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Completo.- El civismo en sociedades avanzadas y la triste realidad social dominicana

La "civilización" en Europa a menudo bajó de las élites hacia el pueblo. En la «selva», si los políticos, empresarios y figuras públicas violan las leyes consuetudinariamente, con arrogancia y soberbia, el mensaje para la calle es: "sálvese quien pueda". El respeto debe empezar desde arriba para que sea creíble abajo...

Presidente suizo tomando el tren como un pasajero común y sentado en una acera revisando documentos...

El origen del civismo y la realidad dominicana

¿Cómo países como Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza, Francia, Austria, Canadá y Japón, entre otros Estados civilizados, alcanzaron el nivel de respeto a las leyes que muestran sus ciudadanos? ¿Influyó en sus orígenes el uso de la represión estatal? Esta es una pregunta que toca la fibra sensible de la sociología y la historia política. Existe la idea romántica de que el civismo europeo o japonés nació de una “iluminación espontánea”, pero la realidad es mucho más cruda. Para entender cómo estos países alcanzaron tales niveles de cohesión y respeto mutuo, hay que mirar más allá de los buenos modales actuales y observar los procesos de construcción del Estado.

El monopolio de la violencia y el proceso civilizatorio

El papel preponderante que jugaron la represión y el monopolio de la violencia estatal (el aparato represivo en manos de la clase dominante) fue decisivo. Norbert Elias (1897-1990), sociólogo alemán conocido por su teoría de los “Procesos de Civilización” y la “Sociología Figuracional”, explica que el civismo no fue un deseo, sino una necesidad impuesta. Elías analiza la evolución histórica de los modales y el estudio del individuo en su dependencia recíproca, rompiendo con la división tradicional entre individuo y sociedad.

En la Edad Media y el Renacimiento, el Estado comenzó a confiscar las armas de los nobles y a prohibir los duelos. La represión consistió en centralizar la violencia: solo el Estado podía castigar. Al no poder recurrir a la fuerza física para resolver disputas, los ciudadanos se vieron obligados a desarrollar el lenguaje y la negociación. Con los siglos, lo que empezó como miedo al castigo se internalizó como autocontrol. Japón es un ejemplo ideal: durante el periodo Edo (último gobierno militar feudal), se impusieron códigos de conducta extremadamente rígidos y castigos severos para mantener el orden tras siglos de guerra civil. El respeto, casi ritualista que observamos hoy, tiene sus raíces en una estructura jerárquica férreamente disciplinada.

De la represión a la confianza institucional

Sin embargo, la represión por sí sola no genera respeto, sino miedo. Países como Dinamarca o Suiza lograron transitar del “miedo al Estado” a la “confianza en las instituciones”. Si el ciudadano percibe que la ley se aplica igual para el hijo del obrero que para el del político, empieza a respetar la norma. En los países nórdicos, el civismo está ligado a un Estado de bienestar robusto. El ciudadano cuida lo público porque siente que le pertenece; no es “el parque del gobierno”, es “mi parque, pagado con mis impuestos”. Muchos de estos países superaron traumas colectivos que los obligaron a pactar para sobrevivir. Suiza, con cuatro idiomas y dos religiones principales, aprendió a respetarse por un pragmatismo extremo para evitar ser despedazada por vecinos poderosos. Los escandinavos, antes de ser modelos de paz, fueron sociedades guerreras y pobres; la necesidad de cooperar en climas extremos fomentó la “Ley de Jante”, que prioriza el bienestar colectivo sobre el individuo.

Educación y prosperidad: Los pilares de la madurez

En el siglo XIX, Alemania y los países nórdicos implementaron una educación que no solo buscaba enseñar matemáticas, geografía e historia, entre otra disciplinas, sino formar ciudadanos con responsabilidad moral. Este sistema fue implementado en la República Dominicana por Eugenio María de Hostos (1839-1903), el “Ciudadano de América”, cuyos restos descansan en el Panteón Nacional. Hostos es considerado el padre de la educación moderna dominicana, un modelo que lamentablemente sería desmantelado por la dictadura de Trujillo, a sugerencia y por influencia de Joaquín Balaguer, tan criminal como el propio tirano. No se trataba únicamente de alfabetizar, sino de crear una identidad nacional basada en el respeto a la propiedad y al prójimo. En Canadá, la educación pública era vista como el “gran nivelador” que debía transformar a inmigrantes de todo el mundo en ciudadanos respetuosos de la Constitución y la ley.

Lógicamente, es más fácil ser “civilizado” cuando las necesidades básicas están cubiertas. La prosperidad permite que el cerebro humano abandone el “modo supervivencia” —donde prima el egoísmo, defecto congénito en la sociedad dominicana, que exhibe desde el más aristocrático de los oligarcas hasta el más paupérrimo “tíguere” de la baja pequeña burguesía muy pobre— y entre en “modo colaboración”. El respeto ciudadano es, en gran medida, un subproducto de la estabilidad de la clase media, la cual, en la patria de Duarte —después de la Guerra de Abril de 1965—, ha escalado de capas de manera ignominiosa, manteniendo los mismos vicios originales, aberración que acompaña al bajo pequeño burgués (de capa baja propiamente dicha, pobre o muy pobre) en todo el proceso, hasta que pasa a convertirse en un nuevo Pepo Grullón, Pipo Corripio o Papo Vicini, paradigmas de la burguesía y la oligarquía dominicanas.

La selva dominicana...

La encrucijada dominicana: ¿es posible el cambio?

Países como Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza, Francia, Austria, Canadá, Japón y otros (civilizados todos), en su formación, acabaron con la violencia privada recurriendo al monopolio estatal de la fuerza; en su consolidación, los ciudadanos confiaron en el funcionamiento del aparato jurídico por medio de la aprobación de leyes justas y la construcción de una burocracia eficiente, mientras que, en su madurez, cuidan de su entorno por convicción, resultado que se obtiene con dos pilares esenciales: educación y bienestar social. Si la represión estatal fue el "martillo" inicial que moldeó las fronteras y el orden, la justicia social y la educación pulieron ese orden hasta convertirlo en el respeto voluntario que, desde lejos, admiramos hoy.

¿Puede la República Dominicana alcanzar ese nivel de civismo hoy en día sin pasar por etapas de control estricto? ¡IMPOSIBLE! Un país que se ha ganado el sobrenombre de «selva» —debido a la frustración del ciudadano honesto, capaz y respetuoso ante el caos del tránsito, la delincuencia, la corrupción generalizada y la ausencia de un régimen de consecuencias— no tiene forma de salir del atolladero en el que vive sumergido. Se ha constituido en un Estado fallido que solo puede exhibir como logros la formación de excelentes jugadores de béisbol y un crecimiento económico producto del narcotráfico y la proliferación de mafias internacionales. El desafío dominicano radica en acabar con la impunidad.

Es prudente señalar que el crecimiento económico que ostenta la nación es exclusivo de las élites; los pobres permanecen en la misma miseria: ignorantes, esclavizados y sujetos a un modo de vida degradante. Pasaron de hacer labores agrícolas en los campos más desvalijados y remotos del país, y de vender frutas y agua en bolsas —a pie o en triciclos—, a conducir motocicletas sin saber, en su mayoría, leer ni escribir. Subsisten en un peligro constante al que están sometidos y al que someten a los pocos que aprendieron a vivir en sociedad. Este agravio es el resultado de la mediocridad gubernamental, de su incapacidad y de la falta de determinación para afrontar el desorden que experimenta la sociedad en todos los ámbitos, especialmente en el caótico tránsito que mantiene al borde de la locura, incluso, a los propios infractores que lo ocasionan.

Propuestas urgentes

El desafío dominicano radica en la falta de consecuencias. Para domesticar una "selva" se necesita una "jaula" de reglas que nadie pueda saltarse; el animal que salga de esa jaula debe ser sometido por el aparato represivo del Estado. En esos países civilizados, el ciudadano respeta la ley no porque sea "mejor persona", sino porque sabe que la consecuencia es inevitable. Debe haber menos policías pidiendo, haciendo nada o mal presentándose en una esquina con un ridículo y bochornoso uniforme, y más haciendo el trabajo por el que reciben ingresos y juraron lealtad y compromiso con la patria. Debe haber más cámaras de fotomulta, más patrullas persiguiendo delincuentes motorizados... El sistema debe ser ciego: que la multa al "hijo de Don Fulano" sea igual de ineludible que la del motoconchista. El motoconcho, ese cáncer que consume la sociedad, debe ser domesticado de la manera más realista posible. Si no se castiga al que tira basura a la calle, o al que dobla en rojo, o al que hace lo que le viene en ganas en las vías del país, el cerebro ciudadano entiende que "todo está permitido".

Un ciudadano respeta las reglas cuando siente el peso de la ley, pero también cuando el sistema lo protege. Un proceso judicial viciado e incompetente, que tarda años, es una invitación a tomar la justicia por mano propia. Mientras el poder político intervenga en la justicia, y esta siga conformada por muertos de hambre e ineptos —analfabetizados por un arcaico y deficiente sistema educativo que le ofrece una sociedad degradada para canjear condenas por "yipetas" (palabra despreciable que la selva enarbola como el más extraordinario orgasmo), queridas, pistolas y cuentas en dólares en Nueva York, ciudad que para muchos es la capital del imperialismo yanqui—, el ciudadano común se sentirá en una jungla en la que sobrevive el más fuerte o el que esté mejor conectado.

No basta con charlas sobre los valores de Duarte, el coraje de Caamaño o la epopeya librada por Gregorio Luperón. La educación debe ser pragmática: incentivos y desincentivos. El cumplimiento de la ley debe dar acceso a mejores tasas de crédito, a asistencia social, a cubiertas médicas y escolares; la violación (tirar basura, saltar semáforos, consumir bebidas alcohólicas mientras se conduce, transitar en vía contraria) debe acarrear multas, encarcelamiento, suspensión de licencias e incautación de bienes.

A muy corto plazo —o sea, ¡HOY!—, la apelación al aparato represivo del Estado y la implementación de severas penas serían las primeras opciones. El motoconchismo y el sistema de guaguas privadas deben desaparecer, sustituyéndose por un transporte digno y estatal (como el Metro o Teleférico), donde el entorno aseado dicte un comportamiento limpio. ¿Funcionará en República Dominicana?

La "civilización" en Europa a menudo bajó de las élites hacia el pueblo. En la selva, si los políticos, empresarios y figuras públicas violan las leyes consuetudinariamente, con arrogancia y soberbia, el mensaje para la calle es: "sálvese quien pueda". El respeto debe empezar desde arriba para que sea creíble abajo. Pero debe haber capacidad en las ejecuciones del gobierno: no es posible que se haya invertido millones de dólares en semáforos "inteligentes" para que policías ignorantes controlen el tránsito; no hay necesidad de más leyes para acabar con los desafueros de los motoconchistas (los cascos y demás absurdos señalados por la policía —como sea que se llame esta— no son las causas del problema), solo se requiere que el aparato represivo (fuerza policial y justicia) cumplan sus funciones.


Ing. Nemen Hazim Bassa
Santo Domingo, República Dominicana
11 de mayo de 2026
La falacia de la democracia

Mientras el voto del intelecto tenga el mismo peso que el de la ignorancia, la democracia no será más que un instrumento falaz al servicio del capitalismo, destinada a acrecentar la riqueza de oligarcas y burgueses, y a perpetuar a la mayoria de la población mundial en la indigencia cognitiva y material. Bajo esta farsa, y con los grandes consorcios mediáticos confabulando en su infame labor de desinformar, las mayorías quedan condenadas a subsistir bajo la mentira impuesta por las minorias.
Ing. Nemen Hazim Bassa
12 de febrero de 1997
San Juan, Puerto Rico

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