Imperialismo sin máscaras: la fase actual del dominio global... Trump como síntoma: continuidad y violencia del poder imperial
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Estados Unidos: poder, violencia y hegemonía
No es Trump. No se trata de una figura aislada ni de una anomalía histórica. Trump es apenas un síntoma, una expresión burda y explícita de un sistema mucho más profundo y antiguo. Detrás de él operan funcionarios, estrategas y ejecutores como JD Vance, Susie Wiles, Marco Rubio, Tom Homan, Pete Hegseth, Mike Waltz, Stephen Miller, Kristi Noem, Elise Stefanik, John Ratcliffe o Pam Bondi. Incluso ellos son piezas reemplazables dentro de una maquinaria que antecede y sobrevive a cualquier administración. Tampoco es un fenómeno exclusivo del trumpismo. El mismo engranaje funcionó bajo Bush padre y Bush hijo, Obama, Clinton, Reagan, Biden, Nixon y Johnson, entre muchos más. La continuidad histórica demuestra que el problema no es el color partidario ni el estilo del gobernante, sino la estructura de poder que dirige la política exterior, militar y económica de Estados Unidos con independencia del ocupante de la Casa Blanca.
Ese poder ha tenido nombres propios a lo largo de décadas: Henry Kissinger, Allen W. Dulles, Colin Powell, Richard Helms, William J. Casey, William Burns, Donald Rumsfeld, Robert McNamara, Antony Blinken, Madeleine Albright, Condoleezza Rice, Hillary Clinton, Mike Pompeo, entre otros. Desde el Pentágono, la CIA, el Departamento de Estado o los complejos industriales-militares, todos han contribuido a consolidar una misma lógica de dominación global. Por eso no es Trump: es el imperialismo yanqui. En ese marco, lo que hoy ocurre —incluidas las acciones del ICE en el frente interno— no representa una ruptura sustancial con el pasado. Estados Unidos no ha dejado de destruir, saquear y asesinar ciudadanos de otros países; la novedad es que ya no disimula. Antes se apelaba al discurso de la democracia, los derechos humanos o la seguridad internacional; se encubrían propósitos deleznables, burdos, espantosos. Hoy, el ejercicio de la violencia imperial se ejecuta sin máscaras, con publicidad y a la vista de todos.
Trumpistán: nombre propio de una dictadura global
La hipocresía estratégica es evidente. Estados Unidos afirma no querer cerca a Rusia y a China —aunque de Rusia lo separan apenas 2,4 millas—, pero al mismo tiempo su presencia militar hace fronteras con más de cien países fuera de su territorio. Posee alrededor de 900 bases militares distribuidas por el planeta y actúa como si esa expansión fuese natural o defensiva. Aún más grave es el rol de los grandes medios de comunicación, mayoritariamente alineados con la derecha, que silencian esta realidad y evitan nombrar lo que es una expresión extrema de hegemonismo, imperialismo e intervencionismo. Ya no basta hablar de pentagonismo, como lo explicó con lucidez Juan Bosch, ni siquiera de imperialismo en su formulación clásica.
El fenómeno actual adopta rasgos abiertamente dictatoriales. Y no se limita a Estados Unidos: se trata de una dictadura de alcance global, sostenida por la fuerza militar, la coerción económica y la manipulación informativa. En este contexto resulta inevitable preguntar por el silencio —o la complicidad— de la derecha latinoamericana. ¿Por qué no denuncia el carácter dictatorial del régimen que hoy se impone desde Washington? ¿Por qué no inunda los medios, tanto virtuales como tradicionales, para condenar la política exterior estadounidense? La respuesta parece obvia: esa derecha no solo tolera la violencia imperial, sino que la celebra. Para ella, toda víctima es sospechosa; todo asesinado puede ser etiquetado como espía, terrorista o comunista.
Las declaraciones de Lula da Silva, afirmando que "todas las noches se queda indignado con lo que pasó en Venezuela", revelan una contradicción profunda; el sentimiento de culpabilidad no le permite conciliar el sueño. La indignación tardía no borra la responsabilidad política. Si él y demás sectores progresistas de la región no hubieran actuado con la lógica de la derecha frente a los procesos electorales venezolanos, difícilmente se habría llegado a escenarios de intervención, secuestro político y desestabilización abierta.
Más allá de Trump: anatomía del imperialismo contemporáneo
La desgracia de la humanidad no es fruto del azar. Tiene responsables históricos concretos: imperios, potencias coloniales y estructuras religiosas e ideológicas que legitimaron la violencia como método de acumulación y control. Desde el uso político de la religión —con la biblia como instrumento de embrutecimiento— hasta los Estados que edificaron su poder sobre el saqueo y la guerra —Israel, Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania, Holanda, Portugal, España, Japón, Estados Unidos y Turquía, entre otros—, la historia está atravesada por una misma lógica de dominación. En ese sentido, el simpatizante derechista no representa una simple diferencia de opinión. Encarna una postura asociada a la negación, la mentira, el expolio y la violencia.
La defensa sistemática del poder imperial lo convierte en cómplice del crimen, del genocidio y de la injusticia estructural. Por eso no resulta exagerado afirmar que el nazismo reaparece bajo nuevas formas. No solo en la figura de Trump, sino en el aparato represivo del Estado yanqui en su conjunto. Cambian los símbolos y los discursos, pero persiste la misma lógica: deshumanizar al otro, justificar la violencia y ejercer el poder absoluto sin rendir cuentas. No es un retorno al pasado; es la continuidad de un sistema que ha venido comportándose de igual forma desde que la independencia fue conquistada en 1776.
Santo Domingo, República Dominicana
27 de enero de 2026


