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La herencia del atraso: pequeña burguesía y deformación moral en la sociedad dominicana

El bajo pequeño burgués, en su obsesión por escalar posiciones, incurre en toda clase de prácticas aberrantes: miente, roba, fabrica chismes, traiciona y mata; desacredita incluso a su propia madre; se atribuye vínculos con militares y funcionarios a los que jamás ha tratado; presume saberlo todo, calumnia, fabula, reproduce información sin verificar y, llegado el caso, vende su alma al diablo a cambio de la posesión y ostentación de bienes materiales...

La baja pequeña burguesía y la bonanza desarrollista

Imagen del crecimiento exponencial que vive la construcción en República Dominicana. ¿De dónde salen los recursos? En un país donde se refugian todas las mafias y los capos del mundo, además de los locales, no es de dudarse que sea dinero lavado (no con agua) y prensado (no con plancha) el empleado en este boom...

El tema de la baja pequeña burguesía constituye un objeto de análisis ineludible en la República Dominicana, especialmente en este período de bonanza desarrollista que, lejos de transformar las estructuras sociales, se limita a desnudar aquello que el capitalismo clasifica como "riqueza". En términos marxistas, dicha condición corresponde, en la mayoría de los casos, al alto pequeño burgués, al burgués o al oligarca; categorías estas últimas que no se ajustan plenamente a la realidad dominicana debido a los vicios estructurales y a las deformaciones conductuales de quienes han ingresado al denominado "club de los ricos" durante los últimos veinte años.

En múltiples ocasiones ha sido necesario examinar el comportamiento de los sectores dominicanos que se repliegan en la baja pequeña burguesía, así como el de aquellos que, aun habiendo ascendido en la escala social, conservan intactas las mismas aberraciones que caracterizan al "tíguere", ese fenómeno singular que la sociedad dominicana contemporánea ha institucionalizado hasta convertirlo en norma, dando lugar a un espacio social semejante a una selva, donde el irrespeto a la ley se ha naturalizado.

Esta deformación social hunde sus raíces en el profundo atraso histórico de la República Dominicana, provocado por dos factores estrechamente interrelacionados: la arritmia histórica de mediados del siglo XVI, derivada del descenso de la oligarquía esclavista al nivel hatero, y los más de 350 años de vida precapitalista que se extendieron desde inicios del siglo XVI hasta finales del siglo XIX. La oligarquía esclavista representaba el estadio previo a la conformación de una sociedad capitalista burguesa; sin embargo, el intento efectivo de desarrollo burgués no se produjo sino hasta mediados del siglo XX. Este desfase supone un retraso monumental en la evolución social dominicana y, como consecuencia directa, una profunda deformación de sus sujetos sociales.

Vicios y deformaciones sociales

Los prolongados años de vida precapitalista marcaron de manera irreversible a la sociedad dominicana; lejos de sentar bases sólidas, engendraron una pequeña burguesía deforme, carente de autonomía estructural y sin fundamentos materiales que permitieran la consolidación orgánica de cada estrato. La sociedad dominicana, tanto la histórica como la actual, es el producto de una trayectoria distorsionada en la que amplios sectores han institucionalizado el desorden, la inmoralidad, la indisciplina y la corrupción como patrones legítimos de comportamiento social. La conducta de la pequeña burguesía se rige por un afán compulsivo de ascenso social, ejecutado sin escrúpulos y orientado exclusivamente a la obtención individual de lujos y estilos de vida impropios de una sociedad estructuralmente atrasada.

El bajo pequeño burgués, en su obsesión por escalar posiciones, incurre en toda clase de prácticas aberrantes: miente, roba, fabrica chismes, traiciona, mata...; desacredita incluso a su propia madre; se atribuye vínculos con militares y funcionarios a los que jamás ha tratado; presume saberlo todo, calumnia, fabula, reproduce información sin verificar y, llegado el caso, vende su alma al diablo a cambio de la posesión y ostentación de bienes materiales. De este sujeto puede esperarse cualquier atrocidad, sin importar su magnitud; es corresponsable —junto a millones de sus iguales— de la sociedad que ha existido y persiste en la República Dominicana.

La selva: sistema sin régimen de consecuencias

Lo que se ve en esta imagen es poco comparado con las barbaridades que las calles de República Dominicana reproducen...

El escenario más elocuente para comprender esta realidad se manifiesta desde el momento mismo en que se pisa la calle. No obstante, antes de desmenuzar dicho espacio, resulta pertinente volver a los orígenes y abordar el hambre histórica que padeció el pueblo dominicano: el hambre material y simbólica de no poseer nada. Juan Bosch describió con lucidez la condición del país antes de que Rafael Trujillo comenzara a imprimir forma capitalista a un conglomerado social que, incluso antes de su independencia, vivía a la deriva. Nada de esto es fortuito: se trató de un pueblo conformado, en sus orígenes, por una mayoría de españoles con graves taras mentales, invadido luego por piratas y corsarios degenerados, y finalmente subyugado durante veintidós años por un Haití que, tras su admirable guerra de independencia, derivó en un desastre histórico sin precedentes.

Hechas estas precisiones, basta dar el primer paso hacia la calle para encontrar la expresión cotidiana de esta miseria colectiva, encarnada en los conductores de todo tipo de "vehículos": carros, guaguas —denominadas "yipetas", cuya sola mención provoca en su propietario una entonación cercana al clímax sexual—, camiones, motores, coches de caballos, carretas, triciclos, patinetas, entre otros. Poco importa si se trata de pobres capitalistas —bajos pequeños burgueses de las capas pobre y muy pobre— o de ricos capitalistas —altos pequeños burgueses que alcanzaron dicha posición reproduciendo todas las prácticas previamente descritas; solo una minoría logra convertirse en oligarca o burgués, sin abandonar, en ningún caso, las mismas mañas originarias—.

Quien se desplaza sobre cualquiera de esos medios lo hace con la misma lógica con la que antaño caminaba descalzo, bordeando lomas para llegar al colmadito más cercano, cortando montes y colinas para arribar con premura. Hoy, aun montado, no logra comprender que esas prácticas ya no son necesarias; la mentalidad de muerto de hambre que lo habita persiste intacta en su accionar cotidiano, siempre individualista, incapaz de asimilar la vida en sociedad. Del mismo modo en que el 95 % de los "orgullosos" dominicanos se desenvuelve en el tránsito —proclamando amor patrio mientras deshonra la bandera y a los patricios, y reproduce todas las formas posibles de violencia social: robo, mentira, profanación, asesinato, suciedad e irrespeto—, así actúa también en los negocios, en el trabajo, en los bancos y en cualquier otro espacio social, sin que importe si es empleado o propietario.

Ver:

Ing. Nemen Hazim Bassa
Santo Domingo, República Dominicana
20 de enero de 2026

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