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América Latina bajo la sombra de la CIA: golpes, sabotajes y silencios, la política encubierta de Washington...

En República Dominicana, el presidente Juan Bosch, al asumir en 1963, impulsó reformas sociales profundas (reforma agraria, viviendas asequibles, libertades públicas, educación, trabajo...) y una constitución que aún hoy se considera la más avanzada del país. Siete meses después fue derrocado por un golpe de Estado apoyado por Washington...

Historia desclasificada de una dominación: la CIA en América Latina

Las operaciones encubiertas más destacadas de la CIA en América Latina que han sido desclasificadas permiten reconstruir un patrón sistemático de intervención. Asesinatos selectivos, golpes de Estado, sabotajes económicos, saqueo de recursos y destrucción institucional forman parte de un mismo método que, tras ser ejecutado, queda cuidadosamente archivado. Décadas más tarde —30, 40 o 50 años después— parte de esa documentación se desclasifica, no sin antes ocultar, "lógicamente", los nombres de los responsables intelectuales y materiales. La pregunta es inevitable: ¿le preocupa al pueblo estadounidense conocer la verdadera naturaleza de su gobierno permanente? Todo indica que no. Ese pueblo disfruta de su prosperidad sin interrogar su origen ni el costo humano que la hizo posible, aun cuando las respuestas reposan, literalmente, en sus propias manos.

Un ejemplo paradigmático es Guatemala. En 1997, la CIA publicó un informe de cerca de 1,500 páginas —una fracción mínima de las aproximadamente 100,000 existentes— sobre lo que denominó el "programa de desestabilización guatemalteco". Jacobo Árbenz, elegido presidente en 1950 con el respaldo del ejército y de fuerzas de izquierda, impulsó un programa progresista cuyo eje central fue la reforma agraria. Esta política lo enfrentó directamente con la United Fruit Company, al intentar expropiar tierras improductivas y exigir el pago de impuestos a la multinacional. La respuesta fue inmediata: en junio de 1954, Árbenz fue derrocado por un golpe de Estado orquestado por la CIA y respaldado por los intereses corporativos estadounidenses. Acusado de "comunista", forzado al exilio y despojado de su proyecto político, su caída marcó el fin de la Revolución guatemalteca. Murió en 1971, en Ciudad de México, en circunstancias oficialmente descritas como un accidente doméstico ("ahogado en una tina").

Archivos del poder: cómo Estados Unidos ha intervenido en América Latina durante décadas

La experiencia cubana refuerza esta lógica de intervención. Desde el triunfo de la Revolución, la CIA hizo "todo lo que estuvo a su alcance" para impedir el éxito del gobierno de Fidel Castro. Sabotajes a bienes destinados a la isla, bloqueos comerciales, operaciones encubiertas y planes de asesinato formaron parte de una estrategia integral. El episodio más visible fue la invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, cuando un contingente de exiliados cubanos entrenados y dirigidos por la CIA, con apoyo del ejército estadounidense, intentó derrocar la Revolución y a su líder, Fidel Castro. La CIA entrenó a unos 1,300 combatientes, en su mayoría cubanos residentes en Miami, que fueron derrotados por las fuerzas armadas cubanas.

En República Dominicana, el presidente Juan Bosch, al asumir en 1963, impulsó reformas sociales profundas (reforma agraria, viviendas asequibles, libertades públicas, educación, trabajo...) y una constitución que aún hoy se considera la más avanzada del país. Siete meses después fue derrocado por un golpe de Estado apoyado por Washington. La CIA desarrolló una intensa campaña anticomunista a través de periódicos, radio, películas, folletos, carteles y murales; incluso se valió de la Iglesia Católica en el proceso de desestabilización del país, mismo que sirvió como escenario de respaldo al golpe.

El exgeneral León Cantave, de común acuerdo con militares dominicanos y el embajador yanqui, estableció un guerrila que entrenaba y operaba en suelo dominicano, para derrocar a Duvalier, sin que lo supiera Juan Bosch, el jefe del Estado dominicano, quien vino a enterarse a principios de julio de 1963 y de inmediato ordenó al ministro de las Fuerzas Armadas dominicanas, el general Elby Viñas Román, que pusiera fin a la misma, a lo que hizo caso omiso. Los haitianos entraron a Haití -portando las armas que en junio de 1959 traían los expedicionarios que habían venido desde Cuba por Constanza, Estero Hondo y Maimón con el propósito de derrocar a Trujillo- e hicieron varias incursiones sin que nadie, absolutamente nadie, informara al presidente Bosch sobre los acontecimientos que se estaban produciendo en la frontera, que posteriormente llevarían al gobierno a acusar a Haití, ante la OEA, de atacar la República Dominicana cuando en realidad sucedía lo contrario: Haití se defendía de los ataques de Cantave, el último de los cuales concluyó el 23 de septiembre cuando retornó, junto a los pocos combatientes que salieron ilesos, a suelo dominicano. El 24 el presidente Bosch ordenó al ministro de Relaciones Exteriores, Héctor García Godoy, que solicitara a la OEA una investigación de lo sucedido, comunicación que fue interceptada por la CIA y daría lugar al golpe de Estado que se lo llevó del poder. De conocerse la verdad, el prestigio de John F. Kennedy habría quedado seriamente comprometido. La acción era inescrupulosa y vil: el jefe del Estado yanqui patrocinaba una guerrilla, instalada en territorio dominicano, que perseguía derrocar al jefe del Estado haitiano, sin que lo supiera el jefe del Estado dominicano

Entre el secreto y la impunidad: la CIA en el patio trasero

Brasil no escapó a esta dinámica. A finales de los años cincuenta, Washington observaba con preocupación las políticas nacionalistas y la limitación de las ganancias de las multinacionales. Desde la llegada de João Goulart a la presidencia en 1961, la CIA comenzó a financiar a sectores parlamentarios opositores y a organizaciones anticomunistas. Su participación culminó en la "Operación Hermano Sam", mediante la cual Estados Unidos autorizó el despliegue de apoyo militar para facilitar el golpe de 1964.

En Bolivia, la intervención adquirió un cariz aún más directo. La CIA colaboró en la captura y posterior asesinato de Ernesto "Che" Guevara, en el marco de su estrategia para impedir la expansión de movimientos revolucionarios en América del Sur. Años antes, en 1964, la agencia ya había financiado y apoyado el golpe militar contra el presidente Víctor Paz Estenssoro. Desde su salida de Cuba, Guevara había sido seguido de cerca por los servicios de inteligencia yanquis; cuando fue capturado, un agente de la CIA lo acompañó y participó en su ejecución.

Chile constituye otro caso emblemático. En 1974, The New York Times reveló un audio en el que Henry Kissinger afirmaba sin ambages: "No veo por qué tenemos que quedarnos de brazos cruzados y ver cómo un país se convierte en comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo" (palabras de "uno de los dueños del mundo"). Entre 1970 y 1973, la CIA destinó millones de dólares a desestabilizar al gobierno democrático de Salvador Allende; participó activamente en el golpe de Estado que culminó con su muerte y facilitó el ascenso de Augusto Pinochet, cuya dictadura -marcada por violaciones sistemáticas de los derechos humanos- se prolongó durante casi 17 años. En Argentina, la CIA estuvo involucrada en el entrenamiento de fuerzas militares y policiales que generaron las dictaduras durante el período 1976-1983, y realizó servicios de espionaje a favor del Reino Unido en la Guerra de Malvinas.

La misma lógica operó en Uruguay, donde la CIA respaldó la instauración de la dictadura militar entre 1973 y 1985. A través de la creación de una oficina de seguridad en Montevideo, la provisión de equipos y manuales, y el entrenamiento de las fuerzas policiales, la agencia contribuyó a la represión de militantes y guerrilleros de izquierda en los años previos y posteriores al golpe. Entre 1960 y 1963, Ecuador también fue escenario de operaciones encubiertas. La CIA se infiltró en el aparato estatal mediante agencias de noticias y emisoras de radio, organizó atentados que luego atribuyó a la izquierda y logró desestabilizar al gobierno de José María Velasco Ibarra. Su sucesor, Carlos Julio Arosemena Monroy, fue igualmente derrocado tras romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos y manifestar su apoyo a Cuba. De forma paralela, la agencia suministró armas y entrenamiento al Ejército peruano para combatir movimientos de izquierda

Cuando la democracia estorba: el imperialismo yanqui y la desestabilización latinoamericana

Así actúa Estados Unidos: asesina, promueve golpes de Estado, roba, destruye y archiva la documentación de sus fechorías; y décadas después desclasifica lo relativo a sus crímenes, tachando los nombres de los responsables. ¿Le preocupa al pueblo yanqui saber cómo opera su gobierno permanente? No. Disfruta su bonanza sin cuestionarse su origen ni el costo humano que implicó -mientras consume sus narcóticos y alcohol, sus autos y televisores, sus putas y violadores, sus asesinos, sus mendaces y expoliadores...-, ajeno a la sangre que sostiene ese bienestar.

A esta larga secuencia de injerencias se suma el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, episodio que confirma la persistencia de la lógica intervencionista estadounidense en pleno siglo XXI. Bajo el ropaje del "discurso democrático y la retórica de los derechos humanos", Washington ha promovido sanciones económicas, operaciones encubiertas y acciones desestabilizadoras contra el Estado venezolano, entre ellas planes dirigidos a secuestrar —como acaba de ocurrir— o a eliminar físicamente a su presidente. Estas maniobras no son hechos aislados, sino que se inscriben en una estrategia coherente de cambio de régimen, orientada al quebrantamiento de la soberanía política del país y al reordenamiento de sus recursos estratégicos conforme a intereses externos. El caso venezolano demuestra que la matriz imperial permanece intacta.

Ing. Nemen Hazim Bassa
Santo Domingo, República Dominicana
5 de febrero de 2026