«A mí me inspira mi pueblo y su destino. A mí no me inspiran ni me preocupan el dinero y las riquezas. A mí me inspira, me seduce, el ejemplo de los hombres como Simón Bolívar, como San Martín, como Sucre, como Eugenio María de Hostos, como Máximo Gómez... de esos hombres libertadores que, como bien lo dice otro gigante de la América Nuestra, el Apóstol José Martí, “hacen pueblos y son más que hombres”» (Juan Bosch)
Ing. Nemen Hazim
Graduado Magna Cum Laude (MCL) en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD - 28/10/1977). Estudios complementarios en Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Argentina y Uruguay. En República Dominicana fue Ayudante de Profesor en la UASD; Profesor y Director de las Escuelas de Ingeniería Eléctrica e Ingeniería Mecánica en la Universidad Central del Este (UCE); y Gerente de Turbinas de Gas y Motores Diésel en la Corporación Dominicana de Electricidad (CDE). En Puerto Rico fue Encargado de Proyectos en Caribbean Electrical Industrial Services Corporation (CEISCO) y Co-dueño de Ingeniería Eléctrica y Mecánica (INGELMEC)...

Juan Bosch: "La mañosa" - Cuentos


"La Novela de las Revoluciones" y otros cuentos


Juan Bosch, palabras para la Tercera Edición: «La Mañosa» fue escrita en el año 1935, pero su tema se remonta a una época anterior. Por una de esas contradicciones inherentes a la naturaleza de las tiranías, dejó de leerse en Santo Domingo durante un cuarto de siglo a pesar de que un libro sobre los desórdenes armados que se llamaban en nuestro país revoluciones no debía considerarse peligroso para el régimen, sino todo lo contrario. Sin embargo «La Mañosa» no fue escrita para poner de relieve una situación política, correspondiera o no al presente o al pasado de nuestra convulsa sociedad; «La Mañosa» fue escrita con un propósito estrictamente literario. «La Mañosa» obedeció al plan de elaborar una novela en la que no hubiera un personaje central ni caracteres de carne y hueso que pudieran atraer la atención del lector y «robarse» el libro. En «La Mañosa» no debía haber ni siquiera un tema desenvuelto con los requerimientos normales de intriga, la habitual lucha del «bueno» y del «malo» que tanto atrae a los lectores, la presencia de la mujer cuyo amor es el premio ofrecido al «bueno» como recompensa por sus trabajos y por el heroísmo con que se enfrenta al malvado de la trama. En «La Mañosa», según el plan que me hice, debía haber un «personaje» central, y sería la guerra civil; y todos los seres vivos que desfilaran por las páginas del libro, sin exceptuar la mula que le daría nombre, deberían ser, en un sentido o en otro, víctimas de ese personaje central. El mismo jefe del movimiento armado, Fello Macario, sería otra víctima de la fuerza que había desatado, puesto que su imagen de combatiente leal a ciertos principios debería quedar destruida al final. Sólo en ese sentido «La Mañosa» sería política, puesto que las continuas revueltas armadas causaron tantos males al país que contribuyeron a impedir su desarrollo. En una forma o en otra,' todos los dominicanos sufrieron las consecuencias de esas contiendas personalistas planteadas y resueltas a balazos.

Frente a un plan literario como el que he resumido en lo que va dicho, quedaba por resolver un aspecto importante; el de la forma. Si lo que me proponía era presentar los efectos de nuestras mal llamadas revoluciones en todos los sectores de la sociedad dominicana, ¿cómo hacerlo? La solución era describir esos efectos, no la «revolución» en sí misma. Eso es lo que explica el escenario de la novela, la casa en el camino real, por donde debían pasar los hombres y las mujeres que circulan por las páginas de la obra; la situación de esa casa familiar en un campo, donde necesariamente tenía que ser el centro de atracción de los vecinos.

«La Mañosa» no es una novela autobiográfica, pero hay en ella muchos detalles autobiográficos: los nombres del padre, de la madre, de los dos niños y de José Veras son auténticos; José Veras fue como se dice en el libro; la casa existió en El Pino, y en esa casa fue curado José Veras de la herida de machete que le infirieron en el cuello dos hermanos que le persiguieron por fechorías antiguas de José; papá tuvo negocio de recuas y su mula de silla fue robada por un cuatrero de los lados de Bonao. Con esos datos se agota lo que hay de autobiográfico en la novela. «La Mañosa» fue un título simbólico. La mula de silla de papá se llamó La Melada. En la obra se llama La Mañosa porque nuestras llamadas revoluciones de aquellos tiempos eran una maña nacional, la versión tumultuosa y populachera y sangrienta de lo que después de 1930 serían los ya clásicos golpes de estado latinoamericanos.

La novela es un género que en su aspecto formal comenzó a evolucionar en Europa después de la primera guerra mundial y ha seguido evolucionando tanto que ya hoy ha abandonado del todo los viejos moldes que le dieron los maestros del siglo XIX. «La Mañosa» fue un esfuerzo juvenil en ese camino de novedades; un camino que dejé abandonado cuando los infortunios dominicanos me forzaron a dedicar mi limitada capacidad de escritor a la lucha política. Esto quería decir en la oportunidad que me ofrece una tercera edición de «La Mañosa». Santo Domingo, 12 de agosto de 1966. JB

***

Juan Bosch, palabras para la Edición Especial: El 12 de agosto de 1966 escribí unas palabras que iban a figurar al frente de la tercera edición de La Mañosa, y el 31 de agosto de 1968 le daba fin en Benidorm, España, a la primera versión de Composición Social Dominicana. Entre las dos fechas había sólo dos años, pero en esos dos años todo el conjunto de mis ideas había tomado un rumbo nuevo. En agosto de 1966 me dolía de las interminables guerras civiles que había padecido el país, y «La Mañosa», escrita algo más de treinta años antes de esa fecha, era la expresión novelada de ese dolor; pero para ese mes de agosto de 1966 ignoraba la causa de esas guerras civiles tanto como la ignoraba cuando escribí la novela; y en agosto de 1968 estaba diciendo, en Composición Social Dominicana, que la causa de nuestras guerras intestinas era la lucha de clases, una lucha de clases que carecía de orientación ideológica y que además se llevaba a cabo entre capas diferentes de una numerosa pequeña burguesía que peleaban a muerte porque la guerra civil fue, durante muchísimo tiempo, el canal de ascenso social más seguro que conocía el país. Por la vía de la guerra civil cualquier bajo pequeño burgués pobre o muy pobre, del campo o de los pueblos que llamábamos ciudades, podía llegar a general casi de un salto, y del generalato se pasaba a una posición de privilegio, aunque se tratara, en la mayoría de los casos, de privilegios muy limitados. El general Fello Macario, que tuvo otro nombre, desde luego, nacido en un campo de Bonao de una familia bajo pequeño burguesa pobrísima, se hizo general con dos o tres asaltos audaces, y como tenía presencia y autoridad natural pasó a comandante de armas y a gobernador, pero apenas aprendió a firmar; ahora bien, al morir era dueño de una finca. Por la vía de las guerras civiles había ascendido socialmente desde bajo pequeño burgués muy pobre a propietario rural acomodado. Había luchado para llegar a ese nivel; se había jugado la vida no una sino varias veces, aparentemente por seguir ciertos principios políticos encarnados en su caudillo, y en realidad lo había hecho para obtener lo que alcanzó y para retenerlo.

¿Qué fue lo que le dio a la larga historia de las guerras civiles dominicanas ese aspecto de cadena de violencias sin sentido que todavía hoy es usada para presentarnos a los ojos del pueblo como sanguinarios sin remedio; eso que llevó a uno de los personajes de La Mañosa a decir: «A mi mula le pude quitar las mañas; pero a los hombres nadie se las quita»? Fue la sensación de inutilidad de nuestras mal llamadas revoluciones. Gracias a ellas hubo hombres que ascendieron socialmente, pero fueron tan contados que no cuajaron en una burguesía, y sin una burguesía que lo dirigiera el país no tenía salida histórica. Esto es lo que explica el desaliento que dejaban las guerras civiles en las capas superiores de la pequeña burguesía, que no veían posibilidad de pasar a la burguesía; eso es lo que explica el desaliento del final de La Mañosa. Yo no sabía lo que acabo de decir cuando escribí la novela en el año 1935 ni cuando escribí en el 1966 las palabras para su tercera edición; vine a saberlo cuando el conocimiento de lo que es la lucha de clases iluminó para mí la historia del país y me llevó a escribir Composición Social Dominicana. Ojalá que igual que yo, y por las mismas razones, puedan explicárselo los lectores de esta edición especial de La Mañosa. Santo Domingo, 24 de abril de 1974. JB

La Mañosa/Novela



C U E N T O S


.- Camino real
.- Sombras
.- El alzado

.- La pájara
.- Forzados
.- El cuchillo

.- Cundito
.- Guaraguaos
.- La sangre

***

.- Lucero
.- Lo mejor
.- San Andrés

.- La negación
.- La verdad
.- Chucho

.- El cobarde
.- El resguardo
.- Piloncito

***

.- La pulpería
.- El culpable
.- El prófugo

.- Sin quererlo
.- La tragedia
.- Orgullo

.- Chencho
.- Tierra de hombres
.- Un caso raro de fidelidad

***

.- Bobié
.- Por qué enloqueció el profesor Lesbein
.- Noche Buena

.- Cosas del mar
.- Los vencidos
.- Los sacrificados

.- Jibijoa
.- Bumbo
.- Los vengadores

***

.- Los encadenados
.- Al pie de la horca
.- Tierra alta

.- El abuelo (otra narrativa con el título "El abuelo")



CUENTOS INFANTILES

.- Un campesino ingenioso
.- El negocio de doña Hormiga
.- El General don Gallo

.- Don Gato y don Ratón
.- La ignorancia de doña Gallina Pinta
.- Las envidiosas Ciguas

.- Cómo nació la luna




La Mañosa

LA MAÑOSA
Novela

Juan Bosch

PRIMERA PARTE
LA REVOLUCIÓN

I

Esto nos lo contó el viejo Dimas, cierta noche agujereada de estrellas:

—Yo andaba con uno de mis muchachos buscando caoba; ya teníamos buen trecho caminando cuando topamos la culebra...

Estábamos en la cocina. Las llamas del fogón se alzaban y removían incansablemente. Pepito y yo atendíamos a Dimas, mientras papá hacía chistes sobre la lentitud con que mamá preparaba el café.

El viejo Dimas explicaba:

—Dende la madrugada habíamos cogido el camino, porque yo sabía que la caoba no se orillaba mucho.

Se detuvo, miró la tierra dorada del piso y prosiguió:

—Dicen que si uno ve a un animal de ésos y no lo mata, el animal lo maldice. Asigún cuentan, son obra del Enemigo Malo.

Mamá, que iba vaciando el café en el colador, exclamó, con la mirada clavada en Dimas:

—¡Jesús! Ave María Purísima...

Allí, sobre el hombro de la madre, estaba la cara del papá, y una sonrisilla maliciosa rompió a bailar entre sus labios.

Eran mansas como vacas viejas aquellas noches estrelladas del Pino. A veces, iba Simeón; tarde, después de ver a la novia, se detenía en la puerta Mero; una que otra noche no iban ni el uno ni el otro; pero jamás faltaba Dimas. Si llovía, entraba el agua en la cocina y se tertuliaba en la casa; bebían café, hablaban de la cosecha, de los malos tiempos, de la muerte de algún compadre. De mes en mes reventaba la luna por encima de la Encrucijada. Una luz verde y pálida nadaba entonces sobre los potreros, subía las lomas distantes de Cortadera y Pedregal, engrasaba las hojas de los árboles que orillaban el Yaquecillo y pintaba de azul las tablas de la vieja casa.

Aquella noche estaba dorado el cielo. Unas nubes berrendas salían por detrás de las lomas y se tragaban las estrellas. Dimas contaba:

—Asina que vide ese animal tan tremendo, tan negro, desenvainé el machete y le tiré dos veces; pero la maldita tenía el cuero duro y nada más le partí el espinazo sin cortarla. Verdá es que el machete no estaba bien afilado, por mucho que el muchacho estuvo dándole en una piedrecita vieja que hay en casa. Bueno, se fue el bicho, yo creía que a morirse lejos, y como yo no lo diba a seguir entre tanto matojo, le dije al muchacho: “Sigue, hijo, que horitica se mete la noche”. “Taita —me respondió—, pa mí que esa culebra no está bien muerta”. “Ni te apures... Esa condenada ha dío a morirse por ahí...”. ¿Morirse? . . . Bueno.

La cocina estaba llenándose con el olor del café que humeaba. Las llamas se ahogaban bajo la marmita, se sacudían, se alzaban y caían. En todas las paredes bailaban esas llamas diminutas; y bailaban también en la frente, en las cejas y en las manos del viejo Dimas.

—Bueno... —el viejo parecía estar rezando—. Yo apuraba el paso, porque estábamos a boquita e noche y no quería que nos cogiera en el monte. Asina que, ya cansado, alcanzamos el rancho del viejo Matías. “Vamos a dormir en la cumbrera, muchacho”. “Taita, no tenemos ni una yagua, y ahí nada más hay varejones podridos”.

El rancho del viejo Matías no era rancho ni pertenecía a nadie. Atrás, muy atrás, cuando aún estaba joven el padre de Dimas, Matías había construido aquella vivienda, bien metida en la loma. Vivía cazando, persiguiendo reses cimarronas. Pero los animales fueron abandonando lentamente el sitio, seguidos por manadas de perros jíbaros, y un día el hombre se vio forzado a dejar el rancho. Tomó los firmes de la cordillera, siempre tras las huellas de las reses, barbudo, silencioso y recio; bajaba de año en año, en busca de pólvora o a vender pieles. Después descubrió que el Bonao le quedaba más cerca, y ya no volvió. Se sabía de él en el lugar por las noticias que traían las escasas recuas; poco a poco se destiñó su figura y con el tiempo desaparecieron cuantos le habían conocido.

Matías se fue; pero su rancho quedó. A la cuenta de días, el viento vagabundo le perdió el respeto y empezó a arrancarle yaguas, reblandecidas por las lluvias; comenzaron después a caérsele tablas; al principio en pedazos, más tarde enteras. Iban y venían por los espeques los hilos de comején; gateaban los bejucos por los palos. Cuando los monteros descubrieron que allí se podía pernoctar, le limpiaron el frente, trozaron los arbustos que se entrometían por las rendijas, le amarraron pedazos de yaguas. Sin embargo, se monteaba poco: el mismo Matías había empujado las reses hacia el sur, hacia el monte tupido, cerrado, bruto.

“El rancho del viejo Matías”, decía la gente. Pero ya no era rancho ni tenía dueño. No era rancho, por lo menos, la noche que llegaron Dimas y su muchacho. Gateando por los espeques ganaron el techo, donde las varas desnudas, ennegrecidas por las lluvias, se derrengaban bajo el pie cauteloso. Pudieron arreglar algo como una cama, casi en la cumbrera. Lo hacían tanteando, porque entre ellos y las escasas estrellas estaba la tramazón del monte.

A media noche despertó Dimas. Había oído, entre sueños, un golpe seco. A poco, otra vez, tac. Alzó la cabeza.

—Despierta, hijo —recomendó.

Aquel golpe sonó de nuevo, y de nuevo, y de nuevo. Parecía medido el tiempo entre uno y otro.

—Alguno de esos varejones rompiéndose —aventuró el muchacho—.

—¿ Rompiéndose?.

Dimas no era hombre de engañarse. Conocía todos los ruidos del bosque. Nunca había oído aquél. Era como algo que caía. A veces, los árboles rozan entre sí, cuando hay viento; pero no sucedía eso, o por lo menos, el ruido era distinto.

La voz de Dimas tenía alzadas y caídas. Bajo las cejas tupidas los ojos se le hacían diminutos. No nos miraba, sino que parecía estar acechando algo que pasaba más allá de alguna pequeña rendija.

—¡Hola! —dijo padre.

Entonces, Dimas alzó la mirada. En la puerta estaba Simeón, alto, simple, rojo.

***

En un banco corto y pulido por el uso, frente al fogón, tomó asiento el alcalde. Era hombre bueno, manso. Tenía entre los dientes un roñoso cachimbo de madera. Cruzó los brazos por encima del vientre y saludó echando humo con cada palabra.

Pepito y yo le veíamos con odio, casi: allí estaba meciéndose entre nuestros oídos la historia de Dimas. Simeón la había roto en lo mejor.

—Horitica —habló el recién llegado- me dijeron que andan tiznados por aquí.

Impasible, quieto e indiferente como una piedra, ni soltaba el cachimbo para hablar ni se tragaba el humo. Restregándose ambas manos, lo sostuvo un instante entre los dedos para lanzar al rincón un escupitajo negro.

Dimas se acariciaba la blanca barba y miraba al alcalde; padre, lleno de recelos, comenzó a ojearlo. Suspensa sobre todos, ardía la mirada de mi madre.

Papá rompió el silencio:

—Dudo que sean tiznados.

Simeón cruzó una pierna sobre la otra.

—En lo mismo estoy yo. Nadie sabe atrás de qué andan...

Elevó el techo su mirada clara. En el cobrizo bigote alentaba la llama.

—De todos modos, Pepe, no conviene descuidarse...

Mamá había hablado. Toda la cara de mi madre era filosa. En ese momento se le llenaba con el rejuego de la luz.

—Ni tiznados ni nada.

Dimas había puesto los codos en las rodillas y tenía el cuerpo echado casi sobre las piernas. Las palabras le hacían temblar la barba.

—Ni tiznados ni nada. Están diciendo que de noche tirotean el pueblo.

Papá empezó a encender un cigarro. Disimulaba su impaciencia. El, como todos, sabía que de un día a otro estallaba la revuelta. Con la cara metida entre las manos, envuelto en el humillo y en la lumbre de fósforo, medio dijo:

—Vagabunderías, Dimas.

Y después, sacudiendo el palillo encendido:

—Mejor siga con su cuento; me estaba interesando.

Simeón pareció apretarse el vientre. Tenía los ojos entrecerrados, y sobre la nariz y el bigote se alzaba el humo espeso de su cachimbo.

—Me tenían escambroso esos golpecitos. “Muchacho, haz candela”. Pero el muchacho no quería. “Eso es algún palo, taita”. Estaba bregando con él, cuando. . . itac! Ya yo sentía frío en la espalda. “¡Hum! —dije—. Por aquí debe estar penando un muerto”.

No era muerto, no. Cuando el hijo rayó el fósforo, vieron, casi pegado a los pies de Dimas, un brillo como de carne recién cortada. Algo grueso, rojizo, pegajoso y pesado se movía entre los varejones. El viejo observó detenidamente aquello que parecía estar colgando de mitad abajo. Sin duda alguna, lo que fuera retrocedía. Después... Dimas sintió que la mano de su hijo le apretaba el hombro, le desgarraba la camisa. En los dedos de la otra le temblaba la lucecilla, que se disolvía en la oscuridad. Ahí mismo, ahí enfrente, echándoles encima el calor sofocante de su mirada, un par de ojillos crueles relampagueaban llenos de duros reflejos. Parecían filos de machetes o de puñal. Dimas sintió la sangre subirle a la cabeza y hacérsela crecer, como cuando se emborrachaba. De pronto volvió la cara: el hijo tenía la boca retorcida.

—Taita, taita, taita —resollaba.

Recuerdo todavía la palabra con que esa noche comentó Dimas la actitud de su hijo:

—Muchacho pendejo... ¡A quién habrá salido!

Prosiguió después su historieta:

—Ese animal caminó atrás de nosotros, sabaneándonos como a gallinas. Si no hubiera tenido el espinazo roto, nos ahorca. Pero como tenía que enderezarse para saltar los varejones, al llegar al pedazo roto, se le caía. Esos eran los golpes que yo asuntaba.

De pronto Dimas se agarró la barba blanca.

—Para mí esa culebra no era culebra, porque nosotros anduvimos largo y en camino cerrado. Yo creo que era el Enemigo Malo... ¡Tenía los ojos muy encandilados!

Yo levanté los desnudos piececitos, los puse en la silla y con las manos frías y enrojecidas, los sujeté fuertemente.

Trepado en su banco, Simeón sonreía con malicia por entre el humo de su cachimbo.

—Vea, compadre —dijo—, con esas pájaras se pasan sustos grandes. Dígale a mi compadre Pepé que le cuente lo que nos pasó aquí mismo.

Su mano zurda indicaba la casa; con la otra se echaba sobre las cejas el sudado sombrero de fieltro.

Papá se puso de pie. Su sombra se quebró y subió por la pared de tablas de palma.

—No me gusta contar eso, porque me pone nervioso recordarlo. Pasé una noche endiablada.

Tomó asiento de nuevo y se quedó con la mirada sucia, como quien piensa en cosas amargas. Después rompió a decir.

Padre hablaba en voz alta. Simeón, oyéndole, cerraba los ojos y parecía dormir. Contaba papá su experiencia de la primera noche pasada en la casa.

Viajando con la recua había visto repetidas veces el caserón vacío; le gustó el tamaño y el sitio le resultaba conveniente. Un día salió dispuesto a conocerla mejor. Ya en El Pino solicitó informes del alcalde. ¡Buen amigo le salió aquel hombre simple, alto y rojo! La propiedad era de cierto rico viejo que vivía en el pueblo. Padre estuvo recorriendo los potreros, viendo las palizadas, las aguadas, los árboles frutales: todo lo observó y midió. Atardecido salieron al camino real, y con la noche cayéndole encima tomó el camino de la vuelta. Durmió en el pueblo. Al otro día, recién salido el sol, buscó al viejo. Era persona complicada y papá explicó que le encontró junto al fogón, en pantuflas y tocado con gorra de lana. Le estuvo sacando muchas vueltas al negocio; pero de repente se sintió cansado y le dijo a papá:

—Cójasela por lo que le dé la gana. Tráigame el dinero cuando le parezca.

—Entonces voy donde el notario —argumentó papá.

—Si usté quiere, vaya; a mí no me hace falta. A usté se le ve la honradez por encima de la ropa.

Papá se esponjaba de orgullo cuando contaba aquello. Siguió el relato, tras algunas consideraciones sobre su seriedad.

Con una recua que pasaba le envió recado a mamá para que fuera preparando los “corotos”. El tornó al Pino. Su primer cuidado fue buscar al alcalde de nuevo. Al abrir el caserón lo encontraron lleno de tusas, aparejos viejos, y una gruesa camada de polvo que apagaba las pisadas. Simeón buscó a unas cuantas mujeres para que lo limpiaran, y en el primer día apenas pudieron arreglar la habitación mayor, la misma que después serviría de almacén.

Escasa ya la lumbre del sol, listos para salir, sintieron ruido en el interior.

—¿Qué suena ahí? —inquirió padre.

Era como el canto de un gallo; pero un canto ronco, extraño, impresionante.

El alcalde pretendió ver; pero se devolvió de la puerta, porque estaba demasiado oscuro. El padre le dijo que buscara un trozo de cuaba, y Simeón salió. Pero papá, hombre desesperado, no quiso aguardar y se metió en la habitación. Lo primero que sintió fue que había puesto el pie en algo blando y resbaloso. Pensó rápidamente que había pisado alguna gallina; pero a seguidas sintió que aquello se le envolvía en las piernas y le apretaba. Una desagradable sensación de frío le mordía el vientre. Aquel nudo se hacía estrecho; creía que iba a caer. De pronto sintió que otro nudo se le estaba formando más arriba de la rodilla. ¡Dios! ¿Qué diablo era aquello?

—¡Simeón! ¡Simeón! —gritó.

Tuvo que agarrarse a las tablas. Recordó que tenía fósforos. Rayó uno, preso de sus nervios. Simeón entraba ya. El hacho se revolvía como copa de árbol en día de viento. Al reflejo de la luz vio padre al animal y le vio los ojillos, fijos y criminales. De pronto aquello dejó caer la cabeza contra el piso. ¡Concho, concho! ¡Y qué culebra! Larga, negra, negra y gruesa como un tronco!

—¡Maldita! ¡Maldita!

Simeón lanzaba palabrotas mientras sacudía el machete, que al choque de la luz se veía también rojo, como otro bicho.

El animal buscó un rincón y ya estaba metiendo la cabeza por allí cuando el alcalde la alcanzó con el filo del arma. Al sentirse golpeada se volvió a su perseguidor. Allí en el suelo estaba el hacho, apagándose casi, mientras papá seguía la lucha a ojos, como persona ajena a todo. De pronto comprendió, echó a correr y sujetó la tea. Sintiéndose acorralada, la culebra abrió la boca para repeler de algún modo el ataque. Simeón se impresionó.

—Corra, don Pepe; corra, que me bajea!

Una rabia sorda le encendió la sangre y empezó a lanzar machetazos. Parecía loco: tirando golpes, los dos brazos abiertos, las piernas torcidas, mecido el tronco, ya en sombras, ya en luz, enrojecido y oscuro, Simeón daba la impresión de un fantasma que hubiera roto en un baile dislocado de borracho.

Al otro día revisaron toda la casa, hasta los aleros; limpiaron el Yaquecillo y quemaron los pendones, para matarles los nidos a las compañeras.

Silenciábamos todos. Pepito, preocupado, preguntó:

—¿Estaba en nuestro cuarto esa culebra, papá?

Pero padre apenas le oyó. Estaba tendiendo la mano para coger la taza de café que le servía madre.

A través de la ventana se mecía una estrella desflecada, medio escondida en el humo que huía por encima de Simeón.

II

Papá era sujeto de pasiones más que de pensamientos. Rojo, de frente alta, nariz gruesa y labios duros, hubiera parecido criollo a no ser por los ojos. Menudos y azules, de mirada hiriente y honda, los ojos de padre se imponían solos. Tenía el bigote y los cabellos rubios. La palabra se le enredaba entre los dientes, y a veces necesitaba uno verle, además de oírle, para entender lo que decía.

Las ideas se le traducían en tormentos. Todo cuanto pensaba lo veía; y nunca buceaba en un hecho, sino que se dirigía de éste a las consecuencias. Si le decían: “Tal mulo se quebró una pata”, veía al animal renqueando, dolorido, silencioso y derrengado. Sufría enormemente, más, de seguro, que la propia bestia. Pensaba: “Se morirá; habrá que matarlo”. Veía al mulo en el instante de la agonía; y sentía la muerte de su carne, ese arrugamiento largo que sufre el cuerpo cuando se le pega un tiro. Si era de noche no dormía, porque le perseguía la mirada desolada del animal.

Madre no distaba mucho de papá, si bien era más fuerte en sus sentimientos: había que odiar esto o amar aquello; con eso le bastaba. No podía, como padre, ver lo que pensaba. Apegada a lo viejo, la mujer, según ella, debía hablar poco, trabajar sin descanso y vivir de puertas adentro.

Mamá era de estatura aventajada. Tenía el cabello gris, anudado siempre en pequeño moño sobre la nuca. La quijada cuadrada le llenaba la cara de rudeza; así como los ojos pardos, casi negros, y la boca ancha, y la frente plana. aunque alta. Era escasa de cejas y abundante de canas. Tenía complexión robusta; pero la color desteñida y vacía. Sabíamos que no era saludable; pero lo disimulaba a maravilla, porque trabajaba de sol a sol.

A veces mamá se endulzaba y nos entretenía contándonos historias o dibujando malos muñecos en papel de estraza. Sucedía esto pocas veces: le placía más rezar, lo que hacía con sincero fervor.

Padre parecía más cariñoso, sobre todo cuando volvía de algún viaje largo. Sabía cientos de juegos, miles de cuentos, y cantaba motivos de su tierra con una voz bella, gruesa, dulce, acariciadora. De mañana nos llamaba a su cama y nos hacía relatos maravillosos de los mulos que hablaban, del río que se iba volando, de las golondrinas que le contaban lo que hacíamos Pepito y yo. Todo esto lo sazonaba con cosquillas, con mordiscos y apretujones que nos hacían reventar de risa. Nada en casa tan alegre, tan jubiloso como los amaneceres. Los aprovechábamos bien, porque al romper el día se hacía papá serio, y empezaba a pensar en sus negocios, a trajinar, a dar voces. ¡Oh! ¡Cómo hería la voz de papá cuando no se hacían las cosas según ordenaba! Durante todo el día no descansaba; correteaba de un sitio a otro, del potrero a la casa, de la casa al camino. Y así hasta caer la noche. En la mesa hablaba poco y le gustaba que callaran los demás. Sólo al anochecer volvía a ser el padre cariñoso.

Recuerdo que gustaba, metida ya la oscuridad, de tirarse en el piso y levantar brazos y piernas.

—¡Vengan! —nos decía.

Madre regañaba; hablaba de la ropa sucia, de trabajo, de niñadas y tonterías; pero nosotros no la oíamos, ni la oía papá, que nos tomaba por la cintura y nos sostenía en vilo, dándonos empellones hasta que caíamos revueltos en el suelo.

Yo quería entrañablemente a mi padre, porque, a ser sincero, tenía por mí marcada predilección. Decía que yo haría carrera, y sufría lo indecible cuando enfermaba. De los dulces, trajes y zapatos, sombreritos o juguetes que traía de sus viajes, lo mejor era para mí. Nunca hería a Pepito, porque mi hermano tenía predilección por cosas distintas: por ejemplo, reventaba de gozo si papá le traía cornetas, sables o tambores, cosas de que yo detestaba; mis grandes placeres me los producían una pizarra, un lápiz, un libro con láminas...

¡Oh, la vida aquella, tranquila, fresca y satisfecha como una tinaja! Todo el campo haciéndose ondulado, ancho y luminoso frente a nosotros; el sustento traído y llevado en aparejos de mulos y serones claros; la salud en risas, el día en trabajos y la noche en cuentos...!

Antes habíamos sufrido largo: si no era algo más que sufrir aquello de vivir en perenne huida, amasando la oscuridad y el lodo de los caminos reales, ya sobre la Frontera, ya cruzándola, volviendo y saliendo. Dos veces estuvimos refugiados en las lomas, mientras la tierra se quemaba al cruce de soldados. Extranjero padre y extranjera madre, ignoraban que en estas tierras mozas de América hay que vivir cavando un hoyo y pregonar a voces que es la propia sepultura. Altivos y trabajadores, el éxito les sonreía en toda empresa. Llegaba la revolución en triunfos, les pedía más de lo que tenían, se negaban a dar, y los perseguía; entraba vencedor el gobierno, y terminaba en lo mismo.

Cansados, transidos, caímos en Río Verde, donde mi abuelo había echado raíces y florecía como árbol de tierra criolla. Hombre de pocas palabras y de muchos hechos, de trabajo largo, de arrogante figura; alto, oscuro, imponente, mi abuelo se hizo en pocos años el alma del lugar. A su amparo empezó para nosotros la paz anhelada, o, lo que es lo mismo, podía papá echarse por esos caminos de Dios en busca del sustento, mientras nosotros permanecíamos en casa. Padre levantó recua y con ella llegaba a los confines del país. Se iba cargado de andullos de tabaco, de cacao, y retornaba con lienzos, jabón, azúcar... Muy de tarde en tarde se hablaba de revueltas; pero en general se vivía dulcemente, sin que nos sacudieran malas noticias ni persecuciones.

A Río Verde llegó padre un día con una mulita nueva, incapaz todavía para la brega de la recua. Era un animalito vivo, inquieto, casi todo cabeza, que movía nerviosamente las orejas y el rabo cuando le molestaba algún ruido. El vecindario entero desfiló por casa para verla.

—Es de San Juan —explicaba padre a las preguntas de los hombres.

Con esto lo decía todo. Le retozaba el orgullo en los ojos y en los labios cuando la veía, cuando le acariciaba el anca, mientras la mulita temblaba de miedo bajo su mano.

Era oscura como la hoja seca del cacao; pero recién llegada estaba todavía lanuda, y aquella lana tenía un color rojizo que la hacía feúcha aunque graciosa. Padre decía que procedía de un hato de renombre y que había dado por ella sesenta pesos “así tan chiquita como la veían”.

Como se crió entre nosotros, soportó pacientemente el primer contacto con la realidad: la aparejaron, la ensillaron luego. Estaba ya grandecita, y a la lana había sucedido una piel parda, brillante, que reflejaba limpiamente la luz. La silla fue para ella como una caricia más; pero... ¡cómo pateó, se resistió, tiró mordiscos y corcoveó cuando la quisieron enfrenar! La asustaba el tintineo de los hierros y correteaba enloquecida entre las flores, que le desgarraban las patas con las espinas, entre las pilas de cacao, cuyos granos saltaban como chispas. Se tiraba sobre las mayas que orillaban el camino y espumeaba por la boca, mientras los ojos parecían salírsele a saltos.

—¡Ah mañosa! —gritaba padre.— ¡Ah mañosa!

Abuelo reía estrepitosamente desde la galería; madre se sujetaba las sienes, arrimada a la ventana; Pepito se asustaba, se recogía entre una enorme mecedora donde estaba sentado. Papá volvió a medio día, sudado, rojo y fatigado.

No sé cuántos días duró la lucha entre el hombre y la bestezuela. Sólo que cuando se acostumbró al freno ya tenía nombre: la Mañosa.

Y que fue para nosotros como el de alguien de la familia.

Para el tiempo en que llegamos al Pino la Mañosa era ya imprescindible. En ella hacía padre los viajes de negocios y los viajes veloces al pueblo, en busca de medicinas, de ropas o de cartas. Mero, que había dejado Río Verde para seguirnos, la quería entrañablemente. Anduvo enamorado por el Pino Arriba, lo que lo alejaba de las tertulias en la cocina; pero confesaba que entre comprarle creolina al animal o esencia a la novia, prefería lo primero si el dinero no le alcanzaba para las dos cosas.

El vaso de potrero más cercano a la casa era el suyo. Yerba lozana, joven, tierna: era bocado digno de bestia consentida.

***

Se derretía la tarde en los caminos reales, a los pies de Mero, y él no lo notaba. Reparaba los aparejos sentado en el quicio de la puerta, ultimando los detalles del viaje.

En el oscuro almacén estaba el viejo Dimas cosiendo los serones, mientras uno de sus hijos tejía sogas de majagua. El viejo escupía y se limpiaba la barba con el dorso de la mano.

Mero hablaba, pero seguía con la cabeza gacha, mordisqueando la cuerda con que reparaba los aparejos:

—Digo yo que como la Mañosa no hay otra, viejo Dimas.

El interlocutor decía:

—Pero de este viaje viene con las ancas afuera. ¿Usté no ha visto las señales del tiempo? Asunte esto: dende que tuve juicio vengo haciendo las cabañuelas, y lo que es este octubre... ¡Cristiano! Ni quiera usté saber el agua que le espera por esos caminos viejos. Yo como don Pepe, hasta dejara el viaje.

La cara de mi padre asomó por la puerta del comedor, mientras su voz alta y tranquila respondía:

—En noviembre tenemos más agua, Dimas, y cuando hay que comer no se espera para mañana.

—Asina es, don Pepe; yo no lo discuto; pero si hay que dir, yo no llevara la Mañosa. Un animalito como ése no es para meterlo en caminos tan endiablados.

Mero regó los ojos al decir:

—Su mejor recomendación es ésa, viejo Dimas. Nuevecitica taba ella cuando nos tiramos a la Frontera, ¡Y eso sí era sol tupío y bravo!

Usté no más topaba espina y espina. ¡Concho! Ni an sé yo cómo vive la gente en esa Línea mentada.

Padre aprobaba con la cabeza, los labios llenos de sonrisas. Mero se entusiasmaba y manoteaba.

—Solamente pechamos una recua, y eso fue ya dentrando a Dajabón. Anduvimos en el Guarico, como quien dice. A mí me dolían los huesos de la espalda, y la Mañosa fresquecita, como si hubiera estado en potrero.

Papá explicaba:

—Sí, sí, aquel fue un viaje duro y largo.

—Ello... —Dimas detenía la palabra- hay monturas legítimas, donde Pepe. En Almacén compré yo una vez un caballo alazano que con el paso con que cogía un camino lo terminaba. Ese no conocía sesteo.

Los hombres de campo se entusiasman hablando de cosas queridas. Mero alzó la voz:

—Asina es esa Mañosa, viejo Dimas. De día y de noche, en loma y en tierra llana, no hay apuros con ella.

Padre remachaba:

—¿Mi mula? Por todos los cuartos del mundo no la doy. Y no es sólo porque me desempeñe, sino porque le tengo cariño, como si fuera persona.

—¿Cariño? Asunte: a mi mujer le he dicho que no quiero perros en casa, porque a la hora de morirse me dan más pena que si fueran cristianos. La gente dice que son ángeles... Yo estoy en creerlo.

Dimas siguió cosiendo serones. Por la sombra del almacén trajinaba su hijo, y en los caminos reales, sobre el techo de la casa, entre las hojas de los árboles, el sol se iba haciendo espeso con la llegada de la noche.

Pero ni padre, ni Mero, ni Dimas ni su hijo lo notaban.

***

Al otro día vino Simeón a recortar la mula. Simeón era la autoridad del lugar; sin embargo, sentía placer en servir a papá como cualquier peón. Quizás se debía ello a que papá le regalaba los zapatos que ya él no usaba, uno que otro pedazo de andullo y hasta los pardos, viejos y estrechos pantalones de paño que el alcalde lucía con desmedido orgullo.

Mero tenía que sujetar por la jáquima la mula mientras Simeón le hurgaba entre las orejas con las tijeras, cortándole los crecidos pelos, emparejándole la escasa crin o embelleciéndole el rabo. La Mañosa se mecía constantemente de atrás alante, de un lado a otro, nerviosa como muchacha. Tenía figura de estampa, limpia, brillante, pequeña, rellena. Era oscura como la madera a medio quemar; tenía la mirada inteligente y cariñosa; las patas finas y seguras; las pezuñas menudas, redondas, negras y duras. Todo en ella era vistoso y simpático. Simeón se esmeraba en hacerla más linda, más digna del amor que le profesábamos en casa.

Mero la acariciaba, le hablaba como a persona. La Mañosa acechaba con ojos de susto la sombra de una mula que se removía en el camino, bajo sus patas.

***

Yo estaba en el comedor, desmenuzando restos del desayuno. Un rayo de sol caía sobre el blanco mantel y el aire sano parecía mecerlo. Simeón entró en silencio. Papá venía del patio cuando vio al alcalde.

—Ya tiene la mula nuevecita —dijo él satisfecho.

Tomó asiento en una silla vieja; sacó el roñoso cachimbo de un bolsillo, tabaco del otro y un sucio palo de fósforo de entre el sombrero.

—Quiero recordarle, don Pepe —decía a la vez que encendía— que ande con cuidado en este viaje.

Padre puso la cara gruesa, la mirada muerta.

—¿Cuidado?

Entonces Simeón se levantó, se echó el sombrero sobre la nuca, abrazó a papá de lado, estrechamente, y como quien sabe lo que habla, susurró:

—Hay malas noticias.

Padre preguntó, haciéndose el desinteresado:

—¿Usté cree?

¿Que si lo creo? Bueno...

Simeón se hacía el importante. Sobre los bigotes rojos se le desteñían los ojos mansos.

—Don Pepe, póngame caso. Ya se está juntando la gente de Monsito Peña.

Papá tomó una silla:

—Óigame, compadre, no es bueno llevarse de las apariencias.

Ya iba el alcalde a contestar algo definitivo cuando Morillo sopló un saludo. Era hombre bajetón, anegrado y bruto de cara. Estaba henchido de malicia.

—¿Cuándo es el viaje?

Venía preguntando, tontamente al parecer, pero papá era hombre arisco como lagarto: Le clavó aquellos ojos azules, tenaces y desconfiados:

—Estamos preparándolo, amigo; nadie sabe cuándo saldremos.

Simeón miraba a papá de reojo, bajo el ala del sombrero. El humo de su cachimbo cruzaba el rayo de sol que se iba retirando poco a poco de la mesa.

Morillo dijo:

—Yo tengo necesidá de mandar una recuita de tabaco al pueblo, y quisiera hacerlo con los muchachos de Dimas; pero asigún entiendo los asuntos están al voltiarse.

—¿Usté cree?

Simeón había hecho la pregunta como si nunca hubiera oído hablar de tal cosa.

—Yo no creo nada, compadre; se conversan muchos embustes... Pero por si acaso, pasado mañana tengo ese tabaquito andando.

—Bueno... —Simeón se miraba los pies—. Cada cual hace lo que le conviene.

Papá se incorporó. Afuera estaba Mero adulando a la Mañosa.

De madrugada se llenó la casa con los gritos de padre, las voces de Mero y los relinchos de las bestias. De los potreros emergía un olor fragante, que se confundía en el patio con el que exhalaba el estiércol reciente.

Los mulos se movían sin cesar. Eran sólo montones de sombras y luces verdes. Uno pretendió morder a otro, y papá corrió dando gritos, le sujetó por la jáquima y la emprendió a bofetones con el agresor.

Pepito hablaba bajito y reía. Por allí andaba Mero, manoteando entre los serones, silbando merengues, mientras arriba, hacia el este, la luna atravesaba velozmente una inmensa nube morada.

Papá cruzó en dirección a la cocina. Parecía alegre, aunque apenas le podíamos distinguir la cara; pero le vimos acercarse a la Mañosa y palmotear sus redondas ancas. El animal estaba sujeto al portón, cabecigacha, reposada, serena. La luna hacía esfuerzos por aclarar su calor de hierro mohoso.

Con una taza de café en la mano salió papá al patio, conversó con Mero y se acercó a la cocina.

—Me voy, Ángela —dijo.

Cargó conmigo, entró al viejo comedor, me puso de pie sobre la silla y, alumbrándose con la lámpara, penetró en su habitación. Cuando salió estaba tocado con sombrero de fieltro y armado de revólver. La luz rascaba el cobre de las cápsulas, arrancándoles brillo. Mi padre se puso en cuclillas, nos llamó a Pepito y a mí y nos sostuvo largo rato con las caras pegadas a sus mejillas.

—Pórtense como hombrecitos, que les voy a traer muchos regalos —aseguró sonriendo.

Después se incorporó. Madre miró a papá con ojos desolados. Cuando él la besó y abrazó, se hicieron un montón confuso, que entre los reflejos de la luz parecía surgir de un incendio.

—¡Adiós! —repitió él, deshaciéndose de mamá.

Nos fuimos a la ventana para verle montar. Lo hizo de un salto, con asombrosa agilidad; removió una mano, volviéndonos el frente, y clavó a la mula. Llevaba la rienda entre los dedos diestros.

Nosotros salimos al patio justamente al tiempo que el último mulo atravesaba el portal. Iba sobre él Mero. Gritaba con voz honda; y hacía restallar el fuete que resonaba en la casa con fragor de tiro.

A la orilla del camino, mientras la luna rodaba, llevada por el viento, pegados Pepito y yo a la falda de mamá veíamos la recua alejarse al trote. Padre nos decía adiós, erguido en la Mañosa. Pero en la Encrucijada había árboles que se agrupaban en sombras. Y la Encrucijada se arre-molinó sobre el saco negro de papá, robándoselo a nuestro cariño.

III

Nuestra casa estaba pegada al camino. Era grande, de madera, techada de zinc, y el sol le había dado ese color de suela tostada que tenía.

Antes de llegar a ella había que cruzar el Yaquecillo y poco más adelante, el Jagüey. El Jagüey era misterioso, porque cuando llovía era río, y cuando no, se lo tragaba la arena quemada del cauce, para reaparecer bastante lejos, en la vuelta que daba por nuestros potreros. El Yaquecillo es hoy una charca, poblada de cañas lozanas, en la que se crían mosquitos y sanguijuelas.

El lado norte de la casa daba al camino. Tenía ese frente cuatro puertas anchas y altas; las dos que estaban más cerca del Yaquecillo no se abrían. En la pared que recibía el primer sol había tan sólo una puerta y una ventana; la puerta correspondía a la habitación esquinera que servía de almacén y pulpería en la cual, medio hundidos en la penumbra, se amontonaban siempre serones de andullos, cargas de maíz, sacos de frijoles; un mostradorcillo mal parado se apoyaba en la esquina, pegado a la puerta que daba al este. La ventana correspondía al comedor que estaba justamente detrás del almacén-pulpería; y el sol tibio que se metía por la ventana, antes de la tarde, se echaba a dormir sobre la mesa, igual que muchacho mal educado.

En el lado sur, casi pegada a la esquina sureste, se vaciaba una puerta, desde la que salía la naciente calzada de piedras que conducía a la cocina. Esta se alzaba frente a ella, y era un humilde ranchito de yaguas con aspecto de cosa provisional. En las noches claras era, a pesar de su pobreza, el lugar más prestigiado de toda la casa.

El comedor tenía también una ventana abierta a la contemplación perenne del cielo. Le seguían dos puertas más, que se enfilaban en el mismo lado y que eran salidas al patio de la habitación paterna. El cuarto que ocupábamos Pepito y yo tenía vistas al sur por una puerta y una ventana, y una claraboya alta de persianas que daba al oeste. Esa claraboya estaba cubierta con retazos de telas, porque miraba al Yaquecillo, que ya en esa época empezaba a arrastrarse penosamente por entre lodo y yerbajos, y mamá decía que por ella se metían los mosquitos.

El frente norte de la casa parecía tostado; el sur era pálido, manchado de verde. Sucedía esto porque en él se restregaba la lluvia larga de los inviernos.

Nuestro patio estaba encerrado entre una palizada de alambres de púas que empezaba en la esquina noroeste y se cortaba a poco para dejar subir el cuadro del portón, que consistía en dos espeques gruesos y cuadrados de guayacán, puestos a cerca de tres varas uno del otro. Encima tenía un techito de zinc, gracioso por lo pequeño, que parecía techo de casa de muñecas. Después del segundo espeque seguía el alambre de púas, para doblar en ángulo recto a los veinte pasos y enfilarse hasta tropezar con el primer “vaso”, la parte de potrero que cercaba el patio por el sur y la cual reservaba papá para echar en ella la Mañosa, cuando retornaba de viajes largos.

El patio, en la parte este, como era camino obligado del portón al potrero, estaba dorado de menudo y seco polvo, huérfano de grama; pero la yerba se amontonaba en la caseta de desperdicios, que estaba al borde del potrero.

En el ángulo suroeste había un naranjal oscuro, de árboles nervudos y pequeños, con las cortezas blanqueadas de hongos. En esas cortezas grabábamos Pepito y yo las letras que papá nos enseñaba las primas noches.

Vista de lejos, nuestra casa parecía una eminencia mohosa, con corona de plata, porque el zinc brillaba a todos los soles. No había caminante que no se detuviera un segundo a saludarnos o que, si era desconocido, no hiciera más lento el paso de su montura al cruzar el trozo de camino que se echaba frente a casa como perro sato.

Desde la puerta veíamos el tupido monte que orillaba el Yaquecillo: pomares, palmas reales, guayabales, algunos robles florecidos; a la izquierda se hacía alta y sólida la tierra en las lomas de Cortadera y Pedregal; a la derecha, siempre pegado al camino como potranca a yegua, se iba el monte haciendo pequeño, pequeño, cada vez más, hasta arremolinarse en la fronda que cubría la primera curva.

En esa fronda se ahogaba papá cuando se iba; y al lugar, que llamábamos la Encrucijada porque allí cruzaba la vereda de Jagüey Adentro, íbamos a esperarle cuando pensábamos que ya era tiempo de volver. Pero si la lluvia roncaba sobre el Pino, teníamos que conformarnos con esperar en la puerta.

Sucedía a menudo que papá llegaba de noche. Cuando eso había, nos tirábamos nerviosamente de nuestro catre y correteábamos como locos entre las sombras rojas de la casa, dando gritos de contento y buscando con nuestros bracitos inexpertos el torso recio y caluroso de papá.

IV

A fines de octubre la lluvia era cosa perenne sobre la tierra. Todos los horizontes se gastaban en el gris de los aguaceros. Ya cada gota se me antojaba un cordón largo tendido desde el cielo hasta mis ojos.

Una gallina había sacado, pero los pollitos se fueron muriendo de frío poco a poco. De manera que para Pepito y para mí, el único entretenimiento posible fue, durante muchos días, corretear por la casa y jugar a escondidas tras los serones.

Mamá parecía haberse vaciado de espinas; los Pómulos le hacían esquinas en la cara y rezaba a menudo. A la verdad, me gustaba rezar. Encontraba un placer delicioso en estar de rodillas, las manos juntas sobre el pecho, todo el cuerpo lleno de luminosa dulzura, seguro de que Dios estaba Oyendo mis palabras. Una gran bondad me invadía y sentía la carne liviana, casi en trance de volar.

Orábamos en la habitación de mamá, que en el primer nudo negro de la noche se llenaba de sombras. Se veían colgando de los rincones, pegados al techo. Haciendo esquina, una tablilla soportaba una desteñida imagen de San Antonio de Padua, calvo y humilde, con el rostro envuelto en inexplicable ternura, la cabeza ladeada y un rollizo niño a su lado.

San Antonio, según mamá, hacía incontados milagros. Le encendíamos una hedionda vela de cera negra, se la poníamos enfrente, y aquella lengua de luz que se gastaba en humo denso, llenaba de resplandores rosados los más lejanos trozos de pared. El santo parecía llenarse de rubor, y la llamita le lamía la calva con enfermizo placer.

A menudo me sorprendía a mí mismo alejado de la oración, de los santos, de la tierra: me mecia en una especie de vacío total, embriagado levemente por aquella lucecita temblorosa que daba tumbos a cada empujón del viento húmedo y rendijero, que parecía quemar las mejillas de Pepito y alumbraba los ojos oscuros de mamá.

Era tal el silencio que a veces nos rodeaba, que las cuentas del rosario, golpeando entre los dedos de mamá, sonaban como piedras lanzadas en madera. Madre abría los labios y los juntaba tan de prisa que podíamos seguir su movimiento; pero ni un murmullo salía de ellos; era la oración sepulta y sincera, en la que los labios intervenían tan sólo por la costumbre de modular la palabra.

Al terminar ensayábamos un suspiro. Pepito y yo nos limpiábamos las rodillas, endurecidas ya, y mamá se estrujaba con la diestra la cenizosa cara, mientras sujetaba el rosario con la otra. Entonces empezaba con voz susurrante alguna vieja historia, de las muchas que aprendió del abuelo.

Salíamos después de la habitación para registrar las puertas, los rincones distantes y debajo de las camas y catres. Hablábamos un poco de papá; deducíamos dónde estaría, ella refiriéndose a todo el camino, yo desde el Bonao hasta el Pino, que era el único trecho que conocía, y Pepito de Jima a casa. Después nos acostábamos. Hasta cerca de los primeros plomos del sueño seguía yo arropado por aquella sensación de liviandad y de silencio que me producía el rezo.

***

Cuando papá no estaba en casa y el ala de madre tenía que cubrirnos sin ayuda, se le lima-ban a mamá aquellos filos cortantes que tenía en la cara y en los ojos. Se hacía dulce, amable, silenciosa Irradiaba un suave calor en la mesa, en la cocina; en todos aquellos sitios que la conocían agresiva. Le gustaba echar maíz a las gallinas, de madrugada, y hacer historias encantadoras. Por los días del último viaje de papá se mantenía arrebujada en una frazada gris, medio deshilachada y fuera de uso, porque la lluvia sembraba el frío en la tierra y al amanecer venía el viento cargado de agua, empujado desde los cerros azules que levantaban nuestro potrero.

Las mujeres del lugar nos visitaban con más frecuencia; lentas y tímidas, se metían en la cocina y allí hablaban de cosas vagas.

Pepito y yo teníamos las cortas horas de sol en nuestros pies; correteábamos por el camino, nos íbamos a Jagüey, apedreábamos los nidos. Un día, a la hora de la comida, nos dijo mamá que no debíamos salir de la casa o del patio. Por la mañana había estado bastante gente entrando y saliendo. Dejaban caer palabras espesas e inaudibles; comentaban algo entre lentitudes y gestos importantes. Todo aquello lo veíamos Pepito y yo, pero cada uno se esforzaba en no oír y en no comentar.

Tras su recomendación, madre se quedó mirando el cielo sucio. Después lamentó:

—Y Pepe tan lejos...

Pepito alargó el pescuezo y preguntó de improviso:

—¿La revolución, mamá?

—Sí, hijo; están matándose otra vez; pero no se puede hablar de ello.

Madre calló, y un silencio embarazoso se dejó caer muerto sobre la blanca y sencilla mesa.

En la noche fue Dimas a casa. Era hombre bajito y fuerte; encanecido, peludo y de mucha barba. Tenía un vago aire patriarcal y cuanto hablaba interesaba. Nos gustaba por sus cuentos, llenos todos de un recio sabor de aventura, pintorescos y detallados.

Se sentó en la peor de nuestras sillas, escupió a un lado, extrajo el cachimbo y lo fue llenando lentamente de tabaco. Después me llamó, con una voz peculiar de hombre sufrido, y me dijo que le buscara lumbre.

Cuando mamá llegó se destocó haciendo una reverencia rural que trascendía nobleza y sinceridad. A seguidas subió los pies descalzos en los travesaños de la silla, y preguntó:

—¿Cuándo cree usté que vendrá don Pepe?

Mamá dijo que no sabía y se sujetó ambas sienes con fuerza, lo que indicaba que estaba preocupada. Inesperadamente, Dimas explicó:

—En el pueblo rompió la cosa ya, doña. Yo creo que para allá —y señaló la dirección en que estaba padre— debe estar la cosa fea.

A mamá se le estiró la cara de tristeza.

—Me lo dijeron desde esta mañana, y eso me tiene mortificada, Dimas.

—¿Por don Pepe? No se apure, doña, a ese nadie le hace un daño.

—Es verdad, pero.

Dimas chupó su cachimbo y se quedó mirándola, mirándola con estúpida fijeza. A poco se puso de pie y se arrimó a la puerta.

—La noche está cerrada —dijo.

Mamá contestó moviendo la cabeza. Un airecillo hacia remolinos junto a la lámpara.

—Será que va a llover —apuntó madre al rato.

Dimas confirmó:

—Esos aguaceros no tienen fin, doña. Callaron ambos. Un silencio absoluto comenzó a estirarse entre ellos. Pepito y yo esperábamos no sabíamos qué para pedirle a Dimas que contara algo; pero el viejo se incorporó de pronto, caminó hasta un rincón, y con la misma actitud y el mismo tono de voz que si hubiera estado hablándole a otra persona y no a mama, dijo:

—Los muchachos taban en el pueblo con una recuita de Morillo, y el gobierno los reclutó ayer.

Madre se movió igual que si la hubiera picado un bicho.

—¿Cómo? —preguntó azorada.

Se veía que quería hacer otro comentario más vivo, que aquella noticia la había herido; pero la actitud conforme de Dimas mataba el comentario antes de que naciera.

—Sí —remachó él acercándose a nosotros— Dios quiera que salgan bien de ese lío.

Yo sentía su olor de tierra, de sudor, de esterilla de mulo. El se volvió:

—Vea, doña, a los santos les ruego que vuelvan vivos, porque yo toy muy orgulloso de esos muchachos... Ni juegan, ni beben ni jaraganean.

Madre comentó, apenada:

—Sí, Dimas; récele a San Antonio para que se los devuelva.

El viejo tomó a acercarse a la puerta.

—Ojalá que don Pepe viniera pronto, para que usté se tranquilice —dijo quitándole importancia a su dolor.

Madre se acercó también; sacó la cabeza y miró hacia el este, esperando.

—Ojalá... —aprobó.

El viejo mascó su dolor, se quedó a solas con él, silencioso, huraño. Al rato dijo adiós y se perdió en la oscuridad, camino de su bohío.

***

Pocos días más tarde fue a visitarnos la vieja Carmita. Llegó muy de mañana, trajeada con ancha bata de prusiana morada; no traía paño en la cabeza y sus cabellos grises resplandecían al sol.

La vieja Carmita vivía en Jagüey Adentro. Era alta, delgada, con la cara fina y salida de huesos. Nunca alzó la voz; nunca dejaron sus ojos de ser dos luces tranquilas en medio de aquel rostro oscuro y afilado.

Saludó en voz baja, desde el portal; entró moviéndose suavemente; ya en la puerta de la cocina, apoyó un brazo en el marco y clavó el otro en su cintura.

—Doña... —dijo en tono suplicante.

Pero no quiso seguir hablando, como si temiera desatar aquella tristeza que le hacía nudos en los pómulos. Después se acercó a mí, al tiempo que murmuraba:

—Dios te guarde, hijo.

Mamá la observaba, la acechaba. Aquella mirada cargada de perspicacia que tenía madre no se enredaba en palabras ni simulaciones.

—¿Ha sucedido algo por allá, Carmita? -preguntó.

—No, nadita —sopló ella.

Pero largo rato después, cuando habían parecido vidriarse sus ojos y cuando nadie esperaba sus palabras, dijo.

—Los muchachos que cogieron el monte.

Mamá no pudo reprimir un movimiento brusco del ‘entrecejo. Miró en vuelo a la mujer, que se entretenía en desensortijar mis cabellos.

—¿Dice usté que cogieron el monte?

La mujer movió la cabeza de arriba abajo. No podíamos precisar qué sentía; parecía indiferente, si bien seguía ostentando aquellos nudos de tristeza en los pómulos.

—Las malas compañías —explicó de pronto—. Se fueron cuatro o cinco.

—¿Y qué pretenden hacer? —objetó madre.

—Bueno, doña... Ellos sabrán.

La voz se le apagaba, y se notaba que le molestaba hablar de tal cosa. Dejó quietos mis cabellos y tomó asiento en el banco. Empezó a tachonarse la falda con los dedos, buscando distracción; pero a poco alzó la cabeza y nos miro con amplitud. Irradiaba extraordinaria serenidad.

El humo de la leña se iba haciendo estrecho junto a cada rendija.

—Doña, los tiempos son malos —explicó ella— y debemos ser conformes. Ya yo perdí un hijo que se fue con el gobierno años atrás.

Mamá no cabía en su dolor.

—¿Y no sospechan lo que sufre una madre? —empezó a preguntar.

—Peor es que salgan ladrones o pendejos, doña —objetó ella. Calló y se acercó a la puerta. Yo miré el cielo: en aquella mañana tan clara y tan alta sólo cabían palabras de resignación.

Cuando hubo salido me lancé al patio en busca de Pepito; quería contarle la nueva que Carmita nos trajera. Mi hermano no respondió a mis voces. Bajé por las barrancas del Yaquecillo, afanoso, porque mi hermano sabía dar explicaciones a mis dudas, aunque inventara mentiras. Estaba seguro de que iba a gustarle la noticia. No estaba en el Yaquecillo. El arroyo se arrastraba entre cieno y los mosquitos zumbaban sobre el agua muerta. Me cansé de vocear; él no podía estar distante, pero no respondía. Saltando piedras, chapuzándome unas veces y rabiando siempre, tomé la dirección del agua y anduve por el cauce vacío. Poco a poco me fui internando en el estrecho paisaje, donde los helechos crecían con intenso verdor y se alzaban enormes cañas de castilla. Hacia el sur distinguí los cuernos de una res que había bajado a engañar su sed; dos ciguas saltaban y piaban a escasas varas del camino que pasaba por el arroyo sin saltarlo y sin perderse en él, sino reblandeciéndose un poco.

Olvidé en lo que andaba y me tiré de espalda en un recodo de arenillas doradas. Un poco más hacia el norte se metía en el arroyo la yerba del potrero, después de haber descendido por la barranca. Desde donde yo estaba podía tocar con las manos las lilas que se abrían bajo el día.

El sol era llama brava sobre la tierra cuando desperté. A mis ojos adormecidos, todo había cobrado aspecto de cosa recién chamuscada. La voz de Pepito me perseguía con llamadas desesperantes. Me incorporé. De la parda arenilla emergía un calor insufrible y yo sentía los huesos vivos y sufridos bajo la carne. Los jejenes me habían llenado las piernas de ronchas y los mosquitos se habían cebado en mis brazos y en mi rostro.

Cuatro días después, al anochecer, un fuego cruel empezó a calcinarme las entrañas. Me dolían la espalda y las articulaciones.

Simeón fue a verme, una mañana, y dijo que había que darme tisanas de cuaba y mucha quinina. Lamentó no poder ir al pueblo para traerla él mismo.

Mamá estaba sentada a mis pies, en el mismo catre, y el alcalde en una silla, acariciándose el bigote áspero y rojo. Mamá le preguntó por qué no podía ir al pueblo, y en aquella pregunta unía dos intereses, el de mi salud y el de saber la verdad.

Simeón quiso rehuir la respuesta y dijo:

—El gobernador me mandó buscar; pero yo no voy, doña...

Madre comprendió y resueltamente inquirió:

—¿Entonces es verdad todo?

—¿Todo?

Simeón había mirado de refilón, como persona a quien le molesta una duda.

—Todo eso —señalando al oriente— está prendido, dende el Bonao para acá.

—¿Pero se está peleando ya, Simeón?

—Y duro, doña. Anoche asaltaron el Cotuí.

—¿El Cotuí? —sopló mamá llena de sobresalto.

—Sí —atajó él—; pero no se apure por don Pepe, que todo el mundo lo conoce y lo respeta.

Mamá se quedó pensativa. Le llameaban los ojos, y con una mano, maquinalmente me acariciaba la pierna que la fiebre quemaba. Simeón miraba hacia la ventana con aires de persona que rumiaba un pensamiento importante.

V

Esa misma noche llegó papá. Oímos el tropel de los mulos, cuyos pasos se hicieron rápidos al sentir la cercanía del potrero, y los alegres estallidos del fuete con que Mero anunciaba la vuelta.

Papá fue a mi cuarto inmediatamente. Sonreía a toda cara; dijo que sentía cansancio y estaba lleno de lodo. Salió llevando a Pepito, para vigilar la descarga, y gritó enardecido, aturdiéndome a pesar de las paredes.

Desde mi catre seguía paso a paso la faena; por los ruidos de los estribos comprendí que ya habían desensillado a la Mañosa; mucho rato después oí a Mero arrear los animales. En la cocina sonaba la voz de mama.

Papá entró a mi cuarto. Para él era una cosa incomprensible e injusta que yo sufriera de fiebres. Me cubría la frente con su manaza, me hacía preguntas, murmuraba palabras incomprensibles. Tardó buen rato en sentarse y Pepito corrió a trepar en sus piernas. Parloteó incansablemente, tirando de los bigotes de papá, y al fin preguntó qué le había traído. Papá llamó a voces, y cuando mamá, desteñida, apareció en la puerta, le dijo:

—En el pellón hay cosas para ti y los niños.

Madre, sin embargo, no fue a buscar el pellón, sino que entró al cuarto y tomó asiento en mi catre.

—¿Es cierto que ya estalló, Pepe?

Papá sonrió con solapa, mientras sujetaba a Pepito.

—Es tierra endiablada ésta, Angela —dijo—. Milagrosamente he llegado hasta aquí.

Yo traté de incorporarme para ver la cara de padre, que debía estar grave, a juzgar por la voz. Un golpe de viento hizo tambalear la luz, que pareció borracha. Papá estaba oscuro, pero le brillaban los ojos con extraña fuerza.

Una voz saludó desde el comedor. La reconocimos como de Dimas y mamá salió a recibirle.

Padre iba a levantarse cuando el recién llegado entró. Parecía muy contento de que papa hubiera vuelto: pero antes de hablar nada que realmente le interesase, empezó a preguntar cómo estaba el camino, si había mucho lodo, si padre había venido por Bonao o por el Cotuí. Iba enredando su pensamiento entre un montón de palabras que caían de sus labios con un sonido muerto de cosas inútiles. Padre, malicioso, le dejaba hacer. Tampoco papá se traicionaba; había aprendido del campo una cosa: que la mejor tierra no se ve porque la cubre la maleza.

En esa lucha velaban ambos su interés, cuando madre sacó la cabeza por la puerta para preguntar:

—¿Esa otra cosa que está en el pellón es tuya, Pepe?

El contestó que sí y siguió acariciando a Pepito, mientras clavaba la mirada en Dimas.

Yo tenía unas ganas locas de saber qué era “aquella cosa”; pero hasta mi niñez estaba saturada de campo; también yo comprendía que no se debe hablar de lo que más interesa. Fue el propio papá quien llamó a madre para decirle que trajera “aquello”. Yo la vi asomarse de nuevo a la puerta, con los ojos agudos de astucia, pero padre insistió y no hubo más remedio que hacerlo.

Al retornar madre encontró que papá se había desabotonado el saco y despojado del revólver. Dimas lo tenía en las manos y lo observaba con cuidado. Padre le explicó que se lo había dado Dosilién, cierta vez que estuvo en casa arreglando los trámites para cruzar la Frontera con un contrabando de armas. Eso sucedió en Cabo Haitiano, donde yo recordaba haber visto al feroz cabecilla.

Mamá trajo un bulto negro que padre fue desenvolviendo poco a poco. Al retirar la tela dejó al descubierto un revólver oscuro, grande, que tenía reflejos indecisos a la luz de gas.

—Me ha costado cincuenta pesos —explicó a Dimas, poniéndolo en sus manos y recibiendo el otro.

Dijo que era de campana y muy seguro; pero Dimas no atendía a sus palabras. Acariciaba el revólver con los diez dedos; metía el ojo por el cañón; tentaba la empuñadura. movía los goznes. Al devolver el arma lamentó más que dijo:

—Uno asina necesito yo, don Pepe.

Papá sonrió, no teniendo que contestar. Mamá no había hablado, aunque no dejaba de observar al viejo Dimas. Una vez que estuvo afuera, el viejo se acercó a padre y preguntó:

—¿Es verdad que está fea la cosa, don Pepe?

Quemándole con la mirada, le contestó padre:

—Más de lo que usté se cree, amigo.

El viejo se estiró hacia él; papá se remojó los labios con la lengua. Se golpeó las rodillas con las manos, puso a Pepito en mi catre y empezó a contar.

El segundo día le amaneció pasada ya la loma de las Gallinas. Había pernoctado en un bohío y con las luces de la madrugada empezó a cargar. La sabana toda, amplia y pelada, rezumaba azul claridad. El dueño del bohío le indicó el horizonte: a caballo y a pie, pero de tan menudo tamaño que parecían muñecos de cera, se adivinaban unos hombres que manchaban el amanecer.

—Son revolucionarios —dijo el campesino.

—¿Está usté seguro? —preguntó papá mordiéndose los labios.

—Si —confirmó él—. Monsito Peña tiene todo esto alzado.

Padre tenía entre sus ojos al país entero: conocía bien cada camino y cada dirección.

—Esos hombres van a Barbero —dijo.

El otro, sonriéndose con visible amargura, aceptó:

—Sí, a Barbero; pero no son más que un chin; ojalá no se tope con ellos.

—¿Yo?

Papá iba a vomitar alguna injuria; no lo hizo, sin embargo, sino que pensó: “Aunque arda el mundo entero esta noche entro al pino”. Había visto la Mañosa, con los huesos apuntándole en el anca; sufría con el animal, y ya tan cerca del potrero nada lo detendría.

Le dejó unas monedas al hombre y montó. En el paso del primer arroyo había unos hombres regados. Las carabinas mohosas apuntando al cielo; los ojos enrojecidos por el trasnoche y el alcohol; la voz arrugada con que dieron el alto: todo indicaba que allí estaba el primer cantón de Monsito Peña.

Los revolucionarios alborotaron algo al verle llegar; él les gritó que dejaran seguir los animales, y en el tono que usó dejaba entrever a la vez una amenaza si no lo hacían y un premio si le obedecían. Los alzados le vieron meter la mano en el bolsillo y le oyeron después preguntar por Monsito. Los mulos pateaban el sucio camino arreados por Mero. Papá tiró unas cuantas monedas, y un hombre joven, seco y esquivo, que le salió al encuentro, le dejó pasar mientras le cantaba al oído la voz de padre:

—¡Compren aguardiente!

Y nada más. Pero cuando hubo caminado apenas doscientas varas se le quebró encima la mañana con los ruidos retumbantes de cinco descargas. Unos cuantos rezagados encontró Padre; estaban armados y reían bajo el sol. A voces sueltas supo que Monsito Peña acababa de fusilar cinco enemigos.

Cerca ya del poblado empezó a topar palizadas caídas, ranchos que humeaban todavía, restos de animales muertos para alimentar la tropa a la carrera. Desde los montes iba ascendiendo un apelotonamiento de nubes negras. Apretó el paso y llegó, con las primeras gotas, a una casa. El dueño le contó que los alzados habían asaltado el Cotuí.

En todo lo que anduvo no había visto un hombre ocupado en trabajo. Solos y silenciosos, los potreros se doblaban bajo el viento de lluvia que subía del río.

Había empezado la revuelta. iRevolución! Por todos los confines del Cibao rodaba un sangriento fantasma y la misma tierra olía a pólvora. Los hombres iban abandonando los bohíos a mujeres e hijos y se marchaban con la noche, o bajo la madrugada, apretando febrilmente el arma recién conseguida. Parecían ir a fiestas lejanas, a remotos convites. Respiraban una alegría feroz. Y los firmes de las lomas se iban poblando de tiros y de quemas en las primas noches.

Uno hubiera podido verlos pasar, fila tras fila, enfriándose en los barrancos de los ríos, quemándose en los caminos pelados, bajo el sol inclemente.

¡Revolución! ¡Revolución! Bien sabía padre cómo cada enemigo cobraba, al amparo de la revuelta; bien sabía padre que no quedaban hombres para torcer andullos; bien sabía padre que las llamas no tardarían en chamuscar los conucos, en marear las hojas de los plátanos; que pronto ardería el maíz, cuando las bandas entraran de noche a asolarlo todo. Y bien sabía que todo dueño de reses encontraría, una mañana cualquiera, los huesos de sus mejores novillos sacrificados en la madrugada.

Cruzó el pueblo al trote. Más alante, en una parada. supo que el general Fello Macario estaba acantonado a todo lo largo del río Jima. Desde Piedra Blanca hasta Rincón el prestigio del general Macario era indiscutible. Padre se contaba entre sus amigos y decidió pasar. Aún no teniendo su amistad, lo hubiera hecho: a dos horas escasas estaban los potreros, el hogar, la mujer y los hijos.

Tenía ya buen rato orillando el Jima; había que cruzarlo bien abajo, porque tenía un repecho alto y duro, de brava roca, el mismo que le impedía desbocarse sobre los campos cuando crecía.

Mero fue quien le llamó la atención: había oído voces, pero tan lejanas que se confundían con el canto de la corriente. El río rebullía a sus pies. Es todavía una vena de agua rauda y limpia; salta los escalones de piedras y se cubre de blancas espumas. Un poco antes de que tomaran la bajada para cruzarle, un hombre oscuro, de expresión aturdida, atajó a mi padre para decirle que no pasara. Papá comprendió que tenía miedo, Y le invitó a seguir con él. El hombre no supo cómo darle las gracias. Montó de un salto sobre el mulo y papá le recomendó que debía apearse del otro lado, porque los animales estaban cansados. Tampoco contestó: la alegría le había roto la lengua, igual que si hubiera sido de vidrio.

Atravesaron el Jima. Entre las piedras altas y peladas que lo encajonaban, disimulada por los pedruscos y las sinuosidades, estaba la vanguardia, a la que el general había confiado su primer cantón. Papá fingió no haberla visto, y Mero trató de pasar como si no hubiera habido gente.

Uno, dos, tres, hasta doce revolucionarios saltaron, en alto las carabinas, gritando frases sucias. Padre tiró de las riendas. En un instante se percató de que las eminencias estaban coronadas de armas.

—¡No hay paso! —gritó alguien.

Papá simuló un asombro que no sentía; medio sonrió; sintió la sangre zumbándole en la cara; pero no dudó de que el momento se hacía duro. A pocos pasos estaba Mero, pálido de ira, rodeado por figuras estrafalarias y agresivas. Algunos animales se entretenían en mordisquear la grama que asomaba entre las piedras.

Padre tiraba el ojo en redondo, buscando un amigo, un conocido siquiera; y mientras tanto hablaba tonterías, procurando hacerse grato. Alguien se le acercó lentamente; al principio se veía como una masa negra y amenazante; después, al estar cerca, estalló en risas y dijo:

—¡Pero si es don Pepe, caramba...

Y esa exclamación, que se le cayera del pecho a un hombre del montón, de dudosa estampa, decidió el asunto. Pero antes de seguir tuvo padre que tirarse de la Mañosa para beber a pico de botella un trago por el triunfo de la causa. Y que dejar también en el cantón de Jima algunas monedas para que aquellos infelices soportaran el frío cortante que se alzaba del río.

Una vez dejado a sus espaldas aquel trozo hostil del camino, los animales fueron amasando lodo denso hasta bien entrada la noche. El nuevo compañero se tiró de su montura tan pronto dejó de oírse el griterío de los acantonados. Iba con los pantalones remangados y alzando la voz a cada dos pasos para arrear la recua y ahuyentar su miedo.

En Jumunucú se detuvo papá en una pulpería. A la escasa luz de la jumiadora había un grupo de campesinos bebidos y discutidores; hedían a tabaco y ron malo. Preguntaron algunas cosas; quisieron saber dónde estaba la revolución. Algunos cabeceaban pegados al mostrador y el pulpero se movía de un lado a otro sin decir palabra. En la frente se le leía este pensamiento:

“No pagarán”. Padre pidió dulces para nosotros; el grupo le invitaba a beber y no sin trabajo pudo escapar. Ya sobre su mula, comprendió que aquellos desgraciados despedían la vida corriente: esa noche, o al amanecer, tomarían caminos extraviados para unirse a los alzados.

El paso de Jagüey quedaba cerca. Antes de llegar había que cruzar sobre una ceiba gigantesca que estaba atravesada en la ruta. Papá iba observando cómo una hilacha de luna forcejeaba con las nubes; Mero venía tras él y cerraba la recua el desconocido que se les unió antes de cruzar el Jima.

Metiendo estaba la Mañosa sus primeras pezuñas en el agua cuando, inesperadamente, surgieron cuatro o cinco sombras del recodo. No se les distinguía; tan sólo eran sombras a la escasa luz de aquel pedacito de luna. Papá tuvo tiempo de ver que alzaban armas que los desconocidos agitaban a la vez que gritaban atronadores altos. Padre sintió que se le quemaba el corazón. Tiró del revólver, con ánimos malsanos, precisamente al tiempo que una de las sombras se agarraba a la rienda.

—¡Bandidos! —tronó padre.

Entonces uno del grupo gritó:

—¡Ah! ¡Es Pepe, es Pepe!

Papá sentía que se ahogaba, que se asfixiaba.

—¿Eres tú, Cun? —preguntó fuera de sí.

La voz respondió que sí. Le rodearon. Eran amigos de la ciudad, gente honesta y de trabajo a quienes el alzamiento había sorprendido en campo enemigo. Todavía recuerdo algunos nombres: Mente, Cun, Ramón.

Ya fuera del río, y mientras lamentaban el error, aquellos amigos pidieron noticias casi implorándolas. Temían a la revuelta; buscaban caminos extraviados, lo mismo que los que tomaban el monte; sólo que ellos lo hacían para huir.

Papá les explicó dónde estaban los cantones y les dijo, además, que era preferible caer en las manos del general Macario. Pero ellos no estaban dispuestos a tal cosa; sabían que era caudillo generoso y valiente; comprendían que no podían escapar a los revolucionarios si tomaban la ruta del Bonao; pero preferían correr el riesgo de encontrar a la gente de Monsito Peña, cabecilla sanguinario y sordo al perdón, porque los canto-nes de éste dominaban menores distancias.

Padre comprendió que nada los detendría; entonces pensó que el compañero que traía desde Jima podría serles útil.

—Váyanse con este hombre —dijo—. El les llevará por las lomas de Sierra Prieta; si logran atravesarlas, corten derecho y tomen el rumbo de Maimón. Es el único camino. Pudiera también suceder que ya Macario tenga gente más arriba; pero no importa. De todos modos, insisto en brindarles mi casa...

Pero los amigos no quisieron. Abrazaron a padre y se fueron. El guía se habría negado a acompañarles si aquellos hombres no hubieran tenido armas.

Se fueron. Papá los vio cruzar los escasos hilos del Jagüey y perderse en la curva. Iban como prófugos, dejando atrás sus hogares, caminando por veredas escondidas, con el corazón pendiente de cualquier ruido. Eran honrados y trabajadores. El sangriento fantasma que enloquecía al Cíbao les hacía semejantes a bandoleros.

Con el dolor de aquella despedida llegó padre a casa. Y todavía ese dolor le hacía sorda la voz, mientras contaba al viejo Dimas su accidentado viaje.

VI

Aunque el día amaneció nublado, con las nubes espesas y oscuras rozando las copas de los arboles y los techos de los bohíos, mucha gente conocida y desconocida estuvo visitándonos desde que las gallinas dejaron los palos.

Mero llegó antes que el sol, tomó una botella de creolina en el comedor, charló con mama, buscó un poco de cal en el almacén, y se fue a los potreros a curar dos mulos que se habían estropeado en el viaje.

Mero vivía en Pino Arriba y a lo que parece no tenía padre ni madre, porque nunca le oí hablar de ellos. Se había echado novia, y las primas noches le encontraban sentado en el bohío de ella, silencioso mirándola con actitud tímida.

El era persona moza, de pocas líneas y carne indecisa. Parecía que todas las palabras habían muerto sobre sus labios y que todas las luces nacían en sus ojos. Mulato, alto de pómulos, trabajador y sufrido, no tenía estampa fija ni se sabia a ciencia cierta en qué acabaría. Entró al servicio de papá en Río Verde, se le acomodó en el corazón porque no contestaba a sus regaños, porque era honrado y porque como no hablaba, no ofendía. Madre le quería mucho, y siempre encontraba abundante el café para guardarle su tacita.

Ni en Río Verde ni en el Pino vivía en casa; allá tenía la suya y al mudarnos encontró bohío en Pino Arriba. Se retiraba cuando nos sentía con sueño y volvía antes de que despertáramos del todo.

Alguna que otra vez hablaba de su hermana, mujer a la que parecía profesar un cariño limpio. Ella tenía unos hijos que él llamaba “mis sobrinos del diablo”; y cuando la ocasión le ponía frente a una recua que debía pasar por Río Verde, amarraba algunos “clavaos” en un pañuelo y se los enviaba a los muchachos “para que comprara dulces”.

***

Papá conversaba con Simeón, que entre palabras se ponía de pie para recomendar a mamá cómo había de hacer la tisana que me curaría las calenturas. A mi padre le tenía disgustado el estado de alarma y de desorden que se había producido, y lamentaba sobre todo el reclutamiento de los hijos de Dimas.

Ellos no eran asiduos de casa; pero trabajaban con papá, uno viajando con la recua; y en ocasiones los dos, cuando padre contrató cierta venta de troncos de roble y los utilizó para que ellos los cortaran y los sacaran al camino; y cuando había que preparar las cargas de andullos o frijoles, en vísperas de salidas.

Aquellos muchachos gozaban fama de serios y de trabajadores. Ambos eran blancos, ligeramente curtidos por el sol; ambos finos, respetuosos, bien criados. No nos visitaban con frecuencia, porque estaban en edad de hacerles ruedas a faldas jóvenes y libres; y por eso se les encontraba en los campos distantes, en las galleras o en las fiestas; de noche, sobre todo, se mantenían en relaciones lejanas. Dimas estaba muy orgulloso de ellos, aunque era discreto al alabarlos.

Padre le estaba explicando a Simeón algo relacionado con ellos cuando se asomó por el patio la vieja Carmita. Estuvo callada mientras padre no la saludó; después preguntó si no había visto a sus hijos. De seguro que papá mentía al decirle que si; y ella lo notó porque aunque se despidió con ánimos de irse, se mantuvo rondando por la cocina alrededor de mamá, como quien busca un consuelo que no quiere pedir.

Probablemente papá estaba enterado de todas las nuevas del lugar; se las contaría mamá en la noche. Quizá por eso había estado oyendo hasta bastante tarde el ruido peculiar del fósforo cuando se enciende, señal de que estaba insomne y fumaba.

Yo estaba extenuado por la fiebre del día anterior; sentía una flacura interior, algo que me desteñía los colores y me invitaba a un sueño intenso. El frío me nacía en los propios huesos, se me adueñaba de la carne, me martirizaba.

Papá y Simeón seguían comentando sus asuntos; de rato en rato se levantaban, estrechaban manos anónimas, hablaban en voz alta. Pero de improviso padre gritó, notándosele el asombro:

—¿José Veras? ¡Caramba!

¡Estaba en casa José Veras! Salí corriendo; lleno de un impulso estúpido, tropecé con una silla, oí a mamá clamar que me haría daño, y me lancé sobre aquel hombre a quien quería entrañablemente. El me recibió en el pecho, me apretó, me tentó con sus manos duras y me sostuvo cargado con un brazo mientras echaba el otro en el hombro de padre.

***

¡José Veras! Ladrón, haragán, valiente, simpático, dueño de una vida aventurera y atrayente, recalaba en casa después de algunos meses de ausencia. Se había criado en Río Verde y veneraba a mi abuelo.

Era cuellicorto y cabezón. Tenía bigote copioso, frente estrecha, espesas cejas, la mirada afilada y la boca siempre rota en risas. A veces resultaba pendenciero, si amanecía con la sangre gorda; pero los que le conocían no se le atravesaban, porque a José Veras le pesaba el ruedo de los pantalones.

Nunca trabajaba y robaba a plena luz. Sin embargo, la propiedad del amigo no tenía mejor celador que él, ni su familia más abnegado enfermero cuando hacía falta; ni río botado ni tiempo de agua ni revoluciones le paraban cuando andaban en diligencias de gente de su querer.

Al parecer abusaba de su fama, y en el juego engañaba miserablemente a los demás o pedía lo que él sabia que nadie le negaba. Es el caso que vivía y que no doblaba el lomo. A veces desaparecía y averiguábamos que estaba en la cárcel, ya porque hubiera vendido un novillo ajeno, ya porque hubiera tendido a alguien en pleno camino, con las tripas afuera.

Tenía el cuerpo bien medido y musculoso, tanto que parecía un saco lleno de piedras. Vestía traje gris; estaba descalzo y usaba sombrero de fieltro verde, medio raído y con lamparones de sudor y polvo. Comenzó a charlar de muchas cosas, vigilado por la mirada astuta del alcalde.

Se fue largo rato después, dejándome acostado; él mismo me llevó al catre y me recomendó que me cuidara. Volvió en la tarde, cuando hubo encontrado acomodo en un bohío desvencijado que estaba al otro lado del Yaquecillo. Las yaguas calcinadas se le caían a pedazos y el viento cantaba con ronca voz entre sus rendijas. Todos decían que en aquel bohío salían muertos. La vegetación que le rodeaba era greñuda, llena de mayas, pajonales y bejucos; éstos gateaban por las esquinas del bohío y rompían en verdor sobre el techo. En el Pino nadie se hubiera arriesgado a dormir en él; y cuando mamá le preguntó cómo se atrevía a hacerlo, le contestó José Veras que Para los muertos tenía su oración y para los vivos su revólver. Entre risas dijo mas tarde que el bohío le gustaba porque nadie le pedía cuentas si le arrancaba las tablas para hacer su candelazo en las noches de frío.

VII

Cuando papá consideró que los mulos habían repuesto en los potreros su fatiga, y cuando le vio las ancas firmes a su Mañosa, dispuso un viaje rápido al pueblo para llevar telas y otras cosas “antes de que la gente se embullara con los tiros”. Salió bien de mañana y volvió cuando el sol rastreaba desde el oeste. Estaba muy alegre, porque había hecho buena venta. Dijo, acomodándose para regustar mejor la cena recién comida, que en el pueblo había dudas, decires, pesimismos.

—¡Ay de esa gente si Fello Macario los coge ahora desorganizados!

-Manque no los coja, don Pepe; manque no los coja —sentenciaba Simeón.

En un rincón, huyéndole a la luz retozona para esconder su tristeza, Dimas sólo atinaba a decir:

—Con que no vido a los muchachos, don Pepe; con que no los vido...

Más que hablar con papá, parecía hacerlo con la noche dilatada, con la noche plena que se estaba endureciendo afuera.

La vida del campo estaba suspensa para todo aquello que no fuera la revolución. En las tertulias de casa se contaban historias de sangre; se hablaba de tal pleito, de las bajas que hubo en tal lugar. Cada día aparecían noticias nuevas que nadie sabía de dónde procedían, puesto que ninguno de los contertulios salía del Pino. Se decía que las tropas pasaban de noche, y alguien aseguraba que sentía los pasos de las monturas.

Papá era o muy crédulo o muy incrédulo. Sus simpatías estaban con los alzados, quizá porque era amigo del general Fello Macario, quizá porque el gobierno había reclutado a los hijos de Dimas, cuyo dolor, manifiesto perennemente, aunque lo disimulara, indignaba a quienes le querían.

La amenaza de la revolución paralizaba las vidas. A cada momento se la creía ver aparecer por el recodo de la Encrucijada, arrasándolo todo.

Sin embargo, la tal amenaza no podía matar el deseo de diversiones. A pesar de que a cada amanecer faltaba alguna cabeza de hombre en algún bohío, porque en la noche tomó el camino de los cantones; a pesar de que nadie sabia qué cosa desagradable le guardaba la revuelta; a pesar de que nadie sabia cuándo podía aparecer una columna armada, la gente se preparaba a bailar.

Desde muchas noches antes a la del sábado se oía retumbar la tambora por los lados de Jagüey Adentro. Eran ruidos sordos, epilépticos, con ritmo de tiroteo lejano. Los hombres ensayaban merengues; y cuando la brisa venia del este, llegaba hasta nosotros la voz desgarrada del acordeón.

El entusiasmo iba cundiendo en los campos vecinos. Desde la tambora parecía irse desprendiendo un calor que emborrachaba. En la noche trepidaban las sombras bajo el convite apremiante de aquella tambora.

Simeón habló con papá para que pusiera cantina en Jagüey Adentro; pero padre le contestó que él no contribuía para esas cosas, cuyo final era siempre sangriento. El sabia bien cómo va levantando el ánimo la copa apurada sin medida, cómo enardece la música tosca del acordeón. En toda fiesta flota un vaho viril y cruel, un olor confuso de sudor y de mulo caminado, una pestilencia de pólvora, que acaba poseyendo a los hombres y termina en chorros de sangre.

El baile debía ser el sábado en la noche; sin embargo, desde antes del atardecer empezaron a cruzar por el camino incontadas mujeres. No se sabía de dónde salían tantas. Unas tenían color de cacao: otras eran blancas, con la sangre apretada en las mejillas; otras parecían negras de tan oscuras. Todas llevaban trajes anchos, de colores chillones; todas movían las caderas con vaivenes de hamacas y todas tenían ojos encendidos, como fogones en las medias noches. En los moños altos y copiosos lucían su gracia los claveles reventones y las tímidas rosas.

Pasaban también hombres, agrupados, en caballas, a pie, bien trajeados, descalzos; gentes de todas las razas y de todas composturas. Venían vociferando, reían, charlaban y bebían a pico de botella.

Papá y yo estábamos en el camino real, junto al portón. Veíamos aquel desfile abigarrado que padre comentaba con palabras despectivas. La tarde se arrimaba también hacia allá, hacia Jagüey Adentro; parecía ir cruzando el cielo en amplios trazos de luz morada. Oíamos claramente la tambora con su ruido esquivo, veloz, desesperante. Por el camino, con la cabeza gacha, venía Dimas; traía las manos a la espalda y parecía no querer andar.

En eso oímos tiros. Sí; eran tiros. Seis, siete. Sonaron claramente, por encima del sordo rugido de la tambora.

Dimas se detuvo. Nos miró con ojos desolados y absurdos. Estaba ya cerca de casa y corrió.

—¡La revolución, la revolución!... —roncaba.

Pero no era la revolución. Vimos un hombre que venia, desde la Encrucijada, en nuestra dirección. Corría alocado; se detenía de pronto, disparaba y tornaba a huir.

—¡Es José Veras! —gritó papá.

Sí; era José Veras! Se le veía como una mancha gris, atareado en cargar el arma humeante. Cerca, cerca, tirándole los cascos de las monturas sobre las espaldas, le seguían cuatro nombres. Traían los sables en alto y se inclinaban hacia el camino.

Yo estaba asustado. Mamá y Pepito corrieron al portal boquiabiertos. Papá los atajó los empujaba con las manos, con las palabras. Se metió en el almacén a todo correr. Cuando salió de nuevo, con el revólver oscuro en la mano, acababa de caer José Veras.

Los perseguidores saltaron sobre él en desorden. Vimos claramente el chorro de sangre que le nació en el pescuezo. Pero aún así, en el suelo, disparó dos veces.

—¡Asesinos! ¡Asesinos! —tronó papá.

Y haló el gatillo tres, cuatro veces. Dimas corrió sobre el grupo; llevaba en alto su cuchillo.

Los caballos se arremolinaron junto al cuerpo herido de José Veras. Aquello parecía una mancha confusa, medio perdida en el atardecer. También papá corría, gritando insultos. Pero los desconocidos lograron montar.

Nos ahogaba el sobresalto, mientras el camino real se alargaba tras los cascos de aquellos cuatro caballos veloces.

Toda la gente del baile se desbocó en el patio de casa. Venían agrupadas como hormigas; una algarabía terrible se alzaba de aquel montón inquieto que gritaba y gesticulaba.

Tenían al herido tendido con la cabeza sobre la calzadita que llevaba a la cocina. Un machetazo cruel, que desde la oreja derecha hasta casi la mitad del cuello le había tumbado buen trozo de carne, había abierto salida a la sangre abundante de José Veras. La tierra mojada y negra se la iba chupando con avidez. Las mujeres y los hombres se inclinaban con miradas tímidas y asustadas sobre el herido.

A medida que pasaba el tiempo se agrandaba el grupo. Simeón escupía indecencias, mientras caminaba de un lado a otro con el entrecejo arrugado. No comprendía que se pudiera herir tan cobardemente a un hombre.

Sólo José Veras parecía tranquilo: ojeaba el grupo y trataba de sonreír; pero a cada esfuerzo le borbotaba la sangre por la herida. Tenía ya el pecho y los hombros rojos.

La vieja Carmita había venido también entre los curiosos; se alejó de todos, se dobló cerca de la alambrada y escogió algunas yerbas. Pidió permiso a mamá para majarías en la cocina. Pero ni madre, ni padre, ni nadie sabe qué convenía hacer. Todo el mundo se movía de un lado a otro, protestando y asqueado del suceso; aquella masa confusa sólo sabía mecerse en círculos sobre José Veras.

Carmita pedía una aguja con hilo y papel de estraza. Habló con Simeón. Dimas daba voces, queriendo pasar.

La vieja se inclinó junto a la cabeza del herido. El quiso moverse para verla; la sangre le salió entonces a caños, ensuciando la falda morada de Carmita.

—Estése quieto, compadre, que vamos a coserlo -recomendó el alcalde.

El movió los párpados, aprobando. La vieja le llenó el hueco de carne viva con las yerbas majadas, metió también papel de estraza y comenzó a coser la despiadada cortadura.

Todo el mundo trató de no ver. Sólo una mujer joven, de encendida color, dejó los ojos fijos en José, mordiéndose los labios.

Oyéndoselo contar a la gente supimos que José estaba jugando con unos hombres que de-cían ser del Bonao, pero a quienes se sospechaba como procedentes del Cantón de Jima. Hizo trampas para quedarse con una onza, se la reclamaron, se negó a devolverla, y acaeció la tragedia.

Papá ordenó que le arreglaran con sacos viejos y aparejos una cama en el almacén. Simeón se le acercó para preguntarle quién era su agresor. Desde el suelo, apuntándole una sonrisa maligna en la boca descolorida, respondió Veras:

—Esas son cuentas mías, compadre...

La vieja Carmita explicaba a un grupo de mujeres:

—Ese no se muere... Yerba mala.

Los hombres buscaban, con justo disimulo, la dirección de la gallera.

VIII

Un día amaneció el Pino en revuelos, pues se aseguraba que la columna revolucionaria llegaba de un momento a otro. La gente correteaba por el camino, dando voces y arreando los cerdos y los becerros. Ladraban los perros y los hombres se mangueaban, se acercaban, cuchicheaban entre sí y guiñaban los ojos.

En realidad, lo que había sucedido era que media docena de alzados apostados en Jima se hicieron de caballos y llegaron hasta Jumunucú para comprar ron. En la pulpería bebieron de lo lindo y estando en calor se les ocurrió disparar los revólveres. Uno de los vecinos, cuando la noche cerró silenciosa sobre los tiros, salió cautelosamente, cruzó unos cuantos guayabales y llegó al bohío más cercano.

—Por ahí vienen ya —dijo.

En ese bohío se alarmó la gente, y corrieron adonde unos primos que tenían cerca de Jagüey.

—Por ahí viene la revolución —dijeron.

Uno de los muchachos, que oyó la voz y creía que amanecía, se echó afuera, cruzó el río y llegó hasta la casa de la vieja Carmita. Le aseguró que la columna estaba casi entrando al Pino y hasta le juró que sus hijos venían en ella. La vieja Carmita tocó en las puertas de todos los bohíos cercanos, alborotó a los hombres, y en la madrugada estaba el Pino entero sobresaltado, esperando oír de momento la corneta que anunciara la llegada.

José Veras, que estaba bastante aliviado de la herida, pedía que le dejaran salir o, por lo menos, asomarse a la puerta, porque quería ver si entre los que llegarían estaban sus heridores.

El frío apretaba, aunque estaba despejado el cielo. José Veras se había recetado a sí mismo resina de amacey, y tenía el cuello rojo, morado casi. Me tenía consigo cuando las fiebres me permitían levantarme; me hacia preguntas y cuentos. El día del revuelo en el Pino estuvo nervioso; pero a medida que se acercaba la noche, como viera que se trataba de alarmas falsas, se le fueron haciendo mustios los ojos, como las flores castigadas por el sol de mediodía.

En la tarde, mientras la gente aún se removía de arriba abajo y en la cocina se hacían vaticinios y se adelantaban conceptos, José Veras desenredaba sus mejores voces para contarme una historia. La luz del atardecer persistía temblona en las rendijas. El, con los pies cogidos, de nalgas en su camastro, la mirada infantil y alegre, entre tenia mi impaciencia.

...Bueno... Pata e Cajón taba aquí, un ejemplo, y taba en La Vega. Andaba con un saco más grande que una casa y ahí diba metiendo cuanto muchacho topaba. Una vez nos llamó el gobernador a cinco presos, que tábamos en la cárcel por desgracias que le pasan a uno, y nos dijo: "Ya Pata e Cajón tá haciendo mucho daño; los suelto a todos ustedes si me lo consiguen..."

Salieron los cinco presos; cada uno tomó caminos distintos, hacia los pasos de los ríos, porque Pata de Cajón tenía la propiedad de aparecer en varios sitios a un mismo tiempo. Casi nadie le había visto; pero se dio el caso de desaparecer cuatro niños a la vez, en lugares distintos, y en todos habían encontrado las huellas cuadradas, increíblemente grandes, del fantasma.

Uno o dos viejos aseguraban haberlo topado, ambos de noche. Era, según decían, hombre bajito, que podía crecer o hacerse como una hormiga, de acuerdo con sus deseos. Se rumoreaba que había venido de Haití y que tenía panales de avispas en las barbas blancas, espesas y largas.

Más de un mes estuvieron los presos acechando a Pata de Cajón. Una noche, pasada ya la media, José Veras, que cuidaba el paso de Pontón, vio bajar por los cerros de Terrero dos hachos de cuaba, grandes como pinos nuevos. José no era hombre capaz de sentir miedo; pero era tan impresionante el sordo ruido de pedregones desprendidos que salía de los cerros, y tan azul Y extraña la lumbre que despedían aquellos hachos que José se hincó, rezó un padre nuestro y dos salves y sintió no tener vela para alumbrarse el camino de los cielos.

Por la sabana de Pontón, tostada, amplia, llana como palma de mano y despoblada, empezó a cruzar una gigantesca figura que se envolvía en la sombra, a pesar de los hachos que la precedían. Los tales hachos caminaban solos con pasmosa serenidad, igual que si la mano del diablo los sujetara.

Ya estaba cerca la aparición. José pudo distinguir el tamaño de los pies, disformes, cuadrados y grandes como cajas de mercancías. Sobre ellos se alzaba la figura dudosa que él estaba en obligación de apresar.

José se había metido entre las mayas que orillaban la sabana; miraba con ojos enloquecidos de pavor y sentía ganas de correr, de hacerse ligera guinea entre aquellos pajonales pardos, enrojecidos por la lumbre de los hachos.

Recordó la misión que le habían confiado; pensó en los niños que desaparecerían esa noche. Se sintió heroico y comprometido, ya no dudó y desenfundó el revólver.

Pero los tiros no salieron. José Veras sudó frío. El fantasma caminaba sobre él, así, volando, volando. José se aterrorizó hasta los mismos huesos y lanzó un grito terrible. Después... No supo más. Los vividores del lugar lo encontraron, a la mañana siguiente, tendido de cara al cielo, apretando el revólver con mano agarrotada.

—Asina —terminó- puedo jurar que lo vide, como se lo toy contando...

Se apretó más los brazos contra los pies.

Una tristeza absurda le poblaba de pena el rostro.

—Hace ya mucho tiempo que Pata e Cajón no sale —explicó—. Me dijeron que se fue otra vez pa Haití.

Parecía lamentar en su interior la ausencia del fantasma, mientras manoteaba matando los mosquitos que se le asentaban en las piernas. Yo me sentía debilucho.

Y me levanté para dejar a la jumiadora que se adueñara del vasto almacén: sobre el techo de zinc se iba haciendo gruesa la noche picada de estrellas.

IX

Enfermo estaba yo, con una fiebre que me hacía arder la sangre, cuando recibimos las primeras noticias seguras. Se sabía sin lugar a dudas que llegarían en la tarde y además que las avanzadas del gobierno se replegaban con precipitación hacia el pueblo porque una columna de la revolución había atacado por la espalda.

El camino parecía un hormiguero y en todas las caras había risas insolentes. Desde que el sol dejó su inclemencia empezó la gente a apostarse en las palizadas. José quería levantarse; pero una llovizna menuda empezó a salpicar los campos y se fue haciendo gruesa. El viento sin ley de las lomas la tomó chubasco; sin embargo los hombres no se iban.

En casa se trajinaba como nunca y padre hizo ensillar la Mañosa para que Mero fuera a toda carrera hasta Pedregal y comprara algunas medias botellas de ron en la pulpería que vegetaba allí.

Entrando ya la noche oí el rumor vago, confuso y atronador, que iba creciendo rápida. mente. Pepito estaba a mi lado, temblando de frío, hecho un manojo de nervios. Sentíamos igual que si un río salido de madre se hubiera adueñado del camino real y corriera arrasando con bohíos, con árboles, con piedras. Algunos disparos sueltos cantaron en el anochecer y se distinguían gritos roncos, voces ardidas, palabras desnudas. Papá caminaba a grandes trancos de una habitación a otra.

Al amparo de las sombras, que se metían apelotonadas en la casa, salté del catre y me fui al almacén. Me sentía exhausto y crecido a un tiempo. José Veras entreabrió una puerta; veíamos el agua gotear por las arrugas del zinc.

—Ese es Fello Macario —dijo él.

Señalaba al primero, jinete elegante, de pecho salido, que montaba un nervioso y bien parado caballo rosillo. Tenía la piel oscura y llevaba sombrero de Panamá. No se le veía arma. Vestía saco achocolatado y .pantalones azules y estrechos, cubiertos de rodilla abajo por negras polainas. A medida que se acercaba se distinguía mejor el rostro viril del general. Se adornaba el labio superior con bien hecho bigote; usaba pañuelo de seda arrollado al cuello. Miraba por encima de los hombros, sereno, arrogante, seguro, como hombre acostumbrado al mando.

Su caballo era también de jefe. Marchoso, embarbado, brioso y alto; no movía la cola y pisaba como si temiera hacerle daño a la tierra.

Tras el general se adivinaba un hormiguero de hombres montados y a pie. A su lado venía un negro bajito, jinete en alazano pequeño; tenía la corneta terciada sobre el amplio pecho.

De la columna, que caminaba torciéndose, moviéndose, ladeándose, se elevaba un vasto rumor de conversaciones alegres; alguna que otra voz se alzaba en gritos; muy atrás se adivinaba otro grupo, medio ahogado en la llovizna.

José Veras estaba nervioso y ardía en deseos de tirarse al camino; le bailaban los ojos; se mordía las rabizas del bigote, palidecía. . Yo me sentía colmado de entusiasmos, enamorado de la postura elegante, viril y simpática de aquel general legendario, de quien se contaban cien generosidades y no sé cuántos gestos de valor. Se decía que en todo el Cibao no encontraba compañero en la seguridad de su muñeca; que no perdía tiro; corría de boca en boca la historia de que cierta vez en la fiebre del combate metió su caballo en la montonera enemiga para arrancarle a una rumba de muertos el cadáver de un compadre; que se lo echó por delante y que retornó a su tropa al tren picado de su montura, sin apresurarla, sin disparar y sin volver el rostro.

Cincuenta merengues cantaban las hazañas del general Fello Macario; y yo lo tenía ahora al alcance de mi vista, y sentía que una felicidad ardiente y desconocida descendía sobre mi. Pero cuando vi que, ya casi frente a casa, el general dirigía su montura hacia el portal, y sentí que Papá salía a recibirle, dejé la rendija y corrí a mi catre.

Oí el saludo cordial de mi padre; oí la voz del recién llegado, autoritaria, salida a borbotones, como las burbujas de la botella metida en el río; oí la voz alegre de mamá dándole la b¡envenida y oí las pisadas del rosillo en el patio.

Pepito corrió al comedor y subió a la ventana. Volvió inmediatamente a decirme que había muchos, muchísimos caballos en el portal, tratando de entrar, pero que el general lo había prohibido.

Las pisadas de las bestias, frente a la casa, en el trocito de camino que se nos echaba delante como perro sato; las voces aguardentosas de los revolucionarios; el tintineo de los estribos y los frenos, cuando los animales pretendían sacudirse la llovizna de encima: todo aquel clamor ronco, nuevo y vertiginoso, penetraba en mi habitación, cabeceaba contra las paredes y me golpeaba en las sienes.

A poco sentí pisadas recias en el comedor y sonido de espuelas. La voz de Fello Macario, baja y mandona, colmó la casa. Estuvo largo rato hablando con padre y me di cuenta perfecta de cuándo llegó Mero con el ron y cómo chasqueó los labios el visitante, indicando que le había gustado. Después se pusieron de pie y creí que él se iría; pero las pisadas se acercaron e irrumpieron en mi habitación. Mamá les seguía con luz. A su gracia pude ver al general.

Era de expresión adusta, cerrada, imponente. La nariz afilada y la boca prieta, la barbilla pronunciada y el entrecejo le hacían difícil a las intimidades. Sus ojos pardos, manchados de rojo, se movían con impresionante pesadez, igual que si estuvieran metidos en barro. Tenía la quijada sólida y la cabeza pequeña, con el pelo cortado a rape y jaspeado por puntos de canas. Estuvo sentado en una silla serrana, junto a mi catre; me pasó varias veces la mano por la cara, al descuido, mientras contestaba las preguntas de papá; al descuido también pareció tentarme por el pescuezo, con el dorso oscuro.

—Este muchacho se está quemando, Pepe —dijo.

—Unas calenturas... —comentó mamá.

—Yo lo voy a curar de una vez —aseguró.

A la sonrisa de duda que se descosió en el rostro de mi padre respondió él con otra de sapiencia. Pidió ron a mamá; se desabotonó el saco, sacó del cinturón un hermoso puñal que tenía el mango negro y adornado con plata, buscó a tientas una cápsula y lentamente, como hombre que de nadie depende, comenzó a desplomar la munición. Logró sacar el cascarón, no sin algún trabajo, y había vaciado la pólvora en su mano zurda cuando retornó mamá trayendo el ron. El se bebió un trago, sin asquearse, igual que quien bebe agua, echó la pólvora en el resto y me tendió el vaso. Papá gritó que no me diera tal bebida, pero él le contestó, sonriendo, que “ésa era la medicina de los hombres”. Sujeté asustado el vaso, tragué el ron y sentí que un candelazo me abrasaba la garganta.

Fello Macario me miraba con sus ojos Pardos, pesados e impresionantes. Las lágrimas me saltaban de los ojos y entre ellas veía la expresión apesadumbrada de mi padre. De pronto pareció acordarse de algo, le dijo al general que esperara y salió.

El general no habló palabra, como tampoco mamá, mientras papá estuvo fuera. El parecía estar jugando con algún pensamiento y yo atendía las voces de pepito, que se elevaban entusiastas y agudas en el patio.

Padre entró con el revólver de Dosilién en la mano.

—Quiero dejarle esto de recuerdo, ya que ha honrado mi casa -explicó tendiéndole el arma a Fello Macario- ¿Sabe usté a quién perteneció esto?

El general movía la cabeza de un lado a otro, indicando que no. Al fin, a la sonrisa pedante de papá respondió:

—Ni lo supongo.

—A Dosilién —dijo.

—¿A Dosilién? —preguntó asombrado.

Papá afirmó con gestos. Afuera engrosaba el ruido. Siempre me seguía pareciendo un río que arrastraba espeques, alambres, hombres, árboles. Pepito vino corriendo a decir no sé qué cosa al oído de mamá, y ella salió apresurada. Fello Macario escuchaba atentamente a papá.

—Me habían dicho que estaba compuesto.

—Sí, -aseguró papá- estaba compuesto. No hay bala que lo corte mientras usté lo tenga encima.

El general sonreía satisfecho.

—Usté no sabe lo que le agradezo este ragalo, Pepe —dijo poniéndose de pie.

Caminó dos pasos, con igual torpeza que si estuviera prendiendo a moverses sobre la tierra, despojado de su caballo. Se acercó a mí, y con una ternura que me abrumaba empezó a peinarme con su mano áspera. Alta la cabeza, mirando lejos, dijo:

—Pepe, acuérdese de que arriba y abajo, en gobierno o en revolución, el General Fello Macario es su amigo.

Había hablado en voz entrecortada. Al salir se le regó la luz en la espalda. Era, efectivamente, un bello ejemplar de mulato. Ya en la puerta se volvió con un movimiento lento, señaló al oeste y recomendó:

—Ahí en Pedregal voy a dejar un cantón: cuídeme esos muchachos como si fueran suyos, Pepe.

—La gente que anda con usté —respondió papá notándosele la emoción— es gente que manda en esta casa, general.

Se fueron. Por las otras habitaciones iban sonando sus pisadas, acompañadas de ruidos de espuelas. Y las espuelas eran de plata, si yo no había visto mal.

X

Una semana después había renacido la paz en el lugar. El sol rubio, retozón y malcriado, llenaba de oro los pardos caminos del campo. Mero iba y venía sin cesar; sacaba los mulos, los peinaba, les curaba las mataduras y les revisaba las patas; recosía aparejos maltrechos, serones rotos; se pasaba horas enteras retejiendo sogas desflecadas. A menudo iba Carmita para cambiarle la resina de amacey a José Veras, hablaba poco o no hablaba y rara vez se refería a sus hijos, lamentando no haberles visto cuando la revolución pasó. José le explicaba que ellos estarían en otros sitios, “porque la guerra era muy grande, y había mucha gente en el monte”.

José se arriesgaba a salir y se metía en la cocina bien de mañana para hacer rabiar a mamá con su descuido o para contarme cuentos en los que no faltaba un muerto que ora galopaba en las ancas de su caballo hasta derrengarlo en cualquier recodo de camino lleno de tinta, ora le mandaba buscar una botija repleta de onzas, ora le pedía que le rezara para sacarle de penas.

El viejo Dimas silenciaba y la mayor parte del día la pasaba apretándose la frente con la mano corta y recia. Nadie le traía noticias de sus hijos y a ratos sólo sabíamos cosas desagradables para el gobierno, en cuyas filas estaban.

—En estos días —rezongaba a menudo— no hay que pensar en trabajo. Todito lo echan a perder estas condenadas revoluciones.

Apenas venían campesinos a casa; alguno se aparecía, de tarde en tarde, con un mísero andullo, o con dos cajones de maíz. Papá se quejaba del mal tiempo, aunque entre días se le oyera decir que, a pesar de todo, la vida iba adelante.

Y así era... Con algunos empujones, es cierto; pero la vida iba adelante. Podíamos compararla con las aguas escasas y pestilentes del Yaquecillo: cuando le lloviera en las lomas bajaría impetuoso, alzándose hasta lo más alto de sus raquíticas barrancas.

***

El jefe del cantón de Pedregal se presentaba temprano en busca de su café, volvía a medio día a comer y retornaba en la noche para tertuliar Y echar un trago, si aparecía.

Era aquél un tipo pintoresco, negro, rechoncho, de mirada vivaz y alegre decir. Resultaba gracioso y simpático con nosotros, a quienes miraba como personas superiores; pero hombre que le cayera bajo la voz de mando, era hombre perdido. Le chillaban las palabras de una manera atroz, y si contaba un hecho de armas en el que había actuado, anulaba a cuantos intervinieron en él para crecerse de modo desaforado. El había mandado el fuego y repartido la guerrilla; y fue él quien, en tal pleito, le tumbó la cabeza de un machetazo al general tal; y él quien hizo prisionero a aquel otro general; y él quien, cuando tal pleito estaba perdido, se apareció con seis hombres y un corneta y a toque de avance y descarga cerrada salvó la situación.

Era de verle cómo saltaba y removía los brazos, cómo se le incendiaban los ojos y cómo se doblaba e imitaba la corneta con la voz y los tiros con un ruido seco de la garganta. Era un remolino vivo y no cabía en espacio alguno, por ancho que fuera, cuando contaba lo que él llamaba “un sucedido”.

Se mantenía cargado de armas. Tenía un sable terciado, sujeto a la cintura por una cinta ancha y tricolor; dos revólveres, el uno cacha negra y el otro nacarado; usaba un puñal largo y agudo, que llevaba envainado a la espalda, con el mango hacia el lado derecho. Del hombro izquierdo hasta la cadera del otro lado le pendía una cartuchera cuajada de municiones y otra se le enroscaba en la cintura, sobre la guayabera de fuerte—azul. A todos les resultaba chocante, y José aseguraba que los hombres así no salían guapos pero que aquel “diache” comía balas. Para mí era un mortificante problema pensar cómo se hacía para dormir tan repleto de hierros peligrosos.

En las tertulias de la cocina y por los labios de aquel hombre desfilaron todos los generales habidos y por haber. Contando los pleitos en que había figurado, resultaba que había recibido su bautismo de fuego por lo menos veinte años antes de nacer. El mismo no recordaba de dónde era, y unas veces decía que había nacido en Piedra Blanca, otras que en Santiago, otras que en la Línea.

Algunas noches se ponía a detallar por qué sitios estaba triunfante la revolución, cuáles eran los lugares por los que el gobierno podía recibir refuerzos. Papá dedujo por esas conversaciones que la gente que estaba en el pueblo se veía apretada y que nada más por la línea férrea mantenía contacto con el gobierno. Con un candor infantil dibujaba planos en el suelo, utilizando astillas o el cuchillo de Simeón.

—Aquí está tal tropa —decía señalando el lugar en la tierra—; y aquí tal estación, y el general Fulano está acantonado allí.

—Ajá, ajá.

Una vez papá aseguró que de él estar en el pellejo del general Fello Macario, ganaba la revolución con un solo encuentro.

—Yo... —explicaba— corto por Pedregal O por los Mameyes, hago que algunas guerrillas tiroteen el pueblo por la entrada de Pontón y cuando me estén esperando les salgo en la misma vía férrea, cortándoles las comunicaciones.

—Bueno, don Pepe —observaba José Veras— pero usté no cuenta con que ellos tienen todo el pueblo y para mover tropas lo hacen corriendito. Contimás que si se tiran con la guerrilla y la aflojan, se meten por este camino hasta el mismo Bonao, y le alborotan el gallinero al general.

Papá le miraba pesadamente, obligado a callar, porque por boca de José Veras hablaba la verdad aplastante del hombre que no ha teorizado en su vida, sino que ha actuado siempre.

—Lo que pasa —terciaba el negro—, es que en el pueblo hay balas y soldados de verdá. Correteando de arriba abajo no se ganan pleitos, don Pepe, sino metiéndose entre la candela.

Inmediatamente comenzaba a contar una acción en la que él había intervenido. El general decía que así y él que asá; discutieron, por poco si se matan en el calor de la disputa; pero cuando hubo que atacar, se hizo como él dijo y se triunfó.

—Ahora están murmurando —soplaba Simeón— que esperan refuerzos y que tal vez le traigan hasta unos cañoncitos.

El negro alzaba los ojos asombrado. Absorta en su oficio, mamá acechaba el glu-glú del agua que estaba en el fogón.

***

A medida que fue tomando confianza, el jefe del cantón se fue apareciendo acompañado. Los que con más frecuencia iban eran un hombrecito descolorido, con sólo la piel sobre los huesos, silencioso, de modales lentos, cabellos muertos Y negros y ojos de matón; y un mulatazo enorme, que casi no cabía por la cocina, dulce al hablar al moverse, al mirar. En su cuerpo todo era flojo y caminaba como persona con sueño. Otros muchos se turnaban en las visitas; pero no eran asiduos. José los interrogaba a todos y como al descuido preguntaba por gentes del Bonao. Bien se veía que vivía alimentando el deseo de vengarse. Dimas se interesaba por noticias que vinieran del pueblo, deseoso de que alguien le dijera un día que sus hijos estaban sanos y salvos. Generalmente se mantenía exprimido, como las guayabas que el mulo pisa en los caminos; tenía los párpados amoratados y la lengua pesada para la conversación.

Sabíamos que la revolución no acometía de manera resuelta, y hasta el negro se quejaba de ello, lamentándose de que el general no encontrara oportunidad propicia para lucirse. No era muy discreto hablar así, pero él se sentía seguro y sabía que en casa nadie le iba a hacer una mala jugada.

Oyéndole hablar, todos fuimos cobrando un miedo vago a no se sabía qué cosa; temíamos que un suceso inesperado hiciera cambiar los acontecimientos, o, por lo menos, que los detuviera allí donde estaban. Ya hubiera sido bastante amargo eso, porque aunque yo no entendiera que vivir era cosa difícil, se lo oía decir a los mayores, y la vida tal como estaba, me llenaba de sustos. Sabía que la revolución estancaba las fuerzas en marcha; que entre los conucos iba haciendo estragos el bejuco bravo; que el maíz ennegrecía al sol, sin que la mano que lo había sembrado fuera a recogerlo; que en su propio tallo se hacía tripa oscura e inútil la fragante hoja de tabaco, y, sobre todo, que por los callejones de cada campo empezaba a crecer el fantasma del hambre.

Una noche, pesada de incertidumbres, llegó el negro cabizbajo, tumbó el pilón y tomó asiento en él. Con la frente en la mano estuvo largo rato sin decir palabra. Se rascaba las piernas y parecía quejarse. Papá le miraba y se asombraba.

—¿Se siente malo? —preguntaba solícito.

Al cabo de buen rato, alzando la mirada, el hombre dijo, sencillamente:

—Dentraron refuerzos al pueblo.

Todo el mundo abrió la boca, pero el asombro las llenó de silencio.

XI

A carrera desbocada, un jinete que traía los brazos abiertos y el sombrero sobre la nuca pasó como una exhalación frente a casa y nos gritó:

—¡La revolución viene por ahí!

Papá se tiró al camino y llamó a voces; pero el hombre iba ya metiéndose en la Encrucijada, cubierto por una ligera nube de polvo.

No sabiendo qué partido tomar, papá se dirigió velozmente hacia el oeste, buscando de seguro acercarse al cantón de Pedregal; pero ya cruzado el Yaquecillo se devolvió y entró mordiéndose los labios al almacén; anduvo rebuscando por su habitación y tornó armado.

—¿Dónde está Mero? ¿Dónde está Mero? —preguntaba desorientado.

Nos dimos a llamar a Mero, a voces colmadas, correteando hasta la alambrada de atrás, y bastante después le oímos gritar desde el fondo de los potreros. Padre le indicaba con la mano que apresurara el paso y cuando estuvo cerca le dijo que trajera un mulo cualquiera, porque tenía que hacer un mandado.

Mero aparejó el animal y no sé qué cosas le recomendó papá, porque él se avivó en los preparativos y cuando estuvo montado pegó con los talones en las costillas del mulo, que partió al trote. Después padre entró, nos llevó al comedor y cerró la boca y el ceño.

Hacia el mediodía, lívido, con un montón de noticias siniestras atragantado hasta no dejarle hablar, volvió Mero y se metió de un salto en el comedor.

—Hay más de veinte heridos ahí en Pedregal, don Pepe; cuando llegué estaba uno agonizando.

Los ojos de aquel infeliz eran incapaces de fijarse en cosa alguna; la cara de papá se hacía gruesa y Pepito miraba como los perros apaleados. Con señales, más que con palabras, le hizo papá contar todo lo que sabía, y supimos de esa manera que desde el amanecer se estaba librando un combate feroz a la entrada del pueblo. Los muertos no se podían contar y se iban despachando los heridos menos graves hacia Pedregal, con el propósito de que los atendieran y, de ser posible, los enviaran más atrás. El negro que comandaba el cantón, persona con experiencia en esas cosas, no quería mal impresionar a la gente del Pino y por eso se mantenía allí con los heridos, tratando de curarlos con agua y yerbas, multiplicándose, abnegado y heroico. José Veras estaba entre ellos, cortando tapones de maguey en los pajonales vecinos, taponando balazos, aliviando con palabras y caricias a los infortunados.

Aún allí, entre la sangre cálida que imponía respeto, José Veras removía a los heridos, les tomaba las caras entre las manos y se las estudiaba con interés manifiesto: buscaba una que él debía recordar con justo odio.

Al decir de Mero, entre ratos se oían las pisadas veloces de algunos caballos, llegaban los jinetes, cada quien con un abaleado sobre las piernas, los soltaban en silencio y dando escasas noticias de lo que sucedía allá alante, se marchaban con las bocas cerradas, pálidos y rabiosos. Uno que otro decía, al llegar: “Mataron a Fulano”. O si no: “Cortaron malamente al capitán Tal”.

Deprimidos por las nuevas estuvimos esperando la llegada de José Veras. Entró a pie, con insolente lentitud. Como tuviera la mirada pesada, no hizo falta preguntarle nada. El mismo, cuando lo creyó conveniente, empezó a contar. Sus noticias eran fatales: según él la revolución había perdido el empuje y sólo gracias al coraje del general Macario se estaba aguantando; pero la derrota era inminente. Comprendiéndolo así, el negro que mandaba en Pedregal había dado orden de que fueran repartiendo los heridos de manera discreta llevándoselos sobre todo a la loma, acompañados por hombres sanos. Los más graves quedarían allí, y como era inhumano exponerlos a la intemperie y a la crueldad del enemigo, se les ultimaría dándoles un balazo en la sien a cuantos padecieran.

Mamá se sujetaba ambas manos, apretándolas, y unas lágrimas limpias empezaban a rodarle por las mejillas. Mirándola, José quiso consolarla:

—Esa es la guerra, doña; no hay remedio... o se mata o lo matan.

Pero esas palabras ni a él le satisfacían porque bien claro se le veía el dolor.

La expresión triste de mi padre no se debía tan sólo a la posible derrota de los que habían ganado su simpatía, sino al temor de las represalias, al miedo de que, triunfante el gobierno, se viera obligado, como antes, a buscar su seguridad en la huida perenne, en el escondite, en la fuga. Se alzaba ante nosotros, una vez más, la amenaza de la mala vida, del refugio en las lomas inhóspitas, o en la remota frontera, o en otro país, en último caso.

Torva era la expresión de cada uno en casa, hasta el atardecer, cuando de manera definitiva nos enfrentamos a la realidad: la revolución había sido derrotada.

Mero fue el primero en señalar a los prófugos, una fila de sombras aplastadas que correteaban por las lomas que nos quedaban atrás. Otros iban gateando afanosamente por los repechos y a la distancia los veíamos como niños que jugaban. Después... Después ya no hubo tregua para los que huían. Descaradamente irrumpían en el camino real, tiraban las armas entre los matorrales, en los guayabales, bajo las mayas; se metían por los potreros o en el monte de enfrente; huían de manera vergonzosa, llenos de un miedo cerval e inhumano. Algunos venían en caballos canijos, taloneando a las pobres monturas que ya llevaban desflecados aparejos, ya estaban al pelo, ya ensilladas. Se oían tiros sueltos, imprecaciones y advertencias. A ratos gritaba alguno:

—¡Párense, pendejos! ¡Párense!

Aquellas voces aumentaban la confusión y el miedo, encendían los ánimos de huir que llevaban algunos y denotaban el profundo desconcierto que llenaba el momento.

A la puerta de casa, al trote más que a la carrera, llegó uno de los hombres de Pedregal, aquel descolorido y flaco que tenía ojos de matón. Se metió como en propiedad suya y tenía aires serenos.

—¿Qué pasa, por fin? —le preguntó papá, sujetándole por el hombro.

—Ya lo ve —respondió el hombre, señalando con un gesto el camino, los montes y las lomas.

—¿Derrotados?

—No; todavía no; el general está peleando duro a estas horas; pero casi toda la tropa se le ha huido.

Tomó asiento y murmuró en voz baja:

—Ha sido una carnicería... Ojalá que usté viera cómo están los heridos ahí en Pedregal.

Pepito se agarraba a la falda de mamá, pálido y con la mirada huidiza. Papá tenía anudado el ceño y la boca trancada. Madre rompió en preguntas, todas vagas; José Veras callaba junto al hombre. Por la puerta se podían ver los grupos que pasaban en fuga.

El visitante procuró saber cuál era el camino que lo llevaría a Sabana del Puerto, donde tenía una tía No era de esas tierras y no quería caer mansamente en las manos del gobierno. Se conocía que era valiente sin titubeos, pero que estaba seguro de no haber hecho muchas cosas buenas, y quería evitar tropiezos.

José Veras le estuvo explicando, lo mejor que pudo, señalando con la mano, mencionando nombres de individuos que encontraría en la marcha. Papá le regaló unas monedas y antes de que la tarde cayera del todo se fue cruzando los potreros para caer en Jagüey Adentro. Estuvimos en el patio mientras pudimos ver su cabeza meciéndose entre la alta yerba páez. Ya íbamos a entrar cuando nos sorprendieron las voces de Pepito, que llamaba a gritos. Corrimos todos a través de la casa, en dirección del camino real, atropellándonos en la carrera. José Veras se tiró afuera, con el revólver en la mano.

Había frente a la puerta un hombre, jinete en penco bayo, que sujetaba por un brazo a otro que se descolgaba penosamente de las ancas. Cuando éste hubo tocado tierra con los pies, desplomándose sobre José, el que le sujetaba golpeó las costillas del penco con sus recios talones y partió al galope. No había dicho palabra y ni siquiera volvió la cara, como si no hubiera dejado allí nada.

Padre se tiró al camino, enrojecido de súbito, y tomó al hombre por los pies, mientras José le clavaba sus manos en las axilas. Entre los dos lo llevaron hasta el quicio de la puerta; al soltarlo se quedó flojo, encogido, los brazos junto al cuerpo. Durante un segundo movió la cabeza Y levantó con visible esfuerzo los párpados: sus ojos tristes y pardos se mecieron de un lado a otro, sin gobierno.

Tornaron a cargarlo, doblado como hamaca, y lo recostaron en el mismo sitió que acogió a José Veras la tarde de su tragedia.

¡Oh! ¡Y qué angustia nos oprimía a todos, viendo tendido a nuestro frente aquel cuerpo largo de hombre!

Estábamos velándole en el almacén, a la luz de una jumiadora que daba tumbos sin cesar. De hora en hora sentíamos pisadas alejándose y compadecíamos a quienes iban así, buscando amparo en la distancia, cargados de miedo, bestezuelas más que hombres.

El herido respiraba con afán. Mamá rezaba y sostenía en sus piernas la cabeza de Pepito, abatido por el sueño. En una silla, doblado, preocupado, papá fumaba, acechando los movimientos del desconocido.

Aquella angustia mortal que nos ahogaba colmaba el almacén, le mantenía los ojos serios a José Veras y nos aplastaba el corazón a todos, y hacia gigantescos los ruidos comunes, los de una rata infatigable o los del viento en cualquier rama.

***

Los gallos empezaban a cantar la media, uno tras otro, en el vasto círculo del campo, cuando el herido pretendió incorporarse. Un esfuerzo sobrehumano le hinchó la cara; pero se desplomó Sobre el aparejo, mordiendo un gemido. José se apresuró a calmarlo, golpeándole suavemente el hombro.

Pasado un tiempo, el hombre logró alzar la frente y entreabrir los ojos; su primera actitud fue mirar en redondo, con la boca abierta. Sus ojos eran dos luces sin voluntad en mitad del rostro. Estaba encendido de fiebre y preguntó, lleno de miedo:

—¿Dónde toy yo?

Papá y mamá corrieron sobre él musitando:

—En su casa, amigo; en su casa.

El hombre pareció comprender, movió la cabeza de arriba abajo y se dejó caer de lado, como quien no quiere luchar más. Temíamos que la vida no quisiera retornar hasta el corazón de aquel desconocido. Pero él reaccionó pronto. Cuando menos lo esperábamos se torció, apoyó una mano en el suelo y alzó medio cuerpo.

—Me duele mucho aquí —dijo de manera clara, señalándose la tetilla.

Era allí donde estaba herido. Un hoyo fino de bala le había subido la carne viva y José Veras le había puesto un tapón de maguey en él, sustituyendo el de trapo sucio que había traído.

—Sí —le explicó papá—; es un balazo; pero ya se está curando.

El hombre le miró con los ojos cargados de dulzura, sonrió algo, igual que si una lucecilla verde le hubiera iluminado los labios, y murmurando las gracias y las buenas noches se acomodó de nuevo en su camastro.

íbamos a levantarnos ya, para ir a dormir. José Veras había porfiado por quedarse a cuidar el herido y rebuscaba sacos en los rincones para arreglar una almohada. Estábamos en la puerta del comedor, madre, Pepito que dormitaba, papá y yo, cuando oímos un tropel afanoso cruzar el Yaquecillo. Padre se detuvo en seco; mamá tomó actitud de acecho; Pepito me miraba con ojos alocados. Sentimos a los caballos detenerse de golpe y casi de inmediato tembló la puerta a unos golpes insistentes y nerviosos.

—¿Quién va? ¿Quién va?

La voz de papá no tenía nada de tranquila; era alta y áspera. José Veras cruzó la habitación en carrera, se pegó a la pared para oír y desenfundó el revólver. Los golpes persistían y persistían también las preguntas de papá, que nos metía apresuradamente en el comedor.

—¡Pepe, Pepe! —demandaba una voz ronca, cortada y nerviosa.

—Es el general —aseguró José tranquilizándonos.

Padre se dirigió a la puerta, interrogando quién era.

—Soy yo, Fello Macario —contestaron de afuera.

Papá se agachó para destrancar; abrió la puerta con cautela; pero la mano oscura y nerviosa del general tiró de ella. Inmediatamente le vimos entrar con paso rápido y ruido de espuelas.

Perdone, doña —dijo dirigiéndose a mamá, mientras se quitaba el sombrero con extraña y noble cortesía.

Papá pretendía preguntar algo; mas antes de que hablara se le adelantó el general para explicarle:

—Mi caballo está herido y necesito una montura buena.

Padre pareció perplejo un momento, mientras afuera sonaban los hierros tascados por los animales de los que acompañaban a Fello Macario.

—Lo único que tengo es una mula, general, —aventuró papá—, aunque buena.

—Cualquier cosa, Pepe, cualquier cosa.

Todos los gestos de aquel hombre acusaban su prisa. Nada le importaba en la vida; nada... Necesitaba tan sólo una montura. Papá estaba también nervioso.

—José, José —dijo de pronto—; vete al primer vaso y tráele la Mañosa.

José Veras atravesó el almacén, atravesó el comedor y abrió la puerta que daba al patio. Un viento frío se coló por ella, se arrastró de barriga sobre el piso y dio de bofetadas a la jumiadora. El herido se movió como para resguardarse de ese airecillo entrometido; lanzó un quejido sordo y volvió a estar tranquilo.

—¿Quién es? —dijo el general señalándolo.

—No sé —contestó padre.— Está herido de un balazo en la tetilla.

El general se le acercó, se agachó y removió la cabeza del hombre para verle mejor. Clavaba en aquella carne ardiente sus dedos recios, de caudillo.

—Es Momón —explicó poniéndose de pie.

Y luego, dejando caer una mirada compasiva sobre él:

—Lo cortaron esta mañana, en la salida de Pontón.

—¿Estaba con usté? —preguntó papá mirándole fijamente.

—Sí —respondió a secas.

Y luego, como para justificar esa afirmación, dijo, indicando con la barbilla la dirección del Bonao.

—Es de los lados de casa.

E inmediatamente se dirigió a la puerta, donde masculló unas órdenes a los hombres que le esperaban. Se volvió para decir que tenía urgencia en salir. Le habían herido el caballo, aquel noble y bello bruto que parecía hecho para la fiesta de los tiroteos. Recomendó a papá que lo curara y lo cuidara, porque él volvería.

Oíamos a José Veras abrir el portal. Fello Macario sacó la cabeza al camino, ordenó que desensillaran el rosillo y enjaezaran la Mañosa. Iba a despedirse de nosotros ya, cuando el herido levantó la cabeza y lo llamó a pobres voces.

—Dígale a mamá que yo toy bueno y sano —rogó el hombre.

El general lo miró pesadamente, casi angustiado.

—Pierda cuidado, Momón —afirmó.

Durante un instante, que se hizo fantásticamente largo, mantuvo sus ojos brillantes y fijos en algún punto doloroso. Pareció dudar entre irse o quedarse amparando al herido; pero se resolvió de golpe saludó otra vez y dio la espalda.

José Veras corrió para cortarle el paso.

—Yo me voy con usté, general —dijo.

Papá pretendió protestar; pero Fello Macario le atajó con una mano, mientras sonreía levemente, satisfecho sin duda de que, todavía derrotado, su presencia marcial y mandona arrastrara vidas por los caminos de la revolución.

El ignoraba que José Veras se acogía a su prestigio para buscar a un hombre.


SEGUNDA PARTE
LOS VENCEDORES

I

Sin duda alguna, aquello era la paz; es decir, en todo había un cansancio, un desabrimiento, una especie de sueño profundo aunque inútil. El sol lamía y lamía los montes distantes, los dormidos caminos y los bohíos escasos. La guerra se había ido con la noche, ensuciando de sangre los ríos, galopando en las ancas de la Mañosa y arrastrando consigo a José Veras.

No volvían los hombres que habían abandonado el quicio de sus casas, el machete al brazo, la carabina a la espalda, a pie o con el espinazo de algún penco bajo las piernas; pero había paz.

Padre y Mero curaban del rosillo del general. Momón se levantaba ya, caminaba por el patio, se bañaba con aquel sol inofensivo. No estaba bien del todo, porque tenía en la cara un color de caña madura y los huesos le salían de entre la carne como piedras; pero Momón se estaba curando.

De noche, cuando no me aturdía la fiebre, se sentaba él en la orilla de mi catre y me contaba sus historias, sin yerme, con la voz floja.

—Aquel condenado gato empezó a crecer, compadre Juan. Mi compadre no era un hombre blandito, pero ¡concho!, cualquiera no le cogía gusto al gato.

Nunca estábamos del todo a oscuras, porque la luz del comedor se atrevía hasta mi cuarto. Así podía yo verle, hecho una masa negra, inmóvil como un tronco. Su voz se llenaba de flojeras y me ponía tierno de miedo.

—Decían que era un extranjero blanco como su taita y dizque tenía un baúl de morocotas que eso daba pena. Pero lo enterró y se embromó. Cuantito mi compadre me dijo: “Momón, no puedo dormir porque siempre tá ese hombre llamándome”, yo me malicié que andaba penando. "Pregúntele qué quiere", le dije al compadre.

Al otro día le fue el compadre con el cuento a Momón: el blanco tenía una botija. La había enterrado poco antes de morir en un botado, al tronco de una mata de cajuil, poco antes de llegar a la sabana de Cañabón. Allá se fueron ellos, esperanzados y alborotados; pero desde que deja ron el Jima atrás, se les pegó aquel gato negro, que maullaba, les miraba y esponjaba el rabo. El compañero tiraba el ojo y se impresionaba con aquel animal tan pertinaz. Con mucho disimulo esperó a Momón, que iba detrás, y le dijo al oído.

—Pa mí que ese gato es Abenuncio.

Momón calculó que sí; bien podía ser él.

¿No estaba penando el muerto? De seguro que el diablo no quería dejarle ir. Pero Momón tenía una oración que le había enseñado cierto brujo haitiano y con ella era capaz de irse hasta el propio infierno. Me explicaba:

—Esa oración no la dejo yo... Cuando sea grandecito se la voy a enseñar, por si se ve en apuros. Con ella no se siente miedo y si lo andan buscando usté la reza, le pasan por la venta y nadie lo ve.

Por eso Momón no temía. El otro no era blandito; pero cualquiera... Cuando empezaron a orillar la loma les pareció que el gato endemoniado comenzaba a crecer. Ellos lo miraban con la rabiza del ojo... ¡Sí! ¡Crecía! Ya estaba como un perro; ya estaba como un puerco; ya estaba como un potrico. Momón rezaba y rezaba. Oía las quijadas del compañero golpeando como dos piedras, oía el viento zumbando entre los árboles, oia el río que a lo lejos se desbarrancaba entre pedregones; le corría por el pescuezo y por la espalda un sudor frío, que le sacaba el calor del cuerpo y le dejaba la boca amarga. Se hacían los fuertes, acorralados entre su miedo y la noche; pero llegó un momento en que ya no pudieron más porque los pies se les fueron haciendo pesados y eran como pilones de madera verde. Agarrado a él, el compañero temblaba. Se atrevieron a volver la cara. ¡Pegado a ellos estaba el gato, grande como un caballo, con los ojos encandilados como dos fogones, el rabo esponjado como un pino!

En ese instante, cuando la voz de Momón sonaba ronca y angustiada, vi una sombra crecer en la puerta. Se me erizó la piel, se me enfriaron las manos y los pies; un grito cortante me ahogaba. Momón callaba y miraba; miraba y me sujetaba una pierna. Se movió la sombra y sentí que el grito me desgarraba por dentro, se me agigantaba en la garganta. No pude con él y sentí, al vaciarlo, que me dejaba exhausto.

Me pareció que papá corría sobre mí. Pero no era papá, porque tenía los ojos encandilados, y era grande como un caballo y tenía un rabo esponjado como un pino.

Después, además del miedo, toda la noche empezó a caerse sobre mí, igual que si hubiera sido de tierra seca. Y junto con ella, la mano de papá, untada de aguardiente con romero.

Al otro día, de mañana, desperté a las voces de padre, que regañaba con Momón. El era delgado y triste; tenía los hombros cuadrados y angulosos y miraba con ojos humildes. Papá le estaba explicando que no debía contarme tales cosas, y Momón protestaba, ignorante de que me impresionaba vivamente, porque en él mismo había un aire de persona casi difunta.

Padre caminaba frente a la mesa, pesadamente; daba puñetazos y argumentaba que no se podía llenar la cabeza de un niño con mentiras mágicas. Desde mi catre veía los pies de ambos Y oía claramente las palabras de Momón, cargadas de pena, que caían sobre mis nervios como guijarros.

—Lo que yo le contaba a Juan no eran embustes, don Pepe; eso me pasó a mí y le pasa a cualquiera.

Papá se movió de prisa y clavó en Momón una mirada repleta a la vez de asombro y de ironía. Parecía que iba a estallar en risas; parecía también que pretendía arañarle. Movió la cabeza de un lado para otro; paseó frente a la mesa... El sol le alumbraba los pies y alumbraba también los de Momón, cuya figura se esfumaba junto a las líneas rotundas de mi padre.

Había algo en el rostro de papá que decía: “Es un hombre tonto”. Pálida, en desorden los grises cabellos, entró mamá y comentó:

—Sí, Momón; no se pueden contar esas cosas al muchacho; lo mata una alferecía.

Mornón, silencioso, se miraba las manos.

—Lo que voy yo a hacer es dirme, don Pepe. Ya yo toy bueno; quería entretener a Juan.

—No; usté no se va, no se va.

Padre decía que no con las manos; se sujetó de espaldas a la mesa.

—Usté se queda aquí, Momón, y se irá cuando esté bueno, si no quiere quedarse; pero ahora no.

Bajo la mirada de mi madre se fue Momón, lentamente, al almacén; padre permanecía allí, Pensando tal vez.

Yo estaba viendo el sol, el sol que se tiraba a dormir en el piso, como lo hubiera hecho un pobre.

Aquella luz, aquel silencio, aquella especie de sueño que tenían los días, era la paz. La fiebre seguía cociéndome; Pepito persistía en corretear por los alrededores; Mero había pedido permiso para ir a Río Verde, donde agonizaba un sobrino. A veces papá se quejaba de haber prestado la Mañosa. otras se agradecía de haber hecho un servicio al general Fello Macario.

¿Y los hijos de Dimas? ¿Y los de Carmita? ¿Y José Veras? Nada ni nadie. Lo que había era paz, paz y paz, algo así como si desde los altos cielos, desteñidos, casi blancos, hubiera estado cayendo sobre nosotros un cuento infantil que nos hacía dormir.

Los días iban y venían, se marchaban por los cerros de Cortadera y Pedregal y volvían por encima de la Encrucijada. Uno de ellos, cuando la mañana de vidrio nadaba sobre los potreros, me levanté para ir al comedor. Me sentí vacío, alto y transparente. Era como si la claridad, el silencio y la soledad me hubieran chupado la vida. La cabeza se me iba en círculos amplios y veloces; todo me daba vueltas: la habitación, las sillas, las mesas. Las puertas cruzaban ante mis ojos huecas, vacías, muertas.

Me recogieron en el suelo y me llevaron al catre, entre el llanto de mamá, el susto de Pepito y las voces de mi padre.

Era yo como un saquito de huesos que pugnaban por desunirse. Momón me acompañó todo el día y papá se estrujaba las manos mientras llegaba Simeón, a quien mandara buscar.

Y eso, eso era la paz: la somnolencia gruesa, las puertas muertas, la luz borracha, las historias de Momón y el silencio grave de los otros.

Pero una noche...


***

Llovía; llovía sobre los montes, sobre el camino, sobre los ríos. La lluvia cerraba los horizontes distantes y cubría las distancias cercanas. El agua tamborileaba sobre el zinc, roncaba en el alto espacio negro y llenaba de rumores la vasta casa de madera.

En mi habitación estaban, bajo la rubia luz de gas, mi padre y Momón, mamá y Pepito. Momón se había sentado sobre una caja vacía; tenía los codos en las piernas, la cabeza entre las manos, los ojos entornados, y hablaba:

—Ese era un monteo muy serio, don Pepe. No más hizo la noche dentrar y ya estaba negrecita como fondo de paila. A Blanquito le dije yo: “Mire a ver, compadre, si colgamos las hamacas en buen palo”. Pero él dizque ni se veía las palmas de las manos. Me costó a mi dir tentando los troncos; entonces se le ocurrió a él prender candela. Sacó del seno una cuabita que teníamos, la quemó con un fósforo y recogió unos palos. iCristiano! ¿Quién lo mandaría a hacer eso? Estaba la candela lo más alegre y nosotros contentísimos, cuando en eso oigo un pitido. “Compadre Blanquito —le dije—, prepare su carabina, que para mí andan las reses por ahí”.

Momón contaba una historia de montería.

Era en las altas lomas de Bonao, hacia el sur; aquéllas son tierras negras como el hierro, de tan tupida vegetación que el sol cae muerto de cansancio sobre los recios árboles antes de poder besar el suelo. Por entre aquellos troncos espesos andaba Momón con un tal Blanquito, en busca de reses cimarronas.

Decía Montón que estaba deshecho y que le abrumaba el monte, cerrado de árboles. Allí estaba la candela tratando de abrirlo, cuando sonó a su vera el rugido del animal. Momón seguía:

“Compadre Blanquito, asegúrese con esa carabina, que lo tenemos arriba”; y él como si tal cosa, acostado al lado de la lumbre, con su cachimbo en la boca y mirando para arriba.

Allí estábamos todos tan silenciosos que el ruido de la lluvia se quedaba con toda la casa, se metía por las paredes, rodaba por el piso, arañaba el zinc. Pepito, papá, mamá, yo, los cuatro éramos sólo oídos y ojos. Y Momón seguía sin moverse, cambiando de voces, los ojos entornados y las manos en las mejillas.

—Cuando quiso darse cuenta, estaba el animal paradito a la vera de nosotros con los ojos prendidos y dos chifles como dos sables. ¡No quiera usté saber el susto que me di, don Pepe! Cogí la carabina con una mano y con la otra jalé a Blanquito y en lo que se revuelca un burro ya estábamos nosotros arrinconados. El diache del animal era el mismo diablo, don Pepe: un toro más grande que yo, berrendo en negro, con un yunque como el tronco de una ceiba. Nosotros rompimos a correr por entre los palos y él a largarle pezuña a la candela. Saltaban las brasas arriba de él, y él metiéndoles cacho. Muertos del susto estábamos y sin poder correr por entre ese monte más negro que el carbón y tupido de bejucos. Yo quería flojarle un tiro; pero no díbamos a poder desollarlo esa noche, contimás que esos pájaros son muy delicados, y donde usté mata uno se arremolinan todos a pitar y gritar. Yo estaba, don Pepe, con el corazón en la boca. Los perros ladraban, saltaban y se le diban encima al animal y él ni caso les hacía. En una de ésas un cachorro muy bueno que llevábamos se le acercó más de la cuenta, se viró y le clavó el cacho entre la barriga; le sacó las tripas enteritas y se las pisoteó el muy condenado.

Callaba Momón, para recordar y descansar, y mandaba la lluvia. Entraban retazos de viento, se medio caía la luz.

—Esa noche la pasé en claro, don Pepe. Cada vez que se movía un palo estaba yo parado, con la carabina entre las manos. Los perros se mantenían ladrando y ladrando. En eso empezó a caer un agua templada. Entonces si era la cosa de a verdad. A mi compadre le dije: “Ahora si nos fuñimos, porque con este tiempo no hay quien montee”. Aquel demontre de hombre era hasta su poquito haragán. ¿Sabe lo que me dijo? Que él lo que tenía era gana de dirse. ¿Usté ha visto? Bueno..., hay gentes que no son personas. Teníamos las monturas en Arroyo Toro y dende el amanecer estábamos en el monte. "Pero compadre —le dije yo—, ¿cómo vamos a estar un día y una noche caminando en el monte, muertos de miedo, para volver a casa sin una tajadita de carne?".

Momón sonreía; sonreía y miraba a mi padre.

—Hay gentes que no son personas, don Pepe...

En eso: clom, clom, clom.

Mamá miró en redondo; papá irguió la cabeza y se murió para todo aquello que no fuera el ruido; Momón se puso de pie, llenando de sombras un rincón.

—Están llamando —dijo.

Y padre y él salieron, mientras madre los veía desde la puerta. Oíamos cuando la abrieron y los oímos retornar enseguida. Entraron con un hombre bajito, oscuro y sólido. Sacudía el sombrero contra los pantalones, desde los que caía el agua a chorros. Una sonrisa ancha, amarilla y sana le ponía los pómulos altos.

—Siéntese —dijo padre.

Pero el hombre se miraba los pantalones, las manos, la camisa: se le veía que no quería mojar la silla. Papá insistió y él se sentó en la caja que ocupaba antes Momón, bajo la horadante mirada de mi madre. Estuvo buen rato callado, ojeándonos, observándonos. Esperábamos que iba a pedir posada, a decir que no podía llegar a su destino con semejante tiempo; pero nos sorprendió a todos, preguntando de pronto:

—¿Es usté don Pepe?

—Sí.

Padre se acariciaba el bigote.

Tengo que decirle una cosa; pero... Papá le invitaba:

—Diga, diga.

—Es a usté solo —rezongó él.

Madre quemaba a papá; Pepito quemaba al hombre; Momón quemaba a madre; entre todos me hacían arder.

—Dígalo aquí, no tenga miedo —recomendó padre.

—No, don Pepe; es asunto delicado.

Padre nos señaló:

—Estos son mis hijos, ésta es mi mujer; éste es de la casa.

El hombre alzó unos ojos dudosos hasta Momón.

—¿De dónde viene?

Era papá quien había preguntado.

—De arriba —dijo, señalando indecisamente hacia el este.

—¿Del Bonao?

—No me comprometa, don Pepe.

El hombre tenía la cabeza baja y le daba vueltas al sombrero, con aquellas manos gruesas, cortas.

—No tenga miedo; diga.

Entonces el hombre alzó la frente.

Usté tiene aquí un caballo rosillo. Papá dijo que sí con la cabeza.

—Bueno, yo vengo a buscarlo.

Momón comentó:

-Anjá... vuelve la fiesta.

-¿A buscarlo? —inquirió madre.

-Sí, a buscarlo. Ustedes saben ya...

Padre se puso de pie.

—Venga —ordenó al hombre.

Y por la estrecha puerta lo llevó al comedor, por donde andaba rodando el ruido que la lluvia metía bajo el zinc.

Cuando volvieron, escondía papá los ojos, pero se notaba que desde ellos se le estaba cayendo una mortificación.

—Momón —dijo—; necesitamos buscar el rosillo del general.

—¡Concho!... Con esta noche sí no creo que lo topemos.

Padre tenía una mano embolsillada y la frente caída.

—Pero este hombre no puede esperar a mañana.

El recién llegado tenía los ojos regados en toda la cara.

—No puedo, no; tengo que dirme esta noche sin falta. Y hasta suerte a que está lloviendo...

Mamá cortaba al hombre a miradas.

—Bueno... —Momón se había sacudido las manos— Yo voy a buscarlo, si hace falta.

—Pero usté está enfermo, Momón —objetó mamá.

—¡Falta que hace Mero aquí! —lamentó padre.

Efectivamente, hacía falta; sólo él conocía como su casa el pedazo de potrero donde estaba el caballo rosillo; tanto lo había caminado que a tientas podía meterse en él sin tropezar y sin torcer el rumbo.

—¿Sabe dónde duerme siempre? En el tronco del higüero.

—¿Para allá? —Momón señalaba al oeste.

—No, papá; no —atajó Pepito.

Su manecita hablaba tanto como su boca. La voz se metía como punta de cuchillo en aquel roncar terrible de la lluvia.

—Ayer tardecita estaba por los alambres que dan al caimito.

Padre se rascó la cabeza. ¿Dónde diablos estaría ahora ese animal? Y aunque fuera de día, ¿no era una barbaridad meterse entre las altas yerbas de páez, bajo la loca lluvia, a buscar un caballo que estaría escondido sabe Dios en qué rincón?

El recién llegado se adelantó, siempre en las manos el sombrero.

—Enséñeme dónde está el vaso, que yo lo busco.

Madre ya no pudo impedir que sus ojos destruyeran al intruso.

***

Supimos que volvían porque la lluvia no pudo ahogar el chapoteo del caballo en el patio. Momón entró tiritando. En la puerta de mi habitación lo sacudió una tosecita menuda. Dijo que había costado trabajo encontrar el animal; pero que aquel hombre era endiablado: ni que se hubiera criado en el potrero: lo anduvo de arriba abajo, sin tropezones, sin “equivocos”.

Papá estuvo hablando con él allá en el almacén. A poco de haberse ido, me fui metiendo en el sueño suavemente, como una hoja seca que planea desde el árbol al camino. Sé que desde lejos me llegaba la voz de papá:

—Otra vez estos líos, otra vez.

II

Durante dos días estuvo Momón quejándose: decía que sentía la cabeza crecida y que “un viento malo” se le había metido en la espalda. Al tercero no pudo levantarse y cuando padre fue a ver qué le pasaba lo encontró ardiendo de fiebre, rojo, resecos los labios y brillantes los ojos. Tosía y tosía sin descanso; a ratos le oíamos gemir; a veces hablaba de manera atropellada y en alta voz. Deliraba, cocido por la calentura traidora.

Mamá se mortificaba; recogió yerbas viejas, especias y no sé qué más; se metió en la cocina y volvió después con una tisana. Papá no quiso que la llevara ella misma, arguyendo que debía cuidarse por nosotros. Decía él que más tarde o más temprano, Momón estaba llamado a morir del pecho, porque aquel balazo le había malogrado un pulmón.

Yo no entendía qué quería decir él con eso de “morir del pecho”. Sólo sentía la enfermedad de Momón porque me hacía falta: él arrullaba con sus charlas mi sueño; él me acariciaba la quemada cabecita, cuando la enfermedad me removía las entrañas; él me velaba; él me cantaba merengues movidos; él me cargaba cuando, estando aliviado, me emperraba en ver el patio o los potreros. Estaba quebrantado, tirado en el oscuro almacén, a solas con su dolor, gimiendo y retorciéndose, y a mí me dolía su soledad. Le había hecho daño aquel corretear de noche en busca del caballo, bajo el agua; y según entendía por las palabras de papá, nunca más se levantaría del lecho. Con muchos días de anticipación lloré sin consuelo la muerte que le anunciaban a Momón.

Antes de la semana estaba flaco, descolorido y laso. Los huesos de la quijada, los de la sien y los del hombro le hacían filos. Tenía la mirada humilde y despavorida; los labios amarillos e inmóviles. Seguía tosiendo y al hacerlo se agarraba el pecho con dedos crispados. Carmita venía a diario; Simeón le acompañaba en las primas noches y trataba de alegrarlo con cuentos picarescos; mamá seguía haciéndole tisanas; pero papá se mantenía alejado y no quería que nosotros entráramos al almacén. A menudo murmuraba con mamá, en la cocina o en el patio; aquellas murmuraciones se referían a la inconveniencia de tener a Momón en casa.

Estando así, abrumados todos por el malestar de aquel hombre, a quien habíamos recogido herido sin sospechar que íbamos a quererlo; llegó una tarde Mero. Entró vociferando desde el portal, llamando a gritos. Padre le abrazó con efusión y mamá puso la cara de fiesta para recibirle.

—El viejo les manda muchos recuerdos —fueron sus primeras palabras.

Tenía la boca colmada de alegrías y enseguida empezó a contar cosas del abuelo, el patriarca de Río Verde. Estaba bien de salud, aseguraba Mero, pero vivía comiéndoselo la rabia, porque una tropa del gobierno que pasó por allá, camino de Licey, le había llevado un caballo y tres novillos. El viejo pataleó cuanto pudo, dijo que los tales animales no se los sacarían de su casa estando él vivo. Oía yo a Mero contar y me parecía ver al abuelo, chispeantes los ojos, quietos los brazos y soltando por la boca toda clase de insultos. La tropa dizque veía a sus jefes atareados con el viejo, y reía a escondidas; pero los oficiales lograron, tras mucha adulación, sacar el caballo y los novillos a cambio de un vale en el que le aseguraban que los animales serían religiosamente pagados al terminar la revuelta. Abuelo consintió y pegó el vale en la pared, para mostrarlo a las visitas y tener un motivo real que justificara sus desahogos, que no eran pocos, por cierto.

Madre y padre oían la historia complacidos; Mero tenía una expresión bulliciosa, infantil y agradable. Contó que el sobrino había estado a las puertas de la muerte; pero que él consiguió una curandera que lo salvó con sopas de auyama y unas friegas de no sé qué hojas maceradas en aguardiente. Hablaba por los codos, como quien teme no poder decirlo todo. Fue al cabo de un rato cuando preguntó por Momón.

—Está muy delicado —sopló papá bajando la voz.

—¿Delicado?

—Sí; se mojó hace unas noches y para mí está malogrado ahora.

Mero movía la cabeza en redondo, manifestando su pesadumbre; casi sin hablar le indicó mamá que estaba allí, en el almacén; y con pasos livianos, destocado, respetuoso, igual que quien se acerca a un cadáver, Mero fue entrando hasta detenerse junto a Momón. Le contempló apenado, movió los labios en un gesto cansado y dudoso y tomó de la misma manera para decir:

—No lo salva nadie, don Pepe.

Yo sentía que otra vez me nacía adentro un dolor lacerante, un desconsuelo incolmable. Rompí a llorar, tratando de ahogar los sollozos con la almohada para que no me sintieran, mientras en la cabeza me golpeaban aquellas palabras crueles:

—No lo salva nadie, don Pepe.

En la noche se reunieron en el comedor papá y Mero, Simeón y mamá. Yo pedía que me levantaran, medio calmado ya, y me llevaron después de haber cerrado la ventana, por donde entraba un airecillo fresco.

—Hubo un pleito duro en Licey —dijo Mero.

Parece que la revolución trató de detener los refuerzos que iban al pueblo, los mismos que la desbandaron pocos días después, y que los encontró en Licey, donde, según Mero, se enredaron en una batalla ruda, sangrienta y larga. Cuando él llegó a Río Verde encontró todavía huellas de la pelea: heridos, ropa ensangrentada en algún bohío y tumbas frescas. Triunfante el gobierno, entró y se llevó lo que encontró a mano: hombres, cerdos, víveres y hasta una muchacha que se fue tras el oficial. La verdad era que allí no habían sufrido la guerra mayor cosa.

Nosotros le oíamos atentos. El acababa de callar cuando saludaron en la puerta. Mero se incorporó sin aspavientos y salió a recibir al viejo Dimas, que ya tenía un pie sobre el piso.

—Por allá vide a sus muchachos —dijo.

El viejo se quedó agarrado al marco, tembloroso y serio. Quería reír y se esforzaba en no hacerlo; quería llorar, quería abrazar al que le daba nueva tan feliz... Pero fue metiéndose en el comedor poco a poco, buscó a tientas una silla, cruzó las piernas y sólo preguntó, con una voz borrada:

—¿Los vido?

—Vienen para acá pronto —respondió Mero. Todos rompimos en inquisiciones atropelladas. Mero explicó que estaban sanos, aunque tristes; uno, el menor, se había dado bravo y le gustaban los tiros; al otro le habían hecho un rasguñito en una pierna, cosa de nada.

Anhelante la mirada, entreabierta la boca, el viejo le escuchaba sin hablar y sin moverse.

—¿Y dice que vienen pronto? —habló al rato.

—Sí —aseguró el otro—. Los van a licenciar.

Dimas pegó los codos en ambas rodillas, bajó la cabeza y empezó a comentar:

—Lo que es el diablo... Mis muchachos metidos en esos líos.

Se le iluminaba la frente con el contento; y a lo largo de la conversación estallaba en risas sin motivo aparente.

***

Por la mañana, bien temprano, se juntaron en el patio de casa el alcalde y Dimas, Mero y papá. Los tres primeros tenían machetes; Mero estaba todavía con la alegría de la vuelta; Dimas tenía la que él le trajo. Pidieron café y se fueron.

A medio día, cuando retornaron, supimos que habían estado arreglando el bohío donde dormía José Veras. Le chapearon el frente y los lados, le remendaron el techo con yaguas nuevas, le aseguraron las tablas falsas y le pusieron trancas en las puertas. De donde Simeón trajeron un catre medio viejo, algo sucio de polvo y telarañas, y Mero lo llevó allá, después que hubo comido.

Yo no sabía qué querían con tales remiendos y composturas; pero en la tarde, entre Dimas y Simeón tomaron a Momón, que ya era apenas un hacinamiento de huesos de los que salían quejidos interminables; le sujetaron por debajo de las axilas y bajaron con él al camino real.

Cuando me asomé a la puerta, iban más allá del Yaquecillo. El enfermo se desmadejaba, incapaz de tenerse.

Por mamá supe que se había hecho menester hacerlo, porque vomitaba sangre y eso era peligroso.

***

A las preguntas de cómo le iba, contestaba papá:

—Viviendo.

Y así era en realidad. Aquella palabra, seca y estática, expresaba en todo su alcance el estado de ánimo en que nos hallábamos; lo explicaba con la mayor sencillez, con una limpieza que no detenía el entendimiento. “Vivíamos”. Entre días, por hacer algo, papá y Mero revolvían el almacén, llenándolo de polvo; ensacaban el maíz, estibaban los andullos, enseronaban el café. Decía padre, como justificando su innecesaria actividad, que había que ir preparando un próximo viaje, el que haría tan pronto como volviera la Mañosa. Ya no podía tardar puesto que el general había mandado por el caballo; pero el hecho de pedirlo de manera tan discreta, tan escondida, tenía una significación enorme. Sospechábamos que él retornaría pronto y la sospecha nos abrumaba, es decir, abrumaba a papá y a mamá, que a Pepito y a mí lo que nos preocupaba era la seriedad con que ellos comentaban sus recelos.

Cuantas veces les era posible, se detenían secreteando, en el patio, en la casa o en la cocina. Se conocía que nadie debía darse cuenta de lo que hablaban. De noche les escuchábamos rumorando en su habitación, discutiendo en voz baja, hasta que la oscuridad ahogaba el insomnio. A nosotros nos llegaban retazos de esas conversaciones:

—Dios no lo quiera... Es que esta gente se ha vuelto loca... De momento el general le da un susto al gobierno...

Pepito, que entendía mejor que yo, me iba explicando los alcances de esas frases. Yo comprendía apenas, y me alegraba pensar que tendría otra oportunidad de ver al general, y que tal vez con su vuelta curaría Momón o que retornaría José Veras.

Cierto día, como epilogando una de esas conversaciones importantes, madre le dijo a papá, cuando estábamos comiendo:

—¿Por qué no volvemos a Río Verde?

—¿A Río Verde? —preguntó padre muy extrañado.

Explicó a seguidas que ya había estado allí un tiempo y que no era justo molestar al abuelo; que en aquella época había motivos, pero no entonces. Mamá le discutió algo, tratando de convencerle, y se levantaron de la mesa exponiendo cada uno su punto de vista.

Creyente con una fe infantil, al volver a mi habitación me hinqué y, lleno de fervor, le pedí a San Antonio que hiciera posible nuestro viaje a Río Verde. Me gustaba aquel campo; pero me gustaba de una manera honda, difícil de explicar. Encontraba que allí se me volvía pesada de felicidad el alma; que una confianza inexplicable me poseía al lado del abuelo. El era duro para con los hombres, pero conmigo se hacía tan tierno como el ala de un ave. Tenía aquel viejo agrio una manera original de entretenerme y enseñarme; sus historias estaban salpicadas de explicaciones útiles; sus regaños eran mesurados y juiciosos. Nunca decía: “porque me da la gana”, sino “por tal cosa”, “por tal razón”.

El mismo lugarejo era encantador, recatado. silencioso; más poblado que el Pino; con más niños de mi edad, un río bastante robusto y una vegetación rica en árboles frutales, diversa y henchida. Todo allí parecía vivir jocundamente, con placer de estar vivo.

Río Verde no estaba echado, como el Pino, a la orilla de un camino común, sino que tenía uno para sí, uno que terminaba poco más adelante de la casa de mi abuelo; un camino que se desprendía del real, lo que evitaba vivir con el ojo de todos los caminantes puestos sobre uno.

Estuve acariciando el sueño de volver allá, y ya me sentía flojo de pesadumbres, seguro, ágil de cuerpo y alma, a distancia de las fiebres y de la gravedad de Momón, de la ausencia de la Mañosa y de la preocupación de mis padres.

Pero a la hora de cena, como mamá tocara de nuevo el tema, papá le contestó de manera definitiva, diciéndole que no había que pensar más en ello.

—Aquí dejo los huesos antes de volver a considerarme un derrotado —dijo.

Le lucían los ojos de extraño modo; y yo sentí que adentro se me elevaban los escombros de una ruina nueva.

III

Con una recua que, cargada de lodo, compuesta por caballos descarnados y dos hombres turbios, pasó por el Pino, según parecía, procedente del Bonao, se enteró Simeón de muchas cosas que nos contó esa noche, en la cocina pálida y discreta.

—Esa gente que diba en derrota —explicaba él— cogió por estas lomas, porque después les era fácil descolgarse y caer en el Bonao. Ahora dizque están por volver a lo suyo y asigún noticias que me dieron el general Fello Macario no ha sacado la cabeza todavía. Ustedes verán como el diablo se menea otra vez.

Papá, que tenía su temor, que presentía muchas cosas y que trataba de esconderse a si mismo tales presentimientos, empezó a echarle nudos a la conversación.

—Yo no creo que sea posible eso, Simeón. La revolución quedó deshecha para siempre. Fue un golpe muy duro...

—Creerá usté eso, compadre; pero yo que conozco las vueltas del mundo le aseguro que vuelven, y si vuelven no los para nadie.

—¡Jum!

Dimas gruñía. Sus hijos estaban en el pueblo; permanecían atados a la suerte de la paz. Cuantas veces se quebrara ésta, se le quebraba a Dimas el corazón.

—Pa mí que debieran dejar ya esas caballás. Total, nosotros no cambiamos si no es para mal. Sube éste, y el precio del tabaco igual; sube el otro, y lo mismo. Lo más que pueden hacer con nosotros es reclutamos y llevarnos a un pleito pa que nos maten como a perros. Cuando están por armar sus desórdenes, todo se les vuelve ir de casa en casa, diciendo que nosotros los del campo somos los hombres, que si la revolución triunfa nos salvamos, que si esto y que si aquello.

La cara patriarcal y conforme de Dimas se llenaba de una amargura plena, de un aire de dolor impresionante por lo callado.
—Suerte he tenido yo —comentaba Mero—. Andando arriba y abajo y siempre me he salvado de una recluta de ésas.

Y agregaba:

—Por allá, por casa, todos perdían el juicio por andar con su revólver y caer en una desocupada... Gracias a Dios, nunca he usado eso.

Con nadie me meto pa que no se metan conmigo, y no le ando atrás a ningún general de ésos que entusiasman a uno, y después, cuando suben...“si te he visto no me acuerdo”.

Padre, aprobando con la cabeza, mantenía una expresión cerrada.

—¿Pero volverán?

—Sí, compadre —hablaba Simeón—; vuelven. Todo es que Fello Macario toque una corneta.

—Hombre endiablado... —decía Dimas.

Así era: hombre endiablado, que no sabía vivir si no era volcando sobre la tierra montoneras de vidas; que removía los más oscuros instintos de sus prójimos y los arrastraba tras la cola de su caballo rosillo; que había nacido capitán como José Veras había nacido ladrón.

***

Muerto parecía el campo; lánguidos los caminos; innecesario el cielo; sobrante el sol. Las fiebres se me crecían dentro de la carne otra vez; me lanzaban en abismos de delirios; me hacían la sangre agua.

Papá meditaba cerca de mi catre; mamá correteaba de la cocina a la casa; Simeón chupaba su roñoso cachimbo; Dimas movía la cabeza, como si hubiera sido la rama de un árbol. Entre sueños oí decir que Momón se secaba por momentos, y que ya apenas le quedaba un rinconcito de vida en aquellos pulmones destrozados. También él estaba padeciendo, en su bohío, a solas con aquel pensamiento radiante: “Dígale a mamá que yo toy bueno y sano”.

Siempre, como una pesadilla, oía esas palabras y le veía en el instante en que se movió para decirlas. Quería hacerme la idea de su madre y me la figuraba igual a una vieja que conocí en Río Verde: Eloísa, Eloísa la de frente a casa; Eloísa, chiquita, arrugada, que andaba meciéndose y se mantenía cubierta con un chal negro de burda tela. En mis delirios se asomaba esa madre ignorada, la cual estaría esperando en el Bonao la vuelta del hijo que “estaba bueno y sano”.

Había momentos en que la fiebre me enloquecía materialmente; empezaba sintiendo que me alzaba lentamente de los pies y que la cabeza se me iba haciendo grande, grande, grande. Des pués se me tornaba pesada y tenía la impresión clara de que el cuerpo se alargaba fantásticamente. Más tarde me parecía que el cuerpo empezaba a evaporarse, perdiéndose en el aire, desdibujándose, hasta que sólo quedaba sobre el catre una cabeza descomunal, roja, monstruosa. Unos sueños macabros empezaban a rondar en torno a ella: aves gigantescas, mariposas de alas duras y enormes... Una culebra de escamas rojas y verdes se iba arrastrando poco a poco, con mirada ansiosa y temible... Gritaba, hablaba, daba voces. Mi padre y mi madre acudían, pero se transformaban en seres pavorosos; estiraban los brazos para ayudarme y aquellos brazos se tornaban visiones dantescas; hablaban y sus palabras tenían sonidos fúnebres, extraños.

Por lo regular, despertaba frío de miedo, con la garganta repleta de gritos. Miraba en redondo, y todavía con los ojos abiertos sentía que tenía a mi lado las multiformes pesadillas que me asediaban antes.

Mi madre me untaba aguardiente con romero; me hacía oler ajo, por si tenía lombrices; me acariciaba y me hablaba con voz doliente. Cerca estaba padre, gruesa la expresión y en la mano la frente.

Cuando las fiebres cedían al cuidado de mamá y podía levantarme, era tan débil como la llama de la vela expuesta al viento. Sentía la voluntad anulada y me parecía vivir lejos de mi propio cuerpo. Entonces amaba el sol, sobre todo el sol; me divertía cualquiera futileza, adoraba los colores, el canto de los pájaros y las flores. Con pasos inseguros caminaba por el patio, me iba hasta el naranjal a recoger azahares, me apoyaba en los espeques del portón para avizorar el camino.

En un cuerpo nacido, años antes, empezaba a aposentarse la vida de nuevo; todas las cosas aparecían por primera vez ante mis ojos asombrados; el amor me colmaba el pecho, un amor vasto y tranquilo, para las piedras y los animales, para las plantas y los hombres, para la tierra y para el agua... Un amor... Un amor que no se siente a menudo y que lava el alma, la purifica, la eleva.

IV

-¡Lo peché! ¡Lo peché! Ahora yo me voy, don Pepe; tengo que andar apurando el paso porque no quiero que me alcancen esos condenados. La Mañosa viene por ahí. Usté no la va a conocer, don Pepe.

José Veras montaba un caballo “melao” que espumeaba por la boca y chorreaba sudor. Era justamente el mediodía. Arremolinados a su vera, nosotros hacíamos coro a su prisa con gestos e interjecciones. Papá, más que con la palabra, preguntaba con los ojos.

José venía de allá, del Bonao. Había estado buscando a aquel hombre con una constancia feroz; lo había encontrado, y el cuchillo se le fue entero en la carne del otro, por la tetilla. Ahora tenía que huir, que tirarse hacia remotos parajes, hasta que perdieran el odio los hermanos del difunto. Pero aquéllos serían también como él, vengativos y crueles, porque nadie, absolutamente nadie les sembró en el pecho, cuando eran niños, la semilla de la generosidad.

De pequeños los harían rezar, y alguna vez los llevarían al pueblo para que confesaran. Y es seguro que el cura les hablaría del poder de Dios, de la venganza divina, del castigo de los cielos; pero ellos nunca habían visto descender un rayo sobre la cabeza de un malvado, ni en el momento de cometer un crimen ni después; nadie les dijo que los otros hombres veían, como ellos, y que no debía destruirse tan precioso don; nunca les enseñaron... Ellos procedían devolviendo con mal el bien que no les habían hecho.

José Veras jamás había temido; tenía una conciencia sorda, en la que acumulaba odio tras odio. Esa vez huía porque le perseguían y la persecución era justicia, personal o no, pero era justicia. No temía a los hombres, sino a la justicia que ellos querían hacer en él.

No quiso dejarnos hablar. Alzó una rama fuerte que tenía en la mano, arreó la montura y se alejó. Cruzó el Yaquecillo al trote, chispeando de agua las piedras y las orillas.

De pie junto a la puerta, le vimos perderse en el recodo. Padre volvió la vista, cargada de pesimismo, y tropezó con la de mi madre, húmeda, desolada. Entramos.

***

Esperamos una hora, dos, tres... La Mañosa no venía. Caminando del patio al comedor, del comedor al portón, las personas que frecuentaban la casa discutían y comentaban la actitud de José Veras. No había habido lugar a explicaciones y nadie sabía a qué atribuir aquello de que la mula venía atrás y de que no la conoceríamos.

La tarde se iba consumiendo entre conversaciones pesadas y lamentaciones, cuando Pepito, que jugaba en el camino, entró dando voces y diciendo que traían la mula. Se olvidaron de mí y se lanzaron todos al portón; yo logré abrirme paso por entre las piernas de papá. Estacionados todos allí, discutían que si era ella, que si no era ella. Una mula venía, cierto; pero se trataba de un animal esmirriado, flaco como un machete, de pelambre descolorida y escasa. Traía paso lento, haragán, y la montaba un hombre canijo, a quien se le veía el aburrimiento de lejos. Cuando mula y jinete se fueron acercando, aquélla fue alzando las orejas con trabajo y aparentaba estar cobrando aspecto más vivo, más alegre. Papá dijo:

—No es ella, pero...

Simeón, quitándose el cachimbo de la boca, sujetó a padre por un brazo y aseguró:

—¡Esa es la Mañosa, compadre!

—¡No! —roncó papá.

El mismo trataba de engañarse; porque aquello que le traían era un despojo, y su Mañosa no podía ser tal cosa; él no se resignaba a la idea de que le hubieran convertido el animal en tan lamentable esqueleto.

Sin embargo, era ella, la Mañosa, la misma. La reconocimos cabalmente a diez pasos, más que por otra cosa, por la expresión regocijada que le reanimó la cara al oler sus potreros y al vernos de nuevo. Pero no podía tenerse. Los huesos de la cara cortaban; sobre los ojos tenía dos huecos profundos; traía las orejas caídas; las costillas de relieve, las ancas afiladas. Le habían cambiado el color, por el lodo, por lo reseco del pelo y sobre todo... sobre todo por aquella terrible culebrilla que no le pudimos notar sino estando pegados a ella; por aquella culebrilla que le había vuelto llaga toda la pata.

—Pero... ¿Cómo es esto, cómo es esto? —sollozaba casi mi padre, sujetando a la Mañosa por la jáquima y al hombre por una pierna.

—¿Qué le ha pasado a mi mula, qué le ha sucedido? —preguntaba con una voz dolida, amarga.

El hombre nos miraba desde su aparejo, un aparejo desflecado que traía por apero. Su expresión era estúpida, infeliz.

—Me entregaron esta mula para que la trajera —dijo.

—Apéese, amigo; apéese —recomendó Simeón, tratando de evitar que explotara el enojo de mi padre.

El se dejó caer, se sacudió los fondillos y saludó quitándose el sombrero. Todo lo hizo con un aire de perfecta idiotez.

Padre contemplaba a su mula y se le aguaban los ojos.

***

En la sombra húmeda del naranjal, la mano puesta sobre el anca de la Mañosa, Mero monologaba. Desde el corazón le subían, en una creciente incontenible, todas las palabras tiernas que tenía sepultas, las que no les decía a los sobrinos ni a la hermana, las que él hubiera deseado secretear al oído de la novia. Aquel extraño sentimiento que le torturaba le hacía suponer en la Mañosa capacidad humana, sensibilidad humana.

Pepito y yo silenciábamos, respetuosos; Mero espantaba con el sombrero las moscas que ronroneaban sobre la llaga. El animal, poseído de una lentitud religiosa, movía el rabo y la cabeza, trataba de acariciarse la carne enferma, miraba con los ojos fúnebres...

—Consígame un poco de cal, Pepito —dijo Mero.

Ido mi hermano, siguió a solas:

—Estás muy mala, Mañosa. Esos condenados te han dejado en el hueso y de ñapa con una culebrilla que te está matando...

Hablando sin mirarme, siempre la mano en el anca, compungido y respetuoso:

—Yo voy a procurar curarte; pero si la Virgen no me ayuda...

Incapaz de comprender bien a Mero, yo le oía sin ponerle atención. Me llegaban voces de la cocina y me daba cuenta de que allá trataban de hacer hablar al hombre.

Pepito vino corriendo, mancha blanca sobre el fondo descolorido de la casa y el patio. Traía cal y creolina. Mero tomó la primera en las dos manos, las puso altas, sobre la carne viva del animal, y apretando el blanco polvo entre las palmas, lo fue estrujando lentamente. La cal caía pintando la costra hedionda de la culebrilla. La bestia movió una pata, le tembló toda la piel, alzó la cabeza...

—Malo —dijo Mero.

Y se quedó mirando lejos, lejos. Se recostó en un tronco de naranjo. Nosotros le hacíamos coro a su ausencia.

Papá se acercó, preguntando de lejos.

—No se salva, don Pepe —le contestó Mero.

***

Sospechaban en casa que aquel hombre callaba mucho porque sabía demasiado. Aparentaba ser distraído; pero a la hora de cena puso toda su atención en lo que servían. No quiso sentarse a la mesa, sino que ocupó una silla pegada a la pared, encaramó los pies en el travesaño, tomó el plato con una mano y se lo llevó a la altura de los ojos. Se metía cucharas repletas en la boca golosa y contestaba con gruñidos a las preguntas que padre le dirigía.

Era él delgado y amarillo como la naranja seca; la nariz fina le limaba todo el aire de imbecilidad que le daban los ojos, apagados, pequeños y sosos. Tenía los pelos de la barba y el bigote escasos y crecidos, así como los de la cabeza, brillantes, grasosos, que le cubrían el pescuezo y le caían en mechones sobre las orejas.

Chocaba verle sin armas, cosa inusitada aún en los más pacíficos hombres; vestía sucia camisa amarilla, pantalón azul, duro, corto y estrecho, y un sombrero de cana. Cerca de él se respiraba un olor desagradable, que tenía mucho de animal y mucho de basura podrida.

A la hora de dormir se arregló él mismo un nido en el almacén, siempre silencioso, y se retiró hasta que se asomó la madrugada por encima de la Encrucijada. Por la mañana tenía cara más dispuesta, saludó con cierta confianza y se fue a la cocina a pedir su café como si tal cosa. Ya en la tarde empezó a echar los primeros párrafos con Simeón.

Hablando se le fue quitando el miedo o la timidez, y hablando fue soltando cabos, que padre y madre, Dimas y Mero anudaban. Hubo un momento en que el alcalde hizo una pregunta, a simple vista, curiosa:

—¿Cuándo sigue para el pueblo? —dijo.

El hombre movió la cabeza y le sacudió algo el cuerpo. Miró por entre el entrecejo y se pellizcó la palma de una mano. Estuvo buscándose espinas por la muñeca, disimulando. Al fin dijo:

—Yo no voy al pueblo.

—Anjá... Yo taba creyendo que sí —comentó Simeón.

Padre se encerró en algún pensamiento oscuro.

—Entonces ¿para dónde va usted? —preguntó de repente.

—Bueno... —el hombre rompió a reírse— Bueno... Yo me vuelvo pa casa.

Señalaba la dirección que le había traído, el camino que había dejado atrás. Padre aumentó su confusión cuando insistió:

—¿A usté lo mandó el general, el general Macario?

—¿A mí?

El hombre se señalaba el pecho y miraba extrañado. Mamá cruzó por delante del fogón, puso los brazos en jarras, se quedó viendo al hombre y le interrogó, con suave voz:

—¿Por qué trajo esa mula aquí? ¿Quién se la entregó?

—¡Ah! Asunte ahora... ¿Y el diache de José Veras no se lo explicó a ustedes?

—No —dijo papá, interesándose más.

—Y así son las cosas, don. Yo toy aquí, como quien dice viviendo, y ustedes no saben quién soy ni pa qué sirvo. Yo creía que ese diablo de hombre...

—José Veras no dijo nada —repitió padre.

—Bueno, entonces...

—Cuente, amigo.

***

Era aquella una historia que comenzaba atrás y en Licey. No estaba claro por qué quisieron matar a un hombre en un baile; pero sí estaba claro que José Veras le defendió, machete en mano. Al otro día, en un callejón cualquiera, uno de los agresores apareció muerto, horriblemente apuñalado. El hombre tuvo que huir y tomo rumbo hacia arriba, hacia la salida del sol. Eran locos los tiempos y el trabajo apenas producía. Así fue como él se dedicó a vender animales, caballos, reses, cerdos. Le tomó cariño al oficio y acabó haciéndose de las bestias sin dar nada en cambio. Por senderos escasos, caía al otro lado de la cordillera y por allí vendía sus presas.

El general Fello Macario llegó un día derrotado, perseguido por el gobierno, y buscó refugio en las orillas del Bonao; no le era difícil conseguirlo, porque le querían todos. La montura del general era una mula pretenciosa, parejera, bonita. La había cambiado por su caballo rosillo, que había dejado herido en el camino.

—Guárdeme esta mula aquí —le dijo el general a un amigo—. Cuídemela, que yo la mandaré buscar.

Fello Macario solicitó un animal cualquiera y con algunos compañeros se internó por las vueltas de Arroyo Toro. José Veras no se le desprendía del lado. El general estuvo mandando recados, día y noche, y a las tres semanas reunió a los compañeros.

—La costa está lista ya —dijo.

Encargó a José Veras que volviera a buscar la mula y que la llevara él mismo al Pino. José Veras bajó, solicitó el animal y encontró a la gente desconcertada: alguien había robado la Mañosa.

José se rascó el pescuezo, movía la cabeza; al cabo dijo:

—Ahora si se pone malo el asunto. Yo vine aquí atrás de un hombre y no me voy sin conseguirlo; pero ahora tendré que sabanear también la mula.

Volvió a donde el general.

—Se han robado la mula —explicó—; así es que déme cinco días pa buscarla, porque yo no me le presento a don Pepe sin ese animal.

A pie, hurgando los potreros, preguntando en cada bohío, resuelto y desorientado, Veras anduvo y anduvo hasta que un día vio en el lado de un callejón unas huellas que le resultaron sospechosas.

—San Antonio -dijo con una irreverencia insultante—, te voy a prender como siete docenas de velas si me la pones atravesada por aquí.

Siguió aquellas huellas, emperrado en que pezuñas tan pequeñas sólo la Mañosa las tenía.

El rastro se le perdió en una cerca inculta, llena de breñales, cadillos y gramales; pero José notó que alguien había andado por la cerca en la madrugada o en la noche anterior. Siguió la ruta indicada por las breñas maltrechas y al caer la tarde columbró el techo de un rancho entre unos árboles apretados. Apuró el paso. Pronto se iba a cerrar la oscuridad y no quería perder tiempo. Ya cerca distinguió una montura amarrada y un hombre echado junto a ella. Se hizo de cautela, cosa que nadie realizaba mejor que él, y sorprendió al desconocido, encañonándole el revólver a diez pasos.

—¡Párese, vagabundo! —tronó José.

El otro se puso de pie de un salto y sujetó la mula por la jáquima. Movía la cabeza indicando duda; abría los ojos y los cerraba de prisa. José se le acercaba lentamente.

—¡Pedazo de sinvergüenza...! Lo que más lejos tenía era que te diba a pechar por aquí.

A pesar de sus palabras, el tono de José no tenía nada de amistoso; una amenaza tremenda llenaba el momento de vaho asfixiante.

—¡Páseme! —le dijo dando un manotón a la jáquima de la mula.

El desconocido estaba pálido y asustado.

—Compadre José, no me haga nada. Usté sabe que yo le debo la vida... Si la mula es suya, cójala y perdone...

—¡Mire cómo la ha puesto! —tronó José señalando la culebrilla que ya mostraba más de una cuarta de llaga en la piel.

—Pero eso no le pasó conmigo, créame, compadre José, eso no le pasó conmigo.

El desconocido estaba seguro de que Veras le iba a matar. Amparado en la abrumante soledad que les rodeaba, le pegaría un tiro y después se alejaría tranquilamente, montado en la muía, a pasos cortos.

—¡Coja por delante, vagabundo! —ordenó José, señalando el camino de la vuelta—. Si sé dejo que lo maten como un perro aquella noche...

Se refería a la del baile, cuando aquel hombre que se había robado la Mañosa estuvo a punto de caer destrozado por los machetes de sus enemigos.

El hombre se hincó, lleno de una angustia mortal y de un miedo enorme.

—Haga conmigo lo que quiera, compadre José; haga conmigo lo que quiera, pero tenga en cuenta que yo soy agradecido y que si hubiera sabido que la muía era suya, ni le pongo la mano.

El cuatrero abriendo camino y José detrás, jinete en la Mañosa, anduvieron toda la noche. Cuando al uno se le fue pasando la rabia y al otro el temor, empezaron a conversar con monosílabos y acabaron dirigiéndose frases enteras en las que no había rencor.

—Sabaneando ando yo a un hombre que me cortó en el Pino —dijo José ya en la madrugada.

—¿Y ese diache no sabía con quién se taba metiendo? —preguntó el otro.

—Asigún parece...

José le explicó como era, y las figuras de los compañeros. Cavilando y cavilando, el otro llegó a concluir en que conocía a su heridor.

—Vive por los lados de Jayaco... Sí; es un hombrecito medio atrevido —aseguraba.

—Entonce usté me va a llevar allá. Lo que soy yo no me voy sin verle la cara.

Anduvieron. Pedían posada en los bohíos escasos, comían poca cosa, y a la tercera noche dijo el otro:

—Horita estamos en Jayaco.

La culebrilla de la mula seguía en progreso; la bestia enflaquecía a ojos vista; acortaba el paso, y cuando el jinete se descuidaba, caminaba con lentitud de buey, cansada, abrumada.

A eso de la media, el otro le señaló un bohío a José y le dijo que el hombre vivía allí.

Veras desmontó, apretó un brazo del compañero y le masticó estas palabras terribles:

—Usté me lleva esta mula al Pino, donde don Pepe; y si por un por si acaso no llega con ella, lo busco y lo arreglo aunque se meta en el fin del mundo.

El otro le juró por su madre que así lo haría. Se despidieron y el cuatrero buscó el camino real. Al otro día, antes de las doce, sintió a su espalda pisadas veloces y se viró: José Veras venía montando un “melao” que se bebía los vientos. Se detuvo a su lado apenas un segundo para decirle:

—Los hermanos del difunto me vienen pisando el rabo. Acuérdese de lo que le dije... A don Pepe, en el Pino.

El cuatrero le vio seguir en rauda carrera. Apenas si pudo decirle, con la voz ahogada por los cascos del caballo:

—¡Adiosito, compadre!

Media hora después le pareció que una cabalgata irrumpía a su espalda. Eran tres hombres bien montados, los hermanos del muerto. Si José no andaba vivo, se lo comían.

—¿Usté ha visto pasar un hombre por aquí, vestido así y asá? —preguntó uno de ellos.

—Hombre... Yo vide uno que pasó hace un rato; pero cogió por aquí, por el camino del Cotuí. Diba en un melao bonito...

—Sí; ése era. El caballo es robado y él mató a mi hermano.

—¿Cómo?

El cuatrero se esforzaba en aparentar calma y horror. ¡Ay de él si aquellos tres diablos sabían que él había señalado la casa del difunto al matador!

Los perseguidores se internaron en la dirección que él les indicaba. Sintió liviano el corazón. ¡Ya le había pagado con buena moneda a José Veras!

***

El hombre hizo cuantos esfuerzos pudo para que no creyeran que él era el ladrón de la Mañosa; pero en casa comprendieron todos y alumbraron con entendimiento los puntos oscuros. Después de todo, se había portado bien y no valía la pena echarle en cara su robo. Por eso, tácitamente, convinieron en hacer que le creían; y hasta para darle mayor fuerza a tal generosidad, Simeón masculló, en acabando el hombre:

—Yo ni supongo quién será él; pero se lució en ésta.

El hombre estuvo buen rato callado. Al fin dijo:

—Me vuelvo esta noche, con la fresca. Tengo que caminar a pie.

Todos pensamos, mirándonos: “Será bien poco, porque en el primer potrero le cae arriba a un animal”.

—Yo le voy a buscar unos clavaos, amigo, para aliviarle el camino —prometió papá.

Él, con la mirada resbalosa, agradeció la bondad de mi padre. Tornó a su silencio redondo y, cruzado de brazos, los pies en el travesaño de la silla, se dio a esperar la hora de salir.

Allá, en el naranjal, la mula inocente miraba el enjambre de moscas que se le acercaba sobre la llaga.

V

Era domingo. En aquel campo los domingos se denunciaban en el enorme silencio que parecía emerger de la propia tierra, en la ropa planchada de las mujeres y los hombres, en el paso de algún jinete que llevaba sus gallos a lugares cercanos, y más que nada, en el sol. El sol del domingo era allí despacioso, discreto y ardiente. Parecía estar clavado en un cielo chato, pintado expresamente para tal día; parecía estar enardecido... Las nubes se arrinconaban más allá de las lomas, mucho más allá, bien lejos.

Era domingo. Habíamos comido y yo jugaba a la sombra del almacén, en la orilla del camino. Buscaba piedrecillas blancas para lavarlas y entregarlas a mi hermano como monedas, a fin de quitarle alguna tontería; cuando alcé la cabeza y vi aparecer unas figuras entre el verdor de la Encrucijada. Balanceándose al paso de los animales, aparecían un hombre, una mujer con paraguas. dos niños. El hombre y la mujer tenían sendos bultos por delante. A poco vi que sobre las piernas de él se perfilaba una figura humana, bien pequeña, bien corta. Llamé a Pepito. Sujeto a la puerta, sin descender al camino, miró y miró.

—Son viajeros —me dijo.

¿Viajeros? No entendía. Para mí eran, sencillamente, unas personas que montaban caballos y si me atraían se debía, más que nada, al paraguas con que la mujer parecía defenderse del sol.

El grupo se acercaba y crecía. Distinguí la ropa del varón, negra y de paño, y distinguí la de los niños, mayores ambos que yo y que Pepito. Después noté en la cara del hombre una mancha oscura; a poco me di cuenta de que gastaba grueso bigote. Se tocaba con sombrero de fieltro y lo que traía delante era una niña. La nena usaba un sombrero que debía ser del padre, porque padre sin duda era él. Detrás caminaba la mujer, con falda azul y blusa blanca. El paraguas te tapaba el rostro; pero en los brazos sujetaba una cosa que yo no acertaba a definir.

Pepito, visiblemente alegre, dijo:

—Mira, Juan... Son dos muchachitos.

Yo no contesté. Miraba aquella niña que venía a la delantera del señor; me ensimismaba en los cabellos rubios, que refulgían a la luz del sol. Los tenía largos hasta el hombro y en ellos se enmarcaba una carita rosada, saludable, contenta.

El grupo estaba ya cerca, casi a nuestro alcance. El señor hizo adelantar un poco su caballo y lo acercó a la casa; tomó dirección como si caminara sobre mí, detuvo la montura y dijo, con voz bastante cansada y vuelto hacia la mujer:

—Vamos a desmontar un rato aquí.

Yo dejé de buscar piedrecillas. Mamá, que de seguro había visto a la gente por el patio, entraba al almacén, secándose las manos, cuando tropezó con Pepito, que corría hacia ella.

Se asomó a la puerta y recibió el saludo cortés del hombre.

—Quisiéramos descansar un rato aquí, doña —dijo él en tono de súplica.

Madre contestó afablemente:

—Cómo no, cómo no. Váyase apeando en lo que le aviso a mi marido.

Papá llegó todo atareado, a tiempo de recibir a la niña que el señor trataba de poner en tierra; se acercó a la mujer, mientras el desconocido desmontaba, y diciendo algunas palabras de cortesía, sujetó el bulto que ella tenía sobre el pecho. Era un mamoncillo, un pequeñín lindo, blanco y llorón, un niño diminuto, que apenas entreabría los ojos y plañía con apagado sonido.

—Tiene sólo dos meses —explicó ella, como si le hubieran preguntado la edad.

Mi padre se lo entregó a mamá, que lo acunó en los brazos, lo meció, le puso los dedos entre los cortos labios. Yo corrí sobre él, alborotado y sintiendo no sé qué loca alegría: nunca, nunca había visto cosa tan graciosa, personita tan pequeña, figura de gente tan borrosa y tan menuda; jamás había visto a un niño de meses, y aquél me atrajo y me colmó de una ternura inexplicable. Me lo figuraba y lo quería igual que a un polluelo recién nacido, o a un gatito o a un potriquillo.

Mamá decía cosas gratas para el niño, y sonreía a la madre, y miraba a la niña, la hembrita que venía en las piernas del padre; y mientras acomodaba al mamoncillo sobre su hombro, se dirigía a la mujer, diciéndole esas cosas tiernas y agradables que las madres saben decirse entre sí.

El señor y papá estaban bregando con los animales, tratando de meterlos por el portón, cambiándose palabras. Pepito se dirigía a los niños mayores, preguntándoles mil cosas, poseído de un aire grave y simpático de afabilidad y cortesía.

Las mujeres entraron a las habitaciones con el pequeñín, los hombres buscaron asiento en unas sillas que padre sacó del comedor, y nosotros, los tres niños visitantes, Pepito y yo, escogimos un rincón para sentarnos en círculo y parlotear.

Explicaba uno de ellos su viaje, se mantenía seriecito el otro, y yo me entretenía oyendo hablar a la niña. Era una mujercita de mi edad, más o menos, trajeada con bata azul, zapatos rojos y medias rosadas que le cubrían las rodillas. Tenía una extraordinaria vivacidad en la carita; se le amontonaban los pómulos cuando reía y hablaba cortando las palabras, sazonándolas con expresiones aturdidas. Conversaba de su casa, y de sus muñecas, y de un libro lleno de figuras que le había regalado el padre. Era incansable. A su lado me mantenía yo mudo, bebiéndomela con la atención. Era un placer doloroso para mí verla tan expresiva, tan sana, tan rosada. Por lo visto la había enrojecido más de la cuenta el solazo del camino. A su lado debía parecer yo un semivivo, pálido, enclenque, silencioso y hasta consumido por la extraña tristeza que la fiebre me dejaba en las entrañas, como un sedimento inexpulsable.

La niña, que parecía estar en todas, se incorporó de súbito y atravesó el almacén, corriendo, llamando a su madre. La había visto cruzar el comedor y se tiró en su regazo, buscando no sé que alivio, como si se hubiera impresionado con mi expresión enfermiza o como si de pronto le hubiera entrado ese sueño profundo que parece atontar a los niños.

Estuve un momento perplejo, medio viendo el comedor, a las mujeres, a la niña, al pequeñuelo. Oía vagamente la voz de mi padre y las respuestas del visitante. El niño seriecito mantenía caída la cabeza y Pepito y el hermano discutían. Les puse atención:

—Papá tiene gallos —decía el uno.

—Y el mío, una mula que se llama la Mañosa.

Me incorporé. Detestaba el tema que los dos muchachos habían escogido; hubiera querido conversar con el otro, oírle, saber algo de él; pero su seriedad precoz me distanciaba. Me fui al comedor. Las dos mujeres reían a cada palabra. La visitante mecía sobre el hombro al pequeñín, cuyos ojos aparecían hundidos entre gruesos párpados.

—Ahora —decía mamá— voy a prepararles una comida ligera.

—¡No, no! —protestaba la otra—. Si ahorita estamos en el pueblo!

—No me diga que no; es algo rápido.

Mamá tenía el tono y la expresión alegres. La mujer la atajó:

—Entonces, espérese, que me iré con usté a la cocina... No me gusta oír hablar a los hombres... Siempre...

—Sí —cortó mamá—. Sólo saben hablar de negocios.

Ambas salieron. El sol florecía junto a la puerta. Oí el fru-fru de la falda azul y ancha, miré de paso la minúscula cara del niño. Otra vez la tristeza me ahogaba, aquella tristeza demasiado grande para mis pocos años.

Las conversaciones de padre y el visitante rodaban cerca, en la otra habitación. Me acerqué con disimulo.

—No, nada —decía padre.

El otro, caído el bigote sobre una boca fina y dolida, afirmaba:

—Nada, amigo. Ahora se han puesto los tiempos muy duros para los hombres de trabajo.

Papá parecía meditar lo que oía. Puso una mano en la rodilla del visitante.

—Esta sería una gran tierra si no fuera por esas condenadas revoluciones.

—Así es. Ya usté ve: yo estaba encaminado. Vivíamos con brega y con muchas privaciones; pero vivíamos. En eso, la maldita revolución revienta... No sabe uno dónde estar ni con quién. Cuando Fello Macario se alzó, corrieron a casa, me cogieron zapatos, comida, dinero, telas... Todo eso dizque lo pagaban a los pocos días. Coge el general Fello Macario el pueblo y me quita el resto, con promesas de cubrir el valor seguida. A mí, francamente, no me pesaba darle lo mío al general, porque me gusta y me siento su amigo; pero cuando creíamos que estaba mejor la cosa, lo derrotan y me enbromo...

El señor parecía no reparar en mí: parecía no reparar en nada. Su mirada muerta se tendía hacia ninguna parte, y las manos le pendían juntas, como manojos de hojas mareadas.

—El gobierno no quiso pagarme porque yo había aprovisionado al general... Bueno, amigo, la de acabarse... Ya usté ve ahora. Esperando que reviente otra vez la revolución, con la esperanza de cobrar algo para enderezarme, se me muere el muchacho y tengo que dejar el sitio. Ni la mujer ni yo podíamos seguir viviendo ahí...

Ella no estaba acostumbrada a tan mala vida y...

—Comprendo -dijo papá apretándose la frente.- Considero que debe ser cosa tremenda perder a un hijo.

Miró en redondo, buscándome. Un temor hondo bullía en sus pupilas. Yo mismo sentí como si mi fin hubiera estado cerca y tuve la seguridad de que la muerte nos rondaba. Sentía una suprema lejanía en la carne. Padre seguía mirándome. Se volvió inesperadamente, quizá tratando de ahuyentar el fúnebre pensamiento que le asediaba.

—¿Y se dice algo? —preguntó.

El otro parecía lamentar a solas la pérdida del hijo y contemplaba a los dos muchachos, al seriecito, sobre todo.

—Sí —aseguró—. Es una cosa de momento, que yo no sé cómo ha tardado tanto. Ya el general está juntando gente.

Empezaron a hablar de Fello Macario. El hombre dijo que le conocía desde hacía años; contó su historia a retazos, explicando que había sido persona mansa y de trabajo hasta un día en que una tropa le fusiló a un hermano. El hermano aparecía como gente distinguida, seria y apreciable; teníanle en gran respeto por su lugar, y apuntaba hacerse de prestigio que a la postre podía resultar peligroso para un gobierno desordenado. Algún enemigo le preparó nasa y cayó en ella. Fello Macario le vio partir, amarrado sobre un caballo, precedido y seguido por soldados sanguinarios. Se abrazaron y el menor juró vengarle, si le sucedía algo. Y le sucedió. Suerte fue que pudiera encontrar su tumba, entre un monte cerrado, medio hoyada ya por los jíbaros y los cerdos cimarrones. Frente a la tierra blanda que cubría la huesa del hermano, Fello Macario lloró en silencio. Después... Después se hizo sentir el hombre. Acechó su oportunidad, y un día, cuando la gente del pueblo murmuraba no sé de qué injusticia, Fello Macario montó, se armó de revólver, visitó bohíos, comprometió gente y bajó de las lomas al frente de un centenar de hombres; sitió el pueblo, puso plazo a las fuerzas para que se rindieran, desafió al comandante de armas a matarse delante de sus tropas respectivas... Cuando pudieron darse cuenta, había florecido un nuevo general sobre el estercolero de una injusticia: el general Fello Macario. Como una llama voraz, su prestigio cundió en todo sitio, llenó el Cibao, colmó los confines del país. Se le reconocían valor, nobleza, entereza, dignidad. Se abrazaba a toda causa que contara con el favor de los humildes, y aunque no sabía realizarlas, las hacía triunfar en el campo de las armas.

Padre oía al hombre hablar y le apuntaba cierta insana satisfacción en los ojos. El estimaba y admiraba al general Macario; en cambio...

—Lo que no se va en lágrimas se va en suspiros, amigo. Ahí tiene usté a Monsito Peña.

—Sí, Monsito Peña.

El otro movía de arriba abajo la cabeza. “Monsito Peña”, habían dicho ambos. Era el reverso.

—La última que hizo, ahora, en estos días, fue cortarles las orejas a cinco soldados.

—¿Cortarles las orejas?

—Sí. Y lo peor fue que se las hizo comer cocinadas.

—¿Cómo?

Padre, involuntariamente, se puso de pie. Su ceño cortaba, y cortaban ciertas palabras que yo oía asombrado. Rápidamente paseó de un lado a otro. El hombre le veía sin comentar nada.

—¿Cómo?

Había tornado a su asiento y clavaba la mirada en el visitante.

—Como lo oye —confirmaba él.

—¡Oh! ¡Oh!

Claramente se le notaba el asco a papá. Arrugaba toda la cara y tragaba saliva.

—Pero tampoco es culpa de él, amigo —explicaba el señor—; tampoco es culpa de él, sino de la maldad que hay aquí.

—¿Maldad? ¡No! ¡Qué maldad ni maldad! ¡Eso es el colmo de la crueldad, señor mío!

Bajo el bigote caído le apuntaba una sonrisa amarga al hombre.

—Crueldad... ja, ja. Crueldad... Monsito Peña ha hecho cosas que no pueden decirse, cosas que nadie creería.

—¿Y no ha encontrado quien le cobre alguna?

—Es hombre muy esquivo, amigo; y tiene su gente también, no lo dude.

—Bandoleros, serán.

—Sí, eso, bandoleros. Hasta los criminales tienen sus simpatías.

Papá silenció un rato. De seguro pensaba en la tremenda verdad que acababa de soltar el otro.

—Hasta los criminales... —corroboró al rato.

Ambos callaron, y así estaban, meditando, cuando llegaron las mujeres a llamarles.

Estaban las visitas terminando su refrigerio y yo absorto en la conversación graciosa de la pequeña, cuando llegó a la puerta un muchachón.

—Dice Carmita que si usté puede ir allá, que Momón tá muy malo —dijo dirigiéndose a mamá.

—¿Qué tiene? —inquirió ella sin levantarse.

El muchacho le dio vueltas al sombrero, entrecerró los ojos, y al cabo de rato sopló:

—Dizque tá agonizando...

—¿Agonizando?

Madre se había incorporado de pronto. Sus manos revolotearon, como dos mariposas gigantes, y, pálida, impresionada, se dirigió con los ojos a mi padre, que golpeaba la mesa con los nudillos y contemplaba al muchacho.

—Perdonen —dijo a los extraños.

Sin preguntar otra cosa se dirigió al camino. Yo seguía el vuelo de su falda, el resbalar de sus pies.

—¡Mamá! iMamá! —grité, echándome afuera, súbitamente mordido por un dolor insufrible.

—No, no —respondió—. Irás después, más tarde, con tu papá.

Se iba de prisa, de prisa, gastando velozmente la distancia. Me volví. De pie, estupefacto, mi padre me observaba. Corrí alocado y me tiré sobre él, incapaz de contener aquel llanto crudo que me ahogaba.

Los extraños nos acompañaron hasta el bohío donde moría Momón. íbamos con ellos papá, Pepito y yo. No sabíamos de dónde salía tanta gente ni cómo la noticia había cubierto tan pronto las distancias que separaban los escasos bohíos del Pino. Frente a la morada del desdichado se detuvieron los visitantes, cabecearon algo; a la mujer le brillaron lágrimas en los ojos. Yo estaba con Pepito casi entre las patas de los animales, deseando ardientemente subir en uno de ellos y mirar lo que los jinetes veían. No me atrevía a entrar, por miedo a papá. El hombre llamó y estuvo un momento hablando con padre. Le encargaron saludos para mamá, nos dijeron adiós y se fueron. Imposibilitado de ver a Momón, y lleno de un vago sentimiento de dolor, les vi alejarse. Ellos no se volvieron. El sol del domingo esplendía bajo el cielo chato, tras las figuras de aquellos viajeros tristes.

Pepito me sujetaba una mano. Estaba inquieto, frío, y le abrumaba la gente. que se agrupaba sobre nosotros, se movía, nos empujaba, nos mecía. Nadie lloraba. A veces oíamos algunos quejidos que debían ser de mamá o de Carmita. Pepito hizo esfuerzos y se fue acercando a la puerta siempre con mi mano entre la suya. Por entre una pierna y un pantalón vi el catre, los pies de Momón, amarillos, traslúcidos, y una vela ardiendo. Traté de alzarme. Alguien pasaba una mano sobre la cara del muerto. Me levanté más: los huesos de la quijada de Momón estaban allí, agresivos, filosos. Tenía la barba crecida. No sé por qué me sentía sereno, aunque molesto por el olor de tanta gente y por el murmullo de las conversaciones. Vimos a papá acercarse. Pepito me llevó a la orilla del camino y desde allí observamos cómo padre salía con Dimas, con el viejo Morillo, con Simeón y con otro hombre. Estuvieron comentando algo en una esquina del bohío y después Dimas se fue con Simeón hacia su casa. Algunas mujeres salieron de los callejones vecinos y se encaminaron hacia la casa del difunto. A poco distinguimos el murmullo de los rezos que empezaba a llenar la tarde como el abejoneo. de millares de insectos. La tarde empezaba a manifestarse. Sobre los cerros de Cortadera, el cielo se hacía más bajo, más cercano, más sólido. Pepito me hablaba del muchacho que charló con él en casa, y yo apenas atendía a lo que decía. Vimos a Dimas y a Simeón aparecer con algunos varejones, en el confín del camino. Venían tratando de algo, al parecer. A poco de entrar ellos empezaron a salir hombres y a formar grupos. En algunos discutían, suavemente, como si hubieran temido despertar a Momón. Decían que si era muy tarde, que si había que hacerlo, que si el difunto no aguantaba... Pepito callaba, con los ojos quietos como manchas azules.

Persistía la tarde en hacerse sentir. Ya aparecía sobre nosotros una inmensa nube parda y el sol descendía de prisa, como deseando echarse a rodar por las faldas de las lomas.

Simeón, fumando su roñoso cachimbo, estaba con el frente hacia el poniente. De pronto sujetó a Dimas por un hombro, le hizo virarse y señaló. El viejo se quedó perplejo y dijo:

—Cualquiera cree que es mi muchacho.

Simeón le miró y pareció sonreír.

—Ese mismo es, compadre.

Dimas tomó a ver. Allá, en el recodo distante, se veía una mancha movida, que caminaba tambaleándose, se detenía, alzaba los brazos y lanzaba gritos que oíamos vagamente.

—No —aseguró Dimas—; ése no es de los míos.

Desinteresado en apariencia del que venía, se volvió a la puerta; pero Simeón le apretó el hombro de nuevo y remachó:

—Po ése es de los suyos, compadre. —Dimas alzó los ojos y contempló al alcalde, después detuvo la vista en la figura que llegaba y se le ensombreció el rostro. A esto algunos hombres miraban también hacia allá, comentando algo.

—¿Ese no es el hijo de Dimas? —preguntó alguien.

La figura se distinguía, aunque no del todo.

Era, a claras luces, un borracho que caminaba haciendo festones y vociferando no sé qué cosa.

Poco a poco la gente fue deteniendo la atención. Ya el hombre estaba a la distancia de una piedra. Ya...

—¡Es él! —gritó una voz del grupo.

Dimas miró en redondo, como los toros bravos, y pareció desafiar a todos. Avanzó dos pasos, retrocedió, clavó los ojos en el borracho.

—¿Será mi hijo? —preguntó en tono candente— ¿Será mi hijo?

Pacientemente, uno dijo:

—Es él.

Unos cuantos empezaron a caminar sobre el que venía. Dimas casi gritó, volviéndose:

—¿Mi hijo borracho?

Y era su hijo; sí. A unos cuantos pasos se detuvo, hosco y torpe, levantó un brazo y vocifero:

—¡Viva el gobiernooo!

Los hombres se le acercaban. Dimas se abrió paso, y cuando estuvo cerca, como quien se queja contra el mundo, gimió:

—¡Esto es lo que me devuelven, un borracho!

Abatió la cabeza frente al hijo que parecía no reconocerle, y volvió los desolados ojos a todos los conocidos, a todos los amigos, a todos los que le veían.

—¡Un borracho...! —terminó.

Y todavía podía dar gracias, porque el otro quizá no se lo devolverían, como no le habían devuelto los suyos a Carmita, como no le habían devuelto Momón a la madre que esperaba en el distante Bonao, a la madre que creía que el hijo estaba “bueno y sano”.

La queja aguda de Carmita, el llanto silencioso de mamá, las lamentaciones de algunos hombres y las lágrimas que me diluían en una ansia incontenible de seguirle, fue lo único que acompañó a Momón. No tardaría en anochecer. Diez o doce campesinos marchaban a su vera, para relevar a los que llevaban las parihuelas. Los vimos subir un ligero desnivel, los vimos irse apagando en el camino. Momón iba en hombros, casi pegado al cielo que empezaba a ennegrecer, al cielo chato y denso del domingo.

Momón iba alto...

VI

—Borracho, ha venido borracho...

Esto era a veces, cuando todos silenciaban; el viejo Dimas no era hombre de vivir lamentán-dose, pero se quejaba porque ya no resistía. Aguantó callado que le reclutaran los hijos; soportó impasible la noticia de que le habían herido uno; sólo él y Dios sabían cuántas lágrimas tuvo que tragarse cuando se encerraba a solas en el bohío, ignorando la suerte de los muchachos. Todo lo había sufrido con paciencia; pero hubiera preferido ver al hijo muerto y no borracho.

—Eso se le irá quitando, Dimas —decían en casa para consolarle.

—No lo deja; y ahorita le pierde el gusto al trabajo, y el hombre que no trabaja roba, porque si no, ¿cómo vive?

Sus razones tenía. El hijo andaba rondando por las pulperías lejanas, de mañana en Pedregal, de noche en Jumunucú. No le dirigía la palabra al padre y se llevaba bien con ciertos amigazos de fama, cuya vida consistía en esperar, sentados frente al mostrador de una pulperia, el paso de viandantes que entraran a comprar algo y les brindaran un trago.

Al muchacho era milagro verle; pero no conservaba la apariencia limpia y cuidada de antes; ni tenía el aire ingenuo y simpático. Estuvo en casa una o dos veces, contando episodios de su corta vida militar, y el viejo Dimas no escondía el disgusto que le proporcionaba tenerle al lado.

—Ahora veremos cómo sale el otro —decía consolándose.

“El otro”, según supimos, se había encariñado con la carabina y con las costumbres del pueblo.

—Le va a ser difícil conseguirlo —comentaba Mero.

—Asigún...

—Ojalá le saliera general, Dimas —chanceaba papá—, a ver si lo saca a usté de apuros.

—¿General? No, don Pepe; yo lo que quiero es que se dé hombre serio, como su taita. En esos trances de tiros lo que puede sacar es lo que el pobre Momón.

Poniendo la cara triste, mamá rogaba:

—Dios lo tenga en la gloria.

En la gloria... Yo pensaba: “En la gloria”. Sí, allí debía estar Momón, en aquel paraje alto y lleno de luz que me describía madre, en aquel jardín lejano, donde las plantas florecían en ángeles y donde músicas que yo era incapaz de materializarme resonaban día y noche. Allí debía estar, sólo que se me hacía trabajoso figurarme a Momón entre santos vistosos, él, Momón, con sus pantalones remendados y desteñidos, con su barba crecida, con sus pies descalzos.

***

¡Qué pesadas se hicieron las primas noches que siguieron a la muerte de Momón y a la vuelta del hijo de Dimas! Las conversaciones se estancaban, degeneraban en palabras lastimosas; todo se volvía suspirar y mugir como los becerros abandonados. A mi se me cargaba el corazón con un peso insoportable, me abrumaba el desgaire con que se movían y hablaban los otros.

Las fiebres parecían haberme olvidado, pero todavía me sentía inseguro y propenso al lloro, débil, incapaz hasta para jugar con Pepito. Durante todas las horas del día me mantenía consumiéndome a mí mismo, escogiendo con un placer torturante los pensamientos que más me dolieran. Me esforzaba en buscarle un fin trágico a José Veras, y no apartaba de la mente el último momento en que lo vi, cruzando el pobre caudal del Yaquecillo, anhelante y apurado en poner tierra entre las patas de su caballo y las de los que le perseguían; me detenía horas enteras en el recuerdo de Momón, y de noche despertaba mirando sus pies muertos, sus pies amarillos e inmóviles; o contemplaba la escena aquella en que él iba en hombros de cuatro o cinco campesinos toscos, camino de la fosa, solo, tan solo. La figura del general Fello Macario entraba a veces en aquellos siniestros pensamientos míos, gallarda, marcial y atrayente. Ya le veía cargando con su caballo rosillo sobre la gente del gobierno, ya le veía cayendo lentamente de la montura, roto el pecho de un balazo, laso el brazo, torcida la cabeza; o se me figuraba estar a su vera oyéndole mandar en la fiebre del pleito, remolineando su sable bruñido en la diestra, con la mirada fogosa, con las palabras veloces e hirientes. Inesperadamente me asaltaba la imagen del cuatrero, triste, zonzo y comilón. Le veía perdiéndose en un camino largo y oscuro, montando un asno descarnado.

Mi padre no dejaba de echarme el ojo de tarde en tarde y viéndome con cara tan poco infantil, tan preocupada, se alarmaba y me decía que estaba enfermo; me tomaba el pulso, me hacía sacar la lengua. Después llamaba a mamá:

—Angela, este niño tiene algo; este niño está muy triste.

Mamá me alzaba, me sentaba en sus piernas y me alisaba los cabellos con sus manos afanosas. No hablaba, no comentaba; acaso decía con entonación sufrida:

—Cuándo podremos dejar este lugar, para que mi hijo se sane.

Y se quedaba contemplando el patio, los potreros, que verdeaban allá, en el confín del cielo, parejos y satisfechos.

***

Escasos días habían transcurrido cuando empezaron los contertulios a mostrarse inquietos y a decir que Fello Macario había levantado cabeza. Se acechaban las recuas para pedir informes.

—La revolución se está armando —decían.

Pasaba algún desconocido que iba en viaje de diligencias al pueblo.

—La revolución se acerca —decía.

Dimas y Simeón, Mero y la vieja Carmita, el hijo de Dimas y el viejo Morillo, que alguna vez se arrimaba por casa, todos traían noticias recogidas al azar, en bocas pasajeras.

Un día, por fin, la voz del campo, salida de todas partes a un mismo tiempo, rompió en clamores:

—¡La revolución! ¡La revolución!

De los montes cerrados y lejanos acudía gente que repetía la voz:

—¡La revolución! ¡La revolución!

En todos los bohíos las manos callosas recogían ropas y hacían bultos; en las pulperías se agotaban las reservas de sal. El que iba a beber ron y a comprar gas, el que iba a buscar creolina y a vender frijoles, la mujer que pedía jabón, la que llevaba maíz, todos repetían el clamor:

—¡La revolución! ¡La revolución!

Una tarde, ahogándose de miedo, el viejo Morillo llegó a casa, metió los dedos en las orejas de papá, le tentó el pecho, nervioso.

—A Pedregal acaba de llegar una fuerza del pueblo.

—¿Fuerzas? —inquirió padre.

El viejo Morillo no acabó de asegurar sus palabras: veloz como un ventarrón, el alcalde se metió en la casa y dijo:

—Una tropa en Pedregal.

Y después, Dimas; y Mero, que traía la cara azul; y más tarde otro; y otro. Innumerable gente corrió a casa, masticando lamentaciones y lloros. Padre les atendía, les calmaba. Pero después, a la anochecida, empezaron a llegar peores noticias: la revolución venía ya, a toda prisa; iban a chocar en Pedregal, iban a tropezar con aquella tropa ignorada, iban...

Papá escuchó, impávido, y pensó. Después, impaciente e inseguro como la brizna que el viento agita, empezó a recoger opiniones y nuevas con todos los que llegaban. Al fin, medio oscuro ya, se fue a un rincón con Mero.

—Hay que ver al general —dijo. Mero huyó la cara.

—Hay que ver al general —repitió papá.

—¿Y cómo? —preguntó el otro.

—¿Cómo? Yendo adonde él esté.

—Anjá.

Mero se cogió ambas manos tras la espalda. Padre se rascó la cabeza.

-...Si la Mañosa estuviera sana... —lamentó.

Encendió un cigarro y se acercó a otra gente que llegaba, otra gente igual a la anterior, a toda la que había estado entrando en casa aquella tarde, con idéntico miedo, con el mismo ánimo abatido.

Habla y habla, papá se fue comiendo una hora, dos horas. Cerrada la noche, al amparo de la luz que nuestra lámpara regaba en el camino, vimos pasar un hombre que tambaleaba.

—Véalo —despreció Dimas—. Borracho...

Papá tuvo una idea súbita.

—Llame al muchacho, Dimas, llámelo. El borracho accedió a acercarse. Se le movía la cabeza como un péndulo, babeaba y tenía sucios los ojos. Padre le preguntó de dónde venía. Con una risita imbécil él indicó que de arriba, de Jumunucú.

—Ahora —explicó— voy a juntarme con mi gente.

Era un borracho manso, hasta cortés, si se quiere. Reía y reía; eso era todo. Dimas quería fulminarlo con su rencor.

—¿Con la que está en Pedregal? —preguntó padre.

El beodo afirmó con la cabeza. Casi se caía y persistía en sonreír.

Papá dio unos pasos por el almacén.

—Hay que avisarle; hay que avisarle —decía.

De pronto alzó la cabeza y clavó los ojos en Simeón.

—¿Usté se atreve, compadre?

—Ello... —el alcalde rehuía.

Padre le cogió por los hombros.

—Oiga, Simeón, si se prenden aquí, vamos todos a correr peligro. Yo no quiero aguantar un tiroteo con mi mujer y mis muchachos en este caserón de madera.

Con las inquietas manos indicaba la inseguridad del sitio, señalaba las paredes, el zinc. El alcalde se puso en pie de un salto.

—No hay que decir más, compadre.

Iba a tirarse al camino ya. Papá le llamó y estuvo recomendándole algo en el comedor. Mamá, mientras tanto, trataba de levantar el espíritu de unas mujeres asustadas, a las que Pepito y yo, ignorantes, veíamos con pena y con cierto desdén.

***

A los pequeños nos hicieron dormir, mientras los mayores velaban la vuelta del alcalde. Pepito y yo comenzamos alguna conversación que se fue apagando con el sueño. Oíamos el ruido de pasos en el almacén; oíamos la voz de Dimas. Todo aquello se fue hundiendo, hundiendo.

Nos despertaron el trajín, los golpes de las puertas, las órdenes de papá. Mamá vino a decirnos, quedamente, que nos vistiéramos porque teníamos que irnos. Pepito se tiró del catre, muy asombrado, y vino a decir que estaban empaquetando muchas cosas, y que al parecer íbamos al pueblo. Yo me lancé al suelo; papá me besó. Eran impresionantes su premura, el tono de su voz, lo anudado que parecía por los nervios. Me asusté. Inconscientemente me encontré en el patio, agarrado a una mano de mamá. Lo atravesamos a toda carrera. La noche negra se iba abriendo pesadamente frente a nosotros. Recuerdo a trechos nuestra huida por el potrero, cortándonos con las piedras que se escondían entre la húmeda yerba. Hubimos de pasar por una alambrada, bajo una mata copiosa de caimitos. Ante nuestros ojos apareció la mancha vaga de un camino. Mamá llamó. Un perro empezó a morder la oscuridad. Mamá llamó otra vez. Cerca estaba un bohío. La cabeza de la vieja Carmita se suspendió en el hueco negro de una ventana. La salita del bohío bailaba a la luz espesa de una pobre jumiadora. Palabras pálidas se arrastraban por el camino.

¡La revolución! ¡La revolución! En el vientre inmenso de la noche todo se arrinconaba, todo se guarecía, todo huía del sangriento fantasma que venia tronando desde el remoto Bonao.

***

En la madrugada desperté y todavía creía dormir. ¿Por qué estaba sobre mí aquel techo bajito de yaguas? ¿Y por qué mi madre lloraba sentada en mi catre? ¿Por qué había tantas bocas siseando secretos en la otra habitación? Me sentía afiebrado y de seguro estaba sufriendo otra pesadilla, otro delirio. En las rendijas abundantes azuleaba el amanecer. Mamá levantó la cabeza, pareció escuchar y se acercó a la puerta. Poco a poco la fue abriendo.

—Pepe, Pepe... —llamó en soplos—. Pepe, Pepe... Óyelos.

¿Que oyera qué? Me incorporé. Pepito se estrujaba los ojos y bostezaba. Un rumor crecía por los lados de la Encrucijada. De pronto Pepito se sentó.

—¡La corneta, la corneta! —gritó.

Me miraba y me clavaba las uñas. Sí, una corneta vibraba lejos; y se oía el lejano trepidar de cascos de caballos. Papá se asomó a la puerta y nos indicó que calláramos; después entró y nos acarició maquinalmente. Mamá guareció su cabeza en el hombro de padre y rompió a sollozar.

—No te pongas nerviosa —dijo él con entonación muy dulce.

Crecía el rumor. Simeón llamó a papá.

—Ya están prendiéndose, don Pepe —dejó oír.

Una descarga nos desplomó el cielo encima. Sonó de manera limpia, llenándonos de pavor. La corneta cantaba. A poco, otra descarga. Debían estar tirando por los lados de casa. Otra, y otra, y otra. Tiros graneados y seguidos comenzaron a estallar. Pepito seguía apretándome el brazo. Yo creía escuchar voces altas. Simeón y Mero comentaban de sorda manera. Mamá, como la gallina sacada, pretendía cubrirnos con sus brazos. Padre salió.

—No tengan miedo, no tengan miedo —rastrillaba madre.

Otra descarga. Sentimos que el rumor engrosaba, que los tiros se iban multiplicando. A la vez parecían correrse hacia el poniente, hacia las lomas, hacia Pedregal. Simeón sacó la cabeza y sonrió a mi madre.

—Se están dando cogío, doña; se están dando...

Tomó a comentar con Mero. A poco volvió padre.

—Están ganando, Angela.

—¿Quiénes? —inquirió mamá, alargando el pescuezo.

—La revolución. Los tiros suenan más lejos.

—Ah...

Pepito se acurrucaba entre las piernas de mi madre y mi espalda. Silencio. O mejor dicho, un ruido vago, distante, cada vez más. Otra descarga, apenas resuelta. Otra, más lejana. Tiros y tiros, que se oían de momento en momento mas diminutos, menos completos. Los nervios iban dejando a mamá.

—Parece que van arrasando, Angela —dijo papá.

Inmediatamente salió. Oíamos sus pasos rondando la puerta del camino. Algunos animales cruzaban el camino asustados. El perro empezó a gemir, a gemir.

—Doña, la cosa pasa.

La vieja Carmita nos miraba desde su habitación.

Allá, en el límite de lo posible, resonaban otras y otras descargas. A veces oíamos un cachi-to de la corneta, cuando el viento se revolvía sobre nosotros. Sentimos que alguien abría la puerta. La aldaba cayó. Madre se levantó y abrió del todo; yo me pegué a su falda. En la puerta del camino estaban Simeón y papá tratando de hurgar con la vista entre los pajonales de la loma. El viento trajo otro tronar. De pronto, otro, otro. Nos pareció distinguir mejor los últimos. Más disparos. Más disparos. Simeón se viró y miró fijamente a papá; papá se viró y miró fijamente a mama. ¿Sería...? Por los lados de la Encrucijada se acercaba alguna tropa. Alguna, alguna... Pero los tiros parecían retornar, y un ronco estampido retumbó, rompiéndonos de miedo. ¿Sería...? ¡En los potreros de casa se estaba peleando! ¡Sí, se estaba peleando en los potreros! La poca luz nos impedía ver, pero oíamos claramente el tamborilear de la fusilería resonando allí. ¡Y los disparos venían paso a paso, paso a paso!

Simeón cerró la puerta de golpe y nos miró desolado.

—¡Por ahí viene gente juyendo! —gritó.

Estaba acabando de decirlo. Unas manos alocadas empezaron a golpear contra las tablas de la casa.

—¡Abran! ¡Abran! —suplicaba alguien.

Papá se tiró contra la puerta.

—¡Escóndanse! —tronó.

Apenas le pude ver sacar el revólver de la funda. Parecía un relámpago su brazo. Nos atropellamos bajo el catre, Pepito y yo. Mi hermano no podía tenerse, tembloroso. Lloraba. No sé qué cosa dijo papá en la puerta. Después si le oí:

—¡Entre! ¡Entre!

Era una mujeruca. Se sujetaba el pecho y venía despeinada.

—¡Por ahí viene acabando con todo el general Fello Macario! —sollozó.

Y no encontrando qué hacer, se tiró en los brazos de mamá, que hubo de sacar fuerzas para decirle alguna cosa que la tranquilizara.

Sobre nuestras cabezas, súbitamente, estalló un loco retumbar, una fiera música de tiros, una horrorísima tempestad. Esta vez sí pudimos sorprender voces tremendas, elevándose sobre el rugir de las carabinas. Y encima de todas ellas, como flotando, como volando, el canto metálico de la corneta.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —preguntaba Simeón a la mujer, rompiéndole el brazo con los dedos, comiéndosela con los ojos.

Ella se había idiotizado.

—¡La revolución! ¡La revolución! —repetía sin conciencia.

—¡Sí, la revolución! ¿Pero qué pasa?

Las descargas, y las descargas.

—¡Me voy a morir! ¡Me voy a morir, mamá! —gemía Pepito, incapaz ya de soportar más.

Padre corrió hacia él, lo alzó, se lo echó sobre un hombro.

—No, mi hijo, no.

Pero padre también estaba loco. Aunque era indudable que el estruendo tornaba a alejarse. Padre también estaba loco. Mamá corría de un rincón al otro. La vieja Carmita, tranquila, no se movía de una silla. Y el estruendo alejándose a todo correr, hacia Pedregal, hacia el oeste...

VII

Al tiempo de la vuelta, desde el mismo bohío fuimos cayendo entre grupos alborotados. El día era ya cosa decidida. Cierto olor acre parecía flotar sobre la tierra. Los hombres de las cercanías caminaban de prisa y desde lejos voceaban palabras contentas y a veces bastante puercas. íbamos recogiendo explicaciones a retazos:

—Na más fue que Fello Macario dentrara...

—Por entre esos pajonales andan como guineas.

Una brusca alegría estallaba en todos los rostros. Papá iba de unos a otros preguntando; volvía a nosotros, aclaraba algo.

—El primer pleito, el de la madrugada, no lo dio el general; él llegó después.

Mamá no acertaba a interesarse ni a comprender. Un tinte cenizo le sacaba la carne de la cara. Pepito se prendía de mí y repetía cuanto oía.

—¡Ey, amigo!

Papá voceaba a todos los que veía pasar. Muy callada, Carmita dejaba acercarse a la gente para preguntar:

—¿Y no sabe si diba alguno de mis muchachos...?

***

Retornamos atravesando el potrero, que la noche anterior cruzamos casi en vuelo. A lo lejos divisábamos el camino, y en él hombres que correteaban, gritaban y agitaban armas.

—Parece que se peleó allí —decía papá indicando las cercanías de nuestra casa.

Los dos pequeños pretendíamos alzarnos en unos pies inútiles. Mi madre se sujetaba la quijada, y bien veíamos que sus ojos no tenían acierto y que aquel ancho campo no le cabía en ellos.

—Vamos...

Papá guiaba. La casa dorada parecía caída y malherida. Habíamos pasado ya la alambrada que cerraba el primer vaso y estábamos acercándonos al patio. Seguían pasando hombres, aunque menos numerosos. Hacia allá veíamos todos, hacia el camino. De improviso padre se detuvo, abrió ambos brazos, moviendo las manos. De espaldas, como estaba, le notamos la intensa impresión. Mamá se asustó y corrió sobre él; acercó la cabeza por encima de su hombro, movió los brazos buscando algún amparo, se sujetó las sienes y volvió el rostro desencajado, murmurando algunas cosas.

—¡Pepe! iPepe! —gritó angustiada.

Los niños corrimos a su lado. Padre dio media vuelta, la sujetó, la apretó: pero no apartaba la cara del patio ni variaba la dolorosa expresión que le desarmaba el rostro.

Lleno de un pavor horrible, empecé a temblar y a llorar. No sabía qué sucedía; no comprendía. Alzaba los ojos y veía a mamá sollozando. Traté de ver. Allí, en nuestro propio patio, igual que un muñeco destrozado por las manos torpes de un niño, había un hombre tendido boca arriba, con los labios blancos y entreabiertos, los dientes crecidos bajo ellos en siniestra sonrisa, la carne sin color, un boquetón en la frente y el boquetón cubierto de moscas ávidas.

Le habían roto los bolsillos, le habían arrancado la carabina y la cartuchera, y por los desgarrones de la ropa se le veía la piel mulata templada de hinchazón, fría, muerta.

Mamá se prendía a la camisa de mi padre. Un llanto amargo le aventaba el pecho. Papá le calentaba las sienes con las manos y la dejaba llorar, porque ella lo hacía por todas las madres que habían perdido sus hijos en la trágica fiesta de los tiros.

***

Pese a que durante todo el día anduvieron en casa atareados, recomponiendo la casa, sacando todo lo que habían enseronado —desde almohadas y sábanas hasta cubiertos—, no pudimos arrancar de la mente la figura de aquel hombre derribado por una bala. Con mucho trabajo, según contaron después, pudieron sacarlo del patio entre Mero, Dimas y unos cuantos hombres que el alcalde recogió en los alrededores. Llevaron el cadáver, a través de los potreros, hasta el mismo Pedregal. A la vuelta contaron que la tierra había quedado sembrada de muertos en aquel sitio, y que entre ellos había pasado’ arrolladora la revolución, camino del pueblo.

¡Qué hormigueo el que padeció el camino aquel día! ¡Qué de gente estrafalaria, mal vestida y peor armada la que pasó a la zaga de los revolucionarios! Los veíamos cruzar en bandadas, apresurados, vociferantes. Al paso veloz sostenían conversaciones sembradas de risas, y al vernos gritaban, ebrios de un alcohol terrible:

—¡Viva el general Fello Macario! ¡Viva el general Fello Macario!

Todavía no era redondo el triunfo de la revolución y ya innumerables hombres empezaban a dar hurras al nuevo vencedor.

Por todos los rincones del campo cundió aquella borrachera funesta; en bohío alguno se atendió a otra cosa que a recoger noticias, a aumentarlas, a pasarlas adulteradas al vecino.

—¡Derrotó el general a otra fuerza en Pontón!

—¡La gente del gobierno está dejando el pueblo a la carrera!

Mi padre oía a todos, pero sólo atendía a su propio pensamiento, a la tortura que le había impuesto aquel infeliz tirado en el patio de la casa, pasto de moscas, víctima inútil.

De codos en la mesa, cerrado el rostro, calló y vio comer a los demás. Se incorporaba, paseaba, saludaba a éste o al otro vecino que lamentaba, hipócritamente:

—¡Vea qué matanza!

Abroquelado en un silencio hostil, veía pasar los últimos restos de la gentada que iba hacia el asalto del pueblo.

Y triunfó la revolución. Había cobrado fuerzas increíbles, como si las piedras y las semillas hubieran parido hombres para sumarios a sus filas. En casa lo dijeron, acaso una hora después de haber sucedido. Se peleó corto. El general Fello Macario. metió su tropa en la fortaleza, copó las bocacalles, ocupó los pasos de los ríos y se nombró a sí mismo gobernador. Apenas sabía firmar; pero rubricaba como ninguno con su sable páginas horrendas escritas en las sabanas o en los callejones.

Papá estaba por el potrero con Mero, en busca de la Mañosa. Sólo movió la cabeza cuando supo la nueva.

—¿Y no se pone contento, don Pepe? ¡El general es gobernador!

Simeón, que le había hablado, le oyó el único comentario que hizo desde que topó el muerto.

—El general será gobernador; pero mi mula está casi agonizando.

E inmediatamente le dio la espalda, se pasó los dedos gruesos por entre el cabello, y caminó hacia el patio, donde el sol derrengaba la cocina y los naranjos.

VIII

—Ahora viene Monsito Peña —se decía en el Pino con cierto tono de disgusto.

Ya no había guerra; pero aquel cabecilla sanguinario la encendía donde estaba; las descargas de sus fusilamientos resonaban peladas, y se erizaba de cruces la tierra que él pisaba.

—Ahora dizque viene Monsito Peña —murmuraban.

Papá no respondía con el más incoloro comentario. Si se trataba de Fello Macario hablaba esperanzado, y decía que tenía que hacerle una visita tan pronto pasaran los primeros días de atareo. Sin duda papá se hubiera entusiasmado con el triunfo del amigo, pero la gravedad de la Mañosa le mantenía preocupado, si bien apenas hablaba de ello. Otra cosa había: el mundo estaba trastornado, se hallaba al revés, y mientras la gente se acostumbrara, no iba él a estar de brazos cruzados, agotando las reservas de que disponía para sacarnos adelante en la brega del vivir. Las mejores horas del día las gastaba en silencio, haciendo cálculos o dando paseos. A menudo llamaba a Mero y se dirigían al potrero. En uno de esos viajes me llevó. Anduvimos sorteando los malos pasos y tuvimos que meternos bien adentro para encontrar la mula. Estaba bajo un memizo y daba pena verla: en relieve el costillar, color de barro reseco el pelo, el pescuezo flaco como una tabla, abultada de huesos; nos sintió llegar y apenas movió trabajosamente la cabeza. Mecía un rabo lento para espantar las moscas y parecía clavada en la tierra.

Con dolida expresión nos miró Mero.

—Ya no dura una semana... —dijo.

La bestia, como si entendiera, volvió a él la pedregosa cabeza y le barrió la figura con unos ojos opacos y fatigados.

***

La gente seguía con su noticia.

—El que viene es Monsito Peña.

Nosotros esperábamos, un poco asustados. Pasados dos días, empezaron a dudar de la veracidad del informe. Papá le fue dando sueltas a la lengua:

—Lo mejor que puede hacer el general Macario es dejar ese hombre en Cotuí.

Mi madre rezaba a escondidas, pidiendo a San Antonio que contuviera al feroz Monsito Peña, que lo dejara en aquellos lugares, acostumbrados a sus correrías, donde la huella de su montura cabía apenas entre los montones de tierra que cubrían a sus víctimas. De paso por su habitación la veíamos hincada, musitando oraciones, fervorosa, cándida.

Una que otra tarde, grupos de tres, de cuatro, de cinco hombres armados pasaban hacia el pueblo. Eran los rezagados, los que se habían quedado requisando en el camino o los que habían guardado puestos avanzados. Algunos iban en son de agregados, sin otro titulo que el de simpatizadores. Pretendían todos coger su tajada de la res que el general Fello Macario desollaba a su antojo en el pueblo.

Viendo esos grupos, cuando los contertulios de casa los columbraban en la frontera de la Encrucijada, se pensaba que eran los primeros de los que acompañarían a Monsito Peña. Un ligero revuelo de pies y manos llenaba el almacén, algunas cabezas se asomaban vueltas hacia el este.

Pero Monsito Peña no venia. Un día, entre la tarde y la media, Mero llamó con señales e indicó hacia el oriente. Nos apresuramos todos en tirarnos afuera, y vimos: un grupo de hombres que parecían enfilados venían seguidos por dos de a pie y uno de a caballo.

Papá tenía las manos embolsilladas y apenas se movió para preguntar:

—¿Será Monsito?

—No, son presos —dijo Mero.

Nos quedamos allí para verlos pasar. Notamos que uno de los jinetes revoleaba un brazo, como enviándonos pruebas de amistad.

—Don Pepe —habló Mero entre dientes— aquel diache que saluda, ¿no es el negro que estaba en Pedregal?

Padre dijo que no con la cabeza; pero mamá intervino:

—El mismo —afirmó tranquila.

Los que venían delanteros se acusaban ya. Notamos que los traían amarrados en cuerda y que los hacían caminar de prisa. El jinete que saludó espoleó la cabalgadura, echándose la carabina sobre las piernas. Al acercarse le veíamos la gran risa que le alboreaba bajo los ojos.

—¡Don Pepe! ¡Don Pepe! —empezó a gritar cuando estuvo a distancia de dejarse oír.

Papá también levantó una mano y correspondió:

—¿Cómo está? ¿En qué anda?

El negro clavó de nuevo, tiró de la rienda justamente sobre nosotros, se desmontó, siempre sujetando la carabina y sonriendo, echó un brazo sobre el hombro de mi padre y saludó a mamá con el mayor respeto. Entonces se volvió para señalar a la fila:

—Trayendo unos presitos —explicó.

Y a seguidas:

—Traigo mucha sed, doña; consígame un vaso de agua, que se lo voy a agradecer.

Con una mano agarraba el freno, con la otra el arma. No me explico cómo pudo acariciarme al pasar por mi lado.

Desde que entró al almacén empezó a removerse.

—¡Concho, don Pepe! ¡Esa si ha sido una brega larga! ¡Se me está trozando la cintura!

El mismo tomó una silla, amparado por la cara cordial de papá, se destocó y se echó fresco con el sombrero.

—Bueno, don Pepe... Dimos un pleito por los lados de Barbero que eso dio pena. ¡Concho!

Se puso de pie y sacó la cabeza.

—Traigo cinco presos peligrosos —dijo poniendo ojos de misterio.

Mamá le traía el agua pedida. Corrió a recibirla, y bebiéndola nos miraba a todos. Tragó como una res, glugluteando de manera ruidosa.

—¡Ay doña! Esto se lo pagará Dios en el cielo.

Otra carrera hacia la puerta.

—Son peligrosos, don Pepe.

No daba tiempo a nadie para hacer preguntas ni para moverse; él solo llenaba el almacén de voces y de acciones.

—¿Y qué gente es ésa, amigo? —preguntó papá como sin querer.

—Jum... Unos diaches que andaban preparando un pronunciamiento.

Ya los presos estaban cerca, porque oíamos las recomendaciones de los guardianes.

—¡Párense, párense! —gritó el negro sacando una mano.

Papá se puso de pie y se asomó al camino.

Se volvió al negro y lo cortó con una mirada veloz.

—¡Ahí van dos amigos míos! —clamó señalando a los presos.

—¿Amigos?

El negro parecía muy extrañado. Los ojos de mamá saltaban del uno al otro. Mero abría la boca, pretendiendo hablar.

Papá se echó afuera, súbitamente, y corrió sobre la cuerda. El negro corrió tras él y le sujetó por un hombro. Nosotros nos acercábamos al grupo. Oímos algunas palabras que papá casi le secreteaba al negro.

—¡Cómo no, don Pepe; cómo no! —dijo él. Inmediatamente se dirigió a los presos, ordenó no sé qué cosa a los guardianes, y él mismo encaminó la cuerda hacia la sombra del alero. Los prisioneros se inmovilizaban de asombro. Papá se tiró en los brazos de dos que iban al centro, medio ahogándose al decir:

—¡Cun! ¡Mente!

Imposibilitados de abrazarle, ellos se contentaron con recibirle en los pechos y gemir:

—¡Pepe! ¡Pepe!

***

Sueltos, libres por un rato, los dos amigos se estrujaban los brazos y se acomodaban en sillas. Papá estaba sentado frente a los dos y en un rincón el negro, mirándoles con creciente interés. Uno de ellos contaba:

—Cuando nos dejaste ahí mismo, en el Jagüey, cogimos el monte y salimos en Almacén. Pasó la revolución, los compañeros hicieron unas compras de cacao y tabaco y volvieron por tren al pueblo.

—¿Por qué se quedaron ustedes?

—Teníamos que hacer negocio, Pepe, —contestó el otro—, algo que nos diera siquiera los gastos del viaje.

Siguieron contando. Pasada la revuelta, en derrota la gente de lello Macario hacia el Bonao y las huestes de la revolución que asediaban por el lado del oeste, encontraron que podía darles buen resultado comprar armas y municiones de los revolucionarios que huían. Juntaron bastantes.

Papá no podía contener la amargura que le rebosaba la cara.

—¿Y por qué compraron cosas tan peligrosas?

—Para llevarles comida a los hijos —fue la tranquila respuesta de uno.

La conversación degeneró. Apenas ocultaba papá su disgusto. Eran amigos, sus amigos. Ya había tratado de Salvarlos, al principio de la revuelta, cuando ellos lo asustaron en el paso del Jagüey. Les brindó entonces su casa y no la aceptaron; les dio un hombre para que los sacara hasta el otro lado de las lomas, y torcieron el rumbo. Ahora iban presos, ¡presos!, sabe Dios hacia qué destino ingrato.

El negro se puso de pie. El día corría más veloz de la cuenta.

—Trátelos con consideración, amigo —recomendó papá.

Ellos protestaron:

—Nos han tratado bien, Pepe, dentro de lo posible.

Inmediatamente empezó el negro a alborotar de nuevo. Corrió a buscar el caballo, que trataba de mordisquear en el camino alguna grama; dio voces, ordenó, gritó. Mente y Cun retornaron a la fila. Se despidieron de mamá con aparente tristeza. Ella ni siquiera pudo hablar.

Amarrados de nuevo, y listos para partir, se le ocurrió a papá llamar al jefe otra vez.

—¿Cree usté que les pasará algo malo? —preguntó.

—¡Jum! Yo no sé, don Pepe, pero...

—Son gente peligrosa. Se pueden salvar, sí la Virgen hace un milagro.

—¿Cómo?

Papá trataba de esconder su interés.

—Como le digo, don Pepe.

Como si le hubiera desgajado un profundo dolor, padre se fue acercando a mamá lentamente, lentamente, mientras los presos gritaban adioses y el caballo del negro desmenuzaba el polvo del camino.

***

Había la cuerda desaparecido, comida por el recodo glotón. Con la voz estrecha de sufrimientos, papá comentaba:

—Los van a fusilar, Angela; me lo ha dicho él.

Repetía sin cesar esa frase, que de seguro le obsesionaba, y mi madre le contemplaba destemplada, llorosa.

—Tú eres amigo del general, Pepe; usa de tu amistad; habla con él.

Papá se detuvo en seco. Parecía que acababa de descubrir su razón de vivir.

—¡Eso es! —dijo entusiasmado de repente.

Comenzó a dar carreras.

—¡Mero! ¡Mero! ¡Tráeme cualquier mulo: el mejor, el que esté más cerca!

Mero cortó hacia los potreros, a toda pierna, y papá se metió en el cuarto, seguido por mamá, a vestirse, a alistarse. Hablaban y hablaban. Una esperanza súbita los embargaba a los dos.

Cuando estuvo vestido se encontró con el mulo ensillado. Era un animal de carga que le iba a dar mal viaje; pero él no lo sentiría. Al montar la bestia se encabritó y reculó.

—¡Ah condenado! —gritó— ¡Bien se ve que no eres la Mañosa!

Mero se apresuró para sujetarle el freno. Papá casi voló sobre la silla. Le vimos alzar una mano; vimos el anca redonda del animal, fueteada por el rabo veloz, vimos el camino torcer.

Pasó una hora y pasaron dos. Llegó a casa Carmita y dijo:

—Dizque diban con una cuerda de presos...

Llegó Dimas y dijo:

—Vi pasar una cuerda como de diez presos.

Llegó Simeón y dijo:

—Me cuentan que llevaban como veinte presos.

Se detuvo un rato un hombretón que vivía en Pino Arriba y dijo:

—Por ahí pasaron un montón de presos.

Mamá les fue contando a todos la historia de los prisioneros y explicó que se trataba de gente buena, unos amigos a quienes papá había encontrado a la vuelta del último viaje. Decía después que papá andaba por el pueblo, y que había ido a ver al general para pedirle la libertad de esos amigos.

Se corrió la voz por el campo y empezó a llegar gente que saludaba y hablaba de mil sucesos... Todos buscaban que mamá les confirmara el cuento de que papá iba a pedir que no fusilaran a cincuenta enemigos que se habían pronunciado la noche antes.

Esperando nos sorprendió el atardecer, creció la noche, se cerró, se hizo pesada sobre el mundo. En el comedor de casa, hablando siempre de lo mismo, estaban los visitantes de todos los días. Nos vieron cenar y no se fueron. Sazonaba la noche, asomándose a las ventanas. Si oíamos pasos de monturas, nos acercábamos a la puerta. Mamá lamentaba.

—Pepe ha tardado mucho.

Dimas y el alcalde le decían que esperara, que esperara. Y observando sus consejos nos alborozó la llegada de papá. Nos juntamos todos en la puerta, malgastando gritos. El se tiró del mulo, lo abandonó, como si no le importara el animal, y sin decir palabra cogió las manos de mi madre, se las sujetó, se las acercó al pecho, las soltó de pronto y se metió en su cuarto, tirándonos encima el tremendo dolor que le había hinchado los ojos.

IX

Allí estábamos, en el comedor. En un rincón, la vieja Carmita se clavaba en la pared; a su lado, estrujándose las manos que parecían molestarle, callaba Mero; junto a la mesa, marcando las uñas en el mantel, Simeón; con los pies cruzados y con los brazos cruzados, frente a mí, Dimas; a mis lados, Pepito y mamá; bajo la ventana, en una mecedora destartalada, rumiaba papá su tristeza.

Nadie hablaba. A ratos alguien se movía; entre el silencio crujían las medias toses de Dimas. La cara de mi padre se había vuelto ancha para el vuelo de la luz que sobre mí se sostenía limpia y tranquila. Y dijo mi padre, mucho después, rompiendo aquel mutismo tenso y lóbrego:

—Simeón, esto será siempre igual, igual siempre.

El alcalde aprobó bajando la cabeza. Después corroboró:

—Igualito, don Pepe.

Entonces papá empezó a contar:

—Se resistió el mulo en el camino.

Se le había resistido el animal. Llegó al pueblo casi dos horas más tarde de lo justo, y enderezó los pasos hacia el centro. Vio mucha gente, demasiada gente que se separaba, que se disolvía. Al parecer la multitud había estado reunida en algún sitio. Preguntó.

—Fusilando unos que estaban.

¡Oh! ¡Y qué salto le dio el corazón en el pecho! Arreó el mulo y les fue buscando el núcleo a los grupos. Todos parecían venir de los lados del cementerio. Hacia allá se encaminó. Efectivamente, un hacinamiento de hombres, mujeres y niños discutidores y de caras feroces, se desprendía de las cercanías. Siguió andando, medio confuso y medio asqueado. Alcanzó a ver un pelotón que abandonaba el lugar. ¡Cómo resaltaban los soldados sobre el sol verde que les quedaba atrás! Papá veía gente, gente. Las casas y las calles le daban vueltas bajo las patas del mulo. Oía trozos de relatos y topaba más grupos. Desembocó en una placeta descuidada. Al fondo estaban las paredes del cementerio. Trató de acercarse a la puerta; pero allí había un abigarramiento difícil de hendir. Los curiosos indicaban un sitio haciendo comentarios. Al sitio miró él: era un paño de la pared; estaba manchado de sangre. Sintió horror, repulsa, mal sabor que le subía hasta la garganta. Toda la cabeza le ardía y le sonaba. Anduvo más. Cerca de la puerta vio un corro y en él a un oficial que pinchaba con el sable un bulto que yacía a sus pies. Papá iba montado y por eso pudo ver. En viendo sintió vértigos y volvió la cabeza del animal. Una hoguera se le encendía en el pecho. Tenía ganas de tirarse, de arremeter contra el grupo, a tiros, a mordiscos; quería desgarrarles las carnes. Aquella gente estaba contemplando cadáveres ensangrentados, que se amontonaban uno sobre otro, juntando los pies, las cabezas y los destrozados pechos en un manojo horripilante. Y entre los cadáveres, verde, lívida, asomaba la faz de Cun, contraída, torcida, rota.

Papá clavó desesperadamente las espuelas en el vientre de su mulo y como un loco cruzó calles hasta llegar a un edificio bajo, custodiado por soldados. Se tiró y se lanzó a una puerta. Trataron de detenerle; pero él se desentendió del brazo que le cruzaba una carabina delante y se metió impetuoso hasta el mismo escritorio del general. Fello Macario lo vio llegar y se puso de pie. La habitación estaba llena de gente.

—¡General, general! —casi sollozó papá.

El general tenía el rostro amargo y la voz destemplada. Le abrazó.

—¡Cuánto me alegro de verlo, Pepe!

¡Cómo! ¿Se alegraba? ¿Era capaz de estar alegre, mientras una orden suya abatía vidas, allí cerca, a cinco cuadras? ¿Era capaz de alegrarse?

—Usté lo estará general; pero yo no tengo motivo para sentirme contento.

Fello Macario le ensuciaba los ojos con su mirada pesada.

—Venga por aquí, Pepe.

Siempre con el brazo echado sobre la espalda de papá lo llevó a otra habitación. Se oían las conversaciones de los que quedaban atrás. Eran vividores, eso es: vividores. Quemaban incienso ahora; antes huían.

—Pero general... ¿Cómo ha fusilado usté a esa gente? ¿Por qué?

Macario se sujetó el bigote y miró al suelo. Levantó la cabeza.

—Era necesario —explicó.

—¿Necesario general? ¿Es necesario matar?

—No, matar no, Pepe; pero hay que dar ejemplos.

¡Oh! ¿Y era aquel Fello Macario, el revolucionario noble, el de las generosidades que andaban de boca en boca? Cierto que se mostraba muy apenado, como desteñido. Pero... ¿Era él? ¿Él? ¡Conque Fello Macario consideraba que había que dar ejemplos! A papá se le caía el mundo encima, se le derrumbaba el cielo sobre la cabeza.

—¿De qué ejemplos habla, amigo; de qué ejemplos?

—Esa gente iba a turbar la paz.

Papá quería reír, quería llorar.

—¿Paz?... No, general. Eran hombres serios que andaban buscando la comida de sus hijos.

—No Pepe; usté no comprende. Esta política...

—¡No se trata ahora de política! ¡Se trata de que antes eran hombres como usté y yo, con hijos a quienes querer, y con mujeres; se trata de que eran hombres y ahora no son nada, porque usté ordenó que los volvieran nada, nada...

A papá se le cargaban los ojos de lágrimas. El general soportaba cortésmente, esforzándose, si bien también tenía la voz alterada. Tomó a papá por la cintura, como a un niño malcriado que se quiere mucho, y lo fue llevando con disimulo hasta la puerta.

—Vuélvase por aquí, Pepe, cuando esté más calmado. ¡Si usté supiera lo que es esto, lo que se sufre en esta política!

Padre se vio en la acera sin saber cómo. Montó. Estaba atolondrado, borracho de indignación.

Todavía por las calles del pueblo había grupos que escupían palabras quemantes y comentaban el suceso.

Meciendo la cabeza como copa de palmera, Dimas dijo:

—La gente es peor que las bestias...

En su rincón, Carmita pensaba en los hijos mientras se le apagaban los ojos. Mero veía a papá y a mi lado lloraba madre.

La noche maduraba sobre la tierra generosa del Pino. Papá me acariciaba la cabeza con una manaza de piedra. Se puso de pie y poco a poco se acercó a la ventana. Trataba de alejarse de mamá, cuyas lágrimas rodaban rojas.

—Tengo el alma podrida, señores —roncó, como hablando con la noche.

Estaba de espaldas y procuraba penetrar el horizonte cerrado. Su voz parecía un quejido. Se volvió lentamente, y al rato, desalentado, roto, dijo:

—A mi mula le pude quitar las mañas, pero a los hombres nadie se las quita.

Dimas y Simeón aprobaban en silencio. En la ventana trapeaba la brisa.

Mamá seguía llorando.

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C U E N T O S

.- Camino real

Cuando terminó la cosecha de tabaco, con la perspectiva de tiempo de agua por delante, decidí ir hacia otra tierra en busca de trabajo. En el camino de Los Higos me alcanzó un hombre que andaba de prisa. Llevaba machete al cinto, una hamaca doblada al hombro y otro pequeño bulto rojo en la mano derecha. Vestía pantalones azules y muy estrechos, camisa amarilla, sombrero de cana. Me saludó en voz baja y siguió; pero a pocos metros se detuvo.

—¿Usté sabe si por aquí habrá finca? —preguntó.

—Yo ando en lo mismo —dije.

La cara era como de madera joven: la nariz fina y recta; abajo se le rompía la piel en carnosa boca; arriba le salía el sol tras unos ojos negros, bajo cejas abundantes.

En el modo de pararse, en la voz; en la firmeza con que miraba, en el entrecejo alto: en todo aquel hombre había algo atractivo y gallardo.

No caminó sino que esperó a que yo estuviera cerca para decir:

—Deberíamos andar juntos...

—¡Claro! —dije.

Y ya fuimos dos voces y cuatro pies para pelear aquel camino tan indiferente y tan retorcido.

***

En estas acogedoras tierras, nuestros dos hombres hacen amistad muy pronto, porque nadie desconfía de los demás. Una persona puede ser mala en el Este y buena en el Sur; puede haber muerto otra en la Frontera y salvar una vida en el Cibao. Hay tonterías de gran importancia para decidir: los tragos, una mujer, groserías dichas en momentos de ira: he aquí las causas por las que un hombre mata. Aquí, en el Cibao, dos cosas deshonran: robar o soportar una injuria.

Aquel hombre me había dicho, como quien tira palabras sobre el camino, que se llamaba Floro y que venía de Tavera. Quería ver tierra, según él. Después, sin regateos, bajo una jabilla, abrió su bulto rojo y me tendió casabe y carne salada. No sabía quién era yo ni le importaba. Probablemente esa misma tarde, a ser necesario, hubiera dado gustoso la vida por defender la mía.

—Todos nosotros semos hermanos en este mundo —dijo mientras comía.

En la noche (sobre nosotros la media herradura del cuarto creciente) dormimos bajo un caimito. Yo estuve buen rato observando el ir y venir de los cocuyos entre los árboles, bajo las negras enaguas del monte que parecía tragarse el camino real. Floro no quiso tender su hamaca “porque yo no tenía”. Su machete durmió desnudo y en el filo se hacía menudita la alta luna.

***

Floro y yo vimos, el segundo día de caminata, el techo alto de una casa. Era de zinc y las palmeras casi lo cubrían. Todavía tuvimos que andar bastante para ver la cerca. El potrero extenso, de un constante color verde, con algún que otro higüero parido y alguna que otra palma real; las manchas de las reses, berrendas, blancas, pintas, negras; la yerba de guinea subiendo un cerro, como gruesa e inmensa alfombra; la vivienda, sobre pivotes que debían ser troncos de hoja-ancha; la portada de viraje; el limpio de frente a la casa; la laguna que se peleaba con el sol, cerca de la entrada; los patos y las gallinas y hasta los pavos que vimos cruzar durante el rato que estuvimos detenidos; todo nos indicaba que estábamos en sitio donde podíamos encontrar trabajo. Floro me dijo:

—Compai, aquí hallamos.

Abrió la puerta y tomó la ancha avenida. Yo me entretuve en poner la tranca y le vi, doblado pero ágil, alto, fino y dispuesto. Un maldito perro negro se plantó allá, frente a los escalones de la casa, enseñó los blancos dientes y ladró como loco; pero Floro no acortó el paso: quería entrar y le importaba poco el perro.

Yo observaba la galería de la casa y vi salir un hombre alto y ancho de hombros, que apoyó ambas manos en la pasarela; estaba vestido con pantalón negro y camisa blanca; tenía además la cabeza cubierta de sombrero oscuro. Al pronto me pareció criollo, porque su color era quemado como el de casi todos los de esta tierra de sol, pero cuando habló, por el tono de la voz, por no sé que altivez al llamar, pensé que era extranjero.

—¡Pirata! ¡Quieto! —tronó.

El perro movió el rabo, dejó de ladrar, volvió la cabeza para ver al dueño y entró humildemente bajo la casa.

Floro se descubrió. Tenía un porte gallardo y atractivo.

—Saludo —dejó oír.

Y yo, cuando estuve cerca, agregué:

—Saludo.

El señor alto entrecerró los ojos y levantó el labio superior. Noté que tenía las cejas casi blancas y muy apretadas.

—Buen día —respondió.

E inmediatamente después:

—¿Qué se les ofrece? Están en su casa.

Floro dejó su bulto rojo sobre un escalón y movió el cuerpo en media vuelta para deshacerse de la hamaca. Subió luego con desparpajo, como si la casa fuera suya.

—Nosotros quisiéramos un trabajito —dijo cuando estuvo frente al señor.

El extranjero volvió a entrecerrar los ojos, observó detenidamente a Floro.

—¿Un trabajito? —preguntó.

—Cualquiera —observé yo.

Entonces se volvió a mí, hizo lo mismo que con Floro y apoyó el codo derecho en la pasarela de la galería.

—¿De dónde son ustedes? —preguntó de improviso.

Floro dijo:

—Yo soy de Tavera y mi amigo de La Vega; pero él viene de la vuelta de Santiago.

—¿De Tavera? —el señor parecía dudar—. ¿De Tavera?

Sí —añadió, como quien se contesta a sí mismo—. Allá tengo buenos amigos: los Núñez.

Floro amplió:

—Con los Núñez estoy yo emparentado.

—Bien, bien —aprobó el señor.

Y a seguidas:

—Sí, tengo trabajo. Quiero que mis peones se ocupen en una cosa cada uno. Me hacen falta un ordeñador y alguien que entienda de caballos.

Él no nos miraba ahora. Hablaba como para sí.

—Vea —observó Floro—. Estamos bien porque yo de caballo entiendo mi chin.

—¿Doma? —preguntó el otro.

—¿Yo? Yo le amanso hasta al Enemigo Malo.

El señor se movió, como para entrar.

—Hay que suponer que usté ordeña —dijo mirándome.

—¡Claro! —Asentí.

Entonces él caminó hasta el extremo de la galería que estaba a su espalda, apoyó ambas manos, como cuando nos recibió. Yo le veía la ancha espalda y admiraba su buena camisa blanca. Usaba pantuflas de cuero amarillo.

—¡Selmo! —llamó.

Y una voz contestó:

—¡Ya voy, don Justo!

Un hombre bajito, pero aparentemente fuerte, quemado, con ropa burda de trabajo, ojillos inquietos y negro pelo alborotado, subió a poco los escalones.

—Esta gente trabajará aquí —dijo señalándonos el señor—. Llévalos ahora a la cocina para que coman.

Y sin esperar nuestras gracias ni agregar una sílaba, dio la espalda, entró a la casa y le vi sentarse junto a una mesita que soportaba una increíble carga de libros y periódicos.

***

El corral estaba bastante lejos de nuestro dormitorio; había que hacer una caminata de casi media hora, por entre el potrero húmedo. Era redondo y amplio, de troncos gruesos superpuestos hasta una altura superior a la de un hombre. De tarde se arreaban las vacas paridas hasta allí. ¡Cómo cansaba andar a saltos entre la yerba cortante, por todo aquel inmenso potrero, buscando las reses que estaban rezagadas, escondidas en esa gran alfombra verde! Después había que apartarlas de sus crías y encerrar éstas en el chiquero, hecho en el mismo corral. Alguna vaca recentina enfurecía cuando le llevaban el ternerito y constantemente estaba uno expuesto a una cornada, o a varias.

A la semana yo conocía todas las vacas hábiles para el ordeño por sus nombres: India, Grano de Oro, Graciosa, Caprichosa, Rabo Negro, Lirio Blanco, y ¡tantas más! Y los nombres de los terneritos, entre los que muchos se distinguían porque uno tenía la pezuña negra y el otro no; porque uno tenía el rabo grueso y el otro delgado.

Eran bastantes las vacas a ordeñar. A las dos de la mañana estaba yo en pie; y a esa hora, con el muchacho que debía ayudarme, un trigueñito vivo y callado, tomaba el camino del corral con mi linterna de mano. Siempre, como si hubiera hecho promesa, Liquito, el ayudante venía tras de mí silbando algún merengue.

¡Qué fantástica belleza la del potrero, las noches de luna, cuando sobre las palmeras húmedas de sereno se hacía plata la luz!

Día a día, muchas veces, cuando todavía no había terminado el primer ordeño, se aparecía el señor en su gallardo caballo melao; se arrimaba al corral desde su montura, una mano sobre la otra en el arzón de la silla; preguntaba cómo estaba la faena; se interesaba por saber cuánta leche daba cada vaca. Y si yo le decía que tal o cual estaba herida, se tiraba del animal, venía, me miraba con aquellos ojos entrecerrados, observaba la herida de la res y decía:

—Bien, bien. Creolina.

O prefería callar.

Al amanecer, empezando el sol a hacer cristales en las pencas de las palmeras, venía Silvano con los burros para llevar la leche a la casa. Don Justo veía la operación de la carga, decía alguna maldición si se derramaba algo de líquido y terminaba clavando su melao para ir al último potrero, al otro lado del río, donde Floro cuidaba de los caballos y de los mulos y donde, por no sé qué herencia árabe lejana, don Justo se detenía complacido hasta bien entrado el día, acariciando con mirada y mano enamoradas las ancas de algún bello potro o la crin larga y rizada de alguna yegua parida.

***

¿Eres tú, hombrecillo de ciudad, quien habla despectivamente del campesino y le llamas entre otras cosas haragán? ¡En el campo trabaja el hombre sin tregua! Yo lo sé por mí, que tenía el día corto siempre, aunque Silvano o Selmo me ayudaran cuando tenía que estampar una res, capar un toro o despuntar un becerro guapetón. Luego, ¿sabes tú lo desamparada, lo pesada que es aquella vida? Si llovizna, empiezan los toros a quejarse con mugidos aterradores; de noche nos come la oscuridad: dondequiera asegura la tradición que aparece un fantasma, los mismos cocuyos asustan, porque “son almas en pena de muertos”; hay alimañas, como la cacata, capaces de poner la vida de un hombre en peligro; no tiene uno diversión, porque trabaja igualmente un día laborable que un domingo, y si juega gallos o va a una fiesta, debe doblar el trabajo luego; de noche grita el campo por boca de los perros condenados; no puede uno chancear con un compañero, que el campesino es susceptible y bravo; no se gana con qué mudar una mujer; a media madrugada hay que vestirse con la ropa sucia y húmeda. Ya soñoliento, cuando los ojos buscan la hamaca, le pesa al hombre doblarse para lavar sus pies. ¿Y si llueve? ¿Has pensado tú, mariquita de ciudad, que gastas paraguas y capa de agua, lo que significa tomar, friolento y cansado, bajo la lluvia fina de la madrugada, sin nada que te abrigue, el camino del potrero? ¿Lo has pensado? ¿Sabes acaso lo que es desatar el nudo de un lazo de majagua que en la noche se hinchó con la lluvia? Hay que prenderse de él con los dientes, porque los dedos entumecidos no tienen fuerza. Si tienes un minuto libre, es para afilar el machete o el cuchillo; después de comida, a tejer la soga que se está desflecando; antes de cena, a componer el aparejo de tu montura que empezó a romperse; al anochecer, echar el caballo flaco y viejo, con que arreas las vacas al río, al potrero para que coma. ¿Y lo otro? Ordeñar, curar las reses con gusanos, untarles creolina en las heridas, juntarlas al atardecer para ver si falta alguna, apartar las paridas de las horras. En esto último nada más se te va un día, mariquita de ciudad. ¡Y eres tú solo, tú solo, tal vez como mucho con un chiquillo que tenga los ojos grandes, sea delgado y vivo y se llame Liquito, tan pequeñín que apenas lo ves sobre el caballo entre la alta yerba de guinea! ¡Tú solo, sin tener con quien charlar, con quien desahogarte! ¡Tú solo en todo aquel campo monstruosamente egoísta! ¡Tú solo, sin un espejo donde verte, siquiera!

¿Y los otros, los que trabajan en las siembras, en el cacaotal, en el maizal; esos infelices a quienes el amo visita todas las tardes “para ver qué hacen los vagos”? Día a día, ¿sabes?, tumbando, talando, desyerbando para que la maleza no se trague el tabaco; quemando, cortando los racimos de palma y sancochando rulos para los puercos; siempre revueltos entre los platanales, manchados y untados de esa savia pegajosa que deja el plátano: abriendo la mazorca del cacao, fermentando y secando el grano de oro; enloquecidos entre la cogida del café y la siembra del maíz, entre el arreglo de la palizada que se llevó el río y la templada del ya viejo alambre de púas; entre la peligrosa tumba de los cocos de agua y la hachada del viejo árbol seco para leña. ¡Ay, muñequito de ciudad, que en el campo se aprovecha todo y es muy duro el trabajo! ¡Pesa demasiado el hacha, demasiado recia es la tela de fuerte azul con que te hacen la camisa y es sobrada la exigencia del señor que te obliga trabajar doce horas diarias para darte cinco pesos cada día treinta!

¿Y Selmo, que fabrica el queso, echa maíz a las gallinas, atiende a don Justo, le hace sus diligencias en el pueblo, reparte la leche que deben llevar los muchachos a la ciudad, se ocupa en la venta de la leña, barre el frente de la casa, tuesta el café?

¿Y la negra María, la pobre y vieja negra, que hace humear el fogón de madrugada y tiene café colado a las cuatro, como si quisiera brindarle al mismo sol; que cocina en pailas enormes, que lava la sal porque al amo le gusta limpia antes de molerla, y desgalla el arroz descascarado a pilón, y sala la carne para que no le caigan querezas, y limpia de tierra la papa, la batata, el ñame, la yuca, antes de pelarlos; parte la cuaba con que ha de encender el fogón, astilla la leña rebelde, baja al patio en busca de cilantro; recorre los nidales tras los huevos y va hasta el alambre para conseguir un musú que le sirva de estropajo: ¿y esa pobre negra que cocina para más de veinte hombres, no habla en todo el día, la cerca la noche fregando y tiene todavía que subir a la casa para rezar al amo la letanía, el rosario, la oración y todos los rezos juntos?

¿Y Liquito, trigueñito pequeñín, de cejas negras y finas, de ojos sinceros y asombrados, que no abre la boca porque si hablara empezaría a quejarse para no terminar? Liquito el niñito, que recuerda desde cuándo está aquí y sabe muy bien que dejará esto cuando la muerte lo sorprenda; que crecerá acomodándose a esta vida sufrida, sin esperanza de mejorar, sin ambición, sin conciencia.

¿Y Floro? ¡Ah, diablos! Floro está allá, en la humedad, como hongo de camino, metido entre el estiércol de los mulos todo el día con la cal sobre la matadura del animal que se peló cargando leña, que la cal impedirá la culebrilla y con la culebrilla se desgracian las monturas. Floro está allá: medio día para bañarlos caballos de silla y cortarles la comida; medio día para tejer sogas, componer angarillas y arreglar árganas; la madrugada para lazar los diez mulos que hoy y mañana y pasado mañana tienen que llevar la carga, sea cacao, leña, leche, cocos, maíz, café, andullos, plátanos, tabaco, naranjas, batatas, yuca; los diez, los veinte, los treinta que han de estar continuamente pisoteando caminos enlodados o caminos secos, bajo la amenaza del fuete, cuyos trallazos los enloquecen de terror; los veinte, los treinta mulos que no pueden quejarse y a los que se les da demasiada paga con un poco de cal sobre la matadura y un potrero amplio donde comer cinco o seis días corridos, si no hay carga. Los mulos de la recua de don Justo, como nosotros, recua infeliz de don Justo o de cualquier otro amo.

¿El campesino? ¿El campesino haragán? ¿El campesino que paga todos los impuestos igual que el rico, que no tiene escuela ni teatro ni luz eléctrica? ¿El campesino a quien reclutan para mandarle a las revoluciones, a la matanza? ¿El campesino a quien el comisario del pueblo quita su caballo “para hacer una diligencia oficial” y se lo devuelve deshecho? ¿El campesino bondadoso, con su casa abierta a todos los caminantes, la mesa puesta a todo hambriento, la hamaca o el catre tendidos a todo soñoliento, la voluntad presta a señalar el buen camino para quien se perdió en las lomas o en la sabana o en el monte? ¿El campesino que trabaja desde antes del sol mañanero hasta más allá del sol de la tarde, sembrando el tabaco para que fume el hombre de ciudad, sembrando el cacao para la golosina o el chocolate, el café para el vicio o la fortaleza, los frijoles y el arroz para la comida; que cría cerdos y vacas y gallinas; que lo produce todo y lo vende por centavos miserables, para enriquecer a los demás, los otros, los echados del templo a latigazos?

¿Es haragán ese hombre? ¡Y todavía hay quien hable mal del desgraciado hombre de tierra adentro...!

***

Nuestro dormitorio era una sola habitación larga, de tablas de palma, sin pintar, techada con yaguas. Tenía tres puertas al Oeste y dos ventanas al Norte. El piso era la misma tierra, alisada por tantas pisadas; los rincones rezumaban humedad y criaban yerbas. Había montones de tusa, higüeros secos, aparejos, sillas de montar, frenos. Las gallinas andaban por ella todo el día, buscando cucarachas y otras alimañas; ensuciaban los dos bancos largos de madera amarilla donde nos sentábamos y hacían sus nidales entre la tusa o en los viejos aparejos. Las rendijas anchas, por donde nos entraba el sol, estaban cubiertas de telarañas.

Por la mañana se veían las hamacas pegadas a la pared, pequeños bultos de tela azul o amarilla, pero a primanoche empezábamos a desatarlas y colgarlas. Hacia las siete, si no teníamos que desgranar maíz, íbamos a la laguna, cerca de la entrada, nos lavábamos los pies y volvíamos para echarnos cada uno en su hamaca; charlábamos luego un rato, pues que sin ver la cara del otro y con el cachimbo en la boca, descansado ya, es mejor hablar y contar al grupo silencioso algo nuevo para ellos o algo viejo en ellos, aunque lo ignoren.

Entre dos puertas, en la pared que daba al oeste, colgábamos la linterna de mano y su luz roja nos encendía los ojos. En la pared de enfrente se agigantaba cada movimiento de la hamaca o se hacía monstruoso el tamaño del hombre que, de pronto, se incorporaba para ver mejor al hablar. Después, cuando el sueño empezaba a mordernos, íbamos limpiando el cachimbo, golpeándolo contra la palma de la mano zurda, medio doblados en la hamaca, como quien va a tirarse. Luego uno decía:

—Noche.

Y las voces iban gradualmente apagándose; pero siempre se despedía cada quien del grupo con un:

—Que duerman bien...

O:

—Hasta mañana.

Hasta que, improviso, alguno preguntaba:

—¿Se puede apagar la luz?

Y si alguien contestaba;

—Sí.

O si el silencio se tragaba la pregunta, el que la había hecho se tiraba de su hamaca, levantaba el tubo y soplaba. La noche entraba de pronto, como un murciélago inmenso y silencioso. Acaso Pirata o Boca Negra trataran de romperla a ladridos, en la entrada o bajo el piso de la casa del amo.

***

Con el tiempo de agua me trajo don Justo un compañero, porque las vacas daban más leche y mi trabajo se hacía largo. Se llamaba Prieto y era indio oscuro, con cejas peladas, nariz ancha, boca gruesa y ojos glaucos. Se le veía, en el pelo castaño, en la disparidad entre su color y sus ojos, entre sus pómulos y sus cabellos, que era hombre endemoniado. Regularmente son bravos y callados estos cibaeños que traen encima todas las razas.

Prieto trabajaba mucho y reía más. Tenía unos grandes y blancos dientes de negro que le daban aspecto de hombre fuerte. Rezongaba a menudo, porque el amo no le dejó llevar sus gallos de pelea, “mi único vicio”, como decía él. Don Justo creía que los peones perdían tiempo en atender a sus gallos.

Prieto me tomó pronto gran cariño. Me decía que había dejado su mujer encinta, en Palmarejo, y que andaba “por el mundo” en busca de dinero para el parto. No se explicaba, entre otras cosas, por qué yo era tan cordial con Floro, “un hombre que tiene las cejas tan paradas y que con naide habla”. Poco a poco se me fueron haciendo largos los ratos de ocio; pero comprendía que si el amo llevó a Prieto no fue para aliviarme la faena, sino porque temía que con la abundancia de trabajo, el ordeño terminara tarde y se perdiera leche. Sin embargo, Prieto acabó siendo mi Cirineo y yo llegué a quererle como a hermano menor.

***

Una lluviosa tarde, después de pensarlo mucho, me atreví hacer lo que durante tanto tiempo fue mi más hondo deseo en la finca.

Cuidadoso de no ensuciar con mis enlodados pies los escalones, subí, la palabra prieta en la garganta y una ligera liviandad en el pecho; me detuve en la galería y esperé a que don Justo levantara la cabeza y él mismo me empujara a decir qué deseaba.

Estaba en su mecedora amarilla; tenía a su lado la mesita de mármol cargada de libros, revistas y periódicos; entre sus piernas largas y delgadas, cubiertas con pantalones negros, había un libro grande, de canto dorado; la mano oscura de tanto sol acariciaba la página que no tardaría en volver. Don Justo respiró hondo y levantó la cabeza. Era la suya una cara cuadrada, de frente alta y arrugada, de cejas blancas y apretadas, nariz alta y despótica desde el entrecejo, junto al que se escondían los ojillos negros de párpados arrugados, hasta las ventanillas levantadas; tenía la boca fina y ancha, sobre mentón cuadrado, entre la blanca pelambre de la barba. De la quijada al pescuezo le sobraba piel. Probablemente don Justo fuera calvo; yo no puedo decirlo porque nunca le vi destocado, sino siempre con aquel sombrero de fieltro oscuro, bajo el que parecía escondido.

—¡Hola, Juan! —dijo.

Su voz era gruesa y autoritaria, aunque no quisiera. Ese día parecía estar de buen humor. Entrecerró el libro, el índice derecho entre las páginas que leía, y agregó, al tiempo que se estrujaba la cara, como quien tiene la vista cansada, con la mano zurda:

—Descansando, ¿eh?

—Un poco, don Justo —contesté.

Él debió leerme la indecisión en la cara.

—¿Qué te trae? —preguntó.

—Desearía que me prestara algo de leer —dije.

El viejo se llevó la mano izquierda a la rodilla del mismo lado, meció el cuerpo hacia alante, entrecerró más los ojillos y levantó el labio superior.

—¿Qué leer? —dudó.

Se le veía el asombro en las arrugas de los ojos, en las de la boca, en aquel labio levantado, en la actitud de espera que tenía todo él.

Había una agradable penumbra en la habitación. Yo distinguía bien el pedazo de sala que tenía enfrente; no así los rincones de la izquierda, envueltos en sombras.

Don Justo resopló, hizo un esfuerzo y se puso en pie. Me pareció un poco cargado de espaldas.

—Bien, Juan —dejó oír.

Se acercó a la mesilla, puso en ella el libro, abierto bocabajo, como para no perder la página que había estado leyendo cuando yo le interrumpí, y se volvió a mí. Levantó los brazos y me pareció que iba a apretarse el cinturón.

—¿Qué te gustaría leer? —preguntó de repente.

—Algo importante, don Justo, que enseñe —expliqué.

—¿Que enseñe?

Pero esta última pregunta la hizo en un tono especial, como si al mismo tiempo se estuviera haciendo otra por dentro. Oí como si hubiera alargado demasiado la primera sílaba.

—Sí —dije—. De carácter social o político; algo que no sea novela, por ejemplo.

Repentinamente el viejo alzó la cabeza. Otra vez arrugó el labio superior. Me di cuenta, entonces, de que tenía dientes postizos.

La oscuridad del rincón que yo veía se iba haciendo más espesa y empezaba a invadir el cuadro de luz que entraba por la puerta abierta en cuyo vano estaba yo de pie, con el sombrero de cana entre las manos. Don Justo parecía también una sombra, algo de otro mundo con las lucecillas de sus ojos interrogando, alto, la camisa blanca impecable, los brazos colgantes, las manos oscuras inmóviles junto a las piernas, la cara corroída por la penumbra y la pelamen blanca.

El viejo dio la espalda, respiró fuerte una vez más y pareció buscar algo sobre la mesilla.

—Bien, Juan —dejó oír—. Busca tú mismo. Aquí hay mucho que leer.

Yo no me acordé de que podía ensuciar el piso con mis pies enlodados. La mancha blanca de la camisa se hizo a un lado y las pantuflas de don Justo rasgaron el silencio que yo llevaba dentro.

***

¡Ah, el asombro de aquella gente cuando, al saludar, tropezaban con el compañero embebido en su lectura! Yo estaba sentado en uno de los largos bancos, bajo la luz roja de la linterna. Por las tres puertas entraba el aire en ráfagas y ululaba en las rendijas de la pared de enfrente. Del potrero venía el viento húmedo. Olía a sal y estiércol el viento.

Los hombres llegaban, duros, callados y mal olientes, con su burda ropa azul, descalzos y enlodados; saludaban, sorprendidos; iban a un rincón, dejaban el colín o la soga o el aparejo y buscaban asiento en el otro banco. Después desenvainaban el cuchillo que lleva cada campesino a la cintura, sacaban la vejiga de puerco, extraían de ella el andullo y lo picaban cuidadosamente sobre un extremo del banco. Yo adivinaba los ojos prendidos en mí cuando estrujaban el tabaco entre ambas manos, cuando llenaban el cachimbo, cuando guardaban la vejiga. Les veía la cara enrojecer al llevar el fósforo encendido hasta cerca de la boca, para encender mejor. Después ellos, un brazo cruzado sobre el vientre y el otro ocupado en el cachimbo, herméticos y calmosos, se daban a verme.

Oí dos, apoyados a una ventana, quejarse del mal tiempo. Hablaban con voz apagada, pero yo comprendía que hubieran querido hablar de mí. Las letras me bailaban ante la vista. Me sentía satisfecho y lleno de una gran ternura.

Aquella noche llegó Floro un poco más tarde. No se fijó en mí al entrar, sino que fue derecho hacia el rincón más cercano y tiró un bulto de sogas.

—Me están fuñendo las sanguijuelas —dijo.

Prieto estaba tendiendo su hamaca, el cachimbo a la boca y cubierto todavía con su sombrero de cana. Se volvió como azorado.

—¿Le han caído a usté? —preguntó.

—¿A mí? —Floro parecía malhumorado—. Al melao de don Justo se lo están comiendo.

Selmo cruzó las piernas.

—Jum —observó—. Cuídelo, porque lo quiere más que a la niña de los ojos.

Prieto dijo:

—Dejemos el conversao, que a Juan le molesta.

—Ustedes no molestan —protesté.

Entonces Floro me miró, endureció la vista, arrugó el entrecejo y vino hacia mí.

—Adios, Juan, y ¿qué es eso?

—Leyendo —expliqué.

—¿Leyendo? —dudó—. ¿Usté sabe de letra?

Yo sonreí. Floro estaba de pie ante mí, las manos a la cintura, alto, delgado. La luz de la linterna le enrojecía la cara y escondía sus ojos en sombras. Caminó y se sentó a mi lado.

—Vea —dijo—. Yo hasta había pensado que usté sabía de letra.

Tenía las manos entre las piernas y el cuerpo tirado sobre éstas. Yo observé sus manos largas y ásperas, con gruesas venas de relieve. Se movió y tomó una revista. La acercó a los ojos. Veía las figuras, los grabados. Estuvo así un largo rato; después se levantó, fue hacia su hamaca y la desató.

—Yo daría hasta un brazo por saber un chin —dijo mientras la colgaba.

Y una voz aseguró, allá en la sombra de una ventana:

—Dichoso el que pueda. Ojalá yo y mi alma.

Yo me quise hundir en la lectura, pero me parecía estar caminando sobre barro resbaladizo. Hasta muy tarde tuve en el cráneo, mortificándome como un abejón, esas palabras.

—Ojalá yo y mi alma.

***

Una noche, la recia lluvia queriendo destrozar el techo de yaguas, estábamos arrinconados unos, los más en sus hamacas, Prieto y Floro mirando grabados de las revistas. Una luz clara y violenta iluminó, a través de las rendijas, nuestra habitación. Selmo se santiguó y murmuró:

—Ave María Purísima.

Yo me quedé mirándole y pregunté:

—¿Por qué has hecho eso, Selmo...?

—Para que la Virgen me libre de los relámpagos —contestó.

Nada dije, pero me atormenté pensando si convenía explicar a esta gente que una tempestad nada tenía que ver con Dios; que eso consistía, sencillamente, en un choque de nubes. ¡Señor! ¿Cómo es posible que los hombres vivan ignorantes de por qué oyen; en la creencia de que todas las cosas vienen de un ser milagroso; de que sus vidas están dispuestas así y no tienen derecho a rebelarse, a pretender una vida mejor?

La lluvia seguía roncando en las yaguas. De rato en rato venía la luz clara, rápida, y sobre nosotros resonaba el trueno. De pronto me mordió la desigualdad, la horrible desigualdad entre estos hombres buenos, trabajadores, sufridos, conformes con su vida miserable, descalzos, hediondos y sucios; y los otros, retorcidos entre sus lacras morales, codiciosos, fatuos, vacíos, innecesarios; o los menos, los amos autoritarios, rudos y despóticos. Una amargura que venía de muy hondo me subió a los labios, y hablé. Yo no recuerdo qué dije, pero lo que fuera lo hice con calor y sinceridad, porque la gente callaba y me miraba; algunos, acostados ya, levantaron la cabeza y me observaron. Arriba resonaba la lluvia, a veces el relámpago alumbraba y entonces retumbaba el trueno; entre las rendijas mugía el viento. Pero mi voz era más fuerte que la voz de la naturaleza.

Alguien aprobó, aprovechando una pausa mía:

—Asina es, señores.

Yo hablaba. Les decía que en la ciudad los hombres viven con toda comodidad, limpios y tranquilos; que no debían creer en aparecidos, en fantasmas, en brujerías; que sobre nosotros descansaba la carga de todo el país; que la tierra era de todos y para todos y puesto que nosotros la trabajábamos, nuestro debía ser el provecho.

—La única riqueza de la República —explicaba— es su agricultura; si nos negamos a trabajar el país morirá de hambre.

En el calor de mi discurso, cuando me parecía fácil convencerles de qué era un amo, me atajó Selmo.

—Pero don Justo es un buen hombre —dijo.

Y entonces Floro, que había estado callado y me miraba, tronó:

—¡Buen hombre! ¡Carajo!

Prieto agregó:

—A mí no me dejó traer mi gallo.

Y otro dijo:

—Verdá es; mire a ver si nosotros tenemos acordeón pa’ divertirnos. Don Justo se ha creído que todos nosotros somos sus hijos.

Yo me sentía molesto y callé. ¡Señor, que los hombres vivan como cerdos y cabritos, ignorantes de sus más elementales derechos!

Me dolía la cabeza de un modo horrible, pero había de seguro alguna parte del cuerpo que me dolía más. Yo no podía localizarla.

Esa noche soñé con millares de hombrecillos, abrumados bajo el peso de enormes fardos; pasaban lejos de mí, doblegados, y apenas les distinguía los rostros estirados por viejos sufrimientos. Yo estaba amarrado con cadenas, en medio de la gran llanura cruzada por aquellos hombrecillos, y no podía desatarme a pesar del violento deseo que tenía de correr y ayudarles.

—¡Idiotas! —grité—. ¡Tirad los fardos!

Y una voz sin entonación salida de todas aquellas bocas, contestó:

—¡Estamos bien así!

***

Como perdíamos tiempo en la enseñanza, dormíamos dos o tres horas menos. Yo estaba la mitad de ese tiempo enseñándoles las letras, el resto explicándoles mil cosas. Floro conocía ya los veintiocho signos, pero no sabía escribirlos; a Prieto le era difícil señalar la “q”, porque la confundía con la “p”. Nunca, en los años que he vivido, gocé de tanta satisfacción como en aquellos días.

Una mañana, terminado el ordeño, Liquito me llamó para que viera su nombre, hecho a punta de cuchillo en uno de los maderos que formaban el corral. Aquel niño suscitaba en mí una emoción rara, como si en él se encerrara mi esperanza. Los otros tenían mucho lastre, pero él... ¡Quién sabe cuánto podía florecer la semilla que yo sembraba en Liquito!

Pero mi situación se hacía difícil en la finca. Don Justo no me hablaba con la buena voluntad de antes; noté que procuraba esquivar mi conversación; le molestaba a ojos vistas que le pidiera periódicos y revistas. Una madrugada estaba el viejo como siempre, arrimado desde encima del caballo a la pared del corral; se clareaba el limpio cielo tropical y yo le veía la cara amarillenta y arrugada. Liquito me trajo a Grano de Oro, una vaca mansa, que no necesitaba “maneo” para el ordeño; como quería ganar tiempo, puesto que me quedaban algunas vacas por despachar y otras tantas a Prieto, no le puse la “manea” en las patas traseras. Yo no sé qué demonio raro le entró a Grano de Oro: tiró una patada, cabeceó y dio media vuelta. La lata de leche que estaba a mi lado, hacia mi izquierda, fue volcada por el animal.

—¡Condenado! —rugió don Justo, los ojos brillantes y la barbilla levantada.

Yo le miré y observé después a Prieto. Había levantado el rostro y miraba extrañado a don Justo.

A mí me ardía el pecho y parecía tener una brasa en la boca. Pero me hice el fuerte y nada dije.

***

Dos días después, en la noche, estábamos sentados Floro y yo a la entrada del dormitorio. Un limpio y estrellado cielo azul nos cobijaba. Por sobre los cerros del Oeste se levantaba la uña cortada de la luna creciente.

Los muchachos habían encendido hogueras en el patio, junto a la puerta del potrero, y nosotros sentíamos el calor pegarnos en el rostro. Floro, mirando el suelo, las manos juntas entre las abiertas piernas, preguntó:

—¿Por qué está usté aquí, Juan?

Yo no hubiera querido contestarle; pero la noche, las estrellas allá arriba, la brisa cargada de olores que doblaba las yerbas en el potrero... ¡qué sé yo cuántas cosas más!, me obligaron.

Hablaba en voz baja, metido en mis recuerdos. Mi voz me sonaba rara, como si una emoción contenida me cerrara la garganta. Yo era, esa noche, como un árbol del camino, las hojas abiertas a todos los vientos, dueño del paisaje; un árbol de esos que se duermen cuando llueve y se rizan al sol mañanero.

Frente a las fogatas cruzaban los muchachos, las saltaban, bailoteaban; las sombras largas, entre resplandores rojos, llegaban a mis pies. Floro tenía los ojos como carbones encendidos y parecía de piedra.

Los compañeros iban llegando, silenciosos y graves; algunos tomaban asiento en los bancos, dentro; otros se ponían en cuclillas, un brazo sujetando el otro y ese ocupado en el cachimbo; pero todos callaban para oírme. La emoción me fue dando calor, más calor que el que de las hogueras nos llegaba. Veía las caras enrojecidas pendientes de mi conversación; sentía la respiración cansada de esos hombres; me aturdían las risas de los muchachos que saltaban las fogatas. Y fui, inconscientemente, alzando la voz, alzándola, hasta que ella fue como el roncar del río desbordado. Lo decía todo, todo lo que había ido la vida amontonando en mí de amargo, de doloroso, de nauseabundo. Todo... Hasta que una voz, quebrada por la cólera, hizo volver las caras azoradas.

—¿Conque el sabio, eh?

Di el frente al que hablaba, como si no fuera yo. No me dolía esa burla, porque estaba muy hundido en mí mismo.

Por la ventana, los ojillos negros brillando en rojo, la cuadrada quijada dislocada por una sonrisa de sarcasmo, estaba don Justo.

—Ya comprendo —agregó— por qué se trabaja ahora a disgusto aquí.

Ni entonces tuve deseos de contestarle. El calor de las hogueras me envolvía. Además, ¡estaba allá arriba un cielo tan limpio, tan limpio, tan estrellado!

Los hombres se levantaron callados, como siempre; pero Prieto quedó allí, en cuclillas, a mis pies, los brazos agarrados; y Floro, la cabeza baja y las manos juntas.

El viejo dio la vuelta. Oía el rac-rac lento de sus pantuflas y, sin alzar la cabeza, vi sus negros pantalones. Llegó a la puerta. Tenía la boca estirada todavía por esa sonrisa sarcástica que tanto daño hacía.

—No trabaje mañana, Juan —dijo.

No contesté, pero me dolió la despedida.

Él se detuvo apenas un segundo, el tiempo justo para decir eso, y siguió en dirección de las hogueras; pero se volvió, ya algo retirado, y remachó:

—Por la mañana le arreglo la cuenta.

Entonces Prieto, poniéndose en pie, preguntó asombrado:

—¿Lo bota?

—Claro —dije.

Floro me miró como quien insulta. No dijo media palabra, pero se incorporó y se fue. Le vi abrir la puerta del potrero. Bajo la luz lunar parecía verde, como la alta yerba en la que se perdió su figura.

Cuando entré vi a Selmo, la cara terrosa y la mirada huida. Liquito también estaba allí y parecía asustado. Yo comprendí que quería llorar.

***

Para la vida de estos trópicos no hay leyes, o están desorganizadas: tras la noche alta y clara, estrellada y fresca, viene el día ahogado, ronco de lluvia. Aquel que yo debí esperar en el camino real, de espaldas a don Justo, al corral, a Prieto, a Floro, a Liquito, a mi sudor mezclado con estiércol, fue un día en que parecía derrengarse el cielo. Regaba el ventarrón la lluvia en menudas gotas grises, que entraban por las rendijas y rociaban la habitación. Las nubes lentas, oscuras y pesadas, estaban tan bajas que no tardarían en tocar las cimas de los cerros. En el potrero se doblaba la yerba y las palmas se dormían sobre el paisaje.

Me levanté temprano. Despacio, como si me sobrara tiempo, arreglé mi bulto; dos mudas de ropa, la hamaca que había mandado comprar al pueblo, el machete. Después me senté recostado a la pared del fondo. Por la puerta se me daban las cosas veladas. En el patio había charcas de agua sucia.

Cerca de medio día asomó un rayo de sol por entre las bajas nubes. Todavía teníamos agua, pero no tanta. Yo pensé entonces ver a don Justo; no pude: en aquella finca inmensa y desolada estaba sembrada gran parte de mí mismo. Los potreros se cercan con alambre de púas y la res que quiere escapar deja trozos palpitantes de su carne entre ellas; yo sería tan sólo una res que escapaba.

Los compañeros empezaron a llegar, cubiertos con yaguas o envueltos en sacos de pita para guarecerse de la lluvia. Venían a comer; se arrinconaban, en cuclillas, friolentos, me miraban. Después Selmo, ahogado por aquel silencio tan sembrado de lástima dijo:

—Lo que ha hecho Floro...

Yo oí esa voz apagada. Al rato dijo alguien a quien se le adivinaba el cachimbo en la boca:

—Y vea, don Justo no se lo perdona.

Otra vez el silencio. Pesaban demasiado las nubes sobre nosotros. Yo observaba aquellas caras con el deseo de no olvidarlas después.

De pronto oscureció la habitación. Había alguien a la puerta. Una voz aguardentosa y recia dijo:

—¡Dése preso!

Y vi los ojos enrojecidos de un hombre oscuro, con los labios gruesos y nariz agresiva, prendidos en mí.

—¿Yo? —pregunté.

Entonces asomó la cara de don Justo tras la espalda del hombre oscuro.

—Sí, a ti, a ti, desvergonzado —dijo.

Me clavó las uñas en la hombrera de la camisa; me miró por primera vez, sin arrugar la cara; pero tenía el mentón desencajado por aquella odiosa sonrisa.

Yo agregué retazos de murmuraciones que estallaron en el coro, palabras del viejo y del desconocido que llegó con él: Floro había robado el caballo “melao” de don Justo y me acusaban de complicidad. Pensé, abrumado y lejano, que lo que se perseguía era no pagarme. Entonces me sacó de hondo, como una luz violenta que me deslumbraba, la voz del viejo.

—¡Amarre a ese canalla!

—¿A mí? ¿A mí? —interrogué angustiado.

Me saltaba algo en la cabeza. Había muchos ojos clavados en mí. La gran tierra era de todos. Había que dejarse comer por ella un día.

—¡Que me amarre, si se atreve! —grité.

Entonces oí la voz de Prieto, colérica y sonora:

—¡Juan no es ladrón, carajo!

Pero me llevaron, codo con codo, doblado. El patio estaba resbaloso. Ya en él volví la cara: Liquito se estrujaba los ojos con los puños, sacudido por sollozos; en el rostro de Selmo asomaba una sonrisa fría y dolorosa.

La lluvia gris, que parecía levantarse de la tierra, me envolvía hasta ahogarme, como si hubiera sido una niebla espesa y cálida. Todavía vi, en la ventana de la cocina, los pómulos lustrosos de la negra María suspendidos sobre mí.

***

Me dejaron en la sala, tirado sobre una silla desvencijada. Por lo que decían entendí que esperaban a Floro. Lo habrían mandado perseguir, de seguro.

Lo trajeron al fin, a la caída de la tarde, amarrado. Levantó la cabeza cuando entró a la medio oscura sala de don Justo. Su mirada era dura y altiva. Nadie hubiera podido resistir aquellos ojos negros, audaces y luminosos. Su cara se había hecho filosa y el perfil cortaba.

—Para qué me procura usté —dijo, más bien que preguntando, ordenando.

Don Justo juntó los labios. Le silbaba la palabra entre ellos.

—¡Ladrón! —exclamó.

—¡Más ladrón es usté!

El viejo levantó sus grandes y quemadas manos. Parecía invocar algún santo.

—¡Canalla!

—¡Mejor cállese! —gritó Floro.

Entonces el hombre oscuro, con los labios apretados, se adelantó, el puño cerrado y el brazo alto.

Mi compañero le miró como si hubiera querido fulminarle.

—¡No me ponga la mano! —rugió.

Pero el hombre oscuro no hizo caso. Yo dejé caer los párpados. A un mismo tiempo me sentí frío y medio asfixiado. Cuando miré de nuevo vi a Floro sacudir la cabeza, tembloroso de ira.

El otro, el que le había traído bajo la fría lluvia, por todo aquel enlodado camino, sonrió.

El viejo habló con voz ronca. Parecía que entraban sonidos por todas las puertas. Yo cerré los ojos y esperé.

La oscuridad avanzaba cansada y se escondía en los rincones de la sala. Oí la voz del viejo.

—Lléveselo —dijo.

Yo pensé:

—¿A cuál de los dos?

Pero a mí me dejaron, y me soltaron, además. Tenía las manos amoratadas, frías, y me dolían los brazos.

Don Justo, sin mirarme la cara, me despachó:

—Váyase a dormir —rezongó.

Y al rato:

—Se irá de aquí mañana.

En la noche, todas las miradas clavadas en mí y conociendo cuánto hubieran dado por poder preguntar algo, pensé que el viejo había tenido miedo de que yo fuera tras Floro en la negra noche. Podría soltarlo; hasta matar al alcalde pedáneo que le llevaba. Y sabe Dios si hubiéramos vuelto a pedirle cuentas a él.

Una lasitud suprema me invadía. Antes de dormir tuve pena por el viejo don Justo, que pensaba tan mal de los demás. Pero no me pregunté por qué había robado Floro.

Al otro día, solo bajo el turbio cielo, con la fe arruinada, salí de aquella casa. Tan sólo la mano negra de la vieja María se sacudió, desde la ventana de la cocina, para decirme adiós. Pirata, el perro que nos ladró a la llegada, llegó conmigo hasta el portón. Vi las palmas adormecerse sobre el paisaje y un pato con su andar inseguro acercarse a la laguna. Después, el camino enlodado, desolado, largo.

***

Rica y grande es esta tierra cibaeña. Se alza al cielo en la loma, se arrastra en el valle; silba allá el viento entre los recios pinos y desmelena aquí la palma serena.

Rica y grande tierra ésta. Hay muchos caminos reales, tantos como pies que los busquen. Se hunde el camino entre el follaje, baja a las hondonadas, se enloda en las charcas y en la sabana pelada se tuesta al sol. Crecen a su vera el mango y el cajuil, la guanábana y el caimito, el zapote y el níspero; la ceiba gigante y la jabilla lo ven, desde sus altas ramas, saltar sobre sus raíces.

Somos pocos los hombres que hollamos estos caminos en busca de trabajo, porque son contados los cibaeños que no tienen fundo; además, no abundan las grandes fincas. Por eso dos hombres que buscan trabajo pueden encontrarse un día, aunque el Cibao sea grande y rico, aunque hayan estado años sin verse, aunque la cárcel le haya podrido a uno un buen trozo de la vida.

Floro y yo estamos aquí, bajo la jabilla desde la que caen gotas pesadas y sonoras. Ha llovido en la madrugada. Cerca muge el río Jima, que corre raudo y sucio.

Esperamos a que el Jima se calme para cruzarlo. Floro tiene rámpanos en un pie y no quiero que atrape una infección entre las turbias aguas.

El camino está aquí, a nuestra vera; es pedregoso y gris. Baja de pronto y se ahoga en el río.

Yo pienso y bostezo; Floro hace, con el cuchillo, dibujos en la tierra. De pronto habla:

—Vea, Juan —dice.

Señala los dibujos. Leo distintamente: Floro. Y entonces me asalta, como llama voraz y rápida, el recuerdo.

—¿Por qué robaste, Floro? —pregunto de improviso.

Él mira asombrado y calla. De seguro había olvidado aquello. Además, en el Cibao es deshonra robar. Pero, apagadas y lentas, me llenan sus palabras:

—Yo estaba cansado de verlo a usté asina.

—¿A mí? —inquiero.

—Tenía ganas de que usté tuviera cuartos para dirse.

Comprendo. Un nudo me cierra la garganta. Tengo miedo de gritar.

—Usté no es gente de esto, compadre —asegura violentamente, la mano apoyada en una raíz de la alta jabilla.

—¿Yo? —pregunto, por decir algo.

Y entonces, él, como si todavía le pesara haber fracasado, sonríe amargamente y dice:

—Hubiera vendido el caballo en cuarenta pesos. Con eso le sobraba a usté.

—¿Y tú? —dijo.

—A mí naiden me conoce. Contimás que yo había estado en la cárcel una vez que malogré un sinvergüenza.

Él calla. Arriba barre el viento las hojas de la jabilla. Veo el tobillo de Floro hinchado, el rámpano como una cueva. Probablemente fuera el grillo. ¡Y por mí! ¡Por mí! Claro: él se fue por el potrero la misma noche que don Justo me despidió.

Me levanto. Del otro lado del río, por la ladera escarpada, sembrado de piedras menudas y grises, sube el camino cansado. A su lado muge el Jima de aguas raudas y turbias. Pienso:

—Debí tomar otra vía.

Recuerdo la parte norte del Cibao, por donde gime la tierra bajo la locomotora. He visto allá, junto a los raíles largos y paralelos, los restos de alguna potente máquina inglesa ahogada por la yerba, por el monte. El monte cibaeño se ha señoreado de la civilización. Nada que no salga del corazón mismo de esta tierra podrá dominarla. Y el corazón del hombre aquí es tan dadivoso y tan fragante como la tierra.

El camino real está a nuestra vera, esperándonos. Otro lado del río sube por la ladera pedregosa. Floro y yo no sabemos adónde vamos.

¡Es tan rico y tan grande este Cibao, y son tantos los caminos que lo cruzan!

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.- Sombras

En medio de la lluvia, a ratos, encendían fósforos allá arriba. Después hacían corretear una gran carreta. Se oían las ruedas chocar con el empedrado del cielo.

Telo comenzó a alejarse al rumor de la lluvia que golpeaba sordamente en las yaguas. Sentía cómo se iba desvaneciendo en sí mismo hasta convertirse en algo blando. Pudo pensar, en el sopor, que era un hombre de algodón y algo más. Ese algo más es lo que se va cuando dormimos.

Telo pasó, desde su idea, al sueño pesado de quien trabaja doce horas diarias. Ya no le molestaban los fósforos con que Dios, seguramente, encendía un cachimbo tan grande como la tierra.

De improviso, el chapotear de los caballos y los ladridos furiosos del perro. Telo se incorporó con asombro y tiró a su mujer del brazo. Sintió el corazón palpitar tan aceleradamente que casi parecía una sola diástole. Se oían voces atropelladas, como si la gente que venía estuviera borracha. Además, Telo comprendía que eran muchos los que se acercaban. Tuvo la esperanza de que fuera la tropa de Minguito.

Alianza estaba furioso. Sus ladridos eran secos, veloces y cortos como tiros. Telo oyó una voz ronca decir:

—¡Alto! ¡A tierra!

—Tírate... —dijo él en voz baja a su mujer.

Cuando dieron aquellos golpes retumbantes en la puerta, Telo tenía en la mano su cuchillo. Él no recordaba cómo lo había conseguido en tanta oscuridad.

La voz que mandó primero ordenó:

—¡Abra!

Telo contestó, con las palabras estranguladas por el asombro:

—¿Quién llama?

—El ejército —respondieron de modo cortante.

—Ya voy —dijo Telo.

Pero en verdad, no pensaba ir. Maquinalmente pasó a su cuarto, se puso la camisa azul y los pantalones. Aún en ese momento no sabía qué debía hacer. Abrió la puerta, cierto; pero sin detenerse a pensar cómo le convenía obrar. Tan atropelladamente procedió que no se le ocurrió hacer luz.

Al abrir vio caballos y hombres desdibujados; mejor dicho, los adivinó. Estaba en el vano de la puerta, con los ojos de idiota, como si lo hubieran tirado en un charco de lodo, incapaz de penetrar el misterio que suponía la caballería entre esas lomas.

—¿Qué quieren?

—¡Haga luz!

Telo se dio una palmada en la frente. Conoció entonces que tenía las manos como hielo. Comentó:

—Anda la porra... Verdá.

Al encender la jumiadora vio a la mujer en un rincón del aposento, acurrucada, envuelta en una bata listada, con los ojos muy abiertos y las manos apretadas contra el seno.

—¿Qué pasa, Telo? —inquirió ella.

Su voz fue tan tenue que Telo no oyó las palabras, aunque las adivinó. El tiempo era escaso y susurró:

—Quédate ahí.

Al amparo de la jumiadora pudo ver la cara del teniente: trigueño quemado; usaba bigote pequeño y tenía en la mirada un abismo preñado de oscuridades. A Telo le impresionó hasta lo increíble la mirada del teniente. No así los ojos de veinte soldados clavados en él. Al entrar se dio cuenta de que la luz hacía reflejar el revólver de un cabo como si hubiera sido espejo.

—¿Quién está en ese cuarto? —inquirió el oficial.

—Mi mujer nada más —contestó Telo.

El otro, como si no le hubiera oído, ordenó:

—¡Registre eso, cabo!

Apoyó el codo derecho en la pierna respectiva, aguzó la mirada y estudió largamente a Telo.

Telo había recobrado su sangre fría. La jumiadora parecía un ojo que se cerraba y abría intermitentemente. Los ladridos de Alianza desesperaban.

—Llame ese maldito perro. ¿No es suyo?

—Sí, mi teniente.

Anduvo hasta la puerta, con paso lento, y silbó.

La luz hizo destacar los ojos de Alianza. Dieron la impresión de dos brasas suspendidas en el aire: el can era más negro que la noche.

—Esto es lo único, teniente –dijo el cabo señalando a la mujer. Ambos volvieron el rostro. Todavía la hembra conservaba los ojos demasiado abiertos. Estaba en la puerta del aposento y producía el efecto de algo que no tardaría en desmadejarse.

El jefe chasqueó los labios y detuvo la atención en la mujer. Después acentuó el movimiento de cabeza para ver a Alianza, cuyos gruñidos inquietaban. El perro, con seguridad, miraba hondo en aquellos desconocidos.

—Está bien, cabo —dejó oír el teniente.

Telo no levantaba los ojos de los zapatos de su interlocutor.

Las palabras del militar eran lentas, medidas:

—De manera que usté no ha visto nada.

—No, mi teniente, ni aún sabía que había revolución.

—Pero yo tengo noticias de que han pasado por aquí —insistió el otro—. Un tal Minguito los manda...

—Tal vez haigan pasado de noche. Yo no sé decirle.

Súbito el militar cambió de táctica. Preguntó, como quien no da importancia a lo que habla:

—¿Este camino lleva a Básima?

Telo esperaba esa pregunta. Hacía rato que le retozaba un trocito de hielo en el pecho. Si seguían el camino... Pero no hizo esfuerzo alguno para encontrar la respuesta: ella surgió como empujada de muy hondo:

—Bueno... Ese no. Yo tengo un trillito, casi hecho por mí; pero no cabe la caballería. Está por donde ustedes vinieron, nada más que yo atravieso la quebrada, cruzo el potrero y llego media hora antes.

El teniente jugaba con la punta de su corbata. Calmosamente cruzó las piernas. Se rozó las manos, una contra otra, como quien tiene frío. Preguntó:

—¿Por qué vive usté aquí, tan lejos de la gente?

—Bueno... Como estos son terrenos comuneros, que no cuestan nadita.

—Sí, comprendo —terminó el teniente.

Otra vez el trocito de hielo en el pecho. Ya ese hombre hacía muchas preguntas. Telo no comprendía cómo había podido salvarse.

Alianza tornó a sus ladridos furiosos cuando el extraño se incorporó. Enseñaba lo único blanco que tenía: dientes. Los ojos persistían en su empeño de ser dos brasas suspendidas en el aire.

Telo tenía en las pupilas esa imagen: veinte hombres montando a caballo, con movimientos iguales, al amparo de su jumiadora. Pero su lámpara no era más que una leve esperanza estrangulada por la noche. Los militares se desdibujaron. Los cascos rompieron algunos espejos rotos que habían formado la lluvia y la luz. Alianza ladró mientras no le ordenó el dueño callar.

Cuando entró al bohío le salió al paso la inquietud de su compañera.

—¿Se fueron, Telo? —inquirió alargando la mirada.

Se sentó en el catre. Comenzó a rascarse la cabeza y, como quien consulta, dijo en alta voz:

—Tengo que dir. Yo creo que no lo saben.

—¿Qué no lo saben? Mira, lo apuesto...

—Si no me equivoco —soliloqueó él— están ahora en Las Cruces. Minguito está corriendo un gran peligro, Fiquín.

—Pero no vaya, Telo.

—¡Usté no tiene que mandarme, concho! —vociferó Telo en cambio brusco y voz sorda.

Fiquín se quedó estupefacta. No encontró otro camino que llorar.

Telo se alumbró con la jumiadora, quitó la aldaba a la puerta que daba a la cocina y se quedó con el oído pegado a la hoja medio abierta.

Alianza ladró de nuevo.

Telo oyó la última súplica de su mujer, pero le halaba muy fuertemente la idea de su amigo cercado por el ejército. Él sabía dónde estaba, cuánta gente tenía, qué armas: hubiera sido un indigno dejándolo a su suerte.

Apagó la jumiadora. Por el trillito comenzó su sombra a fundirse en la gran sombra de la noche. Fiquín rezaba.

El disparo pudo no haber sido, porque Telo sólo tuvo el asombro de los árboles iluminados repentinamente por su resplandor rojizo. Todo volvió a ser negro. Se llevó la mano derecha al pecho y sintió la humedad del suelo, al caer.

Fiquín comprendió la verdad; mas no perdió el conocimiento sino cuando oyó, detrás del bohío, la voz ronca del teniente:

—No me equivocaba. Los ojos de la mujer lo vendieron.

Y luego, como quien habla con otro:

—Busca los muchachos. Están en Las Cruces.

Fiquín lloraba. Hasta los ladridos de Alianza parecían hechos de sombras.

También a ella la estranguló la noche, como a la lamparita...

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.- El alzado

Se le hacen charcos oscuros, lagunas de tinta. Claro: el sueño domina aunque no querramos. Y en llevar bien abiertos los ojos y sensibles los oídos va la vida: en este camino, cuando menos se espera desemboca un pelotón y ya está hecho. Bonita cosa dejarse matar sin ver al viejo, después de tanta fatiga.

Juan Antonio piensa:

—Lo mejor será echarse al monte.

La noche es terriblemente negra. Además, la tierra húmeda de lluvia reciente no deja oír pisadas de caballos que vengan. A él mismo le es difícil verse las manos. Y ahora no recuerda si aquí, a la derecha, hay alambrada, ¡Maldita memoria!

El aire es frío, mojado. Sin duda que pronto lloverá de nuevo. Quiera Dios que a la cabezada del río no sea así. De cualquier modo hay que llegar. Están, en primer lugar, el deseo de ver al padre, de tranquilizarle; y en segundo, la necesidad de comer y descansar.

—Por aquí, Morito; por aquí.

El alzado le habla a su caballo como pudiera hacerlo a una persona. Tiene una voz ronca, resonante. Y el animal entiende; tuerce a la derecha, echa cuesta arriba, por el barranco, y se adentra en el bosque, sacudiendo en los flancos su enlodada cola.

***

El rancho del viejo estaba ahí. Se veía como la copa de un árbol caído.

El bruto se detuvo, comprendiendo que no debía hacer ruido. Juan Antonio sintió como un crecimiento en el pecho y tuvo necesidad de respirar hondo. Hubiera querido tirarse y llamar; pero se contentó con acariciar la crin de Moro. Le pareció después que se hundía algo: la misma impresión que si el suelo, bajo los pies de su caballo, fuera de arena movediza. Se rehizo pronto, silbó; y luego, cuando en el limpio del frente se acostó un cuadro de luz, llamó con voz que le salió opaca:

—¡Taita! ¡Taita!

Al abrazar al viejo le hizo daño sentirle tan huesudo, como si no tuviera carne. Él, en cambio, era todo músculos. Y alto, además.

No se dijeron una palabra. Entraron de brazos y Moro se quedó mordisqueando la grama. De vez en vez le corría por la piel un temblor.

El hijo se sentó en la hamaca, tiró a un rincón el sombrero de fieltro y se despojó del revólver. Todo el cinturón era un alineamiento de balas. Luego se incorporó y puso el arma en una silla.

El viejo le miraba, le miraba: aquel mechón de cabellos lacios y negros, que le caía sobre la frente como un chorro de alquitrán; y los ojos, pequeñitos y a flor de piel; y los dientes muy blancos y muy parejos.

—Tú tienes hambre, ¿verdad, Juan? ¿Qué te preparo?

—No, taita, nadita. Será mañana.

La luz del hacho hacía bailar las sombras.

Comenzó a desvestirse, pero al quitarse la camisa procuró que el padre no viera una cicatriz que le atravesaba el pecho.

—¿Y fue que te derrotaron? —preguntó el viejo.

—Sí, hombre. Bueno... Un desbarajuste.

Se quedó un rato silencioso, con la barbilla en la mano.

—Pero eso no es nada —agregó—. Horitica estamos prendidos otra vez.

Al viejo se le dibujó una sonrisa afilada. Sentía una brisa grata y fresca envolviéndole.

—Asina es, hijo. Agora debes dormir.

—Yo sí creo... ¡Tengo sueño...!

Se le cerraban los párpados. Cada pierna y cada brazo le pesaban una barbaridad.

—Taita —recomendó—, asegúreme a Moro donde pueda comer. Debe estar muerto de hambre, el pobre.

El viejo se incorporó. Al abrir la puerta oyó, blando y lejano, un mugido. Calculó dónde estaría ese toro; después pensó:

—Algún infeliz se está al morir.

El cielo estaba encapotado y negro.

***

Juan Antonio despertó a los ladridos. El corazón le dijo lo que sucedía y de un salto corrió hasta la silla. Con el revólver en la mano, sigilosamente pasó a la otra habitación. Su padre dormía. Trató de ver por la rendija y en la penumbra adivinó la línea de soldados, que a otro le hubiera parecido una sinuosidad del terreno. Cuando volvió el rostro ya el viejo se había incorporado.

—Estoy cogido, taita —dijo secamente.

Y al cabo de un segundo agregó en poca voz:

—Salga y diga que yo me entrego.

El viejo palideció. Los iris se le hicieron pequeños como puntas de alfileres y miró a su hijo con una mirada que hacía daño de tan dura. Se llegó hasta él, sin hacer ruido, y sordamente desgranó las sílabas del insulto:

—Eso era lo último que yo esperaba de ti.

Juan Antonio no quiso entender el significado de esas palabras. ¿Acaso el padre lo creía cobarde? Y apretó más el revólver, como queriendo deshacerlo a fuerza de dedos.

Lentamente, como si nada sucediera, el viejecito todo huesos comenzó a vestirse. Después, con paso seguro, atravesó su cuarto y llegó a la puerta que daba al camino. Resuelto, sin titubeos, la abrió; y antes de que el sargento diera orden de disparar, deshizo la distancia que les separaba y asombró a la soldadesca con su voz aplomada:

—Mi hijo está ahí y se rinde si le aseguran que van a fusilarnos juntos.

Dijo, cruzó los brazos y se dio a ver cómo el sol comenzaba a poner oro en los cogollos de los pinos.

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.- La pájara

La lluvia nos envolvió de golpe. Estábamos subiendo el tercer repecho de El Montazo y la noche se nos venía encima. Los pinos empezaron a ahogarse en una especie de humo claro; los menos cercanos al camino acabaron por desaparecer en la bocaza gris de la lluvia.

Detrás de nosotros la tierra llana se había perdido bajo el humo. Detuve un momento el caballo y traté de hundir los ojos en esa masa blanda; quise después ver el camino levantado, alzado; pero tuve nada más la visión de agua sucia escapándose por las orillas.

Malico no se mojaba. A media tarde, cuando cruzábamos El Pajonal, dijo con la voz rota por el trote de su montura:

—Desde El Montazo tenemos agua.

Se detuvo en el primer palmar que nos salió al paso, echó pie a tierra, tomó la mejor yagua que halló; la dobló luego por mitad, hizo un corte redondo, para que le cupiera la cabeza, y se la puso a modo de camisa. En este momento yo tirito de frío y me doblo huyendo de la lluvia que pega como arena arrojada de alto; pero Malico va erguido y canta. No veo a los demás: también el humo blando traga hombres.

El viento brama. Se adivina que debe envolver el bohío y trata de arrancarlo. La lluvia clavetea en las yaguas, asoma por alguna gotera y golpea sorda e isócronamente la tierra del piso.

Es curioso; pero todos tienen esta noche los ojos rojos: veo claramente la llama temblar en los iris. Fue una suerte que Fellé metiera leña en el bohío la última vez, porque ahora hemos podido hacer fuego y calentarnos.

Nelio está en cuclillas, cruzado de brazos y con los ojos metidos en el fuego. Fuma su cachimbo con gran lentitud y la fogata le barniza la frente.

Taquito, pequeñín, renegrido, fuma también; se sujeta ambos pies con las manos y empuja de vez en vez los maderos. De pronto habla, con su vocesita quebrada:

—¡Jum...!

—Po´ dende que orée el sol estamos andando —asegura Nelio.

Fellé vuelve el rostro. Su cara indolente enrojece de pronto. La llama retoza con su piel oscura, grasienta. Se echa el sombrero atrás de un golpe, pasa su mano dura por todo el rostro, y dice:

—Se conoce que usté no ha montiado aquí, Nelio.

Sonríe muy levemente, torna el sombrero a su posición anterior. Acaba por encerrarse de nuevo en su gesto distraído.

Chilín alarga el brazo. Al final está el cachimbo, con la raíz vuelta hacia el Oeste, como si quisiera señalar mejor. Se le escucha, pero sólo se le ve la mano.

—Ahí está enterrado el pobre Filo —dice.

Y encoge el brazo.

Se oye mejor ahora el chisporrotear de los maderos. Las goteras golpean el piso con regularidad. Veo a Taquito apoyar las manos en tierra y empujarse a sí mismo buscando calor. Nelio pregunta, sin volver el rostro, como quien no da importancia a lo que habla:

—¿Se averiguó de qué murió, Chilín?

—En un desbarranque —ilustra la voz.

—Y vea: dos días estuvo muerto el pobre. Lo halló taita —terció Malico.

Chilín pide:

—Déjeme sitio, Nelio.

Es el más viejo. Blanco hasta los cabellos, ojos azules que parecen espinas, alto, flaco; no tiene dientes y la voz le suena arrastrada. Se acerca a la fogata, toma con su mano derecha un tizón, lo lleva al cachimbo; chupa un poco, vuelve el tizón a su sitio y aleja los ojos hacia el techo.

—Lo hallé de chepa —dice—, porque la yegua baya se me metió por la quebrada; pero no creía que estaba muerto.

Calla; calla y fuma. Es como si no estuviera aquí: su mano izquierda en el cachimbo, todo él enigmático y cerrado como una maleza...

Fellé le toca en un brazo y ruega:

—Cuéntenos lo de la culebra, viejo.

Y Chilín, casi sin mover los labios, adelanta:

—Eso sí fue lo raro...

De pronto veo a Malico revolverse, poner en las piernas la vaina del colín y mirar a Fellé con ojos fieros. No dice una palabra, pero está pálido como si le hubiesen insultado. Su color blanco rosáceo se ha hecho verdoso, a pesar del rojo de la llama. Se enmarca la cara entre las manos y mira la fogata. Me parece que le arderá su barba negra.

—¿Qué fue? —pregunta Nelio.

Los ojos de Malico saltan de Fellé a Nelio. Pretende hablar, pero Chilín empieza.

—Yo andaba atrás de la yegua baya. Esa condenada se metió por la quebrada. Entonces estaba lobita. Le tiré el lazo como diez veces, pero se me diba, porque había mucho matojo.

Calla, toma otra vez el tizón, lo pone sobre su cachimbo y chupa. No tiene dientes y los carrillos se le hunden hasta parecer encontrarse por dentro.

Las palabras le salen con humo.

—En eso la vide que se quedó mirando para abajo, se espantó y largó un relincho. Yo también vide, porque me chocó: ahí mesmo estaba la culebra, colorada y de este gordo.

Chilín retira su mano del cachimbo y con las dos abarca la pierna derecha.

—Estaba enrollaíta —prosigue— y se quedó aguaitándome. ¡Mire! ¡Yo ni an me quiero acordar! Creí que me diba a bajiar. Jalé por mi colín y le tiré un machetazo, pero se desenrolló y salió en carrera. Me le fui atrás, y cuando menos lo esperaba topé con el difunto.

Vuelvo la cara: Malico está como quien trata de no oír. Tiene los ojos clavados en el suelo y a veces los entrecierra. El viejo Chilín se agarra las rodillas con las manos. En voz baja, como si no quisiera decirlo, aventura:

—La vieja Clemencia me dijo que eso era el Enemigo Malo. Asigún dicen, Filo no se había confesado nunca...

Taquito tiene cara de sueño. Ya no fuma. A ratos cabecea, a ratos se estruja la cara con su manecita renegrida.

De pronto Nelio empieza a hablar. Sujeta el cachimbo por delante de la rodilla derecha y mira por encima del hombro:

—Por eso no, porque una vez me pasó a mí tamaño lío con una culebra y...

Malico se adelanta. Por entre las llamas cruza su puño cerrado, revolviéndolo como si quisiera destrozarlo todo. Está casi echado en el suelo y sus ojos se han bebido el rojo de la fogata. Le cuesta trabajo soltar las palabras. Abre la boca como si temiera no terminar:

—¡Se acabó, carajo! A mi taita no le diba a faltar el respeto, ¡pero el que miente aquí más esa pájara se tiene que matar
conmigo!

Chilín se irguió lentamente. Su sombra cubrió casi un paño de pared. Había dejado el cachimbo y parecía otro. Los ojos estaban casi blancos y la mano le temblaba al señalar a su hijo.

—¿Qué es eso, Malico? —tronó.

De pronto cruzó, ágil como un gato, por encima de la hoguera, se agachó cuanto pudo y alzó una mano. El hijo miraba entre asustado y suplicante. Yo quise sujetarlo. Vi los ojos de Malico huir, huir. Me pareció después que apretaba los dientes. Los pies del viejo bailoteaban entre las brasas. La luz enrojeció un hilillo que corría junto a la nariz de Malico, hasta perderse en el bigote negro.

Chilín volvió a su sitio, con el ceño fruncido, y señalando con una proyección de la barbilla a Nelio, dijo:

—Siga su cuento.

Pero todos sentíamos el ardor en la cara, como si la bofetada hubiera sido a cada uno y no a Malico.

***

Le hubiera tumbado la cabeza de un machetazo: desde las once teníamos las reses entramojadas, sin embargo, el maldito potro nos mantenía corriéndole atrás todavía. Resolvimos cercarlo, desesperados ya. Chilín no se hubiera atrevido a decir ahora que para buscar animales mansos no hacía falta el perro: este potro había sido domado, pero estaba tan brioso y tan mañoso como si nunca lo hubiera tocado mano de hombre.

Desde el lomo de mi mula, la soga lista y el deseo sobrante, lo acechaba cerca de un matorral, cuando me pareció oír un relincho alegre; a seguidas me golpeó los oídos su paso inquieto, como si tamborileara. Lo vi cruzar la gramita del alto a toda carrera, la larga crin al viento.

—¡Ahí va, Malico! —advertí.

El potro se asomó a la barranca, volvió la cabeza y tomó impulso. Hubiera saltado, de seguro, pero el lazo lo alcanzó. Malico clavó su montura. De pronto vi su cabeza descender: me pareció después que se arrastraba. Cuando me bajé de la mula vi a Malico desesperado, tratando de envolver la soga en un tronco seco.

—¡Corre, que se ajorca ese condenao! —vociferó.

El animal alzaba la cabeza y daba saltos furiosos. Oí el alegre ¡ijaaa! de Fellé. Su lazo cruzó sobre mi cabeza y al rato asomó por entre los amaceyes su sonrisa tranquila.

Malico señaló con la mirada su montura.

—Aguaiten —dijo—, se quebró la pata.

Chilín oyó claramente. Venía cerca, a pie.

—¿Cómo fue eso? —preguntó.

Malico posó los ojos en el potro, que tenía las orejas erectas y los ojos llenos de luz.

—Este maldecido que se quiso juir por aquí.

Su brazo indicaba la barranca, cerrada de malezas como cabeza de negro.

Chilín se acercó. Miró la montura malograda, detenidamente; se volvió luego a su hijo y mandó:

—Quítele el aparejo.

Malico fue hacia Nelio. Tenía cara de asustado. Parecía no querer hacer lo ordenado. Muy sordamente aseguró:

—Eso fue por estar mentando esa pájara anoche.

Chilín adelantó. El sol hacía caer sobre la barbilla la sombra de su nariz. Se plantó frente a Malico, sacudió una mano y afirmó:

—Fue porque diba a pasar, nada más.

Y a seguidas:

—Quite ese aparejo pronto que tenemos el agua arriba.

***

Nelio y Fellé habían pasado ya con las reses. Un poco detrás iban Malico y Chilín. Quise ser el último, porque tenía miedo del potro en ese paso. La Ceja se enredaba a la loma, apretándola. Era larga y estrecha. Apenas si cabía una montura.

Taquito se empeñó en montar el potro.

—Él no es lobo, Taquito, pero está muy brioso —advirtió Fellé.

La manecita renegrida hizo un gesto de desprecio. Montó. El animal caminaba ladeándose, queriendo clavar cada pata en el camino.

Nosotros veíamos las nubes acercarse, buscarse, hasta parecer un remolino. El cielo no era ya más que un depósito de humo. Nos aplastaba la pesadez de la atmósfera. Si hasta se dificultaba respirar...

—Este sí es calor —aseguró Taquito volviendo el rostro.

Sonreí. Entrábamos en La Ceja y el potro se ladeó.

—¡Jum! ¡Cuidado con tu maña! —rezongó Taquito.

La lluvia estaba sobre nuestras cabezas. Se veía venir. Nos acechaba.

Fue al tomar La Ceja. Yo iba justamente detrás. Toda la loma se llenó con esa luz impetuosa y blanca. El relámpago fue exactamente una culebra. Una culebra que Dios tiró a la tierra. Tuve el tiempo preciso, antes de estallar el trueno, de ver a Taquito levantar la mano derecha y hacer la señal de la cruz. A seguidas nos apretujó el sonido largo de cañón arrastrado de loma en loma.

El caballo se alzó. Le veía la larga crin blancuzca. Se movió a un lado y lanzó un relincho que prolongó el trueno. Sus patas traseras golpeaban con nerviosidad la orilla del abismo. Hubiera querido tirarme y correr, pero tenía miedo de espantar el potro. La mano de Taquito, pequeña y renegrida, se alargó buscando una raíz. Yo vi claramente sus dedos engarfiados, sus ojos vueltos a mí, su boca entreabierta. Oí gritos, carreras. Hubo luego rumor sordo de cosa que rodaba y golpeaba. Venían todos, pero sólo me pareció ver a Chilín. De momento, como si hubiera enloquecido, señalando el pedazo de tierra arrancado, gritó Malico:

—¡La pájara! ¡La pájara! ¡Yo lo dije! ¡Lo dije!

Chilín se quedó mirándome. Tenía vergüenza. Pero me miraba. ¡A mí! ¡A mí! ¡Como si yo hubiera sido el asesino de Taquito...!

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.- Forzados

Aquello no fue algo avisado ni esperado; la tropa se presentó en grupos, vomitando juramentos, con los rifles a discreción. Estaban groseramente vestidos. Bolito recuerda con fijeza la polaina rota de uno que más bien parecía bandolero que soldado.

Eran como fieras uniformadas surgiendo de cada matorral, de cada piedra. Además no se les veía jefe, puesto que repartidos entraban en los bohíos. Su primera acción era golpear brutalmente al perro. Leal, por ejemplo, estuvo largo rato aullando a causa de un culatazo en la cabeza.

Nunca sintió Bolito indignación tal. Al principio, como creyera que no había otros, empuñó con tanta fuerza el cabo de su colín que la mano se hizo parte del machete. Pero después heló y apenas si pudo mover los labios al querer hablar. Oyó las quejas del viejo Amalio y, fina de emoción como la espuela de su gallo, la voz de Angué en súplicas:

—No me amarren, por lo que más quieran. Yo voy donde ustedes manden.

Ninina no articuló palabra. Verdad es que de los ojos le salían dos chorros de lágrimas. Pero Ninina no quiso estrujarse los párpados con la mano, siquiera: lo mejor era no darle penas a Bolito.

Bolito accedió a salir, mas era necesario empujarle para satisfacer la animalidad. Desde el camino vio uno de los soldados sonreír a Ninina; acaso pensaba en el catre... ¡Asesino!

Juntaron su brazo izquierdo al derecho de Ricardo y los liaron con una soga de majagua, como a los andullos. Ricardo miraba con ojos torcidos y apretaba los labios. De Bolito tan sólo los dedos cambiaron; los contrajo en lento movimiento y las venillas crecieron hasta querer romper la piel. Eso fue todo…

La línea era larga, larga. Caminaban bajo el sol como quien no camina. Hubieran podido estar así años y años, sin que los pies dolieran ni el sol quemara, a pesar de ir todos descalzos y de sudar. Nadie habló; pero los soldados reían mientras duró la marcha.

Bolito levantó los ojos al cielo y le asombró su luz. Vio a los primeros subiendo un repecho y recordó su tiempo de peón, cuando venía por este camino arreando las vacas de Viguín, el amo. Igual, exactamente igual. También las vacas venían amarradas en parejas. Verdad es que a veces se detenían para arrancar algún matojo.

***

Llegaron con la noche. No había casas en aquel lugar, sino como unos depósitos de madera, blancos. En la entrada se recortaban las sombras de dos rodillos. Atravesaron antes una carretera que se veía blanca, pero a medida que las nubes dejaron ver la luna se hizo verdosa. Después los metieron en una enramada grande y los mandaron dormir sin desamarrarlos. Bolito, con la mano libre, fue quitando las piedrecillas que le molestaban; sintió más tarde cómo la humedad se le adentraba lentamente en el cuerpo. Tenía ganas de hablar y
escupir. Dijo muy quedo, al mucho tiempo:

—¿Habrá revolución, Ricardo?

—Ojalá... —contestó el otro.

Bolito alzó un tanto la cabeza para ver los alrededores y le cortaron la vista unas sombras que paseaban; tenían algo sobre el hombro y la luna hacía brillar cuchillos largos en las puntas de esos algos.

Dentro, una masa negruzca se movía sin hacer ruido. Parecían grandes gusanos metidos en un pudridero grande. Bolito recordó las lágrimas de Ninina y se mordió la lengua al pensar en aquel soldado rezagado que sonreía a su mujer y deseaba, con seguridad, un catre.

No supo cuándo le entró el sueño, pero debió ser tarde. Despertó porque soñó que aquellos dos rodillos venían sobre él y él estaba amarrado a tres recias estacas y tendido a la fuerza sobre la carretera...

***

En la madrugada la masa se veía gris, pero seguía hediendo. Algunos se ponían en pie y se sacudían el polvo. Ricardo dijo, a la vez que se rascaba la cabeza:

—Oye, Bolito, mi mujer está preñada.

Bolito pensó contestar algo; mas sentía la lengua pegada al paladar y la quijada dura, como si en la noche se le hubiera hecho piedra.

Un hombre que no era soldado, sino como ellos, vino con un cuchillo y empezó a cortar las sogas. Los brazos estaban insensibles y tardó mucho en irse de las manos aquel color amoratado. A poco otro se acercó y dijo en alta voz:

—Hemos querido reunirlos aquí para que trabajen en la carretera.

—¡Y pa’ eso había que traernos amarrados como a criminales! —estalló alguien.

Bolito murmuró:

—Yo creí que estaban reclutando...

El hombre no hizo caso y prosiguió:

—Solamente es por cuatro días, pero el que no esté conforme puede decirlo; en el pueblo lo ablandarán.

Se quedó unos minutos sonreído, enseñando medio diente de oro. Volvió a hablar, esta vez señalando una barraca de madera techada de zinc:

—Vayan pasando uno a uno por ese depósito. Cojan un pico y pónganse aquí en fila.

***

Las piedras quemaban las plantas de los pies y pedacitos menudísimos de ellas, al romperlas, pegaban en la cara. Ricardo no hacía más que apretar la quijada y secarse el sudor. Se le veía cómo se iba cargando de rabia, de rebeldía. Bolito presentía una explosión: Ricardo volaría hecho pedazos, harto de pensar en su mujer. Hacia el medio día puso el pico a manera de bastón, y rezongó.

—Bolito, Nelia está preñada.

—Son cuatro días nada más —dijo Bolito para aliviarle.

Pero Ricardo no entendía. Se dio a ver, a ver; paseó los ojos por todas partes y amenazó:

—¡Ay concho! ¡Si me dejan!

La carretera sonaba como casa de madera, al techarla; eran golpes sin acorde, sin voluntad.

A las doce dijo un soldado:

—¡A comer!

En la enramada había racimos de plátanos y entregaron un arenque por cabeza. Para asar los plátanos debían ellos mismos hacer fuego. Y el que no quería, que no comiera...

***

De vuelta, el sexto día, Bolito no quiso decir palabra. Sentía necesidad de llegar pronto para ver a Ninina y encerrarse en el bohío. Tenía la impresión de ir huyendo de algo terrible, de algo que venía pisándole los talones. Al primer cansancio estaría sobre él un rodillo, un horrible y lento rodillo que le destrozaría los huesos, la cabeza, todo... Por su gusto hubiera echado a correr velozmente para llegar antes. Ricardo sólo juraba:

—¡Ay mi mama! ¡Me la pagan así sea de aquí a cien años!

El grupo iba como un rebaño, sin reír, sin comentar. Todavía estaba el sol alto. Bolito vio su casa y dijo a Ricardo:

—Hasta mañana.

Entró despacio. No vio el perro ni le interesó. Ninina saltó sin acertar a decir palabra; quiso abrazarle, pero él huyó del brazo, cruzó la habitación, cogió el machete y salió por el fondo.

Ninina, de improviso, tuvo la seguridad de que una desgracia la cercaba y gritó. Llamó con fuerza:

—¡Bolito! ¡Bolitooo!

Mas Bolito no volvió el rostro. Lo que sí hizo fue apresurar el paso un poco más. Se metió en el conuco, atravesó el pequeño cacaotal y se detuvo junto a una palmera, la rodeó, se agachó y comenzó a hoyar. Con la mano izquierda iba sacando la tierra negra y húmeda. Un pie de profundidad tendría el hoyo cuando el machete chocó con algo que dejó oír ruido metálico. Bolito, cuidadosamente, se dio a ensanchar el agujero y extrajo con lentitud una vasija de lata cuadrada. La destapó. Hasta la mitad tenía aceite de coco. Con un brillo raro en los ojos, Bolito sacó de la vasija un reluciente revólver que chorreaba aceite. Lo desgoznó, sonreído, sin ver nada de lo que le rodeaba. Después, con el mismo amor que a un niño, lo puso junto al pecho y comenzó a acariciarlo lentamente...

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.- El cuchillo

Afuera se come la luz el paisaje; aquí dentro está el hombre y la soledad le come el pecho. Por las lomas va subiendo el hacha y clarea el monte; se empinan, todavía, algunos troncos sobre el agua; pero el hacha sobra en la tierra llana y sobra también el sol.

El hombre está solo aquí dentro; es como si no mirara su mirada. Sin embargo, igual que el frijol recién nacido apunta la esperanza, y los ojos se le van.

***

Cuando el becerro está enfermo, con gusanos, se le sigue la huella y se hace la cruz; si el gusano está en el pecho no basta la cruz.

En el monte es otro el hombre: los caminos reales hacen daño. El bohío está a la vera del camino real como si tuviera miedo al monte. El perro ya no ladra cuando el hombre entra: alza la mirada, el hocico pegado en tierra, mueve lentamente el rabo. El hombre sabe que ahora nadie le espera: desde la puerta hasta el patio, un silencio hosco. Sólo habla la luz, de noche, cuando hay quemas en la loma.

En la tierra parda de la vereda borra el viento las huellas porque no llueve; pero la huella que se hizo en lodo endurece al sol y queda ahí, pétrea y áspera. Por eso es bueno el monte: el pie no halla relieves; se trabaja, no se suda y se canta. La voz se mece de rama en rama, de rama en rama; la tierra es fresca y hay sombra siempre.

El hombre no debiera ir al bohío para no recordarla y para no ver los ojos húmedos del perro que ya no saluda, como si temiera hacer daño.

Nada; no dejó un solo objeto suyo; ni la raíz del cachimbo, ni el peine, ni el pañuelo viejo de madrás que se amarraba a la cabeza.

El hombre es ahora otro; nunca creyó que la mujer pudiera irse así, para siempre. Él pensó que la mujer debía vivir y morir en el bohío de su marido.

Más allá del mes supo con quién: Saro. Ignoraba dónde estaban, pero probablemente no era cerca.

***

Pero de eso han pasado ya más de quince menguantes y de quince crecientes. Olvidó uno las veces que bajó hinchado el río; las que llenó y secó el maíz; las que se esponjó la tierra a la luna llena. Por tiempos se ahogaba el bohío en la lluvia y en semanas enteras se achicharraba el sol.

El hombre tenía lista su carga. Las tardes anteriores estuvo caminando por los bohíos lejanos, los más cercanos sin embargo, en busca de encargos. La comadre Eulogia le pidió un “túnico” y un acordeón de boca para el muchacho; don Negro, “fuerte azul” de pantalones.

A la luz verde de la menguante, poco antes del amanecer, cargó la bestia. Allá, atrás y distante, la mancha oscura y recia de la loma...

Ladró el perro, con la cabeza alta, como quien tira mordiscos al cielo manchado de estrellas; el hombre hizo restallar el fuete y dijo:

—¡Vamos, animal!

Y la loma, el bohío, el camino, el perro, y la sombra que la menguante alargaba sobre el polvo pardo: todo se fue alejando, alejando. Hasta que la subida deshizo el hombre, la bestia, el fuete...

***

Así iba el hombre bajo el sol: meciéndose sobre la carga de frijoles, encorvados y altivos los ojos, apretados los labios y los dientes. La mañana se iba haciendo dura encima de su cabeza. Tenía una sed rabiosa que le secaba la boca y le hacía estirar el pescuezo en busca del bohío acogedor.

Tuvo una impresión rara, como de cosa que se nos alza en el pecho y nos ahoga. No quiso saltar del animal, sino que lo acercó a la puerta. El bohío parecía recién hecho y limpio. Saludó, fatigado. Aquella cosa en el pecho le hacía daño: era como si se le escondiera la voz. Pidió agua. Vio el brazo de la mujer y adivinó el otro ocupado en sostener el niño que gemía. Entonces, cuando bajó la cabeza para dar las gracias, la vio. Aquello no duró más de un segundo. Oyó a la mujer gritar y la vio cubrirse la cara con la mano que un momento antes sostuviera el jarro de hojalata. Le pareció que enloquecía, él, él mismo; que debía tirarse y ahogarla.

Pero el caballo echó a andar. Ahí estaba el camino largo, silencioso, soleado.

***

El comprador le engañó con un cajón de frijoles, pero él no quiso protestar ni dejarlo entender. Tenía un pensamiento, no por vago menos tenaz: Saro. Porque era indudable que Saro estaba en el bohío, o en el conuco; que no debía hallarse distante. Compró el “fuerte azul” del viejo Negro, el “túnico” y el acordeón de su comadre Eulogia. Quiso irse cuando el comprador le puso en las manos el dinero sobrante; pero estaba allí, en el parador, una cosa que le sujetaba, le clavaba: el cuchillo nuevecito, de mango oscuro redondo, con adornos en latón. Gravemente, como quien ha estado mucho tiempo sin hablar, preguntó:

—¿Cuánto vale ese cuchillo?

El comprador le miró la mano tosca, en la que se dormía todavía el dinero sobrante.

—Lo que tiene ahí —dijo.

El hombre pensaba que Saro le había hecho mucho daño; estaba, allá lejos, el bohío vacío, perdido en aquel silencio hosco y asfixiante; el perro era un compañero que daba más dolor; tenía que trabajar mucho durante el día para dormir después solo, en brava soledad.

—Páselo —dijo.

***

El camino parecía una soga larga enredada en las patas del caballo. El hombre no pensaba: iba sereno, con serenidad amarga; pero sabía bien qué haría. Después... ¡Qué contra! ¡Para los hombres de verdad se había hecho la cárcel!

Pero el hombre sintió un vértigo cuando vio el bohío: quería no fallar. Ojeó los alrededores: a ambos lados del camino estaba el monte acogedor, donde meterse para siempre. El camino, sin él, seguiría igual: largo, silencioso, cansado.

—¡Saludooo! —roncó a la puerta.

Entonces el niño lloró adentro y le molestó al hombre oírlo llorar.

—Lo voy a dejar huérfano —pensó.

Pero cuando Saro se asomó a la puerta él estaba sereno.

—Vea —dijo sin saber cómo—. En ese paquete hay un túnico pa’ su mujer y un acordeón pa’ el muchacho. Eran de mi comadre Ulogia, pero...

Los ojos de Saro se quedaron inmóviles, azorados.

El hombre, desenredando ya con las patas del caballo la soga larga del camino, sentía en la espalda una brisa cálida y lenta que le empujaba. Acarició al rato, con la mano tosca, el mango del cuchillo y pensó:

—Me servirá pa’ trabajar...

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.- Cundito

—Le dieron una galleta a Cundito —dijo Querito acercándose al grupo.

—¿Una galleta? ¿Y quién? —inquirió Chucho.

—Genén, el de la vieja Masú —respondió a la vez que buscaba con los ojos dónde sentarse.

Quintín clavó la mirada en Querito, se rascó la barba y abrió la boca como deseando hablar; pero pareció arrepentirse y se conformó con lanzar a considerable distancia un negro salivazo.

Quintín era un hombrecillo arrugado, amarillento, amigo de bien aconsejar y enemigo del mucho hablar. En ese momento pugna por decir y por no decir. El caso es serio: a Cundito le han dado una galleta y las galletas se pagan a puñaladas. Como si no comenzara a hablar ahora, dice:

—Eso es seguro, seguro. Gumersinda, la novia de Genén, está en el lío. ¡Lo apuesto!

—Hasta yo... —afirma Querito.

Emilia vive enfrente y aplancha. Se conoce que lo hace porque canta; tiene una voz agradable y entona bien esas viejas canciones tan del gusto de Quintín. Detrás, el sic-sic de un machete que afilan se mezcla con el canto y se derrama por el llano alfombrado de verdolaga.

Es Ceíto quien afila. Está en cuclillas; por debajo de la pierna derecha pasa el machete, sujeto por el cabo con la diestra; ocupa la otra mano en vaciar, intermitentemente, agua en la piedra de amolar. A poco pasa la yema del dedo grueso izquierdo por el filo y lava un tanto el colín.

Ceíto se vuelve para ver el grupo y oye a Quintín decir:

—Mal hecho, muy mal hecho. El hijo de mi comadre Masú abusa de Cundito porque es más débil.

—¡Eso no; eso no! —salta Ceíto—. Genén se ha engañado. Cundito no puede quedarse con esa galleta. Los hombres somos o no somos.

Querito, metido en asombro, inquiere:

—¿Pero tú lo sabías y no lo dijiste, Ceíto?

—Es que a mí no me gusta desacreditar a naiden —contesta.

Toma otra vez el jigüerito con su mano izquierda, echa agua en la piedra y sigue afilando su machete.

***

Al atardecer comenzó el ventarrón. Cundito creía enloquecer con el ruido de los árboles que caían en la loma. La lluvia venía a retazos, como trapos grises tremolados, y le pegaba en el rostro obligándole a cerrar los ojos. El techo de su rancho duró media hora, o menos. Se fue, levantado por las mil manos del viento, que comenzó inmediatamente a destrozar los hilos de tabaco. No se veía más allá de diez pasos, pero el instinto le llevó hasta la barranca. Allí encontró un hueco junto a un viejo tronco y esperó la calma. Era noche cerrada cuando amainó.

¡Ah setiembre maldito! ¡Siempre igual! Debió haber vendido su tabaco en agosto, como todos los años; así no lo hubiera perdido.

Cundito oyó el viento alejarse. Se sentía igual que si un tropel de cientos de caballos corriera por el monte arrancando a su paso arbustos y la tierra misma. Como el poblado estaba al otro lado de la loma nunca lo azotaba el temporal. Cundito dispuso marchar; y se fue, haciendo semicírculos con los brazos, apartando las ramas que le cerraban el camino.

Estuvo así casi media noche. No podía ver ni la tierra que pisaba; la negrura era como una masa compacta y recia, imposible de partir con la simple vista. A veces resbalaba y caía; otras encontraba, providencialmente, algo donde sujetarse.

Pensando iba en el río, que debía bajar botado, cuando le pareció oír una voz muy apagada. Fue un interminable momento durante el cual se le cargó el alma con la idea de muertos, fantasmas, entierros. Sintió las manos frías y un temblorcillo en las piernas. Otra vez la voz, como salida de muy lejos. Era una queja, pero una queja que la humedad traía con acento helador. Cundito se quedó encogido, horadando con los ojos la noche, incapaz de caminar ni de pensar, siquiera...

La reacción no tardó en llegar; vino con la misma intensidad que aquel acogotador temor.

—¿Y si fuera un hombre? —se preguntó.

De súbito pensó que podría ser Genén. Por ahí cerca debía estar su conuco, a juzgar por lo que había caminado. Sí, era él, no cabía duda.

No se acordó de la galleta; en nada pensó. Caminaba tan de prisa como si el camino hubiera estado expedito y alumbrara el sol. Delante de él marchaba su alma con pasos acelerados. La sentía irse, irse... Cuando oyó otra vez la voz, juntó las manos a la boca haciendo embudo y sin dejar de caminar gritó a todo pulmón:

—¡Ya vooooyyy!

Un rumor sordo, de agua que se despeña, llegó a él; fue entonces cuando tuvo seguridad: lo que así sonaba era el chorro que había en el fundo de Genén. Una vez en la orilla del fundo, sintió alivio.

—¡Genén! ¡Genééén! —llamó.

Pero Genén no respondió. Cundito comenzó a tantear, buscando la alambrada. Al fin pasó. Tanteando, tanteando, fue subiendo el repecho hasta ver un montón de escombros que se recortaba negro, aun en la misma oscuridad.

Los brazos de Cundito eran fuertes; tenía en los músculos hierro de su machete. Comenzó a remover maderos, tropezando, cayendo, levantándose. El viento había tirado un árbol sobre el rancho de Genén y éste fue apresado por los horcones de su propia guarida. Cundito logró al fin tocar los pies y se dio a jalar con unos bríos descomunales. Genén se quejaba, aunque muy débilmente.

Fue una lucha que duró una hora larga. Cundito no se daba cuenta de que era él mismo: había perdido la noción de todas las cosas. Ahora no estaba allí; aquél que se quejaba no se nombraba Genén, ni mucho menos; nadie había abofeteado a Cundito; nunca recibió una galleta de manos de Genén. Lo cierto es que no existía Genén ni existía Cundito. Sólo había dos hombres luchando. Uno, mejor dicho...

Cuando logró sacar el cuerpo del otro se retornó a sí un tanto, pero no de modo que pudiera recordar el disgusto. Palpó por todos lados el cuerpo y empezó a asustarle la idea de que pudiera estar muerto. El calor de las axilas, a pesar de estar empapado en agua, le convenció de lo contrario. Llegó entonces el más duro luchar.

Cundito apenas podía con Genén. Además éste se había tornado plomo y no hubo modo de doblarlo para facilitar la carga. La conciencia de su flaqueza enfureció a Cundito y la rabia le dio fuerzas suficientes para cebarse al hombro el cuerpo de Genén. Se esforzó en ver hasta que le dolieron los ojos; y al fin comenzó a bajar el repecho, caminando a ciegas y plantando todo el pie para no resbalar.

Se oía distintamente la canción del chorro fortalecido por las aguas, y las sombras trituraron a aquel hombre tambaleante que caminaba abrumado con la carga de su enemigo.

***

Era como si hubieran surgido del vientre azul de la mañana.

El lodo cubría los pies de Cundito, tal que zapatos. Cundito caminaba balanceándose y la ceniza del amanecer pintaba de gris su cara.

Quintín fue el primero en verlos llegar. Lo único que se le ocurrió pensar fue que Cundito había muerto a Genén en algún lance, pero inmediatamente se dio cuenta que de haber sido así no lo hubiera traído sobre sus propios hombros. Además, Genén no sangraba.

En la cocina, una vez hubo dejado a Genén en el catre, Cundito se dejó caer sobre una caja de gas vacía. Querito y Chucho hablaban en voz baja y le miraban. Quintín tenía el rostro tranquilo, demasiado tranquilo; se sentó en el pilón, se echó el sombrero sobre la frente y dijo, frotándose las manos:

—Mica, hija, háganos un cafecito.

E inmediatamente, dirigiéndose a Cundito:

—Cuéntanos cómo fue eso.

Cundito no contestó; sacó el cuchillo de la vaina y se entretuvo en hacer rayitas en la tierra. Dijo luego a Ceíto, dejando oír claramente cada palabra:

—Yo me voy, compadre; estoy muy cansado y si bebo café no duermo después. Le encargo que cuando Genén despierte me le diga una cosa.

Volvió el cuchillo a la vaina y se rascó una pierna. Notó la atención prendida en todos los ojos.

—¿Qué?... —preguntó Ceíto rompiendo el silencio.

—Que yo necesito arreglar ese asunto de la galleta y que tenga entendido que Cundo Fría paga las galletas como hombre: a puñaladas.

Dijo, se levantó, escupió en la puerta y salió a pasos largos.

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.- Guaraguaos

El viejo Valerio señaló las aves y dijo:

—¿Usté los está aguaitando? Bueno... Esos son querebebés. Atrás de los querebebés vienen las golondrinas, atrás de las
golondrinas viene el agua, y atrás del agua... ¡Cristiano! Dios sabe lo que viene atrás del agua.

A diez pasos corría el río; inmediatamente después se alzaba el monte tupido: capá, quiebrahacha, amacey, algarrobo, amapolo, palma.

¡Monte! ¡Monte!

Al atardecer, no importa dónde esté, si me hallo solo y sentado en una silla serrana, recuerdo aquel monte. Todo él se iba alzando envuelto en enredaderas: bejuco camarón, cundeamor, bejuco musú. Todo él estaba como arropado por las hojas que se juntaban, apretaban y confundían hasta no saber uno si bajo las hojas de capá había verdaderamente, capá. Ahí mismo, a la orilla del río, la tierra se escondía en la tramazón magnífica de raíces de pomos; agua abajo iban siempre los frutos rosados y amarillos. A media tarde sentíamos, arriba, arrullos de palomas.

¡Monte! ¡Monte! ¡Vientre de árboles y de sombra...!

***

Ya tenemos aquí diez meses el viejo Valerio y yo, diez meses esperando. No sabemos cuándo ha de volver Bucandito; no sabemos en qué lejana parte del país estará ahora; pero le esperamos.

Bucandito se fue antes de que Desiderio se alzara. Bordas había pasado ya para Puerto Plata, al frente de las fuerzas, y nosotros tuvimos la esperanza de que terminara pronto aquello; sin embargo...

—Vea, Juan —sopló el viejo Valerio en esos días—. Tanto rogarle al muchacho, y nada. Cuando el cuerpo pide una cosa...

Así era. ¿Cómo podría yo decir de aquella fiebre que le hacía los ojos brillantes, de aquella admiración que le dejaba mudo, de aquel estarse quedo? Bucandito enloquecía cuando veía pasar un buen jinete armado de colt o de máuser con un pañuelo azul al cuello... Gritaba, empinándose:

—¡Vivan los bolos!

Y si el jinete se volvía y, entusiasmado, replicaba:

—¡Vivaaannn!

Bucandito, niño aún, me clavaba en el brazo las uñas y enseñaba los dientes en una sonrisa inexplicable.

Yo recuerdo lo sucedido una mañana de sol: el viejo Valerio, Bucandito y yo, renovábamos las yaguas del bohío; habíamos abierto las nuevas al sol y las pisábamos con montones de piedra y troncos pesados. Él estaba sobre el caballete, recibiendo las que yo le entregaba. Se veía pequeñín, comparado con las palmas que rodeaban el bohío, entre cuyas ramazones se enredaba el sol caprichosamente. Sentimos pisadas de caballos y nos detuvimos un momento para ver pasar la cabalgata: era un grupo armado, con pañuelos rojos al cuello. El que parecía ser jefe, de anchas espaldas y jinetear elegante, gritó, en pasando frente a nosotros:

—¡Viva Horaciooo!

Mecánicamente miré a Bucandito: se había alzado sobre el caballete y parecía tan seguro como sobre una roca. Levantó su bracito derecho, quemado por el sol, y su vocecita se coló a través de los mangos y los joberos que servían de espeques:

—¡Embuste! —dijo—. ¡Vivan los bolos!

El grupo se detuvo como clavado.

—¡Muchacho! —regañó el jefe.

Los ojos del viejo Valerio iban del jinete a su hijo; pero Bucandito, como si le hubiera enardecido el regaño, gritó más recio aún:

—¡Que vivan los bolos!

Entonces el otro volvió repentinamente la cabeza, miró a los suyos, se viró a nosotros con una sonrisa amplia y, sacando el revólver que brillaba como espejo, disparó al aire y clavó su montura que se alzó gallarda sobre sus patas traseras.

—¡Tú vas a gritar agora que vivan los rabuses, muchacho e porra! —rabió el hombre.

Y Bucandito:

—¿Quién? ¿Yo? Mejor máteme.

El hombre enfundó otra vez su revólver, hizo caracolear el caballo, metió mano en un bolsillo, sacó un clavao y lo tiró a mis pies a la vez que señalaba a Bucandito y decía:

—Eso es pa’ ti, muchacho. ¡Tú vas a ser un hombre de a verdad!

Con las pisadas de los caballos se confundió la voz de Bucandito:

—¡Yo no le cojo cuarto a rabuses!

***

¡Cierto que Bucandito Valerio fue un hombre!

Recuerdo un caso, por aquellos meses, que me impresionó: salimos a montear nidos de guineas alzadas. Con nosotros iba Princesa, una perra negra, flaca y lenta, huevera como ella sola. En el primer nidal ella se dio a comer huevos y como Bucandito la acosara le fue encima. Se le llevó entre los dientes blancos el meñique de la zurda. El muchacho no se inmutó por aquel chorro de sangre que le salía de la mano: alzó el colín, vomitó una imprecación y de un mandoble partió en dos la cabeza del animal como si hubiera sido un melón. Desde entonces no hubo más perros en la casa.

El tiempo, a esa edad, se nos va de prisa. Un día nos encontramos con dieciocho años encima. Yo tenía poca noción de las cosas que sucedieron entonces, pero Bucandito tenía anhelo de pelea e inteligencia clara y se hacía idea precisa de los motivos que hacían trepidar el país a cada paso.

Una tarde nos fuimos a Jamao Arriba. Empezaban las corridas de San Andrés y había baile allá. A Bucandito parecía no interesarle la diversión, porque se mantenía por el patio o los rincones, conversando con sus amigos en voz baja.

Tengo muy vagamente el recuerdo de aquella noche: la tambora, un acordeón que alargaba las notas, la güira... A ratos me quemaba la garganta con tragos de aguardiente. Bailé con Yeya, la trigueña de Bijero. ¡Qué duros y qué cálidos eran los senos de Yeya!

Camino de casa, cerca del amanecer, Bucandito me dijo:

—Esperémonos un chin, Juan.

Se estuvo un rato callado, como si rumiara algo. Al cabo dijo:

—Tú sabes que abajo de la ceiba salen muertos. Yo quiero verlos antes de dirme.

—¿De irte? —pregunté.

—Sí hombre... Pa’l monte.

Quise mirarle. Sus facciones se desleían en la media luz de la madrugada. ¡Pero yo no podía estar equivocado! ¡Si Bucandito era casi un niño! ¿Sus dieciocho años? ¿Y qué? ¿Dejaba por eso de ser un cuerpecito enclenque, bajito, como si tuviera apenas quince? Tres años antes, nada más, le había dicho un hombre que llegaría a ser macho de verdad. ¿Acaso aquel tiempo que anunciaba el hombre había llegado?

¡Bucandito! ¡Bucandito! El viejo Valerio no dijo palabra cuando no te encontró por la mañana; pero yo sé con seguridad que lo sintió porque sus ojos estuvieron opacos más de una semana.

Bucandito envió noticias desde la Línea Noroeste: los bolos triunfaban bajo la jefatura de Desiderio y se acercaban a Santiago, ciudad que pretendían sitiar. Recomendaba que dejáramos el lugar y nos fuéramos a Loma Tocaya, donde tenía el viejo terrenos, porque probablemente todo el Cibao ardería con la llegada de Horacio. El hombre que nos trajo nuevas mientras esperaba el café que calentaba en el fogón, nos decía:

—Muchacho ese que se ha dado guapo... El general lo quiere y nada más lo oye usté con Bucandito pa’ arriba y Bucandito pa’ bajo.

Yo sentía el calorcillo que me subía por los pies. Vi la cara del viejo: por los ojos, por los carrillos, por la frente, por todo el rostro le salía una luz rara, que le hacía joven y bello. Pero no habló.

***

Fue tal como lo dijo el viejo Valerio: tras los querebebés vinieron las golondrinas; tras las golondrinas vino el agua; sin embargo, nadie sabía lo que podía venir tras el agua.

¡Monte! ¡Monte! ¡Yo te veía escondido en la lluvia gris, aquellos interminables días ahumados! El río bajaba sucio y veloz. Tú estabas allí, tan inmutable, tan sereno como si nada sucediera. A tu sombra se fueron a esconder palomas, calandrias, carpinteros, petigres, guineas, perdices. Los becerros y las gallinas se salvaron de las aguas porque tú les brindaste la seguridad de tu tierra empinada. ¡Monte! ¡Monte!

El viejo Valerio tampoco se inmutaba; seguía callado, encerrado en una costra irrompible, oscura. Día a día, con los pies en el travesaño de la silla, los brazos cruzados y los ojos semicerrados, se pasó aquel tiempo esperando, esperando. ¿Qué le importaban al viejo Valerio la lluvia, los becerros, los relámpagos? Él esperaba... Nada más.

No vimos el sol en dos meses. Zumbaba en nuestros oídos el rasras lento del aguacero. ¡Ni leña seca con que encender una hoguera para calentar café, siquiera! La cuaba era algo precioso que debíamos economizar como oro.

Yo tenía los pies blancos y blandos, como la flor de la campanilla. Y el río... ¡Monte noble y fuerte! ¡Fuiste benigno como para permitir que la orilla del río llegara hasta los troncos de tus primeras palmeras!

***

¡Qué día aquél, viejo Valerio, cuando vimos el sol empujar suavemente las nubes grises! Las palmas parecían esponjadas, rizaditas, y el gallo manilo batió las alas satisfecho.

¡Qué día aquél, viejo Valerio! Te levantaste pasito de la silla, fuiste a la puerta y dijiste, con una voz sin emoción:

—Pue’ ser que venga agora.

Cierto que el río bajaba sucio aún, cierto que la tierra fangosa necesitaba muchos días de sol; cierto que en la tarde lloviznó. Mas a pesar de todo, ¡qué mañana tan eterna en mi alma, viejo Valerio!

Aquella noche me eché en mi barbacoa con una alegría rara, amarga, que me mordía como perro bravo. Ya me hacía falta el zumbar de la lluvia para adormecerme. Sentía al viejo Valerio moverse; esperaba oírle quejarse. Pero se me fueron haciendo pesadas las piernas, los brazos, la cabeza... Sentí, como si aquello sucediera muy lejos, el cacareo desasosegador de las gallinas. Me despertó, al fin, la voz de Valerio que decía:

—Juan, las gallinas están cacareando. Eso es anuncio de desgracia.

¿Cómo no iba yo a comprender que, lo mismo que en el mío, la imagen de Bucandito se había clavado en el cerebro de Valerio?

Pero el sueño me dominó, precisamente cuando hubiera querido llorar un poco. Una lágrima, siquiera...

***

Nada más sentí uno: el último. Sonó igual que si hubieran dado una pedrada en un tronco de palma. Él, sin embargo, los había oído todos y preguntó:

—¿Oyó los tiros, Juan?

—¿Tiros? —dudé yo.

—Sí hombre, un tiroteíto por allá, pa’ los lados de La Pelada.

El viejo hablaría, probablemente, con la vista en dirección al techo. Yo estaba así, por lo menos. Por debajo de la puerta se colaba un vientecillo desagradable, que entraba hasta mi rincón, buscaba las rendijas de la barbacoa y me enfriaba la espalda. Yo no pensaba; pregunté, seguramente con la intención de no dejar al viejo así, esperando que yo hablara:

—¿Será alguna fiesta?

Él contestó:

—Hubiéramos oído la tambora.

Dije luego:

—Debe estar amaneciendo.

—Falta mucho todavía —le oí decir.

Y a continuación:

—Me tienen caprichoso esos tiros...

El sueño pudo más que todo ese montón de preguntas que se me iba agrupando en el cerebro y en el corazón. Doblé las piernas, pegué casi las rodillas a la cara, me volví a la pared y me fui hundiendo otra vez en el lodo blando y negro de la noche.

***

Me tiré de la barbacoa, soñoliento aún, precisamente cuando el gallo manilo saludaba la mañana con un canto recio y prolongado.

Todavía la tierra del piso estaba húmeda y se sentía la brisa mañanera cargada de agua. El viejo Valerio salió de la otra habitación; se apretaba el cinturón y dijo:

—Buen día, Juan.

—Buen día —respondí.

Abrió la puerta del patio, se detuvo un momento, vio el tamarindo donde dormían las gallinas y se metió en el ranchón que nos servía de cocina. Yo cogí el jigüero y me fui al río. Sobre sus aguas se posaba una luz azul tenue. En el monte había tal cantar de pájaros que no parecía sino que celebraban fiestas. Yo vi algunas calandrias en los pomos que orillaban el río, con las plumas levantadas y la cabeza bajo el alita, buscando algún piojillo molestoso, sin duda.

El agua estaba más limpia que el día anterior. Tal vez hoy, aquí en la ciudad, tiraría una que no fuera cristalina; pero allá... ¡cuántos días alimentándonos con agua sucia como de poza! ¡Y menos mal que siquiera eso nos quedaba: agua sucia!

***

Un cuarto de camino había hecho el sol y nos miraba de lado, radiante en el cielo más azul que he visto. Uno veía así, a su alrededor, y le parecía estar metido en un círculo de palmeras, tamarindos, cañafístulos, guanábanos. Sólo el monte rompía la línea suave de la curva y se empinaba poco a poco, como si pretendiera alcanzar el sol.

Valerio estaba sentado a la puerta del patio; de vez en cuando se apretaba la mano contra el rostro y sonaba la nariz. Yo llegué a pensar que quizá estuviera enfermo. Pero el viejo, pasado un rato, se levantó, entró la silla al bohío, tomó un machete y me dijo:

—Ayúdeme a talar el frentecito, Juan.

Y nos pusimos a trabajar.

El sol caía de refilón en nuestras espaldas. Estábamos silenciosos y parecíamos oír solamente el ritmo de los machetes que tenían un alegre grito metálico al tronchar los guayabos y los pajonales de cola de gato. Era un trabajo bastante largo, pero agradable; empezábamos a sudar y yo creía tener en la espalda una gran plancha recién sacada del fuego. Vi en eso al viejo: se había erguido sin prisa; a poco tomó el machete en la mano zurda y con la otra hizo pantalla: miraba por encima del monte.

Hay impresiones que no se olvidan: he ahí una. Recordaré siempre la bella figura del viejo Valerio, firme, con el pecho salido y la cabeza hacia atrás, la mano sobre los ojos, el machete al final del brazo que descansaba alargado, lacio. A pocos metros estaba el río y parecía haberse detenido para verle. El sol se apretaba contra la piel quemada del viejo; le brillaba en los bigotes canos, en la frente ancha y recta, en la punta de la nariz y en la barbilla avanzada.

Aquella mirada fija me arrastró; quise ver también. Pero mis ojos azules debieron hundirse en el azul del cielo. La claridad me hacía daño y se me clavaba en ellos como dedos fuertes y crueles. Sólo me pareció ver dos pequeñas cruces muy altas, perdidas, que se movían con elegancia y trazaban grandes círculos cada vez más bajos.

El viejo Valerio, como si se hubiera roto aquel hilo que le sostenía erguido, bajó de golpe la cabeza y se cruzó de brazos, sin soltar el machete. Después se fue moviendo poco a poco y quedó frente a mí. Su mirada indefinible, serena, inmutable, parecía acariciarme. Dijo:

—Vea, Juan... Esos tiros...

Se le apagó la voz, pero volvió a hablar en tono opaco:

—Dios quiera. Para mí debe haber algún hombre o algún animal malogrado.

Yo estaba agachado, con una rodilla en tierra, y mientras él hablaba me sostenía con la diestra en el cabo del machete y la punta de éste en tierra.

—¿Qué le pasa? —pregunté.

Entonces él señaló muy vagamente el lugar donde estaban aquellas manchitas y explicó:

—Esos son guaraguaos y están por los lados de La Pelada.

Se dobló, apretó los labios, y como si nada hubiera dicho, se dio a talar con bríos renovados. Los machetes daban pequeños gritos agudos y los primeros arbustos tumbados se mareaban al sol.

***

Yo pensaba muchas cosas. El trabajo parecía acelerar en mí una fiebre nueva y noble: no sentía el sudor ni el sol; quería nada más trabajar, pero hacerlo sin descanso. Iba abriendo una especie de trochita entre los arbustos, directa al río, y calculaba todo lo que nos era necesario hacer, ya que había sequía. Pronto estarían los caminos transitables y podría uno ir a la tierra llana en busca de carne. Además tendríamos que traer las tres vacas paridas, que ahora vagaban por los terrenos incultos. Y todo esto venía a tiempo: la carne de la puerca gacha se estaba acabando. ¡Qué satisfacción saber que el cacao secaría y que no tardaríamos en tener café bueno!

En ese montón de ideas me asaltó una: los guaraguaos. ¿No habría muerto, por casualidad, uno de los terneritos nuevos? ¿Alguna vaca, tal vez? ¿Para qué, si no para comer carne muerta, habían venido los guaraguaos? Es seguro que estarían lejos, porque las gallinas no habían cacareado temerosas. ¡Hombre!

—¡Viejo! —llamé antes de terminar el pensamiento.

Él me miró con ojos acariciadores.

—Si las gallinas cacarearon anoche, fue por los guaraguaos —terminé.

Y su voz suave me llegó:

—No, hijo. La gallina no ve de noche. Eso fue mal anuncio.

—Será que las aguas han ahogado uno de los becerritos...

Valerio tenía en ese momento una matita de pomo en la mano, pegada a tierra, y la iba a trozar con su machete afilado; pero no lo hizo: se levantó, me miró hondo, sacudió la cabeza. Quería hablar y no se atrevía. Al fin...

—Lo mejor es dir a La Pelada.

Y se quedó viendo el monte.

—Si usté quiere -apoyé.

Estuvo un instante callado; después movió la cabeza de arriba abajo y, como asustado, consintió:

—Sí... Vámonos.

Rompió marcha de una vez, decidido. Yo quise lavarme las manos emporcadas de lodo. El agua lenta y turbia del río era fría como mano de muerte.

***

¡Monte! ¡Monte! ¡Vientre de árboles y de sombras...! Eres húmedo y acogedor. Mis pies desnudos se pegaban a tu tierra negra; mis ojos azules se enredaban en tus árboles serenos; mis manos ansiosas se prendían de tus bejucos. Era una hora antes de medio día; en la tierra llana el sol se extendía como verdolaga blanca; en mis espaldas era plancha recién sacada del fuego; pero en tu seno pardo parecía tardecita. Yo vi la perdiz, color de hoja seca, brincar confiada; y la paloma gris en las ramas del yagrumo y del cigua prieta, sin temores.

El viejo Valerio caminaba de prisa; su respiración era sonora. No volvía la cara atrás ni decía palabra. Algunas veces levantaba el brazo y cortaba a machetazos los bejucos. Después los retiraba con la punta del arma. Teníamos muy a menudo necesidad de sujetarnos a ramas de árboles para poder subir. Y era como si a cada instante el monte se fuera alzando más, más, más...

***

La Pelada es una planicie entre las lomas Tocaya y Guarina. Una vegetación pobrísima, de pajonales pardos, resecos, y algún que otro palo de cabirma, es todo lo de admirar en ella. La tierra rojiza, abundante en piedras, parece hozada por cerdos. No se puede caminar de prisa entre aquellos montones de pedruscos disimulados por el pajonal.

A nosotros se nos fue metiendo el sol poco a poco, poco a poco; y lo encontramos de pronto completo, vaciado en La Pelada.

Yo no vi nada, lo juro; pero ¿cómo no había de sorprenderme aquel súbito arrancar de Valerio; su andar preciso, como si supiera a conciencia qué quería hacer? De pronto vi los cerdos correr acompañándose de gruñidos. Valerio alzó el machete, lo tiró a los animales y dijo:

—¡Chonchos condenados! ¡Comiendo carne de gente!

Fue en ese preciso instante cuando sentí el mal olor que se me pegó a la nariz y se prendió de ella lo mismo que una mano.

Lo que había allí no era más que algo deforme, un montón impreciso de carnes, con el vientre y la cara roídos. Los perros de los alrededores, los ratones, los jíbaros, los cerdos, quizá los guaraguaos, ¡qué se yo cuántos animales se habían alimentado durante una noche y medio día con la carne de un hombre muerto!

Yo me quedé algo retirado; el viejo Valerio parecía un árbol, porque hasta media pierna se veía hundido entre la yerba tostada de los pajonales. Tenía la mano izquierda en la nariz, y ni un músculo de su cuerpo se movía. Sólo que aquellos ojos estaban muy opacos cuando se volvió para decirme:

—Tráigase un yaguacil, o dos; y si no halla busque yaguas.

Antes de marchar le vi sentarse y dejar el brazo derecho caído entre las piernas. Parecía irse disolviendo en el sol del medio día.

***

Eso no podría explicarse nunca y por tanto no me detendré en ello; pero yo ruego a todos procurar huir de las tierras incultas porque son crueles como hombres malos. Nadie podría figurarse lo que supone caminar hora y media, atravesar un monte sombrío, con los restos de un hombre a cuestas. Aquel montón de huesos y carne hedía de un modo horrible. En mi vida, el recuerdo de esa hora y media es atormentador y me sabe a pesadilla. ¡Yo siento a cada instante aquí, en la nariz, en la boca, en el estómago, el asco de aquella jornada!

Cuando soltamos el yaguacil, frente al bohío, procuré no mirar lo que había en él. De lo que la ropa azul dejaba ver sólo la mano izquierda se había conservado intacta, pero llena de manchas azulosas, casi moradas. Yo reconozco que no era yo quien vivía entonces; me parece que no anduve sobre la tierra, sino en el aire, y que entonces estaban las cosas sujetas entre sí con telarañas.

¡Huid de las tierras incultas, porque son crueles como hombres malos!

***

Yo no hablé media palabra mientras hoyábamos, ni hubiera podido hacerlo. La tierra pegajosa por las lluvias recientes se hacía rebelde. El sudor y el barro nos ponían una costra que parecía apretarnos por todos lados. No teníamos más que dos machetes y el deseo de acabar pronto. ¡Cómo nos miraba desde el Oeste el ojo blanco del sol!

El viejo Valerio se fue a cortar la madera mientras yo echaba tierra. Después aquella cruz, rama un momento antes y ahora montada, blanquecina, parecía un niño que nos llamara con sus bracitos abiertos.

Yo sentía las manos torpes, los dedos hinchados, y un deseo de no hacer nada, como si estuviera por dentro lleno de humo. Valerio se sentó a la puerta, frente a la tumba. Tenía los ojos muy opacos todavía y hacía ya cuatro horas que no hablaba. Sus manos largas, lentas, estaban juntas entre las piernas. Yo me quedé mirándole y, al rato, como si algo me obligara hacerlo, dije:

—Vámonos a Jamao, viejo. Yo no puedo seguir viviendo aquí...

Con la vista clavada en la cruz, igual que reanudando una conversación rota, el viejo Valerio recomendó:

—No mate nunca un guaraguao, Juan, y procure que no lo mate naiden.

Y, a mi silencio lleno de asombro que se tragó sus palabras, explicó:

—Si no hubiera sido por ellos no estuviera mi hijo enterrado aquí agora.

Yo grité:

—¿Qué, viejo?

Entonces fue cuando me miró.

—¿No vido el dedo que le faltaba en la mano, el que le llevó la perra?

***

Viejo Valerio: dejé La Tocaya después de tu muerte; pero no debes ignorar que voy a veces para adornar tu tumba y la de Bucandito.

¡Todavía está mi alma de rodillas frente a tu magnífica serenidad, viejo Valerio!

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.- La sangre

¡Al fin! ¡El viejo Nelico iba a hablar! Era muy duro el silencio del viejo Nelico; sin embargo nadie podría decir si había menos dureza en sus palabras.

A Tato le parecía que alguien le tenía sujeto; un solo gesto bastaría para desbarrancarle.

El viejo Nelico apoyó ambas manos en las rodillas, se impulsó y se puso en pie. Caminó como si se arrastrara. Cuando estuvo frente a su hijo se irguió; parecía más alto. Puso una mano sobre el hombro izquierdo de Tato; entrecerraba los párpados y movía los labios.

—Asunta... —dijo.

Poco a poco, sin él darse cuenta, clavaba las uñas en la carne de su hijo. Tato soportaba la mirada sin explicarse cómo.

—Asunta —repitió—. No te digo que busque pleito, pero si te fuñen... Aguaita... Pa’ que la cruz vaya donde ti, que vaya donde otro.

Se movió como para irse, pero volteó repentinamente.

—¡Y que no sepa yo que un hijo mío se ha dado pendejo! —recomendó.

Miraba de lado. Se conocía que no había terminado de hablar; parecía masticar algo. Tato le vio arrastrar los pies y se asombró de que no escupiera, como de costumbre.

***

El viejo Nelico oyó claramente los tres golpes, porque no había dormido. A seguidas la voz.

—Compadre, compadre...

En la oscuridad tendió la mano y tomó el pantalón. Sentía los pies helados.

—Ya voy —dijo.

Su mujer se movió. Nelico no la vio, mas la sintió. Tuvo ganas de despertarla, porque le pareció que amanecía, pero después recordó que había luna creciente.

Debía ser media noche. Su compadre estaría arrimado a la pared, contra la ventana, estrujándose la cara para espantar el sueño.

Tornó a largar la mano y cogió la camisa: quiso encender un fósforo para ver mejor, pensó en su mujer y desistió.

Hubiera querido evitarlo, pero una fuerza rara le obligaba a hacerlo, y abrió la ventana al fin, aunque sin ruido. La compañera medio se incorporó. Por la ventana se asomaba un paño azul iluminado.

Nelico vio la sombra acercarse, como agarrándose a la pared.

—¿Qué, compadre? —preguntó en voz baja.

—Hay desgracia. Mataron a Gengo —contestó la sombra.

El viejo Nelico abrió la boca: Tato le exprimió el cerebro. La voz cascada de la mujer golpeó su espalda.

—¿Qué pasa, Nelico?

—Nada —dijo volteándose.

Hizo hacia afuera una señal con la mano, cerró la ventana y encendió un fósforo: las sombras empezaron a arremolinarse alrededor de la luz. Su compañera no era más que un bulto deforme y negro, con pequeños brillos rojos.

Caminó hacia la cabecera del catre, tomó el colín y quiso salir. El fósforo era ya una pequeñita línea rosada en la punta de sus dedos. La mano de su mujer se engarfió en la manga de su camisa, tiró de él.

—¿Y qué es, Nelico? —preguntó otra vez la voz cascada.

—Nada —murmuró—. Creo que cortaron a Gengo.

A él le pareció que ella se había pasado la mano derecha por la frente.

—¡Jesús! —comentó la mujer.

Nelico echó a andar, con cuidado para no tropezar. Se sentía torpe, a pesar de que los pies estaban más livianos. La mano fue haciendo menos presión en su manga. Al salir empujó levemente la puerta, pero dejó una rendija que cortó en dos la sombra espesa del aposento y los ojos de la mujer.

***

Es casi seguro que su compadre no hablaría si no anduviera; hay una inexplicable sensación: las palabras salen como de una cinta.

—Lo encontraron al lado de la mayita de Fefa —explica despaciosamente—. Y tiene una puñalada aquí, Dios salve el lugar —termina.

Alza el brazo izquierdo y con la otra mano señala debajo de la axila.

—¡Concho! —comenta Nelico—. Es noble la cortada.

Hay un paréntesis. Parece que el otro exprime un colador de café, porque aprieta los dedos, tal vez piense que está ordeñando. Con la misma lentitud de antes ilustra:

—Y hasta boca bajo estaba.

Otra vez Tato en su cerebro. Tiene miedo de ver de frente.

—Entonces encontramos el matador —asegura.

Se pasa la mano zurda por el bigote; se balancea como mulo cargado. De improvisto, volviendo la cara, como si quisiera aun en la noche ver la impresión que sus palabras producen, pregunta:

—¿Y quién lo halló?

—Balbino —responde el otro con rapidez.

—Eso es raro... Y de noche —aventura Nelico.

—Diba pa’ su casa —explica el compadre—. Dice él que estaba en un jueguito de dados. Asigún él no era difunto todavía cuando lo topó, porque dizque asuntó los quejidos. Estaba echado ahí mesmo, a la vera del camino real.

Nelico calla. No piensa sino en andar. Raro que las piernas estén esta noche tan ágiles...

—¿Hay mucha gente? —pregunta sin levantar la cabeza.

—Unas cuantas —responde el inquirido.

Ya no hablan más. El colín golpea con regularidad el muslo de Nelico; se oye claramente el tac tac. Su compadre respira como gente cansada.

***

La cara del muerto parece moverse cuando el aire agita la luz. Tiene abiertos los ojos y todo el rostro ha tomado color de cera puesta al sol. Hay poca gente. Tres mujeres, a la cabecera, rezan con voz cansada.

Los rostros se ven entre sombras: al moverse alguno, la vela le pega en la piel. Todo el bohío parece hecho con lana: es como si los vivos no fueran de carne y hueso: apenas se siente el crujir de una silla.

Con el pie derecho en el quicio, Nelico se descubrió y dijo:

—Buenas noches.

Casi a coro contestaron los de dentro:

—Noche...

Atravesó con paso seguro la habitación, se dirigió hacia la pared del fondo, donde tres o cuatro parecían conversar sin que se les oyera, y tomó asiento. Uno movió la cabeza para acercársele.

—¿Cómo está mi comadre? —preguntó con voz ajena de entonación.

—Tal cualita —contesta Nelico en el mismo tono, moviendo levemente la mano.

Nadie llora, nadie hace gesto de dolor. Los hombres cuchichean entre sí y una de las rezadoras pasa a menudo su mano negra por la cara, como estirándola.

Nelico dobla el cuerpo, apoya los codos en las rodillas y pregunta:

—¿Gengo tenía familia?

—No señor —responde alguien.

Se incorpora; va hacia el muerto que está rígido, con la boca entreabierta, en el catre. Tiene las manos cruzadas sobre el vientre.

Nelico ve la mancha de sangre en la axila. De momento su voz, la única voz en ese silencio forzado, tiene entonaciones potentes:

—Apareje su caballo y vaya al pueblo, Meco. Hay que avisar a la autoridá.

A seguidas cruza la habitación, se planta frente al grupo, detiene los ojos en cada uno, como buscando, y pregunta:

—¿Dónde está Balbino?

Pero no espera la respuesta: señala una sombra que debe ser un hombre. Ordena:

—Tráigame a Balbino, Justino.

La luz de la vela, pegada al catre, junto a la cabeza del muerto, parece tropezar a cada paso; por instantes alumbra hasta cerca de los rincones. Ahora, por ejemplo, enrojece la mano seca de Nelico.

Las rezadoras hablan entre sí; una sujeta la frente con la mano que sostiene el rosario. Alguien comenta:

—Tamaña cosa venir de tan lejos a morir.

Nelico no parece viejo: la oscuridad le lima las arrugas. Cuando da el frente a la luz los ojos le enrojecen como si tuvieran brasas en el fondo.

Camina con paso cansado, como cuando habló con Tato; se dirige a una silla, carga con ella y toma asiento junto al muerto. Cruza las piernas. La punta del colín roza la tierra del piso.

***

Nelico cabecea. A ratos entra gente, entonces levanta el rostro, mira al recién llegado y ojea la herida; él sabe que la herida sangrará cuando entre el matador.

Siente sueño y tiene sabor a ron en la garganta. Se le enfrían las manos si piensa que Balbino llegará de un momento a otro; sin embargo, Tato le exprime el cerebro. Quisiera recordar con precisión qué le dijo ayer tarde. Molesta, pero hubiera podido suceder que el muerto ahora no fuera Gengo, sino Tato...

La habitación se ha ido llenando poco a poco de gente, el rumor de conversaciones es espeso; se siente humo arañar en la garganta.

Nelico oye los perros ladrar. Son como tachuelas clavadas en una tela negra. También los gallos...

No debe tardar en llegar la leche tibia del día.

***

Nelico oyó pisadas. Su corazón corría, corría. Su corazón golpeaba como un caballo bueno golpea con sus pezuñas la tierra.

La mancha roja de la camisa pareció agrandarse. Nelico vio la mancha crecer y notó que fluía sangre, pero muy lentamente. De pronto aquello fue un golpe que parecía llenar todo el pecho del difunto. Nelico tuvo miedo de que no fuera cierto y palpó. Sí: la sangre caliente, pegajosa y roja, le había mojado la mano.

Tenía la cabeza llena de aire. Los ojos abiertos, muy abiertos, vivieron ese instante sólo para mirar la puerta. Y ahí estaba; lo veía. Era una sombra vaga, diluida en la media luz del amanecer. Se movía. Parecía no querer entrar. A ratos los pies amagaban hacerlo.

Pero de pronto la sombra se movió y apoyó una mano en la puerta. Nelico vio la cara negra, con los ojos brillantes. La vela se había vuelto dos en los ojos del que llegaba.

Nelico creyó volverse loco. Todavía pensó que tal vez no fuera cierto. Podría muy bien ser Balbino. Pero entonces la sombra hizo señales con la mano, como llamando. Murmuró luego:

—Taita...

Nelico no supo cómo lo hizo. Tenía un miedo horrible de que los demás hubieran visto. La mancha de sangre seguía agrandándose. Veía, veía...

No fue él, no. Alguien le sujetó por los brazos y le puso en pie. Caminó. Era una sensación de blandura, de andar sobre algodón. El amanecer llegaba cansado y gris. Nelico se sentía marchar hacia el amanecer.

—Venga —dijo Tato sin entonación.

Le siguió. Tenía casi la seguridad de que el muerto venía detrás. No lo hacía en sus pies, no; era como volando. Estaría tieso, las manos en el vientre.

—Fui yo —dijo Tato volviéndose inesperadamente.

La cara de Nelico estaba ahora verdosa. El amanecer pasaba por sus pómulos una mano suave, untada de aceite. No veía ni hablaba. Sus ojos eran, acaso, agujeros abiertos sobre una noche cualquiera.

Sentía vagamente rumor de conversación. Los de adentro hablarían cosas sin importancia. ¿Qué era esto, Dios? Gengo, Tato... Quería tomar café y trabajar.

Tato arrancaba briznas de yerba de guinea. Al rato alzó la cabeza y habló:

—Emprésteme su caballo, taita. Tengo que dirme.

De pronto le pareció llenarse de claridad; sujetó la mano de su hijo con fuerza increíble.

—¿Y fuiste tú, Tato?

Se sentía asombrado. El entrecejo estaba como si dos dedos negros y finos le atravesaran la frente; le brillaban los ojos y la mañana comenzaba a poner sus dos puntitos blancos en ellos.

—Sí, fui yo: pero como hombre...

—¡Ah! —comentó.

Ahora se le volvía todo confuso. Había hablado ayer tarde con Tato; recuerda algo. ¡Qué vaguedad! Pero tal vez Tato estuviera en este momento en su casa, sobre el catre, apuñalado. Y sería sangre suya, su sangre...

Estuvo largo rato con la vista en el suelo. Ya brillaban los cogollos de los árboles.

—Si, vete, hijo. Dile a tu mama que te dé el bayo y una onza que tengo en mi baúl.

No hablaba con tranquilidad ni con dolor. Era como si la voz saliera del camino y no de él.

Tato se destocó, se arrodilló y rogó:

—La bendición, taita...

No contestó. Miraba aquel agujero blanco que se agrandaba en el cielo. Sintió gente arrimarse a la puerta.

—Y coge mi silla y mi revólver —dijo.

Tato se incorporó. Comenzó a caminar como si fuera hacia el sol. Se veía encorvado. Quizás ahora no pudiera andar: tendría sangre en el pecho.

El viejo Nelico se volvió; arrastraba los pies. Le dio trabajo sentarse de nuevo frente a Gengo. Pero no pensaba ya en que el matador viniera. Tenía sólo la preocupación de que Tato podría muy bien esconderse por el agujero blanco que se alzaba lentamente sobre la tierra...

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.- Lucero

José Veras miró a su compadre mansamente, hizo resbalar los ojos y chasqueó los labios; se le acercó, dobló la cabeza y, como temeroso de que lo oyeran, dijo:

—Lo ojiaron, compadre.

El otro tuvo miedo de que José Veras rompiera a llorar; había algo muy doloroso en su voz.

Pero José Veras volvió rápidamente el rostro y clavó en la loma una mirada más dura y asesina que una bala.

***

Es posible que por los caminos reales del Cibao no pase otro animal como aquél. Andaba, y nadie veía sus pezuñas menudas en tierra: las llevaba siempre ocultas en el oro del polvo. Su cola ondulaba como río, sin salir de cauce, y era elegante aun llevándola amarrada en trenzas con una cinta azul. Su pescuezo brillante estaba siempre arqueado. Su piel... ¡Lucero!: ¿Por qué brillaba tanto tu piel?

Tenía en la frente, como clavada en su pelo negruzco, una mancha blanca. Poco más abajo, y a los lados, los ojos le reventaban llenos de luz.

Es posible que por los caminos reales del Cibao no pase otro animal como aquél.

***

José Veras estaba sentado a la puerta del bohío. Acababa de secar la saliva con el roce de su ancho pie.

—Vea —dijo—. Yo tengo nada más cuatro cosas, manque sea pobrecito: Lucero, mi revólver, mi gallo y mi mujer.

Echó el cuerpo sobre las piernas, se frotó las manos y prosiguió:

—Y si me fueran a quitar lo mío, nada más quisiera que me dejaran a Lucero.

Filo Soto recostó su silla en el marco de la puerta, tiró un brazo tras el asiento y murmuró:

—Hasta yo, si fuera mío...

Y se quedó viendo el camino.

Esperaban. La tierra estaba más parda que nunca. Allá lejos azuleaban las lomas.

—Asunte, José —recomendó Filo—; asigún veo, va a tener mal viaje. Aguaite cómo está la loma.

José levantó sin prisa la cabeza y corroboró:

—Este tiempo puñetero... Agua y agua y agua. Dios quiera que ese muchacho haiga amarrado a Lucero. Horita oscurece y cualquiera no sale de noche.

Casi antes de que terminara, una voz llamó, de adentro.

—Compadre...

—Voy —contestó José.

A su espalda, en la penumbra de la puerta, asomó una cara trigueña y arrugada.

—No se apure —observó—. Era pa’ decirle que atraque con el caballo.

—Aquí estamos esperando ese condenado muchacho, compadre.

El otro caminó sin hacer ruido, sacó la cabeza para ver el camino y tropezó con Filo Soto.

—Buena tarde, Filo.

—Buena, don Justo. ¿Cómo sigue la enferma?

—Igual —dijo.

Y a seguidas:

—Mi compadre sale horitica pa’ el pueblo.

Filo movió la cabeza, como quien dice que sí. Después observó:

—Estará toda la noche andando.

—Pero voy bien montado —terminó José Veras.

***

Ese barro rojo no es barro: es mil manos juntas, pequeñitas y fuertes, que se aferran a las patas del animal y lo dejan exhausto. Y la lluvia en la noche no es lluvia: es arenilla pegajosa lanzada contra la cara y los muslos.

No se ve una raíz; no se sabe dónde está el hoyo. El camino es tierra recién amasada tirada sobre la loma. Nada más.

José Veras pensó muchas cosas y luchó mucho consigo mismo, pero sobre todo eso estaba lo otro: Lucero.

Lucero iba a malograrse una pata; Lucero podía desbarrancarse de momento. Cierto que él iba encima, pero... él, ¿qué era él?

Sentía al animal buscar a tientas el lugar donde plantar el casco con seguridad. A veces removía la cabeza y resoplaba. José agarraba los estribos y levantaba los pies, temeroso de que un tocón le destrozara un dedo.

Ahí mismo, a ambos lados del camino, la lluvia caía pesadamente y con lentitud. Alguien dejaba caer piedras desde muy alto.

A José le molestaba andar tan despaciosamente, pero tenía miedo de apurar el animal. No. Además... ¡Bueno! Hubiera sido mejor que la mujer hubiese muerto ayer mismo u hoy; daba igual. El caso era no haber tenido necesidad de hacer este viaje perro...

Pero ya era demasiado mortificarse. Lo mejor sería buscar bohío donde parar. José Veras no estaba dispuesto a que Lucero se malograra, aunque se le muriera la mujer a Justo Mata.

***

Estaban sentados, algunos en sillas, otros en un banco largo, los restantes en el suelo. José Veras sentía la tela secarse sobre su cuerpo y le hacía bien el calorcillo. Las llamas se levantaban y enrojecían los rincones de la cocina.

El hombre que le abrió la puerta, oscuro y medio desnudo, dijo a la vez que le miraba los ojos:

—Que Dios le guarde el caballo, amigo.

Y el viejo de la barbilla blanca aprobó:

—Y dígalo.

José sentía un agradecimiento verdadero subirle del pecho y calentarle más que la fogata. Dijo, entre sonrisas:

—Yo estoy en creer que él fue el que me trujo porque yo no veía ni an mi mano.

Entonces el viejo chupó su cachimbo, miró de reojo la marmita donde se calentaba el agua, y murmuró:

—Vea... Usté es hombre arrestado. Yo no me tiro este camino solo y de noche.

El más joven, que estaba allá en el rincón, entre sombras y a la punta del banco, corroboró:

—¡Jesús! ¡Ni an por paga!

El viejo miró la puerta. Sus brazos rodeaban sus rodillas y la mano parecía pegada al cachimbo para siempre. Se pasó la izquierda por los ojos, como si tuviera sueño, y explicó, a la sonrisa dudosa de José Veras:

—Usté no ha podido darse cuenta, porque la noche está bien cerrada, pero vea: un chin más abajo de la subida que usté cogió pa’ llegar aquí hay tres cruces. Por alante de esas tres cruces —aseguró señalando el probable lugar— no pasa naiden de todo este pedazo de noche.

Ahora ya no había sonrisa en José. Él había visto la intensa palidez que tenían los demás, había sentido el frío silencio que se pegaba a los hombres. Sus ojos estaban más brillantes que de costumbre. Recordaba. Sí: muy probable. Él creyó haber adivinado, en la oscuridad, tres cruces. ¡Concho! ¡Verdad! ¡Si Lucero se había quedado largo rato parado frente a ellas, con las orejas rectas y temblando, tal vez sí de miedo!

José Veras no pudo resistir. Casi gritaba.

—¡Dígame lo que pasa! —rogó.

Pero el viejo no contestó. Aquel silencio frío seguía pegándose a los hombres, pegándose más que el barro rojo de mil manecitas fuertes.

Se oía claramente el glu-glu del agua que hervía ya.

El viejo se volvió, miró a uno de aquellos hombres y ordenó:

—Mayía, atienda el agua. Háganos un cafecito, que el amigo está muy entripado y no es bueno que se acueste asina.

José vio la cara de aquel que se levantó a ver el agua. Se le conocía el miedo: parecía hurgar con los ojos, a un mismo tiempo, en todos los lugares de la cocina.

—Lo que pasa —dijo el viejo inesperadamente– es que ahí sale el difunto Frosito, al que mataron en los tiempos de Perico Lazala. Asigún me contaba el viejo Félix, fueron unos criminales del Sur, dizque pa’ robarle el caballo.

—¡Yo no lo vide! —aseguró violentamente José.

—Ni falta que hace, amigo —cortó el viejo—. Por aquí lo hemos visto nada más dos o tres, y no hemos quedado con ganas de verlo. Créalo...

José se sentía muy delgado, muy capaz de ser roto por cualquier débil cosa: una ramita, por ejemplo. El viejo estaba sentado ahí, en el suelo, mirando la puerta y con la mano clavada, como si fuera para eternamente, en el cachimbo. Pero el viejo volvió su mirada clara, casi azul, sobre José y dejó oír estas palabras, dichas con serenidad y claridad.

—Dos veces lo vide y dos veces me ha ojiado el animal; pero un hijo de mi compadre Chemo que diba a pie murió ojiado por él. Asina que le agradezco haberse conformado con el caballo, porque si no...

—Pero... ¿y eso?

José hizo la pregunta nervioso. No comprendía si se estaban burlando de él. No se sentía. Todas las cosas eran claras como agua de río limpio. Estos hombres, estos hombres... ¿No sería acaso una pesadilla?

—Vea...

El viejo le miraba fijamente ahora. Había empezado a hablar. Desde atrás del fogón, los ojos del muchacho que atendía al café pendían del viejo.

—Ojea a los que van sin montura porque cree que son los criminales, y a los que van a caballo porque dizque cree que todos los que pasan son el de él.

El hombre moreno que le abrió la puerta musitó:

—Jesús, Ave María Purísima...

José Veras no sentía ya la ropa secarse sobre su cuerpo.

***

Serían las diez. Comenzaba a subir una cuesta de tierra que no era roja ni negra ni amarilla. Lucero levantaba las patas pesadamente y José Veras se daba cuenta de ello. Tenía la boca amarga y cerrada a disgusto. Los ojos buscaban cuidadosamente cada piedra, cada tocón del camino, para apartar el animal. Le molestaba el sol, no por él, sino por Lucero.

Y allá, a media cuesta, Lucero se detuvo, trató de volver la cabeza, bajó el pescuezo de pronto y cayó golpeando el camino con sus rodillas lustrosas y finas.

José pretendió hacer algo. Quitó de pronto la silla al animal, le tiró de las orejas, quiso abrirle la boca.

Los ojos luminosos de Lucero le miraban desde una lejanía indecible, muy tristes.

José lo vio después, con sus patas temblorosas, blanqueando la mirada, estirarse y resoplar con trabajo.

No quería llorar, pero le asomaban las lágrimas a los ojos. Esperó. Esperó. Cargó luego con la silla y se fue. Al atardecer
llamó a la puerta, miró fijamente al hombre moreno que le había abierto la noche anterior, y dijo:

—Guárdeme esta silla aquí, amigo. Entréguesela a cualquiera que vaya pa’ los lados de casa.

El hombre moreno le vio irse. Pero no pensó que José Veras iba a esperar la noche sentado al lado de las tres cruces y que a la hora de las ánimas iba a atronar el monte con su vozarrón:

—¡Yo estoy aquí, carajo! ¡Salme, muerto! ¡Salme, Frosito, pa’ que me hagas mal de ojo a mí también! ¡Sal, pendejo...!

***

Era media tarde. Su compadre le vio casi al llegar. Venía a pie. Nada comprendió y sólo atinó a preguntar:

—Adiós... ¿y Lucero?

—Lo ojiaron, compadre —dijo una voz rota.

Tuvo miedo de que José Veras rompiera a llorar: había demasiado dolor en su voz.

Pero José Veras se irguió, volvió rápidamente el rostro y clavó en la loma una mirada más dura y asesina que una bala.

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.- Lo mejor

Por la tierra seca y dorada de la enramada empezaban a entrar lenguas de agua.

Tilo tenía los ojos entrecerrados y sentía sueño. A ratos el caballo movía una pata. Estaría también soñoliento.

El otro metió mano en un bolsillo, sacó cachimbo y vejiga, llenó el primero y se dispuso a fumar. Antes dijo:

—Yo voy a dar una chupadita, compadre.

Tilo veía ahora el agua caer por el alero de la enramada. Sentía ganas de tirarse del caballo y echarse en el suelo; pero ese polvo dorado se pegaba mucho a la ropa.

—Se me hace que no escampa hoy —dijo como para sí—. Yo estoy pensando en seguir.

—¡Ah hombre mal agradecido! —comentó el otro.

Tilo lo miró. El rostro de su compañero enrojeció al resplandor del fósforo con que encendía el cachimbo. Sobre la silla había cruzado el paraguas y afincaba los pies en los estribos. Soltó una bocanada de humo espeso que le envolvió momentáneamente; después sujetó el cachimbo, lo enderezó y dijo:

—¡Dizque queriendo mojarse con tan buen techo! —indicaba con los ojos las yaguas de la enramada.

Tilo veía cómo los hilos grises de la lluvia se estrechaban hasta cubrir las palmas mohinas.

***

—Apure su caballo, que la noche está aquí —aconsejó Tilo.

El compadre clavó su montura. Era un rucio careto, natural, largo. Se apareó con el melao de Tilo a poco andar. Su compadre llevaba la mano izquierda apoyada en la pierna y la rienda alta en la derecha.

—Asunte —dijo—. Este trotecito es el de los caminos largos. Manque sea dudoso se llega más pronto.

—Pero es que yo tengo hambre —objetó Tilo.

—Asujétesela. Horita estamos en el fundo de Sico.

Tilo alargó la mirada y le pareció ver el camino rojo subiendo, extenuado. Podría muy bien no ser más que una barranca... Pero estaba intrigado. Se alzó sobre los estribos, extendió el brazo y señaló:

—¿Qué es aquello?

—Rancho Arriba —inició el otro.

El compadre seguía con la mano en el muslo. Llevaba la cabeza baja y el caballo parecía un arco.

—Debe estar muy resbaloso —aventuró Tilo por decir algo.

—Asigún —dijo el compadre sin alzar la cabeza.

Y cinco o seis pasos más allá:

—Parece que por aquí no ha llovido tanto.

Sin dar explicaciones clavó su caballo, tiró de la rienda y quedó inmóvil, atravesado en el camino real. Tilo le vio llevar una mano atrás; en la mano vino luego la botella.

—Dése un trago —ordenó alargándosela.

Tilo sintió el ardor en la garganta, escupió y comentó:

—¡Concho!

El otro adelantó dos pasos, pegó el anca de su montura a la cabeza de la de Tilo y, en voz muy baja, dijo:

—Vamos a esperar la noche ahí.

Su índice derecho señalaba el monte tupido. Tilo tuvo ganas de protestar, pero le ahogaban los ojos del compadre.

***

La noche era cálida y pesada. Tilo no podía verse las manos. Oía el resoplar de su caballo y a veces lo sentía doblarse buscando mejor trillo. Le parecía estar metido en un horno oscuro o en un vientre inmenso. A ratos se llevaba la mano al revólver, lo acomodaba algo, metía dedo en el gatillo: eso le hacía sentirse más fuerte.

En su imaginación veía claramente a su compadre doblado, empeñado en mirar de lado, con los ojos negrísimos flotando sobre el barro. El caballo sería un arco, acaso...

La voz, así, sin esperarla, le impresionó como si fuera sacrilegio:

—Haga lo menos ruido posible porque en la subida vive un hombre medio peligroso. Ni an me acordaba ya.

Sintió el rucio apresurarse un poco y la voz sonó más cerca, casi soplándole:

—Si usté no me pregunta cómo se llamaba la cuesta, hago tamaña caballá.

No habló más. Tilo tenía ganas de quejarse por el hambre o por cualquier cosa. Era igual. Podía también decir que sentía retorcimiento en las costillas.

La noche se los tragaba, se los tragaba. Tal vez no, porque ellos estaban mejor. Pero lo cierto era que se sentían partes de
lo negro.

***

Tilo no se explicaba cómo su compadre pudo dar con el bohío, porque también el bohío estaba perdido en el vientre oscuro.

El compadre arrimó el caballo bajo el alero. Fue entonces cuando la montura suya quiso saltar, atenaceado el oído por ese ladrido seco. Luego oyó el gruñir sordo del perro. El rucio pateaba y bajaba el pescuezo.

Tres golpes suaves se pegaron a las tablas de la pared. Adentro hubo rumor de gente que se movía. Después la voz de su compadre se enredó a la noche:

—Sico... Soy yo...

Por las rendijas vino luz. Tilo adivinaba un hombre que se vestía. Tal vez tuviera sueño aún.

Él sentía frío. Su compañero debía tener los ojos reventones. Poco a poco, sin quererlo, calentó la culata del revólver con sus dedos nerviosos.

¡Al fin! La aldaba sonó. Se comprendía que Sico abría la puerta con precauciones. Después, muy lentamente, un cuadro de luz se fue haciendo ancho hasta alumbrar las patas enlodadas del rucio.

El compadre se atravesó en la puerta. Sólo veía su sombra, brillante en los contornos. Oyó a Sico decir:

—Creía que no diba a llegar. Bájese y dentre.

Tenía la jumiadora en una mano, a la altura de la cabeza, y todo un lado de la cara rojo. El brazo derecho de su compadre enlazó el tronco de Sico. Al apearse sintió como que nunca tocaría tierra con sus pies. El suelo era blando y pegajoso.

Su compadre dijo:

—Alevante a su mujer, Sico. Mi compadre se está muriendo de hambre.

Entonces Sico le miró. La jumiadora estaba en los dos ojos de Sico, al fondo. Alargó la mano y sintió unos dedos fuertes apretujándosela.

***

Hablaron largo, pero Tilo apenas ponía caso. Sentía sueño y hambre; mejor sueño que hambre. El compadre servía ron y manoteaba; su voz era apagada hasta lo increíble. También en sus ojos negrísimos estaba la jumiadora. Tilo lo veía mejor ahora: enjuto, trigueño; el bigote ralo, caído; la boca fina y torcida, por el cachimbo, tal vez. Afinó la mirada cuando Sico dijo:

—El viejo Nano es gobiernista y no se puede contar con naiden mientras esté aquí.

El compadre sirvió otro trago. Tilo le veía algo raro en la frente. Hubo un momento en que el hombre tuvo intención de blasfemar; se comprendió. Sin embargo, se contentó con golpear la mesa con los nudillos.

—Bueno —dijo al rato, lentamente—, pero nosotros no vamos a fracasar por un viejo.

—Yo creo —aventuró Sico sin levantar los ojos.

Tilo sintió algo rozarle la pierna. El perro estaba ahí; era berrendo y grande. Después oyó la mujer trajinar en la cocina. El hambre seguía rascándole la garganta.

Su compañero se dobló. Ahora la jumiadora le alumbraba apenas la nariz. Alargó una mano, tocó la pierna de Sico y silabeó:

—Acuche...

Tornó a enderezarse, sirvió más ron, escupió y prosiguió:

—Usté sabe cómo están las cosas. Si no tumbamos al gobierno el gobierno acaba con nosotros.

Sico asintió con un movimiento de cabeza. Dijo:

—Ahora es.

—¿El viejo Nano vive todavía en Los Prietos? —preguntó su compadre.

—Todavía —confirmó.

Tilo sintió un relente frío en la espalda. Sico se puso en pie, al tiempo de decir:

—Déjeme atender a la montura.

Pero el otro le sujetó un brazo y ordenó:

—No desensille el mío, que tengo necesidá de dar una salidita.

Sico se volvió; parecía muy asustado y abría la boca.

—Asunte —recomendó—. No trate de conquistar al viejo Nano, porque le puede costar caro.

—No es eso —dijo el compañero moviendo la mano.

Tilo se levantó desde el fondo espeso de su sueño.

—Saldrá dispués que comamos, compadre —dijo.

—Claro... —aseguró el otro.

Cruzó las piernas, sacó cachimbo y vejiga, llenó el primero y se dio a encenderlo con la luz roja y gruesa de la jumiadora.

***

Estaba en el catre, acurrucado, friolento. Pensaba en su compadre y le parecía oírle llegar. Sico era hombre simpático. El camino, su caballo. Había un montón de cosas en el cerebro de Tilo. Hasta la mujer de Sico, y su sancocho. ¡Buena yuca!

Raro, pero el sueño parecía estacionado. Lo sentía, sí; pero sin la pesadez de antes. Quizá fuera el hambre, más que otra cosa.

Inesperadamente aquello. Indudablemente eran tiros. Uno, dos, tres. Nada más. Los tiros serían, acaso, fosforitos en el vientre negro e inmenso de la noche. Alargó el pescuezo y esperó. Tenía frío, mucho frío.

Le pareció, al rato, que venía alguien a caballo. Cierto; ahí estaba. Sintió cómo una persona trataba de abrir el portón. Después las pisadas sonaron en el patio. El que fuera desmontó. Cuatro, cinco minutos. Había ruido de estribos y hebillas. Desensillaba, de seguro. Oyó claramente el manotazo dado en el anca del caballo. Luego el cuidado, al andar, de alguien. Una aldaba se dejó caer, pero apenas rompía la masa espesa de la noche. Ahora, ya en la habitación, las espuelas sonaban con desparpajo. Él tenía la mano agarrotada sobre la culata del revólver. La voz le jamaquió:

—Que duerma con Dios, compadre.

Sintió los nervios aflojar. Lo último fue el crujir del catre bajo el cuerpo enjuto y trigueño.

Tilo comprendió entonces, y tuvo ganas de rezar por el alma de don Nano, que a esa hora debía estar muy lejos.

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.- San Andrés

Toda la tarde anterior la pasó Guarín hablando de lo mismo: el gallo gallino.

—Yo quisiera echarlo con el canelito de Toño —le decía a Yoyo—. Dende que asomó por el cascarón sabía yo que se diba a dar legítimo ese gallino. Figúrese, encastado por mí.

Se quedó un rato pensativo y dijo, mientras miraba la puerta.

—Lo malo está en que gane la pinta negra. Yo no le juego a la pinta ganadora, compai Yoyo.

Y al otro día, desde el amanecer, empezó a prepararse. Se vistió como lo pedía la solemnidad: saco de casimir negro, pantalón de dril, polainas resecas, zapatos amarillos, camisa blanca y sombrero “panza de burro”. El potro, reluciente a fuerza de aceite de coco y de aguacate, tenía nerviosidad de muchacha que espera novio. Guarín se terció el Colt, signo de su autoridad como alcalde pedáneo, y montó de un salto, sin poner pie en estribo. Ya así, pensó poner su gallo en una funda, pero le pareció después que el trayecto era muy corto.

—¡Eloísa! —llamó—. Páseme el pollo y no se olvide de la vela del difunto.

Clavó. Las patas del animal parecieron deshacer un dibujo del camino.

—¡Tráigame dulces, taita! —gritó Nandito al tiempo de despedirse el sol, en el recodo, de las ancas del potro.

El día era digno de noviembre. Una brisa fresca y suave bajaba de las lomas y doblaba la yerba páez. De allá arriba bajaban unas manchas blancas. Las muchachas, de seguro, que venían a la fiesta. En el alambre de una cerca un pollo jabao batió las alas, como satisfecho, y cantó con claridad y fuerza.

—Buena seña —se dijo Guarín optimista cuando vio su gallo erizar las plumas del pescuezo para contestar al jabao.

Ahora le hacía falta el compadre Andrés Segura. Venía, hasta cinco antes, todos los años a su lado, sonreído y feliz. Nadie gozaba estas peleas como el difunto. Se armó de pleito, una Nochebuena, y lo abalearon.

—Compadre —recomendaba en su último día—, sólo le pido que me prenda una vela todos los San Andrés; si no, le salgo y le hago perder su gallo.

Él pretendía consolarle:

—No se apure, compadre. Yo tengo tres plomos en el cuerpo y estoy buenesiningo y sano. Total, esto es una caballaíta. Pa’ el otro santo suyo está usté en la gallera, como en todos.

Pero Guarín sabía que estaba hablando mentira: era un balazo noble el que tenía su compadre. Amaneciendo el día veinticinco dobló un poco la cabeza, se esforzó en sonreír, palideció, perfiló la nariz y se fue al otro mundo, como los pajarillos.

Todos los años, en San Andrés, se quemaban velas en su casa por el descanso de su compadre.

***

Estaba ganando la pinta clara. El primero fue un jabao de su cuñado Fernando, que mató en la segunda picada. Y siguió la clara arriba. A menos que no cambiara en la tarde... Porque Guarín acostumbraba pelear sus gallos a última hora; así se da más gusto, según él asegura.

Como a las cinco consiguió casarlo. Le presentaron un girito que salía con el suyo hasta en la medida de las espuelas; ni que pesarlos hubo. Su rival era un desconocido. Claro que pudo haber conseguido otro desde temprano, pero él no se tiraba con ningún buen amigo. Y eso, que Fello le mandó un canelo por trasmano.

—Lo que es dende hoy en delante, a mi compai Fello le ando con cuidado, Rogelio. Dizque tirándose conmigo. ¿Usté ha visto?

Soltaron los gallos, por fin. En la primera picada el de Guarín levantó bien. Se conoció que acabaría matando. La voz del dueño se alzó sobre el griterío que llenaba, desde la gallera, todo el poblado.

—¡Doy vente a cinco a mi gallo! ¡Vente a cinco!

—Pago —contestó tranquilamente el del giro.

El gallino picó y cortó al vuelo, en el pescuezo.

—¡Doy trenta a cinco! —vociferó Guarín entusiasmado.

—Pago —volvió a decir el otro.

Medio atontado por el golpe, el girito se detuvo y aguantó nuevo tiro de su rival; mas de súbito emprendió carrera, como tratando de cansar al matón.

La valla del gallino alborotó de un modo inaudito. En lo mejor de esta explosión de entusiasmo, el gallo perdido se detuvo, clavó su pico en el pescuezo del perseguidor y lanzó un espolazo que, atravesando un ojo del otro, le vació interiormente el opuesto. Enloquecido, el gallino dio vueltas tirando picotazos al aire. Tuvo como una heroica lucidez: batió las alas, cantó con voz débil y cayó sobre el lado derecho, sacudido por temblores.

Guarín, sin decir palabra bajó a la arena, envolvió su gallo en una mirada de dolor y comenzó a pagar las apuestas. Luego se echó al brazo su pupilo muerto y salió de la gallera con la garganta seca.

No sabía cómo caminaba ni se explicó por qué había entrado a la pulpería. Ya en ella pidió, sin alzar la vista.

—Póngame un trago de a rial oro, don Antonio.

Lo tomó de un solo golpe, pegó en el mostrador con el fondo del vaso y tornó a pedir:

—Écheme otro de la mesma medida.

Bebiendo estaba cuando llegó Fello.

—Arrepare en esto, Guarín —recomendó—: el hombre del giro vino nada más que a ganarle, porque naiden lo ha visto dende la pelea.

—No converse caballá —escupió él—. Acompáñeme a un trago.

Y dirigiéndose al pulpero:

—¡Ponga dos de a medio oro, don Antonio!

***

En el estrecho espacio que dejaba el mostrador, Guarín pretendía caminar, pero tambaleaba. En lo alto, hacia el Oeste, el crepúsculo venía a lomos de burro cansado. Los hombres y las mujeres estaban regados por el pobladito y de rato en rato salían grupos a los que acompañaban ladridos.

Guarín estaba solo en la pulpería; el gallino, frío, dejaba caer el pescuezo por el brazo de su dueño, que no quería deshacerse de él. Hablaba, mas las palabras se le enredaban en la lengua.

—Don Antonio, póngame dos tragos dobles —dijo trabajosamente.

Y como el pulpero trajera un vaso, explicó:

—No, viejo; no. Yo quiero dos tragos en dos vasos.

Don Antonio le miró asombrado. ¿Para quién era el otro servicio?

—Bueno —asintió—. Como usté quiera, Guarín; pero sepa que no bebo.

—No es pa’ usté, compai —replicó—. No es pa’ usté. Ese otro se lo va a beber el difunto Andrés Segura, que hoy es día de su santo.

Guarín no terminaba de decir esto cuando apareció en la puerta, hacia su espalda, el desconocido dueño del giro que ganó la pelea. Entró sin hacer ruido, echó mano al vaso y se bebió el ron de un sorbo; puso su diestra sobre el hombro de Guarín muerto de asombro, y dijo:

—Dios se lo pagará, compadre; la culpa fue de su mujer, que no prendió la vela.

Al bajar la puerta, desapareció. Guarín se tiró afuera sin comprender lo que sucedía. Llegó hasta la esquina, mudo y sintiendo que la cabeza se le iba, pero en ninguna parte vio sombra de persona. Mas cuando quiso volver a la pulpería, el gallino muerto se estremeció, levantó el pescuezo y rompió los tímpanos de Guarín con un canto sonoro.

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.- La negación

Viendo a José Dolores se recibe la impresión de que vivió caminando: hay en todo él como polvo de camino. Sus ojos parecen devolver paisajes. José Dolores habla y uno evoca a la abuela, cuando registraba baúles.

—Éste fue mi primer traje largo —dejaba oír la vieja.

Y así él. Arrinconados por ahí, en su cerebro, tiene los recuerdos.

Ahora se entretiene en cortar andullo; va sacando finísimas rajas que luego deshace entre las manos.

—En mi tiempo no había carretera —dice—. Por eso no me acostumbro. Dende que se me estiricó el bayo juré no andar más que con esto —y señala los pies.

Sonríe. Tiene una alegría de hombre sano, acostumbrado al bien y cargado de conformidad.

Por la puerta se ven las cosas como alambradas: la lluvia es recia, sonora.

Dos pequeños desgranan el maíz. En la sombra de un rincón se adivina la silla de montar.

—Con Dios por delante —proyecta su huésped— entre unos diítas siembro todo ese limpio que usté vido antes de llegar. El maíz es degallao.

José Dolores piensa que Eufemio también estará preparando la siembra. Tendrá un conuco para los víveres de la casa. Él recuerda haberle dejado buena tierra recién lista para frijol. ¡Las cosechas que habrá hecho en tanto tiempo!

Se alegra de pensar en el hijo; su contento es tal que le salta por los ojos. En este momento, por ejemplo, se siente capaz de seguir su camino, a pesar de la lluvia y de la noche que se le viene encima.

Eufemio debe estar ajembrado. Quizá tenga algún hijo. ¡Quién sabe!

El roce de las mazorcas hace dúo a la lluvia: rass rass...

José Dolores siente olor de cocina.

—Es Cunda —explica el huésped—; no le gusta que la gente pase hambre.

Él empieza a sonreír. ¡Grata vida ésta! De pronto entra un pequeño, chorreando agua y morado de frío.

—Yo no pueo —rezonga— amarrar ese becerro condenao.

El más chiquitín lo mira, sonríe y desafía.

José Dolores se esponja. La palizada se esconde en la lluvia. Las mazorcas prosiguen su dúo: rass rass...

***

Cabeceaba el día un sueño cuando se le entró cuerpo adentro la locura. Eso es; locura. Corrió, corrió. La casa, el jardinillo, los mangos detrás; todo lo vio como en derrumbe. Se ahogaba. No supo cuándo saltó la tranca. Aquel perro bermejo que empezó a ladrar... Locura, eso es: locura.

—¡Ufemio! ¡Ufemio!

¡Qué alegría, qué alegría! ¡Había llegado! ¡Y tantos años! ¡Tantos!

—¡Ufemio! ¡Ufemio! –gritó de nuevo.

Fue mujer quien contestó. Apareció en la puerta del bohío, secándose las manos con un trapo listado. La voz era lenta:

—¿Qué quiere usté?

—¿No vive aquí Ufemio, doña?

—Para servirle.

A poco más grita. ¡Qué contento, Dios; qué contento!

—Es que yo soy su taita —dijo.

—¿José Dolores? —preguntó ella asombrada.

Casi no la oyó porque se le iba la cabeza. Hubiera querido meterse por el bohío, corriendo, corriendo; ver todo con aquellos ojos que le saltaban de alegría; abrazar a la mujer, y la casa y el perro.

—Dios te bendiga, hija —logró decir.

Y terminó:

—Porque tú eres su mujer. Segurito...

Entró. El perro bermejo estaba echado a la puerta. Tenía la cabeza entre las piernas y comenzó a gruñir.

Cuando él vio aparecer aquel pequeño por la puerta del patio sintió un vuelco en el corazón. ¡Si tenía su misma cara!

Corrió y lo alzó en brazos.

—¿Cómo te llamas, lindura?

El niño no quiso contestar; le azoraba ese hombre.

—Es tu agüelo, Lolito —terció la mujer.

—¿Le pusieron como a mí?

Las lágrimas le caían en abundancia. No quería contenerlas porque se sentía feliz llorando. La mujer le miró, le miró y prefirió irse. Volvió al rato: el viejo acariciaba al niño y sonreía.

—Usté me va a esperar un chin, taita, en lo que le preparo algo —dijo.

José Dolores puso al nieto en las piernas:

—Agüelo te va a comprar un potriquito —decía—; y si te portas bien te va a llevar al pueblo.

La mujer tornó a poco trayendo plátanos humeantes. Él quería partir su comida con Lolito y sólo tenía ojos para mirarle.

Fue al cabo de un rato cuando preguntó por Eufemio. El alma se le quedó en un hilo al ver la nuera secándose una lágrima.

—¿Muerto? —preguntó angustiado.

La contestación tardó; tal vez no tanto como le pareció a José Dolores.

—Preso.

—¿Preso?

Sobre la rodilla, la mano se le hizo una mueca.

—¿Por qué?

Lolito los miraba como tratando de no oír. El perro bermejo lanzaba dentelladas cazando moscas.

—Robó —dijo ella al fin.

***

El sol se metió por las rendijas y le encontró listo. Lo único que le hacía extraño era el brillo de los ojos. Se llegó hasta el
patio y llamó a la mujer.

—Quiero que me dispense, doña —rogó—. Tenía hambre y sueño y por eso hablé embuste.

Ella no abrió la boca, pero la interrogación se le leía en los ojos.

—Es que yo no soy el taita de Ufemio —explicó.

No esperó. Miró, al pasar, a Lolito. Quiso detenerse; sin embargo, tuvo fuerzas para saltar la tranca con agilidad. Ni siquiera volvió la cara antes de tragárselo el recodo.

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.- La verdad

Nadie se explica por qué el matador de Quique Blanco ha rechazado las proposiciones que se le han hecho; por qué se niega a que lo retraten. Un periodista dijo que era muy humilde, y se cuenta que se avergonzó cuando quisieron hacerle un regalo digno de su hazaña. Ayer oí contar otra vez la historia. Refiere que el muchacho —un jipato de las vueltas de Moca— aprovechó un corto sueño de Quique, le arrebató el revólver y le destrozó la cabeza. Hay quien asegura que entre las víctimas de Quique figuró el padre de su matador, que éste sólo quiso vengarse y que por eso rechaza la notoriedad que le ha dado el suceso.

Yo aseguro que no hay tal cosa. La verdad, la absoluta verdad de los hechos la tiene una sola persona. Soy yo. Ahora la voy a hacer pública, y desafío a que alguien pretenda desmentirme.

***

Bajando de las vueltas de Villa Trina echaba mi caballo por veredas ahogadas entre matorrales. Eso ocurría en el mes de enero. Buscaba a don Aspasio Guzmán, a quien conocí en la Capital y de quien tuve promesas de un contrato para medir sus propiedades. Él mismo me dijo que sus terrenos empezaban en el llano y que eran tantos que algunos de sus potreros trasponían las estribaciones primeras de la Cordillera y caían por las vueltas de Conuco. Confieso que me entusiasmé. Lo que me estaba haciendo falta era un cliente de esa naturaleza, y aunque estábamos un poco tragueados sentí que el hombre hablaba verdad. Él bebía escandalosamente. Era ancho y alto, con un vozarrón insufrible. Tomó más de la cuenta y se puso necio. Manoteaba como un energúmeno, increpaba a los sirvientes y se pelaba la garganta gritando vivas al gobierno. Estábamos en un sitio alegre. Don Aspasio llamó a una muchacha y ella no le hizo caso; eso le enfureció y se levantó con evidentes intenciones de pegarle. Al tiempo de querer andar dio algunos traspiés y cayó de bruces. Se quejó un poco; lanzó palabrotas inaudibles. Nadie le hacía caso, ni él me lo hacía a mí, que lo removía invitándole a levantarse. Cuando me iba de allí, poco después, don Aspasio roncaba como un cerdo.

¡Lo que anduve tras el hombre al día siguiente! No dejé hotel en que no le buscara. Lo describía minuciosamente; me refería sobre todo a su enorme leontina de oro macizo y al anillo que llevaba en la mano izquierda, que debía pesar media onza. Nadie me dio noticia de don Aspasio; y como yo no estaba en condiciones de perder un cliente, aunque no tuviera el aspecto de campesino rico que tenía aquél, resolví irme a Moca y averiguar dónde vivía. Total, gastaría seis o siete pesos. Con ellos no podía ser más pobre, y sin ellos no podía ser menos rico.

Me encaminaron hacia Villa Trina. De allá bajaba aquella tarde plácida. Con el fresco de la hora parecía animarse mi montura. Como coloreada por un humo vago, mecida por una brisa acariciante, la tarde disipaba mis preocupaciones y me infundía cierta paz. Hasta a silbar me puse. A trechos elevaba la cara. Un poco ahora, otro a seguidas, el cielo se me iba mostrando por entre las ramas oscuras del monte.

La noche empezaba ya a soldar los perfiles, a igualar los relieves y los colores. Avivaba el paso mi caballo, y fuera del vago rumor que surge de los bosques que se adormecen, todo era tranquilidad en los alrededores. De pronto, pegado a mí, tan rápido que apenas pude apreciar de dónde salía, un hombre sujetó el freno de la montura al tiempo que mirándome fijamente decía:

—Déme una candelita, amigo.

Conteniendo mis nervios estudié velozmente al intruso; después metí mano en el bolsillo y vi cómo sus ojos siguieron el movimiento de esa mano. Parecía receloso. Era negro y tenía aspecto miserable. Vestía camisa color indefinible, hecha trizas, sin botones. Llevaba un macuto grande bajo el brazo. Cuando le tendí los fósforos se destocó y sacó del fondo de la gorra el cachimbo. Al encender le vi una escasa barba —muy pocos pelos cortos— y una cicatriz en la mejilla derecha. Era feo e impresionante. Sin soltar el freno miró a todos lados, como persona perseguida.

—Como que viene de lejos —susurró.

La verdad es que yo deseaba que aquel hombre me diera oportunidad de entrar en confianza con él. Me tenía como hechizado, quizá por su imprevista aparición. Así, cuando me habló le respondí en seguida.

—¿De Villa Trina? —pareció dudar—. Pero cristiano... ¿y pa’ qué no cogió el camino del pueblo?

—Es que no soy práctico por aquí —expliqué—. Ando buscando a un hombre.

—¿Cómo se llama? —me interrumpió.

—Don Aspasio; don Aspasio Guzmán. Tiene unas tierras...

—Sí; pero él vive pa’ los laos de la Rosa. Eso es por Hincha, amigo.

—¿Está seguro? Hace dos días que ando averiguando.

Estaba pensando que me ayudaba el destino, que aquel hombre había sido puesto allí para que me dijera eso, nada más. Pero hubo un ruido en el monte, como de pasos, como de carreras. Rápido, el hombre se tiró tras las patas de mi caballo.

—¡Cállese! ¡Cállese! —ordenó en un soplo.

Sentí la amenaza de su voz. Era impresionante y baja. Esperé. Nada. El silencio había tornado. Poco a poco él se fue irguiendo, rodándose tras mi montura, vigilante siempre. Nada. Durante medio minuto sus ojos siniestros estuvieron hurgando en la noche naciente, y pareció intranquilo.

—¿Usté ha topao gente? —preguntó en voz leve.

—No. Dejé atrás un hombre, hará como dos horas.

Tornó a mirarme con fijeza. Parecía no confiar en mí.

—¿Un hombre? ¿Cómo andaba vestido?

—Con pantalón de fuerte azul. Venía a pie —dije.

—Ah...

Juraría que se le entristecieron los ojos. Despegó la mano del caballo.

—Bueno, amigo... —empezó— yo me voy; tengo mucho que andar. ¿Usté no tendrá algo pa’l camino?

—Cómo no; por aquí debe aparecer algo. Un momento.

En el fondo del bolsillo se me había enredado la mano con lápices, llaves, papeles, y ya había pescado dos monedas de a diez, cuando oí al hombre rogar, con un tono distinto al que había usado:

—Hágame un bien, amigo: si lo pechan y le preguntan que si vido un hombre asina, como yo, diga que no. Es un bien que usté va hacer. Diga que no y usté verá que no le pesa.

Me miraba con ojos amargos mientras yo ponía las monedas, en su mano. Me dio tristeza.

—Diré que no; júrelo —aseguré.

Él quiso sonreír, pero no pudo. Dijo simplemente:

—Vea, Dios le ha de pagar eso.

Y casi sin terminar la frase se sumergió en el monte, fundiéndose con la negrura de la noche, que avanzaba lentamente.

***

En el parque, en las casas de familia, en los grupos que jugaban dominó llenando las puertas de las pulperías, la gente del pueblo no sabía hablar de otra cosa.

—Sí, pasó anoche por aquí...

—Dicen que se metió por un cacaotal que está del otro lado de Arroyo Cano...

—Una vieja que lo vio asegura que va herido...

Inocente como era, apenas entendía, hasta que alguien me explicó:

—Quique Blanco, que vino de Puerto Plata para acá hace tres días.

—¿Quique Blanco?

—Unjú.

—Antier tarde —dijo un tercero— se tiró con un sargento en Licey y mató a una muchachita que atravesaba.

Yo me quedé confundido. Para mí Quique Blanco había cruzado la frontera muchos meses atrás. Hacía ocho años que tenía en jaque a todo el Cibao. Se presentaba de improviso en Santiago, desaparecía y al otro día abaleaba un soldado en Salcedo. Nadie supo cómo se las arreglaba para recorrer distancias tan largas. Se dijo que era brujo, que cuando lo quería se hacía invisible. Se le temía como a un dios implacable. El gobierno despachó cientos de hombres tras él, y el ejército llenaba la cárcel de pobres campesinos, sospechosos de encubrirle. Nada. Mandaron a Número Mayor, un sargento famoso en la persecución de criminales; jamás volvió Número Mayor. Se tuvo el soplo de que Quique iba a dormir a un ranchón de tabaco, y un grupo le cogió el nidal desde el atardecer. A media noche resonó un tiro, que le destrozó la cabeza a uno de los perseguidores, y se oyó tronar arriba, entre las pacas de tabaco, la voz impresionante de Quique Blanco:

—¡Vengan a cogerme si se atreven!

Puesto a contar las hazañas de Blanco, un hombre llevaba más de una hora, y algunas de las que relataba parecían realmente fantásticas. Mi interés fue decayendo a medida que aumentaba el sueño que tenía. Me sentía deshecho, quemado por el sol del camino, y decidí irme a casa. Al levantarme no me acordaba de Quique Blanco; me preocupaban mis asuntos y tras ellos andaba... Hasta que tres días después...

***

Con el sol de caída volvía a Moca. Me sentía alegre. Era un gran tipo aquel don Aspasio, tan gritón y tan hospitalario. Estuvo enseñándome tablones de plátanos, de yucas, de frijoles, de piñas. Me llevó al potrero, lejísimo, pegado al río. La yerba lozana cubría a las reses, y sólo el ondular de aquella especie de gigantesca alfombra señalaba el lento paso de una vaca. Estuvimos viendo también los chiqueros, y las pocilgas de siete polanchinos enormes, que no podían ponerse de pie de tan gordos y gruñían ligeramente, echados a la sombra de aguacates frondosos. Era un encanto el sitio. Lo que me desagradó fue ver un bohío pobrísimo en medio del maizal. Guarecía a la familia de un peón. Estaban flacos y demacrados los niños, y aunque el mayor, de cinco que eran, no tendría arriba de siete años, se pasaban el día solos, como huerfanitos, sin comer otra cosa que mazorcas tiernas, hasta que llegara el padre a salcocharles plátanos. Les di centavos, mientras ellos me pedían la bendición. Eran tan tímidos que no se atrevían a coger las monedas.

Le dije a don Aspasio que solucionara el problema de esa familia abandonada, y me contestó que en el campo los muchachos se crían como los cerdos, comiendo tierra. Estuve sobre un cuarto de hora sin hablar. Creo que soy cobarde, porque de otro modo hubiera reaccionado inmediatamente contra aquella asesina tranquilidad. Quizá lo hubiera hecho; pero necesitaba del hombre.

Volvía contento. Ya al salir me había prometido firmarme el contrato por la mensura del sitio de Las Quebradas. En camisa, con su gran tabaco en la boca, escandaloso de voz y figura, estuvo diciéndome adiós y recomendándome que volviera de momento a darme unos tragos.

No hice más que dejar de verlo, al tomar el paso del arroyo, cuando oí el silbido. Era muy bajo, sostenido, largo. A pesar de la hora, el lugar infundía no sé qué sensación de soledad y de asechanza. Miré a todos lados, vuelto un lío de nervios. Iba a romper marcha otra vez y tornó a dejarse oír aquel silbido impresionante. Me sentí vigilado, amenazado y violento. Cesó de nuevo cuando ya estaba a pique de tirarme del caballo y arremeter contra el monte. Pero no hice más que picar espuelas y arrear al animal para que lo oyera otra vez.

Había decidido asustar al caballo y lanzarlo a toda carrera sobre sus pasos. Es difícil de explicar. El sitio húmedo y sombreado; la soledad; el silbido aquél, que tenía una modulación lúgubre; quizá el temor subconsciente de que anduviera por allí Quique Blanco, aunque en verdad no lo recordaba en este instante; todo contribuía a llenar el momento de cierto prestigio bárbaro, imponente. Además, el campo cibaeño es siempre impresionante. Le parece a uno, ahogado como está por la selva nutrida, que brujos poderes lo acechan y lo cercan, que lo vigilan mil ojos misteriosos. Siempre me impuso el monte cibaeño; pero jamás como aquella tarde. Creí que iba a estallarme el corazón. Lo sentía reventándome el pecho, y por mucho que buscaba un objeto, un hombre, una bestia, cualquier cosa cuya presencia explicara aquel silbo, algo sobre qué descargar mis nervios, no veía, no encontraba. Fueron unos segundos de pesadilla, horribles e inolvidables.

Iba a lanzar el caballo ya, cuando una voz muy baja sopló a mi espalda:

—Soy yo, amigo; soy yo.

Me fui volviendo poco a poco, para no demostrar mi impresión. Todavía no precisaba. Se movió una rama en el matorral que estaba justamente a los pies de mi caballo.

—Soy yo —tornó a decir la voz.

Entonces fue cuando la reconocí. Empecé a soltar los nervios.

—Salga —casi ordené.

—No —el hombre me enseñó el rostro por entre la turba de hojas—; véngase usté atrás de mí, que yo no puedo salir al camino. Hágame ese bien.

Todavía temía algo.

—Salga; no hay nadie —aseguré.

—Le digo que no puedo salir. Esto ‘tá cundío de guardias.

De pronto el desconocido sacó la cabeza, ojeó con indecible rapidez el camino y de dos saltos se puso del otro lado. Fue como una sombra. Nadie le hubiera visto. Yo mismo me quedé pasmado. Me hechizó el hombre. Consciente de que no debía hacerlo, convencido de que estaba procediendo como un tonto, me tiré del caballo y corrí tras él. Pero aun siguiéndole, apenas le veía. Acertaba a columbrar, apenas, sus ojos relampagueantes, que recorrían veloces las sombras del monte. De pronto se detuvo.

—Sentémono aquí —dijo—. ‘Toy cansao, amigo.

Sin la menor sospecha, totalmente confiado, me senté a su vera.

***

Había transcurrido un tiempo que me pareció muy largo, sin que ni el desconocido ni yo dijéramos palabra. Ambos parecíamos ver los bejucos cerrados que dominaban los troncos y descendían como cortinas. Se percibía el rodar de un arroyo y el aire estaba cargado de húmeda frescura. Oíamos el freno del caballo que andaría ramoneando por el camino. Parecíamos dos amigos fatigados. Él dijo:

—Usté dirá que le voy a gastar los fósforos. Necesito uno.

Tenía cierta tristeza en la sonrisa y era muy feo. Ésa vez lo veía mejor. Le brillaba la piel y sus ojos mostraban una dureza
impresionante. Le tendí la caja. Encendió calmosamente. Después dijo, mirándose los pies descalzos:

—Amigo, yo nunca fallo. Me dio el corazón que usté era buena gente, y como tenía tanta necesidá de conversar... Van pa’ siete años que no converso al paso, amigo...

Ahí me asaltó la sospecha. Fue una intuición precisa y segura como un tiro certero.

—Pero entonces usté es...

No me dejó acabar.

—Sí, amigo. Yo creía que ya usté lo sabía.

Y me llenó de sorpresa verlo tan sereno y tan triste a la vez, como si nada hubiera dicho, como si no fuera el objeto de una caza feroz y larga.

***

Llevaríamos más de media hora allí. Él había contado innumerables episodios de su vida y parecía muy cansado. Tenía una voz triste.

—¿Y por qué anda en estos pasos? —le pregunté.

—Amigo —dijo—, la maldá... Por maldá de un compañero me veo asina. El mejor hombre ‘tá regoso a pasar por esto.

La brisa de la tarde hacía sonar las hojas del bosque, cerca se oía rodar agua; algunas avecillas cantaban al atardecer. En el apacible y a la vez majestuoso escenario, la voz del perseguido, a menudo tocada de honda ternura, iba enhebrando la historia.

Él era campesino, joven. Había oído hablar de la Capital y soñaba con librarse del ambiente agreste en que creciera. Buscó medios; pero no los veía. Un día descubrió el camino: ingresaría en el Ejército. A principio, claro, le supo mal; pero después se acostumbró, y hasta logró tener amigos, uno, sobre todo, a quien quiso.

—Bueno —explicaba—, no le voy a decir lo que yo quería...

Cuando llegó a sacudirse del todo el espíritu del campo, y se hizo a la vida de ciudad, se enamoró. Fue mala cosa esa. La mujercita era una perdida, sin duda; pero él la hallaba buena. Por lo visto ella coqueteó también con su amigo... No está claro. De todas maneras, el amigo hizo mal.

—Él, ¿usté sabe?, era guardia viejo, lleno de mañas, y me jugó sucio.

Tan pronto comprendió lo que pasaba se entregó a meditar. ¿No sería lo más discreto olvidar a la mujer y al amigo? Bien: a la mujer sí; al amigo no podía.

—Mujeres hay muchas, créamelo; pero amigos... ¡Jum!

Sin embargo, el compañero no parecía serlo del todo, o a lo mejor se enamoró él también, porque la mujercita era sabida. El caso fue que un día de inspección el otro hizo la maldad. Le ensució el sombrero para que lo arrestaran y no pudiera salir esa noche. A Quique le indignó aquello.

—Le juro, amigo, que no fue por no verla, sino por el mal hecho. Ya usté ve el tiempo que hace de eso... Bueno. Todavía no lo perdono...

Y, cosa inexplicable, él, en quien no había despertado aún la fiera, estuvo a pique de pasar por alto el pecado del amigo. Casi nada faltó para olvidarlo; pero el otro colmó la medida.

El lunes, mientras Quique llenaba su jarro de agua, se le acercó con cara de malicia.

—¿‘Taba blandito el piso? —preguntó.

Quique se sintió arder. Levantó el jarro, furioso por la burla, y le dio en la frente.

—Cosa de nada, créame; un simple chichoncito...

Corrió alguien y los separó. Pero esa noche el amigo estaba de patrulla, tropezó con Quique en un barrio y quiso maltratarlo.

—Ahí fue la desgracia. Yo ni an tenía la idea de matar a un cristiano. ¡Qué va! Y salí juyendo porque yo conocía la cárcel y sé lo que sufre un hombre metío ahí.

Quique Blanco enturbió sus ojos y miró muy hondo, tanto que no se sabía qué buscaba viendo, si la noche naciente o sus recuerdos.

—Si la cárcel hubiera sido como debe ser, no ‘taría yo agora aquí ni hubieran pasao muchas cosas, amigo. Lo primero sí, porque era una desgracia, y ahí sólo Dios puede...

Tal vez él tenía razón. Yo no lo juzgaba. Le oía explicar su caso, le oía preguntar, desolado, por qué lo persiguieron. Él no robaba, no mataba, no se metía con nadie. Simplemente no quería caer preso, porque la cárcel es dura hasta lo indecible. Un día, cansado, resolvió hacerles frente a sus perseguidores, y ya tuvo que seguir.

La voz de aquel hombre no desentonaba en la placidez del sitio. Acusaba a la sociedad de su desgracia, y lo hacía tranquilamente, sin énfasis, poniéndole cara a la maldición. De golpe se volvió a mí:

—Yo lo quería ver hoy, amigo. Dende aquella tarde me dio el corazón que usté era buena gente, y tengo dos días por aquí velándole el paso.

¿Me enternecí o me acobardé? No lo recuerdo con exactitud. Sí que le dije:

—Mande, Quique. Quizá yo pueda serle útil sin faltarle a mi conciencia.

—No, amigo, no tiene que faltarle; sólo lo quería pa’ conversar con usté. Me parece que no voy a durar mucho, y como de mí se habla tanto no quería morirme sin que siquiera un hombre supiera que de no acosarme como un perro con rabia, esto se hubiera evitao.

Vi lo que decía. Me parecía que allí, a dos pasos, estaba el perro, con la pelambre erizada, mostrando los blancos dientes, amenazador, y que los hombres lo cercaban dando gritos y esgrimiendo machetes. Me sentía soliviantado, lleno de pesadumbre. Si Quique se hubiera quedado en el campo, trabajando, quizá casado... Pero se metió a guardia y aprendió a ser rudo.

Él lanzaba manotadas matándose los mosquitos y los mimes que le comían las piernas. Torné a verlo. Ni miraba ni se movía. Negro, triste y perseguido...

—No piense mal, Quique. ¿Por qué va a morirse usté?

—Es que tengo que morirme, amigo. Usté no sabe lo que tengo por dentro. He pasao muchos años poniéndole el frente al diablo y llevándome en claro a muchos vagabundos; pero hace unos quince días que me pasó una cosa muy mala, y dende entonces ni an duermo.

Manoteando discretamente esperó a que yo dijera algo. Accedí.

—¿Cosa mala? —pregunté.

—Sí, amigo. Me salieron en Licey...

Quique había estado rondando por Licey en pos de un compadre enfermo, y los soldados lo velaron. Ellos no acertaban nunca, porque la fama de Quique les hacía temblar el pulso a los mejores. Además, no se cuidaban de que hubiera o no gente. Mejor si la había, porque así se propalaba la noticia de que se habían enfrentado al temible Quique Blanco, y eso, claro, podía proporcionar algún ascenso. Así, ese día una niña cruzaba cerca del fuego. La cogió una bala de Quique. Él la vio caer, y de golpe sintió que se le aflojaba el corazón.

—Dende ese día ando como loco, amigo. Cierro los ojos y la veo cayendo. Era una pobre criatura. No me lo perdono, amigo, y quisiera tener el poder de Dios pa’ devolvérsela a su mama.

Mi propia voz me sorprendió. Yo no quería hablar; pero tampoco quería que él siguiera. Dolía oírle. Yo no sabía qué decir. ¿Cómo darle consuelo a él, hombre de corazón duro, y culpable, además?

—¿Usté tiene hijos, Quique? —pregunté.

—No, amigo. Si hubiera tenío uno...

Adiviné el resto. En su lógica primitiva dar su hijo en pago de la muerta era una solución. ¡Y eso lo pensaba él, que no sabía cómo se quiere a un hijo! Sin duda la sociedad malogró en Quique Blanco un espíritu delicado.

Moví la cabeza para verle. Durante unos segundos inacabables se mantuvo con la vista alta, como tratando de ver el cielo. Le observé y comprendí: estaba haciendo esfuerzos para que no le saliera una lágrima. Me sentí yo también culpable, responsable de su tragedia. Le cogí una mano.

—Quique —dije— no tema. Usté morirá hoy, mañana, dentro de un año, dentro de cien. Pero usté sabe que no es malo, y eso basta. Usté sabe que no quiso matar esa niña...

Ahí no pudo más. Su cara tosca se llenó de una ridiculez majestuosa. Torció la boca, se tapó los ojos y rompió a llorar.

—Yo no quise, amigo, júrelo —medio dijo.

Como lo hubiera hecho un padre, le fui pasando la mano por el áspero pelo. Ni me molestaba su mal olor de hombre miserable. Estuvimos así un tiempo incontable. Se hacía cada vez más oscuro. Poco a poco fue Quique serenándose; pero le noté que no quería verme más.

—Váyase, amigo —rogó—. Déjeme aquí. Hoy no, porque tengo que dir donde un compadre a llevarle medicina, pero mañana se acaba todo. No le cuente a nadie que habló conmigo, porque se lo llevan. Me tienen como si fuera perro con rabia. Váyase, que yo me quedo.

Busqué en mis bolsillos.

—Vea Quique, no puedo darle más, pero acéptelo como si fuera mucho; se lo doy con gusto.

Él estaba sentado todavía en el tronco y no me miraba.

—No, amigo. Usté me ha dao más de la cuenta, porque me ha dao consuelo y atención. No. Yo sí debería darle algo: pero no sé qué.

—No se apure —dije—. Me basta con la voluntad y con el recuerdo de esta tarde.

Iba a decirle adiós ya, pero él me atajó y buscó algo en el macuto. Sacó un hierro brillante y estuvo acariciándolo. Me lo tendió.

—Llévese eso. Yo no lo he usao todavía —dijo.

—No, Quique; quédese con él.

Entonces alzó la cabeza e inició una sonrisa. Se quedó con el brazo encogido, el revólver en la diestra. Tenía aspecto de niño.

—Vea —aseguró lentamente—: no sabe lo que le agradezco esa delicadeza, amigo. Este lo tenía yo pa’ mí.

De golpe se puso en pie, volvió a meter el arma en el macuto y me tendió la mano.

—¿Usté no se siente en darle la mano a un criminal? —casi suplicó.

Y cuando se la estreché me miró con franqueza, limpiamente. Sonreía y parecía feliz. De súbito dio la espalda y a saltos largos y silenciosos se metió en el tupido monte. La noche había caído del todo cuando yo dejé el sitio.

Dos días después, de vuelta en la Capital, me encontré con la noticia de que un muchacho de Moca había sorprendido a Quique Blanco durmiendo y le había destrozado la cabeza de un tiro con el revólver del propio muerto. Más tarde supe que habían paseado el cadáver por todos los pueblos del Cibao, para que la gente no creyera que seguía vivo.

Vivo, estuvieron persiguiéndolo con rabiosa saña; muerto, se regodean sobre sus restos y mienten descaradamente. Pero yo sé la verdad, la única verdad de esa vida empujada al crimen; la única verdad de esa muerte realizada con heroica frialdad. Es esa que he dicho. Desafío al más osado a que me contradiga.

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.- Chucho

Precisamente a este lugar quería llegar Chucho. Ya estaba solo. A los tres días no había visto una cara. No se oía otra cosa que el mugido del viento entre los troncos y, a veces, el ronroneo de algún arroyo. Por entre los claros de los árboles se veía el camino que flanqueaba las lomas; desde alguna eminencia propicia se adivinaba el llano abajo, perdido entre nubes, oscuro y dilatado.

Chucho sabe que su caballo no resistirá mucho más. Encima arde un sol bravo. Pasa la brisa y quema; mira hacia las piedras y le arden los ojos. De pronto le parece distinguir, al pie de la cuesta, un hombre. Arrea su montura.

—¡Ey, don! —grita.

Pero no lo oyen. Ve al hombre cruzar de prisa.

—¡Ey, don!

Él otro atraviesa el camino. Parece huir.

—¡Don, don! ¡Ey, don!

Pero ¿quién ha de oírle a él, a Chucho, allí donde no mora alma? ¿No buscó estas vueltas precisamente por eso? Chucho se siente tan cansado del camino y de la soledad que olvida su miedo; se deja caer y se echa a dormir a la sombra de un mamey, mientras el caballo ramonea a su vera.

***

En lo mejor del sueño, cuando estaba materialmente duro como un tronco, sintió pisadas. Despertó de un salto, con los ojos todavía torpes, y echó mano a su cuchillo. Oyó otra pisada. Se corrió hacia el tronco, guardándose la espalda, y esperó.

La noche venía subiendo y bajando a toda prisa las lomas. Una tenue claridad azul se conservaba en los firmes, pero empezaba ya a ascender en busca del cielo.

Con mirada ávida, Chucho espiaba el sitio del ruido. Creció. Parecía que gente enemiga se acercaba tronchando matojos. Decidido ya a jugarlo todo, gritó:

—¡Que salga el que sea, carajo!

Resonó entonces un rápido chillido y vio cruzar un cerdo a veinte varas. Le dio rabia no haberlo adivinado. Pensó: “Puercos cimarrones de atrevidos”. Sin embargo no estaba tranquilo.

Encontró el caballo casi a media loma. La noche se había cargado de cocuyos cuando Chucho se paró en seco.

—Si me da un mal por aquí tan solo no hay quien me salve —se dijo.

Estaba cansado hasta lo indecible y se sentía afiebrado. Caminaría toda la noche, todo el día siguiente, todos los días de la semana, y no vería una persona. No comía desde dos días antes; no comería el próximo y quizá nunca más. Si caía enfermo tendría que arreglárselas sin una tisana. Hasta el caballo podría morírsele.

Chucho apoyó los codos en el cabezal del aparejo, se metió la cara entre las manos y apretó las sienes.

Allá abajo está Río Verde. Probablemente Isidoro y Piro estarían en la pulpería; el domingo irían a los gallos en Licey y tal vez a algún baile. Él, Chucho, no podía pensar más en esas cosas. Le da una gran tristeza admitirlo. No encontrará por aquí con quien hablar, a quien contarle algo. ¿Qué va a hacer tan solo?

Lo piensa hondamente. Días y días y días en soledad: ¡qué horror! Se ablandan hasta las entrañas pensándolo. Ni un niño siquiera; ni esperanza de una mujer...

Insensiblemente va haciendo dar vuelta al animal. La noche es ya una cosa cierta.

***

En el llano se abrían los caminos como los dedos de una mano. Los árboles cobijaban bohíos; reventaban flores entre los matorrales.

A veces se oían cantares y los niños correteaban apedreando cerdos y gallinas. Chucho vio pasar una muchacha trajeada de verde. Iba descalza, movida de caderas, y llevaba a la cabeza un higüero con agua. Él no pudo resistir la tentación y la llamó. A la muchacha le llameaban los ojos bajo unas cejas finas. Sonreía.

—Sí —le dijo

—Más alante hay un caminito estrecho. Ese es el de Mataceniza.

Cerca de donde estaba se veía un jardinillo, y detrás un bohío a la sombra de un rojo framboyán. Pasó un hombre. Chucho le vio con interés, porque aquel demonio no le quitaba ojo de arriba. Creyó que le estaba reconociendo; que le llamaría; que le iría encima, machete en mano. El otro empezó a silbar un merengue. La muchacha lo miraba, siempre sonreída. Chucho comprendió.

—¿Su novio? —preguntó.

Ella no dijo palabra. Movía las caderas al andar.

El caballo se le iba cayendo a Chucho bajo las piernas. Cuando se vio frente a la bifurcación del camino se detuvo un rato. Río Verde estaba muy cerca. Por el camino ancho se iba a Burende, y de Burende sólo había que bajar un trecho para caer en su casa. Pronto iba a oscurecer.

Chucho arreó la montura y tomó la vereda. A corto andar topó un hombre. Estaba recostado sobre las trancas que abrían paso hacia su bohío.

—Saludo —sopló deteniéndose.

El hombre contestó sin moverse.

—Vengo cansado y quisiera posada —explicó Chucho.

El otro casi no contestó. Mordió alguna palabra, se dobló y empezó a tirar maderos. Cuando terminó, alzó la cabeza y señaló el bohío.

—No va a dormir muy bien... —empezó.

—Mejor que en el monte, amigo —terminó Chucho sonriendo.

E inmediatamente se asombró de que pudiera sonreír, él, un hombre que tenía los huesos quemados y que quiso llorar allá arriba, en la tremenda soledad de la loma.

***

Sobre la cena y en ella, el silencio. La jumiadora se esconde en cada ojo. El hombre que le abrió las trancas mira a la vieja y pregunta, como si hablara consigo;

—¿Qué hadrá Mingo?

A poco explica, siempre con dejo de cansancio:

—Salió dende ayer con la guardia atrás de un hombre de Río Verde.

Chucho no entiende.

—¿Atrás de...? —pregunta con voz rota.

El otro le mira por debajo de la ceja. Chucho abre la boca y parece idiota. El bohío debe estar dando vueltas. El otro repite:

—De uno de Río Verde.

Seguía todo derrumbándose. El catre y la cena estaban allí, quietos, y la muchacha que vio en la tarde. Pero lo demás giraba locamente sobre su cabeza, bajo sus pies. Sabía solamente que el hombre seguía mirándole con dulzura. Mas sus ojos eran tenaces, y quizá demasiado serenos. El mundo daba tumbos... Hasta que unos pasos tranquilizaron todo aquello.

Chucho se apretó las manos y se violentó a sí mismo, sin embargo se vio obligado a rehuir la mirada de aquel hombre oscuro y alto que apareció en la puerta. Vestía de amarillo y saludó con voz de mando.

Chucho adivinó más gente tras el soldado. Entró uno más, pequeño y mirón. Parecía muy cansado.

—Ese condenao ‘tá dando que hacer —explicó el pequeño.

Chucho comprendía perfectamente que no debía hablar; y no lo hizo. Ellos siguieron comentando su asunto con frases rápidas. El dueño de la casa preguntó por su hijo y le contestaron que estaba atendiendo las monturas.

Ahora se sentía latir una amenaza dentro del bohío. Chucho se preparaba a luchar. Estaba en la boca de una trampa, y no quería caer en ella porque esto no era la altura desolada; aquí la vida era algo grato, digno de que se defendiera. La vida y la libertad.

El soldado grande se movió hacia él. Chucho sintió que se arrugaba del pecho a la boca. Se quedó mirando sus propios pies. Al fin logró empezar:

—¿Se puede saber a quién buscan?

El soldado pequeño dijo:

—A uno de Río Verde.

Chucho insistió:

—¿Y qué facha tiene?

Le ardían las sienes y las mejillas. Tenía los músculos endurecidos, como quien espera un ataque.

—Flaco y descolorío —aseguró el otro.

Entonces el hijo de la casa entró por la puerta que daba al patio.

—Se parece su chin a usté —dijo.

—¿A mí?

El soldado grande estiró el pescuezo y lo miró con unos ojos bermejos. ¡Ahora sí se le había enredado la madeja a Chucho! Pero el viejo intervino:

—En el tamaño y en el color no más. Son muy distintos.

—¿Es de mi tamaño?

El viejo aprobó moviendo la cabeza de arriba abajo. El hijo seguía de pie, echando candela por los ojos negros, bajo el raído sombrero de cana.

El soldado grande se incorporó y avanzó con lentitud estudiada. Chucho lo veía caminar sobre él y le pareció que se agigantaba.

—¿Usté no lo habrá visto por casualidá? —preguntó con una voz tan templada y tan serena que no se le conocía la malicia.

Chucho se sintió desamparado. La vida estaba aquí, en el llano. Todo era fuerte y alegre.

—¿Yo...? Yo no.

—¿Que no?

La boca de la trampa se iba cerrando lentamente.

—No... Fue que en la loma vide uno parecío a mí.

El soldado le apretaba el brazo, arriba, cerca del hombro...

—¿Parecío a usté? —insistió.

—Sí, mucho.

Hablaba y el soldado no le soltaba el hombro. Chucho estaba calculando ya que necesitaba dar un golpe de varón. Sólo así tendría probabilidad de eludir la boca de la trampa. Iba a hacerlo; iba a reventar con una palabra cuadrada...

—Vea —terció el viejo—. Este hombre es de la loma.

—Sí —apoyó Chucho. Y señaló vagamente el lugar donde ellas estaban—. Por allá fue que lo vide —explicó.

El soldado empezó a soltar poco a poco.

—Mañana sale con nosotro —dijo.

A Chucho se le desbocaron estas inexplicables palabras:

—Yo no puedo porque voy al pueblo a buscar medicina.

—¿Al pueblo? ¿Y por qué no llegó hoy? ‘Tá cerca. Volvió a terciar el viejo:

—No puede porque tiene la montura enferma.

El muchacho miró a su padre y miró a Chucho. El viejo ofreció:

—Mingo dirá con ustedes. Él conoce esas vueltas. Entonces el militar masticó la aprobación.

—Bueno.

Y se fue pesadamente hasta la puerta.

***

Chucho sintió trajín en el patio; oyó después conversaciones y pisadas de caballos. Todavía bregaban la noche y el día. Una de las bestias relinchó alegremente. Distinguió la voz del soldado pequeño.

—Guárdenos cena mañana, compadre.

Chucho se sentía casi enfermo. El viejo entró a poco. Caminaba como quien desea no hacer ruido.

—Ya su caballo tiene el aparejo puesto, amigo —dijo.

Y como Chucho le mirara con ojos azorados, explicó:

—Coja la primera dentrada a la derecha y busque la vuelta de Jarabacoa.

Chucho se hizo el sordo. Se tiró del catre y le dio la mano al viejo. En el patio estaba su penco aparejado. Montó. El otro puso una mano sobre su pierna.

—Si jalla un padrino, entriéguese. Es mejor que ‘tar juyendo. —Todavía quiso Chucho borrar el último rastro.

—¿Juyendo yo? ¿Y por qué?

El viejo sonrió con amargura.

—¡Ay, amigo! Más sabe el diablo por viejo...

Levantó la mano y golpeó el animal. Chucho se viró. Quería decir algo. Pero arreó la montura y se fue, con una alegría que era a la vez un susto.

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.- El cobarde

La noticia había llegado hasta aquel bohío perdido en la sabana: Monsito Rojas había asaltado el pueblo.

Ellos estaban en la cocina. A través de las rendijas crecía y se apagaba la luz del fogón. El muchacho dijo:

—Me parece que viene gente.

La vieja y Meco aprobaron con gestos; pero no trataron de averiguar quién llegaba, porque la noche oscura lo impedía. Meco andaba receloso y ordenó.

—Quítense de ahí.

A pasos lentos se encaminó a la puerta y clavó ambas manos en los espeques. El aire y la llama hinchaban su camisa. Aguzó la mirada y distinguió el bulto: era una masa alta y negra, que venía buscando la entrada de la cocina.

Desde el fondo del patio ladró el perro, con un ladrido largo y débil.

—Noche... —dijo el recién llegado.

—Buena —respondió Meco.

El hombre se tiró del animal al tiempo que explicaba.

—Soy yo...

Pero Meco se le interpuso:

—¿Fano? —preguntó.

El perro seguía sembrando la noche de ladridos.

—Déjeme dentrar —pidió el hombre.

Meco se echó a un lado. La luz se regó de prisa en la tierra. Adentro estaban los ojos estallando.

—¿Y es usté, Fano? —inquirió la vieja. El hombre se tiró en una silla.

—Monsito asaltó el pueblo al oscurecer —dijo.

—Nosotros lo sabíamos —rezongó la vieja.

Meco sintió los temblores del animal y se acercó a verlo. Debió dar una carrera larga, porque chorreaba sudor. Entonces tuvo dudas y se volvió a Fano.

—Usté ‘tá herido —aseguró.

A Fano no le salieron las palabras para negar.

—¡Pero ese condenao perro no se va a callar! —tronó Meco con la mirada clavada en el muchacho.

Cuando el pequeño dejó la cocina, Meco, apretando los dientes y con el puño cerrado, dijo:

—Entonces usté anda juyendo, Fano.

Fano levantó serenamente la frente. Desde el otro lado del fogón le miraba la vieja, que mordía en silencio su cachimbo.

***

Hacía rato que Meco deseaba hablar. El muchacho había vuelto y el perro estaba bajo el fogón. Era blanco y gruñía.

—Acuéstese, mama —dijo a la vieja—. Ya es tarde.

La falda morada de la vieja barrió el piso. Ya en la puerta volvió la cara y se le vio el amago de una sonrisa insultante. Seguramente quería decir una palabra sucia; pero no lo hizo por respeto al hijo. Después se levantó el muchacho y pidió la
bendición.

Fano comprendió que Meco iba a empezar, y él no estaba para conversaciones. Quería estar a solas. Pero Meco... Era seguro que Meco le fastidiaría. A otro le contestaría con insolencia, y en último caso le pegaría un tiro si lo cargaba mucho; en cambio, estaba obligado con Meco porque era su amigo, y a los amigos... Bueno...

—¿Fue al anochecer? —preguntó Meco al rato.

Fano contestó con la cabeza. Meco se remordió los labios, después estuvo largo rato con la barbilla entre las manos. La luz le chorreaba en la frente y hacía brillar los ojos del otro. Fano no podía con aquel silencio tan forzado.

Hasta allí mismo, audaz y grosera, se metía la noche. Pesaba sobre el techo de la cocina y parecía querer ahogar la pobre llamita que bailaba en el fogón.

Meco se levantó; revolvió los tizones, los apretujó, los golpeó sobre la hornilla de barro. Una lengua de fuego, ágil y alegre, llenó de luces los rincones de la cocina. Meco cogió entre dos dedos una brasa y encendió el cachimbo. Se volvió lentamente, mientras hablaba:

—Si Monsito sabe que usté anda por aquí lo afusila como a un perro.

—Dende que salí ‘toy pensando eso —contestó el otro.

Meco acabó de dar rápidamente la media vuelta y apoyó ambas manos tras su espalda, en el fogón. Los ojos le relampagueaban sobre el cachimbo y entre el humo. También Fano se puso en pie. Era flaco y alto.

—Usté y su mama se creen que yo ando juyendo por miedo.

Hablaba despaciosamente y con rabia. Tenía los ojos metidos bajo un ceño duro.

Meco no halló palabras para contestar. Además, el otro no tardaría en explicarse.

***

Fano habla. Está sentado, con las piernas abiertas y los dedos de ambas manos entrelazados bajo la barba; no mira de frente, sino de rato en rato y velozmente. Hace media hora que Meco le oye. Meco está en pie, con el cachimbo entre los duros dientes, de espaldas al fogón. El calor de la llama le cuece en la espalda; pero no se mueve.

Fano dice, al final:

—Dispués me entrego. Si quieren matarme que me maten.

Se alza. Su sombra grotesca llega hasta el techo. Camina hacia la puerta, lentamente, meciendo unos brazos encogidos y duros, como de madera.

—Si usté quiere, yo lo acompaño, Fano —ofrece Meco.

—No, amigo; mucho compromiso tiene usté con que yo haiga estao aquí esta noche.

Ha dicho esto con la cara vuelta. Meco siente que decrece ante tales palabras.

—¡Usté sabe que mi casa y lo mío es pa’ el amigo! —protesta.

Meco ve a Fano alzar una pierna. Parece que va a volar. Ya desde el caballo dice:

—Queden con Dios.

La luz roja, que se cuela por la puerta hasta el patio, pone reflejos y manchas bermejas en el pescuezo y en las ancas del sudado animal. Se oyen el tintineo del freno, el crujir de la silla. El caballo mueve la cola y alza las patas.

***

Todavía el ruido no se ha perdido del todo. Meco saca los tizones de la hornilla y golpea hasta dejar sólo brasas. El perro blancuzco es ahora, bajo el fogón, tan negro como café molido. Meco junta la puerta y se va. En el bohío, cuando chilla el catre bajo su peso, oye la voz de la vieja:

—¿Se fue el cobarde ése?

—No, mama; no es cobarde... —observa Meco. La voz de la anciana es sorda en la noche:

—Anjá... No se habrá juío.

Meco advierte:

—Pero no por miedo, mama.

En las yaguas del techo silbaba el viento. Apenas se siente ya el pisotear de la montura.

—¿Y por qué, entonces? —insiste ella.

Y Meco, mientras va colgando en la silla la camisa listada, explica:

—Supo que el muchacho ‘taba entre la gente de Monsito.

En la habitación de la vieja salta una tos seca y cascada. En la distancia se ha perdido el ruido del caballo, que va camino
del pueblo. La vieja, que no se rinde, pregunta todavía:

—¿Muchacho? ¿Cuál?

—Su hijo, mama —explica Meco. Y a seguidas grita:

—¡Pero ese condenao perro no se va a callar!

Detrás de esas palabras se oye el viento, que castiga las yaguas del techo y los escasos arbustos de la sabana.

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.- El resguardo

Cuando Tino se acercaba al sitio empezó a sentir angustia.

—Vea —dijo—, me siento tembloroso.

Tino tenía una cara ingenua, sin pelos; sonreía mucho y enseñaba los ojos hasta el fondo. El otro, en cambio, era flaco, velludo y torvo.

—A la mujer no se le pone tanto caso —comentó brevemente.

Tino inició una risita.

—Eso dice usté ahora... Deje que usté la vea. ¡Una mata de pelo, y un andar!

—Entonces no me diga que le tiene miedo.

Tino empezaba a sentirse molesto.

—Unq, unq; si no es eso. Es como que el corazón me da que ‘tá con alguno.

—Se la quita.

—¿Quién? ¿Yo?

El otro, con su media risa cortante, insinuó:

—A usté le jiede la sangre.

Tino era muy calmoso y no se ofendía fácilmente.

—Vea, amigo: me tiro con el diablo, no digo yo; pero ¿y si ella se quiere con otro?

El compañero hablaba sordamente:

—Yo no más por la mujer que me gusta peleo.

—Usté como que tiene la sangre liviana —comentó Tino.

—Ello sí —aprobó su amigo.

Llevaban los dos el paso corto y sudaban. Pasaba ya del medio día. Ardía el sol de fuego sobre todas las cosas.

—¡Diache de camino tan pelao! —se quejó el otro.

Tendía los ojos rapaces, como escrutando las lejanías. Parecía disgustado siempre y tenía mal carácter; pero Tino lo quería porque sabía ser amigo.

—Vea, Tino, usté se sentirá bien aquí, pero ni un triste bohío pa’ descansar... No juegue, Tino.

—Echese ahí, si le pica el sol.

Señalaba un palo de lana que sombreaba apenas la vereda.

—Si usté quiere... —tentó el otro.

Y se acomodaron en la sombra.

***

Por primera vez, al cabo de tres años de estar juntos, a Tino se le soltó la lengua. Nunca había querido hablar de aquello. Además, su amigo no era gente de oír: le ayudaba si tenía mucho trabajo; le hacía tisanas si enfermaba; pero al tiempo de atender se resbalaba como los sagos.

El amigo endurecía los ojos a medida que Tino hablaba. Con ellos fijamente clavados en el polvo del camino, las manos colgando entre las rodillas y el sombrero bocarriba, en la tierra, Tino lo veía inmóvil, impasible. Cuando Tino dijo que había salido por no matarlo un día, porque eso era como echarse encima al demonio, el otro le interrumpió:

—¿Y qué tenía él más que usté?

—¿Y no le dije ya —explicó— que su hermano era sargento? Por eso andaba comprometiendo a la gente, porque él, como hombre, no sirve. Pero se sentía apoyao con el hermano: figúrese, ¡sargento!

Entonces el otro, sin decir nada, pero con el rostro apesarado, como si de pronto se hubiera despojado de aquella sonrisa cortante, de aquellos ojos duros, de aquellos pelos crespos, de todo lo que lo hacía torvo e intratable, empezó a meterse una mano bajo la camisa, por el pecho. No miraba; no respiraba. Pareció encontrar lo que buscaba, dio un tirón y tornó a sacar la mano. La fue abriendo lentamente. Tino vio una diminuta saqueta negra en la palma, con dos hilos recién rotos.

Mordiéndose los finos labios, el otro habló:

—Vea: me lo consiguió en Barahona un papabocó, y dende que lo tengo ando seguro. El que anda con eso, ni lo ve enemigo ni lo corta cuchillo ni le da bala. Júrelo.

Tino dijo:

—Sí, mi taita tenía uno y nunca lo cortaron, por mucho pleito en que se vido.

El otro extendió la mano y ordenó, con voz metálica:

—Cójalo.

Tino alzó los ojos.

—¿Yo? ¿Y pa’ qué?

—Cójalo, y si ese vagabundo se ha quedao con la mujer, quítesela. Y no se apure por el hermano, si anda con esto arriba.

Al acabar de hablar le pasó el resguardo a Tino y se puso de pie.

—Bueno, de aquí me devuelvo —dijo.

También Tino se incorporó, muy asombrado.

—¿Y no diba a pasar la noche en casa? —preguntó. El amigo se rascó la cabeza, como quien piensa.

—Le dije que sí, pero por lo que veo usté vive retirao y dispués tengo que andar mucho, Tino. Abur.

Se iba ya, de pronto Tino sintió miedo de verse sin él.

—¡Mingo! ¡Mingo! —gritó.

Anduvo hasta alcanzarlo, y entonces preguntó, atristado:

—¿Me lo va a dejar? ¿Y usté?

Mingo medio sonrió; pero ya de una manera amarga.

—Yo lo tenía —explicó— porque tuve que malograr a un sinvergüenza. Pero ya eso se acabó. Ella se murió, hará como un año.

—¿Quién? ¿Su mamá?

—No, mi mujer. Era un amigo que me la ‘taba enamorando y me vi en el caso de tener que malograrlo, y como él tenía muchísima familia...

Tino vio cómo aquellos ojos que siempre habían sido duros, fieros y concentrados, empezaron a enrojecer. Tal vez el sol. Estaban ellos dos solos entre el cielo y la tierra. A la distancia, remotas, las lomas.

—Aburito, Tino —dijo Mingo.

Tino cruzó los brazos. No pensaba ni sentía. Paso tras paso se alejaba el otro. El camino tenía un declive ligero, y lo vio irse hundiendo en él, como si le hubieran estado cortando las piernas poco a poco. De pronto tendió los ojos y se vio solo. Dejó caer la mirada en la sombra del palo de lana; tornó a ver el camino. Ya apenas el negro sombrero de Mingo sobrevivía al hundimiento. Ahora iría a su lugar sin el resguardo. Dijo que el difunto tenía muchísima familia... ¿Qué sería de Mingo? Echó a correr.

—¡Mingo! ¡Mingo! ¡Ey, Mingo! —gritó.

La voz repercutió en todo el sitio. Notó que el sombrero se detenía.

—¡Mingo!

Alzó un brazo y corrió. El sol alargaba su sombra en el camino.

—¿Qué era? —preguntó el otro, todavía a distancia.

—Que vea: que tal vé Teresa se haiga muerto ya. Yo ‘toy por no llegar —explicó.

—Bueno. Tal vé.

Volvió a cerrarse la cara del otro y echan a andar juntos. Al rato, con voz sorda, Mingo pidió:

—Déme eso, entonces.

Tino le pasó el resguardo. Y se sintió alegre, como quien hace un bien.

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.- Piloncito

Piloncito estaba en la cárcel porque mató a una mujer; pero a juzgar por su presencia, era incapaz de una rebeldía. Todos hacían burla de su figura de sapo y de sus ojos de becerro. Él jamás se incomodaba. Si acaso, sonreía con una helada sonrisa de muerto.

Los presos viejos se ensañaban:

—Piloncito, no comas mangos, que te mueres.

—Piloncito, cuando salga de aquí voy a gestionar tu libertad.

Piloncito mostraba sus dientes grandes y amarillos.

—Lo que yo quiero es salir de confianza.

Toda su aspiración estaba en que lo sacaran de allí, en que lo enviaran a otra cárcel o a una finca de algún capitán. Tenía un miedo horrible al lugar, y cuando le daban fiebres suplicaba con voz lastimera:

—No me dejen solo, por amor de Dios; no me dejen solo.

En la prisión de La Vega, antes de que lo condenaran, oía decir: “Se murió Fulano en Nigua”. “El que está grave en Nigua es Zutano”. En los días de la sentencia rezaba a la Virgen de La Altagracia para que no lo mandaran a Nigua. Así, cuando oyó al secretario leer: “...a cumplir condena de quince años de trabajos forzados en la Penitenciaría de Nigua”, cayó al suelo desmayado y hubo que sacarlo cargado del tribunal.

***

Piloncito estaba enfermo. Su color pálido, como traslúcido, había dejado paso al rojo de la fiebre. Temblaba, se quejaba. Piloncito era rechoncho, con la cara redonda y la frente estrecha. Acostado en su hamaca, parecía un cerdo. A media noche me llamó en voz baja. Yo puse oído al paso del centinela.

—Yo me muero —lamentó Piloncito—, y mi mama se va a quedar sin apoyo.

—No te apures, Piloncito, que tú mejorarás.

Movía la cabeza diciendo que no. Sus ojos pardos iban y venían llenos de terror.

—To’ el mundo aquí dice que yo no salgo vivo.

—Mentira, Piloncito; yo te aseguro que no te mueres.

—¿Usté sabe de medicina?

—Sí, Piloncito; yo soy doctor.

Tornó a quejarse. Se cogía el vientre con las cortas manos.

—Ahí viene el centinela, dotor; váyase.

Por no prolongar la mentira, le dije:

—No me digas doctor. No me conviene que lo sepan.

***

Piloncito tenía ya tres días enfermo. A ratos alguno se acordaba de él y ya era frecuente, en el trabajo, oír esta pregunta:

—¿Se habrá muerto Piloncito?

Un muchachón que estaba sentenciado a treinta años, por asesinato y robo, repetía sin cesar:

—Aquí se salvan los que se mueren y los que cumplen.

Pero Piloncito no se “salvaba”. Estando lúcido nos miraba con ojos tristes y me llamaba para pedirme que le tomara el pulso.

—¿Usté cree que me muero, dotor?

Nosotros callábamos. Un preso llamado Jesús, que se mantenía echando cartas para leerse la suerte, sonreía como persona de experiencia en esos achaques.

—No sea blandito, Piloncito, que usté se para horita.

La tercera noche asomó el centinela la cara por entre las rejas y preguntó a toda voz:

—¿Ya se murió el porquería ese?

Piloncito abrió los ojos bovinos, se echó a temblar y rompió en llanto.

Dos días después hubo cambio de jefes; se hizo cargo del presidio un teniente que tenía cara de malo, pero que hablaba con dulzura. Fue en la tarde a la celda. Yo estaba bregando con el enfermo, que se había caído de la hamaca, inconsciente, y gemía como un niño.

—Ese hombre está muy mal, teniente —dije.

—¿Y qué quiere usté que hagamos?

Me simpatizó el hombre de golpe: el anterior me hubiera contestado con un “¡Cállese, que esto no es asunto suyo!”, o con algo peor.

—Mandarlo a otro sitio —argüí.

Piloncito se agarraba el vientre y gritaba. El teniente se acercó.

—No veo adónde —dijo.

Aproveché la coyuntura:

—De confianza, a alguna finca.

Los demás presos me miraban con asombro.

***

El penal estaba en pleno campo. Al atardecer veíamos, por las rejas, el sol que enrojecía en las lomas. El silencio se hacía dueño del lugar. A veces sonaban voces de soldados o ladridos de perros.

Piloncito me llamó una noche. Era tarde, casi de madrugada. Me dijo que se sentía en trance de muerte y que me estaba muy agradecido.

—No te apures, Piloncito, que lo que yo he hecho por ti lo harás tú mañana por mí.

—No, dotor; yo no lo haré por usté, yo no me paro ya.

Parecía tranquilo. Su rostro redondo, sus ojos de becerro, su frente estrecha y hasta su risa de muerto habían cobrado cierta dulce serenidad. Paz era lo que respiraba aquella cara descolorida.

Sujetando mis dos manos con las suyas toscas, me hablaba suavemente de su mamá, de su vida libre. Se le confundían las ideas. De pronto se agarró el lado derecho y volvió a gemir. Tenía el hígado abultado y endurecido.

—¡Quíteme este dolor, por Dios; quítemelo! —se quejaba.

Un preso despertó:

—¡Concho, Piloncito, usté no deja dormir a la gente! ¡Acábese de morir pa’ que no embrome más!

Piloncito levantó la cabeza. Vi sus ojos cobrar una dureza ignorada, brillar como llamas; vi todo su rostro llenarse de pasión.

—¡Maldecío! —gritó—. ¡Maldecío! ¡Espero en Dios verte peor!

Resoplaba cuando se dejó caer de nuevo.

—¡Quíteme este dolor, por su madre, dotor! ¡Quítemelo!

Se retorcía y babeaba.

—Aguanta con valor, Piloncito, que ya está al venir tu confianza.

Entre quejidos respondió:

—No, ésa no viene; yo no soporto, dotor.

—Sí, viene —mentí—; me lo aseguró el teniente hoy; lo había olvidado.

Se animó un tanto.

—¿Usté cree? ¿Será verdá?

—Sí, Piloncito.

Debía de estar cerca el amanecer. Oía el inconfundible paso del centinela: chas, chas, chas, chas.

***

Piloncito soportaba. Lo veíamos preso en las garras del implacable paludismo, sin tener cómo defenderle, sin quinina, sin cabrita para tisanas. Seguía cada vez peor. Vomitaba bilis y no podía sostenerse en pie. Un domingo, a media tarde, estaba bregando con él. Lo llevaba a cumplir una necesidad. Iba quejándose, ya casi sin voz, y los pies se le enredaban. De pronto oímos la voz del teniente.

—¡Piloncito! Ya tengo casi conseguido su confianza.

Por sobre mi hombro se torció Piloncito. Mostraba su sonrisa de idiota, rodeada de barba. Extendió una mano y quiso hablar. Yo sentía su corazón golpeando por debajo de la burda ropa.

—¿Verdá? —preguntó.

Miraba con expresión de incrédulo, y su rostro empezó a cobrar apariencia infantil. Se le relajaban a toda prisa las facciones. Yo sentía que se desforzaba.

—¡Piloncito! ¡Piloncito! —grité.

Él quiso sonreír, pero sólo hizo una mueca. De súbito golpeó mi hombro con su barba, dejó caer los brazos y dobló las piernas. Le oíamos gemir:

—Mi confianza, mi confianza...

Algunos corrieron. Murmuró algo más, ya en el suelo, pero no le entendimos. Después espumeó por las comisuras de los labios, y de pronto sobre sus ojos pardos pareció pasar humo.

***

Destinaron dos presos para hacer la fosa y cuatro para llevar el ataúd. Propiamente no era ataúd, sino un cajón de madera grosera, sin cepillar y sin pintar. Le quedaba holgado a Piloncito. Jesús dijo:

—Éste me sirve a mí.

Íbamos seguidos por dos soldados, cambiando pareceres. Camunguí, donde estaba el cementerio de la prisión, era un cerrito apartado; había allí una iglesia de cemento. La luna aumentaba los relieves del ataúd y de los hombres. Los perros alborotaban al vernos.

Un soldado se quejó:

—Dizque andar de noche con un muerto... A ver por qué no se murió en la mañana.

Cuidándose de que no pareciera una respuesta, Jesús dijo:

—De la muerte y de la suerte nadie se salva. Y no hay hora fija.

Cuando echaban tierra, aseguró un preso:

—Piloncito ‘tá mejor que nosotros. Dios lo tenga en su gloria.

Un soldado saltó y le pegó la culata del rifle en el pecho.

—¿Quiere decir que usté no ‘tá conforme con el trato que se le da, vagabundo? ¿Usté quiere ver? ¿Qué reclama?

—No, nada —dijo el preso en voz baja.

Y volvimos de dos en dos, silenciosos.

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.- La pulpería

La pulpería de Chu era en la noche un bulto silencioso. Estaba en un recodo del camino y sorprendía a los caminantes que desconocían el paraje. Apenas la alumbraba una jumiadora. Los golpes de luz destacaban el mostrador, la negra cabeza de Chu y el grupo de hombres que jugaban dominó. No se hablaba. A ratos sonaba el golpe de una silla o el de una pieza que alguien tiraba en la mesa. Los hombres escupían a un lado y Chu descansaba la frente en una mano.

La pulpería era igual cada noche; escasa gente la visitaba de día.

Acaso los sábados iban más, a tomar ron y a charlar.

Una noche el viejo Mendo fue más temprano que de costumbre; se arrimó al mostrador y se echó el sombrero sobre la nuca.

—Vamos a tar cojos p’al juego —dijo estrujándose la cara.

Chu entrelazó los dedos de ambas manos.

—¿Usté no va a jugar?

—Yo sí; el que no viene es el muchacho.

El viejo Mendo calló un rato mientras se acariciaba el bigote.

—Ahora se ha encontrado un enamoramiento pa’ las vueltas de la Llanada —explicó.

—¡Ah...!

Chu miraba con aburrimiento hacia el camino.

—Pero de ese lado no hay muchachas, Mendo —dudó.

El otro movió la cabeza de arriba abajo; gruñó alguna cosa y se volvió de frente, echando el vientre en el mostrador.

—Di’que una de las del difunto Gatón —empezó a decir.

El pulpero se agarró la barbilla.

—Esa gente... ¡Jum...!

El viejo le miró vivamente. Mientras Chu entraba en su cuarto, pensaba Mendo: “Siempre ‘tá este diache de azaroso”.

***

Durante dos semanas el muchacho del viejo Mendo salía temprano; jugaba poco, picaba andullo, llenaba el cachimbo y se tiraba al camino. Los otros le olvidaban desde que dejaba la mesa; el padre le miraba de reojo, mientras barajaban las piezas.

—¡Chu! —llamaba.

El pulpero saltaba el mostrador, tentaba la silla y, sintiéndola caliente, decía:

—Muchacho ése que va a vivir largo...

Y nada más.

A cada uno, aunque lo disimulara, le preocupaba el muchacho, porque sabían que iba hacia la Llanada, tras la falda. La suya era feúcha y, además, Gatón. Los Gatón no se andaban con juegos. Todos los varones de la casa habían caído en encrucijadas. ¡Gente arrestada aquella! El último debía andar lejos, huyéndole a la conciencia. Había limpiado su cuchillo varias veces en pechos buenos. Al lugar llegaban las historias de sus hazañas y los hombres caseros se rascaban la frente cuando oían hablar de él.

***

Había estado cayendo agua desde temprano. Chu sentía sueño en los huesos. Finando el día llegó uno de los jugadores, bajo la llovizna fina y pertinaz.

—Pa’ mí que hoy no hay compaña, compadre —rezongó el pulpero.

El otro golpeaba el sombrero contra los pantalones.

—Ello... Si no vienen no será por el tiempo.

—Sí, parece que ‘tá por aclarar —confirmó Chu.

Pero no aclaró. La tierra estaba pegajosa y el camino lacerado de charcas. Bien metida ya la noche entró Mendo; y como los otros no asomaran, se quedaron haraganeando, contando viejos sucesos, fumando. Entre ratos no encontraban qué decirse y se miraban los unos a los otros con aburrimiento.

A la hora del primer tercio paró Chu una oreja.

—Asunte, viejo Mendo.

El viejo se movió, preguntando con gestos.

—Me parece que suena un caballo.

—Tal ve’ —dijo Mendo, que se entretuvo fumando el cachimbo.

Al rato les pareció oír pasos. Alguien chapoteaba de prisa en las charcas del camino.

—Asunte, viejo Mendo...

El pulpero señalaba hacia el poniente. Se acercaba el ruido, se hacía distinto. El viejo se arrimó a la puerta, pero la noche estaba demasiado oscura. Nada se veía. Se volvió, huyéndole a la brisita.

—No se ve...

Le interrumpieron el ruido, el chapoteo, los primeros pasos del caballo, que acercaba la cabeza y mostraba los ojos relucientes. Un hombre saltó. Era arrogante, erguido, y pisaba duro. El recién llegado no contestó al saludo de Mendo; cruzó de prisa, golpeó en el mostrador y dijo:

—Consígame una vela de muerto.

Mendo y el compañero preguntaron a un tiempo:

—¿Hay difunto por su casa?

No lo conocían; pero quizá se tratara de la muerte de un amigo. El pulpero hurgaba entre cajones.

—No hay ninguno —respondió el desconocido.

Tenía voz engolada y dura. Se viró lentamente. Usaba puñal cruzado sobre el ombligo; vestía bien y debía haber andado largo, a juzgar por el lodo que se le había pegado.

—No hay ninguno; pero va a haberlo.

—¡Jum!

El viejo Mendo chupó su cachimbo, se rascó la cabeza y dijo, en voz confusa y baja:

—Yo no sabía que hubiera gente grave por aquí.

El desconocido tendió la mano para coger una vela del paquete, que ya estaba sobre el mostrador, y sonrió enseñando unos dientes blancos.

—Tampoco, amigo —explicó—. Lo que pasa es que horita tengo que arreglar a uno.

La sonrisa cortaba al terminar de hablar. Rompió a caminar, enseguida.

—¿Cómo? —interrogó Mendo, asombrado y dudoso. El hombre tenía ya la rienda entre las manos.

—Júrelo —afirmó al tiempo de montar.

Mendo se acercó a la puerta. El jinete se acomodaba en la silla.

—Júrelo, viejo, porque se lo dice Cecilio Gatón. ¡Cecilio Gatón!

El viejo abría los ojos. El caballo pataleó con rapidez.

—¡Cecilio Gatón!

A la espalda del viejo, el pulpero y el otro silabeaban el nombre:

—¡Ce-ci-li-o Ga-tón!

Al volverse los miró; ellos le miraron. Estuvieron un instante así, confusos, atolondrados. De pronto el pulpero saltó y corrieron los tres sobre la puerta; se amontonaron en ella, se echaban la respiración encima.

La llovizna cerraba y el caballo se había perdido en las sombras.

¡Cecilio Gatón!

Al principio no encontraron qué decir, y se quedaron mirando hacia el camino; después anduvieron lentamente sobre el mostrador. El viejo Mendo empezó a pellizcar la madera con su cuchillo; el otro veía al pulpero. Movían las cabezas, ofuscados.

—Vea el diablo... Ese condenao es capaz de matar un hombre bueno y quedarse tan tranquilo.

—Ello... Lo ‘tará haciendo hasta un día, Chu.

—Hasta un día, asina será.

Y tornaron a su silencio. Pero en uno de esos momentos el otro preguntó, como al descuido:

—¿Y quién será el de esta noche?

Entonces el viejo alzó la cabeza, le pasó un relumbre endiablado por los ojos, y dijo:

—Sabe Dio’. La Virgen quiera que no se meta con mi muchacho.

—¡Jum!

Chu había murmurado; Chu era medio azaroso.

—¿Usté cree? —preguntó Mendo, contestándole el pensamiento.

—Asigún, compadre. ¿No di’que anda atrás de la hermana?

Mendo apretó los labios. Empezó a subirle un calor a la garganta.

—Asunte, Mendo; asunte...

Chu paraba una oreja. El viejo se apresuró caminando hacia la puerta.

—Por ahí viene un caballo.

El pulpero señalaba ahora el oriente y palidecía, pendiente de aquel ruido.

—No veo.

Mendo hablaba de perfil y miraba.

—No veo, Chu.

Iba a volverse ya; pero le pareció que sí, que alguien chapoteaba entre el camino, en las charcas. La llovizna secreteaba y casi no le dejaba oír. El rumor se fue acercando. Era más veloz que la otra vez, mucho más.

—¡Ese andar es del mismo animal! —gritó Chu.

El pulpero tenía los ojos saltones. Mendo corrió, tomó un colín y se tiró afuera. El caballo apuntaba ya entre las sombras. El viejo blandió el arma. Débilmente, la jumeadora se hacía sentir en el camino. Cuando el animal rompió a su frente, el viejo se adelantó, dio un salto y gritó, ronco, colérico.

—¡Párate, maldito! ¡Párate, condenao!

Estaba seguro de que aquel Cecilio Gatón criminal le había malogrado a su hijo. Lo sentía en la sangre; se lo decía el corazón.

—¡Párate, maldito!

Lanzó un mandoble, y el caballo caracoleó a dos pasos.

—¡Encárguese del difunto! —ordenó el jinete.

El viejo Mendo abrió la boca. El brazo armado se le cayó; sintió que se le ablandaba la carne mientras el caballo desaparecía.

—¡Se juyó, se juyó! —gritaba casi riendo.

Quiso entrar en la pulpería; pero Chu y el otro le llenaban la puerta.

—Vamo’ a buscar el difunto —dijo el viejo, medio muerto.

Chu le sujetó el hombro.

—¿Lo dejó dir? —escupió rabioso.

El viejo le miró con pena.

—¿Qué diba a hacer?

Parecía un agonizante. Chu no podía comprender.

—Es el muchacho mío —explicó Mendo señalando el lugar por donde el fugitivo se alejaba—. El muerto es el otro —terminó.

Se acercó al mostrador y se quedó mirando el paquete de velas, que descansaba todavía allí, como esperando.

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.- El culpable
[“Este cuento fue escrito 18 años después de ‘La mancha indeleble’ con el cual había dado fin a mi carrera de cuentista; y lo escribí a petición del poeta Manuel Rueda que se proponía reunir material destinado a un libro de cuentos para niños. ‘El culpable’ no fue recogido en ninguna de las colecciones de cuentos míos y por esa razón figura en Textos culturales y literarios (Santo Domingo, Editora Alfa y Omega, 1988, pp.226-229).”] Juan Bosch

Con todo y su rango de tío, que era casi como el de coronel del ejército, y sus canas que lo hacían tan respetable como un arzobispo, don Julio Ernesto no pudo impresionar a Charlito, que le daba por el ombligo y tenía cuarentiocho años menos que él. Charlito no sabía ni siquiera qué quería decir su propio nombre. Un nombre era para él una cara y nada más. Pero cuando su tío le preguntó si no creía en la inteligencia de Marcané, un nombre que Charlito no podía relacionar con ninguna cara conocida, el condenado muchacho hizo un comentario que dejó a don Julio Ernesto tan disgustado como si una avispa le hubiera picado en la punta de la nariz. “Muchacho del diablo”, dijo, “véte a fuñir a tu mamá”; y se paró y se fue caminando tan de prisa que parecía que algún animal invisible, pero más poderoso que un tractor, le había dado un empujón que lo hacía caminar a saltos.

Lo que molestó a don Julio Ernesto fue que todo el mundo le celebraba su don de inventar cuentos en los que sucedían cosas absurdas, que nadie podía creer, y esa fama se le vino abajo de golpe cuanto Charlito le contestó como no podía esperarlo, a la pregunta de qué le parecía lo que estaba contándole: “¿Verdad que no hay en el mundo quien sepa tanto como el brujo Marcané?”

El brujo Marcané era la última invención de don Julio Ernesto. Lo había inventado segundos antes, casi en el instante mismo en que el sobrino le pidió que le contara un cuento; y a medida que iba inventando a Marcané y su historia, don Julio Ernesto iba sintiéndose orgulloso de lo que se le estaba ocurriendo. Era verdad, pues, lo que le decía su mujer: “Julio Ernesto, no seas así, que a tus años no te luce”.

Don Julio Ernesto tenía a Charlito entre las piernas y le hablaba de esta manera:

“Ese Marcané era el diablo, sobrino. Un día salieron de Jimaní dos guardias para llevárselo preso, pero Marcané tenía el poder de ver lo que sucedía aunque fuera a cincuenta kilómetros y además de saber qué pensaba la gente por lejos que estuviera. Ese día, desde que vio a los guardias, dijo: vienen a buscarme, pero no van a encontrarme porque voy a volverme becerro para que no me conozcan’. Sin embargo, acabando de decir eso pensó: ¿Y si tienen hambre y me matan para comerme? No, mejor me vuelvo mata de mangos. Y ya iba a hacerlo cuando recordó que esos días eran de cosecha de mangos y los guardias podían tirarle piedras y palos para tumbarle los mangos y él iba a quedar apedreado y apaleado”.

Hasta ahí llegó Julio Ernesto, y al dejar de hablar bajó la cabeza para mirarle la cara al sobrino, que seguramente estaba embobado oyendo esa historia tan bonita, esa invención maravillosa de su tío. Pero Charlito estaba como si tal cosa y no daba señales de que le interesara el cuento. Por lo visto, su sobrino no tenía la capacidad que hacía falta para comprender lo que él le decía.

“¿No te parece que Marcané sabía mucho, Charlito?”, preguntó.

“¿Mucho? ¿Y por qué, tío?”

El tío pensó que su sobrino era medio bobo y que él estaba perdiendo su tiempo al ponerse a inventar a Marcané para divertirlo, y que no valía la pena seguir inventando cuentos como ése. Pero de todos modos tenía que responder a la pregunta de Charlito, y lo hizo de esta manera:

“Oh, porque fíjate, no quiso volverse becerro para que no se lo comieran ni quiso volverse mata de mango para que no le tiraran piedras y palos. ¿No te parece que eso indica que era muy inteligente?”

Entonces Charlito se viró y miró a su tío de frente, a los mismos ojos, y habló así:

“Pero tío, eso lo hubiera hecho cualquiera, hasta yo que no sé nada. Inteligente es Supermán. Si hubiera sido Supermán, levanta los brazos, sale volando y va a parar a Nueva York, adonde no podían ir los guardias.”

Don Julio Ernesto se sintió como si le hubieran dado una galleta que le calentó la cara; se paró, puso a Charlito a un lado, y entonces fue cuando dijo:

“Muchacho del diablo, vete a fuñir a tu mamá”, y en el acto se fue, cruzó el comedor, se metió en la sala y ya iba saliendo hacia la calle cuando alcanzó a ver el televisor. Ah, el televisor… Y de golpe se dio cuenta de que el mundo había cambiado mucho en veinte años; había cambiado tanto que ya no eran el papá, el maestro o el tío los que educaban a los niños. Eran esos cajones con vidrio, y en ninguno de ellos había salido ese brujo haitiano llamado Marcané que él, Julio Ernesto Cuevas, había inventado hacía unos minutos a base de las historias de bacaces y galipotes que oyó contar cincuenta años atrás.

“El televisor es el culpable”, dijo como si el televisor hubiera aparecido en esas regiones fronterizas llevado por el poder mágico que él le atribuía al brujo Marcané, que por cierto ya había desaparecido de su mente como si lo hubiera borrado una mano invisible.

Dos horas después, Charlito le respondía a su madre, que le había preguntado por el tío Julio Ernesto:

“Mamá, tío está pasado de moda. Vino a contarme un cuento de un haitiano que se llamaba Yonosé, que se volvía becerro y mata de mangos, y yo le menté a Supermán y se puso bravo y se fue”.

La madre lo miró largamente, con ojos sin expresión; después se levantó, le dio a un botón del televisor, manipuló otros botones para que las figuras no se vieran borrosas, y cuando en la pantalla se formó la cara Chapulín Colorado dijo con voz que parecía salir de una cinta grabada:

“Entreténte con esto, Charlito, mientras yo hago una diligencia”.

Charlito no la vio salir porque había pasado a vivir con toda el alma una aventura nueva, de las muchas que llevaba a cabo su querido Chapulín Colorado.

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.- El prófugo
[Listín Diario, Santo Domingo, 27 de enero de 1929, p.1 / p.8.]

Venía pegándose a las sombras, deshaciéndose en las penumbras, cubriendo la faz cuando la luz de algún automóvil aparecía rompiéndose en las curvas lejanas.

Era un como arrastrarse de espía a lo largo blancuzco del camino. Del fondo azul de la noche, la luna surgió, lenta, afectada de amarillo palideciente, como enfermo sonriente, y se fue deslizando poco a poco de su trono de nubes, hasta quedar flotando tristemente plateada sobre las melenas húmedas de las palmeras.

En la penumbra verdosa, la carretera escondía su lomo que parecía moverse entre los adornos salvajes de los bosques y se extendía hasta lo ignoto, retozando con las sombras espesas de los árboles grandes que doblaban, en elogio a la luna, sus perrunas cabezas.

Y resbalando, siempre en acecho, sus nervios enfermos, brillantes los ojos, iba el prófugo, hermano de la noche, respirando la atmósfera pesada de su crimen y sintiendo en el olor de las rosas, el olor de la sangre que él derramara un día, cuando era bueno, en el marco trágico de su pueblecito lejano ya.

Pensaba. Tenía miedo.

Sentía correr un hálito frío sobre sus espaldas cuando algún perro asustado rompía con sonido estridente la paz infinita, o cuando, raudo, pasaba a su lado un automóvil, para perderse como tragado por la curva lejana.

Era tarde. Los pomares olían. La verdura emanaba una insinuación de dicha. Las lomas, a lo lejos, cortaban el paisaje. De cuando en vez, una casita blanca, como fue su casita, dormía riente entre rosas y claveles.

Su hijo… ¿qué era su hijo? ¿Qué haría ahora? Si no tenía madre por la culpa del padre, y éste vagaba bajo la noche, de brazos con la sombra, ¿cómo consolarle cuando sus ojos azules lloraban?

De su corazón subía un deseo vehemente de morir que se envolvía cálido sobre su cuerpo cansado.

¿Qué hora sería?

Una nube pasó acariciando el cuerpo pálido de la luna. En las melenas de las palmeras se hizo brumosa la plata de la luz. Un viento triste gimió por entre los árboles y los pinos se fueron recostando levemente.

Allá, lejos, las lomas parecieron deshacerse.

Se sintió somnoliento. Saltó un vallado, y en la yerba húmeda, envuelto en la sucia chaqueta, se durmió, de cara al cielo, límpidamente azul.

Las puertas de la iglesia, siempre abiertas, le dieron una optimista idea de perdón. Parecían los brazos de una madre, que nos recibe siempre.

Había penumbras en su interior. Entró. Por los cristales polícromos de las ventanas se colaban los siete colores del arco-iris.

Desde una cruz, tristes los ojos, Jesús le miraba.

En el altar medio oscuro, vio la Mater-Dolorosa.

¿En qué se parecía a la muerta?

Tal vez en los ojos. O en la nariz. Pero no, no era. Tampoco en la boca.

Ni en el óvalo de la cara, ni en el corte de la frente recta.

Quizás… ¡Ah sí! ¡Era en las manos!

Ella también, como la Dolorosa, las juntó, arrodillada.

¿Por qué fue?

¿Qué le hizo sentir ese vacío en la cabeza; qué le hizo cegar; qué le impulsó a clavar tan fríamente el cuchillo en el seno rosado y oliente que acarició cuando la paz y el amor entonaban himnos en su pecho?

Ahora, triste y deshecho, llora. Crecida está su barba. Sus ojos pálidos. Raído su traje y empolvado además. Trae las manos callosas y los pies hecho trizas por el rudo contacto de la piedra del camino.

Por la puerta van desapareciendo rezadoras que dejan en el mosaico una sombra larga. El sacristán va haciendo la luz en la casa de Dios.

Hay que salir. Es necesario seguir huyendo, cada vez más lejos. ¡Si pudiera en su trotar dejar en los caminos su recuerdo!

Se levanta pausado. En la mano sostiene el sombrero de fieltro empolvado. Siente que una garra relampaguea, suspendida sobre su cabeza, y se encorva asustado. Un buen anciano le mira sorprendido.

Sale. Busca la sombra. Va pegándose a las paredes. Se deshace en las penumbras.

Ve de pronto un niño rubio que pasa llorando, secando sus ojos azules con las mangas de la blusita blanca, y se detiene hasta que el niño se pierde en la esquina cercana.

Se aleja, siempre hosco, y en acecho sus nervios enfermos.

La carretera sigue desenvolviéndose lentamente.

Tiende los brazos a su hermana la noche que le aguarda, mira otra vez hacia la esquina donde el niño lloraba, y sigue, más triste que antes, de manos con la sombra, roto su traje, doliente el alma y los pies hechos trizas por el rudo contacto de la piedra del camino.

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.- Sin quererlo
[1929]

—Me voy mañana. Mejor dicho: nos vamos. ¿No te entristece pensar que me alejo?

—Sí, me entristece. Algún día volveremos a vernos. Ahora, en las montañas, pondré claveles frescos frente a tu retrato como una ofrenda a ti.

Ella quedó silenciosa.

Renacía la luna entre un desdoblamiento de grises encajes.

Se besaron con ardor y ella quiso llorar. Luego partió y su figura blanca se perdió entre las flores.

Quedó sonreído. ¡Con qué facilidad se dice una mentira!

Vino de lejos, cargado el cerebro de la baraunda de ciudades, a vivir unos meses de paz en este pueblecito encajado en las lomas. Ella vino después, con su familia, a buscar paz también. Se encontraron, se amaron sin darse cuenta y ahora ella partía pensando que dejaba una tristeza. ¡Ironía!

Quiso ir a dormir. En el filo de la loma parecía rodar la luna.

Sus pisadas resonaban en las callejuelas empedradas.

Le azoró un silbido. Vio después una sombra que le hacía señales y fue hacia ella. Era un amigo.

Entraron a un viejo casón abandonado. Había diez o doce mozos en cuclillas, reunidos junto a una vela tímida.

En los rincones daba la sombra la sensación de cuervos aleteando.

—¡Oh mi querido! —dijo uno de ellos—. Sentiremos mucho tener que obligarlo a hacer algo que le disgustará, pero no podemos evitarlo. Ud. es necesario.

Tuvo para el que hablaba una sonrisa de modestia.

—¿De qué se trata, si se puede saber?

—¡Cómo no! Esa gente, ¿sabe? se va mañana y hemos acordado darle una despedida que esté de acuerdo con su comportamiento aquí.

Comprendió. No era necesario explicar más. Su novia y sus familiares escandalizaron a las buenas viejas del poblado con su orgullo de civilizados y sus costumbres ciudadanas. En la boca de cada una de las personas timoratas del pueblo —todas— había una maldición al pasar frente a la casa que ellos ocupaban.

—Bien —dijo resignado— ¿Qué puedo hacer por Uds.?

—Lo que todos hagamos, contestó uno.

Estuvieron media hora más hablando, discutiendo en voz baja. Él gastó, mientras, un cigarrillo. Después trajeron dos que habían salido, latas y piedras y se regaron callados en la callejuela.

Primero fue una pedrada que pegó con ruido seco en una ventana. Desde dentro abrieron ésta intrigados, y entró por ella una lluvia de piedras.

Se oyeron gritos de mujeres, imprecaciones de los hombres airados y ruidos de carreras. Afuera golpearon las latas que produjeron sones lúgrubes.

Fue todo un estrépito demoníaco y ensordecedor.

Al ir a acostarse, alegre, creyó ver a la luna dormida entre las ramas de un viejo pino seco.

Se levantó temprano, antes que el sol, para verla partir.

Por el camino polvoriento que alegraba el amanecer, venía la cabalgata.

En los últimos cogollos de los pinos puso diamantes el sol enamorado.

El polvo levantado por las patas de los caballos comenzó a orearse.

Ella venía en medio, algo pálida, bullosos los grandes ojos blancos con la frente vendada. Al pasar le sonrió lentamente.

El sol se mostró todo.

A lo lejos, empequeñecida por la distancia, iba la cabalgata.

Volvió triste al poblado pensando en que quizás fue su piedra la que le hirió la frente. Y sin quererlo se fue al jardín a recoger claveles.

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.- La tragedia
[1929]

En la tarde quieta, el campo irradiaba de sol. Los árboles eran de luz. Sólo en el pinar lejano la tierra se encojía bajo el frío de la sombra.

Estaban en el bohío que se echó a la orilla del camino. Él había entrado a saludar la comadre, darle la bendición al niño y beber café.

Rebosaba optimismo por el presentimiento de la buena cosecha.

El soplo fresco doblaba los maizales lozanos que comenzaban a dorarse. A ras de suelo se secaba la vaina del fríjol. En los cafetales se empurpuraba el grano y hasta las vacas paseaban sus ubres llenas en el potrero húmedo.

El compadre hizo irrupción en el bohío. Apenas si musitó roncamente un saludo. Vio en sus ojos la sombra de algo grandioso.

Sorbo a sorbo tomó el café. Por el camino silbando volvía al fundo. A tres cuartos de marcha el sol oblicuo acariciaba con mano de mujer amante las cosas de la tierra.

En las palmeras piaban las aves y parecía que por sus hojas rodara espelma derretida.

Fue como un presentimiento. Quizás si en la grama la pisada del asesino hizo algún ruido que el destino llevó multiplicado a sus oídos. Al volverse con rapidez, la visión del hombre con las pupilas enrojecidas de coraje y el brilloso machete en alto, le hizo palidecer.

Tuvo el tiempo escaso para inquirir asombrado:

—Compadre ¿qué ejeso?

El otro contestó con un mandoble. El sol benigno acrecentaba su brillo en el filo del arma.

Comprendió entonces, mientras retrocedía y se esforzaba en sacar de la vaina su machete: Ese hombre estaba celoso.

Emprendió una carrera corta. Se apretó con la mano izquierda el “ensalmo” y haciendo un esguince rápido lo encontró de frente.

El otro resoplaba como toro furioso. Los machetes se entrechocaban con un ruido siniestro entre rayos de sol que ponían en ellos la sensación de miles de diamantes.

Estaban silenciosos. Retrocedían y avanzaban, lanzando golpes terribles que no hacían blanco.

Delante, detrás y a sus lados, la naturaleza multiplicaba los granos y se adornaba de luz, agena a todo.

Uno fue a matar. El otro comprendió que sólo suprimiendo se salvaba.

Un machete rodó y de un brazo saltó, en una bella manifestación la sangre, que la tierra absorbió.

Y ya fue una lucha de titanes. Apretados los dientes, encojidos los corazones, sacando casi los músculos de los brazos, brillando con bellísimos fulgores de leopardos que acechan los ojos, los compadres se lanzaron el uno sobre el otro en la desesperación de acabar pronto.

Su machete entró en el cráneo del hombre que quiso asesinarle.

El herido se desplomó, con un gemido de furor. Luego trató de incorporarse y en la fiebre de la lucha volvió a herirle, una vez más y otra vez y otra vez, hasta que lo dejó, en un montón informe de huesos y de carne humedecidos en sangre, atravesado en el camino como los árboles jóvenes que troncha el vendabal.

Vio allá a lo lejos hombres que se acercaban dando voces estentóreas y huyó entonces, por instinto de conservación. Tras su cuerpo fugitivo los troncos de los árboles cerraron una cortina.

***

En la raíz de un viejo caobo descansó. Sacó del pecho el “ensalmo” y rezó. Él lo había salvado. Tenía la creencia de que con un ensalmo nadie le heriría ni moriría trágicamente.

Estaba arrepentido de haber matado. De seguro los celos obligaron al compadre a querer asesinarle. Las circunstancias le hicieron criminal.

¿Pero por qué quiso el otro matarle? Si él sentía por su compadre no más que un inmenso cariño fraternal. Además, aunque le hubiese gustado como mujer, su alma noble de campesino ignaro pero honrado, se hubiese rebelado al deseo de engañar a su compadre.

¡Jesús! ¡Cualquier cosa antes que eso!

Sintió los gritos de sus perseguidores. Eran los hermanos del muerto. Se habían tirado entre el bosque como una jauría hambrienta y furiosa a beber la sangre del criminal.

Cerca, muy cerca, pasaron dos.

En la sombra de los algarrobos se notaba el aletear gris del sol cansado. No tenía miedo. Con el “ensalmo”, ninguno de
los hombres le harían daño.

Se hincó. Abierto los brazos, elevó sus ojos al cielo y en una reconvención dolorosa a Dios dijo sollozante:

¿Poi qué lo permitite, Señoi?

Las pisadas de otro grupo turbaron la quietud de la tarde.

Desgarró entonces la fundita que guardaba el ensalmo y deshizo éste. Sujetó con mano fuerte el machete y salió al camino.

Fueron cuatro. Si no hubiesen sido cuatro tal vez no lo hubieran acabado tan pronto. No pudo herir más que a uno.

En el pie de un viejo níspero, dejaron un guiñapo de hombre.

Y las moscas se regaron sobre la sangre coagulada.

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.- Orgullo
[Listín Diario, Santo Domingo, 4 de agosto de 1929, p.1.]

El silencio temblaba. En el techo la lluvia bailoteaba y abría goteras. La luz de gas se proyectaba en todas las paredes de la
habitación con igual fuerza y una mariposa negra y grande pegaba enloquecida en los rincones.

—Mal agüero —dijo el hombre.

Estaban cabizbajos como si alguien los sermoneara. Afuera, la noche se destrenzaba con pereza sobre las copas de los árboles y los techos de las casas.

Adentro, tres sillas viejas, un catre recostado en la pared del fondo, un baúl cerrado y dos personas que se esforzaban en no hacer ruido.

La mujer se incorporó con lentitud y se perdió tras una puerta entrejunta. Él, silenciosamente, la siguió y esperó, apoyadas las manos en el marco, a que volviera.

Se adivinaba un cirio en el que temblaba una corona luminosa. Una luz se retorcía prendida en el techo y arañando los rincones.

—¿Cómo sigue?

La mujer, toda pálida, se abrazó a él y apoyó la cabeza en su hombro, sobre el que cayó, en tibia caricia, un montón de cabellos
ingenuamente rubios como un chorro de agua limpia.

—Se muere —dijo ella en una voz que se oyó lejana y que estaba preñada de dolor y de resignación.

En los ojos del compañero hubo un brillo fugaz.

La lluvia seguía bailoteando sobre el techo y lavando las paredes.

Él, cariñoso, la volvió a la silla. En el cuarto de la pequeña renovó el cirio gastado. El insomnio, hijo de muchas noches “en vela”, se amontonó con tranquilidad en sus ojos y se durmió junto a la niña agonizante.

***

La lluvia había cesado hacía seguramente horas. La luna se destacaba sobre los árboles y cabrilleaba en algunos charcos que el chaparrón dejó en la tierra.

Estaba como ebrio. Tenía la misma inseguridad que algunas noches de borrachera: asco de todo y sincero deseo de morir.

La luz temblona del cirio seguía prendida en las paredes.

***

Abrió una puerta que daba al patio y recibió un soplo de brisa oliente a flores. Llevaba en la mano algo parecido a un hierro.

Durante dos horas se oyó un golpear húmedo, constante, de la misma intensidad y a veces una sensación de rasgadura.

El Oriente, muy alto, comenzaba a blanquearse, tal si una mano invisible retirara seda azul.

La puerta volvió a abrirse y el hombre entró, desnudo de medio cuerpo arriba, mojado por el sudor el torso que parecía tallado en caoba. Lentamente cruzó la habitación, atravesó el dintel del cuarto mortuorio, cargó con mimosidad la niña muerta, la besó en la frente y tornó al patio.

El día se insinuaba con humildad por las rendijas cuando entró de nuevo; atravesó dando tumbos y se dejó caer en una silla desvencijada. Sus lágrimas mojaron el suelo de tierra y se sintió dormir.

De pronto, un grito agudo lo despertó. Era la compañera que llamaba a la hija con ayes sordos y dolientes.

Se fue a ella, circundó con su brazo izquierdo la cadera y la arrastró con ternura hasta el patio.

Sin decir nada, con la mano derecha señaló una cruz, una cruz rústica prendida como un lirio de tierra recién movida sobre la que había él pegado azucenas y rosas.

—Cómo, ¿ahí? —inquirió ella, apagadamente alarmada.

—Sí, yo no podía permitir que la enterraran de misericordia.

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.- Chencho
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, Nº 60, Santo Domingo, 3 de octubre de 1931, p.13.]

Arminda se sintió complacida cuando oyó la voz que le dejó caer la galantería:

—Por graciosa me gustas y si contigo no me caso hasta el río se secará.

El jinete la vio colorearse y seguido comenzaron a hacerse más rápidos los pasos del caballo. En el camino quedó la visión de las ancas sudadas.

Esa noche Chencho pensó mucho en la flor que la muchacha llevaba prendida en el cabello.

***

“Ello no hay una gallera
como la de la Sabana
donde baila la soltera,
la jamona y la casada”.

El hombre que canta tiene dulce la voz. Precisa, grave, va llenando con un mismo espesor cada rincón. Y él, como si a sí mismo se acunara, entrecierra los ojos. El acordeón, estira y encoje, encoje y estira, envuelve el bolero con su música pastosa:

“Ello no hay una gallera
como la de la Sabana…”.

Le agrada a Arminda su “parejo”. Chencho baila; baila y habla. Dice al oído, muy bajo. Hoy lleva camisa blanca y pantalón azul. Su revólver oscila pegado a la cadera, y le ha ofrecido su bohío a la hembra.

—Te juro que no veré otra mujer en mi vida.

Los pechos de Arminda, pegados al pecho del hombre, se van llenando de calor. Los ojos negros se le hacen blandos, dúctiles.

***

Cuando Chencho se lo proponga se va con él. Seguro.

***

A todos sorprendió el ruido; porque no parecía que viniese un bruto nada más. Era como la llegada de un tropel. Algún grupo del pueblo, o Dios sabe de qué lugar.

Cuando Roselio se dejó caer desde su montura hasta la puerta del baile, los hombres se replegaron buscando el arma. A nadie saludó. Se plantó en medio de la sala y corriendo la vista sobre los bailadores, dijo:

—En el pueblo hay unos blancos. Van a quitar los revólveres y nosotros no mandaremos más.

Sobre la silla que ocupaba su dueño quedó cerrado el acordeón; y cuando Anselmo volvió con las “medias” que había ido a buscar se asombró de ver la gente en grupo.

Roselio explicó las cosas lo mejor que pudo. Dijo que eran hombres con ojos azules y vestidos de amarillo. Parecían simpáticos porque él mismo los había visto acariciando a un niño; pero su compadre José Miguel, persona seria y “sabia”, le aseguró que mataban por puro entretenimiento. Y el asunto del desarme sí que podía jurarlo. A él le quitaron su “quince” legítimo y el puñalito que le regaló su hermano el difunto.

***

Amaneciendo se levantó Chencho. Pidió la bendición a su “mama” y se fue al patio. No tenía voluntad. Esperó a que saliera el sol para calentar su giro; pero olvidó que debía echar maíz a las gallinas.

Acostó el pilón y se sentó. Piensa que piensa, parecía que las cejas se le habían anudado.

No quiso beber la leche que trajo la vieja y se fue por el conuco sin decir palabra.

“Solimán” daba saltos, ladraba bajito y movía la cola sin conseguir una caricia.

Volvió cuando se abrían las “florecitas de puerco”.

—Pedrito, dile a mi compadre que me mande “media”.

Y sentado en el pilón se la fue bebiendo a pico de botella. Eran tragos largos que le quemaban la garganta.

La vieja se asombraba: Chencho no bebía más que en las bachatas; pero no dijo palabra temiendo un disgusto. De nuevo llamó a Pedrito. Su voz sabía a acero:

—Ensilla el “melao”.

Con la misma ropa de trabajo, sólo que en vez de sombrero se amarró a la cabeza un pañuelo a cuadros negros, y el revólver a la cintura, saltó sobre el animal, brincó la tranca y se marchó sin decir adiós.

***

Toda ella hecha un temblor, la madre comenzó el Padrenuestro frente a La Altagracia.

Chencho está vestido de “gato”, tiene un compañero. Al sol, que parece latiguear, arreglan la carretera.

“Guayubín, cumangá,
ni palante ni patrás…”.

Y picando; picando siempre aunque no haya motivo: a diez pasos, sombreada por un naranjo, está el centinela: alto, ancho, rubio; no dice una palabra y suda por las axilas.

“Eso es, oh la lá
Guayubín, cumangá…”.

Y picando, picando. Los brazos de Chencho son lazadas de nervios y músculos. El sol le ha quemado y parece negro. Una vez le clavaron tachuelas cerca del tobillo porque riñó con su compañero.

Sonó una bocina. El automóvil perfiló la curva entre una nube de polvo y los presos se hicieron a un lado.

Chencho vio sólo los ojos: fue como un mazazo. También le miraron aquellos ojos. El presidiario la reconoció a pesar de la pintura.

Enloqueció. Caminó hasta dos pasos. Fue entonces cuando notó la presencia del centinela.

Su voz debió oírse en los montes vecinos. Gesticulaba como un loco y caminaba sobre el soldado.

—¡Fuera ustedes, malditos! ¡Ustedes la corrompieron, malditos, malditos!

Levantó el pico fuera de sí y el paisaje desapareció. Al soldado rubio le impresionó. Además de la medalla que adornaba el lado izquierdo de su camisa, tenía en su maleta dos trofeos de plata. Por eso la emoción fue tan corta.

James F. Russell, al cabo de un minuto, estaba pensando cómo describirle a su novia, en la próxima carta, un asunto tan original.

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.- Tierra de hombres
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, Nº 61, Santo Domingo, 10 de octubre de 1931, p.10 / p.21.]

—Lico, me voy cansando.

—Y yo, Pancho.

No se dijeron más; pero los ojos entrecerrados se fueron alejando por la llanura y no se volvieron para verse uno a otro. La sirena del aserradero acuchilló al silencio y Pancho se puso en pie. Fue despacio hasta los troncos de pino: uno, dos, tres, cuatro… cuarentiseis en total. ¡Buen día les esperaba!

Lico se acercó.

—Mira, Pancho, qué maravilla —y señaló la luna.

Se veía a través del cañafístolo y parecía posada entre las ramas.

—Cuarentiseis, Lico. Mañana hay pega. No parece que sea tan tarde, ¿verdad?

Todo esto lo dijo sin saber por qué; pero lo cierto es que no le interesaba el trabajo. Lo importante ahora era desprenderse de ese afán de pensar en lo otro. ¿Para qué diablos se fijó Lico en la luna? Él sabía que esta noche estaba como nunca. Veía su sombra alargándose sobre los maderos; sin embargo, no levantó la cabeza para mirarla.

—Lo mejor será irnos. Hay que madrugar.

Otra vez la sirena.

—¿A qué viene tanto ruido, Pancho?

—Pedirán agua.

Manuel de Jesús encendió un cigarrillo. Se le vio la cara enrojecer al reflejo del fuego. También él debía estar pensando en algo. Tenía entre las cejas como una zanja honda.

—Vamos.

Pancho, mientras camina, lleva los ojos fijos en su sombra. A veces quisiera pisarle la cabeza. Es un deseo pueril que no se quiere ir. Podría muy bien dar un salto. Entonces es seguro que la alcanzaría; pero también puede que ella salte, mejor dicho: es indudable que saltará al tiempo que él lo haga. Ahora recuerda que en su infancia tuvo mil veces la misma idea y nunca pudo conseguirlo. De día ya es distinto: aguardas, aguardas hasta las once y lo haces. En la mañana, o después que la tarde comienza a caer, no lo lograrías. Le viene a la memoria un caso curioso: al atardecer (claro que de ello hace muchos años) se plantó medio a medio del camino y su sombra llegó a alargarse tanto que no pudo verse la cabeza.

—Se perdió en la cuestecita —dice en alta voz.

—¿Qué cuestecita?

Es Lico el que pregunta. Le suena tan extraño lo que ha oído que los ojos agujerean.

Nota entonces que Pancho parece venir de muy lejos.

—Nada, nada, una tontería.

Pero lo dice muy aprisa y vuelve a tornarse grave.

Cuando llegaron a su habitación Pancho, que abría siempre la puerta se detuvo un rato, volvió la faz y se le llenaron de luna las pupilas.

***

Ahora que se ve solo, andando sin saber por qué, comienza a razonar. ¿Por qué dejó a Lico? ¿No se sentía bien en el aserradero?

Está algo cansado y decide echarse en la orilla. La luna ha volcado toda su luz y pronto marchará. Apostaría a que su escondite es por ahí, a mano izquierda, detrás de aquellas lomas. De niño tenía la creencia de que doña Natividad la guardaba en un baúl grandote que dormía en un rincón de su aposento. Recuerda bien las palabras de ella:

—Pancho, esta noche suelto la luna.

Y Pancho esperaba, esperaba. Tardaba cada día más en apuntar y siempre aparecía por un mismo lado; pero al fin alumbraba. Cuando dejaba de verla se llegaba hasta la vieja:

—Madrina, ¿por qué no sueltas la luna?

—Está descansando, hijito.

Indefectiblemente esa era la contestación.

Bien, a qué vienen tantas divagaciones. El caso es bien sencillo: va camino de su casa y tiene miedo de llegar. Lo sucedido no puede haberse olvidado a pesar del tiempo. Es muy cierto que él mató como hombre: de frente y peleando duro.

Joaquín no debió haberle hecho a mi hermana semejante cosa —piensa.

Comprende que ya es tarde para tratar de remediar. Él no tiene, además, remordimiento. Lo que fue convenía, no hay duda. Siente la satisfacción de haber cumplido su condena; pero es probable que los hermanos del muerto no se conformarán hasta hacer justicia con su mano.

Se acordó del “resguardo”. Un negro, compañero de cárcel, se lo entregó:

—No morirás de hierro —dijo él al tiempo de pasárselo.

Lo conservaba, pendiente de un cordoncillo grasiento, amarrado al cuello, entre una fundita de tela que un día fue roja.

Quiso alejar esos mil pensamientos que le taladraban la cabeza y se incorporó. Anda que anda, anda que anda, casi ni notó cuando la luna se trajeó de negro.

***

Aquí fue —se dijo—, Oyó un ladrido y volvió la cara. A marcha forzada se acercaba Ramón. La mirada que se cruzaron fue un cambio de relámpagos. Pancho se sintió palidecer y le pareció que sus pies eran de plomo. Si había llegado la hora moriría como hombre. No se dirá mañana que un hijo del viejo Raimundo huyó.

—¡Espérate, maldito! ¿Me vas a asesinar?

Ramón tenía ya el machete en alto y quebraba el sol con su filo.

—¡Concho, prepárate!

La providencia ayudó a Pancho. Clavado hasta la mitad en la palizada había un “media cinta”. Rápido como la luz, lo arrancó de un solo tirón. De pronto tuvo remordimiento.

—No morirás de hierro —había dicho el negro.

¿Era noble pelear con un hombre cuando se tenía la seguridad de que el otro no haría daño?

Ramón avanzó a la carrera y tiró el primer golpe. Su machete entró en el tronco de mamón. Pancho tenía, mientras el otro forcejeaba por sacar el arma, la oportunidad de “ladearlo”. Un “viaje” al pescuezo y estaba listo. Pero ese tiempo lo aprovechó en otra cosa: metió su mano izquierda entre la chaqueta y la carne, engarfió los dedos en el cordón y tiró fuerte. Lanzó con tal violencia su “resguardo” que cayó en el potrero de la derecha.

—¡Echa palante, asesino! —tronó.

La lucha no fue larga. Ramón, más bien que un hombre era el mismo diablo. El perro llegó, olfateó al muerto y comenzó a lamer la sangre.

Eso sí que no pudo él consentirlo. Cierto que Pancho era su enemigo; pero se portó como un “macho” entero. Y rabioso por la profanación tiró un mandoble que partió en dos la cabeza de “Boca Negra” lo mismo que si se hubiera tratado de una patilla.

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.- Un caso raro de fidelidad
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, N° 67, Santo Domingo, 21 de noviembre de 1931, pp.6 / 20.]

Mi norma de ser veraz no se quiebra con el relato que hago hoy; pero si alguna persona dudare de mi sinceridad, puede muy bien dirigirse a mi amigo Edward Rose. Sus heridas y sus palabras disiparán toda incredulidad. Deseando hacer fáciles las gestiones a quien le interesare, doy a continuación la dirección del mencionado amigo: calle ochentitrés, entre ciento doce y ciento catorce. La casa está marcada con la placa 538. Hasta conservo en la memoria su teléfono: A 18542.

Antes de entrar en materia deseo dejar hecha una aclaración: no pretendo decir nada nuevo en lo que leeréis, ya que yo mismo he visto descripciones de casos, sino del todo iguales, muy parecidos; pero como en estos últimos tiempos hay furor por los experimentos de índole espiritista, me parece bien dejar constancia de algo excepcional, en lo que tomé parte como actor de segundo orden, si se quiere.

He aquí el asunto escueto:

“León” me fue regalado a principios de año por un viejo amigo de mi padre, sabedor de que me agradaban los perros de raza. El nombre se le otorgó por su parecido, en el color, con el rey de las selvas. Era mezcla de mastín y policía, o lobo, como quiera llamársele.

Desde muy pequeño, “León” se acostumbró a dormir en mi propio dormitorio, en el ángulo formado por la puerta y la pared que da al oeste. Nunca tuve miedo de algún contagio, ya que él se mantenía cuidadosamente limpio.

En la semana próxima pasada noté que mi perro no se encontraba sano. Tenía una tristeza en los ojos y apenas probaba alimento; pero demasiado ocupado con mis negocios, no le presté la atención debida. Cuando acudí, dos días después, al veterinario para hacerle examinar, éste me dijo, al cabo de media hora de auscultarle y mirarle:

—No hay salvación posible. Le aconsejo dejarle aquí hasta su muerte.

Tuve remordimiento. Quizá si lo hubiese llevado al experto el mismo día que me pareció enfermo, el pobre animal se hubiera salvado. Por eso me negué a dejarlo en casa del veterinario y cargué con él hacia casa.

Pude conseguirle, en el pasillo que conduce hacia mi biblioteca, un lugar regularmente solo, y convenientemente encadenado, me dispuse a cuidarle personalmente hasta que llegara la hora de llevarlo al “Cementerio de Perros”.

Hasta aquí los preliminares de este caso, que tanto me ha hecho pensar.

Anteayer vine a recogerme un poco tarde. Edward se empeñó en que le acompañara al teatro y no tuve otro remedio que complacerle. Llegué a casa un poco somnoliento y la premura me impidió girarle una visita a “León” antes de acostarme, según mi costumbre desde que cayó enfermo.

A eso de las tres de la mañana despertáronme unos ladridos furiosos. Sonaban en mi habitación y se alternaban con gruñidos exactamente iguales a los que lanzan los perros cuando están mordiendo. Medio dormido todavía volví la cara hacia la puerta y me heló el espanto: “León”, envuelto en una clara luz azulosa, acometía a una persona, pero esa persona no era de carne y hueso. Me atrevería a jurar que lo que ví era una especie de humo, o algo así, dibujado como un hombre.

Mi primer movimiento fue el de extraer la pistola de la mesa de noche. En este momento “León” se dividió. No parecía sino que había mil perros, todos envueltos en aquella luz. Me enloquecían los ladridos y los quejidos de lo que yo creía un hombre. Jamás en mi vida sentí nada igual a lo que por mí pasó. Estoy seguro de que eso no duró más de un segundo; tal vez ni tanto. A pesar de ello, yo conozco que no dormía, y sé, además, que soy un hombre completamente normal. No puede decirse que fuera alucinación, ya que no pensé un momento en “León”, ni al acostarme, ni después. Envolviendo esa normalidad mía está el hecho de que nunca fui un creyente, de que jamás presencié un experimento de índole parecida. Medio loco de miedo apreté el conmutador-pera de mi cama. Creo que de haber operado de acuerdo con mis nervios hubiese descargado mi pistola, lo que habría acarreado un escándalo en la vecindad.

Una vez echa la luz, toda esa maldita visión desapareció como por encanto. Sin embargo, esperé bastante tiempo antes de apagarla de nuevo. Sabía bien que lo visto no era una cosa común ni una exaltación, debida, tal vez, a la función que acababa de presenciar junto con mi amigo Edward, la que por cierto había removido mi dormida sensibilidad.

Tuve, sí, una especie de inspiración antes de volver a acostarme: me dirijí al pasillo donde tenía al perro desde su desahucio. “León” estaba perfectamente muerto. Guardaba la misma posición que si hubiera tratado de atacar a alguien, en su último momento. Por su frialdad colegí que llevaba cerca de una hora sin vida. El caso, tal como se aparecía ahora, era para volver loco a cualquiera; pero haciendo un gran esfuerzo de voluntad, quité importancia al asunto y volví a mi cama preocupado con la idea de levantarme temprano para atender a una cita que tenía con Mortimer a las nueve de la mañana.

A las siete y media, en el momento en que salía del baño, sonó el teléfono. Era Edward quien hablaba. La voz me parecía algo débil.

—Necesito que vengas inmediatamente. Me acaba de suceder algo muy extraño.

Tratándose de un buen amigo, no podía negar mi presencia, aun en la posibilidad de no atender debidamente a Mortimer.

Tenía, pues, hora y media, durante la cual era necesario vestirme, ir a la calle ochentitrés, ayudar a Rose en lo que me fuera posible y encaminarme hasta la oficina del periódico para cumplir con la cita.

En el camino traté de adivinar qué cosa preocupaba a Edward hasta el extremo de necesitar mi ayuda. No encontré en nuestros comunes asuntos, nada que pudiera llegar hasta la gravedad. Sin embargo, acepto que me asustó sobremanera hallar a Edward tendido en una cama y vendado en los brazos, en las piernas, en el pecho, y en qué se yo cuántas partes más. Sobre una mesilla blanca había algodón, gasa, mercurio cromo y otras diabluras de esas utilizables en una primera cura. El doctor, un hombrecillo con gafas, viejo, delgado y enfundado en ropa negra, parecía muy extrañado. Mi amigo debió leerme el asombro en los ojos, porque antes de que hiciera la consabida pregunta, me dijo, medio sonreído:

—Tu perro, querido. Si cuento éste me creerán loco: anoche soñé que iba a buscarte. Al llegar a tu puerta fui atacado por un can y luego por cientos de ellos. Creí que era una pesadilla. Desperté dando gritos y al hacer luz noté que estaba mordido: se aprovecharon bien los condenados. Mira: trentiséis dentelladas en todo el cuerpo.

Aquel medicucho insignificante pensaba en que Edward estaba loco. Se le estaba viendo en la cara el asombro. Yo, al contrario, estaba seguro de la verdad que hablaba ese endiablado de Edward Lose, quien a pesar de sus heridas, tuvo humor para darme una palmadita en el hombro, al tiempo de decirme:

—No puedes quejarte. Tienes unos guardianes admirables, querido.

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.- Bobié
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, No. 68, Santo Domingo, 28 de noviembre de 1931, p.11.]

Está como una estatua. Tiene los ojos desparramados por toda la faz. Quiere ver, quiere ver. En la gran llanura, pintada de verde una figura pequeñita. Va separando la yerba alta. Y siempre de espaldas, como si estuviera empeñado en no mirar atrás.

Hay trechos en que aquella mancha blanquecina se hunde entre arbustos. Reaparece luego, cada vez más pequeña. Alguien está vaciando cántaros de sol sobre el paisaje. Vive en cada hoja y se rompe en esas piedras descomunales, puestas allí Dios sabe desde cuándo.

Papito siente una rara emoción. No son ganas de llorar, no. Es como si Bobié se llevara algo suyo. Tal vez esté caminando con sus propios pies. Y Bobié debe suponer que Papito está aquí como una estatua, con los ojos regados en toda la cara, viéndole marchar, viéndole dejar atrás tierra. ¿Por qué entonces no se vuelve y agita una mano para decirle adiós, a él, sólo a él?

Y aquellas manos sólo se mueven para separar las altas yerbas. No se levanta una, que peine el sol, que marque un signo cualquiera.

La mancha blanquecina se hace cada vez más menuda, hasta que se disuelve por completo en el fondo; Bobié se ha perdido. Bobié se llevó los pies de Papito. Bobié se desprendió de la tierra negra y pronto hollará caminos desconocidos. Sólo Dios sabe cuándo volverá Bobié.

Papito está como una estatua, de brazos cruzados en la misma cima del cerro, bañado en sol. Algo suyo se llevó el hermano. A él le pareció que eran los pies.

***

Este día es una copia de aquel: sol, sol. Las piedras duermen todavía. Hubo sequía, mas, han reverdecido los árboles ya. Es el tono verde de entonces éste que ahora se ve en la llanura. Y la misma mano vacía luz sobre el paisaje.

Apareció una mancha gris que se movía. Venía separando con los brazos las altas yerbas. Ayer no volvió la cara; tampoco hoy. Sólo el cerro se acurruca en los ojos de esa mancha gris. Papito no está sobre el cerro para verlo volver. Hay cosas que no han cambiado; otras sí. Por ejemplo, el día es igual y es igual el paisaje. El ansia de volver es aquella de alejarse. Pero Papito falta. Debiera estar ahora sobre la cima, bañado en sol, con los brazos cruzados, como un viejo ídolo.

Tampoco estaban estos árboles altos. Peinan el cielo azul, antes de que se combe para pegarse a tierra. Son pinceles que destiñen. Parece menos azul el cielo, junto a sus cuerpos oscuros. Eran sí; pero han crecido demasiado y se ven distintos.

La mancha gris se acerca. Por las curvas de la vereda avanza. No vuelve la cara porque no quiere ver qué cantidad de tierra deja.

El cerro va. Menester es doblar el cuerpo. Trae sobre la espalda un fardo de sol y la cima acurrucada en el fondo de los ojos.


Se cansa. Es afanosa la respiración. Se mete en los pulmones toda la llanura: el pino, el pomo, el guayabo; y hasta el olor de esterilla de un mulo retozón que viene. También huele el hombre que le sigue. Es como a enramada, al atardecer, cuando se van descargando los caballos.

—Aburito…

—Abur…

¿Quién será? Es probable que naciera cerca de su casa; quizá si ahijado de su “taita”. ¡Pero, tamaña memoria se necesita para recordar a los tantos años caras que han cambiado!

Ahora, con el cerro detrás y cobijado de magueyes, no hay tanta rotura de sol. Debe estar descansando debajo de las hojas.

Todo esto es muy distinto a lo otro. En la ciudad no había tierra negra, tierra húmeda. ¡Aquel mar, en cambio! ¡Siempre tan intranquilo, con un modo de ser nuevo cada día!

¡A devolverle los pies a Papito! Se va azorar cuando le cuente lo que ha visto.

—¡Qué abrazo le daré! —se dice.

Tiene la cabeza llena de paisajes, de ratos alegres. En éste no recuerda los momentos de hambre. Ni aquellos meses de lucha, descargando vapores, con mala paga. ¿Y quién diablos le hace coger un machete ahora? Un hombre que ha visto mundo no se encierra así como así, en estos campos aburridos. ¡Qué la potranca tiene gusanos! ¡Quiera Dios que caiga “manque” sea una “moñinita” a ver si sembramos el maíz! ¡No hombre, no! Ya él ha corrido mucho. Si hubiera luz eléctrica, siquiera…

Aquí le coje de sorpresa el techo de un bohío. Son unas aguas negras. ¡Caramba, pero si es el de su hermano! Toda su emoción se traduce en una sonrisa lenta y en que apura un poquitín el paso. Vuelta a torcer del camino; pero la había visto ya. Parecía que cantaba el bosque. Por allí cerca bailaban muchachas acompañándose con gritos alegres. ¡Se baila en todas partes cuando lo quiere el alma!

¡La casa, la casa! Una carrerita y adentro. Cerca, el humo de alguna hoguera se espiralizaba. Ascendía tan azul que parecía un chorro de cielo cayendo por alguna brecha.

¡La casa, la casa!

Fue volteando para encontrarla de frente. ¿Cerrada? Estaba cerrada como de muchos años. ¿Y esto? Miró mejor y entonces encontró la explicación: había una cruz, ennegrecida por la lluvia. Por eso no estaba Papito sobre el cerro, esperando la vuelta, bañado en sol.

Sonó un fuete, y a poco, pisadas de caballos o de mulos. Pasó el dorso de su mano derecha por los ojos para secarse unas gotitas de aguas saladas que le mojaban las mejillas, y dijo en alta voz, al tiempo de romper a andar:

—Vale más que no me vean.

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.- Por qué enloqueció el profesor Lesbein
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, No. 75, Santo Domingo, 16 de enero de 1932, pp.8-9.]

El hombre debe tener talento hasta para saber despreocuparse a tiempo. Yo, por ejemplo, después de lo sucedido al Profesor Lesbein, no soy capaz de mortificarme por las cosas que no tienen remedio. Tampoco me atrevería a tratar, de golpe y porrazo, de desentrañar ningún misterio, como el de la creación, pongo por caso. Si Lesbein se hubiese sacudido, saliendo del círculo vicioso que él mismo se trazó, y hubiera olvidado a su partenaire, importándole poco el lugar del espacio que ella escogió para permanecer, no habría enloquecido. Y él no tenía motivos para interesarse tanto por la horrible mujer esa. Todos sabemos que nunca la quiso. Regularmente le pegaba antes de comida y después de comida, antes de trabajar y después de trabajar.

—Es un pobre animal de Dios —respondía cuando le echábamos en cara su crueldad. Y no le faltaba razón, porque Mary era de lo más insulso que pueda encontrarse en la tierra. Además, cuando reía, como lo hacía de un modo mecánico y su boca no tenía medida posible, por lo grande, producía la impresión de que se había fugado de alguna tumba. Sí, eso es: un cadáver con sólo la piel. Ni más ni menos.

Entre muchas que se presentaron, alguna media hora después de haberse publicado el aviso, Lesbein escogió a Mary porque era delgadita y podía “desaparecer” sin temor de que rompiera las cajas. Claro, que eso le decía él. Yo he creído siempre otra cosa: Lesbein, hombre vivo, vio en ella la más fácil de explotar. Con poco trabajo haría las veces de partenaire y de mujer sin cobrar un centavo, al fin de cuentas. Y nadie me hará dejar de seguir creyéndolo.

Los dueños del parque estaban satisfechísimos con el Profesor. Su espectáculo, denominado pomposamente “El Palacio del Misterio”, atraía una considerable cantidad de público. Él trabajaba a las mil maravillas, tanto, que muchas veces, empresarios teatrales hiciéronle buenas ofertas por una o dos funciones; pero Prombair, el gerente de aquel conjunto de atracciones, dándose cuenta del beneficio que le significaba, habíale enredado con un contrato a larguísimo tiempo. Prombair y Caller cobraban el cincuenta por ciento de las entradas brutas que se hicieran en “El Palacio del Misterio”.

Lesbein tenía cinco números: El Suplicio Indio, La Decapitación, La Levitación Hipnótica, El Gabinete Chino y uno que él decía ser de su creación, La Cremación Humana. Agréguese a esto, una grandísima cantidad de juegos de manos, todos limpiamente ejecutados, con los cuales entretenía y atraía al público a la vez.

Lesbein gritaba, quemaba fuegos de artificio, decía retruécanos acertados y lograba meter público en su apartado.

En cada plaza nueva, el prestidigitador obligaba a la empresa de gastos a fabricarle casi un edificio. Argumentaba para ello que sus trabajos no debían ser vistos desde fuera, ya que si notaban sus trampas todo el parque quedaba desacreditado desde el primer día. Y como quien no desea hacer gastar mucho, explicaba como se consigue, con hojas de cinc, cerrar completamente el recinto, sin dejar resquicio para curiosos. Lo terrible del asunto sucedía cuando, una vez, al parecer, terminado el cuadro, suplicaba, lloraba, y en último caso exigía un techo para su ostentoso palacio.

—Un poco de aire que entre, y se dañó mi espectáculo —decía; bueno, hay que convenir en que Lesbein era un perfecto cínico. No he tratado en mi vida un hombre tan descarado. A pesar de lo simpático, instruido y chistoso, tenía un no se qué duro en el rostro. Caller, cuando se encontraba de buen humor, lo cual no era habitual, le decía “cara de cemento armado”. “Portugal face”, según sus propias palabras.

Todo parecía sonreírle al Profesor: ganaba mucho dinero, las mujeres más o menos livianas se volvían locas por él, estaba en salud; en fin, se consideraba un hombre feliz. Pero hete aquí, que de buenas a primeras se le presenta la tragedia:

El domingo Lesbein se empeñó en pegar a Mary más que de costumbre. Cuando llegaron al lugar donde estaba emplazado el parque, ella iba compungida; él, en cambio, sonreía como siempre. Nosotros notamos los cardenales en los brazos de la pobre mujer y Prombair, borracho desde la tarde, dijo en alta voz, a un grupo de empleados:

—Mary tiene hoy un ojo a la funerala.

Habiéndolo dicho el jefe, el único camino era reír. Hubo quien sufriera dolores de vientre como resultado de tanta hilaridad. Yo me sentí un poco molesto, y antes de que comenzara su trabajo, llamé la atención de la muchacha.

—Ese canalla me ha pegado otra vez; pero le pesará —me dijo.

Por vez primera, al cabo de tanto tiempo de trabajar a su lado, noté que tenía firmeza en los ojos. El cabello, algo rubio, le brillaba de modo especial. Desde entonces tengo la costumbre de mirar la cabeza de una persona, cuando ella esté de malhumor. Pero volviendo a Mary, lo más chocante para mí, fue su sonrisa, una sonrisa maligna.

A pesar de que el Profesor se merecía bien cualquier cosa, me pareció prudente llamarle la atención:

—Esa mujer puede jugarte una trastada. Cuídate —le previne.

Me contestó lo que esperaba:

—No es más que un pobre animalito de Dios.

—¡Cinco grandes espectáculos por veinte centavos! —gritaba— ¡Cincoooo!

La gente se fue agrupando.

—Queremos, por ejemplo, convertir este as de oros en caballo de copas, ¿no es eso? —decía Lesbein—. Pues con toda sencillez, tenemos que comenzar borrando el as de naipe. ¿Lo ven? Ahora pasamos a escribir o estampar el caballo de copas en ese fondo blanco. Así, rápidamente. ¡Eso es!

—¡Cinco grandes espectáculos! ¡Cincooo!! ¡Única oportunidad en su vida! ¡Cincooo...!

Yo no tenía que hacer hasta una media hora después, y aunque estaba aburrido de ver a Lesbein engañar la gente, pasé a hacer tiempo en la primera tanda.

El público se maravillaba con esas ilusiones tan limpiamente ejecutadas. Ya había presentado El Suplicio Indio, La Decapitación Hipnótica y El Gabinete Chino. Faltaba nada más La Cremación Humana, el número cumbre del espectáculo. Y efectivamente, lo hacía de un modo magistral. Consistía dicho número en subir a Mary a una mesa, la cual tenía cinco patas. Una vez sobre el tablado, el Profesor tiraba de un cordón y la mujer quedaba envuelta por un cartucho de tela. Se veía fuego dentro de la cortina, se dejaba caer ésta, y la mujer no estaba. Aquello asombraba a las buenas gentes del pueblo. Lo que no sabían ellos, es que de las dos últimas patas hasta la del centro, había dos cristales, los cuales encubrían el cajón en el que se escondía Mary. Esta incertidumbre del público aprovechaba Lesbein para decir:

—Si alguien de los aquí presentes tiene una suegra no muy amable, por poco dinero me comprometo a hacerla desaparecer.

Palabras que provocaban hilaridad en el respetable.

Pero esa noche, cuando el mago levantó de nuevo su cartucho de tela y lo dejó caer, seguro de que Mary aparecería, como de costumbre, acabando de asombrar a los circunstantes, tuvo un momento de rabia: al bajar la envoltura, su partenaire no apareció.

—Cien patadas se gana esta noche la burra esa —juró entre dientes.

—Pueden ustedes salir. Ha quedado terminado el espectáculo.

El último no había atravesado la puerta y ya Lesbein estaba sobre la mesa.

—¡Pedazo de animal! ¡Si me corto me echas a perder la noche!

De súbito el Profesor se volvió a mí. Tenía los ojos enormemente abiertos y parecía de piedra.

—¡Mary no está aquí!

—Se habrá quemado de veras —argüí por decir algo.

Dio un salto de gimnasta consumado. Corrió como la luz y sujetó al portero por las solapas.

—¿Cuándo salió Mary? —preguntole.

Yo di la vuelta por ver si tras la cortina que envolvía la mesa estaba la mujer.

—Quizá se mareó con el humo, al quemar la pólvora —pensé.

Pero Mary no estaba allí.

El portero parecía atontado.

—¡Le juro que no ha pasado por esta puerta, Lesbein!

Aquello ya se ponía serio. Como un loco, el Profesor corrió por entre sus aparatos. Parecía un perro de presa.

—¿Qué quiere decir esto? ¡Si sólo tú y yo estábamos aquí!

Por toda contestación, me encogí de hombros.

—¡Vete, corre a la salida y pregunta si se ha ido!

En la salida me dijeron que no. Sentí un especial placer al comunicárselo así. No sé por qué diablos me alegraba de que Mary hubiese desaparecido.

Una hora justa buscando a la dichosa mujer. Lesbein corría de un lado a otro. Ya no era en “El Palacio del Misterio”; preguntábamos a todos los aparatos. Tal vez estuviera en la “Chicago Weel” dando alguna vuelta. Pero no hubo modo de localizarla.

Caller llegó hasta Lesbein.

—El público se va y Ud. no trabaja —regañó.

—¡Si se me ha desaparecido la mujer! —gemía él como un niño.

Caller comenzó a sonreír de un modo escéptico.

Prombair apareció haciendo eses. Tenía todo el pelo, por debajo del sombrero, caído sobre la frente y los labios abultados. Se notaba de lejos que llevaba en el cuerpo más de dos litros de whisky.

—Prombair, Mary desapareció —le notificó el Profesor.

Y el jefe, en su borrachera, contestó:

—Dale parte a la policía.

Aquello pareció ser una idea genial. Quince minutos después, la policía andaba a la búsqueda de una mujer delgada, rubia y de estatura mediana.

En el parque no se tomó el asunto en serio. Los muchachos reían con amplia incredulidad; pero cuando dos de ellos, acompañados de Dorothy, fueron hasta “El Palacio del Misterio”, casi no pudieron entrar: se respiraba allí un olor a carne quemada, asfixiante.

Esa fue la causa por la cual tuvimos que desprendernos de Lesbein y dejarlo en la próxima plaza. Aun tuvo suerte porque se quedó interno en un manicomio. A mí, por ejemplo, no me preocupará tanto una desaparición, después de tan triste experiencia.

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.- Noche Buena
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, N° 74, Santo Domingo, enero, 1932, pp.19-21.]

Hay algo peor que el sol en esta llanura tostada; algo más atosigante que la arenilla candente; algo más torturador que las espinas de las aromas. La sed es menos recia que aquello; y aquello es el silencio.

A mediodía duelen los ojos de sol. Nadie se plantaría en indeterminado sitio con ellos abiertos. El cielo es tan sólo un infinito lleno de luz blanca. Y sin embargo, es peor aún estar dentro el bohío, vivir tres hombres entre unas paredes de barro y mirarse como enemigos.

Chú no puede sufrirlo. Le pesa el silencio de un modo abrumador. No cambian una sonrisa, ni una palabra, ni un gesto fraternal. El sol ha muerto la alegría en estos hombres. Al principio charlaban y blasfemaban cuando se les pegaban las camisas a la piel; después el sudor los puso hediondos y de mal humor.

En este mismo momento no se mueve una paja. Toda la llanura ansía aire y el aire nunca llega. Chú adivina el entrecejo rudo que tiene Sebastián. Va y viene, se tira en una silla, torna a levantarse. Clava los ojos en la tierra y no los alza en todo un día. Habla nada más que para decir:

—¡Tamaña maldición!

Escupe en aquella tierra ávida de agua y se prende del calabazo como un becerro. Antes procuraba beber menos con el fin de que alcanzara para todos; pero ahora sólo piensa en él.

Cheché también es callado; pero Cheché no carga tanto. Muy dulce, muy conforme. Cuando viene de la loma trae tabaco y al anochecer dice algo, por ejemplo:

—Chú, los frijoles no se darán. Ya los plátanos están creciditos.

Y se acuerda del agua.

—Aquí está este calabazo. Procuremos que dure hasta el lunes.

Luego se tiende en la hamaca, enciende el cachimbo de barro y se duerme del mismo modo que si estuviera en tierra suya.

Chú piensa en todas estas cosas y en el lugar donde naciera, tan distinto. Hoy estarían ellos mismos arreglando la gallera para el baile de Noche Buena. Sebastián charlaría, tomaría tragos y estaría gritando:

—Yo quiero una pierna entera del puerco. ¡“Cuidao” con hacerme coca, que a mí me “jié” un ojo!

¡Ah! ¡Qué cara les cuesta esta Línea! ¡Qué cara! ¡Si debieron haberse muerto el día que pensaron venir! ¡Esos condenados del gobierno tuvieron la culpa! ¡Engañando a hombres trabajadores con el cuento de que regalaban las tierras y de que los frutos se daban mejores! ¿Adónde están las rigolas mentadas, adónde están?

Aquí va ahogarse de desesperación, va ahogarse. Mañana mismo lo deja todo y vuelve a lo suyo, a lo conocido.

¡El sol! ¡El sol! ¡Días y días caminando leguas y leguas por una tierra abrasada, del rancho a las lomas y de las lomas al rancho! ¿Por qué no les permitieron poner sus bohíos en los conucos?

¡Y esto es una Noche Buena! ¡Esto! La casa está llena de luz y de silencio. Sebastián no habla. Sebastián no levanta los ojos de la tierra. Cheché no habla. Cheché duerme en su hamaca. ¡Sol y silencio! ¡Silencio y sol!

Chú tiene rabia, deseos de matar. Cojerá el machete y asesinará a Sebastián y a Cheché. Así no le mirarán a los pies, coléricos y callados. Así no tendrá la desesperación de horas y horas sin oír una palabra.

Ahí tienen esa carretera, ahí, a la puerta del bohío. ¿Y qué? ¿Para qué sirve este camino ancho, polvoriento?

—¡Yo me voy! ¡Me voy! —grita enloquecido.

Sebastián ha vuelto la cara para mirarle; pero ni media palabra. Sólo aquellos ojos cargados con el entrecejo.

Toma el machete, cuyo hierro arde, de junto a la puerta y sale a la carretera. Allá, muy lejos, muy lejos, hay unas palmas quietas. Devuelven luz las pencas que no conocen el aire.

Toma la ruta de la loma. Los pies descalzos se queman con la tierra. Deja caer los párpados porque le deslumbra el sol. Mediodía y lo mismo que el amanecer y el anochecer. Venticuatro de diciembre y lo mismo que cualquier veinticuatro del año. El sol tendido sobre toda la tierra y ésta quebrándose. ¡Y en la llanura el silencio! Daría media vida por oír un acordeón o ver pasar una mujer con flores en el pelo. ¡Ah, si topara con una hembra! ¡Sobre el camino ardiente la forzaba!

Chú debe tener los ojos hinchados de rabia. Ha llegado hasta la quebrada, una especie de canal eternamente seco, sin lodo, siquiera. Comenzó a bajar. Quiso detenerse un momento, algo calmado, porque aquel canal estaba orillado con algunos arbustos espinosos; y parece que se enredó con sus propios pies. Fue rodando hasta el fondo y sintió un dolor enloquecedor en la pierna derecha. Trató de levantarse y lanzó un grito horrible. ¡Oh, la mueca de una cara acostumbrada a sufrir! Retumbó el grito por toda la quebrada, tal vez subió a la llanura. Por allí se quedó esa voz fuerte, dolorosa, sin llegar a oídos de animal o persona. Un hombre, como un punto insignificante, perdido bajo el sol y sobre la arena, gritó toda su vida y nadie contestó. Nadie. Nadie…

Chú vio como las cosas perdieron su color y como una fuga de tierra, de cambronales, de piedras, hacia el sol, hacia lo alto; y sintió que se le quemaba la piel al contacto de la tierra árida. Al atardecer fue volviendo en sí. La pierna estaba rota y no podía andar. Sobre su cabeza revoloteaban a distancia, algunos cuervos. Quiso arrastrarse, procuró agarrarse a los hierbajos; pero la pierna quebrada era un lastre imposible. Allí, solo, abandonado, iba a morir, sin duda. Recordó su casa, la alegría de los hombres en este día. Las lágrimas iban mojando el suelo. Dobló la cabeza, nada más, resignado. Arriba rondaban los cuervos. Iba a ponerse el sol y comenzaría la humanidad a celebrar la Noche Buena…

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.- Cosas del mar
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, Nº 97, Santo Domingo, 18 de junio de 1932, p.17.]

—¡Demonios! ¿No queréis creerme? ¡A mí me han salido estos (y se golpeó los dientes con el índice derecho) bregando con ese maldito mar! —tronó.

Andrés pensó que el viejo tenía razón y lo hubiese expresado así, pero tuvo miedo de Salgert que lo miraba con aquellos ojos tan claros y tan burlones.

Salgert es extranjero. Nadie sabe de qué lejana tierra ha venido. Habla con acento nórdico, tiene anchas espaldas y unas manazas, unas manazas…

Ahora está tendido boca abajo, con la barbilla apoyada en el antebrazo izquierdo. De pronto hace un movimiento de lado y se sienta. Del bolsillo de la camisa, con mucha lentitud, extrae la vejiga del tabaco y la pipa. También esta última es de otra tierra. Ya está cubierta de costra, hedionda; pero Vittorio recuerda bien el día que la vio por vez primera, porque él miró antes que al dueño, la pipa; luego aquellos dientes parejos, amarillos, dientes de hombre enérgico y descuidado. Después, Salgert hizo su barraca, trajo
redes y bote y se quedó en la playa como si toda su vida hubiera transcurrido en ella.

Va llenando su pipa. Lo hace con cariño, lentamente. Como es zurdo atraca el tabaco con ese pulgar.

—¿Me prestas tu mechero, Miguel?

El aludido casi no hace movimientos para dárselo. Acostado boca arriba, con los ojos entrecerrados, piensa en aquella muchacha rubia y esbelta que vino a la playa un día. Vestía de blanco y el terral le peinaba el traje y los cabellos cortos, como hace ahora el norte con el viejo árbol. Entonces era el verano y la playa estaba tan azul como sus ojos.

—¿Cómo se llamaría, cómo…?

La voz del viejo, colérica, lo saca de su ensimismamiento:

—¡Os lo digo yo! —¡Diablos!— ¿De qué me sirven estas canas? —Y al quitarse la gorra para que todos vean una vez más su cabeza blanca, lo hace como, si estando clavada, quisiera arrancarla de un tirón. Después apoya la espalda en el casco junto al cual está sentado y se queda mirando al mar que sigue bramando, bramando.

Los ojos del abuelo son pequeñitos y de un azul fuerte. Apenas si tiene cejas y las pocas son tan rubias que no se ven.

—Oídme: esto que os voy a contar lo he visto yo, ¿sabéis?

Y a la vez que habla mueve las manos, mueve los pies, mueve la cabeza.

A Salgert, que está ahora sentado, le ríen los ojos por entre el humo de la pipa.

Miguel mira hacia el cielo para ver si aparece un resquicio para el sol; pero el cielo está tan nublado que se diría pintado de gris.

Andrés, Vittorio y Miguelín están oyendo la historia del abuelo, cosas sucedidas en otro país, que también él ha visto extrañas tierras. Cuando éste acaba, Vittorio, acariciándose la barbilla, alega:

—Tal vez tengas razón, viejo; pero no seré yo el idiota.

—Sin embargo —formula el abuelo en voz baja— van cuatro días sin provecho.

Miguelín tiene los ojos perdidos. Parece que mira hacia adentro. Se está muy callado, muy callado y hace rayas en la arena con el pie desnudo.

Salgert se levanta. Dice algo como para sí. Acaso una de aquellas burlas que hacen rabiar tanto a Andrés. Se va, meciendo el cuerpo, la pipa entre los dientes.

Miguel se incorpora también. El último en el grupo es el abuelo, que de seguro está rumiando todavía sus recuerdos.

Al volver a las barracas van todos con ese paso tardo de los hombres de mar cuando hay mal tiempo.

***

En las casuchas hay tan poca luz, que no se explica como Ana, la suegra de Vittorio, puede coser siendo, como es, medio ciega.

Salgert se ha quedado a la entrada de la suya llenando todo el vano de la puerta con su cuerpo gigante.

Está viendo ahora, como si no le viera, al viejo árbol que el norte inclina arrancándole hojas.

En la última barraca, hacia el camino, el viejo está sentado sobre una caja y tamborilea en ella con los dedos. Miguelín, en cuclillas, en el rincón opuesto. Es mucho ver si acaso se le ve el blanco de los ojos.

—¿Es decir, abuelo —pregunta—, que el mar estará así hasta que se trague a uno?

El viejo se siente alegre de encontrar ocasión para reanudar su tema; pero Miguelín, de súbito, se pone en pie; va hacia la puerta y se apoya en el marco. Se diría que está preocupado, por lo bajo de la cabeza y la tranquilidad de las manos embolsilladas. Camina luego hacia fuera y no va tirando la arena con sus pies desnudos, como antes.

***

El primero en darse cuenta fue Salgert. Había salido para sentarse en la roca, él no sabía por qué.

Y se impresionó. Se impresionó tanto, que al agarrar la pipa la trituró entre los dedazos.

—¡Miguel! ¡Miguelín! —gritó.

Pero el niño no hizo caso. Estaba de pie, en medio del bote, con los brazos abiertos como si tratara de agarrarse a las olas.

Salgert quiso tirarse al mar, quiso correr hacia las barracas y con una voz terrible, hinchada de emoción, gritaba:

—¡Abuelo! ¡Andrés! ¡Vittorio! ¡Miguel! ¡Una cuerda! ¡Una cuerda! ¡Miguelín se ahoga!

Era tarde, muy tarde ya.

Cuando los hombres vinieron y llegaron las mujeres, pálidas y nerviosas, apenas si pudieron ver el vientre del bote que se hundía y una mano de Miguelín agarrotada de miedo.

Agrupados sobre la peña, lloraban. Solo el viejo, emocionado pero tranquilo, ve con aquellos ojos pequeñitos hacia el cielo, por donde mañana deberá salir el sol.

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.- Los vencidos
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, N° 77, Santo Domingo, 30 de enero de 1932, p.16. Es a partir de este cuento que Bosch suprime, por sugerencia de Pedro Henríquez Ureña, la E. de Emilio en su firma.]

Todas estas casas, dormidas y de pie, alineadas una junto a la otra como si se estuviesen sujetando, asombran a Sayito. Es lo mismo que si el pueblo hubiese muerto y el alma volado. El cascarón de él sigue ahí. A Sayito le recuerda los cráneos pelados que algunas veces se encuentran en los cementerios: están diseminados, horriblemente olvidados de sí mismos. Y así el pueblo; sólo que estas casas parecen dormidas y duele mucho más saberlas de pie, sujetándose unas a otras, ahitas de silencio y polvo, tratando de empinarse para otear el alma que se les ha escapado.

Al principio, como quien no tiene orientación, Sayito anduvo, anduvo. Iba de una calle a otra, sin explicarse por qué lo hacía. Tenía liviandad. Trataba de decirse algo y no le surgían ideas. Después comenzó a pensar en que habría con seguridad muchas telas de arañas dentro de las casas. Empezó a figurarse una mosca presa, perseguida por esos bichos silenciosos y encrespados. La mosca agitaba las alitas, pataleaba, brillábanle los ojos dolorosamente; podría decirse que la mosca gritaba, con unos impresionantes gritos callados.
Sayito, abrumado, buscó una acera y sentóse. Allí también. La red, maravillosamente bien hecha, se balanceaba. Él la veía con absoluta claridad. El arácnido caminaba sin prisa. Todas sus patas arqueadas apoyábanse en un solo hilo. Los ojillos se reían y también la boca. Era roja y ancha la risa de la boca. ¡Oh…!

Sayito tornó a caminar. Las calles también estaban dormidas. Ya podía él taconear fuerte, que no despertarían. Sobre el corazón sentía un peso, un peso recio y dispuesto a no írsele. ¡Todas estas casas, una detrás de otra, y detrás de aquella, otra más, hasta perderse, y enfrente igual hilera! De noche las casas hablarán, o tal vez no; preferirán estarse quietas, mudas. ¿Para qué hablar? Es una sola la tragedia. Mejor decirla de un golpe: miseria.

Cuando Sayito volvía a su pueblo traía gran alegría. En el camino tuvo miedo de llorar de emoción. Se figuraba los abrazos, el contento de sus compañeros de escuela. Su vida eterna, demasiado vacía de satisfacción y muy llena de desconsuelos, iba a colmarse de un tirón. Pensaba en estarse horas enteras recorriendo sus lugares de juego. Iría a visitar sus profesores. Casi todos estarían cansosos ya; para siempre lo recordarían. Él no olvida una sola cara. Por mucho que desfiguren los años, el afecto adivina algún rasgo perdurable: los ojos, la boca, el modo de caminar. Pero he aquí que sólo encuentra una ciudad muerta. No hay un ruido en toda ella. De vez en vez hay puertas abiertas. Generalmente, junto a esas puertas se ven montones de leña, racimos de guineos colgando del techo, y cajitas abiertas con tela metálica en las que se endurecen dulces de leche, coco y piña.

De todo esto, lo más abrumador es no escuchar llantos o risas de niños. Parece que todos los niños del pueblo están preocupados en esconderse. Ahora es cuando Sayito comprende por qué son necesarias las criaturitas. Cuando cae la tarde, un grupo de ellos jugando animadamente, llenan todo un capítulo de vida. “Dejad que los niños vengan a mí”, dijo el Maestro. Y tenía razón. Pero se ve que por aquí no está el Cristo.

—Habrán envejecido antes de tiempo —piensa Sayito.

Allá, al final de la calle, estaba el río. Él se iba con unos cuantos compañeros a nadar, alborotar, zambullir. Hacían un escándalo padre. Alguno se atrevía a tirarse de diez o doce metros de alto y le miraban como el héroe de la pandilla.

Hasta el río se fue Sayito. Estaba dormido también. Habíase cristalizado el agua y no corría. Más que río semejaba un espejo largo. No era ilusión; Sayito juraba que el agua no corría. En la orilla opuesta se veía una palma. Tenía las pencas derribadas sobre el tronco y el cogollo se caía hacia el Este. Recordó la caza de sigüitas, con escopetas de elásticos. Cortaban una horqueta de guayabo, pequeña, y en cada punta amarraban un pedazo de caucho, unido en sus otros extremos por un trozo de cuero en el que se colocaba la piedra. Los elásticos se extendían con la mano derecha, la horqueta sujetábase con la izquierda, y al soltar, la piedra salía disparada. Aquí, en esta misma palma, solió tumbar docenas de avecillas que venían a picotear el fruto.

Y recordando Sayito aquello, se rodea de un momento en el que le parece vivir. Sonrió al río y a la palma. No ve en ésta el dolor de sus pencas caídas ni recuerda las redes de arañas que probablemente haya en las casas dormidas. Es un vacío, un vacío en el tiempo. Se han detenido las agujas de todos los relojes, asombradas de que Sayito sonreía lo mismo que de niño. Pero sin notarlo, los ojos le han ido resbalando hasta detenerse en una piedra blanca, brillante, como pulida, que se moja los pies en el río.

—Aquí lavaba Efigenia su ropa —se dice.

Y de pronto se retorna a toda la tragedia de su pueblo. Toda una tragedia que puede definirse con esta palabra: miseria.

Y otra vez a deambular. Un letrero apagado, casi ilegible, se balancea bajo un alero. “El porvenir”, reza. Sayito piensa en la ironía de este pedazo de zinc, pintado de un rojo desmayado, con letras azules cubiertas de polvo. El sol le toca en un extremo y es un sol sin pretensiones de vida, quizá sí cansado de alumbrar un cementerio tan grande. Porque la población es eso: un gran cementerio sin zacatecas.

Lejos, pasó una mujer. Daba la impresión de que sus pies no tocaban el suelo. Debía ser una mujer sin brillo en los ojos, sin erección en el cuerpo. Una mujer de la que tenía que haber volado el alma, como en las casas, como en las calles.

Tomó otra dirección. Vio los árboles de la plaza. Estaban crecidos y sombreaban todo el recinto. En su tiempo siempre había alguien en la plaza; quizá ahora también. Y comenzó a pasearla. De pronto, de espaldas, le pareció ver un conocido. No sintió emoción alguna; era un cansado, un gran cansado. Más, aquel hombre volvió el rostro, a las pisadas, y Sayito reconoció a Evelino, compañero de aula. Se detuvo un segundo, sintiendo cómo la sangre le golpeaba en las sienes. Iba a abrir los brazos y salir corriendo para estrecharle; pero Evelino, desde donde estaba, con una voz muerta, le saludó:

—Hola, Sayito.

Y Sayito se quedó clavado en el pavimento de la plaza, deseoso de huir y de llorar.

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.- Los sacrificados
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, N° 78, Santo Domingo, 6 de febrero de 1932, p.4.]

Sólo se oye la respiración del niño. Es un afanoso ventear, una enloquecedora ansia de vida y de oxígeno. Álzase el pecho menudito, cortado de huesos. La naricita, toda afilada… ¡Fiebre de vivir! Los ojos son como dos charcas: quietos, brillantes, esperando allí lo que venga; ojos sin ambiciones, ojos mansos. Son como dos charcas los ojos viejos de este niño.

En el bohío no hay más luz que la de una vela. La cera va entregándose a la llama, frente a las litografías de El Corazón de Jesús y La Altagracia.

Fefa tiene las rodillas en tierra, los brazos alargados en súplica, el cabello despeinado, el cuerpo perdido en un traje rojo, desteñido.

Daniel está en la otra habitación. Toda su vida descansa ahora en la mano, sobre la que apoya su cabeza. Es un sentirse miserable y pequeñito, escondido en la sombra, acurrucado en su dolor. Afuera se bañan las cosas con luz de luna.

Fefa implora:

—¡Sálvemelo, virgencita. Sálvamelo…!

Ñeñe se da cuenta de que se va. Quisiera poder hablar, decir a la mamá que no tenga pena. ¡La muerte! Todo es dormir y que lo dejen respirar bien. Aquí es imposible, como si faltara aire. Siente entrarle por la nariz un calor insufrible, una bocanada de fuego exactamente igual al que se levantaba de las hogueras que formaba con el papá, cuando hacían la “tumba” en la loma.

De pronto la mujer irrumpe en la habitación donde Daniel se diseca, mirando y mirando, mudo frente al dolor, toda la vida echada en la palma de la mano.

—¡Daniel!, ¡Daniel! ¡Ñeñe se está muriendo! ¡Ñeñe, Ñeñe…!

Es esa mujer, enfundada en un traje rojo desteñido, desmelenada, toda huesos, con ojos hundidos y brillantes, quien grita. Se tira de rodillas, abrazada a Daniel por la cintura, y apoyando la cabeza en sus piernas comienza a llorar.

Daniel va pasando la manaza anudada por la frente de su compañera. Siente una congoja, lo mismo que si le apretaran el corazón.

—No llores, Fefa. Lo vas a despertar.

—Pero si se muere… —dice ella muy queda.

Solloza apagadamente, no atreviéndose a gritar. Teme hacer ruido y que la vida, asustada, huya del niño, de Ñeñe, el de los ojos mansos y viejos.

—Búscate un médico —pide con una voz que es soplo.

Y clava en el marido la mirada ansiosa, honda, con un sedimento de desesperación callada.

Un médico, sí. ¿Y adónde? Esto no es más que un lugar desolado, a millas de población. El bohío está aquí lo mismo que una nubecilla sola en un cielo todo azul, con la diferencia de que la tierra es amarga y el cielo dulce. Ñeñe está muy mal, agonizando quizá; pero no hay más camino que dejarlo morir.

—Espérate, Fefa.

Daniel camina en puntillas, aún conociendo que en el suelo apáganse las pisadas. Se va como asustándose de sí mismo. En la habitación está el niño queriendo respirar, abriendo la boca en busca de aire, retozándole en la cara la luz de aquella vela que se deja consumir chisporroteando.

—Atiéndele —dice a la mujer cuando vuelve.

Luego sale del bohío. La luna le enseña toda la llanura. Daniel sabe que nadie podrá salvar a Ñeñe.

***

Está desnudo de medio cuerpo arriba. Los golpes se pierden jadeando por la planicie. Se le ve el torso duro, bravo al amor de la luna.

¡Dum! ¡Dum! ¡Dum!

La tierra es dura y reseca. Daniel tiene cansancio. O no, no es cansancio: algo así como deseos de dormir mucho, de acostarse junto a Ñeñe, abrazarlo y quedarse durmiendo con él.

Allá arriba, la luna va volando olvidada de que Ñeñe, el niño que la quería mucho, vive sus últimos momentos.

Daniel cava. Todo lo que no sea este hoyo no existe para él. Puede ver distintamente cualquier cosa, porque la noche es clara; pero sólo desea mirar la tierra que corta a golpes de pico. Oye un rumor confuso y lejano. Algún auto se está acercando por la carretera, algún auto que pasará por allí y no se detendrá. Brillante le ha vuelto el cuerpo tanto sudar. A distancia debe parecer un fantasma empeñado en maltratar la tierra. Frente a él pasará pronto el automóvil. Nadie podrá suponer que Daniel cava un hoyo para enterrar a Ñeñe, su hijito.

Las lágrimas, unidas al sudor, le caen por la nariz y se pierden en la tierra; pero Daniel no llora por cobardía, sino de desolación. ¡Qué vacía le parecerá la casa sin Ñeñe!

Ya está ahí el automóvil. Se escuchan risas. Dan vivas a los mismos a quienes mañana darán mueras. Álzase una nube de polvo que parece neblina y la carretera se siente trepidar.

Daniel ha dejado el pico descansar un momento. Piensa en esa gente feliz que ha pasado; y de pronto, antes de perderse la marcha del auto, un grito agudo rompió la noche, desde el bohío, como si todo él hubiese gritado. Se fue elevando, elevando, hasta perderse.

Daniel oyó el ruido sordo de un cuerpo que caía dentro del rancho. Sin verlo se figuró claramente al niño muerto, pálido. Fefa parecería que mancha sobre el piso. Y hubo un instante en el que Daniel se sintió no vivir.

***

Vuelta a picar. Arrastrándose hasta anularse, van esos golpes por la llanura.

¡Dum! ¡Dum! ¡Dum!

La tierra sedienta se va tragando el sudor y las lágrimas de Daniel.

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.- Jibijoa
[Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, N° 81, Santo Domingo, 27 de febrero de 1932, pp.12-13.]

Jibijoa se dobló en rapidísimo movimiento y tomó entre sus manos una piedra; sin que la línea del cuerpo se quebrara un segundo, levantó la mano, mas no tiró la piedra. Tenía el brazo en alto y como el sol le desdibujara los perfiles parecía pintura moderna. Se vieron los bombachos esfumarse.

Quizá hubo uno de los muchachos capaz de asomar la cabeza tras la esquina para esconderla inmediatamente; pero no gritaron más:

—¡Jibijoa! ¡Jibijoa!

Y así, como lo hacían, con un doble tonillo que exasperaba a un Santo. Encima batían palmas, acompañándose.

Jibijoa tuvo ganas de marcharse, pero sentía miedo de las voces. Prefirió esperar un momento, porque él estaba seguro de que no se habían dispersado todavía. Luego, cuando estuvo cansado de acechar, dejó caer la piedra y siguió su camino. Se lo tragaron la calle y el sol…

***

En toda persona los ojos se dirijen a un solo punto, en Jibijoa no. Los ojos de Jibijoa tienden paralelas. Se les ve apartados, cada uno buscando algo distante de lo que busca el otro, pero a distancia igual a la de sus órbitas. Además, parece como si eternamente temblaran.

Hay otra cosa impresionante en Jibijoa: su risa. Empieza a reír y lo hace con tal sonoridad que de pronto tiene uno la idea de que las paredes van a caerse como siga pegándoles esa risa agresiva. Es como si se engrosara en sí mismo. Nos va a aplastar la risa gruesa de Jibijoa. Llegará un instante en el que, vuelta una catarata, desbordada, nos ahogará. Vale más huir, huir… porque ahí están los ojos de Jibijoa enterrados en nuestra frente como clavos y la risa de Jibijoa que tumbará sobre nosotros las paredes…

¡Oh!

Jibijoa está sentado y se esfuerza en meter los dedos por entre sus enmarañados cabellos. Quisiera patalear, dar voces, saltar. Indudablemente, este camino es el a seguir: meterse a guardia. De un salto se pone en pie, pega un manotón en la mesa y dice:

—¡Contra! ¡Yo voy a ver si me siguen!

La mamá le envuelve en una mirada lenta y suave. Es negra, vieja, enjuta. Parece la cabeza un copo de algodón manchado con agua de tabaco. Reposa en sus ojos una mansedumbre sin roturas. Habla:

—¿Pero quién te embroma, Jijo? ¿Quién?

—¡Esos malditos! —contesta señalando a cualquier parte.

La madre hace un gesto de perdón; es sencillo, pero tan amplio como el de Jesús al decir las siete palabras. Chasquea los labios, encoje de hombros, y aventura:

—Déjalos. Es por jugar…

—¡No, mamá; no es por jugar! ¡Na má viven diciéndome Jijiboa!

Se ha vuelto a sentar y arruga el entrecejo. Está masticando sus propias palabras. Los músculos de la cara se han endurecido y siente unos deseos locos de patear la cara de una persona, de ver sangre, mucha sangre que le manche las manos, la ropa. ¡Sangre! ¡Mucha sangre! ¡Mucha…!

—¡Pó por eso, por eso mismo! —revienta.

La mamá estaba zurciendo una camisa y levantó la vista. Preguntó luego:

—¿Qué tienes, Jijo?

—¡Que me voy a enganchar en la guardia! Yo voy a ver si me siguen diciendo Jijiboa! ¿No son amarillas las jibijoas? ¡Pó por eso…!

Se fue a grandes zancadas, como temeroso de no llegar a tiempo. Pero la vieja estaba segura de que volvería a cenar.

***

Jibijoa se sentía a gusto; el cuartel gozaba siempre de limpieza y sobre todo, de una luz cernida, medio húmeda y medio seca, que invitaba a dormir. No necesitó de papeles ni de recomendaciones para enganchar. Hasta con otro nombre le hubieran recibido.

Aquella tarde estaba tendido en la cama, boca abajo, con la barbilla apoyada en los brazos. No se puede decir que estuviera pensando en algo, aunque es cierto que al principio se hallaba inquieto; comenzó a abismarse sin saber en qué, y tanto pensó que acabó perdiéndose en una claridad que impedía ver las cosas. Era como si el sol hubiera fundido las figuras colocadas en un llano. Quero, el compañero, lo sacó de ese sopor al decir:

—Échale creolina a esas jormigas. Dipué no te dejan dormir.

Él se incorporó para verlas. Efectivamente: había una infinidad de hormiguitas, amarillas como su uniforme, caminando apresuradamente hacia una de las patas de su cama. Estuvo largo rato con la cabeza descolgada viéndolas ir y venir, y al fin dijo:

—No hacen ná; son boba.

—No lo creas —contestó Quero—. Esa son jibijoa.

Como si tuviera un resorte en el pescuezo, levantó de golpe la cabeza y clavó en Quero aquella terrible mirada paralela. Comenzaron a temblarle los ojos y parecía que estos, huídos de las órbitas, se habían situado en un punto cualquiera de esas líneas que ellos mismos trazaron. Quero no se dio cuenta porque seguía con atención las hormigas. Al cabo señalándolas, confirmó:

—Pican como el diablo. Fíjate que tienen la cabecita colorá. Esa son jibijoa…

Entonces fue cuando volvieron los ojos a su sitio. Jibijoa comprendió que Quero ignoraba el mote. Y se incorporó para buscar creolina.

***

Todos sabían que aquello sucedería. El mismo aire parecía quemante y del silencio salían voces, graves voces que lo iban pregonando. El sol de medio día calcina las cosas y nosotros oímos claramente el chisporrotear a pesar de no ver humo ni llama. Eso mismo sucedía ahora; por ello no impresionó a Jibijoa, ni a nadie.

El motín crecía y movía los músculos, porque no cabe duda de que el motín era un monstruo. Llevaban banderas y los ¡mueras! asustaban las piedras y las nubes. Del cielo a la tierra todo trepidaba cuando pasaban esas voces llenas, vibrantes. No sabía Jibijoa qué pensar. Lo cierto era que tenía en las manos un fusil, bayoneta calada, y que apretaba los dedos contra la culata. Allí estaba él plantado como un muñeco de plomo o madera. Sus dos ojos veían dos cosas distintas: una muchacha que vociferaba y un hombre abanderado; y en el cerebro tenía estas palabras: “Tirar en último caso, pero golpear fuerte con la culata”.

Jibijoa no sintió pena. Vio un instante la cabellera rubia de la muchacha que vociferaba; el viento la desgajaba y despejaba su frente blanca. Fue un golpe dado con mil voluntades. El cráneo hizo: ¡craac!, y la frente se manchó de rojo púrpura.

¿Cómo sucedió? Algo así como un demonio se apoderó de Jibijoa. Un fuego quemaba la piel del rostro. Sentía los pies ligeros y el fusil era liviano, igual que una pajita. Movía los brazos con una agilidad diabólica y le hacía feliz el ruido de los cráneos: ¡crraac! ¡crraac!

Los ojos de Jibijoa veían hombres y mujeres pavoridos, buscando salidas. Algunos se enredaban con banderas caídas y él aprovechaba ese momento para dejar caer sobre ellos su furia. Luego, cuando no hubo a quien golpear, comenzó a poseerle un asco hondo por esas figuritas ridículas que iban pegando los talones a las nalgas. ¿Para qué se sentían antes tan valientes, pues?

Empezó por una sonrisa. No tenía él muchas ganas de reír, pero esa sonrisa se fue engrosando en sí misma, engrosando, engrosando, hasta que acabó llenando sonoramente toda la calle. Hacía temblar la luz del sol, medio rojo, sin duda por la sangre derramada. Entraba por las puertas y llenaba de pavor las casas cerradas. ¡Risa, risa…!

Quero fue quien terminó con ella. Plantándose a su lado dijo:

—Te has portado bien, Pancho. Te ascienden, segurito…

Él se quedó un momento silencioso. Antes no pensó en ascensos; pero ahora, con absoluta claridad vio su vida larga, recta, amarilla. Dos rayas: cabo; tres rayas: sargento; quizá General, y después… ¡quién sabe! Pero inmediatamente volvió a Quero, y contestó.

—Oye, Quero, dime Jibijoa. Así me decía mamá y me gusta má.

En ese instante ordenó una voz:

—¡Firmes!

A poco se oyeron otras órdenes, y se alejaron con pasos iguales, de espaldas al sol…

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.- Bumbo
[Incluido en Camino real (1933) y suprimido en la 2da edición de 1937. Bahoruco, semanario ilustrado. Año II, Nº 90, Santo Domingo, 30 de abril de 1932, pp.11-21.]

—Si no lo hubiera pechao; pero lo peché y ahora no hay remedio…

Cruzó las piernas, dio un “chupón” a su “túbano” y se golpeó la rodilla con la palma de la mano. Creíamos que Bumbo no hablaría más. Tenía cara de cansancio, ojos lánguidos, labios caídos. Bumbo, el más alegre de todos nosotros, soltaba hoy las palabras como si se las “jalaran”.

—Pero tranquilícese, compai —dijo Tiola.

Bumbo nos miró. Tiola despertó en él al Bumbo malicioso, perspicaz. Fue una especie de inspección la que nos hicieron sus ojos. A poco apuntó en la comisura derecha de los labios una tentativa de sonrisa.

—¡Jum! —rezongó.

Finfo estaba tirado en el suelo a todo largo. Parece que le interesó la actitud de Bumbo y se sentó, es decir: puso las nalgas en el suelo. Como es tan “cuajao”, para no dejarse caer otra vez, se agarraba las rodillas con ambos brazos.

—Dipué de tó, uté no ha jecho mal, viejo. En no robando…

Dijo y clavó la mirada en mí, como preguntándome si tenía razón.

Bumbo estaba triste, muy triste. No teníamos luz en la habitación, pero se le notaba la tristeza: se hacían cada vez más largos los espacios entre una y otra chupada. La candela del túbano nos iluminaba intermitentemente, con resplandores rojizos.

En la calle había un arrastrarse de luz eléctrica. Por la ventana, en cambio, se nos colaba la oscuridad a todo cuadro.

***

Finfo ronca, Tiola debe dormir también. Yo no puedo hacerlo, no puedo. Es la primera vez en tantos años que veo pesaroso a Bumbo. Hay aquí poco aire. Si no es poco aire, se trata de algo parecido, porque me siento sofocado. El pecho se me hace muy pequeño; quizá sea que ha crecido esta noche mi corazón.

Bumbo se ha levantado. Le oigo trajinar. Tengo la sensación de que recoge algo.

—¿Qué pasa, Bumbo? —Pregunto.

—Nada, Mano. Toy recogiendo mi tereque.

Esas palabras, dichas con voz suave, me han envuelto, me arropan, me asfixian. Es decir que Bumbo se va. No quiere esperar más; y está triste por eso…

—Oye Bumbo —digo—. Déjalo. Mañana hay tiempo.

—Pero yo quiero dar un cruce y pué ser que venga tarde —contesta.

Hay ahora un rato de silencio. Yo sé que Bumbo está pensando en lo mismo que yo: mañana estaremos alejados. Esta cuerda fraternal, tensa a fuerza de trabajos y alegrías repartidos, se romperá dentro de unas horas. Bumbo no quiere decir adiós y se va esta noche. Dice que volverá. Él y yo lo sabemos que no.

—Mira Bumbo —propongo—, tengo aquí unos clavaos. Larguémonos unos palos.

Me molesta mucho hablar así, sin verle la cara. Tal vez sea mejor, pero quiero saber qué siente Bumbo, qué piensa. ¡Bien que le conocería la idea en los ojos!

Pasa un largo rato antes de que responda. Yo estoy medio incorporado en el catre, acechando su voz, como si quisiera
atraparla en el trayecto.

—Bueno… —contesta con voz ronca.

Inmediatamente dice:

—Prende la vela.

La luz comienza a bailar en su extremo. De vez en vez aleja la sombra del rincón donde duerme Finfo. Se le ve la cara brillante, como aceitada.

Finfo es un buen muchacho: sufrido como burro, compañero cordial y fiel. Tiene con él a Tiola, la mamá, una viejecita tranquila que nos lava la ropa y nos cuida cuando enfermamos.

Bumbo se vestía lentamente y estaba apretándose el cinturón cuando se fijó en Finfo. Entrecerró los ojos y dijo:

—Ñamemo a Finfo.

Yo asiento con un movimiento de cabeza. Me voy a la puerta. Al abrirla entra un aire frío.

Esta noche se ha portado bien la sanidad del cielo.

***

Media botella de nuestro ron favorito, no logra sacarnos el buen humor a flor de piel. Por ejemplo, Bumbo se entretiene en arrancar la etiqueta a pedacitos, Finfo en morderse las uñas y yo en ver la bombilla.

Bebemos como si nos obligaran a hacerlo. Juraría que hoy pica el ron más que nunca.

Al volver el rostro sorprendo en los ojos de Bumbo un asombro de contento; pero bien sé que debe ser lejano, casi perdido. Algún recuerdo que salta neuronas y le envuelve muy lentamente hasta hacerle sonreír. Aprovecho el instante y aventuro:

—Bumbo, ¿cuántos galones de ron nos habremos bebido entre los dos?

Y a Bumbo le surgió el alma a los dientes blancos y grandes y se le arrugaron las comisuras de los ojos al hacer un amplio gesto de satisfacción.

—¡Traiga otra media! —ordenó en alta voz.

Bumbo entonces como si nos hablara de muy lejos, con palabras lentas y metal sonoro, dice:

—Me taba acordando del banilejo. ¡Pobre Joyobita! ¡Tuvo que largarse aburrío!

Y los tres nos vamos por el mismo camino, hasta encontrarnos en los días felices y en las brillantes ideas traducidas en maldades para Joyobita.

—Me dijeron que tá en San Pedro cortando caña —ilustró Finfo.

Bumbo se metió en la garganta un trago de tres dedos y dejó huir los ojos hacia la puerta. Llamó con un gesto de la mano derecha. Yo estaba sirviendo más ron y sentí posarse en mi hombro un brazo. Era trigueño.

Fue la primera vez en alegrarme de tener entre nosotros una mujerzuela.

***

Tengo los párpados pesados y me hace daño la claridad. La luz es cernida, lejana y dispersa; pero me hace daño. Cien veces hemos amanecido así, acodados a una mesa mugrosa en estos cafetines de alturas, sin molestarme. Pero hoy tengo dos borracheras: la del ron y la partida de Bumbo.

Finfo tartamudea. Se le enredan las palabras y no sale de esto:

—¡Qué va, viejo! ¡Si uté se va no largamo lo tré!

Yo siento esa voz como si viniera de otra parte que no fuera cercana. Me parece que Finfo está detrás de la pared: suenan sordamente sus palabras. Tal vez tenga en la garganta algo más que alcohol.

—No pué ser, compadre —explica Bumbo—. El viejo me mandó a una deligencia y me fui donde Mongo. Uté sabe que taba grave ayer.

—¿Y por qué no le explicaste la verdad? —argumentó encolerizado.

—No hubo tiempo, Mano. Dende que me vio me ñamó. Me dio un boche y eso no se lo aguanto yo ni a Jesucrito.

—¡Pero fue muy poco! —vocifera Finfo acompañándose de fuertes puñetazos en la mesa—. ¡Yo no toy conforme! ¡Si uté le rompió la boca yo le abro la cabeza!

—Asina son la cosa —dice Bumbo calmosamente— …Si no lo hubiera pechao… —termina con cierta pesadumbre.

Mientras habla acaricia el seno oscuro de la mujerzuela. Ya la luz viene en pequeñas oleadas. Pienso en los “tereques” de Bumbo, amontonados en un rincón; pienso en el patrón grosero, que rompe sin dolor alguno una cuerda fraternal, tensa a fuerza de sufrimientos y alegrías repartidos. No recuerdo mi faena de hoy. La cabeza me da vueltas y la garganta se me llena de algo que sabe a humo.

La mujer sonríe estúpidamente, sin comprender por qué estamos aquí y por qué la mano de Bumbo le acaricia maquinalmente el seno izquierdo, oscuro y carnoso.

Bumbo dice con una voz honda, salida a borbotones:

—Manito, no hay remedio…

Por primera vez en mi vida se me queman los ojos con lágrimas. Son abundantes, hasta mojar la mesa…

El sirviente creerá que se ha derramado el ron.

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.- Los vengadores [Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, N° 87, Santo Domingo, 9 de abril de 1932, p.6 / p.20.]

—¡Ese viejo es un gran sinvergüenza, y tó el que saque la cara por él, un lambón! ¡Como lo oye!

Los ojos de Casimiro se pegaron a su interlocutor. Tan claros estaban con la luz de mediodía, que parecían cristales y no ojos.

—¡Últimamente! ¡Aquí no me mientan más a ese degraciao! -dijo, extendiendo el brazo derecho, como quien señala el camino.

Después, rumiando algo, entró al bohío y se acomodó en una silla cuyo fondo era piel de cabra.

El cachimbo de Casimiro tenía curiosos adornos. Regularmente, un cachimbo de barro no dura arriba de tres meses, pero éste contaba dos años ya. Más de cinco veces habíale puesto nueva raíz. Cuidadosamente, por lo mismo de sentirse tan fuera de sí, lo llenó de legítimo andullo; y para encenderlo púsolo boca abajo, de modo tal, que la llama del fósforo, sin necesidad de esforzarse chupando, cubriera toda la picadura. Luego escupió, pasó un pie sobre el salibazo y cruzó las piernas.

—¡Anda al carááá! —dijo en alta voz, a poco—. Dique ese viejo ladrón metiéndose con un hombre de mi sangre. ¡Concho!

Y se puso en pie.

***

Casimiro trabajaba con el viejo Mendo. Desyerbaba, talaba, ordeñaba, llevaba las vacas al abrevadero. Él mismo, después de cortar la leña en el fondo de los potreros, casi dos kilómetros distanciados, venía por los burros y tornaba con ellos cargados de trozos. Cuando el viejo Mendo consideraba tener demasiada leña para su consumo, mandaba a Casimiro venderla en el pueblo.

—Hay que aprovecharlo todo —decía el patrón.

Y Casimiro partía a pie, precedido por una fila de doce burros viejos, flacos, empeñados en mordisquear cada yerbajo que hubiera en las orillas de la carretera. Al sonar una bocina, Casimiro increpaba a su recua:

—¡Tú, Prieto! ¡Ajílate, condenao!

Y siempre, a la ida o a la vuelta, tenía el alma como de pie en una tembladera. ¡Ay, si por desgracia un auto maltrataba alguno de esos mañosos!

Algunas veces partía de mañana. Era una fiesta entonces. Gustábale ver las “jembras”; con sus flores entre el pelo, montando airosamente en cualquier viejo y gastado animal, tan orondas como si fueran el rucio de don Mendo. ¡Pero la vuelta! ¡La vuelta! ¡Toda una maldición de sol, metido en la carretera como el agua en una zanja! ¡Y los burros, por cansados, empeñados en no caminar sino a pulgadas!

La vida de Casimiro era eso: un eterno trabajar y un eterno temer. ¡Tenía muy malas pulgas el “diache” de viejo Mendo! Por cualquier “caballaíta” armaba unos pleitos padres. Insultaba, gritaba, manoteaba. Una buena condición, en cambio, adornaba a don Mendo: cada quince días, llegaba la noche, llamaba a Casimiro, le entregaba los tres pesos de la quincena y lo retiraba diciendo:

—A las tres de la mañana aquí. Hay que ordeñar.

Jamás pudo Casimiro explicarse tal constancia en recordarle el ordeño. En cuatro años de trabajo, sin faltar un solo día, casi siempre antes de la hora, estaba él al pie de la vaca exprimiendo la ubre, de modo que a las cinco saliera el muchacho con la leche hacia el pueblo. Y en todo el día no cesaba un minuto. En arrimándose la prima, a eso de las ocho, pasaba frente a la puerta y se despedía del viejo, lector incansable:

—Jata mañana, don Mendo.

Ponía las trancas del portón, atravesaba la carretera, y sin oír los cuentos de su mujer se echaba en el catre, incorporándose al rato para lavarse los pies y desnudarse.

***

Esta mañana, cuando descargaba la leña en la enramada, sin explicarse cómo, rompió una angarilla. Cayó sobre ella la otra, y ambas tenían preñez de trozos de pomos. Casimiro se apresuró en terminar para arreglarla; mas el diablo con la persona de don Mendo se metió en la enramada, sin hacer ruido, con aquellas sus malditas pantuflas marrones, con aquel grasiento sombrero negro y con aquellos terribles insultos escondidos ahí mismo, detrás de los labios.

—¡Óigame, óigame! ¿Se cree usté que estoy trabajando día y noche para que venga usté, por puro gusto, a mermar mi hacienda?

—Pero si ha sido sin querer, don Mendo.

—¡A mí no se me contesta, grosero! ¡A mí no se me contesta, negro indecente!

Casimiro sintió que una mano gigantesca le agarró por la cintura y le zarandeó rápidamente. Fue como si le hubiese dado vueltas, pero tan violentas que Casimiro no pudo ver sino un vacío. No estaban allí la enramada, los burros, don Mendo: nada estaba. Y entonces parecióle que la misma mano arrancó su cabeza y la lanzó en un pozo cuyo fondo jamás tocaría.

—¡Indecente es su madre, degraciao!

Y tendió todos los músculos, maravillado de no haber ahorcado al viejo. Pero luego vio el sombrero negro, las pantuflas marrones y una camisa blanca, subiendo los escalones de la casa. Por la ventana, a poco, alguien tiró cinco monedas de medio peso; y la mano de don Mendo, ella sola, como si la hubieran arrancado del cuerpo y clavado en el marco de la ventana, señalaba el portón. Luego sonó una voz:

—Esa es su cuenta. ¡No me pise más aquí!

Casimiro estuvo largo rato de pie, lo mismo que los postes marcadores de kilómetros en la carretera. Al marcharse recogió las monedas, en las que se redondeaba la luz. Ardían…

***

Ya caminaba, ya se sentaba. Tenía en el pecho un fuego quemándole poco a poco. Debían estar calcinadas las costillas. Ponía el cachimbo sobre la mesita y apretábase las manos hasta parecer una de diez dedos. Ahora también iba su cabeza cayendo en un pozo. Y se empeñó en mirar cada una figurita de su cachimbo. Pero he aquí que estando nervioso mete entre los dientes la raíz, casi doce pulgadas larga, comienza a lanzar bocanadas de negruzco humo, aprieta las quijadas, y al quebrarse la raíz cayó el cachimbo. Cien pedacitos de barro calcinado regáronse en el piso. Casimiro, de un salto, empuñó el cuchillo de cocina que dormía en la mesa; corrió hasta la puerta, sintió una llamada como del alma y vio por última vez los pedazos de su cachimbo, entre los que reía la cara del viejo Mendo, con risa de loco.

No fue hombre, no. Una sombra sí; una sombra que cruzó, a medio metro de altura, la carretera. Aquello que corrió no puso pies en tierra. Saltó la talanquera del portón, precisamente cuando el sol hacía caer la proyección de cada uno de los troncos sobre el inmediato inferior. Una mano brillábale lo mismo que si llevara en ella algún dedo de acero. Y luego, aquella sombra saltando con una impresionante agilidad los escalones.

Don Mendo leía y sintió agarrotársele la vista.

—¿Pero me vas a matar tú, Casimiro?

—¡Sí, yo! ¡Yo! ¿Y quién ha de sei, si no yo?

Don Mendo vio un hilo levantarse. Era fino como los de las telarañas. Luego Casimiro escupió:

—¡Toma, maldito! ¡Toma!

Un chorro de sangre, al saltar, manchóle la camisa. Los ojos del patrón comenzaron una huída. Fue como cuando se hiela el agua: pero no hubo en el tiempo una medida capaz de marcar la saciedad del otro. La mano siguió hasta siempre, inexorable…

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.- Los encadenados [Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, N° 93, Santo Domingo, 21 de mayo de 1932, p.6 / p.20.]

Basilio es labriego; pero está reñido con la tierra. Vio, años atrás, unos extranjeros trabajándola y desde entonces la odia. Aquellos extraños tenían tractores para volverla polvo, un húmedo y negro polvo que se apilaba en surcos. ¿Por qué no podía él hacer lo mismo?

Por aquellos días parecía dormido mirando su machete. Vagaba en sus tierras, siempre con ojos alejados y entrecerrados. Soñaba volver tierra limpia toda esa alegría de floresta, verde rabioso, empeñada en poner un matorral por encima de otro. Así cruzado de brazos, se libertaba del sol su recia figura bronceada y parecía roca el perfil.

Basilio era alto, musculoso. Tenía mirada honda y dulce, mirada de castaño claro. Los ojos parecían rasgados de oro. Se veía la luz entrar por esas ranuritas, descansar en el fondo, suave, tranquila. Pero la mirada de Basilio se tornó negra, como si se hubiera negado el sol a entrar por las ventanitas doradas. Habló desde entonces con raras palabras y empleaba sus brazos nervudos en poca cosa: érale corto el tiempo para ver el bohío, contar como haría una casita limpia, techada de zinc, con piso de cemento; y faltábanle horas para plantarse bajo el sol a dejar correr la vista sobre la tierra abandonada que él convertiría en productiva.

Esa tierra, esa misma (porque debe ser igual en todas partes) había proporcionado a los extranjeros el modo de hacerla limpia, enhilada en surcos, desmoronadita y húmeda. ¿Por qué a él no?

Por ello Basilio siente disgusto. Es como si se hubiese criado con privaciones y amor un hijo. Luego, al tiempo de recoger el fruto, el hijo se nos vuelve agrio y se marcha. Se va por los caminos de Dios, con la alforja que nosotros le dimos. A gente desconocida él da pan; sin embargo, tenemos necesidad de pan y el hijo no vuelve sus pasos para tendérnoslo.

Basilio comprende que algo le sujeta a la mala vida. Va a los conucos y torna al bohío. Sentado, empieza a pensar, pensar… Nota, como si lo viera con meridiana claridad, que su vida está sujeta a una gran pared. Esa pared ha sido formada por sus padres, abuelos, tíos. La carne de muchas generaciones se amontonó para formar una mole. Forcejea para librarse; quiere romper esas argollas de hierro que le aprietan los brazos. Las romperá para echar a correr por la llanura amplia, llena de clara luz. Es una batalla sorda, a muerte. Acabará rompiendo en pedazos la gran mole que le sujeta. Tal vez reviente él. Siente los ojos inyectados, como si agolpara en ellos la sangre. Ahora está toda la naturaleza pendiente de la lucha, en que la misma piedra parece apretar la quijada rabiosamente. Sí, esa piedra tiene vida y aprieta la quijada. Se ha detenido el aire; se ha detenido el sol. Hay mil ojos viendo como Basilio se baña en sudor y como se dibujan los bíceps poderosos.

En la amplia llanura llena de luz sucede entonces algo raro: unas figuritas, dobladas bajo grandes pesos, van pasando lentamente, lentamente. Son cientos, miles, millones. Cada uno se dobla dolorido, empeñado en llevar el gran fardo que le balancea en la espalda. Están lejos, demasiado lejos, como al final de la llanura donde se vacía el sol. No ven sus rostros, ni claramente se distinguen los contornos. Sin embargo, se nota que un gran dolor les desespera, tanto hasta parecer resignados.

Basilio creyó que las figuritas le llamaban y en un esfuerzo máximo reventó sus brazos. El dolor fue insufrible y Basilio gritó. Se vieron aquellos hombrecitos detenerse. Levantaron las manos al sol y parecieron más doloridos aún. Estuvieron así un instante, con las manos levantadas, doblados bajo esos fardos que debían pesar abrumadoramente.

Basilio, en un arranque nervioso, se puso en pie. Era una pesadilla todo aquello, sin duda. Mas, lo cierto es que le parecía haberlo vivido. Sentía dolor en los brazos y recordaba los extranjeros que labraban su tierra con tractores.

Basilio llegó hasta su habitación: cuatro paredes, sucias, ennegrecidas, hechas con tablas de palma. Hacia un lado estaba el catre, descansando las cuatro patas en la misma tierra. Por el techo de yaguas, cuando llovía, se cernía el agua. Toda su ropa consistía en los dos pantalones de fuerte azul y las dos camisas de listado que colgaban de clavos, amén de la que llevaba puesta. ¡Ah! Y un sombrero de fieltro, roto, comprado una decena de años antes. ¡Y trabajaba a diario como un animal, sin embargo!

Desde ese día, Basilio comenzó a odiar la tierra. Después fue extendiendo su odio hasta los hombres. Parecía dormido cuando se detenía a ver su único instrumento de trabajo: el machete.

A veces sentía opresión en los brazos. Sin poder evitarlo se palpaba porque le parecía que le apretaban cadenas.

De mañana su figura recia se libraba del sol, pedidos los ojos por la heredad, saltándole la vista de matorral en matorral. Entonces el perfil parecía de roca y en los ojos no había aquella mirada dorada, saliéndose por las ranuritas de oro, mansa, buena, como de niño enfermo.

Basilio es labriego; pero está reñido con la tierra.

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.- Al pie de la horca

Supe que este hombrón endemoniado respondía al nombre de Will porque oí a un compañero llamarle. Cuando se dibujó en la puerta tuve la sana intención de saltarle al pescuezo y ahogarle. Me di cuenta de que con semejantes impulsos no iba a sacar más que una cosa: enloquecer o acabar confesando un crimen no cometido. Por eso me contuve.

—¡Hola, estimado amigo! —rezongó.

Era su táctica. Comenzaba tratándome con un afecto sólo posible en un gran actor. De momento, cuando menos lo esperaba, me espetaba una sarta de gritos e insultos. ¡Y cómo gritaba el muy grosero señor!

Así, esa tarde empezó por darme palmaditas, acariciarme la barbilla y aconsejarme de un modo paternal.

—Lo mejor es que confieses, ¿sabes? Te puedes evitar la horca. Total: unos veinte o treinta años que pasan corriendo. De allí saldrás un hombre nuevo.

Yo hacía un esfuerzo sobrehumano para no contestar a gritos o para no abofetearle. En un caso igual, lo preferible siempre es tener oídos tapiados. Me hacía el distraído tratando de ver los rincones de la celda. La humedad se me agarraba al pecho y comencé a toser.

—¿Ves? Eso sólo conseguirás aquí. Saldrás tísico, muchacho. Decídete a confesar.

Inesperadamente rompió en gritos.

—¡Anda, animal! ¡Desembucha! ¡Voy a estrangularte! ¡Desembucha!

Y extrayendo de un bolsillo del pantalón un pito de alarma se dio con toda su alma a soplarle. Me taladraba el oído ese ruido infernal. Quería cubrirme las orejas con las manos y lo único que conseguía era meterme el hierro de las esposas hasta los huesos de las muñecas.

Un cuarto de hora duró la original tortura. No comprendo cómo logré conservar mi serenidad. Ni una palabra solté. Me daba perfecta cuenta de que no debía hablar ni siquiera para justificarme. Will, al parecer cansado, decidió marcharse. Ya en la puerta, volvió la cara, se quedó mirándome de hito en hito y dirigiéndose al guardia:

—No es el primero. Ya lo ablandaré.

Dijo y se marchó.

Me he quedado solo en una habitación oscura y húmeda, de dos metros cuadrados, más o menos. Siento la columna vertebral como partida. Horas, horas y horas sentado en un cajón, en el mismo centro de la celda, sin poder apoyar la espalda en parte alguna. Estos hierros cortándome las manos.

La esperanza de salir de aquí para la horca. ¡Y con la tranquilidad de saber que yo no asesiné!

—Por alguna parte debe comprobarse mi inocencia —me digo.

Además, he llegado a pensar en la muerte con cierta serenidad. Será mi liberación. Lo que por nada del mundo haré es confesar. No debo, bajo ninguna circunstancia, echarme el estigma de criminal, sobre todo, cuando no se trata de evitarle eso a ninguna persona querida. Si salgo, tendré más cuidado en escoger amigos y casas de huéspedes. Si no, pues a morir con resignación. A fin de cuentas, no hemos venido a este mundo asqueroso más que de visita. Ahora o después nos despedimos y, ¡hasta nunca!

Tales ideas me están bullendo en el cerebro y se me aplacan con el chirriar de la puerta. Quien viene ahora es el otro. No conozco su nombre. Parece más razonable que Will y no se qué agradable hay en su rostro. Viste muy bien, tiene maneras corteses y un porte magnífico. Su plan de ataque, según he podido deducir por mí mismo, es el de ganarse la confianza del acusado. Su modo de persuadir, sencillamente, admirable. Estaría mejor en una embajada que en el Departamento de Investigaciones.

—¿Qué hay de nuevo, muchacho, cómo te sientes? ¿Has razonado bastante sobre lo que te espera? Tú debieras seguir mi consejo. La experiencia vale mucho y aún eres joven. Puede que llegues a ser útil a tus semejantes todavía.

Con este sí que me animo a contestar:

—No puedo confesar un crimen que no he cometido, señor. Me creo con suficiente responsabilidad para, si tengo la desgracia de matar o robar, cargar con las consecuencias.

Esto lo dije con una calma absoluta. No levanté la voz ni supliqué. Lo hice con la mayor sencillez posible.

—Lo creo, muchacho. Lo creo. —replicó vivaz—. Pero probablemente se te haya olvidado. Es un caso corriente. Voy a tratar de rehacer el cuadro y veremos si estás de acuerdo.

Salió y entró a los pocos minutos con una banqueta. Tomó asiento a mi lado y comenzó:

—El miércoles a media tarde tú y Pickman salieron en dirección de los muelles. Tu sabías que él llevaba trescientos pesos y estabas necesitando ese dinero. Como oscureció temprano y comenzó a lloviznar, se encontraron en San Beltrán solos. Aprovechaste ese momento para golpearle en la cabeza, sacarle el dinero y tirarle al agua. Después de cometido el asesinato te arrepentiste y cerraste tu habitación, sin recordarte de comer. ¿No fue así el asunto, muchacho?

—No, señor. Ni robé a Pickman, ni le tiré al agua. ¿Cómo podía hacerlo si el miércoles no salí con él? Él padecía de manía persecutoria y salió cuando me estaba afeitando. Como mi deber de amigo era cuidarle, salí tras sus pasos y no encontrándole marché al cine. Volví preocupado a mi cuarto, pero preocupado por no hallarle en casa a mi vuelta, como esperaba. Esa fue la causa que me obligó a no comer. Le juro a Ud. que ésa y nada más que ésa, es la verdad absoluta.

—Bien. Ya ves que el portero del “Odion” dice no recordarte. Nada más que probando tu estancia en el cine, estás salvado. Me alegraría conseguirlo. Me has sido simpático, muchacho. ¿No recuerdas alguna cara conocida? ¿La música que se tocó, tal vez? ¿Y las películas?

De todo le di detalles, menos de cara conocida. No teniendo amigos, es difícil conseguir tal cosa.

—Perfectamente, muchacho. Hasta mañana.

A la media hora estaba otra vez a mi lado.

—Vas a venir conmigo al Depósito Judicial de Cadáveres.

El detective marchaba a mi lado y recorrimos más de trescientos metros de pasillos antes de llegar a la oficina del jefe. Hicieron unas anotaciones, preguntaron mi nombre y salimos. Tomamos el ascensor para bajar. Ya en la calle mi acompañante detuvo un taxi y dio la dirección.

Me reanimó el aire de la calle, el aspecto de los árboles, a pesar de su desnudez (era en noviembre) y la prisa de la gente en despacharse.

Subimos por una escalera monumental y nos metieron en una habitación llena de ataúdes. Estaban en hileras, pintados de negro, muy solemnes en su sencillez.

—¿Reconoces a Pickman? —inquirió el policía destapando uno de los cajones.

Efectivamente, era él. Estaba amoratado y con el vientre crecido; pero la cara conservaba sus líneas. El diente superior de oro, más que nada, me llevó a la convicción de que se trataba del infortunado Pickman.

Debí poner faz de abrumado. El acompañante me tiró de un brazo y también se contrarió.

—Te ha vendido la cara. Créeme que me duele tener que acusarte.

—Me es igual —contesté.

Otra vez el taxi. Los árboles parecían paraguas sin tela. En el ambiente había como una pesadez.

En la esquina de la calle 15, creí volverme loco. Poco faltó para que me tirara por entre el caporete y la puerta. Pickman estaba allí. Iba con un abrigo marrón y parecía muy ocupado en marchar de prisa.

—¡Pickman! ¡Pickman! —gritaba.

Él volvió la cara y el detective se quedó inmóvil. Yo estaba llorando de alegría.

En la oficina, después de llenar papelotes de declaraciones, mi amigo dijo:

—Ha sido un milagro. Debí embarcar ayer para Sudamérica y me dejó el vapor por descuidado.

Will fumaba, con toda tranquilidad, un habano legítimo.

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.- Tierra alta [Alma Dominicana, Año I, No. 1, Santo Domingo, julio-agosto de 1934. Este es el mismo cuento que tituló Chucho, pero con expresión y lenguaje originales]

Aquí está la tierra alta, huraña y sola. De nada vale que se apriete el viento y muja entre los troncos. De nada vale que tenga un camino, zanjudo y rojo. De nada vale que retoce el río cercano: esta es la tierra alta, llena de soledad vasta y de cansancio.

***

Cuando ya parece imposible que siga, se hace ancho el paisaje y adivina uno el camino trepando. Así, por ejemplo, Chucho. Comprende bien que el animal se ha cansado, pero no ceja ni le atrae la sombra húmeda del mamey: tiene sólo dos ojos desorbitados por la ansiedad, buenos para buscar la pared de cualquier casa.

Encima suda un sol recio. Las piedras son como niños trigueños apelotonados desde tiempo inmemorial. Una luz cruel se empuja contra la frente. Vuelta la cabeza, se desbocará la vista por la tierra llana; mejor: por la lejanía azul y despoblada que debe ser la tierra llana.

Aquí va él, Chucho, delgado y amarillo. Vino buscando precisamente soledad; es decir: vino huyendo de la gente. Mas he aquí que este olvido de la tierra pesa más de lo posible. Y al levantar la mirada, como si fuera capaz ya de un nuevo desaliento, abre cansadamente la boca, adormece la mirada febril, y oye sin inquietud como su propio ser dice, sordamente:

—Maté a Yeyo.

***

Ya. En los huesos duros y poco cubiertos, alienta un fuego que calcina. No quiere ver. Casi no puede ver. Siente como la montura se desgaja bajo su peso, como abandona todo deseo de seguir.

Allá abajo, precisamente donde termina esta cuesta, hay un hombre. Debe ser un hombre.

—¡Ey, don!

Pero aquella figura carcomida por el atardecer, no se vuelve. Va ahora a atravesar el camino, este maldito camino rojo tan interminable.

—¡Hey, don! ¡Don! —grita.

El hombre atraviesa el camino. Los gritos de Chucho son ahora ahogados como vagidos de niño.

—¡Don! ¡Don!

Y cuando comprende que aquel no le escucha, siente deseos de tirarse, de dejarse caer sobre el pescuezo de la montura y llorar largamente este abandono duro y largo; de ser como los bagazos que el río lleva, corriente abajo.

***

Hace largo rato que se apelotonó la noche sobre la tierra. Venía rodando, de cuesta en cuesta, de loma en loma. En los firmes sólidos y pelados alumbraba todavía el sol, al principio, con una luz azul muy pálida que gateó por los pinares y ascendió lentamente al alto cielo.

La noche es una cosa tenebrosa y como dura, aquí, todo en rededor de Chucho.

Un aire fresco y retozón tropieza con los troncos. Nadie sabe qué de malo hay en él.

Chucho piensa. Le parece sentir ahora menos miedo que hace dos días, cuando saliera; la cárcel debe ser mejor que esto de vagar así, huyendo de algo que puede aparecer lo mismo allá atrás que sobre estas lomas ingratas: la justicia. La mujer de Yeyo estará rezando por el alma del difunto. Debe haber sido un golpe duro para ella. Y aquí, aquí que está tan solo, tan abatido y tan dolorido: aquí, donde puede tocarse él mismo el corazón, como si estuviera fuera de su pecho, ¿por qué le gustaba la mujer de Yeyo? ¿Por qué?

—El Enemigo Malo —se responde a sí mismo.

Insensiblemente ha detenido al animal. El viento hace crujir los pinos, a su espalda. Siente miedo, un miedo horrible y loco. Podrían venir.

Los ojos despavoridos tratan de hacer caminos, de taladrar esta noche espesa e indiferente. Hasta que de pronto le grita la necesidad de hallar gente, de ver mujeres, flores, potreros. La montura empieza a subir de nuevo la cuesta que no ha terminado de bajar. Encima lleva un hombre obseso, de quien no se desprende la idea de que Yeyo se pudre en la tierra negra y voraz de Río Verde. Y sus patas estuvieron entreteniendo y engañando al cansancio hasta que la madrugada se desbocó, toda alegre, por la tierra sola, roja, alta.

***

La primera impresión fue en la tarde, cuando pasó una muchacha, con traje de prusiana morada. Iba descalza, movida de caderas, y llevaba a la cabeza, sobre el “babonuco”, un “jigüero”. Aquí eran las cosas como en su casa: acogedoras, frescas. Un poco más allá vio un jardinillo, y tras él el bohío limpio, agachadito bajo la copa llameante de un flamboyán. Ojeaba con recelo cada recodo. Cuando pasó el hombre aquel grueso y oscuro, tuvo ganas de huir, porque el hombre le miraba, le miraba. Chucho creyó que le llamaría, que le iría arriba, machete en mano. Pero el hombre sólo tuvo para él la mirada asombrada que tenía para todo extranjero.

Pasos más adelante, y cuando el cielo se iba manchando de oscuro, se detuvo en la bifurcación del camino: el ancho seguía a Río Verde, pero Río Verde era la muerte o la cárcel; y, francamente, valía más vivir. El recuerdo de los cuatro días pasados en aquellas lomas que se adivinaban a la derecha, desde aquí, le ponía como un peso en el pecho, probablemente en el corazón.

Este otro camino debía llevar a Mataceniza. ¿Por qué no tomarlo?

Todo esto que veía, que oía, que sentía: el jardín, el canto del gallo, la mujer, la brisa fresca: todo vivía, vibraba, cantaba. Si lograra escapar…

Tiró de la rienda y entró en el camino estrecho. A corto trote topó un hombre, maduro y de aspecto manso. Estaba recostado contra las trancas que abrían paso a su bohío y olía a sudor de mulo, a esterilla, a trabajo.

—Saludo —sopló deteniéndose.

El hombre dijo algo y se acercó. Sobre el camino venía rodando el anochecer y no tardaría.

—Quisiea posá —explicó Chucho.

El otro casi no contestó. Se dobló, lentamente, y empezó a tirar los maderos. Cuando terminó alzó la cabeza, le acarició con unos ojos dulces y señaló la veredita que llevaba al bohío.

—No va a dormir muy bien —explicó— poro…

—Mejor que en el monte —terminó Chucho sonriendo.

E inmediatamente se asombró de que pudiera sonreír, él, un hombre que traía los huesos quemados y que quiso llorar allá arriba, bajo aquel sol de indignación.

***

Sobre la cena y en ella, el silencio... La brisa engruesa junto al bohío. El hombre maduro que topó Chucho mira a la vieja, encorvada, perdida en la amplia falda de listado.

—¿Qué hadrá Mingo…? —dice, como si se preguntara a sí mismo. Y entonces, siempre entre la mano fuerte la cara, explica sin alzar los ojos:

—Salió dende la madrugá con la guardia, dique atrá di uno e Río Verde.

Chucho oye esas palabras. Suenan, a pesar de lo descuidadamente que lo ha dicho el hombre, como tiros cercanos, demasiado cercanos.

—¿Atráj’e…? —pregunta con voz rota.

El otro le mira, bajo la ceja. Chucho abre la boca y parece idiota. Este bohío debe estar danto vueltas, vueltas. La “jumiadora” se le enreda, como “bejuco” bravo, en todo el cuerpo. Y el hombre ha vuelto a decir:

—Di uno e Río Verde.

Seguía todo derrumbándose. El catre y la cena estaban allí, quietos, y la muchacha que vio esta tarde. Pero lo demás giraba locamente, sobre su cabeza, bajo sus pies. Sabía solamente que el hombre seguía mirándole tranquilamente, con dulzura, casi. Mas los ojos eran tenaces y demasiado serenos. Hasta que los pasos recios, en la arenilla de la vereda, tranquilizaron y serenaron todo aquello que saltaba alrededor del cadáver de Yeyo. Y la última figura que se alejó fue la mujer del difunto, vestida de negro, doblada junto a una cruz, llorando.

Pero a pesar de esa serenidad violenta, se apretó las manos y rehuyó la mirada de aquel hombre oscuro y alto, que apareció en la puerta trajeado de amarillo, cuadrado y sólido hasta en la voz que estranguló aquellas palabras del saludo.

Los pasos habían cesado y Chucho adivinó más gente tras el soldado que llenaba el vano de la puerta. Entraron caminando como cansados.

—Ese condenao ta dando trabajo —explicó el soldado pequeño.

Chucho comprendía perfectamente que no podría hablar: le saldría la voz pedregosa, asustada.

Ellos siguieron comentando con palabras gruesas. El hombre maduro preguntó por su hijo y contestaron que atendía a las monturas.

Ahora la noche se estrujaba contra el bohío. Chucho tenía un gritito en el corazón, algo que le quería decir:

—Vale más entregarse.

Pero sucedía que aquí no había tanto sol, ni tanta soledad como en la tierra de pesadilla de hace días. ¿No podría escapar? Tal vez le fuera posible vivir como todos, tener un conuco, mujer, hijos. La cárcel…

Instintivamente le subió una escalerita de arrugas, desde el pecho hasta la boca. Ahora sí miró a los dos soldados silenciosos. Su mirada era valiente, serena: él mismo no comprendía lo que hacía.

—¿Cómo ej’el hombre? —preguntó.

Le ardían las sienes y las mejillas. Tenía todos los músculos endurecidos, como quien espera un ataque.

—Dique ecolorío y flaco.

Entonces el hijo del hombre maduro entró por la puerta que daba al patio. En su rostro había tal expresión de inconformidad, que hasta la luz se gastaba y ennegrecía sobre él.

—Se parese un chín a uté —dijo.

—¿A mí? —Chucho se señalaba el pecho con el índice de la diestra.

El soldado grande y sólido estiró el pescuezo, tragó más luz con los ojos bermejos y como borrachos, y esperó. Ahora le subía desde los pies, a Chucho, el deseo de gritar roncamente:

—¡Yo no juí!

Su mirada bailaba, hasta que la clavó en los ojos dulces del hombre maduro.

—Se parese a uté —explicó éste— pero no se apure… Yo lo conoco.

—¿A él? —interrogó Chucho angustiado.

El viejo aprobó moviendo la cabeza de arriba abajo. El hijo seguía de pie, masticando un silencio amenazador bajo el raído sombrero de cana.

El soldado grande se incorporó con una lentitud que le estrujó el corazón a Chucho; y la luz roja parecía girar en cada pómulo, en cada ángulo, en cada ojo.

—¿Uté lo ha vito? —preguntó, con una voz tan serena, tan templada y tan segura, que no se le veía la malicia.

Chucho se sintió desamparado. La vida estaba aquí, en todo, fuerte y llamativa.

—Yo… Yo no.

—¿Qué no…?

—Poro… Poro en la loma vide uno asina.

El soldado le apretaba el brazo, arriba, cerca del hombro.

—¿Paresío a uté? —insistió.

—Sí. Mucho.

Pero como se le viera en la cara al militar la duda. Chucho se inquietó. En este horrible vértigo que le emborrachaba, sólo una cosa había alentadora: la mirada del hombre maduro.

—Vea —terció éste—. Ete hombre e de la loma…

—Sí —apoyó Chucho.

Y señaló vagamente hacia el lugar donde aquellas se acostaban.

—Pu allá jué que lo vide —explicó.

El soldado dejó de apretarle el brazo.

—Mañana sale con nojotro p’allá —dijo.

Y a Chucho se le desbocaron estas inexplicables palabras:

—Yo no pueo porque voy al pueblo a buscar medesina.

Se fijó en la cara terrosa y preocupada del muchachón.

—Mi jijo sabe —dijo el viejo señalándole—. Que vaya con utede.

Entonces el militar masticó la aprobación:

—Bueno.

Y se fue pesadamente hasta la puerta.

***

Antes de las primeras luces, sintió trajín en el patio. Oyó después conversaciones y pisadas de caballos. Uno de ellos relinchó alegremente. Tenía el pensamiento suspenso, como si fuera un punto entre cielo y tierra. Los sintió irse, pero no estaba seguro.

Ratos después entró el viejo. Andaba como quien no quiere hacer ruido.

—Ya su caballo tiene el aparejo pueto, amigo —explicó.

Y como Chucho le mirara con ojos azorados, dijo:

—E pa que se vaya. Coja la primera dentrá a la derecha y progunte por Toribio Rosario.

La interrogación atravesaba los rayitos de sol que se metieron por las hendijas. Pero Chucho se tiró del catre y le tendió la mano al viejo.

En el patio estaba el “penco”, alazano, flaco. Montó. Todavía quiso el viejo ser más paternal.

—Y si jalla un padrino, entriéguese. E mejor que tar huyendo.

Pero él no comprendía el abandono de las cosas sino allá, en la tierra alta, a la que de nada le vale el viento mugidor, ni el camino zanjudo y rojo, ni el río retozón, porque estaba muy aplastada por la soledad y el cansancio que parecían descender del claro cielo.

Arreó la montura y se fue, con una alegría que era a la vez un susto…

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.- El abuelo [Otra narrativa con el título de "El abuelo". Bahoruco, semanario ilustrado, I. Año VI, N° 278, Santo Domingo, 21 de diciembre de 1935, p.17. II. Año VI, N° 279, Santo Domingo, 28 de diciembre de 1935, p.4. III. Año VI, N° 280, Santo Domingo, 4 de enero de 1936, p.11. IV. Año VI, N° 281, Santo Domingo, 11 de enero de 1936, p.4. V. Año VI, N° 282, Santo Domingo, 18 de enero de 1936, p.16. VI. Año VI, N° 283, Santo Domingo, 25 de enero de 1936, p.4.]

Mi abuelo era un hombre adusto, hecho al silencio majestuoso del campo. Alto y flaco; calvo; amplia la cara; tostado el color, tenía una expresión ruda, que le imponía donde quiera. Le disgustaba afeitarse, y cuando lo hacía era para deshacerse de una barba ya abundante y espesa. No tenía un solo pelo negro, ni en la cabeza ni en el rostro. Sus ojos eran oscuros y los párpados caían sobre ellos cerrándolos, de tal manera, que tenía que usar esparadrapos para mantenerlos abiertos. Se le habían relajado los músculos, decían los médicos.

La nariz roma, alta y grande, cobijaba una boca ancha, fina, generalmente encogida por cierto gestecillo agrio, que le hacía antipático. Unas arrugas profundas le hundían la cara desde cerca de los ojos hasta el filo de la quijada. Las orejas, negras por el sol, demasiado grandes, producían impresión de agresividad y de desamparo, junto al cráneo pelado y brillante.

La cara del abuelo denunciaba la intensa vida interior de aquel silencioso. Después del rostro, lo más expresivo eran sus manos, manos magras, huesudas y largas. Las movía siempre, siempre; ya golpeando con los rudos dedos el brazo de la mecedora, y estrujándose las manos con ellas, como quien exprime para extraer algún pensamiento doloroso.

Doblado por los años, pero alentado por una arrogancia que le ardía bajo el cráneo y en el corazón, se ponía en pie poco a poco, se erguía; tiraba los brazos como cosas muertas, y sólo vivían en él la mirada, más fogosa cuanto más cerrados los párpados, y las manos, que aun quietas parecían ensayar vuelos, como pájaros presos.

Abuelo caminaba de manera pesada, arrastrando los pies, eternamente calzados por finas pantuflas de piel. Uno recibía la impresión de que se iba agarrando, sujetando, tirando de sí mismo; pero no era así. La voluntad de aquel hombre le halaba, le obligaba caminar cuando ya el cuerpo se negaba a hacerlo, cuando los huesos, secos por los años, le chirriaban la piel encogida.

Hijo de marinos, nació a bordo de una fragata en las aguas del Miño. La orfandad le desgajó del tronco, estando todavía con media vara de carne; pero su memoria robusta alcanzaba hasta su padre, que debió ser hombre de horizontes desparramados y ancha voz de mando, a juzgar por el hijo.

Mi abuelo no encontró consuelo nunca, ni alegría, ni entretenimiento en nada que estuviera fuera de sí mismo. —Hombre sin gusto— le decían las hijas y los amigos. Ignoraban que se alimentaba con sus propias entrañas, y que para arder le bastaba con la inmensa hoguera que tenía en el pecho. Sólo sonreía al recordar. Le gustaba desenroscar historias, y tenía para contarlas una voz honda, gruesa, que parecía surgir de algo perdido en tiempos muy lejanos. Hablaba sin moverse levantando apenas la mano para subrayar una frase. Sonreía a los nietos, con sonrisa que en él tenía muy poco de grato y mucho de mueca.

—Papá Juan —le decíamos.

Y él se inclinaba tratando de ser suave; nos acariciaba; parecía dormitar mientras lo hacía, observándose a sí mismo, insatisfecho siempre, siempre consumido por aquella sensación de horizonte distante que le venía del marinero soterrado en lo hondo del ser.

Madrugaba mucho. Con los primeros cantos del sol resonaba su voz pidiendo café. En su casa, en la nuestra o en la de otra hija, donde quiera que durmiera cuando las exigencias de sus intereses le hacían pernoctar en la ciudad, exigía habitación apartada, a ser posible distante de la casa. Era que no podía dormir a menos que fuera en un silencio absolutamente muerto, en una oscuridad cerrada y total. La luz de un solo fósforo que se le asomara a una rendija le ponía en pie. No parecía sino que aquel hombre de vida tensa no dormía, sino que se encerraba en el silencio para estar más cerca de sí mismo, que solicitaba la oscuridad para verse mejor.

II

Papá Juan procreó hijos que después legitimó, y al casarse los llevó consigo al nuevo hogar. Su esposa era mujer pequeña, tonta y buena; se llamaba Vicenta, y aunque apenas tenía carne, la abundancia de las arrugas, así como la suavidad del cutis mareado, indicaban que debió ser gruesa. Un retrato de su matrimonio la representaba llena, pero no se podía confiar en las modas de entonces para juzgar la medida de una persona.

Al tal retrato se refería el abuelo en forma irónica, a veces despectiva. No era raro oírle decir, señalándolo:

—Así me engañaron: todo estaba por fuera, pero aquí, en la cabeza —golpeándose la suya—… nada.

Estaba la dichosa fotografía en la esquina media de un espejo dorado, Luis XV o algo así, de esos atravesados hacia la mitad por madera ornada de florecillas en relieve. Aparecían en ella, en primer plano, la tía Vicenta, con una cara plácida, vestida con más tela de la necesaria: blusa abombada, de anchas mangas, cubiertas éstas de arandelas de encajes desde el codo hasta la muñeca; más encajes en el cuello y sobre el pecho y al pie de la garganta, un prendedor que conservó hasta su muerte. La falda era enorme y redonda, plisada, recargada de vuelos; el peinado culminaba en moño aplastado sobre la coronilla y algunos gajos de cabello artísticamente sueltos sobre las sienes y la frente. La pose no podía ser más cursi: la mano zurda abandonada en el seno de ese lado y la derecha en ángulo recto, sosteniendo un pañolito también de encajes. A su izquierda estaba papá Juan, con una cara grave, austera y hasta preocupada. Ya para esa época era calvo, y su calvicie contrastaba con la ropa, juvenil y bien llevada. Vestía traje de paño negro, larga levita, chaleco del mismo color, alto cuello, chalina en lazo, fina como cordón de zapato; una leontina gruesa le atravesaba el pecho. Sostenía erguida la cabeza y la mano torpe en el bolsillo del pantalón, lo que le daba cierta apariencia elegante, de gran señor. El fondo de la fotografía lo componían una cortina pesada, que simulaba estar batida por la brisa, y una mesilla de juncos.

De las muchas cosas antiguas, llenas de seriedad y con no sé qué de sabor tradicional que adornaban la sala, lo que más me atraía era aquel retrato. Se destacaba en él la quijada cuadrada y voluntariosa del abuelo, la mirada fija y escrutadora y sobre todo, aquel gestecillo agrio, desdeñoso, cínico, si se quiere, que tenía en la boca y que le daba aires de insolente; aquel gestecillo que le hacía aparecer como un protector de la mujer que estaba a su lado, pequeña y cursi.

Tía Vicenta era lo que su retrato decía; y lo peor no es que lo fuera, sino que se proponía ardientemente hacer que los demás pensaran y procedieran como ella. Aunque debió ser bella, ya que los ojos conservaban un color raro y atrayente, y el perfil no se borró del todo con el tiempo, su belleza debió estar exenta de sazón, de esa gracia y agilidad que presta el pensamiento andariego y que determina el entusiasmo. Era buena hasta la exageración, pero no a sabiendas; sencillamente, ignoraba el placer de ser mala, o el dolor, o el contento amargo y hondo de saberse una bendita. Para ella la vida no era sino una prueba de la que debía salir ilesa para entrar en la mansión celestial; y el modo de ganarse el gran premio consistía en rezar día y noche, santiguarse al levantarse, mascullar padre nuestros mientras barría; avemarías antes de comer, Dios te salve a media tarde, el rosario a la hora en que la noche se deja caer sobre la tierra como pájaro herido, y acostarse rezando para dormirse con el santo nombre de María entre los labios.

A principios de casada trató de ganar al abuelo para su causa, empleando medios dulces y lógicos en una luna de miel, pero después se fue agriando en sus argumentos y amenazaba a papá Juan con las llamas eternas del infierno por ateo, por blasfemo y por hereje. Poco a poco aquel espíritu combatiente de mártir se fue haciendo en ella una segunda naturaleza: regañaba y maldecía. Sólo al abuelo le temía, le iba cobrando un terror que no disimulaba, un miedo enorme que le subía desde su pobrecito corazón cristiano; miedo espoleado por las palabras duras o las chanzas hirientes de papá Juan.

La tía vivía entre temores celestiales, segura de que todo terminaría mal en aquella casa habitada por un espíritu malo, como el de su marido. Una amargura sin límites, que ella nunca hubiera sentido a no ser por su celo religioso, le hizo áspero el carácter, chillona la voz y los razonamientos cortantes. Convencida de que papá Juan era intratable, empezó a ejercer su influencia entre las hijastras y los servidores de la casa. Día a día, cuando la noche llenaba el mundo, recorría los rincones llamando con acento irritante a cuanta gente hubiera, las reunía en círculo en la cocina o en su habitación, y empezaba sus rezos haciéndose corear los kirieleyson y las avemarías.

Abuelo, mientras tanto, metido bajo una radiante luz de gas, cruzadas las piernas, los codos en los brazos de la mecedora, tendidas las manos sobre un gran libro cuyas hojas acariciaba con exquisita ternura, calados los espejuelos, tocado con negro sombrero de fieltro, respirando con visible trabajo, humedeciéndose las puntas de los dedos con la lengua, pegada casi la cabeza a las letras y resplandeciendo por todo el rostro un contento verdaderamente animal, leía y releía la historia de España, Las aventuras del Ingenioso Hidalgo o los versos eternos de La Divina Comedia.

III

Don Juan Gaviño vivía en el Este, a donde llegó desde más allá del mar para crear una finca de caña. Un día atravesó la cordillera, buscó tierras fértiles y fundó casa en Río Verde. Era entonces hombre sereno, de absoluta serenidad, pero vivaz en el pensamiento y en la exigencia. Trajo a su mujer, Vicenta, que nunca le llamaba por su nombre, sino que le decía Gaviño a secas, con la mujer vino la hija del matrimonio y otras dos que había legitimado. La mayor de las tres, tenía apenas doce años, se llamaba Rosa, y era agraciada de rostro. El padre decía que no tenía buen juicio; la trataba con recelo de domador que no está seguro del animal que cría; pero como tenía bonita cara, bonitos ojos, cutis de rosa, según la expresión más socorrida, y además, una simpatía insensata, de ésas que no aprovechan, le cayó en gracia a la escasa gente de Río Verde, que empezó a quererla de inmediato. La segunda de las niñas fue bautizada por Ángela. Desde que pudo expresarse denunció un carácter intransigente, obcecado y laborioso. Muy apegada al padre, la palabra de don Juan la sostenía en vilo y era para ella cosa sagrada. Tenía una ilimitada ansia de aprender a trabajar; lo aprendía todo, desde el guiso hecho con el consentimiento de la cocinera y a espaldas de la madrastra hasta la simple costura ensayada en máquina de cadeneta. No era agraciada como la hermana, pero a medida que crecía le iba reventando el cuerpo en líneas macizas, esbeltas y llenas de noble gallardía. A los catorce años era una mujer, no sólo por la sazón del cuerpo, sino que también por la madurez del juicio, por la serenidad en el pensamiento y por su incansable laboriosidad. Sólo se le descomponía el buen tono cuando defendía sus conceptos sobre cualquier cosa, que eran primitivos, torpes y profundamente arraigados en ella. La madrastra, mujer buena y tonta, que nada sabía y sobre todo montaba cátedra, la hacía trabajar de la mañana a la noche. La muchacha lloraba en silencio los regaños y los golpes; pero aquella señora era quien ordenaba y todo había de suceder según una disciplina establecida que, a su juicio, nunca debía quebrarse. Por eso no se quejaba.

La hermana Rosa tenía tendencias contrarias a las de Ángela; desfallecía por un traje de vivos colores, por un peinado atrayente, por esencia de turbador olor. Le gustaba el baile, desdeñaba el trabajo, y aunque tenía mejor disposición para aprender la lectura y las lecciones de salón que su hermana, se descuidaba en el estudio y a veces en medio de una conversación le sorprendían lagunas de silencio que ella poblaba con ensueños de amados gallardos. A simple vista, Rosa, parecía, más comprensiva y más moderna; en realidad, lo que sucedía es que no tenía convicciones arraigadas.

Don Juan vivía observando, estudiando y acechando. Miraba a Rosa con el blanco del ojo y acariciaba a Ángela con el hueco de la mano. Las dos muchachas crecían bajo su celo; la hija legítima era apenas un montoncito de carne sin carácter definido. Él se sentía más inclinado hacia la segunda de las niñas, porque le escuchaba con más atención, porque no manifestaba ternura, como no la manifestaba él; porque se expresaba con palabras escasas y medulares, y porque le atendía con un cariño ciego y animal, constante, brusco y sincero. Poco a poco, todo su amor se fue concentrando en aquella muchacha tosca, un poco salvaje en sus ideas y muy dura al exponerlas; le fue molestando cada vez más la esposa, que tenía un aire vago de cosa no humana, que hablaba tonterías, chillaba mucho, rezaba más y que no podía fijar el pensamiento en lo que don Juan más amaba: los cuidados domésticos, el amor al hogar y la conservación de las tradiciones. Allí empezó él a tornarse más reservado, a salir en las primas noches, a expresarse casi siempre por monosílabos o comentando cada cosa con un refrán de añejo sabor o una frase célebre. A medida que pasaban los días, los comentarios si bien eran iguales, tomaron un aspecto de burla sangrienta. Era como la herida que rezuma los malos humores del cuerpo. Así, por ejemplo, doña Vicenta, que tenía letra enredada y mala, le dio cierta vez una carta para que él, que iba a la ciudad, le pusiera sobre y la echara al correo. El esposo escribió bajo la firma: “¿Entiendes, Fabio lo que voy diciendo? Mientes, que yo soy quien lo digo y no lo entiendo”. Ese estado de ánimo fue siendo cada vez más visible, más descarado. La mujer, que no entendía aquello ni le hallaba justificación a tal proceder, le iba cobrando un miedo ridículo; y llegó el día en que no se atrevió a dirigirle la palabra sino a distancia y con voz asustada.

La pobre mujer estaba segura de que el demonio había hecho presa en Gaviño. Su desdén por la iglesia, los curas y los santos; aquella risa desencajada y tenebrosa con que parecía comentar su afán religioso; la expresión hosca con que recibía sus relatos de milagros: todo contribuía a aumentar la desazón de Vicenta.

En uno de los frecuentes viajes al pueblo, don Juan compró barajas y dominó. Cerca, a una voz de su casa, estaba la pulpería de Calderón. Allí empezó el marido a ir con las fichas en busca de compañero que jugara. Al principio regresaba temprano, a prima noche; cuando tardaba media hora más de lo regular, la mujer se desesperaba y presentía alguna desgracia. A poco ladraban los perros del lugar, roncaba la voz autoritaria de don Juan, y entraba silencioso, sin dar explicaciones y con cara de pocos amigos. Vicenta acabó por acostumbrarse a sus salidas.

Una noche, con la llegada del marido le pareció sentir olor desagradable, algo así como mezcla de sudor y orina. Muda, los ojos desorbitados, las manos crispadas y la quijada prieta, doña Vicenta se acercó al marido y le olió el pecho, lo más alto que podía alcanzar. El marido inició una risa desenfadada y molestosa, medio insegura y medio involuntaria.

—¡Tú has estado bebiendo, Gaviño! —gritó la mujer tratando de ahogar la voz mientras retrocedía asustada.

La fisonomía del esposo, que había estado abierta, humana y fácil, se fue contrayendo, cobrando filos, mostrándose infranqueable; y cuando habló lo hizo con voz apagada, pero llena de mal veladas iras.

—¿Qué te importa que haya bebido? ¿Lo hago acaso a escondidas o con tu dinero?

La mujer, tragándose las lágrimas, gemía, sollozaba y murmuraba:

—Madre de Dios, madre de Dios, madre de Dios…

—¡Acuéstese! —rugía don Juan, señalando la cama.

Comenzó a desvestirse. En un rincón, frente a la imagen de la Virgen de los Ángeles, agonizaba una luz de aceite. El marido caminó lentamente, con la boca apretada; sopló, y una oscuridad definitiva se desplomó sobre ellos.

IV

A partir de aquella noche, don Juan tomó la costumbre de beber. No lo hacía en exceso, que nunca se emborrachó; pero se alegraba a menudo, llegaba a la casa reído, aunque dueño de sí, se burlaba de la mujer, inventaba chistes; o entraba mudo, reconcentrado, ajeno. Un día comprendió que el alcohol no le sentaba bien; desde entonces se abstuvo de beber tanto, aunque no le perdió el gusto. Conservaba siempre una botella del mejor ron, que mandaba buscar al pueblo, y a medio día se servía uno o dos dedos. Pretendía que aquello le tonificaba, y hasta aconsejaba a la mujer que hiciera lo mismo. La mujer rechazaba tales insinuaciones como procedentes del diablo. Don Juan reía con aparente gozo.

En verdad, la vida era aburrida por demás en aquel campo olvidado. Cuando la noche entraba, un silencio de piedras se adueñaba de toda la comarca. Acaso cantaba un gallo, quizá ladraba un perro. Con largos trechos de tiempo entre sí, silbaba un campesino que volvía de casa de la novia o del juego de dados; campaneaban hierros de caballo enjaezado, sobre el que jineteaba un viajero retrasado… Aburrido y silencioso era aquel campo de Río Verde.

Los peones de la casa se reunían en la enramada o en la cocina. Contaban historias de aparecidos y de revoluciones. En el patio revoloteaban las hogueras y el resplandor del fuego en que hacían café iluminaba el respaldo de la vivienda, recortándola ante el camino en sombras.

Sentado a la luz de gas, las hijas cosían, la vieja rezaba y don Juan leía. Estaba suscrito a una revista española y a otra de agricultura. Pero don Juan se cansaba. Le tentaba el deseo de ir a la pulpería de Calderón, donde había hombres con quienes hablar de esas cosas que no pueden decirse entre mujeres, y menos si son hijas; aquel sitio le atraía hasta hacerle poner en pie. Sin embargo, ya en la galería, mirando la noche cerrada de Río Verde, recapacitaba y se detenía. Apoyaba entonces ambas manos en el pasamano, aspiraba con deleite el aire oloroso, fresco y vivificante, se doblaba, plantaba los codos en la madera, metía la cabeza entre los dedos y pensaba. Pensaba en el pasado, porque él era, sobre todo, hombre de recuerdos. Le parecía que había cometido errores imperdonables, y que ellos le tenían ahora allí, abrumado por una vida monótona, imbécil y sin finalidad. Le ardió en el cerebro el ansia de ser hombre grande; se inclinaba a las letras; le gustaba la pintura… Pero…

Don Juan odiaba a los curas y a los santos. Era un odio que nunca procuró analizar, cuya procedencia ignoraba y además le tenía sin cuidado. Sin embargo, la verdad es que en aquellas noches don Juan se sentía capaz de haber sido un apóstol, un místico abrasado por extrahumana pasión. Le parecía que su vocación hubiera estado en el sayal, en el crucifijo y en el púlpito. Cerraba los ojos y se veía seguido por una multitud harapienta y delirante, que padecía sed, hambre y enfermedades. Él iba entre ellos, así, alto, flaco, la cabeza descubierta y levantada. Alzaba la mano, y la turba caía de rodillas, murmurando y clamando. Atrás, el sol enrojecido, delante, el camino pelado.

Don Juan se apretaba las sienes con los puños cerrados. De pronto, se figuraba caballero en fogoso corcel, la espada en la diestra, con la punta hacia la tierra. Arengaba a los soldados, entre el humo del combate, soliviantado por épicos ardores. Su voz tronaba con ronquido de cañonazos. Sin transición posible, imaginaba la escena muchos cientos de años atrás, en épocas de Constantino el Grande, combatiendo por un ideal desorbitado. En esos momentos veía claramente, como si la tuviera ante los ojos, la lámina que reproducía el momento en que el Emperador advierte la cruz de estrellas en el cielo y, formada con astros, la célebre leyenda: “Con esta cruz vencerás”.

La vida de don Juan debió transcurrir en grandes escenarios. Dos vidas le hubieran abierto las puertas de la inmortalidad: el silencio y la palabra. Escogió la primera, se acostumbró a dejar sus ideas en la oscuridad y…

De súbito Juan volvía el rostro. Estaba allí, en Río Verde, dueño de una finca pequeña. Se comía los días y los días sin gloria alguna. Sí; aquello era Río Verde; y la mujer de cabellos grises que dormitaba en la mecedora, Vicenta; y las muchachas que cosían en silencio bajo la luz de gas, sus hijas, y el ruido de conversaciones que provenía del patio, lo producían sus peones que, agachados ante las hogueras, relataban historias de aparecidos y cuentos de revolucionarios.

Deshecho, sintiendo que el dolor le nacía entre los propios huesos, retornaba lentamente a la sala, haciendo sonar las pantuflas en el piso. Una amargura sin límite le ahuecaba el pecho. Pensaba, para consolarse:

—Si al menos hubiera escogido una tierra más rica donde vivir, un país más grande.

Tomaba de nuevo asiento en la mecedora, recogía las revistas que había dejado en una silla y tornaba a leer. La lectura le hacía sentirse en otro mundo; en parajes poblados por gentes distintas que pensaban y actuaban con fuerza atrayente.

A veces las revistas traían poca cosa. Entonces desesperaba aguardando el próximo correo, y enviaba recados al pueblo para cerciorarse de que no estaban olvidadas en un rincón de la administración.

Durante el día se distraía en sus trabajos; pero las noches le agobiaban. No se quejaba, no regañaba; estaba acostumbrado a tragarse alegrías y dolores. Caminaba por la casa con gesto huraño y egoísta, lo que producía desasosiego en la mujer, que era incapaz de comprenderle. Alguna que otra vez, cuando ya no podía más, llamaba a las hijas, las sentaba en las piernas y les contaba historias.

“…Y el Cid Campeador, que había vencido a todos los generales moros, y que tenía fuerzas descomunales, arrancó con su caballo hacia las murallas”.

Se detenía, explicaba lo que era la muralla; describía el físico de doña Urraca… Cuando se cansaba decía, palmoteando:

—Vamos; a dormir ya, que es tarde.

En uno de aquellos momentos, don Juan recordó que en su escritorio tenía barajas; las había traído del pueblo, junto con el dominó. Se levantó, presintiendo que con ellas podría entretenerse y tratando de recordar los solitarios que había aprendido de la madre. Tomó el paquete entre los dedos, no muy seguro todavía. Al principio estuvo viendo las cartas, como si no las conociera; se detenía complacido en cada figura, contaba los colores, observaba las combinaciones de tonos. Estuvo así una hora larga; al cabo se fue al comedor y empezó a regarlas en la mesa. Cuando se levantó cantaban su desvelo los gallos; pero había descubierto que el solitario era juego interesante.

A partir de aquella noche no volvió a salir. Cierta vez envió a la pulpería por cigarrillo; la cajilla le duró una semana; la segunda dos días. A los dos meses consumía hasta tres de sol a sol. En las barajas y en el tabaco ahogó su tormento. Cuando la noche asomaba por las puertas sus negras cabezas, tomaba una luz y se sentaba frente a la mesa.

Sólo se le veía mover las manos, que mecía con incansable afán y que se teñían de rojo con el reflejo de la lámpara. Encendía cigarrillo tras cigarrillo. Alguna vez se acostó porque ya no podía con el sueño, y aun en la cama, mientras se arrebujaba bajo las sábanas, calculaba que el solitario no le había salido porque había levantado primero el as de bastos, cuando le hubiera convenido levantar el as de copas. Le bailaban los números bajo la frente, y pensando en ellos se dormía.

Había vencido el tedio.

V

La cuadrilla estaba formada por seis o siete hombres que charlaban entre sí y se quejaban del frío. Don Juan Gaviño, flojas las riendas, dejaba caminar el caballo a su antojo para observar más a sus anchas cómo las mazorcas iban emergiendo en los troncos de los cacaoteros.

Había llovido mucho. La tierra se conservaba blanda, guarecida por las hojas caídas que ahogaban el ruido de los pasos. Con las aguas se hizo grueso el río, arrastró troncos y cieno; llenó los barrancos y roncó en los declives. Como una lengua voraz estuvo lamiendo las orillas de la finca y en tres días provocó tales derrumbes que trozos enteros de alambradas se quedaron al aire, colgando sobre los lodazales que dejó el río al retirarse.

Cuando el sol se asomó otra vez al mundo, luciendo entre nubes plomizas bajas, don Juan se fue a ver los destrozos y al amanecer del otro día reunió los peones y dispuso el remiendo.

Mientras miraba hacia los troncos y hacia los racimos de cafeto, don Juan pensaba en algo que le había sucedido la noche anterior. Le parecía haber soñado algo insólito y a la vez tonto. Recordaba sí, que el sueño se interrumpió varias veces y otras tantas empezó. Le molestaba no lograr encontrar aquello en su mente; le enfadaba sentir tal inseguridad. Pero a poco tiempo puso su voluntad allí donde había duda y concentró su pensamiento en el trabajo que le esperaba.

Los peones llevaban horquetas y alambre de púas, coas y martillos, clavos y grapas. A la zaga, meciéndose en las carreras y ladrando a menudo, iba Duque, el perro de la casa.

La sombra se hacía renuente bajo los árboles, y aunque el trino de algún pajarillo se caía desde los altos amapolos, un silencio agradable y liviano se escondía entre las hojas. A trechos, un rayo de sol lograba meterse por los escasos agujeros que le abría la vegetación y se posaba en el suelo con una gracia ingenua y pura de mariposa gigante.

Al final de las plantaciones entraron en una explanada. La yerba moza era allí vigorosa aunque corta, y algunos troncos quemados indicaban que habían hecho tumbas antes de las lluvias.

Conversando de cosas inútiles, comentando la fuerza de los aguaceros o la suerte de alguno en el juego, friolentos y reídos, los peones caminaban agrupados, con pasos cortos y seguros. Por lo general llevaban los brazos cruzados. Uno que otro fumaba, y uno que otro salía del trillo para arrancar yerbajos que se metían en la boca.

Don Juan llevaba en la imaginación el trozo de finca derrumbado. Veía el medio arco que el río había formado en su propiedad; las raíces desnudas, llenas de terrones que se iban desmoronando; las piedras que rodaron hasta el centro del cauce; el lodazal allá abajo. Pensaba en qué haría para evitar esas incursiones fatales y se alegraba de no haber sembrado en el sitio hasta entonces.

Pero de repente, don Juan, que había olvidado la preocupación del sueño, tiró a toda muñeca de la rienda. El caballo alzó la cabeza, entre ruidos de hierros, la meció a ambos lados y clavó las pezuñas en tierra.

—¡Andrés! ¡Andrés! —llamaba el abuelo.

Todos los peones se detuvieron y volvieron la mirada. Andrés se desprendió lentamente del grupo.

—Vuelve, ensilla un animal y vete al pueblo —ordenó don Juan.

Había recobrado con absoluta claridad lo que soñara la noche anterior. El recuerdo le asaltó de pronto, cuando menos pensaba en ello. Tenía el cerebro completamente despejado, lúcido, cuando vio de nuevo la carta. Sí; eso era: una carta. Allí estaba el sello extranjero, azul y pequeño; la dirección, escrita en letra cursiva y cuidada.

Podía ser estupidez y hasta muchachada; pero don Juan estaba seguro de que la tal carta existía, y que, además, estaba en el pueblo. No cabía duda. Era tan cierto como que el río se había llevado la alambrada. ¿De dónde le venía al abuelo tal seguridad? No lo sabía. He ahí la única respuesta: no lo sabía.

El peón estaba silencioso a su vera.

—Llégate al correo y procura una carta para mí —dijo don Juan.

El hombre nada respondió, sino que entregó el martillo que llevaba a un compañero, y rompió a andar.

Don Juan arreó un animal. Se sentía contento. Era una alegría suave, inexplicable, infantil, que probablemente procedía del hecho de haber recordado el sueño.

Ya se oía el roncar del río. Tras los últimos árboles estaba el trozo de tierra comido. Don Juan hizo que el caballo apresurara el paso, ordenó alguna cosa a los peones y se engolfó en el trabajo.

El sol subía poco a poco y quemaba ya las espaldas de los hombres. A medida que se iba completando el remiendo, el abuelo iba pensando en la carta. Por primera vez en su vida había obrado a impulsos de un instinto ciego y desconocido. Le parecía a ratos que se acababa de comportar como un chiquillo o como ignorante, pero reaccionaba y se decía:

—Sin embargo, estoy seguro de que algún acontecimiento trascendental me espera.

Oscilaba entre este y aquel pensamiento, ajeno a la tarea, sin darse cuenta de que el tiempo se iba y se iba. La voz de los peones, anunciando el final, le sorprendió bajo la sombra de un memizo, preocupado en lo suyo.

Camino de la casa, mientras dejaba al caballo ramonear a las orillas de la vereda, oía, como cosa remota, la charla de su peonada. Venían sudados y conversaban como en la mañana. La brisa húmeda del cacaotal refrescaba aquellos pechos desnudos y robustos.

El abuelo estuvo tentado de hablar con la mujer. Le contaría su desazón, le explicaría su incertidumbre y a la vez su convicción. Pero temió que ella no le comprendiera, y hasta le pareció oír las palabras con que comentaría tan inusitado asunto:

—Gaviño… Gaviño… ¿No serán esas cosas del Enemigo Malo?

Don Juan sonreía levemente mientras comía. Las hijas observaban aquella desusada beatitud del padre. Él pensaba: “Dentro de un rato llegará Andrés diciendo que no estaba la carta. Aquí me preguntarán todos qué carta es ésa. ¿Cómo les contestaré?” Y optó, si sucedía así, por guardar silencio o decir que esperaba noticias de un comprador de cacao que vivía lejos.

El comedor daba al patio y el patio estrecho terminaba allí donde el cacaotal empezaba. Por la ventana que tenía delante veía don Juan el sol y el limonero. El limonero era un árbol de copa cerrada, cuyas hojas, pequeñas y brillantes, tenían un color verde demasiado subido. La luz del día caía de hoja en hoja; de fruto en fruto. Hacía poco tiempo que él mismo había estado matando las hormigas que anidaban en el tronco.

—Pronto florecerá —dijo el abuelo en voz alta.

Las muchachas dirigieron los ojos hacia lo que hacía hablar al padre.

—Sí, pronto florecerá —repitieron.

El perro estaba allí, a su vera, sentado sobre las patas traseras, con la cabeza empinada, los ojos vivos y la boca entreabierta. Don Juan cortó un pedazo de carne y lo dejó caer entre los dientes blancos y puntiagudos.

Cuando hubo terminado de comer, siempre perseguido por la idea de que era un chiquillo, se puso en pie y tomó el camino del aposento. Don Juan dormía la siesta. Era una costumbre que nadie cortaba. En tiempos de lluvias y en tiempos de secas, con trabajo o sin él, con huéspedes o solo, jamás pudo sustraerse a ella. Su siesta consistía en un sueño corto; pero profundo. La hora que seguía a la comida era sagrada en la casa. Nadie hablaba, ni una sola voz se oía; se caminaba en puntillas, sellando los labios con el índice, recomendándose cuidados unos a otros. Hasta los perros olvidaban sus ladridos cuando don Juan descansaba.

Pero aquel día, mientras el silencio se adueñaba de toda la casa, y mientras don Juan pugnaba por dormir, el pensamiento tenaz, loco, burlón, le asediaba, le dominaba y le mortificaba. Estaba tirado en la cama, boca arriba, entrecerrados los ojos y las manos muertas, cuando oyó las pisadas del caballo. De un salto se puso en pie. Allí, en la galería, donde el sol ardido e inclemente calcinaba las tablas, esperó a Andrés, que se esforzaba en abrir la puerta de campo. Don Juan sujetaba las columnas de madera, entreabría la boca y miraba. Al fin, cuando el peón estuvo cerca, preguntó, en voz bastante baja:

—¿La traes?

Andrés, por toda respuesta, desabotonó la camisa, metió la mano en el seno y extrajo una carta.

Al extender el brazo, los dedos del abuelo se movían sin gobierno, como las hojas del árbol que el viento castiga.

VI

Cuando se volvió, pasado un rato, tenía todavía la mirada vaga y el pecho prieto. En el fondo de la sala, secándose las manos con un paño que llevaba envuelto en la cintura, la mujer le contemplaba, inexpresiva y asustada.

—¿Qué es, Gaviño? —preguntó.

Él tuvo deseos de mostrarle el sobre y decirle cualquier cosa; pero le anduvo por el cerebro la idea de que su mujer no era de este mundo. De súbito sintió, de manera palpable, casi como fenómeno físico, que se recogía otra vez en sí mismo, que se metía en un repliegue pequeño y cálido de su corazón, de ese mismo corazón que le golpeaba el pecho hacía un momento, igual que lo hubiera hecho un ave enjaulada con los barrotes de su prisión. De nuevo se le incendiaron de vida los ojos; sentía que acababa de tomar posesión de algo que se le estaba alejando.

Vicenta aventuró un paso corto como hacia don Juan. Él observó la cara desabrida, las manos mojadas, el paño sucio en la cintura. Sonrió con desdén, cubrió el sobre tras su espalda y se fue.

Allí, frente a su cama, había una mecedora. En el comedor hablaban las muchachas y se oía la charla de Andrés, que desensillaba el caballo en la enramada.

Se sentó. Inesperadamente sintió que se espaciaba, que todo dentro de él se hacía ancho y a la vez débil, transparente. Apretó la boca. Por allá adentro le correteaban ideas descabelladas, fantasmas informes, imágenes de imposible expresión. En medio de ese caos, la carta permanecía fija, igual. Ahí estaba la infancia, cobijada por el padre, hombre fuerte, de barba, que nunca tuvo inquietudes. De pronto se sintió golpeado en la cabeza. Su madre le acariciaba y él lloraba sobre la falda, que era negra. Había también una fragata de palos y velas altos; y una agua ancha, ancha.

A don Juan le parecía que se le arrugaba el pecho y que el llanto le subía poco a poco, invadiéndolo todo, adueñándose de él.

Se puso en pie. Tenía la carta en la mano; la levantó, la miró al trasluz; la sopesó. Acodado en la ventana luchó por serenarse, por ahuyentar la angustia que le nacía. El paisaje se hacía escuálido bajo el sol.

—¿De quién será? —pensaba.

No se esforzaba en buscarle explicación a su emoción ni a su debilidad. Sabía que había soñado la noche anterior con aquel momento, y que desde entonces lo esperaba y le intimidaba su llegada. Sabía, además, que tenía que esconder su desasosiego, porque nadie debía verle así. Él era don Juan Gaviño, don Juan, hombre austero, grave y seco. No se debía saber que él era capaz de emocionarse de tal manera.

En las ramas del limonero se acaba de posar un palomo. Venía desde la casa de Alonso, que vivía al otro lado del río. Aquel tenía el cuello grueso y la cola color parda. Don Juan le estuvo observando y lo siguió con la vista cuando voló al caballete de la cocina. Lleno de admirable discreción, el canto del palomo empezó suavemente, para irse haciendo precipitado poco a poco. Él le escuchaba, la frente puesta en la mano grande y descarnada. Cuando quiso cambiar de brazo se dio con la carta en los dedos de ese lado. Ni siquiera le sorprendió sentirse otro, una persona distinta, nueva; casi ni dueño de sí. La onda de emoción había pasado de prisa,removiéndole los más soterrados sentimientos, y se había ido tal como viniera.

Tornó a la mecedora, puso los pies en la cama y encendió un cigarrillo. Despacio, como si no se preocupara, empezó a cortar las orillas del sobre. Iba desprendiendo el papel con la uña del pulgar. Cuando hubo terminado metió los dedos y sujetó el pliego; pero al quedarle ante los ojos el lado escrito, se detuvo a releer la dirección. La mano que había trazado aquellas letras pertenecía a un hombre refinado, cuidadoso y limpio. Altos, finos, los signos se enfilaban en orden, a igual distancia unos de otros, en líneas rectas y paralelas a perfección.

En ese momento don Juan sólo tenía la curiosidad intelectual, puramente mental que sentía en general por todas las cosas. Se preguntaba a quién pertenecería tal letra, y hurgaba en su memoria tratando de buscar el dueño. En realidad, era empeño vano, porque desde que vivía en Río Verde sólo había recibido cartas de su hermana, que permanecía a orillas del Niño, en la misma casa donde nacieron ambos y donde murieran el padre y la madre. Por supuesto, comerciales sí había tenido muchas, infinidad; pero ésta no era de ésas. Se sentía, se podía hasta tocar la tibieza familiar o amistosa de la que tenía entre sus dedos. Además, había soñado con ella, y tenía la certeza absoluta de que aquel papel iba a tener importancia decisiva en su vida.

No sospechaba que nadie pudiera escribirle. Había echado ancla, como hubiera dicho su padre, en dos o tres corazones. Fueron muy escasas sus amistades, aunque seguras. Un hombre necesitaba muchas condiciones firmes para él brindarle su afecto, que siempre era eterno. Había querido entrañablemente al viejo Paco Méndez, un zapatero de mal carácter, que vivía en pugna con la humanidad entera. El viejo murió, y él mismo estuvo en su entierro. Era una persona rara, pero llena de virtudes. Don Juan le recordaba, pequeño, flacucho, barbudo y desdentado, echando maldiciones y salivazos mientras, doblado sobre el zapato, iba arrancando tirillas de cuero con la fina zambeta. Tuvo también otro amigo, hombre conversador, animado, vehemente, emprendedor y audaz. Se fue a Australia, y desde allí le escribió cierta vez una carta abultada, llena de párrafos entusiastas y calurosos. “He hecho dinero a montones” —le decía. Seguía un relato largo, lleno de autobombos, en los que se llamaba a sí mismo atrevido, afortunado e inteligente. Le recordaba como al viejo Paco, y le veía tal como era antes de alejarse: alto, grueso, rabio; eternamente reído y eternamente sudado.

La letra del sobre no era la del australiano; no. De eso estaba seguro. Súbitamente recordó a Antonio. Se le abrió la boca en una sonrisa infantil, ingenua, amplia. Extrajo la carta; extendió el pliego, corrió una hoja, otra, otra. Allí, al final, envuelta en rúbricas y garabatos, estaba la firma: Antonio. Le temblaban de nuevo los dedos; sintió pasos.

En la puerta, con los espejuelos sobre la frente y secándose todavía las manos, está Vicenta, la eterna, la dichosa Vicenta.

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CUENTOS INFANTILES


.- Un campesino ingenioso [Por el estilo, este cuento se le atribuye a Juan Bosch. Bahoruco, semanario ilustrado, Año II, Nº 62, Santo Domingo, 17 de octubre de 1932, pp.16-17.]

I

Al cabo de tres o cuatro horas de penosa marcha bajo un sol de fuego, a través de pastizales que cubrían a los caballos casi junto hasta la cruz, en ocasiones, y caminando sobre una tierra endurecida por una prolongada sequía, en que resbalaban los cascos de nuestras cabalgaduras, como si éstas pisaran pedernales, la fatiga, el hambre y la sed habían llegado a hacérsenos verdaderamente intolerables.

Por encontrar en nuestro zarandeado camino una habitación humana cualquiera, aunque fuese una humilde choza, el más animoso y despreocupado de nosotros habría dado, de buena gana, su palabra de honor de no volver a meterse en aventuras como la que nos había llevado por aquellos vericuetos, que parecían dejados de la mano de Dios y de los hombres.

—¿Era ésta la diversión que nos proponías? —preguntóme de repente el capitán Morales que a la vez que nuestro jefe inmediato, era también el más atrevido y decidor de todos nosotros—. Para esto no valía la pena de haberse separado de las filas aunque sólo fuese por pocas horas. ¿Dónde están la espumosa leche y todo lo que nos habías prometido?

Algo mohino por este sarcasmo, que no creía merecer, puesto que yo me sentía tan víctima como los demás de la fatalidad que parecía perseguirnos, repliqué malhumorado:

—Yo no he prometido nada; fuisteis vosotros los que os quejasteis de la monotonía del campamento, y entonces, creyendo haceros un favor, dije que, por estos contornos, había visitado, hace algún tiempo, una alegre casita, que parecía pertenecer a gente bien acomodada, y en la cual después de un penoso camino como el que llevamos, encontré reposo en un blando lecho, leche fresca y espumosa que me confortó, y dos muchachas lindísimas que, con su gracejo y simpática charla, dejaron en mí recuerdos imperecederos…

—¡La casa! ¡Allá, lejos, aparece la casita! —gritó, de pronto, una voz alegremente.

Como bajo el simultáneo impulso de un resorte, todos levantamos la cabeza al oír esta exclamación y al ver que, en efecto, divisábase en la llanura la anhelada casa a poco más de un kilómetro de distancia, aflojamos las riendas y partimos en dirección a ella a galope tendido.

II

Los cuatro éramos jóvenes por aquella época y pertenecíamos al mismo regimiento de caballería.

Después de correr días y más días, noches y más noches por la desierta llanura, nos sentíamos, más que cansados, aburridos de aquella marcha que parecía no tener fin ni había dado, hasta entonces, resultado alguno, a pesar de todos nuestros esfuerzos, parecía que la tierra se había tragado a los enemigos.

Aquella mañana el fastidio llegó a su periodo álgido, y yo, con el propósito de proporcionarme y de proporcionar a la vez a mis dos amigos íntimos los tenientes Cabrera y González alguna distracción, les hablé, como he dicho antes, de una casa que debía haber por aquellos contornos en la cual había estado yo no hacía mucho tiempo, y en la que fui objeto de una hospitalidad verdaderamente bíblica.

Mis dos compañeros, sin dejarme apenas concluir mi narración, obligáronme a que los llevara a la casa consabida y deseando formar también parte de la excursión, se unió a nosotros el capitán Morales, jefe del escuadrón a que los tres pertenecíamos y que nos aventajaba a todos en ingenio, travesura y buen humor, siendo por otra parte, de la misma edad, con muy corta diferencia.

He aquí pues, explicado el motivo de que nos encontráramos, poco menos que extraviados, cuatro oficiales del ejército aquella mañana de julio, bajo un sol que abrasaba y galopando como verdaderos diablos en dirección a la casa de mi cuento, ansiosos de resfrescar en ella y encontrar algún reposo.

Antes de diez minutos nos apeábamos a la puerta del rústico edificio y llamábamos a grandes voces a sus moradores. Pero, con gran desencanto por nuestra parte, nadie respondió a nuestro llamamiento. Y este desencanto se aumentó más aún cuando, al penetrar en el interior, explicamos la causa de aquel silencio.

La casa estaba vacía.

III

—¡Aseguro a ustedes —gritó casi colérico el teniente González—, que de aquí no me muevo hasta que venga alguien que nos dé con qué refrescar, primero, y después alimente nuestros defallecidos estómagos!

—Lo mismo digo —repuse yo, comprendiendo que después, era eso lo más sensato que podíamos hacer.

—Este edificio no está deshabitado, a juzgar por las apariencias —añadió el capitán Morales, echando una ojeada circular al mobiliario tosco, pero limpio y relativamente confortable que nos rodeaba.

—¡Leche! ¡Aquí hay un enorme jarro de leche! —gritó alegremente el teniente González que, mientras nosotros charlábamos, aprovechaba el tiempo más prácticamente, según su costumbre, husmeando por los rincones en busca de algo con que calmar el hambre y la sed que le devoraban.

Al oír las palabras que acababan de pronunciar, todos nos lanzamos hacia él, como verdaderos tántalos, decididos a disputarnos la codiciada leche. Pero, afortunadamente, la vasija o jarro, como por eufemismo, acaso, la había llamado González, era bastante grande y estaba llena hasta el borde. En consecuencia todos pudimos apagar nuestra sed y mitigar, aunque sólo en parte, los calambres que la necesidad de alimento hacía sufrir a nuestros estómagos.

Después de haber apurado hasta la última gota, apareció en la puerta de la casa la figura de un anciano venerable, seguido de dos muchachas lindísimas, aunque vestidas como se acostumbra en el campo.

Una sola ojeada me bastó para convencerme de que aquellas dos muchachas eran mis antiguas conocidas y, aunque nunca había visto al anciano, supuse desde el primer momento que debía ser su padre.

Pasado el primer instante de sorpresa y dadas las convenientes explicaciones por ambas partes, tuvo lugar la presentación, y vi que no me había engañado.

El anciano en cuestión era un viejecillo sumamente alegre y de una amabilidad exquisita. Pero sin saber por qué, causábame un extraño malestar la mirada chispeante y llena de malicia que a veces clavaba en nosotros, como si se burlase o pensara en reservarnos alguna desagradable sorpresa.

Al fin, las dos muchachas nos prepararon la comida en pocos minutos, y en el momento en que comenzábamos a hacerle los honores con todo el entusiasmo de unos estómagos famélicos, el viejecillo, encarándose con el capitán Morales, como el más caracterizado de nosotros, díjole pausadamente y con la mayor naturalidad del mundo:

—Lamento de todas veras, señores oficiales, no tener algo más agradable que ofrecerles, pues mis recursos no son muchos, y, por otra parte, esta casa está tan aislada, que resulta muy difícil proveernos de golosinas. Ni siquiera puedo brindarles con un vaso de leche, pues aunque otros días la suelo tener en abundancia…

Todos enrojecimos de vergüenza al oír hablar al anciano en esta forma, pues la conciencia nos remordía por haber saqueado con tanta frescura la escuálida despensa de aquella pobre gente. El capitán Morales trató de interrumpir al anciano para justificar nuestra conducta. Pero éste, sin dejarle que hiciera uso de la palabra, prosiguió con una calma imperturbable:

—Pues sí: otros días tengo leche en abundancia, y aun hoy mismo no carecía de ella. Pero las ratas parece que han decidido enseñorearse de esta casa, y para exterminarlas, a los menos en parte, dejé, antes de salir a dar el cotidiano paseo en compañía de mis dos nietas, el jarro en que suelo poner la leche con una buena porción de ésta y en sitio adonde pudieran alcanzarlo los malditos roedores. Ya he podido convencerme de que está vacío y…

—¿Y qué? —preguntamos a una voz, presintiendo la espantosa tragedia y poniéndose de pie simultáneamente.

—Nada —replicó el condenado viejecillo con su calma desesperante—. Que como había echado en ella previamente un activo veneno, estoy seguro de que van a reventar a centenares.

Pintar la escena que sucedió a estas terribles palabras, sería completamente imposible. Lívidos, temblorosos, figurándonos sentir ya en los intestinos los horribles dolores de la ponzoña, salimos atropelladamente de aquella casa infernal, y nos arrojamos de un salto sobre nuestros caballos.

Dos horas después nos entregábamos en manos del médico del regimiento, el cual, luego de reconocernos detenidamente, comenzó a reírse a carcajadas, y terminó diciendo.

—El veneno no existe más que en la imaginación de ustedes.

Ese astuto anciano, al verles en su casa temió por sus nietas, y para ahuyentarles, echó mano de una treta que no carece de ingenio.

Al oír estas palabras, los cuatro nos miramos llenos de asombro, y al fin rompimos a reír a carcajadas. Pero, a pesar de todo, creo que aun hoy, no obstante los años transcurridos, hay alguno que se lleve la mano al vientre para convencerse de que no está envenenado.

El ingenio, o, como suele decirse, la maña, vale en ocasiones más que la fuerza, y quien no posee medios para evitar los obstáculos que se le presentan en la vida, debe apelar al ingenio para desembarazarse de ellos.

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.- El negocio de doña Hormiga [Firmado con el seudónimo de Juanito Niní, Alma Dominicana, Año I, Santo Domingo, agosto de 1934, p.51.]

Desde que llegó el invierno, doña Hormiga y sus hijas se metieron en su casa, a comer, a engordar y a pensar en qué harían cuando llegase la Primavera.

Resolvieron poner una zapatería. Cuando empezaron los días buenos, alquilaron una tienda en la calle del Conde, y todo el mundo se quedó asombrado cuando abrieron su comercio. La tienda estaba llena de zapatos desde el piso hasta el techo. Eran zapatos criollos, mejores que todos los zapatos extranjeros que se vendían en las otras tiendas de la calle.

Pero el negocio no iba bien. Doña Hormiga se desesperaba. Sólo cada dos o tres días se vendía un par de zapatos. Cuando pasaron dos meses, pensó que el material se pudriría, lo que habría ocurrido ya, si los zapatos no hubieran sido criollos, y lloró muchísimo. Al tercer mes, apenada porque sus hijas, jovencitas de lucir, no podían comprar ropa, y porque el casero, que era un perro al que las pulgas le tenían siempre de mal humor, la amenazó con botarla, lloró tanto que parecía que se había roto una cañería del Acueducto. Sus hijas lloraron también. ¿Perderían su preciosa zapatería, fruto de un año de laboriosidad y de ahorro y única esperanza de toda la familia?

Pero hete aquí que cuando más lloraban, llegó la señora doña Ciempiés con cinco hijas y dos hijos pequeños a comprar zapatos. Y doña Hormiga vendió la tienda entera. Cada una de sus inesperadas clientes necesitaba cien zapatos.

Este fue el negocio de doña Hormiga, que se hizo rica en una hora como premio a toda una vida de trabajo y de confianza en el porvenir. Y todos los demás comerciantes de la Calle del Conde —turcos, españoles e italianos— se murieron de envidia. Los que hay ahora, vinieron después.

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.- El General don Gallo [Firmado con el seudónimo de Juan Niní, Alma Dominicana, Año I, No. 2, Santo Domingo, septiembre-octubre, 1934, p.48.]

Por muchas cosas grandes que se hagan, no se tiene derecho a ser vanidoso; pero el General don Gallo no lo creía así. Verdad que era muy gallardo, con sus plumas brillantes, sus barbas y su cresta roja y su cola de mil colores, pero esto no bastaba para que se creyera, como se creía, lo mejor del mundo.

El General don Gallo era del Seybo, y por eso andaba siempre con su gran machete a un lado, además de las dos finas espuelas que usaba constantemente contra sus compañeros.

Un día, mejor dicho, un amanecer, el General don Gallo se plantó en una cerca, batió las alas sonoramente, y cantó con todas sus fuerzas:

—¡Yo soy el más guapo!

Y como nadie le contestó, se fue a hacer la rueda a la señorita Polla, una gallina blanca y jovencita, que era, por aquellos días, su más grande preocupación.

—Me voy del pueblo, lindura —le dijo— porque aquí me ahogo; nadie me comprende.

—¿Y por qué no le comprende nadie? —preguntó ella muy azorada.

—Porque yo soy para la lucha, y en toda la provincia no hay compañero mío que se me pare por delante. Y como no tengo con quien luchar, me voy, aunque con mucha pena.

—¿Pena…? —preguntó la señorita Polla.

—¡Oh, sí…! Tengo que dejarla a Ud., y eso me entristece mucho.

Entonces, la sentimental señorita levantó una pata y se secó una lágrima, que ya le corría por el pico.

—Yo también lo siento mucho —dijo entre sollozos.

El General don Gallo dio otra vuelta con un ala bajita, murmuró no sé qué cosa, y aseguró con voz sonora:

—Volveré pronto, querida. En un momento acabaré con los guapos que haya en el país, y entonces vendré a ofrecerte mis triunfos.

Y se fue, levantando mucho las patas, con su gran machete seybano arrastrándole por el camino.

A poco, dejó éste para tomar la carretera, que, según él, era la única vía digna de su grandeza; y al caer la tarde, cansado, buscó un árbol donde subirse para pasar tranquilamente la noche y soñar con la señorita Polla.

Pero precisamente aquella noche decidieron los dueños de las gallinas que dormían en el mismo árbol hacer un sancocho, y como cojieron las aves en la oscuridad, le tocó al General don Gallo ser de las destinadas al fogón.

—¡Cómo…! —gritó indignado, cuando vio el fin de sus compañeros.

Y trató de sacar su gran machete seybano, pero no pudo, porque, a pesar de todo, tenía mucho sueño. Pero cuando se vio irremisiblemente perdido, tuvo que pensar en huir, aunque ello no era, por supuesto, la solución más digna de un General tan valiente como él.

Con todo, lo hizo; pero se dejó su hermosa cola entre las manos del dueño de la casa, y como a huir se empieza pero no se acaba y, además, huyendo el miedo crece, don Gallo no se paró hasta que se vio otra vez en el Seybo. Entonces fue cuando se dio cuenta de que le faltaba su más hermoso adorno; pero se consoló pensando que valía más haber perdido la cola que su vida.

Al otro día, preguntó por la señorita Polla; pero he aquí que como, pelón como estaba, nadie le reconocía, no le hicieron caso y se fueron a charlar con otro gallo joven.

—¡Ándense con cuidado, sinvergüenzas…! —tronó—. ¡Yo soy el más guapo!

Pero todos se le rieron, y como él no podía pelear con tantos, aunque pretendió desenvainar el machete, tuvo que acabar por irse, muy apenado, y resolvió esperar en el monte a que le creciera la cola.

—¡Miren que “bolo” tan feo…! —decían las señoras gallinas.

El dueño le tiró un palo, no reconociéndole, y el General don Gallo tuvo que huir por segunda vez en un día.

Cuando volvió al pueblo, era ya tan viejo que no podía con el machete y en sí no veía, a pesar de haberse comprado unos espejuelos muy buenos en la tienda de doña Pata. Entonces se quedó asombrado, al comprobar que ya la señorita Polla era una madre de familia, con pollitos de los más graciosos, que ni siquiera quiso oírle.

Don Gallo —pues ya no quería ser General— colgó su viejo machete de un clavo, en un palo del patio, y decidió hacerse maestro de escuela. Y lo que enseñaba, sobre todo, a sus discípulos, que eran jóvenes gallitos muy emperifollados, era esto:

—Si no dejan de ser vanidosos, pueden fácilmente perder la cola cuando menos. La vanidad, amiguitos, conduce, infaliblemente a la olla o al ridículo.

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.- Don Gato y don Ratón [Firmado con el seudónimo de Juan Niní, Alma Dominicana, Año I, No. 2, Santo Domingo, septiembre-octubre, 1934, pp.48-49.]

Don Gato estaba una vez paseándose sobre una pared, y al mirar hacia abajo observó que una cosa se movía dentro de una barrica. Ésta contenía un poco de ron y cuando don Gato se acercó se relamió de gusto al ver que quien estaba ahogándose en el licor era nada menos que su tormentoso enemigo el joven Ratón.

—Compadre Gato —clamó el infeliz— me estoy asfixiando aquí. Haga un favor, siquiera sea una vez.

—Yo lo siento, compadre Ratón —contestó sin piedad alguna don Gato.

—Oiga —insistió el moribundo— le prometo engordar, cuando salga de aquí y volver donde usted, para que me coma.

Al oír tan agradable proposición, don Gato se detuvo, se llevó la patita a la barbilla, como quien piensa, y contestó:

—Yo no creo en palabra suya, amigo Ratón; pero si usted me promete engordar y volver, trataré de ayudarle.

Al joven e impertinente don Ratón le brillaron los ojitos, porque a decir verdad no se sentía muy bien en el ron, que le estaba quemando las peladuras, que se había hecho tratando de conseguir queso.

—Le juro a usted, compadre Gato, que cumplo mi promesa —afirmó.

Entonces don Gato buscó una tablita, la colocó de modo que tocara el fondo y el borde de la barrica, y por ella salió el entripado don Ratón. Cuando estuvo afuera volvió la cara y se ausentó lo más de prisa posible, por si acaso.

Pasaron los días, las semanas, y hasta medio año. Un día don Gato se paseaba tranquilamente por el patio de su casa y vio unos ojitos brillar en el fondo de una cueva.

—¡Hola, compadre don Ratón!

—¿Qué tal, amigo don Gato? —respondió aquél cínicamente.

—¡Cómo! ¿Ya usted no se acuerda de lo prometido?

—¿Prometido? —preguntó don Ratón.

Entonces don Gato, con las mejores palabras de su léxico, explicó el caso, tal como sucediera.

—¡Ah sí! —dijo don Ratón—. Lo recuerdo muy bien.

—¿Y no va usted a cumplir ahora su promesa? —preguntó el Gato, relamiéndose al pensar en el próximo banquete.

—¿Yo cumplirla? ¿Qué era lo que había en la barrica, compadre Gato?

—Ron, si no me equivoco —respondió éste.

El joven don Ratón se echó a reír estrepitosamente y cuando hubo terminado explicó:

—Si era ron, es indudable que yo estaba borracho, y usted estará de acuerdo conmigo, compadre Gato, que nadie le hace caso a las palabras de un borracho.

Y el “compadre” Gato no supo que contestar.

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.- La ignorancia de doña Gallina Pinta [Firmado con el seudónimo de Juan Niní, Bahoruco, semanario ilustrado, Año V, N° 226, Santo Domingo, 22 de diciembre de 1934, p.37.]

El sencillo hecho de no haber querido asistir a la escuela durante su niñez costó la vida a doña Gallina Pinta, señora muy apreciada por su bondad y por su honorabilidad.

El caso sucedió así:

A los veintiún días de estar doña Gallina Pinta en el nidal, casi sin salir a comer, por lo que se puso tan flaca que era sólo plumas, empezaron sus hijitos a picar los cascarones. Hubo tres que no nacieron, y entre los que tuvieron la envidiable dicha de conocer esta dulce tierra, estaban algunos que, por curioso suceso, a pesar de estar empollados por ella, no eran hijos de doña Gallina Pinta. Se trataba de tres herederos de su prima, la bondadosa doña Pata Blanca, señora que gozaba fama de callada a limpia. Es decir que, entre los pollitos, había tres patos.

Doña Gallina Pinta era una santa persona, a decir verdad; pero en su juventud no había atendido debidamente los consejos de su padre, el malogrado y valeroso don Gallo Pinto. Mucho luchó este abnegado señor para que su hija asistiera a la escuela. Mas ella le engañaba y, simulando que iba, se metía donde su primita, y allí pasaba las horas hablando de modas y de cine, cosas estas muy peligrosas para las jovencitas, porque olvidan sus deberes.

Volvamos a lo importante. Decíamos que habían nacido tres patitos entre los hijos de doña Gallina Pinta. Todos sabemos que estos animalitos procuran el agua desde pequeñitos; y así lo hicieron también estos tres desde que abrieron los ojos a la luz del sol.

Todos aquellos días había estado lloviendo fuertemente, así es que el patio tenía una charca de agua bastante sucia, pero de gran hondura. Ver los patitos aquellas charcas y ver un cura la gloria, son alegrías iguales. De modo que cuando doña Gallina Pinta salió llena de orgullo, con las plumas paradas, a mostrar su prole, dispuesta a pelear con todo el que se acercara, los patitos echaron a correr hacia el agua.

¡Ave María Purísima! Lo que sucedió entonces no tiene explicación posible; porque cuando la santa señora vio a esos angelitos de Dios en el agua, pensó que se ahogarían sin remedio, y empezó a dar unos chillidos que partían el alma.

—¡Ay que se ahogan! ¡Ay que se ahogan! —gritaba.

Pero los muy desvergonzados patitos no le hacían caso. Entonces doña Gallina echó a correr como una loca, alrededor de la charca, y gritó para que la ayudaran.

—¡Socorro! ¡Socorro! –chillaba.

Pero aquello estaba tan desolado, que sólo los pollitos la oían y estos mismos estaban tan nerviosos, porque su mamá creía que llevados por el mal ejemplo se iban a tirar también al agua, que apenas se daban cuenta de lo que sucedía. Entonces ella, convencida de que nadie vendría a ayudarla, decidió echarse a la charca. ¡Pobre doña Gallina Pinta! Se olvidó de que no sabía nadar; no recordó su odio al agua, la que sólo usaba para beber. Pataleando y dando aletazos fue tras los patitos; estos buscaron el sitio más hondo. Al llegar a él le faltó pie a la señora, se hundió, sacó la cabeza, gritó más alto. Los patitos, asustados, salieron tranquilamente de la charca, pero doña Gallina Pinta se quedó en ella, sencillamente porque se había ahogado.

Sus hijitos lloraron desconsolados. Vinieron unos cuantos gallos barbudos, con cascos de cobre en la cabeza, una gran escalera y dos camiones: eran los bomberos. Sacaron el cuerpo de la pobre señora, y entre los gritos de dolor de sus familiares lo llevaron al nidal que había abandonado esa misma mañana. En la noche le hicieron un gran velorio, con mucho café, muchas velas y mil rezos. Todas las gallinas respetables del lugar acudieron a él, así como casi todos los gallos y pollos que tenían barbita.

El entierro fue uno de los más concurridos que se recuerdan en el país y en el discurso que pronunció doña Guinea Voladora en el momento de dar sepultura a sus restos, explicó que su prima doña Gallina Pinta no hubiera muerto tan trágicamente si en su juventud hubiera ido a la escuela, porque en ella le hubieran enseñado que los patos por pequeños que sean, no se ahogan. Eso más o menos entendió la atribulada concurrencia, porque doña Guinea Voladora no expresaba sus ideas con claridad, ya que, a pesar de expresarse con voz alta, hablaba demasiado de prisa, lo que denunciaba su nerviosidad.

Los desconsolados hijitos de doña Gallina, muy impresionados por el discurso de su tía, aprovecharon la vuelta del cementerio para llegarse a la escuela, en donde dijeron que se querían inscribir para volver después que hubieran pasado los nueves días de duelo de su querida y llorada madre.

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.- Las envidiosas Ciguas [Firmado con el seudónimo de Juan Niní, Bahoruco, semanario ilustrado, Año V, N° 227, Santo Domingo, 29 de diciembre de 1934, p.6.]

Un día por la mañana, muy temprano, se reunieron todas las hermanas Ciguas, señoritas que gozan fama de ser muy parlanchinas y hasta muy murmuradoras. Se juntaron en las ramas de una palmera, y tenían un escándalo del otro mundo; una chillaba, otra saltaba, la de allá volaba, la de aquí cantaba…

En eso sintieron que alguien había llegado al tronco de la palma y vieron que se trataba de don Carpintero, un señor tan serio, tan trabajador y tan buen padre de familia, que no se le podían poner defectos. Verdad es que se decían muchas cosas de él, entre ellas que ni para dormir se quitaba el gorro rojo y que hacía un daño tremendo a la Agricultura; pero eso estaba en discusión, porque con respecto al gorro, unos opinaban que le estaba muy bien y que era una distinción especial de don Carpintero; y en lo que se refiere al daño que hacía en las plantaciones, principalmente al cacao, alguien entendía que él lo que hacía era matar todos los insectos dañinos que acababan con los frutos.

Aparte de todo eso y de nuestro relato, la historia de don Carpintero era bastante larga y bastante azarosa; todos recuerdan que en cierto tiempo se llegó a poner precio a la cabeza de uno de su familia y los campesinos iban al pueblo con sartas de lenguas de Carpinteros. No eran, francamente, bandoleros, pero la gente lo creía así. Ahora se les ha dejado tranquilos, y ellos se ocupan tranquilamente en trabajar, sin hacer daño a nadie.

Bien. Íbamos por la llegada de don Carpintero, con todo y gorro rojo, al tronco de la palmera. Como tenía unas uñas muy fuertes, se sujetó al tronco y empezó a picar con su lengua la madera. Los desacreditadores dicen que don Carpintero tiene lengua de hierro. Cuando don Carpintero había hecho un hoyito bastante redondo, empezaron las señoritas Ciguas a murmurar:

—¡Miren el impertinente! ¡Ya está de dañino!

—¡Guay! ¡Con el dolor de cabeza que tengo yo y ese mal educado haciendo tanto ruido! —gritaba una.

Y como querían hablar todas a un mismo tiempo, se armó un escándalo tan grande en las ramas de la palmera, que don Carpintero se alarmó creyendo que había sucedido alguna desgracia, y como tiene muy buen corazón, dio dos aletazos y se fue a ver qué pasaba donde las señoritas Ciguas.

—Aquí lo que pasa —contestó una con voz muy alta— es que estamos cansadas de oírle a usted golpear el tronco. Ya tenemos todas dolor de cabeza.

—Y francamente —dijo otra— no nos explicamos qué empeño tiene usted en fabricar con tanto trabajo, porque al fin y al cabo, molesta a sus vecinos y no consigue nada.

Don Carpintero quería explicarles el motivo de que él encontrara mejor su casa que la de ellas, a pesar de que la de las señoritas era más grande, más fresca, y tenía balcones; pero la algarabía era tan grande que decidió irse. Se despidió muy gentilmente, como hace toda persona decente, quitándose el gorro e inclinándose, y volvió a su tronco.

—Miren al infeliz, tan mal padre —murmuraban las ciguas cuando se hubo ido—; criando sus hijos sin ventilación, en una casa que parece una cueva, sin luz y sin agua.

Y siguieron charlando y murmurando hasta que llegó la tarde y el sueño las obligó a callarse.

Pero sucedió que encontraron al levantarse, que el cielo estaba muy nublado y soplaba una brisa fuerte. Entonces las señoritas pensaron que no valía la pena levantarse en un día tan feo, y siguieron acostadas. A poco empezó a llover, y empezaron a caer unos goterones de agua tan pesados que casi tumbaban la casa de las jóvenes. El viento arreció, y las niñas vieron con asombro que la galería se estaba cayendo, y se miraron muy asustadas.

—El horrible don Carpintero sí está bien ahora —dijo una.

Y la más fresca opinó que deberían pedirle albergue a su molestoso vecino. Pero ellas protestaron con gritos terribles, que no se oían porque el viento hacía mucho ruido.

En eso vieron que una de sus primas, doña Cigua Calandria, llegaba a toda prisa, sin paraguas, sin capote, hecha una sopa de tan mojada:

—Primitas —dijo—: sálganse pronto de aquí, que lo que viene es un ciclón más grande que San Zenón. Por mi pueblo no ha quedado nada en pie.

Y nada más hizo doña Cigua Calandria terminar, cuando ya estaban las señoritas Ciguas, unas huyendo, otras con ataques, y la vieja que les cocinaba chillaba como si la hubieran estado desplumando. Su primera intención fue ir donde don Carpintero, pero como tenían mucho orgullo, tardaron en ponerse de acuerdo. Al fin enviaron una comisión, formada por las tres más bellas y más inteligentes, a ver si ablandaban el corazón del horrible viejo, pero cuando se asomaron a la puerta, don Carpintero salió a recibirlas muy cortésmente, como era su costumbre.

—Don Carpintero —dijeron— como está anunciado un ciclón muy fuerte, venimos a pedirle que nos deje pasar aquí el peligro, porque su casa es muy segura.

Don Carpintero sonrió un poquito, se puso una patita en la barbilla, como quien piensa, y replicó:

—Siento mucho, mis queridas vecinas, decirles que no me es posible porque todavía no he terminado mi construcción debido a que ustedes protestaban porque yo las estaba molestando, y como a mí no me gusta molestar…

—¡Pero si usted nunca nos ha causado la menor molestia, don Carpintero! —dijeron las tres a un tiempo.

—Ahora, me dicen que no, pero antes me dijeron que sí –contestó él—; que apenas hay espacio para mí solo —agregó con toda cortesía.

Y las señoritas Ciguas comprobaron la verdad de lo dicho por su vecino. Entonces se fueron llorando a su casa, pero cuando llegaron encontraron que aquello era casi un montón de ruinas, y entre ellas había unas cuantas de sus hermanas muertas por los escombros.

—Lo que nos ha pasado por estar de egoístas —dijo una, con mucha tristeza.

Y decidieron buscar refugio en otra parte. Y cuando iban volando, se acercaron las tres y dijeron, casi a un mismo tiempo:

—No volvamos a criticar a nadie, que una no sabe quién le hará un favor cuando esté necesitada.

Y efectivamente, murieron de viejas sin sentir envidia y aconsejándoselo a las más jóvenes.

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.- Cómo nació la luna [Bahoruco, semanario ilustrado, Santo Domingo, 12 de enero de 1935, pp.24-25.]

En tiempos muy lejanos, tan lejanos que no puede recordarlos el abuelo, ni los viejos más viejos que haya en el pueblo, vivían en esta tierra unas gentes que no usaban ropa, ni comían en platos, ni tenían camas; que no montaban a caballo, ni conocían carreteras: esos eran los indios muertos por los españoles.

Algún día ustedes sabrán qué les sucedió a los indios con los españoles, y cómo eran ellos, y qué idioma hablaban. Pero yo sólo voy a contarles la historia de la luna, tal como aparece escrita en una piedra muy grande, tanto que de lejos parece una loma, y que un viejo me leyó y explicó, porque yo no conozco el lenguaje ni la escritura que está en la loma.

En aquellos lejanos tiempos había un indiecito extremadamente bueno y obediente que se llamaba Niguayona. Tenía el cabello muy negro y lacio, y tan largo que le llegaba a los hombros. Sus ojos eran claros, como las hojas de cacao secas, y así mismo era el color de su cara y su cuerpo.

Niguayona era un indiecito muy servicial y enamorado de la naturaleza, hasta el extremo de que se mantenía andando por los bosques, recorriendo los arroyos, conversando con las higuacas, que así se llamaban entonces las cotorras. Todas las aves le tenían gran cariño, y también los hombres. Las madres aconsejaban a sus hijos que fueran con Niguayona, los padres le llamaban para que jugara con sus niños y todo el mundo sentía placer en tener a Niguayona en su casa.

Sucedió un día que Atariba, la hijita de un jefe de los indios, muy querida también porque era bonita, obediente y dulce, se enfermó de cuidado y estuvo largos días sin comer y sin que lograran reanimarla las tisanas ni las otras medicinas que recomendaban los sacerdotes, que eran los que curaban después de haber hablado con los dioses. Niguayona estaba muy triste con la enfermedad de su amiguita, y cuando Atariba se dormía salía en silencio y se iba a recorrer los bosques, muy apenado. Una mañana de esas, estando en el arroyo, bajó una higuaca cerca de él y le dijo:

—Vete en dirección de la salida del sol y busca caimoní. Con esa fruta se curará Atariba.

Niguayona creyó volverse loco de contento; corrió como desesperado y entró en la casa de la enfermita. Contó a sus padres lo que le había dicho la cotorra, y explicó que saldría inmediatamente. Toda la gente del lugar se reunió alrededor de Niguayona, para oír la historia de sus propios labios, y una gran comitiva le acompañó hasta la entrada del bosque, donde entró él rebosante de alegría.

Pero el indiecito anduvo todo el día, toda la tarde, y llegó al anochecer. Una gran sombra se fue apoderando del bosque, y Niguayona no pudo seguir buscando caimoní.

Así pasó un día, y pasaron dos y pasaron tres. Nunca, hasta entonces, se había visto la luna. Ni una sola noche recordaron los viejos haber visto luz en el cielo. De manera que el indiecito no tenía esperanzas de conseguir lo que buscaba, porque probablemente cuando volviera, si lo hallaba, tendría que tardar por no poder caminar de noche, y Atariba se moriría antes de él volver.

Además, el hambre empezaba hacerle daño. Se sentía cansado y sin fuerzas. Una noche durmió en el tronco de una baitoa y al despertar, cuando los pájaros rompieron en cantos, se encontró cerca de un mango.

El árbol estaba lleno de frutas amarillas, redondas, como nunca las había visto Niguayona, pero era muy alto y por mucho que el indiecito trató de tumbar, con piedras los magos, sólo consiguió uno.

—Lo voy a guardar —pensó—. Si no encuentro caimoní, le llevo esta fruta a Atariba, y tal vez se cure con ella.

Y así lo hizo. Siguió camino hacia el sol, hacia el sol, hasta el atardecer. Entonces, viendo que volvía la noche y no conseguía lo que buscaba, se sentó en una gran piedra, cerca de un río y empezó a llorar.

Todo el bosque se estaba llenando de sombras y los pájaros venían a dormir en sus nidos. El río sonaba como vidrio tirado entre piedras. Niguayona estaba con la cara entre las manos y el mango amarillo, redondo, a su lado. Entonces las avecillas que venían a sus nidos empezaron a detenerse, a juntarse alrededor del indiecito, y a lamentarse. Casi era de noche ya. Niguayona no podía soportar el hambre, la fatiga y el dolor de saber que no podría seguir andando. Y cuando explicó esto a los pajaritos que le rodeaban y le cantaban tratando de animarle, oyeron una voz muy baja que decía:

—Yo subiré al cielo para alumbrarte de noche, Niguayona.

Volvieron los ojos, asombrados, y vieron que era el mango el que así hablaba.

—¿Cómo? —preguntó Niguayona.

—Sí, ahora lo verás —respondió el mango. Y dirigiéndose a uno de los pajaritos, le ordenó:— Cójeme entre tus deditos, y vuela conmigo hacia el cielo.

La avecilla así lo hizo, y empezaron a asombrarse más cuando vieron que el mango subía, subía, subía, y cada vez estaba más grande y más amarillo. Una claridad azul y agradable iba cayendo sobre el bosque. Ya el mango parecía una torta de casabe de tan grande, y cuanto más crecía más alumbrada.

Niguayona lloró de alegría. Dijo adiós a las avecillas, pidió permiso al río para pasar y el río le preguntó qué quería.

—Ando buscando caimoní para la niña Atariba que se muere si no lo llevo —dijo Niguayona.

El río le respondió con un vozarrón que asustaba:

—En mis orillas hay caimoní. Súbete en mi lomo que yo te llevaré donde está.

El indiecito creía estar soñando. Iba sobre las aguas, como una hojita seca y corría por chorreras, por charcas hondas, por recodos y revueltas. Allá arriba estaba el mango inmensamente grande, echando luz sobre el río. Hasta que éste se detuvo y dijo, también con fuerte voz:

—Mira el caimoní de la niña Atariba.

El pobre Niguayona no sabía lo que hacía. Correteó por la orilla, deshojó el arbolito y arrancaba los racimos de caimoní, rojos como la sangre. Parecía que estaba loco.

—¡Ahora me voy! ¡Ahora me voy! —gritaba.

—No —dijo el río—. Yo doy muchas vueltas y te dejaré cerca.

Y así lo hizo, efectivamente. Al amanecer había dado un rodeo al bosque y parecía que estaban cerca del poblado. Pero el buen indiecito se moría de hambre.

Cuando estaba cayendo la tarde, el río le dijo que él seguía otro camino y que debía quedarse allí. Niguayona se entristeció mucho, porque no podría caminar esa noche. No hubiera podido hacerlo, aunque hubiera estado el mango alumbrando, por que se sentía desfallecer de hambre.

Se sentó pues a la orilla del río, dijo a este adiós, y se dispuso, lleno de pena a dormir. Pero, ¡cual no sería el asombro de
Niguayona cuando vio venir rodando el mango que se había subido a los cielos!

—¡Mango querido! —dijo—. ¿No vas a alumbrar esta noche?

—Sí —respondió la fruta—. Pero he venido a que tú comas un poco de mí, para que puedas seguir tu camino.

Niguayona no quería hacer tal cosa. Mas tanto habló el mango que le dio dos mordiscos. Esa noche, la gente que miraba llena de asombro cómo se alumbraba el cielo con ese disco amarillo, vieron que le faltaba un pedazo.

Cada noche se repetía el hecho. Niguayona comía otro pedazo del mango, y éste salía más pequeño. Y así estuvo sucediendo hasta que Niguayona llegó al poblado.

Toda la gente del lugar, bailando y cantando, salió a recibirle. Niguayona no quiso perder el tiempo y entró en la casa de Atariba, que estaba delgada, amarilla como la cera, y con los ojos sin brillo. Pero a la vista del caimoní se reanimó un poco y trató de sonreir. Entonces Niguayona le puso uno en los labios, lo comió y pidió más. Ya no hizo falta otra cosa. A los pocos días, Atariba reía y hablaba como una cotorra.

La higuaca que le ordenó a Niguayona a buscar el caimoní, acechó que el indiecito volviera al río, para explicarle por qué había curado Atariba.

—El caimoní es hecho con sangre de dioses —dijo, y se fue dando aletazos.

Pasaron los días, las semanas, y al mes fueron Atariba y Niguayona a pasear, cuando la tarde caía. A la entrada de una cueva que había cerca estaba el mango, viejo amigo del indiecito.

—Hola querido mango —dijo el indiecito.

Le contó entonces la historia de la fruta a Atariba, y ésta, muy contenta, le dio gracias al mango.

Entonces la fruta dijo:

—En honor de ustedes, voy otra vez a alumbrar desde el cielo. Me gustó verlos contentos, pero quisiera que primero me comieran un pedazo.

Los indios vieron esa noche, llenos de asombro, que aparecía de nuevo el mango, pero muy pequeño y con la forma de una fruta a la que han comido un pedazo.

Cada día el pedazo fue creciendo creciendo, y el mango alumbrando la vida tranquila y dulce del lugar. Hasta que volvió a ser grande y pidió otra vez a Atariba y a Niguayona que lo comieran.

Así pasaron meses, y años. Después, cuando Niguayona y Atariba tuvieron hijos y olvidaron ir a la cueva en busca de la fruta, se dieron cuenta de que en ella se había hecho costumbre tal cosa.

Por eso la luna aparece siempre pequeña para ir creciendo. Y cuando está grande, muy grande y muy redonda, tiene pintada la cara de Atariba, a la que tanto quiso.

Ustedes pueden verla, cuando quieran y siempre que sepan ser tan dulces, tan abnegados y tan buenos, como el indiecito Niguayona.

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