Del golpe de Árbenz a la era Trump: anatomía de la insensibilidad moral en Estados Unidos
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La coartada imperial: apatía, intervencionismo y la responsabilidad ciudadana
Estados Unidos es un estado de apatía sociopolítica e insensibilidad moral —habitualmente autodenominado democracia avanzada o república liberal—, estructuralmente constreñido (lógicamente bajo planificación y diseño históricos) por un sistema bipartidista hermético que obtura la emergencia de terceras vías o alternativas reales. Su maquinaria hegemónica naturaliza la intervención militar exterior, justificada mediante ficciones de seguridad nacional construidas por un aparato mediático oligárquico que fomenta la alienación ciudadana. En este contexto, se avalan sistemáticamente golpes de Estado, la destrucción de infraestructuras soberanas, la aniquilación masiva de población civil y el expolio sistemático de recursos materiales y culturales bajo el pretexto falaz de una amenaza a 15 mil kilómetros de distancia.
Lo verdaderamente alarmante no es solo la perpetuación de estas dinámicas imperialistas, sino la resignación colectiva y el absoluto estado de tranquilidad profunda que se manifiestan cuando, décadas más tarde, los procesos de desclasificación documental corroboran fehacientemente que el móvil último de tales intervenciones fue el lucro geopolítico y el despojo, sin que esto provoque una fractura ética o una respuesta punitiva en el seno de su ciudadanía.
Anatomía de la hegemonía y la complicidad histórica
En 1982 estuvimos en un congreso en Cuba, y, durante nuestra permanencia, pudimos reunirnos con grupos de cubanos con quienes sostuvimos importantes conversaciones; entre ellas, debatimos si el pueblo norteamericano es culpable o no de lo que hacen sus gobernantes fuera de su geografía (aunque lo de las fronteras de Estados Unidos es debatible: con 900 bases militares por todo el mundo, no hay un solo país con el que no "comparta" límites): golpes de Estado en Guatemala (1954), República Dominicana (1963) y Chile (1973), entre otros, e intervenciones en Grecia (1947-1949), Corea (1950-1953), Irán (1953), Líbano (1958 y 1982), Cuba (1961), Vietnam (1964-1973) y la misma República Dominicana (1965-1966). Normalmente, los cubanos aceptaban como bueno y válido el concepto que Fidel Castro se mantuvo exponiendo históricamente: que el pueblo norteamericano no tiene culpa. En cambio, nosotros manteníamos —y seguimos manteniendo— que el pueblo norteamericano es responsable por aquiescencia, omisión y beneficio indirecto de todos los desmanes y desafueros que comete el imperialismo.
Los golpes de Estado contra Jacobo Árbenz en Guatemala (1954), Juan Bosch en República Dominicana (1963) y Salvador Allende en Chile (1973) fueron intervenciones marcadas por el interés irrenunciable de Estados Unidos de frenar la instauración de cualquier régimen soberano o de izquierda que pusiera en entredicho su hegemonía hemisférica. El golpe a Árbenz fue la respuesta imperialista a la implementación de una reforma agraria que afectaba los intereses monopólicos de la United Fruit Company (UFC); el dado a Bosch fue el producto de la conjunción de varios factores: la promulgación de una Constitución profundamente democrática y avanzada, la feroz oposición de la oligarquía y la jerarquía eclesiástica a las libertades públicas, y una guerrilla haitiana instalada en territorio dominicano para dar al traste con el regimen totalitario de François Duvalier; y el ejecutado contra Allende se debió a la vía chilena al socialismo y a la nacionalización del cobre, lo que motivó la directiva de Richard Nixon de «hacer chillar la economía» chilena, financiando sabotajes, paros patronales y operaciones encubiertas de la CIA.
Estados Unidos incursionó en Grecia (1947-1949) para derrotar a la insurgencia comunista en la posguerra civil; en Corea (1950-1953) para consolidar la división de la península y contener la expansión asiática; en Irán (1953), junto al Reino Unido, para derrocar mediante la Operación Ajax al primer ministro Mohammad Mossadegh y restituir el control occidental sobre el petróleo; en Líbano (1958 y 1982), para sostener equilibrios geopolíticos favorables a sus aliados regionales y proteger sus rutas de influencia en Oriente Medio; en la invasión de Playa Girón (1961) y el bloqueo criminal contra Cuba, en un infructuoso intento por sofocar la Revolución en el Caribe; y en Vietnam (1964-1973), desatando una carnicería humanitaria y ecológica bajo la justificación estéril de la teoría del dominó.
La secuencia histórica demuestra que la política exterior estadounidense no ha respondido jamás a principios éticos ni a la defensa de la democracia, sino a una geopolítica de rapiña económica y dominación militar. Frente a esto, eximir de culpa a la sociedad que sustenta, financia con sus impuestos y legitima electoralmente este andamiaje es caer en una coartada cómplice. La indiferencia ciudadana ante el dolor ajeno no es inocencia; es la otra cara del imperio.
Del intervencionismo clásico al delirio del espectáculo contemporáneo
Esa misma disociación de la realidad explica el respaldo masivo que figuras como Donald Trump concitan en amplios sectores de una población anestesiada, cuyo horizonte político se constriñe al consumo de estímulos vacíos, entretenimiento masivo de baja estofa y la inercia doméstica. Cuando el tejido cívico ha sido sistemáticamente reemplazado por la lógica del espectáculo comercial, el electorado no busca propuestas complejas ni rendición de cuentas sobre masacres lejanas, sino un eco burdo de sus propias frustraciones cotidianas. La indiferencia ante el sufrimiento global y la fascinación por el demagogo autóctono son, en última instancia, las dos caras de la misma moneda: la bancarrota moral de una sociedad incapaz de mirar más allá de sus comodidades inmediatas.
Que sea un homenaje a Salvador Allende, hoy 11 de septiembre de 2026, a 53 años del golpe de Estado que le arrancó la vida a él y a otros miles de chilenos -perpetrado por los gorilas locales que actuaron bajo las órdenes directas de Richard Nixon: asesino, expoliador y mendaz imperialista- comprometidos con una mejor vida para su pueblo y los demás de América Latina...
Ing. Nemen Hazim Bassa
Santo Domingo, República Dominicana
11 de septiembre de 2026
Cuando el tejido cívico ha sido sistemáticamente reemplazado por la lógica del espectáculo comercial, el electorado no busca propuestas complejas ni rendición de cuentas sobre masacres lejanas, sino un eco burdo de sus propias frustraciones cotidianas... |


