«¡Feliz! Porque nací el día de mi cumpleaños; porque soy hijo de mamá y papá, padre de mi hija, abuelo de mi nieto, fidelista, chavista, internacionalista y fanático de los Medias Rojas de Boston...»
Ing. Nemen Hazim
Graduado Magna Cum Laude (MCL) en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD - 28/10/1977). Estudios complementarios en Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Argentina y Uruguay. En República Dominicana fue Ayudante de Profesor en la UASD; Profesor y Director de las Escuelas de Ingeniería Eléctrica e Ingeniería Mecánica en la Universidad Central del Este (UCE); y Gerente de Turbinas de Gas y Motores Diésel en la Corporación Dominicana de Electricidad (CDE). En Puerto Rico fue Encargado de Proyectos en Caribbean Electrical Industrial Services Corporation (CEISCO) y Co-dueño de Ingeniería Eléctrica y Mecánica (INGELMEC)...

Edad Media - Siglo de Oro Italiano


Del oscurantismo a la luz


El Renacimiento: Fue un movimiento espiritual de liberación, como si el hombre hubiese superado una etapa difícil, violenta, oscura en muchos aspectos y, de repente, volviera a descubrir el Sol, la luz, los colores, la Naturaleza y, de rechazo, a sí mismo. Fue un movimiento por el cual las artes, la cultura, las ciencias, las letras, la propia vida de los pueblos, sufrió una sacudida en busca de la Belleza y de la Verdad. Las causas que lo motivaron fueron múltiples, y diversos los factores que determinaron su aparición. Algunos de tipo netamente material, y otros de índole religiosa o filosófica. La riqueza fue la primera de las causas que permitieron una espléndida floración de artistas y de pensadores

. La Edad Media

. El Renacimiento

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. 10 Características del Renacimiento

. Humanismo renacentista

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. El Humanismo

. El Pensamiento Científico

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. El Siglo de Oro Italiano

. El Renacimiento y la Revolución Científica

De: Navarro Cordón, Juan Manuel y Pardo, José Luis. Historia de la Filosofía, Madrid, Anaya, 2009



La Edad Media

La expresión "Edad Media" ha sido empleada por la civilización occidental para definir el periodo de 1,000 años de historia europea entre el 500 y 1500 d. C. El inicio de la Edad Media está señalado por la caída del Imperio Romano Occidental, generalmente tomado como el fin de la historia clásica antigua. El inicio del Renacimiento (de Europa) marca el final de la Edad Media. Entre los acontecimientos que determinaron el final de este período destacan la caída de Constantinopla en 1453; la utilización por primera vez de la imprenta en 1456; el descubrimiento de América en 1492; la Reforma Protestante iniciada por Lutero en 1517, y el florecimiento de las artes en Italia. La Edad Media se sitúa, por lo tanto, entre lo que conocemos como historia antigua e historia moderna.

En Asia y Oriente Medio, este periodo histórico no entra fácilmente dentro del concepto europeo de Edad Media. China evolucionó paulatinamente desde los tiempos prehistóricos hasta el comienzo de la historia moderna occidental sin los bruscos cambios que tuvieron lugar en Europa. El poder en China estuvo en manos de diferentes dinastías y también fue víctima de invasiones, pero su cultura fundamental progresó de una manera estable. Japón también se desarrolló a un ritmo estable y sin interferencias. La historia de Oriente Medio se adapta un poco más a la Edad Media europea, al tratarse de zonas más cercanas y entre las que el contacto era continuo.

La Alta Edad Media

Tras la caída de Roma, Europa occidental entró un periodo conocido como la Alta Edad Media. Una de las razones por las que se le aplicó este nombre es que gran parte de la civilización romana fue aniquilada y reemplazada por una cultura más bárbara. Otro de los motivos es la escasez de documentos escritos que arrojen luz sobre esta etapa de la historia.

La Baja Edad Media

Esta época fue testigo de un extenso movimiento de ruptura por toda Europa y de la sustitución de la cultura romana, predominante hasta el momento, por la de las tribus germánicas. Durante 500 años, Europa había sufrido continuas guerras e invasiones. Sin embargo, la vida del campesinado no cambió básicamente y se acabó recuperando la estabilidad social y cultural, aunque con carácter diferente. Alrededor del año 1000, los europeos estaban creando una nueva civilización medieval que sobrepasaba a la antigua en casi todos los aspectos.

La organización de los ejércitos

En comparación con los grandes ejércitos nacionales de épocas más modernas, la organización de los ejércitos feudales era sencilla. Hasta finales de la Edad Media no hubo regimientos, divisiones o cuerpos permanentes. Cuando se convocaba a un ejército feudal, cada vasallo viajaba hasta el lugar de encuentro con los caballeros, arqueros e infantería que le habían solicitado. Una vez en el punto de encuentro, los contingentes eran reagrupados según su papel. Los caballeros y sus escuderos marchaban juntos, al igual que los arqueros y la infantería.

Las unidades especiales, como los ingenieros y la artillería de asedio, solían ser profesionales contratados para la campaña. Por ejemplo, la artillería empleada por los turcos contra Constantinopla fue manejada por mercenarios cristianos.

A finales de la Edad Media, ser soldado mercenario era una profesión respetable. Los guerreros emprendedores formaban compañías de mercenarios que permitían a un señor rico o a una ciudad la contratación de tropas ya listas y formadas para combatir. Algunas de estas compañías estaban especializadas en un solo tipo de lucha. Por ejemplo, en el año 1346, 2 mil ballesteros genoveses lucharon al servicio del ejército francés en la batalla de Crécy. Otras compañías de mercenarios aunaban contingentes de todas las clases. A menudo se les describía en términos del número de lanzas del que disponían. Cada lanza equivalía a un caballero armado más las correspondientes tropas de caballería, infantería y artillería. Una compañía de 100 lanzas representaba varios cientos de hombres armados. Este sistema dio origen al término "freelance".

En el ejército medieval, la jerarquía de mando era mínima. Pocas maniobras se planeaban de antemano, por lo que había escasa provisión de personal para apoyar a los mandos y transmitir órdenes.

En 1439, Carlos VII de Francia creó las Compañías Reales de Ordenanza. Estas compañías estaban formadas por caballeros o por soldados de infantería, y eran pagadas con el dinero de los impuestos. Cada compañía tenía una dotación establecida de hombres. Normalmente, era el propio rey quien escogía su armadura y las correspondientes armas. Esto fue el inicio de los modernos ejércitos permanentes de Occidente.

El suministro

Las provisiones de medicinas y alimento eran escasas. Los ejércitos medievales vivían directamente de las tierras que ocupaban o que atravesaban, en detrimento de sus pobladores. La llegada de un ejército aliado no era mejor que la de uno enemigo. Los ejércitos medievales no solían permanecer por demasiado tiempo en una misma zona, al agotarse pronto el suministro local de alimento y forraje. Esto suponía un problema especialmente en los asedios. Si el ejército sitiador no se organizaba para recibir comida y suministros durante el sitio, podía verse obligado a levantar la plaza para no morir de hambruna mucho antes de que los sitiados se vieran impelidos a la rendición.

La salubridad también era un problema cuando el ejército permanecía afincado en una misma zona. Un ejército medieval transportaba muchos animales además de las monturas de los caballeros, y los problemas de aguas residuales producían disentería. Los ejércitos feudales tendían a acabar consumidos por la enfermedad y por las deserciones. Durante su campaña en Francia, Enrique V de Inglaterra perdió en el asedio de Harfleur alrededor del 15 por ciento de su ejército debido a enfermedades, y las bajas aumentaron en su marcha hasta Aquisgrán. En la batalla en sí, sólo perdió el 5 por ciento de sus hombres. Enrique V murió de enfermedad en otro asedio a causa de las malas condiciones sanitarias.

El despliegue para la batalla

La mayoría de las batallas tenían una estructura fija en la que las dos facciones se organizaban en el campo de batalla antes de empezar la lucha. Las campañas de maniobras y los acuerdos para el encuentro eran poco frecuentes.

Antes de la batalla, los mandos dividían sus tropas en contingentes con tareas específicas. La primera separación podía ser en infantería, arqueros y caballería. Estos grupos podían subdividirse en otros a los que se encomendaban misiones individuales o que debían permanecer en la reserva. Un comandante podía, por ejemplo, organizar varios "batallones" o "divisiones" de caballería para que cargasen individualmente si lo precisaba o tenerlos de reserva. Los arqueros podían desplegarse a la cabeza del ejército con el apoyo de bloques de infantería. Una vez organizado el ejército, las únicas decisiones importantes a tomar eran cuándo ordenar el ataque a las distintos divisiones. Comenzada la batalla, había pocas previsiones para retirarse, reagruparse o reorganizarse. Por ejemplo, un batallón de caballeros raramente podía usarse en más de una ocasión. Una vez utilizados en determinado cometido, normalmente se los retiraba o se los reforzaba. Una carga de toda la caballería pesada causaba tal confusión, pérdida de equipamiento y de caballerías, que las tropas se quedaban prácticamente sin fuerzas. En la batalla de Hastings, los caballeros normandos fueron reagrupados para nuevas cargas, pero no cargaron simultáneamente porque no fueron capaces de romper el muro de escudos sajones.

Los mandos superiores disponían del terreno para su ventaja y realizaban misiones de reconocimiento para evaluar los puntos débiles y fuertes de ejército enemigo.

El pago de los rescates

La recompensa última al triunfo en la batalla era la concesión de honores y de feudos. La más común consistía en el botín obtenido en el saqueo de los cuerpos, las ciudades y castillos, con la venta de armas y armaduras de los muertos, y mediante el cobro del rescate de prisioneros de rango. Se esperaba que los caballeros pagaran un rescate a cambio de su vida. Uno de los rescates más importantes de los que haya quedado constancia fue el de la suma equivalente a más de 20 millones de dólares modernos pagada a un príncipe alemán a cambio de la libertad de Ricardo I de Inglaterra, capturado durante su regreso de las Cruzadas.

En Aquisgrán, los ingleses tenían presos en la retaguardia a un nutrido grupo de caballeros franceses con el fin de pedir su rescate. Durante la batalla, un contingente francés asaltó la retaguardia inglesa provocando brevemente el pánico de Enrique V. Este ordenó la ejecución de los prisioneros para así evitar su liberación, perdiendo de ese modo una fortuna en rescates.

La captura de los caballeros era registrada por los heraldos, que apuntaban qué soldados eran responsables de su captura y por lo tanto debían recibir el rescate. Luego lo notificaban a los familiares de los prisioneros, disponiendo el pago del rescate y finalmente su liberación.

La popularidad que cobraron los rescates puede parecer una costumbre muy civilizada, pero encubre el aspecto más siniestro de la historia. Los prisioneros de bajo rango podían ser directamente asesinados para evitar las molestias derivadas de su vigilancia y alimentación.

La estrategia militar

La estrategia militar medieval se centraba en el control de las fuentes de riqueza y, en consecuencia, en su capacidad para la ocupación de tierras. Al principio del periodo, esto equivalía básicamente a destruir o defender los campos, ya que toda la riqueza tenía origen en las tierras de labranza y en los pastos. Con el paso de los años, las ciudades se convirtieron en importantes puntos de control como centros de riqueza derivados del comercio y la manufactura.

Conquistar y mantener el control de los castillos era parte esencial de las guerras, ya que éstos defendían las tierras de labranza y pasto. Los ocupantes del castillo controlaban a la población de los alrededores. A medida que iban creciendo, las ciudades también se fortificaron. La defensa y la conquista de ciudades fue adquiriendo gradualmente mayor importancia que el control de los castillos.

Los ejércitos de tierra maniobraban para conquistar las fortificaciones claves y devastar los campos, o para evitar que el enemigo llevara a cabo esas mismas acciones. Las batallas campales se producían para poner fin a la destrucción provocada por las invasiones enemigas. Por ejemplo, los anglosajones se batieron en Hastings, en el año 1066, para poner fin a una invasión de los normandos. Los anglosajones fueron derrotados y los normandos, bajo Guillermo el Conquistador, pasaron los siguientes años estableciendo su control sobre Inglaterra mediante una campaña de conquistas. La batalla de Lechfield, librada en el 955, enfrentó a los germanos y a invasores magiares provenientes del Este. La victoria decisiva de los germanos, bajo el mandato de Otón I, puso fin a posteriores invasiones de los magiares. La derrota de los moros en el 732 por parte de Carlos Martel acabó con las invasiones musulmanas y con su expansión fuera de España.

Las batallas de Crécy, Poitiers y Aquisgrán, libradas durante la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, fueron tres intentos por parte de los franceses de frenar las incursiones inglesas. Los franceses fueron derrotados en las tres batallas, por lo que las invasiones inglesas siguieron su curso. En este caso, sin embargo, los ingleses no lograron un control permanente de los territorios y, con el tiempo, los franceses acabaron por ganar la guerra.

Las Cruzadas fueron intentos de conquistar y controlar puntos estratégicos en Tierra Santa que permitiesen obtener el control de la zona. Las batallas en las Cruzadas tenían lugar para acabar con el control de uno de los bandos. La victoria de los Sarracenos bajo Saladino, en la batalla de Hattin en 1187, permitió a éstos la reconquista de Jerusalén.

Las tácticas militares

Las batallas medievales fueron evolucionando desde desordenados enfrentamientos entre bandas armadas a batallas en las que se usaban tácticas y maniobras. Parte de esta evolución se debió al desarrollo de distintos tipos de soldados y armas, y al aprendizaje de su manejo. Los primeros ejércitos de la Alta Edad Media consistían en grupos de infantería. Al desarrollarse la caballería pesada, los mejores ejércitos pasaron a ser hordas de caballeros. Los soldados de infantería quedaron destinados a devastar las tierras de labranza y a realizar el trabajo pesado durante los asedios. Sin embargo, en el campo de batalla este tipo de soldado corría riesgos respecto a ambos bandos, al buscar los caballeros el enfrentamiento con sus enemigos en combates individuales. Esto era así principalmente a principios del periodo, cuando la infantería se constituía de siervos y de campesinos sin preparación. Los arqueros eran también útiles en los asedios, pero corrían igualmente el riesgo de ser arrollados en el campo de batalla.

A finales del siglo XV, los comandantes estaban haciendo progresos en disciplinar a sus caballeros y en lograr que sus tropas funcionasen en equipo. En el ejército inglés, los caballeros acabaron otorgando a regañadientes su respeto a los arqueros después de que éstos demostraran su valor en numerosos campos de batalla. La disciplina también mejoró al haber más caballeros que luchaban por dinero y menos que lo hicieran por el honor y la gloria. En Italia, los soldados mercenarios adquirieron fama por largas campañas en las que apenas se derramó sangre. Para entonces, los soldados de todos los rangos eran activos de valor que no debían desaprovecharse a la ligera. Los ejércitos feudales en busca de gloria se convirtieron en ejércitos profesionales más interesados en seguir viviendo para disfrutar la paga.

Las tácticas de la caballería

La caballería normalmente se organizaba en tres grupos, o divisiones, que eran lanzadas al combate una detrás de otra. La primera oleada debía abrirse paso entre el ejército enemigo o desbaratar sus filas para que la segunda o la tercera pudiesen hacerlo. Una vez que el enemigo se ponía a correr, comenzaban la matanza y la captura propiamente dichas.

En la práctica, los caballeros actuaban individualmente en detrimento de lo planeado por el comandante. El honor y la gloria eran los principales intereses de los caballeros, por lo que maniobraban para obtener posiciones de primera fila en la primera división. La victoria del ejército en el campo de batalla era un objetivo secundario al de su propia gloria. Batalla tras batalla, los caballeros cargaban tan pronto como veían al enemigo, desbaratando todo plan previsto.

En ocasiones, los comandantes desmontaban a sus caballeros para poder controlarlos mejor. Esta opción era bien acogida por las tropas menores, cuyas esperanzas en las luchas de embestida eran realmente pocas, por lo que aumentaba el vigor en el combate y la moral del soldado común. En este caso los caballeros, junto con soldados de infantería, luchaban tras estacas u otras construcciones defensivas que se diseñaban para minimizar el impacto de las cargas de la caballería.

Un ejemplo de conducta indisciplinada por parte de los caballeros fue la batalla de Crécy en 1346. El ejército francés superaba en número al inglés (40.000 contra 10.000), y tenía una cantidad mucho mayor de caballeros. Los ingleses se dividieron en tres grupos de arqueros protegidos por estacas. Entre los tres grupos había dos de caballeros desmontados. Un tercer grupo de caballeros sin montura permanecía en la reserva. El rey francés envió a los ballesteros mercenarios genoveses a contener al ejército enemigo mientras él trataba de organizar en tres grupos a sus propios caballeros. Sin embargo, las ballestas estaban mojadas y resultaron ineficaces. Por su parte, los caballeros franceses ignoraron los esfuerzos de su rey nada más divisar al enemigo, prorrumpiendo en frenéticos gritos de "¡Mueran! ¡Mueran! ¡Mueran!". Impacientándose con los ballesteros genoveses, el rey francés mandó cargar a sus caballeros, que arrollaron a su paso a los genoveses. Aunque la lucha se prolongó durante todo el día, los caballeros y arqueros ingleses, cuyas cuerdas de los arcos permanecían secas, derrotaron a la caballería francesa por la indisciplina con que combatió.

A finales de la Edad Media, el valor de la caballería pesada en el campo de batalla había descendido al nivel de los tiradores y la infantería. Para entonces, ya se había aprendido la inutilidad de cargar contra una infantería bien disciplinada y situada. Las reglas habían cambiado. Las estacas, trampas para caballos, y trincheras se empleaban con asiduidad para protegerse de las cargas de caballería. Las cargas contra filas masivas de piqueros y arqueros/artilleros dejaban como único resultado una pila de caballos y hombres destrozados. Los caballeros se vieron obligados a luchar a pie o a esperar una oportunidad propicia para cargar. Las cargas devastadoras eran aún posibles, pero sólo cuando el enemigo estaba en desbandada, desorganizado o fuera de sus temporales construcciones defensivas.

Las tácticas de la artillería

Durante la mayor parte de la Edad Media, las tropas de artillería estaban integradas por arqueros que manejaban alguno de los distintos tipos de arco. Al principio era el arco corto, después la ballesta y finalmente el arco largo. Los arqueros tenían la ventaja de poder matar y herir a enemigos a distancia sin participar en el combate cuerpo a cuerpo. El valor de este tipo de tropas era bien conocido en la antigüedad, pero las lecciones aprendidas se olvidaron temporalmente durante la Alta Edad Media. Los caballeros guerreros que tenían la tierra bajo su control detentaban el rango más alto, y su código exigía el combate cuerpo a cuerpo contra un enemigo importante. Matar a distancia con flechas era un deshonor para los caballeros, por lo que las clases dominantes se ocuparon poco de desarrollar este arma y de utilizarla eficazmente.

Sin embargo, con el tiempo se fue poniendo de manifiesto que los arqueros eran útiles y eficaces tanto para los asedios como para las batallas. Más y más ejércitos, aunque fuera a regañadientes, les hicieron sitio. La victoria decisiva de Guillermo I en Hastings en el año 1066 pudo deberse a sus arqueros, aunque los caballeros, como era tradición, se llevaron la mayor parte del crédito. Los anglosajones ocupaban una ladera, y estaban tan apiñados tras su barrera de escudos, que los caballeros normandos tenían grandes problemas para penetrarla. La lucha transcurrió durante todo el día. Finalmente los anglosajones se aventuraron a dejar su barrera de escudos, en parte para dar alcance a los arqueros normandos. Una vez fuera, los anglosajones fueron abatidos con facilidad. Durante un tiempo, pareció que los normandos iban a perder, pero muchos piensan que los arqueros normandos estaban ganando la batalla. Un flechazo afortunado hirió de muerte a Harold, el rey anglosajón y, a partir de ese momento, la batalla concluyó rápidamente.

Los arqueros de infantería combatían en formaciones masivas de cientos e incluso miles de hombres. Dentro de un radio de acción de cien yardas, tanto los disparos con arco como los de las ballestas podían penetrar las armaduras. A esa distancia, los arqueros disparaban a objetivos individuales. Las consecuencias para el enemigo eran devastadoras, especialmente si no podían responder al ataque. En una situación ideal, los arqueros desbarataban la formación enemiga disparando durante algún tiempo. El enemigo podía estar a salvo de la caballería tras las estacas, pero no podía parar todas las flechas o saetas que le disparaban. Si el enemigo abandonaba sus defensas y cargaba contra los arqueros, la caballería pesada entraba en acción para intentar salvar a los arqueros. Si la formación enemiga no se movía de su sitio, podía acabar debilitándose hasta el punto de que la caballería pudiese cargar con eficacia.

A los arqueros se les animaba y subvencionaba activamente en Inglaterra ya que los ingleses, al librar batallas en el continente, estaban en desventaja en cuanto a número. Cuando los ingleses aprendieron a usar los grandes contingentes de arqueros, empezaron a ganar batallas a pesar de su inferioridad numérica. Los ingleses desarrollaron la táctica del aluvión de flechas aprovechando el arco de largo alcance. En lugar de disparar sobre objetivos individuales, lo hacían sobre el área ocupada por el enemigo. Disparando hasta seis flechas por minuto, tres mil arqueros podían arrojar 18.000 flechas contra una formación enemiga. Los efectos de tamaño aluvión en los hombres y caballos eran devastadores. Los caballeros franceses que luchaban en la guerra de los Cien Años, hablaban de que el cielo se teñía de negro y del ruido de los proyectiles en su trayectoria.

Los ballesteros adquirieron importancia en los ejércitos del continente, sobre todo en las milicias y ejércitos profesionales mantenidos por ciudades. Con un mínimo de entrenamiento, un ballestero se convertía un soldado eficaz.

En el siglo XIV, las primeras pistolas primitivas hacían su aparición en el campo de batalla. Cuando funcionaban, eran incluso más poderosas que los arcos.

El problema de emplear arqueros era protegerlos mientras disparaban. Para ser eficaces, tenían que estar relativamente cerca del frente enemigo. Los arqueros ingleses transportaban estacas que clavaban con mazos en el campo de batalla frente al objetivo de sus proyectiles. Estas estacas les prestaban cierta protección frente a la caballería enemiga. Ellos confiaban en el poder de su arsenal para rechazar a los arqueros enemigos. Si eran atacados por la infantería enemiga, se hallaban sin embargo en desventaja. Los arqueros llevaban un gran escudo apaisado al campo de batalla. Este escudo llevaba soportes y podía instalarse en forma de barrera tras la que parapetarse y poder disparar.

A finales del periodo, ballesteros y piqueros luchaban en equipo en formaciones combinadas. Los piqueros mantenían a raya a las tropas enemigas que luchaban cuerpo a cuerpo, mientras que los artilleros disparaban contra la formación enemiga. Estas formaciones mixtas aprendieron a moverse y de hecho a atacar. La caballería enemiga tenía que retirarse ante una fuerza combinada de piqueros y de ballesteros/pistoleros. Si el enemigo no podía responder con sus propias picas y proyectiles, probablemente tenía la batalla perdida.

Las tácticas de la infantería

En la Edad Media, la táctica de los soldados de infantería consistía sencillamente en acercarse al enemigo y descargar hachazos. Los francos arrojaban sus hachas justo antes de lanzarse sobre el enemigo. Los guerreros contaban con la fuerza y la ferocidad para vencer.

El ascenso de los caballeros colocó temporalmente a la infantería en un segundo plano, principalmente porque no existía una infantería bien disciplinada e instruida. En los primeros ejércitos medievales, los soldados que luchaban de infantería eran campesinos mal armados e instruidos en su mayor parte.

Los sajones y los vikingos desarrollaron una postura defensiva llamada el muro de escudos. Los hombres se colocaban de forma contigua y juntaban sus largos escudos para así formar una barrera. Esto servía para protegerlos de los arqueros y de la caballería, de los cuales carecía su ejército.

La infantería experimentó un resurgimiento en aquellas áreas que carecían de condiciones para formar tropas de caballería pesada, por ejemplo en los países de relieve accidentado como Suiza y Escocia, y en las ciudades en pendiente. Debido a la necesidad, estas dos partes encontraron formas de organizar ejércitos eficaces que incluían muy poca o ninguna caballería. Ambos grupos descubrieron que los caballos no cargarían contra una barrera de estacas afiladas o de puntiagudas lanzas. Una formación disciplinada de lanceros podía detener a la elite de la caballería pesada de los nobles y naciones de mayor poder, y todo ello por una mínima parte del coste que suponía una fuerza de caballería pesada.

Una formación schiltron era un círculo de lanceros que los escoceses comenzaron a emplear durante las guerras de independencia que se produjeron hacia finales del siglo XIII. Ellos descubrieron que el schiltron era una formación defensiva eficaz. Robert Bruce sólo presentaba batalla a los caballeros ingleses en terreno pantanoso, lo que dificultaba notablemente la carga de la caballería pesada.

Los suizos adquirieron renombre en la lucha de picas. Básicamente revivieron la falange griega y llegaron a adquirir una gran pericia en el combate con largas armas de palo. Lo que hacían era formar un escuadrón de piqueros. Las cuatro filas exteriores sujetaban las picas a una altura similar, apuntando algo hacia abajo. Esto creaba una barrera eficaz contra la caballería. Las filas de la retaguardia usaban armas de palo acuchillado para hacer frente a los enemigos que se acercaban a la formación. Los suizos estaban entrenados hasta tal punto que eran capaces moverse en formación con relativa rapidez. Ellos convirtieron una formación defensiva en una fuerza de ataque de igual eficacia.

La respuesta frente a los compactos grupos de piqueros era la artillería, que rompía las filas de estas densas formaciones. Los españoles parecen haber sido los primeros en lograrlo de forma eficaz. Los españoles combatían también con pericia a los piqueros mediante espadachines con escudos. Se trataba de hombres ligeramente armados que podían penetrar entre las picas y luchar eficazmente con sus cortas armas. Su defensa era un pequeño y manejable escudo. Al final de la Edad Media, los españoles fueron también los primeros en experimentar combinando, en una misma formación, a piqueros, espadachines y pistoleros. El resultado fue una eficaz formación capaz de enfrentarse a las distintas armas en varios terrenos, tanto en la defensa como en el ataque. A finales del periodo medieval, los españoles eran la fuerza militar más eficaz de Europa.

Los ejércitos de la Alta Edad Media

Las tribus germánicas que invadieron el Imperio Romano a principios de la Edad Media, luchaban por lo general a pie y con hachas y espadas. Las únicas armaduras que solían usar eran cascos y escudos. Se organizaban en bandas armadas bajo el liderazgo de un jefe. Aunque eran feroces guerreros, luchaban como turbas sin coordinación. Las disciplinadas legiones romanas habían obtenido grandes victorias contra las tribus germánicas durante siglos, en parte por la fragilidad que se derivaba de su propio ímpetu. Pero al final del imperio, la calidad de las legiones romanas empezó a decaer, y las tribus germánicas pudieron traspasar sus fronteras.

No todas las tribus germánicas luchaban a pie. Una excepción eran los godos, que se habían acostumbrado a la caballería desde su asentamiento al norte del Mar Negro. Los visigodos y ostrogodos aprendieron las artes de la caballería gracias al contacto con el Imperio Romano Oriental al sur del Danubio, así como con los jinetes bárbaros de Asia. El ejército del Imperio Romano Oriental puso gran interés en el desarrollo de la caballería debido a sus conflictos con dos pueblos de jinetes bárbaros: los partos y los persas.

Tras la caída de Roma, la mayoría de las guerras que tuvieron lugar en Europa se realizaron con soldados de infantería. Una excepción podría haber sido la lucha de Arturo de Inglaterra contra los invasores sajones, aunque no tenemos pruebas de que su éxito se debiera al uso de la caballería. Puede que Arturo lograra detener el avance sajón en Inglaterra durante 50 años gracias al uso de la caballería o al empleo de tropas disciplinadas. Otra excepción fue el ejército bizantino, que recuperó el norte de África de las manos de los vándalos y estuvo a punto de lograr devolver el control de Italia al Imperio Romano Oriental en el siglo VI. El poderío del ejército bizantino en esta época radicaba en su caballería. También contaba con grandes líderes y con un dominio de las tácticas de guerra desconocido por los bárbaros.

En estos primeros siglos, la lucha rara vez implicaba a grupos que pudieran ser descritos como ejércitos. Se trataba de las mismas bandas armadas de épocas anteriores, pequeñas para el estándar bizantino o asiático, y con tácticas y estrategias limitadas. Las principales actividades militares eran las incursiones para obtener alimento, esclavos y armas como botín de guerra. Las agresivas tribus se desplazaban arrasando en su camino las reservas de alimento de sus enemigos, dejándolos morir de hambre y esclavizando a los supervivientes. Las batallas eran casi siempre enfrentamientos entre hordas guerreras que luchaban cuerpo a cuerpo con hachas y espadas. Luchaban como turbas, no como las disciplinadas formaciones que caracterizaban al ejército romano, protegiéndose con cascos, escudos y un tipo ligero de armadura. Las armaduras de cuero eran las más frecuentes; sólo los jefes y la élite llevaban armaduras de cota de malla.

A principios del siglo VIII, la España visigoda cayó ante los guerreros del Islam, muchos de los cuales luchaban como caballería ligera. Al mismo tiempo, los nómadas magiares de las planicies húngaras incrementaron sus ataques a caballo en Europa Occidental. En el 732, un ejército de infantería franco derrotó una invasión de la caballería musulmana cerca de Poitiers lo que puso fin a la expansión musulmana hacia el norte. Carlos Martel, líder guerrero de los francos, quedó impresionado por la caballería mora y emprendió la reforma de parte de su ejército. Esta fue continuada en años posteriores por el gran rey de los francos Carlomagno. La caballería pesada franca fue el origen del caballero armado que llegó a representar las luchas medievales.

Durante 30 años, Carlomagno llevó a cabo campañas militares que incrementaron el tamaño de su imperio. El ejército franco estaba formado por la infantería y la caballería armada, pero la caballería fue su fuerza principal y más impresionante. Podía moverse con rapidez y dirigir duros ataques a los enemigos, que luchaban en su mayoría a pie. Las campañas de Carlomagno eran invasiones con fines económicos en las que se quemaba, saqueaba y devastaba al enemigo hasta lograr su rendición. Carlomagno se enfrentó en muy pocas ocasiones contra adversarios organizados.

Los vikingos luchaban exclusivamente a pie, pero acostumbraban a reunir caballos al desembarcar, utilizándolos para invadir las tierras del interior. Sus invasiones comenzaron a finales del siglo VIII y terminaron en el siglo XI. Los descendientes de los invasores vikingos, los normandos del noroeste de Francia, se acostumbraron rápidamente a utilizar caballos y llegaron a ser unos de los guerreros con mayor éxito de finales de la Edad Media.

A principios del siglo X, los alemanes empezaron a desarrollar su caballería bajo el reinado de Otón I. El objetivo era contar con una fuerza de contraataque rápida contra las invasiones vikingas, así como frenar las incursiones a caballo de los bárbaros del este.

Hacia finales del siglo X, la caballería pesada fue una parte fundamental del ejército europeo, con la excepción de la Inglaterra anglosajona, las tierras celtas (Irlanda, Gales y Escocia) y Escandinavia.

El resurgimiento económico

A principios de la Edad Oscura, Europa del Norte estaba densamente arborizada. Hacia el año 1000 d.C., muchos de los bosques habían desaparecido y la mayoría de los que quedaban estaban siendo reemplazados por granjas y pastos. El suelo era generalmente excelente, un légamo de roca finamente molida depositada durante la última etapa de la Era Glacial. Dos invenciones claves aceleraron la deforestación de Europa y llevaron a un incremento de la producción alimentaria. La primera fue la brida para los caballos que se inventó en China y que, gradualmente, llegó hasta Europa. Esta brida mejorada se adapta al pecho del caballo en lugar de a su tráquea, permitiéndole tirar de cargas de mucho mayor peso sin ahogarse. La segunda invención fue el arado pesado con ruedas, necesario para surcar las profundas capas de légamo y el entramado de extensas raíces de los viejos bosques. El significativo aumento de la producción alimentaria fue el detonante del resurgimiento económico de Europa, que se acompañó de un crecimiento de la población.

La creciente población, que no era ya necesaria en los feudos, emigró hacia las ciudades que a su vez crecían como respuesta a la necesidad de ampliar el mercado. Los excedentes de alimentos y los productos de las nuevas industrias (como la confección de vestimenta, la construcción de barcos y la fabricación de herramientas) se intercambiaban en mercados y ferias comerciales. Los reyes alentaban el crecimiento de las ciudades porque sus habitantes solían ser aliados de la autoridad central en contra de los señores feudales locales. Los ciudadanos pagaban impuestos, no servicios feudales. Apareció en las ciudades una clase media que se mantenía gracias al comercio, la producción manufacturera y el préstamo monetario. Los mercaderes dominaban la administración de la ciudad, adquiriendo riqueza y poder.

Los artesanos y los comerciantes se organizaron en asociaciones conocidas como gremios. Estas asociaciones controlaban los precios y la producción, aseguraban un alto nivel de servicio o de manufactura, y organizaban la formación de los artesanos mediante el sistema del aprendizaje. Este control aseguraba tanto la alta calidad de los productos como el buen nivel de vida de los miembros de los gremios. Era frecuente que los gremios se concentraran en una parte de la ciudad cuyos barrios y calles tomaban el nombre de los distintos oficios, como las londinenses Threadneedle Street (Calle de los Costureros) y Ironmongers Lane (Calle de los Herreros).

EL incremento del comercio dio lugar a un nuevo auge en la fabricación. Ambos llevaron al desarrollo de la banca, que en el S. XIII se centraba principalmente en el norte de Italia. Los nuevos negocios necesitaban dinero para comenzar su actividad y funcionar eficazmente. El dinero actuaba como medio de intercambio y referencia de valor, y era imprescindible para dejar atrás la deficiente economía de trueque. Italia tenía excedentes de divisas de su lucrativo comercio en el Mediterráneo, especialmente con Levante. El florín de oro de Florencia se convirtió en la moneda más popular de finales de la Edad Media.

La llegada de la pólvora

En el siglo XI, los chinos ya conocían la pólvora y la utilizaban con fines militares para propulsar cohetes. Sin embargo estas armas causaban más terror que estragos. Los chinos también experimentaron con los fuegos artificiales. Pero no comprendieron el potencial de la pólvora como explosivo o propulsor de proyectiles.

La pólvora avanzó progresivamente hacia occidente, donde los europeos descubrieron usos mucho más destructivos de esta substancia. La obra de arte europea más antigua que conservamos en la que se representa un arma de pólvora, apareció en 1326. Este primitivo cañón se cargaba con una especie de lanza, no con balas de cañón. Los europeos habían experimentado con la pólvora durante el medio siglo precedente. La descripción más antigua de la fórmula que conservamos apareció en 1260, y se le atribuye a un fraile inglés llamado Roger Bacon. Hacia 1340, se utilizaban balas de cañón de plomo, hierro y piedra. Los ingleses usaron cañones en el campo de batalla de Crécy, en 1346, pero no se menciona su utilidad en la crónica de la batalla.

Los cañones

Tuvieron que pasar varios siglos de experimentación antes de que las armas de pólvora resultaran verdaderamente útiles. Una de las dificultades era el crear una pólvora que ardiera de manera rápida, uniforme y potente. Otra radicaba en diseñar cañones adecuados que no explotaran. Los primeros cañones se caracterizaron por una fabricación deficiente, lo que hacía casi tan peligroso dispararlos como ser su blanco. En 1460, por ejemplo, el rey Jaime II de Escocia murió a causa de la explosión de un cañón.

A mediados del siglo XV, las tecnologías de los cañones y de la pólvora habían avanzado suficientemente como para ser considerados armas importantes. Esto quedó claro en 1453, cuando enormes cañones de asedio, disparando macizas balas de cañón, castigaron las murallas de Constantinopla. Aunque la causa principal de la caída de Constantinopla fue una pequeña puerta que quedó abierta, el bombardeo consiguió hacer posible un ataque directo.

En la Edad Media, los cañones se utilizaban para derribar murallas durante los asedios y para disparar contra las filas enemigas en el campo de batalla. Su capacidad para derribar paredes verticales dio lugar a modificaciones en la construcción de los castillos. Los altos muros en vertical fueron reemplazados por murallas inclinadas de menor altura. En este periodo, la utilidad de los cañones en el campo de batalla era muy limitada por ser su manejo tan laborioso y tan difícil su traslado a otras posiciones durante la acción.

Las armas de mano

En 1350, aparecieron ilustraciones de varios tipos de armas de mano. Eran armas primitivas que consistían en un tubo hueco tapado por un extremo y con un agujero en el lateral (cerca del extremo bloqueado). En el agujero se colocaba una mecha (una cuerda corta de material inflamable) para prender la pólvora y disparar la bala cargada previamente en el cañón. No servía de mucho intentar apuntar con estas primeras armas de mano. Sólo resultaban efectivas si eran disparadas en descargas y por varios hombres a un tiempo contra blancos compactos. Hacia 1450, la mayoría de los ejércitos europeos avanzados usaban armas de mano. Aún así los arcos y las ballestas, al ser armas eficaces y poco costosas, siguieron empleándose como armamento de infantería hasta el siglo XVI.

El auge de los caballeros

En tiempos de Carlomagno, los guerreros a caballo se habían convertido en la élite de las unidades militares francas y esta novedad se extendió por Europa. Luchar desde un caballo reportaba mayor gloria en la batalla porque los jinetes podían moverse velozmente y pisotear al enemigo de menor rango que luchaba a pie. Cuando las caballerías de dos ejércitos se enfrentaban entre sí, la velocidad de la carga y el violento choque que se producía resultaban estimulantes. La caballería gozaba de mayor prestigio por el alto coste de los caballos, las armas y las armaduras. Sólo los individuos adinerados o los siervos de los ricos podían permitirse luchar como jinetes.

Los reyes de la Edad Oscura tenían poco dinero para poder pagar grandes contingentes de costosa caballería. Los guerreros eran hechos vasallos a cambio de feudos de tierra. El beneficio obtenido de esas tierras debía usarse para pagar caballos y equipamiento. En la mayoría de los casos, los vasallos mantenían también a grupos de soldados profesionales. En un tiempo en que la autoridad central era débil y las comunicaciones pobres, los vasallos, ayudados por sus siervos, eran los responsables de la ley y el orden dentro de su feudo. A cambio de este feudo, los vasallos accedían a proporcionar apoyo militar a su señor. De esta manera, los nobles y los reyes podían disponer de un ejército cuando lo deseaban. Los vasallos a caballo eran la élite de estos ejércitos.

Al avanzar la Edad Media, esta élite de guerreros a caballo de Europa Occidental empezó a ser conocida como caballeros. Se desarrolló un código de conducta, llamado de caballería, que detallaba cómo debían comportarse. Estaban obsesionados con el honor, tanto en tiempos de paz como de guerra, aunque por lo general esto se limitase al trato con sus iguales, no con los plebeyos y campesinos que constituían la mayor parte de la población. Los caballeros se convirtieron en la clase dominante al controlar la tierra, de la que se derivaba toda la riqueza. Al principio, los aristócratas eran nobles debido a su prestigio de guerreros superiores en un mundo de violencia. Más tarde, su situación y prestigio se convirtieron principalmente en hereditarios, en detrimento de su importancia como guerreros.

La caballería

El término "caballería" empezó a utilizarse refiriéndose a la equitación. Los guerreros de élite de la Edad Media se distinguían del campesinado y el clero, así como entre ellos, por su habilidad para montar y su valor como guerreros. El símbolo de alto nivel de la época era poseer caballos rápidos y fuertes, armas atractivas y eficaces, y una armadura bien confeccionada.

Hacia el siglo XII, la caballería se había convertido en una forma de vida. Las reglas básicas del código de caballería eran las siguientes:

* La protección a las mujeres y a los débiles.
* El triunfo de la justicia frente a la injusticia y el mal.
* El amor a la tierra natal.
* La defensa de la Iglesia, incluso a riesgo de perder la vida.

En la práctica, los caballeros y aristócratas ignoraban este código cuando les convenía. Las disputas entre nobles y los enfrentamientos por la tierra tenían preferencia ante cualquier otro código. La costumbre de las tribus germánicas que establecía que las tierras debían repartirse entre los hijos de un señor, en vez de pasar en su totalidad al primogénito, a menudo daba lugar a guerras entre hermanos por el botín. Un ejemplo de esto fue el conflicto entre los nietos de Carlomagno. La Edad Media está plagada de este tipo de guerras civiles, en las cuales los que más perdían solían ser los campesinos.

A finales de la Edad Media, los reyes crearon las órdenes de caballería. Eran organizaciones exclusivas para caballeros de alto rango que juraban obediencia mutua y a su rey. Ser miembro de una orden de caballería era extremadamente prestigioso y distinguía a un hombre como uno de los más importantes del reino. En 1347, durante la Guerra de los Cien Años, Eduardo III de Inglaterra fundó la Orden de Garter, que ha perdurado hasta nuestros días. Esta orden estaba formada por los 25 caballeros de mayor rango de Inglaterra, y se fundó para asegurar su lealtad al rey y su dedicación a lograr la victoria durante la guerra.

La Orden del Vellocino de Oro fue creada por Felipe el Bueno de Borgoña en 1430 y se convirtió en la más rica y poderosa de toda Europa. Luis XI de Francia creó la Orden de San Miguel para controlar a sus principales nobles. Las Órdenes de Calatrava, Santiago y Alcántara se crearon para expulsar a los moros de España. Fueron unificadas bajo el reinado de Fernando de Aragón, cuyo matrimonio con Isabel de Castilla sentó las bases de un solo reino español. Se convertiría en gran maestre de las tres órdenes, que mantendrían sin embargo su independencia.

La ordenación de los caballeros

A la edad de siete u ocho años, los niños de la clase noble eran enviados para servir de pajes en la casa de un gran señor. Las mujeres les enseñaban los conocimientos sociales básicos, y empezaban un entrenamiento elemental del uso de las armas y la equitación. Alrededor de los 14 años, los jóvenes se convertían en escuderos, es decir en aprendices de caballero. Cada escudero se asignaba a un caballero, que debía continuar la educación del joven. Los escuderos eran compañeros habituales y sirvientes de los caballeros. Los deberes de los escuderos incluían limpiar la armadura y las armas (propensas a oxidarse), ayudar al caballero a vestirse y desvestirse, cuidar de sus pertenencias, e incluso dormir a su puerta como guardián.

En los torneos y batallas, los escuderos asistían al caballero en todas sus necesidades. Traían armas y caballos de reemplazo, curaban sus heridas, retiraban a los heridos del campo de batalla y, llegado el caso, se encargaban de que recibiera un entierro digno. En muchas ocasiones, los escuderos iban a la guerra con el caballero y luchaban a su lado. Los guerreros evitaban combatir contra los escuderos del bando enemigo y preferían buscar un caballero de su rango, o superior. Los escuderos, por su parte, deseaban enfrentarse a caballeros para obtener prestigio matando o capturando a un enemigo noble.

Además del entrenamiento marcial, los escuderos se fortalecían mediante juegos, aprendían a leer y, generalmente, también a escribir, y estudiaban música, baile y canto.

A la edad de 21 años, un escudero podía ser designado caballero. Los candidatos que lo merecían, recibían ese honor de manos de un señor o de otro caballero de alto rango. En un principio, la ceremonia de ordenación era simple; consistía normalmente en ser tocado con una espada en el hombro y después ceñirse el cinto de una espada. Posteriormente la ceremonia se complicó, sumándose al rito la Iglesia. Los candidatos se bañaban, se cortaban el pelo y pasaban la noche en vela, orando. Por la mañana recibían su espada y las espuelas de caballero.

Normalmente sólo podían llegar a ser caballeros aquellos que poseían tierras o ingresos suficientes para hacer frente a las responsabilidades de su rango. Sin embargo, los señores y obispos importantes podían mantener un contingente de tropas numeroso, y muchos fueron elegidos por estas circunstancias. Los escuderos que se distinguían en la batalla durante la guerra podían ganarse el reconocimiento de un gran señor y ser ordenados caballero en el mismo campo de batalla

Los torneos

Los torneos, batallas preparadas entre caballeros, surgieron en el siglo X y contaron desde su comienzo con la condena del Papa, en el segundo Concilio de Letrán, bajo el papa Inocencio II, y los reyes de Europa, que no aprobaban las heridas y las muertes producidas entre sus caballeros por lo que ellos consideraban una actividad frívola. Sin embargo los torneos se extendieron, convirtiéndose en parte importante de la vida de un caballero.

Los torneos empezaron a realizarse como encuentros individuales entre caballeros, y fueron complicándose con el paso del tiempo. Se convirtieron en acontecimientos sociales importantes, que atraían a patrocinadores y participantes desde lugares lejanos. Se construyeron recintos especialmente destinados a los torneos, con pabellones para los combatientes y gradas para los espectadores. Los caballeros seguían batiéndose individualmente, pero ahora lo hacían también en equipos. Se retaban utilizando diversas armas y llevaban a cabo simulacros de batalla con cuadrillas. Las justas o lizas, un enfrentamiento de dos caballeros con lanza, se convirtieron en el acontecimiento más celebrado. Los caballeros competían como los atletas de nuestros tiempos para obtener premios, prestigio y la mirada de las damas que llenaban las gradas.

En el siglo XIII, murieron tantos hombres durante los torneos que los gobernantes de Europa, incluyendo el Papa, comenzaron a alarmarse. En 1240, por ejemplo, murieron sesenta caballeros en un torneo realizado en Colonia. El Papa quería disponer del mayor número posible de caballeros para luchar en Tierra Santa, y no aprobaba que se mataran entre sí en los torneos. Se despuntaron las armas y se dictaron reglas encaminadas a reducir la incidencia de lesiones relevantes, pero seguían produciéndose heridas graves y fatales. Enrique II de Francia, por ejemplo, fue herido de muerte en una justa que se llevó a cabo para celebrar la boda de su hija.

Los retos normalmente se planteaban de forma amistosa, pero si existían rencores entre combatientes, estos podían resolverse en un combate a muerte. Los perdedores eran capturados y debían pagar un rescate en caballos, armas y armaduras, a los vencedores para su liberación. Los heraldos llevaban un control de los resultados del torneo, como los marcadores actuales en el béisbol. Un caballero de bajo rango podía amasar una fortuna gracias a los premios obtenidos y atraer a alguna dama adinerada.

Las órdenes militares

Durante las cruzadas, se crearon órdenes de caballeros para apoyar los objetivos cristianos de esa campaña. Estos caballeros se convirtieron en los cruzados más feroces y los enemigos más odiados por los árabes. Estas órdenes continuaron en activo tras el fracaso de las Cruzadas en Palestina.

La primera de estas órdenes fue la de los Caballeros del Templo o Templarios, fundada en 1108 para proteger el Santo Sepulcro en Jerusalén. Los templarios llevaban una capa o vestido blanco con una cruz roja y juraban los mismos votos que los monjes benedictinos: pobreza, castidad y obediencia. Los templarios fueron unos de los más valientes defensores de Tierra Santa. Fueron los últimos cruzados que abandonaron Tierra Santa. En los años posteriores se enriquecieron gracias a las donaciones y a los préstamos, atrayendo así la envidia y la desconfianza de los reyes. En 1307, el rey Felipe IV de Francia los acusó de múltiples crímenes, entre ellos el de herejía, arrestándolos y confiscando sus tierras. Otros líderes europeos siguieron su ejemplo y los templarios fueron aniquilados.

La Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, o Caballeros Hospitalarios, se creó para atender a los peregrinos enfermos y necesitados que visitaban el Santo sepulcro. Al poco tiempo se convirtió en una orden militar. Sus miembros vestían una capa roja con una cruz blanca y también tomaban los votos benedictinos. Los Hospitalarios se impusieron normas muy rígidas y no permitían la riqueza ni la indolencia entre sus miembros. Tras la caída de su gran castillo, el Krak de los Caballeros, fueron expulsados de Tierra Santa y se retiraron a la isla de Rodas, defendiéndola durante varios años. Tras su expulsión de Rodas por parte de los turcos, se establecieron en Malta.

La tercera gran orden militar era la de los Caballeros de la Orden Teutónica, fundada en 1190 para proteger a los peregrinos alemanes que viajaban a Tierra Santa. Antes del final de las Cruzadas, habían centrado sus esfuerzos en convertir a los paganos de Prusia y los estados bálticos.

La heráldica

Para poder distinguir a los caballeros en el campo de batalla, se creó un sistema de insignias o blasones llamado heráldica. Se diseñaba un blasón para que cada noble lo estampara en su escudo, abrigo, banderas y sello. El vestido o capa decorado con la insignia de un caballero recibió el nombre de abrigo de armas, y este término pasó a denominar a la insignia en sí. Una organización independiente llamada Colegio de Heraldos diseñaba las insignias individuales, asegurándose de que cada una de ellas fuese única en su especie. Los heraldos grababan las insignias en libros especiales que quedaban bajo su cuidado.

Los abrigos de armas se pasaban de generación en generación, modificándose con los enlaces matrimoniales. Algunos diseños se reservaban para la realeza de distintos países. A finales de la Edad Media, las ciudades, los gremios y los ciudadanos importantes, aunque no pertenecieran a la nobleza, tenían sus propias insignias.

En el campo de batalla los combatientes utilizaban los abrigos de armas para distinguir a los amigos de los enemigos y para elegir a contrincantes valiosos en una refriega. Los heraldos realizaban listas de los caballeros que iban a entrar en batalla basándose en sus blasones. Los heraldos eran considerados neutrales y actuaban como intermediarios entre dos ejércitos. De ese modo, podían pasar mensajes entre los defensores de un castillo o de una ciudad y sus sitiadores.

El nuevo panorama político

El gobierno y los tribunales romanos desaparecieron junto con su cultura, conformando el nuevo gobierno bandas de tribus guerreras. Así, un líder poderoso se rodeaba de guerreros leales a los que pagaba con el botín de las invasiones. La ley tribal, fundamentada en el combate o en el juramento, reemplazó a la ley romana. Surgieron gradualmente pequeños reinos basados en pactos tribales. Pero gobernar no resultaba fácil debido a la carencia de funcionarios letrados, a la pobreza de las comunicaciones, al estancamiento del comercio y a la escasez de dinero en circulación. La gente sobrevivía gracias a una agricultura de subsistencia. La vida era dura, breve y brutal. La media de esperanza de vida era de 30 años, sesgada por una alta tasa de mortalidad en la población infantil y femenina, esta última debida a las dificultades de los partos.

Al comienzo de la Edad Oscura, la lista de potencias europeas se distribuía del siguiente modo:
* Francos: ocupaban la mayor parte de la actual Francia y partes de Alemania a lo largo del Rin
* Ostrogodos: el norte de Italia, Suiza y los Balcanes
* Visigodos: España y Portugal.
* Vándalos: noroeste de África, Sicilia y el sur de Italia
* Distintas tribus germanas entre ellas los sajones y lombardos
* Anglosajones: Inglaterra.
* Celtas: Gales, Irlanda, Escocia y Britania.
* Magiares: Hungría.
* Eslavos: Polonia y el oeste de Rusia.
* Bizantinos: Turquía, Palestina, Egipto, Siria y gran parte de los Balcanes, incluida Grecia.
Durante los siglos posteriores, la lista sufrió las siguientes modificaciones:
* Vándalos: derrotados y sustituidos por los bizantinos.
* Visigodos: derrotados y sustituidos por los francos en Francia y por los musulmanes en España y Portugal.
* Ostrogodos: atacados y finalmente absorbidos por los lombardos (Italia) y bizantinos (los Balcanes).
Se considera que los Años Oscuros cubren el periodo comprendido entre el 500 y el 1000. Tres fueron las principales fuerzas que conformaron este periodo y que hicieron que la relativa oscuridad diera a su fin: la expansión de nuevas religiones, el auge del Imperio Franco, y las depredaciones de los vikingos.

La tecnología

A finales de la Edad Media, la ciencia en Europa no sólo había alcanzado el nivel de la antigüedad, sino que lo había sobrepasado. Los hombres de esta época se interesaban por una tecnología práctica, no teórica. Buscaban formas distintas de hacer las cosas para facilitar la vida y desarrollar los negocios. Se interesaban por el mundo natural e intentaban entenderlo porque tenían cada vez más tiempo libre para dedicarse a su observación

Cuando los cristianos recuperaron las tierras de la Península Ibérica y Sicilia, adquirieron de los musulmanes las bases de las matemáticas y las ciencias. Desde principios de la Edad Media, los musulmanes habían estudiado activamente las ideas antiguas y nuevas provenientes de Asia. Los musulmanes nos dejaron como herencia el sistema numérico arábigo, utilizado hoy en día, y el concepto del cero, inventado en la India.

La investigación práctica empezó a retar a la lógica en una búsqueda para entender las leyes de la naturaleza. Se reconoció el valor de la observación, la experimentación y la evidencia empírica (contable) como bases y métodos de prueba de teorías. Esto dio lugar al método científico que sería característico del Renacimiento y del que parte la investigación científica moderna. Los griegos de la antigüedad ya habían sugerido el método científico, pero finalmente éste había sido desechado y olvidado.

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El Renacimiento

Fue un movimiento espiritual de liberación, como si el hombre hubiese superado una etapa difícil, violenta, oscura en muchos aspectos y, de repente, volviera a descubrir el Sol, la luz, los colores, la Naturaleza y, de rechazo, a sí mismo. Fue un movimiento por el cual las artes, la cultura, las ciencias, las letras, la propia vida de los pueblos, sufrió una sacudida en busca de la Belleza y de la Verdad. Las causas que lo motivaron fueron múltiples, y diversos los factores que determinaron su aparición. Algunos de tipo netamente material, y otros de índole religiosa o filosófica. La riqueza fue la primera de las causas que permitieron una espléndida floración de artistas y de pensadores.

Las ciudades, libres de la miseria y de la opresión feudal propias de la Edad Media, encontraron en el comercio una corriente vital que las renovó y encumbró. Las primeras que experimentaron los beneficios del movimiento renacentista fueron las grandes ciudades italianas, nacidas y enriquecidas por las corrientes mercantiles: Florencia, Venecia, Milán y Roma. El dinero corría en abundancia en éstas y otras villas que pronto se convirtieron en lujosísimas urbes, donde se levantaron hermosos palacios, en los que las damas lucían sus encantos y los artistas encontraron los más generosos mecenas de la Historia. Los mercaderes eran poderosos señores y en muchas ocasiones los nobles no desdeñaban el patrocinio de costosas empresas comerciales que rendían grandes beneficios.

A fines del siglo XV era posible realizar grandes negocios en la cuenca del Mediterráneo, a pesar de los turcos. Pero el factor más importante que permitió la difusión de la cultura y el pensamiento fue la invención de la imprenta y el perfeccionamiento de la fabricación de papel. Hasta Juan Gutenberg (1397-1468), que era un ciudadano de Maguncia, se imprimían grabados y estampas utilizando la técnica de las incisiones en madera. Pero este sistema sólo se utilizaba para dibujos y algunas inscripciones forzosamente breves. Gutenberg ideó los tipos sueltos, es decir, que cada letra correspondía a un tipo. Desterró la xilografía y se dedicó a buscar un metal que fuese más blando que el hierro y menos que el plomo.

Tres burgueses de Maguncia le apoyaron y llegaron a arruinarse por secundarle en su invento. Cuando éstos cesaron de ayudarle, Gutenberg se sintió descorazonado, pero logró asociarse a un orfebre llamado Faust y a un clérigo, Schoeffer, que consiguió la mezcla de antimonio, plomo y estaño que permitió fundir los primeros tipos de imprenta. Faust estafó a Gutenberg, y a la muerte de éste Schoeffer explotó la nueva industria.

El primer libro impreso en Maguncia en 1450 fue la Biblia de las 42 líneas. Durante el período denominado "incunable", que termina en 1500, la imprenta se extendió por casi toda Europa. Manuzio en Venecia, el año 1489, y Plantin en Amberes, perfeccionaron enormemente el nuevo invento. El papel y la imprenta consiguieron una mayor difusión de la cultura, y como este hecho coincidió con el movimiento reformista, una corriente renovadora recorrió Europa. La autoridad del Papa y la disciplina eclesiástica se habían relajado de forma notable.

En muchas ocasiones, Roma no era obedecida ciegamente como lo fuera durante toda la Edad Media, a pesar de los Hohenstaufen. Y en muchos casos tuvo que doblegarse incluso ante los nuevos soberanos absolutistas. No se olvide el saqueo de la Ciudad Eterna por las tropas mercenarias de Carlos I. También influyó en esta renovación la afluencia de sabios bizantinos huidos de Constantinopla cuando ésta fue tomada por los turcos. La ciencia árabe, más profunda y libre que la cristiana del medievo, se difundió por Italia gracias a ellos y preparó la aparición de hombres extraordinariamente revolucionarios en el sentido científico, como había de serlo Galileo Galilei, por ejemplo. A esta serie de razones basta añadir los descubrimientos geográficos, la certeza de la esfericidad de la Tierra y el pasmo que produjo el hallazgo de nuevos mundos, de rutas insospechadas y, por tanto, de razas nuevas o por lo menos de pueblos con otras costumbres y otras civilizaciones.

Los trabajadores italianos, los campesinos y todo aquel que en Italia removía un palmo de tierra estaba casi seguro de que su azada tropezaría, tarde o temprano, con un pedazo de mármol labrado y, en caso de buena suerte, con un capitel o una estatua que sería pagada a peso de oro y admirada por algún señor o comerciante, cuando no por un clérigo, o quién sabe si por el mismo Papa, tan amante del arte romano antiguo como todos los italianos, que de repente habían sentido despertar una pasión por todo lo que recordara la Roma de los Césares. Lo clásico se puso de moda. Se volvió a aprender el griego y se perfeccionó el latín que el italiano había relegado a un segundo plano. Estuvo de moda ser culto y por esta razón los artistas de todas clases, desde el poeta lírico hasta el simple orfebre, fueron agasajados y honrados. Así como la Edad Media fue una constante visión de Dios y una interpretación de la vida como renuncia y preparación para la muerte, el Renacimiento fue un amor extremado a la vida terrena, a la belleza y a la Naturaleza. Pero no se crea que esta concepción fuese puramente materialista y excluyera la creencia en Dios. La Fe, la Religión, incluso la vocación sacerdotal, durante el Renacimiento, no fueron incompatibles con los goces del mundo. Así como durante la Edad Media el arte se inspiró siempre en motivos religiosos, casi siempre en la literatura, ahora el arte encontró modelos vivos y reales en los grandes hombres y en el paisaje como aditamento a escenas humanas. El artista, enamorado del hombre, descubrió o redescubrió la belleza del desnudo que había sido severamente prohibido durante los siglos anteriores.

El Juicio Final o la Creación de Miguel Angel, hubiesen causado una terrible impresión durante el siglo XIII, pero cuando estas maravillosas pinturas fueron contempladas por un Papa renacentista no sólo fueron toleradas a pesar de sus desnudos, sino alabadas y admiradas. Numerosas anécdotas recuerdan la reverencia con que eran tratados los artistas. Carlos I de España, dueño de media Europa, se agachó para recoger un pincel que se le había caído al Ticiano mientras pintaba en su presencia. Miguel Angel tenía siempre mesa y cama puestas en el palacio de los Médicis. La admiración por el genio era total y plena. Así, era frecuente que los artesanos suspendieran todas sus actividades y cesara el trabajo en la ciudad cuando se inauguraba una estatua o el poeta favorito anunciaba que iba a recitar una poesía inédita. Pico de la Mirándola, caballero perfecto, que murió en plena juventud, se enorgullecía de poder echar una moneda al aire en el interior de la catedral y conseguir que fuera a chocar contra su altísima bóveda. El Renacimiento fue un constante torneo de fuerzas, belleza, ingenio, audacia y valor. Las potencias humanas, físicas y espirituales, fueron tensadas al máximo y vibraron con una amplitud desconocida hasta el momento. Las luminarias del Renacimiento alumbraron los siglos XV y XVI, y los posteriores vivieron de su impulso hasta la Revolución Francesa. Incluso ésta y todo el movimiento liberal son hijos del Renacimiento.

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10 características del Renacimiento

Búsqueda permanente de la belleza y la perfección.
El Renacimiento, el movimiento cultural del siglo XV y XVI en Europa Occidental. Sus características principales.

Renacimiento


El Renacimiento se sitúa cronológicamente a mediados o finales del siglo XV, en coincidencia con la conquista turca de Constantinopla (1453); para esa época se produjeron otros dos hitos muy importantes: la invención de la imprenta por Gutenberg y el desarrollo de la teoría heliocéntrica de Copérnico. Estos fueron elementos propiciadores de una revolución científica y social de una magnitud impensable hasta entonces.

El Renacimiento fue un período de la historia en el que se iba dejando atrás la Edad Media, para dar comienzo a lo que se conoció luego como era Moderna. Sin duda fue este un cambio muy profundo y complejo, que trascendió a todos los órdenes de la vida, de modo que significó mucho más que un movimiento artístico o cultural, como a veces se cree. No fue esta una ruptura brusca, sino un paso gradual de una sociedad feudal basada en la actividad agraria a una sociedad mercantil y apoyada en el valor de la Nación.

El humanismo es el término que mejor define al Renacimiento. Por primera vez la figura del hombre como ser creador ocupa un lugar central, tras años y años de teocentrismo, es decir, de Dios como fuente de toda creación.

El Renacimiento tuvo como claros exponentes a artistas como Botticelli, Tiziano, Rafael o Da Vinci (pintura), y escritores como Alighieri Petrarca, Bocaccio, Shakespeare, Rabelais y Garcilaso de la Vega (Representantes del Renacimiento).

Otros movimientos literarios:
Características del Simbolismo
Características del Parnasianismo
Características del Romanticismo
Características del Modernismo
Características del Renacimiento
1. Búsqueda de nuevos conocimientos
Durante el Renacimiento se buscó entender el funcionamiento del mundo mediante un abordaje analítico basado en el estudio y la observación; surgieron entonces los primeros aportes a las diversas ciencias que hoy conocemos, como la biología, la astronomía, la anatomía, la física, etc.
2. Revalorización de la estética grecorromana
Hay una búsqueda permanente de la belleza y la perfección, ligadas a los cánones de la antigua Grecia y Roma. Esto se percibe especialmente en la pintura y la escultura, con la obra de artistas como Leonardo da Vinci, Botticelli o Donatello, entre otros.
3. El hombre como eje de la historia de la humanidad
En el arte esto impacta de manera central, pues la figura humana vuelve a tener un papel protagónico en la pintura y la escultura.
4. Valorización de la ciencia y la razón
Se buscan explicaciones racionales para los acontecimientos naturales y sociales, dejando de lado cuestiones religiosas. En este sentido fue paradigmático el enfrentamiento que tuvo el físico y astrónomo Galileo Galilei, por desafiar las ideas hasta entonces imperantes que consideraban a la Tierra como el centro del sistema solar.
5. Ética
Se ponen en un lugar destacado los valores éticos más profundos, como el respeto, la libertad, la solidaridad, la justicia, el honor y el amor.
6. Optimismo
Hay una especial valorización de la vida terrenal frente a la eterna, por lo que el hombre renacentista quiere gozar del aquí y ahora, sentimiento plasmado en la célebre frase carpe diem (aprovecha el día). El mundo pasa a ser un lugar para ser vivido con intensidad.
7. Apoyo económico a artistas
El arte como creación humana es exaltado, y apoyado económicamente por personas o grupos favorecidos, que patrocinan el trabajo de artistas. A éstos se los conoció como ‘mecenas’. De esa forma, además de fomentar el arte estas personas van ganando espacios de prestigio social y de poder político.
8. Crecimiento de la burguesía
Poco a poco, la Burguesía surgida en la edad media, se va haciendo más poderosa e influyente, desplazando a los terratenientes feudales.
9. Fundación de los primeros bancos
El desarrollo de la actividad mercantil llevó a la necesidad de otorgar préstamos; surgieron así los primeros bancos.
10. Búsqueda de un conocimiento universal
Es característico de esta etapa de la humanidad el surgimiento de hombres que se interesaban por diferentes aspectos de la ciencia, y que también se ejercitaron y destacaron en las artes: tal es el caso de Leonardo da Vinci o de Copérnico.

(Fuente: https://www.caracteristicas.co/renacimiento/#ixzz56enVoKEc)

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Humanismo renacentista

Lorenzo Valla
El humanismo renacentista es un movimiento intelectual, filosófico y cultural europeo estrechamente ligado al Renacimiento cuyo origen se sitúa en la Italia del siglo XV (especialmente en Florencia, Roma y Venecia), con precursores anteriores, como Dante Alighieri, Francesco Petrarca y Giovanni Boccaccio. Busca los modelos de la Antigüedad Clásica y retoma el antiguo humanismo greco-romano. Mantiene su hegemonía en buena parte de Europa hasta finales del siglo XVI. A partir de entonces se fue transformando y diversificando con los cambios espirituales provocados por el desarrollo social e ideológico: los principios propugnados por la Reforma protestante (luteranismo, calvinismo, anglicanismo) y la Contrarreforma católica; y más adelante (hasta finales del siglo XVIII) la Ilustración y la Revolución francesa.

El movimiento, fundamentalmente ideológico, tuvo así mismo una estética impresa paralela, plasmada, por ejemplo, en nuevas formas de letra, como la redonda conocida como Letra humanística, evolución de las letras Fraktur tardogóticas desarrollada en el entorno de los humanistas florentinos como Poggio Bracciolini y de la cancillería papal, que vino a sustituir mediante la imprenta a la letra gótica medieval.

La expresión humanitatis studia fue contrapuesta por Coluccio Salutati a los estudios teológicos y escolásticos cuando tuvo que hablar de las inclinaciones intelectuales de su amigo Francesco Petrarca; en éste, humanitas significaba propiamente lo que el término griego filantropía, amor hacia nuestros semejantes, pero indicando un eje fundamental opuesto al teocentrismo de la cultura clerical del medioevo que se situaba en torno al hombre, el antropocentrismo, como había ocurrido en la cultura clásica grecolatina. Por eso en él el término estaba rigurosamente unido a las litterae o estudio de las letras clásicas. En el siglo XIX se creó el neologismo germánico Humanismus para designar una teoría de la educación en 1808, término que se utilizó después, sin embargo, como opuesto a la escolástica (1841) para, finalmente, (1859) aplicarlo al periodo del resurgir de los estudios clásicos por Georg Voigt, cuyo libro sobre este periodo llevaba el subtítulo de El primer siglo del Humanismo, obra que fue durante un siglo considerada fundamental sobre este tema.

El Humanismo propugnaba, frente al canon eclesiástico en prosa, que imitaba el latín tardío de los Santos Padres y empleaba el simple vocabulario y sintaxis de los textos bíblicos traducidos, los studia humanitatis, una formación íntegra del hombre en todos los aspectos fundada en las fuentes clásicas grecolatinas, muchas de ellas entonces buscadas en las bibliotecas monásticas y descubiertas entonces en los monasterios de todo el continente europeo. En pocos casos estos textos fueron traducidos gracias al trabajo de entre otros Averroes y a la infatigable búsqueda de manuscritos por eruditos monjes humanistas en los monasterios de toda Europa. La labor estaba destinada a acceder así a un latín más puro, brillante y genuino, y al redescubrimiento del griego gracias al forzado exilio a Europa de los sabios bizantinos al caer Constantinopla y el Imperio de Oriente en poder de los turcos otomanos en 1453. La segunda y local tarea fue buscar restos materiales de la Antigüedad Clásica en el segundo tercio del siglo XV, en lugares con ricos yacimientos, y estudiarlos con los rudimentos de la metodología de la Arqueología, para conocer mejor la escultura y arquitectura. En consecuencia el humanismo debía restaurar todas las disciplinas que ayudaran a un mejor conocimiento y comprensión de estos autores de la Antigüedad Clásica, a la que se consideraba un modelo de conocimiento más puro que el debilitado en la Edad Media, para recrear las escuelas de pensamiento filosófico grecolatino e imitar el estilo y lengua de los escritores clásicos, y por ello se desarrollaron extraordinariamente la gramática, la retórica, la literatura, la filosofía moral y la historia, ciencias ligadas estrechamente al espíritu humano, en el marco general de la filosofía: las artes liberales o todos los saberes dignos del hombre libre frente al dogmatismo cerrado de la teología, expuesto en sistemáticos y abstractos tratados que excluían la multiplicidad de perspectivas y la palabra viva y oral del diálogo y la epístola, típicos géneros literarios humanísticos, junto a la biografía de héroes y personajes célebres, que testimonia el interés por lo humano frente a la hagiografía o vida de santos medievales, y la mitología, que representa un rico repertorio de la conducta humana más sugerente para los humanistas que las castrantes leyendas piadosas, vidas de santos y hagiografías de Jacopo della Voragine y su leidísima Leyenda dorada. Este tipo de formación se sigue considerando aún hoy como humanista.

Para ello los humanistas imitaron el estilo y el pensamiento grecolatinos de dos formas diferentes: la llamada imitatio ciceroniana, o imitación de un solo autor como modelo de toda la cultura clásica, Cicerón, impulsada por los humanistas italianos, y la imitatio eclectica, o imitación de lo mejor de cada autor grecolatino, propugnada por algunos humanistas encabezados por Erasmo de Róterdam.

Factores que favorecieron el humanismo

Después de grandes debates y polémicas, a partir del siglo XV el movimiento humanista se vio favorecido por varios factores:
. La emigración de sabios bizantinos: debido a que el Imperio bizantino estaba siendo asediado por los turcos, muchos de ellos buscaron refugio en Europa Occidental, especialmente en Italia, llevando con ellos textos griegos, promoviendo la difusión de la cultura, los valores y el idioma griego. Por ejemplo, Manuel Crisoloras, erudito griego de Constantinopla, que enseñó griego en Florencia desde el año 1396 al 1400 y escribió para uso de sus discípulos la obra Cuestiones de la Lengua griega, basándose en la Gramática de Dionisio Tracio; su discípulo Leonardo Bruni (1370-1444) fue el primero que hizo traducciones del griego al latín a gran escala, como también Ambrosio Traversario, quien además recomendó a Cosme de Médici que adquiriera doscientos códices griegos de Bizancio o Francesco Filelfo, que se llevó el mismo muchos otros.

. La invención de la imprenta: este invento de Gutenberg permitió el abaratamiento del costo y la difusión de los libros, garantizando la difusión masiva de las ideas humanistas y la aparición del sentido crítico contra el magíster dixit o argumento de autoridad medieval.

. La llegada al solio pontificio de Tomas Parentucelli, (Papa Nicolás V) y de Eneas Silvio Piccolomini, (Pío II) convierte a Roma en uno de los grandes focos del Humanismo.

. La acción de los mecenas: los mecenas eran personas que con su protección política, con su aprecio por el saber antiguo, con su afán coleccionista o con la remuneración económica a los humanistas para que se establecieran o costearan sus obras en la imprenta, facilitaron el desarrollo del Humanismo. Estas personas reunían obras clásicas y llamaban a eruditos conocedores de la literatura griega y romana; por si eso fuera poco, los acogían en sus palacios. Entre los mecenas más destacados sobresalen: la familia de los Médici de Florencia Lorenzo de Médicis, llamado el Magnífico y su hermano Juliano de Médicis, los pontífices romanos Julio II y León X, Cristina de Suecia.

. La creación de universidades, escuelas y academias: las universidades (como la de Alcalá de Henares, Lovaina, etc.) y las escuelas del siglo XV contribuyeron en gran parte a la expansión del Humanismo por toda Europa.
Rasgos del humanismo

Algunos de los rasgos ideológicos del humanismo son:
. Estudio filológico de las lenguas e interés por la recuperación de la cultura de la Antigüedad clásica.

. Creaciones artísticas basadas en la imitación o mímesis de los maestros de la civilización grecolatina.

. El antropocentrismo o consideración de que el hombre es importante, su inteligencia el valor superior, al servicio de la fe que le une con el Creador.

. Se restaura la fe en el hombre contemporáneo porque posee valores importantes capaces de superar a los de la Antigüedad Clásica.

. Se vuelve a apreciar la fama como virtud de tradición clásica, el esfuerzo en la superación, y el conocimiento de lo sensorial.

. La razón humana adquiere valor supremo.

. En las artes se valora la actividad intelectual y analítica de conocimiento.

. Se ponen de moda las biografías de Plutarco y se proponen como modelos, frente al guerrero medieval, al cortesano y al caballero que combina la espada con la pluma.

. Se ve como legítimo el deseo de fama, gloria, prestigio y poder (El príncipe, de Maquiavelo), valores paganos que mejoran al hombre. Se razona el daño del pecado que reducen al hombre al compararlo con Dios y degradan su libertad y sus valores según la moral cristiana y la escolástica.

. El comercio no es pecado y el Calvinismo aprecia el éxito económico como señal de que Dios ha bendecido en la tierra a quien trabaja.

. El deseo de la unidad política y religiosa de Europa bajo un solo poder político y un solo poder religioso separado del mismo: se reconoce la necesidad de separar moral y política; autoridad eterna y temporal.

. El equilibrio en la expresión, que debe ser clara, y no recargada ni conceptuosa: «El estilo que tengo me es natural y, sin afectación ninguna, escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación.» (Juan de Valdés).

. La idealización y estilización platónica de la realidad. Se pinta la realidad mejor de lo que es, se la ennoblece (nobilitare).

. El arte humanista toma la materia popular y la selecciona para transformarla en algo estilizado e idealizado, de la misma manera que la novela pastoril recrea una vida campestre desprovista de las preocupaciones habituales al campesino. En el arte humanista no hay lugar para las manifestaciones vulgares de la plebe que se verán más tarde en el siglo XVII con el Barroco.

. El optimismo frente al pesimismo y milenarismo medievales. Existe fe en el hombre: la idea de que merece la pena pelear por la fama y la gloria en este mundo incita a realizar grandes hazañas y emular las del pasado. La fe se desplaza de Dios al hombre.

. El retorno a las fuentes primigenias del saber, la lectura de los clásicos en los textos originales y no a través de la opinión que dieron sobre ellos los Santos Padres y la religión católica.

. La lógica aristotélica frente al argumento de autoridad medieval: la imprenta multiplica los puntos de vista y los debates, enriqueciendo el debate intelectual y la comunicación de las ideas. Se ponen de moda los géneros del diálogo y la epístola, todo lo que suponga comunicación de ideas. Se propone la libre interpretación de la Biblia y su traducción a las lenguas vulgares (Lutero) frente a que solo sea interpretada por la Iglesia Católica.

. Ginecolatría, alabanza y respeto por la mujer. Por ejemplo, el cuerpo desnudo de la mujer en el arte medieval representaba a Eva y al pecado; para los artistas humanistas del Renacimiento representa el goce epicúreo de la vida, el amor y la belleza (Venus).

. Búsqueda de una espiritualidad más humana, interior, (devotio moderna, erasmismo), más libre y directa y menos externa y material.

. El reconocimiento de los valores humanos acabando con la Inquisición y el poderío de la Iglesia.
En sus comienzos, el humanismo es un movimiento regenerador y en sus principios básicos se encuentra ya bosquejado en tiempos muy anteriores, por ejemplo, en las obras de Isócrates, que se impuso una labor de regeneración parecida en la Grecia del siglo IV a. C. En tiempos modernos se encuentra estrechamente ligado al Renacimiento y se benefició de la diáspora de los maestros bizantinos de griego que difundieron la enseñanza de esta lengua, muy rara hasta entonces, tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453; la imprenta y el abaratamiento de los libros subsiguiente facilitó esta difusión fuera del ámbito eclesiástico; por entonces el término humanista servía exclusivamente para designar a un profesor de lenguas clásicas. Se revitalizó durante el siglo XIX dando nombre de un movimiento que no solo fue pedagógico, literario, estético, filosófico y religioso, sino que se convirtió en un modo de pensar y de vivir vertebrado en torno a una idea principal: en el centro del Universo está el hombre, imagen de Dios, criatura privilegiada, digna sobre todas las cosas de la Tierra (antropocentrismo). Posteriormente, en especial en España durante la segunda mitad del siglo XVI, el antropocentrismo se adulteró en forma de un cristocentrismo que proponía la ascética y la mística como formas de vida que condujeron al desengaño barroco, que desvirtuó durante el siglo XVII este movimiento en un principio renovador impidiendo abrir nuevos horizontes.

Personalidades históricas

Los autores más señeros de este movimiento fueron:
Dante Alighieri
. Dante Alighieri (1265-1321), fue el primero en situar a la Antigüedad en el centro de la vida cultural.

. Francisco Petrarca (1304-1374), es conocido como el padre del humanismo. Fue el primero en señalar que para ser culto y adquirir verdadera humanidad, era indispensable el estudio de las lenguas y letras de los clásicos.

. Giovanni Boccaccio (1313-1375), al igual que Petrarca, dedicó su vida al estudio de los clásicos, especialmente a los latinos, y realizó un importante compendio mitológico, la Genealogía de los dioses paganos.

. Coluccio Salutati (1331–1406).

. Gemisto Pletón (1355-1452). Humanista y filósofo bizantino, unos de los principales impulsores del estudio del griego en el mundo latino, y del platonismo. Ferviente seguidor de Platón, enseñó en Florencia y estableció la base para la creación de la Academia de Florencia.

. Leonardo Bruni (1374-1444), a quien se debe un profundo impulso a la traducción de la literatura griega.

. Poggio Bracciolini (1380–1459), gran perseguidor de manuscritos por toda Europa; a él se debe principalmente la recuperación de numerosos escritos de Cicerón y de otros autores importantes como Lucrecio y la consideración del latín como una lengua viva y aún creativa.

. Antonio Beccadelli el Panormitano (1394-1471), jurista, poeta y erudito italiano.

. Leon Battista Alberti (1404-1472). Sacerdote, humanista y secretario personal de seis papas, Doctor en Derecho Canónico, físico, matemático y arquitecto.

. Lorenzo Valla (1407-1457), fundador de la filología por su estudio de los poetas latinos y su proposición de una nueva gramática. Quizá su logro más conocido fue su descubrimiento, basado en pruebas filológicas, de la falsedad del documento medieval Donación de Constantino supuestamente redactado por este emperador, y por el que se otorgaban los territorios de la Italia central al cuidado del papa romano.

. Alfonso de Palencia (1423-1492), historiador y políglota.

. Giovanni Pontano (1426-1503) poeta neolatino e historiador italiano.

. Marsilio Ficino (1433-1499), que divulgó la filosofía de Platón por Europa.

. Antonio de Nebrija (1441-1522), que logró renovar los métodos de enseñanza de las lenguas clásicas en España.

. Gonzalo García de Santa María (1447-1521).

. Angelo Poliziano (1454-1494), humanista y poeta italiano.

. Lucio Marineo Sículo (1460-1533).

. Pico della Mirandola (1463-1494), quien probablemente haya sido el primero en utilizar la palabra humanista para referirse al nuevo movimiento. Fue el autor de un Discurso sobre la dignidad del hombre.

. Erasmo de Róterdam (1466 - 1536), fue la gran figura intelectual en el debate entre católicos y protestantes y creador de una corriente personal dentro del humanismo de crítica del cristianismo medieval tradicional, el erasmismo, a través de sus Colloquia y diversos opúsculos.

. Guillaume Budé (1467-1540), humanista francés que editó en su país numerosos autores clásicos grecolatinos.

. Hernán Núñez de Toledo el Comendador Griego (1475-1553), helenista y humanista.

. Tomás Moro (1478-1535), humanista inglés autor de un escrito satírico que sirvió de modelo a otros muchos, la Utopía, y se enfrentó en defensa de sus ideas al rey Enrique VIII.

. Giulio Cesare Scaligero (1484-1558), gran filólogo y preconizador de la imitatio ciceroniana frente a la imitatio ecléctica de Erasmo de Róterdam.

. Juan de Valdés (1509-1541), humanista español y autor del primer tratado que hace del español una lengua noble, y defiende la idea que todas las lenguas son nobles : el Diálogo de La Lengua.

. Juan Luis Vives (1492-1540), amigo de Erasmo y de Tomás Moro, el primero en tratar la psicología como disciplina científica y con contribuciones originales en todo tipo de materias.

. Robert Estienne (1503-1559, humanista francés con labor comparable a la del impresor y humanista Aldo Manuzio en Italia.

. Michel de Montaigne (1533-1592), quien vertió a la lengua vulgar lo más selecto del pensamiento grecolatino creando el género del ensayo, típicamente humanista.
Todos estos y muchos otros, crearon el espíritu de una nueva época, el Renacimiento, que se expandió a través del invento de la imprenta y las magníficas ediciones de clásicos del impresor Aldo Manuzio y sus hijos y discípulos.

El Humanismo, como uno de los fundamentos ideológicos del Renacimiento, suponía una evidente ruptura con la idea de religión que se manejaba hasta entonces en la que Dios era centro y razón de todas las cosas. Con el Humanismo, Dios no perdía su papel predominante, pero se situaba en un plano diferente, y ya no era la respuesta a todos los problemas. Probablemente el autor que supo aunar mejor que ninguno la filosofía humanística con el pensamiento cristiano fue Erasmo de Róterdam.

(Fuente: Wikipedia)

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El Humanismo

Fue la traducción literaria del espíritu del Renacimiento. Su característica más destacada fue un amor, a veces exagerado, por el mundo clásico, griego y latino, que llegaron a idealizar. Las ruinas enterradas y olvidadas durante siglos fueron cuidadosamente removidas para encontrar en ellas esculturas, capiteles, grecas y cualquier rastro de las civilizaciones clásicas que fueron reverenciadas con unción religiosa. Las casas de los nobles, de los clérigos o de los comerciantes ricos, que durante la Edad Media apenas si se habían adornado con algún tapiz o imagen religiosa, se llenaron de bustos, esculturas, ánforas y jarrones griegos y romanos. Las damas leían en su versión original las obras de los poetas antiguos, y junto con el arte resucitó una pasión por el bien decir y por la literatura, que tenía el hombre como tema central.

Los precursores del gran movimiento literario humanista fueron tres italianos del siglo XIV, hombres de la Edad Media que se adelantaron al sentir de su tiempo y que deben ser considerados como los precursores del gran movimiento humanístico y renacentista de los siglos XV y XVI: Dante, Petrarca y Bocaccio.

Dante Alighieri (1265-1321) nació en Florencia y se dice que a los nueve años de edad se enamoró de una niña llamada Beatriz que murió a los veinticuatro. Dante idealizó de tal modo este amor que la inmortalizó en varias de sus obras, especialmente en La Divina Comedia. A consecuencia de sus ideas políticas fue desterrado de Florencia y durante el tiempo que permaneció ausente de su patria escribió este poema considerado como el más notable de la literatura italiana. En La Divina Comedia, escrita en tercetos endecasílabos y a lo largo de cien cantos, describe la peregrinación del propio autor acompañado por Virgilio, su poeta favorito, que le lleva a visitar los círculos del Infierno, del Purgatorio y del Cielo, donde encuentra a Beatriz, lugar al cual no le acompaña Virgilio. Se considera el poema más importante desde los que escribiera Homero y dio lugar a un género denominado "alegórico dantesco" en el que el más allá, la muerte y los problemas de la salvación estaban tratados con prioridad. Dante colocó en distintos círculos del otro mundo sucesos y personajes que él había conocido o tratado en su desgraciada vida, pues triste y desgraciada fue la existencia del florentino, aunque después de su muerte fuese ensalzado con la máxima gloria de su patria.

Francisco Petrarca (1304-1374) fue un gran poeta lírico que cantó a Laura, una mujer real y que además se cree estaba casada, por lo que el amor del poeta fue puramente platónico. Sus Canciones son de una gran delicadeza. Su amigo Juan Bocaccio (1313-1375) también tuvo una mujer que le inspiró, Fiammetta, pero es poco conocido por su traducción poética y más famoso por El Decamerón, una colección de un centenar de cuentos, algunos muy libres y hasta obscenos, que relatan un grupo de jóvenes refugiados en una quinta cercana a Florencia donde se han reunido para huir del flagelo de la peste. Como son diez, y cada uno explica un cuento diario y están aislados diez días, el conjunto consta de cien novelitas.

Estas tres grandes figuras fueron propiamente anteriores al Renacimiento porque murieron en el siglo XIV, pero deben ser estudiados como los primeros humanistas.

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El Pensamiento Científico

Durante los siglos de la Edad Media la Religión había guiado todo movimiento filosófico y científico. La decadencia de la Escolástica, llevada por un verbalismo exagerado, la influencia de pensadores árabes, sobre todo Averroes, y la interpretación naturalista de Aristóteles prepararon el camino de la ciencia renacentista.

Durante la Edad Media se habían producido posturas aisladas de libertad de pensamiento de cara a la realidad de la vida, como las sustentadas por Rogerio Bacon y Ramón Llull, incluso dentro del campo de la ortodoxia, pero dado el momento en que vivieron otros pensadores de los siglos XV y XVI.

La gran revolución científica del siglo XVII fue preparada por los hombres de ciencia del Renacimiento. Nicolás Copérnico (1473-1543) era un canónigo y médico polaco, cosas que en aquel tiempo eran compatibles. Ideó su teoría heliocéntrica, según la cual todos los planetas giraban alrededor del Sol. Esta teoría, que muchos espíritus juzgaron contraria a las Sagradas Escrituras y calificaron de heterodoxa, pronto se abrió camino. Tres grandes pensadores la apoyaron y confirmaron con sus experiencias: Ticho Brahe, de nacionalidad danesa, que estudió los eclipses, Juan Kepler, que determinó las tres leyes fundamentales de la revolución planetaria, y Galileo Galilei, el más genial de los sabios renacentistas.

Galileo (1564-1642) fue el constructor del primer telescopio con el cual estudió los astros. Invitada la Señora de Venecia a contemplar con su instrumento la entrada de los buques en el Gran Canal, quedó maravillada, pero muchos de sus compañeros se negaron a comprobar con sus propios ojos la realidad y prefirieron negarlo. Galileo estudió las leyes del péndulo, inspirado por los movimientos de una lámpara que oscilaba en la catedral de Pisa, descubrió el anillo de Saturno y realizó numerosas investigaciones astronómicas. Ciego, perseguido y moralmente derrotado, tuvo que negar su fe en la teoría copernicana del heliocentrismo a instancias de la Inquisición.

Anterior a Galileo vivió Leonardo de Vinci (1452-1519), hombre inquieto, gran artista y también notable científico. Sus dibujos sobre la posibilidad de conseguir que un hombre volara gracias a unas alas, su idea del tanque, y de numerosas máquinas nos muestran como una creación perfecta del hombre del Renacimiento.

Entre los primeros químicos, tiznados aún de alquimistas, se encuentra Paracelso, suizo. Entre los médicos, el gran Vesalio, que fue el primero en practicar la disección y la vivisección, corriendo por esta razón peligro de perder la vida. Los descubrimientos anatómicos de Falopio de Modena y Bartolomé Eustaquio son recordados porque algunos órganos de nuestro cuerpo se conocen con sus nombres (trompas de Eustaquio, de Falopio, etc.). Pero los dos investigadores más geniales en el campo de la Medicina fueron el español Miguel Servet (1511-1593), descubridor de la circulación pulmonar de la sangre, asesinado por el fanatismo de Calvino, y el inglés Harvey, que estudió la circulación general del cuerpo humano y las funciones del corazón.

Los descubrimientos y exploraciones en América reportaron un progreso extraordinario en el campo de la Geografía y la Historia Natural. No es posible detallar el número de especies nuevas que se conocieron y el avance experimentado por la Cartografía, que pasó de los incompletos y limitados mapas medievales a los casi perfectos portulanos o mapas del Mediterráneo, y a los grandes mapa-mundis que lentamente iban reduciendo las áreas en blanco de los países recién descubiertos.

Las observaciones de Galileo, por ejemplo, permitieron perfeccionar los relojes; en Holanda la industria óptica se dedicó a la construcción de gafas, y en Venecia el arte del cristal y el espejo alcanzó gran perfección. La transformación de la vida cotidiana era patente y se experimentaba la sensación de vivir en un mundo renovado.

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El Siglo de Oro Italiano

A pesar de este nombre los siglos XV y XVI carecieron en Italia de figuras comparables al Dante, pero sí ofrecieron mayor variedad de géneros y una clara influencia oriental y clásica. Ludovico Ariosto (1474-1533) tuvo por mecenas el cardenal Hipólito de Este. Su fama como poeta era tan grande que en cierta ocasión en que cayó prisionero de un grupo de bandidos, al enterarse éstos de que habían capturado al autor de Orlando furioso, no sólo le devolvieron la libertad sino que le colmaron de honores. En esta obra relata las hazañas de Orlando y el sitio de París, atacado por los infieles. Las hazañas de los cruzados para tomar Jerusalén fueron cantadas en un poema heroico titulado La Jerusalén libertada, debida a la inspiración de Torcuato Tasso. Éste era un hombre nervioso y desquiciado, que murió en un manicomio en 1595.

El nombre de Maquiavelo (1469-1527) y el maquiavelismo se han hecho famosos para expresar el refinamiento de un gobernante que prescinde de todo escrúpulo con tal de lograr sus fines. Exactamente quizás no era éste el propósito que inspiró a Nicolás Maquiavelo al escribir El Príncipe, un arte de gobernar que ha servido de modelo a muchísimos políticos, para los cuales todos los medios son laudables si están destinados a conseguir un ideal.

Erasmo de Rotterdam (1466-1536) fue considerado el hombre más culto de su siglo. De un espíritu agudísimo que lo llevó a utilizar la sátira y la ironía en sus burlas contra los defectos del clero y de la nobleza, fue uno de los causantes indirectos de la Reforma por la protesta constante contra la sociedad de su tiempo. Sin embargo, fue enemigo de Lutero, a quien criticaba por su intolerancia. Escribió Elogio de la locura o Encomio de la sandez, que es una despiadada sátira contra la sociedad de su tiempo. Su influencia llegó a todos los rincones de Europa.

En Francia el renacimiento literario tuvo en Francisco Rabelais (1483-1553) uno de sus mejores protagonistas. Era contemporáneo de Erasmo y recibió protección del rey Francisco I, gran enamorado de las artes y las letras, que había creado el Colegio de Francia. Rabelais era hombre muy agudo y culto, pero satírico implacable y persona de diversas ocupaciones, pues fue poeta, médico, monje y jurisconsulto. Murió siendo párroco de Meudon. Su obra más conocida es la titulada El Gigante Gargantúa y su hijo Pantagruel, ambos grandes comilones y amantes de la buena vida. En esta novela se burla de los defectos corrientes de su época, sin respetar siquiera los temas religiosos.

Contemporáneos de Rabelais fueron los hombres de "La Pléyade", entre los cuales estaba el poeta Pedro Ronsard (1525-1585), gran entusiasta de los clásicos. Montaigne (1533-1592) alcanzó celebridad al escribir Los Ensayos, una obra de crítica que contiene altos conceptos filosóficos.

En Alemania, el Renacimiento fue más tardío y coincidió con las convulsiones de la Reforma. Un poeta, Hans Sachs, inmortalizado más tarde por Wagner, fue el autor de Los Maestros cantores, obra que se inspiró en los "minnensingers" medievales.

Portugal, que se había lanzado a la gran aventura del descubrimiento del camino de las Indias por las rutas del Sur, tuvo también su gran poeta íntimamente ligado a las aventuras que vivió su país. La vida de Luis de Camoens (1524-1580) fue apasionante. Perdió el ojo derecho peleando en Africa, fue a las Indias y naufragó, estuvo preso y, como todos los grandes genios, sufrió calamidades hasta su muerte, que le encontró pobre y completamente ignorado. Cuando su buque se hundió, Camoens, a costa de grandes apuros, consiguió salvar su gran poema Os Lusiadas, es decir las hazañas de los portugueses en la conquista de la India. Sus principales protagonistas son Vasco de Gama y su protectora, la diosa Venus.

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El Renacimiento y la Revolución Científica

1 El Renacimiento

1.1 Características del Renacimiento

1.2 El renacimiento filosófico

1.3 La Reforma protestante

1.4 Política y derecho
2 La Revolución Científica
2.1 El modelo geocéntrico aristotélico-ptolemaico

2.2 Heliocentrismo: la revolución copernicana y el modelo kepleriano-galileano

2.3 El mundo como una máquina: la mecánica clásica

1 El Renacimiento

1.1 Características del Renacimiento

Suele considerarse el Renacimiento como el período de la historia de Europa en el cual se produce una ruptura con el género de vida practicado durante la mayor parte de la Edad Media y se sientan las bases de lo que será la cultura moderna propiamente dicha.

En lo que se refiere a la historia de la filosofía, se produce una transformación de la mentalidad escolástica que dominó el pensamiento sistemático durante la Baja Edad Media. Debido a la matematización de la ciencia y a la aparición de las estructuras políticas que determinarán el mundo occidental hasta el siglo xxi, esa mentalidad dará lugar a unos nuevos «sistemas» de pensamiento desligados ya de los presupuestos intelectuales que habían estado vigentes desde la Antigüedad.

Es preciso notar, no obstante, que bajo esta ambigua denominación de «Renacimiento» se mencionan al menos tres fenómenos culturales diferentes:

1) El humanismo:
Lentamente gestado desde los comienzos del arte gótico, el humanismo se apoya en la recuperación de los saberes de la Antigüedad y tiene su principal expresión en el mundo de las artes y las letras.

Se produjo una profunda renovación de las artes (el desarrollo de la perspectiva naturalista en la pintura, que tiene movimientos equivalentes en las otras artes) y de la literatura considerada en su sentido más general. En este último aspecto, el estudio de las lenguas clásicas (latín y griego) provocó una auténtica resurrección de los autores grecorromanos, que durante la Edad Media habían sido leídos solo parcial e indirectamente o en traducciones defectuosas y no siempre acertadas.

Esa recuperación de los autores de la época antigua modifica por competo los modos de escribir y de pensar no solo en las disciplinas propiamente «literarias», sino en lo que concierne al derecho, a la política, a la moral y al estudio de las costumbres, siendo este último uno de los factores que contribuyeron a la configuración de los Estados-nación.

El humanismo es el fenómeno cultural más visible del Renacimiento, especialmente si observamos los acontecimientos desde el centro de irradiación que constituye Italia a partir del siglo XV; no obstante, desborda el mundo italiano y latino, difundiéndose por toda Europa y encontrando figuras tan ilustres como las de Erasmo de Rotterdam o el español Juan Luis Vives.

En este mismo contexto es en el que hay que situar el inicio del llamado «siglo de Oro» de la literatura en lengua castellana, desde la obra narrativa de Cervantes a la poesía mística de Teresa de Ávila o Juan de la Cruz, pasando por la magistral obra del gramático Antonio de Nebrija.
2) La Reforma protestante:
Ese movimiento de «retorno a los orígenes» no solamente produjo un «renacimiento» del paganismo y del estudio de los clásicos, sino también un intento de rescatar el espíritu originario del cristianismo frente a lo que es percibido como una cierta «decadencia» ocurrida sobre todo durante los años de consolidación de la escolástica medieval.

De esta reacción acabará por surgir la Reforma, que dividirá a la Iglesia cristiana en dos bandos, cuyos conflictos alcanzaron también dimensiones políticas e históricas de primer orden.
3) La Revolución Científica:
En un período que comienza con Galileo y Kepler y que desembocará en la obra de Newton, el desarrollo de la física matemática como ciencia teórico-experimental supondrá una ruptura definitiva, por una parte, con el modelo de pensamiento científico heredado de la Antigüedad y de la Edad Media y, por otra, con el cosmos finito y el universo cerrado y geocéntrico que constituían la «visión del mundo» establecida en esas épocas anteriores.

El trastorno de la propia concepción de la ciencia irá acompañado, en los siglos posteriores, del trastorno de la vida civil y hasta de la cotidianidad familiar, en la medida en que la tecnología convierta en impactos sociales los descubrimientos de la física moderna.
1.2 El renacimiento filosófico

En el ámbito de la filosofía propiamente dicho, tienen especial importancia los diversos «resurgimientos» de escuelas de la Antigüedad que encontramos durante la época renacentista: la refundación de una «Academia platónica», la restauración del aristotelismo en la Universidad de Padua y la reaparición de corrientes de pensamiento afines al escepticismo, al estoicismo y al epicureísmo.

1.2.1 El platonismo florentino

Con Cosme de Medicis, que gobernó la ciudad de Florencia desde 1434, se inició el mecenazgo de esta dinastía, que dedicaría importantes esfuerzos al desarrollo de las artes, las letras y la filosofía.

En este contexto hay que situar la instalación en Florencia de Gemisto Pletón, cuyos conocimientos de griego clásico fueron el germen para la fundación de una nueva «Academia platónica» florentina.

Aunque el «platonismo florentino» tiene muchos elementos cristianos, escolásticos, aristotélicos y neoplatónicos, su primer representante filosófico, Marsilio Ficino, se hizo cargo de la gigantesca empresa de la traducción completa de las obras de Platón, que no terminará hasta 1484, cuando ya está en el poder Lorenzo de Medicis, «el grande», a quien dedica su trabajo de interpretación (a este trabajo seguirían después otras traducciones igualmente importantes, como las de la obra de Plotino).

Ficino asistió a la llegada a esta «nueva Academia» del brillantísimo Giovanni Pico Della Mirandola (1463-1494), autor del Discurso sobre la dignidad del hombre, que de algún modo resume la transición desde el «teocentrismo» medieval al «antropocentrismo» moderno y justifica argumentalmente esta nueva centralidad desempeñada por la naturaleza humana, que se encuentra a medio camino entre la divinidad y la animalidad. Pico es igualmente representante de un impulso que reconocemos en muchos de sus contemporáneos, el de la «concordia» o conciliación de las diferentes lenguas, culturas o religiones, que ya había sido expresado por Nicolás de Cusa (1401-1464).

1.2.2 El aristotelismo paduano

La Universidad de Padua se había convertido, durante el siglo xiv, en refugio de los maestros «aristotélicos» de artes liberales que chocaban con la doctrina oficial del Papa, que había condenado el averroísmo (sobre el averroísmo, véase la unidad 4).

Esta circunstancia fomentó el estudio de Aristóteles, sobre todo en los interesados por la «filosofía natural» (por la física) –Copérnico, por ejemplo, fue estudiante de esta universidad–, y desembocó, ya en el siglo XV, en la singular figura de Pietro Pomponazzi (1462-1524), que fue maestro de Padua hasta su cierre en 1509 y luego profesor en la Universidad de Bolonia.

Aunque sus primeras obras tienen un contenido más físico-natural, su escrito más influyente fue el Tratado sobre la inmortalidad del alma, donde da lugar a una polémica sobre si puede o no defenderse esa inmortalidad con los textos de Aristóteles, polémica que choca con el dogma católico y que avivará los mejores talentos de su tiempo, atravesando toda la época con sus controversias.

Otros aristotélicos que continúan en esta dirección son Giacomo Zabarella (1532-1589) y Cesare Cremonino (1550-1631), cuyas propuestas intentan desvincular la física aristotélica de todo supuesto o conclusión teológica.

1.2.3 Helenismo renacentista

Aunque en un contexto completamente distinto del original, encontramos a partir de este momento histórico una reformulación de las escuelas helenísticas de la Antigüedad: estoicismo, epicureísmo, escepticismo.

Esta última escuela, que será decisiva tanto para la formación de la filosofía moderna como para la de la nueva ciencia experimental, está bien representada por el médico Francisco Sánchez (1551-1623), autor de un popular tratado titulado Que nada se sabe (Quod nihil sctitur), así como por Michel de Montaigne y por Pierre Charron (1541-1603), que recibió una gran influencia del anterior.

La importancia de los Ensayos de Montaigne rebasa lo propiamente filosófico (aunque hará de su escepticismo el interlocutor indispensable de los grandes pensadores posteriores), puesto que, además de exponer una posición –que es más vital que intelectual– en torno a la «sabiduría» y a la «buena vida», inaugura un género literario característicamente moderno.

El ensayo se convertirá en determinante de los nuevos modelos de expresión filosófica que nacerán con Descartes, Locke, Hume y Kant (todos ellos autores de alguna obra titulada «ensayo»), que también se escriben con la deliberada voluntad de apartarse de las formas literarias de expresión que habían dominado la filosofía escolástica de la Edad Media (como la Suma) y de ganar para el escritor una nueva «libertad», que obviamente está en consonancia con la misma reclamación que se hace desde la política.

Aunque en Montaige y Charron hay rasgos estoicos, esta actitud filosófica caracteriza de un modo mucho más marcado a autores como Justo Lipsio (1547-1606) y Guillermo Du Vair (1556-1621).

Justo Lipsio compuso una serie de obras sobre el estoicismo antiguo que comportan un intento de adaptar la vieja doctrina a las nuevas circunstancias, sobre todo siguiendo la lectura de Séneca y de Epicteto.

Guillermo Du Vair combina su aceptación incondicional de las leyes de la naturaleza («no desear nada que esté fuera de nuestro poder») e incluso de la Providencia (interpreta las guerras y las agitaciones que conmueven la Francia de su tiempo como un merecido castigo que Dios dicta contra los injustos y soberbios) con su esperanza cristiana en la inmortalidad y con la tenacidad del sabio que debe ser leal a su comunidad y a su patria y, pese a la desconfianza en la voluntad, trabajar incesantemente a favor de la paz.

Por otro lado, en representación del renacimiento del epicureísmo se cita a menudo al romano Lorenzo Valla (1406-1457), aunque su «epicureísmo» tiene más que ver con el «hedonismo» que se respira en ciertos pasajes del Decamerón de Bocaccio que con el viejo Epicuro.

Considerado precursor del «libre pensamiento», Valla defiende la independencia del sabio con respecto a la autoridad de la Iglesia y la superioridad del pensamiento clásico sobre el dogmatismo eclesiástico (es traductor de Homero, Herodoto y Tucídides). «Naturalista» convencido, entiende que la historia y la naturaleza no son un «exilio» al que el alma humana está condenada, sino su patria genuina y verdadera, allí donde ha de buscar la verdad y la felicidad.

En su tratado sobre el placer y el bien supremo, intenta conciliar las doctrinas estoicas con las epicúreas.

1.3 La Reforma protestante

Como señalábamos al comienzo, además del movimiento de recuperación de la Antigüedad clásica que supuso, a partir del Renacimiento, la restauración del estudio de las lenguas y los saberes clásicos que daría lugar a las humanidades, el período histórico en el que se origina la época moderna también contiene otro acontecimiento de una relevancia cultural incalculable: la Reforma protestante.

La corriente de retorno al espíritu «originario» del cristianismo acabaría dando lugar a la Reforma protestante (es decir, a la escisión de la Iglesia cristiana entre católicos y protestantes) y serviría de trasfondo a una serie de conflictos políticos de larga duración y de profundo impacto en la constitución de la Europa moderna.

1.3.1 Erasmo de Rotterdam

Ese movimiento de «retorno» al cristianismo más originario (que comportaba una crítica de muchos aspectos de la Iglesia oficial existente) no solamente despertó un interés por la purificación de las costumbres e instituciones, sino también una atención crítica y detallada hacia el texto bíblico que constituía la base principal de la fe religiosa y de la doctrina teológica.

En este aspecto resulta decisiva la figura de Erasmo de Rotterdam, que inició un estudio crítico de la Biblia de una solvencia incomparable con los llevados a cabo hasta entonces, y que culminó en una nueva edición latina del Nuevo Testamento, seguida de una serie de escritos en donde se ponía por primera vez el contenido del texto bíblico, de un modo a la vez elegante y claro, al alcance de los hablantes de las llamadas «lenguas vulgares» que no conocían el latín.

Junto a estos aspectos de su labor intelectual, Erasmo construyó una importantísima obra literaria, llena de sátiras contra la decadencia moral de la época y en especial de la Iglesia romana.

En su Elogio de la locura ridiculizó con gran inteligencia el apego eclesiástico a los «bienes externos», la política de las indulgencias (que libraban a los creyentes de ciertas consecuencias de sus pecados a cambio de la realización de ciertas «obras meritorias», que llegaron a constituir un auténtico comercio de la redención) y la rigidez de las reglas monásticas.

Pero Erasmo no es anticristiano, ni siquiera anticatólico, sino partidario de una religiosidad forjada en el sentido íntimo que, más que a la letra de la Biblia, se atiene a su libre interpretación individual, al diálogo del alma con Dios a través del texto.

1.3.2 Martín Lutero

Martín Lutero, inspirador de la reforma protestante, no solamente fue un lector atento de Erasmo, sino que utilizó la edición que este había preparado de la Biblia para impulsar la primera traducción de la Biblia a la lengua alemana (que aparecería en seis tomos en 1534).

El trabajo crítico realizado por Lutero para esta edición no solamente constituyó la base de los estudios teológicos en los que se sustentaron todas sus reformas doctrinales, sino que también fue un hito importante en la tradición de lectura e interpretación crítica de textos clásicos (hermenéutica).

Asimismo, su gigantesco esfuerzo de traducción fue decisivo para la consolidación de la propia lengua alemana tal y como hoy la conocemos y, sin duda, la Iglesia romana interpretó como un ataque a su autoridad el hecho de que por primera vez se eliminase la necesidad de su «mediación» sacerdotal entre Dios y los creyentes, al ofrecer a estos últimos la palabra de salvación en una lengua que les era inmediatamente comprensible sin necesidad de un intérprete-traductor.

Lutero utilizó, pues, los Evangelios para impugnar la tradición reciente de la Iglesia católica romana, condenando a la mayoría de los doctores escolásticos de la Edad Media (con excepción de Guillermo de Ockham).

Lutero subrayó la primacía de la fe en la salvación: lo primero es creer, abandonarse a la iniciativa de Dios en el perdón gratuito de los pecados, ya que sería ilusorio pensar que un ser finito puede «hacer méritos» para obtener este perdón de un ser infinito. Además, insistió en la omnipotencia divina y en la justificación de la voluntad de Dios, que ha elegido desde el principio a aquellos que van a condenarse y a salvarse (predestinación).

La actitud del cristiano ha de ser la de la certeza interior de pertenecer a ese número de elegidos, y el testimonio público de su creencia debe expresarse socialmente en la obediencia a las instituciones civiles y políticas legítimas y en la dedicación abnegada al trabajo bien hecho.

1.3.3 Otros reformadores: Zwinglio y Calvino

Otros reformadores de gran influencia fueron Zwinglio (1484-1531), fundador de la Iglesia Reformada Suiza, y Calvino (1509-1564).

Calvino radicalizó las ideas de Lutero al insistir en que el hombre no es nada frente a Dios, que ha decidido desde la eternidad quienes se salvarán o se condenarán, sin que pueda influir su comportamiento terrenal (Dios no elige a los que son buenos, sino que son buenos aquellos a quienes Dios elige), y en que el trabajo es el deber sagrado del buen cristiano y el éxito comercial en los negocios la segura señal de encontrarse entre los elegidos por Dios.

1.3.4 La Contrarreforma

Tan importante como la Reforma protestante, que impregnaría el espíritu cultural de las naciones que la adoptaron, fue la Contrarreforma, que representó la «respuesta» del catolicismo romano a las críticas del protestantismo e impulsó algunas transformaciones teológicas y disciplinarias que evitasen los defectos denunciados por los luteranos.

Impulsada a partir del Concilio de Trento (1545-1563), intentó refundar la autoridad absoluta del Papa en materia religiosa y la necesidad de la mediación de la Iglesia en las relaciones entre Dios y los hombres.

En el seno de este movimiento se produjeron innovaciones teóricas de enorme importancia, como el «derecho de gentes», desarrollado principalmente por teólogos jesuitas españoles, y también surgieron figuras intelectuales de gran relevancia filosófica, como la del granadino Francisco Suárez (1548-1617), autor de la obra Disputaciones metafísicas, decisiva en la recepción del pensamiento medieval por parte de los más importantes representantes de la metafísica moderna.

1.4 Política y derecho

1.4.1 Tomás Moro

Entre los amigos del círculo íntimo de Erasmo de Rotterdam se encontraba también Tomás Moro, humanista como él, aunque su dedicación a la política (fue Lord Canciller de Enrique VIII de Inglaterra) lo llevó a un enfrentamiento abierto con el rey por su negativa a someterse a la autoridad religiosa de la Iglesia Anglicana, que acabaría en su decapitación.

Con todo, la actitud de Tomás Moro no es «antimoderna», sino que –pese a su trágico desenlace– representa un símbolo extremo de la defensa de la libertad religiosa frente al poder político, que, justamente, es una de las características ideológicas del discurso moderno.

Lo mismo cabe decir de la más conocida de sus obras, Utopía (que ha dado nombre al género entero de libros de este tipo), en donde se describe una sociedad «ideal», o al menos liberada de algunos de los vicios e injusticias más sangrantes del mundo de su tiempo.

Situada «en ninguna parte» (que es lo que significa «u-topía»), esta isla inexistente alberga una sociedad campesina y rural pero de un espíritu intelectual muy desarrollado (sus habitantes se complacen en la dedicación al conocimiento de la naturaleza), de la cual ha desaparecido por completo la propiedad privada y en la que reina una incondicional libertad de conciencia en materia de creencias religiosas.

Este relato de Tomás Moro no lo sitúa, sin embargo, al margen o en contra de su tiempo (en el cual se estaba forjando la sociedad urbana e industrial y el régimen económico basado en la propiedad privada), sino que hace de él uno de sus más profundos conocedores y uno de sus más tempranos críticos, además del fundador de un género literario que, además de hacer fortuna en el mundo de las letras, ha hecho historia en el de la moral.

1.4.2 Nicolás Maquiavelo

Maquiavelo es contemporáneo de Tomás Moro, aunque en muchos sentidos tiene una personalidad opuesta a la del clérigo inglés. Si bien su teoría política se sitúa bajo el motivo renacentista de una «recuperación de la Antigüedad clásica» (en este caso, de los clásicos de la teoría política de la Roma antigua), representa el comienzo de una verdadera revolución moderna en el terreno de las ideas políticas, revolución que no hará más que consolidarse y profundizarse en los siglos siguientes.
El realismo político y la razón de Estado
A diferencia de Tomás Moro, y con clara voluntad de desmarcarse de una tradición que procede de la República de Platón, Maquiavelo renuncia explícitamente a escribir «utopías» o, en otras palabras, a describir repúblicas ideales o ficticias:
«Y porque sé que muchos han escrito de esto, temo –al escribir ahora yo– ser considerado presuntuoso, tanto más cuanto que me aparto –sobre todo en el tratamiento del tema que ahora nos ocupa– de los métodos seguidos por los demás. Pero, siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad de la cosa que a la representación imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás, ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia entre cómo se vive realmente y cómo se debería vivir que quien sustituye lo que se hace por lo que se debería hacer aprende antes su ruina que su provecho».
Maquiavelo, N.: El príncipe, XV. Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. .

Este fuerte realismo pragmático (la asunción de que la sociedad real siempre se encuentra a una distancia insuperable de la ciudad ideal o moral) parece, en Maquiavelo, apoyado en un pesimismo antropológico que sería consecuencia del conocimiento empírico del género humano:
«En general se puede decir de los hombres lo siguiente: son ingratos, volubles, simulan lo que no son y disimulan lo que son, huyen del peligro, están ávidos de ganancia; y mientras les haces favores son todos tuyos, te ofrecen la sangre, los bienes, la vida, los hijos –como anteriormente dije– cuando la necesidad está lejos, pero cuando se te viene encima vuelven la cara».
(Maquiavelo, N.: El príncipe, VIII, ed. Cit. ).

Así pues, a la hora de gobernar repúblicas reales deben los gobernantes reales ser igualmente realistas, lo que implica reconocer que el uso de la ley es tan importante como el de la fuerza:
«Existen dos formas de combatir: la una con las leyes, la otra con la fuerza. La primera es propia del hombre, la segunda de las bestias; pero como muchas veces no basta la primera, conviene recurrir a la segunda. Un príncipe tiene que saber utilizar correctamente tanto a la bestia como al hombre».
(Maquiavelo, N.: El príncipe, , ed. cit., p. ).

En este tipo de consideraciones vemos nacer lo que otros teóricos políticos contemporáneos comienzan a llamar la razón de Estado; es decir, el derecho excepcional de las autoridades políticas a desbordar las limitaciones morales o religiosas para salvaguardar el propio Estado o para proteger la libertad amenazada.

Como algunos de aquellos sofistas que desesperaban a Sócrates al señalar la conveniencia política de la mentira o del disimulo, y al confundir la verdad con el poder, Maquiavelo sella el divorcio definitivo de la moral y la política, la autonomía de la esfera política con respecto a la moral.

No obstante, los términos en los que separa moral y política aún nos resultan algo escandalosos por su lejanía de una formulación jurídica universalizable: el príncipe debe hacer una cosa y decir la contraria, nadie se atreve a llevar la contraria a quien tiene el poder, y todo es lícito con tal de conservar la reputación o el Estado (a veces se tiene la impresión de que los consejos de Maquiavelo –como indica el sentido peyorativo que ha adquirido el adjetivo maquiavélico– son algo así como el manual inconfesable que el político debe seguir pero nunca mostrar en público:
«Los hombres, en general, juzgan más por los ojos que por las manos ya que a todos es dado ver, pero palpar a pocos: cada uno ve lo pareces, pero pocos palpan lo que eres, y estos pocos no se atreven a enfrentarse a la opinión de muchos, que tienen además la autoridad del Estado para defenderlos. […] Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar su Estado, y los medios serán siempre juzgados honrosos y ensalzados por todos, pues el vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo. Los pocos no tienen sitio cuando la mayoría tiene donde apoyarse. Un príncipe de nuestros días, al cual no es correcto nombrar aquí, no predica jamás otra cosa que paz y lealtad, pero de la una y de la otra es hostilísimo enemigo, y de haber observado la una y la otra, hubiera perdido en más de una ocasión o la reputación o el Estado».
Maquiavelo, N.: El príncipe, XVIII. Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. .
La «virtud» política y la fortuna
Sin embargo, hay en el discurso de Maquiavelo –además de una grandeza estilística y una profundidad incomparables– una honestidad de fondo: se trata, para él, de garantizar la independencia de la autoridad política con respecto a los poderes morales o religiosos (que en su tiempo no se distinguían), y se trata de hacerlo a favor de la libertad republicana.

Solo el poder político puede procurar a los hombres una vida segura, pero el buen uso del poder –del que puede aprenderse en la historia de las experiencias políticas del pasado– es muy diferente de la simple conservación de la seguridad.

Maquiavelo llama virtud a la propiedad que distingue al buen orden social, aunque en un sentido peculiar que, además de mantener su viejo significado de «excelencia», añade el de «fuerza anímica» de la vida pública. Como no se trata de una virtud espontánea de los hombres, se refiere más bien a aquella perfección que nace de la ordenación racional de la vida común mediante las leyes y de la creación de un espacio de libertades jurídicamente avaladas por el derecho y apoyadas por la coacción de los poderes civiles legítimos.

Ciertamente, ni las leyes ni la «virtud» política pueden eliminar el hecho de que los hombres viven sometidos al imperio de la fortuna, del cual nunca pueden llegar a ser dueños y de cuyas consecuencias nunca pueden escapar del todo. Sin embargo, la política –tanto en lo que tiene de ordenamiento racional de la vida civil como de conocimiento histórico de lo conveniente y lo inconveniente por el estudio del pasado– reduce la jurisdicción del azar y confiere a los hombres la capacidad para organizar sus vidas de una forma favorable.

Como ya se ha dicho, todas estas consideraciones de Maquiavelo crean el ambiente necesario para que se produzca una ruptura, en la concepción de la política, con respecto a la Antigüedad: en lugar de considerar –como habían hecho los autores clásicos antiguos y medievales– la política como una continuación de la naturaleza, y de buscar en esta última el fundamento para los derechos, ahora la política buscará una fundamentación autónoma, independiente de la naturaleza y generadora de un derecho del cual los propios hombres que han de regirse por él puedan sentirse autores.

El aliento de los textos de Maquiavelo, a través de las obras de Hobbes y de Spinoza, entre otros, llegará vivo –aunque profundamente transformado– a la gran revolución política de la Modernidad que se culminará en la Europa del siglo XVIII.

2 La Revolución Científica

2.1 El modelo geocéntrico aristotélico-ptolemaico

Antes de abordar el estudio de la Revolución Científica, es necesario considerar la física aristotélica y las cosmovisiones elaboradas por Aristóteles y por Ptolomeo, pues en gran parte se va a oponer a ellas. La cosmovisión de Aristóteles es de carácter realista, mientras que Ptolomeo presenta un esquema positivista.

2.1.1 La física y el cielo aristotélico
El cosmos aristotélico
El cosmos artistotélico puede ser descrito como un sistema cerrado y finito, teleológicamente ordenado. El principio rector reza así: «todo lo que se mueve es movido por otra cosa». En la cúspide del sistema encontramos el motor inmóvil, acto puro, que mueve eróticamente (todas las cosas ansían parecerse a él).

El motor inmóvil no puede –a pesar de algunas vacilaciones del propio Aristóteles– estar en contacto con el mundo: es el mundo el que tiende a él como a su fin último. Por debajo se encuentra el primer motor, que pone en movimiento la esfera de las estrellas fijas; esta, a su vez, mueve la esfera de Saturno, y así sucesivamente, hasta el orbe lunar.

Estas esferas están constituidas de una sustancia, el éter, en la que se equilibran perfectamente la materia y la forma. Su movimiento es circular. Son ellas las que determinan el tiempo («imagen móvil de la eternidad», en palabras de Platón). Esa sustancia es denominada, también, quinta essentia (las otras cuatro, terrestres, son la tierra, el agua, el aire y el fuego).

Por debajo del orbe sublunar se encuentra la Tierra estática, en el centro del universo, y estructurada según los cuatro elementos antes citados. Una conmoción desordenó parcialmente la ordenación elemental, engendrando así el movimiento; en efecto, en la Tierra los elementos están mezclados.
El movimiento en el orbe sublunar
El movimiento natural será, precisamente, la pugna de los cuerpos por volver a la esfera elemental correspondiente (a su lugar natural). Agua y tierra son, por naturaleza, graves: tienden a descender (tomado el horizonte como punto de referencia). Aire y fuego son livianos: tienden a ascender.

El movimiento rectilíneo vertical es, pues, el movimiento natural del orbe sublunar. Los movimientos horizontales, oblicuos o compuestos son siempre movimientos violentos; son debidos a una fuerza actuante sobre ellos, y cesan cuando cesa de aplicarse la fuerza (acción por contacto).

El movimiento uniforme se debe a la aplicación constante de una fuerza uniforme (sea natural o violenta).

En todo momento, el móvil ve frenado su movimiento por el paso a través de un medio; de no ser así, su movimiento sería instantáneo (paso inmediato a su lugar natural), lo cual es absurdo, salvo en el caso de la luz, que no se considera cuerpo. De aquí la imposibilidad, tanto del vacío como del infinito en acto. Cuando el cuerpo ocupa al fin su lugar natural (su elemento) reposa en relación con el medio, que, como tal, gira en círculo, salvo en sus dos extremos: por carencia (centro del elemento tierra) y por absoluta perfección (Dios, que ya no es, naturalmente, medio).
Las anomalías en la cosmología aristotélica
Las tres grandes exigencias del sistema aristotélico del mundo son: geocentrismo; esferas concéntricas y cristalinas en torno a una Tierra estable, y movimiento uniforme de tales orbes celestes. Todo ello está inscrito en la esfera de las estrellas fijas, movida regularmente –para explicar los días y las noches– por el primer motor, especie de alma del mundo movida, a su vez, por el motor inmóvil: Dios.

Esta armonía, expresión de las grandes hipótesis de base de la ciencia griega: finitud del cosmos, uniformidad y circularidad como movimiento perfecto (lo más cercano a la inmutabilidad del Dios), se veía desde el principio perturbada, con todo, por dos fenómenos: cometas y planetas.

Con respecto a los cometas, la solución ofrecida resultaba convincente, dada la ausencia de instrumentos de precisión: se trataría de «meteoros»; esto es, de fenómenos producidos en la región sublunar por la fricción de las capas de aire y fuego que rodeaban la Tierra.

Pero los planetas no fueron tan fáciles de dominar. En efecto, aparte del Sol y de la Luna, de movimiento regular, algunas «estrellas» variaban periódicamente de intensidad lumínica, y otras (especialmente Venus y Marte) aparecían, bien en posiciones opuestas, bien caminando hacia atrás en movimiento retrógrado. Por eso se las llamó «planetas» (palabra griega que significa ‘vagabundo’, ‘errante’).

2.1.2 El positivismo ptolemaico

¿Cómo compaginar la profunda exigencia de armonía y equilibrio con estos aparentemente arbitrarios movimientos? Dos hipótesis podían, evidentemente, salvar los fenómenos: la heliocéntrica y la geocéntrica.

La primera fue propuesta por Aristarco de Samos (siglo III a.C.): el Sol sería el centro del cosmos; la superficie externa, el orbe de las estrellas fijas, y el interior estaría formado por siete órbitas concéntricas (Mercurio, Luna, Tierra, Marte, Venus, Júpiter y Saturno), de distintas velocidades y dimensiones.

Parece que también pensaba en una rotación diaria de la Tierra sobre su eje Norte-Sur. De este modo podía explicarse por qué los planetas variaban de brillo y de trayectoria al ser vistos desde la Tierra.

Sin embargo, el esquema no prosperó, de modo que se escogió la hipótesis geocéntrica. Hiparco, primero, y Ptolomeo, después, propusieron un sistema que se impondría durante diecisiete siglos, y tan válido y preciso que los árabes lo llamaron «el más grande» («almagesto», corrupción del griego mégistos).

Ptolomeo afirma explícitamente que su sistema no pretende descubrir la realidad: es solo un medio de cálculo. Es lógico que adoptara el esquema positivista, pues el almagesto se opone flagrantemente a la física aristotélica:
1) Las órbitas son levemente excéntricas: solo así podía explicarse la diferencia de brillo de los planetas y el hecho de que el Sol al mediodía parezca mayor en invierno que en verano. Pero entonces, la Tierra no es el verdadero centro del cosmos.

2) La órbita del planeta P no gira en torno al punto excéntrico O a la Tierra (T), sino que describe un círculo (epiciclo) en torno a un punto imaginario D, el cual, a su vez, engendra una nueva circunferencia (deferente) en torno al punto excéntrico (véase la imagen 1). Este artificio permite explicar los movimientos retrógrados (es fácil ver que la resultante es un movimiento «en bucle»), pero entonces los planetas no giran realmente en torno a la Tierra.

3) Aún hubo que introducir, en algunos casos, otra modificación. La ciencia griega postulaba la uniformidad de los movimientos circulares, pero los planetas parecen ir a veces más deprisa. Por ello, hubo que fingir un ecuante; esto es, un punto excéntrico al círculo deferente. El punto D gira uniformemente en torno a tal ecuante E, pero, en consecuencia, no lo hace en torno a O (véase la imagen 2).
Sin embargo, el modelo se mantuvo, porque:
1) Aceptaba la idea de una Tierra quieta y, más o menos, en el centro.

2) Empleaba exclusivamente movimientos circulares y uniformes.

3) Servía para predecir con bastante precisión los cambios celestes.

4) Era flexible: permitía correcciones (nuevos círculos y ecuantes) según aumentaba la precisión de las observaciones.
El cuarto punto fue el causante de su derrumbamiento: si Aristóteles necesitaba 55 esferas para explicar el «sistema terrestre», en el siglo XV se utilizaban más de 80 movimientos simultáneos para dar razón de los siete cuerpos celestes.

2.2 Heliocentrismo: la revolución copernicana y el modelo kepleriano-galileano

2.2.1 El realismo de la revolución copernicana
Un universo sencillo, armónico y unificado
La nueva cosmovisión científica se inicia con una verdadera revolución: la Tierra deja de ser el centro del universo, y el Sol viene a ocupar ese lugar. Este fue el hallazgo de Copérnico.

Para él, la rotación de la Tierra sobre su eje y la traslación anual en torno al Sol eran hechos físicos, no artificios matemáticos. Por lo demás, todo astrónomo podía notar que las constantes de epiciclos y deferentes usadas por Ptolomeo para Mercurio y Venus estaban invertidas con respecto a las de los demás planetas: prueba de que estos estaban más cerca del Sol que de la Tierra.

Había otras razones para el cambio de centro: Copérnico necesitaba solo 34 círculos, frente a los 80 ptolemaicos. Epiciclos y deferentes seguían siendo usados, pero se evitaba el «escándalo» de los ecuantes, haciendo que las órbitas en torno al Sol describieran círculos con movimiento uniforme. Esta búsqueda de lo sencillo y armónico –la restauración de la armonía celeste– es lo que guía el pensamiento de Copérnico.

Paradójicamente, el pionero de la Modernidad intenta con todas sus fuerzas volver a la pureza griega: el movimiento uniforme y circular es el único natural, el único perfecto: la imagen de la divinidad misma. Si la causa es eterna e inmutable, las esferas celestes deben imitar su movimiento, porque «La sabiduría de la naturaleza es tal que no produce nada superfluo e inútil».

Copérnico mira a dos mundos. Si, por una parte, retorna a Platón, viendo en las matemáticas la armonía del universo, donde todo está sopesado y equilibrado, por otra, eleva el orbe sublunar a la categoría celeste, acercando así los dos mundos: Tierra y cielo, tan cuidadosamente diferenciados en el pensamiento griego. También la Tierra, su descripción y sus movimientos están desde ahora sometidos a las matemáticas.

Este profundo cambio, esta unificación (por vez primera cabe hablar de universo) tiene una clara raigambre cristiana. El mundo, creado por Dios, no admite distinciones ni escalas; todo en él es valioso. El universo es un mecanismo, transparente a la matemática y «fundado por el mejor y más regular Artífice».

Consecuencia de esta cristianización platonizante es la devolución del centro del sistema al Sol, imagen misma de Dios:

«Pero en medio de todo está el Sol. Porque, ¿quién podría colocar, en este templo hermosísimo, esta lámpara en otro o mejor lugar que ese, desde el cual puede, al mismo tiempo, iluminar el conjunto? Algunos, y no sin razón, le llaman la luz del mundo; otros, el alma o gobernante. Trismegisto le llama el Dios visible, y Sófocles, en su Electra, el que todo lo ve. Así, en realidad, el Sol, sentado en trono real, dirige la ronda de la familia de los astros».

Copérnico, N.:

Las ventajas del copernicanismo eran, en principio, de orden técnico:
1) Permitía el paso directo de las observaciones a los parámetros teóricos.

2) Establecía un criterio para calcular las posiciones y las distancias relativas de los planetas.

3) Sugería la solución correcta para el problema de la medición de la latitud.
Las anomalías en el heliocentrismo copernicano

El sistema de Copérnico mostraba todavía dos puntos oscuros, inadmisibles para un platónico consecuente: la imprecisión de la órbita marciana y la (leve) excentricidad del Sol.

En 1572 y 1577 aparecieron dos nuevas «estrellas» (en realidad, cometas) en el cielo. El perfeccionamiento en los métodos de observación astronómica permitió determinar su posición: sin duda, se encontraban más allá del orbe sublunar. El inmaculado y divino cielo aristotélico se cuarteaba, y hasta el carácter concluso de la Creación (terminada en el séptimo día) se ponía en entredicho frente a algo que era un hecho, no una teoría más o menos estetizante como la de Copérnico.

El último cuarto del siglo XVI se nos muestra, por ello, como una frenética ebullición de ideas, en donde los continuos descubrimientos de la fragilidad del sistema aristotélico-ptolemaico se unen a las continuas hipótesis para intentar modificar la gran estructura, sin derruirla por completo.

Así, el gran astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601) rechaza las esferas cristalinas que sostendrían los planetas, y sugiere un nuevo sistema cósmico conciliador entre Copérnico y Ptolomeo: la Luna, el Sol y la esfera de las estrellas fijas girarían en torno a la Tierra, inmóvil, pero los cinco planetas lo harían en torno al Sol.

Por el contrario, Giordano Bruno (1548-1600) llevaría al límite el giro copernicano. El rechazo absoluto de los orbes cristalinos le lleva a imaginar una infinidad de mundos simultáneamente existentes, en los que planetas y estrellas giran en la inmensidad de un espacio vacío e infinito.

Se pedía en la época, pues, un rigor y una precisión mayores en los datos astronómicos y una nueva teoría que, sobre la base de la copernicana, lograra conjugar armónicamente los nuevos descubrimientos y las exigencias de la razón matematizante, de raigambre platónica. El hombre que logró llevar a cabo tal empresa fue Johannes Kepler.

2.2.2 Kepler: la caída del movimiento circular y la ley de armonía
Un universo perfecto
Kepler no solo era un minucioso observador, era también un gran matemático y, sobre todo, un fervoroso místico, que creía en la magia de los números y en la armonía musical de las esferas. Así, la pasión obsesiva por la exactitud matemática se veía en él reforzada por su creencia en un universo perfecto, creado y regido por un Dios matemático.

La destrucción de las esferas cristalinas urgía una explicación de por qué los planetas y las estrellas no se dispersaban en los espacios infinitos, «algo» debía mantenerlos en sus órbitas. Ahora, traspasando el magnetismo terrestre al Sol, ¿no sería esa fuerza la que explicaría el sistema? Kepler se estaba acercando, así, a la teoría newtoniana.

Sin embargo, su misma obsesión por la precisión matemática le impidió llegar a ese resultado, al observar ligeras variaciones en la órbita lunar. «Abandono –diría en una famosa carta– las oscuridades de la física para refugiarme en las claridades de la matemática».

Pero Kepler era un realista; no se conformaba con fingir hipótesis, sino que deseaba confirmar empíricamente su geométrico sistema. Por ello, se dirigió a Praga, a fin de trabajar con Tycho Brahe. Los datos que allí pudo manejar le hicieron desechar su teoría, pero le abrieron el camino hacia su gran obra, la Astronomia Nova Aitiologetos seu Physica Coelestis (Nueva astronomía en que se da razón de las causas, o física celeste), de 1609.
Las leyes del movimiento de los planetas
En la Astronomia Nova es donde aparecen las dos primeras leyes del movimiento celeste:
1) Los planetas se mueven en elipses, con el Sol en uno de sus focos.

2) Cada planeta se mueve de forma areolarmente uniforme; es decir, la línea que une su centro con el Sol barre áreas iguales en tiempos iguales.
La primera ley supone una revolución en la historia del pensamiento occidental: la caída de la circularidad como movimiento natural perfecto (concepción de la que ni Copérnico ni Galileo lograron zafarse).

Confluyen en el descubrimiento de esta ley las dos grandes directrices del pensamiento kepleriano: su respeto ante los datos extraídos por la observación y su filosofía platonizante.
«Para el lector de hoy, que pone a la ciencia de la naturaleza en conexión con muy precisas concepciones, dos cosas saltan a la vista:
1. La ciencia natural no es de ningún modo –para Kepler– un medio que sirva a los fines materiales del hombre ni a su técnica, con cuya ayuda pueda sentirse menos incómodo en un mundo imperfecto y que le abra la vía del progreso. Por el contrario, la ciencia es medio para la elevación del espíritu, una vía para hallar reposo y consuelo en la contemplación de la eterna perfección del universo creado.
2. En estrecha conexión con lo anterior se encuentra el sorprendente menosprecio de lo empírico. La experiencia no es más que un fortuito descubrir hechos que mucho mejor pueden ser concebidos partiendo de los principios apriorísticos. La completa coincidencia entre el orden de las «cosas del sentido», obras de Dios, y las leyes matemáticas e inteligibles, “ideas” de Dios, es el tema básico del harmonices mundi. Motivos platónicos y neoplatónicos llevan a Kepler a la concepción de que leer la obra de Dios –la naturaleza– no es más que descubrir las relaciones entre las cantidades y las figuras geométricas. “La geometría, eterna como Dios y surgida del espíritu divino, ha servido a Dios para formar el mundo, para que este fuera el mejor y más hermoso, el más semejante a su Creador”».
Heisenberg, W.: La imagen de la naturaleza en la física actual. Seix Barral, Barcelona, 1969.
La segunda ley no entraña implicaciones tan importantes desde el punto de vista filosófico. Cabe señalar que, con ella, desaparecen por fin los ecuantes de la astronomía, respetando, sin embargo, la exigencia de uniformidad del movimiento angular.

Quedaba por explicar la causa física de que el planeta girara más aprisa en su perihelio. Como antes se apuntó, Kepler sugirió –correctamente– que se debía a una fuerza emanada por el Sol, pero la seguía concibiendo de una forma cuasimística, como poderes o facultades que «tiraban» del planeta.
3)La tercera ley dice así: «Los cuadrados de los períodos de revolución de dos planetas cualesquiera son proporcionales a los cubos de sus distancias medias al Sol».
La primera ley señalaba la relación entre cada planeta y el Sol; la segunda, el movimiento angular de su órbita; pero es la tercera la que consigue enlazar en un sistema todos los planetas. Solo a partir de Kepler puede hablarse de un sistema solar. La tercera ley es denominada, con justicia, la ley de armonía del movimiento planetario.

Así quedaba explícitamente abierta la imagen del mundo de la Modernidad: un maravilloso mecanismo de relojería, regido por leyes inmutables y extrínsecas a los cuerpos (caída del concepto griego de physis). En palabras del propio Kepler:
«Mi intento ha sido demostrar que la máquina celeste ha de compararse no a un organismo divino, sino más bien a una obra de relojería. […] Así como en aquella toda la variedad de movimientos son producto de una simple fuerza magnética, también en el caso de la máquina de un reloj todos sus movimientos son causados por un simple peso. Además, demuestro cómo esta concepción física ha de presentarse a través del cálculo y la geometría».
Kepler, J.: Carta a Herwart, 1605.
La fuerza magnética de atracción era, efectivamente, la causa física que Kepler necesitaba para conciliar realidad e idealidad, física y cálculo. Pero sabemos que no pudo llegar a describirla matemáticamente. Para ello, habría necesitado la ley de inercia, implícitamente establecida por Galileo. Kepler fue incapaz de dar ese gigantesco paso: la matematización total del universo.

2.2.3 Galileo: la matematización del universo

Galileo llevó a las más extremas consecuencias el programa pitagórico: el mundo terrestre no copia al celeste por medio de las matemáticas, sino que solo hay un mundo y una clave para descifrar sus enigmas:
«La Filosofía está escrita en ese vasto libro que está siempre abierto ante nuestros ojos: me refiero al universo; pero no puede ser leído hasta que hayamos aprendido el lenguaje y nos hayamos familiarizado con las letras en que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático, y las letras son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible entender una sola palabra».
(Galileo: Il saggiatore, 1623).

Quizá no haya en la historia de la ciencia moderna otro texto tan decisivo como este. La lectura del mundo con ojos matemáticos tenía necesariamente que chocar de frente con los dos grandes poderes de su tiempo: la ciencia aristotélica y la Iglesia. Procede, pues, recordar primero, brevemente, las posiciones de ambos poderes.
Hacia la nueva ciencia
El tema del movimiento es antiguo: la Física de Aristóteles trata del «ente móvil», pero dando primacía a la entidad. El movimiento es visto siempre como la corrección de una deficiencia, como un «tender hacia» (potencia) la perfección (acto). Por el contrario, a Galileo le interesan las propiedades del movimiento en cuanto tal, no las causas de que algo, el móvil, esté en movimiento ni las razones por las que deje de estarlo.

A Galileo no le interesa preguntarse por la esencia del móvil, del espacio o del tiempo, sino por la proporción numérica entre estos últimos.
El movimiento uniforme
La primero que hace Galileo es dar una definición para cada tipo de movimiento, expresable matemáticamente, para incluir luego un conjunto de axiomas.

Así, el movimiento uniforme es aquel en el cual las distancias recorridas por la partícula en movimiento durante cualesquiera intervalos iguales de tiempo son iguales entre sí.

La matematización de un movimiento tan sencillo como el uniforme supone, en realidad, un profundo esfuerzo de abstracción e idealización matemáticas: se desechan todas las cualidades no matematizables (Galileo considera estas cualidades –secundarias– puramente subjetivas, en la mejor línea atomista).
Movimiento en caída libre
Pasemos al movimiento uniformemente acelerado (caída de los graves). Véase el texto destacado a continuación; en él se nos dice: «No encontraremos ningún aumento o adición más simple que aquel que va aumentando siempre de la misma manera. Esto lo entenderemos fácilmente si consideramos la relación tan estrecha que se da entre tiempo y movimiento».

A los sentidos no aparece tal «estrecha relación». La relación estrecha se da en la razón, y surge de una exigencia de simetría conceptual entre las nociones antitéticas de reposo y de movimiento natural (caída libre). Definiremos el reposo por la relación de un cuerpo con el espacio que ocupa, sin consideración del tiempo (estrecha relación entre espacio y reposo). De nuevo, aquí, es la razón la que dicta la esencia del movimiento, y no los sentidos. Esto sentado, continúa Galileo: «Se dice que un cuerpo está uniformemente acelerado cuando partiendo del reposo adquiere, durante intervalos iguales, incrementos iguales de velocidad».

El experimento de la caída de un grave no confirma una observación previa, sino que es el resultado de una deducción a partir de una definición y un principio, ambos, inverificables directamente.

Todo grave que desciende por un plano inclinado sufre una aceleración. Si tuviese que ascender, sufriría una deceleración. Podemos, pues, preguntarnos qué ocurriría si se mantuviera en un plano horizontal, a partir de una caída previa. Es evidente que no podría acelerar ni decelerar: «la velocidad adquirida durante la caída precedente […] si actúa ella sola, llevaría al cuerpo con una velocidad uniforme hasta el infinito». He aquí, decimos, al fin la ley fundamental de la física: la ley de inercia. Sin embargo, Galileo fue incapaz de presentarla explícitamente. Y ello porque pensó toda su vida que la gravedad era la propiedad física esencial y universal de todos los cuerpos materiales.

Véanse, a este respecto, las siguientes y sorprendentes palabras de Galileo (no tan extrañas si recordamos que en astronomía sigue a Copérnico y desechamos la creencia banal de que la ciencia surge entera y perfecta de la cabeza de un hombre): «Únicamente el movimiento circular puede ser apropiado naturalmente a los cuerpos que son parte integrante del universo en cuanto constituido en el mejor de los órdenes […] lo más que se puede decir del movimiento rectilíneo es que él es atribuido por la naturaleza a los cuerpos y a sus partes únicamente cuando estos están colocados fuera de su lugar natural, en un orden malo, y que, por tanto, necesitan ser repuestos en su estado natural por el camino más corto» (Galileo: Diálogos, «Jornada primera»).

Se da aquí una recaída en la física griega, cuando estaba a punto de levantarse el nuevo edificio. La gloria de la formulación explícita de la ley de inercia sería para Descartes, cuya concepción de la res extensa como, a la vez, materia física y espacio tridimensional euclídeo, le permitían abrirse a la visión infinita de la nueva ciencia.
El método resolutivo-compositivo
El método de Galileo se levanta, por una parte, contra el nominalismo vigente en su época y, por otra, contra la mera recogida de datos a partir de la experiencia, para conseguir una generalización inductiva.

La experiencia es una observación ingenua: pretende ser fiel a lo que aparece, a lo que se ve y toca. Pero introduce subrepticiamente creencias y modos de pensar acríticamente asumidos, a través de la tradición y la educación.

El experimento, por el contrario, es un proyecto matemático que elige las características relevantes de un fenómeno (aquellas que son cuantificables) y desecha las demás. Y aún más, el pitagorismo de Galileo lo lleva a considerar esas cualidades no cuantificables (cualidades segundas) como irreales, meramente subjetivas. Realmente solo existe aquello que puede ser objeto de medida (cualidades primeras).

Estamos, ahora, en disposición de seguir los pasos del método experimental, tal como los traza Galileo en su carta a Pierre Carcavy (1637):
1) Resolución: a partir de la experiencia sensible, se resuelve o analiza lo dado, dejando solo las propiedades esenciales.

2) Composición: construcción o síntesis de una «suposición» (hipótesis), enlazando las diversas propiedades esenciales elegidas. De esta hipótesis se deducen después una serie de consecuencias, precisamente las que puedan ser objeto de resolución experimental.

3) Resolución experimental: puesta a prueba de los efectos deducidos de la hipótesis.
El mundo nuevo surge por la confianza absoluta en la razón proyectiva. La razón impone sus leyes a la experiencia, hasta el punto de que esta última se convierte en un mero índice de la potencia del intelecto. Es el inicio de la razón como factor de dominio del mundo.

2.3 El mundo como una máquina: la mecánica clásica

Aunque en una época posterior al Renacimiento, conviene que añadamos algunas notas sobre el mecanicismo de Descartes y la física de Newton para completar la exposición de la Revolución Científica.

2.3.1 La máquina cartesiana del mundo

El siglo XVII vio triunfar en Europa la Revolución Científica iniciada por Copérnico, Kepler y Galileo. A los esfuerzos de estos pioneros por instaurar un método experimental, y a su insistencia casi religiosa en valorar la precisión y exactitud de las matemáticas, se agrega ahora una cosmovisión de miras tan ambiciosas como las del derruido sistema aristotélico: la filosofía mecanicista de Descartes. Podemos agrupar así los rasgos esenciales de este mecanicismo:
1) Solo existe lo matematizable: figura, tamaño y movimiento, que son las cualidades primarias. Las otras cualidades quedan reducidas al ámbito de lo subjetivo.

2) En consecuencia, las «cosas» naturales se reducen a masas puntuales moviéndose en el espacio euclídeo (infinito, isotópico y tridimensional).

3) Toda acción y reacción deben ejercerse mediante choque o impulso. En todo caso, por contacto.

4) Es suficiente describir matemáticamente las leyes que rigen estos movimientos y acciones; el ámbito de la causalidad se reduce a la causa eficiente, y esta, a la función que relaciona dos variables.

5) El tiempo deviene un concepto secundario, desde el momento en que el lugar de la ubicación de las masas es un espacio infinito: el punto de partida de un movimiento (medida del tiempo) es arbitrario y reversible.

6) Los principios que rigen la inmensa maquinaria del sistema son dos: el de «inercia» y el de «conservación del momento o cantidad de movimiento».
Como consecuencia de estos postulados del mecanicismo cartesiano, la física queda subsumida en la cinemática (desplazamiento de masas puntuales en un espacio infinito). Así, aunque Descartes enunció por vez primera, explícitamente, la ley de inercia (principio fundamental de la física), le fue imposible introducir en su sistema las consideraciones dinámicas de Galileo (caída de los graves) y de Kepler (segunda ley).

Por otra parte, su repudio de las cualidades ocultas le llevó, necesariamente, a postular un espacio lleno (acción por contacto). El descubrimiento de fuerzas aparentemente actuantes a distancia (gravedad, magnetismo y electricidad) quedaba reducido en su sistema a la imaginería, no matemática, de los torbellinos.

2.3.2 Antecedentes de la física de Newton

La segunda mitad del siglo XVII estuvo ocupada enteramente en un esfuerzo de renovación mental pocas veces igualado en la historia, encaminado a conciliar en un sistema unitario los descubrimientos parciales de estos grandes hombres:
1) Se trataba de conjugar la geometría analítica cartesiana con el concepto dinámico de derivada del tiempo, implícitamente descubierto por Galileo. Asistimos, así, a los albores de la noción de razón empírico-analítica antes explicada. El resultado, decisivo en la historia de la matemática, fue la invención del cálculo infinitesimal.

2) Se trataba, también, de asignar una causa física a las leyes empíricas de Kepler. El resultado sería el descubrimiento, aún no superado, de la teoría de la gravitación universal.

3) En tercer lugar, había que combinar la cinemática cartesiana con la dinámica de Galileo, en un único sistema físico: la mecánica.

4) Por último, había que introducir en el edificio de la mecánica fuerzas como el magnetismo y la electricidad, incompatibles con el universo inerte de Descartes.
Estas cuatro conquistas, pilares del inmenso edificio de la ciencia moderna, se agrupan en torno a un hombre: Sir Isaac Newton.

2.3.3 El sistema del mundo: Newton
La inducción, método de la ciencia
Newton dio un giro decisivo a la filosofía natural (física), abandonando el racionalismo de los pioneros y cumpliendo, más bien, el programa empirista iniciado por Francis Bacon. Con Newton, la matemática deja de ser el fundamento para convertirse en un medio auxiliar: la geometría nace de la mecánica y sin ella no tiene sentido.

La ciencia no comienza, pues, con una demostración matemática, sino con una construcción a partir de lo sensible. El método de la ciencia, afirma Newton frente al racionalismo continental, es la inducción.

La tercera regla del filosofar de Newton trata del «principio de inducción» (o, más exactamente, de transducción: paso de lo observable a lo inobservable). En esta tercera regla se abandonan, por un momento, los aspectos metodológicos para mostrarnos la estructura de la materia. Se trata de un claro atomismo del que se excluye explícitamente toda afirmación de vivacidad o actividad por parte de la materia. La atracción de la gravedad es extrínseca a los cuerpos.

Tesis fundamentales de la mecánica clásica

Entre las principales tesis de la mecánica clásica con implicaciones filosóficas, tanto en su aspecto ontológico como epistemológico, hay que señalar las siguientes:
1) Todo objeto tiene una consistencia y existencia permanentes en el tiempo. Kant estableció que uno de los principios que regulan los objetos de la naturaleza física es la «permanencia de la sustancia».

2) «La naturaleza no da saltos». Es el «principio de continuidad de la naturaleza», en consonancia con la continuidad del tiempo y del espacio.

3) Las cualidades y magnitudes atribuibles a cada objeto en tanto que sustancia tienen un valor definido en todo tiempo. El objeto tiene tales magnitudes.

4) El estado y las reglas o principios que regulan el estado y su cambio es independiente de la observación y medida que pueda llevar a cabo cualquier investigación o experimento.

5) La naturaleza está regida por el «principio de causalidad». Nada sucede sin razón; nada acontece sin una causa; es decir, sin una regla que determina los objetos y que permite predecir todo suceso. Por ello, se habla de la concepción mecanicista y determinista de la naturaleza.
(Navarro Cordón, Juan Manuel y Pardo, José Luis. Historia de la Filosofía, Madrid, Anaya, 2009).

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