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19 de junio de 2022

Estados Unidos y su moral en bikini. Una nación que desde sus inicios se formó bajo la mendacidad y la expoliación [ X ]

Para Abraham Lincoln, Estados Unidos representaba «la última mejor esperanza en la tierra, y que por ello no podía esconderse en tiempos de conflicto y dejar que la historia evolucionara por sí sola», expresión que, para estar en consonancia con las aberraciones formuladas por mandatarios anteriores, se convertiría en una mancha que le acompañaría, no sólo hasta el día de su asesinato sino, hasta nuestros días


Abraham Lincoln, considerado por un gran número de historiadores como el mejor presidente que ha tenido Estados Unidos

La secesión es la esencia misma de la anarquía, porque, si un Estado se separa, también puede separarse cualquier otro, hasta que no quede nada del gobierno ni de la nación”. Estas fueron las palabras de Abraham Lincoln cuando el 4 de marzo de 1861 tomó juramento como décimosexto presidente de EE. UU. Es cierto que le preocupaba la esclavitud, pero lo que más cargaba su cometido como gobernante era lo que aparentaba ser la inminente desintegración de los Estados Unidos si se permitía la continua secesión de territorios sureños. Siete de ellos, cuando inició su administración, se habían separado y fundado una nueva nación (Estados Confederados de América), mientras que otros estaban en proceso de hacerlo. “Lo más importante es demostrar que el gobierno del pueblo no es un absurdo. ¿Tiene derecho la minoría de romper el gobierno cuando le dé la gana? Si fracasamos, estaremos demostrando la incapacidad del pueblo de gobernarse a sí mismo”; ese sería su sentir acerca de la guerra civil.

Para Lincoln, Estados Unidos representaba «la última mejor esperanza en la tierra, y que por ello no podía esconderse en tiempos de conflicto y dejar que la historia evolucionara por sí sola», expresión que, para estar en consonancia con las aberraciones formuladas por mandatarios anteriores, se convertiría en una mancha que le acompañaría, no sólo hasta el día de su asesinato -la noche del 14 de abril de 1865 (Viernes Santo) mientras asistía, junto a su esposa (Mary Todd), al teatro Ford de Washington D.C. a presenciar una comedia musical del dramaturgo inglés Tom Taylor ("Our American Cousin")-, consumado por John Wilkes Booth, un "mediocre" actor de Maryland, residente en Virginia y simpatizante del Sur, sino, hasta nuestros días.

Nada tendrían que envidiar esas palabras a las de John Quincy Adams cuando alegó que Estados Unidos "debía arrebatar la Florida a España por el peligro que suponía para la seguridad americana la incapacidad española para hacer frente a sus colonias".

La versión del asesinato por parte de un "mediocre" se uniría a las que posteriormente serían utilizadas en una cadena de conjuras contra presidentes en funciones (que de una u otra manera rompían con los lineamientos del sector dominante): "loco", "fanático", etc. Todas harían de "solución" a la ruptura del "ejercicio permanente de la democracia", y descansarían en las armas de las que han dispuesto los estadounidenses desde los inicios de la nación y que al día de hoy "imposibilitan" su prohibición.

Como la democracia norteamericana ha sido "paradigma", y nunca la ha dislocado un golpe de Estado, la venta de armas, sin regulación alguna, tal y como se vende zapatos o harina, o algún otro bien indispensable para la vida del ser humano, y las teorías del asesinato al margen de toda conspiración, como las de "mediocre", "loco" o "fanático", se han encargado de sustituir la toma del poder de forma ilegal para desplazar a quien lo ostenta. La historia norteamericana reseña con mucha pomposidad que, en plena guerra civil, EE. UU. celebrara las elecciones de 1865 -de las que salió triunfante el propio Lincoln-, y lo hace para enaltecer su "ininterrumpida trayectoria democrática".

Otra deshonra sobre quien muchos historiadores consideran el mejor presidente que ha tenido Estados Unidos sería la limpieza étnica de los pueblos indios; Lincoln organizó, en enero de 1864, la "Larga Caminata de los Navajos o Larga Caminata al Bosque Redondo": los navajos fueron obligados a caminar desde su tierra (hoy Arizona) hasta el este de Nuevo México ("entre agosto de 1864 y finales de 1866 se produjeron 53 marchas forzadas diferentes"). Fueron "obligados a caminar en condiciones inhumanas más de quinientos kilómetros sin alimento y sin agua, muriendo miles de ellos antes de llegar a su destino".

Sobre la esclavitud, aún fuera un abanderado de su abolición, Abraham Lincoln manifestó, con relación a la Guerra de Secesión, que su empeño descansaba en preservar la unidad del país. “Mi objetivo fundamental en este conflicto es salvar la Unión, y no salvar o destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar un solo esclavo, lo haría, y si pudiera salvarla liberando a todos los esclavos, lo haría; y si pudiera salvarla liberando a algunos y no a otros, también lo haría”. Obviando el señalamiento que alude su interés vital, sus propias palabras y, quizás, la privación de su segundo período de gobierno a causa del asesinato cometido "por un mediocre", Lincoln se convertiría, cuando se compara con otros gobernantes, en un faro de luz que emergía del sombrío panorama intervencionista y expansionista de los Estados Unidos.

Abraham Lincoln tuvo que enfrentar un país dividido: el sur esclavista frente al norte abolicionista. Su ejercicio aconteció bajo una guerra civil que enfrentó a los Estados Confederados de América [que se separarían de la Unión el 4 de febrero de 1861 e integrarían siete estados algodoneros del sur: Carolina del Sur, Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas, a los que luego se unirían Virginia, Arkansas, Carolina del Norte y Tennessee, y cuya capital sería, primero, Montgomery (Alabama), y luego, Richmond (Virginia)] contra los estados de la Unión (California, Connecticut, Delaware, Illinois, Indiana, Iowa, Kansas, Kentucky, Maine, Maryland, Massachusetts, Míchigan, Minnesota, Misuri, Nuevo Hampshire, Nueva Jersey, Nueva York, Ohio, Oregón, Pensilvania, Rhode Island, Vermont y Wisconsin, a los que se sumarían los nuevos estados de Nevada y Virginia Occidental y, después de comenzada la guerra, Tennessee y Luisiana). Colorado, Dakota, Nebraska, Nuevo México, Utah y Washington terminarían luchando del lado de la Unión.

Andrew Johnson, Ulysses S. Grant y Rutherford B. Hayes, décimo séptimo, décimo octavo y décimo noveno presidentes de Estados Unidos

Mientras se escenificaba la guerra, Lincoln tuvo que asegurarse de que los Estados Confederados no fueran reconocidos por ninguna otra nación. Con su magnicidio, la "alta sociedad" de Estados Unidos iniciaría una cuenta progresiva de presidentes asesinados en pleno ejercicio de sus deberes, que terminaría convirtiendo en práctica necesaria para sustituir los golpes de Estado y así "no interrumpir su endiosada democracia", que en forma alguna se aproxima a la de los países nórdicos, Suiza, e incluso la de su vecino Canadá.

"El demócrata moderado Andrew Johnson (1865-1869)", quien sustituyó a Abraham Lincoln (era su vicepresidente), procedió a endosar una nueva intervención de la Infantería de Marina en Panamá con el pretexto de “proteger las propiedades y vidas de ciudadanos estadounidenses residentes en ese territorio”, tal y como haría en Nicaragua en 1867 para “proteger los intereses estadounidenses durante uno de los tantos conflictos políticos entre liberales y conservadores” y en 1868 en Uruguay con la excusa de “proteger los residentes extranjeros y las aduanas.

En 1870 Ulyses Grant -presidente de 1869 a 1877- emprendió acciones dirigidas a apoderarse de La Española. La parte dominicana padecía los embates de los gobiernos dictatoriales y corruptos de Buenaventura Báez, quien se había obstinado en anexar la recién fundada (y casi a seguidas restaurada) República Dominicana a los Estados Unidos, propuesta que Grant asumió con gran simpatía (aunque para incorporar toda la isla, no sólo la mayoritaria porción oriental). Báez convencería al presidente Grant de enviar barcos de guerra a su propio país y logró firmar un tratado de anexión que, luego de muchas gestiones, sería rechazado por el Senado norteamericano.

En 1873 la Infantería de Marina de los Estados Unidos desembarcaría dos veces más en Panamá con la misma justificación de “proteger sus intereses”. Pero sería en 1880 cuando EE. UU. mostraría su mayor descaro: oponerse a las gestiones de una compañía francesa para construir el Canal de Panamá y desconocer la soberanía del gobierno de los Estados Unidos de Colombia (estado federal que comprendía el territorio de las actuales repúblicas de Colombia y Panamá, que sucedió a la Confederación Granadina en 1861 proporcionándole al país un sistema político federalista y liberal). El presidente norteamericano, Rotherford B. Hayes (1877-1871), "arrogándose la divinidad que le había sido otorgada por Dios", proclamaría el “corolario Hayes a la Doctrina Monroe” que le "otorgaba a EE. UU. la autoridad para no consentir" que ninguna nación europea pudiese ejercer el dominio del canal debido a que esa vía interoceánica “era parte de la línea costera de Estados Unidos.

Al mismo tiempo, la Casa Blanca amenazaba con declararle la guerra a México bajo la argucia de la incapacidad del presidente mexicano, general Porfirio Díaz (1877-1880), en frenar el cruce de "bandidos" por la frontera entre ambos países, artimaña de la que, en años posteriores, y en más de 20 ocasiones, se valdrían las tropas gringas para violar descaradamente el territorio de México.
Fuentes consultadas: El País, Nueva Revista, America's Presidents, Historia de la política exterior de Estados Unidos, 1861–1897, Biografías y Vidas, Agresiones históricas de Estados Unidos/Luis Suárez Salazar [LSS], Wikipedia, EcuRed, La Casa Blanca... [Citas en itálicas, en "«'comillas'»" y en ocasiones, siempre que estén en itálicas, en negritas]
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Ing. Nemen Hazim Bassa
San Juan, Puerto Rico
19 de junio de 2022
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