«Me puse al lado de los indios y me derrotaron. Me puse al lado de los negros y me derrotaron. Me puse al lado de los campesinos y me derrotaron. Me puse al lado de los obreros y me derrotaron. Pero nunca me puse al lado de los que me vencieron. ¡Esa es mi victoria!» [Darcy Ribeiro, intelectual y político brasileño]

23 de agosto de 2012

¿Por qué ayudar a un corrupto que se obstina en el pecado?

¿Cuáles son las razones para ayudar a un vil que no se arrepiente de su maldad? ¿Por qué hay que ayudar a quien patrocinó el robo de 130 millones del préstamo de la Sun Land? ¿Por qué hay que ayudar a quien usó los dineros del pueblo para pagar nominillas de vagos peledeístas? ¿Por qué hay que ayudar a quien usó los recursos del Estado para hacer actividad política?


Un prestigioso periodista dominicano publicó un artículo que ha puesto de manifiesto nuevamente la doble cara que tiene el periodismo que se ejerce, exclusivamente, como medio de sustentación: se combate a cierto personaje por su comportamiento, por sus desmanes, por sus fechorías, pero al doblar de la esquina se materializa el abrazo conciliador con la mala conducta.

No es el comportamiento típico de la nueva generación de vividores, de periodistas mediocres que, de ser necesario, su alma al diablo venden; ¡no! Es el comportamiento del periodista que empeñó su juventud con las mejores causas; con el ejercicio serio y honesto, pero que ha alcanzado, en la división de clases, un lugar de preponderancia por el lugar que hoy ocupa en las relaciones de producción.

Unos cuantos le secundan: protestan, pero en voz baja. Engalanan la efusividad y el entusiasmo que antes expresaban en sus escritos pues, ahora, de lo que se trata es de decir algo, aunque ese algo esté revestido de adornos innecesarios; se trata de mantener la presencia, pero en ambos lados. Combaten la corrupción…, pero cenan con los corruptos; combaten los asesinatos policiales pero se ejercitan socialmente con sus autores; combaten las drogas…, pero toman “Dom Pérignon” con los que le dan vida.