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Primero Hitler, ahora Trump; primero los nazis, ahora los yanquis...

En 1934, tras la muerte del presidente Paul von Hindenburg, Hitler fusionó los cargos de canciller y presidente, proclamándose «Führer» (líder) y jefe de Estado. Desde entonces gobernó mediante una tiranía inflexible que, con el paso de los años, derivó en un delirio de grandeza que lo condujo a invadir numerosos países e iniciar la Segunda Guerra Mundial...

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Hitler: cómo se formó un monstruo...

Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889 en Braunau am Inn, una localidad austríaca situada en la frontera con Alemania, en la región de Alta Austria. Pasó su juventud en Viena de manera errática, casi nómada, tras ser rechazado reiteradamente por las academias de arte. Su antisemitismo y su pensamiento pangermanista —corriente ideológica y política que propugnaba la unificación de todos los pueblos germanos (Alemania, Austria, entre otros)— se gestaron en esos años y lo acompañaron desde aquella juventud desorientada hasta el trágico final de su vida. En 1913 se trasladó a Múnich y, un año más tarde, se alistó en el ejército alemán, en el que sirvió durante la Primera Guerra Mundial con notable arrojo en el frente occidental. Resultó herido y quedó temporalmente ciego a causa del gas mostaza. Su desempeño fue reconocido mediante dos condecoraciones por los servicios prestados a Alemania, nación que terminaría considerando su verdadera patria.

El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler fue nombrado canciller. Desde ese cargo consolidó su poder con extraordinaria rapidez, lo que le permitió desmantelar el sistema democrático. Para alcanzar dicha posición, ingresó en el «Deutsche Arbeiterpartei» (DAP, Partido Obrero Alemán), formación que en 1920 pasó a denominarse «Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei» (NSDAP, Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán), conocido posteriormente como Partido Nazi. Se valió de su excepcional capacidad oratoria, de una notable aptitud para la agitación política y de una voluntad férrea para imponer sus objetivos, hasta el punto de exigir su nombramiento como líder del partido bajo la amenaza de abandonarlo. Su estrategia fundamental para la expansión de sus ideas y el crecimiento de la organización se basó en el uso sistemático de la violencia, empleada tanto como mecanismo de coerción como de reclutamiento.

En 1934, tras la muerte del presidente Paul von Hindenburg, Hitler fusionó los cargos de canciller y presidente, proclamándose «Führer» (líder) y jefe de Estado. Desde entonces gobernó mediante una tiranía inflexible que, con el paso de los años, derivó en un delirio de grandeza que lo condujo a invadir numerosos países e iniciar la Segunda Guerra Mundial, en su afán de convertir a Alemania en un imperio destinado a dominar el mundo. La magnitud de los crímenes y atrocidades cometidos hasta su muerte, el 30 de abril de 1945, es un hecho ampliamente conocido incluso por los sectores más ignorantes de la población mundial.

La herencia de la Segunda Guerra Mundial

Precisamente ese legado de horror, "bien conocido hasta por los más ignaros del planeta", actuó como catalizador para la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945 y para la posterior proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) en 1948. Ambos hitos constituyeron una respuesta global orientada a prevenir futuras atrocidades y a establecer un orden internacional basado en la paz, la seguridad y el respeto fundamental por la dignidad humana, sentando las bases de un marco universal de derechos humanos.

Donald Trump y la misma ave rapaz de los nazis...

La repetición de las causas que originaron la II Guerra Mundial

Durante décadas se creyó improbable que la humanidad volviera a enfrentar algo semejante. Sin embargo, cuando una nación se arroga prerrogativas por encima del resto, el desenlace tiende a repetirse, por increíble que resulte incluso para los más experimentados observadores. Los ignorantes —potenciados hoy por las nuevas tecnologías de la comunicación— se han multiplicado, contribuyendo a configurar un mundo que parece avanzar hacia un horizonte sin futuro. Desde hace tiempo, el imperialismo estadounidense viene exhibiendo signos de descomposición frente al ascenso de China y Rusia, una situación que expone a la humanidad a una catástrofe potencialmente mayor que la vivida bajo el nazismo. El afán hegemónico del imperialismo yanqui no se limita a la figura de Donald Trump; por el contrario, el establishment legitima toda acción que permita recomponer las arcas de un Tesoro cada vez más insuficiente para sostener lo que se vendió al mundo como el "modo de vida estadounidense": un sistema basado en la acumulación extrema de riqueza, raramente cuestionado en cuanto a su origen, y respaldado por una red de más de 900 bases militares distribuidas por el planeta. Este rumbo se halla peligrosamente cerca de provocar una hecatombe global.

Donald Trump y las élites imperialistas y supremacistas estadounidenses transitan una senda que guarda inquietantes paralelismos con la recorrida por Adolf Hitler y el supremacismo nazi. No obstante, ni el desenlace personal de Trump ni el final del supremacismo estadounidense serán idénticos a los del Tercer Reich. Si no se imponen límites efectivos a Estados Unidos, "la Cuarta Guerra Mundial se librará con piedras y palos", frase célebre atribuida a Albert Einstein, con la que se advertía que, tras el uso devastador de las armas nucleares en una hipotética Tercera Guerra Mundial, los conflictos posteriores podrían ser tan destructivos que la humanidad se vería forzada a retroceder a herramientas primitivas para sobrevivir a sus propios enfrentamientos.

Nemen Hazim
Santo Domingo, República Dominicana
17 de enero de 2026