ha cerrado.

En medio de mi terror actué como un autómata. Me lancé impetuosamente hacia la puerta, empujé al que entraba y salté a la calle. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr; tal vez pensaron que había robado o había sido sorprendido en el momento de robar. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados, y de haber habido por allí un policía, me hubiera perseguido. De todas maneras, no me importaba. Mi necesidad de huir era imperiosa, y huía como loco.

Durante una semana no me atreví a salir de casa. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Pero en la octava noche, aliviado de mi miedo, me arriesgué a ir a la esquina, a un cafetucho de mala muerte, visitado siempre por gente extraña. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. A poco, dos hombres se sentaron en ella. Uno tenía los ojos sombríos; me miró con intensidad y luego dijo al otro:

-Ese fue el que huyó después que estaba...

Yo tomaba en ese momento una taza de café. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa.

Ahora estoy en casa, tratando de lavar la camisa. He usado jabón, cepillo y un producto químico especial para el caso que hallé en el baño. La mancha no se va. Está ahí, indeleble. Al contrario, me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más.

Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos:

-...después que ya estaba inscrito...

El miedo me hace sudar frío. Y yo sé que no podré librarme de este miedo; que lo sentiré ante cualquier desconocido. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido.

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. La nochebuena de Encarnación Mendoza

Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña.

A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Él conocía bien el lugar; las familias que vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.

Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.

Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.

El caserío donde ellos vivían -del lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas- tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:

-¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!

Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.

Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo él podía ver hasta dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada, estaba el niño. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido; lo mejor sería hacerse el dormido, dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se cubrió la cara con el sombrero.

El negro cachorrillo correteó; jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible; era un cadáver. De otra manera no sé explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. El terror le dejó frío. En el primer momento pensó huir, y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de su voluntad levantó una mano, fijó la mirada en el difunto, temblando mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. En su miedo, pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el cachorrillo, al cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y a seguidas, cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las manos, impulsado por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la bodega. Al llegar allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor, gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura:

-¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto!

A lo que un vozarrón áspero respondió gritando:

-¿Qué tá diciendo ese muchacho?

Y como era la voz del sargento Rey, jefe de puesto del Central, obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho.

El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver, pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. Pero el sargento era expeditivo; quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza.

El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas, desde las primeras estribaciones de la Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos. Y los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que le costaron la vida al cabo Pomares.

Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que con el deseos de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda.

Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca deseaba nada malo, y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Solo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes, sin un peso para celebrar la fiesta, tal vez llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir de dolor.

Pero el plan se había enredado algo. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Se había ido corriendo, a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos, y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí, meterse en otro tablón de caña. Sin embargo, valía la pena pensarlo dos veces, porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta, y le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido. No debía precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de la noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía lo que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas, los ojos oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla saliente. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida; no podía arriesgarse a ser cogido antes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Lo mejor sería descansar, dormir...

Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía:

-Taba ahí, sargento.

-¿Pero en cuál tablón; en ése o en el de allá?

-En ése -aseguró el niño.

“En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación, hacia uno vecino o hacia el de enfrente. Porque a juzgar por las voces el niño y el sargento se hallaban en la trocha, tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. La situación era realmente grave, porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento, pues, no era de dudar, sino de actuar. Rápido en la decisión, Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela, cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. Había que salir de allí pronto, sin perder un minuto. Oyó la áspera voz del sargento:

-¡Métase por ahí, Nemesio, que yo voy por aquí! ¡Usté, Solito, quédese por aquí!

Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba, agachado, con paso felino, Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.

Feas para él y feas para el muchacho, quienquiera que fuese. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido, maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos, y no vieron cadáver alguno, empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela.

-¿Tú ta seguro que fue aquí, muchacho? -preguntó el sargento.

-Sí, aquí era -afirmó Mundito, bastante asustado ya.

-Son cosa de muchacho, sargento; ahí no hay nadie -terció el número Arroyo.

El sargento clavó en el niño una mirada fija, escalofriante, que lo llenó de pavor.

-Mire, yo venía por aquí con Azabache -empezó a explicar Mundito- y lo diba corriendo asina -lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo-, y él cogió y se metió ahí.

Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando:

-¿Cómo era el muerto?

-Yo no le vide la cara -dijo el niño, temblando de miedo-; solamente le vide la ropa. Tenía un sombrero en la cara. Taba asina, de lao...

-¿De qué color era el pantalón? -inquirió el sargento.

-Azul, y la camisa como amarilla, y tenía un sombrero negro encima de la cara...

Pero el pobre Mundito apenas podía hablar; se hallaba aterrorizado, con ganas de llorar. A su infantil idea de las cosas, el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda a vida.

De todas maneras, supiéralo o no Mundito en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón, y después hacia otro más; y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero cuando el niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro, dado que la ropa era la que había visto por la mañana.

-¡Ta aquí, sargento; ta aquí! -gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo-. ¡Dentró ahí!

Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa, ahogándose, lleno de lástima consigo mismo por el lío en qué sé había metido. El sargento, y con él los soldados y curiosos que le acompañaban, se había vuelto al oír la voz del chiquillo.

-Cosa de muchacho -dijo calmosamente Nemesio Arroyo.

Pero el sargento, viejo en su oficio, era suspicaz:

-Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese tablón di una ve! -gritó.

Y así empezó la cacería, sin qué los cazadores supieran qué pieza perseguían.

Era poco más de media mañana. Repartidos en grupos, cada militar iba seguido de tres o cuatro peones, buscando aquí y allá, corriendo por las trochas, todos un poco bebidos y todos excitados. Lentamente, las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Sólo que a diferencia de sus perseguidores -que ignoraban a quién buscaban-, él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.

Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados, el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar; y se corría de un tablón a otro, esquivando el encuentro con los soldados. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. Al cruzar una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a todo pulmón:

-¡Allá va, sargento, allá va; y se parece a Encarnación Mendoza!

¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado. ¡Encarnación Mendoza!

-¡Vengan! -demandó el sargento a gritos; y a seguidas echó a correr, el revólver en la mano, hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo.

Era ya cerca de mediodía, y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente, los cazadores del hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando voces, zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad de una sombra fugaz, y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil.

-¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! -ordenó a gritos el sargento.

Nerviosos, excitados, respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo, los perseguidores corrían de un lacia a otro dándose voces entre sí, recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.

Pasó el mediodía. Llegaron no dos, sino tres números y como nueve o diez peones más; se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones, lo cual entorpecía los movimientos, pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer; y en la bodega no quedó sino el dependiente, preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”.

Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a más de dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la realeza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana.

Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a llover, y el sargento estaba pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. En la carretera las cosas son distintas; pasan con frecuencia vehículos, él podría detener un automóvil, hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión.

-¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera -dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.

No apareció caballo sino burro; y eso, pasadas ya las cuatro, cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El sargento no quería perder tiempo. Varios peones, estorbándose los unos a los otros, colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron cómo pudieron. Seguido por dos soldados y tres curiosos a los que escogió para que arrearan el burro, el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia.

No resultó fácil el camino. Tres veces, antes de llegar al primer caserío, el muerto resbaló y quedó colgado bajo el vientre del asno. Éste resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro, que ya empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio, los soldados echaron mano a pedazos de yaguas, a hojas grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en el cañaveral de rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar la mayor parte del tiempo; en silencio, la voz de un soldado comentaba:

-Vea ese sinvergüenza.

O simplemente aludía al cabo Pomares, cuya sangre había sido al fin vengada.

Oscureció del todo, sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia; y con la oscuridad el camino se hizo más difícil, razón por la cual la marcha se tornó lenta. Serían más de las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de los peones dijo:

-Allá se ve una lucecita.

-Sí, del caserío -explicó el sargento; y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. El sargento quería algo más. Así, cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar, ordenó con su áspera voz:

-Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemo seguir mojándono.

Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar; y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo para que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el de un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible.

La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:

-¡Hay m'shijo, se han quedao güérfano... han matao a Encarnación!

Espantados, atropellándose, los niños salieron de la habitación, lanzándose a las faldas de la madre.

-Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror:

-¡Mamá, mi mamá!... ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral!

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. La bella alma de don Damián

Don Damián entró en la inconsciencia rápidamente, a compás con la fiebre que iba subiendo por encima de treinta y nueve grados. Su alma se sentía muy incómoda, casi a punto de calcinarse, razón por la cual comenzó a irse recogiendo en el corazón. El alma tenía infinita cantidad de tentáculos, como un pulpo de innúmeros pies, cada uno metido en una vena y algunos sumamente delgados metidos en vasos. Poco a poco fue retirando esos pies, y a medida que iba haciéndolo don Damián perdía calor y empalidecía. Se le enfriaron primero las manos, luego las piernas y los brazos; la cara comenzó a ponerse atrozmente pálida, cosa que observaron las personas que rodeaban el lujoso lecho. La propia enfermera se asustó y dijo que era tiempo de llamar al médico. El alma oyó esas palabras y pensó: “Hay que apresurarse, o viene ese señor y me obliga a quedarme aquí hasta que me queme la fiebre”.

Empezaba a clarear. Por los cristales de las ventanas entraba una luz lívida, que anunciaba el próximo nacimiento del día. Asomándose a la boca de don Damián -que se conservaba semiabierta para dar paso a un poco de aire- el alma notó la claridad y se dijo que si no actuaba pronto no podría hacerlo más tarde debido a que la gente la vería salir y le impediría abandonar el cuerpo de su dueño. El alma de don Damián era ignorante en ciertas cosas; por ejemplo, no sabía que una vez libre resultaba totalmente invisible.

Hubo un prolongado revuelo de faldas alrededor de la soberbia cama donde yacía el enfermo, y se dijeron frases atropelladas que el alma no atinó a oír, ocupada como estaba en escapar de su prisión. La enfermera entró con una jeringa hipodérmica en la mano.

-¡Ay, Dios mío, Dios mío, que no sea tarde! -clamó la voz de la vieja criada.

Pero era tarde. A un mismo tiempo la aguja penetraba en un antebrazo de don Damián y el alma sacaba de la boca del moribundo sus últimos tentáculos. El alma pensó que la inyección había sido un gasto inútil. En un instante se oyeron gritos diversos y pasos apresurados, y mientras alguien -de seguro la criada, porque era imposible que se tratara de la suegra o de la mujer de don Damián- se tiraba aullando sobre el lecho, el alma se lanzaba al espacio, directamente hacia la lujosa lámpara de cristal de Bohemia que pendía del centro del techo. Allí se agarró con suprema fuerza y miró hacia abajo; don Damián era ya un despojo amarillo, de facciones casi transparentes y duras como el cristal; los huesos del rostro parecían haberle crecido y la piel tenía un brillo repelente. Junto a él se movían la suegra, la señora y la enfermera; con la cabeza hundida en el lecho sollozaba la anciana criada. El alma sabía a ciencia cierta lo que estaba sintiendo y pensando cada una, pero no quiso perder tiempo en observarlas. La luz crecía muy de prisa y ella temía ser vista allí donde se hallaba, trepada en la lámpara, agarrándose con indescriptible miedo. De pronto vio a la suegra de don Damián tomar a su hija de un brazo y llevarla al pasillo; allí le habló, con acento muy bajo. Y he aquí las palabras que oyó el alma:

-No vayas a comportarte ahora como una desvergonzada. Tienes que demostrar dolor.

-Cuando llegue gente, mamá -susurró la hija.

-No, desde ahora. Acuérdate que la enfermera puede contar luego...

En el acto la flamante viuda corrió hacia la cama como una loca diciendo:

-¡Damián, Damián mío; ay, mi Damián! ¿Cómo podré yo vivir sin ti, Damián de mi vida?

Otra alma con menos mundo se hubiera asombrado, pero la de don Damián, trepada en su lámpara, admiró la buena ejecución del papel. El propio don Damián procedía así en ciertas ocasiones, sobre todo cuando le tocaba actuar en lo que él llamaba "la defensa de mis intereses". La viuda lloraba ahora "defendiendo sus intereses". Era bastante joven y agraciada, en cambio don Damián pasaba de los sesenta. Ella tenía novio cuando él la conoció, y el alma había sufrido ratos muy desagradables a causa de los celos de su ex dueño. El alma recordaba cierta escena, hacía por cierto pocos meses, en la que la mujer dijo:

-¡No puedes prohibirme que le hable! ¡Tú sabes que me casé contigo por tu dinero!

A lo que don Damián había contestado que con ese dinero él había comprado el derecho a no ser puesto en ridículo. La escena fue muy desagradable, con intervención de la suegra y amenazas de divorcio. En suma, un mal momento, empeorado por la circunstancia de que la discusión fue cortada en seco debido a la llegada de unos muy distinguidos visitantes a quienes marido y mujer atendieron con encantadoras sonrisas y maneras tan finas que sólo ella, el alma de don Damián, apreciaba en todo su real valor.

Estaba el alma allá arriba, en la lámpara, recordando tales cosas, cuando llegó a toda prisa un sacerdote. Nadie sabía por qué se presentaba tan a tiempo, puesto que todavía no acababa de salir el sol del todo y el sacerdote había sido visita durante la noche.

-Vine porque tenía el presentimiento; vine porque temía que don Damián diera su alma sin confesar -trató de explicar.

A lo que la suegra del difunto, llena de desconfianza, preguntó:

-¿Pero no confesó anoche, padre?

Aludía a que durante cerca de una hora el ministro del Señor había estado encerrado a solas con don Damián, y todos creían que el enfermo había confesado. Pero no había sucedido eso. Trepada en su lámpara, el alma sabía que no; y sabía también por qué había llegado el cura. Aquella larga entrevista solitaria había tenido un tema más bien árido; pues el sacerdote proponía a don Damián que testara dejando una importante suma para el nuevo templo que se construía en la ciudad, y don Damián quería dejar más dinero del que se le solicitaba, pero destinado a un hospital. No se entendieron y al llegar a su casa el padre notó que no llevaba consigo su reloj. Era prodigioso lo que le sucedía al alma, una vez libre, eso de poder saber cosas que no habían ocurrido en su presencia, así como adivinar lo que la gente pensaba e iba a hacer. El alma sabía que el cura se había dicho: "Recuerdo haber sacado el reloj en casa de don Damián para ver qué hora era; seguramente lo he dejado allá". De manera que esa visita a hora tan extraordinaria nada tenía que ver con el reino de Dios.

-No, no confesó -explicó el sacerdote mirando fijamente a la suegra de don Damián-. No llegó a confesar anoche, y quedamos en que vendría hoy a primera hora para confesar y tal vez comulgar. He llegado tarde, y es gran lástima -dijo mientras movía el rostro hacia los rincones y las doradas mesillas, sin duda con la esperanza de ver el reloj en una de ellas.

La vieja criada, que tenía más de cuarenta años atendiendo a don Damián, levantó la cabeza y mostró dos ojos enrojecidos por el llanto.

-Después de todo no le hacía falta -aseguró-, que Dios me perdone. No necesitaba confesar porque tenía una bella alma, una alma muy bella tenía don Damián.

¡Diablos, eso sí era interesante! Jamás había pensado el alma de don Damián que fuera bella. Su amo hacía ciertas cosas raras, y como era un hermoso ejemplar de hombre rico y vestía a la perfección y manejaba con notable oportunidad su libreta de banco, el alma no había tenido tiempo de pensar en algunos aspectos que podían relacionarse con su propia belleza o con su posible fealdad. Por ejemplo, recordaba que su amo le ordenaba sentirse bien cuando tras laboriosas entrevistas con el abogado don Damián hallaba la manera de quedarse con la casa de algún deudor -y a menudo ese deudor no tenía dónde ir a vivir después- o cuando a fuerza de piedras preciosas y de ayuda en metálico -para estudios, o para la salud de la madre enferma- una linda joven de los barrios obreros accedía a visitar cierto lujoso departamento que tenía don Damián. ¿Pero era ella bella o era fea?

Desde que logró desasirse de las venas de su amo hasta que fue objeto de esa mención por parte de la criada, había pasado, según cálculo del alma, muy corto tiempo; y probablemente era mucho menos todavía de lo que ella pensaba. Todo sucedió muy de prisa y además de manera muy confusa. Ella sintió que se cocinaba dentro del cuerpo del enfermo y comprendió que la fiebre seguiría subiendo. Antes de retirarse, mucho más allá de la medianoche, el médico lo había anunciado. Había dicho:

-Puede ser que la fiebre suba al amanecer; en ese caso hay que tener cuidado. Si ocurre algo llámenme.

¿Iba ella a permitir que se le horneara? Se hallaba con lo que podría denominarse su centro vital muy cerca de los intestinos de don Damián, y esos intestinos despedían fuego. Perecería como los animales horneados, lo cual no era de su agrado. Pero en realidad, ¿cuánto tiempo había transcurrido desde que dejó el cuerpo de don Damián? Muy poco, puesto que todavía no se sentía libre del calor a pesar del ligero fresco que el día naciente esparcía y lanzaba sobre los cristales de Bohemia de que se hallaba sujeta. Pensaba que no había sido violento el cambio de clima entre las entrañas de su ex dueño y la cristalería de la lámpara, gracias a lo cual no se había resfriado. Pero con o sin cambio violento, ¿qué había de las palabras de la criada? "Bella", había dicho la anciana servidora. La vieja sirvienta era una mujer veraz, que quería a su amo porque lo quería, no por su distinguida estampa ni porque él le hiciera regalos. Al alma no le pareció tan sincero lo que oyó a continuación.

-¡Claro que era una bella alma la suya! -corroboraba el cura.

-Bella era poco, señor -aseguró la suegra.

El alma se volvió a mirar y vio cómo, mientras hablaba, la señora se dirigía a su hija con los ojos. En tales ojos había a la vez una orden y una imprecación. Parecían decir: "Rompe a llorar ahora mismo, idiota, no vaya a ser que el señor cura se dé cuenta de que te ha alegrado la muerte de este miserable". La hija comprendió en el acto el mudo y colérico lenguaje, pues a seguidas prorrumpió en dolorosas lamentaciones:

-¡Jamás, jamás hubo alma más bella que la suya! ¡Ay, Damián mío, Damián mío, luz de mi vida!

El alma no pudo más; estaba sacudida por la curiosidad y por el asco; quería asegurarse sin perder un segundo de que era bella y quería alejarse de un lugar donde cada quien trataba de engañar a los demás. Curiosa y asqueada, pues, se lanzó desde la lámpara en dirección hacia el baño, cuyas paredes estaban cubiertas por grandes espejos. Calculó bien la distancia para caer sobre la alfombra, a fin de no hacer ruido. Además de ignorar que la gente no podía verla, el alma ignoraba que ella no tenía peso. Sintió gran alivio cuando advirtió que pasaba inadvertida, y corrió, desolada, a colocarse frente a los espejos.

¿Pero qué estaba sucediendo, gran Dios? En primer lugar, ella se había acostumbrado durante más de sesenta años a mirar a través de los ojos de don Damián; y esos ojos estaban altos, a un metro y setenta centímetros sobre el suelo; estaba acostumbrada, además, al rostro vivaz de su amo, a su ojos claros, a su pelo brillante de tonos grises, a la arrogancia con que alzaba el pecho y levantaba la cabeza, a las costosas telas con que se vestía. Y lo que veía ahora ante sí no era nada de eso, sino una extraña figura de acaso un pie de altura, blanduzca, parda, sin contornos definidos. En primer lugar, no se parecía a nada conocido, pues lo que debían ser dos pies y dos piernas, según fue siempre cuando se hallaba en el cuerpo de don Damián, era un monstruoso y, sin embargo, pequeño racimo de tentáculos como los del pulpo, pero sin regularidad, unos más cortos que otros, unos más delgados que los demás y todos ellos como hechos de humo sucio, de un indescriptible lodo impalpable, como si fueran transparentes y no lo fueran, sin fuerza, rastreros, que se doblaban con repugnante fealdad. El alma de don Damián se sintió perdida. Sin embargo sacó coraje para mirar más hacia arriba. No tenía cintura. En realidad, no tenía cuerpo ni cuello ni nada, sino que de donde se reunían los tentáculos salía por un lado una especie de oreja caída, algo así como una corteza rugosa y purulenta, y del otro un montón de pelos sin color, ásperos, unos retorcidos, otros derechos. Pero no era eso lo peor, y ni siquiera la extraña luz grisácea y amarillenta que la envolvía, sino que su boca era un agujero informe, a la vez como de ratón y de hoyo irregular en una fruta podrida, algo horrible, nauseabundo, verdaderamente asqueroso, ¡y en el fondo de ese hoyo brillaba un ojo, su único ojo, con reflejos oscuros y expresión de terror y perfidia! ¿Cómo explicarse que todavía siguieran esas mujeres y el cura asegurando allí, en la habitación de al lado, junto al lecho donde yacía don Damián, que la suya había sido una alma bella?

-¿Salir, salir a la calle yo así, con este aspecto, para que me vea la gente? -se preguntaba en lo que creía toda su voz, ignorante aún de que era invisible e inaudible. Estaba perdida en un negro túnel de confusión. ¿Qué haría, qué destino tomaría?

Sonó el timbre. A seguidas la enfermera dijo:

-Es el médico, señora. Voy a abrirle.

A tales palabras la esposa de don Damián comenzó a aullar de nuevo, invocando a su muerto marido y quejándose de la soledad en que la dejaba.

Paralizada ante su propia imagen el alma comprendió que estaba perdida. Se había acostumbrado a su refugio, al alto cuerpo de don Damián; se había acostumbrado incluso al insufrible olor de sus intestinos, al ardor de su estómago, a las molestias de sus resfriados. Entonces oyó el saludo del médico y la voz de la suegra que declamaba:

-¡Ay, doctor, qué desgracia, doctor, qué desgracia!

-Cálmese, señora, cálmese -respondía el médico.

El alma se asomó a la habitación del difunto. Allí, alrededor de la cama se amontonaban las mujeres; de pie en el extremo opuesto a la cabecera, con un libro abierto, el cura comenzaba a rezar. El alma midió la distancia y saltó. Saltó con facilidad que ella misma no creía tener, como si hubiera sido de aire o un extraño animal capaz de moverse sin hacer ruido y sin ser visto. Don Damián conservaba todavía la boca ligeramente abierta. La boca estaba como hielo, pero no importaba. Por allá entró raudamente el alma y a seguidas se coló laringe abajo y comenzó a meter sus tentáculos en el cuerpo, atravesando las paredes interiores sin dificultad alguna. Estaba acomodándose cuando oyó hablar al médico.

-Un momento, señora, por favor -dijo. El alma podía ver al doctor, aunque de manera muy imprecisa. El médico se acercó al cuerpo de don Damián, le tomó una muñeca, pareció azorarse, pegó el rostro al pecho y lo dejó descansar ahí un momento. Después, despaciosamente, abrió su maletín y sacó un estetoscopio; con todo cuidado se lo colocó en ambas orejas y luego pegó el extremo suelto sobre el lugar donde debía estar el corazón. Volvió a poner expresión azorada; removió el maletín y extrajo de él una jeringa hipodérmica. Con aspecto de prestidigitador que prepara un número sensacional, dijo a la enfermera que llenara la jeringa mientras él iba amarrando un pequeño tubo de goma sobre el codo de don Damián. Al parecer, tantos preparativos alarmaron a la vieja criada.

-¿Pero para qué va a hacerle eso, si ya está muerto el pobre? -preguntó.

El médico la miró de hito en hito con aire de gran señor; y he aquí lo que dijo, si bien no para que le oyera ella, sino para que le oyeran sobre todo la esposa y la suegra de don Damián:

-Señora, la ciencia es la ciencia, y mi deber es hacer cuanto esté a mi alcance para volver a la vida a don Damián. Almas tan bellas como la suya no se ven a diario y no es posible dejarle morir sin probar hasta la última posibilidad.

Este breve discurso, dicho con noble calma, alarmó a la esposa. Fue fácil notar en sus ojos un brillo duro y en su voz cierto extraño temblor.

-¿Pero no está muerto? -preguntó.

El alma estaba ya metida del todo y sólo tres tentáculos buscaban todavía, al tacto, las venas en que habían estado años y años. La atención que ponía en situar esos tentáculos donde debían estar no le impidió, sin embargo, advertir el acento de intriga con que la mujer hizo la pregunta.

El médico no respondió. Tomó el antebrazo de don Damián y comenzó a pasar una mano por él. A ese tiempo el alma iba sintiendo que el calor de la vida iba rodeándola, penetrándola, llenando las viejas arterias que ella había abandonado para no calcinarse. Entonces, casi simultáneamente con el nacimiento de ese calor, el médico metió la aguja en la vena del brazo, soltó el ligamento de encima del codo y comenzó a empujar el émbolo de la jeringuilla. Poco a poco, en diminutas oleadas, el calor de la vida fue ascendiendo a la piel de don Damián.

-¡Milagro, Señor, milagro! -barbotó el cura.

Súbitamente, presenciando aquella resurrección, el sacerdote palideció y dio rienda suelta a su imaginación. La contribución para el templo estaba segura, ¿pues cómo podría don Damián negarle su ayuda una vez que él le refiriera, en los días de convalecencia, cómo le había visto volver a la vida segundos después de haber rogado pidiendo por ese milagro? “El Señor atendió a mis ruegos y lo sacó de la tumba, don Damián”, diría él.

Súbitamente también la esposa sintió que su cerebro quedaba en blanco. Miraba con ansiedad el rostro de su marido y se volvía hacia la madre. Una y otra se hallaban desconcertadas, mudas, casi aterradas.

Pero el médico sonreía. Se hallaba muy satisfecho, aunque trataba de no dejarlo ver.

-¡Ay, si se ha salvado, gracias a Dios y a usted! -gritó de pronto la criada, los ojos cargados de lágrimas de emoción, tomando las manos del médico-. ¡Se ha salvado, está resucitado! ¡Ay, don Damián no va a tener con qué pagarle, señor! -aseguraba.

Y cabalmente en eso estaba pensando el médico, en que don Damián tenía de sobra con qué pagarle. Pero dijo otra cosa. Dijo:

-Aunque no tuviera con qué pagarme lo hubiera hecho, porque era mi deber salvar para la sociedad un alma tan bella como la suya.

Estaba contestándole a la criada, pero en realidad hablaba para que le oyeran los demás; sobre todo para que le repitieran esas palabras al enfermo unos días más tarde, cuando estuviera en condiciones de firmar.

Cansada de oír tantas mentiras el alma de don Damián resolvió dormir. Un segundo después don Damián se quejó, aunque muy débilmente, y movió la cabeza en la almohada.

-Ahora dormirá varias horas -explicó el médico- y nadie debe molestarlo.

Diciendo lo cual dio el ejemplo, y salió de la habitación en puntillas.

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. Todo un hombre

Yeyo va a explicar su caso. Tiene gestos parcos y voz sin importancia. La gente se asombra de verle tan humilde. Es de cuerpo mediano, de manos gruesas y cortas, de ojos dulces. La verdad es que parece avergonzado de la importancia que le da el público. El juez le mira con fijeza y la gente se agolpa y se pone de pie. Yeyo está contando su caso con una tranquilidad desconcertante.

El había oído hablar de Vicente Rosa, claro. En la región nadie ignoraba su fama; además, lo había visto con frecuencia. Vicente Rosa era lo que muchos llaman un hombre de sangre pesada. ¿Antipático? No; a él, Yeyo, no le caían los hombres ni mal ni bien; cada uno es como es y eso no tiene remedio. Pero si le preguntaran qué clase de hombre le parecía ser Vicente Rosa diría que un abusador. , Cuando estaban construyendo la carretera de Jima le dieron a Vicente un cargo de capataz y estableció una casa de juego. Los peones, campesinos ignorantes, muchos de ellos haitianos, perdían allí el escaso jornal; después caían desfallecidos de hambre sobre el camino que construían, y Vicente tos arreaba a planazos. Un día los infelices se negaron a seguir siendo explotados. ¡Mala idea! Vicente montó en cólera y empezó a repartir machetazos. Algunos quisieron defenderse, pero aquel hombre era un torbellino. Abrió cráneos, tumbó brazos, seguido de los seis o siete amigos que les salen siempre a tales fieras, y entre alaridos de mujeres y de niños echaba por tierra los bohíos y les prendía fuego. Hasta los montes vecinos persiguió a los aterrorizados peones, y después se las arregló tan bien con la gente del pueblo que hasta presos fueron algunos de los perseguidos. Siempre sucede igual, claro, y también le parecía a Yeyo que tal cosa no tiene remedio.

Lo malo estuvo en que Vicente Rosa abusó de su fama de guapo. En la gallera nadie se atrevía a cobrarle si perdía, y cuando entraba en una pulpería el pulpero rogaba a Dios que se fuera pronto. Lo mismo si estaba una hora que si estaba diez bebiendo, decía tranquilamente que le apuntaran lo que fuera y nunca se acordaba de la deuda. En las fiestas le quitaba a los hombres las parejas sin decir palabra... Un hombre sangrudo, lo que se dice sangrudo.

El caso con Yeyo ocurrió así:

Por las vueltas de Pino Arriba vivía Eleodora. Toda la gente que llenaba la sala del tribunal vio a Eleodora. Bajo el pelo de brillante negrura mostraba la frente trigueña; después, las cejas finas, los ojos pequeños, y la nariz y la boca. ¡Qué boca, Dios! Sonrió dos veces y la gente se moría porque lo hiciera de nuevo. Era una boca menuda, de labios carnosos y dientes macizos. Cuando el juez le ordenó levantarse para jurar, muchos hombres la miraron alelados. ¡Eso sí era mujer! Eleodora miraba a Yeyo con simpatía y la gente no quería admitir que hubiera algo entre dos seres tan distintos.

Yeyo era muy firme hablando. El juez preguntó:

—¿Estaba usted enamorado de la joven?

—Me gustaba —dijo resueltamente.

—Yo le pregunto a usted si estaba enamorado.

—Eso de enamorarse no es asina, señor. A uno le gusta lo bonito, pero enamorarse viene de adentro y asigún las condiciones de la mujer. Tal ve andaba por enamorarme... No se lo puedo asegurar, pero si el señor me lo permite le diré que lo que pasó hubiera pasao manque ella hubiera sido vieja y fea.

Descontando todos los circunloquios de la tramoya judicial, el caso puede sintetizarse así: Vicente Rosa, con su fama de guapo y sus ojos atravesados, estaba un día dándose tragos en la pulpería de Apolonio Torres, y allí mismo, sentado sobre una pila de aparejos, fumaba pacíficamente su cachimbo Yeyo Ramírez. Por dos veces estuvo Vicente mirándole con sorna. Yeyo, tranquilo, indiferente, le devolvía las miradas. Parece que Vicente perdió los estribos. Ordenó un trago de cuatro dedos y se dirigió con él hacia Yeyo.

—iBeba, decolorío! —ordenó.

El joven no movió un músculo. Simplemente respondió:

—No bebo, amigo.

—¡Beba, le digo! —tronó el guapo.

—Le he dicho que no bebo.

—¡Beba! ¿O no sabe quién le habla?

—Sí, yo lo sé; usté es Vicente Rosa, pero yo no bebo.

Los tres o cuatro hombres que estaban en la pulpería se apresuraron a intervenir. Un viejo negro explicó:

—No puede, amigo; ta enfermo.

Yeyo rectificó fríamente:

—Unq unq, no toy enfermo na. Lo que pasa es que no me da la gana de complacer al amigo.

Vicente Rosa hizo ademán de irle arriba, pero se le echaron encima los demás y lo contuvieron. Tenía los ojos fulgurantes como candelas y soplaba como animal.

—Váyase, Yeyo —rogaba el viejo negro.

—No puedo —explicaba Yeyo—, porque ta al caer una jarina y si me mojo me da catarro.

Hecho un ciclón, Vicente Rosa luchaba por desasirse de los otros, y hacía temblar toda la pulpería.

—Aquiétese, Vicente, aquiétese —suplicaba el pulpero.

Sólo Yeyo estaba tranquilo allí. Seguía fumando con escalofriante serenidad y sus ojos dulces parecían ver el tumulto desde lejos. Por segundos volvía la mirada hacia el camino real, como si no tuviera que ver nada con lo que sucedía. El color azul de las lomas presagiaba lluvia.

—Vea que viene gente, Vicente —dijo el pulpero.

Y en efecto, llegó gente. Al ver la brega Eleodora se detuvo un instante, pero en seguida alzó la voz para pedir media libra de azúcar y un centavo de jabón, y esa voz, que parecía un canto de ruiseñor, aplacó la reyerta. Fue un toque mágico. Vicente Rosa abrió la boca y desendureció los ojos. La muchacha, cortada, se volvió a Yeyo. Había percibido el ambiente de violenta admiración que había estallado a su presencia y parecía avergonzada.

Yeyo se levantó y se dirigió a ella.

—¿Ha visto? Ya empezó la jarina.

La muchacha se lamentó:

—Anda la porra, dique llover agora—. Y miró hacia el camino.

El que no quiso ver la llovizna fue Vicente Rosa. Ni se movía ni hablaba ni parecía recordar su reciente furia. Eleodora se puso de espaldas al mostrador. En el inicio de sonrisa que le llenaba et rostro de gracia se le veía el placer que le daba tanta admiración, aunque pareciera estar solamente interesada en el leve caer de la llovizna que iba haciendo brillar las hierbas y que empezaba a engrosar imperceptiblemente, cubriendo en la distancia la masa negruzca de las lomas.

De súbito aquella calma se rompió con unos pasos felinos de Vicente Rosa. Sus ojos volvieron a tener el brillo de antes y su boca volvió a mostrar el mismo gesto desdeñoso. Echó el cuerpo sobre el mostrador, mientras Eleodora simulaba estar tranquila. Vicente Rosa se le acercó más. Eleodora hizo un movimiento inapreciable, rehuyendo al hombre, y cruzó los brazos. Poco a poco su cara iba haciéndose pálida y dura.

Con una insultante sonrisa de media cara, Vicente Rosa preguntó:

—¿Cómo te llamas, lindura?

—Eleodora —contestó ella secamente.

—Tú vas a ser mujer mía —aseguró el.

Ella le cortó de arriba abajo con una mirada relampagueante y se apartó más. Entonces Vicente Rosa levantó una mano y la asió por la muñeca. La muchacha se revolvió y empezó a injuriarle. Yeyo Ramírez puso el cachimbo en el mostrador.

—Suéltela, amigo —dijo con voz serena.

Vicente soltó una palabra gruesa y se le fue encima a Yeyo. Pero Yeyo no esperó el ataque. Del mostrador, sin que nadie supiera cuándo, tomó la botella de ron con que el pulpero servía a Vicente. Los hombres corrieron, dando voces, a meterse entre los dos, y Eleodora lanzó un grito al ver la botella hecha pedazos y la sangre salir a chorros. Vicente Rosa quiso levantarse y sacar el cuchillo que llevaba a la cintura, pero Yeyo le sujetó el brazo, se lo torció hasta hacerle soltar el arma y después le pegó con el pie en la cara. El pulpero se llevaba las manos a la cabeza. Yeyo se volvió a la muchacha. Estaba un poco pálido, pero la voz no se le había alterado.

—Venga, que la voy a llevar a su casa —dijo.

La sentía temblar a su lado y veía gente correr hacia la pulpería. Cuando llegaba a la puerta del bohío de Eleodora, dijo:

—Anda... Se me quedó el cachimbo en la pulpería. Déjeme ir a buscarlo.

Eleodora estaba tan asustada que no trató de impedirlo.

Cuando los pocos amigos de Yeyo se enteraron de lo que había pasado, se presentaron en su casa. Yeyo vivía solo. Tenía un conuquito bien cuidado, que desde el mismo bohío iba en suave pendiente hasta las orillas del arroyo. Aislado en aquel campo de viviendas desperdigadas, forjaba su vivir pacientemente, sin meterse con nadie. Un compadre suyo quiso dormir con él esa noche.

—No me ofenda, compadre —dijo secamente.

El compadre se fue cuando ya la noche confundía los árboles y las piedras, las alambradas y el camino.

Yeyo no se durmió en seguida. Apagó la luz y estuvo fumando su cachimbo y pensando en lo ocurrido. Recordaba fijamente cada movimiento de Vicente Rosa, y recordaba también, no sabia por qué, el caballito que tenía estampado la etiqueta del ron. Percibió un aire fresco.

—Qué calamidá —se dijo—, presentarse tiempo de agua con el arroz madurando.

El aire indicaba que la lluvia seguiría. Había llovido hasta medio día, pero después paró de llover y el agua caída apenas reblandeció los caminos.

No le daba sueño a Yeyo. ¿Le gustaba Eleodora? Sí, le gustaba. Ahora, que para casarse... eso había que verlo. El sospechaba que a la muchacha le agradaba más de la cuenta que los hombres la galantearan.

Los amigos decían que Vicente Rosa iba a cobrarse la herida. Bueno, que lo hiciera. A él no le preocupaba eso gran cosa. Le molestó un poco darse cuenta de que estaba atento a los rumores de afuera. El silencio del campo, sostenido bajo el pausado ronronear de la brisa, hacía que la noche fuera grande e impresionante. Acaso tremolaban las hojas de un mango, tal vez una yagua vieja del techo se levantaba y tornaba a caer. El oído de Yeyo sabía distinguir cada ruido. Dejó de fumar, golpeó el cachimbo contra la palma de una mano, se puso de lado y se cubrió lo mejor que pudo.

El sueño empezó a llegar lentamente. Al principio era como una remota sordera que apagaba los rumores más fuertes al tiempo que hacía perder la noción de ciertas partes del cuerpo; después el mundo fue reduciéndose, haciéndose más pequeño, más diminuto, hasta que llegó el momento en que los ruidos de afuera, el frió, la aspereza del catre, se esfumaron del todo. Pero todavía quedaba un punto imperceptible, una línea inapreciable, que duraría menos que todo lo que puede medirse. Iba a pasar ya al sueño completo. Y ahí fue cuando Yeyo alzó de golpe la cabeza. Había oído pasos. Sonaban apagados y lentos, pero eran pasos. Yeyo aguzó su atención. Se oían unas voces casi no dichas. Le pareció que alguien recomendaba irse por detrás del bohío. Creyó oír que decían:

-Yo me quedo aquí.

—Vicente Rosa —dijo Yeyo, en un susurro.

Con extraordinario sigilo, cuidándose de que el catre no hiciera ruido, se fue echando afuera y le parecía que nunca iba a lograrlo. De la silla cogió la ropa y sujetó el cinturón por la hebilla, para que no sonara; después se puso la camisa, pero sin abotonarse. Todavía tuvo tiempo de llevarse el sombrero a la cabeza, pues se preparaba como si fuera a salir. Andaba buscando a tientas el cuchillo sobre la silla cuando llamó una voz desconocida:

— iYeyo, Yeyo, alevántese!

No respondió. Aún no daba con el cuchillo. La voz sonaba por un lado del bohío. ¿Quién sería ese perro? Algún amigote de Vicente Rosa. Y Vicente Rosa debía estar en la puerta, acechando que él saliera para asesinarlo.

—iYeyo, Yeyo, alevántese!

Buscaba aún. Iba a ponerse nervioso. Lo mejor era desentenderse de todo y hacer luz, qué caray. De todas maneras iban a matarlo. Le había llegado su hora; eso era todo. Pero en ese momento, cuando ya estaba buscando en el bolsillo del pantalón la caja de fósforos, recordó que había puesto el cuchillo en el catre, bajo la almohada.

La voz llamó de nuevo. ¿Quién sería el condenado ése?

Yeyo se pegó a la pared, y con pasos cuidadosos se arrimó a la puerta; después, empleando la mano izquierda, fue levantando la aldaba sin que se produjera el menor sonido; y de golpe abrió la puerta y avanzó.

—Vide una sombra —explica— y le metí el cuchillo. Asina fue el asunto.

La gente alza la cabeza para ver el rostro de Yeyo. El no dice una palabra más y el silencio de la sala se hace palpable. El juez levanta la mirada.

Dígame, acusado: ¿por qué sabiendo usted que quien estaba en la puerta era Vicente Rosa, y que iba a matarlo, no se quedó en su catre, con lo cual hubiera podido evitarse la tragedia?

Yeyo pone cara de persona que no entiende y mira en redondo hacia el público como buscando que alguien le explique tan extraña pregunta.

Le he preguntado —insiste el juez— ¿por qué no se quedó acostado, con lo cual se hubiera evitado la tragedia?

Yeyo parece comprender entonces. Tranquilo, con su voz dulce y sus ojos inocentes, se vuelve hacia el magistrado y dice:

—Porque cuando a uno van a llamarlo a su casa, manque uno sepa que es pa matarlo, su deber ta en atender al que lo llama.

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. El algarrobo

El hombre que estaba allá adentro, en el corazón del monte, oía sólo dos cantos: el suyo y el del hacha.

De mañana empezó a tumbar la yaya y a los primeros golpes aletearon los pajaritos. Piaron y se fueron. El hombre, duro, oscuro y desnudo de cintura arriba, los siguió con la vista. Por entre los claros de las hojas había manchas azules.

“Aoé, tolalááá…”

El canto triste del hombre resonaba en el monte. Hasta muy lejos, tropezando con todos los troncos, se regaba el golpe del hacha.

Tres días estuvo él tirando al suelo los árboles que rodeaban el algarrobo; pero no se sentía con fuerzas para picar el algarrobo. Seis hachadores hubieran tardado una semana. Era un árbol grueso hasta lo increíble, majestuoso, alto: el rey del monte.

***

La tarde sube las lomas desde la tierra llana; después persiste en levante una pintura rojiza. El hombre piensa que el cielo se quema. En el filo de su hacha está también el incendio del cielo.

Todavía canta él. Viene cantando, como si eso le ayudara a caminar. Tras los guayabales, aquí a la izquierda, recoge su humildad el techo del bohío.

El hombre vienen cantando, la mano oscura mecida, la otra al mango del hacha. Su mujer no está a la puerta, como siempre.

***

Estamos acostumbrados al silencio, tan acostumbrados que los pensamientos nos hablan a la vista nada más. Por eso le sorprende al hombre la voz.

—Lico, estoy mala.

Su mujer, que se siente mal. Tiene el vientre esponjado y espera…

Lico piensa en la yegua, en la vaca.

—Cuidado si está cerca –murmura él.

Siente que la mujer se mueve y la oye quejarse débilmente.

Lico tiene los ojos abiertos y no ve. Recuerda su vaca joca: un día se fue, despaciosa, los ojos apagados, la barriga hinchada; otro día volvió con su ternerito; lo lamía con una gran ternura, como quien acaricia.

Encuentra una razón y se prende a ella.

—Yo no lo esperaba tan pronto.

La mujer se queja y susurra:

—Pero yo estuve en el río, lavando.

Él, esperando aún, pregunta:

—¿Busco a Lola?

Y la mujer dice:

—Bueno.

A la vuelta se fue Lico a la cocina y encendió fuego; se estuvo allí esperando, silencioso y cansado. Veía en sus manos la mancha roja de la llama. Tenía frío y hambre.

La madrugada empezaba a borrar la noche cuando el hombre oyó el quejido sordo; hubo después otra voz, delgadita y fañosa, que parecía llegar del monte cercano.

Ya no se necesitaba la llama en la cocina. Tan lejano como fue posible cantó un gallo. Lico se levantó y salió: quería ver el sol; pero antes que el sol asomó Lola su cara estirada y cenizosa.

—Dentre –dijo-. Es la mesma cara del taita.

Lico vio a su mujer, bajo la sábana roja, con la cabellera como una raíz negra regada en la almohada. Ya no tenía el vientre esponjado y el catre parecía pequeño: junto a la madre había una cabeza menudita, sin nariz definida, sin ojos definidos, sin boca definida: era como una carita de barro gastada por la lluvia.

El hombre quiso reír.

—Lola dice que se parece a mí –comentó.

La mujer le miró, miró al niño, sin moverse, y aprobó en silencio.

El hombre estuvo un rato callado; al fin dijo:

—Yo tengo que dirme a la tumba. No te alevantes que Lola se queda.

Y nada más. De un rincón tomó su hacha. Se detuvo un segundo en la puerta, alzó los ojos y vio el cielo.

Se fue, al hombro el hacha y el sol en filo. Su hijito tenía color de camino. Llegaría tarde al trabajo.

Pensó:

—Hoy tumbo el algarrobo.

Y el algarrobo era grueso hasta lo increíble, majestuoso, alto: el rey del monte era el algarrobo…

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. El sacrificio

Amaneció plomizo el día. Parecía que alguien hubiese pasado por los cielos una gran brocha embadurnada en gris. A ras de mar los encajes amarillentos de la niebla ponían su nota de demacración. Se perseguían las olas, furiosa cada una por alcanzar la otra, con una soberbia que aullaba. En la tierra, un poco adentradas, viejas barcas cansadas ofrecían a los cielos sus vientres hinchados que la carcoma hoyó. Y dormían de lado las embarcaciones jóvenes recibiendo caricias saladas.

Tendidas en la playa, como alas tronchadas de algún ave gigantesca, dos velas se arrugaban con la misma brisa que en días de calma las preñaba… No había luz de sol y era el vacío brumoso como el agua sucia. Hablaban varios hombres, sentados algunos en la borda de un viejo cascarón:

—¡Muy mal día! —Y van cuatro así. Allá en el horizonte un cuchillo de sol rasgó las nubes y plateó las aguas.

Y los hombres de mar, esperanzados, clavaron en el girón de cielo recién iluminado sus ojos que las tempestades habían serenado.

El sol volvió a esconderse. El grupo se fue deshaciendo, desparramándose los hombres, y el día seguía plomizo. Cuando quedaron solos, dirigiéndose al hijo, lleno de mansedumbre dijo:

—Apareja muchacho porque necesitamos trabajar —El rapaz le miro hondamente, casi con ternura, y él, comprendiendo, inquirió:

—¿Tienes miedo?

—No papá, eso no -contesto- pero... es una imprudencia.

Tenía razón el hijo. Era una locura tirarse al mar un día como éste, pero los demás tenían hambre… El muchacho se alejó con paso tardo.

Le vio inclinarse a recoger la vela y poner luego en la barquita las redes, un remo, unas cuerdas, una vasija y el arpón.

Estaba haroneando, deseoso de que el padre se arrepintiese. Era fuerte, tanto como cualquier hombre hecho; estaba curtido en los trabajos del mar; no temía nunca y las tempestades lo entusiasmaban.

¿Por qué hoy estaba tan miedoso? Se le acercó y como lo viera distraído lo amonestó:

—Anda muchacho, anda. Es muy tarde ya.

Empujaron los dos la barca hasta el agua. El hijo entró primero y él le dio, los pies mojados en las últimas greñas de las olas, el impulso.

A pesar de ser esperado el huracán les asombró. Cayeron de improviso rachas de lluvia que parecían trapos grises tremolados al viento. Las olas comenzaron a agrandarse y rugían como truenos.

La barquita se doblaba y los golpes de agua la hacían crujir. El muchacho, hábil, tumbó la vela y comenzó a vaciar el barquichuelo que recibía pedazos de olas. El temporal arreció. Se alzaba la embarcación como si mil manos hercúleas la levantaran.

El padre estaba pegado del timón, paralizadas por el esfuerzo las manos férreas y acerados los ojos que ni la sal del mar lograba hacer pestañear:

—¡Ánimo, mi hijo, ánimo! -La lluvia llenaba el bote. El hijo, pálido de terror y mareado, se dejaba caer en cada golpe de ola, revolcado entre la estrechez de la barquita.

—¡Recoge las redes, muchacho! -Él mismo las haló, abandonando el timón.

Por la proa asomó una ola gigantesca cuyas espumas daban la impresión de dientes trituradores de algún monstruo ignorado. Enfiló y la recibió de frente. El barquito se zarandeó y gimió como animal herido.

—¡Achica, que este pasa; ánimo¡ -El rapaz no oía las exhortaciones. Pálido hasta parecer verde, enloquecido por el mareo y el miedo, nada importaba para él una volcadura.

Las voces del viejo marino se perdían entre el estrépito del mar enfurecido. El bote bailada cada vez que alguno se movía. Y el mismo viejo comenzaba a flaquear. Como producto del instinto, su garganta modulaba roncamente:

—¡Ánimo, mi hijo, ánimo! -El barquito era muy pequeño. Los dos no podían maniobrar; sus bordas se pegaban al mar como la boca de un animal sediento que busca agua.

De súbito, el viejo se paró tambaleando. Se le contrajeron las manos en un gesto de impotencia, la boca en una muesca de locura. Quiso apartar, desesperado, con sus dedos fuertes de lobo de mar, la cortina de la lluvia. El hijo también se incorporó.

En medio del estruendo trágico de la tempestad el viejo creyó oír:

—Yo soy un estorbo, papá... -Y luego, como una sombra de fantasma, el hijo saltó.

Medio idiotizado y casi ciego, enloquecido de terror el padre quiso atajarle, en una suprema elasticidad, extendidas las manos implorantes, y apenas pudo ver en la cresta de una ola, azotada por el vendaval como una bandera de tragedia, la chaqueta del suicida.

Barcelona, 1930.

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. Los vengadores

-Ese viejo es un gran sinvergüenza, y tó el que saque la cara por él, un lambón! ¡Como lo oye!

Los ojos de Casimiro se pegaron a su interlocutor. Tan claros estaban con la luz de mediodía, que parecían cristales y no ojos.

-¡Últimamente! ¡Aquí no me mienten más ese degraciao! -Dijo, extendiendo el brazo derecho, como quien señala el camino. Después, rumiando algo, entró al bohío y se acomodó en una silla cuyo fondo era piel de cabra.

El cachimbo de Casimiro tenía curiosos adornos. Regularmente, un cachimbo de barro no dura arriba de tres meses, pero éste contaba dos años ya. Más de cinco veces habíale puesto nueva raíz. Cuidadosamente, por lo mismo de sentirse tan fuera de sí, lo llenó de legítimo andullo; y para encenderlo púsolo boca abajo, de modo tal, que la llama del fósforo, sin necesidad de esforzarse chupando, cubriera toda la picadura. Luego escupió, pasó un pie sobre el salivazo y cruzó las piernas.

-¡Anda al carááá! –dijo en alta voz, a poco- ¡Dique ese viejo ladrón metiéndose con un hombre de mi sangre! ¡Concho!

Y se puso en pie.

Casimiro trabajaba con el viejo Mendo. Desyerbaba, talaba, ordeñaba, llevaba las vacas al abrevadero. El mismo, después de cortar la leña en el fondo de los potreros, casi dos kilómetros distanciados, venia por los burros y tornaba con ellos cargados de trozos. Cuando el viejo Mendo consideraba tener demasiada leña para su consumo, mandaba a Casimiro venderla en el pueblo.

-Hay que aprovecharlo todo -decía el patrón.

Y Casimiro partía a pie, precedido por una fila de doce burros viejos, flacos, empeñados en mordisquear cada yerbajo que hubiera en las orillas de la carretera. Al sonar una bocina, Casimiro increpaba su recua:

-¡Tu, Prieto! ¡Ajilate, condenao! -Y siempre, a la ida o a la vuelta, tenia el alma como de pie en una tembladera. ¡Ay, si por desgracia un auto maltrataba alguno de esos mañosos!

Algunas veces partía de mañana. Era una fiesta, entonces. Gustábale ver las hembras, con sus flores entre el pelo, montando airosamente en cualquier viejo y gastado animal tan orondas como si fueran en el rucio de don Mendo. ¡Pero la vuelta! ¡La vuelta! ¡Toda una maldición de sol, metido en la carretera como el agua en una zanja! ¡Y los burros, por cansados empeñados en no caminar sino a pulgadas!

La vida de Casimiro era eso: un eterno trabajar y un eterno temer. ¡Tenia muy malas pulgas el diache del viejo Mendo! Por cualquier caballaita armaba unos pleitos padres. Insultaba, gritaba, manoteaba. Una buena condición, en cambio, adornaba a don Mendo: cada quince días, llegada la noche, llamaba a Casimiro, le entregaba los tres pesos de la quincena y lo retiraba diciendo: ¡A las tres de la mañana aquí. Hay que ordeñar!

Jamás pudo Casimiro explicarse tal constancia en recordarle el ordeñe en cuatro años de trabajo, sin faltar un solo día; casi siempre antes de la hora estaba él al pie de la vaca exprimiendo la ubre, de modo que a las cinco saliera el muchacho con la leche hacia el pueblo. Y en todo el día no cesaba un minuto. En arrimándose la prima, a eso de las ocho, pasaba frente a la puerta y se despedía del viejo, lector incansable:

-Jata mañana, Don Mendo -Ponía las trancas del portón, atravesaba la carretera, y sin oír los cuentos de su mujer se echaba en el catre incorporándose al rato para lavarse los pies y desnudarse.

Esta mañana cuando descargaba la leña en la enramada, sin explicarse cómo, rompió una angarilla. Cayó ella la otra y ambas tenían preñez de trozos de pomos. Casimiro se apresuró a terminar para arreglarla: mas el diablo en la persona de Don Mendo se metió en la enramada sin hacer ruido, con aquellas sus malditas pantuflas marrones, con aquel grasiento sombrero negro y con aquellos terribles insultos escondidos ahí mismo detrás de los labios.

-¡Oigame!, ¡óigame! ¿Se cree usté que estoy trabajando día y noche para que venga usté, por puro gusto, a mermar mi hacienda?

–Pero si ha sido sin querer, Don Mendo.

-!A mi no se me contesta, grosero! ¡A mi no se me contesta, negro indecente!

Casimiro sintió que una mano gigantesca lo agarró por la cintura y lo zarandeó rápidamente. Fue como si le hubiese dado vueltas, pero tan violentas, que Casimiro no pudo ver sino un vacío. No estaba allí la enramada, los becerros, don Mendo: nada estaba. Y entonces le pareció que la misma mano arrancó su cabeza y la lanzó en un pozo cuyo fondo jamás tocaría.

-¡Indecente es su madre, degraciao!

Y tendió todos los músculos, maravillado de no haber ahorcado al viejo.
Pero luego vio el sombrero negro, las pantuflas marrones y una camisa blanca, subiendo los escalones de la casa. Por la ventana, a poco, alguien tiró cinco monedas de a medio peso, y la mano de don Mendo, ella sola, como si la hubieran arrancado del cuerpo y clavado en el marco de la ventana, señalaba el portón. Luego sonó una voz:

-Esa es su cuenta. ¡No me pise más aquí!

Casimiro estuvo largo rato de pie, lo mismo que los postes marcadores de kilómetros en la carretera. Al marcharse recogió las monedas, en las que se redondeaba la luz. Ardían…

Ya caminaba, ya se sentaba. Tenía en el pecho un fuego quemándole poco a poco. Debían estar calcinadas las costillas. Ponía el cachimbo sobre la mesita y se apretaba las manos hasta que parecían una sola de diez dedos. Ahora también iba su cabeza cayendo en un pozo. Y se empeño en mirar una por una cada figurita de su cachimbo. Pero, nervioso, mete entre los dientes la raíz, casi doce pulgadas larga, comienza a lanzar bocanadas de negruzco humo, aprieta las quijadas, y, al quebrarse la raíz, cayó el cachimbo. Cien pedacitos de barro calcinado se regaron en el piso.

Casimiro, de un salto, empuño el cuchillo de cocina que dormía en la mesa, corrió hasta la puerta, sintió una llamada como del alma y vio por última vez los pedazos de su cachimbo, entre los que reía la cara del viejo Mendo, con risa de loco.

No fue hombre, no. Una sombra si; una sombra que cruzó, a medio metro de altura, la carretera. Aquello que corrió no puso pies en tierra. Saltó la talanquera del portón, precisamente cuando el sol hacía caer la proyección de cada uno de los troncos sobre el inmediato inferior. Una mano le brillaba lo mismo que si llevara en ella algún dedo de acero. Y luego, aquella sombra saltando con extraña agilidad los escalones.

Don Mendo leía y sintió agarrotársele la vista.

-¿Pero me vas a matar tu, Casimiro? –¡Sí, yo! ¡Yo! ¿Y quien ha de sei sino yo?

Don Mendo vio un hilo levantarse. Era fino como los de las telarañas. Luego Casimiro escupió:

-¡Toma, maldito! ¡Toma!

Un chorro de sangre, al saltar, le manchó la camisa. Los ojos del patrón comenzaron una huida. Fue como cuando se hiela el agua: perdieron brillo y transparencia. Pero no hubo en el tiempo una medida capaz de marcar la saciedad del otro. La mano siguió hasta siempre, inexorable.

Santo Domingo, mayo de 1932.

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.- Rumbo al puerto de origen

Habiendo hecho sus cálculos con toda corrección, Juan de la Paz llegó a la altura de Punta del Este a las seis de la tarde, minutos más, minutos menos. El mar había sido un plato y probablemente seguiría siéndolo toda la noche.

Así se explica que a Juan de la Paz le resultara fácil ver, a la pálida y agobiante luz de la hora, el aleteo de la paloma sobre el agua. Con la acostumbrada rapidez de toda su vida el solitario navegante pensó que estaría herida y que sería un buen regalo para Emilia; y sin demorar un segundo maniobró para acercarse al ave, favorecido por una suave pero sostenida brisa que soplaba desde el este. Gentilmente, la balandra viró y enderezó hacia la paloma.

Con efecto, la paloma debió haber recibido un golpe en el ala izquierda, pues sobre ese lado se debatía sin cesar moviendo con loco impulso la derecha y levantando la pequeña cabeza. El terror de aquel animal de tierra y aire abandonado a su suerte en el mar era de tal naturaleza que cuando advirtió la proximidad de la balandra pretendió saltar para alejarse. Pero Juan de la Paz no se preocupó. Había dispuesto llevarle ese regalo a Emilia y ya nada podía evitar que lo hiciera. En su imaginación veía a la niña echándole los brazos al cuello en prenda de gratitud, y tal vez dándole un beso. Así, visto que el ave lograba avanzar unos pasos hacia estribor, Juan de la Paz maniobró para girar en redondo y situarse de manera que él quedara a babor. La maniobra salió limpia, pero su resultado no pudo ser peor. Pues ocurrió que impulsada por la sostenida brisa del Este la balandra se alejó unos palmos de la paloma precisamente en el momento en que Juan de la Paz abandonaba vela y timón para inclinarse sobre el agua en pos del ave; el movimiento de la balandra le llevó a sacar todo el cuerpo fuera del casco, en absoluto ajeno a la idea de que, aprovechada en toda su extensión por la brisa, la vela resultaría batida con inesperada fuerza. Eso pasó, y Juan de la Paz se vio súbitamente lanzado al agua.

A Juan de la Paz le habían sucedido muchos y graves contratiempos; y en la costa del Golfo y en la Isla de Pinos todo el mundo sabía que había estado veinte años en presidio. Pero jamás pensó él que en un atardecer tan plácido, estando solo a bordo, le ocurriría caer al mar a causa de estar persiguiendo una paloma, animal que nada tenía de marino. Aunque estaba hecho a pensar con la rapidez del rayo quedó aturdido durante algunos segundos; eso sí, clavó mano en el ave, si bien lo hizo maquinalmente; y fue después de tenerla sujeta cuando volvió atrás los pequeños y pardos ojos. En esos instantes se demudó, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Pues moviéndose a velocidad asombrosa, la balandra se alejaba al favor de la brisa, rumbo noroeste franco, firme y gallarda como si la tripulara el diablo.

Un segundo después de haber visto tal cosa Juan de la Paz comprendió que no podría alcanzar su embarcación y que él y la paloma estaban solos en medio del mar, al iniciarse la noche, seis horas alejados de la tierra más cercana.

El cambio de luces del atardecer daba al momento una ominosa solemnidad de cementerio. En relampagueante fracción de tiempo el hombre sintió la muerte triturándole el alma y un tumulto de ideas le asaltó de improviso. Podía tratar de nadar hacia Isla de Pinos, en pos de Punta del Este; pero entonces se alejaría más de la balandra, y ésta era su único haber en el mundo. Podía dirigirse hacia la cayería, sin embargo, eso significaba exponerse a los tiburones, acaso a los caimanes, y desde luego llegar a las corrientes de los canales completamente agotado. Cuando pensó tomar una decisión se acordó de la paloma; entonces vio, con verdadera indiferencia, que la había apretado sin darse cuenta con dedos de hierro y que la pobre ave herida agonizaba entre temblores. Y esa fue su última sensación consciente, pues a partir de tal momento comenzó a luchar como un loco para sobreponerse al miedo y para salvar la vida.

El miedo, sobre todo, le abrumaba. Por ejemplo, temió que la ropa le estorbara; se la quitó y la fue abandonando tras sí; pero cuando se sintió desnudo le aterrorizó la idea de que en llegando a aguas bajas una barracuda lo dejara inútil como hombre. La luna, que estaba en el horizonte al caerse de la balandra, iluminaba ya la vasta extensión de agua, y pensó que gracias a su luz algún pescador solitario podía verlo y rescatarlo; sin embargo a la vez la luna lo llenaba de pavor porque se decía que la claridad favorecía la posibilidad de que los tiburones le vieran de lejos. Hecho al mar, Juan de la Paz nadaba con economía de esfuerzos; pero no era joven ya, ni cosa parecida, y temía agotarse antes de tocar tierra.

Poco a poco -y esto es lo cierto-, a medida que pasaba el tiempo y comprobaba que ninguno de sus temores se cumplían, fue acostumbrándose a su nueva situación; acaso influyera en ello el ejercicio, tal vez la oscura idea de que mientras el mar se mantuviera tranquilo podría nadar sin alterar el lento pero seguro ritmo que había logrado imponerse a sí mismo. Mas a eso de las once, mientras al favor de la posición de la luna mantenía el rumbo hacia Cayo Largo -a sus cálculos, la tierra más cercana-, le pareció ver una luz en el horizonte. De improviso su estado de ánimo cambió. Una especie de oleada de locura, desatada dentro de su atormentada cabeza, le invadió por dentro y trastocó del todo sus ideas. Jadeante, ansioso, quiso levantarse sobre el agua. ¡Sí, allá, a la distancia, había una luz! Fuera de sí cambió el rumbo y empezó a nadar de prisa, cada vez más de prisa, cogido por un salvaje impulso de vida. En ese instante -cosa rara- sintió acumulados todos los miedos que había ido dejando según avanzaba, y otros muchos que no sabía distinguir. De golpe comenzó a gritar, a lanzar estentóreos "¡Aquí, aquí, aquí!", con una voz que chillaba a efectos del terror y que cada vez iba siendo menos audible. Esforzándose a más no poder trataba de dar saltos para dominar más distancia. Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. Por momentos aquella luz fulgía lejos, tal vez a varias millas; y Juan de la Paz quería reconocerla a cada nueva aparición, distinguir si era de goleta, de vapor o de algún bote pescador. A ratos se acordaba de la paloma, abandonada, muerta ya, sobre el mar; y pensaba que acaso había derivado a favor de la corriente, sin acabar de hundirse. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida, en medio de brincos imposibles, de gritos que se perdían en la tremenda soledad líquida, de mezcla delirante entre esperanza y pavor, surgiera de pronto, una vez y otra vez y otra más, la imagen de la paloma, flotando panza arriba bajo la luna, un ala rota y la otra extendida, las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. Pero he aquí que de súbito Juan de la Paz se dijo a sí mismo que estaba perdiendo el juicio, y cobró instantáneo reposo. No había tal barco; él estaba solo, del todo solo en la inmensidad del mar, y nadie más que él era responsable de su vida. Sentía el corazón golpeándole desusadamente y resolvió flotar un rato boca arriba, los brazos y las piernas abiertos, para descansar un poco y observar la luna; de esa manera se recuperaría y a la vez recuperaría el rumbo. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. Así, un cuarto de hora después Juan de la Paz reanudaba su marcha, nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo.

A medianoche alcanzó a ver rojizos y cárdenos reflejos ante sí; a la vez un pesado olor de petróleo se imponía al yodado del mar. Hasta poco antes le había sido fácil ver, con bastante frecuencia, siluetas de peces que saltaban alrededor suyo a cierta distancia; ahora eso había dejado de ocurrir desde hacía acaso media hora, de donde podía inferirse que había una prolongada mancha de aceite crudo o de petróleo deslizándose en el mar; y de improviso Juan de la Paz recordó que, en ruta hacia Cienfuegos. Un barco había encallado días antes en los bajos del Golfo. Si el petróleo era de tal barco lo mejor sería internarse en la extensión que él cubriera y ayudarse de la corriente que lo arrastraba, pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde la Punta de Zapata hasta la altura de Punta del Este. Juan de la Paz conocía uno por uno todos esos cayos, los canalizos que los separaban, el que tenía agua dulce y el que no, el que era sólo diente de perro pelado o tema arena y yerba, el que tenía mangles y cacería, el más frecuentado por los pescadores de Batabanó y el más alejado de las rutas usadas a diario.

Como lo pensó lo hizo, lo cual tuvo buenos y malos resultados. Los Buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mañana vio a distancia de una milla, o cosa así, la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar, lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que había padecido cuando creyó ver la luz de un barco; los malos habían de verse mucho más tarde, tan pronto el calor del sol pegara en el petróleo que se había incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrían el cuerpo.

Serían las tres, a juicio de Juan de Paz, cuando en un movimiento de natación sintió que su pie derecho tocaba algo blando. Poco a poco fue dejándose descender. Aquello podía ser lodo, podía ser vegetación marina, podía ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. Pero no tardó en darse cuenta de que era lodo. ¡Lodo! ¡Había llegado, por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie, uno solo. Sí, había llegado. Ahora bien, ¿adónde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. Había llegado, para su mal, a las marismas de Cayo Azul, y lo que tenía por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua, él, que no tenía fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir, o para beber, hasta rendirse, agua fresca.

Sin embargo, había que seguir; y Juan de la Paz siguió, maltratándose los pies con los tallos de los nacientes mangles, cayéndose a ratos y levantándose con mil trabajos, nadando en los cortos canalizas, adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar que se guarecen en la uretra "y desgracian al hombre; buscando en la media luz del amanecer el cornudo espinazo del cocodrilo, que a menudo se refugia en esas marismas. Cuando tocó tierra, por fin, a eso de las ocho, anduvo como un ciego algunos pasos y se dejó caer sobre un arenazo. Allí abusaron de él el sol y el petróleo. Despertó varias veces, pero sin recuperar el dominio de sí mismo; se movió cuanto pudo, porque comprendía que se quemaba. Mas no le fue posible sobreponerse al agotamiento. Al mediar la tarde, el cuello, la espalda. Los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. En los labios hinchados y adoloridos. secos de sed, su propia respiración pegaba como fuego. Necesitaba agua dulce. Pensó que escarbando en la arena podía hallar alguna. Pero de pronto su atención se volvió hacia la orilla de la marisma que había recorrido para llegar al arenazo, pues allí se veía un madero que flotaba. No; no era uno; eran tres, cuatro, ¡varios! Entonces se levantó y aguzó los pardos ojuelos. La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. Donde se hallaba no podía tener esperanza de rescate; rodeado de marismas, y más allá de prolongados bajíos, el arenazo en que había tocado quedaba fuera de las rutas de los pescadores, y desde luego mucho más lejos aun del paso habitual de los barcos. Sin pensarlo, actuando a impulsos de una fuerza ciega, Juan de la Paz echó a andar hacia afuera para recorrer, otra vez bajo la noche que se acercaba; el camino que había hecho entre el amanecer y el día. Cuando retornó al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. Casi anochecía ya; a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes, que con la llegada de las primeras sombras se hacían presentes en oleadas. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes, Juan de la Paz se echó a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. Antes de entregarse al sueño estuvo buen rato madurando un plan.

Ese plan descansaba, sobre todo, en conservar los maderos –cuatro piezas aserradas, que serían de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo-; después, en hallar algo cortante, aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra; por último pensaba que metiéndose de nuevo en la marisma podría cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. La sed no le preocupaba tanto, porque el aire húmedo lo refrescaba. Desde la caída de la tarde habían empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando, con ligera tendencia a soplar desde el norte. Ello quería decir que la lluvia no andaba lejos, y ya bebería cuando cayera. Lo que le hacía sufrir eran las quemaduras y los jejenes, más numerosos y agresivos cada vez.

Juan de la Paz despertó, evidentemente, con fiebre, bastante pasada la media noche; y al levantarse se asustó, él, que apenas tenía ya fuerzas para sentir miedo. Pues era el caso que se oía el mar, cosa increíble horas antes, cuando la inmensa mole de agua se veía tranquila de un confín al otro; y además de oírse el mar según pudo él notar tan pronto se puso de pie y dejó su húmedo lecho, se oía el viento que soplaba frío y grueso. Debatiéndose en medio de grises y ventrudas nubes, la luna parecía medio moverse con gran trabajo allá arriba. Pequeño, rojo y negro de ampollas y de petróleo, el reseco pelo pegado a la frente, agotado por el sol, pero también consumido por el sufrimiento, desnudo en medio de la noche y del mar, Juan de la Paz comprendió de pronto cuán inútil había sido todo su esfuerzo y qué duro castigo le había reservado Dios para el final de sus días, a pesar de que había sufrido ya la condena de los hombres. Del fondo de su ser empezó a crecer un amargo sentimiento de lástima consigo mismo, y a medida que tal estado de ánimo se definía metiéndose como una despaciosa invasión de agua por todos los antros de su cuerpo, en alguna oscura parte de su conciencia iban tomando cuerpo la figura de la paloma, derivando corriente abajo, muerta pero no sumergida, y el rostro de Emilia, tan pálido y sin embargo tan sonreído. De súbito Juan de la Paz se derrumbó; cayó de rodillas en la arena, clavó los ojos y las manos al cielo y pidió perdón:

-¡Perdóname, Virgen de la Caridad, tú que todo lo puedes! –exclamó.

Y a seguidas se echó a llorar, con amargo llanto de infante desvalido, mientras iba doblándose sobre sí mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena, como un musulmán en oración. Desnudo, solo bajo la oscurecida luna, rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban más y más, Juan de la paz era la imagen dolorosa y ridícula, a la vez, del desamparo. Temblando de fiebre y de frío, aguijoneado por los insectos, adolorida la llagada piel, el náufrago solo acertaba a ver en su imaginación a la paloma y a la niña; y de súbito, llenándole de espanto, comprendió que de las redondas líneas que formaban la carita de Emilia surgía la de Rosalía, mustia y espantada.

Nadie puede describir lo que pasó entonces por el alma de Juan de la Paz. Algo estalló en ella en tal momento, algo horrible y bárbaro, que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr, con los brazos en alto y las manos crispadas allá arriba, mientras gritaba con un alarido espantoso, que más que el de un ser humano parecía el de una poderosa bestia alanceada cerca del corazón. Loco, totalmente fuera de sí se lanzó otra vez hacia la marisma; pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta, con tanta velocidad como si hubiera seguido una línea recta; se lanzó sobre los maderos y cogió dos, uno en cada mano. Era increíble que pudiera cargarlos, pues además del tamaño, el agua de que estaban saturados los hacía pesados. Pegando saltos, chapoteando, volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror, Juan de la Paz se perdió en dirección al mar abierto, donde el viento norte hacía subir las olas a respetable altura. Cogido a los maderos se tiró sobre el agua. Y agarrado como un loco, con manos y pies, fue dejándose llevar por las dos piezas, sin saber adonde iba, interesado ahora oscuramente más en huir que en salvarse.

Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabanó que acertó a dar con él, en medio del mal tiempo, a la altura de Cayo Avalas, según el patrón "por la divina gracia de Dios", entre cuatro y media y cinco de la tarde. El náufrago fue tendido en la cámara de la tripulación, que estaba bajo cubierta, a popa. Aunque mantenía los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podía hablar. A las nueve de la noche se le oyó murmurar algo así como "agua", y se la sirvieron a cucharadas. A las once se le dio un poco de ron y a media noche se le sirvió sopa caliente de pescado. Rodeado de marineros, todos los cuales le conocían bien, Juan de la paz tomó su sopa con gran esfuerzo, pues tenía los labios destrozados; después suspiró y se quedó mirando hacia el patrón.

-Esto es cosa rara, Juan -dijo el patrón-, porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura.

-Iba sola -explicó Juan de la Paz con voz apenas perceptible. Y después, mientras los circunstantes se miraban entre sí, asombrados, agregó;

-Me caí.

Era imposible pedirle que contara detalles. Se le veía estragado, destruido; sólo los rápidos y desconfiados ojuelos parecían vivir en él, yeso, a ratos. Estaba tendido en el camastro, moviéndose entre quejidos para rehuir el contacto del duro colchón con la quemada piel. Además, por dentro estaba confundido. Hacía esfuerzos por recordar a Emilia, y no podía; ni siquiera su nombre surgía a la memoria, si bien sabía que tenía una hijita y que trataba de pensar en ella. En cambio, ahí estaban, como si se hallaran presentes, la paloma y Rosalía. La paloma y Rosalía habían muerto. Ninguna de las dos vivía. Y sin embargo no se iban, aunque nada tenían que ver con lo que estaba pasando. Nada le recordaban, nada le decían. Entonces oyó la voz del patrón:

-¿Y cómo te caíste, Juan de la Paz?

Si le oían o no, eso no importaba. El caso es que él contestó:

-Por coger una paloma.

Los que le rodeaban oyeron y les pareció extraño que un pescador se cayera de su barco por coger una paloma. Pero quién sabe. Tal vez eso ocurrió en un canalizo; acaso la paloma volaba de cayo a cayo y tropezó con el barco. De todas maneras quizá valía la pena aclarar las cosas, porque cierta vez, muchos años atrás, Juan de la Paz había cometido un crimen espantoso; y aunque lo pagó con veinte años en Isla de Pinos, a nadie le constaba que no fuera capaz de cometer otro. Así, el patrón insistió:

-¿Por coger una paloma? ¿Y pa qué querías tú esa paloma, Juan de la Paz?

Juan de la Paz parecía dormitar, acaso a resultas del bien que le produjo la sopa de pescado. Sin embargo, se le oyó contestar, con despaciosa y clara voz:

-Pa llevársela de regalo a Rosalía.

Un silencio total siguió a estas palabras. El patrón miró a los circunstantes, uno por uno, con impresionante lentitud; después se puso de pie y tomó la escalerilla para salir a cubierta. Sin hablar, los demás le siguieron. Afuera soplaba el norte, cada vez con más vigor.

-¿Oí mal o dijo Rosalía, Gallego? -preguntó el patrón a uno de sus hombres.

-Sí, dijo Rosalía, y bien claro -aseguró el interpelado.

-Eso quiere decir que Juan de la Paz está volviendo al puerto de origen –explicó el patrón.

Y nadie más habló. Pues todos conocían bien la historia de Juan de la Paz. Todos ellos sabían que había cumplido veinte años, de una condena de treinta, por haber asesinado, para violarla, a una niña de nueve años llamada Rosalía. Más exactamente, Rosalía de la Paz.

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.- En un bohío

La mujer no se atrevía a pensar. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta, con los ojos ansiosos; después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo, sumida en una especie de letargo.

El bohío era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, y aden­tro se vivía entre tierra y hollín. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabía, y sabía también que no podía dejarlo, porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde am­pararse.

Otra vez rumor de voces. Corrió a la puerta, temerosa de que nadie pasara. Esperó un rato; esperó más, un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. Era el viento, ahí enfrente; el condenado viento de la loma, que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo; o tal vez el río, que corría en el fondo del precipicio, detrás del bohío.

Uno de los enfermitos llamó, y ella entró a verlo, deshecha, con ganas de llorar, pero sin lágrimas para hacerlo.

—Mama, ¿no era taita? ¿No era taita, mama?

Ella no se atrevía a contestar. Tocaba la frente del niño y la sentía arder.

—¿No era taita, mama?

—No —negó—. Tu taita viene después.

El niño cerró los ojos y se puso de lado. Aún en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida.

—Yo lo vide, mama. Taba ahí y me trujo un pantalón nuevo...

La mujer no podía seguir oyendo. Iba a derrumbarse, como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día, de golpe. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo, y ella no tenía con qué comprarle una medicina.

El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. Lo halló tranquilo. Era huesos nada más y silbaba al respirar, pero no se movía ni se quejaba; sólo la miraba con sus grandes ojos serenos. Desde que nació había sido callado.

El cuartucho hedía a tela podrida. La madre —flaca, con las sienes hundidas, un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de lista­do— no podía apreciar ese olor, porque se hallaba acostumbrada, pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. Pensaba que cuando su marido volviera, si era que algún día salía de la cárcel, hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío, y de éste, ni tablas ni techo. Sin comprender por qué, se ponía en el lugar de Teo, y sufría.

Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. Cuando él estuvo en el bohío por última vez —justamente dos días antes de entregarse— todavía el pequeño conuco se veía limpio, y el maíz, los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. Pero Teo se entregó, porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel; ella no pudo seguir trabajan­do porque enfermó, y los muchachos —la hembrita y los dos niños—, tan pequeños, no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Después llegó el temporal, aquel condenado temporal, y el agua estuvo cayendo, cayendo, cayendo día y noche, sin sosiego alguno, una semana, dos, tres, hasta que los torrentes de­jaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse.

Pero mejor era no recordar esas cosas. Ahora esperaba. Había mandado a la hembrita a Naranjal, allá abajo, a una hora de camino; la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. La niña había salido temprano y no volvía. Y la madre ojeaba el camino, llena de ansiedad.

Sintió pisadas. Esta vez no se engañaba: alguien, montando caballo, se acercaba. Salió al alero del bohío con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. Sentía que le faltaba el aire. Miró hacia la subida. Sentía que le faltaba el aire, lo que le obligaba a dis­tender las ventanas de la nariz. De pronto vio un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. Su primer im­pulso fue el de entrar; pero algo la sostuvo allí, como clavada. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso, después los hombros, el pecho y finalmente el caballo. La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos, ella le miró los ojos y sintió, más que comprendió, que aquel desconocido estaba deseando algo.

Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija, los huevos, los niños enfermos, Teo. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre.

—Saludo —había dicho él.

Sin saber cómo lo hacía, ella extendió la mano y suplicó:

—Déme algo, alguito.

El hombre la midió con los ojos, sin bajar del caballo. Era una mujer flaca y sucia, que tenía mirada de loca, que sin duda estaba sola y que sin duda, también deseaba a un hombre.

—Déme alguito —insistía ella.

Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega, y si había ido a vender algo, tendría dinero. Tal vez llevaba comida, medicinas. Además comprendió que era un hombre y que la veía como a mujer.

—Bájese —dijo ella, muerta de vergüenza.

El hombre se tiró del caballo.

—Yo no más tengo medio peso —aventuró él.

Serena ya, dueña de sí, ella dijo:

—Ta bien; dentre.

El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. Agarró la jáquima del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. La mujer entró, y de pronto, ya vencido el peor momento, sintió que se moría, que no podía andar, que Teo llegaba, que los niños no esta­ban enfermos. Tenía ganas de llorar y de estar muerta.

El hombre entró preguntando:

—¿Aquí?

Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. Con una angus­tia que no le cabía en el alma, se acercó a la puerta del aposento; asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente, como los de los muertos.

—Unjú, aquí —afirmó ella.

El hombre se le acercó, respirando sonoramente, y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. Se volvió. Su mirada debía cortar como una navaja. Salió a toda prisa, hecha un haz de nervios. La niña estaba allí, arrimada al alero, llorando, con los ojos hinchados. Era pequeña, quemada, huesos y pellejos nada más.

—¿Qué te pasó, Minina? —preguntó la madre.

La niña sollozaba y no quería hablar. La madre perdió la pa­ciencia.

—¡Diga pronto!

—En el río —dijo la pequeña—; pasando el río... Se mojó el papel y na má quedó esto.

En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. Se­guía llorando, con la cabeza metida en el pecho, recostada contra las tablas del bohío.

La madre sintió que ya no podía más. Entró, y sus ojos no acer­taban a fijarse en nada. Había olvidado por completo al hombre, y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la si­tuación.

—Vino la muchacha, mi muchacha... Váyase -dijo-.

Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. Con los ojos tur­bios vio al hombre pasarle por el lado, desamarrar la jáquima y subir el caballo; después lo siguió mientras él se alejaba. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. Ella pensaba: “Medio peso, medio peso perdío”.

—Mama —llamó el niño adentro—. ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita?

Pasándole la mano por la frente, que ardía como hierro al sol, ella se quedó respondiendo:

—No, jijo. Tu taita viene dispués, más tarde.

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. La muchacha de La Guaira

El primer oficial tuvo razón al pensar que un asunto de tal naturaleza debía ser comunicado al capitán, pero el capitán no la tuvo cuando dijo las estúpidas palabras con que más o menos dejó cerrado el episodio. Esas palabras no tenían sentido. Veamos los hechos tal como se produjeron, y eso nos permitirá apreciar el caso en todos sus aspectos.

El “Trodheim”, de bandera panameña, aunque en verdad era un barco noruego, entró en La Guaira ese día a las diez de la mañana; a las ocho de la noche había cuatro hombres de la tripulación perdidamente borrachos en los cafetines del puerto, uno detenido por riña y varios más bebiendo. Los venezolanos llaman “botiquines” a los ba­res; en uno de esos botiquines, prácticamente echada sobre una pe­queña mesa, con la barbilla en los antebrazos y los oscuros ojos muy abiertos, había una joven de negro pelo, de nariz muy fina y tez do­rada. Por entre las patas de la mesa podía preciarse que tenía piernas bien hechas, pero Hans Sandhurst, segundo oficial del “Trodheim”, no estaba en condiciones de demostrar que le interesaba la dueña de esas piernas. Contó tres hombres de su barco bebiendo en ese boti­quín, y él sabía que no tardaría en haber escándalo; y era a él a quién le tocaría después entenderse con el capitán del puerto, ver a los agentes de los armadores, al cónsul de Panamá y a quién sabe cuánta gente más para obtener órdenes de libertad, pagar multas o enrolar nuevos tripulantes, si era del caso, todas las cuales podían ser consecuencias de esas bebentinas desaforadas. Hans Sandhurst, pues, pre­fería no fijarse en la muchacha de las bellas piernas.

Desde la ventana junto a la cual estaba sentado podía volver la vista hacia el puerto y ver allá abajo su barco, a la luz de la luna, casi perdido entre muchos más, con los amarillos mástiles brillando y la blanca línea en lo alto de las chimeneas. Enclavada entre el mar y los Andes, La Guaira apenas tendrá unos veinte metros de tierra plana natural, y desde el mar la ciudad se ve como un hacinamiento de pequeñas casas blancas trepadas una sobre la otra, destacándose sobre el fondo rojo de la montaña. El Caribe espejeaba bajo la luna, hasta perderse en una lejana línea de verde azul tan claro como el cielo de esa noche. Hans Sandhurst, que de sus cuarenta años había pasado casi diez, intermitentemente, viviendo entre Cartagena, Panamá y Jamaica, amaba ese mar, tan inestable y, sin embargo, tan cargado de vitalidad. Tres veces había fracasado en negocios y otras tantas había tenido que volver a su antigua carrera. Pero no sería extraño que probara de nuevo, quizá para dedicarse al corte de cedro en Cos­ta Rica, o a la pesca del camarón en Honduras, en cuyas costas abundaba ese crustáceo según le asegurara en Hamburgo hacía poco el capitán de un barco italiano. Se embebió Hans Sandhurts durante un rato en la contemplación de la pulida y brillante superficie de agua, en sus tonos verde azules, y cuando alzó su vaso de ron lo halló vacío. Se volvió, pues, para pedir más, y ya no estaban allí los tripu­lantes del “Trodheim”. El segundo oficial los buscó con los ojos, moviendo la cabeza en todas direcciones. Entonces fue cuando la muchacha le sonrió.

Eso sucedió probablemente pasadas las nueve de la noche; a las once no había mesas vacías en el botiquín. Entre voces, gritos, mú­sica y chocar de cristales y bandejas, el lugar era la imagen misma de la atolondrada vida nocturna de un puerto en el Caribe. Muchos hombres y mujeres estaban de pie junto al mostrador. A menudo sonaba una risa aguda o se oía alguna frase obscena. Cosa extraña, la muchacha de las bellas piernas no las oía, o si las oía las ignoraba. Parecía colgar sólo de las palabras de Hans Sandhurst, y de vez en cuando comentaba:

—Me gusta como hablas el español; hablas bonito, oficial.

O si no:

—Me gustan tus ojos; tienes ojos honrados, Hans.

Pero lo decía en voz baja, dulce y en cierto sentido triste. Había aceptado bailar algunas piezas, y era casi tan alta como Hans Sandhurst, de hombros bien hechos, de pecho alto, de cintura fina. Vestía un traje vaporoso, de brillante color naranja. Era realmente bonita y parecía muy joven. El segundo oficial del “Trodheim” advertía que casi todos los hombres y muchas de las mujeres se vol­vían para mirarla cuando bailaba. Con movimiento natural, ella dejaba descansar su cabeza sobre la de él mientras duraba el baile. Probablemente era debido a lo que había dicho una hora después de haberse sentado él a su mesa:

—Es raro, oficial; me siento bien contigo, me siento descansada.

Sin duda que resultaba muy grata compañera esa muchacha de La Guaira, de voz tan poco usual, de gestos tan armónicos, a la vez dulce y triste. Hans Sandhurst no podía sospechar que bajo esa tierna apariencia hubiera un volcán ebullendo. De haberlo sospecha­do se hubiera ido antes de las doce; con mayor precisión, cuando vio su reloj de muñeca a las once y tres cuartos. A esa hora había acaba­do su sexto ron y prefería no beber más. Dijo:

—Tarde ya. Voy a irme porque me espera mucho trabajo maña­na.

Entonces en los ojos de la muchacha apareció de pronto el brillo muerto de la desolación. Sujetó al oficial por un brazo y puso frente e él un rostro desatinado, del cual había huido de golpe la luz de la vida. En todo ese rostro, sin explicarse debido a qué, él vio un aire de terror. La muchacha habló, pero no ya con aquella voz baja y tierna. Esa voz se había trocado en metálica, dura sin ser aguda.

—¡No, no; no te vayas! —dijo.

No agregó nada más, pero Hans Sandhurst comprendió que no necesitaba agregar palabra y, además, que él no debía irse. Sustituyó, pues, su anunciada ausencia con una petición de ron. Vio al sirviente en otra mesa, le hizo señas con un dedo en alto, y mientras le obser­vaba correr hacia el mostrador oyó que la muchacha musitaba:

—Muchas gracias, oficial.

Dicho lo cual tomó amorosamente un brazo del hombre y re­costó en él su cabeza. Hans vio parejas pasar bailando y también vio que en los labios de su compañera se esbozaba una suave sonrisa. Pero en verdad no analizó la causa de cambios tan rápidos. En esas vertiginosas noches de puerto ocurría a menudo que una mujer se sintiera bien junto a un desconocido.

Así iban los acontecimientos, produciéndose sin importancia alguna, cuando el sirviente retornó. Traía un ron y un vaso de agua; pero traía además —cosa que él ignoraba, por supuesto— la semilla de la tragedia. Dijo, con sonrisa melosa, lo que impedía una respues­ta negativa:

—No hay mesas vacías, señor, ni asientos desocupados en otras mesas. Allí están dos señores que necesitan sentarse. Yo los conozco; son gente buena. Me preguntaron si usted podría dejarlos sentar­se aquí. Son personas decentes, señor.

¿Por qué no? Era habitual que en esos países del Caribe que él conocía los desconocidos se trataran con naturalidad, como compa­ñeros de tripulación. Iba a preguntarle a la muchacha, pero ella ha­bía oído al sirviente y ni siquiera movió la cabeza; seguía recostada en su brazo, como perdida, como soñando, lo cual podía entenderse como una aprobación.

—Muy bien —dijo él—, que vengan.

Eran dos hombres de edad muy dispareja, de cerca de cincuenta años, tal vez, el mayor, y de acaso veinticinco el más joven. El pri­mero tenía la piel muy quemada; y esto, junto con el brillante pelo negro y lacio, con los ojos, también negros y ligeramente asiáticos, y con algo duro y misterioso en sus facciones, denunciaban la presencia del indio en su ancestro. No era alto, pero tampoco bajo. Saludó con notable cortesía y tomó asiento. Hans Sandhurst comprendió de inmediato que el hombre había bebido en exceso, a pesar de lo cual le oyó ordenar al sirviente:

—Dos whiskies con soda.

Después observó el vaso de Hans, todavía lleno.

—Ah, ron —comentó—. Acépteme desde ahora el próximo tra­go.

El joven no había tomado asiento aún. Parecía estudiar el ambiente con mirada profunda y a la vez perspicaz. Tenía probable­mente tanta estatura como Hans, si bien era mucho más delgado, y de piel pálida, de sus ojos ligeramente claros, tal vez también de las líneas alargadas de su rostro y de su cuello —con notable nuez de Adán—, o acaso de la forma vehemente en que parecía aspirar el aire cargado de humo, se desprendía una especie de visible ansiedad, quizás una honda preocupación o esa avidez emocional que caracte­riza a los temperamentos creadores. De todas maneras la pareja re­sultaba interesante. Hans Sandhurst observaba a ambos hombres sin que se le ocurriera relacionarlos con él ni con la muchacha que se apoyaba en su brazo. Pero como sabría más tarde, esos dos hombres llevaban consigo una mecha encendida.

Cuando el joven se sentaba, el mayor estaba preguntando:

—¿Americano?

Con lo cual en realidad quería saber si Hans Sandhurst era estadounidense.

—No, noruego, aunque casi tan latino como ustedes —respondió.

Hubo cierto cambio de frases, con más propiedad, de cumpli­mientos entre él y los dos hombres. Pero la joven parecía no haberse enterado de que ahora había dos extraños sentados a la mesa. Seguía recostada en el brazo, y de pronto, como si hubiera estado acostum­brada a hacerlo desde hacía años, besó con exquisita suavidad el bra­zo del oficial. Seguía el bullicio, resonaba la música de los discos en el pequeño salón, se alzaban voces y risas y los tres hombres habla­ban cortésmente, presentándose entre sí, y ella actuaba como si se hallara a solas con Hans en una remota playa iluminada por la luna o en la intimidad de una pequeña casa donde no viviera nadie más. Por vez primera en esa noche Hans se sintió algo intrigado y se volvió a mirarla. ¿Le gustaba él tanto a ella, o era que tenía una naturaleza de por sí amorosa? Cuando levantó los ojos halló que el joven tenía la cabeza caída, como quien se siente muy cansado o como quien está meditando con sobrehumana fuerza mental.

—La función del hombre, ¿cuál es? Eso es lo que no has podido explicarme. Te has perdido en un bosque de palabras, pero has eludi­do responder —dijo de pronto, dirigiéndose al mayor.

Hans observó que, al hablar, la mirada de ese joven relampaguea­ba; y observó cuán pacientemente el otro, el mayor, parecía salir de un profundo sueño mientras daba vueltas a su vaso de whisky con soda. Empezó a hablar.

—Perdone, señor... ¿Cómo dijo? Ah, sí, Trodheim; no, Sand­hurst, señor Sandhurst. Mi amigo está interesado en algunas cosas que tal vez le aburran a usted. Lamento mucho que la escasez de me­sas, en este hórrido lugar, le obligue a oír cosas abstractas. Pero es el caso...

Un hombrón de gran cabeza, que había estado bebiendo en la mesa contigua, fue a ponerse de pie en tal instante y cayó de bruces, golpeando el suelo con la violencia de un pilar de cemento. Al parecer se hallaba totalmente ebrio. La muchacha alargó su fino cuello para verlo. Eso, sin duda, le interesaba más que la presencia de los dos extraños en su mesa. El que hablaba calló durante un momento y volvió hacia el caído un rostro desdeñoso.

—Mi amigo —prosiguió— requiere una explicación, o mejor aún, necesita una explicación. Él quiere averiguar cuál es la función del hombre sobre la tierra, lo cual desde luego implica saber cuál es la de la tierra en el universo. ¿No le parece a usted muy peregrina, y muy fuera de lugar, esa pretensión de mi amigo?

—¿Por qué ha de estar fuera de lugar? —inquirió, repentinamen­te apasionado, el segundo oficial del “Trodheim”—. Yo creo muy justo que él quiera saberlo.

De súbito comprendió que el joven iba a serle simpático y que la manera de expresarse del mayor no le estaba gustando. Comprendió además que en esa noche casi vacía, que él esperaba malgastar al lado de una muchacha bonita de cortos alcances, había aparecido de golpe algo lleno de interés. Podría oír cosas tal vez importantes, y acaso cambiar ideas que siempre le habían preocupado. Pidió, pues, otro ron, y libertó su brazo, que la muchacha había vuelto a usar como una especie de almohada. El de más edad sonrió y se volvió al joven.

—Miguel, ¿no es esto inesperado? Aquí tienes tú al señor Trod­heim, digo Sandhurst, oficial de marina noruego, buscando la res­puesta que tú buscas. ¡Señor Sandhurst —dijo alzando su vaso—, bebamos un trago por la búsqueda de la función del hombre!

Esto habló, y a seguidas tumbó la cabeza sobre sus brazos, como poseído de un súbito sueño incontrolable. No cabía duda de que ha­bía bebido en exceso. ¿O era que él sí sabía cuál era esa función del hombre y jugaba con la ansiedad de su joven amigo como el ágil y se­guro gato juega con el indefenso y aterrorizado ratón? Ese abandono con que se tumbaba sobre la mesa y ese léxico que parecía manejar con especial delectación, ¿no denunciaba en él al hombre profunda y sutilmente cruel, que usaba su sabiduría como un arma peligrosa para herir a los más inexpertos?

—¡No! —clamó duramente el joven—. Es inapropiado venir aquí a brindar con whisky adulterado y ron barato por un tema tan cargado de sufrimientos. No es cosa de alzar un vaso de alcohol por ello, en un lugar como éste, antro de prostitución. ¡Me voy! —asegu­ró levantándose.

Entonces la muchacha pareció cobrar vida y miró a ese joven. Hans advirtió el interés en todo su rostro y notó el brillo de sus ojos, del todo nuevo, por lo menos para él; no visto antes en esa noche. Comenzaba a sentirse mucho más intrigado.

—Siéntese, por favor, joven —pidió.

Era evidente que también el joven había tomado más de lo debi­do, porque si no, ¿a qué tanta excitación? ¿Era acaso sagrado el te­ma que se había planteado, o había en el alma del muchacho una des­conocida reserva de sentimiento religioso?

—Siéntese, por favor —repitió, cogido ya en los engranajes de la tragedia, todavía no sospechada por él ni por la muchacha ni por los dos recién llegados-. Hablemos del asunto. En realidad, me preocu­pa tanto como a usted el destino final de la humanidad.

—¿Por qué es necesario hablar de eso, por qué?

Era la muchacha quien hacía la pregunta. ¿Qué ocurría, qué le había llamado la atención hacía un instante, pues; el tema, la palabra “prostitución” dicha por el joven, o el joven mismo? La muchacha estaba resultando rara. Lo mejor sería ignorar su presencia. De todas maneras media hora después, una hora a lo sumo, el segundo oficial del “Trodheim” volvería a su barco. Pero en eso el mayor de los ex­traños irguió la cabeza.

—Ella es quien tiene la razón. ¿Por qué hablar de eso? Millones de seres viven y mueren sin hacerse la terrible pregunta. Vivir la fun­ción de la humanidad es más sabio que tratar de conocerla. ¡Hans Trodheim, brindemos por la vida, que lleva en sí misma su ignorado destino!

En eso se hizo el silencio en todo el salón; es decir, silencio de seres humanos, porque la pesada máquina que daba música seguía trabajando en su rincón y se oía el vivaz ritmo de un joropo invitan­do a bailar. Una pareja de policías estaba de pie en el salón, y uno junto al otro, ambos recorrieron con la vista todo el ámbito, llevando la mirada de mesa en mesa como si buscaran a alguien. Pero un pa­rroquiano alzó su mano alegremente y los llamó; los policías sonrie­ron y caminaron hacia allá. Se les vio entrar en animada charla, negar uno, alegar el otro, y al fin, sin sentarse, tomaron sendos tragos y se fueron de nuevo. Uno de ellos era negro y tenía risa hermosa y natu­ral. Hans Sandhurst pensó: “He aquí un hombre que vive la vida como lo desea este señor”. Pero no lo dijo. Temía a la susceptibili­dad de esa gente que a menudo en palabras sin intención descubría una ofensa al país. Hablar de un policía resultaba peligroso.

—En primer lugar —dijo el joven—, seamos corteses. El señor nos ha aceptado en su mesa y tú sabes que él no se llama Trodheim. Tu error es deliberado y ofensivo.

—Oh, no importa —atajó Hans—, pueden llamarme como de­seen. Probablemente ninguno de los que estamos sentados a esta mesa volveremos a vernos pasada esta noche.

La muchacha saltó, como sorprendida por un ataque alevoso.

—¿Qué has dicho; por qué has dicho que no volveremos a ver­nos, Hans?

Mientras hablaba le sujetaba fuertemente el brazo, y en tal momento Sandhurst anotó en su mente este simple detalle: no recordaba cómo se llamaba ella. “Quizá espera que me quede con ella esta noche y le pague bien por la mañana”, pensó. Pero la an­siedad que había en sus ojos, mientras hablaba, no podía estar ori­ginada sólo en la esperanza de que él le pagara bien. Había algo más, algo que por el momento él no podía determinar. Trató, sin embar­go, de pasar por alto cuanto se refiriera a esa muchacha, sobre todo en tal momento, porque el mayor estaba hablando.

—La función del hombre, bah... Miguel, infinito número de sa­bios han pretendido conocerla. Y yo digo que por el camino que estás queriendo transitar llegarás a un solo lugar, que es el refugio de todos los débiles; llegarás a admitir un Dios, cualquier Dios.

—No —respondió el joven—. ¿Por qué he de refugiarme en la religión? Yo no temo a la verdad. Pero mire, señor... Sandhurst, mi tesis es ésta: mi tesis es que la humanidad que puebla este planeta forma parte de un todo mayor. No sé si me hago entender. Yo creo que en esos otros mundos que nos rodean hay también humanidad. No sé qué apariencia tendrán, pero son seres pensantes. Nosotros, pues, somos sólo una parte de esa humanidad universal. Siendo una parte, ignoramos qué piensa o qué siente el resto. Sólo estando todos reunidos podremos aclarar qué fin buscamos.

El joven iba alzando la voz. En el barullo del botiquín no se daba cuenta de que para hacerse oír en su propia mesa estaba hablan­do muy alto. En la mesa contigua alguien le oía. Había allí dos hombres y dos mujeres, a simple vista muy bebidos también. Y he aquí que uno de esos hombres se puso trabajosamente en pie y se encaminó a ellos. A buen ojo no pasaba de los treinta y cinco años, y tenía aspecto de empleado, acaso de pequeño comerciante. Era muy oscuro, rechoncho, de espejuelos y nariz muy abierta. Usaba sombrero de fieltro. Se inclinó sobre el joven y apoyó un codo en la mesa.

—¿Por qué le preocupa a usted la humanidad? —preguntó—. Yo soy venezolano, latinoamericano, y lo que deseo saber es cuál es el destino nuestro, adónde vamos.

El hombre eructó. Hablaba con esfuerzo, aunque sin disparatar. Tenía los ojos turbios debido al alcohol, pero sin duda estaba dando salida a lo que llevaba en el corazón y por eso se expresaba claramen­te. Hans Sandhurst tenía una vaga idea de lo que estaba ocurriendo en Venezuela, pero no lo sabía a fondo; por eso no pudo advertir cuánta crueldad había en las palabras con que el mayor de sus dos recientes amigos se dirigió al intruso.

—Dígame, señor, ¿cuál es a su juicio el destino de su pueblo? ¿Cree usted que Rómulo Betancourt lo sabe mejor que uno de noso­tros?

El borracho miró torvamente y pareció haber recibido un golpe en la nuca.

—Señor, yo no sé si usted es un espía de la dictadura; no sé si es un sirviente de estos militares que están asesinando a lo mejor de Venezuela. Pero usted me ha preguntado y yo le contesto: Sí, Ro­mulo Betancourt lo sabe. Y ahora, si le parece, denúncieme.

No dijo nada más, sino que, a su juicio muy dignamente —aun­que apenas podía tenerse en pie—, retornó a su mesa y se dejó caer en su silla, como un bulto. Hans Sandhurst notó que de sus dos com­pañeros, el más joven se había quedado mudo; el otro sonreía. La muchacha parecía no hallarse allí; con un codo en la mesa y la cabeza en la mano, miraba dulcemente al segundo oficial del “Trodheim”.

—No hay derecho —dijo el joven dirigiéndose al mayor—. Si alguien ha oído, se ha desgraciado. Fue una provocación tuya.

Por toda respuesta el de más edad sonreía. Pero en esa sonrisa había un resplandor siniestro, cosa que notó ciertamente Hans Sand­hurst. Ahora bien, Sandhurst no estaba al tanto de lo que el extraño incidente significaba. Seguía pensando en la función de la humani­dad y en lo que sobre ello había dicho el joven. De ahí que hablara como si nada hubiera sucedido. Argumentó:

—Yo no creo que el fin del hombre es ser feliz; la humanidad busca inconscientemente la felicidad.

Entonces la muchacha saltó. Se hubiera dicho que nada oía, que no tenía interés en el tema. Y he aquí que al oír esas palabras irrumpió diciendo:

—¡Sí, sí, la gente quiere ser feliz! Yo quiero ser feliz. Tú has dicho lo que yo siento Hans.

En ese expresivo rostro suyo, que el segundo oficial del “Tro­dheim” había visto cambiarse tantas veces en pocas horas, parecía haberse producido de pronto una explosión de luz; sus ojos resplandecían, gozosos, y la dulce sonrisa había dejado de ser triste. Los tres hombres se fijaron en ella. Era como si en ese instante hubie­ran descubierto que ella estaba allí, con ellos. Pero un observador sagaz -y Hans Sandhurst lo era- podía notar matices muy dife­rentes entre ellos; por ejemplo, el joven era tolerante, acaso compla­ciente, como si pensara: “Es muy femenina la reacción de esta mu­chacha, y por lo demás nunca podrá entender por qué nos preocupa este tema”. En cambio el otro tenía una actitud a la vez de sor­presa y de cálculo; parecía decirse: “Ah, con que te interesa ser feliz ¿no? Pero ahora, voy a matar esa alegría en germen; ahora voy a demostrarte que no eres más que un simple gusano de polvo llamado a desaparecer, mísera vendedora de tu cuerpo”. En cuanto a él mismo, Hans Sandhurst, segundo oficial del “Trodheim” metido en esa discusión con dos desconocidos sobrecargados de whisky y soda, ¿qué pensaba de la mujer? Pues pensaba: “No es una mucha­cha común; se trata de un alma amorosa, que de pronto, sin saber por qué, ha sentido que hay una filosofía que justifica su vida, su na­tural sensualidad, sus aciertos y sus errores. Si dispusiera de tiempo me gustaría saber quién es ella y por qué está aquí”. Y a seguidas, por un fenómeno de traslación mental muy frecuente en él, se encon­tró pensando en que debía escribirle a aquel capitán italiano para que le diera más detalles sobre los camarones de Honduras; sabía el nom­bre de su buque y le escribiría al cuidado de los armadores. A ese punto miró su reloj; marcaba la una y cuarenta minutos, más propia­mente, la una y cuarenta y dos minutos. Pero no sentía deseos de irse. El de más edad estaba empezando a hablar de nuevo.

—Bien, bien; aquí tenemos a Miguel, el preocupado Miguel elaborando una tesis de amplitud universal. ¡Hum! Yo supongo que tienes la esperanza, mi joven amigo, de que los platillos voladores sean realidad y de que en ellos esté acercándose a la tierra una huma­nidad más avanzada que la nuestra ¿no?

—Sí, puede ser, ¿por qué no puede ser? —respondió Miguel—. Ocurrió ya, sucedió cuando los españoles llegaron a América; para los indios americanos las carabelas de los conquistadores eran tan inconcebibles como para nosotros los platillos, y sus tripulantes tan extra­ños como los habitantes de Marte hoy.

El otro sonreía.

—Miguel —dijo tornándose súbitamente serio y sujetando al jo­ven por un hombro—, no desbarres; una tesis filosófica no se defiende con argumentos absurdos. Estás hablando de lo que desearías que sucediera, no de nada que está sucediendo o que pueda científica­mente suceder mañana.

A este punto ya la muchacha no estaba recostada en el brazo de Hans, soñando o simplemente descansando; atendía a lo que se habla­ba, oía con todo su ser. No besaba, no sonreía; vivía la discusión. Sus ojos se hallaban fijos en el hombre que hablaba; y así le vio vol­ver su atención rápidamente hacia el oficial.

—En cuanto a usted ¿sabe qué propugna? Propugna el caos porque ¿qué es la felicidad? ¿Es o no la satisfacción de cada uno? La felicidad de los coroneles y los generales de Venezuela y de nuestra América, ¿en qué consiste si no es en derrocar gobiernos legíti­mos, esclavizar a sus pueblos, asesinar a sus mejores hijos, enriquecer­se y tener amantes? La felicidad de un criminal está en matar, la de un comerciante, en acumular dinero.

El llamado Miguel miró hacia la mesa vecina, pero ya allí no ha­bía nadie. Aquel borracho que se había acercado a hablarles hacía un rato, y al que sin duda le hubiera agradado oír a su compañero, no estaba, ni estaban las mujeres ni el señor que bebían con él.

—Señor, yo no comprendo su punto de vista tan local ni tan actual —atajó Sandhurst— y no debo juzgarlo a ustedes como pue­blo. Yo creo que hay una norma de conducta general y que todos podemos llegar a conocerla y ejercerla.

—Sí, ¿pero cuándo? Porque es el caso que ya hay en Estados Unidos una bomba de hidrógeno y, sin embargo, todavía viven indios salvajes en nuestras selvas. La felicidad es un estado distinto para los sabios que fabricaron esa bomba y para los salvajes del Ori­noco. Su punto de vista no nos sirve, como no nos sirve el de Miguel. La función del hombre es menos compleja.

Eso dijo, y Hans Sandhurst comprendió que se hallaba frente a una persona inteligente y de muchos conocimientos, pero tuvo tam­bién la sensación de que no se había equivocado cuando pensó que tenía el alma cruel. Algo en él denotaba su delectación de destruir la idea de Miguel y la suya; la suya, que era también la de esa mu­chacha.

—Debemos seguir hablando —dijo el hombre—, sobre todo porque sería innoble dejar a esta joven en un error. Pero por el mo­mento yo pido que repitamos el trago.

Con efecto, los vasos estaban vacíos. Entonces la muchacha intervino:

—Yo quiero beber también —dijo.

Lo cual aumentó la intriga del segundo oficial del “Trodheim”, porque hasta ese momento ella había rechazado toda invitación; ha­bía bebido sólo dos coca-colas en las largas horas que llevaban juntos. Ahora parecía haber despertado a la vida.

Miguel pidió bebida; ella prefirió ron, como Hans. Se veían ya algunas mesas vacías, pero todavía sonaba la música y tres o cuatro parejas bailaban. Con su silla arrimada a la pared, un jovenzuelo dormía. Llegó el sirviente.

—Señorita —dijo el hombre de ancestro indígena, con el aire de un cumplido caballero que honrara a una gran dama—, brindo por usted y por su deseo de ser feliz. Usted y el señor Trodheim, digo Sandhurst, tienen ideas afines. Los felicito por ello. Pero entienda usted que no hay tal cosa; no es la felicidad lo que busca la humani­dad. La función de la humanidad, señorita, es simplemente vivir, dar satisfacción a su instinto vital. Nacemos, nos desarrollamos y mori­mos y nada más, bella joven. Vivimos porque tenemos que vivir; para vivir matamos animales y engullimos sus cuerpos, sembramos árboles y nos comemos sus frutos, pescamos peces y los guisamos. Buscando el placer de vivir escribimos y oímos música, pintamos y admiramos cuadros. No hay en absoluto nada más que eso. Luego nos toca morir y desaparecemos completamente. Nosotros, los se­res humanos, nos perdemos todos en la muerte, en la nada. Eso es todo.

El hombre había hablado con gozosa saña; al final de sus pala­bras sonreía desde bien adentro, con morbosa alegría muy mal disi­mulada. La muchacha se quedó absorta, mirándole. Tenía en la mano su vaso de ron. Y de súbito gritó, poniéndose de pie:

—¡Mentira; mentira; usted sólo está diciendo mentiras!

Miguel y el segundo oficial del “Trodheim” no hablaron; am­bos habían comprendido que ese hombre se negaba a sí mismo, pues él también buscaba la felicidad, y su felicidad en ese momento consistía en hacer sufrir, en negar que en la tierra hubiera lugar para una concepción generosa de la vida.

Hans Sandhurst vió a la muchacha beberse su ron de un solo tra­go; la dorada piel se le había enrojecido y respiraba con fuerza. Esta­ba como poseída por una sagrada cólera. Llamo a voces y pidió más ron. El hombre que había hablado seguía sonriendo. Hans no había tocado su bebida.

Pero Miguel sí bebió, y al terminar su trago empezó a palidecer, a ponerse lívido, casi verde. Pidió permiso y se paró. No pudo llegar, sin embargo, adonde iba, porque a unos pasos de la mesa se agarró a una silla y comenzó a vomitar; después trató de sentarse, se apoyó más en la silla y se dobló sobre sí mismo.

—Su amigo está enfermo —dijo Sandhurst.

A lo que el otro respondió:

—Demasiada bebida, eso es todo.

A Hans le repugnó ese comentario ligero. No quería seguir allí.

—Me voy —dijo al tiempo de levantarse.

Pero la muchacha le sujetó de un brazo.

—No, no puedes irte ahora. Yo he pedido un trago. Además, yo quiero beber, necesito beber.

—Muy bien, pero no aquí —explicó Hans.

—No, aquí no, en otro sitio —aceptó ella.

Y fue así como a las dos y media de la mañana, todavía con una luna resplandeciente que permitía ver uno por uno los techos de La Guaira bajo ellos, Hans Sandhurst y la muchacha salieron al aire de la noche, en pos de un lugar donde no vieran la dura sonrisa de aquel hombre que había proclamado, entre grumos de alcohol, el triunfo del instinto vital sobre la tierra. Con la cabeza entre las rodillas, el joven seguía vomitando.

Todavía a esa hora nada realmente importante había sucedido, de manera que si Hans Sandhurst se hubiera ido a dormir entonces, o la tragedia no se habría producido o él la hubiera ignorado. Pero no tuvo voluntad para recogerse... Ya se hallaba atraído por la intri­gante personalidad de la muchacha, por su cambiante naturaleza, que había ido revelándose tan lentamente y que, sin embargo, po­día entreverse como en verdad atractiva. Eso explica que una hora más tarde estuvieran sentados en una tosca mesa en otro botiquín, un mísero saloncito situado en el camino del aeropuerto, atendi­do por una mestiza gorda y entrada en años, de cara adusta y per­petuo cigarrillo en la boca. Había allí tres o cuatro hombres del pueblo bebiendo cerveza, sin duda trasnochadores habituales, que miraban a la muchacha con ojos lascivos y hablaban entre risotadas. La muchacha había bebido sin parar. Hans Sandhurst temía que se emborrachara.

Pues en la mente de esa compañera de una noche estaba pro­duciéndose una obsesión, acaso algo parecido a los huracanes tro­picales que cruzaban devastadores, de tarde en tarde, por ese mismo mar Caribe que golpeaba sin cesar las orillas rocosas de La Guaira. El hombre aquel había dicho: “Nosotros, los seres humanos, nos perdemos en la muerte, en la nada”; y esas palabras giraban sin tre­gua en el cerebro de la muchacha, e iban formando allí un núcleo que arrastraba poco a poco todas sus ideas y sus emociones, como el núcleo del huracán arrastra los vientos y los pone a girar en torno suyo. Y era así, según lo entendía Hans, porque a menudo -con mayor frecuencia a medida que aumentaba el número de tragos que ingería- ella le sujetaba un brazo y mirándole con angustia, y hasta con cierta expresión de terror en los ojos, preguntaba:

—¿Es verdad que nos perderemos en la muerte, Hans; que nos perderemos en la nada?

El hecho de que él respondiera negativamente no parecía ha­cerle efecto; volvía al tema con obstinación creciente.

—Yo tengo un lindo recuerdo, un solo recuerdo bonito en mi vida, Hans, pero va a perderse, va a desaparecer cuando me muera. ¡Mi recuerdo va a morir, Hans, va a volverse nada también!

El comenzaba a sentirse cansado. El terrible calor del Caribe había sido durante todo el día más fuerte que nunca; refrescó algo durante la noche, cuando estaban allá arriba, en el otro botiquín, pero ahora parecía haber vuelto y en verdad le abrumaba. La idea de ese recuerdo muriendo, desapareciendo en la nada; iba por mo­mentos convirtiéndose, en la cabeza de la muchacha, en una espe­cie de cantinela de borracho, lo cual desagradaba a Hans. Las caras de aquellos hombres que tenían ojos tan lascivos, y sus risotadas y su palabrotas, le causaban disgustos, como le disgustaba la torva faz de la gruesa dueña.

—¡Vámonos! —dijo angustiado.

La muchacha no le contradijo. Le miró con humildad, más propiamente, con amorosa humildad. El se había puesto en pie y ella se paró también. Era alta, de piel juvenil, bonita, de linda boca, de nariz fina, de ojos oscuros, de brillante pelo corto y negro. Sin embargo, en tal momento parecía muy desamparada y Hans estaba seguro de que inesperadamente se pondría a llorar. Salieron. Hasta la puerta se asomaron dos de aquellos hombres para verlos, y cuando doblaron la esquina Hans volvió el rostro; la gorda mestiza les seguía con los ojos. Las míseras callejas se veían solitarias. Uno que otro perro ladraba, tal vez al paso de ellos, y a la luz de un farol había una pareja de policías. Caminaban en silencio. Y de pronto sucedió lo que él temía: ella se agarró a su hombro de­recho y comenzó a sollozar. Sufría con toda el alma, de eso no cabía duda; su cuerpo entero se conmovía a los sollozos.

—¡Hans, mi único recuerdo bonito va a perderse! —dijo.

El segundo oficial del “Trodheim” había aprendido que en el Caribe hay dos maneras de ejercer la autoridad; una muy am­plia, cuando se vive democráticamente, y otra muy exigente, cuan­do se vive bajo dictaduras. Pensaba que si aquellos dos policías les veían y creían que ellos estaban besándose o acariciándose en plena vía, en las calles de La Guaira, considerarían que estaban burlándose de su autoridad y nadie sabía lo que podría ocurrir. Por eso se impa­cientó:

—Eso es tonto —dijo—; es tonto estar llorando por un recuerdo que no ha desaparecido aún. Creo que esto debe acabarse ya. Vamos.

Entonces ella levantó la cabeza y dejó de llorar. Todavía le co­rrían lágrimas por las mejillas, pero no lloraba ya; al contrario, la ira y el asombro, o si se prefiere, el disgusto y la sorpresa se mezclaban, en su expresión.

—¡Vete tú! —dijo. Y se plantó en la calle.

La noche comenzaba a desvanecerse. Sin duda era bastante más tarde de las cuatro y Hans sabía que a las cinco sería día claro ya. De la luna sólo quedaba un resplandor; las estrellas perdían brillo y su vívido color amarillo iba cediendo con bastante rapidez. Hans Sand­hurst debía llegar a su barco. Por lo demás, esa muchacha se había embriagado. Así que aceptó su orden y rompió a andar. Caminó cincuenta pasos, tal vez sesenta, y de pronto sintió que ella corría tras él, que se le acercaba en carrera desenfrenada, llamándole casi a gritos:

—¡Hans, Hans, Hans!

Él se detuvo. Se oían con toda limpieza los pasos de la joven en el pavimento, y resonaban en la bóveda silenciosa de la noche. Al llegar donde él se hallaba se tiró a su pecho, otra vez llorando, sacudida por el llanto. En ese momento él pensó preguntarle dónde vivía para llevarla a dormir, o decirle que lo dejara tranquilo porque él se encaminaba a su barco. Pero no hizo ninguna de esas dos cosas: lo que hizo fue pasarle la mano por la cabeza, alisándole su corto pelo negro, y dejarla desahogarse en lágrimas. Así pasaron tal vez diez minutos, al cabo de los cuales ella dijo:

—Hans, el hombre tenía razón; él era el que tenía razón.

Maquinalmente echaron ambos a andar; lo hacían despaciosa­mente y en silencio. Ya empezaba a notarse el próximo nacimiento del día, a pesar de lo cual las callejas surgían solitarias. Iban hacia los muelles. Se oía el mar, retumbando en su ir y venir, como una lejana artillería en acción. Y de pronto, al paso de la pareja se le­vantó una corta bandada de palomas que picoteaban en la calle. Eran seis, tal vez siete, quizá ocho. Ambos alzaron los ojos para verlas. Y una de las palomas, totalmente blanca como un ave de már­mol, dejó seguir a la bandada y se posó en el alambre del alumbrado. Fue una desdichada casualidad que acertara a poner sus rojas patitas en un alambre pelado. Pero ocurrió, y de golpe, igual que abatida por un rayo, la linda ave aleteó, como si no hubiera podido despren­derse, y cayó pesadamente a tierra.

Fue un pequeño pero extraño suceso. El cielo tenía ese tinte verde amarillo de los amaneceres en el trópico, y las casas, los postes de luz, todo lo que sobresalía se veía recortado contra él. Así también se vio la paloma cuando estuvo en el alambre. Pero abajo, al caer, era posible distinguirla en detalle, con sus párpados grises, su pico de coral, sus blancas plumas tan limpias. En el paroxismo de la muerte tembló durante unos segundos. La muchacha había corri­do y la había levantado. Expiró en sus manos. De rodillas, con la paloma en las palmas, como quien ofrenda a un Dios colérico, ella estaba frente a Hans y su rostro expresaba el enorme terror de quien está frente a un verdugo.

—¡Hans, Hans, aquí está; mírala, Hans, muerta, muerta como me moriré yo, muerta como decía el hombre!

Así dijo la muchacha; y en tal momento lloraba. Hans iba a co­gerla de un brazo y a decirle que caminara, que eso no tenía impor­tancia. Pero en tal momento ella volvió los ojos hacia el mar. La calle iba en descenso, bordeada de aceras desiguales, y al final, ya dando al mar, se veía un perro que hurgaba en un latón de basura. Todo eso lo vio Hans antes de que ella actuara. Y de pronto la mu­chacha se incorporó, miró con ojos de loca, con ojos de un miedo cerval, irresistible, al hombre que estaba allí, frente a ella; y sin soltar la paloma, con evidente frenesí, se echó a correr en dirección al mar. A la naciente claridad del día se veía el color naranja de su traje batido por la brisa del amanecer. El segundo oficial del “Trodheim” pensó: “Se va a su casa”. De ahí el asombro con que vio a la mucha­cha seguir en línea recta por el muelle y saltar. Cuando él llegó, algu­nos hombres y un policía daban carreras y voces, y era inútil ya tra­tar de lanzarse tras ella. Una sola vez vieron algo de la suicida: sus dos manos al pie de una ola. Todavía sujetaba en ellas la paloma muerta.

Hans Sandhurst se quedó allí, oyendo comentar atolondrado. Mucho después que salió el sol se encaminó a un bar y pidió cerveza. No tenía hambre ni sueño ni sed, pero debió tomarse seis cervezas. Tardó tiempo en pensar que el asunto podía tener complicaciones, pues en dos lugares la muchacha había sido vista con él. Por eso cuando llegó al “Trodheim”, casi a las nueve de la mañana, llamó al primer oficial y habló largamente con él. El primer oficial no le interrumpió ni una sola vez; oyó todo el relato y al final dijo:­

—Será mejor que veamos al capitán, Sandhurst.

El capitán usaba lentes y su rostro aguzado, pálido, no dio señal de emoción alguna mientras oía la historia. Sólo cuando su segundo oficial terminó de hablar hizo un comentario, que en su len­gua nativa sonó extrañamente a los oídos de Sandhurst. Dijo:

—No veo razón para preocuparse, Sandhurst. Y en cuanto al móvil del suicidio entiendo que no fueron las palabras de aquel hom­bre lo que la trastornaron. Seguramente había otros motivos que us­ted desconoce. Para su buen gobierno debo decirle que las gentes de estos pueblos mestizos no tienen tan alta sensibilidad ante las ideas como nosotros. Vaya a hacerse cargo de su trabajo.

Sí; eso fue lo que dijo, y para Hans Sandhurst no podían ser más estúpidas esas palabras. Por eso cuando se fue a su camarote buscó entre sus papeles la tarjeta del capitán italiano y se puso a escribirle. No tenía nada de improbable que el destinatario de la carta se asombrara cuando leyera la frase final. Decía así: “Si en verdad hay camarones y usted desea participar en el negocio, hágamelo sa­ber. Es preferible vivir en estos países, donde todavía hay gente capaz de vivir la vida hasta la muerte, aunque sean mestizas”.

Cuando salió a cubierta los lingadores hablaban a gritos del su­ceso. Uno preguntaba:

—¿Y quién era?

Otro respondía:

—No se sabe; dicen que era de Caracas.

Pero para Hans Sandhurst ella sería siempre “la muchacha de La Guaira”.

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. El funeral

Cuando empezaron a caer las lluvias de mayo el agua fue tanta que se posó en los potreros formando lagunatos. Despeñándose por los flancos de la loma, chorros impetuosos arrastraban piedras y levantaban un estrépito que asustaba a las vacas. Las infelices mugían y se acercaban a las puertas del potrero, con las cabezas altas, como rogando que las sacaran de ese sitio. Los entendidos en ganado, que oían a las reses bramar, decían que pronto se les resblandecerían las pezuñas. Aconsejado por ellos, don Braulio dispuso que llevaran las vacas hacia las cercanías de la casa, pero se negó resueltamente a que Joquito bajara con ellas.

Joquito, pues, se quedó solo en el potrero. Estuvo inquieto toda la tarde y pasó la noche bajo un memizo, bramando de cuando en cuando. Bramó también unas cuantas veces al día siguiente; sin embargo no desesperó hasta el atardecer; a la hora de las dos luces, sin duda convencido de que sus compañeras no regresarían, lanzó bramidos tan dolorosos que hicieron ladrar de miedo a todos los perros de la comarca. Al iniciarse la noche se oyó el toro hacia el fundo del potrero, pegado a las lomas; más tarde, cerca del camino real, lo que indicaba que corría el campo sin cesar y de seguir así no tardaría en saltar sobre la alambrada. Poco antes del amanecer don Braulio oyó a los perros que ladraban en forma agitada muy cerca de la casa; a poco oyó un bramido corto y el sordo trote de la bestia, que sin duda correteaba alegremente por el camino real.

Suelto en aquel lugarejo, donde no había más reses que las ventanitas de don Braulio, un toro como Joquito era una amenaza para todo el vecindario, de manera que había que encerrarlo en el potrero cuanto antes, y para eso salió don Braulio con sus peones y unos cuantos perros.

Don Braulio montaba su potro bayo, verdadera joya entre caballos, y encabezaba el grupo. Llevaban media hora de marcha y los hombres iban charlando alegremente; de pronto una mujer gritó que el toro venia sobre ellos, noticia que produjo alguna confusión. Como en un frenesí, los perros comenzaron a ladrar y a correr hacia el frente, como si hubieran olido a Joquito. Con efecto, Joquito no tardó en dejarse ver. Avanzaba en una carrera de paso parejo, ladeándose con gracia juvenil, y hacía retumbar la tierra bajo sus patas. Al tropezar con los perros se detuvo un momento y miró en semicírculo. Estudiaba la situación, que no le era favorable porque no había salida sino hacia atrás. Joquito no parecía dispuesto a volver por donde había llegado. De súbito pateó la tierra, bajó la testuz y lanzó un bramido retumbante, que hizo huir a los perros. Los hombres se habían quedado inmóviles.

Pero don Braulio era un viejo duro, y diciendo algunas palabras bastantes puercas se adelantó hacia el animal. Joquito no dudó un segundo: con la cabeza baja, arremetió con todo su peso. Los peones vieron esa mole rojiza, de brillante pelamen, cuya nariz iba rozando el suelo, arremeter ciegamente con la cola erecta. Don Braulio ladeó su bayo y eludió el encuentro. Joquito se detuvo en seco. Como los peones gritaban y le tiraban sogas al tiempo que los perros lo atormentaban con sus ladridos, el toro se llenaba de ira y rascaba la tierra con sus patas delanteras. La cola parecía saltarle de un lado a otro, fueteándole las ancas.

Don Braulio volvió a pasar frente al animal, y éste, fuera de sí, se lanzó con tanta fuerza sobre la sombra del caballo que fue a dar contra la palizada del conuco de Nando, y del golpe echó abajo un lienzo de tablas. Al ver ante sí un hueco abierto, Joquito pareció llenarse de una diabólica alegría; se metió en el conuco y en menos de un minuto tumbó dos troncos jóvenes de plátano, destrozó la yuca y malogró un paño de maíz tierno. Nando se lamentaba a gritos y don Braulio pensaba cuanto iba a costarle esa tropelía de su toro.

Dos veces más se repitió el caso, en el término de media hora: una en el arrozal del viejo Morillo, más allá del arroyo, donde Joquito batió la tierra y confundió las espigas con el lodo; otra en el bohío de Anastasio, en cuyo jardín entró, haciendo llorar de miedo a los niños y asustando a las mujeres. Don Braulio pensó que tendría que matar al toro, y era un milagro que a medio día Joquito siguiera vivo.

A las dos de la tarde, sudados, molidos, los peones pedían reposo para comer. Habían recorrido a paso largo todo el sitio, desde la Cortadera hasta el Jagüey, desde la loma hasta el fundo de Morillo. Algunos vecinos se habían unido a la persecución y los perros acezaban, cansados. Plantado en su caballo, don Braulio se sentía humillado. En eso, de un bohío cercano alguien gritó que Joquito llegaba.

-¡Ahora veremos si somos hombres o qué! -gritó don Braulio.

Apareció el toro, pero no con espíritu agresivo; ramoneaba tranquilamente a lo largo del camino, moviéndose con la mayor naturalidad. Por lo visto Joquito no quería luchar; sólo pedía libertad para correr a su gusto y para comer lo que le pareciera.

Pero los perros estaban de caza, y en viendo al toro comenzaron a ladrar de nuevo. Con graves ojos, Joquito se volvió a ellos, y en señal de que los menospreciaba, tornó a ramonear. Los perros se envalentonaron, y uno de ellos llevó su atrevimiento hasta morderle una pata. Joquito giró violentamente y en rápida embestida atacó a sus perseguidores. El animal había perdido otra vez la cabeza.

Pero también don Braulio había perdido la suya. El cansancio, la idea de todos los daños que tendría que pagar, la vergüenza de haber fracasado, y quizá hasta el hambre, le encolerizaron a tal punto que espoleó al bayo sin tomar precauciones. Así, el choque fue inevitable. El golpe paralizó a la peonada, que durante unos segundos interminables vio cómo Joquito mantenía en el aire al bayo, mientras don Braulio hacía esfuerzos por sujetarse al pescuezo de su caballo. De súbito el caballo salió disparado y cayó sobre las espinosas mayas que orillaban el camino, y de su vientre salió un chorro de sangre que parecía negra. Desde el suelo, adonde había sido lanzado, don Braulio sacó su revólver y disparó.

Entre los gritos de los peones resonaron cinco disparos. Joquito caminó, con pasos cada vez más tardos; después dobló las rodillas, pegó el pescuezo en tierra y pareció ver con indecible tristeza su propia sangre, que le salía por la nariz y se confundía con el lodo del camino.

Hasta los perros callaron, por lo menos durante un rato. Algunos peones corrieron para ayudar a don Braulio a ponerse de pie. Debió sufrir golpes, porque se sujetaba las caderas y tenía la cara descompuesta. Cuando lo conducían hacia la casa, dijo:

-Desuéllenlo ahí mismo.

Extrayendo los cuchillos de las cinturas, varios hombres se lanzaron sobre Joquito, y una hora más tarde la carne del toro, partida en grandes piezas, era llevada a la cocina de don Braulio. Ahí pareció terminar todo.

Tornó a lloviznar, y el agua borró el último rastro de la sangre de Joquito. Los perros se hartaron con los pedazos inservibles de la víctima, y cuando se acercaban las cuatro de la tarde nada parecía haber sucedido y nada indicaba que Joquito había sido muerto y descuartizado en el camino real.

Pero de pronto resonó en la vuelta del camino un bramido lleno de tristeza y de ira a la vez. En alocada carrera, los niños llenaron los vanos de las puertas, porque les pareció que el propio Joquito bramaba desde más allá de la vida. Pero no era Joquito. Un toro negro, nunca visto en el lugar, apareció por el recodo, caminó con el pescuezo alargado, venteó, abriendo los hoyos de la nariz, y tornó a bramar como antes. Por los lados de la loma respondió otro bramido, y el toro volvió hacia allá sus desolados ojos. Parecía esperar algo; después caminó más, pegó el hocico en tierra, olió el lodo y revolvió el fango con patas pesadas. Allí, olfateando, buscando, estuvo un momento; al cabo alzó otra vez la cabeza, y con un grito angustioso, impresionante, cargó de pesadumbre los cuatro vientos.

Los niños de la casa no se atrevían a moverse; apenas respiraban. De pronto vieron aparecer una vaca gris. Igual que el toro, era desconocida en el lugar e igual que él se acercó, olió y lanzó un doliente quejido. Juntas ya, las dos reses empezaron a patear. Daban vueltas y vueltas y vueltas, como ciegas, como forzadas, y tornaban a quejarse. Inesperadamente reventó cerca otro potente bramido, y de algún lugar no lejano salió otro. Entonces se arrimó a la puerta un viejo campesino y se puso a observar los matorrales.

-Horita ta esto cundío de toros -dijo.

Seguía cayendo fina y susurrante la llovizna. Una vaca pasó al trote y fue a juntarse con el toro y la vaca que daban vueltas en el lugar donde había caído Joquito. También ella gritó, oliendo el lodo. Y de pronto llegaron por caminos insospechados seis o siete reses más, que hicieron lo mismo que las otras tres. Juntando los cuernos parecían hacerse preguntas sobre lo que había ocurrido allí, y a poco empezaron todas a bramar a un tiempo, a agitarse, a cruzar los pescuezos entre sí, a mover las colas con apenada lentitud.

En el aposento de don Braulio, donde las mujeres colocaban cataplasmas en las caderas del amo, resonaban los angustiosos gemidos de las bestias. La gente se asomaba a la puerta a ver qué sucedía. ¿De dónde salían tantas reses? Ya había más de docena y media, y la lluvia, que engrosaba a medida que la tarde caía, no detenía la marcha de otras que se veían llegar a lo largo de los callejones. Aquel lugar no era sitio de ganadería, y con la excepción de las reses de don Braulio, no había vacas ni toros. ¿De dónde salían las que llegaban, pues?

El viejo campesino explicó que cuanta res oyera aquellos bramidos iría al sitio, aunque tuviera que caminar horas y horas. Era el velorio de un hermano, y ninguna faltaría a la cita.

-Son asina esos animales -dijo.

En efecto, así eran. Media hora después, vacas, novillas, bueyes, toretes y becerros se amontonaban en el sitio donde cayó Joquito. Olían la tierra, gemían y se restregaban los unos a los otros. Hollaban el lodo con sus pezuñas y parecían preguntar llenos de dolor, a los montes, a los cielos y al camino qué habían hecho de su hermano, de su vigoroso y bravo compañero. Los bramidos de los toros, los quejidos de las vacas, los balidos de los pequeños se confundían en una imponente música funeral, y resonaban bajo ella los roncos gemidos de los bueyes viejos. Asustados por aquel concierto lúgubre, los caballos de la vecindad erizaban las orejas y se quedaban temblando, y los perros buscaban abrigo en los rincones de los bohíos.

Mientras crecía sin cesar, el grupo seguía mugiendo y cada vez se enardecía y se desesperaba más. Se hacían más roncos sus gritos de dolor. Desde las vueltas distantes de los callejones seguían saliendo compañeros, que nadie sabia para donde iban, y que debían recorrer grandes distancias para llegar a la cita. Atravesando arroyos, toros enormes que sin duda habían roto las alambradas de sus potreros, llegaban para llorar por aquel que no habían conocido. Con su pesado andar, desde las lomas descendían viejos y graves bueyes cargadores de pinos; finas novillas hendían las yerbas de los pastos y se dirigían al lugar de la tragedia.

Había pasado ya más de una hora desde que llegó el toro negro, primero en comenzar el funeral de Joquito. Eran, pues, más de las cinco y el día lluvioso iba a ser corto. Cansados de llorar, los toros empezaron a remover la tierra con sombría desesperación; la removían y la olían, como reclamando la sangre de Joquito que ella se había bebido. Iban y venían de una a otra orilla del camino, atropellándose con majestuosa lentitud, y parecían preguntar a la noche, que ya se insinuaba, dónde estaba su hermano, por qué le habían asesinado, qué justicia tan bárbara era la de los hombres.

Pareció que la noche iba a hacerse de golpe, por un corte súbito de la escasa luz que todavía quedaba sobre el mundo. Inesperadamente, antes de que se produjera tal golpe, los animales, como si un maestro invisible los hubiera dirigido, rompieron en un impresionante crescendo final, y el imponente lloro ascendió a los cielos y flotó allá arriba, en forma de nube sonora que oprimía los corazones. El crescendo se mantuvo un rato; después fue debilitándose; un minuto más tarde comenzaba a dispersarse todo aquel concierto acongojador, y al cabo de otro minuto más sólo se oía en la distancia el bramido de algún toro que abandonaba el lugar. Los quejidos fueron oyéndose cada vez más y más distantes; cada vez parecía ser menor el número de los que gritaban, y al fin, cuando la oscuridad empezaba a adensarse, se oía uno que otro bramido perdido, más lejano a medida que transcurrían los segundos y a medida que la noche crecía.

El viejo campesino pensó que muchos de los bueyes que llegaron allí andarían toda esa noche sin descanso, y tendrían que trepar lomas, echando a rodar las piedras; que muchas vacas y novillas cruzarían arroyos y lodazales en busca de sus querencias; que algunas de esas reses se estropearían con las raíces y los tocones, otras se cortarían con las púas de los alambres, y quién sabía a cuántas les caerían gusanos en las heridas que recibirían esa noche.

Pero no importaba lo que pudieran sufrir. Habían cumplido su deber; habían ido al funeral de Joquito. Lo dijo así él.

-¿Sin conocerlo? -preguntaron los niños.

-Unjú, sin conocerlo. Las reses son asina.

Y el viejo campesino pensó con satisfacción en la ventaja de ser hombre. Porque ni él, ni sus amigos, ni nadie en fin perdía su sueño a causa de que en un camino real cayera muerto un señor desconocido.

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. La desgracia

El viejo Nicasio no acababa de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco.

Con aspecto de hambrientas, las pocas gallinas del viejo se metían al bohío, persiguiendo cucarachas, o irrumpían en la cocina, aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. Revoloteando y nerviosas, las gallinas se lanzaban a sus pies.

Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días; después asomó su rostro de cuatro líneas y el paño negro sobre la cabeza. Nicasio se fue acercando a la palizada.

-¿No le jalla algo raro al día? -preguntó la mujer.

Nicasio tardó en responder. Fumaba, mascaba un grano de maíz, y seguía atendiendo a las gallinas, todo a un tiempo.

-Ello sí, Magina. Pa mí como que se va a poner un tiempo de agua.

-Unq unq -negó ella-. Yo hablo de otra cosa. Me da el corazón que algo malo va a pasar. Anoche sentí un perro llorando.

Nicasio espantó las gallinas, que saltaban sobre su mano. Tornó a ver el cielo. El camino del Tireo, rojo como la huella de un golpe, flaqueaba los cerros y se perdía en la distancia; encima se veían nubes cargadas.

-Vea Magina –dijo Nicasio al rato-, no ande creyendo zanganá. Lo por que pué pasar es que llueva.

La mujer no entendía bien a Nicasio. Cuando se quedan solos, los viejos se ponen raros y caprichosos.

-¿Que llueva? -preguntó ella intrigada.

-Sí, que llueva, porque el frijol no se pue secar y se malogra la cosechita. Tengo mucho bejuco cortao.

Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre, y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que no los dañara la lluvia; pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención. Estaba empezando el sol a subir; sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes, y Nicasio observaba hacia allá. Magina lo veía con placer. Había algo simpático y viril en aquel hombre, acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. Años antes, cuando vivía la mujer de Nicasio, ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino; pero él nunca le dijo nada, tal vez porque la difunta andaba muy enferma… Ya no podía ser. Había pasado el tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco… Alzó la voz:

-Lleve el bejuco al bohío de su hija

Él se volvió repentinamente a la mujer.

-¿Cómo voy a trepar esa loma cargao, Magina?

Eso dijo; pero en realidad no era por la loma por lo que no llevaba el bejuco a casa de Inés. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia. Le agradaba ver a los nietos; pero no se hallaba bien en casa ajena.

-Ahora le traigo café -oyó decir a Magina.

Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes, esperó un rato. Llegó la mujer con el café; se lo tomó en dos sorbos; después dijo adiós, y de paso por el bohío tomó el machete y un macuto. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido, y pensó que el viejo estaba fuerte todavía, a pesar de su pelo cano y de sus dientes gastados y negros. Cuando Nicasio desapareció entre los matorrales frente al pinar, Magina volvió a su cocina. "Ojalá y no llueva", pensó con cierta ternura. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino.

Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del Portezuelo. Se dijo que ese sol tan picante era de agua, y lamentó haber salido. Pero era tarde para volver atrás. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. Comenzó a trabajar inmediatamente, porque sabía que iba a llover; podía apostar pesos contra piedras a que llovería, y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua.

No lo logró, sin embargo. Cayeron unas gotas pesadas, gruesas, a seguidas se desató un chaparrón. Nicasio recogió los bejucos que tenia cortados, los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos; pero no había tiempo. El chaparrón degeneró en aguacero violento, que azotaba árboles y tierra. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. Vio el agua descender en avenidas, rojiza y más abundante cada vez. En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia, y no era posible ver a cinco pasos.

-Tendré que dirme pa onde Inés -dijo Nicasio en voz alta.

Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. Se desató el viento; comenzó a oscurecer, como si atardeciera. En un momento el conuco parecía un río.

Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. Trepar la loma era difícil. Resbalaba, afincaba el machete en tierra, se agarraba a los arbustos. Inés vivía arriba, totalmente arriba. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. En tiempos de agua, sólo así, para buscar abrigo, podía nadie ir a casa de Manuel.

Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. La puerta que daba al camino estaba cerrada. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro. Nicasio se fue corriendo bajo el alero, pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor, y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces, palabras dichas en tono bajo. La puerta de la cocina sí estaba abierta, y el viejo saludó antes de entrar. Junto al fogón se hallaba el nieto, que le pidió la bendición de rodillas. Nicasio le miró. Era triste el niño. Tendría seis años. Se le veía el vientre crecido, el color casi traslúcido, los ojos dolientes.

-Dios lo bendiga -dijo el abuelo.

Detrás del fogón estaba la niña. Era más pequeña, y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. Nicasio sonrió al verla.

-¿Y tu mama? ¿Y Manuel? -preguntó.

-Taita no ta -dijo el niño.

A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta de niño porque había oído voz de hombre en el aposento.

-¿Que no? -preguntó.

El nieto le miró con mayor tristeza. Siempre que hablaba parecía que iba a llorar.

-No. El salió pa La Vega dende ayer.

Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío, como si pretendiera ver a través de las tablas del seto.

-¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mamá?

Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. Deseaba que dijera que no. Le ardía el pecho, le temblaban las manos; los ojos quemaban. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. Afuera caía la lluvia a chorros. Con un dedito en la boca, la niña miraba atentamente al abuelo.

-Mama sí ta -dijo la niña con voz fina y alegre.

-Ella ta mala y Ezequiel vino a curarla –explicó Liquito.

La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. Llevaba todavía el machete en la mano, y con él cruzó el patio lleno de agua. El perro gruñó al ver al viejo. Con andar ligero, Nicasio entró en el bohío, caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo del machete. Oyó pasos adentro.

-¡Abran! –ordenó.

Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana.

-¡Que no se vaya ese sinvergüenza! -gritó el viejo.

Un impulso irresistible le impedía esperar. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. Ezequiel, pálido, aturdido, pretendía saltar por la ventana, pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. El viejo sentía la ira arderle en la cabeza, y precisamente por eso no quería precipitarse. Miró a su hija; miró al hombre. Los dos estaban demacrados, con los labios exangües; los dos miraban hacia abajo. Nicasio se dirigió a Inés, y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes.

-¡Perra! -dijo-. ¡En el catre de tu marío, perra!

Ezequiel -un garabato en vez de un hombre- se fue corriendo pegado a la pared, hasta que llegó a la puerta; de pronto la cruzó y salió a saltos. Nicasio no se movió. Daba asco ese desgraciado, y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. Inés empezó a llorar.

-¡No llore, sinvergüenza! –gritó el viejo-. ¡Si la veo llorar, la mato!

La veía y veía a la difunta. Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. Sacudió el machete, casi al borde de usarlo. La hija se recogió hacia un rincón, con los ojos llenos de pavor.

-¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra vé. No vuelva a ponerse ante mi vista. ¡Váyase! –decía Nicasio.

Pegada a la pared, ella iba moviéndose lentamente, en dirección a la puerta. Miraba siempre al padre; le miraba con expresión de miedo. ¡Y era bonita la condenada, con su piel amarilla y su cabello castaño!

Como Nicasio avanzaba sobre ella, Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. Pero el padre le conoció la intención.

-¡Por esa puerta no! -dijo.

Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. Era indigna de verlos después de lo que había hecho.

Inés comenzó a temblar y a llorar.

-Taita. . . Perdón, taita -musitaba.

El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino; con la punta del machete levantó la aldaba y al mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta, la empujó y la maldijo.

-¡Que ni en la muerte tenga reposo tu alma! -gritó.

Vio a su hija lanzarse al agua, que corría arrastrando lodo, y a la lluvia que caía a torrentes, y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar, tal vez a dormir. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho, aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Pero se rehizo pronto, cruzó el bohío y salió hacia la cocina.

-¡Liquito! -llamó-. Busque el burro y póngase pantalón, que se van pa casa conmigo Inesita y usté.

Salieron bajo la lluvia. Nicasio iba detrás, arreando el asno y esforzándose en no pensar. Silenciosos, los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje.

Fue al otro día por la mañana, al decir Magina que a pesar de sus prevenciones nada malo había ocurrido, cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia.

-Sí pasó –explicó mientras echaba maíz a las gallinas-. Se murió Inés ayer.

-¿Cómo? -preguntó Magina llena de asombro-. ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel?

-Los muchachos vinieron conmigo anoche. Manuel ta pal pueblo en el entierro.

La vieja parecía aturdida. Se cogía la cabeza con ambas manos.

-¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto qué desgracia?

Entonces Nicasio levantó la cara.

-Vea Magina -dijo mientras miraba fijamente a la vieja-. Morirse no es desgracia. Hay cosas peores que morirse.

Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas, aquellas malditas nubes por las cuales había él llegado a la casa de Inés.

-¿Peor que morirse? -preguntó Magina-. Que yo sepa, ninguna.

-Sí -respondió lentamente Nicasio-. Saber es peor.

Magina no entendió. Nicasio la miró un instante, con extraños ojos de loco, y ella pensó que los viejos, cuando se quedan solos en el mundo, se vuelven raros y difíciles de comprender.

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. El indio Manuel Sicuri

Manuel Sicuri, indio aimará, era de corazón ingenuo como un niño; y de no haber sido así no se habrían dado los hechos que le llevaran a la cárcel en La Paz. Pero además Manuel Sicuri podía seguir las huellas de un hombre hasta en las pétreas vertientes de los Andes y esa noche hubo luna llena, cosas ambas que contribuyeron al desarrollo de esos hechos. El factor más importante, desde luego, fue que el cholo Jacinto Muñiz tuviera que huir del Perú y entrara en Bolivia por el Desaguadero, lo cual le llevó a irse corriendo, como un animal asustado, por el confín del altiplano, obsedido por la visión de un paisaje que le daba la impresión de no avanzar jamás. El cholo Jacinto Muñiz fue perseguido de manera implacable, primero en el Perú, desde más allá del Cuzco, y después por los carabineros de Bolivia que recibían de tarde en tarde noticias de su paso por las desoladas aldeas de la puna. Jacinto Muñiz no podía liberarse de esa persecución, pues había robado las joyas de una iglesia, y eso no se lo perdonarían ni en el Perú ni en Bolivia; y para fatalidad suya era fácil de identificar porque tenía una cicatriz en la frente, desde el pelo hasta el ojo derecho. Cuando llegó a la choza del indio Manuel Sicuri el cholo Jacinto Muñiz contó que ésa era la huella de una caída, lo cual desde luego era mentira.

Manuel Sicuri cuidaba de un rebaño de ovejas y de nueve llamas; las ovejas llevaban prendidas en la lana, a medio lomo, cintas de color azul, lo que servía para identificarlas como de su propiedad. Esa medida sobraba, porque no era fácil que en aquella zona sus ovejas se mezclaran con otras, ya que no había más en millas a la redonda; pero era la costumbre de los aimarás del altiplano y Manuel Sicuri seguía la costumbre. De seguir la costumbre en todo su rigor, sin embargo, quien debía cuidar de los animales era María Sisa, la mujer de Manuel, y además debía sembrar la papa y la quinua y la cañahua -los cereales de la puna-, pues el hombre debía irse a trabajar a La Paz o tal vez a las minas. Pero resultaba que no sucedía así porque Manuel era huérfano de padre y madre y tenía tres hermanitos -dos de ellos hembras- y él quería a esos niños con toda la fuerza de su alma. Además María estaba embarazada. Propiamente, María tenia siete meses de embarazo.

A medida que se extiende hacia el sudoeste, en dirección a las altas cumbres de la Cordillera Occidental, el altiplano va haciéndose menos fértil. Es una vasta extensión llana como una mesa. El aire transparente y frío es limpio y seco, sin gota de humedad. Cada vez más, son escasas las viviendas, y cada vez más va acentuándose en la tierra el cambio de color; pues hacia el norte es gris y en ocasiones amarilla y verde, mientras que hacia el sur va tornándose pardusca. El grandioso paisaje es de una impresionante hermosura y de aplanadora soledad. Cuando comienzan las primeras estribaciones de la Cordillera hacia el sudoeste -que son sucedidas más tarde por otras eminencias peladas de nevadas cumbres, y después por otras y otras más- comienzan también las enormes arrugas en el lomo de la montaña, sin duda los canales por donde en épocas lejanas corrieron aguas despeñadas.

Pero eso es ya cayendo hacia el lado de Chile; y Manuel Sicuri tenia su choza en tierras de Bolivia. El indio podía tender la vista en redondo y durante leguas y leguas no veía vivienda alguna. Su casa estaba hecha de tierra, y su propia madre había ayudado a levantarla. No había ventana para que no entrara el viento helado de la Cordillera, y sólo tenia una puerta que daba al este. De noche se quemaba la boñiga de las llamas y hasta de las ovejas, que Manuel iba recogiendo sistemáticamente día tras día; y su fuego era la única luz y el único calor de la vivienda. No había habitación alguna, sino que todo el cuadro encerrado en las paredes de la choza era usado en común. Los tres niños y el indio Manuel Sicuri y su mujer embarazada dormían juntos, sobre pieles de oveja, en el piso de tierra. En un rincón había un viejo arcón en que se guardaban ropas que habían sido del padre y de la madre de Manuel, cortos calzones de lana y faldas y chales de colores, los zarcillos de oro de María y los trajes de boda de la pareja, alguna loza de desconocido origen y un pequeño sombrerito negro de fieltro que usó María en la peregrinación a Copacabana, a orillas del Titicaca. Encima del arcón se amontonaban las pieles de las ovejas que habían muerto o habían sido sacrificadas el último año. El arcón quedaba en el rincón más lejano de la izquierda, según se entraba; en el primero del mismo lado estaba amontonado el chuño, y entre el chuño y el arcón, la lana, la lana que pacientemente iba hilando María Sisa, la mayor parte de las veces mientras se hallaba sentada a la puerta de la choza. Junto a la lana dormían los perros, dos perros flacos, con los costillares a flor de piel, que no tenían función alguna y se pasaban los días recostados o caminando sin rumbo fijo por el altiplano, a veces corriendo tras las ovejas. En el primer rincón de la derecha, con el hierro contra el piso, estaba el hacha.

Esa hacha, en realidad, no tenía uso ni nadie en la familia sabía por qué estaba allí. Tal vez el padre de Manuel Sicuri, que vivió hacia el norte, había sido leñador, aunque no era posible saber dónde ya que en la zona no había bosques; tal vez se la vendió, a cambio de una o dos parejas de llamas, algún cholo que pasó por la región. Pero el hacha era reverentemente guardada porque cierta vez, estando Manuel recién nacido, hubo un invierno muy crudo y los pumas bajaron de la Cordillera en pos de ovejas; y en esa ocasión el hacha fue útil, pues con ella mató el padre a un puma que llegó hasta la puerta misma de su choza. Eso había sucedido, desde luego, más hacia el nordeste; una vez muerto el padre, al mudarse hacia el sur, Manuel Sicuri se llevó el hacha. A menudo Manuel jugaba con ella. Ocurría que en las tardes de buen tiempo él les contaba a los yokallas y a María cómo había sido el combate entre la fiera y su tata; entonces él mismo hacía el papel de puma, y se acercaba rugiendo, en cuatro pies, dando brincos, hasta la misma puerta. Los niños reían alegremente, y Manuel también. De pronto él salía corriendo, cogía el hacha y hacía el papel de su padre; se plantaba en la puerta, daba gritos de cólera, blandía el arma y la dejaba caer sobre el cráneo del animal; a esa altura, Manuel volvía a hacer el papel del puma, y caía de lado, rugiendo de impotencia, agitando las manos y simulando que eran garras. Cuando el puma estaba ya muerto, tornaba Manuel a ser el padre, sin perjuicio de que hiciera también de oveja y balara y corriera dando los saltos de los corderos, imitando el miedo de los tímidos animales. Toda la familia reía a carcajadas, y Manuel reía más que todos. En realidad, Manuel reía siempre y a toda hora estaba dispuesto a jugar como un niño.

Uno de esos atardeceres, cuando la luz de julio en el altiplano era limpia y el aire cortante, los perros comenzaron a ladrar. Ladraban insistentemente, pero no a la manera en que lo hacían cuando corrían tras una oveja o cuando -lo que pasaba muy pocas veces- algún cóndor volaba sobre el lugar dejando su sombra en la tierra, sino que sus ladridos eran a la vez de sorpresa y de cólera. Entonces Manuel fue a ver lo que pasaba. Dio la vuelta a la casa y al corral, que quedaba al oeste de la vivienda y era también de tierra. Allá, a la distancia, hacia la caída del sol, se veía avanzar un hombre.

Ese hombre era el cholo Jacinto Muñiz. Cuando se acercaba, una hora después, casi al comenzar la noche, Manuel, la mujer y los pequeños se reunieron tras el corral. Por primera vez en mucho tiempo aparecía por allí un ser humano. Evidentemente el hombre hacía grandes esfuerzos para caminar, lo cual comentaban Manuel y su mujer. Los niños callaban, asustados. De haber sido un conocido, o siquiera un indio como ellos, que usara sus ropas y tuviera su aspecto, Manuel hubiera corrido a darle encuentro y tal vez a ayudarle. Pero era un extraño y nadie sabía qué le llevaba a tan desolado sitio a esa hora. Lo mejor sería esperar.

Cuando estuvo a cincuenta pasos, el hombre saludó en aimará, si bien se notaba que no era su lengua. Manuel se le acercó poco a poco. María espantó los perros con pedruscos y pudo oír a los dos hombres hablar; hablaban a distancia, casi a gritos. El forastero explicó que se había perdido y que se sentía muy enfermo; dijo que tenía sed y hambre y que quería dormir. Su ropa estaba cubierta de polvo y su escasa barba muy crecida. Pidió que le dejaran descansar esa noche, y antes de que su marido respondiera María dijo, también a gritos, que en la vivienda no había donde. Aunque hablaba aimará se apreciaba a simple vista que ese hombre no era de su raza ni tenía nada en común con ellos; pero además su instinto de mujer le decía que había algo siniestro y perverso en ese duro rostro que se acercaba. Ella era muy joven y Manuel no llegaba a los veinte años, y ante el extraño, que tenia figura de hombre maduro, ella sentía que ellos eran unos yokallas, unos niños desamparados. Pero Manuel no era como su mujer; Manuel Sicuri era confiado, de corazón ingenuo, y por otra parte sabía que muchas veces Nuestro Señor se disfrazaba de caminante y salía a pedir posada; eso había ocurrido siempre, desde que tata Dios había resucitado, y debido a ello era un gran pecado negar hospitalidad a quien la pidiera. En suma, aquella noche el cholo peruano Jacinto Muñiz, prófugo de la justicia en dos países, durmió sobre pieles de oveja en la choza de Manuel Sicuri. María Sisa se pasó la noche inquieta, sin poder pegar ojo, atenta al menor ruido que proviniera del sitio donde se había echado Jacinto Muñiz.

Pero Jacinto Muñiz durmió, y lo hizo pesadamente, con los huesos agobiados de cansancio. Había bebido pito e infusión de coca, que la propia María le había preparado. Ni siquiera se quito la chaqueta. Estaba durmiendo todavía cuando Manuel Sicuri salió de la vivienda. Al despertar vio a María Sisa agachada ante una vasija de barro que colgaba de tres hierros colocados en trípode, hacia el último rincón derecho de la casucha; abajo de la vasija había fuego de boñiga de llamas. María cocinaba chuño con carne seca de carnero. Los tres niños estaban sentados junto a la puerta, charlando animadamente. María se levantó y se dobló otra vez hacia el fuego, de manera que se le vieron las corvas. Jacinto Muñiz se sentó de golpe y se pasó la mano por la cara. María Sisa se volvió, tropezó con la cicatriz sobre el ojo y sintió miedo. El párpado estaba encogido a mitad del ojo, y eso le hacía formar un ángulo; la parte interior del párpado resaltaba en el ángulo, rojiza, sanguinolenta, y debajo se veía el blanco del ojo casi hasta donde la órbita se dirigía hacia atrás. Aquello por sí solo impresionaba de manera increíble, pero resultaba además que en medio de ese ojo desnaturalizado había una pupila dura, siniestra, fija y de un brillo perverso. María Sisa se quedó como hechizada. Entonces fue cuando el extraño explicó que se había hecho esa herida al caerse, muchos años atrás. María esperó que el hombre se pusiera de pie, se despidiera y siguiera su camino. Pero él no lo hizo, sino que se quedó sentado y mirándola con una fijeza que helaba la sangre de la mujer en las venas. Ella estaba acostumbrada a los ojos honrados de su marido y a los tímidos y tristes de las ovejas y las llamas o a los humildes y suplicantes de sus perros. Para disimular su miedo se dirigió a los niños diciéndoles trivialidades y su sonora lengua aimará no daba la menor señal de su terror. Pero por dentro el pavor la mataba.

En cambio Manuel Sicuri no sintió miedo. Ese día volvió más temprano que otras veces, y al ruido de las ovejas y al ladrido de los perros salió su mujer a decirle, con visible inquietud, que el hombre seguía en la casa y que no había hablado de irse. Manuel Sicuri dijo que ya se iría; entró, charló con Jacinto Muñiz como si se tratara de un viejo conocido y le ofreció coca. Después, sentado en cuclillas, oyó la historia que quiso contarle el peruano.

Vengo huyendo de más allá del Desaguadero, del Perú -explicó señalando vagamente hacia el noroeste- porque el gobierno quería matarme. Un gamonal me quitó la mujer y las tierras y yo protesté y por eso quieren matarme.

Eso podía entenderlo muy bien Manuel Sicuri; también en Bolivia, durante siglos, a ellos les habían quitado las tierras y las mujeres, y su padre le había contado que cierta vez, cuando todavía no soñaba casarse con su madre, miles de indios corrieron por la puna, en medio de la noche, armados de piedras y palos, en busca de un Presidente que huía hacia el Perú después de haber estado durante años quitándoles las tierras para dárselas a los ricos de La Paz y Cochabamba.

-Si saben que estoy aquí me buscan y me matan. Yo me voy a ir tan pronto me sienta bien otra vez. Además, yo voy a pagarte -dijo el peruano.

Manuel Sicuri no respondió palabra. No le gustó oír hablar de que le pagaría, pero se lo calló. ¿Y si resultaba que ese hombre, con su terrible aspecto, era el propio Nuestro Señor que estaba probando si él cumplía los mandatos de Dios? De manera que se puso a hablar de otras cosas; dijo que esa noche seguramente habría helada, porque había cambio de luna, de creciente a llena, y la luna llevaba siempre frío.

Con efecto, así ocurrió. Manuel oyó varias veces a las ovejas balar y se imaginaba la puna iluminada en toda su extensión mientras el helado viento la barría. Muy tarde se quejó uno de los yokallas; Manuel se levantó a abrigar al grupo y el peruano preguntó, en las sombras, qué ocurría. A Manuel le inquietó largo rato la idea de que el peruano no estuviera dormido. Pero se abandonó al sueño y ya no despertó hasta el amanecer. El frío era duro, y hasta el horizonte se perdían los reflejos de la escarcha. Había que esperar que el sol estuviera alto para salir; y como se veía que el día iba a ser brumoso, tal vez de poco o ningún sol fuerte, Manuel empezó a llevar afuera las papas de la última cosecha para convertirlas en chuño deshidratándolas en el hielo.

En ese trabajo estaba, a eso de las siete de la mañana, cuando los perros comenzaron a ladrar mirando hacia el norte. También Manuel miró; un hombre se veía avanzar, un hombre como él, de su raza. Manuel entró en su casa.

Viene gente -dijo, dirigiéndose más al cholo peruano que a su mujer.

Entonces Manuel Sicuri vio a Jacinto Muñiz perder la cabeza. Su miedo fue súbito; se levantó de golpe, apoyándose en una mano, y sus negros ojos se volvieron, como los de una llama asustada, a todos los rincones de la choza.

¡Tengo que esconderme -dijo-, tengo que esconderme, porque si me cogen me matan!

Aquí no -respondió calmadamente, pero asombrado, Manuel Sicuri-; aquí no es Perú.

-¡Sí, yo lo sé, pero es que yo herí al gamonal y parece que murió! ¡Si me cogen me matan!

Manuel Sicuri y María Sisa se miraron como interrogándose. A partir de ese momento, María sabía que sus temores eran fundados; y también a ella le dio miedo, tanto miedo como al extraño. Manuel dudó todavía, sin embargo. Con indescriptible rapidez pensó lo que debía hacerse; corrió hacia el arcón, tiró las pieles de ovejas en tierra y separó el arcón de la pared en forma tal que entre el mueble y el rincón podía caber un hombre.

Ven aquí -dijo.

El cholo corrió y de un salto se metió allí; con toda premura Manuel fue tirando las pieles sobre él y el arcón. Nadie podía sospechar que allí había un hombre. Luego, volviéndose a los niños, que habían visto todo aquello en silencio, les ordenó que se callaran y que a nadie dijeran nada; a seguidas volvió a su trabajo afuera, como si no hubiera visto al indio que avanzaba por la alta pampa.

Resultó que el hombre era un chasquis, esto es, un correo enviado a recorrer las distantes y perdidas viviendas de esa zona para informar que se buscaba a un cholo peruano con una cicatriz en la frente; a juicio del mallcu, es decir del jefe indígena que había mandado al chasquis a ese recorrido, el prófugo buscaba cruzar hacia Chile, pero en vez de dirigirse hacia el sudoeste desde el último sitio en que se le había visto, caminaba en derechura al sur, lo que indicaba que debía pasar por allí.

No, no ha pasado por aquí -explicó Manuel.

El chasquis se había sentado en cuclillas y bebía chicha que se guardaba en una vasija de barro. María no hallaba donde poner los ojos, pero Manuel Sicuri se había vuelto impenetrable. Estaba él también en cuclillas y preguntó al visitante de donde venía y cuánto hacía que se hallaba en camino y cómo estaban en su casa. Hablaba lentamente. Se refirió a la helada y dijo que el invierno iba a ser muy duro. Demoró mucho en esa charla antes de abordar el asunto; pero al fin lo hizo.

¿Por qué buscan a ese peruano? -preguntó.

Robó una iglesia allá en su tierra -dijo el chasquis-; robó la corona de la Virgen y el cáliz y el manto de tatica Jesús Nazareno, que tenia oro y piedras finas.

Manuel estuvo a punto de venderse. Vio a su mujer mirarle con una fijeza de loca y él mismo sintió que la cabeza le daba vueltas. Tuvo que apoyarse en tierra con una mano. ¡De manera que el cholo Jacinto Muñiz había robado a mamita la Virgen! Pero ya él había dicho que no había pasado por ahí, y decir lo contrario era probablemente buscarse un lío con las autoridades. Con el pretexto de seguir regando las papas en la escarcha, María salió. Manuel pensaba: “Si digo ahora que está aquí van a llevarme preso por esconderlo; si no digo nada, tata Dios va a castigarme, se me morirán las ovejas y las llamas y tal vez ni nazca mi hijo”. No descubría su emoción, no denunciaba su pensamiento, pues seguía con su rostro hermético, sus ojos brillantes, sus rasgos inmóviles, cerrada la boca que era tan propensa a la risa; pero por dentro estaba sufriendo lo indecible. Entonces sucedió lo que más deseaba en tal momento: el chasquis se levantó y dijo que iba a seguir su camino. Y he aquí que sin saber por qué, aunque sin duda llevado a ello por el miedo, Manuel Sicuri se levantó también y explicó que iba a acompañarle, que iría con él hasta una pequeña comunidad de cuatro chozas que quedaba casi en las faldas de la Cordillera Real, cuyas nevadas cumbres se veían en sucesión hacia el este y el sur. Tendría que caminar tres horas de ida y tres de vuelta. Pero Manuel Sicuri lo haría porque necesitaba saber qué pensaba el chasquis. A lo mejor el chasquis había visto algo, sorprendido una huella, un movimiento sospechoso bajo las pieles de oveja, y se iría sin dar señales de que sabía que el cholo Jacinto Muñiz se hallaba escondido en la casa de Manuel Sicuri. Así, pues, dijo que iría con él; y después de haber caminado unos cinco minutos dejó al chasquis solo y volvió al trote.

-Cuando estemos lejos, a mediodía, sacas de ahí al peruano y que se vaya. Dile que ande de prisa y derecho hacia la caída del sol; por ahí no hay casas ni va a encontrar gente.

Esto fue lo que habló con su mujer, pero como el chasquis podía estar mirando, quiso despistarlo y entró a su choza. Después explicó que había vuelto a la vivienda para coger coca. Y sin más demora emprendió la marcha por la helada puna en cuya amplitud rodaba sin cesar un viento duro y frío.

Así fue como actuó Manuel Sicuri durante esa angustiosa mañana. De manera muy distinta sintió y actuó el cholo peruano Jacinto Muñiz. En el primer momento, cuando supo que llegaba un hombre, el miedo le heló las venas y le impidió hasta pensar. En verdad, sólo se le había ocurrido esconderse, sin que atinara a saber donde; y cuando Manuel Sicuri eligió el escondite y le llevó allí, él le dejó hacer sin saber claramente lo que estaba ocurriendo. Las pieles le ahogaban, aunque de todas maneras hubiera sentido que se ahogaba aún estando a campo abierto. El oyó al chasquis llegar y en ese momento su miedo aumentó a extremos indescriptibles; le oyó hablar de él mismo y entonces empezó a olvidar su terror y a poner toda su vida en sus oídos.

Cuánto tiempo transcurrió así, sintiéndose presa de un pavor que casi le hacía temblar, era algo que él no podía decir. Pero es el caso que cuando Manuel Sicuri dijo que no había pasado por allí sintió que empezaba a entrar en calor y cinco minutos después estaba sereno, otra vez dueño de sí y dispuesto a acometer y a luchar si alguien pretendía cogerle.

La conversación entre Manuel y el chasquis debió durar media hora, y antes de que hubiera transcurrido la mitad de ese tiempo el cholo Jacinto Muñiz se sentía seguro. Muchas palabras se le perdían, puesto que él no hablaba aimará como un indio, sino lo necesario para entenderse con ellos; y mientras los dos hombres hablaban y él seguía a saltos la charla, comenzó a pensar en otra cosa; sería más propio decir que comenzó a sentir otra cosa. De súbito, y tal vez como reacción contra su pavor, Jacinto Muñiz recordó a la mujer de Manuel Sicuri tal como la había visto el día anterior, agachada frente al fuego. Ella le daba la espalda y su posición era tal que la ropa se le subía por detrás hasta mostrar las corvas. Jacinto Muñiz había pensado: “Tiene buenas piernas esa india”, idea que le estuvo rondando todo el día y toda la noche, al extremo de que lo tenía despierto cuando Manuel Sicuri se levantó para abrigar a los niños. Ahí, en su escondite, Jacinto Muñiz veía de nuevo las piernas de la mujer e incontenibles oleadas de calor le subían a la cabeza. Al final ya no tenía más que eso en la mente y en el cuerpo.

Pero Jacinto Muñiz no pensaba atacar a la mujer. En el fondo de sí mismo lo que le preocupaba era huir, salvarse, alejarse de allí tan pronto como pudiera, sobre todo después de saber que ya la mujer y su marido estaban enterados de cuál había sido su crimen. La idea de atacarla le vino más tarde, cuando, a poco de haberse ido Manuel Sicuri con el chasquis, la mujer retiró las pieles que lo cubrían y le dijo que saliera. Ella le explicó que debía irse, y por donde y a qué hora, y cuando él preguntó por Manuel ella cometió el error de decirle que estaba acompañando al chasquis.

Con su repelente ojo de párpado cosido, Jacinto Muñiz miró fijamente a María. María tenía el negro pelo partido al medio y anudado en moño sobre la nuca; era de piel cobriza, tirando a rojo, de delgadas cejas rectas y de ojos oscuros y almendrados, de altos pómulos, de nariz arqueada, dura pero fina, y de gran boca saliente. Era una india aimará como tantas otras, como millares de indias aimarás, bajita y robusta, pero tenía la piel limpia en los brazos y las piernas y era joven; estaba embarazada, ¿pero qué le importaba eso a él, un hombre acosado, un hombre en peligro que estaba huyendo hacía casi un mes? Sintiéndose fuera de sí y a punto de perder la razón, Jacinto Muñiz dijo que sí, que se iría, pero que le diera charqui o quinua o cañahua, algo en fin con que comer en el camino.

María Sisa también tenía miedo, como lo había tenido Jacinto Muñiz y como lo había tenido Manuel Sicuri. Pero además María sentía asco de ese hombre. ¡Por la Virgen de Copacabana, ese bandido había robado una iglesia y estaba en su casa! Lo que ella quería era que se fuera inmediatamente.

-No hay charqui y tenemos muy poca quinua y muy poca cañahua -dijo secamente mientras vigilaba los movimientos del cholo.

Dame chuño entonces -pidió él.

María quería decirle que no. Tata Dios iba a castigarla si le daba comida a su enemigo. Pero tal vez si le negaba el chuño, que estaba a la vista en el rincón, el hombre diría que no se iba. Llena de repulsión se encaminó al rincón y se agachó para recoger el chuño. Para fatalidad suya los niños estaban afuera, regando papas sobre la escarcha.

El ataque fue tan súbito y los hechos se produjeron tan de prisa que María no pudo describirlos más tarde. Cuando se agachaba el hombre se lanzó sobre ella y la agarró fuertemente por los hombros, forzando éstos de tal manera, hacia un lado, que María cayó de espaldas. Como era una mujer joven y fuerte se defendió con las piernas, pero al parecer aquello enfureció al peruano o sin duda lo excitó más. María levantó los brazos y no lo dejaba acercarse. No gritó propiamente, porque en ese momento perdió del todo su miedo y se sintió colérica, pero comenzó a decirle al atacante cosas en voz tan alta que los niños corrieron y uno de ellos, el mayor, agarró al hombre por la ropa. Jacinto Muñiz pegó al niño con un codo y lo lanzó a tierra. Había ocurrido que la vasija con la chicha había sido dejada en el suelo, cerca de la puerta, donde la había puesto Manuel Sicuri después de haberle servido al chasquis; el atacante la vio y la tomó en una mano. María quiso evitar el golpe porque pensó: “Va a matar a mi niñito”. “Mi niñito” era, desde luego, el que llevaba en el vientre. Y ese pensamiento la turbó. No tuvo, pues, serenidad bastante para defenderse, y la vasija golpeó sobre su frente, rompiéndose en innúmeros pedazos. María sintió el deslumbramiento del golpe y algo cálido que le corría a los ojos. Debió perder el conocimiento, puesto que a poco comprendió que el peruano estaba violándola. Pero su indignación y su asco eran tan grandes que ellos le dieron fuerzas, y logró, doblando la quijada del hombre, quitárselo de encima. Entonces se puso en pie de un salto y corrió como despavorida a través de la puna, volviendo el rostro cada quince segundos para asegurarse de que él no la seguía. El hombre salió a la puerta y comenzó a correr tras ella. Pero sucedió que el llanto de los niños, las voces de María y el ruido de la lucha excitaron a los perros, y ambos se lanzaron tras Jacinto Muñiz. Este se agachó varias veces para coger piedras y tirárselas a los animales. Estaba como loco, y el rojizo párpado levantado se le veía como una brasa en medio de la noche. Comprendió al fin que no podría alcanzar a María Sisa; volvió entonces a la choza, recogió su sombrero, se llenó los bolsillos de chuño, sacó de las vasijas en que se guardaban coca y lejía y salió de nuevo. Desde lejos María le vio salir y le vio irse huyendo por detrás del corral; hacia el oeste, a toda carrera, como espantado por algún enemigo invisible. En el día sin sol, pero sin niebla, su figura se fue alejando, tornándose cada vez más pequeña, mientras la mujer lloraba de miedo y de vergüenza sin atreverse a volver a su choza.

Todavía le quedaban a María Sisa -y sin duda también a los niños, si bien tal vez ellos no comprendían lo sucedido a pesar de que veían a María sangrando por la frente- unas cinco horas de angustia antes de que volviera Manuel Sicuri. Pero ocurrió que Manuel retornó antes. Llevaba dos horas de marcha junto al chasquis y estaba ya seguro de que éste no tenía sospechas de que el peruano se encontraba en su casa, cuando le dio al propio chasquis por decir que quizás sería bueno que él volviera a su vivienda.

Tu mujer y los niños están solos, y ese mal hombre puede llegar allá. Estuvo preso en su tierra por una muerte, me dijo el mallcu, y a eso se debe que tenga una cicatriz sobre el ojo.

¿Si? Manuel Sicuri se quedó mirando al chasquis. Este no era capaz de adivinar lo que estaba pasando en tal momento por la cabeza de Manuel Sicuri. Jacinto Muñiz estaba en su casa y seguramente había oído desde su escondite cuanto ellos hablaron. Tal vez le diera miedo a Jacinto Muñiz y por miedo de que le denunciaran matara a María y a los yokaIlas. Era un hijo del demonio el hombre que había robado la corona de Mamita. ¿Qué no sería capaz de hacer?

-Sí -dijo Manuel Sicuri-. Hablas bien, chasquis. Yo me devuelvo.

Se devolvió, pero no podía caminar a su paso normal; algo le hacía correr a trote corto, algo que él no quería definir. Podía ser temor a tata Dios; quizá tata Dios iba a ponerse bravo con él por haber dado auxilio al cholo. Podía ser un oscuro sentimiento con respecto a María; no le había gustado el extranjero y se lo había dicho. ¿Qué hacía Jacinto Muñiz despierto a medianoche?

Por momentos el indio Manuel Sicuri aumentaba la velocidad de su trote. Iba siguiendo sus propias huellas y las del chasquis, a veces desaparecidas donde había muchas piedras, esas menudas y abundantes piedras del altiplano, y a trechos grabadas en el polvo o en las plantitas rastreras que quedaban aplastadas durante largo tiempo después de haber sido pisadas. El día iba aclarando lentamente, de manera que de vez en cuando él podía ver su sombra, una sombra vaga, y calcular la hora. Era bastante más allá del mediodía. El viento seguía fuerte y frío, pero el trote le producía calor.

Poco a poco, a fuerza de atender a la regularidad de su Paso, Manuel Sicuri fue dejando de pensar. Pasada la primera hora de marcha alcanzó a ver su casa; se veía como de humo, perdida en el horizonte y muy pequeña. No había nadie cerca; no se distinguían ni las llamas ni las ovejas ni a María. Tal vez nada había sucedido. Mantuvo su paso. Lentamente la choza fue destacándose y creciendo y la puna ampliándose, a la vez que la luz iba aumentando y los nacientes colores de la tierra, muy débiles de por sí, iban cobrando seguridad. Oyó los perros ladrar y después los vio correr hacia él.

Cuando llegó a la puerta iba a reírse contento, pues nada había ocurrido; María estaba en cuclillas, de espaldas, y los niños, silenciosos, se agrupaban en un rincón. Pero entonces María volvió el rostro y Manuel Sicuri vio la herida en su frente.

-¿Cómo fue? -preguntó.

Su mujer empezó a llorar sin hacer gesto alguno.

-¿El peruano, fue el peruano?

Ella dijo que sí con la cabeza; después, secándose las lágrimas, se puso a relatar el atropello. Los niños la oían sin moverse de su rincón.

Al principio Manuel oyó a María sin decir palabra, pero el aspecto que iba cobrando su rostro denunciaba fácilmente lo que sucedía en su interior. Comenzó como si un golpe lo hubiera atontado, después los ojos se le fueron transformando y cobrando un brillo metálico que nunca antes habían tenido; la boca se le endurecía segundo a segundo. María Sisa contaba y contaba, con sus rutilantes y cortantes palabras aimarás, sin alzar la voz, gesticulando a veces, señalando de pronto el rincón de los chuños donde había sido atacada. Llevaba todavía la palabra cuando Manuel Sicuri vio el hacha, aquella hacha con que su padre había dado muerte al puma; y dejó a María Sisa con la palabra en la boca antes de que se acercara al final del relato. De un salto Manuel Sicuri corrió al rincón y cogió el hacha.

¿Por dónde se fue, por dónde se fue? -preguntaba el indio, con la ansiedad del perro de caza que ha olfateado en el aire la presencia de la pieza.

Entonces el mayor de los yokallas, que había estado silencioso, intervino para señalar con su bracito mientras decía que hacia allá, hacia la Cordillera Occidental. Manuel se echó el hacha al hombro y corrió; dio la vuelta a la vivienda, pasó tras el corral, se detuvo un momento para reconocer las huellas y emprendió de nuevo el trote. Ya no perdería las huellas ni durante un minuto. De nada valió que María Sisa corriera tras él y le llamara a voces. Animados como si se tratara de un juego, los perros corrieron también, soltando ladridos, pero no tardaron en regresar. Por la alta planicie, a esa hora iluminada en toda su extensión por el sol del invierno, se perdió Manuel Sicuri tras las huellas de Jacinto Muñiz.

A la caída de la tarde alcanzó a ver una figura moviéndose en la lejanía. Pronto iba a oscurecer, pero sin duda que ya estaba subiendo, tras las faldas de la Cordillera, la enorme luna llena, la clara, la casi blanca luna llena invernal. Así, aquel hombre que marchaba penosamente hacia el oeste no se le perdería en las sombras. No tenía hacia dónde ir que él no le viera. No había una casa, no había un árbol, no había una cañada en toda la extensión, ni a derecha ni a izquierda, ni hacia atrás ni hacia adelante; no había repliegue de terreno que pudiera ocultarlo; no había piedras grandes ni colinas y ni siquiera pajonales en la dilatada llanura; no había gente que le diera amparo ni animales entre los que ocultarse. Podía huir si le veía; pero acabaría cansándose, y él, Manuel Sicuri, no se cansaría. Un indio aimará no se cansa a la hora de hacerse justicia; puede esperar días y días, meses y meses, años y años, y no se apresura, no cambia su naturaleza, no da siquiera señales de su cólera. No descansa y no se cansa. Aquel hombre era el cholo Jacinto Muñiz, aquel hijo del demonio había muerto a otros hombres y había robado a mamita la Virgen y a tatica Dios el Nazareno; aquel salvaje había atropellado a María Sisa, su mujer, que esperaba un niño suyo, un varoncito como él. Nadie podría salvar a Jacinto Muñiz. Y a fin de evitar que mientras la luna subía y aclaraba la llanura el cholo peruano aprovechara la oscuridad para cambiar de dirección, Manuel Sicuri apresuró el paso con el propósito de alcanzarle pronto.

En verdad, Jacinto Muñiz se sentía ya a salvo. Su plan era caminar toda esa noche. No se cansaría, porque llevaba buena provisión de coca para mascar, y la coca le evitaría el cansancio. Aprovecharía la luna y marcharía derecho hacia la cordillera. Allí podría haber casas, tal vez algunas comunidades aimarás, y sin duda habrían enviado a ellas también chasquis anunciando su probable llegada; y ahora tenía encima dos delitos: uno en el Perú, el otro en Bolivia. Fue afortunado, porque María Sisa no había muerto; sin embargo la había atacado y ya debía saberlo su marido y probablemente también el chasquis, si había vuelto con él. De haber casas en las cercanías de la cordillera él las alcanzaría a ver con tiempo, antes del amanecer, puesto que la luna alumbraría toda la noche; en ese caso su plan era torcer rumbo al sur, lo más al sur que pudiera, hasta alcanzar un paso hacia Chile. Jacinto Muñiz ignoraba que para bajar a Chile hubiera debido tomar rumbo sudoeste desde el primer momento, y que aún así no era fácil que lograra salir de Bolivia sin ser apresado. No importaba; tenía coca y chuño, luego, podía resistir mucho todavía. Tan seguro estaba de su soledad que no volvía la vista. Tal vez de haberla vuelto otro hubiera sido su destino.

Oscureció del todo y la luna no salía. Durante media hora Manuel Sicuri trotó derecho hacia el poniente. Sabía que esa era la dirección que llevaba el peruano y que no iba a cambiarla; se lo decía su instinto, se lo decía el corazón. Arreció el frío; comenzó a arreciar en el momento mismo en que el sol desapareció tras la mole de las montañas, y Manuel Sicuri se dijo que esa noche habría helada otra vez. El frío le quemaba las desnudas piernas, pero él apenas lo sentía; estaba acostumbrado y, además, esa noche no le afectaría nada. Mientras trotaba volvía la mirada hacia la Cordillera Real, que le quedaba a la espalda; sabía que la luna no tardaría en iluminar sus altos picos. Poco a poco la luna fue mostrando su radiante y dulce faz; fue elevándose como una gran ave de luz, apagando en sus cercanías las rutilantes estrellas que habían comenzado a aparecer. En diez minutos más la enorme llanura, la fría, la solitaria puna estaba llena de luz de un confín a otro. Con gran sorpresa, Manuel Sicuri notó que había acortado la mitad, por lo menos, de la distancia entre él y Jacinto Muñiz. Un indio del altiplano como él podía distinguir al otro claramente, con su traje negro destacándose sobre el fondo de la puna. Entonces Manuel apresuró su trote, exigió de sus duras piernas mayor velocidad. De rato en rato iba pasándose el hacha del hombro derecho al izquierdo o del izquierdo al derecho. En el mango y en el hierro del hacha destellaba la luna.

Manuel Sicuri no habría podido calcular la distancia en términos nuestros, porque no los conocía, pero a eso de las siete y media entre él y el peruano no había dos kilómetros de distancia. La solitaria cacería se aproximaba, pues, a su fin. El lo sentía; él veía ya el final, y sin embargo su corazón no se apresuraba. Iba natural y resueltamente a convertir su resolución en hechos, y eso no le excitaba porque él sabía que así debía suceder y así tenía que suceder.

Pero cuando la distancia se acortó más aún -lo cual era posible porque Jacinto Muñiz iba a paso normal mientras Manuel Sicuri corría al trote- el prófugo oyó las pisadas de su perseguidor; o quizá no las oyó sino que intuyó el peligro. El caso es que se detuvo y miró hacia atrás. Por el momento no debió ver nada, porque estuvo quieto, sin duda recorriendo con la vista la llanura durante algunos minutos. Pero al cabo de rato algo columbró; una mancha, de la cual salían brillos, marchaba hacia él. ¿Qué era? ¿Se trataba de alguna llama que pastaba a esa hora en la puna? El no era práctico, no conocía la vida del altiplano. Podía ser una llama o un hombre; podía ser incluso un animal feroz, un perro perdido o un puma. Lo que se movía avanzaba rápidamente y él lo veía sin distinguirlo. Sintió miedo.

¿Quién es? -gritó en castellano; y al rato preguntó a voces en aimará quién era.

Pero no le contestó nadie. Su voz se perdió, desolada, trágicamente sola, en aquel desierto enorme. La hermosa luz lunar hacía más patética esa voz angustiada.

-¿Quién es, quién es? -gritó de nuevo.

Manuel Sicuri avanzaba, avanzaba sin tregua. El monstruo estaba allí, parado, sin moverse; estaba esperando. Tatica Dios lo tenía esperando, clavado a la tierra. Nadie salvaría a ese animal que había robado a la Virgen y que había atropellado a María Sisa, a su mujer María Sisa, que iba a tener un niñito suyo. Ya estaba a quinientos metros, tal vez a menos. Y Manuel Sicuri, que se sentía seguro de que la presa no se le iría, gritó entonces, sin dejar de correr:

-¡Soy yo, Manuel Sicuri, asesino: soy yo que vengo a matarte!

Claro, a esa distancia no era posible ver el rostro de Jacinto Muñiz, pero Manuel Sicuri podía adivinar cómo se había descompuesto; pues para que sufriera le había dicho él quién era, para que padeciera sabiendo que le había llegado su hora.

Jacinto Muñiz quedó confundido. Pensó que lo que llevaba el indio sobre el hombro era un fusil, y en ese caso, ¿de qué le valía echar a correr? Pero vio que el indio seguía en su trote; distinguía ya su figura, un ente casi fantasmal, azul gracias a la luz de la luna, azul y negro; un ser terrible, una especie de demonio seguro de sí, cuyas piernas brillaban; algo indescriptible y sin embargo espantoso, de marcha igual, inexorable, mortal.

-¡No, no me mates, hermano; hermanito, no me mates!

Jacinto Muñiz dijo esto en español, y a seguidas se tiró de rodillas, las manos juntas, temblando, empavorecido. Toda esa noche era pavorosa, toda aquella inmensidad solitaria aterrorizaba, toda la dulce luz de la luna era un espanto. El mismo oyó su voz como saliendo de otra parte.

-No me mates, hermanito! ¡Te doy la corona, hermanito; toma la corona!

Así, de rodillas como estaba, y con Manuel Sicuri ya a veinte metros de distancia, metió la mano en el pecho y sacó de él algo brillante, rutilante. Era la corona de la Virgen, la que había robado. La joya destelló, y cuando Jacinto Muñiz la lanzó fue como un pedazo de luna cayendo, rodando, saltando por la puna. Pero Manuel Sicuri no se detuvo a cogerla. Entonces el peruano se puso de pie y echó a correr.

Trazando círculos, unas veces hacia el norte y otras hacia el este, yendo ya al sur, ya de nuevo al poniente, ahogándose, loco de terror, Jacinto Muñiz huía. Pero he aquí que a medida que huía aumentaba su pavor; su propia sombra moviéndose ante él cuando se dirigía al oeste, le llenaba de espanto. El helado viento zumbándole en los oídos contribuía a su miedo. Por encima de ese zumbido oía claramente las regulares y veloces pisadas de Manuel Sicuri, cuyo tremendo silencio era el de una fiera.

-¡Hermanito, no me mates! -clamaba él, volviendo el rostro sin dejar de correr, más aterrorizado al percatarse de que el indio no llevaba un fusil, sino una hacha.

Pero Manuel Sicuri no contestaba, no decía nada; sólo le seguía, le seguía infatigablemente, convertido por las sombras y la luz de luna en un fantasma tenebroso.

Jacinto Muñiz tropezó con algunos pedruscos, resbaló y se cayó. Manuel Sicuri se acercó a diez pasos, tal vez a ocho. Jacinto Muñiz logró incorporarse, y se lanzó hacia el sur, derecho hacia el sur. El delante y Manuel Sicuri atrás, corrieron en línea recta diez minutos, quince minutos, veinte minutos; y cada vez el indio estaba más cerca, cada vez sus pisadas eran más fuertes. La gran llanura esplendía cargada de luz y de silencio. Manuel Sicuri no tenía por qué preocuparse; esto es, no se sentía preocupado. Era una actitud muy aimará la suya, aunque no sea fácil de comprender. El indio Manuel Sicuri iba a hacer justicia; estaba seguro de que no tardaría en hacerla. No había, pues, razón para que se excitara. Ese hombre que corría no podría salvarse; huiría cuanto quisiera, tal vez horas y horas, pero ellos dos estaban solos en la solitaria puna, y él, Manuel Sicuri, no se cansaría, no tropezaría con los khulas de la pampa, no caería; y poco a poco iba acercándose al monstruo; pie a pie, pulgada a pulgada, iba llegando a su meta. Jacinto Muñiz podía seguir huyendo. Eso no encolerizaba a Manuel Sicuri. Lo único que tenía él que hacer era mantener su paso, su trote seguro y constante, y no perder de vista al cholo.

El cholo volvió a tropezar y cayó de nuevo. Eso le ocurría porque volvía la cara para ver a su perseguidor; le sucedía porque había sido perverso y tenía miedo. Manuel Sicuri se le acercó a tres pasos. De no haber sido él un indio aimará, dueño de sí mismo, le hubiera tirado el hacha y tal vez le hubiera herido. Pero podía también no herirle y entonces el otro ganaría tiempo mientras él volvía a recoger el arma. No; no había por qué adelantarse. Jacinto Muñiz caería en sus manos. Todavía podía esperar; es más, podía esperar toda esa noche y todo el día siguiente y toda una semana, y un mes y un año y una vida; lo que no podía hacer era actuar sin tino y perder su oportunidad.

Pero el minuto fatal se acercaba de prisa. Jacinto Muñiz empezaba a sentir que se ahogaba, que perdía fuerzas. ¿Cuánto tiempo llevaba huyendo a locas por el iluminado altiplano? No lo sabía, y sin embargo a él le parecía una eternidad. Por momentos perdía la vista y toda aquella llanura le resultaba pequeña. Siguiendo círculos, dando vueltas, doblando de improviso, volvía a pasar por donde ya había pasado. Alcanzó a ver algo brillante ante sí y reconoció la corona. Pensó agacharse para cogerla, pero si se agachaba el indio iba a alcanzarle. Gritó entonces:

-¡La corona, mira la corona; te regalo la corona!

Y la señalaba con la mano, en un afán ridículo por distraer a Manuel Sicuri. Manuel Sicuri sí la vio; podía hacer eso, podía distinguir la corona y seguir su carrera con los ojos puestos en ella sin importarle si era una joya o no, propiamente sin pensar en ella. Porque Manuel Sicuri no pensaba en nada, ni siquiera en María; ya había pensado cuando cogió el hacha al salir de su casa. Lo que tenía que hacer ahora no era pensar, sino actuar.

De manera inapreciable la luna había ido ascendiendo por un cielo brillante que el aire frío iba limpiando. Subía y subía mientras abajo los dos hombres corrían. Al fin, a eso de las diez, Manuel Sicuri se hallaba a un paso de Jacinto Muñiz. Pero ni aún en tal momento pensó estirar los brazos y usar su hacha. Todavía no. Era necesario estar seguro, golpear firme. Pero como el momento de actuar se acercaba se quitó el hacha del hombro y la sujetó por el hierro con la mano izquierda y por el cabo con la derecha. Jacinto Muñiz volvió una vez más la cabeza, y en ese instante comprendió que no había salvación para él. Entonces retornó a ser, de súbito, el hombre audaz y duro que había causado muertes y robado una iglesia. Lo pensó con toda rapidez, o quizá ni llegó a pensarlo porque lo llevaba en la sangre; se dijo: “Sólo luchar puede salvarme”. Y de golpe paró en seco y dio media vuelta.

Pero Manuel Sicuri había pensado que eso podía suceder, o tal vez, como Jacinto Muñiz, no lo había pensado si no que lo llevaba por dentro. Es el caso que cuando el otro se detuvo él saltó de lado, con un brinco dado a dos pies, rápido como el de un bailarín. A tiempo que daba ese brinco blandió el hacha, la revolvió por debajo y la alzó. En tal momento Jacinto Muñiz se lanzó sobre él, y a la luz de la luna Manuel Sicuri vio algo que brillaba en su mano. Como un relámpago le cruzó por la cabeza la idea de que se trataba de un cuchillo, y como un relámpago también saltó hacia atrás y dejó caer el hacha. El golpe fue seco, en el hueso del antebrazo, y Jacinto Muñiz cayó sobre su costado derecho, aunque no del todo sino doblado, casi de rodillas. A seguidas el peruano avanzó a gatas y con la mano izquierda se agarró al pie derecho de Manuel Sicuri; se sujetó allí con la fuerza de un animal salvaje. Manuel Sicuri temió que iba a caerse, y para librarse de ese peligro volvió a blandir el hacha y la dejó caer en el brazo izquierdo del cholo. Lo hizo con tal fuerza que oyó el chasquido del hueso.

-¡Asesino! -gritó Jacinto Muñiz levantando la cabeza.

Manuel Sicuri le vio esforzarse por ponerse de pie, apoyándose en los codos. Estaba ahí pegado a él, con los brazos inutilizados, y todavía su siniestro ojo resplandecía y en todo su rostro, iluminado por la luna, podían apreciarse el odio y la maldad. Entonces Manuel Sicuri levantó de nuevo el hacha y golpeó. Esta vez lo hizo más seguro de si; golpeó en el cuello, cerca de la cabeza, inclinando el hacha con el propósito de que por lo menos una punta penetrara algo en el pescuezo del cholo. La cabeza de Jacinto Muñiz se dobló como la de un muñeco y golpeó la tierra. Manuel Sicuri se retiró un poco y se puso a oír la sonora respiración del herido, los débiles gemidos con que iba saliendo poco a poco de la vida, el barbotar de la sangre en su lento fluir. Tres o cuatro veces el cuerpo de aquel hombre se agitó de arriba abajo; al fin extendió los brazos y se quedó quieto, levemente sacudido por los estertores de la muerte.

Al cabo de un cuarto de hora, cuando comprendió que no había peligro de que Jacinto se levantara a luchar de nuevo, Manuel Sicuri se sentó cerca de su cabeza y se puso a oír la cada vez más apagada respiración del moribundo. Puesto que iba a morir ya, Manuel Sicuri no volvería a golpearle, pero no se movería de allí mientras no estuviera seguro de que había expirado. La gran puna se dilataba bajo la luna y el viento frío sacudía la ropa del caído. Pero Manuel Sicuri no se movía; no se movería sino cuando supiera a ciencia cierta que su justicia estaba hecha.

Casi a medianoche el ruido de respiración cesó del todo, el cuerpo se movió ligeramente y sus piernas temblaron. Manuel Sicuri puso su mano sobre la parte del rostro de Jacinto Muñiz que daba arriba y advirtió que ese rostro estaba frío como la escarcha. Entonces, a un mismo tiempo, Manuel comenzó a preparar su aculico de coca y ceniza y a pensar en María. En toda esa noche no había pensado en ella.

Manuel Sicuri esperó todavía cosa de un cuarto de hora más, al cabo del cual, convencido de que el cholo Jacinto Muñiz jamás volvería a la vida, se levantó, se puso su hacha en el hombro y salió en busca de la corona. “Hay que devolvérsela a Mamita”, pensó. Y con la luna ya casi a medio cielo, el indio emprendió el retorno.

Su mal estuvo en que no trotó a la vuelta, porque pensaba que llegaría a su casa a la salida del sol. Cuando fue a cruzar la puerta ya eran las siete y más, y allí estaba acuclillado, tomando pito, el chasquis del día anterior. El chasquis había caminado de noche para aprovechar la luna y arribó a la casa de Manuel Sicuri antes que él. El chasquis vio el hacha ensangrentada y Manuel Sicuri sabía que a un indio aimará de cuarenta años se le podía engañar una vez, pero no dos. Tuvo que contarlo todo, pues; y al terminar sacó del seno la corona.

-Hay que llevársela a Mamita -dijo-. Quiero llevársela yo mismo, yo y María.

Pero no pudo llevársela, porque así como él no podía engañar al chasquis, el chasquis no podía engañar a su mallcu ni su mallcu a los carabineros ni éstos al juez. El juez, a causa de que la ley lo ordenaba, dijo que Manuel Sicuri debía ir a la cárcel.

En la cárcel de La Paz, un día, Manuel contaba a sus compañeros cómo su padre había muerto un puma a hachazos. El mismo hacía el papel de puma, y después el de su padre, y los indios presos reían a carcajadas. Viéndoles reír, Manuel Sicuri se puso de pronto serio. Ocurrió que en su cabeza estalló una pregunta, como de una tormenta estalla un rayo; una pregunta para la cual él no hallaba respuesta. Pues sucedía que su padre había muerto un puma a hachazos y nadie le había dicho nada y todo el mundo halló muy bien que lo hubiera hecho y no lo separaron a causa de ello de su yokalla, de él, Manuel Sicuri, que entonces estaba recién nacido. Con la misma hacha él había dado muerte a una fiera peor que aquel puma, y he aquí que el juez lo había hallado mal y lo había separado de su yokalla, tan pequeñito y tan desvalido.

¿Por qué, tatica Dios, sucedían cosas así?

Pero Manuel Sicuri no hizo la pregunta en voz alta. Se había quedado súbitamente mudo; se encaminó a una ventana, se sentó allí, junto a las rejas, extrajo de su bolsillo coca y lejía y se puso a preparar su aculico.

Sobre los techos de La Paz comenzaba a caer en tal momento una lluvia fina.

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. El hombre que lloró

A la escasa luz del tablero el teniente Ontiveros vio las lágrimas cayendo por el rostro del distinguido Juvenal Gómez, y se asombró de verlas. El distinguido Juvenal Gómez iba supuestamente destinado a San Cristóbal, y el teniente Ontiveros sabía que hasta unas horas antes Juvenal Gómez había sido, según afirmaba su cédula, el ciudadano Alirio Rodríguez, comerciante y natural de Maracaibo, y sabía además que Juvenal Gómez y Alirio Rodríguez eran en verdad Régulo Llamozas, un hombre de corazón firme y nervios duros, de quien nadie podía esperar reacción tan insólita. El teniente Ontiveros no hizo el menor comentario. Las lágrimas corrían por el rostro cetrino, de pómulos anchos, con tanta abundancia y en forma tan impetuosa que sin duda el distinguido Juvenal Gómez no se daba cuenta de que estaba atravesando Maracay.

Las lágrimas, en realidad, habían empezado a acumularse ese día a las cuatro de la tarde, pero ni el propio Régulo Llamozas pudo sospecharlo entonces. A las cuatro de la tarde Régulo Llamozas se había asomado a la veneciana, levantando una de las hojillas metálicas, para distraerse mirando hacia el pedazo de calle en que se hallaba. Esto sucedía en Caracas, Urbanización los Chaguaramos, a das cuadras del sudeste de la Avenida Facultad. La quinta estaba sola a esa hora. Se oían afuera el canto metálico de algunas chicharras y adentro el discurrir del agua que se escapaba en la taza del servicio. Y ningún otro ruido. La calle, corta, era tranquila como si se hallara en un pueblo abandonado de Los Llamos.

Mediaba julio y no llovía. Tampoco había llovido el año anterior. Los araguaneyes, las acacias, los caobos de calles y paseos se veían mustios, velados y sucios por el polvo que la brisa levantaba en los cerros desmontados por urbanizadores y en los tramos de avenidas que iban removiendo cuadrillas de trabajadores. El calor era insufrible; un sol de fuego caía sobre Caracas, tostándola desde Petare hasta Catia.

Régulo Llamozas había entreabierto la hojilla de la veneciana a tiempo que de la quinta de enfrente salía un niño en bicicleta; tras él, dando saltos, visiblemente alegre, correteaba un cachorro pardo, sin duda con mezcla de perro pastor alemán. Régulo miró al niño y le sorprendió su expresión de vitalidad. Sus pequeños ojos aindiados, negrísimos y vivaces, brillaban con apasionada alegría cuando comenzó a maniobrar en su bicicleta, huyendo al cachorro que se lanzaba sobre él ladrando. La quinta de la que había salido el niño no era nada del otro mundo; estaba pintada de azul claro, y tenía bien destacado en letras metálicas el nombre de Mercedes. “Mercedes”, se dijo Régulo. “La mamá debe llamarse Mercedes”. De pronto cayó en la cuenta de que en toda su familia no había una mujer con ese nombre. Laura sí, y Julia, su propia mujer se llamaba Aurora; la abuela había tenido un nombre muy bonito: Adela. Todo el mundo la llamaba Misia Adela. Pronto no habría quien dijera “misias” a las señoras, por lo menos en Caracas. Caracas crecía por horas; había traspuesto ya el millón de habitantes, se llenaba de edificios altos, tipo Miami, y también de italianos, portugueses, canarios.

Una criada salió de la quinta Mercedes. Por el color y por la estampa debía ser de Barlovento. Gritó, dirigiéndose al niño:

-¡Pon cuidao a lo carro, que horita llega el dotó pa ve a tu agüelo!

Pero el niño ni siquiera levantó la cabeza para oírla. Estaba disfrutando de manera tan intensa su bicicleta y su juego con el cachorro, que no podía haber nada importante para él en ese momento. Pedaleaba con sorprendente rapidez; se inclinaba, giraba en forma vertiginosa. “Ese va a ser un campeón”. Pensó Régulo. La muchacha gritó más:

¡Muchacho el carrizo, atiende a lo que te digo! ¡Ten cuiado con el carro el dotó!

El pequeño ciclista pasó como una exhalación frente a la ventana de Régulo, pegado a la acera de su lado. Régulo le vio el perfil, un perfil naciente pero expresivo, coronado con un mechón de negro pelo lacio que le caía sobre las cejas. Aun de lado se le notaba la sonrisa que llevaba. Era la estampa de la alegría.

Para Régulo Llamozas, un hombre que se jugaba la vida a conciencia, ver el espectáculo de ese niño entregado con tal pasión a su juego era un deslumbramiento. Por primera vez en tres meses tenía una emoción desligada de su tarea. A través del niño la vida se le presentaba en su aspecto más común y constante, tal como era ella para la generalidad de las gentes; y eso le producía sensaciones extrañas, un tanto perturbadoras. Todavía, sin embargo, no se daba cuenta de la fuerza con que esa imagen iba a remover su alma.

La barloventeña volvió a entrar en la Quinta Mercedes. Estaba ella cerrando la puerta tras sí cuando a las espaldas de Régulo sonó el teléfono. No esperaba llamada alguna. Se sorprendió, pues, desagradablemente, pero acudió al teléfono.

¿Es ahí donde alquilan una habitación? -dijo una voz de hombre tan pronto Régulo había descolgado.

-Sí -respondió.

En el acto comprendió que ese simple “sí”, tan breve y tan fácil de decir, había sido tembloroso. Él era un hombre duro, y además con idea clara de su función y de los peligros que se desprendían de ella. Nadie sabía eso mejor que él mismo. Pero ahora estaba frente a la realidad; había llegado al punto que había estado esperando desde hacía tres meses.

-Entonces voy a verla dentro de una hora -dijo la voz.

Está bien; lo espero -contestó Régulo, tratando de dominarse.

Colgó, y en ese momento sintió que le faltaba aire. Luego, habían dado con su escondite. Probablemente cuando sus compañeros llegaran ya habrían estado allí los hombres de la Seguridad Nacional. Durante una fracción de minuto hizo esfuerzos por serenarse; después, con movimientos rápidos, se dirigió a la habitación y del cajón de la mesa de noche sacó su pistola. Era una Lüger que le había regalado en Panamá un amigo dominicano. Se metió en el bolsillo izquierdo del pantalón dos peines cargados y se colocó el arma en la cintura, sobre la parte derecha del vientre, sujetándola con el cinturón. A esa altura tuvo la impresión de que su energía se había duplicado; todo su cuerpo se hallaba tenso y la conciencia del peligro lo hacía más receptivo. Oyó con mayor claridad el ruido del agua que caía en la taza del servicio, las chicharras de la calle, los ladridos juguetones del cachorro, que debía estar jugueteando todavía tras el pequeño ciclista. Pero su atención estaba puesta en los automóviles. Esperaba oír de momento la marcha veloz y el frenazo potente de un auto de la Seguridad Nacional. Si eso sucedía y el niño se hallaba todavía en la calle, correría peligro, porque él, Régulo Llamozas, no se dejaría coger fácilmente. La sola idea de que el niño pudiera ser herido le atormentó fieramente y le produjo cólera. Se sintió encolerizado con la negra, que no se llevaba al muchacho, y con la señora Mercedes, sin saber quién era ella. De la cintura arriba le subió un golpe de sangre cálida; llegaba en sustitución de la que había huido a los ignorados antros del cuerpo cuando oyó a través del teléfono la pregunta sobre la habitación que se alquilaba. En escasos minutos su organismo había sido sacudido y llevado a extremos opuestos.

A causa del niño estaba olvidando cosas importantes. “Guá, las bichas”, se dijo de pronto; y se dirigió al closet; lo abrió y de la tabla de abajo sacó una gran cartera negra. Haló el zíper. Allí estaban “las bichas” -tres granadas de piña, pintadas de amarillo-, los papeles y su única remuda de interiores y medias, todas piezas de nylón. Colocó la cartera sobre la cama, descolgó su paltó y fue a coger su corbata, que estaba en el espaldar de una silla; sin embargo no la cogió, porque alguna fuerza oscura le llevó a sacar de la cartera una granada, que sopesó cuidadosamente en la mano mientras clavaba la mirada con creciente intensidad en el peligroso artefacto. De ese amarillo y pesado huevo metálico, cuya cáscara estaba formada por cuadros, fue emanando una sensación de seguridad que en escaso tiempo devolvió a Régulo Llamozas el dominio de sus nervios. “Esos vergajos van a saber lo que es un hombre”, pensó. A seguidas volvió a colocar la granada en la cartera; después se puso la corbata y el paltó. Sin duda alguna se sentía mejor.

Faltaba casi toda la hora para que llegaran sus amigos, pero nadie podía saber cuánto faltaba para que llegara la Seguridad Nacional. Desconfiado de sus propios oídos, Régulo entreabrió de nuevo una hojilla de la veneciana, pues muy bien podía haber gente a pie vigilándole ya. Enfrente sólo se veía al muchacho, felizmente entregado a su incansable pedalear. El cachorro se había rendido, por lo visto; estaba sentado en la acera de la Quinta Mercedes, muy erguido, mirando a su amigo con ojos alegres y húmedos de ternura, la lengua colgándole por un lado de la boca, una oreja enhiesta y la otra caída. Régulo abandonó el sitio y se fue a la sala.

La quinta en que se hallaba tenía sólo dos dormitorios. Los inquilinos eran un matrimonio sin hijos, ella maestra y él vendedor de licores; salían temprano y no volvían hasta las siete y media o las ocho de la noche. Régulo había hablado poco con ellos, entre otras razones porque hacía sólo dos días que lo habían llevado a esa nueva “concha”. En la sala había muebles pesados, algunos retratos familiares, un Corazón de Jesús de buen tamaño, un florero con rosas de papel sobre la mesita del centro y dos grupos de loza imitación de porcelana en dos rinconeras. Régulo halló que esa sala se parecía a muchas. “A Aurora le gustarían estos muebles”, se dijo. “Si tengo que defenderme aquí, estos corotos van a quedar inservibles”, pensó. De inmediato se halló recordando otra vez a su mujer. Si lo mataban o si lograba huir, la Seguridad iría a su casa, detendría a Aurora, tal vez la torturarían, y Aurora no podría decir una palabra porque él no había querido ni siquiera enviarle un recado. “La primera sorprendida sería ella si le dijeran que yo estoy en Venezuela”, se dijo. De inmediato, sin saber por qué, recordó que en la casa del pequeño ciclista estaban esperando al doctor para ver al abuelo. “Esos doctores se tardan a veces cuatro y cinco horas”, pensó.

Ahora si sonaba un auto en la calle. Otra vez, de manera súbita, sintió la paralización total de su ser. La impresión fue clara: que todo lo que bullía en su cuerpo seguía detenido de golpe. Reaccionó con toda el alma, imponiéndose a si mismo valor. “La bicha, primero la bicha”, dijo; y en un instante se halló en el dormitorio, con una granada de nuevo en la mano derecha. Cautamente tornó a entreabrir la persiana. Un Buick verde venía pegándose a su acera. Había dos hombres dentro; uno al timón, otro atrás. En una fracción de segundo Régulo reconoció al de atrás. A seguidas metió la granada en la cartera, sujetó ésta, corrió a la sala, salió a la calle, cerró la puerta tras sí y en dos pasos estuvo en el automóvil.

-Qué hay, compañero -dijo.

El que hacía de chófer puso el carro en movimiento, tal vez un poco más de prisa de lo que convenía. Régulo volvió el rostro. No se veía otro auto en la calle. La negra salía corriendo en pos del niño y el perro saltaba tras ella.

-Cayeron Muñoz y Guaramato -dijo el de atrás.

-¿Muñoz y Guaramato? -preguntó Régulo.

Mala cosa. Los dos habían estado con él en una reunión, tres noches atrás.

-Yo creo que es mejor ir por las Colinas de Bello Monte -opinó el que manejaba.

Sí -aseguró el otro.

Régulo Llamozas no pudo opinar. Iban con él y por él, pero él no podía decir qué vía le parecía más segura. Durante tres meses no había podido decir una sola vez que quería ir a tal sitio; otros le llevaban y le traían. Tres meses, desde mediados de abril hasta ese día de julio, había semivivido en Caracas, saliendo sólo de noche; tres meses en las tinieblas metido en el corazón de una ciudad que ya no era su Caracas, una ciudad que estaba dejando de ser lo que había sido sin que nadie supiera decir qué seria en el porvenir; tres meses jugándose la vida, viendo compañeros de paso en reuniones subrepticias, cambiando impresiones a media voz, transmitiendo órdenes que había recibido en Costa Rica, instruyendo a hombres y mujeres de la resistencia. No había podido ver el Avila a la luz del sol ni había podido salir a comerse unas caraotas en el restorán criollo. Todo el mundo podía hacerlo, millones de venezolanos podían hacerlo; él no. “Colinas de Bello Monte”, pensó. De pronto recordó que había estado en esa urbanización dos semanas atrás, en la casa de un ingeniero, y que desde una ventana había estado mirando a sus pies las luces vivas y ordenadas de la Autopista del Este y de la Avenida Miranda, que se perdían hacia Petare, y los huecos iluminados de docenas de altos edificios, que se levantaban en dirección de Sabana Grande y de Chacao con apariencia de cerros cargados de fogatas en cuadro.

-Entra por la calle Edison y trata de pegarte al cerro -dijo el de atrás hablando con el que guiaba.

-¿Habrán hablado Muñoz y Guaramato? -preguntó Régulo.

-Esos compañeros no hablan, vale. Pero ya tú sabes: el tigre come por lo ligero. Esta misma noche estás raspando. Lo que venga que te coja afuera.

-¿Por dónde me voy?

-Por Colombia, vale. Ya no está ahí Rojas Pinilla. Ese camino está ahora despejado.

Por Colombia… Rojas Pinilla había caído hacía dos meses… Desde luego, para ir a Colombia había que pasar por Valencia, y de paso, ¿sería una locura ver a Aurora? Pera claro que sería una locura. Si la Seguridad Nacional sabía que él estaba en Venezuela, la casa de su familia tenía vigilancia día y noche.

-Oye, vale, el camino de aquí a la frontera es largo –dijo.

-Bueno, pero eso está arreglado. Tú vas a viajar seguro. Figúrate que vas a ser soldado, el distinguido Juvenal Gómez, y que te va a llevar un teniente en su propio auto. Hay que trasladar el retrato de tu cédula a otro papel, nada más.

Un automóvil negro pasó rozando el Buick; de los cuatro hombres que iban en él, uno se quedó mirando a Régulo. Durante un instante Régulo temió que el auto negro se atravesara delante del Buick y que los cuatro hombres saltarían a tierra armados de ametralladoras. No pasó nada, sin embargo. Su compañero comentó:

-Pavoso el hombre.

-Régulo sonrió. De manera que el otro se había dacio cuenta… Era gente muy alerta la que le rodeaba.

-¿Un teniente ? -preguntó, llevando la conversación al punto en que había quedado-. ¿Pero de verdad o como yo?

-De verdad vale... El teniente Ontiveros.

El teniente Ontiveros llegó manejando una ranchera justo a la hora acordada, y habló poco pero actuó con seguridad. Régulo Llamozas, convertido ahora en el distinguido Juvenal Gómez -con todo y uniforme- comenzó a sentirse más confiado cuando dejó atrás la alcabala de Los Teques; en la de La Victoria, ni él ni el teniente tuvieron siquiera que bajar del vehículo.

Camino hacia Maracay, silenciosos él y el compañero, Régulo Llamozas se dejaba ganar por la extraña sensación de que ahora, en medio de la oscuridad de la carretera, iba consustanciándose con su tierra, volviendo a su ser real, que no terminaba en su piel porque se integraba con Venezuela. Mientras la ranchera rodaba en la noche, el saboreaba lentamente una emoción a la vez intensa y amarga. Esos campos, ese aire, eran Venezuela, y él sabía que eran Venezuela aunque no pudiera verlos. Sin embargo tenía conciencia de otra sensación; la de una grieta que se abría lentamente en su alma, como si la rajara, y la de gotas amargas que destilaban a lo largo de la grieta.

En verdad, solo ahora, cuando se encaminaba de nuevo al destierro, encontraba a su Venezuela. ¿Quién puede dar un corte seco, que separe al hombre de su pasado? Esa patria por la cual estaba jugándose la vida no era un mero hecho geográfico, simple tierra con casas, calles y autopistas encima. Había algo que brotaba de ella, algo que siempre había envuelto a Régulo, antes del exilio y en el exilio mismo; una especie de corriente intensa; cierto tono, un sonido especial que conmovía el corazón.

-Vamos a parar en Turmero -dijo de pronto el teniente-. Va a subir ahí un compañero. Creo que usted lo conoce, pero no se haga el enterado mientras no salgamos de Turmero.

Cruzaban los valles de Aragua. Serían las once de la noche, más o menos, y la brisa disipaba el calor que el sol sembraba durante doce horas en una tierra sedienta de agua. Régulo no respondió palabra. Cada vez se concentraba mas en sí mismo; cada vez más parecía clavado, no en el asiento, sino en las duras sombras que cubrían los campos. Iba pensando que había estado tres meses viviendo en un estado de tensión, con toda el alma puesta en su tarea; que en ese tiempo había sido un extraño para sí mismo, y que solo al final, esa misma tarde, minutos antes de que sonara el teléfono, había dado con una emoción que era personalmente suya, que no procedía de nada ligado a su misión, sino a la simple imagen de un niño que jugaba en bicicleta al sol de la tarde.

-Turmero -dijo el teniente cuando las luces del poblado parpadearon por entre ramas de árboles.

En un movimiento rápido, el teniente Ontiveros guió la ranchera hacia el centro de la especie de plazoleta que separa a los dos comercios más importantes del lugar. Había a los lados maquinaria de la empleada en la construcción de la autopista, camiones de carga y numerosos hombres chachareando afuera mientras otros se movían dentro de los botiquines.

-Quédese aquí, El compañero viene conmigo dentro de un momento –explicó Ontiveros.

-Está bien –aceptó Régulo.

Trató de no llamar La atención. No debía hacerse el misterioso. Lo mejor era mirar a todos lados. “Hasta Turmero cambia”, pensó. Vio al teniente que bebía algo frente al mostrador y que volvía la cabeza a un sitio y a otro, sin duda tratando de dar con el compañero que viajaría con ellos. “El teniente éste está jugándose la vida por mí. No, por mí no; por Venezuela”, se dijo. En realidad, eso no le causaba asombro; él sabía que había muchos militares dispuestos s sacrificarse.

La brisa movía las hojas de un árbol que quedaba cerca, a su izquierda, y de alguna llave que él no podía ver caía agua. Agua, agua como la que sonaba sin cesar en la taza del servicio, allá en Caracas; si, en Caracas, en el pedazo de calle de Los Chaguaramos, solitario como la calle de un pueblo abandonado; allí donde el pequeño ciclista pedaleaba sin cesar, seguido por el cachorro.

No estando el teniente con él, se sentía intranquilo; de manera que lo mejor era tener una granada en la mano, por lo que pudiera suceder. La sacó de la cartera y empezó a palparla. En ese instante oyó pasos. Alguien se acercaba a la ranchera. Miró de refilón, tratando de no dar el rostro: eran el teniente y el compañero. Hablaban con toda naturalidad, y en una de las voces reconoció a un amigo. Pero se hizo el desinteresado.

-Podemos ir los tres delante -dijo el teniente Ontiveros-. Córrase un poco, distinguido Gómez.

El distinguido Gómez, todavía con la granada en la mano se corrió hacia el centro; el teniente dio la vuelta y entró por el lado izquierdo al tiempo que el otro tomaba asiento en el extremo derecho. Súbitamente liberado de su reciente inquietud, Régulo Llamozas sentía necesidad de decir un chiste, de saludar con efusión al amigo que le había salido al camino en momento tan difícil. El teniente Ontiveros encendió el motor, puso la luz y la ranchera echó a andar. En un instante Turmero quedó atrás. Régulo Llamozas se volvió al recién llegado y le echó un brazo por el hombro.

-¡Vale Luis, qué alegría! Nunca pensé que te vería en este viaje.

-Pues ya lo ves, Régulo. Aquí estoy, siempre en la línea. Me dijeron que debía acompañarte hasta Barquisimeto y he venido a hacerlo; de Barquisimeto en adelante te acompañará otro.

Hablaron un poco más, de las tareas clandestinas, de los desterrados, de los caídos.

-Yo tenía reunión con Leonardo la noche de su muerte -dijo Luis.

El teniente mencionó a Omaña, contó cosas suyas. Los faros iban destacando uno por uno los árboles de la carretera; y de pronto hubo silencio, porque estaban llegando a la alcabala de Maracay.

Fue después que les dieron paso cuando Luis inició un tema nuevo. Movió el cuerpo hacia su izquierda, como para ver mejor a Régulo, y preguntó de pronto:

¿Cómo está Aurora? ¿Hallaste grande a Regulito?

-No los he visto -explicó Régulo-. Yo entré por Puerto la Cruz y todavía no he estado en Valencia. Estoy pensando que si pasamos por Valencia después de la una podría llegar un momento a la casa, pero tengo sospechas de que la Seguridad esté vigilando los alrededores.

-¿En Valencia? -preguntó Luis, con acento de sorpresa-. Pero si Aurora no vive en Valencia. Vive en Caracas.

Régulo Llamozas sintió que le daban un latigazo en el centro del alma.

-¿Cómo en Caracas? ¿Desde cuándo? -inquirió casi a gritos.

-Desde que su papá se puso grave.

Régulo no pudo hacer otra pregunta. Se sentía castigado por olas de calor que le quemaban el rostro. Comenzó a pasarse una mano por la barbilla y sus negros ojos se endurecían por momentos.

-¿Pero tú no lo sabias? -preguntó el amigo.

Régulo trató de dominar su voz, temeroso de hacer un papel ridículo.

No, vale -dijo-. Tengo tres meses aquí y hace cuatro que salí de Costa Rica.

Pues si -explicó Luis-… Ella vive en la calle Madariaga, en Los Chaguaramos, en una quinta que se llama Mercedes.

No se oyeron más palabras. Ya estaban en Maracay. Debía ser media noche, y la brisa de las calles llegaba fresca después de su paso por los samanes de la llanura. El teniente Ontiveros volvió el rostro y a la luz del tablero vio con asombro las lágrimas cayendo por las mejillas del distinguido Juvenal Gómez.

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. Victoriano Segura

Todo lo malo que se había pensado de Victoriano Segura estaba sin duda justificado, pues a las pocas semanas de hallarse viviendo allí se presentaron en su puerta dos policías y se lo llevaron por delante. Aquella vez era bastante avanzada la tarde. Pero en otra ocasión los agentes del orden público llegaron muy de mañana y al parecer con mala sangre, porque cuando -al tomar la esquina- Victoriano Segura se detuvo como para hablar, uno de ellos le empujó, lo amenazó con su palo y le gritó algunas malas palabras. En la primera ocasión su mujer salió a la puerta y estuvo mirando a su marido y a los policías hasta que doblaron; en la segunda ni eso pudieron ver los vecinos, pues él le dijo a voces que no le diera gusto a la gente, que se quedara adentro y no le abriera la puerta a nadie.

Victoriano era alto, probablemente de más de seis pies, muy flaco, muy callado, de ojos saltones y manchados de sangre; tenía la piel cobriza, el pelo áspero y la nariz muy fina; y tenia sobre todo un aire extraño, una expresión que no podía definirse. El contraste entre su silencio y su voz producía malísima impresión; pues sólo hablaba de tarde en tarde para llamar a la mujer y pedirle café, y entonces su voz grave y dura se expandía por gran parte de aquella pequeña calle dejando la convicción de que Victoriano era un hombre autoritario y violento. Esa sensación se agravaba debido a que Victoriano Segura jamás se dirigía a nadie en la calle; no sonreía ni contestaba saludos. Además, su propia llegada al lugar tuvo algo de misteriosa.

El lugar era una calle todavía en esbozo, en la que tal vez no habría más de veinte casas, y de esas sólo tres podían considerarse de algún valor. Por de pronto, nada más esas tres tenían aceras; las restantes daban directamente a la hierba o al polvo, si no llovía -porque cuando llovía la calle se volvía un lodazal-. Ahora bien, según afirmaba con su graciosa tartamudez el anciano Tancredo Rojas, la gente que vivía allí era “de ... cente, de ... cente”. Con lo cual aludía a los viajes de Victoriano Segura seguido de esas escoltas policiales.

La casa que alquiló Victoriano tenía hacia el este un solar cubierto de matorrales y arbustos, donde el vecindario tiraba latas viejas, papeles y hasta basura; hacia el oeste vivían dos hermanas viejecitas, una de ellas sorda como una tapia y la otra casi ciega. Cuando se corrió la voz de que las dos veces Victoriano había sido llevado a la policía por robo, la gente comenzó a temer que de momento asaltaría a las viejas, de quienes se decía que guardaban algún dinero. En poco tiempo el miedo a ese asalto y la posibilidad de que se produjera -tal vez con asesinato y otros agravantes- dominó en todos los hogares, y en consecuencia, de la alta y seca figura de Victoriano comenzó a emerger un prestigio siniestro, que ponía pavor en el corazón de las mujeres y bastante preocupación en la mente de los hombres. Una noche, a eso de las nueve, se oyeron desgarradores gritos femeninos que salían de la casa de las ancianas. Armado de machete, el hijo de don Tancredo corrió para volver a poco diciendo que allí nada ocurría. Interrogada por él, la vieja medio ciega dijo que había oído gritos, pero hacia la casa de Victoriano Segura. La gente comentó durante varios días el valor del hijo de don Tancredo y acabó asegurando que los gritos eran de la mujer de Victoriano, a quien ese malvado maltrataba.

Eso, en una calleja tan pequeña, donde todos se conocían y todos se llevaban bien y se trataban con cariño, aumentó la sensación de malestar que producía el hombre. El era carretero; guardaba la carreta en el patio y soltaba el mulo en el solar vecino, donde otro mulo descansaba día por medio; salía muy temprano a trabajar y a eso de media tarde se sentaba a la puerta de la calle, con la silla arrimada en el seto de tablas. Alguna que otra tarde se oía su voz; era cuando llamaba a su mujer para pedirle café. Sólo en esas ocasiones, y cuando iba a comprar algo, se veía a la mujer, que era una criatura callada, más oscura que el marido pero muy bonita, de pocas carnes, más bien baja, de cabellos crespos, bellos ojos negros y boca muy bien dibujada.

-Pobrecita -comentaban las mujeres cuando la veían-, tener que vivir con un hombre así…

La casa en que vivían había estado vacía muchos meses; y nadie vio a Victoriano Segura llegar a verla, a nadie preguntó quién era el dueño ni cuánto cobraban por alquilarla. De buenas a primeras amaneció un día allí. Sin duda se había mudado a medianoche, usando su propia carreta. Ese solo hecho dio lugar a muchas conjeturas; agréguese a él el comportamiento del hombre, sus dos detenciones acusado de robo, según se decía en la calleja, y los gritos nocturnos bajo su techo. Todo lo malo imaginable podía pensarse de Victoriano Segura.

Por eso resultó tan sorprendente la conducta del extraño sujeto cuando la desgracia se hizo presente por vez primera en aquel naciente pedazo de calle. La noche de San Silvestre, después que las sirenas de los aserraderos, las campanas de las dos iglesias y millares de cohetes dieron la señal de que había comenzado un año nuevo, se oyeron gritos de socorro. Inmediatamente la gente pensó: “Es José Abud”. Y era José Abud. Su acento libanés no podía confundirse.

El viejo Abud no era tan viejo; seguro que no tenía sesenta años. Su casa era la mejor del vecindario, y hablando con toda propiedad, la única de dos plantas. Abajo estaba el comercio y arriba vivía la familia; abajo era de ladrillo, arriba de madera. José Abud se había casado pocos años antes con la hija de un compatriota; tenía tres niños preciosos y, además, a su madre. La vieja Adelina Abud, que había emigrado de su lejana tierra ya de años, apenas hablaba con claridad. Anciana ya, quedó paralítica, según decían en el barrio, debido al castigo de Dios porque no era católica.

En medio de la noche se oyeron golpes de puertas que se abrían y voces que resonaban preguntando qué pasaba. De primera intención todo el mundo creyó que había muerto la madre de José Abud. Pero con incontenible estupor la gente que se asomaba a las puertas y a las ventanas vio penetrar en sus casas una extraña claridad rojiza. Entonces de todas las bocas surgió el grito:

-¡Fuego! Es fuego en la casa de José Abud!

Atropelladamente, vestidos a medias, hombres, mujeres y muchachos comenzaron a corretear por la calleja. Súbitas y violentas llamaradas salían con pasmosa y siniestra agilidad, por debajo del balcón de la gran casa; se oían el chasquido del fuego y el trepidar de las puertas. Agudos lamentos de mujeres y voces de hombre íbanle dando al terrible espectáculo el tono de pavor que merecía. Allá arriba, arriendo por el balcón de un extremo a otro, como enloquecidos, se veía a José, con dos hijos bajo los brazos, y a la mujer con otro en alto.

-¡Que bajen por la escalera antes de que se queme; que bajen por la escalera! ¡Baja, José; bajen! -gritaban desde la calle.

Pero se notaba que el aturdido libanés y su mujer no entendían. A lo mejor ignoraban que el comercio era pasto del fuego, y por eso creían que la escalera se conservaba todavía en buen estado. Después se supo que efectivamente era eso lo que pensaban José Abud y su mujer. No podía ser de otra manera, pues cuando la familia se dio cuenta del siniestro fue cuando vieron las llamas reventando, como gigantesca flor viva, por la pared de atrás de la casa, y ya había trepado y consumido en un momento parte de los altos, hacia el fondo; así que ellos ignoraban que el comercio ardía.

-¡Hay que abrir esa puerta pronto! -gritó alguien, refiriéndose a la puerta de la escalera.

En un instante apareció un hombre con un pico y otro con una barreta; golpearon la puerta e hicieron saltar los cierres. Cálido, picante, con agrio olor, el humo salió por allí. Pero la gente no perdió tiempo, y se vio a varios hombres meterse a toda prisa escaleras arriba. Cuando retornaron llevaban a los niños en brazos y empujaban a José y a su mujer, que estaban aterrorizados. A seguidas se vio el impetuoso río de fuego abrir brecha en el lienzo de manera que dividía la escalera del comercio; se oyó el crepitar de las tablas, y tras el crepitar entraron las múltiples llamas ensanchándose y despidiendo chispas.

Victoriano Segura se había levantado. Debió vestirse muy de prisa, porque tenía la camisa abierta. Esa noche -¡por fin!- no se mantuvo apartado, si bien tampoco se mezcló con la gente. Se paró en la acera de la casa de don Julio Sánchez, que pegaba con la de José Abud y era también de ladrillos, aunque de una sola planta. Allí, los brazos cruzados sobre el pecho, atento al siniestro, callado, podía vérsele enrojeciendo y brillando, como un alto y flaco e inmóvil muñeco de cobre que resultara a ratos iluminado por el aleteo de las llamas. Al parecer no atendía más que al súbito e incesante crecer y decrecer de las llamaradas, cuando oyó a José Abud exclamar, con voz que parecía llegada de otro mundo:

-¡Mamá, mamá está arriba! ¡Mamá se quema!

Entonces, braceando como si nadara, Victoriano Segura avanzó. La gente sintió su presencia. Aquella extraña mirada se convirtió de pronto en la de una fiera, un brillo imponente le alumbró los ojos, y su voz de piedra, esa voz que aterrorizaba al vecindario, baja, fuerte, dura, se impuso al tumulto, a los gritos y a las quejas.

-¿Dónde está la vieja? ¡Dígame dónde está la vieja! -demandó más que preguntó.

La gente se quedó muda. “Este quiere entrar para robar”, pensaron muchos. Pero la mujer de José Abud, que era joven y estaba desesperada por la tragedia, no pensó así, y gritó que estaba en su habitación.

-¡La última de allá, de allá! -explicaba entre llanto a la vez que indicaba con la mano que el sitio estaba hacia el fondo hacia el oriente, esto es, donde más fuerte debía ser el fuego en tal momento.

Victoriano Segura la miró a fondo durante diez a doce segundos. Las llamas iluminaban su rostro cobrizo y su pelo áspero; y era fácil advertir que los músculos de la cara estaban contrayéndosele.

-¡No, no; usté no! -gritó José Abud al tiempo que trataba de agarrarlo para que no fuera, tal vez porque alguien acertó a decirle que ese hombre pretendía aprovechar el desconcierto para ir a robar.

Mas ya era tarde para que Victoriano Segura pudiera oírlo. Se metió de un salto por la puerta de la escalera; se le vio saltar todavía más, como un enorme gato flaco y ágil, que podía moverse sin hacer ruido y sin mostrar esfuerzo.

-¡Se va a matar ese hombre! -gritó de pronto una mujer.

-¡Sí, se va a matar, se va a asfixiar! ¡Salga de ahí Victoriano! -gritaron varias voces a un tiempo.

A esa hora la multitud era ya grande. Gentes de las calles cercanas y hasta del centro del pueblo habían llegado de todas direcciones, atraídos por el resplandor y por el escándalo. Llegaron policías que comenzaron a dar órdenes y a apartar a la multitud. Las señoras del vecindario corrían de nuevo hacia sus casas, recordando que habían dejado las puertas abiertas y que las circunstancias eran propicias para que se metieran por ellas los rateros. Por fin, en grupos dispersos comenzaron a llegar los bomberos, a pesar de que no podrían hacer nada allí debido a que no había de dónde sacar agua. Los policías, los bomberos y todos los recién llegados hacían la misma pregunta:

-¡Cómo empezó?

Y todos oían las atropelladas noticias de que allá arriba había una vieja paralítica y un hombre que se había metido a salvarla. Por eso los que llegaban se ponían a mirar hacia “allá arriba” con tanta angustia como los vecinos de la calleja.

Las conversaciones eran como un mar; un mar en el que de pronto se levanta una ola y a poco vuelve a caer. Sobre el constante abejoneo se alzaba de improviso un clamor, un comentario quejumbroso o una observación que salía del corazón mismo de la multitud.

Cinco minutos no son nada; y nadie puede en cinco minutos, por muy de prisa que lo haga todo, subir a una casa, sacar de su lecho a una anciana paralítica y conducirla a la calle, aunque la casa no esté ardiendo. Ahora bien el fuego es un elemento muy veloz; es inclemente, salvaje, y su entraña maligna está fuera del tiempo. De manera que una carrera entre el hombre y el fuego es muy desigual para el hombre; y así, cinco minutos, que no son nada para salvar una vida, resultan un largo tiempo para perderla. Tal vez nadie pensó eso aquella noche de San Silvestre, mientras la casa de José Abud ardía; pero es indudable que todos lo sintieron. Para el expectante vecindario, una vez transcurridos cinco minutos podían darse por muertos a Victoriano Segura y a la vieja Adelina Abud. Es probable, sin embargo, que todavía hubiera alguien pensando que Victoriano no estaba tratando de sacar a la enferma, sino buscando el sitio donde José Abud guardaba su dinero; y para las personas que tenían esa sospecha, de momento aparecería Victoriano en el balcón y daría un salto o haría algo diabólico; desaparecería a los ojos de todos con la fortuna de Abud.

Por el extremo este, el balcón comenzó a arder. Una llamarada surgió, con inteligente y demoníaca maldad, sobre el seto del alto, hacia el lado de allá; envolvió y pareció acariciar la balaustrada; la lamió y en un instante la hizo arder.

Si el balcón cogía fuego, ¿qué iba a ser de Victoriano y de la vieja? Las voces comenzaron a hacerse más altas, los ayes de las mujeres, más frecuentes. Había llegado ya el momento en que la gente lanzaba maldiciones por la lentitud del hombre en salir, lo cual indicaba que su probable muerte -la horrible muerte por el fuego- comenzaba a ganarle simpatías. Aunque no había dudas de que todos pensaban en la vieja paralítica, podía advertirse que sobre ese pensamiento iba superponiéndose, con rasgos cada vez más fuertes, la imagen de Victoriano Segura. Aquel hombre parecía llamado a promover en torno suyo una atmósfera dramática. Instintivamente la gente volvía la cabeza hacia la casa de Victoriano, en cuya puerta, tal vez muy angustiada pero de todas maneras muy dueña de sí misma, sin gritar y sin moverse, se veía a su mujer, pequeña, bonita, de grandes ojos negros y de cutis oscuro que el fuego enrojecía. Los vecinos de la calleja sentían deseos de acercarse a ella y hablarle sobre su marido.

De súbito se la vio abrir la boca.

-¡Victoriano! -dijo y corrió hacia el fuego.

El hombre había salido al balcón. Lo hizo durante un instante; asomó hacia la multitud su rostro duro, y entró de nuevo a toda prisa. Ese movimiento acentuó las sospechas de los que las tenían. El hombre había hallado el dinero y andaba buscando por dónde escapar. A seguidas volvió a salir, armado de un palo que seguramente había sido la pata de una mesa; y brutalmente, con una seguridad y una fiereza impresionantes, comenzó a golpear la balaustrada del balcón por el extremo que daba al techo de la casa de don Julio Sánchez. Entre el piso del balcón y ese techo podía haber una diferencia de vara y media, que se convertían en dos varas y media desde el pasamanos; además, podía haber una vara de espacio vacío de una casa a la otra. La multitud comprendió de inmediato que el plan de Victoriano consistía en romper la balaustrada para sacar por ahí a la vieja.

-¡Que suban algunos al techo de don Julio! -comenzó a pedir la gente, una voz por aquí, dos por allá, otra más lejos.

Fue admirable la prontitud con que apareció una escalera. Tal vez era de los bomberos. Pero nadie ponía atención en los bomberos ni en los policías. Es el caso que apareció una escalera, y tres o cuatro hombres la agarraron al tiempo que otros trepaban hacia el techo. Mientras tanto, allá arriba, indiferente al fuego del balcón que avanzaba hacia sus espaldas, Victoriano Segura iba destrozando la balaustrada. Logró romper el pasamanos y se prendió de él con terrible fuerza; lo haló, lo removió. Cuando lo hizo saltar se detuvo un poco para quitarse la camisa. Al favor de las llamas se vio entonces que a pesar de su delgadez era musculoso y fuerte como un animal joven.

Seis o siete hombres que se movían tropezando y estorbándose lograron ganar el techo de la casa de don Julio; alguien les gritó que subieran la escalera para ayudar a Victoriano. A ese tiempo éste había hecho saltar todos los balaustres y había entrado de nuevo en la casa. El humo iba saliendo por las puertas, en violentas bocanadas gris negras que avanzaban como impetuosos remolinos. Parecía imposible librarse de su efecto. La anciana no podía salvarse, cosa que todos aseguraban en voz baja. También estaban seguros, a tal altura, de que Victoriano iba en busca de la vieja.

Ya había sido eliminada totalmente la última sospecha. En medio de la angustia los sentimientos iban desplazándose. Mucha gente pensó que la anciana no podría salvarse, pero que el hombre sí, si no seguía arriesgándose. No se daban cuenta de que Victoriano había pasado a ser el objeto de la preocupación general. Inconscientemente, la multitud empezó a moverse hacia el sitio donde se hallaba su mujer. Después de haber gritado el nombre de su marido, ella se había quedado inmóvil, con la boca cubierta por una mano y los ojos fijos en el balcón.

A poco un enorme clamoreo subió de todas las bocas y hubo muchos que aplaudieron, aunque de manera dispersa, como con miedo: Victoriano Segura había aparecido en el balcón con la anciana en los brazos. Pero parecía muy tarde, porque, favorecida por una ligera brisa, las llamas avanzaban y cubrían todo el sitio. El espacio que el hombre tenía que recorrer sería de tres varas solamente; mas en esas tres varas dominaba ya el fuego; y además, no era cosa de salir corriendo y dejar caer a Adelina. Colocarse de espaldas al fuego, con la anciana en brazos, para bajar la escalera, o aún entregársela a alguien de los que estaban sobre el techo de la casa de don Julio, requería mucho esfuerzo y un gasto de tiempo que ya no podía hacerse. La menor dilación, y el balcón podía caerse. Por cierto una parte cayó, precisamente cuando Victoriano se acercaba al extremo que él mismo había roto poco antes. La gente bramó cuando vio ese pedazo de balcón, consumido par el fuego, caer entre chispas y estruendo.

Pero Victoriano no volvió la cabeza. Había llegado al borde del balcón y durante un segundo se le vio dudar. Tal vez pensaba lanzarse con la anciana en brazos, lo cual hubiera sido una locura. Gesticulando y gritando, los seis o siete hombres que estaban en el techo de don Julio le invitaban a algo. Tranquilamente, dándoles la espalda, Victoriano se sentó; después empezó a dar una vuelta, de manera que quedó sentado con las piernas al aire y la vieja Adelina en ellas; luego tomó a la vieja por las axilas y comenzó a bajarla. La enferma se movía igual que un péndulo, inerte, más como una gran muñeca de madera que como un ser vivo. Los de abajo tendían las manos y daban gritos. Por momentos salían huyendo, porque las llamas avanzaban entre ellos. Era impresionante ver que esas llamas casi envolvían a la paralítica y sin embargo no la conmovían.

-¡Déjela caer, déjela caer! -gritaban los hombres agrupados bajo los pies de la anciana.

Como todo el mundo, ellos no pensaban tanto en Adelina como en Victoriano, a quien una corta dilación convertiría en víctima. Se concebía ya hasta que la vieja muriera, pero nadie podía aceptar a esa altura la idea de que muriera Victoriano.

Ahora bien, era evidente que a aquel hambre no le importaban gran cosa los demás. Las opiniones pueden cambiar en un minuto, y con ellas los sentimientos a que han dado origen; mas la naturaleza humana no varía tan de prisa. Ese Victoriano Segura que estaba jugándose la vida en el balcón era el mismo que dejaba sin contestar los saludos de sus vecinos. Estaba tan aislado allá arriba como se mantenía en su casa. Por un momento su mujer perdió la serenidad; corrió hacia el fuego y gritó:

-¡Victoriano, suéltala y tírate!

Y en medio del tumulto, del continuo estallido de las maderas que ardían, de aquel mar de voces, el marido oyó a su mujer. La oyó porque se le vio buscarla con los ojos. Ella dijo entonces:

-¡Acuérdate, Victoriano; acuérdate!

¿Que se acordara de qué? ¿Qué significaban esas palabras? ¿Había alguna razón por la cual él no debía dejarse matar o inutilizar por el fuego? La gente se miró entre sí. El misterio seguía rodeando a ese hombre flaco y alto, a
ese ser impenetrable, duro y callado. Debía ser muy importante lo que decía la mujer, porque Victoriano se volvió a los hombres que se agrupaban bajo él, en el techo vecino, y dejó oír, por segunda vez en esa doliente noche, su voz metálica e impresionante.

-¡Allá va! –dijo estentóreamente.

Y soltó a la anciana, a quien los otros recibieron en tumulto. Un segundo después, con la agilidad de un enorme gato, Victoriano se tiró. A seguidas crujió el resto del balcón, y levantando sordo estrépito cayó a la calle envuelto en chorros de fulgurantes chispas. La gente se distrajo viendo esa caída y esas chispas, razón por la cual muy pocos se dieron cuenta de que Victoriano Segura había corrido por el techo de la casa de don Julio y había saltado después a la calle. Ya allí, imponiéndose con su dura mirada y su gran tamaño, pidió paso y se lo dieron. Cuando algunos quisieron buscarlo para hablar con él, era tarde. Confusamente, se había oído el golpe de su puerta.

Durante todo el día de Año Nuevo estuvieron humeando los escombros de la que había sido la mejor construcción de la pequeña calle. Hombres y muchachas, y hasta alguna mujer, hacían grupos frente al lugar del siniestro y cambiaban impresiones. De rato en rato un muchacho señalaba hacia la casa de Victoriano Segura y decía:

-Mire, el vive ahí.

Pero nadie vio a Victoriano ese día. Y como tampoco se le vio salir al siguiente, unos cuantos vecinos, encabezados por José Abud, fueron a visitarlo. A las llamadas en la puerta salió la mujer, pero no abrió del todo, sino sólo un poco.

-¿Qué desean? -preguntó.

Con su graciosa tartamudez, don Tancredo Rojas comenzó a tratar de decir que todos ellos querían saludar al “hé…roe, hé…roe, hé…roe de, de, de…”

Pero la mujer no deseaba oír más. Se había puesto nerviosa y se agarraba a la hoja de la puerta como si temiera que algún espíritu maligno pudiera abrirla del todo.

-Ay, señores… Miren, él no está aquí –dijo-. Mejor váyanse. Él no quiere que venga gente a la casa. Perdónenme señores… Pero váyanse.

El grupo cambió miradas.

Pero… pero… pero… -comenzó a decir don Tancredo, mientras hacía moverse de un lado a otro la empuñadura de su bastón, cuya puntera había clavado en tierra.

Evidentemente la mujer no sabía que hacer. Entonces intervino don Julio, cuya voz era muy aguda.

-Muy bien, señora, muy bien –dijo-. Pero le dice que vinimos a verlo. Queríamos saber si estaba bien y si necesitaba algo. Adiós, señora.

El pobre José Abud, abrumado por la desgracia, no abría la boca. Caminaba junto a sus compañeros de comisión como quien marcha tras el entierro de un ser querido.

Los días fueron transcurriendo sin que volviera a verse a Victoriano Segura sentado a la puerta de su casa. La gente muy madrugadora alcanzaba a oír el ruido de su carreta. Volvía a media tarde, pero no salía más. Esa conducta, desde luego, llenaba de confusión a todo el mundo, si bien ya no causaba mala impresión. A juicio del vecindario Victoriano era un hombre extraño, en cuya vida había algún misterio. Muy pocos aludían a sus prisiones; la mayoría recordaba los gritos de mujer aquella noche; en cuanto al repetido “¡acuérdate!” que le lanzó la suya la noche del fuego, se pensaba que tenía relación m ese misterio que le rodeaba; por lo demás, debía ser muy celoso, a juzgar por la recepción que se les hizo a los señores que estuvieron en su casa después del incendio. Pero el miedo de que pudiera asaltar a las ancianas del lado se había disipado del todo. Sólo persistía esa atmósfera de misterio en torno suyo. Algún día se sabrá la verdad.

Todavía hoy, al cabo de los años, aquellos a quienes tanto intrigaba su conducta ignoran esa verdad; sólo ahora la sabrán, si es que alguno de ellos lee esta historia.

Pues Victoriano Segura se esfumó tan extrañamente como había llegado, si bien de manera mucho más dramática. Ocurrió que una tarde llegó a la calleja con su carreta cargada de tablas. Muchos de los vecinos le vieron meter esas tablas en la casa, y como en los días siguientes se le oyó martillar, se pensó que estaba haciendo arreglos en la vivienda; tal vez hacía una mesa para comer o remendaba una ventana rota.

Por entonces el mes de febrero iba muy avanzado, lo cual quiere decir que había brisas cuaresmales y el cielo estaba brillante. El aire iba y venía cargado con los presagios del carnaval y la Semana Santa. Una adorable paz ganaba el corazón de la gente; y en aquella pequeña calle que estaba surgiendo a la orilla misma de los campos, el frecuente canto de los pájaros y el murmullo de los árboles hacían más sensibles esos rasgos de profunda esencia musical con que se embellecen los días sin importancia.

En medio de tal ambiente, dulce y limpio, ocurrió la partida de Victoriano Segura. Fue a eso de las nueve de la mañana. Algunas mujeres parloteaban desde sus puertas con las vecinas; algunos muchachos jugaban dando carreras o empinaban papalotes; algunas gallinas picoteaban las manchas de yerba que se veía aquí y allá. Inesperadamente se abrió el portón que daba al patio donde Victoriano guardaba la carreta y se oyó su dura voz arreando al mulo. Hábilmente conducida, la carreta quedó parada junto a la puerta de la casa. Cachazudamente, Victoriano puso dos piedras junto a una de las ruedas, una para impedir que se moviera hacia adelante, la otra para impedir que se moviera hacia atrás. Después de eso entró en la casa.

¿Quién podía prever lo que sucedió inmediatamente? Algunos minutos más tarde la puerta se abrió de par en par y Victoriano Segura salió de espaldas, cargando con un extremo de ataúd; al otro extremo apareció luego la mujer.
Usando toda su fuerza, que debía ser mucha, el hombre colocó la punta del féretro en el borde de la carreta; después tomó la que cargaba la mujer y comenzó a empujar. Se le veía endurecido por la tensión. No era fácil hacer rodar el ataúd. Victoriano lo removía de un lado a otro, y la lúgubre carga iba entrando lentamente en la carreta. Secándose los ojos con la mano, la mujer no paraba de llorar. Ni siquiera movía la cabeza. Bajo aquel sol límpido era una estampa dura la de esa mujer llorando en silencio mientras su marido luchaba con el impresionante cargamento.

El hombre logró al fin llevar el ataúd a donde quería; se le vio entrar en la casa con su mujer, salir a poco, tocado de sombrero negro, y cerrar la puerta. Ella llevaba en la mano una vela encendida y al parecer había comenzado a rezar. Sin subirse en la carreta, dominando el mulo desde afuera, Victoriano Segura dio tres “¡arres!” en voz alta. Tambaleante y despaciosa, la carreta se perdió en la esquina, sin duda camino del cementerio. Tras ella, la cabeza baja, con la mano de la vela mecánicamente alzada, se perdió la mujer. Nunca más volvió la gente de la pequeña calle a verlos. Se presumió que él había vuelto de noche para llevarse los enseres y el otro mulo.

Pero yo vi a Victoriano Segura muchos años más tarde. Le reconocí inmediatamente, no sólo porque había cambiado muy poco -si bien algo de su rostro denunciaba el paso del tiempo-, sino porque su estancia en la calleja me había causado mucha impresión y por tanto no lo olvidé. Cuando ocurrieron los sucesos en que él fue protagonista yo era un muchacho; uno de los que oían hablar de él y de la misteriosa atmósfera que le rodeaba, uno de los que despertaron sobresaltados la noche del siniestro en la casa de José Abud. Yo estaba junto a mi madre, viéndole luchar con el ataúd, la mañana en que él se fue. Volvimos a encontrarnos en la cárcel, adonde me habían llevado mis ideas políticas. Estaba en una gran celda, junto con otros presos; labraba un pedazo de madera con una pequeña cuchilla y parecía aislado en medio de sus compañeros. Cuando se puso de pie para ir a su camastro los demás le abrieron paso en silencio.

Usté es Victoriano Segura -le dije atravesándome en su camino.

Si, ¿por qué? -contestó.

Era su misma voz dura de otros tiempos, era su misma mirada metálica, impresionante y reservada. Tenía canas y algunas arrugas, y nada más.

-Yo lo conocí a usté -dije-. Vivimos casi enfrente. Fue cuando se quemó la casa de José Abud.

A mí me pareció que algo veló el brillo de su mirada. Pero no dijo una palabra. Se fue a su camastro, y allí estuvo largas horas labrando su pedazo de madera. Retornó a su soledad, a esa áspera soledad en que viviera siempre. Fue una semana más tarde cuando yo me atreví a preguntarle por su mujer. Estuvo largo rato mirándose las manos, dándoles vueltas de las palmas a los dorsos, tocándoselas una con otra. Al fin dijo:

-En el lazareto.

A poco recomendó:

-Que no lo sepa nadie.

Entonces yo tuve un vislumbre, así, relampagueante, de que su antigua soledad se había debido…

-Ahora me explico -empecé a decir, mientras él me clavaba su imperiosa mirada-… Aquel ataúd era…

-Su mamá –dijo-; la mamá de mi mujer, que murió lázara.

Al parecer halló que había hablado demasiado, porque se puso de pie y se fue a un rincón. Se sentó allí y se dedicó a contemplar el patio, donde algunos reclusos charlaban y se movían sin cesar. Ya no volví a dirigirle la palabra sino cuando un mes después se me avisó que recogiera mis pertenencias porque iban a dejarme en libertad ese mismo día. Me le acerqué para preguntarle si quería que visitara a su mujer en el leprocomio. Y he aquí lo que me dijo entonces Victoriano Segura mirándome a los ojos:

-No vaya. Su mamá perdió la nariz y tal vez ella la pierda también. Usté la conoció cuando era bonita. Si usté la ve ahora con mi consentimiento, es como si la viera yo. Y me dio la espalda, que a mí me pareció de mármol, como la de una estatua.

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. Un hombre virtuoso

Con voz premiosa, don Juan Ramón llamó a su mujer. Tenía ya largo rato sentado a la puerta de su casa, observando hacia la de enfrente. Parecía un gato en acecho. La mujer llegó secándose las manos con el delantal.

—Siéntate aquí, porque yo tengo que ir al patio. Atiende a lo que hace Quin. En media hora ha ido dos veces a la pulpería, y eso da que pensar.

La mujer, respetuosa de las manías del marido, obedeció con resignado gesto, y cuando su cónyuge volvió rindió cuentas de su misión: nada había sucedido. Él la miró fijamente, y ella advirtió la desconfianza en sus ojos.

—Te digo que no, Juan Ramón.

Bien, no era cosa de discutir. Su mujer había sido siempre así, medio burlona, y a su edad no podría cambiar. Aceptó, pues, el resultado, pero se propuso aumentar la vigilancia para no darle después a la mujer el gusto de pensar que él no había tenido razón.

Pasado un rato, Quin dejó el martillo sobre un parador, se detuvo en la puerta, como persona que no sabe a punto fijo qué debe hacer, se atusó los enormes bigotes grises y se quedó viendo hacia la calle.

¿Qué pensaba Quin? Eso era lo que hubiera querido saber don Juan Ramón. Tenía allí, a su frente, a ese hombre de pocas carnes, de abultada y ancha frente, de mirada vaga y sonrisa un tanto maligna; estaba parado a pocos metros de él y sin embargo no le veía. ¿Por qué Quin no le veía? don Juan Ramón miraba sus viejos y arrugados pantalones de dril, su saco de paño negro, sucio y raído. Volvió Quin a pasarse la mano por el bigote y a poco adelantó un pie. Rompería a andar, seguro que empezaría a caminar.

Pero de pronto Quin dio la vuelta, tomó otra vez su martillo y se puso a clavar. Don Juan Ramón se desilusionó. Una tristeza indefinible bajó a los aposentos de su alma y amargó sus rincones más apartados. Si la mujer hubiera estado allí hubiera visto cómo los redondos y tenaces ojos de su marido habían perdido brillo. Don Juan Ramón se sintió desilusionado y hasta pensó levantarse e irse al patio. Pero no podía moverse de allí. Esperaba que algo sucedería y, además gozaba un poco del sol que entraba por la puerta y calentaba sus viejos pies friolentos.

Pasaron los minutos uno tras otro, sin descanso y sin prisa; pasó un cuarto de hora. Don Juan Ramón temía que le entrara sueño y buscaba en la calle algo en que poner su atención, un papel que volara llevado por la brisa o una mariposa que pasara con su alocado trajinar. Y de pronto advirtió que Quin había salido y con su lento andar iba camino de la pulpería. Don Juan Ramón se sintió traicionado. Aquella endiablada piedra brillante que le llamó la atención había sido la causa de su descuido. Quin iba subiendo ya la acera de la pulpería. Don Juan Ramón se puso a dar un paseo frente a su casa. Con las manos a la espalda y los ojos clavados en la pulpería, trataba de ver qué hacía Quin en ella, y no podía. Sus viejos ojos no alcanzaban ya tan lejos. ¿Y qué haría Quin en la pulpería; qué buscaba con tantos viajes a la pulpería?

Quin salió y volvía con la cara más animada. Don Juan Ramón oyó su voz, ronca y gastada, saludándole, y hasta le pareció que había levantado una mano en gesto afectuoso. Pero don Juan Ramón no se dejaba engañar por saludos. Se sentía disgustado. ¡Esa maldita piedra! Su mujer también era culpable, porque si en vez de estar por allá adentro berreando con la cocinera se hubiera quedado en la puerta, hubiera visto algo. Es que no se puede hallar gente que ligue realmente con uno.

Mordiéndose los labios, don Juan Ramón entró y cruzó hasta el patio. No quería seguir vigilando; sabía que era inútil. Hasta el patio llegaban los rítmicos golpes del martillo de Quin. Don Juan Ramón esperaría un rato, media hora más. Pero no pudo esperar tanto. Pues los golpes habían cesado y él se dirigió a su observatorio, aunque ya sin el interés de antes. Se sentó, un poco a disgusto, y desde su silla podía ver la sombra de Quin removiendo baúles y tomando medidas.

Quin trabajaba con animación porque se sentía estimulado. Cada vez que perdía el ánimo –lo cual le sucedía varias veces en la jornada– iba a la pulpería, y el pulpero, que conocía su timidez, le servía un vasito de ron antes de que llegara. Quin se escondía tras una estiba de sal, levantaba el codo, alzaba la cabeza, abría su enorme boca y se echaba en ella el ron. Se humedecía siempre los bigotes, cosa que le agradaba porque después iba remojando los labios con las gotas que pendían de los gruesos pelos, y la ilusión de que estaba bebiendo le duraba un rato largo. Pero si había gente, Quin se hacía el desentendido, hablaba con el pulpero de alguna cosa; en ocasiones hasta compraba algo que no necesitaba, y no se atrevía a echar los ojos sobre el vasito. Cuando notaba que los presentes no pensaban irse, se marchaba haciendo al pulpero una seña con la cual indicaba que volvería pronto.

Ese miedo de que la gente supiera que él bebía evitaba que Quin se emborrachara. Nadie le vio borracho nunca, y don Juan Ramón no había sospechado de él hasta el día anterior, cuando notó que había hecho cinco viajes a la pulpería en pocas horas. Don Juan Ramón había hablado varias veces con Quin, y si era verdad que lo había hallado un poco raro, a veces muy tímido y a veces más alegre de lo justo, no sospechó de él.

Allá en el taller de Quin se alzó una voz tarareando una vieja canción. Don Juan Ramón oyó y le pareció estar soñando ¿Cantando Quin, Quin cantando? No; no era posible.

—¡Ana, Ana! ¿Oyes a alguien cantar? ¿Te parece que alguien canta?

La mujer se acercó y dijo que sí, que a su juicio Quin cantaba; estaba segura de que ésa era su voz. Don Juan Ramón no quería creerlo; se levantó, decidido a averiguarlo todo, y con las manos en la espalda cruzó la calle. Quin tarareaba acompañándose del martillo. Don Juan Ramón estuvo un rato en la puerta, observándole, hasta que Quin se volvió y le miró. Algo raro halló don Juan Ramón en los ojos del baulero. Quin se cortó, dejó de cantar y se puso a buscar clavos en una cajita. Avisado ya, don Juan Ramón se hizo el distraído. Para él, lo más importante en ese momento era oler. Toda la vida se le fue a la nariz. Empezó a hablar, a elogiar los grandes baúles forrados de lata multicolor que estaban amontonados junto a una pared. Pero en realidad, lo que hacía era acercarse a Quin para percibir el olor, para cogerle el rastro de su vicio.

Sin embargo no podía. Allí hedía a todo, y el mismo Quin despedía un tufo a ropa vieja y a cola que mareaba a don Juan Ramón. Además, Quín rehuía al visitante.

Habla que habla, pasaba el tiempo y don Juan Ramón no daba señales de irse. Quin debía tener algo por dentro, porque volvía angustiado los ojos a la calle y parecía mortificado. Don Juan Ramón observaba esa inquietud de Quin y disfrutaba el inefable contento de andar tras una buena pista. Pasó media hora. Quin estaba sintiendo la necesidad de un poco de ron; perdía el sosiego, buscaba baúles que arreglar, y entre todos los que había allí no encontraba por cuál empezar. Subió el sol, y sólo cuando de enfrente llamó la voz de doña Ana, diciendo que era hora de comer, decidió don Juan Ramón dejar a su víctima. Quin respiró como quien sale de un peligro y se fue derecho a la pulpería.

Quin creía que a un hombre como don Juan Ramón se le engaña fácilmente. Si al entrar en la pulpería hubiera vuelto la cara, habría visto que la puerta de don Juan Ramón no estaba cerrada: allí detrás, acechando, ardían los ojos del vecino, y cuando Quin salió a comer, don Juan Ramón se fue a ver al pulpero, a quien con fingida inocencia le sacó el secreto de los viajes de Quin.

Pasada la hora de la siesta, Quin iba a salir en busca de su primer vasito de la tarde cuando oyó que le llamaban. Su vecino cruzó la calle, esa vez con pasos enérgicos, y cuando estuvo a su lado le preguntó de buenas a primeras, con voz tan grave que impresionó a Quin de mala manera:

—Dígame, ¿va usted a beber otra vez?

El baulero no supo qué contestar. Era tímido y no se atrevía a negar ni se atrevía a decir la verdad. Se quedó perplejo, con los ojos turbios.

Don Juan Ramón le tomó por un brazo y le empujó hacia adentro. De súbito lo dejó libre, se echó hacia atrás y empezó a hablar. Lo que le salía de la boca era un chorro de palabras. Quin estaba alelado. Peroraba el otro sobre los efectos del alcohol en la naturaleza humana, y el baulero se llenaba de susto.

—…Los espíritus alcohólicos alojados en el estómago ascienden a través de las paredes estomacales, se introducen en las venas, se confunden con la sangre, destruyen las válvulas del corazón, y un día, quizá hoy mismo, acaso esta noche, mientras usted duerme se queda bonitamente muerto, sin saber por qué. Y en cuanto al cerebro…

Quin abría la boca y se quedaba inmóvil y frío. El otro veía su labio caído debajo del gran bigote y sus ojos incoloros. ¿Y era eso así, Señor? ¿Estaba él realmente en peligro de morir en ese mismo instante? El miedo empezaba a adueñarse de todo su ser y sentía la columna vertebral blanda, los pulmones agarrotados y la garganta seca. Abría los ojos cada vez más. Don Juan Ramón seguía hablando. Hablaba de Dios, de la virtud de la moral, de fisiología, de economía… Era un torrente de palabras que ahogaba a Quin.

Mientras su víctima se acongojaba y se hundía por segundos en un mar de tribulaciones, don Juan Ramón paladeaba el delicado placer de sentir que estaba salvando a una criatura caída en los horrendos antros del vicio. Veía a Quin asustado y a medida que aumentaba el miedo del vecino crecía la sensación de seguridad y de alegría que iba ganando el alma suya, su atormentada alma de hombre virtuoso.

Don Juan Ramón ignoraba de dónde le salían tantos conceptos. Él mismo se asombraba de lo mucho que sabía, y entusiasmado por su irresistible elocuencia hablaba y hablaba sin descanso, con los ojos metidos en los despavoridos ojos de Quin. Este, al fin, no pudo resistir más de pie y se dejó caer sobre un baúl, y desde allí alzaba la cabeza hacia su vecino con atribulado gesto de súplica. Pero aquello no ablandaba a don Juan Ramón, que volvió a martillar sobre lo de las paredes estomacales, las venas y el corazón. Quin apenas podía pensar ya. Sin duda esa misma noche le tocaría morir. Sus gruesos bigotes temblaban y sentía frío en los huesos.

Nunca hubiera podido decir Quin cuánto tiempo duró aquello. A él le pareció una eternidad. Su miedo llegó a nublarle la vista, a hacerle perder la noción de todo. Sobre él, incansable, don Juan Ramón suplicaba:

—Dígame que no va a beber más; por la salvación de su alma, por el bien del género humano, dígame que no va a beber más.

Quin no sabía qué responder, y tan pronto aseguraba que sí como que no. Pensaba en la noche, la horrible noche solitaria y oscura, y él muerto sobre su catre, muerto, ¡muerto! Ah, Dios, ¿por qué bebía, por qué había cogido ese maldito vicio? Y tal vez no sería en la noche, si no en la tarde; quizá sería una hora después, mientras martillaba sobre un baúl.

¿Cómo iba él a beber más; cómo? No. Juraba que no; lo juraba por sus recuerdos más sagrados. ¡Oh, morir en la soledad a media noche! Era escalofriante. No podía pensarlo. Sentía el vientre helado y le golpeaban las sienes. Y la voz de ese señor, esa voz.

Paralizado de miedo, Quin no fue esa tarde a la pulpería y en la noche no pudo dormir. En la oscuridad veía su cuerpo, con todo y ropa, con sus viejos pantalones y su saco raído, metido en un ataúd, bajo tierra. Los gusanos –millones y millones de malignos gusanos– entraban por las cuencas de sus ojos, trepaban por sus bigotes, destruían en un segundo sus flacas mejillas. Su corazón recibía de golpe una carga de alcohol y dejaba de funcionar. Lo espíritus alcohólicos –¿cómo eran esos espíritus, Señor?– subían en rauda ascensión a su cerebro y allí se metían por cuevas y hendeduras hasta envenenarlo todo y revolver la masa encefálica tal como él revolvía la cola.

Quin sentía sueño, un sueño pesado que le salía de los huesos, y hubiera querido poder abandonarse a ese sueño. Empezaba a dormirse y de pronto abría los ojos, despavorido. ¡No, no! ¿Cómo dormir, mientras la muerte acechaba? Se le helaría la sangre sin él darse cuenta, se quedaría ahí sin vida… Era insufrible; él no podía sufrir más.

Los ruidos de la noche crecían desmesuradamente. Las cucarachas se movían dentro de los baúles y parecían un ejército de gusanos que llegaba lentamente, en busca de su víctima. El tiempo se retardaba hasta lo imposible. Allí estaba el pulpero sirviendo un vasito. Quin iba a cogerlo, a echárselo en la boca, pero surgían los terribles espíritus, aquellos infernales espíritus, y Quin caía desmayado. La noche era interminable; no tenía fin; jamás acabaría. Ahí, en su catre, Quin se ahogaba.

De golpe despertó lleno de terror. Se había dormido, y ya las luces del día clareaban el aposento. ¿Estaba realmente vivo? ¿Y si era su alma la que había despertado, mientras su cuerpo yacía sin vida? La angustia de la duda roía el corazón del baulero. Se movió un poco; se llevó las manos al bigote y lo encontró en su lugar, lacio y abundante. Luego, estaba vivo, porque un alma no tiene bigote; aunque él había oído decir que el ánima de ciertos difuntos no quiere admitir, al principio, que no pertenece ya al mundo de los hombres y siente como si en realidad no lo hubiera dejado. ¡Qué tormento tan difícil de explicar! ¿Pero estaba él vestido? Pues sí, estaba vestido. Por lo visto no se quitó la ropa para acostarse. ¿Y vivía? ¿Eran verdaderos esos ruidos que llegaban de la calle?

Todavía incrédulo, Quin anduvo por su habitación, llenándose de susto cuando alguna sombra entraba por las rendijas agrandándose en el aposento. Al abrir la puerta vio a don Juan Ramón sentado enfrente, con los ojos fijos en el taller.

Quin se puso a trabajar. Estaba pálido, nervioso, y no acertaba a meter un clavo derecho. A cada momento se sorprendía disponiéndose a tomar el camino de la pulpería, pero se detenía a pensar un instante en la fuerza de los hábitos y en las paredes estomacales y los espíritus alcohólicos. ¡Y qué fuerte era eso de la costumbre! El cuerpo le pedía un vasito, uno nada más; se lo reclamaba la garganta.

Una hora después llegó don Juan Ramón le preguntó cómo había pasado la noche y volvió a hablar de los estragos del alcohol. Pero Quin no le oía. Le ardía el estómago, le temblaban las manos, le faltaba aire; le parecía que estaba perdiendo la vista. ¡Oh, qué falta le hacía un vasito, uno solo! Aguantó una hora. Don Juan Ramón se fue, pero se sentó en la acera, a vigilarle. Cuando el sol llegó a mitad del cielo, Quin empezó a sudar y a sentir náuseas. ¡Un vasito, uno solo! Sabía que si tomaba, aunque sólo fueran dos dedos, se entonaría y se le pasaría aquel vértigo que le aturdía. Pero don Juan Ramón estaba enfrente vigilando y dentro de su alma estaba el miedo que le paralizaba. Martilló todavía en un cuadro de madera destinado a un baúl pequeño. De pronto un frío de hielo subió desde sus pies hasta su frente, y, cayéndose aturdido, sin vista, se dirigió al catre y se echó en él. Ya no supo más de sí ni se enteró de que los vecinos –las vecinas, para decirlo con más propiedad– entraron, arreglaron el aposento, le quitaron la ropa y se hicieron cargo de él. Cuando volvió en sí, dos días más tarde; entrada la noche, vio resplandores de luces a sus lados y oyó algo así como una confusa voz lejana que hablaba de la gracia divina. Después alguien le tomó la muñeca y le abrió la boca. Enseguida todo volvió a ser vago, distante. Por la mañana, al otro día –¿o era el mismo día, con otra luz?–, creyó oír decir, con bastante claridad:

—Fue por dejar de beber. Sobrevino una depresión…

La voz pasó a ser murmullo, y ese mismo murmullo se alejaba más, cada vez más y más y más. En el fondo de su pecho comenzó a formarse una sensación agradable de tranquilidad, de honda paz. De pronto sintió que no podía respirar. Una señora dijo que sonreía, y así debía ser, sólo que bajo sus enormes bigotes nadie podía ver si movía o no los labios. Lo que sucedía era que Quin buscaba gotas de ron en los pelos; las buscaba como en un sueño. Fue su último deseo.

Don Juan Ramón estaba sentado a la cabecera del moribundo. Muy serio, vigilaba atentamente la faz de su vecino. De pronto levantó una mano, indicando que todo había acabado, y dijo solamente:

—Ya.

Sobre el rostro de Quin se había extendido velozmente un tinte lívido, y a seguidas empezaron los huesos a brotar, a crecer, a querer salirse de la piel.

Don Juan Ramón se volvió y escudriñó con ávida mirada la cara del médico. ¿Había dicho que fue por dejar de beber, o había él oído mal? Fingió indiferencia al preguntarlo.

—Sí –respondió el médico–. No siempre pueden dejarse las costumbres de golpe.

Don Juan Ramón se quedó mudo de asombro. ¿Era posible que un médico afirmara tal cosa? ¿Por qué? ¿Por qué?

Súbitamente don Juan Ramón creyó ver algo raro en los ojos del joven galeno, y de pronto, relampagueante, iluminando los rincones más oscuros de su alma, sintió la sospecha. Se puso de pie, casi de un salto, y se acercó al médico. Otra vez volvió a agitarse todo su ser, a sentir la vida entera alojada en la nariz. El instinto le decía que había dado con una buena pista, y temblaba de emoción.

Porque sin duda alguna, el médico había hablado así para calmar su propia conciencia. También el debía ser, como Quin, un desgraciado vicioso.

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. El difunto estaba vivo

La atmósfera del juicio se cargó más cuando Jesús Oquendo, peón de obras públicas y testigo presencial, dijo con toda seriedad:

—Lo que pasa es que el difunto taba vivo.

—¿Cómo? –preguntó el juez, intrigado y al parecer de mal humor.

—Sí, yo lo vide y él fue el matador.

Entonces en la concurrencia empezó alguien a reírse. El propio fiscal soltó una carcajada, y cuando el juez alargó el brazo para coger la campanilla, en medio de las risas que se extendían por toda la sala resonó una voz enérgica, de tono angustiado, asegurando a gritos:

—¡Sí, estaba vivo; yo puedo asegurar que estaba vivo!

La sala –público, funcionarios, jueces– se llenó de estupor. El juez se quitó los lentes y miró con detenimiento y disgusto al que había gritado; igual que los del juez, todos los ojos se clavaron en él. “Él” era un hombre joven, bien parecido, arrogante y sin embargo de aspecto triste; se hallaba en medio del público y todo el mundo sabía que había sido el ingeniero jefe de las obras. El asombro era completo, ¿pues cómo podía nadie explicarse que un ingeniero asegurara tal cosa? Además, desde que empezó la instrucción del sumario el ingeniero había negado conocer las causas de los hechos, a pesar de que fue él quien recogió el cuerpo herido de Felicio.

A eso se refería el juez cuando preguntó despaciosamente:

—¿Y cómo se explica que ahora –y recalcó esta palabra– sepa usted tanto?

—Porque sólo ahora he comprendido la causa oculta de cuanto ocurrió –respondió sin titubear el ingeniero.

El juez se volvió al secretario; los dos cambiaron palabras en voz baja y luego consultaron al fiscal. El abogado acusador se había quedado mudo e inmóvil. Al cabo de largo rato de confusión, de movimientos y cuchicheos, el juez hizo sonar la campanilla y pidió al ingeniero que dijera cuanto supiera. La expectación en el público era tal que nadie se quedaba tranquilo en su asiento.

El ingeniero empezó con este extraño exordio:

—El honorable señor juez tiene que ser benévolo y permitir todas mis disquisiciones, por alejadas que parezcan del asunto, pues cuanto voy a decir aquí es importante para conocer la verdad. Al principio creía que el culpable era yo por haber cedido a las peticiones del sargento. Yo pude haber trazado la carretera por otro sitio; el terreno es llano, de igual grado de humedad en todo el valle, hasta llegar al poblado, y las dificultades de desagüe son las mismas en el centro que en cualquiera de sus orillas. Además, la gente del lugar, que no está enterada ni de estos particulares ni de la petición que me hizo el sargento, ha estado considerándome responsable de la tragedia e incluso un degenerado incapaz de respetar el reposo de un muerto. Esta circunstancia dificultó mucho mi situación y me impidió conocer el origen de los hechos, pues lo que yo me preguntaba, hasta atormentarme, era por qué el viejo Felicio reaccionó de tal manera si el difunto don Pablo no era de su sangre. Pero cuando habló el testigo Jesús Oquendo comprendí toda la verdad: es que don Pablo no había muerto.

—¿No puede el testigo ceñirse a la exposición de los hechos que presenció? –interrumpió el juez.

—Sí y no; pues los hechos que presencié carecen de valor si se desconocen otros, y debo hablar de esos otros. Esta historia, señor juez, tiene dos inicios, uno reciente y otro lejano. El reciente empezó cuando el sargento Felipe fue a verme para pedirme que desviara la carretera haciéndola cruzar por el cementerio; el lejano, cuando llegó al lugar por vez primera don Pablo de la Mota. Si no puedo referirme a ambos, es mejor que no hable, señor juez.

La sensación de intriga que había en la sala del juicio al terminar el ingeniero estas palabras era tan densa que el propio juez se había dejado ganar por ella. Así, el ingeniero pudo explicarse sin límites. He aquí un resumen de cuanto dijo:

Resulta que el sargento Felipe tenía un poco de tierra más allá del cementerio; propiamente, entre éste y el pueblo. Dos veces ya había pedido al ingeniero que desviara la carretera a fin de que pasara por esa tierra. Para complacer al sargento era forzoso cruzar el cementerio, pues no podía, sin exponerse a investigaciones y reprimendas de sus superiores, trazar una curva innecesaria y, además, cerrada. Y si la carretera cruzaba el cementerio, era inevitable que la cuneta derecha pasara a todo lo largo de la fosa de don Pablo de la Mota.

—Habrá que quitar esa cruz y sacar de ahí los huesos, si todavía duran –dijo el ingeniero a unos peones.

Ahora bien, la mayor parte de los peones era del lugar; de ahí que poco tiempo después el viejo Felicio estaba enterado de todo. Esa misma tarde el ingeniero recibió su visita. Era un anciano casi ciego, bajito, de piel oscura, encanecido, tardo para hablar. Sentado en la silla del acusado, frente al juez, permanecía tranquilo y la gente se movía para verle. Según explicó el ingeniero, al visitarle fue muy respetuoso, pero firme. Estaba temblando, y aunque el ingeniero creyó que eso se debía a sus años, supo después que era a causa de la ira. Explicó que remover los huesos de don Pablo de la Mota lloraría ante la presencia de Dios; que el difunto descansaba ahí con todo derecho, porque él mismo había dedicado esas tierras a cementerio; y que mientras él, Felicio, estuviera vivo, no consentiría que lo dejaran sin sepultura. A todas las explicaciones que le dio el ingeniero contestó obstinadamente con las mismas razones que había expuesto en el primer momento. El ingeniero creyó que iba a perder la cabeza.

—Pero señor –dijo–, ¿a mí qué me importa lo que usted siente o deja de sentir?

—¿Qué no le importa? ¿Usté se atreve a decir que no le importa lo que siente un hombre? ¿Y no le importa tampoco el reposo de un difunto? –preguntó Felicio, con el acento de una persona que está a punto de perder la razón.

—¡No, no me importa! –gritó el ingeniero, fuera ya de sí.

—¡Antonce máteme, máteme agora; quiero morirme antes que ver los güesos del difunto don Pablo sin reposo!

A todo esto los obreros de la obra habían dejado de trabajar; oían y miraban, y el ingeniero comprendió que no tardarían en sentirse irritados. Casi toda era gente del lugar y quién sabe lo que empezarían a pensar. ¿No habría en ese cementerio familiares de esos hombres enterrados?

—¡Llévense a este viejo de aquí, pronto! –ordenó a voces; y después se fue a pasos largos, disgustado consigo mismo.

Ya en el pueblo cometió un error: se puso a beber y lo hizo con exceso. Estaba borracho cuando el sargento entró en la pulpería, y aunque lo razonable hubiera sido que los tragos le dieran por pelearse con el sargento –pues a él se debían sus trastornos morales–, se sometió al ron, que no acata razones, y acabó abrazado al militar. A eso de las nueve de la noche el ingeniero y el sargento reían a carcajadas, eran los amigos más grandes en todo el país y hablaban horrores del difunto y de Felicio.

—Desenterramos los güesos y los enterramos otra vez junto con el viejito ése –decía tartamudeando el sargento.

De pronto empezó a apostrofar al dependiente, a pesar de que el muchacho no respondía ni una sílaba.

—¡Sinvergüenza! ¿Usté se atreve a decir que mi propiedá no vale más que los güesos del difunto, eh? ¡Manque no lo diga lo ta pensando! ¡Dígalo pa que vea cómo se muere un hombre, pedazo e sinvergüenza! ¡Atrévase a decir que esos güesos valen más de trescientos pesos!

Eso era verdad, pues los restos de don Pablo de la Mota no valían trescientos pesos; no valían nada en dinero. Ahora bien, también era verdad –aunque eso no podía saberlo el dependiente– que si los huesos no hubieran estado allí nadie hubiera dado veinte pesos por la tierra que el sargento le había quitado a doña Masú Pérez. El sargento había obtenido esa propiedad a cambio de dejar tranquilo al hijo de la señora, un muchachón medio loco que tenía deudas con la justicia por cuenta de cierto lío de faldas. Si la carretera lo cruzaba, el terreno subiría de valor.

—… Y como yo necesito ese dinero, que boten al viejo de ahí –explicaba el militar entre eructos, mientras abrazaba al ingeniero.

—Si todavía está ahí –añadió éste–, pues es probable que ya no haya ni huesos. El terreno es muy húmedo –añadió a manera de explicación.

Pero como pudieron ver todos el día siguiente, la osamenta de don Pablo estaba entera. El viejo era tan duro bajo la tierra como había sido sobre ella.

—Al ver aquel esqueleto en el fondo de la tumba sentí lo degradante que había sido mi conducta. No debí haber accedido a la petición del sargento, aunque eso me hubiera costado el cargo; no debí haber bebido la noche anterior; no debí haber tratado tan groseramente a Felicio, pues el anciano respetaba la memoria del muerto como debí yo respetar su descanso eterno.

Así habló el ingeniero ante el juez; e inmediatamente empezó a explicar por qué Felicio, que se hallaba en la obra junto con los peones cuando abrieron la vieja fosa, estaba tan vinculado al recuerdo del difunto. Esa era una historia antigua, pues Felicio había entrado a trabajar con don Pablo cuando apenas tenía veinte años. Don Pablo era ya hombre de más de cuarenta y reinaba como dueño absoluto en todas aquellas tierras.

En esa época había pocos bohíos; ahora hay un pueblo, y para comunicarlo con Jarabacoa y La Vega se hizo la carretera; pero según pudo averiguar el ingeniero, cuando don Pablo lo vio por vez primera, toda la llanura, desde las lomas de Río Grande hasta las del Tireo –un valle triangular entre montañas– era monte salvaje, donde no entraba el sol. Don Pablo llegó acompañado de un peón, contempló el hermoso y agreste panorama y volvió a irse por la ruta del Sur, abriendo él mismo lo que años más tarde iba a ser el camino de San Juan. Regresó meses después, con tres peones y una negra cocinera llamada María.

Nadie supo jamás de dónde había salido don Pablo. Se estableció allí y con el tiempo era dueño de potreros, siembras de tabaco y caña, de varios conucos, reses, caballos y mulos. Durante mucho tiempo vivió aislado, sin trato con personas que no fueran sus peones y la cocinera. Al cabo de largos años de vivir entregado al cuidado del desmonte y a levantar sus potreros, bajó un día a Tireo, conoció una muchacha y se la llevó. Antes del año empezó a tener hijos, y todos fueron varones.

Para los días de la guerra con los españoles el hombre estaba metido en familia, lo que no le impidió asegurar cierta noche, asombrando a quienes le oían, que tal vez se fuera a soltarles sus tiros a los extranjeros. No lo hizo, y esa fue la única cosa que dejó sin hacer después de haberla anunciado.

A raíz de la paz murió la mujer de don Pablo. Él no la lloró ni lamentó su falta con una sola palabra; pero desde entonces se hizo más esquivo y silencioso. Poco después murió también la negra María. Los hijos y los peones esperaban que alguna otra mujer reemplazaría por lo menos a la cocinera; pero don Pablo ni siquiera mencionó la posibilidad de hacerlo. Los hijos tuvieron que atenderse solos y acostumbrarse a asar ellos mismos los cerdos cimarrones o los becerros que mataban. Don Pablo comía con ellos. Desde lo alto del caballo señalaba el pedazo que debían asarle; sin apearse del caballo se lo llevaba a la boca y con él en la mano se iba tras la peonada a vigilar el trabajo.

Criados como salvajes, los hijos de don Pablo se dieron agresivos. Era frecuente que algún vecino del Tireo se acercara al viejo para darle quejas de los hijos.

—Ezequiel se metió en la propiedá y me mató un puerquito, don.

—Don Pablo, meta a sus muchachos en cintura, que ayer me tumbaron una palizá.

Aunque casi nunca respondía a quienes le iban con esas acusaciones, don Pablo sentía disgusto por el comportamiento de sus herederos; los llamaba, se quedaba mirándolos y les daba un bofetón o les echaba un “ajo”. Un día se cansó de oír quejas. Al que le fue a dar una le respondió:

—Los hombres son para entenderse con los hombres. Si el muchacho lo embroma, mátelo y tíreselo a los perros.

La gente del Tireo le tenía respeto a don Pablo y murmuraba que un señor que decía esas cosas debía andar mal de la cabeza.

La verdad era que aquel personaje resultaba impenetrable. Jinete en un caballo flaco, se pasaba los días de sol a sol, atendiendo a la siembra, a la producción del melado, a las reses o al remiendo de palizadas. De tanto andar al sol tenía la piel oscura y sus bigotes y su pelo blancos resaltaban sobre el color pardo de la cara, aumentando la energía que denunciaban sus facciones.

De año en año don Pablo bajaba a San Juan a vender andullos, cueros de reses o melado. Cuando volvía de uno de esos viajes, al cabo de diez o doce días de andar por lomas y caminos infernales, llegaba tan silencioso como si no hubiera ido a parte alguna; respondía a los saludos de los peones con un movimiento seco de la mano; muchas veces seguía en el mismo caballo dirigiendo los trabajos y sólo en la noche pisaba la puerta de la casa.

Cuando llegó al lugar la noticia de la guerra de los seis años empezaron los hijos a cuchichear entre sí y a formar grupos con los peones. Don Pablo notaba la rara actitud de sus hijos y callaba. Un día desaparecieron los tres mayores con cinco de los trabajadores y ocho animales de silla y dejaron dicho que se iban a la frontera del Sur. A partir de entonces se agrió el carácter de don Pablo. Cuando algún caminante contaba en la noche relatos de la guerra o cuando algún peón de los que bajaban al Tireo llegaba con noticias de la frontera, don Pablo se ponía a escuchar, pero haciéndose el que atendía a otra cosa. No nombraba nunca a sus hijos.

Otro día desaparecieron dos más. Se llevaron cuatro caballos y dos peones. El viejo no salió de su casa, pretextando que llovía. Empezaba a notarse en su rostro el paso de los años, y al tiempo que se le descarnaban las mejillas y las sienes, el pelo del bigote se le hacía más blanco, más erizado el de las cejas y más escaso el de la cabeza. El día de la fuga de los muchachos, el viejo estuvo, por primera vez en su vida, una hora sin moverse de una silla; ese día, también por primera vez en su vida, posó su mano en la cabeza de uno de los dos herederos que le quedaban. Fue en la de Remí, el menor, que tendría entonces quince o dieciséis años, y el joven Remí pudo ver cómo una leve sombra de ternura apagó durante un instante el fulgor de los ojos de su padre.

Meses más tarde ocurrió una tragedia: un toro cimarrón le mató al mayor de los dos hijos que le quedaban. El peón que le llevó la noticia llegó ahogándose y lívido.

—Sí, don Pablo; yo taba con él y lo vide. Por esa loma anda el maldito con las tripas de Merardo entre los chifles.

El viejo se levantó de golpe y pareció que los huesos de la cara querían salírsele de la piel.

—¿Cómo? –preguntó.

Sin esperar respuesta entró en su aposento, se amarró un pesado sable, tomó una antigua tercerola que nunca usaba y ordenó al peón que entramojara los perros. Se le podían oír las lágrimas por dentro.

—¡Vamos! –mandó.

Silenciosos y llenos de respeto, los hombres le vieron coger el camino de la loma y durante cuatro días no supieron palabra ni de él ni de su peón.

Al cuarto día de ausencia, ya metida la noche, les vieron volver. Don Pablo entró mudo, y se le podía ver en el rostro la enorme fatiga moral que padecía. Ante el silencio de todos, su peón contaba en la enramada:

—Pasaba un animal cerca y lo dejaba seguir. No más me preguntaba: “¿Ese?” Pero yo conocía bien al maldito. Era joco en negro y tenía una oreja gacha. El viejo y yo sube repecho, baja barranco, busca aquí, busca allí. Veníamos a comer en la noche, como quien dice, con algún puerquito que se arrimaba; pero el viejo ni an tentaba la comida. Ayer, casi al caer el sol, asunto yo a los perros orejones y cantando. Jum… Me malicié que era el condenao; me lo dio el corazón. ¿Y pueden creer que era él? El viejo ni an resollaba. Soltamos los perros y al rato asomó el toro los chifles por un claro. “¡Aguáitelo ahí, don Pablo; ése es el maldito!”, grité yo. El viejo parecía como descuidao; pero se viró en un repente y… ¡tuá! ¡Le partió una pata de un tiro! El animal pegó un grito y bregó por alevantarse, pero llegó el viejo, que taba como tembloroso: ¡tuá!; el otro tiro en la otra pata. Yo no sabía que don Pablo tenía tanto pulso. No más se veía ese toro dando vuelta y vuelta sobre las patas partías. En eso yo me le fui arriba al animal, y don Pablo me atajó y me dijo que me quitara, que no me atreviera a acercarme. Echaba candela por los ojos, créanmelo. Ahí mesmo salió en carrera, le agarró un chifle al animal y le cayó a machetazos por la cara. El toro fuetiaba la tierra con el rabo y pegaba unos gritos que partían el corazón.

El peón arrugaba la cara y los otros le oían en silencio, mientras arriba, batidas por la brisa, iban y volvían sin descanso las llamas de un pedazo de pino encendido que habían amarrado a un espeque.

—Asina –seguía la voz– tuvo el viejo un rato largo; dispués parece que se cansó, cogió el sable y se lo metió entero al animal. El pobre toro boquiaba entre tanto tormento, y todavía boquiaba cuando el viejo lo dejó. Don Pablo taba embarrao en sangre de arriba abajo y me dijo que cogiera el camino. Dende que salimos no ha dicho ni jota. Tá como si se le hubiera cáido la lengua.

Así, como si se le hubiera caído la lengua, crecía Remí, el último de los hijos, llamado a morir en brazos de Felicio. Hablaba poco, como el padre, pero era más afectuoso. Aunque nunca el viejo y él cambiaban una prueba de cariño, se sentía el afecto que los ligaba, y algunos peones sorprendieron más de una vez a don Pablo con los ojos puestos en las últimas vueltas del camino cuando Remí hacía un viaje y se demoraba más de lo normal.

Un día Remí abrazó a dos de sus hermanos que volvían de la frontera. Tuvo un alegrón tan grande que no pudo disimularlo; el viejo, en cambio, apenas los saludó. Los hermanos mostraban cicatrices y barbas, y durante muchas noches los peones se reunieron en la enramada para oírles relatos de la guerra. De los otros hermanos no sabían palabra y ni siquiera los mencionaban. En cierto momento don Pablo fue a llamar a uno de ellos y el nombre que le salió a los labios fue el del mayor, que acaso a tal hora estaba enterrado allá en el Sur. Cuando Remí se volvió notó una vaga palidez en las mejillas de su padre y un brillo doloroso en sus ojos.

Los hermanos volvieron a trabajar y su vida se deslizaba en el sitio como si nunca hubieran abandonado aquel paraje. Pasaron seis meses, ocho, diez… Un día, por fin, llegó alguien con una queja, y poco a poco, igual que antes, empezaron las querellas con los vecinos distantes. Con sus ojos inyectados en sangre, sus barbas negras y crespas, jinetes en buenos caballos, los dos endiablados hijos de don Pablo recorrían los confines del sitio buscando pelea, y como la gente de los contornos sabía de lo que eran capaces, los dejaban hacer, temerosa. Uno de ellos anduvo enamorando a una joven del Tireo y ella no le dio oídos. El galán decidió ver al padre de la muchacha, y allá se fue con su hermano. El padre trató de esquivar el problema diciendo que él no podía obligar a su hija a ser la mujer de un hombre que no le gustaba, y los hermanos contestaron con un ultimátum en regla: o les daban la prenda de ahí en tres días o ellos irían a buscarla como hombres, se la llevarían y después darían candela al bohío.

Así lo hicieron. Una noche se presentaron en la casa, cada uno armado de sable y carabina. El padre de la muchacha había preparado a sus familiares y peones, y cuando los asaltantes, sin apearse de los caballos, con las cabezas de los animales metidas en la casa, dijeron que iban a buscar “lo suyo” recibieron en respuesta el ataque de los asaltados. Los hijos de don Pablo no eludieron la pelea. El menor de ellos resultó herido en una pierna; pero cuando los hermanos se alejaron de allí dejaban el bohío en llamas, un peón muerto, a la muchacha herida y al padre agonizante. El vecindario oyó la precipitada carrera de las dos bestias que montaban los hijos de don Pablo; en cuanto a éstos, nadie más volvió a verlos. Muchos años después llegó al sitio un hombre que dijo haberlos conocido y contó que el mayor se había dedicado a robar reses y que el otro murió peleando en el Este.

La bárbara agresión de aquellos demonios distanció a la gente del Tireo de don Pablo. La misma noche del suceso se supo en la casa del viejo, pero a él no le dijeron palabra hasta el otro día. Le tembló el bigote y le ardieron los ojos al oír lo que le contaban; después se levantó, dio algunos paseos lentos por la sala, y al fin hizo llamar a casi todos sus peones. Cuando estuvieron reunidos dijo con voz pausada:

—Tienen dos días para buscarme a esos bandidos. Si no los pueden traer vivos, tráiganlos muertos.

Sin detenerse a pensarlo mucho, uno de los peones se adelantó.

—Para nosotros no son bandidos, don, sino sus hijos, y ni yo ni ninguno de nosotros va a hacer preso a un hijo suyo, contimás tirarle.

—¡Tienen dos días para buscarlos! –remachó don Pablo lleno de cólera.

Los peones se miraron entre sí. Otro explicó:

—Mire, don Pablo, una noche y casi un día nos llevan por delante. Ellos conocen bien los cubujones de la loma y no los vamos a encontrar, contimás que van bien montaos.

Ante ese razonamiento don Pablo pareció dudar. Miró fijamente al que había hablado, se llevó las manos a la espalda y se puso a dar paseos. Remí temió que él mismo se lanzara a perseguir a los muchachos.

Por cuenta de ese suceso Remí no quiso seguir cortejando a una muchacha del Tireo que le gustaba y como ya estaba en edad de tener mujer, el disgusto lo desmejoraba. El viejo comprendía lo que le ocurría al hijo y un día lo llamó:

—Vístase de limpio y ensille su caballo –le ordenó.

Sin hablar y sin tratar de averiguar qué se proponía el viejo, Remí le obedeció. Tomaron el camino del Tireo y ambos iban mudos. Don Pablo no levantó la cabeza sino cuando llegaron a los primeros ranchos del lugar. A la vera del arroyo, entre amagos de selva, pardeaba un bohío. Una muchacha blanca, tierna todavía y ágil y tímida como una paloma, se metió huyendo en la casa. Don Pablo le gritó que se cambiara de ropa, entró tras ella y sin preámbulo alguno le soltó al hombre que salió a recibirlo:

—Aliste a su muchacha, que Remí está enamorado de ella y se la lleva hoy mismo.

Oyendo hablar al hombre de sus cosechas, siempre mudo y grave, don Pablo esperó el café; después salió, dijo que iba a la pulpería, donde ordenó que le despacharan dos cajas de ron en una mula, y volvió para decir a Remí que lo esperaba con la pareja en su casa. Cuando los enamorados llegaron encontraron a los peones asando dos lechones. En la enramada comieron y bebieron, alumbrados por los hachones de cuaba. Don Pablo estuvo levantado hasta muy tarde, cosa que jamás había hecho, y alguna vez se le vio sonreír, con una sonrisa torpe, a la que no estaba acostumbrado.

Esa noche, sentado a su lado, estaba el todavía muchachón Felicio Rojas, que poco antes había entrado a formar fila entre los peones de don Pablo.

Una vez Felicio tuvo que ir a la loma en busca de Grano de Oro, novilla cebada que debía ser llevada al corral; pero en el camino olvidó la orden y esa misma tarde llegó a la casa arreando a Pinto, un buey viejo que había sido echado a la sabana para que se hartara de pasto. Los peones se rieron de él y todavía hay quien diga en el lugar, a lo mejor ignorando el origen del dicho: “Cuidao si en ve de Grano de Oro trai a Pinto”.

Así de distraído era Felicio en su juventud; con el andar de los años aquel mal pareció agravarse en vez de mejorar, y al mismo tiempo aumentaba su extraña sensibilidad moral. Había muchas cosas que Felicio reputaba por mal hechas y que a otros le parecían corrientes, y había muchas que otros juzgaban decentes y él no.

—Don Pablo mata a un hombre y no lo hace por mal, sino por autoridá; pero esos muchachos suyos que se jueron dispué de lo del Tireo eran malos manque hicieran el bien –decía; y sentenciosamente agregaba:

—El hombre bueno lo merece todo; el malo lo que hace es malgastar lo que se come.

De haber sido por don Pablo el sitio no se hubiera poblado, porque él no consentía tener cerca gente que no estuviera bajo su mando. No le dolía dar tierras, repartirlas o arrendarlas, siempre que fuera a personas que reconocieran su jefatura moral y se abstuvieran de querer penetrar su intimidad.

Cierta vez llegó al lugar un hombre de las vueltas de La Vega, y como en realidad aquellos terrenos no habían sido legalmente adjudicados a nadie, se creyó autorizado a tomar su parte y empezó a tender una palizada. El viejo lo supo, montó a caballo, llamó a unos cuantos peones entre los que iba Felicio, y tumbó la palizada. Cuatro o cinco días más tarde volvió el desconocido a pararla; alguien se lo dijo a don Pablo, quien, sin decir una palabra, montó a caballo y salió hacia allá. En el camino pechó al hombre.

—Óigame, amigo –tronó–, si usté quiere sembrar o criar aquí, hágalo sin cuidado; pero si usté quiere seguir vivo, tumbe esa palizada ahora mismo.

A espaldas del papá, Remí aconsejaba lo contrario.

Los años pasaban también por aquel rincón del mundo, y el viejo iba perdiendo bríos. Un bohío hoy, otro más tarde; un rancho allá y alguno a la vera del río, entre el tupido monte de negros y copudos árboles fue apareciendo gente y en la tierra cubierta de maleza y de yerba fueron naciendo, como ligeras cicatrices, veredas que llevaban de una puerta a otra.

Llegó el día en que la férrea mano de don Pablo dejó de gobernar los destinos de aquel triángulo de tierra metido entre lomas. Seguía siendo el amo, pero sus ojos perdían luz entre los largos pelos de las cejas y los huesos de su rostro se pronunciaban cada vez más. Algunas veces hacía alusiones a la poca hombría del hijo que no daba descendencia. La nuera enfermaba mucho y se quejaba de cólicos. Uno de esos terribles dolores acabó con ella y la enterraron cerca de Merardo y de dos peones que habían muerto años atrás, en el mismo sitio donde don Pablo pidió que sepultaran a su mujer y a la negra María. Jinete en un hermoso potro negro acompañó el ataúd de su nuera, y desde su montura siguió con fría mirada la operación del enterramiento. Felicio estaba allí y siempre recordó aquel grave y silencioso instante. Oyendo el golpe de los picos que cavaban la zanja de la carretera, oía Felicio el de la tierra cayendo sobre la madera que albergaba el cuerpo de la difunta, desde muchísimos años atrás. Como si el tiempo no hubiera pasado, le parecía ver al viejo, callado, de mirada fija, inmóvil, y le parecía oír su voz diciendo, al emprender el camino de regreso, que ahí quería tener él su última morada. Sí, esas habían sido sus palabras, y una vez dichas se había vuelto lentamente hacia el valle, en cuyo césped brillaba el sol. Al final, hacia el Tireo, se veían los negros penachos de los pinos y sobre ellos el cielo radiante. Según creyó siempre Felicio, ésa fue la única vez, en lo que él recordaba, que don Pablo se detuvo a contemplar el paisaje.

Antes del año Remí tenía otra mujer, con la cual fue padre. Cuando ocurrió esto don Pablo estaba ya más que viejo. Había enflaquecido tanto que sólo le quedaba la piel sobre los huesos; con la flacura parecía haber aumentado su natural solitario y a veces se pasaba días enteros sin abrir la boca.

Al nacer el muchacho don Pablo se animó un poco. Acechaba que no hubiera gente en la casa y se acercaba silencioso a la hamaca de cuadro en que dormía el nieto y le hacía caricias en la mejilla con la punta de sus duros y temblorosos dedos. Desde recién nacido exigió que le pusieran Antonio, en recuerdo de su mujer, que se llamó María Antonia. Aquel hombre enigmático debió guardar veneración por la difunta, con quien ni siquiera se había casado, ya que en tan remotos tiempos no había habido en toda la comarca ni cura ni juez civil.

No pareció sino que don Pablo sólo esperaba la satisfacción de tener un nieto para abandonarse a las manías que le apuntaban. Agravada su naturaleza solitaria con la vejez, se disgustaba profundamente cada vez que alguien iba a verle. Llegó día en que se negó a ponerse su ropa y andaba por las cercanías de la casa vestido con un batón de tela que le llegaba a media pierna; cuando llegaban mujeres de visita se echaba maíz en la falda, se levantaba el ruedo de ésta hasta la altura del pecho y salía a echarles el maíz a las gallinas. Era ridículo y triste verle en tal facha, y Felicio sufría como nadie tales espectáculos, pues en tan largo tiempo a su lado había aprendido a quererle como a un padre.

Cerca de los noventa debía andar don Pablo cuando se le conoció el primer quebranto. Jamás se había quedado un día en la cama y no podía admitir que tenía que mantenerse acostado. Comprendiendo que no tardaría en morir, los vecinos empezaron a visitar la casa. Don Pablo no tardó en darse cuenta de la realidad, y cuando adivinó que la cercanía de su muerte era causa de esas visitas, pidió la ropa que había dejado de usar en los últimos tiempos y, ya anochecido, tomó la puerta y se fue, sin hacer caso de la nuera que se esforzaba en convencerle de que no saliera.

Cuando pasaron dos horas salieron en su busca. Una luna radiante metalizaba los matorrales y los árboles. La vecindad se erizaba de miedo, llena de aullidos de perros y mugidos de toros.

Fue Felicio quien dio con él cuando se levantaban las primeras luces del día. Yacía en el fondo de un barranco, descalabrado, con los brazos y las piernas tendidos y los ojos abiertos. El antiguo peón se ahogaba cuando le daba la noticia a Remí, y lloraba horas más tarde, al abrir la fosa que iban a profanar años después los picadores de obras públicas. Al andar del tiempo, Remí, su mujer y su hijo Antonio iban a morir a causa de la influenza, y serían enterrados cerca de don Pablo.

Al llegar a este punto el ingeniero pidió tomar agua. Nadie se movía en la sala. Con toda suavidad, como si temiera hacer ruido, el fiscal se rascaba la cabeza o limpiaba sus lentes con el pañuelo.

—A partir de ahora debo contar las cosas, no como las vimos nosotros sino como con toda seguridad las vio y las sintió Felicio. Él está aquí y hasta ahora se ha negado a hablar, pero estoy seguro de que al final declarará y repetirá mis palabras. Es un viejo respetuoso, que no miente; yo diría que espiritualmente, Felicio es un hijo de don Pablo de la Mota.

Al llegar ahí el ingeniero, Felicio se puso de pie. Estaba temblando y por las mejillas le rodaban lágrimas que se secaba con el dorso de una mano. El público vio eso y se conmovió. Parece que Felicio quiso hablar, lo cual causó expectación, porque era la primera vez que iba a hacerlo; no pudo, sin embargo, y lo que hizo fue mover la cabeza de arriba abajo, aprobando lo que acababa de oír. Lentamente volvió a sentarse, mientras seguía estrujándose los ojos con la mano. El ingeniero había callado y el juez y los asistentes miraban hacia Felicio.

—Yo había visto a Felicio allí, sentado sobre una tumba, oyendo el golpe de los picos y tratando de ver lo que se hacía –explicó el ingeniero.

Sí, allí estaba. No quería creer lo que veía y esperaba que a última hora se ordenaría la suspensión del trabajo. Siempre había sido él así: no se avenía a aceptar que la gente procediera mal sino cuando ya era evidente que lo había hecho. En ese momento, por ejemplo, Felicio no pensaba en que estaban abriendo la tumba, sino que pensaba en don Pablo y lo veía ante él tal como había sido antes de volverse maniático; lo veía con su estampa alta, flaca, su piel quemada, sus bigotes blancos, su mirada fría; lo veía moverse, observándolo todo y siempre tan callado. De pronto oyó voces. Felicio hizo un esfuerzo, se puso de pie y caminó. Los hombres rodeaban el hoyo y señalaban algo. Felicio quiso ver.

—¡Sigue picando, tú! –gritó alguien.

Dos peones se tiraron al hoyo mientras el resto hacía gestos de repulsión y algunos se persignaban. Con sus cansados brazos, Felicio se abrió camino y se acercó al hoyo. Lo que había en el fondo era borroso para sus ojos, y cuando empezaba a distinguir oyó una exclamación.

—¡Concho, ta enterito todavía! –dijo una voz.

Entonces Felicio volvió el rostro a los que le rodeaban. Sí, debía ser que habían dado con la osamenta de don Pablo. Estaba ahí, en ese lugar, y él lo sabía mejor que nadie; pero se negaba a admitir que no hubieran respetado al difunto. Miró de nuevo hacia el hoyo; al principio todo le pareció barro revuelto con madera, pero después distinguió el esqueleto, del cual, debido a un golpe de pico, se había desprendido un brazo.

En ese momento todo se confabuló para que las cosas ocurrieran como sucedieron. Serían las once del día, más o menos, y un sol radiante iluminaba el valle. Por el camino de Tireo, que estaba al oriente, se acercaban dos hombres a caballo y uno de ellos montaba un hermoso animal negro cuya crin se batía al paso de la bestia. El grupo que rodeaba el hoyo atrajo a esos hombres y el del caballo negro se tiró de él para ver qué estaba pasando. Al mismo tiempo, a cosa de cien varas y procedentes del pueblo, se acercaban a pie el sargento Felipe y el ingeniero.

Así estaban distribuidos los personajes en el momento en que los picadores dieron con la osamenta de don Pablo de la Mota. Además de todos esos detalles, hay que agregar éste: a la espalda de los trabajadores que estaban junto a Felicio, hacia la mano derecha del viejo, había un pequeño montón de herramientas, mandarrias y martillos entre ellas.

—Ahí ta el difunto. Usté que lo conoció, diga si es él…

Felicio se volvió hacia el que hablaba y después hacia el hoyo. Allá abajo estaba el esqueleto, grande, sucio, con el brazo izquierdo separado. Súbitamente, Felicio reculó, con toda la cara contraída. Ahí, dentro del pecho, sintió que algo le estallaba y al mismo tiempo se le fijó en la espalda un terror que lo ahogaba y lo mataría. La idea que tuvo fue la de que don Pablo iba a salir de la tumba, montado a caballo, más colérico que jamás lo había estado en vida, y que iba a preguntarle por qué estaba allí y por qué había consentido que profanaran su último sueño.

Aquello fue tan vivamente sentido que Felicio gimió y se llevó las manos a los ojos. Asustados, los que le rodeaban quisieron sujetarle. Entonces Felicio miró en torno suyo y vio a seis pasos del hoyo el caballo negro del recién llegado. Al dar con el animal palideció y gritó, con una voz llena de miedo:

—¡Su caballo; el caballo de don Pablo!

Si, aquella era la bestia en que don Pablo había estado ahí, en ese mismo sitio, mientras enterraban a la nuera, muchísimos años atrás. Violentando las manos que le sujetaban, Felicio corrió y vociferó, dirigiéndose al hoyo:

—¡Ahí ta su caballo, don Pablo!

Y entonces él vio a don Pablo, que apoyaba una mano en el fondo del hoyo; la derecha, porque no tenía mano izquierda; lo vio levantarse y sujetarse a la pared del hoyo.

—¡Dame la mano! –ordenó el muerto con la misma voz autoritaria de otros tiempos.

Todo sucedió tan de prisa que Felicio no comprendía por qué los demás no hacían algo para evitar lo que estaba sucediendo. Él no podía hacer nada; él estaba paralizado por el miedo, con los ojos vidriados, sudando frío en la frente.

—¡Acompáñame y toma esto! ¡Hay que matar, Felicio! ¡Monta conmigo! –dijo la voz, fría y precisa.

¿Qué le había dado aquel difunto que de pronto volvía a la vida? Ah, sí; el hueso de su brazo izquierdo. Felicio lo tomó y notó que estaba húmedo, sin duda por haber estado tanto tiempo bajo la tierra.

Felicio temblaba y quería llorar. Don Pablo de la Mota se veía más viejo que cuando vivía y estaba amarillo y sucio del barro. Su aspecto era el de un hombre salido de las profundidades de una cueva. Firmemente, con su brazo a faltar, caminó y montó el caballo negro. Al poner el pie en el estribo se volvió y miró a Felicio con ojos glaciales.

—¡Tú aquí atrás! –dijo; y nada más.

Felicio corrió y montó en las ancas. Don Pablo llevaba las riendas. Felicio se dio cuenta de que el animal galopaba y oyó gritos; volvió la cara y vio que entre los hombres que rodeaban el hoyo se producía un tumulto. De súbito él se sintió lleno de ternura por don Pablo y pegó su pecho en la espalda del difunto.

—Don Pablo, ¿se acuerda que se descalabró, la noche que se tiró por el barranco?

El muerto dijo:

—Sí; todavía tengo la marca en la frente.

Pero de pronto su voz cambió, y gritó, como cuando ordenaba atajar un toro:

—¡Ahora, Felicio!

Felicio se ladeó y vio ante el caballo al sargento Felipe, que enarbolaba un revólver. El ingeniero corría hacia un matorral vecino.

—¿Ta loco, viejo condenao? –gritó el sargento a todo pulmón.

Se le veía que estaba asustado; se había puesto pálido y resultaba grotesco, pegando saltos con sus piernas torcidas.

—¡Ahora, Felicio, duro! –ordenó el difunto con voz estentórea.

El caballo pasaba velozmente junto al sargento. Felicio alzó el brazo y descargó el golpe. Él no podía pensar que aquel hueso sucio, descarnado y húmedo, pudiera ser tan fuerte. Oyó el chasquido del golpe y vio al sargento caer haciendo un círculo y manando sangre por la cabeza. Entonces sonó un disparo.

—Ay… –dijo don Pablo.

Felicio se asustó.

—¿Lo hirieron, don? –preguntó solícito.

—Sí, aquí –masculló el difunto llevándose la mano al vientre.

Pero a Felicio le resultó curioso comprobar que la mano que tocaba aquel vientre no era la de don Pablo sino la suya. Tal vez era porque el difunto no tenía mano izquierda. Cada vez más asustado, Felicio notó que tocaba un líquido caliente y espeso.

De golpe el caballo se detuvo. Por encima de la cabeza de don Pablo, Felicio vio el cielo y observó que las lomas iban girando allá arriba, todas deslizándose, una tras otra. Dobló la frente, golpeó la silla con el rostro; luego, con todo el cuerpo, la tierra negra y feraz del valle. A su lado, temblando, espantado y sudoroso, estaba el caballo negro. La gente corrió, dividiéndose en dos grupos, uno que se precipitaba hacia el sargento y otro hacia Felicio.

—Yo mismo recogí a Felicio –explicó el ingeniero–; después noté el odio de la gente y me sentí mal. Me acusaban de ser el culpable de la tragedia, y aunque tenían razón hasta cierto punto, el que le dio a Felicio la orden de matar fue el difunto, pues aunque nadie quiera creerlo, el difunto estaba vivo. Sólo ahora lo comprendo.

Lentamente, Felicio volvió a ponerse de pie. Parecía trabado de la espalda por algún dolor. De nuevo empezó a temblar y señalaba con un brazo hacia el ingeniero.

—Sí, sí, sí –comenzó a decir, casi babeando–. El difunto taba vivo y seguirá vivo mientras yo no me muera, porque naiden se muere de a verdá si queda en el mundo quien repete su memoria.

Y aquel viejo casi ciego tenía una figura y una voz tan patéticas, que a pesar de que estaba haciéndolo sin autorización, el juez le dejó hablar sin interrumpirle. El juez evocó la sombra de su padre, tan presente siempre en él, y comprendió al ingeniero y a Felicio. De todo esto surgía, sin embargo, una dificultad: él no podía condenar a un difunto, aunque estuviera vivo.

Y como no quería cavilar mucho, porque se sentía cansado, se puso de pie, sonó la campanilla y dijo:

—El juicio queda declarado suspenso para proceder a las deliberaciones.

Con sus cansados ojos, Felicio vio la sombra de la toga levantarse y alejarse.

—¿Qué hará aquí el cura? –pensó. Y siguió sentado, mientras el público abandonaba la sala con las caras vueltas para verle.

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. Poppy

Aunque la poca gente que conoció a Poppy parezca consternada –hace una semana que no hablan de otra cosa–, sería de tontos explicarles que lo que sucedió no fue un incidente vulgar, porque esa gente, como la gran mayoría del infatuado género humano, no aceptaría la explicación.

Poppy, a la verdad, se precipitó un poco. Era demasiado sensible, y acaso hurgando en su “pedigree” se hallarían antecedentes, porque es lo cierto que nada se hereda tanto como la anormalidad. Pero las incontables parejas de quienes Poppy vino al mundo –padres, abuelos, bisabuelos– no se conocen. Excepto la madre, fox-terrier pura, nada más se sabe de sus antepasados.

A juzgar por ciertos detalles físicos el padre debió ser un sato corriente; incluso en lo psíquico se le conocía, pues el pobre Poppy tenía una ternura casi humana, y la vivacidad y la gracia contagiosa del sato. Sin embargo era también grave, en ocasiones demasiado. Por lo visto, nunca pusieron atención en ese contraste.

Todo en Poppy era extremado. Por ejemplo, sería difícil hallar un perro tan sumiso. Jamás tuvo la menor rebeldía ni trató en momento alguno de escaparse ni se lanzó, como muchos compañeros a quienes él conocía, a morder la pierna de un visitante. ¿No era eso extraño, tratándose de un perro nada cobarde? Pues bien, nadie se fijó en ello, nadie se preguntó la causa de tal sumisión; ni siquiera Josefina, a pesar de que a ella se debía. En conjunto, Poppy sentía que su vida era muy feliz. Para él todo lo bello y agradable de este mundo tan extravagante estaba en Josefina. Desde el instante en que la luz del sol, colándose a través de los cristales, le hacía abrir los ojos, él se emocionaba pensando que Josefina no tardaría en despertar. Con su fina cabeza levantada acechaba los menores movimientos de su ama. A veces ella se levantaba tarde y Poppy sentía miedo de que se hallara enferma, y cuando al fin ella se movía, él empezaba a gemir de contento. En ocasiones, Josefina extendía el brazo desde la cama y acariciaba la cabeza de Poppy. En tales momentos él desfallecía de felicidad, se le iluminaban los pardos ojos, se le llenaban de un resplandor extraño, de una claridad infantil. Otras veces, muy pocas por cierto, ella no lo miraba ni parecía notar su presencia. Poppy veía entonces el entrecejo de su dueña; observaba cómo una sombra vagaba por todo el rostro de Josefina, y, herido en lo más sensible de su ser, bajaba la cabeza y se iba lentamente, con el rabo colgante, lleno de una amargura que nadie sospechaba.

En verdad, esos momentos de dolor eran escasos en la vida de Poppy; incluso podía recordarlos todos, aunque a él no le gustaba hacerlo. Sólo cuando temía que algo le sucediera a su ama, volvían tales instantes a amargar sus días. Además, la tristeza no le duraba mucho. Un gesto ínfimo, un amago de ternura de Josefina le hacían olvidarlo todo. La alegría era en Poppy un sentimiento desbordante, que inundaba todo su ser y le enloquecía de dicha.

Pero un día –abominable día en su historia– Poppy sintió que la risa de Josefina era secundada por otra más seca y que las pisadas de su ama –leves y rápidas, tan conocidas por él– eran seguidas por otras lentas y sordas. Además, le llegaba un olor nuevo. Una sensación desconocida confundió sus sentimientos. Vio llegar a un hombre al lado de su ama, y vio la mano de él sujetar el brazo de Josefina. Aquello le llenó de asombro. ¿Cómo era posible que alguien tocara ese brazo? Para Poppy tal cosa era inexplicable, y se quedó sentado, con los ojos fijos en el visitante, deseoso de hacer algo no muy correcto. Sin duda su ama comprendió las intenciones de Poppy porque le dijo que se fuera. Ella le miró con dureza y a Poppy le dolió mucho esa mirada. Con la cabeza baja y la cola caída, avergonzado y triste, se fue de allí rezongando algo sobre la intromisión del hombre en la vida de los demás animales. Al echarse bajo la cama se dijo que aquel desconocido y él no podrían ser amigos. Poppy no sabía debido a qué, pero lo cierto es que el extraño no le había sido simpático.

Estaba Poppy cavilando sobre esas cosas cuando sintió entrar a Josefina.

—¡Poppy, Poppy mío! –cantaba ella alegremente.

Señor, ¿qué había ocurrido? Poppy hubiera querido tener más voluntad, ser menos emotivo, lo cual le hubiera permitido quedarse bajo la cama sin poner oídos en las voces de su ama. Pero él no podía. A la segunda llamada se lanzó, con el corazón ahogándosele de felicidad, y fue a dar en los pies de su ama. Ella lo tomó entre sus brazos, lo cargó y le dijo mil lindezas. Hablaba un idioma especial, en el cual abundaban frases cariñosas que Poppy sospechaba dirigidas a alguien que no era él.

En ese estado de ánimo duró Josefina varios días. Se arreglaba con entusiasmo; peinaba de quince maneras su bronceado pelo; se ponía en las pestañas una pasta azul que daba a sus ojos un brillo y un tono deliciosos; se perfumaba, se cuidaba las uñas. Poppy se maravillaba de lo que veía y –¿para qué esconderlo?– disfrutaba también de una dicha loca, porque antes de tantos arreglos él hallaba a Josefina lo más bello de la creación; admiraba sus manos largas, pausadas, distinguidas; su pelo dorado, sus ojos azules, su nariz fina y audaz; lo admiraba todo en ella, y él observaba que con el cuidado todos los encantos de su dueña aumentaban sensiblemente. Lo único desagradable era la presencia del hombre. Iba a menudo. Cuando él llegaba Josefina se quedaba un instante como dormida, un solo instante; pero Poppy comprendía –a pesar de que él no tenía una noción clara del tiempo– que en la vida de su dueña esas fracciones de minuto duraban una eternidad. Después Josefina y el hombre se iban. ¿Adónde iban?

Metido bajo la cama, entristecido por la soledad en que lo dejaban, Poppy se hacía esa pregunta muchas veces. ¿Sería a la orilla del mar, frente a la casa, en el sitio donde ella solía llevarlo a pasear? ¿Sería al jardín, en el rincón de las buganvillas, donde antes se pasaba ella las tardes con la mirada perdida en el cielo y donde él cazaba lagartijas? Con su fino oído –herencia de su madre– atento al menor roce, Poppy trataba de percibir los ruidos provenientes del jardín; acechaba, se volvía todo atención. Al cabo de unos días notó que la llegada de Josefina era precedida siempre por el rumor de un automóvil que se detenía frente a la casa. “Pasea en esos feos aparatos que ruedan y hieden”, pensó. Y como a él no le era dado saber por dónde solía ir el automóvil, se acostumbró a no cavilar más sobre las salidas de su dueña. Lo único que le interesaba era que retornara pronto.

Algunas veces el hombre subía con ella y aunque Poppy no hallara al sujeto muy de su agrado, tuvo que aceptar que le pasara la mano por la frente. Bien sabía él, sin embargo, que tales caricias las hacía el hombre sólo por hacer creer a Josefina que lo quería un poco. Nunca se hizo ilusiones al respecto. Ni aquel extraño llegaría a tenerle estimación ni él se la tendría jamás.

Una noche oyó decir al visitante:

—Poppy se vería mejor si le cortáramos la cola.

—Imposible; le dolería mucho replicó Josefina.

—¿Dolerle? ¿Y por qué? ¿Acaso sienten dolor mis pacientes cuando los opero?

Estupefacto, asombrado de lo que oía, Poppy salió del escondite donde se hallaba –un rincón bajo el librero– y se acercó a Josefina. ¿Qué iba ella a responder? Poppy la miró fijamente y la notó indecisa. En sus bellos ojos azules le vio la duda. Pero aquel hombre debía ejercer una mala influencia en su ama.

—¿Crees que no le dolerá? –preguntó ella cediendo terreno.

Con una sonrisa que a Poppy le pareció la más odiosa mueca nunca vista, él respondió:

—Te aseguro que no.

Poppy se quedó perplejo. ¿Cómo hablaban así de esas cosas? ¿Era posible que se atrevieran a cortarle su cola, única parte del cuerpo con la cual podía él expresar su alegría y su gratitud cuando su ama le hacía mimos? No; jamás podría un ser humano hacer algo semejante. ¿De dónde había sacado el amigo de su ama ideas tan crueles y extravagantes? ¡Y todavía iba a hablar más el bárbaro! Sin duda estaba empeñado en convencer a Josefina. Poppy temblaba de miedo. ¿Qué diría; qué iba a decir?

Pero el hombre no habló de él, sino de algo así como un paseo. Se levantó, y Josefina no tardó en hacerlo. Sumido en la más amarga de las dudas, presintiendo algo muy malo, Poppy se quedó tan acobardado que no se atrevía ni a seguir pensando.

Dos días después ocurrió algo inusitado. Con sus propias manos adorables Josefina bañó a Poppy; después se arregló ella misma. Era muy temprano, tanto que el sol no había caminado aún un cuarto de cielo. Mientras se arreglaba, Josefina cantaba. ¿Qué iba a pasar? ¿A qué tales cuidados? Poppy no quería pensar en nada; ¡se sentía tan feliz! Advirtió que se preparaba una salida. Hacía tiempo que Poppy no veía la calle de mañana. Pasando por el jardín, Poppy sentía la nariz envuelta en perfumes capitosos. Su ama se detuvo en la puerta y tendió los ojos hacia el mar. El mar aparecía al frente, azul, límpido y brillante como una pintura. Poppy miró a su dueña vestida de blanco, fina, dorada y celeste, con las manos puestas en la reja, con el pelo y el traje batidos por la brisa de la mañana, a Poppy le parecía ella algo delicado, bello y tierno; una flor de líneas serenas, esa flor que los hombres llaman lirio.

Era aquella una gloriosa mañana de abril. El aire olía deliciosamente y toda la creación temblaba de alegría. Poppy gimió de dicha; se arrastró a los pies de su ama, correteó lleno de júbilo. La felicidad le ahogaba. Por la acera, bajo los árboles, empezó a perseguir lagartijas y a dar veloces vueltas. Se embriagaba; le embriagaban el sol, el mar, el cielo distante, la sombra de los árboles, la presencia de Josefina. Pero de pronto –¡oh fugacidad de las cosas!– oyó a su espalda un ruido que le disgustó: ahí estaba el automóvil del hombre. Súbitamente sintió ira y empezó a ladrar como un desesperado. Su ama pareció más disgustada que él.

—¡Poppy! ¿Qué es eso, Poppy? –preguntó.

Y por primera vez –cosa extraordinaria– él no sintió dolor por haberla disgustado.

Pero Poppy no tardó en arrepentirse de la dureza de su corazón. Llenándole de asombro, su dueña lo tomó en brazos y entró con él en el automóvil; incluso lo pegó contra su pecho y juntó su cara con la suya. ¡Qué inolvidable momento!

Pronto llegaron adonde iban. Poppy vio a una joven graciosa vestida de blanco que le hizo caricias y a un mozo de espejuelos, muy serio, que le estuvo tocando la cola. Josefina se cubría el rostro con un pañuelo y parecía apenada. Eso entristeció a Poppy, pero no pudo detenerse mucho en ello porque sintió un ligero pinchazo en la cola. A poco ésta empezó a ponérsele pesada. ¿Qué sucedía? Miró a su dueña con ánimos de pedirle que lo ayudara, que no lo dejara en manos de aquellos desconocidos. El amigo de Josefina anduvo buscando hierros en una especie de librero blanco que no tenía libros. Poppy lo veía sonreír y lo oía hablar con desparpajo. La joven vestida de blanco y el mozo de espejuelos lo sujetaron fuertemente. Le pareció que alguien lo golpeaba en la cola y quiso volverse a ver qué le hacían, pero no lo dejaron.

Aquellos momentos fueron confusos. Poppy tuvo miedo, un extraño miedo a no sabía qué. ¿Maquinaban los desconocidos apartarlo de Josefina? ¡Quién podía saberlo! A él le parecía que los hombres eran capaces de las mayores atrocidades.

Pero no sucedió lo que temía. Josefina volvió a cargarlo, a decirle palabras cariñosas; después entraron de nuevo en el automóvil y en todo el trayecto fue acariciándolo con mayor intimidad que nunca.

Aparentemente, todo volvió a ser igual. Pasó el resto de la mañana y empezó a caer el día. Poco a poco, con progreso lento, Poppy fue sintiendo dolor en la cola. Trató de morderse, de pasarse la lengua, pero no lo dejaron. A media tarde ya no pudo más. Quiso mover la cola, porque Josefina había entrado en la habitación y él sintió alegría, como siempre que ella se presentaba a sus ojos, y el dolor fue tan agudo que lo inmovilizó. Entonces fue cuando, mediante un brusco esguince, logró ver. Al principio no comprendía. ¿Qué era aquello? ¿Estaba él perdiendo el juicio? Empezó a girar sobre sí mismo, como un loco. Sentía que se le salían los ojos, que se le iba la cabeza. Tuvo miedo, un miedo agarrotador. Alzó la mirada, y fue tanta la compasión que halló en la cara de Josefina que temió más todavía, y reculó, impresionado. Al acercarse al armario se vio en el espejo. ¿Cómo? ¿Qué pasaba; qué había sucedido? ¿Era él o era otro Poppy el que se reflejaba en el cristal? Se quedó un momento fijo ante su imagen; después se volvió a Josefina, con la mirada suplicante, y oyó que ella decía:

—Pobrecito Poppy mío…

Y al querer agradecerle su ternura él comprendió que ya nunca más podría demostrar su gratitud, porque lo habían dejado sin cola.

Su primera reacción, un impulso que no pudo dominar, fue de cólera. ¡Había sido aquel antipático amigo de su dueña el que lo había mutilado! Fuera de sí, se lanzó sobre Josefina y le enseñó los dientes. Ella gritó reconviniéndole. Molesto, aunque no avergonzado, Poppy se metió bajo la cama, de donde se negó a salir en el resto del día. Con los ojos cargados de sangre y el disgusto agriándole la vida, se pasó las horas amargado, pensando con verdadero dolor en su triste destino. En la noche sintió el ruido del automóvil; al oír las pisadas del hombre y distinguir su olor, quiso salir de su escondite y morderle una pierna. A duras penas lograba contenerse. El nombre de su ama le golpeaba la cabeza por dentro, y sólo así pudo resistir sus malos instintos. Después, cuando en las altas horas de la noche su dueña dormía, sintió de pronto un miedo atroz. Fue una idea loca, que le nació sin que supiera por qué. Tanto le impresionó que pegó un salto. ¿Y si al visitante se le ocurría cortarle una mano a Josefina? ¿Por qué no? ¿No le había cortado a él su cola?

La sola sospecha le dolió hasta dejarlo sin respiración. Se volvía loco. Estaba seguro de que iban a mutilar los hermosos brazos de su dueña; podía jurar que lo harían. El vehemente deseo de morir, si no podía impedir tal atropello, acabó por hacerle sentirse todo él un dolor vivo. Gimió en tono bajo, para no despertar a Josefina, y buscó algo con que hacerse daño, algo que le hiriera. Empezó a arrastrarse lentamente. Se sentía solo en el mundo, agobiado por la soledad y el sufrimiento.

Durante tres días las cosas no cambiaron para Poppy. En la casa aseguraban que nunca había estado de tal humor. Cuando llegaba el amigo de Josefina él no podía contenerse. Ladraba, nervioso y erizado; gruñía, enseñaba los dientes. Sentía necesidad de vengarse. Pero volvía de nuevo aquella impresión de orfandad, aquella sensación de que lo habían humillado, de que lo habían despojado de parte de su vida. La tercera noche Poppy puso oído en unas palabras cuyo sentido no alcanzó a entender.

—Este perro está muy majadero –dijo el hombre–. Yo te voy a dar una sorpresa.

Poppy retrocedió poco a poco. ¿Sorpresa; había dicho sorpresa? ¿Qué diablos maquinaba el odioso visitante?

Con la cabeza entre las piernas, preocupado, queriendo desentrañar el misterio de esas palabras, Poppy sufrió más que nunca, hasta que el sueño lo libertó de esa tortura.

Al día siguiente Poppy esperó ansiosamente la llegada de la noche. Disimulando su impaciencia se sentó junto a la puerta, cerró los ojos y esperó. Tuvo que hacer un esfuerzo para no denunciarse cuando llegó el hombre. Le oyó hablar de muchas cosas; le oyó reír y hacer chistes. Muy tarde ya dijo:

—Mañana viene Bonzo. Ese sí es de raza pura, no como este malcriado.

Poppy aguzó el oído. ¿Bonzo? ¿Qué sería eso? ¿Qué significaba tal palabra? Jamás la había oído. Ah, sí; una vez que su dueña disfrazó a un niño de chino. ¿Pero fue “bonzo” propiamente lo que dijo?

Una pregunta tras otra, docenas y docenas de ellas se fueron encadenando en la atormentada cabeza de Poppy hasta que llegó el momento en que creyó que la cabeza se le quedaba hueca. Francamente, no podía ya más.

En efecto, llegó Bonzo al otro día. Poppy estaba dormitando, tratando de recobrar parte del sueño que había derrochado en la noche; iba sumiéndose en la suavidad nebulosa cuando lo despertó un grito alegre de su ama. La sintió correr a toda prisa y la oyó murmurar en voz alta palabras de emoción.

—¡Qué lindo, qué preciosidad! –decía ella.

A Poppy le pareció que sentía olor a perro y también que oía besos. ¿Besos? ¿A quién besaba su dueña? Poppy no era curioso –costumbre de perras y de cachorros–, pero se intrigó tanto que salió de su escondite habitual. De pronto Josefina entró corriendo y él la vio reír, y vio su dorado pelo agitarse como dos alas pardas. Llevaba algo en los brazos. Era un bulto oscuro, peludo. ¿Sería un abrigo? Tal vez; pero a Poppy le pareció que por un abrigo no debía ponerse así, y además, aquello olía demasiado familiarmente. Ella se tiró en un sillón, pálida de alegría, con los párpados caídos, y Poppy notó que el placer ponía en su rostro un aire apasionado. Ella estuvo así un minuto y él empezaba a sentirse confuso y avergonzado ante tanta dicha. Pero inesperadamente ella se incorporó, tomó aquel bulto lanudo y lo puso en sus piernas. Poppy no pudo reprimir un temblor de asombro y de ira. ¿Cómo? ¿Qué quería decir eso? ¡Era un perro, Dios; un perro lo que tanto había emocionado a su dueña!

Incapaz de contenerse ya, Poppy saltó, con los dientes desnudos y la cólera en los ojos. Josefina lo miró un segundo; lo miró un segundo como nunca lo había hecho y le gritó algo horrible, algo que Poppy hubiera dado la vida por no oír; y a seguidas le pegó, ¡le pegó con el pie!

Verdaderamente, ya no era posible soportar más. Humillado hasta lo más profundo de su ser, Poppy bajó la cabeza y con la nariz rozando el suelo se fue de allí paso a paso. Estuvo debajo de la cama todo el día, negado en absoluto a salir.

Durante la tarde aquello fue una fiesta. Subieron y bajaron las niñas de la casa, la vieja sirvienta, el hijito del jardinero, y cada uno le hizo gracias a Bonzo. ¡Bonzo! ¿Había habido alguna vez un nombre más feo que ése? Decían de él cosas admirables, tantas que Poppy, sin salir de debajo de la cama, aprovechó un momento en que tenían al intruso en el suelo y abrió un ojo para echarle una mirada. ¿Bonito; bonita esa bola de lana parda? Sintió asco de la gente, exagerada en todo. Vio las manos –las queridas manos de su ama– tomar al animalito y levantarlo, y aquel solo gesto rebosó el atribulado corazón de Poppy.

Fue ahí, en tal instante, cuando resolvió lo que haría después. No pudo esperar. Era demasiado sensible –herencia de quién sabe cuál de sus abuelos– y además no tenía noción clara del tiempo e ignoraba que éste cura todas las heridas y hace viejas todas las novedades. Lo ignoraba todo en ese momento, excepto que ya no sería el favorito, que las frases tiernas de su ama no serían para él y que aquellas amadas manos acariciarían en lo adelante a otro perro. El era un pobre animal mutilado que no podía demostrar amor ni alegría.

No se movió ese día; ni siquiera se levantó a comer. ¿Para qué? ¿Valía la pena? Tampoco quiso moverse el día siguiente. Vio y oyó entrar gente que olía de mil maneras, oyó celebrar a Bonzo y se quedó quieto, sin fuerzas ni aun para indignarse. A la hora del paseo, tal como había resuelto, se levantó y dejó su rincón de abajo de la cama. Lentamente, sin ánimo alguno, fue emergiendo del escondite. Josefina no lo miró. Con gesto desdeñoso le dijo que saliera. El vio al intruso en los brazos de su dueña. ¿Le dolió? No, pero sintió tristeza.

Con paso tardo descendió por la escalera. Al salir al jardín se detuvo un momento y contempló el viejo escenario de su felicidad, tan lleno de olores que él conocía y distinguía. Allá estaba el rincón de las bungavillas, y allí estaba el estanque de verdes aguas. Había sol, un sol que brillaba en las hojas de los árboles y en el lejano mar. Amargado y enternecido recordó sus días infantiles, las horas de correteo por entre los pinitos australianos, cuando, perseguido por Josefina, iba y venía loco de contento. En lo hondo de sus venas aquella amargura hirvió rápidamente y sintió nacerle de golpe un odio enorme por cuanto lo obligaba a abandonar aquel sitio. Volvió los ojos y vio al intruso en los brazos de su ama. Durante un segundo pensó saltar, apretar entre sus dientes el pescuezo de aquel animalito lanudo. Fue un ímpetu que iluminó con reflejos diabólicos sus ojos pardos. Hasta llegó a calcular la distancia para el salto. Pero de pronto sintió que podía hacer sufrir a Josefina y eso no valía la pena. Para lo que faltaba…

Y estaba bella su ama. La brisa de la tarde agitaba su falda. ¡Lindo trajecito! Alguien dijo que la hacía juvenil como una estudiante. ¿Qué era eso de estudiante? Poppy no lo sabía; lo que sí sabía era que su dueña era muy bella, que los ojos azules le brillaban dulcemente y que el aire levantaba con suavidad su fino pelo dorado. ¡Qué tristeza no volver a verla! Poppy sintió dolor por todo lo que iba a abandonar. Lentamente, como sin darse cuenta, bajó la acera. Le pareció que entre las pardas hojas jugaban algunos lagartos. Sí, debía ser así. En lo adelante serían para el otro.

Anduvo más. Vio acercase el automóvil y oyó el grito de Josefina, un agudo grito que lo traspasó como una flecha. Inmediatamente, un estrépito loco, la impresión de que el mundo estallaba. De pronto, luz, mucha luz, un deslumbramiento. Después súbita oscuridad. Y nada más. Acaso sólo la sensación de que se dormía velozmente.

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. Mal tiempo

El viento arreció a medianoche de tal manera que Eloísa empezó a temblar. Tenía miedo de que el huracán destruyera el bohío y éste los aplastara, miedo de lo que pudiera sucederle a su hijo en la soledad de la loma y miedo de que el viejo Venancio despertara y la sorprendiera sentada en el catre, llena de pavor. Así pues, estuvo a punto de gritar asustada cuando oyó la voz de Venancio:

—Tranquilícese, que no es na. Los troncos e mangos le quitan juerza al viento.

Pero los mangos nada significaban para Eloísa. Toda la vida había sido miedosa. A pesar de sus treinta años viviendo en el lugar no había podido evitar el terror que sentía ante el mar, que estaba bien cerca; y aunque no lo decía, porque hablaba poco y porque su marido no admitía debilidades, se pasaba los días creyendo que desde que Venancio la llevó a ese lugar se hallaba sin amparo alguno en la vida. Además, su hijo andaba por la loma, solo del todo, y quién sabe lo que estaba haciendo ese viento por allá.

Súbitamente el bohío crujió, movido por una racha que pasaba haciendo mugir las copas de los mangos; y Eloísa no pudo seguir callada.

—¡Virgen de la Altagracia, ampáranos! –gritó.

El viejo Venancio levantó entonces medio cuerpo en el catre y sujetó a su mujer por un brazo.

—¿Pero usté no oyó lo que le dije? ¡Acuéstese di una vé y si le parece póngase a rezar, pero no lloriquee a esta hora!

Sumisamente ella se acostó. Con los ojos cerrados podía hacerse la imagen del lugar, y ver tras el bohío los doce troncos de mango que el propio marido había sembrado mucho antes de que naciera el primer hijo. Pensar en que esos mangos servían para desviar el viento le producía cierto alivio, a pesar de que tal idea era falsa, porque lo que seguramente la tranquilizaba algo era saber que Venancio no se sentía inquieto en lo más mínimo. Por otra parte tal vez ni eso, ya que en verdad su mayor miedo no era al viento, sino a que el mar se desbordara. Siempre había sentido pavor ante esa posibilidad. El mar estaba tres millas hacia atrás, y por allí la costa caía a pico. Era muy improbable que algún día su tremenda carga de agua subiera; pero Eloísa se había asustado cuando lo vio por vez primera, y jamás se había librado de la impresión recibida entonces, que fue de soledad ante una fuerza gigantesca y ciega. A partir del momento en que empezó a tener hijos vivía segura, sin que pudiera explicarse la razón, de que alguna vez ese mar le mataría a uno de ellos. De pronto pensó en el único que le quedaba; lo vio bajo la lluvia y el viento, guarecido al pie de un árbol, solito en la compacta oscuridad del monte; y empezó a sollozar tratando de que Venancio no la oyera.

Pero Venancio sí la oyó, y en tal ocasión de lo profundo de sí mismo le salió la cólera a estallidos. ¡Esa mujer, con su lloradera y sus temblores, no iba a dejarlo dormir! La agarró por un hombro, y Eloísa podía sentir, en medio de la oscuridad, los llameantes ojos del marido clavados en ella.

—¿Se va a tar tranquila, sí o no? –preguntó él.

Tratando de dominar su miedo, ella explicó:

—Es que vea… Julián ta solo con este tiempo.

—Julián ta seguro en la loma –sentenció él–. Lo que usté tiene que hacer es dejarse de lagrimeo y dormirse ya mesmo.

Y él se durmió al cabo de un rato, aunque no Eloísa. Ni Julián. Julián iba a esa hora río abajo, luchando con las sombras de la noche para que la corriente no le llevara el tronco de caoba con que había resuelto sorprender al viejo. Eso era algo que se salía de lo habitual, pues el muchacho tenía su tarea concreta, que consistía en cortar madera para que el padre hiciera carbón; echaba los palos al suelo, los partía en trozos manejables, los conducía poco a poco hasta la orilla del río y los tiraba al agua; luego iba hacia abajo escoltándolos en su cayuco, hasta salir al prolongado arenal que el río y el mar formaban cuando el primero desembocaba en el segundo. Desde la boca hasta su casa, que quedaba a cinco o seis millas hacia el oeste, había un largo trecho desarbolado, a pesar de que al principio hubo ahí manglares que en una época sirvieron para hacer carbón. En tal trecho, unas veces más cerca del río, otras más lejos, se hacían las carboneras; y todo el lugar parecía un antiguo cementerio abandonado. Cruzando los palos debidamente astillados, y colocándolos en hoyos que después cubrían de tierra, en tal forma que a distancia semejaban túmulos, el padre y el hijo carbonizaban la madera y vigilaban el hilo de negruzco humo que día tras día salía por los respiraderos. Unos años atrás el viejo iba al monte con Julián, cada vez más lejos porque a medida que pasaba el tiempo eran menos accesibles los sitios arbolados; mas cuando Venancio empezó a quedarse corto de vista, como ya Julián era bastante fuerte, el padre resolvió que fuera él solo a los cortes. En los primeros meses Venancio se quejaba:

—Vea, Eloísa, si no se hubieran muerto tos los muchachos que tuvimos aquí no faltaría madera pa’l carbón.

—Asina sería –aprobaba Eloísa.

De tarde en tarde Venancio preguntaba de pronto:

¿Cuántos años tendría agora Rafael, Eloísa?

—Veintiocho –respondía la mujer.

—¿Y Justino?

—Veintisiete.

El marido seguía pasando revista a los muertos, a lo mejor calculando cuánto carbón hubiera podido producir con todos vivos. No podía ser de otra manera porque Venancio no se gastaba en accesos sentimentales. Lo que a Eloísa le parecía muy raro era que recordara uno por uno los nombres de los ocho. Al final, indefectiblemente, Venancio comentaba.

—Antonce Julián tiene.

—Agora tiene casi diecinueve –le había dicho Eloísa, exactamente un mes antes de esa noche de mal tiempo.

Con efecto, ésos tenía; pero desde muchacho de once o doce se comportaba como un adulto. Ya en esa época, cuando llegaba con el padre a la loma y daban con un macizo de árboles apropiados, no consultaba al viejo ni le decía una palabra; cogía su pequeño machete y trepaba silencioso a los troncos para empezar a desramarlos; y una vez terminado el desrame, tan pronto Venancio comenzaba a hachar, él se ponía a abrir trocha hacia el río, para que fuera más fácil la conducción de los maderos hasta la vía de agua. Estaba hecho a actuar por su cuenta. A lo sumo, alguna vez el viejo le decía:

—Aquí no, muchacho. Vamos a ver si jallamos llana por ese rumbo.

Entonces Julián bajaba del tronco en que se hallaba, siempre sin hablar, y se ponía a tumbar bejucos haciendo camino hacia el corazón del monte.

Como no estaba acostumbrado a consultar, tres días antes de esa mala noche había resuelto tumbar el tronco de caoba con que de buenas a primeras se había dado. De inmediato comprendió que tal palo iba a exigirle varias jornadas de trabajo y que debía bregar duro para bajarlo hasta el río, pues si quería sacarle todo su valor tendría que llevarlo sin cortarlo en pedazos. Venancio se molestaría al verlo llegar sin más madera, y como ya estaba casi ciego de tanto meterse en las carboneras, no podría distinguir de pronto la calidad del tronco. Quizá hasta dijera que era ojancho; y a Julián le parecía oírlo:

—Muchacho, ¿cómo cortaste ese palo tan duro en vé de traer llana?

Entonces él le diría:

—Usté ta medio ciego, taita. Eso no es ojancho; eso es un tronco de caoba que vale como cien pesos.

A lo que sin duda alguna el padre contestaría alzando la cabeza, esforzándose en mirarle la cara, y diciendo al cabo de un rato, esquivando discutir sobre su error:

—Antonce busque como venderlo di una vé, y si va al pueblo tréigase algo de comida y cómprele un túnico a Eloísa.

Eso tendría que suceder así y no de otra manera. Además si el padre no mencionaba el túnico de la madre, él iba a comprarlo de todos modos. La vieja tenía ya tal vez más de cincuenta años; era chiquita, delgada, canosa, sufrida, y aunque el hijo no mencionaba tal detalle, entre otras razones porque él no tenía el hábito de hacer comentarios, él notaba que a la hora de servir la comida en la cocina el primer plato era siempre el suyo. Una vez hasta sintió a la madre, tarde en la noche, tirándole arriba un saco vacío.

Durante tres días el muchacho batalló sin descanso. Tumbar el caobo fue lo más fácil; lo difícil fue conducirlo hasta el río. En ocasiones lo hacía rodar al favor de los desniveles del terreno, tras haber limpiado a machete él trayecto que debía seguir el madero: pero en otras tenía que vencer los obstáculos levantando el enorme tronco por el extremo menos pesado. Cuando la tarde caía, y el bosque se poblaba de pajarillos que llegaban aturdidos por el sueño a llenar las altas ramas de los árboles, Julián se encaminaba hacia el río para dormir en su cayuco, amarrado en la orilla. El tercer día amaneció con amagos de lluvia, y desde media mañana, una vez comenzó a llover, el muchacho tuvo que luchar con ese nuevo inconveniente, lo que aumentó mucho sus dificultades. Fueron siete u ocho terribles horas las que pasó, con el tronco resbalándole a causa del lodo y del agua, yéndosele de las manos, atajándosele en cualquier pequeño matojo de yerbas. Aun bajo la lluvia Julián sentía el sudor corriéndole por la frente. La ropa se le había endurecido a efectos del agua. Pero no cejó un minuto. A eso de las seis vio el río a escasos metros de distancia; y cuando oscureció del todo sintió que su decisión de echar sin demoras el tronco a la corriente crecía a compás con la oscuridad y con la lluvia, que iban engrosando cada vez más. Era septiembre, el temido septiembre de las islas, y no había esperanzas de que el mal tiempo se debiera a cambios de la luna. Julián sabía, pues, que no debía parar un instante.

A eso de las ocho el caobo cayó al agua. Se le oyó chasquear blandamente; y sin perder tiempo el muchacho deshizo el nudo de la cuerda que sujetaba el cayuco y se metió en él. Con gran trabajo, canaleteando con una mano y con la otra empujando el caobo, logró situarse en medio del río. A partir de ahí la tarea sería menos agobiadora, sobre todo cuando llegara la luz del día; pues mantenerse atento a que el tronco no se le atravesara frente al cayuco o a que no se le embarrancara no era cosa fácil en la compacta oscuridad de la noche. Durante largas horas pudo manejarse relativamente bien, a pesar de la fuerte lluvia. Pero de pronto, a mitad de trecho entre la medianoche y el amanecer, notó que el cayuco se mecía de atrás alante, como si el agua del río estuviera creciendo en oleadas. Por sí solo ese hecho daba que pensar; cuánto más lo daría media hora después, al comenzar el viento a dejarse sentir soplando con creciente vigor, encajonado entre los árboles de las orillas. Julián, sin embargo, no sintió temor. Sabía bien qué indicaban esos síntomas; pero él había resuelto llevar hasta la playa de la boca el tronco de caoba, y lo llevaría sin duda alguna, pasara lo que pasara.

Endurecido por la sorda lucha que libraban dentro de él el sueño y la atención, Julián se quedó sorprendido de súbito cuando, ya al amanecer, movido inesperadamente por una fuerza de agua, el tronco giró a toda velocidad y se atravesó frente al cayuco. El muchacho corrió, haciendo tambalear la primitiva embarcación. Después que logró evitar el choque alzó la cabeza y vio cómo el viento doblaba las copas de los árboles que orillaban el río.

—Si el tiempo ta malo pa’bajo, los viejos ni haberán dormío –dijo en voz bastante alta.

Y acertaba, porque Eloísa, por lo menos, no pudo dormir. Durante más de cinco horas estuvo con los ojos abiertos, oyendo el paso cada vez más violento de las ráfagas y el caer incesante de la lluvia, que hacía sonar de manera sorda las yaguas del techo.

El viento empezó a amainar después de amanecer, pero la lluvia fue haciéndose más fuerte, y a eso de las doce era un diluvio lo que se sentía sobre la tierra. Llovió menos en la tarde, para arreciar otra vez al entrar la noche. Solos y silenciosos, dando vueltas en los pequeños límites del bohío, fumando de vez en cuando sus cachimbos, Eloísa y Venancio veían caer el agua, la veían rodar por los pequeños desniveles e ir llenando el patio de lagunatos. En dos ocasiones, una en la mañana y otra bien entrada la tarde, Eloísa comentó como para sí que tal vez su hijo Julián estaría mojándose más de la cuenta en el monte. La última vez Venancio se puso de pie al oírla, y respondió de mal modo, mirándola a los ojos:

—Usté déjese de tar llamando desgracia. El muchacho se pue mojar lo que quiera, que no es de azúcar pa derretirse.

En lo cual estaba acertado. Julián no era de azúcar; y de todos modos estaba de más hablar de él. Pues había ocurrido que a eso de las diez de la mañana, quizá entre las nueve y media y las diez, el río había empezado a bajar cada vez más cargado. Por momentos unas turbias oleadas cubrían las orillas e iban doblegando los yerbazales. Sin duda el viento que había cruzado hacia las lomas durante la noche había empujado las nubes hasta la cabecera. Y debió ser así, porque de improviso, tal vez un poco pasadas las diez, se oyó el pavoroso ronquido de la masa de agua que bajaba dominándolo todo. Julián se puso de pie en medio del cayuco, y miró hacia atrás. Él no sabía lo que era eso, pero muchas veces oyó a Venancio contar historias de violentas crecidas. En medio de la lluvia podían distinguirse los ruidos de los bejucos que se doblaban chasqueando, el golpear del agua en los troncos de los árboles más cercanos y el impresionante fondo del ruido que hacía la propia agua al rodar sobre sí misma, creciéndose en oleadas de un pie de altura.

Durante una fracción de minuto Julián quedó confundido, sin saber qué hacer. Al tratar de ver el caobo advirtió que iba meciéndose, hundiendo en el río ya una punta, ya la otra, y en ocasiones girando como un rehilete. Sentándose otra vez, para no perder el equilibrio, metió el canalete en la turbia masa líquida y pretendió avanzar lo más aprisa que pudiera, porque era necesario pegarse al palo y dominarlo, a fin de que no embarrancara o no se le atravesara. Si el río estaba arrastrando árboles descuajados, lo cual era posible, y el caobo se le enredaba en uno de ellos, no iba a poder sacarlo en medio de la corriente; le cogería la noche, y como llevaba ya una sin dormir se le haría muy difícil dominar el sueño. Así pues, avanzó cuanto pudo y se arrimó al tronco. Pero sucedió que en tal momento el caobo comenzó a girar sobre su eje longitudinal, y Julián cometió el error de querer atraparlo con un pie precisamente cuando otra ola de la crecida venía mugiendo tras él, imponiéndose en el recodo que acababa de dejar tras su espalda. Dos veces el tronco fue y volvió, pegando contra el cayuco; y eso ocurrió con movimientos tan rápidos que Julián no nudo evitar que su pierna, caída al agua cuando perdió la sustentación del tronco, quedara atrapada entre éste y el cayuco. El primer golpe casi le hizo perder el conocimiento tal fue el dolor que le produjo; el segundo lo aturdió largo rato, sobre todo porque había sentido el sonido del hueso al quebrarse, y de inmediato algo parecido a la feroz mordedura de un perro en lo recóndito del vientre. Llevado por el instinto el muchacho quiso acudir a cubrirse la pierna con las manos; y entonces el cayuco, atravesado ya en medio del río, se ladeó, soltó su carga, brincó un poco sobre el agua y comenzó a derivar, dando bandazos, corriente abajo. Sobre su fondo de liviana madera la lluvia sonaba con sordo golpear.

Todo aquello duró tal vez lo que un relámpago y aunque las circunstancias eran aflictivas Julián ni siquiera las apreció. Perdido el cayuco nadaría otra vez hasta alcanzarlo; y si no podía, porque era demasiado ligero de peso y el agua acaso lo arrastraría con velocidad, nada evitaría que él se arrimara al caobo. De ser así se abrazaría al tronco y se dejaría ir con él, aunque se embarrancara o se enredara en un árbol desarraigado por el río. El muchacho estaba hecho a cejar, y no lo haría. No le importaba tener que pasar sujeto al caobo un día, una noche más, dos días, dos noches. Ahora ya no se trataba, como minutos antes, de calcular las dificultades que podían proporcionarle la oscuridad, el río crecido y el trasnoche; ahora se trataba de salvarse y llegar a la playa de la desembocadura con el caobo. De manera firme y poderosa Julián sentía que el caobo y él, no él sin el caobo o el caobo sin él, tenían necesariamente que correr la suerte juntos, hasta arribar adonde el viejo pudiera dar con ellos. Ese sentimiento le comunicaba fuerzas, a despecho de la pierna, que tiraba de él hacia el fondo.

En verdad, pocos minutos después no podía con ella; un rato más tarde ni siquiera le era dable mover el muslo, y la cadera se le estaba partiendo del dolor. Llovía, estaba metido en el agua, y sin embargo sentía que algo frío, surgido de sí mismo, le empapaba el cuerpo y el rostro. Vio con toda claridad alejarse el cayuco, que discurría rápidamente al favor de la corriente; y vio al caobo moviéndose a saltos, como si alguien lo empujara desde abajo. Pensó gritarle que lo esperara, que él iba para allá. Sin parar mientes en lo que sentía, braceó enérgicamente, una, tres, cinco veces. ¡Ya tenía el tronco ahí, a su alcance! ¡Ah!, si hubiera podido detenerlo un instante, un solo instante.

—¡Párate, maldito! –gritó.

Pero en tal momento un extremo del caobo saltó, como un pez que huye, y cuando pegó de nuevo en el agua había sido arrastrado casi dos varas más allá. Julián quiso bracear otra vez; mas de súbito, con un impulso brutal y despiadado, el dolor de la cadera estalló, enfriándole el vientre, y sintió los brazos paralizados. El muchacho abrió la boca, ya con la nariz y la cuenca de los ojos afilados por el color amarillo que iba transfigurando sus facciones. Ciego y sordo; trató de salir adelante, luchando por no hundirse, seguro de que iba a vencer. Hasta que no pudo más. A pesar de que no veía cuando por última vez sacó la cara a la superficie, tuvo, sin embargo, la fugaz impresión de que la lluvia pegaba duramente en el río; lo cual –aunque ya para él estaban desapareciendo la mentira y la verdad– era absolutamente cierto.

No sólo llovía allí, sobre el río, sobre el cayuco que había derivado y girado cien veces hasta quedar varado entre los matorrales de la orilla izquierda, y sobre el tronco de caoba que tan pronto se cruzaba en medio de la corriente como se dejaba arrastrar por el ímpetu de las aguas; sino que con igual intensidad estaba lloviendo en la costa, sobre el bohío donde Eloísa y Venancio, encerrados en los setos de tablas de palma, esperaban no sabían qué.

La lluvia duró todavía dos días y dos noches más. Al tercer día el sol fue surgiendo lentamente. Había lodo y toda la naturaleza se veía cansada; pero Venancio no parecía afligido. En verdad, jamás había cambiado su manera de ser. Mientras tomaba café, bien temprano, se dirigió a la mujer.

—Usté ha estao haciendo mucha zoquetá en estos días –dijo–. Ajuera lloviendo y usté adentro mortificándome…

—Era que estaba pensando en Julián, íngrimo y solo en esa loma con un tiempo tan malo –explicó ella.

—Bueno; pero ya el tiempo pasó. Déjese de tar pensando en el muchacho, que a él no le hace falta. El muchacho sabe cuidarse.

Y nada más habló de eso el viejo. Unos minutos más tarde con los ojos iluminados por alguna idea que le daba cierto aspecto de picardía juvenil, dijo de pie en el umbral de la puerta:

—Vea, este tiempo debe haber hecho crecer el río, y tal vé el agua haiga arrastrao algún tronco de provecho. Me voy pa allá.

Y salió inmediatamente, rehuyendo los pozos de agua y los lodazales que cubrían el camino. Eloísa lo vio irse, triste sin saber por qué. El temporal había pasado y con él cualquier peligro. Pero lo cierto era que aquel sol que estaba sucediendo a las lluvias tenía un acento parecido al del hogar donde por primera vez plañe un niño cuya madre ha muerto al darlo a luz.

Sin embargo, todo ese cúmulo de sentimientos debía ser causado por sus cincuenta años. Las cosas no andaban mal, como lo probó la vuelta de Venancio, quien retornó a la caída de la tarde con la noticia de que algo bueno había ocurrido.

—Figúrese, Eloísa –dijo– que jallé en la playa un tronco de ojancho, y como tiene buen tamaño va a dar algunos sacos de carbón. Cuando el muchacho vuelva va a encontrar que su taita le tiene una sorpresa.

—Qué bueno –comentó ella, confusamente alegre de que su marido demostrara tal interés por el hijo–. Él se la merece, porque mire que Julián es buen hijo, ¿no le parece, Venancio?

Pero Venancio no la oyó bien. Estaba pensando en otras cosas; y he aquí que, sin darse cuenta, y para confundir más a su mujer, que nunca le había oído expresarse en tal forma, dijo en alta voz lo que pensaba. Que fue esto:

—Dió no le falta al pobre, Eloísa ¡Vea que traer este temporal pa ayudarnos!

Y se quedó con la mirada perdida en el cuadro de cielo que se veía a través de la puerta, quizá esperanzado en que viniera otro mal tiempo tan generoso como el que acababa de pasar.

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. El socio

Justamente a una misma hora, tres hombres que estaban a distancia pensaban igual cosa.

En su rancho del Sabanal, Negro Manzueta maquinaba vengarse de don Anselmo y calculaba cómo hacerlo sin que el Socio se diera cuenta de lo que planeaba; en la cárcel del pueblo Dionisio Rojas cavilaba cómo matarlo, tan pronto saliera de allí, y de qué manera se las arreglaría para que el Socio no saliera en defensa de aquel odiado hombre; en su bohío de la Gina, sentado en un catre, el viejo Adán Matías apretaba el puño lleno de ira porque no hallaba el medio de matar a don Anselmo sin que el condenado Socio se enterara y pretendiera evitarlo.

Boca arriba en su barbacoa, el Negro Manzueta fumaba su cachimbo y meditaba. No veía cómo recobrar sus tierras. Los agrimensores llegaron con polainas y pantalones amarillos, con sombreros de fieltro y espejuelos; cargaban palos de colores y un aparato pequeño sobre tres patas; estuvieron chapeando, y aunque él sospechó que en nada bueno andaban, se quedó tranquilo para no tener líos con la autoridad. Además, ¿qué miedo iba a tener? Esas tierras eran suyas; el viejo Manzueta las había comprado a peso de título, las heredó el hijo del viejo –su taita–, y luego él.

Don Anselmo estuvo un día a ver el trabajo de los agrimensores y llegó hasta el rancho.

—Andamos aclarando esto de los lindes, Manzueta –dijo.

Y el Negro Manzueta no respondió palabra. Estaba contento de que lo visitara don Anselmo, el dueño de medio mundo de tierras. Estuvo observándole la mulita, inquieta como mariposa.

—¿Esa fue la que trajo en camión de San Juan? –preguntó.

Don Anselmo no debió oírlo; miraba gravemente el trabajo.

—Bájese pa que tome café, don –invitó el Negro.

El visitante no quiso bajarse porque andaba apurado. Apurado… Lo que pasaba era que le remordía la conciencia. Le quitó sus tierras, así como si tal cosa. Los agrimensores hablaron hasta decir “ya”, y el Negro Manzueta se negó a entender explicaciones. Él sólo sabía que desde la quebrada del Hacho para arriba todo era suyo, y lo demás no le importaba.

Tuvo que importarle, sin embargo. Un día llegaron los peones –ocho, armados de colines, y el capataz de revólver– y tiraron la palizada a la brava. Bueno… Para algo un hombre es un hombre, y fuera de esas tierras que le habían quitado el Negro Manzueta no tenía casi qué perder. Pegado de su cachimbo, cavilando, veía entrar las sombras en su mísero rancho. En la puerta, flaco y torvo, el perro cazaba moscas; afuera la brisa hacía sonar las hojas de los plátanos. Un tórtola cantó, sin duda en el roble de la vereda.

—Hay que arreglar primero lo del Socio –se decía Manzueta mientras, rehuyendo las durezas de los varejones, daba vueltas en la barbacoa.

Vueltas estaba dando también en su camastro Dionisio Rojas. El pueblo se hallaba a decenas de kilómetros del Sabanal, hacia el sur, y la cárcel quedaba en una orilla del pueblo. A dos días de su libertad, Dionisio Rojas no dejaba de pensar en la maldad que le habían hecho. No se trataba de la res, y él lo sabía bien como lo sabía don Anselmo; se trataba de la vereda que pasaba por su conuco. Don Anselmo tenía necesidad de esa vereda porque le acortaba la distancia de sus tierras a la carretera. Su hermano estaba dispuesto a entrar en arreglos, pero él no, y por eso inventaron lo de la res. ¿Cómo lo hicieron, que ni los perros se dieron cuenta? Dionisio llegó a pensar si su hermano no había estado en la combinación. Dijeron que la res se había perdido, llegaron al bohío y se pusieron a investigar. Hallaron la cabeza y las patas enterradas en el patio, y más adentro, en pleno conuco, el cuero. ¿Por qué los perros no desenterraron esas cosas para comérselas? Dionisio no lograba averiguarlo. Era para morirse de tristeza. ¡Lo habían hecho pasar por ladrón, a él, Dionisio Rojas, un hombre criado tan en la ley, un hombre de su trabajo! don Anselmo tenía que pagar su “acumulo”.

La tarde caía velozmente y desde su camastro podía el preso ver el río, que rodeaba la cárcel por el oeste. En chorro impetuoso, las sombras iban metiéndose en las aguas, ennegreciéndolas.

Así ennegrecían esas mismas sombras las aguas del arroyo en la Gina. El lugar –tres docenas de bohíos desperdigados bajo los palos de lana o en los riscos del arroyo– estaba al oeste del pueblo, a un día de camino en buen caballo. Allí, sobre el catre, pasándose la mano por la cabeza, casi arrancándose los pelos, estaba el viejo Adán Matías. Era bajito, flaco y rojo. Su bigote cano temblaba cada vez que él batía la quijada. Por momentos se ponía de pie, recorría el cuartucho a grandes pasos y volvía a sentarse. Su hija Lucinda se asomaba a la puerta.

—Tranquilícese, taita. Dispués con calma se arregla eso.

Pero también Lucinda estaba triste y lloraba a escondidas. El viejo, que lo sabía, se llenaba de cólera.

—Ella tiene la culpa, taita –pretendía alegar Lucinda.

—¿Culpa ella, una criaturita sin edá pa saber lo malo?

Cuanto más se le hablaba, peor se ponía el viejo. Iba y volvía por el cuartucho, se sentaba, se paraba, agarraba el machete. Al fin pareció haber resuelto algo.

—¡Lucinda! –llamó a la hora en que la noche cerraba sobre el monte– ¿usté cree en eso del Socio?

Con los ojos hinchados de llorar, la hija habló desde la puerta:

—¿Y cómo no voy a creer, taita? Si no fuera asina, ¿cómo le diban a salir bien las cosas a ese hombre?

El viejo no le quitaba la mirada de arriba.

—¡Po conmigo se le acaban el retozo a él y al Socio! –tronó; y volvió a sentarse, a pasarse la mano por la cabeza, a batir la quijada.

Aunque hiciera preguntas, también Adán Matías creía como su hija, y nadie ponía en duda lo que se decía de don Anselmo. Quince años antes ni Anselmo le llamaban, sino Chemo. Era feo y antipático, con su perfil rapaz, de nariz corva y mentón duro, con su frente pequeña y sus ojos de hierro. Andaba siempre de prisa, con un gran tabaco en una esquina de la boca y levantándose los pantalones a cada paso. A los que dependían de él no les hablaba sino que les daba órdenes. Consiguió unas tierras en La Rosa, a precio de nada, y sin que se supiera cómo ni cuando empezó a echar palizadas hacia afuera. Fue por esos días cuando hizo su trato con el Socio. Eso ocurrió en la Loma del Puerco, y aunque el acuerdo se llevó a cabo en secreto, al poco tiempo todo el mundo conocía el trato. La sospecha comenzó cuando en el sitio observaron que don Anselmo no perdía cosecha ni por sequía ni por lluvia, que los hombres más hombres no le pedían cuenta por llevarles las hijas, que la viruela respetaba sus gallinas y el dandí no les daba a sus puercos, que sus gallos ganaban las peleas peor casadas, que las vacas le parían hembras todos los años, que a ninguno de sus caballos le daba la jaba o la cucaracha. Pero con todo, la verdad absoluta no podía saberse porque don Anselmo tenía su malicia para hacer las cosas.

Y el don sabía darse gusto. Levantó en La Rosa una casa enorme, de dos pisos y con galería amplia. Abajo se fueron arrimando bohíos de peones y encargados, y entre las muchachas de esa gente iba él escogiendo.

—Dentro de dos años me guardan ésta –decía.

Usaba automóvil y tenía luz eléctrica, nevera y fonógrafo. Vivía a sus anchas. Todo le salía bien. Igual que si fueran hombres, las palizadas se mantenían anda que anda, siempre hacia afuera, ampliando la propiedad. Una tropa de peones se encargaba de sembrar los postes y tirar el alambre, y durante el año entero aquello tropa vivía ocupada. Llegó el día en que sin salir de las tierras de don Anselmo podía irse de Hincha a Rincón, flanqueando la cordillera y sin tener que repechar una loma. Entre las cercas había leguas de potreros, plátanos y cacaotales, extensiones enormes de maíz y de piñas.

Hubo años en que el don agotó la cosecha de muchachas de La Rosa, y entonces se iba a otros lugares y las pagaba en lo que pidieran. Las admitía de cualquier color, siempre que fueran tiernas; pero las prefería trigueñas, como la nieta de Adán Matías.

Le gustaban trigueñas como le gustaba la tierra con aguadas, igual a la del Negro Manzueta. Y estaba acostumbrado a que todo el mundo cediera ante él, por las buenas –con su dinero– o por las malas, como tuvo que ceder Dionisio Rojas.

Y al hablar del Negro Manzueta, conviene decir que se había despertado muy contento.

—¡El gusto que me voy a dar! –dijo en alta voz al echarse de la barbacoa.

Con las costillas casi fuera del cuerpo y las ancas puntudas, el perro aguardaba órdenes.

—¡Ajila por ái, Tiburón, que hoy arreglamos eso de la palizá! –gritó Manzueta.

Salió al claro y se entretuvo en ver cómo de los árboles cercanos se levantaban bandadas de ciguas y cómo el sol vidriaba las pencas de las palmas; después se puso a recoger chamariscos, y al rato, ya sudado, se dio una palmada en la frente.

—¡Anda la porra! –dijo asombrado–… Si la cuaba arresulta mejor.

Diciendo y haciendo. Se metió en el bohío, cogió una hacha y un machete y seguido por el perro tomó el camino de la loma. Llegó pasado el mediodía. El sol era candela. El Negro Manzueta subió sin fatigarse y allá arriba empezó a darle hacha a un pino mediano. Estuvo hasta media tarde sacando astillas de cuaba, después gastó media hora buscando bejucos, amarró las astillas y bajó, con ellas al hombro y el perro pegado al pie.

Sin darle descanso al cuerpo y muy contento por lo que iba a hacer, Manzueta se entregó a una curiosa faena: al lado de cada poste fue colocando una astilla, y a veces dos, clavadas en la tierra. Al caer la noche había andado no sabía cuánto; luego empezó el camino al revés, dándoles candela a las astillas. Así, a la hora en que allá en el pueblo el sacristán tocaba las Ánimas, en El Sabanal podía verse una hilera de postes ardiendo y a Manzueta corriendo de poste en poste, con una tea en la mano.

Aquella móvil y alegre línea de fuego subía cerros, bajaba hondonadas, atravesaba pajonales. Todo el monte se iluminaba con la demoníaca siembra de Manzueta. El perro ladraba mientras, crepitando y crispándose, se chamuscaban las hojas de los árboles cercanos.

Nadie veía aquello; nadie, por tanto, sabría nunca la verdad. Las llamas iluminaban la sonrisa del Negro Manzueta; los ladridos de Tiburón atronaban, contestados a la distancia por otros; el alambre caía a trechos, enrojecido por las llamas, y la cerca levantada por los peones de don Anselmo no tardaría en irse al suelo. Mientras tanto el fuego seguía extendiéndose, creciendo cada vez más, y los platanales y los ranchos de tabaco se dañarían o arderían. El Negro Manzueta se hallaba contento.

—¡Que venga a salvarlo el Socio! –gritaba lleno de orgullo al tiempo que seguía sembrando fuego.

Pero el Socio sí fue. Sopló de pronto un viento inesperado que subía del arroyo, y arrancó chispas a las llamaradas. El Negro Manzueta vio las chispas volar en dirección de su conuco y pensó en sus plátanos y en su rancho. Mas se rehizo pronto y volvió a sentirse alegre.

Sin duda también el viento estaba contento. Sopló más fuerte, mucho más, y de súbito la candela se extendió sobre un pajonal; caminó como viva, a toda marcha, hacia el conuco de Manzueta; anduvo de prisa, y en pocos segundos hizo una trocha roja, cárdena, coronada de humo negro. Manzueta la vio y subió a su rancho. El perro ladraba. El hombre vio la llama henchirse de pronto, alzarse y caer de golpe, llevada por la brisa, sobre las yaguas de la vivienda. El Negro corrió más.

—¡Ah candela maldita! –rugía.

Con el machete en la mano, revolviéndose airado, cruzó y se metió en el rancho. Estaba como ciego de la cólera. Golpeaba con el arma. Allá iba la candela metiéndose entre el tabaco! Golpeó más y más. Fue entonces, sin duda, cuando sin saber qué hacía dio con el machete en el varejón de arriba. Inesperadamente se derrumbó el techo, y las yaguas encendidas y los maderos echando llamas le cayeron encima sin que él pudiera defenderse. Saltó y quiso huir cuando notó que la camisa le llameaba. Debió tropezar con algo, y cayó. El perro gritaba y él hubiera querido que se callara. El ardor en la cara y en el vientre era insoportable. ¡Y la candela metiéndose en el conuco! Ahí, en tal momento, pegado a la tierra, impotente, el Negro Manzueta creyó ver el origen de aquella desgracia. Alzó la cabeza, aterrorizado y frío de miedo.

—¡El, él! –barbotó.

La idea sacudió al hombre de arriba abajo. Su miedo se hizo súbitamente tan grande que le impedía moverse. Suplicante, casi llorando, logró decir:

—¡Fue él! ¡En el nombre de la Virgen, fue el Socio!

Voraz e implacable, el fuego consumió en poco tiempo la propiedad de Manzueta; pero afuera, en las tierras de don Anselmo, nada habría de pasar. Mientras las llamas se entretenían con lo del Negro, arriba, en el cielo, se presentaron nubes inesperadas que encapotaron la noche y a poco empezó a caer un chaparrón violento que hacía chirriar los postes carbonizados al apagar los troncos encendidos.

Por la mañana encontraron al Negro Manzueta lejos de su rancho. Había ido arrastrándose hasta el camino de La Jagua, seguido por el perro, que se adelantaba en carreras múltiples y veloces y ladraba sin cesar.

Mirando al hombre, una vieja chiquita, flaca y de rasgos duros dijo:

—¿No ven? Eso ha sío el Socio.

Con ojos de asustado, un negro manco que tenía una cicatriz en la frente murmuró:

—Sí, fue el Socio.

—¡Fue el Socio, el Socio! –aseguró la voz de centenares y centenares de personas, mientras en toda la región se comentaba el suceso.

Exactamente a la hora en que entraban al pueblo al quemado Negro Manzueta, ponían en libertad a Dionisio Rojas. Con un paquetito de ropa al hombro, sin un centavo encima, Dionisio se detuvo a mirar la inmensidad del cielo.

—Bueno, al fin llegó mi hora –dijo. Y echó a andar.

Dando pie, se halló en el lugar a medianoche. Había luna. La tierra negra, desnuda y bien barrida hacía resaltar el color blanco de la vivienda. Dionisio contempló con cierta amargura el paisaje familiar y se puso a pensar. ¿Dormirían su hermano y su cuñada? Los perros alborotaron, pero al reconocerlo se tiraron contra el suelo, blandiendo los rabos.

Viendo el bohío, la rabia endureció todo el cuerpo de Dionisio. En seis meses ni su hermano ni su cuñada fueron a verle. ¡Daban ganas de escupirlos a los dos! ¿Llamar? ¡No! Se fue a dormir en la enramada, sobre unas esterillas viejas.

Despertó bien temprano y se dirigió al portón. Vio el conuco desperezarse a la brisa del amanecer, vio las calandrias cruzar en dirección del monte, vio las gallinas bajar de los palos. Nada le alegraba. De pronto oyó ruido a su espalda y se volvió. El hermano estaba en la penumbra del bohío, mirándole con ojos duros. Dionisio se tiró de las trancas, donde se había sentado, y caminó hacia el bohío. El otro ni se movió.

—Como que se azora de verme –dijo Dionisio.

—Ello sí. No sé a qué viene.

Sujeto a la puerta, su hermano parecía su enemigo. Oyó a la mujer exclamar desde adentro:

—¿Adió…? ¿Y es Dionisio?

Él hubiera preferido no hablar, pero tenía que hacerlo.

—Vengo porque ésta es mi casa y porque quiero averiguar lo de la verea –dijo.

—La vendí; vendí la tierra de la verea –explicó secamente el otro.

Dionisio sintió que la cólera le hacía crujir los huesos. Con un brazo apartó a su hermano y entró en el bohío. Allá, por lo hondo, pensó que su hermano estaba flaco; flaco y descolorido. Dionisio buscaba con la mirada donde sentarse.

—Vea –dijo–, usté no podía hacer eso. La herencia no ta dividía.

—Pero me dio la gana –rezongó el otro–. Me dio la gana, contimás que si taita tuviera vivo lo desheredaba a usté.

Dionisio casi no podía seguir oyendo. ¡Virgen Purísima, las cosas que estaba aguantando desde hacía meses! Pero hizo esfuerzos por mantenerse sereno.

—Asunte –dijo–, don Anselmo me ha deshonrao. Me deshonró pa cogerse la tierra de la verea, y usté, que es mi hermano, se la dio; pero don Anselmo no pasa de hoy vivo. Lo que me ta doliendo es que usté crea lo que dijo de mí ese ladrón.

—Usté dijo la palabra –escupió el hermano–. Usté la dijo. Si quiere hacemos el reparto ya mesmo, pero aquí, en mi casa, no dentra más.

Con la garganta seca y casi ciego de ira, Dionisio se levantó.

—¡Me ta insultando, Demetrio! –gritó.

El otro le señaló la puerta.

—Su sitio ta ajuera –dijo.

—¡Me ta insultando! –tornó él a gritar, fuera de sí.

Y como Demetrio seguía mirándole con tanta dureza y señalando el camino, Dionisio perdió el último resto de serenidad y se fue sobre el hermano. Levantó la mano y pegó. Su hermano era bravo, y el fondo de su alma, aun en aquel momento, Dionisio se sentía orgulloso de que fuera así. Pero cuando sintió que el otro le golpeaba en la boca, hasta sacarle sangre, perdió la noción de que era su hermano y sólo le quedó en el cuerpo una cólera sorda. Quiso prenderse con los dientes de un hombro del hermano y hasta pensó apretarle el cuello hasta ahogarlo. Como no veía ni sentía no se dio cuenta de que Demetrio le estaba echando una zancadilla. Oía a la mujer gritar. A toda velocidad, el bohío se clareaba por las rendijas y los perros ladraban y gemían. Su hermano le clavó un codo en la frente y lo fue doblando poco a poco. Dionisio perdía el equilibrio. De súbito, con un movimiento centelleante, el otro lo soltó y lo empujó. Lanzado como una bala, Dionisio cayó sobre una silla y sintió que la espalda le estallaba. Con la mano sobre la boca, la mujer gritó más fuerte. Dionisio quiso levantarse y no pudo. Las cosas empezaban a borrársele, a írsele de la vista, y una palidez semejante a de la muerte se extendía a toda carrera por su rostro.

—¡Lo mataste, Demetrio! –oyó decir a la cuñada.

Con gran trabajo, Dionisio pudo articular dos palabras:

—Es-pi-na-zo ro-to…

A seguidas se desmayó. A la gente del contorno que se apareció allí en el acto, su cuñada le explicaba que Dionisio había vuelto con ánimos de matar a don Anselmo, pero que se enredó en discusión con su hermano.

—… y ya ven el resultado –terminaba ella.

Tras oírla y meditar un momento, Jacinto Flores comentó, atreviéndose apenas a levantar la voz:

—¿Y en este lío no andará metío el Socio?

Anastasio Rosado abrió los ojos, muy asustado.

—Jum… Pa mí que asina es.

—¡Sí, fue el Socio, como en lo del Negro Manzueta! –exclamó una mujer.

—¡El Socio, fue el Socio! –repitió, de bohío en bohío, la voz del campo.

De bohío en bohío esa voz corrió como el viento hasta llegar a La Gina. Ahogándose de miedo, Lucinda entró en el aposento de su padre.

—¿Usté lo ve, taita; usté ve que lo del Socio no es juego?

El viejo Adán Matías lanzó un bufido y clavó la mirada en su hija.

—¿Y qué me importa a mí, concho? ¡Lo que tenga otro hombre lo puedo tener yo!

La hija se escabulló y estaba en la cocina encomendándole a los santos la vida de su padre, cuando entró éste.

—¿Me dijo usté que fue en la Loma del Puerco donde se vio con el Socio?

—Ello sí, taita; asina me lo dijeron.

—Bueno, ta bueno. ¡Pero no me hable lloriqueando! Alevante la cabeza y dígame: ¿fue la vieja Terencia, dijo usté, la que arregló el asunto?

—Sí, taita, la vieja Terencia, pero ella dique se murió cuando la virgüela.

—Mejor que se haiga muerto pa que sean menos los sinvergüenzas. Pero alguno de su familia debe saber del asunto, ¿no le parece?

—Dicen que dique una hija; yo no puedo asegurarlo.

—Bueno, si no puede asegurarlo, no hable. Acabe ese sancocho y cállese. Me tiene jarto usté con su lloriqueo.

El viejo Adán Matías volvió a meterse en el cuarto, a dar paseos y a querer tumbarse el pelo a manotazos. Flaco, rojo, incansable, la hija lo veía ir y volver y sentía tristeza. El viejo se tomó su caldo soplando, pero todavía no había acabado cuando se puso de pie, entró en su habitación y salió con su machete mediacinta en la cintura. Al verle los ojos, Lucinda se asustó.

—¿Qué va usté a hacer, taita?

—Usté espéreme y no pregunte –ordenó él.

Estuvo en el patio bregando con un caballo, lo aparejó, y diciendo a la hija que si no volvía antes del amanecer no se apurara, encaminó la bestia por detrás de la casa y le sacó todo el paso de que era capaz.

A la caída de la tarde estaba el viejo Adán frente a la Loma del Puerco. Preguntó en un bohío y le señalaron la vereda que lo llevaría a la casa que buscaba. Llegó oscurecido ya. Al cabo de dos horas de estar repechando loma, al caballo se le sentía el corazón a flor de pecho. A través de la puerta del único bohío que había por allí, Adán vio un hombre, media docena de muchachos y una mujer. El hombre se levantó, salió y se pegó a la bestia.

—¿Vive aquí la hija de una tal Terencia? –le preguntó Adán Matías.

—Ello sí. ¿Quiere verla?

De años, oscura, de piel grasienta, con los sucios cabellos echados sobre las mejillas, con los ojos torcidos hacia abajo y la boca desdeñosa y la nariz larga y un túnico lleno de tierra, a la hija de Terencia sólo le faltaba la escoba entre las piernas para ser una bruja. Al principio la mujer rehuyó explicar lo que sabía, pero el viejo andaba dispuesto a todo y no se quedó chiquito al ofrecer. Se habían metido en un cuartucho alumbrado por una vela y llevaban más de media hora hablando en voz baja cuando ella aceptó.

—Bueno, máma me dejó el secreto.

Ella vio cómo le brillaban los ojos al viejo y cómo batió la quijada, pero tal vez no se dio cuenta de todo lo que eso significaba para él. Sin embargo empezó a responder las preguntas de Adán.

—No, ni yo ni naide sabe la fecha. Él sólo se deja ver del que tenga negocio con él. El único que lo conoce bien es don Anselmo, pero ni an máma lo vido nunca.

—Ta bien –cortó Adán–. No se entretenga tanto, y siga.

—Bueno, como le diba diciendo: se prende el azufre, pero no en crú, y usté dice la oración; cuando termina coge y pega tres gritos llamándolo, pero han de ser gritos de hombre, porque él no dentra en negocio con gente que se ablande dispué; asina que como él ta en acecho, tiene que andar con cuidao, porque si le tiembla la vo, ni an se asoma. Y to eso, tal como le digo, sólo al pie del amacey, el que ta arriba mismito, y al punto de la medianoche, ni pa trás ni pa lante.

—Bueno –dijo Adán–, lo que ta malo es lo del azufre. Tendré que dir al pueblo a buscarlo. Por lo de los gritos no se apure, que a mí no me tiembla na.

Con las manos cruzadas por delante de las rodillas, sentado sobre sus talones, veía el rostro de la mujer envuelto en reflejos mientras la luz de la vela que ardía entre ambos se retorcía a los golpes del viento que entraba por las rendijas. La mujer y el viejo estuvieron un rato callados; después Adán Matías se levantó, puso algunas monedas en la mano de la mujer, salió del cuarto, saludó al hombre y se fue. Al choque de las patas de su caballo rodaban piedras por los flancos de la loma. Casi amaneciendo, la hija, que no había dormido, sintió las pisadas de la bestia. Se le aplacó el corazón, que no había dejado de saltarle en el pecho toda la noche. El viejo entró, hizo como que no oía las preguntas de Lucinda, se metió en el catre y a poco empezó a roncar.

—¡Qué bueno que ta durmiendo, dispués de tanto tiempo desvelao! –comentó ella.

Y también ella se durmió.

Pero el sueño no fue largo, porque antes de las ocho Adán Matías estaba aparejando de nuevo el caballo para ir al pueblo en busca de azufre. Y a esa misma hora, don Anselmo recibía a un amigo de la ciudad. Los dos hombres cambiaron frases de amistad, se echaron los cuerpos en los brazos y sobre los pechos, se palmotearon las espaldas y se metieron juntos por la sala y las habitaciones de la hermosa vivienda.

—Anselmo –comentó el visitante–, esto es un encanto. Aquí me paso yo quince días de maravilla.

Se detuvieron frente a unas litografías que colgaban de una pared y vieron la radio y el fonógrafo, bastante viejo, con su colección de discos.

—Esto lo tengo para ustedes, los del pueblo –explicó don Anselmo–, porque yo me aburro con esa música; pero Atilio se empeñó en que le comprara el aparato con los discos, y lo complací.

Salieron al jardín; vieron la pequeña planta eléctrica, el garaje, y después don Anselmo se puso a señalar los muchachos que pasaban y a decir cuáles eran suyos.

—Ese, y aquél que va allí. Fíjate en ese otro, el blanquito; mi misma cara, ¿verdad?

—Pero es un ejército, Anselmo. ¿Y cómo mantienes tantos hijos?

—Yo no; los mantienen las mamás. Viven aquí y cogen lo que quieren.

—Diablos… y ahora, ¿cómo está el harén ahora?

Rascándose el pescuezo, con el tabaco metido en una esquina de la boca, don Anselmo explicó:

—Ahora no anda muy bien. Tengo una muchachita que me traje de La Gina, trigueña de ojos claros. ¡Bonita y mansa la muchacha!

De pronto los ojos de don Anselmo cobraron un tono apagado. Al parecer estaban fijos en un limonero que florecía al fondo del patio.

—Ya estoy envejeciendo –dijo con lentitud– y eso me hace sufrir. Me gusta tanto la vida que preferiría morirme ahora.

—No hables tonterías, Anselmo –desdeñó el amigo.

Anselmo le cogió un brazo.

—Mira, hasta hoy he tenido cuanto he deseado. No quiero envejecer.

El otro no supo qué contestar. Desde los lejanos sembradíos llegaba una suave brisa doblando hojas. Con ella viajaban trinos de pájaros y voces de hombres que cantaban. —

Todo lo que has deseado –comentó, al rato, el visitante–… La gente dice que tú tienes un arreglo con, con…

Don Anselmo sonreía con cierta amargura.

—Dilo –pidió–; puedes decirlo, que no me molesta.

—Bueno, ya tú sabes –terminó el otro.

A su lado, cogido a su brazo, don Anselmo dijo:

—Yo voy a enseñarte ahora cuál es mi socio; lo vas a ver.

Entre curioso y asustado, deseando decir que no y sin atreverse a hacerlo, su amigo lo miraba extrañamente mientras subían las escaleras. Se encaminaron al dormitorio. Allí había una caja de hierro. Don Anselmo la abrió y mostró a su amigo una pila de billetes de banco y una funda con monedas de oro.

—Ese es mi socio –dijo con serenidad.

Todavía estaba el índice de don Anselmo señalando el dinero cuando sonó el bufido. Fue una especie de bufido de cólera. El visitante lo oyó y le pareció que había salido de los labios de su amigo, pero al volverse para mirarlo se impresionó enormemente: con los ojos desorbitados, pálido y tembloroso, el dueño de la casa miraba a través de la ventana y su rostro se veía desfigurado por una mueca de terror.

Unas horas más tarde –a las doce en punto de la noche–, el viejo Adán Matías quemó el azufre, rezó la oración y pegó los tres gritos. Su voz resonó en todo el sitio, y no había en ella la más ligera huella de miedo. A la luz del azufre quemado brillaban los ojos de Adán Matías y parecían más crespos sus canos bigotes.

Aun no se había apagado el eco del último grito cuando se oyó un tronar impetuoso, bárbaro, como si la loma hubiera estado derrumbándose o como si un ciclón llegara descuajando árboles. El viejo no sintió ni frío. De súbito vio una luz verdosa reventar ante él, comenzó a envolverle un humo azul y brillante, y por entre el humo advirtió un rabo que se agitaba con violencia. “Bueno, ya ta aquí”, pensó Adán Matías; y se dispuso a hacer su trabajo con la mayor serenidad.

El recién llegado habló con voz estentórea. Dijo que había ido a oírle, pero que no podía perder tiempo.

—Así que diga rápidamente lo que quiere.

Adán Matías se molestó. No estaba acostumbrado a esas maneras y ya era muy viejo para cambiar.

—Si anda tan apurao puede dirse. A mí no me saca naiden de mi paso ni tolero que se me grite –rezongó.

Su oyente pareció asombrado. Era la primera vez que le hablaban en tal forma. Dijo algo en tono más bajo, suavizándose. Medio calmado, Adán Matías se sentó en una piedra, invitó a su interlocutor a que hiciera lo mismo y empezó a explicar qué deseaba.

La negra noche temblaba, llena de grillos y de brisa. Arriba resonaban las hojas del amacey y algunos cocuyos rayaban el monte. Las palabras de Adán Matías eran claras y precisas:

—Dicen que usté le ayuda a cambio de su alma. Bueno, pues yo le ofrezco la mía, la de mi hija y la de la muchacha, y lo único que le pido es que quite su apoyo a ese condenao.

—No –oyó decir–, la de su hija y la de se nieta no; nadie puede negociar con almas ajenas; sólo puede hacerlo con la suya. En cuanto al apoyo se lo iba a retirar de todas maneras, porque esta mañana, sin respetar mi presencia, negó su sociedad conmigo.

—Lo raro ta en que no lo negara antes. ¿No ve que es un sinvergüenza?

—En presencia mía –lamentó la voz–… No estaba obligado a decir la verdad, pero…

—Pero tampoco tenía que hablar embuste –agregó Adán.

—Así es. No tenía que hablar mentiras.

—Bueno –atajó Adán, molesto por estar oyendo quejas que nada tenían que ver con lo que él buscaba–, ya lo sabe; cuento con que le niegue su apoyo.

—Sí. Mañana puede ir. Yo estaré allí para ayudarle. Así aprovecho y me llevo el alma. Durante medio minuto, los dos estuvieron callados. Sentado en la piedra, Adán Matías se agarraba las rodillas con ambas manos. De pronto oyó preguntar:

—¿Y usted? ¿Cuándo me da la suya?

—Jum –comentó él–, usté como que anda apurao. Cumpla conmigo, que yo no lo engaño. ¿No ve que ya soy viejo?

—Trato hecho –aseguró la voz.

—Bueno, trato hecho.

Inmediatamente, la Loma del Puerco volvió a resonar. ¡Qué ruido, señor! De seguro iban cayéndose los troncos y los pedregones. Adán Matías se levantó, alzó una mano, abrió la boca y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Y cuidao con jugarme sucio, que de mí no ríe naiden!

Acabando de decirlo saltó evitando las piedras, palmoteó el pescuezo de su caballo, montó de un salto y echó la bestia cuesta abajo.

—A ver si llegamos a La Rosa con la fresca de mañana –le dijo en alta voz al animal.

Como si hubiera entendido, éste apuró el paso.

Con la fresca de la mañana llegó a las orillas de La Rosa, pero la casa le quedaba distante todavía. Había pasado ya la hora del ordeño, porque a lo lejos, camino de los potreros, se veían unos muchachos arreando vacas. Contemplando la diversidad de siembras y el buen cuido de cada una, el viejo Adán Matías pensaba con tristeza en su conuquito de la Gina.

Pasaban de las ocho cuando llegó a la casa. En el patio trajinaban algunos peones y se oían cantos de mujeres que pilaban café, y por entre los cantos el golpe de los mazos en los pilones. Adán Matías notó de entrada la ayuda ofrecida porque nadie salió a preguntarle qué buscaba. Se tiró del caballo y echó escaleras arriba. Antes de llegar a la puerta del alto probó su machete para saber si salía con ligereza de la vaina. Sí salía. Todo empezaba bien. Un poco fatigado, se detuvo a estudiar el sitio. Entró en una habitación bien amoblada que debía ser la sala; al fondo se veía el comedor, y a la mesa, dos hombres ¿Cuál de ellos sería don Anselmo? Ambos se reían. Seguro que el condenado estaba haciendo cuentos.

Adán Matías se detuvo en el vano de la puerta.

—Las tierras –decía uno de ellos– las fui consiguiendo poco a poco. Compraba frutos a la flor, con la propiedad de garantía. Lo demás era fácil. Con dinero se arregla todo, créelo.

Adán Matías tosió. El que hablaba alzó la cara.

—¿Qué desea, amigo? –preguntó, sin duda asombrado de que alguien hubiera entrado hasta allí sin su permiso.

El viejo se acercó con paso seguro.

—¿Quién es aquí don Anselmo? –inquirió.

El hombre tenía en ese momento un cuchillo untado de mantequilla en una mano y un pan en la otra, y se quedó como alelado, sin mover ninguna de las dos manos. Ignoraba debido a qué, pero sentía algo raro. Quiso saber por qué aquel viejo le preguntaba por don Anselmo.

—Tengo que verlo –explicó el viejo Adán Matías–. Yo soy el agüelo de la Chinita.

—Ah… ¿De la Chinita?

Y de pronto, llevado quién sabe por qué impulso, don Anselmo señaló a su amigo, que estaba sentado frente a él.

—Este es don Anselmo –dijo.

Adán Matías pensó: “Ahora sí se arregló esto”. Y con paso firme se arrimó al supuesto don Anselmo.

—Ah –empezó–. Yo quería verlo, amigo, porque ese asunto de la Chinita… Pero le pareció que ya había hablado mucho. Haciéndose el distraído, no había despegado la mano del cabo del machete; y de pronto, con velocidad de relámpago, alzó la vaina y sacó el hierro. Al ver aquello, el hombre a quien Adán Matías tomaba por don Anselmo trató de esquivar el golpe, se enredó en la silla y cayó de bruces en el piso. Silbando en el aire, el machete había cruzado por encima de su cabeza y tropezó, chasqueando, con el pescuezo del verdadero don Anselmo. Al golpe, como de una fuente, saltó la sangre. Durante unos segundos Adán Matías pareció perplejo.

—¡Cónfiro –dijo en alta voz–, me han jugado sucio!

Mientras don Anselmo trataba de escapar a cuatro pies, el amigo se metía bajo la mesa, y ahí, lleno de cólera, fue a buscarlo el viejo.

—¡No soy yo, no soy yo! –gritaba el desdichado–. ¡Es él, él es don Anselmo!

Confundido y verdaderamente disgustado, Adán Matías pensó que el Socio le había jugado sucio; pero su confusión duró muy poco porque inmediatamente tomó una resolución: “Por si acaso, los arreglo a los dos”, pensó.

Iba a hacerlo ya, y en eso vio a una vieja que se asomaba por la puerta del aposento. Al ver la escena, la vieja se llevó las manos al pelo y empezó a gritar:

—¡Han herío a Anselmo; corran, que matan a Anselmo!

Con la ancha falda revuelta y moviéndose como una loca, la vieja fue a tirarse sobre el herido.

—Ah, conque éste es el don –exclamó Adán Matías, entre colérico y sardónico.

Y sin pensarlo más se lanzó hacia el herido y le dejó caer el machete en la nuca. Vio la cabeza doblarse de golpe y vio también al Socio, que entró por la ventana con un saco de pita abierto, como quien llega a buscar una carga de yuca.

Visto que todo había terminado bien, Adán Matías se volvió y huyó, blandiendo el arma, seguido por la vieja, por el otro hombre y por incontables ladridos. A través de todas las puertas comenzó a salir gente. Al llegar a la galería brincó y cayó al pie de su caballo. Adán veía peones que corrían con machetes y palos y docenas de mujeres y de niños que se atropellaban en dirección hacia la casa, y mientras tanto, él iba rompiendo las costillas de su caballo a talonazos.

—¡Cójanlo, cójanlo, cójanlo! –gritaban a su espalda cien voces.

Apuró cuanto pudo y tomó un callejón. Vio la yerba de los potreros agitada por la gente que corría hacia la casa. El viento le zumbaba en los oídos y él vigilaba la vuelta distante del camino. Por allá iba a doblar, por allá, por allá. ¿Y si no se moría el mentado don Anselmo? Jum… Si no se moría… Por allá iba a doblar, por allá. Se oían los pasos de sus perseguidores. Por allá…

Adán Matías oyó por encima de él un bufido extraño, un bufido endemoniadamente alegre, y alzó la cabeza. Hendiendo el aire, con su frente de chivo y su rabo peludo, el Socio iba cruzando por el cielo. Una risa fina y maléfica le cortaba el rostro, y llevaba al hombro el saco de pita.

—¡Aquí lo llevo! –gritó señalando el saco.

Adán Matías sintió un contento que ni el mejor ron le había dado nunca. ¡Eso sí era cumplir los compromisos!

—¡Ande con cuidao! –recomendó a toda voz–. ¡Asujételo bien, ése es capaz de dírsele todavía!

Ya el Socio era del tamaño de un gato allá arriba. Adán Matías casi no podía oírlo cuando respondió:

—¡No tenga miedo, que yo soy como usté: a mí no hay quien me juegue sucio!

Adán Matías detuvo el caballo y revolvió una mano.

—¡Que le vaya bien, amigo! –gritó a todo pulmón.

Al verle hablar al aire, los dos perseguidores que le andaban más cerca se miraron entre sí.

—Como que ta loco el viejo ése –dijo uno, con la voz ahogada por la carrera que iba dando.

Y el otro, sin dejar de correr, aseguró:

—Sí, ése ta loco; segurito que ta loco.

Y por loco lo tuvieron cuando se dejó echar mano sin hacer resistencia. Había detenido el caballo; seguía mirando hacia el cielo con el rostro iluminado por una ligera sonrisa, y pensaba, complacido, que aunque el mundo había cambiado mucho, todavía quedaba alguien capaz de cumplir sus compromisos. Y como estaba seguro de que los hijos de don Anselmo le darían muerte ese mismo día, él, Adán Matías, cristiano viejo, no se alarmaba al pensar que tardaría muy poco en entregarle su alma al Diablo.

Trato es trato, y el Diablo se había portado lealmente. “Como un hombre serio”, se decía Adán Matías al tiempo de entregarse.

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. Capitán

A las siete de la tarde, el viernes día 3, Capitán despertó con el espinazo helado. Inmediatamente supo que se trataba de Ella y empezó a ladrar furiosamente. Se sentía lleno de ira, frenético, igual que cuando se enfrentaba a un perro enemigo.

—¡Juau, juau, juau! –gritaba Capitán al tiempo que sacudía la soga a que estaba amarrado.

Tal vez debido a su ira Capitán no lograba ver nada. De todas maneras era igual: viera o no, Ella debía andar por allí, y eso quería decir…

Pero de pronto Capitán la vio. Doblando la esquina del bohío, pegada a las tablas, Ella iba arrastrándose en dirección a la puerta del patio. Una cosa extraña sucedía, y era que el perro podía ver el seto del bohío aun a través de la sombra y del manto que Ella llevaba puesto. Durante un segundo Capitán se sintió impresionado, pero reaccionó ladrando con más fuerza. Y entonces sucedió lo que todo perro teme que le pase algún día, por mucho que no haya uno entre ellos que pueda escapar más tarde o más temprano a la terrible prueba. Moviéndose lentamente, con evidente disgusto, Ella volvió el frente y plantó en Capitán sus poderosos ojos vacíos.

El perro sintió que le habían partido el espinazo de un golpe seco; se abrió de patas, pegó el vientre a la tierra y un frío de muerte fue helando poco a poco todo su cuerpo y erizando los pelos de su espina dorsal. El miedo había hecho presa en él, en el temido Capitán. Como una sombra recordó a la vieja perra que lo echó al mundo, cuando en las oscuras noches le advertía cómo era Ella y cómo todo animal de su raza debe estar preparado para el día que la vea. Con la garganta seca, ahogándose y sin poder abrir la boca, Capitán se sintió morir. Desde la distancia a que se hallaba, Ella seguía espantándole con su mirada vacía. Entonces él quiso sobreponerse, luchar contra aquello, y pretendió ladrar para asustarla; pero lo que salió de su garganta fue un quejido largo de miedo, un aullido tembloroso y humillante. Convencido de que era inútil luchar, sintió lástima de sí mismo; se echó por completo al suelo, alzó el hocico en dirección de las contadas estrellas que nacían a esa hora, y siguió lanzando su penoso y lúgubre aullido, que se esparcía por todo el lugar llenando de pavor a los niños y a los viejos supersticiosos.

A tres cosas dio lugar ese prolongado gemir de Capitán: una, que Ella se encolerizara, lo cual podía apreciar el perro porque la vio apretar las quijadas y oyó el crujido de los largos dientes descarnados; otra, que don Gaspar saliera al patio a ver qué le pasaba a su animal; y la última, que Tiburón hiriera el orgullo de Capitán soltando indecorosos e inoportunos ladridos en el patio contiguo, sin duda queriendo decir al aterrorizado can que no armara tal escándalo.

A causa de lo primero, Ella fue sorprendida por la presencia de don Gaspar; no lo esperaba y no supo qué hacer al verlo. Capitán observó que Ella recogió su manto, miró fijamente a su amo y entonces reculó despacio, perdiéndose otra vez en la oscuridad del callejón. A causa de lo segundo, Capitán sintió que su miedo cedía, que con la presencia de don Gaspar la confianza volvía a nacer en él. A causa de lo tercero, una sorda ira empezó a trabajarle las venas y se juró que en la primera oportunidad Tiburón iba a saber con qué hay que contar para atreverse a llamarle la atención a un perro del genio y de los bríos suyos.

Cuando don Gaspar llegó hasta el rincón donde amarraba a Capitán, vio a su perro ponerse en cuatro patas, mirarlo al principio con seriedad y después con afecto, y notó cómo al contacto con su mano los pelos del animal volvían a pegarse a la piel. —¿Qué te pasaba, mi buen Capitán? –preguntó el viejo con dulce voz al tiempo que golpeaba las costillas del animal–.

¿Qué te pasaba? ¿Por qué tabas llorando asina? ¿No ves que eso trae desgracia?

Capitán hubiera querido decirle que a partir de ese momento no se descuidara, que se mantuviera alerta. Pero él no sabía hablar y lo único que podía hacer era dar a entender que se sentía contento con la presencia de don Gaspar. Lo dejó dicho blandiendo el rabo y pegando con él en tierra; luego se acostó de vientre y estuvo así, con los ojos entrecerrados, hasta que el viejo volvió a meterse en el bohío.

El sábado temprano don Gaspar abrió la puerta y se puso a limpiar el patio. Capitán estuvo observándole y le preocupó hallar que su amo tenía aspecto de cansado; le pareció más flaco que de costumbre, con un aire de enfermedad que le adormecía los ojos. Por encima de su camisa sobresalían sus hombros y las manos mostraban docenas de huesos. Aquello entristeció a Capitán. Don Gaspar iba amontonando las piedras, los aros de barril, la yerba arrancada. El sol no era excesivo, y tal vez a ello se debiera que don Gaspar no pareciera ver las cosas con precisión. ¿O se trataba de que los años iban nublando sus ojos?

Por el patio vecino cruzó el negro Inés, echando humo de su cachimbo.

—Buenos días, vale Gaspar –cantó Inés.

—Buenos días… Aquí, dándole una limpiadita a esto –explicó el amo.

—Anoche –empezó Inés con mucha seriedad– anduvo su perro llorando, y eso es cosa mala, Gaspar… Anuncia desgracia.

—Ello… Pa mí que lo que le pasó a Capitán es que sintió miedo.

—Porque algo vido, amigo; algo vido.

Capitán oía la conversación y se paró, extendiendo las patas. Miró de reojo a Inés. No le gustaba que hablara de eso. De pronto Capitán creyó morirse: Ella iba deslizándose en dirección a la puerta del bohío. Casi flotando, con su manto gris transparente y una expresión criminal en la cara, parecía vigilar a los hombres y al perro.

—¡Juau! –ladró Capitán lleno de ira.

—¡Fíjese –exclamó Inés–, fíjese en los ojos de ese animal, Gaspar! Pa mí que tiene la peste.

Gaspar se acercó al perro dando la espalda a la puerta del bohío, y entonces Capitán advirtió que Ella corría para entrar. ¡Eso no podía él permitirlo! Lleno de ira dio un estirón a la soga que lo sujetaba y parecía que iba a romperla; erizó los pelos del espinazo, ladró con ira cada vez mayor, empezó a pegar saltos. Por fin logró romper la soga y se lanzó como un bólido hacia el bohío.

—¡Ahí lo tiene! ¡Mire lo que le decía! –gritó el viejo Inés.

Don Gaspar corrió detrás de su perro, llamándole a voces. Pero no tuvo que llegar lejos, porque a cuatro varas del bohío Capitán se detuvo, clavó las patas en la tierra, bajó la cabeza y comenzó a aullar. Ella había vuelto a dirigirle su vacía y espantable mirada y el animal sentía el frío del miedo paralizándole hasta la voz. Claramente, el perro oyó la advertencia que Ella le hizo:

—Vas a pagar caro tu atrevimiento, animalucho indecente.

El viejo Gaspar se acercaba, y Capitán, que sentía su olor cerca, quería decirle que se detuviera, que no diera un paso más, que se mantuviera quieto, sin respirar siquiera; que Ella estaba allí, a tres pasos, y que era la segunda vez que llegaba a buscarlo a él, a don Gaspar. Estaba helado, sin dominio sobre sus músculos. El miedo acababa con él. Vio como Ella empezaba a retroceder, a desvanecerse, a irse alejando, y cuando por fin dobló el callejón perdiéndose en dirección de la calle, Capitán, libre de aquella cosa que le tapaba la garganta, alzó la cabeza y se puso a aullar lastimeramente, con un largo, tembloroso aullido que espantó a Inés.

Lo mismo que la noche anterior, Tiburón empezó a protestar a ladridos.

—¡Me está ordenando que no haga escándalo! –se dijo Capitán indignado.

Por la cerca de alambre, en el solar opuesto al de Inés, Tiburón asomó el hocico. Era un enorme perro negro, de cara antipática y ojos pesados. Miró fijamente a Capitán y le lanzó un último ladrido. Pero Capitán había perdido ya su miedo, porque Ella se había desvanecido, y a la insultante intervención de Tiburón sintió su sangre hervir. De un salto se puso de pie, gruñó, furioso, y se lanzó a toda carrera sobre los alambres.

—¡Capitán! ¿Qué es eso? –gritó don Gaspar.

—Le digo que a su perro le ta pasando algo, amigo –remachó Inés.

Ninguno de los hombres observó la terrible y asesina mirada que lanzó Tiburón desde su sitio; sólo Capitán comprendió lo que ella quería decir. Significaba: “Esto lo arreglaremos hoy mismo”. Capitán contestó volviéndole la espalda, lo cual quería decir: “Para hacerte huir me basta con el rabo”. Y se dirigió lentamente hacia su rincón habitual, donde su amo volvió a amarrarlo anudando los dos pedazos de la soga que había reventado poco antes.

A eso de las tres de la tarde, el mismo día sábado, el viejo Gaspar fue en busca de Capitán para llevarlo al río. Inés le había aconsejado que lo bañara, porque la rabia venía, según él, del calor que les hacía doler las muelas a los perros. Sujetándolo por la soga, el viejo lo sacó a la callecita, a esa hora agobiada por el sol. Estaban en un extremo del pueblo, donde algunos bohíos desvencijados daban albergue a familias que vivían de milagro, cosechando maíz y batatas en los patios o haciendo trabajitos de tarde en tarde. Capitán, con su pelo rojizo y sus costillas pronunciadas, caminaba seriamente junto al viejo. Dos o tres perrillos corrieron a ladrarle, metiéndose entre sus piernas; pero Capitán no les hizo caso. Tampoco don Gaspar parecía atender a la gente ni a los animales; iba erguido, caminando a grandes pasos, y ya se dirigía hacia la vereda que llevaba al río cuando una tromba de carne y pelos salió rugiendo de un bohío y se lanzó en dirección suya a toda velocidad. En un instante Capitán comprendió que Tiburón había adelantado la cita.

Abusador y perverso como era, Tiburón procedió violando todas las reglas del código de los perros. En vez de atacar a Capitán saltó furiosamente sobre don Gaspar. El viejo quedó tan sorprendido que se enredó los pies, uno con otro. Pero Capitán no perdió la cabeza. Durante un segundo su ira fue tan grande que apenas pudo mostrarla enseñando los dientes; pero en el acto calculó qué debía hacer y dando un brinco bien medido clavó sus dientes en el espinazo de Tiburón. Este se dobló, arrugó el hocico, volvió la cabeza y, buscando evadir aquella tenaza candente se pegó a tierra mientras encima de él, gruñendo de rabia y moviéndose sin cesar, Capitán buscaba herirlo con las uñas a la vez que lo mordía. La cólera de Capitán no se saciaba con nada. Soltó por una fracción de segundo, pero fue para coger un poco más arriba. Se le veía erizado y fuera de sí.

—¡Déjalo ya, Capitán! –ordenó don Gaspar.

Los niños se agruparon en las puertas y los perros del vecindario empezaron a ladrar de lejos.

—¡Déjalo ya, déjalo ya, Capitán! –insistía el viejo.

Cada vez más colérico, Capitán se negaba a cumplir la orden, cuando un hombrecito amarillo y flaco salió de su casa corriendo.

—¡Hay que matar a ese condenao! –gritaba muy resuelto–. ¡Hay que matarlo, porque ya no se puede con él!

—¡Vino a morderme sin que yo le hiciera na! –se quejó don Gaspar.

El hombrecito dijo algo más, entró de nuevo en su bohío y salió armado de machete, todo en menos de un minuto.

—¡Condenao, te llegó tu hora! –vociferaba.

Una mujer gritó que no hiciera tal cosa, pero el hombrecito no la oyó y descargó su machete dos veces sobre el animal. La brillante sangre de Tiburón salió a chorros, esparciéndose por la calle. Capitán no quería soltar aún.

—¡Capitán, ven, Capitán! –ordenó don Gaspar.

Entonces Capitán, con los dientes descubiertos todavía, reculó con los ojos fijos en su enemigo, que se debatía en el polvo.

—No te hizo na, perro mío; no te hizo ni un aruñazo –decía el viejo al tiempo que acariciaba con sus huesudas manos el espinazo del animal.

Pero sí le había hecho. En el calor de la pelea el propio Capitán no se había dado cuenta de ello; sin embargo, es el caso que en una pierna, hacia la parte de adentro, Tiburón le había clavado los colmillos. Cierto que era una herida apenas visible, sin importancia alguna, sobre todo si se tenía en cuenta la ferocidad de Tiburón.

La gente no quería creer que Capitán había salido casi ileso.

—Era una fiera –explicó el hombrecillo–. Había que matarlo. ¿No se acuerdan de lo del otro día?

“Lo del otro día” fue un crimen de Tiburón, ocurrido dos semanas atrás. Tiburón salía de la casa y por la calle iba al trote un sato blanco que apenas alzaba un pie del suelo, flaco, jadeante, que debía ir cansado porque llevaba la lengua afuera. Cualquier perro lo hubiera dejado en paz, pero Tiburón era abusador y al verlo se lanzó sobre él, rugiendo de ira y sin razón para sentirla. El pobre sato aulló de miedo. Tiburón le clavó los colmillos en el pescuezo y lo sacudió en el aire, enloquecido por su instinto criminal. El perrito quiso defenderse y mordió a Tiburón en una oreja. Todos vieron esa mordida y todos vieron cómo eso le pareció a Tiburón la peor de las afrentas. En un instante echó el sato a tierra y allí lo destrozó a dentelladas y desgarraduras. El animalito se alejó aullando de dolor.

—Bien muerto ta, sí señor –aseguró una mujer contemplando los restos de Tiburón.

Don Gaspar siguió hacia el río mientras los muchachos y algunas personas mayores seguían haciendo comentarios. Capitán se refrescó con el agua y parecía no tener memoria de lo que había pasado poco antes.

Amaneció un domingo radioso sobre el barrio. Inés se asomó por la cerca, bastante temprano, y estuvo hablando con don Gaspar sobre el incidente del día anterior.

—Por lo que vi, si Tato no mata a su perro lo hubiera matao Capitán –dijo.

Los dos viejos volvieron los ojos hacia el animal. Echado en su rincón, bajo dos yaguas viejas, Capitán parecía atender lo que se hablaba. Con el pescuezo y la cabeza pegados a la tierra, miraba fijamente a los dos viejos.

—Jum… Capitán usa poco juego –comentó don Gaspar.

—Por eso me extrañó el lloro de anoche –explicó Inés.

Al oír referencias a aquello, Capitán cerró los ojos; pero los abrió a seguidas para ver cómo iba don Gaspar. Estaba parado, agarrado al alambre, y se veía flaco, con los pómulos muy pronunciados, la piel quemada, las manos huesudas. “No parece enfermo”, se dijo seriamente el perro, al tiempo que acomodaba la cabeza entre las piernas para dormitar. Otra vez, de golpe, levantó el hocico. “No parece enfermo, pero Ella vino a buscarlo”.

—Tal vé taba llorando la muerte de Tiburón –explicó don Gaspar.

—Yo no sé qué lloraba, pero lo que sí le digo es que algo vido. Los perros asuntan cosas que los cristianos ni an se imaginan, compadre –aseguró muy serio Inés; y después se puso a contar una historia de un perro que tenía cierto amigo suyo. Cuando acabó, invitó:

—Fíjese si esta noche llora. Yo por mi parte taré atento.

Diciendo “adiós” se fue Inés a través del patio de su bohío, y el sol comenzó a correr arriba. Llegó la tarde, cayó la noche y Capitán no aulló; pero tampoco aulló el lunes, ni el martes, ni en toda la semana.

—¿Ve, compadre, que lo que lloraba era la muerte de Tiburón? –afirmaba riendo don Gaspar.

—Pa mí era eso –comentaba Inés, mientras miraba con seriedad al perro y fumaba su cachimbo a grandes bocanadas.

Los viejos parecían muy contentos de que las cosas resultaran así, pero Capitán no compartía su optimismo. “Ella vino; yo la vi venir”, se decía a menudo. Ella había ido, y todo perro sabe que Ella jamás visita un hogar en vano. Capitán estaba seguro de que una de esas noches la vería entrar de nuevo.

Pero todavía pasó una semana más, y aun otra y algunos días, hasta llegar a la tarde del miércoles 22. Capitán se había levantado ese día ligeramente triste y después estuvo inquieto. Sentía necesidad de arañar las viejas yaguas, de moverse, de levantarse y acostarse. Algo le molestaba. La parecía que hacía más calor que de ordinario, sobre todo dentro de su cuerpo, y acezaba largamente, con su roja lengua caída por entre los dientes. En la pata derecha, hacia la parte de adentro, algo le producía escozor, y se lamía y mordía el sitio, justamente el lugar donde aquel sábado día 4 había clavado sus colmillos Tiburón. Los olores que le traía el aire eran secos e irritantes. Ya en la tarde, mientras olfateaba pedazos de madera, vio a don Gaspar cruzar el patio. Fue en ese momento cuando sucedió aquello.

Tal vez porque no veía bien, el viejo no se dio cuenta de que iba a pisar un aro de barrica; lo pisó y el aro saltó, pegó en las piernas del viejo y éste perdió el equilibrio. Capitán lo vio caer de bruces y vio cómo su mano izquierda dio contra un casco de botella. En el acto saltó la sangre, y Capitán, asustado, comenzó a ladrar.

—¡Juau, juau, juau! –exclamaba.

Pero el viejo don Gaspar no hizo mayor caso al incidente y ni siquiera notó la herida en el acto. Se puso de pie, siguió caminando, y el perro siguió observándole y ladrando. Al notar que le salía sangre de la mano, don Gaspar sólo comentó:

—Qué cosa, una herida.

—¡Juau, juau! –insistía el perro.

—Eso no es na, Capitán –aseguró el viejo; y cuando llegó a su lado extendió la mano, la puso bajo el hocico de Capitán y dejó que éste lamiera.

—Pa que se pierda mi sangre, mejor te la comes tú –decía el viejo sonriendo.

Capitán lamió, agradecido de ese gesto de confianza, pero a poco se sintió molesto, sin que supiera debido a qué, y se echó en un rincón, mirando a su amo con gravedad. Al rato el viejo se fue, y nada más pasó ese día.

Al día siguiente sí pasó algo. Serían las nueve de la mañana cuando unas moscas transparentes empezaron a volar ante los ojos del perro. Capitán estuvo observándolas un momento; de súbito sintió una ira loca y se lanzó sobre ellas, pero las moscas desaparecieron sin que él las viera irse a parte alguna. Capitán quedó sorprendido y caviloso. Haciendo un esfuerzo, se mantuvo inmóvil y en acecho, porque las moscas debían volver; pero entonces sucedió algo increíble: Tiburón estaba allí, frente a él, erizado y mostrándole los dientes. Es difícil de explicar lo que sintió Capitán. Un fuego de llama ardió de golpe en sus venas. Jamás había tenido tanta ira. Se lanzó en un brinco sobre aquel odiado enemigo y cerró su boca en el pescuezo de Tiburón, pero los colmillos golpearon en el vacío. Allí donde segundos antes estaba su enemigo, no había nada más que aire. Capitán ladró, lleno de cólera, y notó que su voz no era igual a la de antes; y entonces, sin saber por qué, lloró con un corto, pero escalofriante aullido muy agudo. De súbito, aterrorizado, Capitán perdió la cabeza, y a seguidas volvió a sentir ira. Le acometió una violenta necesidad de correr, y aunque trató de hacerlo no podía porque la soga no lo dejaba libre. En menos de un minuto se sintió cansado y comenzó a castigarle un súbito deseo de tomar agua, mucha agua.

Media hora después toda la voluntad de Capitán estaba fija en una sola cosa: entrar en el bohío de don Gaspar y meter la cabeza en la pequeña tinaja del viejo hasta dejarla vacía. Toda su ambición era beber, calmar con agua el fuego que tenía en la garganta. Después de haber tirado de la soga hasta rendirse, sólo tenía ojos para ver la puerta por la que acaso saliera don Gaspar a llevarle agua.

Pero don Gaspar no salía y Capitán, que necesitaba calmar ese ardor, empezó a comer yagua. Cerca había una tusa de maíz. Pensó que su cuerpo áspero le rascaría la garganta, y se la comió; después encontró un pedazo de madera podrida y se lo engulló en el acto. A esa hora se levantaba una tenue brisa y Capitán pensó que si la brisa le llevaba un papel que había en medio del patio, o siquiera hojas secas, el papel y las hojas le ayudarían a calmarle aquel ardor.

Como si hubiera decidido complacerle, la brisa metió bajo el papel sus impalpables dedos, lo alzó, lo meció, lo arrastró. Con la lengua seca y colgante, los ojos hundidos adornados por un brillo metálico, lleno de avidez, Capitán esperó. Cada movimiento del papel le hería los nervios. Lentamente, rasando el suelo, el papel se acercó, y de pronto la mano invisible de la brisa lo sacudió alejándolo. Capitán sintió ira. Otra vez vio al condenado papel acercarse y otra vez se alejó en un esguince burlón. Capitán se levantó y anduvo tanto como se lo permitía la soga. Notó que no le era fácil caminar. Se hallaba liviano y tenía la sensación de andar por el aire; además, su paso era vacilante. Quiso batir el rabo, sin causa que lo justificara, y de golpe sintió en el tronco de la cola un dolor agudo, y algo indefinible, parecido a una fuerte sacudida, le recorrió todo el espinazo hasta la misma cabeza. Cayó sentado y empezó a acezar. Inesperadamente le ardió de nuevo la pata en el sitio donde lo había mordido Tiburón. Lo que sentía allí era una brasa encendida. Desesperado, empezó a morderse y a lamerse; y a poco sintió que ya no podía abrir la boca y que unos puntos de fuego le herían el anca derecha, haciéndola temblar y endureciéndosela al mismo tiempo.

¿Qué diablos le estaba pasando? ¿Y don Gaspar, y el viejo Inés; dónde estaban? Los tonos pardos de los bohíos empezaban a confundirse con los del cielo. Y en ese momento volvió a suceder aquello: En medio de las sombras nacientes, temblando, traslúcido, con las formas oscilantes, surgió Tiburón; miraba con sus odiosos ojos pesados y caminaba lentamente hacia Capitán.

—¡Ah, maldito, ahora verás! –dijo éste.

Pero al ir a saltar, gruñendo de ira, notó con asombro que Tiburón se deshacía en el oscuro aire. Ahogándose de cólera y asombrado a la vez, Capitán cayó sentado. A seguidas notó que apenas podía respirar. Se asfixiaba, ¡se asfixiaba! ¡Oh, si en ese momento hubiera salido don Gaspar! La presencia de su amo le hubiera ayudado a vencer esa obstinada pesadez del aire que lo ahogaba. Doblado como un arco, Capitán quiso respirar por la boca; pero su lengua ardía, ardía su paladar, y el solo contacto del aire le hacía sufrir y le daba cólera.

Con los ojos agrandados por el desconcierto y no queriendo rendirse, el perro se esforzaba en usar la última gota de oxígeno que tuviera en el fondo de los pulmones. El vientre se le movía a saltos, como una vejiga que se infla y se desinfla rítmicamente. Pasado un rato comprendió que cada vez perdía más movilidad en la boca, que apenas podía sentir ya otra cosa que un progresivo endurecimiento en la quijada.

Cayó la noche del todo. Por alguna causa baladí, los perros del vecindario empezaron a ladrar alborotando el barrio.

Capitán quiso sentarse, pero no pudo; y entonces sintió miedo, un miedo único, que enfrió su sangre; un miedo que no había sentido ni siquiera cuando Ella estuvo mirándole. En ese momento –pequeño instante de lucidez– Capitán quiso ver hacia el callejón y vio la sombra. En el acto la reconoció. Un calor cosquilleante le recorrió la piel; sus rojizos pelos se pararon; el espinazo se le alzó como un arco. ¡Allá estaba Ella misma, riendo con sus largos dientes descarnados!

—¿No te lo avisé? –dijo con una voz llena de sarcasmo, una voz que nadie podía escuchar, porque excepto los perros, nadie la oye.

—¡Maldita! –rugió Capitán–. ¡Vienes a buscarlo, yo lo sé; vienes a buscarlo maldita!

Entonces Ella lanzó una carcajada larga y seca que enloqueció de pavor a Capitán; la lanzó y salió corriendo, con su transparente manto gris batido por el aire, con sus huesos pelados y blancos, con los brazos y las costillas sonando lúgubremente. Capitán hubiera querido gritarle a don Gaspar que Ella iba a meterse en el bohío, pero no podía.

Durante un segundo, al tremendo miedo siguió la ira, una ira que le hizo ver fuego en torno suyo. Quiso ladrar, pero de su garganta no salió sino un ronquido seco. Loco, frenético, saltó; rascó el aire con las patas, se sacudió, fuera de sí; y entonces, de golpe, cayó al suelo, como fulminado por un rayo. Todavía pataleó algo, pero comprendió que todo esfuerzo era inútil porque el frío de la muerte endurecía ya sus músculos. Expandió el pecho una vez más, sólo una vez más; y todo desapareció súbitamente.

Don Gaspar estaba en su catre, mirando hacia las yaguas del techo que dejaban caer trizas negras. No sospechó nada. La puerta del patio se abrió y tornó a cerrarse. El viejo sintió que por allí se había colado un frío diferente a todos los fríos. Pero él era hombre y no podía ver que Ella había llegado ni pudo oír el ruido de sus huesos secos cuando Ella tomó asiento en un pequeño banco de madera que estaba a los pies del catre. No pudo darse cuenta porque sólo los perros tienen ojos para verla y oídos para oírla.

Claro que don Gaspar llegaría a saberlo, pero sería al día siguiente, cuando el viejo Inés entró como a las nueve de la mañana para decir, con acento de preocupación:

—¿No ve? ¿No le dije que algo raro le pasaba a su perro? Tiburón tenía la rabia. Aquel perrito blanco que Tiburón maltrató era de mi comadre Luisa, y ella me dijo que murió con la peste.

Don Gaspar alzó los ojos y miró fijamente a Inés.

—Usté ta equivocao –dijo; y la voz le temblaba.

—Capitán no ladró anoche, compadre; vamo a verlo –respondió Inés.

Inés corría, pero don Gaspar iba cruzando el patio despacio, y cada vez que avanzaba un paso sentía un frío de hielo ascendiendo por su sangre.

—¿Ta muerto, muerto de la rabia! –gritó Inés, con ojos despavoridos.

—¡No! –gimió don Gaspar, con voz ronca, el pescuezo rígido, el cuerpo endurecido.

—¿Pero qué le pasa, amigo? –preguntó asustado Inés.

Entonces vio la mano herida que le enseñaba Gaspar; la vio y comprendió.

—¡Me lambió la cortá ayer! –gritó don Gaspar; y se veía tieso, como un muñeco de madera plantado en el patio.

Lleno de terror, aullando de miedo, Inés huía por el callejón y a lo lejos se oía su voz:

—¡Don Gaspar tiene la rabia; don Gaspar tiene la rabia!

Desde la puerta del bohío, Ella había visto toda la escena con sus ojos vacíos; después entró, se sentó de nuevo al pie del catre y no se movió más de allí hasta dos meses después, cuando sacaron al viejo en un tosco ataúd.

Pero Capitán no supo que Ella había alcanzado su propósito, porque ya él estaba bien podrido, una vara bajo tierra, en la misma esquina del patio donde había vivido amarrado más de cuatro años.

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. Los últimos monstruos

Del gran cataclismo escaparon sólo tres hombres, dos mujeres y cinco niños. Todos eran desconocidos entre sí. Subieron angustiados las laderas de las montañas mientras masas de tierra y de piedras, con árboles y seres vivos, caían formando un estrépito infernal. En la inmensa hoya donde caían esos pedazos del mundo, entraba en olas negras el mar; entraba rugiendo, hirviendo, batiéndose con furia salvaje contra las masas de tierra que caían.

Locos de pavor, los fugitivos huían agarrándose a las raíces. A sus pies se deshacía el suelo. Caminaron en la oscuridad, sin descanso, sin tregua. Uno de los niños, cayó en un derrisco. Debió deshacerse allá abajo, demasiado hondo porque ni siquiera se oyó el golpe. No importaba. Uno de los hombres volvió la cara, y nada más.

El mundo se mantenía en tinieblas. Estallaban ruidos subterráneos. Los fugitivos se miraban y hacían muecas con los rostros. De rato en rato, alguno emitía un grito torpe y señalaba hacia el centro de la tierra. Al cabo de un tiempo interminable empezaron a dejar de oírse los ruidos y los nueve supervivientes se hallaron en una cordillera helada. Cerca de ellos se movían luces extrañas. Una de las mujeres fue a ver de qué se trataba y al apartarse del grupo la oyeron gritar salvajemente. El más viejo de los hombres salió hacia el lugar del grito. Se supo que luchaba porque se oía un estertor. Agobiados de cansancio, los demás se habían echado en el suelo. Al cabo de rato el hombre volvió arrastrándose y llevaba con él una bestia grande, peluda, jamás vista por los que formaban el grupo. Con sus ojos hechos a la oscuridad vieron que el hombre sangraba y perdía fuerzas; después agonizó trabajosamente, pero nadie le hizo caso porque los restantes se lanzaron sobre la bestia. Uno de los hombres sacó una piedra afilada que llevaba en una tira de cuero amarrada a la cintura, y con ella empezó a cortar la piel. Los demás chillaron en señal de que entendían: hacía frío y era necesario algo con que cubrirse, y nada mejor que esa piel; después todos se abalanzaron sobre la carne y cada uno arrancó un pedazo con uñas y dientes. Durmieron allí, y ya eran sólo siete; dos hombres, una mujer y cuatro niños.

Al cabo de un tiempo empezó a esparcirse por el sitio una luz vaga, incolora y fantasmal. A esa claridad recortada contra el cielo, podían verse mejor las figuras. Los hombres eran bajitos, anchos, de espaldas grandes, de frentes cortas, ojillos inquietos, quijadas sobresalientes y pelo duro y abundante; sus narices eran dos hoyos en mitad de la cara y sus bocas hendiduras por las que se veían dientes grandes y blancos. No hablaban, sino que emitían gruñidos, rugidos y algunos sonidos guturales. Tenían las piernas torcidas, los brazos largos y las manos enormes; caminaban balanceándose y sólo llevaban cinturones de cuero en las cinturas. El que parecía de más edad despertó a la hembra clavándole las uñas en el cuello. La hembra tenía el pelo largo, pero no se le veían vellos en la cara. Apenas había espacio entre su pelo y sus cejas y también tenía la boca grande; sus ojos eran de expresión torpe. Señalando las laderas de las montañas, el hombre pareció indicar que era forzoso seguir. La hembra se levantó y sacudió a los pequeños.

Anduvieron bajo aquella luz fantasmal y debieron caminar una distancia muy larga porque llegaron a un lugar donde había un sitio pelado, granítico, que en nada se parecía a la montaña y que debía ser ya la llanura. Allí rugieron los dos hombres y mientras la hembra y los pequeños se sentaban se fueron ellos a unos pilares de roca y arrancaron dos pedazos; después se pusieron a batirlos con piedras más pequeñas. Estaban haciendo dos mazas para tener con qué hacerles frente a los enemigos que les salieran en el camino.

En toda la tierra, llena de montañas peladas, de selvas abrumadoras, de volcanes, torrentes y grandes pantanos hirvientes, no había ya más seres humanos que ésos. Habían vivido hacia abajo, donde el clima benigno y la extinción de las fieras les había permitido salir de las cuevas, fabricar habitaciones en los cerros, usar el fuego, hacer armas y útiles de trabajo y empezar a organizarse en grupos. Pero de súbito se sacudió el eje del globo y se hundió una extensión enorme y las cordilleras se derrumbaron y entró el mar. Hombres, fieras, árboles, piedras: todo cayo abajo, bien abajo, mientras del fondo de aquel hoyo gigantesco se elevaba un humo denso y salían ruidos aterradores. Sólo pudieron salvarse aquellos que escalaron a tiempo las montañas, y de ellos nada más quedaban, al cabo de largo andar, esos dos machos, la hembra y los cuatro niños.

Los hombres terminaron sus mazas y las dejaron llenas de asperezas para que fueran más útiles. Uno de ellos labró también hachas pequeñas para armarlas cuando encontraran árboles. Después de terminar el trabajo se durmieron y al despertar indicaron a gruñidos que era tiempo de seguir.

Después de mucho andar llegaron a la zona de los bosques. Árboles altísimos, helechos de grandes ramas por las que andaban lagartos extraños, lianas de hojas gigantes, flores de olores penetrantes, ríos torrentosos; todo eso vieron, asombrados, a la confusa luz. Estaban en medio de selvas nutridas para cruzar las cuales debían ir los dos hombres haciendo camino con las mazas. Con el pelo sobre los ojos, ellos, las hembras y los pequeños acechaban por todos lados la selva, temerosos de que surgiera a su lado algún animal desconocido que pudiera atacarlos. Comían reptiles y hojas. Durmieron varias veces en aquella marcha, y al fin llegaron a un sitio que parecía reunir condiciones para establecerse. Buscando sin cesar, los hombres hallaron una cueva amplia que estaba en la falda de una colina. Al tomar el flanco del cerro surgió de pronto a su vista un pantano enorme, de aguas fangosas que hervían continuamente. Allí, en la orilla, se detuvieron. Uno de los hombres, el más viejo, metió la mano en aquel fango cálido, y de pronto asomó a su lado la cabeza de un animal que ellos nunca habían visto. El animal abrió la boca, y cuando el hombre quiso huir lanzó un coletazo que destrozó el cuerpo del intruso. Aterrorizados, los demás huyeron; iban huyendo cuando sintieron un chapoteo a sus espaldas, y cuando el último de los hombres volvió la cara alcanzó a ver que el animal atrapaba a uno de los niños. Se oyó un grito agudo y angustioso, y el chapoteo de nuevo. Al llegar a la entrada de la puerta el macho empujo a la mujer y a los niños y cayó de bruces, falto de aire. Tardó en levantarse, y cuando lo hizo se asomó con cautela a la hendidura, bajó con movimientos cuidadosos, aplicó sus fuerzas a una gran piedra y fue empujándola hacia arriba hasta que tapó con ella la boca de la cueva.

Temblando de miedo, los niños yacían amontonados en el fondo y la mujer golpeaba dos pedernales para hacer fuego. Al hacerse la llama, la mujer miró al macho, y éste tenía la mirada brillante bajo los pelos que le caían de la cabeza y hasta los dientes le refulgían. Ella esperó el asalto, pero cuando él iba a acercársele sonó afuera un bramido largo y potente que hizo temblar la piedra que el hombre acababa de colocar en la boca de la cueva. El macho giró violentamente y empujando la piedra quiso ver qué sucedía. Lo que vio debió ser grandioso porque se arrastró hasta la mujer, la tomó con fuerza de un brazo y la llevó a la boca de la cueva.

Del fondo del pantano había salido un monstruo cuya cabeza aplastada llegaba a lo más alto de los árboles más altos. La luz se había vuelto amarillenta y a esa luz brillaban los ojos de la bestia, grandes y siniestros. Tenía el pescuezo cubierto con escamas que despedían reflejos, batió la cola y el hombre y la mujer vieron caer docenas de árboles que se derrumbaban como si los hubiera tronchado una fuerza descomunal. Se hizo un claro en el bosque e infinidad de aves extrañas escaparon graznando. El monstruo volvió la cabeza a todos lados, como oliendo, y lanzó de nuevo su bramido, un bramido tan potente que sacudió los cogollos de los árboles y removió la piedra de la boca de la cueva. El hombre y la mujer se miraron entre sí y gruñeron de miedo. El macho clavó sus uñas en el brazo de la mujer y apretó los dientes. Estaba de rodillas, con una mano en la maza; sentía terror, pero estaba listo a lo que sobreviniera. Tal vez aquella bestia gigantesca andaba persiguiéndoles, y si se acercaba a la cueva, él lucharía, aunque no sabía cómo habría de hacerlo.

Pero de pronto se oyó un chillido, tan hondo y tan escalofriante como el bramido de la bestia, y a seguidas golpes secos, como de árboles o de piedras que chocaban. La mujer volvió a mirar al macho y éste le apretó más el brazo. Súbitamente, la gran fiera que había salido del pantano sacudió el pescuezo y se echó hacia atrás, y a seguidas la pareja humana vio aparecer un pico de tamaño increíble que despedía brillo al toque de la luz. El pico se abrió y se cerró, produciendo el mismo ruido que acababan de oír, y de él salió de nuevo aquel chillido; tras el pico se vio un cuerpo que tenía de ave y de reptil, un cuerpo que se arrastraba por entre los árboles caídos y tenía dos alas cortas y duras.

Los dos monstruos quedaron cerca, el uno frente al otro, ambos meciendo las cabezas. Millares de pájaros revoloteaban y graznaban alrededor de ellos. Del pantano empezó a elevarse un humo fétido y se oía bullir el hirviente lodo. A la espalda del hombre y de la mujer se sentía el ronquido de los pequeños que dormían; el fuego iba apagándose y el corazón de la mujer golpeaba bajo su seno.

De súbito la bestia que había aparecido en último lugar, la enorme bestia de pico, se alzó sobre su cola, batió las alas y se lanzó sobre la otra. Esta la eludió con un esguince del cuello, pero debió recibir algún daño porque su bramido, más hondo y más espeluznante, tuvo un tono doloroso. A seguidas levantó la cola y hendió el aire. Se veía la sombra agitarse.

Así empezó la descomunal batalla. Mordiéndose, arrastrándose, chillando y bramando, cambiando golpes que retumbaban en la cueva, los dos monstruos luchaban. Al golpe de las colas, los árboles caían tronchados y sus chasquidos sonaban dolientes. La luz se fue haciendo más clara y ya era un resplandor amarillento que se colaba a través de nubes pesadas y oscuras.

Los combatientes llegaron al pie del cerro. Estimulado por su instinto de pelea, el hombre empujaba la piedra que tapaba la boca de la cueva porque así podía ver mejor, y a través de los árboles que caían trataba de mirar hacia abajo. Más y más asombrado cada vez, contemplaba cómo se prolongaba la fantástica lucha y a los penetrantes chillidos de la bestia alada oía responder los bramidos llenos de ira de la otra.

El tiempo empezó a hacerse largo. Mordiéndose, pegándose coletazos, desgarrándose con las patas, alzándose hasta el mismo cielo con los pescuezos envueltos entre sí, los dos monstruos rodaban y se levantaban, moliendo la tierra y los troncos por donde pasaban.

La mujer estaba cansada, fría, agotada, y gemía. Con su maza en la mano, el hombre trató de salir a gatas porque el humo que salía del pantano no le permitía ver, y él quería ver.

Aquella gran batalla parecía no terminar jamás. Tan pronto se oía caer y rebotar hacia la orilla del pantano como volver al pie del cerro. La brisa que rompía ramas en el bosque y las aves que graznaban formaban el fondo de la lucha.

El hombre salió y la mujer le vio descender con cautela, pero a poco volvió, sin duda porque las bestias se acercaban; entró con los ojillos inquietos, como de animal perseguido. Ya apenas quedaban brasas encendidas. El hombre y la mujer estuvieron así tanto tiempo que parecían acostumbrados ya a aquel estrépito que conmovía el lugar. Se hallaban cansados, hostigados, con los cuerpos doloridos de tanta tensión.

En eso se oyó un chillido que fue como una larga queja, un chillido que fue debilitándose poco a poco y haciéndose poco a poco lejano; y conmovía oírlo porque era como un canto fúnebre, una bestial elegía fúnebre. Después, el monstruo que había salido del agua lanzó un bramido apagado y doloroso como el chillido, alzó el pescuezo, meció la cabeza en la altura y la dejó caer. El golpe se oyó retumbando entre los árboles.

El hombre se pegó a la tierra y puso toda su atención en escuchar. Estaba nervioso, con los ojos fijos, los pelos revueltos. Alguna vez se oía un movimiento que daba idea de un estertor mortal. Los graznidos de las aves iban apagándose y a ratos sonaba el chasquido de un árbol.

Al cabo de larga espera empezó a dejarse ver de nuevo la luz amarillenta y después fue haciéndose gris y blancuzca hasta que se hizo una claridad que recordaba la de las tierras hundidas. La calma parecía haber renacido con esa luz. El hombre y la mujer siguieron esperando sin moverse, y esperaron tanto que los niños despertaron y gruñeron, acaso de hambre. Entonces el macho empujó la piedra, tomó la maza y salió.

Abajo estaba el bosque deshecho. Dos montones de carne, informes y gigantescos, se veían junto al pantano. Eran tan grandes que hubiera dado trabajo subir a ellos. El hombre fue acercándose con cautela. Las bestias no se movían. Entrelazados y revueltos con las lianas, los árboles caídos tenían las hojas batidas por la brisa. El hombre anduvo a gatas, sin soltar la maza, y se acercó tanto a los monstruos que podía ver los enormes desgarrones que se habían hecho en la pelea. El hombre tomó una piedra y la tiró. La piedra cayó sobre una de las bestias y ésta no se movió. El hombre se arrastró más. Poco a poco fue levantando la mano, hasta tocar las escamas de uno de los animales. Estaba frío y muerto. ¡Muerto!

El hombre no dudó más; se puso de pie y corrió. Saltando sobre los árboles caídos, fue dando la vuelta alrededor de aquellas masas de carne y a medida que comprobaba que ya no vivían su cara se iluminaba con una alegría salvaje, daba gruñidos, saltaba y manoteaba y pegaba con la maza en los cuerpos muertos. Al fin se cansó y decidió irse; pero de súbito se volvió, sacó la piedra afilada que llevaba al cinto y empezó a cortar aquella carne blanca, repelente. Cortó un pedazo enorme y con él a la espalda comenzó a subir por el cerro mientras la luz iba haciéndose más fuerte. Quiso trepar el cerro corriendo, tanta era su alegría, y llegó a la boca de la cueva cansado. Entonces dejó caer la carne, entró dando gritos y tiró de la mujer, casi arrastrándola, clavando en su brazo las fuertes uñas. Desde la boca de la cueva señaló hacia abajo y emitió unos sonidos guturales que sonaban alegres. La hembra miró y saltó también, pegando con una mano sobre la otra. A seguidas el macho cogió a la hembra por la cintura y la apretó hasta hacer crujir sus huesos; y entonces, mientras la luz esplendía y llenaba todo aquel extraño paisaje, él, con un brazo extendido hacia los monstruos, gritó con un grito bárbaro y jubiloso que flotó largamente en el aire.

Traducido al lenguaje que usamos hoy, aquel grito quería decir:

“Han muerto los últimos monstruos que nos amenazaban; se han acabado luchando entre sí. Ahora nos queda la eternidad por delante para poblar el globo con nuestra descendencia e iniciar una gran época en la que los hombres sean felices”.

Después de esto, el hombre bajó a buscar piedras para fabricar con ellas una vivienda que estuviera a la luz, porque ya no era necesario seguir escondiéndose en cuevas.

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. La muerte no se equivoca dos veces

Al ingeniero le molestó el tono que usaba el cabo para interrogarle, pues aunque dijera cosas que el cabo no podía comprender –y que el propio ingeniero no podía explicar–, mal que bien él era persona conocida en la zona, y más conocidos todavía eran Manuel Sierra y Angel Pascual, que daban fe de su conducta. Las miradas cortantes, las preguntas capciosas, los gestos altaneros y las rápidas sonrisitas del cabo iban llenándole de cólera; y esa cólera llegó al colmo cuando comprendió que el cabo estaba tratando de conjeturar –aunque no lo dijera– la existencia de algún plan criminal entre él y Pantaleón González. ¡Señor, pero si Pantaleón González era un alma de Dios, y no había en toda la región quien lo dudara! Vivía junto a la boca del río, del lado oeste, en una choza destartalada que ese año había construido con ramas de palma; y si el ingeniero lo ponía por testigo de sus asertos era porque sólo él estaba en la playa el desventurado amanecer en que se presentó aquel hombre a contar su caso y a pedir ayuda.

El ingeniero había pasado la noche anterior en Hershey, velando a la hija de Manuel Sierra. Todos los que estaban allí esperaban lo peor, y como sucediera que a eso de las dos de la mañana el tiempo comenzara a ponerse bastante pesado, se habló de que sin duda iba a presentarse un Norte de los que a menudo soliviantan el mar de la isla y lo lanzan sobre las escarpas y las playas con ímpetu salvaje. Tales vientos son frecuentes desde octubre hasta febrero, y a veces desde septiembre hasta marzo. Ahora bien, es precisamente entonces, cuando la playa se queda sola y ni una sombra humana transita por ella, cuando al ingeniero le gusta el lugar. El sitio se llama Jibacoa; estará a cinco, tal vez a seis kilómetros de Santa Cruz del Norte, por la línea de la costa, y tal vez a doce del Central Hershey. En Santa Cruz vive su amigo Angel Pascual y en Hershey, Manuel Sierra. Excepto la pequeña rada de Santa Cruz, por allí no hay abrigo para barcos pesqueros. El río que desemboca al costado izquierdo de la misma playa de Jibacoa tiene la boca ciega, debido a que el mar acumula allí arena. Por todas esas razones pensó que si se presentaba un nortazo su pequeño barco iba a correr peligro en Jibacoa; así pues decidió irse y llevarlo hasta la rada de Santa Cruz para amarrarlo en el muellecito que tiene allí Angel Pascual. A esa hora no había ni en casa de Manuel Sierra ni en todo el central nadie que pudiera llevarle en automóvil; de manera que resolvió irse a pie.

La hija de Manuel estaba de muerte. Podía vivir algunas horas más, pero era difícil que pasara del mediodía siguiente. Eso estaba a la vista. Un pesado silencio gravitaba sobre los amigos que se habían quedado a velar esa noche. Sentado junto a la cabecera de la muchacha, el padre tenía las manos caídas entre las piernas, estrujándoselas una con otra; se veía demacrado, casi verde, tumbada la cabeza, filosos los rasgos. Daba dolor verlo así, a él, hombre tan afectuoso y dicharachero. Tendida en la cama, la joven respiraba lentamente, todo el rostro socavado por la traslúcida palidez que en los enfermos graves anuncia la proximidad del final. Tendría dieciocho, tal vez diecinueve años, y poco antes había sido de una belleza impresionante, pues siendo rubia, de piel muy blanca, de ojos garzos, tenía la gracia y la dulzura de la mujer del país; una gracia que comunicaba cierto hechizo singular a cada movimiento suyo, ya al caminar, ya al saludar, ya al bailar, y una dulzura que iluminaba su rostro con resplandores de ternura cuando hablaba o cuando sonreía. Verdaderamente, causaba dolor pensar que tal muchacha iba a morir pronto. Para no hacer patente ese sentimiento, el ingeniero no quiso despedirse de nadie. Salió quedamente, poco a poco, y se fue hacia Jibacoa.

Serían las dos y media cuando abandonó la casa de Manuel Sierra y casi las cuatro cuando los perros del poblado de Jibacoa comenzaron a ladrar en hilera, al eco de sus pasos. La fuerte brisa del norte iba engrosando, haciéndose más pastosa por momentos. Tuvo que apretar duro para no llegar tarde a la playa. La playa es un lugar indescriptible, y el ingeniero estaba seguro de que Dios ensayó varias veces, por otros rincones del mundo, antes de resolverse a crear algo tan sorprendente. Es un paisaje minúsculo y, sin embargo, de belleza total y perfecta. Desde más allá de Santa Cruz, que queda al oeste, corre junto a la orilla del mar una loma pétrea, y esa loma queda abruptamente cortada por el río. Ahí, a la orilla del río, comienza la playa, primero, en un tramo de acaso trescientos metros, de norte a sur, y después, inclinándose ligeramente hacia el norte de nuevo, en el largo de casi un kilómetro, se dirige de oeste a este. Ahora bien, el lecho del río debió ser en otros tiempos de casi medio kilómetro, pues pasada esa distancia, en dirección hacia el este, torna a levantarse, casi abruptamente también, la misma loma de piedras que con el auxilio de los siglos fue cortada por la vena de agua. Y desde el empinado firme que reempieza a la derecha del lugar se domina a la luz del amanecer o al sol de los atardeceres un panorama sin igual. Allá abajo, entre el paredón y el mar, la playa se estrecha, sombreada por uvas de caleta; al lado opuesto del río, hacia Santa Cruz, la erosión dejó en pie unos pedregones gigantes, llamados El Fraile. El río Ciego apenas corre, y brilla enrojecido, como un cristal fino al resplandor del crepúsculo, como brilla, agitándose, hasta perderse en el infinito, el vasto mar del Golfo. Ochenta o cien casas, totalmente deshabitadas por esos días, todas hermosas, fuertes, de piedras, ocupan aquí y allá los bordes de las rocas o las faldas del cerro.

Efectivamente, el norte estaba ya allí. Sujeto a sólo una potala, el barquito empezaba a bailar desesperadamente, al escaso abrigo de la punta de piedra en que terminaba el arenazo que ciega el río. Ese desgraciado de Pantaleón estaba en la puerta de su choza, tan tranquilo, tejiendo una red, como hacía siempre, aunque apenas pudiera ver a la poca claridad de la hora. Tuvo que gritarle tres veces por lo menos para que levantara la cabeza; entonces entró en su choza, agachándose, pues así como era él de alto era ella de pequeña; y como lo conocía bien sabía que primero doblaría con especial cuidado la red, que después se arrodillaría frente a una piedra extraña, que él había encontrado tiempo atrás en Canasí, unos kilómetros al este de Jibacoa; que mascullaría sus rezos, según él calificaba el lenguaje de su invención con que antes de emprender cualquier tarea se dirigía a los espíritus que a su juicio lo protegían; y sabía sobre todo que Pantaleón podía salir de la choza, plantarse cuan alto era frente a la portezuela, mirarle de lejos con ojos de ídolo oriental, muy echada hacia atrás la frente, y mover los dos brazos como aspas, lo cual en su costumbre quería decir que no, que no saldría, que no podía complacerle porque sus espíritus protectores no lo autorizaban a hacer nada ese día. Si así sucedía el ingeniero tendría que gobernar el bote hasta Santa Cruz, porque nada ni nadie obtendría que Pantaleón diera un paso y ni siquiera que dijera una palabra. Aquel extraño tipo de loco, flaco, altísimo, con ojos iluminados bajo una enorme frente toda hueso, calvo hasta la coronilla y con largos pelos en las sienes y sobre el pescuezo, siempre medio desnudo y tan quemado por el sol que su color era el de un madero abandonado, no tenía más ley que la voluntad de esos espíritus, que por otra parte sólo él interpretaba mediante hechos que nunca explicaba. Así, esperó pacientemente. Valía la pena esperar, pues a pesar de su locura, Pantaleón era un marino completo. Él y el mar se entendían a las mil maravillas.

La situación no resultaba agradable. El ingeniero, hombre ya de cincuenta años, sin familia alguna en el mundo, necesitaba salvar el barco. Si lo perdía, ¿cómo iba a reponerlo? Y sin él se le caía el cielo sobre la cabeza. No era hombre de mar y, sin embargo, no podía vivir sin él. Durante los meses de invierno buscaba acomodo en las playas hermosas y solitarias, como esa de Jibacoa; y durante el verano, cuando las playas se llenaban de gente, se iba a las cayerías, armado de escopeta, cordeles y anzuelos y con la sola compañía de Pantaleón, cuyas manías conocía al dedillo toda la gente de la costa, desde Cojímar hasta Varadero. En cada lugar Pantaleón ponía “casa aparte”, y a menudo tal “casa” era un antiguo bote deshecho por el maltrato de los años o simplemente un hoyo grande en la arena cubierto por ramas de uvas caleta. La piedra mágica, a la que Pantaleón dirigía sus ruegos y oraciones, ocupaba siempre un lugar privilegiado en su “vivienda”, y cuando viajaban la envolvía con sumo cuidado en restos de velas y la colocaba a proa, bajo la pequeña escotilla, “para que hubiera camino”, según su propia expresión. Ese sucio y tempestuoso amanecer, el ingeniero se imaginaba al loco de rodillas ante la piedra, preguntando si debía o no hacer caso a la llamada. Realmente era para angustiarse. Una hora más, tal vez menos, y sería difícil, si no casi imposible, sacar el barquito mar afuera.

Pero Pantaleón salió y no hizo señal alguna. Con su largo andar de flamenco avanzó hacia la orilla y se metió en un pequeño bote. ¡Por fin! Dándole la espalda, Pantaleón comenzó a avanzar, con un solo remo que había fijado a popa. En eso, suaves pero rápidos, el ingeniero oyó tras sí los pasos. El drama comenzaba a producirse, y aunque él lo ignoraba presintió algo; por lo menos, tuvo miedo. No había persona alguna viviendo en la playa. ¿Quién, pues, caminaba hacia él con tal rapidez, a esa hora y en momentos tan impresionantes? Súbitamente se volvió. ¡Nadie a la vista! Durante un segundo se sintió como herido por un rayo, pero a seguidas pensó que el viento debía estar haciendo golpear entre sí dos ramas de algún uvero cercano. Con esa idea se hubiera quedado si no es porque al mover la cabeza hacia Pantaleón vio a éste parado en la popa del bote, inmóvil, gacha la cabeza y brillantes los ojos, toda su figura en actitud de quien va a lanzarse hacia un enemigo terriblemente odiado. La quilla del bote descansaba en la arena, del lado este ya; Pantalón debió, pues, haber saltado a la playa. Y no lo había hecho ni por lo visto pensaba hacerlo. Se mantenía tenso, no como un loco, sino como un perro de caza. De golpe, igual que si acabara de despertar de un mal sueño, el viejo pareció volver en sí y se estrujó la cara con la mano derecha.

—Ahora sí estoy seguro del color de la muerte –dijo al tiempo que saltaba a la arena.

—¿La muerte? –preguntó el ingeniero, más asustado cada vez, sintiendo que se le enfriaban las entrañas.

—Rubia, rubia –dijo Pantaleón con la cabeza baja. Y al rato repitió y explicó–: Rubia como la hija de Manuel Sierra. Se parece a la hija de Manuel Sierra. Igualita a la hija de Manuel Sierra.

Entonces el ingeniero se alivió. La gente afirma que algunas veces, en el momento de morir, muchas personas se desdoblan, hacen acto de presencia a larga distancia. Jamás había tenido él manifestaciones de eso. Pero tal vez sí; tal vez la hija de Manuel Sierra acababa de morir y había ido a despedirse de él; quizás los pasos eran suyos y él no pudo verla porque no tenía aptitudes; en cambio, la vio Pantaleón. Todo resultaba muy extraño y muy confuso, pero sólo admitiendo esas creencias podían explicarse las palabras de Pantaleón y el ruido de los pasos. Y en eso ¡los pasos volvieron a sonar en la arena! El ingeniero no se atrevió a moverse, tanto fue su terror, sobre todo porque en la mirada de Pantaleón, que parecía horadarlo, advirtió que alguien se acercaba a sus espaldas. Pantaleón avanzó, pero no sobre él, sino encaminándose más allá, dirigiéndose a alguna persona que debía venir hacia ellos. Cuando el loco hubo pasado a su lado, recuperando de golpe el dominio sobre sí, el ingeniero viró en redondo esperando hallar allí el fantasma de la hija de Manuel Sierra. Pero lo que vio no fue un fantasma, sino una persona de carne y hueso; un hombre raro, extranjero, sin duda, que sobresalía por entre los pequeños arbustos de uva caleta. El ingeniero se sentía todavía confundido y le hubiera sido muy difícil hablar; sin embargo, Pantaleón parecía no haber sentido nada, puesto que avanzó para encontrarse con el hombre y le dio los buenos días. El extranjero dijo algo que Pantaleón no entendió. El hombre hablaba en francés. Era pelirrojo, de ojos amarillos, de piel muy pálida y duros pelos rojos en el rostro; usaba pantalones cortos y al extremo de las desnudas piernas llevaba zapatos gruesos, altos, unos extraños zapatos sujetos encima por dos lengüetas con hebillas. Antes que nada, el ingeniero observó ese detalle pues sin duda esas piezas eran de soldado, tal vez de paracaidista, no para transitar en las arenas de una playa. El extranjero tenía una expresión sumamente triste y aunque no se le entendía no era difícil llegar a la conclusión de que pedía ayuda. ¿Qué le había pasado? Señalaba hacia las casas de la playa, como indicando que allá estaba sucediendo algo. Habiendo entrado para entonces en calma, el ingeniero se le acercó y le habló en inglés. Súbitamente el otro se volvió hacia él.

—Oh –dijo.

Y pausadamente, para que su interlocutor pudiera entenderlo, empezó a explicar su caso. Se expresaba en inglés con bastante corrección, si bien se veía que no era su lengua. He aquí, resumido, lo que dijo: Había llegado a Cuba tres días antes; le acompañaba su mujer. Ambos eran holandeses y se habían casado en Curazao. Habían volado a Cuba en viaje de novios. Querían un lugar solitario, tranquilo y hermoso, y le recomendaron Jibacoa. En el propio hotel de La Habana le consiguieron que alquilara, por un mes, una casa en la playa; y el dueño de la casa los había llevado allí. Llegaron tarde, acaso a eso de las nueve de la noche. El casero estuvo con ellos hasta las once, más o menos, ayudándoles a distribuir las ropas y a poner en el refrigerador lo que habían comprado para los primeros días. La noche era calurosa, razón por la cual no se acostaron inmediatamente, sino que salieron a dar un paseo en la oscuridad. Más tarde comenzó a soplar el viento; se le oía ulular entre las rendijas, engrosar y fortalecerse cuando buscaba paso entre dos casas. Eso asustó a la mujer, sin duda. No había podido dormir y a esa hora estaba enferma. Él no conocía a nadie. Había llamado en algunas puertas sin que le respondieran, y muy adolorido y preocupado había esperado la luz del amanecer, a cuyo amparo pudo ver de lejos el barquito que se movía en un extremo de la playa; y pensando que en ese barco hubiera gente, se encaminó hacia allá. Lo que pedía era ayuda. Su mujer, muy joven, estaba bastante enferma. ¿Podían ayudarle los señores?

Claro que iban a ayudarle. El extranjero delante, el ingeniero siguiéndole y Pantaleón atrás, se encaminaron a la casa. Desde la puerta apreciaron la tragedia; y el holandés estuvo a punto de enloquecer. Pues la mujer se veía caída de lado, con la palidez de la muerte y una herida en la frente. Se había levantado sin duda angustiada por su mal, y cuando éste le atacó a matarla cayó sobre un enorme macetero de bronce en que había plantada una palmita de fantasía. Dos sillas estaban tiradas en el piso. Esas sillas y la herida en la frente eran la causa de la suspicacia con que el cabo interrogara al ingeniero.

Pero había algo mucho más extraño que las sillas caídas y la herida, y desgraciadamente eso era lo que no podía él explicar al cabo: aquella muchacha holandesa tenía la figura de la hija de Manuel Sierra; tenía su color, su pelo, ¡y exactamente igual la cara! La confusión del ingeniero y de Pantaleón González fue tal que se quedaron sin poder hablar, mientras el extranjero corría sobre el cadáver, silencioso y pálido. ¿Cómo era posible que la hija de Manuel Sierra, que estaba de muerte horas antes en Hershey, se hallara allí, con un desconocido? Pantaleón miró al ingeniero con sus profundos ojos de loco, miró después al extranjero, que removía a la muerta y prorrumpía en exclamaciones, seguramente en holandés.

—Vete pronto al pueblo, Pantaleón –ordenó el ingeniero– ¡y llama al cabo para que venga! ¡Telefonea al central y que venga también Manuel Sierra! ¡Dile que su hija está aquí muerta!

¿Qué podía hacerse mientras tanto? Pantaleón salió a toda prisa. El viento seguía ululando, y en lo que Pantaleón tardara en ir al poblado de Jibacoa y volver, el mar desharía el barco. No había, sin embargo, remedio. Pues aquel desconocido estaba allí, con el cadáver de la hija de su amigo, y él no debía moverse hasta tanto no llegara la autoridad y aclarara la situación.

—Señor, no la toque –dijo en inglés al extraño–. Es muy delicado eso aquí. Hay que esperar que venga el cabo de la guardia rural.

Absolutamente fuera de sí, el otro dijo que nada le importaba, que era su mujer y que se le había muerto; que él no podía explicarse aquello y que odiaba a Cuba y esa playa y todo lo demás.

“Psicosis de guerra”, pensó el ingeniero. Y de pronto, en medio de barullo que tenía en la cabeza, sospechó que el holandés estaba loco. Quizás era un loco que había llevado allí el cadáver de la hija de Manuel Sierra. Ahora bien, ¿cómo lo había sustraído de la casa de su padre? Para calmarse encendió un cigarrillo y le brindó otro al holandés. Este tomó asiento. En completo silencio, los dos hombres esperaron.

¿Cuánto tiempo? Difícil de decir. Junto con el cabo, que llegó con aire insolente, llegaron algunos hombres más; y desde luego, Pantaleón. Pero Pantaleón dijo algo inexplicable:

—No es la hija de Manuel Sierra, ingeniero. Hablé con él, con él mismo, por teléfono, y la muchacha tá allá, en su casa, mejorando mucho.

—¿Pero cómo puede ser señor? –preguntó, a punto de perder la razón, el ingeniero–. ¿Usté no ve cabo, que ésta es la hija de Manuel Sierra? Dígame, ¿no es ella misma?

El cabo estaba mirando hacia la muerta, y uno de los que llegó con él aseguró que sí, que era ella. Pero al cabo, como a toda la gente de armas, se le había enseñado durante muchos años a no perder el tiempo en disquisiciones; a actuar rápido y a desconfiar de todo el mundo.

—Bueno, esto es muy confuso. Domingo va a quedarse aquí, cuidando mientras llegan el juez y el médico; y ustedes, el resto, se van conmigo al cuartel ahora mismo.

—Pero Pantaleón no puede irse con nosotros, cabo –adujo el ingeniero–; el tiempo está poniéndose muy feo y si él no saca el barco ahora para llevarlo a Santa Cruz, voy a perderlo.

El cabo volvió sus sagaces ojos hacia Pantaleón y se quedó estudiándolo.

—No, señor –dijo–; Pantaleón también va al cuartel. Esto hay que aclararlo ya mismo.

Iban camino del poblado cuando comenzó a llover. El ingeniero estaba seguro de que el mar le destrozaría su querido barco. Ese pensamiento, trabajando sin cesar por debajo de todas sus ideas y sensaciones, ayudaba a irritar al ingeniero y le hacía abultar ante sus ojos cualquier gesto del cabo, confiriéndole categoría especial de fines perversos contra él. Por eso el interrogatorio estaba poniéndolo fuera de sí. Y el interrogatorio continuaría hasta que no fueran de Santa Cruz el juez y el médico a levantar el cadáver. Mientras tanto, afuera llovía y Manuel Sierra no hacía acto de presencia. A eso de las once el ingeniero empezó a sentir frío; poco después estornudada. A la una, la cabeza estaba partiéndosele en dos de dolor. Y afuera seguía la lluvia, tremenda lluvia de los días de temporal, del seno de la cual surgían ráfagas de viento cada vez más fuertes. Poco a poco la fiebre empezó a subir desde el pecho del ingeniero, ganándole el rostro; y a tal extremo subió que cuando llegaron el médico, el juez y el secretario, él no se dio cuenta. El cabo le había ordenado echarse en una de las camas del cuartelillo, y allí deliraba a eso de las cinco, cuando entró Manuel Sierra. Pero tampoco se dio cuenta.

Al fin, retornaron el médico y el juez y el secretario; dijeron que la muchacha había muerto de sincope cardíaco y se había herido al caer, pues al parecer al momento de morir se levantó y trató de ganar la puerta. Manuel explicó que su hija estaba en su casa, que la había dejado allí, y el cabo aseguró que iría a verla esa noche, pues quería cerciorarse de que en efecto vivía. Se buscó un automóvil para ir a recoger el cadáver y llevarlo a Santa Cruz; en ese automóvil se fue Pantaleón. Pero el ingeniero no se dio cuenta de nada. El médico le tomó el pulso, puso un termómetro en las axilas, dijo que se hallaba bastante mal probablemente de un ataque gripal, y le dejó al cabo un frasquito de sulfas para que le administraran dos pastillas cada cuatro horas. Por lo demás, los que actuaron en el caso y los que fueron espectadores cercanos se dispersaron murmurando acerca del extraño parecido entre la extranjera muerta y la hija de Manuel Sierra.

La terrible noche cayó sobre el lugar; ululaba el viento, se desgranaba la lluvia, y Pantaleón González, metido en su covacha, alumbrado apenas por un viejo farol de marino, contemplaba en silencio su sagrada piedra, cuya superficie oscura brillaba a la pobre luz del farol. La contemplaba y a la vez pensaba y no pensaba. Pues en su anormal mente había dos ideas; la primera pasaba a veces a ser la segunda, la segunda pasaba a veces a ser la primera; en ocasiones las dos estaban juntas. Y en verdad no eran ideas, sino imágenes. Él las veía como dos figuras. Una era la Muerte. Pantaleón González conocía ya a la Muerte. Sabía que era rubia, y parecida a la hija de Manuel Sierra. Él la había visto por la mañana, cuando llegó en busca de la extranjera. La otra imagen era el barco: el barco del ingeniero iba a perderse a menos que él lo sacara de allí y se lo llevara a Santa Cruz, a la pequeña rada donde tenía un muellecito Ángel Pascual.

Afuera reinaban la lluvia y el viento; adentro estaba Pantaleón González, doblado en su covacha, enrojecido por la luz, calvo, con largos pelos en las sienes y en el pescuezo, todo frente y ojos, extraños ojos de loco. Y de pronto levantó la cabeza, pues había comprendido. Sí, había comprendido, él, Pantaleón González. ¡No había tal misterio, no había nada! Simplemente, la Muerte se había equivocado. Era muy de mañana, tan temprano que apenas se veía bien; él mismo, de aguda mirada de marino, casi no podía remendar sus redes a esa hora, porque el mal tiempo cubría el naciente sol y todo el aire era turbio; y esa falta de luz favoreció el error de la Muerte. Es claro; ella había pasado por allí en busca de la hija de Manuel Sierra, y a lo mejor estaba cansada de trabajar toda la noche quién sabe en qué partes del mundo. Y como la extranjera se parecía tanto a la hija de Manuel Sierra…

—No era rubia; no se parece a la hija de Manuel Sierra. Lo que pasa es que se parece a la persona a quien va a matar –dijo en alta voz Pantaleón González; e instintivamente miró hacia los lados, no sabía por qué.

Del techo de la covacha comenzaron a caer gotas. Cuidadosamente, Pantaleón envolvió su sagrada piedra en un pedazo de lona, lo puso luego bajo su almohada y se estiró. Pensó que aunque el tiempo siguiera malo sacaría el barco bien temprano; alzó el farol, levantó el tubo y sopló. La terrible noche estaba poblada de rugidos. Pero él se durmió como un bendito.

Meditaba el día siguiente cuando Pantaleón llegó al poblado de Jibacoa. Iba desde Santa Cruz, pasando por Hershey, medio vestido gracias a Ángel Pascual. Destocado, con su frente casi negra por el sol del mar, penetró en el cuartelillo como en su casa. El cabo estaba sentado a un pequeño escritorio tomando sorbo a sorbo una taza de café.

—¿El ingeniero? –preguntó el cabo, como si supiera a qué iba el viejo–. Ahí está acostado. Pasó mala noche. Todavía tiene fiebre alta. Si no se mejora voy a mandarlo al hospital de Hershey.

Entonces Pantaleón González se metió por la puerta que le había señalado el cabo y vio allá, en la penumbra, al ingeniero en cama. El ingeniero tenía los ojos abiertos.

—Hola, Pantaleón –dijo.

—El barco ta en Santa Cruz –explicó él sin preámbulo–. El viento va a amainar desde esta tarde. Dígame si necesita algo.

A seguidas se sentó en la propia camita del enfermo y comenzó a sacar muy pausadamente cigarrillos y fósforos de un bolsillo del pantalón.

—Dice el cabo que no fue la hija de Manuel Sierra –empezó a decir el ingeniero.

—No, señor. Pero la Muerte venía por ella. Lo que pasa es que se equivocó.

—¿Quién se equivocó, Pantaleón?

—Ella, la Muerte. ¿No ve que esa muchacha y la hija de Manuel Sierra eran igualitas?

—No te entiendo, Pantaleón.

—Bueno; no importa. Yo sé lo que digo. Si no mejora lo van a mandar a Hershey. Yo me voy. El barco ta en Santa Cruz.

A tal momento, era mucho lo que había hablado Pantaleón, razón por la que se puso de pie y se fue sin despedirse ni del ingeniero ni del cabo. Maquinalmente se encaminó hacia el norte, para irse a la playa; pero recordó de pronto que llevaba puesta una camisa que no era suya y decidió retornar a Santa Cruz para devolvérsela a Ángel Pascual. Dio media vuelta, pues, y tomó el camino hacia Hershey. Iría a Santa Cruz y de ahí, por la costa, se iría a la playa. Mas he aquí que la lluvia empezó a arreciar, en esa forma desconsiderada en que se acrece cuando el mal tiempo va a comenzar su última etapa, y cuando llegó a Santa Cruz, caminando trabajosamente, anochecía ya. Como se había hecho tarde pensó que mejor dormía en el barco. No le gustaba la idea de llevar la piedra en la mano desde Santa Cruz hasta la playa bajo la lluvia; no quería que se le mojara, y se le podía mojar aunque la llevara envuelta en lona embreada. Al entrar en la cámara del barco corrió a ver su piedra. Sí, estaba allí, bajo el asiento de estribor, tal como la había dejado. Pantaleón salió a la toldilla y se puso a ver caer la lluvia en el agua de la rada. Poco a poco las luces del pueblo iban encendiéndose y algunas de ellas se reflejaban, despedazadas, en el agua. En el hotelito de Ángel Pascual se oía una música de radio. Pantaleón se metió en la pequeña cámara y se tendió en el suelo. Siempre que dormía a bordo un brazo le servía de almohada. Esa noche fue el derecho.

A la hora en que Pantaleón se dormía hablaba el cabo con el ingeniero. La fiebre iba cediendo.

—Si sigue con esa maleza mañana lo mando al hospital de Hershey –dijo.

El ingeniero no estaba muy seguro de sus propios sentimientos. La enfermedad lo aturdió cuando más colérico iba sintiéndose con el cabo. Pero ahora resultaba que el hombre le había atendido, le había estado dando pastillas de sulfa cada cuatro horas, de día y de noche, y además quería enviarlo al hospital.

—Siento que voy mejorando, cabo. Si despierto mejor mañana me voy a Santa Cruz.

—Bueno. De todas maneras seguiré dándole la medicina esta noche.

Y así fue como a las seis de la mañana el ingeniero se sintió libre de dolores y de fiebre. Estaba saliendo el sol. Pantaleón había dicho que iba a amainar, y era cierto. Bastante débil, el ingeniero se puso de pie.

—Voy a mandarle un cafecito –dijo el cabo a eso de las siete.

El café le tonificó mucho; y más o menos a las ocho pidió al cabo que llamara a su amigo Ángel Pascual en Santa Cruz para que fuera a buscarlo en su automóvil.

Ángel Pascual había madrugado también. Tras dos días infames retornaba la claridad, la estimuladora claridad del cielo cubano. En los árboles de los patios piaban los gorriones y el sol iba poco a poco evaporando el agua depositada en las charcas. Pegando rítmicamente contra los acantilados, el mar se batía con dulce son. Muy de tarde en tarde reventaba una ola llenando de espumas las rocas.

Pantaleón había despertado antes que el ingeniero, que el cabo y que Ángel Pascual. Él, viejo, feo, flaco, calvo, era el hijo del mar. Él y el mar se bastaban. Nadie mediaba entre ellos ni nadie más hacía falta al uno o al otro. De manera que Pantaleón González despertó oscuro todavía, cuando aún el cielo se conservaba encapotado, y supo que iba a salir el sol. ¿Para qué irse, entonces, a pie hasta Jibacoa, si podía pedirle su bote a algún pescador? A él no le gustaba caminar, sino navegar. Así, pues, decidió esperar; y mientras esperaba se puso a hacer café, a baldear, a recoger cordeles, a ordenar la cámara y a limpiar la toldilla.

Sin saber cómo se le fue el tiempo a Pantaleón. Vino a darse cuenta de que el sol estaba alto cuando llegó Ángel Pascual para decirle:

—Pantaleón, espera aquí al ingeniero. Yo voy a buscarlo. Me habló por teléfono y ya está bien.

Pantaleón no contestó nada, sino que se puso a ver las cuberas y los aguijones que jugueteaban al costado del pequeño barco, deslumbrados ellos también, y llenos de alegría, por el brillante sol que penetraba hasta el fondo mismo de la rada. Allí estaba él, mirando sin pensar, absolutamente en blanco su extraña mente, cuando vio venir por encima de las aguas al ingeniero. Era transparente y caminaba de prisa. Instantáneamente comprendió; comprendió mejor cuando el ingeniero quiso mirarle con unos ojos cristalinos, sin superficie y sin profundidad. En eso oyó el automóvil y las voces. Él quería al ingeniero. No lo había dicho nunca y ni siquiera se había detenido a pensarlo. Pero en tal momento comprendió que lo quería, tal vez porque el ingeniero quería al mar. Entonces salió corriendo, saltó al pequeño muelle y trepó la escalerilla que unía al muelle con la terraza del hotel de Ángel Pascual.

Era una terraza pequeña, abierta junto a la rada, desde la cual se dominaba el paisaje de cerros que se extendían entre Santa Cruz y Hershey; un precioso lugarejo en que se volcaba el sol, con un fondo de viejas casas hacia el sur y enfrente la mole de hierro galvanizado y la chimenea de una gigantesca destilería. Allí, sentados a una mesita blanca y roja, estaban Ángel Pascual y el ingeniero, y Ángel decía, con una botella de ron en la mano:

—Sí, hombre, sí, te va a caer muy bien. Esto te entona –entonces sirvió ron en dos vasos, uno para él, otro para el ingeniero, y proclamó–: ¡Salud!

Por última vez Pantaleón vio al ingeniero caminar sobre las aguas, y gritó:

—¡Ingeniero, cuidao! ¡Ahora viene por usté! ¡Cuídese!

Pero el ingeniero estaba bebiendo ya; de manera que tuvo que esperar que el primer trago le cruzara el gaznate para preguntar:

—¿Quién, Pantaleón?

—¡Ella, la Muerte! ¡Ahora tiene su figura!

—¿La mía? –el ingeniero palideció; mas en seguida se repuso y argumentó–: No le hagas caso, Pantaleón. Seguro que va a equivocarse también, como anteayer.

—¡No! –respondió Pantaleón–. ¡No, ingeniero; la Muerte no se equivoca dos veces!

El ingeniero sonrió a Ángel Pascual.

—Este Pantaleón… –comenzó a decir.

Y no terminó porque cayó de bruces, volcando el vaso y la botella sobre la mesita a que se hallaba sentado.

El propio médico que le había recetado la sulfa comentó después, cuando lo llamaron para certificar la defunción:

—Pero qué locura. Se había tomado las dos últimas pastillas de sulfa a las ocho y a las nueve estaba bebiendo ron.

—Se las di yo mismo, doctor –explicó el cabo–. Quería atenderlo bien, porque yo tuve la culpa de que se pusiera malo. Figúrese, a un hombre de su edad lo hice ir al cuartel bajo la lluvia.

Pantaleón se había ido. Estaba en la cámara del barco, con la piedra desnuda en la mano, pidiéndole que protegiera el alma del muerto.

—Era un buen hombre –le explicaba a la piedra– y le gustaba el mar. Así que ahí te lo dejo. Y vámonos que se hace tarde.

La envolvió; la cargó junto al pecho, con el brazo izquierdo, y se encaminó hacia su covacha, en la orilla del río ciego. Caminaba paralelamente a la costa. En dos o tres bohíos salieron los niños a decirle adiós. Pero él no levantaba los ojos. Tenía miedo de volver a verla, sobre todo después de haber aprendido ese día que ella no se equivoca dos veces.

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. Rosa

La sequía de los nueve meses acabó con el Cibao. Los viejos no recordaban castigo igual. La tierra tostada crujía bajo el pie, los caminos ardían como zanjas de fuego, los potreros se quedaron pelados. Las familias se acostaban sin haber comido y los animales que habían sobrevivido no tenían fuerzas ni para espantar las moscas.

Sufrí mucho en ese tiempo. Anduve buscando trabajo desde las orillas del Yaque, por Taveras, hasta las del Yuna, por Almacén de Yuna. Estaba dispuesto a todo, y lo mismo me hubiera metido en los Haitises a cazar cerdos cimarrones que me hubiera ido a pescar a Samaná.

Al tratar de recordar aquellos días no logro saber cómo pude mantenerme. Iba y venía lleno de polvo, enloquecido por el calor y el hambre. Muchas noches llegué a pedir posada en algún bohío y me devolví de la puerta. La gente no se quejaba; apenas lamentaba aquella desgracia diciendo, mientras miraba el cielo:

—Todavía no se acuerda Dios de nosotros.

Pero yo veía los rostros afilados, los ojos ardientes, a los niños flacos y callados; veía a la mujer silenciosa, el bohío sucio. Sabía que en toda la noche no oiría palabra y me iba sin decir nada.

Pensaba: “Con un conuco propio, con un bohío aunque fuera destartalado, estaría penando menos”. Poco a poco fue tomando cuerpo la idea de ser dueño de mi destino. Llegó día en que lamenté haber perdido mis mejores años trabajando para otros. Sentía que me nacía adentro un hombre nuevo, un ser distinto que iba desalojando en mí los restos de mi vida anterior. La soledad me parecía dura e injustificable. Repasaba con la mente mis años perdidos y no encontraba recuerdo de amigos ni huellas en los demás de mi paso por el mundo. Estaba cansado de pensar tales cosas cuando llegó octubre y con él las aguas.

El primer aguacero, pesado y rápido, cayó de tarde. Media hora antes el cielo era transparente y limpio; una hora después de la lluvia comprendí que no padeceríamos más. Las nubes grises empezaron a seguir de atrás de las lomas y escalaban la altura con solemne gravedad.

Yo estaba en despoblado, más allá de Almacén de Yuna. Seguro de que me mojaría si no encontraba cobijo, apuré el paso cuanto pude. Al anochecer columbré un bohío. Los niños correteaban en el camino, con expresión alegre, dirigiendo palabras cariñosas a las nubes. Apenas había pasado el umbral cayeron las primeras gotas. Todo el mundo salió a verlas.

La lluvia hizo muy largo el camino a Cenobí. Aprovechaba las escampadas, que eran escasas y cortas, para hacer una ruta trabajosa, entre lodo y agua. Iba a ver al viejo Amézquita. El viejo Amézquita me cobró cariño en el corto tiempo que pasé con él. Tenía una hija vistosa, saludable y despreocupada, cuyo rostro se iluminaba con la gracia de una malicia incipiente. A mí me gustaba la hija del viejo Amézquita, y cuando volvía, al atardecer, de los potreros o de los cacaotales, me ponía a charlar con ella, sumido en una especie de alegría que me hacía sentirme bien. Muchas veces vi en los ojos del viejo la esperanza de que su hija y yo llegáramos a entendernos. No sé; a lo mejor eran ilusiones mías. Él nunca dijo nada, pero sonreía con reserva cuando nos veía juntos, y a mí me dio su sonrisa qué pensar. Yo era nuevo por esa época y adoraba mi libertad, la propiedad de mi cuerpo y de mi tiempo. Un día me cansé del viejo Amézquita y de Rosa, como me cansaba de todo. Sentí el cansancio una tarde; en la noche dormí mal y al otro día amanecí con el machete al cinto y la hamaca en el hombro, fija la vista en la vuelta distante del camino, sobre el que empezaba a levantarse un sol bermejo.

Esas cosas las recordaba en Cenobí, adonde había llegado al cabo de una semana de marcha trabajosa. Había tendido la hamaca en la enramada de un bohío bastante pobre y me sentía cansado de andar entre lodazales y raíces resbalosas. Era temprano. La gente de la casa hacía cuentos en la cocina; la alegre candela metía por las rendijas su vivo color rojo y en los árboles vecinos zumbaba la brisa. Pensando en el sitio hacia donde iba me preguntaba por qué quería volver a Penda, si el Cibao era tan grande y tantas las fincas donde un hombre de trabajo podía hallar quehacer. La respuesta surgió como empujada desde la sangre: era Rosa; sí, la causa era Rosa. Iba hacia ella llevado por el instinto de la carne y por el miedo a la soledad. Rosa estaba en mis venas. Me sonreía, mostrando sus dientes parejos; se movía con su gracia un poco ruda; veía, como en la realidad, su cuello grueso, sus hombros redondos, su pecho alto, su piel bronceada. Y en aquel instante –uno de esos segundos tan intensos como toda una vida– me di cuenta de que quería ser el marido de Rosa. Vi claramente mi porvenir: vivíamos en un bohío nuevo, rodeado de yucas; desde la puerta se dominaba un paisaje de plátanos llenando una hondonada; en el patio escarbaban docenas de gallinas. Hasta vi los perros, y uno de ellos era blanco y negro. Colmado de una extraña alegría, empecé a dormirme. Todavía charlaban en la cocina y mi sangre iba apagándose lentamente, llena de Rosa.

Bien temprano, sin hacer caso de las señales del cielo ni de los ruegos de mis huéspedes, dejé Cenobí. Tardé dos días en llegar a Penda, y era ya noche cerrada cuando alcancé el lugar. El viento daba vueltas entre los troncos de los cacaoteros y del cielo caía una lluvia menuda que anunciaba más aguaceros. Había pasado la oración cuando vi las luces de la casa.

El hogar de los Amézquita era un caserón de madera. Se entraba por un portón amplio; detrás había unos ranchos e inmediatamente después un pequeño patio lleno de yerbajos casi lleno por la cocina –grande como una casa–, y a seguidas empezaban las plantaciones de cacao, café y plátanos.

No se conocían las tareas que tenía el viejo Amézquita. Mucho más de la mitad de sus tierras estaban abandonadas. A medida que avanzaba pensaba yo en lo grande que era su propiedad y trataba de ver las alambradas de enfrente, que guardaban los potreros. El viento tiraba sobre mi cara rachas de agua fina y yo me esforzaba por alcanzar con la vista la sala de la casa. Vi una sombra de mujer que se movía. Tuve la impresión de que era Rosa. Me pareció que la sangre se me paralizaba en las venas y que hasta la voz se me hundía en lo más escondido del ser. Después alguien que me pareció ser el viejo cruzó la puerta trasera, hacia el comedor. Yo me acercaba al portón. La luz de la casa espejeaba en los pozos que la lluvia formaba en el camino. Los perros, que tanto me conocieron en otro tiempo, rompieron en ladridos vehementes.

Nadie salió a recibirme. Dos peones jugaban barajas bajo la luz de la lámpara y contestaron a mi saludo con voces indiferentes. Una vieja negra rezaba en un rincón. Era Marta, la cocinera. La vieja alzó la cabeza y trató de verme, pero los años habían enturbiado sus ojos.

—Dentre y asíllese –dijo.

Yo murmuré:

—Soy yo, Juan, Marta.

Ella se incorporó con relativa agilidad. Parecía dudosa.

—¿Usté, Juan? ¡Válgame Dios, cristiano!

Los peones dejaron de jugar para verme. En una de las habitaciones sonó la voz del viejo. Preguntó:

—¿Es Juan, Marta?

—Sí, hijo; el mismo, el mismito.

Yo sonreía. En la puerta estaban los perros ladrando todavía. Los llamé:

—¡Rabonegro, Rabonegro, Mariposa!

Los animales empezaron a mover las colas. De pronto oí en el comedor la voz vibrante de Rosa.

—¡Juan!

La vi. Procuraba hacerse la desinteresada, pero su rostro estaba lleno de luz y todos sus gestos eran torpes, como los de un niño sorprendido en delito. Me acerqué para saludarla.

Sentía los labios fríos y el corazón me daba golpes.

—Hola, Rosa –dije.

No sabía qué hacer de mi sombrero mojado, pero Rosa no sabía qué hacer de sus ojos negros.

Aunque en aquel caserón de Penda había siempre catres puestos para los visitantes y para los que pidieran posada, yo no quise dormir sino en mi hamaca. La tendí en la sala. Sentía que esa noche necesitaba estar cerca de algo mío, de algo que tuviera para mí cierta familiaridad. Mientras cavilaba oía roncar el viento en el cacaotal vecino y desplomarse sobre el techo de zinc un aguacero pesado.

Era todavía de madrugada cuando sentí al viejo chancletear en el piso del comedor. Me levanté. La vieja Marta hacía arder en la cocina una leña húmeda. Desde la puerta de la cocina podía apreciar el ambiente de fecundidad que me rodeaba. Parecía que todo el campo acopiaba energía bajo la lluvia del amanecer. El viento sacudía las yaguas de la letrina y mecía la puerta del comedor. Los troncos y los colores se perdían en el gris de la lluvia.

El viejo empezó a hablar. Sus palabras estaban cargadas de una honda y a la vez suave ironía. Se notaba que hacía esfuerzos por demostrarme que hice mal en dejarlo, y que procuraba conseguirlo sin herirme.

—Dicen que Malhaya volvio en caballo cansao –dijo.

—Sí, don; cansado y cojo –afirmé.

—¿Y por qué? ¿Malas las cosas?

—De vicio, viejo. La sequía acabó con el mundo.

—Anjá. ¿Y por dónde andabas?

—Vengo de las vueltas de Macorís.

—Dicen que por allá se da bueno el cacao.

—El cacao y todo, pero el sol achicharraba.

—¿Y no dique hay mar?

—Su poco de mar, don; pero mucho más allá.

El viejo se pasó una mano por la cara.

—Ya ni an me acuerdo del mar. Lo vide en Puerto Plata, estando chiquito. Ni más agua, cristiano.

Miraba sin malicia. Marta soplaba desesperada.

—¡Ande el diablo con esta leña tan enchumbada! –lamentó.

El viejo Amézquita se puso de pie.

—Hoy va a ser día perdío, como el de ayer.

Dio algunos pasos y volvió a sentarse. Yo me encogía. El viento frío no desperdiciaba rendija. El viejo preguntó:

—¿Y a dónde vas agora?

—¿Yo? Tengo idea de quedarme aquí.

—Jum… Pa dirte cuando nos estemos acostumbrando a ti.

—No, don; ahora no estoy por andar más mundo. Me he cansado de bregar con la gente.

—Bueno, pues aquí te quedas. Trabajo no falta.

—Sí, ya lo sé; pero lo que quisiera es trabajar con más comodidad.

—Si es por comodidá… Yo no apuro a mi gente; tú lo sabes.

—No, don; ni usté apura ni a mí me duele doblar el lomo. Es que cogí este rumbo pensando en otra cosa.

—Ah, jijo; lo que se piensa y no se dice, como si no se hubiera pensado. Si nosotros fuéramos adivinos…

—Lo mío no hay que adivinarlo. Es que quería encontrar quién me diera una tierrita a medias.

—Pero por tierra no tienes que apurarte; ahí las tengo yo perdías.

—Pues si usté me las da, no hay más que hablar, don.

Marta nos tendía ya las tazas. Terció:

—Sí, Juan; quédese aquí.

El viejo Amézquita vaciaba su café en el platillo y luego lo sorbía con gran ruido. Entre sorbos hablaba:

—Yo supongo que tú vendrás arrancao. Si necesitas algo para peones, yo tengo ahí unos centavos.

Hubiera empezado el mismo día a buscar lugar para mí, pero durante una semana apenas pude salir de la casa. El viejo se quejaba de su reumatismo y yo aprovechaba las escampadas para echar una mirada por afuera. Al atardecer me tiraba un saco de pita en los hombros y me iba a encaminar los becerros hasta el chiquero.

Algunas veces hablaba con Rosa. Una graciosa timidez, mezclada con cierta dosis de coquetería, la mantenía a distancia de mí. Yo esperaba que esa situación se prolongaría hasta que volviera la confianza de otros tiempos. La encontraba más hecha, de formas más definidas. De sus gestos trascendía un aire de mujer en sazón, y a veces sus ojos se incendiaban con luces relampagueantes. Era una típica muchacha de campo, con sus malicias a la vista y su cortedad, terreno de pugna perpetua entre la naturaleza fuerte y el pudor. Un día le pregunté si no pensaba casarse.

—Me falta lo principal –dijo.

Por su expresión me pareció que mentía, pero me hice el desinteresado y seguí tejiendo unas cinchas de cabulla para el uso de los asnos lecheros. Días más tarde estaba enterado de todo lo que deseaba saber. Mientras echaba la brisca con Pancholo y con Remigio, mientras descascaraba el arroz y atendía a los gallos de calidad que el viejo criaba para regalar a los amigos del pueblo, fui sabiendo cosas. En la pulpería me dijeron que Inocencio el del viejo Vinicio no dejaba sestear a la muchacha; de la ciudad iban de domingo en domingo dos enamorados, y hasta don Rogelio el del Palmar aprovechaba toda ocasión para cantarle bonito.

Rosa no se decidía por ninguno. Decía que no podía dejar al padre con la única atención de Marta, que ya estaba vieja y pesada para cuidarlo. A lo que parece, Amézquita no era muy exigente en cuestión de marido para la hija; le bastaba con que se la quisieran y se la trataran bien. En todo era él así, discreto y amplio.

Contaban que en su juventud fue muy corrido, amigo de enamorar muchachas y dejarlas después que le daban un hijo. Parece que tenía varios regados por esos mundos de Dios, y que a cada uno le había dado un pedazo de tierra y dos o tres onzas para que trabajaran. Con la mujer sólo tuvo a Rosa. La mujer se le murió en el parto, y desde entonces se recogió y se dio a trabajar sus tierras.

Se contaba que el padre había sido muy rico y que fue hombre de juntar cincuenta onzas para jugárselas al dado o a los gallos. Decían que había sido muy sangrudo, que tenía la mano recia y pronta. Murió ahogado cierta vez que metido en tragos se empeñó en cruzar a caballo el río, que bajaba crecido y arrastraba troncos y animales muertos. Uno de esos troncos le hirió el animal cuando estaba en medio del cauce; la bestia se ladeó, tragó agua, y la corriente impetuosa se llevó el caballo y al jinete entre remolinos y espumas. Tres días después encontraron los cadáveres medio descompuestos, entre las piedras de una playa alejada. La gente recordaba al difunto para decir, refiriéndose al hijo:

—Del taita na más sacó la cara.

Y así debió ser, porque el “taita”, por ejemplo, no me hubiera dado tierras a escoger, como hizo Amézquita. Cuando le dije que había seleccionado un sitio cerca de la casa, en la misma orilla del camino real, me respondió que lo que yo hiciera estaba bien para él.

Trabajé duro y con entusiasmo. Cerqué con palizada de estacas recortadas; talé, quemé, desyerbé y sembré maíz, para ir acostumbrando la tierra. No pude hacer bohío, pero como no lo necesitaba me conformé con un rancho. Esperaba ir haciéndome poco a poco de lo necesario para levantar un bohío bueno, y con esa intención limpié y dejé sin sembrar un altillo que dominaba el lugar, cerca del camino. Allí no se estancaba el agua y la grama compacta afirmaba la tierra; estaba coronado por un guanábano que esparcía por el sitio su grato olor y por un naranjo agrio que algún día se utilizaría en las exigencias del guiso.

Yo soñaba con hacer de aquel punto un retiro amable, y ya creía ver las laderas de pendientes imperceptibles cubiertas por un jardín en el que reventaban las dalias rojas y blancas y en que se balanceaban pausadamente las gallardas azucenas

De tarde en tarde le hablaba de mis propósitos al viejo Amézquita.

—Aquí va el bohío –le explicaba–, aquí la cocina, y por ahí bajará un caminito de piedras. Allí voy a poner el portón.

Él sonreía con mezcla de escepticismo y ternura. Cierto día me dijo, como al descuido:

—Lo malo es que te vuelvas a dir.

Era difícil saber si en sus palabras había reproche o aprobación. Servían para las dos cosas.

Si hacía el bohío, sería uno más en Penda, donde podría haber, a buen contar, ciento cincuenta. Desde las orillas del arroyo, hacia el Norte, hasta las del Camú, por el Sur, y desde La Mara hasta el Rancho, Penda se extendía en distancias tan largas que a un hombre se le hacía difícil caminarlas. Había potreros y conucos, pero lo más abundante eran los cacaotales y el monte. Las hojas se cerraban en un amasijo alto; se cruzaban las ramas de cien clases de árboles diferentes y la tierra se pudría en las lluvias, bajo la gruesa capa de hojas caídas. Las veredas serpenteaban de bohío en bohío y de paraje en paraje. El único camino real era el que pasaba por la casa del viejo Amézquita. En mal tiempo era un lodazal hediondo, amasado por los cascos de caballos, mulos y asnos.

Por ese camino, hacia la salida del sol, estaba la pulpería de Antonio Rosado. Antonio era cojo, picado de viruelas, trigueño y mal hablado. Había levantado una gallera en el patio de su negocio y los domingos no le alcanzaban las manos para despachar ron. En días de jugadas se oía desde lejos el griterío de las gentes del Rancho de Penda y de La Mara, que acudían a los desafíos. Temprano los veía pasar; llevaban fundas con gallos y las monturas inquietas batían el lodo con su rápido casquear; cruzaban mujeres con bandejas de empanadas y dulces, cruzaban hombres descalzos, que desechaban las pozas y se tiraban contra la alambrada para llegar limpios.

Yo iba a menudo a la pulpería porque me agradaba la amistad de Antonio Rosario. Su conversación era tajante, como machete afilado. Llegaba allá algunas tardes en busca de jabón para la casa, de gas o de azúcar, y aprovechaba la ocasión para hablar con el pulpero de la cosecha, del tiempo, de los negocios y hasta de política. Antonio llenaba las conversaciones de palabras puercas, pero las decía con naturalidad.

Los domingos no me aparecía por allí porque aunque los gallos me entusiasmaban, los galleros borrachos me daban asco. Armaban una bulla infernal y a veces, si se acaloraban en una discusión, acababan echando mano a los cuchillos y clavándoselos en el vientre. Desde luego, comprendía que ellos habían nacido, crecían y morían en un ambiente que no les proporcionaba facilidades para que cambiaran su manera de ser; y en cambio yo había rodado, dado tropezones, visto mucha gente diferente, y había aprendido algo que me hizo distinto de ellos: había aprendido a juzgarme a mí mismo y a tratar de ser algo más que un peón de campo. Personas ilustradas a las que conocí en mis andanzas me dijeron más de una vez que esa superación se conseguía cambiando de vida, procurando otro ambiente, rodeándome de artefactos que podía comprar con dinero si decidía dejar de ser peón para ser amo en el campo o en una ciudad. Pero yo quería progresar por dentro, no por fuera, y no me animaba a dejar el campo. Amaba aquello con devoción. Las raíces de mi vida estaban allí, en el árbol, en el hombre, en el río, en aquel escenario de trabajo incesante donde se fraguaba el porvenir. No era culpa del campo ser arena de tragedias ni semillero de hombres que se desconocían a sí mismos. Esa era culpa de otros, de los que sacaban de nuestro sudor la parte que usaban en rodearse de comodidades o simplemente en envilecerse, y ni siquiera nos devolvían en escuelas lo que nos quitaban todos los días. Rodando por el mundo conocí a muchos de esos culpables y me percaté de que gran parte de ellos ignoraba que vivían a costa nuestra. A los que me decían que con lo que yo sabía podía hacerme rico en la capital o en alguna ciudad, les respondía que yo sabía que era un explotado, pero que prefería eso a ser un explotador.

Pero estaba hablando de Antonio Rosario. Pues bien, Antonio Rosario me recibió un día con la cara seria. No me saludó, y cuando yo estaba a pique de preguntar qué sucedía, me sorprendió con estas palabras:

—Usté sabe que yo no soy chismoso, y que lo que le digo a cualquiera se lo pruebo cuando le parezca.

Me pregunté a qué vendría aquello. Él siguió envolviendo una azúcar que estaba despachando y ni siquiera me miró. Pero yo me sentía preocupado. Así, le dije:

—Le agradecería que me explicara por qué me dice usté eso.

—Por nada. Es que aquí andan diciendo cosas que lo perjudican, y como yo soy su amigo quiero que usté las sepa.

—¿De mí? –pregunté.

—Sí, de usté. Yo no entiendo de líos y por eso me pongo alante, pa que no vayan a creer que ando con chismes.

La mujer a quien despachaba hacía esfuerzos por sonreír, incómoda con la situación que se avecinaba.

—La gente siempre habla caballás, Antonio –dije.

—Sí, pero no como ahora. Inocencio el del viejo Vinicio anda regando que usté enamora a la muchacha por los cuartos de Amézquita.

No esperaba eso y temblé de arriba abajo, como a efectos de un mazazo en la cabeza.

—Oiga, Antonio, usté sabe que no cuento más que con mis brazos para ganarme lo que como.

Callé, porque la indignación no me permitía seguir hablando. Veía los objetos de la pulpería temblando ante mí. Mi voz sonaba en mis propios oídos con timbre metálico.

—Además, –agregué–, yo nunca he enamorado a Rosa.

—Pero dende que usté asoma la muchacha le pierde el gusto a to el mundo. Yo no sé por qué será.

—No es por mí, Antonio; créalo.

—Bueno, eso a mí no me importa. Ojalá yo que cayera en su mano y no en la de algún vagabundo. Lo que le dije es pa que usté no se descuide.

Claro que no podía descuidarme. En el campo, si un hombre dice algo que pueda denigrar a otro, hay que tomar en cuenta, no lo que dice, sino la intención. Desde ese día no me quité de arriba el mediacinta ni un momento.

El mediacinta estuvo al costarme la vida; pues un día encontré una mata de guao en lo que llamaba para mis adentros “mi tierra”. El guao es venenoso y su sombra encona. Me puse a cortarlo, pero como tenía que hacerlo con cuidado para que no me cayera encima alguna gota de la savia, tiré un machetazo loco que me alcanzó un pie. Cuando bajé los ojos vi la sangre fluir y cubrirme todo el pie. Traté de estancarla, y al agacharme sentí que todo lo que veía huía de mí. Me pareció que el campo, con sus árboles y sus veredas, con sus potreros y sus cacaotales, con su cielo y sus lomas lejanas, se alejaba y se acercaba formando un conjunto de borrachera; después todo fue haciéndose amarillo, blanco, más blanco. Luchaba por sostener la cabeza clara, por ordenar otra vez el paisaje. Creo que traté de llamar, pero no pude, y si lo hice fue en voz tan baja que nadie me oyó. Casi sin darme cuenta sentí un sueño pesado y a la vez agradable, y luego me pareció que descendía muy de prisa por declives de pendiente suave.

Desperté poco a poco, con el sol ya alto. Empecé a recordar vagamente lo que me había sucedido. Tenía la pierna pesada, y cuando quise ponerme de pie, no pude. Entonces me arrastré hacia el camino y no tardé en ver las alambradas. De pronto sentí deseos de dormir, de quedarme allí boca abajo y recibir en todo el cuerpo la sensación de la tierra, su frescura y su pulso. No tenía ganas de ver más caras humanas sino de dormir ahí, en ese punto, un sueño muy largo. Me sentía como un niño echado en el regazo de una madre dulce. Dormir, dormir y no trabajar más, no luchar más, no sufrir ni ambicionar más; eso era lo que me pedía el cuerpo. Quedarme en ese sitio y no caminar otra vez; quedarme dormido a la sombra del naranjo o a la del guanábano, mientras en las lomas de Macorís, en los Higos lejanos, en la pulpería de Antonio, en la Línea de tierra quemada –cerca y muy lejos–, la vida siguiera sembrando dolores y esperanzas, insensible a lo bueno y a lo malo.

Pero Remigio pasó por el camino real. Algo debió decir ese hombrecillo débil que vive en mí y en toda persona; algo debió decir, porque Remigio saltó la alambrada, gritó, llamó, y entre él y Pancholo me llevaron a la casa, donde los ojos de Rosa se agrandaron con la noticia y los viejos y gastados de Marta se esforzarían en ver la herida.

En las horas lentas de la enfermedad, comencé a dudar. Aquello comenzó por una ligera inconformidad conmigo mismo. Nunca, cuando soñé que Rosa fuera mi mujer, me acordé de que el padre tenía dinero; pero debí haber previsto que otros pensarían en eso. Así, de lo que Inocencio había dicho en la pulpería, el culpable era yo, sólo yo y nadie más que yo. Yo tenía la culpa de que Inocencio estuviera hablando.

A ser sincero, yo no me preocupaba por lo que la gente dijera; lo que me preocupaba era mi conciencia. Y la conciencia me echaba en cara haber puesto los ojos en la hija de un hombre como Amézquita, a quien todo el mundo en el sitio consideraba rico. Analizaba la situación y me decía que en verdad yo no había enamorado todavía a Rosa, aunque tal vez la muchacha sospechaba mis intenciones; me decía que al viejo Amézquita le hubiera gustado verme casado con la hija, porque me había dejado entrever en alguna conversación que quería para su hija un marido que no la maltratara. Luego, yo debía sentirme libre de mis propias sospechas. Pero no estaba conforme, y yo había deseado siempre, de manera ardiente, vivir de acuerdo conmigo mismo.

En mis relaciones con Rosa y con Amézquita había algo que no me satisfacía y no podía saber qué era, y con las murmuraciones de Inocencio aquello, lo que fuera, se hacía presente. ¿Era la nostalgia de mi vida anterior? En algunos momentos, la idea de perder la libertad de ir y venir sin compromisos me causaba cierto malestar. De pronto me asaltaba el recuerdo de paisajes, de caras, de voces, y sentía el deseo de verlos y oírlas otra vez.

¿Qué era, en realidad, lo que había ido a buscar a la casa de Amézquita? ¿Había sido a Rosa o algo diferente? Amézquita era bondadoso como un padre. ¿Estaba yo buscando la bondad de Amézquita, sin saberlo? Si Rosa era necesaria para mí, ¿por qué no la enamoraba?

Rosa me cuidaba; entraba en mi cuarto a preguntarme cómo me sentía y qué necesitaba. Yo notaba que antes de entrar se pasaba el peine por los negros cabellos. Como en los primeros días tenía fiebre, una inflamación en la ingle y el pie y la pierna hinchados, ella me llevaba tisanas y me decía que había estado delirando y hablando disparates o que había dormido tres horas corridas.

Los peones de la casa me recomendaban cosas tan peregrinas como cera derretida en la herida. Marta, y alguna que otra vieja de la vecindad, me ponían cataplasmas de tuna. El primer día me habían lavado el pie con gas, y después, como no apareciera yodo, me echaron creolina. Según Pancholo, me habían confundido con un becerro.

De tarde en tarde llegaba alguien a visitarme y también gente que iba a otra cosa. Don Rogelio, el del Palmar, estuvo dos veces, pero sus visitas eran para Rosa. Hombre maduro, con barriguita, rico, era el tipo clásico del hacendado comodón. Llegaba en una mula bien enjaezada y vistosa, y yo pensaba que él era el marido ideal para Rosa. Me molestaba pensarlo, pero lo pensaba. Rosa debía ser la mujer de otro, no la mía. No debía ser mi mujer. Es verdad que me gustaba verla y que a veces me embriagaba de sólo pensar que tenía sus cabellos en mis manos y que los peinaba con los dedos. Pero esa atracción no podía justificar que me casara con ella, y por otra parte el comportamiento del viejo Amézquita me impedía llevármela y dejarla luego.

Rosa no debía ser mi mujer. En algunos momentos casi me gritaba a mí mismo esas palabras, sobre todo cuando la medianoche me hallaba pensando en Rosa o cuando la imagen de su cuerpo me hacía despertar antes del amanecer.

Uno de los muchachos del pueblo estuvo a verla. Tenía cara lamida y ojos falsos, y no me gustó el mozo aquel. Hablaba con demasiada suficiencia, seguro de que estaba deslumbrando a los campesinos, lo cual me disgustó tanto que lo traté con visible desdén. Otro que fue una tarde fue Inocencio el de Vinicio. Era joven, de cuerpo enorme y rasgos gruesos. Tenía una mirada de animal y torva. Se le veía que no utilizaba la cabeza sino para ponerse sombrero. Habló con mucha reticencia, casi sin mirarme, con los ojos puestos en Rosa. (Por cierto que cuando me sané Antonio el pulpero me contó que el lengualarga andaba regando por los callejones que en la casa de Amézquita la poca vergüenza había llegado al extremo de meter bajo el propio techo al novio de la hija, lo cual sin duda dijo porque la tarde de su visita Rosa estuvo particularmente simpática conmigo).

Yo no había recuperado el movimiento del pie, pero no me acostaba y pasaba el día en la sala, en el comedor y hasta en el patio, haciendo algún ejercicio. Cuando llegó la época de recoger el cacao me tiré a trabajar porque hacían falta brazos. Me ayudaba con manteca de culebra, que afloja las coyunturas, y trajinaba el día entero, empeñándome en olvidar los restos del mal. Iba y venía por los cortes, cuidaba del desgrane, atendía a los secaderos, y no cargaba yaguaciles con cacao verde porque no podía hacerlo. Una tarde el viejo me siguió por una tira de cacao, y cuando estuvo separado de los peones, apoyándose en el tronco de una guama, me dijo:

—Mire, Juan, usté debía quedarse aquí conmigo. Sembramos esa tierrita que a usté le gusta y no se ocupe más de ella. Yo me toy sintiendo cansao.

—Pero yo estoy tullido, don.

—Eso es asunto de días, y yo no le hablo pa de una vez.

—Es que, mire, a la verdad, yo me cansé de trabajar para otros. Ahorita me caen los años encima y voy a llegar a viejo sin un bohío.

Amézquita sonrió con pena.

—Así quisiera yo que me cayeran a mí. Con esos bríos suyos, me tragaba el mundo.

Me recogí en mí mismo. No sé por qué me pareció ver en lo que decía una alusión a mi aparente indiferencia por Rosa. El viejo creía que yo estaba desperdiciando la mejor oportunidad de mi vida, y no podía él darse cuenta de que si Rosa no hubiera sido hija suya, hubiera cargado con ella y hecho renuncia de lo que él pudiera dejarle. Dije:

—No lo piense, don. Mucha agua sucia he tenido que beber en el rato que he vivido.

—Tal vé. Hay gente asina, que envejece pronto. Dicen que cada uno tiene cara de cada uno.

—Sí, viejo. El corazón de la auyama sólo lo conoce el cuchillo.

Él estuvo un rato callado; después lamentó:

—Si Dios me hubiera dado un hijo como usté…

Esa simpleza me causó un efecto desgarrador. Me dejé dominar por la lástima y le dije:

—Pues hágase de cuenta que lo tiene y tráteme como hijo.

Pero el viejo entendió mal. Los ojos se le llenaron de luz y sonrió como nunca antes lo había visto sonreír.

—¿De forma que usté y Rosa…? –comenzó a preguntar.

—No, viejo; como amigos –atajé yo.

La expresión del viejo Amézquita cambió en segundos. Se quedó mirándome con ojos profundos y después le vi en la cara todas las gamas del desconsuelo hasta que en el fondo de sus pupilas quedó fijo el vago resplandor de la tristeza. Aquello me apenó en tal forma que sólo podría explicarlo diciéndome que había causado un desengaño a mi propio padre. ¿O era que yo quería a Amézquita como si fuera mi padre?

De ese mal rato me salvó el viejo Vinicio, que llegaba a tratar un negocio con el viejo. Me pareció muy joven para ser el papá de Inocencio y hasta más simpático de lo que merecía el animal de su hijo.

A partir de esa conversación la vida se me fue amargando. De noche, sobre todo, me ponía a calcular el alcance oculto de los silencios y los gestos de Amézquita, el valor que les daba a sus palabras cada vez que se dirigía a mí. Trataba de adivinar el desarrollo de los acontecimientos y sufría de antemano por el dolor que podría causar en aquella familia. Notaba con disgusto que Rosa se esforzaba en agradarme, y en la difícil situación en que me había colocado mi propia duda, eso me llenaba de indignación. Me sentía objeto de acechanzas, de una cacería. A menudo culpaba a Rosa por lo que Inocencio había dicho en la pulpería, como si la pobre muchacha hubiera sido la instigadora de tales habladurías. Llegué a pensar que ella coqueteaba con Inocencio, le daba esperanzas con algunos gestos y luego lo mortificaba haciéndole creer que su preferido era yo. Me decía que Rosa era una de esas mujeres a las que les gusta sentirse celadas y centro de tragedias.

La duda trabajaba con rapidez en mi pecho y poco a poco fui sintiendo que todo se me hacía extraño, que repelía a las gentes y las cosas, que había a mi alrededor una inexplicable hostilidad que al principio surgía de mí e iba hacia los demás y después rebotaba de nuevo en mi alma, llenándome de inquietud y malestar. Empecé a echar de menos mi vida de antes, mi vagabundear sin rumbo, aquella posesión de mí mismo que tan feliz me hizo en una época. “Antes –pensaba– alquilaba mis brazos y los recuperaba cuando quería”. Me decía: “Ahora estaría por las vueltas de Bonao cortando madera”. O simplemente me veía a mí mismo en un camino, sin pasado y sin futuro, gozando de un presente corto pero mío, de un presente maravilloso, lleno de todo aquello que admiraba y quería en mi tierra –el paisaje, la honda esencia propia, el sentido viril, el infatigable espíritu de producción– y eludía lo que me hacía sufrir, la miseria y la ignorancia de los demás.

Ese movimiento de repulsa se hacía cada día más fuerte, ganaba cada vez más terreno en mi alma. Llegué hasta a reaccionar con disgusto a las frases agradables de Amézquita y a las coqueterías de Rosa. Sólo me encontraba bien con Pancholo, con Remigio, con los otros peones. Les oía charlar, los veía trabajar sin descanso y me sentía ajeno a las asechanzas contra mi libertad.

Pero el diablo no duerme, según dicen, y si lo hace es caminando. El diablo arregló las cosas de tal manera que me resultó imposible abandonar la casa: el viejo Amézquita enfermó y se fue agravando poco a poco, al punto que nos vimos metidos en el mal trance sin que ninguno lo viera llegar. Y yo no podía dejar al viejo Amézquita cuando él no servía para nada, porque hubiera sido cobardía y deslealtad.

La enfermedad se presentó con dolores en el pecho, al amanecer de un lunes; en la noche Amézquita respiraba con dificultad y yo no arreglé la hamaca porque amanecí sentado, en espera de que me necesitaran. El martes el enfermo estuvo débil, con algo de fiebre; el miércoles deliraba y la fiebre lo sacudía en temblores, le hacía sudar y le hundía los ojos y las sienes. El viejo se quejaba de dolor en el lado derecho, apretaba los labios y dejaba caer los párpados. Ese día, en la noche sobre todo, fue gente de toda la vecindad e innumerables mujeres a quienes yo no conocía estuvieron entrando y saliendo, murmurando sin cansarse, preparando tisanas y rezando. El jueves temprano Amézquita me llamó. Hablaba con voz profunda e insegura.

—Ya falta poco pa que esto se acabe, Juan. Si por mí fuera, le pediría que me consiguiera el cura en el pueblo pa morir en confesión.

Yo me hice el sordo y no le contesté. Trataba de mirar hacia cualquier sitio donde no estuvieran los ojos de Amézquita. Él me sujetó una mano por la muñeca.

—Vea, Juan, y tanto que me hubiera gustao verlo junto con Rosa.

No pude evitar el impulso y le clavé la mirada, una mirada que estoy seguro de que era fría y dura. El viejo tenía los ojos puestos en el vacío y por eso no notó nada. De pronto se llevo ambas manos al pecho y gimió. Trataba de hundirse los dedos, oscuros y flacos, en el esternón. Parecía querer desgarrarse. Tosió y quiso hablar.

—Juan…

Por la puerta cruzó la sombra de Rosa. Sentí que de golpe el mundo pesaba sobre mí; el mundo todo, con sus arenillas y sus yerbas, pero también con sus montañas y sus ceibas. No podía resistir la angustia. Rosa, Rosa, Rosa… En lo profundo de mi pensamiento estaban ella y el viejo y Penda. Y cientos de caminos pardos que se cruzaban unos sobre otros. Me acudían a la mente recuerdos de la niñez, retazos de episodios que yo creía olvidados. Amézquita estaba ahí, junto a mí, muriéndose, y yo no podía retornar a mí. Rápidos, veloces, a galope tendido, desfilaron días y días por mi memoria; unos eran oscuros, otros eran claros, otros confusos.

—Juan…

Allí estaba Amézquita, una línea oscura y huesuda, de la que salía una voz pobre. Las mujeres de las cercanías hablaban y se oían voces de hombres. Amézquita acezaba, como si se asfixiara.

—Juan…

Pero yo no podía responderle. ¿Por qué había de responderle? ¿Por qué había de consentir que me lanzara en aquel pozo que se abría a mis pies? Rosa estaba en el fondo del pozo, llena de sonrisas maliciosas. Era agraciada, sí, y joven y saludable. Pero yo no podía, ¡no podía admitir que el moribundo me dejara amarrado! Comprendía que no debía hablar; que si decía lo que estaba sintiendo, iba a matar al viejo, iba a precipitar su muerte, y no quería ser responsable de su muerte. Era para volverse loco.

Tal vez lo que estoy contando duró menos de un minuto, pero yo sentía que el tiempo se había detenido, que todo lo que se mueve en el mundo había dejado de moverse. Me volvía loco. Y de pronto, en aquella angustia, una idea surgió del caos, una idea no buscada, no solicitada, una idea que fue como una luz en la noche cerrada.

—A usté le hace falta un poco de berrón –dije.

A seguidas, como un autómata, me puse de pie y eché a andar. Me había agarrado de aquel pretexto sin darme cuenta cómo ni por qué. Crucé a toda prisa por entre la gente, aparejé un caballejo que hallé en el patio y tomé al trote el rumbo de la pulpería. Todavía a la vuelta me sentía como sin voluntad de llegar, y confieso que no me daba cuenta de por qué retardaba la marcha del animal. Me daba asco reconocer, con miedo de mí mismo, que tenía la esperanza de que el viejo muriera antes de que yo llegara a la casa. Desde lejos, tratando de ver él movimiento de la gente, quise adivinar si había pasado algo. Pero todo parecía igual que antes. Y como si el destino escondiera una burla en la curva de cada minuto, el berrón que fui a buscar para no estar presente en el momento de iniciarse la agonía de Amézquita, sirvió para volver en sí al enfermo. Rato después de habérselo untado en la cara y en el pecho, el viejo dormía como un niño. Yo también tenía ganas de dormir. Busqué la sombra de un alero y eché una siesta corta.

Pasamos aquella noche en calma relativa. A lo lejos ladraban los perros mientras adentro rodaba el murmullo de las conversaciones sostenidas en voz baja. Algunos hombres galanteaban a las muchachas; el humo de los cachimbos y los cigarros llenaba las habitaciones; en la cocina hervían tisanas y hacían café.

Rosa aprovechaba cualquiera ocasión para acercárseme. Iba a preguntarme futilezas, se acercaba como si fuera a sentarse en mi silla, y hasta me sujetó una mano, en una ocasión. Con los labios lívidos y los ojos fosforescentes, su descuido y su palidez le daban un marcado aspecto de mujer sensual que no era corriente en ella. Yo procuraba mantenerme alejado.

En un grupo distinguí el rostro duro de Inocencio. Sus ojos me seguían como perros hambrientos. No le vi mover la boca una sola vez. Estuvo en el patio, entre mozos de su edad, y la luz de la cocina le enrojecía las facciones, dándoles mayor repulsión de las que tenían.

Temprano, cuando me convencí de que el viejo no daría sustos, me fui a dormir. Antes de sumergirme en el sueño oí la voz de Rosa, apagada y con un timbre extraño:

—Juan, Juan… ¿Adónde estará Juan, Marta?

No quise responder.

En toda la mañana del viernes nos sentíamos animados: el viejo parecía mejorar. Para mí aquello era la solución de mi tormento, porque la salud o la muerte eran puntos extremos, y en ninguno de ellos cabía la duda, origen de mi angustia.

Nos envolvía un cielo nítido y el sol se mostraba jocundo, propicio a pensamientos de esperanza. Yo sentía que una felicidad suprema flotaba en el ambiente, pero sentía también que a mi no me tocaba parte en esa felicidad. La quietud de la mañana, sin embargo, me fascinaba.

En la misma casa había paz. Había ido poca gente y Amézquita dormía tranquilamente, tal vez sólo molesto por el desacompasado subir y bajar del pecho.

¿Por qué veía yo aquella tranquilidad como cosa superficial? Me dije que debía estar nervioso por el mal dormir, el trajinar, el pensar, y me lo repetí varias veces, empeñado en convencerme. Pero no lo lograba. Veía aquel cielo alto y claro, aquel armónico y gentil movimiento de toda hoja, aquel fluir lento del día como algo lejano, casi de sueño, que sólo lograba adormecerme la piel. Para ponerme a tono con el día cogí maíz y estuve echándoselo poco a poco a las gallinas; recorrí el jardincito deteniéndome en cada flor, y jugué con los perros como en mi olvidada niñez. Y de pronto, cuando correteaba entreteniendo a Rabonegro, oía a Rosa gritar mi nombre y llamarme.

Corrí. Ella estaba en la puerta, con un paño sobre la boca. La empujé y entré. Marta rezaba al pie del catre. Al viejo se le había llenado el rostro de huesos.

—¡El berrón, el berrón! –grité.

Toda alocada, en un revuelo de brazos, de faldas y de pelo, Rosa registró un rincón, y se volvió desolada, mostrando la botella vacía. No perdí un segundo y corrí al patio.

—¡Pancholo, Remigio!

Nadie contestó. En una sombra de yerba que había junto a la cocina, mordisqueaba un potro. Me dirigí a él corriendo y en medio de la carrera iba pensando: “Ya no lo salva nadie”. Mientras le echaba el bozal a la bestia tuve tiempo de decir algo que le devolviera a Rosa la confianza. Salté sobre el animal sin aparejarlo y empecé a maltratar a talonazos sus costillas. Llegué rápidamente. Desde el camino grité:

—¡Antonio, pronto, berrón, que el viejo se muere!

Veía la pulpería en sombras y repetía ahogándome.

—¡Berrón que se muere!

—Dios le guarde la suerte –rezongó una voz.

Al tiempo que me volvía, pregunté:

—¿Suerte? ¿A quién?

Todavía no lograba distinguir al que hablaba. Antonio Rosario destapaba la botella para que yo perdiera menos tiempo. De pronto le oí decir:

—No hable caballá, Inocencio.

Pero Inocencio no quiso callarse.

—A usté –dijo señalándome.

Mientras corría a montar, sin comprender claramente qué quería decir, insistí:

—¿Y por qué a mí?

Pero súbitamente vi claro. No esperé la respuesta. Como si la sangre se me hubiera vuelto llamas de pronto, me sentí arder por dentro.

—¡Hijo de mala madre! –grité al tiempo de atacar.

Él estaba armado de cuchillo, pero no lo había sacado. Al golpe, le vi la cara echando sangre y los ojos enrojecidos por la ira. El piso resonaba bajo nuestros pies. Antonio Rosario maldecía a grito pelado. En un relámpago de tiempo eché el ojo sobre el cabo de un machete que descansaba en el mostrador. Tiré la mano, pero ya él había logrado sacar su cuchillo. Mostraba los dientes ensangrentados y soplaba como bestia. Sentí la punta del cuchillo en el hueso, sobre el omoplato izquierdo, y, ya loco, como quien tala matorrales, lancé el primer golpe. El hombre se ladeó. Di otra vez, y otra más. La voz de Antonio resonaba en mis oídos:

—¡Lo va a matar, Juan; lo va a matar!

Entonces vi a Inocencio doblarse, cubrirse el rostro y caer. Me asomé a la puerta. Los objetos se me confundían. El cielo, los árboles, el camino: para mí todo se movía en una danza vertiginosa. Corrí. No recordé que andaba a caballo y me fui a pie. Antonio Rosario daba gritos:

—¡Corran, que malograron a Inocencio!

Caminé hora tras hora, dando rodeos, y cuando el sol clareaba, antes de que reventara la mañana, había alcanzado el fundo de Nisio Santos. El trillo terminaba ahí y a nadie iba a ocurrírsele buscarme donde el viejo Nisio Santos. Era un negro serio, silencioso, muy estimado por sus amigos. Lo llamé desde la tranca. Tardó en salir. Un perro blanco empezó a alborotar.

—Muchacho, soñando contigo tuve anoche. Quién me lo diba a decir.

—Corté a Inocencio, el del viejo Vinicio –dije a manera de explicación.

—Dentra y siéntate. Eso le pasa a cualquier hombre, no te apures.

La mujer de Nisio Santos no podía levantarse. Ellos eran solos, porque los dos hijos se les habían ido al pueblo. La vieja tenía medio cuerpo paralizado.

—Ay jijo –comentó al verme–. Dichosos los ojos. Mira que hacía tiempo que no sabíamos de ti.

Hablamos de su enfermedad, mientras Nisio bregaba con astillas de cuaba en la cocina.

El bohío era pequeño, sucio. No comprendía uno cómo podía resistir las inclemencias del tiempo. Una gallina estaba echada en un rincón. Afuera se mecían los plátanos al aire de la mañana.

El viejo hablaba con voz monótona, respondiendo a una petición mía:

—Yo casi no resisto camino largo, y menos hoy, con este anuncio de agua; pero un servicio no se le niega a naiden, muchacho. Horitica salgo yo pa Penda. Asina no haberá lugar a que piensen que tú andas por aquí.

Yo le oía y veía sus desnudos pies, grandes, de talones cuarteados. Ya estaba abrumado por los años. Se movía con lentitud y chupaba su cachimbo como adormeciéndose. Me pidió que le hiciera su sopa a la vieja y que le terminara un desyerbo en el platanal, si no llovía. El perro le acompañó buen trecho, moviendo alegremente el rabo.

El fundo estaba metido en pleno monte. Se oía el susurro del viento entre los troncos cubiertos de bejucos. Las hojas de plátanos resonaban con la brisa como puertas que se abrían y se cerraban de golpe. Silenciosa, la vieja dejaba pasar las horas prendida de su cachimbo de barro.

Cansado como me hallaba, quise esperar un rato antes de ponerme a desyerbar. Me tendí sobre un banco estrecho, frente al fogón, y cerré los ojos. Sin explicarme por qué tenía una sensación de seguridad que me hacía mucho bien. Echado en la puerta de la cocina, el perro blanco se adormilaba para sorprender las moscas que se le posaran encima.

Poco a poco fui sintiendo los ojos duros y empecé a perder el dominio de los sentidos. De pronto vi a Inocencio tendido a mis pies con la cabeza machacada, sin rasgos humanos. Yo caminaba, y adonde iba, iba aquel cuerpo de cabeza deshecha. No se movía, pero no me abandonaba. Yo cruzaba el potrero de Amézquita. La noche era oscura y llovía a cántaros. De todo terrón, de todo tronco salía una mano. Yo lograba escapar por pulgadas de ventaja. Llenando el potrero, resonaba la voz de Antonio Rosario: “¡Él fue, él fue, él fue!” Rosa se hincaba frente a un soldado de rostro repugnante y lloraba hablando: “Le doy lo que usté me pida si lo perdona”. Yo no podía con mi terror. Gritaba desesperado, corría ladeándome, huyéndoles a tantas manos. Blandiendo un machete afilado, el viejo Nisio Santos clamaba: “¡No le pongan la mano, no le pongan la mano, sinvergüenzas!” Seguía la noche negra, tan negra como si hubiera sido sólida. Vi una mujer cruzar el potrero, apartando la yerba con unas manos blancas y gentiles. De pronto aparecí a la puerta de Amézquita. Había mucha gente, un catre en la sala, y alrededor, cuatro velas en sillas, y Rosa tendida sobre el catre, llorando. El viejo Amézquita surgía de entre las sábanas blancas, me miraba con ojos hundidos y horrorizados, y me decía: “¡Tú fuiste, tú, yo lo sé!” Yo empecé a gritar: “¡Yo no, yo no, yo no!” Entonces Pancholo y Remigio rompían en una risa a la vez sonora y tenebrosa, una risa tan estrambótica que ahogaba todos los ruidos. No sé por qué me hallaba con ellos jugando brisca al tronco de un caimito. Hacía mucho sol y a la vez era noche cerrada. Jugábamos, y al volver los ojos tropezaba con Inocencio a mis pies. Allí estaba, con la cabeza hecha trizas. Encolerizado por su injusta persecución, yo le escupía el vientre y el muerto lloraba lleno de amargura. Eso me causaba terror. “¡Juan, ahí vienen; huye, Juan, que ahí vienen!” –gritaba Marta–. Yo no podía huir. Quería moverme y estaba clavado en el suelo; deseaba dar voces y había enmudecido. Rabonegro empezó a ladrar en forma desesperada.

Alcé la cabeza. El perro blanco de Nisio perseguía un hurón, llenando el patio de ladridos. Tardé en recobrarme, lleno de miedo cerval. De pronto no comprendí dónde estaba, y veía la cocinita negra, el bohiucho pobre; vigilaba los alrededores y me parecía estar acechando el silencio. La vieja tosió en su habitación. Entonces me hice cargo de dónde estaba y me apresuré a reavivar la candela, que ya se consumía. Después me puse a buscar los ingredientes de la sopa; registré macutos viejos, rincones y barbacoas; en parte alguna hallé con qué hacerla. Había unos granos de sal en una higüerita, pero ni manteca ni ajos ni otra cosa para condimentar. Salí al patio, recogí unas mazorcas de maíz y en un plantón raquítico encontré unos rabos de yuca. Más que sopa, lo que hice fue un caldo pobre, que a nada sabía; sin embargo la vieja estuvo tomándoselo con placer y cuando terminó dijo que hacía tiempo que no comía sopa tan sabrosa.

Yo estuve un rato mortificado, mientras ella tornaba a chupar su cachimbo, con los ojos perdidos en el techo. No sabía si sus palabras eran sinceras o si las dijo para no echarme en cara mi ignorancia. Lo primero me impresionaba por la miseria que hacía sospechar; lo segundo, por su generosidad.

Esperando a Nisio, que anduvo ligero, entró la tarde. El viejo llegó silencioso, preguntó por su mujer, fue a saludarla y después se metió en la cocina. No se había quitado el sombrero. Estuvo un rato acariciando al perro. Yo trataba de adivinar qué iba a decir. Sus gestos pausados y nada extraordinarios podían encubrir una noticia mala o una buena. Al cabo habló.

—Eso del muchacho de Vinicio es caballá. La gente creía que diba a salir guapo, pero yo sabía que no.

A la verdad, yo no estaba nervioso, o creía no estarlo; pues si no lo estaba, ¿por qué había soñado lo que soñé unas horas antes? Pero si tenía una falta de acomodo interior, creía que la causa no era que hubiera herido a Inocencio sino haber sido violento con él: que él me hubiera sacado de mi decisión de no ser violento. Me producía rabia pensar que él me había obligado a herirle. Era bruto el condenado, bruto y odioso. Rosa no tenía nada que ver en eso; ni siquiera pensaba en ella. Era sólo Inocencio, sólo él; él y yo.

—Le diste sus buenos golpes, pero de plan, no de filo. Agora, que cuando te sintió hombre, se aflojó. Y como tú le sacaste sangre… una cortaíta; cosa de na. Me dijeron, y te lo digo como me lo contaron, que el taita le dio su pela por blandito.

—¿No está grave, entonces?

—¿Grave? Esos porquerías ni an se mueren, muchacho. Y yo no sé, porque pa la falta que hacen en el mundo.

—Yo creí que… Usté no sabe la alegría que siento.

—Caballá, muchacho… ni an herido… Tú puedes dirte a Penda, si te da la gana; pero si quieres llevarte de mi consejo, no vayas. El Inocencio ése no saldrá guapo, pero alevoso sí. Lo mejor es evitar. Cuando no hay más remedio, se para uno a pelear. Yo creo que tú no tienes qué buscar en Penda, asina que…

—Sí, tengo que ir donde el viejo Amézquita.

—¿Amézquita? Enterrao ta ya.

Hoy mesmo lo enterraron. “Hoy mesmo lo enterraron, hoy mesmo lo enterraron”. He oído esas cuatro palabras mil veces, más de mil veces, y ahora mismo estoy oyéndolas. La noche anula las líneas del camino y borra los perfiles del monte. Cantan las ranas y algunos cocuyos se encienden; los perros ladran en hileras; uno aquí, otro más lejos, otro perdido en la distancia. Camino. Arriba asoma una que otra estrella entre nubes densas y lentas.

He dejado atrás el trillo que lleva al fundo de Nisio Santos; he dejado atrás los primeros bohíos de Penda; y camino, camino. Como en la noche de mi vuelta a la casa de Amézquita, pienso en Rosa. Ahora es huérfana. Estará con Marta. El caserón le parecerá grimoso y oscuro.

También pienso en Amézquita. Lo veo huesudo, con los ojos agrandados, agarrándose el pecho. “Hoy mesmo lo enterraron, hoy mesmo lo enterraron”. Imagino la hora del desenlace. Ocurriría cuando yo estaba luchando con Inocencio en la pulpería. Rosa gritaría desolada y las viejas del lugar debieron llegar a toda prisa. La noche del velorio –anoche– Rosa se pasaría el tiempo preguntando al sesgo por mí; le contarían lo de Inocencio y lloraría la desgracia a la vez que la muerte del viejo. Me parece verla con su negro pelo descuidado, los ojos hinchados y la nariz roja de llorar. En el velorio habría gente de todos los lugares vecinos; los hombres contarían cuentos y las viejas cabecearían sueños entre los rezos.

Camino, camino... Arriba siguen amontonándose nubes negras. Si no estoy equivocado debe faltarme poco para llegar a la pulpería. Llamaré a Antonio Rosario y le preguntaré. Aunque no; es mejor que nadie sepa mi paradero. A lo mejor es una trampa lo que le han contado al viejo Nisio Santos. Bueno, no puede ser trampa porque nadie sabía que yo estaba en su casa.

Me gustaría hablar con Antonio, oírle decir algo. Es buen amigo y con seguridad no me delatará. Decía: “¡Corran, que desgraciaron a Inocencio!”; pero no decía quién lo había cortado. Quizá hasta esté un poco alegre por lo que le haya pasado a Inocencio.

Camino, camino… ¿Cuándo se desplomarán esas nubes que ya cubren el cielo? Creo reconocer el sitio por donde voy. De ser éstos los cacaotales de don Vinicio, estoy al alcanzar la pulpería. Sí, son ellos. Ese árbol, aquí, a mi izquierda, es un roble desramado. Ahí está la pulpería; es ese bulto cuadrado. Llamaré a Antonio. Pero, ¿y si hay gente con él? ¿Quién? Tal vez una mujer; nadie sabe. El perro ladra furiosamente; parece que va a reventar ladrando. Acorto el paso. ¿Llamo?

Ya estoy frente a la pulpería. Debería detenerme y llamar. Pero no lo haré. Ahora no quiero devolverme. Antonio estará durmiendo. ¿Serán las doce? No, quizá sea un poco más tarde. Es imposible saber la hora exacta. De noche se camina más despacio porque apenas se ve por dónde se anda. Además, esta vez no hay estrellas. Las nubes crecen y se confunden allá arriba. Camino, camino… A ratos no pienso; sólo me esfuerzo en mirar. ¿Alambres? Los tiento y digo: “Tierra de Amézquita”. Tierras de Amézquita. ¿Por qué no me conmueve pensarlo? Toda la que tenía la ha cambiado ahora por un hoyo estrecho. ¿Cuándo comenzará a pudrirse?” Dicen que alguna gente no se pudre; depende del terreno y quizá hasta de la causa de la muerte. Pero Amézquita… Amézquita se pudrirá pronto. Murió flaco. Quería dejarme atado a su hija. ¡Ah, el viejo Amézquita! Era buen hombre, no cabe duda; pero quería atarme a su hija.

Rosa debe estar pensando en mí. ¿Llorará? Su vida ha quedado dislocada de golpe. ¿Quién iba a decirle que sucedería todo esto? La vieja Marta rogaba: “Quédese aquí con nosotros, Juan”. Bien: ni el viejo ni yo. Nadie puede prever el futuro, y a veces llega lo que menos esperamos.

Camino, camino… La brisa ha cambiado y es ahora viento de agua. Voltijea entre las copas de los árboles; zumba, gira, arranca hojas. No tardará en llover.

Toda la noche suena, canta. Del mismo corazón de la tierra parece levantarse un rumor de vida. Veo los arbustos doblarse, mecerse; ojeo hasta que me duelen los ojos; extiendo el brazo para evitar tropiezos. “Amézquita no está; ha muerto” –pienso–. Se lo llevaron esta mañana por este mismo camino. Todos los campesinos de por aquí se pondrían ropa limpia –”su muda limpia”, como dicen ellos–, y sin duda vino don Rogelio el del Palmar en su mulita. Buen paso el de la mulita.

Camino, camino… Oigo a mi espalda el ronroneo de la lluvia; distingo el ruido peculiar de las gotas sueltas que caen en las hojas. Apuro el paso. Ahí está la casa. Aprecio el perfil de los árboles que la rodean, inesperadamente el corazón me salta. Sí, ahí está la casa. Siento que las manos se me enfrían. El aguacero viene cantando a mi espalda. Corro. Rabonegro ladra, se enfurece, estruja su cabeza con mis piernas. Busco el alero. Me siento frío y lucho contra la impresión. La lluvia está lavando ya el techo de la casa.

El perro se echa a mis pies. Yo me doblo y acaricio su cabeza. Llueve intensamente. Me siento mojado en un brazo, en un hombro. Me pego más. Silencio. Ahora, al conjuro de la lluvia, me va invadiendo una tristeza inexplicable. Debe ser mucho más de medianoche. Quizá en algún lugar distante estén celebrando una fiesta. Esta lluvia se irá filtrando poco a poco hasta mojar el ataúd de Amézquita. Los bohíos, pobres y miserables, están cerrados. Yo tendré que trabajar mañana, como ayer, como siempre; y no yo solo: también los miles y miles de seres humanos que viven en esos bohíos miserables. A esta hora hay mucha gente cobijada por un techo de zinc, de yaguas o de cemento; unos estarán durmiendo junto a sus mujeres, otros junto a sus hijos, otros con sus padres y sus hermanos. Yo estoy aquí, bajo un alero, acariciando la cabeza de Rabonegro. ¿Estará Rosa pensando en mí?

La lluvia arrecia. Las ideas tristes, los pensamientos dolorosos nacen en tropel no sé dónde, y me angustian. Oigo el viento pasar por entre los árboles.

¡Solo, solo! ¿De qué me sirve mi libertad ahora? Tal vez enferme, quizá caiga herido un día, golpeado por un tronco o macheteado por cualquier Inocencio. Rosa está aquí, y acaso no duerma. Su catre estará caliente. ¿Por qué no llamar, por qué, si ello asegura mi porvenir y calma mi soledad de hoy?

Voy a llamar. Bastará con que dé un golpe en la puerta y diga su nombre. Ella estará despierta, quizá esperando esto mismo, que yo la llame. La vieja Marta se alegrará de que vuelva; estoy seguro de que se alegrará.

Rabonegro gime entre mis pies. La lluvia decrece por un momento; es menos ronco su canto en el techo. La brisa pasa ahora menos sonora, más suavemente.

Oigo una tos. Estoy seguro de que es ella. Me presiente y no duerme. A seguidas, una voz:

—Marta, Marta…

Me llega el murmullo de la respuesta, pero no distingo las palabras. A poco, otra vez Rosa:

—No es el perro, Marta; es gente.

¿Gente? Ha querido decir “Juan”. Levanto la mano. Fugazmente, la imagen de Amézquita pasa por algún lugar de mi cerebro. Lucho. Tengo la mano levantada, pero lucho. Su catre estará caliente. ¿Y mi libertad, mi libertad? No puedo más, ¡no puedo más con mi duda! La lluvia torna a arreciar. Es un golpe de agua y viento el que se acerca. El camino estará parido de charcas y lodazales, y aquí hay cama, casa, afecto.

Creo que voy a ahogarme. La voz se me aprieta sin haber salido; me ahoga como piedra metida en la garganta. Decididamente, no puedo más, ¡no puedo más!

Y me lanzo al camino, por cuyos desniveles corre raudamente el agua sucia.

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. Fragata

La resolución de Fragata fue tan sorprendente que hasta doña Ana se sintió conmovida. Doña Ana no dijo media palabra, pero se mantuvo en la puerta, pálida e inmóvil, hasta que Fragata desapareció por la esquina balanceando su enorme cuerpo.

La muchacha había llegado hacía un mes. Mucha gente la vio entrar en la callecita, caminando junto a una carreta que llevaba muebles y litografías de imágenes religiosas, pero a ninguna se le ocurrió pensar que iba a vivir allí. Era una criatura tan extraña, tan gorda, tan fea, y llevaba la cara tan pintarrajeada, que la gente pensó –vaya usted a saber por qué– que iba a seguir de largo, buscando el camino de Pontón. Por esa causa fue mayúsculo el asombro cuando a una voz suya el carretero detuvo el mulo frente a doña Ana, en la puerta de una casucha vacía que estaba desalquilada desde mucho tiempo atrás.

Algunos vecinos se detuvieron a observar. La muchacha buscó en su cartera una llave y abrió el candado. Durante unos minutos pareció registrar adentro; después salió y empezó a dar órdenes al carretero. Jamás, desde que existía aquella callecita, se había oído por allí una voz tan estentórea.

El lugar era pobre. Excepto la de doña Ana, la de don Pedrito y alguna más, las casas eran bohíos. La calle nunca había sido arreglada. Se acumulaban allí, confundidas, tierra, yerba y piedras, y cuando llovía se formaban lodazales. Pero esa misma miseria daba al sitio un aspecto austero, al que contribuía la falta de pintura en los frentes de las viviendas. La gente no se sentía a disgusto, porque, como decían a menudo los vecinos, aunque la calle no era vistosa, las personas eran decentes. Siempre había sido así, hasta que llegó Fragata.

Al escándalo que hacía ésta dando órdenes al carretero, se asomó doña Ana a la puerta. Quedó confundida y en el acto se sintió molesta. Don Pedrito, un viejo comerciante retirado, de esos que llevan siempre las manos a la espalda, se acercó con ánimo de comentar.

—Tiene todo el aspecto de una fragata, ¿verdad, señora? –dijo don Pedrito.

Doña Ana, que no encontraba en quién descargar su disgusto, le dio por toda respuesta una mirada fulminante y no puso atención en el símil; ello no fue obstáculo para que éste tuviera éxito, pues a poco la muchacha gorda fue conocida de chicos y grandes por Fragata.

Fragata era enorme, y lo parecía más porque vestía trajes transparentes de colores claros, que la hacían ridícula. Tenía una cara de facciones groseras y causaba malestar vérsela tanto y tan mal pintada. A veces se ponía en la cabeza lazos de cintas, como si hubiera sido una niña de pocos años. Caminaba abriendo las piernas y balanceando dos brazos cortos, pero gruesos hasta lo increíble.

Desde el día de su llegada empezaron a visitarla los tipos más raros y a la segunda noche hubo escándalo en su casa. La pequeña calle dormía ya cuando se oyeron gritos, maldiciones y carreras. A la mañana siguiente, acompañada de un policía al que hacía reír con lo que le iba diciendo, Fragata apareció en la esquina con la cabeza vendada. A un hombre que pasaba se le ocurrió hacer un chiste a costa de ella, y sin respetar la presencia del policía, Fragata empezó a insultarlo a grito pelado. A partir de ese día doña Ana inició la ofensiva sobre su marido.

—Esto es insoportable –le decía–. Mira lo que hemos ganado por venir a vivir a semejante barrio. ¡Bonito ejemplo para los niños!

Los niños, sin embargo, no comprendían nada. Fragata era una diversión para todos los de la calle. Así, grande y gorda como era, se ponía a jugar con los pequeños, a perseguirlos y gritarles palabras extrañas, que parecían sucias, pero que estaban matizadas de una ternura conmovedora. Corría tras los muchachos, llamándolos por los nombres más raros y tirándoles piedras. Se reía a carcajadas con ellos y cuando alcanzaba a alguno se ponía a estrujarlo, a besarlo, tirada en pleno polvo de la calle aun cuando su traje estuviera acabado de planchar. Esto ocurría sobre todo de tarde, cuando el silencio era tal que la risa de Fragata podía oírse en los dos extremos de la calleja.

De noche empezaban a llegar a la casa de Fragata hombres que iban de otros barrios, mandaban buscar ron a la pulpería de doña Negra y armaban escándalos. Muchas veces la muchacha se emborrachaba y salía a la puerta gritando obscenidades. Una de esas noches insultó a don Ojito, venerable de una logia, que vivía tres casas más abajo de la de doña Ana.

Los sábados en la tarde Fragata se ponía su mejor ropa, algún traje lleno de arandelas y cintajos, y sacaba una silla a la acera y se sentaba allí muy circunspecta. Al mismo tiempo, nadie sabía por qué, las tardes de los sábados era cuando Fragata resultaba más agresiva, pues a la menor provocación respondía con sus peores insultos. Ocurrió muchas veces que estando en un cambio de palabrotas, la muchacha saliera corriendo después de haber cambiado súbitamente su cara feroz en un rostro lleno de alegría. Era que Fragata había visto a un niño y se había olvidado de todo. Entonces parecía diferente; sus ojos brillaban con una luz resplandeciente y se le advertía una especie de ausencia por todo lo que no fuera el niño. A veces recorría la callecita jugando como si no hubiera tenido más de siete años. En muchas ocasiones, tras haber perseguido a un muchacho, volvía a su casa y hallaba algún amigo esperándola; entonces se metía con él en sus habitaciones, volvía para cerrar la puerta de la calle y se quedaba adentro hasta que se la veía de nuevo despidiendo al visitante.

Los vecinos vivían escandalizados. Iban a comentar el asunto con doña Ana y aseguraban, muy serios, que eso no podía seguir. Doña Ana comentaba:

—Le dije muchas veces a Pepe que no me trajera a vivir en un barrio como éste.

—Pues mire, doña, que este lugar fue siempre muy pobre, pero muy decente –explicaba alguna vecina.

—No lo digo por ustedes –enmendaba doña Ana– sino porque a las orillas se lanza gente de mal vivir. Miren el ejemplo ahí.

“Ahí” era Fragata. En ocasiones doña Ana quedaba mal al señalarla, porque muchas veces la muchacha parecía transformada, convertida de súbito en un ser angustiado y digno de compasión. Se la veía caminar por la acera de su casucha, con las manos enlazadas en la espalda y la cabeza baja, y durante horas enteras permanecía silenciosa, sin responder siquiera a las provocaciones de los hombres que pasaban. En ocasiones entraba y se lanzaba sobre su cama a sollozar; otras veces cerraba la puerta y se iba, nadie sabía adónde, para retornar al día siguiente o dos días después.

Una tarde don Pedrito le contó a don Pepe algo extraño. Dijo que cierto conocido suyo había dormido en la casa de Fragata y a media noche la muchacha se levantó y empezó a pegarle y a insultarle. “¡Vete de aquí, condenado, maldito; vete o te voy a matar!”, gritaba Fragata. El hombre, que se había asustado, se asustó más cuando la muchacha pasó de los insultos al llanto y se le acercó, arrastrándose sobre el piso, para agarrarse a sus piernas, gimiendo desconsoladamente, quejándose de que ni él ni nadie pudiera darle un hijo. El hombre se vistió y huyó mientras Fragata, de rodillas en medio de la habitación, hablaba amargamente con sus imágenes litografiadas. Don Pedrito y don Pepe comentaron ese episodio de muchas maneras y convinieron en que Fragata estaba loca y era un peligro para todos; al final acordaron hacer algo para poner remedio a ese estado de cosas. Tal vez, sin embargo, no hubieran pasado de las palabras si al día siguiente no hubiera ocurrido lo que ocurrió.

Ese día siguiente fue domingo. En la noche acudió a la casa de Fragata más gente que nunca. Los viajes a la pulpería, en pos de ron, fueron incontables. A eso de las doce se oyeron voces airadas e insultos. En varios hogares de la callecita los vecinos despertaron y algunos llegaron a abrir sus puertas. Había un escándalo infernal, como si muchas personas hubieran estado pegándose entre sí, y se oía la voz estentórea de Fragata gritar:

—¡No me da la gana! ¡Mi cuerpo es mío y nadie manda en él!

Agregó varias rotundas aseveraciones, por las que el vecindario dedujo que Fragata estaba rechazando alguna insinuación que le había desagradado; después se la oyó amenazar con muertes. El tumulto fue de tal naturaleza que don Pepe tuvo que salir a la acera y reclamar silencio.

En las primeras horas del lunes don Pepe se fue a ver a don Pedrito y luego, acompañado de éste, se dirigió a la casa de don Ojito. A eso de las ocho estaban los tres reunidos con doña Ana en la sala de ésta.

—Lo que va a hacer es insultarlos, provocar otro escándalo y dejarlos en ridículo –dijo doña Ana cuando le explicaron lo que los tres señores habían acordado.

—No crea que pensamos distinto, señora –admitió don Ojito.

—Entonces, ¿para qué se molestan? ¿Por qué mejor no hablar con la policía?

—Lo haremos después que hayamos agotado los medios pacíficos, Ana –explicó su marido.

Serían las ocho y media cuando Fragata abrió la puerta y asomó por ella la cara, que –cosa rara– estaba desnuda de pinturas. Inmediatamente volvió a cerrar. Los hombres se cambiaron señales como diciéndose “ahora”; y atravesaron la calle. Muy circunspecto, don Ojito llamó con los nudillos. Cuando Fragata abrió, los señores entraron con solemnidad, como si cumplieran una visita de duelo. Desde la ventana de su habitación, doña Ana los vio entrar.

—En la que nos vemos, Señor, por vivir en este barrio. Dios quiera que esa mujer no empiece ahora a insultarlos –exclamó doña Ana, volviendo la mirada hacia sus santos.

Pero, cosa extraña, no oyó la voz de Fragata. Pasó un minuto, pasaron dos, tres, cinco, que a doña Ana le parecieron una hora. Fue adentro, limpió algunos muebles; después sintió rumor de pisadas y volvió a ver hacia la calle. En ese momento, silenciosos y al parecer impresionados, los hombres se dirigían hacia ella. Doña Ana corrió a abrir la puerta.

—¿Los insultó? ¿Qué dijo? –inquirió.

El que habló fue don Ojito.

—No señora. Nos oyó y se echó a llorar.

—¿A llorar?

—Sí, y dijo que si ella hubiera sabido que les estaba dando malos ejemplos a los niños de por aquí, se hubiera mudado hacía tiempo. Preguntó por qué no se lo habíamos dicho antes.

Doña Ana parecía negada a comprender.

—¿Preguntó eso? –articuló vagamente. Y de pronto buscó con la mirada a su marido–. ¿Dónde está Pepe? –inquirió volviendo la cara a todos lados, como si tuviera miedo de que Fragata lo hubiese fascinado.

Pero en eso oyó la voz de su marido que sonaba en el patio ordenando a un sirviente que buscara una carreta o, en su falta, algo que sirviera para una mudanza pequeña.

—Ella dijo que quería irse hoy mismo, ahora mismo –explicó don Pedrito.

Doña Ana salió a la puerta. Estaba pálida y silenciosa. Durante más de media hora, mientras llegaba la carreta y la cargaban, esperó allí, sin moverse y sin hacer un comentario. Vio a Fragata salir, tan pintarrajeada como siempre, con un traje azul claro y vaporoso que la hacía ver más gorda aún. El sol ardía en la pequeña calle, llena de polvo, yerbajos y piedras, orillada de casuchas miserables. La carreta iba despacio, bailoteando. Fragata marchaba a su lado. Al llegar a la esquina la muchacha se detuvo un instante y volvió la cara. Desde su puerta, doña Ana estaba observándola. Durante unos segundos Fragata contempló la calleja, triste y sucia, y los árboles que ocultaban a lo lejos el camino de Pontón; después giró y echó a andar de nuevo.

La carreta empezaba a doblar la esquina. En el silencio de la mañana se oían distintamente sus crujidos, los golpes de sus ruedas contra las piedras. No tardó en desaparecer, con su marcha bamboleante. Tras ella desapareció también Fragata.

Mujer al fin, doña Ana pensó un momento en aquella mujer que se iba así, sola, nadie sabía adónde. Le pareció que la vida era dura con Fragata. Pero reaccionó de pronto.

—Se lo merece, por sinvergüenza –dijo en alta voz.

Y antes de entrar contempló la callecita, que volvería a ser apacible a partir de ese momento.

—Por vivir en este barrio miserable –aseguró como si hablara con alguien.

Y cerró la puerta con un golpe rotundo.

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. Dos amigos

Duck oyó decir varias veces que un viaje cambia siempre algún aspecto de la vida del viajero. Así, pues, cuando la familia decidió el traslado a un pueblo de la costa con el propósito de pasar el verano, él se llenó de aprensión y se puso nervioso.

Sin duda que tal manera de sentir indicaba timidez, lo cual no podía enorgullecer a Duck. Pero el mal no tenía remedio. Acaso no hubiera sido tímido si hubiera vivido con más libertad. Metido día y noche en la casa, sin haber hecho una locura en lo que tenía de existencia, siempre sujeto a órdenes, a paseos limitados por las cercanías del hogar, siempre atemorizado a la sola idea de disgustar a la señora, a la niña, a los sirvientes, al chófer, se acostumbró tanto a no atreverse a nada, que hasta el pensamiento de cambiar de casa le asustaba.

Todas esas cosas iba pensando Duck mientras el automóvil se deslizaba en rauda marcha por la carretera. Sombras fugaces de casas pequeñas, de árboles y de vehículos pasaban junto al coche. Se cansó de ver y se durmió. Cuando abrió los ojos estaba en un poblacho de aspecto extraño, con casas bajitas, calles sucias, niños desnudos, gente extravagantemente vestida –o desvestida–, una playa donde se veían mujeres con escasa ropa, y un mar azul. Observando ese mar estaba Duck cuando oyó que le llamaban. Bajó del automóvil de un salto y se puso a ver la casa. Sin duda que en nada se parecía a la hermosa construcción donde él había vivido hasta ese día. ¿Empezarían los cambios por ahí? No muy seguro de sí, Duck entró, recorrió las habitaciones, estudiándolas con detenimiento, y al fin escogió una del fondo para echar sus habituales siestas; después le intrigó la agitación que notaba en torno suyo, y cuando supo que todo se debía al vaciado de las maletas se fue al patio y se puso a estudiar las cercanías de su provisional vivienda.

Extraño lugar aquel. Había mucha luz y a lo lejos se alcanzaba a ver el mar. Algunos niños hablaban a grito pelado. Duck observó que no se parecían a los niños de la ciudad, tan cuidadosos de sus ropas. Estos eran de mala presencia, sin duda clásicos tiradores de piedras y perseguidores de perros. ¡Desagradable encuentro sería el suyo con uno de esos arrapiezos! De sólo pensarlo se sintió él a disgusto, y, tratando de evitar que tal cosa pudiera convertirse en realidad, se fue a una esquina de la casa.

Allí estaba el bueno, el correcto, el tímido Duck, sentado sobre sus patas traseras, oliendo con delectación el aire, cuando vio acercarse un extraño perro cuya raza no conocía. Era alto, flaco, de orejas caídas y rojizos ojos, de pelo amarillento y trote vulgar. Duck se asustó y –como ocurría siempre que tenía miedo– se echó a ladrar. Sin dejar su trote, el grandullón volvió a Duck los ojos y siguió su camino.

—¡Diablos! –se dijo Duck confuso y lleno de admiración–, ¿habrá tenido miedo de mí ese armatoste con figura de perro?

Al imaginarse tal cosa el tímido Duck se llenó de vanidad, pero de inmediato comprendió que con un solo mordisco el otro podía dar cuenta de él. En el conflicto de sentimientos que se apoderó de su almita, Duck se sintió sin autoridad sobre sí mismo; así se explica que sin saber lo que estaba haciendo, se pusiera a ladrar, esa vez mientras corría hacia el desconocido y amenazaba morderle una pata. De pronto se sintió morir porque el grandullón se detuvo en seco, volvió a mirarle con frialdad, y al fin le dijo:

—¡Hola!

¡Ah, eso sí que era extraordinario! De manera que aquel extraño perro no sólo parecía ignorarlo sino que al cabo respondía a sus ladridos con un saludo afectuoso. ¿Qué costumbres eran ésas? Duck no atinaba a explicárselo, porque, asustado todavía, se dejó llevar del miedo y respondió ahogándose:

—¡Hola!

El otro movió ligeramente la cabeza, como aprobando el saludo, y después ordenó con voz autoritaria:

—Acércate a que te huela.

Duck se quedó paralizado. ¿Por qué acercarse? ¿No sería una treta para hacerle pagar su altanería? ¡Qué segundo pasó Duck! Pero aquel grandullón le tenía como hechizado.

—¿No oyes? –preguntó.

Muy despacio, receloso, él se acercó y el otro empezó a olerle.

—¡Demonios! –dijo–. Hueles como una señorita.

—Es que me bañan con jabón fino –explicó Duck.

El otro arrugó el entrecejo.

—¡Miserable! –rezongó de pronto–. ¿Jabón de olor mientras miles de hermanos tuyos pasan hambre?

Duck se quedó mudo, sin hallar qué responder. El desconocido hizo una mueca despreciativa, parecida a la de un hombre que escupe con desdén, y diciendo algo en que se oían la palabra “aristócrata” y otras de ese jaez, echó a andar gravemente, con la seriedad y el aplomo de un perro habituado a pensar en problemas intrincados. Duck le vio irse con su trote poco distinguido, y, cuando sin dignarse volver la cabeza el extraño dobló la esquina, Duck se quedó ajeno a lo que le rodeaba, pensando por primera vez en su vida en el vasto, en el numeroso género de los perros, y al fin se dijo, con cierto dejo amargo, que aquel extraño hermano debía andar triste.

—Verdaderamente –pensaba mientras se dirigía a su nueva morada– que acaso haya por ahí perros hambrientos. Nunca lo había advertido.

Muy absorto en tales ideas, cayó en darse cuenta de que un gato se erizaba cerca de él sólo cuando oyó a su lado el bufido del minino. Cogido de sorpresa, Duck sintió un miedo violento, y con los ojos desorbitados de pavor se lanzó en una carrera de increíble velocidad que terminó en la habitación más apartada de la casa después de varios tropezones con muebles y con personas.

Allí, ahogándose y nervioso, dejó pasar el tiempo y dormitó. A ratos despertaba asustado. Cada vez más confundido, preguntándose a qué se debían los sucesos del día –nada importantes, es verdad, pero muy raros–, se sumió en cavilaciones que hasta entonces no le habían mortificado. Llegó la noche, la triste noche de ese apartado lugar, y Duck soñó que andaba por las callejuelas acompañado del grandullón. Así, cuando abrió los ojos a la luz del amanecer, su primer pensamiento fue para el ignorado compañero del día anterior, y mientras desayunaba se decía con pesadumbre que acaso aquel otro andaría buscando qué comer. Se prometió guardarle algo, pero no pudo porque tenía hambre y le pareció poco lo que comía. Tras el desayuno se dirigió al sitio donde la tarde pasada vio al otro, y allí se sentó a observar el distante mar, los chillones colores de las casas y el brillo del sol sobre las aguas, y a percibir los mil olores que le llevaba el aire.

Iba pasando la mañana sin novedad alguna, y el correcto Duck se aburría en su esquina cuando en un momento en que miraba hacia la playa le pareció ver la figura del grandullón cruzando la calle al trote. Duck se alborotó y ladró a todo pulmón; incluso corrió algo. Pero el otro –si era él– siguió su marcha sin volver la cabeza. Duck se molestó.

—Lo mejor sería ir a aquella esquina –pensó.

A seguidas se asustó. ¿A la esquina? Si en la casa se enteraban de que él era capaz de albergar ideas tan descabelladas, le amarrarían inmediatamente. Sólo pensarlo era arriesgado.

—En verdad –se dijo Duck– que los viajes hacen cambiar.

Pensando eso estaba, totalmente abstraído, cuando sintió olor de perro. Rápidamente levantó la cabeza. ¡Ah, diablos, si ahí estaba el otro!

—Buen día –saludó, alegre, el joven Duck.

—Ah, ¿eres tú, señorita? –respondió con visible desprecio el grandullón.

Duck se sintió herido en lo más hondo de su alma.

—No soy señorita. Me llamo Duck –dijo.

—¿Duck? ¿Has dicho Duck? ¡Oh, oh, oh!

—Sí, Duck –explicó.

El otro se sentó, a decir verdad, con movimientos nada elegantes.

—Jovenzuelo –rezongó de pronto–, ¿cómo permite usted que le llamen con un nombre tan cursi?

¿Cursi? ¿Qué quería decir tal palabra? Duck no entendía.

—Es que así me han llamado siempre. ¿Y usted, qué nombre tiene?

—¿Para qué quiere usted saberlo, joven?

Duck hubiera querido gemir. Lo despreciaban, acaso por su tamaño, tal vez por su timidez.

—Es que me gustaría ser su amigo –explicó.

—¿Amigo? ¿Amigo mío un perro que huele tan, tan femeninamente?

Nada más dijo. Lo que le quedara por dentro –y sin duda que no era poco– pretendió expresarlo con la actitud que tomó al empezar a trotar de nuevo. Duck le vio partir y se sintió tan humillado que se le revolvió el ánimo. Se llenó de ira. El bueno, el correcto, el tímido Duck rompió en un segundo todos los frenos de la educación, y encendido de vergüenza se lanzó tras el grandullón. Gruñía mil cosas a medida que corría, y cuando se halló junto a las patas del desconocido gritó un estentóreo “¡oiga!” que hizo volver la cabeza al otro.

—¿Cómo? ¿Qué significa esto? –inquirió el trotón.

—Significa –empezó Duck–, significa, significa…

Pero de ahí no podía pasar. Todo su valor se había esfumado de golpe, como un poco de algodón que arde.

—¡Significa qué? Diga, jovenzuelo insolente, ¡diga! –ladró el grandote.

Eso era demasiado. Duck no pudo resistir. Se echó a temblar, temeroso de que aquel bárbaro le diera un mordisco por su audacia.

Pero cuando temía tal cosa vio Duck con sorpresa que el grandullón despejaba el entrecejo y se sentaba plácidamente. ¿Qué había ocurrido? Misterio. Por lo visto aquel prójimo era maestro en esos cambios inesperados. También Duck se sentó. No sabía qué iba a salir de allí, pero sus emociones habían sido tan fuertes y tan dispares, que ya ni miedo podía sentir. El otro empezó a hablar y a Duck le pareció que su voz cobraba un tono benévolo, paternal, que entró como oleada de calor ligero y confortante en las venas de Duck y llenó de aliento su pobrecito corazón. Había vuelto a tutearle.

Has dicho –oía Duck– que quieres ser mi amigo. Ignoro si tienes las condiciones de lealtad, de generosidad, de discreción, de valor, y en general todas aquellas virtudes necesarias para que la amistad, don sagrado, pueda embellecer tu inútil vida. Me temo que no. Sin embargo, estoy cansado de la fama de altivo con que seres inferiores bautizan mi amor a la soledad.

Duck alzó los ojos y le pareció ver una mancha de tristeza nublando el rostro del desconocido. Había callado un momento y parecía recordar o meditar.

—Sí, estoy cansado –siguió–; no de la soledad, que es el estado perfecto de los fuertes, sino de la calumnia de mis compañeros. Pues bien, serás mi amigo; es decir, haré lo posible para que seas mi amigo, porque no creo que tú, criatura pervertida por tus amos, sirvas para ser eso tan alto y tan sublime que se llama un amigo. ¿Entiendes?

—Sí entiendo –aseguró Duck, aunque la verdad era que no entendía nada ni sentía otra cosa que una confusa alegría por la esperanza de amistad que le brindaban.

—Bien, pues prepárate. Mañana vendré a buscarte.

Esto dicho, el singular perro echó a andar y se perdió en el fondo de la calle, mientras Duck le contemplaba con orgullo, alborozado, sintiendo que la alegría le hacía temblar el corazón.

Al otro día temprano, removiendo el rabo, Duck recibió a su nuevo amigo; pero el otro no se detuvo sino que dijo secamente:

—¡Andando!

—Pero, ¿ahora? –interrogó Duck.

—Desde luego, joven.

—Es que ahora…

—¿Cómo? ¿Esas tenemos? ¿Empiezas con la pretensión de imponerme tu voluntad?

—No, no… –pretendió explicar Duck, asustado por la luz que temblaba en las pupilas del otro.

Pero comprendió que lo mejor en ese momento era no hablar sino actuar, y empezó a caminar con la cabeza gacha. El grande trotaba a su lado y Duck no tardó en hacerse cargo de que al paso que llevaban no podría él resistir mucho, porque aquel trote le exigía una carrera a cuyo ritmo no estaba acostumbrado el bueno, el correcto, el tímido Duck. A buen paso, pues, iban ambos, y Duck abría los ojos para ver cuánto había en torno suyo. Bajaron hasta la playa y después tomaron de nuevo hacia arriba, por una calle desconocida. Duck halló que casi todas las que debían ser viviendas tenían aspecto miserable; eran pequeñas, de madera, sucias y viejas. En las puertas se veían mujeres mal vestidas y niños desnudos.

—¿También ésas son casas? –preguntó Duck sin dejar su rápido andar.

—Sí –aseguró el otro–. ¿No lo sabes? Son casas y por desdicha abundan más que las que tú conoces.

La calle aparecía ahora enyerbada, con una especie de barranco al final y lodo rojizo en algunos lugares.

—¿Y cómo viven adentro? –preguntó Duck.

—¿Vivir? No viven, hijo mío; padecen la vida.

Duck no contestó. Se quedó pensando en las palabras de su compañero, tratando de penetrar su misterioso significado; pero no pudo detenerse mucho en su cavilación porque un penetrante mal olor le cortó las ideas. A cada paso aumentaba la fetidez. Duck arrugaba la nariz, queriendo rehuir el aire podrido que le mareaba.

—¡Puaf, qué mal olor! –comentó.

El otro volvió la cabeza con aire amargado y digno.

—¿Ha dicho usted mal olor, joven? ¿Sí? Pues sepa que tras él ando. Lo que así le mortifica es mi desayuno.

—¿Qué? ¿Qué ha dicho?

—He dicho, joven, que lo que le huele tan mal es mi desayuno.

Duck quiso comentar algo, pero el otro no estaba para oír comentarios. Con precisión de soldado torció hacia la derecha, y Duck le vio irse sin que pudiera seguirle. Aquella fetidez no le dejaba dar un paso. Era cada vez más fuerte, más dominante, y ya maleaba todo el aire. Duck sentía en todo el cuerpo el hedor y empezaba a nublársele la vista cuando vio acercarse a su amigo; llegaba a carrera desenfrenada, con las orejas pegadas al pescuezo y el rabo entre las piernas. Apenas le oyó Duck decir, cuando pasaba por su lado:

—¡Huya, jovencito!

Empavorecido de súbito, también él se dio a correr. Parecían dos sombras en fuga. Duck se ahogaba. Quería preguntar algo y no podía. Unas cuadras más allá el otro volvió la cabeza y al ver que no les seguían dobló una esquina y acortó el paso.

—¿Qué… qué… qué su… ce… sucedió? –preguntó Duck.

Aun en fuga, el grande no perdía su aire digno.

—Que me perseguían por comer aquella basura –dijo altivamente.

—¿Aquello tan hediondo?

—Sí, joven; hasta la basura se nos niega a los que tenemos la desventura de no ser objetos de lujo.

Con aire molesto, el perseguido cerró la boca, y Duck comprendió que a partir de esas palabras su amigo no hablaría más sobre el incidente. Se había sentado y con sus ojos serios observaba las afueras del pueblo. A lo lejos estaba el mar. El sol arrancaba reflejos de las aguas. Sobre una altura, a espalda de ambos amigos, un viejo árbol extendía sus ramas poderosas. El grande se quedó mirando aquel árbol y Duck hubiera jurado que por sus ojos vagaba un aire triste y conmovedor. Al cabo de cierto tiempo se levantó, señaló aquel lugar con el hocico, y dijo, como ordenando:

—Vamos a dormir un poco ahí.

Anduvieron lentamente y se acomodaron entre las raíces. Desde donde estaba Duck podía ver los techos de las casas, rojos y envejecidos, las calles, llenas de arena y de toda suerte de objetos inservibles, la gente llenando la playa y, recortándose sobre el cielo, la vela de una embarcación. Con la cabeza entre las piernas, el amigo de Duck dormía plácidamente. Duck le miraba y sentía que una admiración extraordinaria por ese compañero llenaba sus venas de alegría. ¡Qué raro, qué fuerte, qué atrayente perro era su amigo! Vivía como le daba la gana, sin amos, libre. El se hallaba orgulloso de esa amistad. Su corazón cantaba como si en él se hubieran alojado jilgueros.

De vez en cuando una hoja arrancada por la brisa caía lentamente, dando vueltas, en la sombra donde los dos perros descansaban. Duck sentía deseos de jugar con ellas, de corretear y ladrar persiguiéndolas, pero temía despertar a su compañero. Se quedó, pues, tranquilo mientras la brisa acariciaba sus ojos y se los cerraba poco a poco. Era tarde ya cuando oyó al grande gruñir algunas interjecciones. Al levantar la cabeza, Duck se asombró de la hora. Pronto iba a oscurecer. A las calles empezaban a caer las sombras del crepúsculo y el cielo, allá lejos –donde se juntaba con el mar–, se llenaba de reflejos cárdenos.

—Me voy, me voy a casa. Se ha hecho muy tarde –dijo Duck asustado.

El otro le miró con sorna.

—Joven –aseguró–, mi experiencia me ha enseñado esto que voy a decirle: si usted va a su casa hoy, le pegarán; pero si no va hoy ni mañana, sino pasado mañana, le recibirán alegremente, casi con una fiesta, le mirarán como a un resucitado y para usted serán las mejores caricias y los tratos más finos. Ahora, usted escoja entre esas dos perspectivas.

Duck pensó un momento. Acaso no le faltaba razón al amigo, y en verdad su deseo era seguir con él, aprendiendo a su lado, conociendo ese misterio que es la vida; pero tenía tanto miedo de hacer algo que no fuera aprobado por sus amos…

—Es que siento hambre –explicó.

—¿Hambre? ¿Has dicho hambre?

A Duck le desconcertaban los cambios inesperados de su compañero; tan pronto le trataba de usted como le tuteaba. Parecía despreciarle. Clavaba en él sus ojos sangrientos y Duck sentía que aquella mirada le enfriaba el alma.

—Hambre… –seguía con tono irónico–. Miles y miles y miles de hermanos nuestros padecen miseria en este mundo; tú has comido regaladamente hasta ahora y hoy dices que tienes hambre. Decididamente, joven Duck, no tienes condiciones para ser mi amigo. Vamos, te acompañaré hasta tu casa.

Duck se detuvo y se puso a estudiar a su compañero. ¿Qué había querido decirle? ¿Iba a abandonarle?

—Veo en tus ojos la duda –aseguró el grande–. Quieres seguir conmigo, pero quieres también disfrutar del bienestar que tienes en tu casa. Tu corazón desea dos cosas distintas, y entre ellas vacilas. Se explica, porque eres joven.

A paso mesurado, el compañero caminaba, con su torpe manera de hacerlo, sin dejar de hablar. Duck no era tan ignorante que no supiera apreciar el dolor que dejaba ver el tono de su amigo. A él le llegaba ese dolor y le hacía sufrir. Oía:

—En la vida –y atiende a este consejo que te da un viejo a quien el porvenir no le reserva nada nuevo– no hay mayor fuente de angustia que la duda. Quien duda no vive. Escoge siempre, lo mejor o lo peor, no importa, pero escoge. Y ahora –dijo cambiando de voz– anda con cuidado, que estamos pasando frente a una casa donde hay un compañero bastante colérico y mal educado.

Duck tembló cuando observó que desde la puerta de la casa, un bull-terrier de aspecto malhumorado le clavaba los ojos con mala intención. Sigilosamente cambió de lado y dejó el flanco peligroso a su compañero. Una cuadra más allá volvía aún la cabeza, receloso, y mientras no se sintió seguro de ataques por la retaguardia no pensó en lo que había dicho su amigo. Este iba calmosamente, como quien rumia una preocupación. Duck observaba que su paso no le parecía ya tan atropellado. Viéndole de perfil podía apreciar la gravedad y la decisión en sus líneas, en su boca seria, en sus orejas caídas. De todo él surgía un aire altivo y modesto a la vez.

—Te voy a llevar hasta tu casa –le oyó decir de nuevo–, pero antes deseo que conozcas cierto lugar.

Había oscurecido ya. Del lado del mar salían estrellas. En la distancia, negras, las aguas brillaban. Anduvieron más. Iban orillando el pueblo y de pronto Duck notó que su amigo se hacía cauteloso, como si temiera algo; notó que todo su rostro tomaba un aspecto emocionado, que casi le hacía parecer un cachorro. Llevaba alta la cabeza y sin duda olía con delectación el aire. Se detuvo. Cerca había una casa de amplio portal.

—Allí, allí –dijo su amigo.

Duck quiso ver, pero no lo consiguió. Señalando con la cabeza, su amigo insistía:

—Allí, mírala. Ahora se levanta, fíjate.

Una perrita no más grande que Duck, blanca y lanuda, se asomó al portal y estuvo inmóvil algunos segundos. Parecía pensar en algo distante, soñar acaso.

—¿Ella? –preguntó Duck.

—Sí, ella –respondió su amigo sentándose–. Ella… ¡Qué simple es decirlo! La conocí recién nacida, hace menos de un año; ahora su presencia renueva mi vida y mi viejo corazón tiembla a su solo recuerdo.

Duck se volvió, extrañado. ¿Era idea suya o estaba conmovido su amigo? Duck se apesadumbraba oyéndole. Notó que por el lado opuesto de la calle se asomaban otros perros, tres, acaso cuatro. Venían alegres.

—Ella prefiere a ésos –oyó Duck decir–. Son jóvenes. No hay que culparla.

A Duck le pareció que su amigo había suspirado y él no entendía por qué lo había hecho. ¿Acaso sufría? Él, Duck, sólo sentía hambre; hambre y miedo de dar disgustos en la casa o de que se los dieran a él. Esperó largo rato, mientras su amigo parecía abismarse en sus ideas.

—¿Nos vamos? –preguntó al fin.

—Sí, nos vamos –respondió el otro.

Dieron la vuelta y anduvieron a buen paso. Al final de una calleja se veía la casa de Duck. Se acercaban. Su compañero iba como quien ignora la presencia de cuanto le rodea. De pronto Duck le vio plantarse en seco, alzar la cabeza, mirarle despectivamente, y, cuando azorado e impresionado, fue a preguntar qué le pasaba, oyó una voz sorda y colérica que preguntaba:

—¿Es usted capaz de creer lo que le he dicho de aquella jovencita? Se trata de una comedia ¡de una comedia! ¿O tuvo usted la ilusión de que yo le abriera mi intimidad a un ser despreciable como usted, que huele a señorita y que se llama Duck? ¿La tuvo? ¡Diga si la tuvo!

Empavorecido, Duck vio cómo el otro avanzaba hacia él, le mostraba los dientes, le descubría una fiereza no sospechada. De golpe, con los ojos llenos de un brillo infernal, el grande pegó un salto y se abalanzó sobre él. Con esguince rápido, preguntándose a qué se debía tal actitud, Duck hurtó el cuerpo y echó a correr. Se sentía morir. Era, huyendo, una bola de carne y pelos con ojos desorbitados. En la casa le vieron subir los escalones a toda velocidad y alguien gritó que había vuelto.

El grande se quedó plantado en la calle. No se movió de allí sino después que Duck desapareció de su vista. Después dio lentamente la vuelta.

—Ahora –dijo– estoy tranquilo. Él no perderá su bienestar porque tendrá un mal recuerdo de su primera aventura y yo no corro el peligro de encariñarme con él. Porque es lo cierto que iba tomándole afecto.

Pero nadie oyó esas palabras, porque aunque las dijo en voz alta, sólo un hombre pasaba cerca cuando las decía, y los hombres son incapaces de entender el noble lenguaje de los perros.

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. Un niño

A poco más de media hora, cuando se deja la ciudad, la carretera empieza a jadear por unos cerros pardos, de vegetación raquítica, que aparecen llenos de piedras filosas. En las hondonadas hay manchas de arbustos y al fondo del paisaje se diluyen las cumbres azules de la Cordillera. Es triste el ambiente. Se ve arder el aire y sólo de hora en hora pasa algún ser vivo, una res descarnada, una mujer o un viejo.

El lugar se llama Matahambre. Por lo menos, eso dijo el conductor, y dijo también que había sido fortuna suya o de los pasajeros el hecho de reventarse la goma allí, frente a la única vivienda. El bohío estaba justamente en el más alto de aquellos chatos cerros. Pintado desde hacía mucho tiempo con cal, hacía daño a la vista y se iba de lado, doblegándose sobre el Oeste.

Sí, es triste el sitio. Sentados a la escasa sombra del bohío, los pasajeros veían al chofer trabajar y fumaban con desgano. Uno de ellos corrió la vista hacia las remotas manchas verdes que se esparcían por los declives de los cerros.

—Allá –señaló– está la ciudad. Cuando cae la noche desde aquí se advierte el resplandor de las luces eléctricas.

En efecto, allá debía estar la ciudad. Podían verse masas blancas vibrando al sol, y atrás, como un fondo, la vaga línea donde el mar y el cielo se juntaban. Pasó un automóvil con horrible estrépito y levantando nubes de polvo. El conductor del averiado vehículo sudaba y se mordía los labios.

De los tres viajeros, jóvenes todos, uno, pálido y delicado, arrugó la cara.

—No veo la hora de llegar –dijo—. Odio esta soledad.

El de líneas más severas se echó de espaldas en la tierra.

—¿Por qué? –preguntó.

Quedaba el otro de ojos aturdidos. Fumaba un cigarrillo americano.

—¿Y lo preguntas? Pareces tonto. ¿Crees que alguien pueda no odiar esto, tan solo, tan abatido, sin alegría, sin música, sin mujeres?

—No –explicó el pálido–; no es por eso por lo que no podría aguantar un día aquí. ¿Sabes? Allá, en la ciudad, hay civilización, cines, autos, radio, luz eléctrica, comodidad. Además, está mi novia.

Nadie dijo nada más. Seguía el conductor quemándose al sol, golpeando en la goma, y parecía que todo el paisaje se hallaba a disgusto con la presencia de los cuatro hombres y el auto averiado. Nadie podía vivir en aquel sitio dejado de la mano de Dios. Con las viejas puertas cerradas, el bohío medio caído era algo muerto, igual que una piedra.

Pero sonó una tos, una tos débil. El de ojos aturdidos preguntó, incrédulo:

—¿Habrá gente ahí?

El que estaba tirado de espaldas en la tierra se levantó. Tenía el rostro severo y triste a un tiempo. No dijo nada, sino que anduvo alrededor del bohío y abrió una puerta. La choza estaba dividida en dos habitaciones. El piso de tierra, disparejo y cuarteado, daba impresión de miseria aguda. Había suciedad, papeles, telarañas y una mugrosa mesa en un rincón, con un viejo sombrero de fibras encima. El lugar era claro a pedazos: el sol entraba por los agujeros del techo, y sin embargo había humedad. Aquel aire no podía respirarse. El hombre anduvo más. En la única portezuela de la otra habitación se detuvo y vio un bulto en un rincón. Sobre sacos viejos, cubierto hasta los hombros un niño temblaba. Era negro, con la piel fina, los dientes blancos, los ojos grandes, y su escasa carne dejaba adivinar los huesos. Miró atentamente al hombre y se movió de lado, sobre los codos, como si hubiera querido levantarse.

—¿Qué se le ofrece? –preguntó con dulzura.

—No, nada –explicó el visitante–; que oí toser y vine a ver quién era.

El niño sonrió.

—Ah –dijo.

Durante un minuto el hombre estuvo recorriendo el sitio con los ojos. No se veía nada que no fuera miserable.

—¿Estás enfermo? –inquirió al rato.

El niño movió la cabeza. Después explicó:

—Calentura. Por aquí hay mucha.

El hombre tocó su bracito. Ardía, y le dejó la mano caliente.

—¿Y tu mamá?

—No tengo. Se murió cuando yo era chiquito.

—¿Pero tienes papá?

—Sí. Anda por el conuco.

El niño se arrebujó en su saco de pita. Había en su cara una dulzura contagiosa, una simpatía muy viva. Al hombre le gustaba ese niño.

Se oían los golpes que daba el conductor afuera.

—¿Qué pasó? –preguntó la criatura.

—Una goma que se reventó, pero están arreglándola. Así hay que arreglarte a ti también. Hay que curarte. ¿Qué te parece si te llevo a la Capital para que te sanes? ¿Dónde está tu papá? ¿Lejos?

—Unjú… Viene de noche y se va amaneciendo.

—¿Y tú pasas el día aquí solito? ¿Quién te da la comida?

—Él, cuando viene. Sancocha yuca o batata.

Al hombre se le hacía difícil respirar. Algo amargo y pesado le estaba recorriendo el fondo del pecho. Pensó en la noche: llegaría con sus sombras, y ese niño enfermo, con fiebre, tal vez señalado ya por la muerte, estaría ahí solo, esperando al padre, sin hablar palabra, sin oír música, sin ver gentes. Acaso un día cuando el padre llegara lo encontraría cadáver. ¿Cómo resistía esa criatura la vida? Y su amigo, que había afirmado momentos antes que no soportaba ni un día de soledad…

—Te vas conmigo –dijo–. Hay que curarte.

El niño movió la cabeza para decir que no.

—¿Cómo que no? Le dejaremos un papelito a tu papá, diciéndoselo, y dos pesos para que vaya a verte. ¿No sabe leer tu papá?

El niño no entendía. ¿Qué sería eso de leer? Miraba con tristeza. El hombre estaba cada vez más confundido, como quien se ahoga.

—Te vas a curar pronto, tú verás. Te va a gustar mucho la ciudad. Mira, hay parques, cines, luz, y un río, y el mar con vapores. Te gustará.

El niño hizo amago de sonreír.

—Unq unq, yo la vide ya y no vuelvo. Horita me curo y me alevanto.

Al hombre le parecía imposible que alguien prefiriera esa soledad. Pero los niños no saben lo que quieren.

Afuera estaban sus amigos, deseando salir ya, hallarse en la ciudad, vivir plenamente. Anduvo y se acercó más al niño. Lo cogió por las axilas, y quemaban.

—Mira –empezó–… allá…

Estaba levantando al enfermito y le sorprendió sentirlo tan liviano, como si fuera un muñeco de paja. El niño le miró con ojos de terror, que se abrían más, mucho más de lo posible. Entonces cayó al suelo el saco de pita que lo cubría. El hombre se heló, materialmente se heló. Iba a decir algo, y se le hizo un nudo en la garganta. No hubiera podido decir qué sentía ni por qué sus dedos se clavaron en el pecho y en la espalda del niño con tanta violencia.

—¿Y eso, cómo fue eso? –atinó a preguntar.

—Allá –explicó la criatura mientras señalaba con un gesto hacia la distante ciudad–. Allá… un auto.

Justamente en ese momento sonó la bocina. Alguien llamaba al hombre y él puso al niño de nuevo en el suelo, sobre los sacos que le servían de cama, y salió como un autómata, aturdido. No supo cuándo se metió en el automóvil ni cuándo comenzó éste a rodar. Su amigo el pálido iba charlando:

—¿Te das cuenta? Es la civilización, compañero… Cine, luz, periódicos, autos…

Todavía podía verse el viejo bohío refulgiendo al sol. El hombre volvió el rostro.

—La civilización es dolor también; no lo olvides –dijo. Y se miraba las manos, en las que le parecía tener todavía aquel niño trunco, aquel triste niño con sus míseros muñoncitos en lugar de piernas.

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. El río y su enemigo

Sucedió lo que cuento en un lugar que está más abajo de Villa Riva, en las riberas del Yuna. Cuando pasa por allí el Yuna ha recorrido ya muchos kilómetros y ha fecundado las tierras más diversas. Nacido en las fragosidades de la Cordillera, descendiendo en paciente y prolongada marcha docenas de lomas, el gran río llega al sitio de que hablo hecho un poderoso, aunque sereno mundo de aguas.

Yo estaba pasándome unas vacaciones donde mi viejo amigo Justo Félix. Debía retornar el día siguiente a la Capital y pasaba la última noche en la sala de la casa –un vasto caserón de madera fabricado sobre altos pivotes para que el río no se metiera en las habitaciones cuando se desbordaba–. Nos hallábamos esa noche reunidos mi huésped, cómodamente sentado en una mecedora; su mujer, señora de pocas carnes y pelo blanco, que cosía en silencio; la hija menor de Justo, muchacha de cutis rosado y abundante pelo castaño, muy atrayente; dos nietos de Justo, Balbino Coronado y yo.

La lámpara alumbraba pobremente y los rincones de la sala se conservaban en penumbras. Balbino se había sentado en una silla serrana. Yo había entrado desde el comedor y tuve que fijarme en él porque me quedaba justamente delante. Nunca le había visto, y aquella noche, tan pronto mis ojos tropezaron con él, sentí que me hallaba frente a un hombre de difícil personalidad. Él no levantaba los ojos. Muy seco, muy tieso en su silla, sólo se movía para escupir, cosa que hacía con frecuencia, tirando la saliva en el piso. De momento, tan rápidamente como un relámpago, sus ojos fulguraban despidiendo reflejos; era cuando miraba a la hija de mi huésped, la cual parecía sentirse molesta y no osaba levantar la cabeza. Yo pensé que eran novios disgustados o estaban a punto de serlo.

Justo empezó a hablar de cosas interesantes, a contar cómo había él aprendido a cazar con machete los cerdos cimarrones que frecuentan los bosques y las faldas de la vecina Cordillera, y al conjuro de su voz le parecía a uno ver las escenas, vivir la misteriosa y profunda fuerza del monte que cubre ambas orillas del Yuna. Con buenas dotes de narrador, con descripciones sobrias y acertadas que llenaban su relato de interés, hablaba de una cacería en la que había tomado parte el año anterior y yo seguía el hilo de su historia sin mover un músculo, cuando vi a Balbino ponerse de pie, dar las buenas noches y tomar la puerta. Justo dejó de hablar, miró hacia el que se iba, después a su mujer y a su hija, y haciendo una mueca que lo mismo podía querer decir “¿qué ha pasado?” o “ya se fue ése”, se quedó silencioso y como preocupado.

—Un hombre extraño –comenté para animar el momento.

Justo movió la cabeza de arriba abajo.

—Bastante –dijo por toda respuesta.

La mujer de mi amigo hizo alguna pregunta sobre la administración de la finca y se enredó con su marido en una conversación doméstica. La muchacha alzó la cabeza, me miró y sonrió. Me pareció atrayente. Tenía los ojos limpios y aire saludable y vivaz. Hasta ese momento no lo había notado. Como creía que había algo entre ella y Balbino, hallé lógico que, si estaban disgustados, él se fuera con la cara de pocos amigos que llevaba, pues la muchacha bien valía un disgusto. Le dije algo, empezamos a hablar, y ya pasó Balbino a segundo plano. Por desdicha aquello duró poco. Los nietos de mi amigo no tardaron en irse a dormir; al rato la mujer de Justo hizo una señal a su hija, ésta pidió permiso, dio las buenas noches y madre e hija tomaron el camino de sus habitaciones. Nos quedamos solos mi huésped y yo.

Hora llena de impresionante calma, aquella en que estábamos me infundía sentimientos de bienestar. Se oía el vago rumor del bosque y del río; la brisa de la noche pasaba por la arboleda vecina; desde la sala se veían cruzar los cocuyos iluminando la oscuridad y un coro de grillos parecía hacer germinar sobre la tierra una rara música de encantamiento.

Esa era mi última noche en el lugar y quería disfrutarla. Sentía el deseo de hablar de Balbino Coronado, de saber algo de su vida, porque la verdad era que el hombre me había interesado; pero sentía también una especie de holganza espiritual que me impedía alzar la voz. Me levanté y me fui a la puerta.

—Esta noche sale la luna temprano –dijo mi huésped a mi espalda.

—Me gustaría verla en el río –dije.

Entonces Justo me invitó a seguirle; bajamos los escalones y fuimos por una vereda estrecha hasta llegar a los guijarros que marcaban la orilla del Yuna.

Una poderosa masa de árboles cubría del todo el agua y aquel sitio tenía un olor penetrante y suave a la vez. No hablábamos. Acaso Justo me llamaba la atención sobre alguna piedra o alguna rama que podía hacerme daño, pero yo apenas le oía. Me había entregado a disfrutar de la noche. La fuerza del mundo se sentía allí. Cantaba alegre y dulcemente el río, chillaban algunos insectos y las incontables hojas de los árboles resonaban con acento apagado. De pronto por entre las ramas enlazadas apareció una luz verde, pálida, delicada luz de hechicería, y vimos las ondas del río tomar relieve, agitarse, moverse como vivas. Todo el sitio empezó a cobrar un prestigio de mundo irreal. Los juegos de luz y sombra animaban a los troncos y a los guijarros y parecía que se iniciaba una imperceptible pero armónica danza, como si al son de la brisa hubieran empezado a bailar dulcemente el agua, los árboles y las piedras.

Absorto ante la tranquila y maravillosa escena, estuve sin moverme hasta que Justo dijo que la luna se apagaba. Unas nubes oscuras que vagaban por el cielo la cubrieron lentamente. Mi amigo y yo dejamos el lugar, pero yo me sentía tan emocionado que no pude callarlo. Hablé del paisaje, del Yuna majestuoso, de la dicha que se gozaba viviendo allí. Justo me oía en silencio, igual que si jamás hubiera oído hablar así. Caminábamos muy despacio. Por momentos un rayo de luz atravesaba las masas de nubes y llenaba el sitio de claridad. Tomándome por un brazo, mi amigo empezó a hablar.

—Al hombre –dijo– no se le puede entender. ¡Qué gran refrán es ése de que cada cabeza es un mundo!

Me quedé esperando que dijera algo más, porque aquellas palabras no tenían aparente relación con lo que yo había dicho. El debió leerme la duda en la actitud.

—Sí, amigo; sé lo que digo –siguió–. Aquí mismo tiene usted un caso. ¿Vio a Balbino Coronado, ese joven que estaba hace una hora con nosotros? ¿Sabe usted por qué tenía esa cara tan extraña?

—Supongo –respondí– que andará enamorado de su hija y le molestó que ella no le pusiera atención.

Mi amigo sonrió con suficiencia.

—No, no es eso. Estaba así porque él siente las avenidas del Yuna.

—¿Qué las siente?

—O las presiente, si halla usté más justa esta palabra.

Yo no pude evitar la mirada de asombro con que me fijé en Justo. Él pareció no darle importancia a ese gesto mío.

—Usted –dijo– me ha hablado hace poco de la emoción que le ha producido el río, ¿no es así? Yo, en cambio, conozco a otra persona –Balbino Coronado– que siente por el Yuna un odio mortal, un odio que no puede tenerse sino por un hombre que nos ha hecho mucho daño.

Me intrigaron las palabras de mi amigo.

—Explíquese mejor –le pedí.

En medio del patio había un tronco tirado. La tierra, los ranchos, las piedras del lugar adquirían un color grisáceo con la luz que llegaba a ratos del cielo. Todo parecía allí detenido. El lento vaivén de las masas de árboles que orillaban el río producía la impresión de que el patio iba deslizándose pausadamente por una pendiente fantasmal. Sobre las masas negras se veía el firmamento plomizo, y yo sentía que sólo la vida vegetal tenía razón de ser allí. El hombre estaba de más en el corazón silencioso de la noche. Tal vez influidos por ese sentimiento, mi amigo y yo habíamos hablado en voz baja, como si hubiéramos temido ser considerados intrusos en aquel sitio.

—¿Quiere que nos sentemos en ese tronco? –preguntó Justo.

Dije que sí con la cabeza. Mi amigo se sentó a mi lado, encendió un cigarro y empezó a hablar. Yo oía sus palabras, que sonaban apagadas. Explicaba él que dos veces por año, y una cuando menos, el Yuna recibe agua en las cabezadas y empieza a crecer. Poco a poco va descendiendo de la Cordillera más veloz, más ancho, y acaba bajando con un caudal imponente. En esas épocas el río llega a las llanuras tan cargado de agua que se sale del cauce; los vividores de esos parajes no hacen nada que no sea ver cómo el Yuna va adueñándose lentamente de toda la extensión, metiéndose por las tierras sembradas, inundando las sabanas y los sitios más bajos. En ocasiones las avenidas son violentas y entonces se oye el río rugir día y noche y se ven las masas de agua que descienden iracundas, negras, y asaltan los barrancos más altos y ganan en marchas impetuosas los altozanos donde la gente fabrica sus bohíos. Cuando ocurre eso el desborde arranca árboles de cuajo, arrastra viviendas y animales, se lleva pedazos enteros de conucos, porque el agua cava la tierra y la deshace. Las familias que viven en las márgenes suben a los lugares altos llevándose consigo los cerdos, las gallinas y las vacas. Desde su casa, Justo había visto en alguna de esas inundaciones kilómetros y kilómetros de agua esparcida sobre la tierra y en una ocasión su familia había estado días enteros sin poder salir de la vivienda porque el río se había metido hasta allí mismo y golpeaba sin cesar los pivotes de ojancho que sostenían la casa.

—Conozco el Yuna –aseguraba mi amigo– como si fuera una persona, y siento por él gran cariño porque sé que esas avenidas fecundan toda la región. En cambio, Balbino Coronado lo odia a muerte.

Mi amigo calló. Yo seguí un momento imaginando cómo sería aquel sitio ocupado por las aguas desbordadas.

—¿Y por qué lo odia? –pregunté al cabo.

—Mire, hasta hace tres años Balbino Coronado era dueño de tierras, bien pocas por cierto, unas quince tareas, pero él las aprovechaba como nadie; las tenía sembradas de cuanto puede dar un conuco pequeño. Al parecer le había costado mucho trabajo adquirir esa pequeña propiedad. Estaba situada a la orilla del río, cerca de aquí, detrás de ese monte que se ve a nuestra espalda, vino el Yuna crecido por este tiempo, dos años atrás y le comió la tierra en una noche. Al otro día el conuco de Balbino Coronado era cauce del río y todavía pasa por ahí. El muchacho casi se volvió loco y para mí que desde entonces no anda bien de la cabeza.

La historia era curiosa. Quise saber más, y mi amigo me dijo que muchas veces había hallado a Balbino en el sitio donde había estado su conuco mirando con ojos desorbitados el majestuoso e indolente río.

—Hace un rato –explicó– cuando lo vi a usté quedarse extasiado a la orilla del Yuna, yo pensaba en Balbino, para quien el río no tiene nada de bello. Por eso le dije que cada cabeza es un mundo.

—Es raro –terminé yo por todo comentario.

Mi amigo chupó dos o tres veces su cigarro, miró hacia el cielo y habló algo de posibles lluvias; después se puso de pie.

—Vamos a dormir –dijo–. Mañana tiene usté que irse y debemos madrugar para arreglar el viaje.

Detrás suyo tomé el camino de la casa, y todavía desde la puerta contemplé un momento el dormido paisaje. Cruzando a toda marcha enormes nubes oscuras, la luna se entreveía en la altura. Antes de dormirme pensé un poco en Balbino Coronado. Extraña historia la suya. Lamenté no haberlo conocido antes; hubiera tratado de intimar con él, de estudiarlo; pero no lo pensé mucho porque me fui durmiendo rápidamente.

Muy temprano sentí voces cerca de mi habitación. Me levanté a toda prisa pensando que tal vez era tarde, y al abrir la puerta vi a Balbino gesticular airadamente al tiempo que decía cosas ininteligibles. Justo estaba frente a él y le miraba fijamente.

—Cálmate, Balbino –dijo.

Me acerqué a ellos. Con las manos clavadas en los hombros de Justo, el otro tenía los ojos desorbitados, luminosos e impresionantes; su faz era agresiva y al parecer, Balbino padecía de angustia.

—¡Vuelve, le digo yo que vuelve! –aseguraba.

Se comprendía que estaba desesperado, pero yo no sabía debido a qué. Entre su aspecto y el de un loco no había diferencia alguna. Mi amigo lo tomó por la cintura y se lo fue llevando de allí. Iban a salir ya del comedor cuando llegó la hija de Justo. Súbitamente, Balbino se detuvo y bajó la cabeza. Con una voz dulcísima ella le increpó:

—¿Cómo es eso? ¿Es que no vas a hacerme caso?

Balbino no se movía. Yo me hallaba confundido y hubiera jurado que aquel hombre se había ruborizado.

—Vete a la cocina –ordenó con suavidad la hija de mi amigo– y que te den desayuno.

Silencioso y como humillado, Balbino se alejó sin alzar la cabeza. La muchacha le miró, después volvió los ojos al padre y movió las manos como quien lamenta algo.

—Sólo le hace caso a ella cuando está así –pretendió explicarme Justo.

—¿Así? ¿Qué quiere decir?

—Es la avenida. Cree que el Yuna va a crecer hoy.

—¿Crecer hoy? No me parece.

Justo sonrió.

—Usté no se va, amigo. Balbino nunca ha fallado en eso.

—¿Y qué tiene que ver mi viaje con el Yuna?

—¿Pero no se lo expliqué anoche? ¿Cómo va usté a cruzar ese río si se bota?

Hablando nos sentamos a desayunar. Los nietos de mi amigo charlaban y contaban episodios de los desbordes. A poco empezó a llover y no me fue posible poner un pie fuera de la casa. A través de la ventana vi el patio lleno de agua. La hija de Justo se adormecía con el canto de la lluvia.

—El pobre Balbino se vuelve loco de ésta –aseguró.

Molesto con el fracaso de mis planes, me fui a la habitación y estuve acostado hasta mediodía. A esa hora la lluvia parecía menos fuerte. Debajo del piso gruñían los perros y cacareaban las gallinas. Ráfagas de viento sacudían los árboles cercanos.

Todo el mundo en la casa demostraba cansancio y sólo el más pequeño de los nietos de Justo parecía contento por la proximidad de la inundación. Los peones que entraban de rato en rato no decían palabra y el ambiente estaba cargado de preocupación.

A la caída de la tarde la lluvia había cesado del todo. Yo estaba en la galería, viendo cómo unos patos se solazaban en las charcas, cuando vi a Balbino entrar a saltos y cruzar ante mí sin darse cuenta de mi presencia. Con todo el pelo caído sobre la frente, más nervioso que por la mañana, con los ojos más fúlgidos, Balbino tomó a Justo por un brazo y le dijo:

—¿No oye como viene roncando ese maldito?

Justo le miró con seriedad.

—Deja eso ya –ordenó secamente–. Yo no oigo nada. Son cuentos tuyos. Además, Lucía está ahí y te va a regañar.

Balbino pareció impresionado; empezó a irse, pero de pronto se volvió.

—¡Y lo mato; si crece lo mato! ¡Le juro por mi madre que lo voy a matar!

La voz de Lucía se oyó en la sala y como si lo hubieran conjurado, Balbino echó a correr hacia los escalones, los bajó a saltos y se perdió en el patio. Yo pensé que estaba al borde de un ataque de locura.

La noche cayó rápidamente. Pasamos las primeras horas en la sala, hablando de temas variados. Cuando la familia se fue a dormir quise ver desde la galería el espectáculo de la naturaleza triste. Un cielo plomizo, como lleno de humo, clareado por la luna –a la que ocultaban nubes pesadas– se extendía agobiador sobre todo cuanto los ojos dominaban. En el patio brillaba a trechos el agua aposada.

—¿Quiere que bajemos a ver cómo está el río? –preguntó Justo.

Yo no tenía interés en ir, pero me sentía dispuesto a dejarme llevar. Tomamos un atajo que no era el mismo por el cual habíamos pasado la noche anterior; caminamos un rato largo, orillando la masa de árboles, y de pronto, en un recodo, nos sorprendió el horizonte amplio. Estábamos en un sitio sin vegetación, una especie de vasta playa guijarrosa. Allí curvaba violentamente el río, yéndose hacia el oriente, y desde nuestro lugar podíamos ver una llanura pelada que se extendía sobre la margen opuesta y que parecía terminar en lo que debían ser las primeras estribaciones de la Cordillera.

Del Yuna se elevaba un rumor sordo, que agobiaba como una amenaza. Aparentemente el río era tranquilo en ese sitio. Desde donde estábamos la playa iba en descenso y dos metros hacia abajo el agua golpeaba con vago murmullo. La luz confusa de aquella noche se tendía sobre el paisaje. Los árboles que se alcanzaban a ver hacia la izquierda y la derecha lucían mustios, inmóviles, y despedían un brillo apagado. Silencioso y serio, Justo parecía vigilar la amplia masa líquida que susurraba a nuestros pies. De pronto me tomó un brazo y señaló hacia el recodo de donde surgía el río.

—¡Mire, mire! –dijo.

Yo traté de ver y no acerté a dar con lo que inquietaba a mi amigo.

—¡Mire, mire cómo viene el condenado!

Temblorosa de emoción o de miedo, su mano señalaba con mayor vigor al tiempo que la otra se clavaba en mi brazo. Entonces observé con detenimiento. De súbito creí oír un murmullo creciente, que iba haciéndose más fuerte por segundos. Atendí con toda la atención de que soy capaz. De golpe vi un lomo de agua parda que rodaba sobre el río y se lanzaba rugiendo en la que parecía plácida superficie; lo vi avanzar, descender y tornar a levantarse; lo vi hirviendo, arrojando espumas rojizas; lo vi rascar con furia las márgenes; lo vi agitarse, sacudirse, encresparse como una persona poseída de un frenesí. Troncos y animales llegaban coronando una ola, y tras esa llegó otra y después otra y a poco otra más. Ya el agua estaba a un metro de nosotros. Aquel líquido vivo empezó a esparcirse en la llanura que teníamos enfrente y a los pocos minutos todo el recodo donde se agitaban los pendones que crecen en las playas era lecho del río, y los pendones iban desapareciendo rápidamente bajo el seguro avance.

Yo estaba asustado, lo confieso. Veía salir el agua del recodo y la veía adueñarse del lugar. Pensaba en la noche anterior, tan dulce, tan hechicera, y pensaba también en los campesinos a quienes la inundación arrebataría cerdos y reses y arrojaría de sus casas. Sin decir palabra, Justo observaba, tan atento como yo.

Ignoro cuánto tiempo estuvimos allí. Mi amigo debió cansarse porque me pidió que nos fuéramos. Yo hubiera deseado contemplar un rato más aquel turbio paisaje que a mi juicio debía tener mucho parecido con los de los primeros días de la creación. La vaga luz lunar sobre la extensión ahogada, el sordo rugido del río y su golpear incesante en el barranco, y el triste aspecto de la vegetación daban la impresión de que toda la naturaleza estaba empavorecida, así como la noche anterior me había parecido que hasta las piedras transpiraban paz.

Nos fuimos de allí oyendo el rumor amenazante. Justo iba hablando de lo que esperaba a la gente de las cercanías y nos aproximábamos a la casa eludiendo las charcas cuando de repente surgió de las sombras una figura humana que pareció confundida al vernos. Pero su confusión duró apenas segundos. En brusca arrancada, el que fuera echó a correr y los perros se lanzaron tras él, ladrando con vehemencia.

Durante un momento no supimos qué hacer. De pronto Justo se volvió, me sujetó por una manga de la camisa y gritó:

—¡Corra!

A seguidas emprendió una carrera loca tras la sombra que huía. Mi impresión fue grande. No acertaba a darme cuenta de lo que estaba pasando.

—¡Corra! –tornó a gritar Justo.

¿Qué sentí? No fue valor ni deseo de luchar; lo sé, y no me engaño ni trato de engañar a nadie. Lo que tuve fue vergüenza de que a mi amigo le sucediera algo estando yo allí, y acaso miedo de verme solo en aquel lugar y en aquella noche fantasmal. Corrí también, corrí como quien huye de alguna amenaza; vi a Justo meterse en la oscuridad de la masa de árboles y le seguí sin saber por qué. Sentía el viento en mis oídos y los tenaces gritos de los perros me torturaban y me angustiaban. La sombra que perseguíamos cruzó por una pequeña zona de luz que dejaba un claro entre los árboles. Con increíble rapidez yo pensaba que el que fuera podía esconderse entre el bosque y esperar el paso de Justo para herirle a mansalva.

—¡Justo, Justo! –grité con la pretensión de advertirle que se cuidara.

Pero no me oía. Calculé que estábamos cerca del río, acaso a veinte metros. Se distinguía ya el rumor del agua, aquel sordo murmullo que levantaban las olas; y de súbito vi el Yuna a través de los troncos, y vi la borrosa figura lanzarse al cauce blandiendo en la mano derecha un hierro que en la confusa claridad despedía reflejos siniestros.

—Justo, Justo! –torné a gritar.

Pero ya era imposible que me oyera. La voz apenas me salía. Me ahogaba y el corazón quería salírseme del pecho. Los condenados perros se acercaban al agua y aumentaban su furioso ladrar. Otros perros contestaban desde los sitios cercanos. A pique de llegar a la orilla oí a Justo lanzar voces coléricas.

Y cuando, frío por el esfuerzo, agotado, casi a punto de caerme, desemboqué en el pequeño claro donde pensé que estaba Justo, vi en medio del agua a un hombre que se debatía entre las oleadas y que lanzaba machetazos a la superficie del río. Lo que se distinguía de su rostro –la mirada brillante y el gesto duro de la boca– daba la impresión de que era agitado por una cólera que ningún hombre corriente podía sentir. Por encima del rugido del agua oía su voz.

—¡Maldito, río maldito! –exclamaba.

Desde la orilla, yo llamaba a Justo a gritos. Otro lomo de agua se acercaba rugiendo a aquel hombre que se retorcía y se agitaba en medio del Yuna. Vi el agua acercarse a él hirviendo, espumeando, enrollándose, mordiéndose a sí misma. Aquella mole pardusca avanzaba de una orilla a la otra, y las piedras de las orillas saltaban como hojas y el barro se deshacía al contacto con aquella fuerza ciega. Vi el agua acercarse y vi el gesto de ira que endureció por última vez las facciones del hombre. Todavía alzó el machete una vez más, y un tronco que rodaba llevado por la corriente se interpuso entre él y mis ojos. Justo Félix, que había legado a mi lado, gritó, haciendo rebotar el grito de orilla en orilla.

—¡Balbinoooo… Sal, Balbinooooo!

Pero Balbino no salió.

Cinco días después, cuando bajó la crecida, se vio que el cauce del río había cambiado y las quince tareas de Balbino Coronado habían quedado libres de agua y listas para levantar un buen conuco. Sin embargo, hasta donde me informaron, se quedarían sin dar fruto porque Balbino Coronado no tenía quien lo heredara.

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. Maravilla

La baja de la carne –por los días aquellos en que un toro de veinticinco arrobas valía veinticinco pesos– salvó a Maravilla del puñal del matarife, pero no pudo torcer su destino. El dueño llegó, le dio la vuelta estudiándolo detenidamente, le golpeó las ancas y dijo, mientras chupaba su cigarro, que era un crimen vender tan hermoso animal a ese precio; después se fue, cambiando opiniones con el viejo Uribe, y Maravilla empezó a mordisquear la grama con su calma habitual. Cuando el viejo Uribe volvió se plantó frente a la bestia y sin quitarle el ojo de encima se pasó largo rato con los brazos clavados en la cintura, la boca cerrada y la cara ensombrecida. Allí estuvo Uribe con sus piernas torcidas y sus hombros estrechos hasta que llegó el boyero Eusebio, a quien dijo, con cierta pesadumbre, que había que abrirle la nariz a Maravilla y que el dueño había dispuesto mandarlo a la loma.

—¡Pal arrastre? –preguntó Eusebio.

—Unjú –respondió Uribe.

Algo murmuró el boyero. Uribe se fue sin ponerle mayor caso. Ya había él pensado eso mismo y estaba de acuerdo con lo que dijera Eusebio sobre la belleza del animal y la pena de enviarlo al trabajo. Al cabo, ¿no era igual matarlo? Eusebio salió a la amanecida de un lunes, arreando a Maravilla.

Eusebio temía que la gordura le hiciera daño y lo ahogara en la subida de la loma. Con su piel rojiza y blanca, sus cuernos cortos, sus ancas potentes y su hermoso cuello, Maravilla se veía fuerte y poderoso. Su conductor y él iban flanqueando el primer repecho de la Cordillera por el lado de San José; abajo, hacia el sur, flotaban manchas de humo mecidas por el viento y entre las arboledas se extendía rápidamente un tono oscuro. Eusebio se detuvo un instante para contemplar la llanura y pensó que había escogido mal día. “De las doce pa bajo llueve”, se dijo.

El boyero Eusebio era muy viejo en esas andanzas para no saber con exactitud qué decían las señales del tiempo. Con toda seguridad llovería. El aserradero estaba bien distante y si le cogía el agua con Maravilla cansado iba a tener que encomendarse a todos los santos para llegar antes de la noche. Dispuso, pues, apurar al animal. Al principio Maravilla rompía en trote cuando oía la voz potente de Eusebio ordenándole más prisa, pero al cabo empezó a sentir cansancio y un golpe fuerte en el pecho, algo así como si el corazón le hubiera estado creciendo. El calor era agobiante y el poco sol que llegaba quemaba como una llama. Fatigado y respirando sonoramente, Maravilla logró ganar el firme de la loma.

En aquellos sitios sólo había pinos. Las negras raíces se extendían cruzando el camino, y los enormes troncos, cubiertos de cáscara rugosa, se sucedían en desorden. Al pie de uno de ellos, babeando y cansado, se detuvo Maravilla.

Las manchas oscuras iban ganando las primeras estribaciones de la loma; a lo lejos se podía columbrar algún techo pardo y entre la confusión de las arboledas se distinguían los tonos claros de los potreros. Expandiendo las costillas a resoplidos, Maravilla quiso descansar mientras contemplaba el paisaje con ojos inexpresivos. Pero Eusebio veía acercarse la lluvia y opinó que debían seguir. Gritó dos o tres veces, y aunque Maravilla quiso complacerlo, no pudo. Estaba ahogándose; sentía el corazón pesado como una piedra y apenas podía batir la cola. Eusebio perdió la paciencia, y con una larga vara que no había utilizado en toda la mañana, aguijoneó al animal pinchándole las ancas. Maravilla saltó como si lo hubieran picado con una punta de fuego. El boyero volvió a clavarlo. Fuera de sí por el dolor, Maravilla echó a correr y su enorme cuerpo se balanceaba mientras sus pisadas resonaban sordamente. Profiriendo gritos, Eusebio le siguió.

La sospecha de que el hombre pudiera alcanzarlo y volver a causarle dolor enfriaba en sus venas la sangre del animal. Se sentía cada vez más asustado y sus propios pasos le causaban angustia. Favorecido por los desniveles del firme de la loma, anduvo a toda carrera hasta que el sol desapareció entre las nubes y el viento empezó a presagiar la cercanía de la lluvia. El boyero había dejado de gritar. Arremolinándose en las copas de los pinos, la brisa arrancaba hojuelas. El lugar iba tomándose oscuro y desagradable. Maravilla sintió de golpe la soledad. Ese sentimiento no era nuevo; él había sido siempre muy sensible a la tristeza de la lluvia. Pero entonces, en aquel sitio apartado, sin compañeros y con el recuerdo de los pinchazos, la tristeza le pareció mayor. Se detuvo y volvió los ojos en redondo buscando la presencia de algún toro o de alguna vaca. El viento tomaba fuerzas por momentos. Los pinos jóvenes se doblaban y gemían como seres vivos; el batir de las hojuelas llenaba el paraje de un rumor entristecedor. Maravilla perdió su calma habitual. El mismo Eusebio se había detenido y observaba aquellas señales de mal tiempo con evidente preocupación. Repentinamente asustado, Maravilla lanzó un mugido largo y doloroso.

—¡Cállate condenao! –gritó el boyero.

A seguidas, como si el animal le hubiera insultado, se puso a dar voces ordenando que siguiera y el desdichado Maravilla pudo notar en el brillo de sus ojos que se había puesto fuera de sí. Temeroso de algo malo, Maravilla echó a andar. Sólo el miedo podía hacerle caminar. Estaba agobiado, con el pecho como lleno de aire, las ancas adoloridas y las rodillas duras. La furia del viento aumentó de golpe y el grito de los pinos azotados se hizo más fuerte. Y de pronto comenzó a llover. De los Pinos caían gotas gruesas y al sentirlas el animal perdió hasta el miedo que tenía; sólo le quedó su sentimiento de soledad y desamparo y empezó a mugir tristemente. Eusebio buscó el cobijo de un tronco, y se dobló y se cubrió como pudo mientras Maravilla batiendo la cola, mugía con acento doliente, Al fin, también Maravilla buscó abrigo al pie de un pino. El y el hombre podían verse por entre el agua. Desde su lugar, Eusebio contempló la bestia, tan poderosa, tan fuerte, y volvió a sentir pena por el destino que le esperaba.

Cuando la lluvia cesó había caído tanta agua que durante horas estaría bajando por los flancos de la loma y llenando el camino. El barro era pegajoso y en algunos sitios las patas de Maravilla se metían casi hasta las rodillas en aquella pasta rojiza. Sin duda Eusebio quería ganar el tiempo perdido y por eso gritaba como un endemoniado. Hostigado por aquella voz Maravilla apuraba el paso, cuidándose de clavar bien las pezuñas. Antes de una hora se sentía cansado; le dolían las ancas y respiraba con dificultad.

—¡Echa, que horita llegamos! –gritaba Eusebio.

Y él “echó”. Todavía caían algunas gotas de agua rezagadas y los pinos se revolvían, llevados y traídos por el viento. De pronto Maravilla percibió un rumor sordo, como de río despeñándose.

—¡Para, para! –ordenó el hombre.

Al tiempo de decirlo se le puso delante y le pegó la garrocha en la frente. Con las patas y el vientre llenos de barro, molido, cansado, el animal se detuvo y miró en redondo. Eusebio señaló un camino que descendía a la derecha de Maravilla, y éste vio que abajo, casi como si estuvieran a sus patas, había algunos bohíos y un rancho largo, cubierto de zinc, del cual salía humo.

—¡Echa! –tornó a gritar el boyero.

Empezaba a oscurecer. Con sus lentos ojos, Maravilla vio la bajada del camino, por el cual rodaba agua, y sintió miedo. El descenso era difícil, mucho más que la peor de las subidas, porque como él tenía las patas delanteras más cortas que las de atrás, sentía que todo el peso del cuerpo se le iba a la cruz y tiraba de él hacia adelante, como queriendo derriscarle de cabeza. Lleno de hoyos, de piedras, de lodo y de raíces, aquel sendero le parecía a Maravilla la peor prueba de su vida. Por momentos volvía los ojos al boyero pidiéndole que lo dejara allí, que no lo mortificara más con sus gritos. Quería descansar, echarse a rumiar, dormitar un poco. Oscurecía rápidamente. Maravilla adelantaba con suma cautela, afirmando cada pezuña en terreno sólido. Correteando arriba, sin tirarse a las profundas zanjas del camino, sujetándose a los troncos y gritando sin cesar, Eusebio blandía su garrocha sobre los ojos del animal. Enloquecido por el tormento, Maravilla se puso a mugir, y su mugido era casi un grito de angustia. No podía más. Veía los bohíos y distinguía ya algunos hombres que saltaban sobre los pinos cortados; los veía y pensaba que jamás podría él llegar allá abajo. Desde el fondo del hoyo subieron ladridos de perros y voces agudas.

—¡Echa! –gritaba Eusebio sin cesar.

Pero Maravilla resolvió no “echar” más. Volvió los ojos a Eusebio, le miró largamente y decidido a soportar lo que le llegara, dobló las patas delanteras y se recostó en el lodo; pareció recobrar de golpe su acostumbrada placidez y se puso a ver, por entre los pinos, las lomas más cercanas. El boyero lanzó un grito agudo.

—¡Condenao! –rugió–. ¡Arriba, maldecío!

La bestia hizo como si no lo oyera, lo cual llenó al hombre de cólera. Blandiendo la garrocha le asestó varios golpes en el espinazo y después empezó a clavarle la punta en las ancas. El animal sentía aquel clavo como un punto de fuego, pero prefería ese tormento al de seguir andando. Eusebio perdió completamente la cabeza; los ojos le enrojecieron como brasas, saltó al camino y comenzó a golpear a Maravilla en las costillas, dándole con el mango de la garrocha; después le pegó con pies y manos. Los gritos del boyero eran insufribles. Estaba como loco y llegó a pensar en saltarle un ojo a aquella bestia inconmovible, pero al fin decidió hacer algo más práctico: le tomó la cola, se la dobló por la mitad y apretó con todas sus fuerzas. Maravilla sintió de pronto un dolor tan agudo que perdió la vista y creyó que iba a morir. Mecánicamente se paró. De poder hacerlo, hubiera gritado como los seres humanos. Aquel dolor insoportable le había dejado sin fuerzas. Eusebio volvió a tomarle la cola, y temeroso de que repitiera su crueldad, Maravilla echó a andar. No tenía ya voluntad. Sólo el miedo lo empujaba y se movía como un madero arrastrado por la corriente de un río. Fue bajando la pendiente poco a poco, mugiendo con tristeza. El ruido de la brisa entre los pinos, el del agua que rodaba y el que subía del fondo le atontaban más. Pensaba en el potrero y recordaba los días en que fue castrado.

Llegó, al fin, metida ya la noche y levantando un vuelo de ladridos. Eusebio le hizo entrar en un corralejo y vio perros acercársele con los dientes desnudos; se echó en un aserrín caluroso y al mismo tiempo húmedo, y su cansancio era tal que durmió hasta la madrugada.

Por la mañana hubo sol y la bestia pudo darse cuenta, observando lo que le rodeaba, de que estaba en un aserradero. Había por todas partes troncos de pinos; algunos hombres sacaban parejas de bueyes enyugados y se iban con ellos. Del lado opuesto a aquel por donde había llegado Maravilla, corría un río. Justamente encima del río, acaso a quinientos metros de distancia, la loma estaba calva, sin un árbol, y mostraba su entraña rojiza. Maravilla vio que algunas parejas de bueyes llegaban al calvero y que dos hombres golpeaban los troncos que arrastraban los bueyes; los troncos se desprendían, resbalaban por una zanja profunda que caía a tajo sobre el río, y, formando un estrépito infernal rodaban, haciendo saltar piedras y barro, y pegaban en el agua, de la cual se elevaban columnas de espuma. El río se remansaba en ese punto, pero inmediatamente volvía a correr llevándose los troncos. Varios hombres, armados de varas terminadas en hierros curvos, saltaban de tronco en tronco y los iban empujando y ordenando para que no se amontonaran. Los cantos de aquellos hombres y los gritos de los boyeros que desde allá arriba pedían atención, se confundían con el rumor del agua, el ruido de la tierra y los ladridos de los perros. Un humo oloroso a madera se elevaba continuamente de una chimenea. Algunos mulos esperaban que acabaran de cargarlos; les amarraban tablas en los lados y salían a trote ligero, arreados por los recueros, que gritaban y hacían restallar sus foetes. Maravilla trató de dormitar, pero el ruido no lo dejaba. No se movió, sin embargo. Estuvo allí toda la mañana, y los chicos –también algunos que no lo eran– se acercaban a mirarle y a decir su nombre en alta voz. Con su mirada noble, Maravilla los observaba mientras rumiaba con lentitud.

Bien entrada la tarde lo sacaron del corralejo y lo llevaron junto a un viejo buey negro, de ancas peladas y cuernos rugosos, que estaba en mitad de una explanada y que tenía aspecto penoso. Aquel huesudo compañero parecía agobiado por los años. Excepto la quijada, nada se movía en su cuerpo, ni siquiera la cola, por mucho que las moscas se posaban en las llagas que le había formado la garrocha. No se movió tampoco cuando pusieron a su lado a Maravilla. Maravilla se impresionó cuando trajeron un yugo que colocaron en su cabeza y en la del viejo buey. Sintió que amarraban el yugo a sus cuernos, pero no intentó impedir la operación. Se quedó quieto un rato y no comprendió de qué se trataba sino más tarde, cuando quiso moverse y observó que no podía hacerlo ni podía mover la cabeza. Así, en ese estado, le hicieron andar. Todo el resto de la tarde tuvo que pasarlo aprendiendo a soportar el yugo, a parar en seco, a recular. Le dolía el pescuezo y debía estar atento a la menor presión de su compañero o a la voz del boyero. Dar la vuelta, lo cual se hacía girando sobre las patas delanteras, le parecía un tormento infernal.

Aquello duró varios días, pero al fin se acostumbró al yugo, al ruido de la sierra, a los silbidos de las máquinas, al estrépito de los troncos que caían, a las voces de mando. Y un día –una clara mañana de junio– Maravilla fue sacado con su viejo compañero y llevado a la loma. Le hicieron caminar horas y horas por entre pinos, por bajadas y subidas, por lugares donde las hojas caídas hacían el suelo resbaloso y por otras donde las piedras golpeaban sus patas. El sol penetraba en todas partes y la brisa hacía sonar dulcemente la loma. Sin duda el día era bello, pero Maravilla no podía apreciarlo porque iba sometido al yugo, con la cabeza baja, sin poder moverla. A su lado, calmoso y triste, iba caminando lentamente el viejo buey negro, ducho en sufrimientos. Anduvieron larga distancia y al fin llegaron a un claro donde reposaban troncos enormes de pino a los cuales habían quitado la corteza para que resbalaran fácilmente sobre el camino. Cuando Maravilla y su compañero llegaron allí oyeron a dos hombres saludar alegremente al boyero que los conducía.

—Vamos a ponerle este tronco, que es de buen tamaño –dijeron.

—No –opinó el boyero–, Maravilla es nuevo y hay que ponerle carga liviana. Los otros protestaron que nada importaba eso y al cabo de una ligera discusión se acordó que yendo con el Negro, no había miedo de que Maravilla no pudiera cargar pesado. Mientras los hombres discutían los animales reposaban a la sombra de los pinos. El sitio era plácido. La brisa danzaba suavemente y alguna avecilla –muy raras en esos parajes– saltaba y piaba arriba.

Pero el descanso no fue largo. Los hombres escogieron un tronco enorme y en el extremo más grueso, justamente en el corazón, le clavaron una especie de gran púa. Utilizaban una mandarria y sus golpes resonaban multiplicándose de árbol en árbol hasta perderse a lo lejos. Una vez terminada esa faena llevaron a los bueyes junto a la cabeza donde habían clavado la púa, pusieron en ésta una cadena y colgaron la otra punta de la cadena en una argolla que llevaba colgando el yugo. Maravilla oyó el tintineo de los hierros y temió que iba a empezar de nuevo algo desagradable.

Así fue, por desdicha. El boyero gritó hasta cansarse, le clavó la garrocha y le hizo andar. A su lado, como una sombra, con paso seguro, iba el Negro. Maravilla procuraba mantener la cabeza baja porque el peso del tronco tiraba de él hacia atrás. Le ardían los nacimientos de los cuernos, quemados por las sogas. Lentamente, con mucho trabajo, los animales fueron saliendo a un camino formado por huellas de pinos arrastrados. El tronco se rodaba hacia alante en los desniveles y golpeaba en las patas de Maravilla. Delante, dando gritos, saltaba el boyero.

Molesto, acalorado, resoplando, Maravilla veía que el camino se alargaba dos horas, tres horas, hasta que le pareció oír el ruido de las sierras. Por otros caminos descendían parejas de bueyes que, igual que ellos, llevaban troncos. Faltaba poco para la caída de la tarde y el sitio iba cobrando un aire amable. El sol no tardaría en hundirse en la llanura distante. Arreados por su boyero, Maravilla y el Negro se acercaban al calvero. Otra pareja estaba ya allí. Con las patas afincadas en la tierra, inmóviles, los dos bueyes esperaban que soltaran la cadena. Maravilla vio cómo lo hacían, y vio de pronto levantarse la punta del tronco como si este estuviera manejado por un brazo gigantesco; oyó el estrépito que hacía el pino pegando contra el declive y luego el golpe en el agua seguido por gritos de hombres. La pareja de bueyes quedó allí todavía medio minuto, como clavada, acaso asustada. Al fragor de la caída, los dos bueyes abrieron los ojos y después empezaron a caminar con lentitud.

Lleno de recelo, Maravilla oyó la voz del boyero animándoles a él y al Negro a acercarse. De su lado –el derecho– no había nada entre sus patas y el abismo. Un ligero movimiento, un descuido fugaz, y sus pezuñas resbalarían. Al ver allá abajo hombres y troncos confundidos con el agua, Maravilla empezó a temblar. Con la mirada vidriosa, con las patas vacilantes, frío de miedo, fue andando pulgada a pulgada. La voz del boyero le enloquecía. Sentía a su lado al compañero, confiado, tranquilo, hecho desde hacía años a ese peligro, y no se explicaba por qué tenía una respiración normal cuando la suya le hacía estallar las costillas.

De pronto sintió que su pata trasera derecha resbalaba, que la tierra se deshacía bajo ella. El boyero gritó con un alarido agudo y torturante. Maravilla quiso saltar y sintió que no podía. Durante un segundo su corazón se detuvo y su sangre se heló. Tembló más. Inesperadamente, el pito de la sirena estalló abajo, penetró en el bosque, sacudió los pinos y paralizó la vida de Maravilla. Fue un segundo, un solo segundo mortal. Enloquecido, el animal quiso huir, escapar al yugo, al terrible instante. Su pata batió el aire y, abierto de ancas, la sintió rodar por el abismo hasta que él pegó con el vientre en la tierra. Mugió, lleno de pavor y de dolor. El pesado tronco se fue cargando de lado, moviéndose con cruel lentitud, y Maravilla sentía ese movimiento y comprendía a qué conducía. Pero luchó; clavó las tres pezuñas restantes, las afincó furiosamente, restregó el hocico contra la tierra. Una fuerza descomunal tiraba de su cabeza hacia arriba y él sabía que si le daba a esa fuerza la menor ventaja, quedaría desnucado. Hizo un esfuerzo desesperado y sus ojos se llenaron de sangre, se le hinchó el pescuezo, se le crecieron las venas del vientre y los músculos de las ancas y de los muslos le quedaron en relieve. A su lado, silencioso y obstinado, el Negro se mantenía firme, con una de las patas traseras apoyada en una raíz, tirando también su cabeza hacia abajo. Asustado hasta la palidez, el boyero corría de un lado a otro dando voces.

Allá abajo alguien llamó la atención y la gente empezó a murmurar. Corrían de todos lados y se agrupaban a ver la escena. Los perros ladraban y esos ladridos atormentaban a Maravilla. Este luchaba con su destino en aquel calvero y desde abajo se le veía librando la batalla por su vida.

Poco a poco, con lentitud espeluznante, el pino iba rodando y saliéndose hacia el abismo. Maravilla sintió que perdía la vista, que entre él y la tierra se interponía una mancha de sangre. No podía respirar; le faltaba el aire y su corazón debía estar creciéndole por segundos. Crujieron las sogas del yugo y la cadena. Maravilla oyó resoplar al Negro y le pareció que también pateaba, que también iba cediendo. La fuerza que tiraba de su cabeza era cada vez más poderosa. Un poco más y aquello iba a decidirse.

—¡Suban para aguantar el tronco; que suban para aguantar el tronco! –gritaban de abajo.

El tronco se movió, se hizo más pesado, se agitó como un péndulo, y la cadena quedó tan templada que chirrió. La pezuña de la pata trasera izquierda de Maravilla, que hasta entonces había estado fija, comenzó a rodar, a resbalar, a deshacer la tierra. El peso aumentó hasta lo indecible. La bestia perdió la vista durante unos segundos y su corazón pareció estallar.

De abajo vieron cómo un ligero movimiento decidió la lucha en favor del tronco. En un instante las cabezas de ambos bueyes se movieron, se alzaron; sus patas delanteras batieron el aire y se vio a las dos bestias resbalar, empujadas por el tronco, que saltó pegando con un extremo en un saliente del declive y se lanzó luego, en una mecida gigantesca, al vacío. Golpeando contra las piedras y las raíces, Maravilla y el Negro rebotaron, ensangrentando la zanja, y cayeron con estrépito. Los hombres vociferaron. Allá arriba, pálido, el boyero buscaba un sendero para bajar.

De pronto un hombre de ojos autoritarios corrió desde el aserradero y hendió el grupo de gente con los brazos.

—¡Corran –ordenó con voz estentórea– y saquen esos bueyes, que su carne sirve todavía!

Los de varas largas corrieron en dirección de Maravilla y del Negro saltando sobre los troncos que iba arrastrando el agua y otros fueron en busca de machetes y cuchillos mientras los perros aullaban de alegría pensando en un próximo festín.

Al caer la noche la carne de Maravilla estaba lista para ser enviada a las carnicerías de la comarca. Fue así como se cumplió su destino, a pesar del bajo precio de la carne, que por esos días era una miseria.

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. Revolución

Tuvo suerte Toño: Cholo estaba solo. Entró como un ventarrón, miró a todos lados y, casi ahogándose, dijo:

—Ya está, Cholo. Deogracia se pronunció.

Cholo se quitó el cachimbo de la boca violentamente; echó el cuerpo un poco alante, pero no habló.

Toño estaba allí y no estaba. Se le veía la cara como si el sol la estuviera derritiendo. Hurgaba con la vista los rincones, la puerta, el camino.

Cholo sintió la nuez de Adán subirle y bajarle. Con la mano izquierda abierta se alisó el bigote crespo. El esfuerzo que hizo para calmarse le surgió a la frente.

—Bueno... —dijo— Deogracia sabe lo que hace.

—Sí, pero...

Toño no podía hablar. Viéndole tan nervioso, Cholo se sintió más sereno, más dueño de sí.

—Siéntese, compadre. Usté está asustado.

—Es que, mire... —contestó el otro—. Horitica está aquí el gobierno.

—¿Y qué?

—Que reclutan.

—Esas son caballás. No hacen nada. Ellos saben que Deogracia es hombre peligroso.

Pero Toño parecía no comprender; ni un instante miró de frente a Cholo. Éste se remojaba los labios, uno con otro, y tenía la vista perdida. Al fin habló:

—Ya era hora. Tenemos bastante tiempo fuñidos.

Toño casi salta de la silla. Atropelladamente, como quien tiene miedo de no terminar, se explayó:

—Yo no espero. Esta noche me ajunto con Deogracia. Mire a ver si usté quiere.

Cholo arrugó el entrecejo. Pensó en Tonila; dejó el cachimbo en la pared, enganchada la raíz en una ranura, y se mordió la uña del pulgar derecho.

—¿Cuántos somos? —preguntó de pronto.

Toño se sabía comprendido ya por Cholo; no iba a engañarle. Contestó:

—Con usté ocho.

—Bueno... Bueno... Pero usté sabe que dejo mi mujer y mi muchacho. Yo no voy al monte a pendejada hasta que no tumbemos al gobierno...

—No se apure —contestó el otro—. Esto es un asunto serio.

Toño conocía a Cholo y lo sabía hombre de compromiso. Se había serenado ya y no hurgaba los rincones con la vista.

—Hasta lueguito, compadre. Atardeciendo lo espero.

Estrechó la mano fuerte y callosa que le extendía Cholo. Con paso seguro salió al camino. Cholo vio su espalda ancha, a contraluz, en la puerta.

***

Temprano llamó Cholo a Tonila, puso en su mano una moneda y dijo:

—Compre sal, que Toño y yo vamos al pueblo a llevar un ganado. Estaremos como diez días.

—¿Cómo? —preguntó ella.

Algunas veces, había hecho su marido lo mismo, sobre todo al principio de su unión. Después sabía ella que no había tal ganado. Pero aquellos fueron otros tiempos; no tuvo el temor de una revuelta; mas, lo mismo que antes, la boca se le quedó un poco abierta al terminar la pregunta.

—Sí, mujer —aseguró Cholo.

Luego se fue a la habitación. La hamaca colgaba de un solo clavo, enrollada. La desamarró, extendió en el suelo, dobló a lo largo y comenzó a envolverla.

Tonila llegó hasta la puerta, con gesto indiferente.

—¿Y van al pueblo? —preguntó.

—Yo creo —evadió el marido.

Estaba pensando en lo malicioso que era Toño: no quiso decir palabra mientras no tuvo seguridad; pero apostaba cualquier cosa a que Toño sabía los planes de Deogracia.

Otra vez la voz de Tonila:

—Entonce’ procure ver a Pirín.

—¿A Pirín? —Cholo habló con la cara vuelta, asombrado—. No me parece que esté en el pueblo. Lo hubieran visto.

—Pero quién sabe —insinuó la mujer.

Él bajó la vista. La hamaca ya era un bulto. Se sintió preso en una red de araña muy fina y muy resistente.

—Mire, Tonila —dijo con lentitud—. Pirín se ha portao como sinvergüenza. No parece hijo de nosotro’.

—Verdá es —asintió Tonila—. Pero procúrelo.

Cholo estuvo un rato preso en la telaraña. Después sacudió la cabeza para retirar de ella a su hijo.

***

Toño le aconsejó:

—Arremánguese los pantalones que horita estamos en la loma.

No hizo caso. Sentía la hamaca en el hombro como si alguien llevara una mano puesta en él. Toño iba a su lado, pero no le veía, aunque lo sentía. Alguna vez decía algo y entonces contestaba como quien hablaba de lejos. De momento preguntó, sin saber por qué:

—¿Y los compañeros?

—Están arriba —contestó Toño. Y agregó:

—No díbamos a venir todos juntos.

—Verdaderamente —corroboró Cholo—. Hasta mi embuste hablé. Le dije a Tonila que diba con usté al pueblo a llevar un ganado.

—Tamaño ganado —comentó Toño.

Callaron. El universo estaba como lleno de café molido.

Cholo no sabía explicarse, pero le parecía que la noche era espesa. Algunas veces había días espesos también. Generalmente sucedía eso antes de llover.

Se acentuaba el repecho. La loma estaba ante ellos como una gran cabeza negra. Cholo quería saberse más seguro; había vaguedad en todo él.

—¿Y la carabina? —preguntó.

—Deogracia tiene muchas —fue la contestación.

Cholo no dudó, pero le hubiera gustado más tener la suya entre las manos.

—Usté es malicioso, Toño —afirmó—. No quiso decir nada hasta el último momento.

—Yo quería que hubiera seguridá, compadre —sopló el otro.

***

El día amaneció turbio, como lleno de humo. Abajo, en el valle, parecían estar quemando hojas verdes.

Cholo sentía la sangre lenta, tenía ganas de beber café y se figuraba subido en un árbol.

Deogracia le había visto la noche anterior. La mirada de Deogracia era un muro que no le permitía avanzar. Dijo:

—Yo le tengo confianza, Cholo, usté lo sabe.

Y eso le agradó: sabían quién era.

El humo se hacía tenue. Comenzaban a dibujarse contornos de hombres tirados en tierra y hasta se veían espaldas anchas, manos fuertes apoyadas en el suelo y cabezas crespas. Todas las cabezas eran lana teñida.

Cholo había tendido su hamaca entre un copey y un roble. Llenaba el cachimbo cuando la voz gruesa, pero apagada, cruzó el matorral y le llegó.

—¡Cholooo...!

—¡Ijaaa! —respondió en igual tono.

—¡Lo llama el general!

Se incorporó y desamarró la hamaca. Tardó lo menos posible en envolverla. Cuando iba sentía los oídos llenos. ¡Había tantas calandrias y tantos jilgueros entre los árboles...!

Deogracia estaba sentado sobre una caja de cartuchos. Limpiaba su revólver y ni siquiera le miró. Allí, a su lado, humedecidas por el sereno, estaban las carabinas. Deogracia las señaló y dijo:

—Coja una y vaya con Toño.

Clavó los cinco dedos en el arma. Estaba increíblemente fría. Se echó la hamaca al hombro izquierdo y sujetó el Máuser con la mano derecha. Toño había roto marcha ya.

En la vereda no cabían dos. Bajaban y era menester clavar las uñas de los pies en tierra. Estuvo largo rato viendo los calcañares del compañero: gruesos, recios, veteados, como si hubieran comenzado a abrirse. La pierna subía maciza, ennegrecida por el sol y el polvo. Tenía los pantalones remangados hasta la rodilla.

De improviso Toño se detuvo en seco. Volvió violentamente la cara. Parecía un rostro hecho en bronce, muy sólido, muy muerto.

—Vamos a revisar abajo —dijo, mirándole fijamente.

—Bueno... —contestó Cholo, como quien no da importancia a lo que habla.

Ya el sol iba metiéndose por entre el humo del amanecer.

***

—¡Mírelo, concho! —murmuró Toño.

Se le vio la cara contraer de rabia; apretó los labios, tiró el bulto de la hamaca y se echó el rifle a la altura de los ojos.

—¡No! —rogó Cholo—. ¡Metámono’ al monte!

Fueron cinco minutos tensos, reptando, procurando no hacer ruido. A doscientos metros rompía el paisaje una línea amarilla, compuesta, móvil.

—Vienen para acá —murmuró Toño.

Eran hombres fornidos. Comenzaban a subir la loma con firmeza imponente. Se les veía casi sin perfiles, medio alumbrados por un sol débil.

—Tenemos que dirnos, Cholo —dijo Toño.

Agregó a seguidas:

—O usté solo.

Sus ojos relucían como si hubieran sido pedazos de espejo. Apretaba demasiado los dientes.

—Coja por aquí, ¡pero vivo! —y señaló a su derecha—. Dígale a Deogracia que estamos cogidos.

Cholo no le oyó; tenía la vista fija, como si se le hubieran muerto los ojos, nada más que los ojos. Las zarzas no le dejaban ver bien, o tal vez fuera alucinación. Alargó el brazo izquierdo para retirar algunas ramitas.

—¿No oye? —rompió Toño colérico.

Toño creyó volverse loco. Él vio a Cholo dejar el Máuser, mejor dicho, tirarlo lejos de sí. De pronto se incorporó. Tenía la
cabeza llena de hojas secas. La mirada era de loco: clara, clara. Alzó los brazos y corrió, gritando con acento impresionante:

—¡Pirín! ¡Pirín!

Sí. También Toño vio a Pirín. Fueron unos segundos en los que no pudo pensar. Ya el ejército estaba a cincuenta metros. Se detuvieron de golpe, quizá si impresionados a su vez: un hombre bajaba a saltos largos, con los brazos abiertos en cruz, dando gritos desaforados:

—¡Pirín! ¡Pirín!

Toño midió la desgracia. Vio muchos soldados volverse hacia el compañero llamado con tanta vehemencia. Y lo calculó: sólo una cosa podía salvar a Deogracia: tiroteo. Pero quiso aprovechar su primer tiro. Cholo, corriendo como loco, estaba ya a diez pasos de las fuerzas. Toño puso toda su alma en apuntar bien. El tiro retumbó entre los árboles como alarido siniestro. Cholo dio media vuelta, sintió sabor a cobre subirle a la garganta y crispó las manos.

A través del humo, Toño le vio caer. Oyó las órdenes. Inmediatamente después, un tiroteo cerrado, como si hubieran querido talar los árboles a balazos.

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. El abuelo [Publicado en la primera edición de Camino real con el título “Papá Juan”...]

Yo vi a mi abuelo crecer hasta cubrirme el horizonte. Alzó los hombros, apretó la quijada con tal fuerza que los dientes crujieron, se pasó el dorso de la mano izquierda por los ojos y rompió marcha.

Mi abuelo era alto, muy alto; su espalda se balanceaba al caminar; apenas movía los brazos, terminados en manos huesudas.

Yo marché tras él. También en mí había crecimiento. De pronto me subió una oleada caliente, llenándome el pecho, y rompí en llanto. Había visto a Garantía lamer la sangre. Mi abuelo volvió el rostro, me clavó aquella mirada honda y dura, se detuvo, posó sobre mi cabeza su manaza huesuda y me empujó levemente.

Yo me estrujaba los ojos con los puños.

***

Minguito acostumbraba jugar conmigo en la enramada. Era bajetón, regordete, negro; sus ojos pardos no miraban: acariciaban. Traía siempre palillos de fósforos quemados, amarrados en una punta de su fular rojo, los sacaba y comenzaba a fabricar casitas. Me decía después:

—A que no la tumba.

Yo soplaba, soplaba; al fin pegaba un manotazo y destruía la construcción.

Minguito reía. Acaso comentaba:

—Diache ‘e muchacho...

Un domingo, temprano aún, papá Juan le llamó, con aquella su voz acostumbrada al mando.

—Minguitoooo...

Minguito salió de la cocina, destocado. El abuelo señaló el cocotal. Parecía no querer hablar, como siempre. Yo miré hacia el lugar que indicaba el dedo tostado. Minguito también miraba. Tenía en la mano el sombrero negro y le daba vueltas.

—¿Te atreves a tumbar cocos? —preguntó el abuelo.

—Ello... —aventuró Minguito.

Papá Juan no dijo una palabra más. Se fue, arrastrando las piernas; subió los escalones, se sentó en la galería y me llamó:

—¡Juan!

Me alzó en vilo, me colocó en sus rodillas y empezó su historia:

—Una vez iba Constantino a la guerra y vio en el cielo una cruz de estrellas; debajo había una inscripción: “Con esta cruz vencerás...”.

El abuelo reía a medida que hablaba. Yo espiaba sus ojos negros, brillantes. En mi abuelo hablaban más los ojos que la boca. El sol le ponía un brillo tenue en la calva.

—Pero nunca debes creer semejantes tonterías, Juan —decía inesperadamente—. Los hombres inventan todos esos cuentos para manejar a los demás.

Ya no, no... Me agradaban las historias, pero sin complicaciones.

—¿Has visto alguna vez a Dios? —preguntaba de repente. Y proseguía:

—Nadie ha visto a Dios. Date cuenta de esto: nadie le ha visto. Además, para que te convenzas, cierta vez...

Me alzó de nuevo, para cambiar de pierna. Yo volví la cabeza y vi a la tía, amarilla, esmirriada, con su moño sobre la coronilla y sus pelos en la barba, vestida con amplias faldas blancas. La tía dejó oír su voz de tinaja quebrada:

—¡Gaviño! ¡No enseñes herejías al angelito!

Papá Juan volvió el rostro. Sus ojos negros se animaron con aquella luz ruda que tanto me agradaba. Parecía, al hablar, que escupía:

—¡Hazme el favor de atender a tus oficios, Vicenta!

Estuvo un rato con el ceño arrugado. Yo seguí con la vista la mancha blanca de la tía que se alejaba por el pasillo medio oscuro, sin hacer ruido; después pasé la mano por la cara del abuelo, y supliqué:

—Sigue tu cuento, abuelito.

—¿Has visto? —me dijo—. Ya la vieja quiere meterme a rezador.

Se sonrió un momento, tornó a cambiarme de pierna y prosiguió:

—Pues cierta vez, a la orilla del Miño, un río que hay allá en España, apareció una virgen sobre un árbol. Yo estaba pequeñín, poco más que tú...

Sonó un golpe apagado. De alguna parte salió la voz:

—¡Don Juan!

Abuelo miró. Minguito estaba entre las pencas de una mata de coco y tiraba frutos a tierra. El sol brillaba en las hojas y pegaba en la cara negra de Minguito. Sus ojos pardos parecían no vernos.

—¿Tumbo más? —preguntó.

—Sí; todos —ordenó abuelo.

Y dirigiéndose a mí:

—Yo estaba pequeñín, como te decía; es algo que nunca olvidaré.

De momento me pareció que abuelo no pensaba en lo que decía. Miraba lejos, seguramente. Sus ojos no tenían brillo, sino claridad, claridad honda. Parecían charcos de agua limpia.

—Indudablemente son unos canallas, Juan —aseguró de repente—. Figúrate que yo tenía un tío cura y había visto algunas veces la imagen en su habitación.

No me sabía bien eso de que rompieran el encanto que yo esperaba; pero el abuelo reía, reía. Medio disgustado me volví: Nico atravesaba el patio.

Nico era alto, delgado, con piernas y brazos flacos. Tenía color de calabazo seco y juraba a cada paso. Le vi cruzar en dirección del cocotal, agacharse a recoger los frutos tumbados por Minguito y disponerlos en montones. Oí aquel:

—¡Cuidado, Nico!

Y el grito. Vi después a Nico tendido boca abajo, con los brazos en cruz, y a Minguito bajar de golpe, resbalando por la leve inclinación del tronco. Me impresionaron los ojos de Minguito: de pardos se habían tornado grises. Se le notaba la palidez, aun por encima de su color oscuro. No se movía; se tapaba la boca con una mano y parecía que quería huir.

Papá Juan se incorporó; me dejó en el suelo y corrió. El sol hacía brillar los cocos recién tumbados y la calva de abuelo.

Yo sentía frío, mucho frío. Hubiera querido entrar en la casa y gritar, pero no podía. Nico me llenaba las pupilas. Apenas veía los pies desnudos de Minguito, inmóviles como si hubieran echado raíces de pronto.

Abuelo revolvió a Nico. Tenía la voz firme de siempre, cuando gritó:

—¡Vicenta! ¡Trae agua!

Tía se asomó a la puerta. La vi correr apresuradamente. Pareció querer hablar con la cocinera, pero de seguro las palabras no le salían.

***

Garantía, color miel de abeja buena, era flaco, largo, y sus ojos me gustaban porque miraban con cierta tristeza. No sé qué de persona sufrida había en los ojos de Garantía.

La noche anterior había ido a algún festín de cerdo muerto. Cuando entró, todo él contrito, el rabo entre las piernas, papá Juan lo llamó con rudeza. Vino pasito, pasito; se acurrucó junto a los pies de abuelo y pegó el hocico en tierra. No se le veían los ojos: el miedo los había apagado.

Yo no quise jugar con Garantía. Nunca podría explicar lo mucho que me impresionó la escena de la mañana, sobre todo cuando, ya en la galería, vi a Nico moverse y le oí decir, apenas vuelto en sí:

—Fue aposta...

Recuerdo fijamente cómo se alzó mi abuelo; casi estrujaba los puños entre los ojos de Nico. Habló con indignación, con voz de trueno:

—¡Cómo demonios lo iba a hacer aposta, muchacho!

Y luego, la cara como cenizosa de Nico; aquella mueca de cansancio; la sensación de que se le caían pedazos de rostro. Estaba tirado sobre el piso, la cabeza en una mancha de agua. Se incorporó muy lentamente, se pasó la mano por el lugar golpeado y se levantó. Le vi al rato buscar su sombrero con los ojos.

Me había dejado la escena como estrujado. Recordaba las piezas de ropa, cuando las retuercen para extraerles el agua, antes de ponerlas a secar.

Por eso no jugué con Garantía.

***

—Ignacio de Loyola fue un navarro testarudo y malo, Juan —explicaba el abuelo—. Fundó la Orden de Jesús y le premiaron sus maldades haciéndole santo.

Estábamos en la galería, junto a la enredadera de carmelitas. El sol se colaba blandamente por entre las hojas y se posaba en la camisa blanca de abuelito. Sin saber yo por qué, los dedos huesudos y tostados de papá Juan se clavaron en mis brazos. Me volví: tuve sólo la impresión de una mujer que corría dando gritos. La mujer llevaba las manos apretadas sobre la cabeza, los brazos contra la cara y el negro pelo suelto. Después pasaron más gentes corriendo. Los pies golpeaban el camino real y se cruzaban ladridos de perros. Oímos el rumor que se acercaba. Papá Juan estaba de pie, toda la dura mirada rompiendo las mallas que daban al camino.

Un grupo se acercó al portón; algo traían cargado. Papá Juan avanzó, su paso era largo y seguro; balanceaba la espalda y apenas movía los brazos.

Yo corrí tras él y tropecé con la mirada muerta de Minguito, con la mirada que era espesa y a flor de ojos. La sangre le salía del costado y caía a chorros finos sobre el polvo de la vereda. Los hombres caminaron de prisa hacia la enramada, señalada por el brazo recto de mi abuelo.

Él se volvió al camino. Me pareció que no podía ver porque sus ojos eran como telas estiradas. Llamó al otro grupo, y cuando tuvo frente a sí a Nico, su mano grande, su mano de trabajador, dibujó un semicírculo imponente en el aire. La voz era sorda y agria.

—¡Asesino!

Nada más dijo, pero pareció masticar cada sílaba.

Nico se acercó más aún. Tenía la cabeza baja y se le veía la frente pálida. Pretendió mover el brazo derecho, como si hubiera querido secarse alguna lágrima. Cuando habló, las palabras le salieron a golpes, ahogadas:

—Don Juan... Fue aposta... Él estaba enamorado... enamorado... de Mariquita...

—¡Asesino! —tornó a decir mi abuelo.

Yo vi claramente cómo escupía al hablar. Su voz era un soplo caliente y recio.

Nico alzó los hombros. Era ahora una dolorosa figura de hombre vencido, destrozado. Todo él parecía acurrucarse y alejarse, alejarse... Se me antojó que estaría mojado, como si hubiera llovido. Pero lo doloroso de su figura, de su desmadejamiento, se tradujo en la voz:

—Don Juan... fíjese que yo... yo... no le... no le he faltado el respeto... Por eso...

—¡Asesino! —le escupió mi abuelo, casi sobre el oído.

Yo estaba soliviantado y tenía ganas de romper en gritos. Aquí, junto a mí, mi abuelo encorvado movía el brazo y hablaba con lentitud, más impresionante que un incendio. Estaba, además, el hombre vencido, destrozado, encogido, lejano...

—Por eso... no lo maté... no lo maté en su casa... don Juan... —seguía Nico—. Fíjese que fue... que fue en el camino real...

Papá Juan apretó la quijada; extendió el brazo señalando el camino y miró al grupo.

Se lo llevaron. Era una masa abigarrada y murmurante. Abuelo creció hasta cubrirme el horizonte.

Entonces fue cuando sentí aquella oleada caliente que me llenaba el pecho; Garantía lamía la sangre y caminaba sobre la enramada, tras la huella roja que dejó Minguito.

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