La paz de las palabras y la guerra de los hechos: Abinader ante la ONU
|
Entre la retórica de la paz y la realidad del poder
El presidente Luis Abinader pronuncia, el miércoles 23 de septiembre, su discurso ante la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas...
En su discurso del 23 de septiembre de 2026 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (institución que ha sido degradada al dejar de ser ente de paz para convertirse en una agencia más del imperialismo yanqui), el presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, recurrió a un lenguaje que, en apariencia, no admite objeciones: restaurar la confianza, gestionar la transformación, actuar con serenidad, claridad y unidad. Son palabras que pertenecen al vocabulario universal de la diplomacia y que, precisamente por su nobleza, exigen algo más que ser pronunciadas: exigen coherencia.
Abinader sostuvo -citamos textualmente del portal de las Naciones Unidas lo que nos mueve a este ensayo-:
El problema comienza precisamente allí donde termina la retórica.«Usted [Khalilur Rahman, Presidente del 81.º período de sesiones de la Asamblea General, NH] nos ha convocado a restaurar la confianza y gestionar la transformación. Para lograrlo, esta hora nos reclama serenidad, claridad y unidad; serenidad, porque el orden internacional atraviesa una profunda transición; claridad, porque esta organización enfrenta una situación financiera sin precedentes, conflictos armados que no cesan y una revolución tecnológica que avanza más rápido que nuestra capacidad de gobernarla; y unidad, porque ninguno de estos desafíos puede ser enfrentado por un país actuando solo.
«Como Estado insular en desarrollo, República Dominicana conoce la vulnerabilidad: situaciones que ocurren muy lejos de nuestras costas pueden golpear directamente la mesa de nuestras familias. Las guerras en Europa y Oriente Medio han disparado los precios de los alimentos y de la energía. Mi país importa la totalidad de los combustibles que consume; no fijamos esos precios, pero nos impactan sin poder controlarlos. Por eso abogamos por la desescalada, por la libertad de navegación y por una solución diplomática que impida la proliferación nuclear en la región».
¿Qué significa realmente «restaurar la confianza»?
La pregunta fundamental no debería ser únicamente qué quiso decir el presidente Abinader al hablar de «serenidad, claridad y unidad», sino qué hechos concretos deberían acompañar esas palabras. Porque la confianza internacional no se reconstruye mediante fórmulas diplomáticas: se construye cuando los Estados aplican los mismos principios a sus aliados y a sus adversarios, cuando el derecho internacional no depende del poder militar de quien lo invoca y cuando la condena de la violencia no cambia según la bandera que la ejerza.
Si la comunidad internacional aspira verdaderamente a la paz, entonces la primera obligación intelectual consiste en estudiar el origen de los conflictos. No basta con lamentar sus consecuencias. Hay que preguntarse quién los inició, qué decisiones los hicieron posibles, qué intereses intervinieron, qué actores externos los alimentaron y cuáles fueron las alternativas diplomáticas que se abandonaron. La historia, en ese sentido, resulta incómoda porque destruye las explicaciones demasiado sencillas.
La historia que precede a los discursos
¿Cuáles son los mayores conflictos y quiénes los iniciaron? Esta pregunta tendría que primar para llegar a la esencia de los mismos, y, para que arroje resultados contundentes y satisfactorios, habría que acudir a 1945, año que marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial y que sirvió a Estados Unidos (convertido en la principal potencia militar, económica y financiera del sistema internacional occidental) para iniciar sus intervenciones en decenas de países bajo el contexto de la Guerra Fría y, posteriormente, en lo que se empeñó en llamar «Guerra contra el Terrorismo» (EE. UU. crea grupos terroristas con fines interesados, que luego se convierten en objetivos de una guerra que, en su caso, busca lo de siempre: dinero y recursos naturales, sobre todo petróleo). Después del derrumbe de la Unión Soviética, la lógica de confrontación internacional no desapareció: adquirió nuevas formas y nuevos enemigos. Lo que sigue es una secuencia del irrespeto de Estados Unidos a la soberanía de los pueblos:
La magnitud de este historial obliga a formular una pregunta incómoda: ¿puede hablarse de un orden internacional basado en reglas si las reglas se aplican de manera diferente dependiendo de quién las infringe?Golpe de Estado al presidente electo Shukri al-Quwatli (1949); Operación Gladio: red clandestina de la OTAN y la CIA que operó en Europa Occidental para evitar que el comunismo alcanzara el poder por la vía electoral (1952-1990); Guerra de Corea (1950-1953); golpe de Estado contra Mohammad Mosaddegh en Irán (1953); golpe de Estado contra Jacobo Árbenz en Guatemala (1954); envío de tropas a Líbano (1958); invasión de Bahía de Cochinos en Cuba (1961); golpe de Estado contra Juan Bosch (1963) e intervención militar con 42,000 soldados (1965-1966) en República Dominicana; golpe de Estado contra João Goulart en Brasil (1964); Guerra de Vietnam (1965-1973); derrocamiento de Sukarno en Indonesia (1965-1967); bombardeos secretos y operaciones militares en Camboya y Laos (1969-1973).
Además, golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile (1973); operaciones encubiertas de la CIA en Angola (1975); golpe de Estado contra Isabel Perón en Argentina (1976); ayuda militar para derrocar al gobierno sandinista en Nicaragua (1981-1990); invasión militar de Granada (1983); bombardeos aéreos en Libia (1986); invasión militar de Panamá (1989); Guerra del Golfo en Irak (1991-2001); intervención militar en Somalia (1992-1993); intervención militar en Haití (1994); bombardeos en Yugoslavia/Bosnia y Herzegovina (1995); bombardeos en Yugoslavia/Kosovo (1999); invasión y ocupación militar de Afganistán (2001-2021); segunda invasión militar de Irak (2003-2011); intervención militar en Libia (2011); intervención militar en Siria (2014-presente); ataques aéreos en Yemen, Somalia y Pakistán (2002-presente); invasión militar y secuestro del presidente Nicolás Maduro en Venezuela (2026); bombardeo indiscriminado y ataque a la escuela primaria Shajare Tayebé que causó la muerte a más de 150 niñas en Irán (2026); bloqueo criminal contra Cuba (1960-presente).
La memoria selectiva también es una forma de poder
Cuando los hechos contradicen la retórica
Las palabras adquieren otro significado cuando se pronuncian sin examinar las relaciones de poder que han producido la crisis que se pretende resolver. La cuestión no es si debe existir libertad de navegación. Tampoco basta con invocar la «proliferación nuclear» como argumento abstracto. Si la preocupación es realmente impedir la expansión de las armas nucleares, entonces el principio debe ser universal y no una herramienta retórica utilizada selectivamente contra determinados Estados. No se pueden rebuscar palabras altisonantes para no honrarlas; para pensar con calma, perspicuidad y unanimidad, hay que estudiar la historia, buscar concienzudamente la raíz de los problemas y plantear, con responsabilidad, en un foro donde los discursos sean algo más que poses, soluciones que verdaderamente coadyuven a una paz duradera.
Un mundo gobernado por reglas o un mundo gobernado por la fuerza
La ONU nació de una catástrofe. Su propósito fundamental no fue otorgar a las grandes potencias un escenario para justificar sus decisiones, sino construir un mecanismo mediante el cual la fuerza dejara de ser el argumento supremo de las relaciones internacionales. Ochenta y un años después, el problema continúa siendo el mismo. No necesitamos únicamente discursos que hablen de paz. Necesitamos una concepción de la paz que no dependa de quién lanza la primera bomba, de quién controla los medios de comunicación, de quién posee el ejército más poderoso o de quién tiene capacidad para imponer su interpretación de los acontecimientos.
En el mismo momento en que el presidente Abinader abogó por «la desescalada, por la libertad de navegación y por una solución diplomática que impida la proliferación nuclear en la región» dejó ver su parcialización en un conflicto que inició Estados Unidos. Apelar a la farsa de la proliferación nuclear y la libre navegación, cuando el único responsable de la crisis mundial es Estados Unidos, es faltarle el respeto a sus propias palabras. Cuando desde la tribuna de las Naciones Unidas se pronuncian palabras como «serenidad», «claridad», «unidad», «desescalada» y «diplomacia», no deberíamos conformarnos con admirar su belleza. Deberíamos exigirles contenido. Porque la paz no comienza cuando los gobiernos pronuncian la palabra «paz». La paz comienza cuando ningún Estado —por poderoso que sea— consigue convencer al mundo de que sus bombas son distintas de las bombas de los demás. Y quizá esa sea la verdadera prueba que tiene ante sí la comunidad internacional: no restaurar la confianza en las palabras, sino hacer que los hechos vuelvan a merecerlas.
Que sea un homenaje a Juan Bosch, hoy 25 de septiembre de 2026, a 63 años del golpe de Estado que lo sacó del poder, perpetrado por los gorilas locales que actuaron bajo las órdenes directas de John F. Kennedy. Su destitución parió la Gesta de Abril (1965), una irrepetible revolución constitucionalista que buscaba su retorno al Palacio Nacional, y, con él, la constitución más avanzada que ha conocido la República Dominicana hasta el día de hoy...
Ing. Nemen Hazim Bassa
Santo Domingo, República Dominicana
25 de septiembre de 2026
Cuando desde la tribuna de las Naciones Unidas se pronuncian palabras como «serenidad», «claridad», «unidad», «desescalada» y «diplomacia», no deberíamos conformarnos con admirar su belleza. Deberíamos exigirles contenido. Porque la paz no comienza cuando los gobiernos pronuncian la palabra «paz». La paz comienza cuando ningún Estado —por poderoso que sea— consigue convencer al mundo de que sus bombas son distintas de las bombas de los demás... |



